El libro de



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»Y así —explicó ella— nuestro tío-abuelo se convirtió en un gran almirante.

—Parece un método excelente.

—Fíjate cuántas franjas tiene —dijo ella respetuosamente.

Y los dos miraron al gordo patriarca cuyo pecho estaba efectivamente cruzado de abundantes franjas negras que simbolizaban algo parecido a galones de un almirante.

En otra ocasión le pidió que hablara de las alegrías y ambiciones de los gansos. Primero se excusó diciéndole que entre los seres humanos se suele considerar aburrida una vida exenta de grandes logros o incluso de famosos combates.

—Los humanos —dijo— acumulan grandes cantidades de adornos, riquezas, lujos y placeres. Conseguir todas estas cosas se convierte en el objetivo de su vida. También suele decirse que ésta es una de las tendencias que les llevan a la guerra. Pero me da la impresión de que un hombre que se viera reducido a un mínimo de posesiones, como las que bastan para satisfacer a un ganso, no sería muy feliz.

—No, no lo sería. El cerebro de los hombres es diferente al nuestro. Si tratases de hacer vivir a los hombres exactamente igual que los gansos, se sentirían tan desgraciados como los gansos si intentaras de hacerles vivir igual que los hombres. Aunque esto no quiere decir que unos no puedan aprender un poquito de los otros.

—Cada vez me convenzo más de que los gansos no pueden aprender nada de los hombres.

—Nosotros llevamos en la tierra millones de años más que vosotros. No se os puede culpar.

—Pero háblame de vuestros placeres, de vuestras ambiciones, objetivos, o como les llaméis. Deben ser bastante limitados, ¿no es cierto?

Ella se rió al oírle decir esto.

—El principal objetivo de nuestras vidas —dijo ella divertida— consiste en permanecer vivos. Creo que los humanos os habéis olvidado de esto. De todas formas, no creo que nuestros placeres resulten tan aburridos como puede parecer si los comparamos con los adornos y riquezas de los hombres. Tenemos una canción que habla de esto. Se titula Las bendiciones de la vida.

—Cántala.

—En seguida lo haré. Antes de empezar quiero decirte que siempre me ha parecido una lástima que la letra no incluya ninguna referencia a la principal bendición de nuestra vida. Los gansos que intervienen en esta canción discuten sobre sus alegrías, pero se olvidan de una, la de viajar. Es una tontería porque viajamos cien veces más que los hombres y vemos cosas muy interesantes, de forma que constantemente cambia para nosotros el paisaje. No entiendo cómo se le pudo olvidar esto al poeta. Fíjate, mi abuela estuvo en Micklegarth; un tío mío estuvo en Birmania, y mi tatarabuelo nos contaba que había estado en Cuba.

Como el rey sabía que Micklegarth era el nombre escandinavo de Constantinopla, tenía noticias de Birmania solamente gracias a T. natrix y Cuba no había sido inventada todavía, quedó francamente impresionado.

—Debe ser paradisíaco viajar —dijo.

Pensó en las alas y lo divertido que era cantar volando, y en el mundo girando vertiginosamente, siempre renovado, allí abajo.

—La canción es ésta —dijo ella entonándola sin más preámbulos con una graciosa melodía:


Ky-yowik dijo: «Lo mejor de la vida es la salud.

Patas firmes, plumas rectas y buena vista,

son imprescindibles para gozar.»
El viejo Ank contestó: «Nada como el Honor

del que sabe encontrar la derrota,

el honor del almirante de todos admirado.»
«Yo prefiero —dijo Lyok-lyok la ligerael amor,

las plumas suaves, el cálido nido y el paseo

con el amante siempre al lado. »
Anc-anc prefería el apetito: «¡Comer,

arrancar la hierba, cortar los tallos!

¡Eso sí que es divertido!»
Uinc-uinc alabó la amistad, la fraternidad libre

del vuelo conjugado en uve sobre las nubes:

«¡Ahí aprenderás qué es la Eternidad!»
Pero Lyok disfruta sobre todo componiendo

letras y tonadas de tono lírico o épico,

y por eso le llaman Lyok el cantor.
Pensó que en cierto sentido era una canción muy bonita. Ella la había cantado con su tierna seriedad de siempre. Hizo un recuento de las bendiciones mencionadas con los dedos, pero como solamente tenía tres delante y una especie de botón atrás, tuvo que repetir dos veces todos sus dedos: viajar, estar sano, el honor, el amor, el apetito, la camaradería, la música, la poesía y, tal como había dicho ella, el simple hecho de estar vivos.

A pesar de su simplicidad, le dio la sensación de que era una lista bastante completa, teniendo en cuenta sobre todo que hubiera podido añadirse una bendición más: la Sabiduría.

14

Pero la colonia empezaba a estar más agitada que de costumbre. Los gansos jóvenes se dedicaban descaradamente al coqueteo o se reunían en grupos para discutir sobre cuál era el piloto más conveniente. También se dedicaban a jugar, tan excitados como unos niños ante la perspectiva de una fiesta. Uno de estos juegos consistía en colocarse en círculo y hacer que los más jóvenes lo atravesaran uno tras otro, andando con la cabeza muy estirada y tratando de silbar hasta llegar al centro, para utilizar a toda prisa el resto del recorrido, aleteando sin cesar. Esto era para demostrar lo valientes que eran: todos ellos querían llegar a ser grandes almirantes cuando fueran viejos. También comenzaron a sentir una especial comezón que les hacía sacudir el pico de lado, como cuando estaban a punto de emprender el vuelo. A su vez los gansos más viejos y sabios, los que mejor conocían las rutas migratorias, empezaron a mostrarse inquietos, vigilar atentamente las formaciones de las nubes y estudiar el viento, su fuerza y su dirección. Los almirantes, cargados de responsabilidad, caminaban por sus alcázares mientras meditaban la situación.



—¿Por qué estoy inquieto? —preguntó él—. ¿Por qué tengo esta sensación en la sangre?

—Espera, ya verás —dijo ella con misterio—. Quizá mañana, o pasado...

Y sus ojos adquirieron una expresión soñadora, como si en ellos se reflejara algo lejano y antiquísimo.

Cuando llegó la mañana, la marisma y los cenagales estaban distintos. El hombre-hormiga que había caminado pacientemente todos los amaneceres hasta sus redes, recordando muy bien las mareas porque un error de cálculo significaba la muerte segura, oyó un lejano clarín en el cielo. No había ya miles de gansos en el marjal, como tampoco los había en los pastos de donde venía. A su manera, era un buen hombre. Se quedó muy tieso y solemne en aquella soledad, y se sacó el sombrero. Cada primavera seguía aquel rito religioso con el que despedía a los gansos, y volvía a repetirlo en otoño al ver regresar a las primeras bandadas.

¿Van muy lejos? Para nosotros, cruzar en un vapor el mar del Norte significa un viaje de dos o tres días, de horas y horas de avanzar a trancas y barrancas por un agua viscosa. Pero para los gansos, para los marinos del aire, para las cuñas del cielo que rompen en pedazos las nubes, para esos cantores del empíreo que avanzan empujados por la galerna —cien kilómetros por hora empujados por otros cien—, para esos misteriosos geógrafos —según dicen, vuelan a cinco kilómetros de altura o más— que en lugar de apoyarse en el agua lo hacen en los cúmulos, ¿qué es? Sólo una cosa: júbilo.

El rey no había visto hasta entonces tanta alegría en sus amigos. Las canciones que entonaban, una tras otra sin interrupción, eran todas locamente alegres. Algunas, que eran algo obscenas, tendremos que dejarlas para otra ocasión; había también canciones que contaban leyendas de una belleza incomparable; y otras francamente ligeras. Había una muy tonta que a él le hacía mucha gracia y que decía:


Erramos por el cielo con nuestro Ploc

hasta llegar a los pastos con un Cloc.

Jac-jac, Jic-jic, Joc-joc.
Torcemos los cuellos con un Ñac,

Diciendo Mec-mec, Ñac-ñac.

Jic-jic, Joc-joc, Jac-jac.
Y tiramos de la hierba Crec

todos juntos y amigos Mec.

Joc-joc, Jac-jac, Jec-jec.
Mas sea Joc o Jec nos gusta el Cloc,

y sea Jic o Jac nos gusta estar juntos Ñac,

y sea Jec o Joc la juerga es Jic.

¡Oh, Jac, oh Joc, oh Jic!
Otra canción, sentimental ésta, decía:
Libre, sí, libre y salvaje

trae a mi ganso a este paraje.
Y cuando pasaron sobre una isla rocosa poblada de barnaclas cariblancas que parecían solteronas con guantes de piel negros, tocas grises y collares azabache, la bandada entera estalló en un burlón:
Sentada está la barnacla en el barro.

Sentada está la barnacla en el barro.

Sentada está la barnacla en el barro.

Y nosotros pasamos de largo.

Allá vamos, abuela.

Allá vamos, abuela.

Allá vamos, abuela.

Vamos al Polo y pasamos de largo.
Pero es inútil tratar de explicar tanta belleza. Ocurría simplemente que la vida era increíblemente bella, y esta clase de belleza tiene que ser vivida.

A veces, cuando abandonaban las alturas de los cirros para aprovechar un viento favorable, se veían rodeados de grupos de cúmulos: enormes torres de vapor moldeado, tan blancas como la colada y tan sólidas como merengues. En una ocasión, una de estas masas celestiales, estos blanquísimos excrementos de un gigantesco Pegaso, parecía estar a miles de kilómetros de distancia. Se dirigieron hacia llí y a medida que avanzaban veían cómo crecía silenciosa e imperceptiblemente su tremenda masa: un crecimiento sin movimiento. Luego, cuando ya habían llegado, cuando estaban a punto de estrellar sus picos contra su masa aparentemente sólida, el sol se apagó. Durante un segundo cada uno de los gansos se vio envuelto en unas coronas de niebla que se movían como serpientes. Una gris humedad les rodeó, y el sol, reducido al tamaño de una pequeña moneda de cobre, acabó por desaparecer. Poco a poco, cada ganso dejó de ver las alas de su vecino hasta que todos ellos se encontraron convertidos en un sonido solitario expuesto a una forma fría de aniquilación, en una presencia en la nada que flotaba en un vacío sin mapas, sin avanzar pese al esfuerzo en aquel mundo sin izquierda ni derecha, sin arriba ni abajo, hasta que repentinamente la moneda de cobre empezó a brillar de nuevo y las serpientes de niebla volvieron a enroscarse. Al cabo de un segundo se encontraban por fin en un mundo que había recuperado sus colores de joya: el turquesa del mar y los ricos palacios del cielo, siempre relucientes porque en ellos no se ha secado todavía el rocío del Paraíso.

Uno de los momentos culminantes del vuelo migratorio fue el día que cruzaron por encima un islote rocoso en pleno océano. Hubo otros momentos culminantes. Por ejemplo, cuando la formación en uve de los gansos se cruzó con la fila india de unos cisnes chicos que se dirigían hacia Abisko. Hacían un ruido que parecía el de los ladridos de unos perritos falderos amordazados. Fue también imborrable el recuerdo del día que encontraron a un orejuelo búho que avanzaba pesadamente por el cielo y en cuya espalda, abrigado al calor de sus plumas, viajaba según le dijeron un diminuto chochín incapaz de tan gran esfuerzo. Pero lo mejor de todo fue la gran isla.

Porque era una ciudad de pájaros. Allí estaban todos empollando, todos peleando, todos muy amigos, sin embargo. En la cumbre del arrecife, donde había un poco de hierba corta, miles de frailecillos estaban atareadísimos con sus madrigueras; en el nivel más bajo, en la calle de la Alca Común, los pájaros estaban tan apretados los unos contra los otros y en unas cornisas estrechísimas que tenían que ponerse de espaldas al mar, fuertemente agarrados con sus largos dedos; en la calle de los Araos, algo más abajo, los araos mantenían sus caras afiladas, como de juguete, mirando hacia arriba, como hacen los zorzales cuando incuban los huevos; en el nivel más bajo de todos estaban los populosos barrios de las gaviotas tridáctilas. Y los pájaros —que, como los humanos, ponen sólo un huevo cada vez— estaban tan estrechos que enlazaban sus cabezas los unos con los otros; tenían de hecho tan poco espacio vital —que tan imprescindible nos resulta a nosotros— que cuando aparecía un pájaro que terminaba su vuelo y trataba de encontrar un sitio donde posarse, otro tenía que caer para hacerle sitio.

A pesar de todo estaban de muy buen humor: ¡todos charlaban y se gastaban bromas continuamente! Era como una muchedumbre innumerable de verduleras en la mayor tribuna del mundo, dedicadas todo el rato a discutir, comer ininterrumpidamente, tomarle el pelo al arbitro, cantar canciones cómicas, reñir a sus hijos y quejarse de sus maridos. «Córrete un poquito», decían; o «Lárgate, abuela»; «Ya está la gorda de Flossie sentada sobre las gambas»; «Guárdate el caramelo en el bolsillo y suénate»; «Vaya, ya viene otra vez trompa el tío Alberto»; «Mira, tía Ema acaba de caerse de la cornisa»; «¿Llevo bien puesto el sombrero?»; «¡Qué broma tan pesada!»

Los pájaros estaban agrupados, más o menos, por especies, pero también se mezclaban a veces sin ninguna clase de escrúpulos. Aquí y allá se veía en la zona de los araos una obstinada gaviota decidida a que se respetaran sus derechos. Seguramente había medio millón de aves, y el ruido que hacían era ensordecedor.

El rey no pudo evitar preguntarse cómo sería la vida de una ciudad así, poblada por hombres de diversas razas.

Más adelante pasaron sobre los fiordos e islas de Noruega. Por cierto que en una de esas islas transcurría la anécdota de una historia de gansos, muy auténtica, narrada por el gran W. H. Hudson. Había un granjero de la costa, nos cuenta, cuyas islas padecían una plaga de zorros y decidió poner una trampa en una de ellas. Cuando al día siguiente fue a ver la trampa vio que había cazado con ella un viejo ganso, indudablemente un gran almirante ya que era un animal muy resistente y tenía el pecho cruzado de numerosas franjas. El campesino se llevó el ganso a su casa sin matarlo, le cortó las alas, le curó la herida de la pata, y lo puso en el corral junto a los patos y las gallinas. Pues bien, una de las consecuencias de la plaga de zorros era que el campesino tenía que cerrar cada noche sus animales en un bien resguardado gallinero. Al cabo de un tiempo empezó a notar que las gallinas, en lugar de esperar a sus voces, iban directamente al gallinero y estaban ya dentro cuando él llegaba. Una noche fue a ver qué ocurría y pudo comprobar que el viejo ganso había asumido la responsabilidad de la operación que había visto realizar al campesino cada atardecer. Al caer el sol, cada día, el sagaz viejo almirante, que se había convertido en líder del gallinero, recogía a todos los animales y les conducía hasta el lugar seguro, como si hubiera entendido la situación con su propia inteligencia. Por otro lado, los gansos dejaron de frecuentar la isla en la que su jefe había sido capturado, a pesar de que antes de este hecho era uno de sus lugares favoritos.

Por fin, y después de las islas, aterrizaron con grandes muestras de alborozo. Se dejaron caer desde el cielo haciendo piruetas de todas clases. Los gansos estaban orgullosos de sí mismos y de su piloto, y se regocijaban pensando en las diversiones en familia que les aguardaban.

Durante el último tramo del recorrido planearon con las alas curvadas hacia abajo. En el último momento recogieron el viento con ellas moviéndolas vigorosamente y, en seguida, tocaron tierra. Durante unos instantes sostuvieron sus alas elevadas por encima de sus cabezas y después las plegaron con un ademán rápido y exacto. Habían cruzado el mar del Norte.


15

Los pantanos siberianos a los que llegaron al cabo de unos días eran como una escudilla llena de luz. Las montañas de los alrededores conservaban todavía un encaje de nieve que, al fundirse, hacía crecer los torrentes como la espuma de la cerveza. Los lagos brillaban bajo nubes de mosquitos, y entre los retorcidos troncos de los abedules que crecían en las orillas curioseaba el reno olisqueando los nidos de los gansos que, por su parte, trataban de alejarlo con sus abucheos.

Lyok-lyok se dispuso en seguida a construir el nido donde iba a nacer su cría, aunque todavía no estaba casada, y el rey tuvo, mientras, todo el tiempo que quiso para pensar.

No era un hombre con gran sentido crítico y tampoco era rencoroso. La traición que le había hecho la raza humana apenas si empezaba a aparecer como tal a su vista. Nunca se lo había dicho tan claramente, pero lo cierto era que había sido traicionado por todo el mundo, hasta por su esposa y por su mejor amigo. Su hijo no era el peor de los traidores. La Tabla Redonda, si no en su totalidad al menos en parte, se habían puesto en contra suya como lo habían hecho también la mitad de los habitantes del país por el que había luchado toda su vida. Merlín y los animales le pedían ahora que se reincorporase al servicio de aquellos hombres que le habían traicionado, y por vez primera comprendió que hacerlo supondría su propio fin. Pues ¿qué esperanza le quedaba si volvía a vivir entre los hombres? Ninguna, porque habían asesinado casi sin excepción a todas las personas decentes que les habían hablado desde los tiempos de Sócrates, y fueron capaces incluso de asesinar a su Dios. Era indudable que cualquiera que se atreviese a decirles la verdad se convertía en objeto legítimo de su traición y, por tanto, cuando Merlín le sentenciaba a volver al mundo le imponía de hecho una sentencia de muerte.

En cambio, entre los gansos, para quienes el asesinato y la traición son una obscenidad, podía descansar y se sentía feliz. Allí las personas de buen corazón eran apreciadas. En ocasiones hay hombres cansados que sienten una vocación religiosa y ansían convertirse en monjes e ir a vivir a un lugar donde nada les impida cultivar su propia alma como una flor y acercarse poco a poco a su idea del bien. Fue precisamente eso lo que sintió repentinamente el viejo, aunque para él el convento era aquel pantano bañado de sol. Tenía ganas de abandonar al hombre, dejar de luchar por él e instalarse allí.

Instalarse con Lyok-lyok, por ejemplo. Le pareció que era una vida bastante aceptable. Empezó a comparar a la gansa con las mujeres que había conocido, y en muchos aspectos Lyok-lyok las aventajaba. Era más sana, nunca tenía jaquecas, depresiones ni ataques de histeria, y era tan fuerte y volaba tan bien como él. Lyok-lyok podía hacer todo lo que hiciera él y gracias a ella podrían tener una auténtica comunidad de intereses. Era dócil, prudente, fiel y buena conversadora. Era mucho más limpia que la mayor parte de las mujeres y se pasaba la mitad del día arreglándose las plumas con el pico y la otra mitad en el agua. Además, no había pinturas ni cosméticos que desfiguraran su rostro. Cuando se casara ya no aceptaría más amantes. También era más bella que las mujeres corrientes porque no utilizaba ningún medio artificial para deformar su cuerpo. Tenía mucho encanto, y no era patosa porque los gansos saben caminar muy bien. Poco a poco el viejo había empezado a pensar que el plumaje de aquella gansa era muy bonito. Además, sería muy buena madre.

Aunque su viejo corazón no fuera ya capaz de albergar pasiones, sentía una indudable atracción por ella. Admiraba sus robustas piernas y su pico, que tenía unos dientecillos en forma de sierra y una lengua muy grande que parecía llenarlo. Le gustaba Lyok-lyok porque no tenía prisa.

La confección del nido ponía a la gansa en trance, y él pudo contemplar la operación con gran placer. No era una gloria de la arquitectura, pero bastaba para cumplir su función. La gansa había estado inspeccionando una ancha zona y no paró hasta encontrar la mata de hierba que le pareció más adecuada, y después de haber decidido el lugar ideal forró el turboso hueco, que era como un suave, húmedo y arrugado papel secante, o como la arena de un circo, con brezo, liquen, musgo y plumas de su propio pecho. Esas plumas eran tan suaves como una telaraña. El le regaló algunos pedacitos de hierba, pero casi todos resultaron inútiles porque no tenían la forma adecuada. Cuando fue a arrancarlos, el viejo descubrió accidentalmente el maravilloso universo del pantano en el que vivían.

Pues se trataba de un mundo en miniatura como esos que hacen los japoneses. Pero ningún jardinero japonés ha logrado nunca producir un árbol retorcido tan real como un tallo de brezo con sus nudos en forma de ojal de tramo en tramo. Allí, a sus pies, había bosques de árboles nudosos con claros y paisajes. La hierba estaba formada por un espeso musgo mezclado con liquen. Había troncos caídos pintorescamente dispuestos, y hasta una flor muy extraña: un tallo gris-verde diminuto, seco y quebradizo, con una mancha escarlata en la punta, de un color tan vivo como el lacre. Había también hongos microscópicos con el extremo del sombrero vuelto hacia arriba, en forma de huevera, y a través de aquel escenario corrían, en lugar de conejos y zorros, escarabajos de un negro brillante, de aspecto aceitoso, que ajustaban sus alas haciendo girar sus puntiagudas colas. Más que conejos parecían dragones de un mundo encantado, y su variedad era infinita: escarabajos verdes como esmeraldas, arañas tan pequeñas como la cabeza de un alfiler, mariquitas rojas como si hubieran sido pintadas con esmalte. En los huecos de la turba, charcos de agua marrón poblados por dragones marinos: tritones y barqueros. En las zonas de mayor humedad crecían multitud de musgos de mil especies diferentes. Había, por ejemplo, un tipo con unos tallos rojos muy delgados coronados de color verde, como si se tratara de una forma especial de maíz del país de los liliputienses. En otros lugares el brezo había ardido debido a la acción de algún agente natural como el brillo del sol a través de una gota de rocío —en lugar de padecer los incendios provocados por los hombres, que tienen la costumbre de incendiar las zonas pantanosas en primavera, cuando están llenas de nidos de pájaros que acaban de tener crías—, había un desolado paisaje de tocones chamuscados cubiertos de diminutas conchas de caracoles blanqueadas, más pequeñas que un grano de pimienta, y también líquenes de aspecto esponjoso cuyos tallos, como pudo descubrir el viejo al partirlos, eran huecos.

Además, aquel mundo microscópico era inmenso, y olía a humedad y a aire limpio, un aire que en las zonas pantanosas parece ser de dimensiones tremendas. Y el sol se volcaba allí con todo su empeño y sólo dormía dos horas por las noches. Y, no lo olvidemos, estaban también los mosquitos.

Muchas veces había pensado el viejo que los pájaros debían aburrirse cuando pasaban horas y horas sentados sobre los huevos para incubarlos. Ahora sabía que Lyok-lyok podía distraerse fácilmente contemplando el mundo que bullía a un palmo de su pico.
Se declaró, sin ardor, pues era demasiado viejo para ello, pero sí lleno de esperanza y con ternura, una tarde que se encontraban en el deslumbrante lago. Sus aguas, enmarcadas en marrón, reflejaban el azul del cielo dándole un matiz más profundo si cabe, un azul como el de los huevos de los mirlos, pero sin las manchitas. Él nadó hacia Lyok-lyok con la cola elevada y el cuello y la cabeza estirados sobre el agua, como si fuera una serpiente nadando. Le habló de sus tristezas, de su naturaleza de humano, indigno compañero de una gansa, y de la admiración que por ella sentía. También le dijo que, al unirse a ella, pretendía poder escapar de Merlín y del mundo de los hombres. Como de costumbre, ella no se mostró asombrada. Bajó como él su cabeza y el cuello y nadó en su dirección. Él se sintió muy feliz cuando vio la dulzura de los ojos de su compañera.

Pero surgió una mano oscura, tal como el lector habrá seguramente adivinado, y le cogió. De pronto sintió que algo le arrastraba hacia atrás. Esta vez no volaba, no estaba en plena migración, sino que era conducido a través del sucio embudo de la magia. Antes de dejar el lago cogió una pluma que flotaba en el agua. Pero muy pronto dejó de ver a Lyok-lyok.




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