El libro de



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Y se había pasado la vida entera trabajando. Sabía que no era un hombre inteligente. Incitado por aquel viejo científico que se había hecho querer tanto por él en su mocedad, atormentado por las pesadillas, y devorado, aplastado como Simbad hacia un peso insoportable, robado de sí mismo e implacablemente forzado al servicio abstracto, su vida había sido de punta a rabo una lucha en pro de la Magia. No había llegado ni siquiera a comprender cuál era el sentido global de lo que hacía, y todo el tiempo había tenido que ir tirando de un fardo que seguía sus huellas. Y además, y ahora lo veía al fin, siempre había estado entre Merlín, aquel despiadado y viejo creyente que no había cesado de empujarle, y el ser humano que, feroz, necio e impolítico, se negaba a avanzar.

Ahora comprendía que ellos querían que volviera al trabajo porque tenían más misiones para él. Justo cuando había abandonado, justo cuando el viejo peso que seguía sus huellas se había derribado sobre ellas, habían vuelto para pincharle hasta hacerle ponerse en pie otra vez. Habían ido a enseñarle una nueva lección y enviarle a nuevos lugares.

Y nunca había tenido un momento suyo, un momento de felicidad. La última vez que lo tuvo fue cuando era un muchacho que corría por el Bosque Salvaje. No era justo que se lo robaran todo. Le habían convertido en uno de esos jilgueros cegados con una aguja de los que habían hablado: le habían forzado a seguir cantando para el hombre hasta reventar, sin poder jamás volver a ver.

Ahora que le habían rejuvenecido sentía la belleza del mundo que ellos le habían negado. Quería vivir un poco; quería tirarse al suelo y oler la tierra; mirar hacia el cielo como el anthropos y perderse en las nubes. Repentinamente supo que nadie, aunque viviera en el más remoto escollo desnudo del océano, podía quejarse de que el paisaje que veía era aburrido porque bastaba elevar la mirada al cielo para desmentirlo. El cielo muestra un nuevo paisaje a cada minuto, y en cada charco de agua entre rocas hay un nuevo mundo a cada momento. Quería tiempo libre, quería vivir. No quería que volviesen a enviarle a caminar, con la mirada baja, bajo el pesado yugo. Ni siquiera ahora era demasiado viejo. Todavía podía vivir quizá diez años, y quería que fuesen unos años bajo el sol, unos años sin cargas pesadas, unos años de oír cantar a los pájaros que, seguro, seguían cantando aunque él, hasta que los animales volvieron a recordárselo, había dejado de notarlo.

¿Por qué razón, se preguntó, tenía que regresar al mundo del Homo ferox, probablemente para ser víctima precisamente de aquellos a quienes trataba de ayudar, y si no, para morir con las botas puestas? ¿Cuándo iba por fin a poder abdicar de aquella tarea? Hubiera podido irse en aquel mismo momento, dejar aquel túmulo y desaparecer para siempre. Los monjes tebanos, los primeros santos en Skellig Michael supieron por fortuna huir del hombre para ir a vivir en la Naturaleza, en un mundo rodeado de paz. Y era esto último lo que deseaba por encima de todo. Acababa de descubrirlo: sólo quería Paz. Hacía algunas horas, al comienzo de aquella misma noche, había deseado la muerte, y había estado dispuesto a aceptarla. Pero ahora los animales le habían dejado entrever lo que era la vida, habían conseguido hacerle recordar la felicidad que había disfrutado de joven y las cosas que le habían gustado entonces. Ellos habían conseguido, cuan cruelmente, hacerle revivir sus años mozos. Ahora quería que le dejaran solo, no tener nada que hacer, igual que un muchacho, para retirarse quizá a un claustro, para dar por fin un poco de tranquilidad a su pobre y viejo corazón.

Pero los animales le despertaron con sus palabras, sus crueles y brillantes armas.

—Vamos a ver, rey. Tendrás que ir pronto a ver a los gansos, antes de que acabe la noche.

—¿Te sientes mejor?

—¿Ha visto alguien mi varita?

—Parece que estás cansado.

—Toma un sorbo de vino antes de irte.


12

El lugar donde estaba era absolutamente plano. En el mundo humano encontramos muy raras veces horizontales auténticas porque los árboles y las casas y los setos dan un perfil quebrado al paisaje: hasta la hierba levanta por todas partes sus miles de hojas. Sin embargo, aquí, en el vientre de la noche, el barro sin límite, plano y húmedo se mostraba tan libre de obstáculos como la superficie de un plato de compacto requesón. De haber sido un arenal húmedo, hubiera tenido los leves relieves —parecidos a los de un paladar— que dejan marcados las olas, pero no ocurría así en la marisma.

Aquel enorme llano estaba habitado por un elemento: el viento. Porque se trataba de un elemento; era una dimensión, una fuerza de la oscuridad. En el mundo humano el viento viene de algún lado y va a algún otro, y, al avanzar, atraviesa algo: árboles o setos o calles. Este viento no venía de ninguna parte. Cruzaba aquel llano sin filtrarse a través de nada ni ir a ningún lado. Horizontal, silencioso aparte del estampido característico que producía de vez en cuando, tangible e infinito, que corría por encima del barro haciéndole sentir su asombroso peso. Avanzaba en una línea gris absolutamente recta, sólida y de curso invariable. Se hubiera podido colgar de ella el paraguas. Y el paraguas se hubiese sostenido.

El rey, cara al viento, tuvo la sensación de no existir. Aparte de la húmeda solidez que notaba bajo sus pies palmeados, el resto era la nada, una nada sólida, como el caos. Tenía los mismos sentimientos que un punto geométrico, que existe misteriosamente en la distancia más corta entre dos puntos; o que una línea dibujada sobre una superficie plana, que tiene longitud y extensión pero carece de magnitud. ¡Sin magnitud! Era la magnitud misma. Era una fuerza, una corriente, un poder, una dirección, un imperturbable flujo sin pulsaciones en pleno limbo.

Este purgatorio profano tenía límites. Por el lado este, muy lejos, a casi dos kilómetros quizá, había un ininterrumpido muro de sonido. Parecía agitarse un poco, expandiéndose y contrayéndose, pero era sólido. Sonaba amenazador, como si ansiara atrapar víctimas: era el enorme e inexorable océano.

A tres kilómetros por el oeste había un triángulo de tenues luces. Pertenecían a las casas de unos pescadores que habían madrugado para aprovechar la marea en la complicada red de esteros de la marisma. A veces sus aguas corrían en dirección contraria a las del mar. Tales eran los rasgos distintivos de este mundo, el sonido del mar y tres pequeñas luces: un mundo oscuro, llano y húmedo, y, en el cerrado y profundo golfo formado por la noche, el viento.

Al empezar a surgir la luz solar, tuvo la premonición de que formaba parte de una muchedumbre de individuos como él. Algunos estaban sentados en el barro, al que ahora empezaba a batir una delgada capa de agua porque el irritado mar iniciaba su regreso, mientras que otros, a los que había despertado el alba, ya estaban nadando lejos de las molestias que causaba el oleaje. Los que estaban sentados eran como grandes teteras con el pitorro oculto bajo el ala. Los que nadaban, sumergían de vez en cuando la cabeza y al sacarla del agua la sacudían. Al despertar, se estiraban y aleteaban vigorosamente. Su profundo silencio empezó a convertirse en una animada conversación. Había unos cuatrocientos individuos en aquella gris región. Se trataba de unas criaturas muy bellas: los ánsares catetos grandes. El hombre que los ha visto, aunque sólo sea una vez, jamás podrá olvidarlos.

Mucho antes de que saliera el sol, se disponían ya para su vuelo. Poco a poco los grupos familiares de la nidada del año anterior iban concentrándose en grupos mayores que a su vez se unían a otros más grandes bajo el mando de un abuelo, un tatarabuelo o algún importante líder de la manada. Una vez congregados todos los individuos, comenzó a oírse un ligero tono de excitación en las conversaciones, que no se habían interrumpido desde el primer momento. Los gansos sacudían el cuello hacia los lados y después, aprovechando el viento, se elevaban repentinamente en grupos de catorce o cuarenta a la vez, abrazando con sus anchas alas la negrura y soltando un grito triunfal con su garganta. Ascendían rápidamente describiendo una curva, y en seguida desaparecían. Estaba todo tan oscuro que se hacían invisibles en cuanto subían unos veinte metros. Los grupos que emprendían el vuelo más temprano no eran muy vociferantes. Antes de la salida del sol se mostraban más bien taciturnos, limitándose a algún que otro comentario o lanzando en caso de peligro su grito de aviso. En este último caso, todos los gansos se elevaban verticalmente hacia el cielo.

Poco a poco empezó a sentirse inquieto. Los borrosos escuadrones que a cada minuto despegaban le habían contagiado su tendencia. Tenía ganas de seguir su ejemplo, pero le daba vergüenza. Pensó que quizá los grupos familiares se mostraran molestos por su intrusión, pero tampoco quería estar solo sino participar, y disfrutar aquel ejercicio del primer vuelo mañanero que tanto parecía gustarles a ellos. Era patente su camaradería, su libre disciplina y su desbordante alegría de vivir.

Cuando la hembra que había a su lado extendió sus alas y saltó, él también lo hizo, automáticamente. Otros ocho gansos cercanos habían estado sacudiendo sus picos, imitados por él, y ahora, con ese grupo de ocho, se encontró de repente flotando sobre sus alas en el aire horizontal. Justo en el momento en que dejó la tierra, el viento había desaparecido: como si una cuchillada hubiera cortado de golpe su brutalidad y su turbulencia. Ahora estaba en el viento, y en paz.

Los ocho gansos se abrieron en ángulo con el vértice al frente, dejando espacios regulares entre uno y otro, y él les siguió detrás en su vuelo hacia el este, donde antes estaban las lucecitas, hasta que por fin el osado sol empezó a elevarse ante ellos. Una grieta anaranjada rompió el negro banco de nubes que flotaba sobre el mar, y poco a poco se fue extendiendo aquel colorido espléndido haciendo cada vez más visible la marisma. Lo que vio parecía un páramo o un pantano accidentalmente inundado por el mar; los brezos seguían pareciendo brezos a pesar de haberse emparejado con las algas hasta convertirse en unos brezos húmedos y salados rodeados de viscosas frondas. En lugar de arroyos había canales de un barro azulado sobre el que corría el agua del mar. De tanto en cuanto había unas largas redes sostenidas por postes en las que a veces caían atrapados los gansos. Esta era la razón, imaginó, de las dos o tres llamadas de alarma que habían sonado. De una de las redes colgaban dos o tres patos silbones, y, en un punto muy alejado por el este, un hombre pequeñito como una mosca se esforzaba por recoger sus presas con una presión mínima.

Cuando se levantó el sol tiño el mercurio de los esteros, y hasta el mismo barro, de los colores del fuego. El zarapito, que desde mucho antes del amanecer había estado soltando sus tristes quejas, volaba ahora de un matorral a otro; el silbón, que había dormido sobre el agua, llegaba silbando sus notas dobles; el ánade real luchaba por abandonar la tierra contra el viento; los archibebes utilizaban su pico como un barreno; una bandada de chorlitejos, más compacta que una de estorninos, cruzó el aire haciendo ruido de tren; los negros cuervos volaron desde los pinos hacia las dunas con gritos alegres; pájaros de todas clases poblaban la zona inundada por la marea, llenándola de actividad y belleza.

El amanecer, el amanecer en el mar y el dominio del vuelo en formación eran de una belleza tan intensa que casi tuvo ganas de cantar. Por un momento, al sentir la plenitud de aquel vuelo, toda la tristeza de sus pensamientos sobre el hombre y los frustrados deseos de paz que le habían asediado en la madriguera del tejón, le abandonaron. Le hubiera gustado cantar a gritos un estribillo en honor de la vida, y, como estaba rodeado por mil gansos, no tuvo que esperar mucho. Aquellos seres que trazaban al volar líneas como las del humo al elevarse hacia el cielo, tardaron muy poco en ponerse a cantar y reír mientras avanzaban hacia el sol. Cada escuadrón cantaba con una voz diferente: algunos como jugando, otros en tono triunfal, otros sentimentalmente y otros llenos de alegría. La bóveda del nuevo día se llenó de heraldos que cantaban:
¡Oh mundo que giras vertiginosamente bajo nuestras alas,

llama al perezoso sol para que salude a los favoritos del alba!
¡Contempla en cada pecho el bermellón y el rojo,

oye en cada garganta la trompeta y el carillón!
¡Mira cómo forman esas flechas sus batallones negros:

cuernos y cazadores, corceles y canes del cielo!
¡Libre, libre; lejos, lejos; despliega su belleza el ánsar careta

mientras canta y aletea!
13

Estaba en un terreno desabrido iluminado por el sol. Sus compañeros de vuelo pastaban a su alrededor arrancando la hierba con secos tirones de sus suaves y pequeños picos. Al hacerlo torcían sus cuellos de forma que distaba mucho de la elegancia de los cisnes. Cuando comían había siempre uno de ellos de guardia, tieso como una serpiente. Como se habían apareado durante el invierno, o en inviernos anteriores, comían por parejas dentro de sus grupos y escuadrones. La joven hembra que estaba a su lado no tenía pareja. Le miraba de una forma inteligente.

El viejo, espiándola en secreto, se acordó de su juventud y no pudo sino pensar que era bella. Incluso sintió ternura por su pecho cubierto de plumas, tan joven que aún no contaba con franjas oscuras. Le atraía su figura compacta y rolliza y los ordenados surcos de su cuello. Por el rabillo del ojo pudo comprobar que estos surcos eran producidos por un tipo de plumas diferente: eran unas plumas cóncavas que quedaban separadas unas de otras y creaban de esta manera una serie de colinas y valles que a él le parecieron encantadores.

Al cabo de un rato la joven le dio un empujón con su pico. Había terminado su turno de centinela.

—Anda —le dijo sin contemplaciones—. Te toca a ti.

Sin esperar a que le contestara bajó la cabeza y aprovechó el movimiento para empezar a pastar. Mientras comía se fue alejando de él.

Se ocupó, pues, de vigilar, aunque no sabía muy bien qué debía tratar de ver ni logró tampoco divisar ningún enemigo: todo eran montecillos de hierba y gansos que la mordisqueaban. Pero no lamentó que tuvieran suficiente confianza en él como para encargarle la tarea de centinela. Le sorprendió comprobar que no sentía ninguna repugnancia a mostrarse masculino a las posibles miradas de la dama. Seguía siendo tan inocentón, pese a su edad, que no sabía que ella iba a mirarle con toda seguridad.

—Pero, ¿qué estás haciendo? —le preguntó ella cuando al cabo de media hora pasó por su lado.

—Estoy de guardia.

—Venga, venga —dijo ella con una sonrisa disimulada—. Qué tonto eres.

— ¿Por qué?

—Ya lo sabes.

—Sinceramente, no lo sé —dijo él—. ¿Lo hago mal? No te entiendo.

—Dale un picotazo al siguiente. Has estado de guardia el doble de lo que te correspondía.

Hizo lo que le indicaban y el ganso que pastaba a su lado asumió la responsabilidad. Después, él volvió a comer al lado de ella. Estuvieron mordisqueando los dos la hierba, mirándose con sus ojos brillantes, hasta que por fin él tomó una decisión.

—Crees que soy un estúpido, seguro —dijo él con esfuerzo, confesando cuál era la especie a la que en realidad pertenecía por vez primera en su largo historial de relaciones con los animales—, pero es que no soy un ganso. Soy un ser humano. Esta es la primera vez que estoy entre los gansos.

Ella se mostró poco sorprendida.

—Qué raro —dijo—. Generalmente los humanos prefieren convertirse en cisnes. Los últimos que hubo fueron los Hijos de Lir. De todas formas, todos somos anseriformes.

—Había oído hablar de los hijos de Lir.

—No les gustó. Eran nacionalistas y religiosos hasta extremos increíbles y por eso acabaron todos ellos rondando una iglesia de Irlanda. Lo cierto es que prácticamente no se enteraron de la existencia de los demás cisnes.

—A mí me está gustando muchísimo —dijo en tono educado.

—Ya me he fijado. ¿Para qué te enviaron?

—Para aprender más cosas sobre el mundo.

Siguieron pastando en silencio hasta que él se acordó de su misión al meditar la pregunta que acababa de contestar.

—¿Por qué hay centinelas? —dijo—. ¿Estamos en guerra?

Ella no le entendió:

—¿Guerra?

—Quiero decir que si estamos enfrentados con otros, si luchamos...

—¿Luchar? —preguntó ella en tono de duda—. A veces los machos se pelean por las esposas y cosas de ésas. Pero sin hacerse sangre ni nada. Simples peleas. ¿Te refieres a esto?

—No. Quiero decir luchas entre ejércitos; contra otros gansos por ejemplo.

Ella pareció encontrar muy divertida la idea.

—¡Qué ridículo! Quieres decir un montón de gansos peleándose todos a la vez, ¿no? Sería divertidísimo verlo.

El tono de su respuesta le sorprendió.

—¡Cómo puede ser divertido verles matarse los unos a los otros!

—¿Matarse los unos a los otros? ¿Que montones de gansos luchen unos contra otros hasta morir?

Lentamente la gansa empezó a entender qué era lo que estaba diciéndole. Comprendía, dudaba, se iba haciendo una idea. Al final su rostro adoptó una expresión de dolor y repugnancia. Había entendido. Y le dejó plantado. El la siguió pero ella le dio la espalda. Él dio la vuelta para verle los ojos. Había en ellos una expresión de repugnancia. Como si lo que él había sugerido hubiera sido una obscenidad.

—Lo siento —dijo con timidez—. No me has entendido.

—Deja de hablar de ello.

—Lo siento.

Después añadió:

—Supongo que preguntar no es malo. Teniendo en cuenta que hay centinelas, creo que era natural que lo preguntase.

Pero ella estaba enfadadísima, a punto de llorar.

—¡Quieres dejar el asunto de una vez! ¡Qué mente tan horrible debes tener! No tienes derecho a decir cosas así. Y claro que hay centinelas. Existen los halcones gerifaltes y los peregrinos, ¿no? Y los armiños y los zorros y las redes que ponen los hombres... Son nuestros enemigos naturales. Pero ¿cómo puede existir un ser tan mezquino que sea capaz de matar a criaturas de su misma especie?

«Es una pena —pensó él— que no haya unos seres grandes que hagan presa de los humanos. Si hubiera suficientes dragones y rochos, quizá los hombres decidirían emplear su fuerza para defenderse de ellos. Por desgracia, el hombre sólo es presa de los microbios, que son demasiado pequeños para ser tenidos en cuenta.»

Después, ya en voz alta, añadió:

—Yo trataba solamente de aprender.

Ella cedió haciendo un evidente esfuerzo por ser amable. Quería mostrarse tolerante, no en vano era muy letrada.

—Te falta mucho todavía.

—Pues enséñame tú. Cuéntame todo lo que sepas sobre los gansos. Así mi mente mejorará.

Después del sobresalto que le había dado, ella dudaba al principio, pero no tenía malicia en el corazón. Como todos los gansos, era de carácter apacible y no le costaba mucho perdonar. Pronto se olvidó el incidente.

—¿Qué quieres saber?

A lo largo de los días siguientes él descubrió en el tiempo que pasaban juntos —casi todo el día—, que Lyok-lyok era una criatura encantadora. Ella le había dicho su nombre el primer día, y le explicó que también él debía tener uno. Por fin habían elegido el de Ki-kua, un título distinguido tomado de la poco abundante especie de las Barnaclas cuellirrojas, unos gansos de Siberia que ella había conocido allí. En cuando los dos tuvieron nombre, ella se entregó resueltamente a su educación.

Aparte del coqueteo, a Lyok-lyok le interesaban otras muchas cosas. Con su estilo prudente había aplicado su razón al ancho mundo que había a su alrededor y, aunque sus preguntas la desconcertaban, consiguió al final no sentirse molesta por ellas. La mayor parte de las preguntas estaban basadas en su reciente experiencia entre las hormigas, y por esto asombraban tanto a su interlocutora.

Él quería saber todo lo referente al nacionalismo, al control estatal, la libertad individual, la propiedad, etcétera, todas esas cosas tan importantes que habían sido mencionadas por el Comité o que él había visto en el mundo de las hormigas. Como para conseguir que ella le comprendiera era necesario explicar la mayor parte de estas cosas, sus conversaciones fueron prolongadas e interesantes. Charlaron amistosamente y, cuando la educación del viejo comenzó a prosperar, sintió con sorpresa una profunda humildad ante los miembros de aquella especie por la que llegó incluso a sentir afecto. Algo parecido a lo que debió sentir Gulliver cuando estuvo entre los caballos.

No, le explicó ella, no hay control estatal entre los gansos. No existen propiedades comunitarias ni consideran suyo ningún lugar del mundo. Para ellos el bello globo terrestre sólo podía pertenecerse a sí mismo, y todos sus gansos tenían acceso a sus materias primas. Tampoco, le explicó, se impone ningún tipo de disciplina estatal a los gansos. Cuando él le contó la historia de la hormiga que fue condenada a muerte por negarse a regurgitar su comida cuando se lo pedía una compañera, ella se sublevó. Los gansos, le contó, comen todo lo que pueden, cada uno por su cuenta, y si un día se te ocurre tratar de quitarle a otro un suculento pedazo de hierba que acaba de encontrar lo más probable es que te dé un picotazo. También le explicó que aparte de la comida había otras cosas que consideraban como propiedad privada. Por ejemplo, las parejas de gansos utilizaban cada año el mismo nido a pesar de que lo abandonaban periódicamente para vivir a miles de kilómetros de él. Y también la vida familiar era privada. Le explicó que los gansos solamente eran promiscuos durante su adolescencia; a ella le parecía que así es como debían ser las cosas. En cambio, el matrimonio duraba toda su vida. Su sistema político, si es que tenían, era patriarcal e individualista y estaba basado en la libre elección. Le dijo también que, naturalmente, nunca hacían guerras.

El le pidió que le explicara su sistema de liderazgo. Había visto claramente que algunos gansos eran aceptados como líderes —se trataba generalmente de venerables ancianos con la pechuga muy moteada— y que estos líderes volaban al frente de sus formaciones. Se acordó de las hormigas reina que, como los Borgia, se mataban unas a otras cuando querían obtener la posición más elevada, y se preguntó qué método seguían los gansos para elegir a sus capitanes.

Ella le dijo que nadie los elegía; al menos, no de manera oficial. Sencillamente, se convertían en capitanes.

Cuando él intentó conseguir que le diera una explicación, la respuesta consistió en una larga descripción de las migraciones. Esto fue lo que le dijo:

—Supongo que el primer ganso que voló de Siberia a Lincolnshire y volvió después a Siberia, debió criar allí una familia. Después llegó el invierno y como necesitaban encontrar comida, él debió emprender el camino dirigiendo a los demás miembros de la familia dado que era el único que conocía la ruta. Con los años, la familia de los que le seguían como piloto y almirante debió aumentar poco a poco. Cuando llegó la hora de su muerte resultó evidente que los mejores pilotos después de él eran sus hijos mayores, que habían recorrido la ruta más veces que los demás. Naturalmente, sus hijos más jóvenes no estarían demasiado seguros del camino a seguir y por ello debieron alegrarse de poder volar detrás de alguien que lo conocía. Es posible que entre los hijos mayores hubiera alguno notablemente tonto, en cuyo caso la familia no tendría ninguna confianza en él.

»Es así como se elige a un almirante —continuó ella—. Quizá el próximo otoño se acerque a nuestra familia Uinc-uinc y nos pregunte: "¿Tenéis por casualidad algún buen piloto? El pobre abuelo murió en primavera, y el tío Onc no sirve. Estamos buscando a un ganso que conozca la ruta." Entonces nosotros diremos: "Al tío-abuelo no le importará que os unáis a nuestro grupo; aunque, desde luego, nosotros no asumiremos responsabilidades si las cosas no van bien." "Muchas gracias —nos dirá él—. Sé muy bien que podemos confiar en él. Supongo que no os importa que hable de esto con los Jonc que, según he sabido, tienen el mismo problema." "Desde luego que no."




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