El libro de



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Repentinamente comprendió que lo que comía no le entraba en el estómago. Sólo había penetrado hasta él una pequeñísima ración al principio de todo; después, la gran masa de alimento ingerido se iba almacenando en algo parecido a un estómago superior o buche, del que la comida podía ser vuelta a sacar. Al mismo tiempo se dio cuenta de que cuando se dirigiera hacia la fortaleza con las hormigas que caminaban en dirección oeste, lo haría para descargar el almíbar que ahora almacenaba en una despensa o algo parecido.

Los miembros de la patrulla se dedicaban a charlar mientras trabajaban. De entrada le pareció que eso era una buena señal y prestó atención tratando de captar lo que decían.

—¡Oye! —dijo una de ellas—. Ya suena otra vez Mami-mami-mami-mami. Creo que la canción Mami-mami-mami-mami es preciosa (Regular). Tiene mucha clase (Regular).

—Creo —decía otra— que nuestra querida Líder es maravillosa, ¿no te parece? Dicen que en la última guerra recibió trescientos aguijonazos, y que fue entonces cuando le dieron la Gran Cruz del Valor.

—¡Qué suerte tenemos de ser de raza Sanguínea!, ¿no? Sería horroroso ser una de esas asquerosas Formicae fuscae...

—Pues la 310099/WD se comportó horriblemente cuando se negó a regurgitar su almíbar cuando debía. La ejecutaron inmediatamente, claro, por una orden especial de nuestra querida Líder.

—¡Oye! Ya suena otra vez Mami-mami-mami-mami. Creo que...

El rey se alejó hacia el nido con el buche repleto mientras ellas volvían a tomar la conversación por el principio, igual que antes, porque no podían hablar de noticias, ni escándalos, ni nada. Nunca les ocurrían cosas inesperadas. Incluso las frases que comentaban las ejecuciones eran simples fórmulas en las que lo único que variaba era el número de la hormiga castigada. Después de dejar el tema de Mami-mami-mami-mami pasaban a nuestra querida Líder y después hablaban de las asquerosas fuscae y de la última ejecución. La conversación giraba en círculo. Y hasta todos los «querida», «maravilloso», «afortunada» y demás eran siempre Regular, mientras que cada vez que trataba de algo horrible u horroroso se contentaban con su Irregular.

El rey comprobó que se encontraba en el amplio vestíbulo de la fortaleza, donde cientos y cientos de hormigas lamían o alimentaban a las crías, trasladaban gusanos por las galerías para mantener la temperatura adecuada y abrían o cerraban los agujeros de ventilación. En medio estaba muy satisfecha la hormiga Líder, que iba poniendo huevos, cuidaba de las emisiones, daba instrucciones y ordenaba ejecuciones, rodeada constantemente por un mar de adulación. (Posteriormente Merlín le explicó que el método de sucesión de las líderes era diferente en cada especie de hormigas. Por ejemplo, entre las Bothriomyrmex, la ambiciosa fundadora de un Nuevo Orden invadía un nido de Tapinoma y saltaba encima de la tirana reinante. Mientras se encontraba allí, protegida por el olor de su anfitriona, le serraba lentamente la cabeza, y así acababa por conseguir el derecho al liderazgo.)

Al final resultó que no había una despensa para la descarga del almíbar que había almacenado, sino que tenía que acudir a las llamadas de las hormigas que trabajaban dentro del nido, como si fuera un camarero-robot. Cuando una de ellas quería comida, le detenían, él abría su boca y comían de ella. No le trataban como si fuera una persona y, por otro lado, todas ellas eran también impersonales. Era un camarero-robot que servía los alimentos a unos comensales-robot. Ni siquiera su estómago era suyo.

Pero no deberíamos hablar con demasiados detalles de estas hormigas: son un tema desagradable. El rey vivió entre ellas pacientemente, de acuerdo con sus costumbres, y trató de aprender el máximo posible. Pero no podía hacerles preguntas. No solamente su lenguaje carecía de las palabras que más le interesaban a él, de modo que era imposible preguntarles si creían en la vida, en la Libertad y en la Búsqueda de la Felicidad, sino que además era peligroso hasta limitarse a hacerles preguntas. Para ellas una pregunta era signo de locura: sus vidas no eran cuestionables porque eran dictadas desde arriba. Se arrastró desde el nido hasta el almíbar y otra vez al nido, exclamó que la canción Mami era encantadora, abrió sus mandíbulas para regurgitar y trató de comprender lo mejor que pudo aquella vida. Había llegado a un momento en que la monotonía estaba a punto de hacerle chillar, cuando descendió desde las nubes una mano enorme que sostenía una paja. La mano colocó la paja entre los dos nidos, que hasta entonces habían estado separados, y de esta forma quedaron unidos por un puente. Después la mano se retiró.


9

Más tarde, ese mismo día, una hormiga negra apareció por el nuevo puente. Era una de las desdichadas fuscae, una raza humilde que sólo lucha en defensa propia. Una de las sepultureras la encontró y la asesinó.

Cuando se supo esta noticia, y las espías determinaron que en el nido de las fuscae también había un vaso de almíbar, las emisiones cambiaron.

En lugar de Mami-mami-mami-mami empezó a oírse Lo Primero Es La Patria, y la serie de órdenes fue reemplazada por unas conferencias sobre la guerra, el patriotismo y la situación económica. La voz pastosa anunció que su querido país estaba siendo rodeado por una horda de asquerosas fuscae. Después sonó una canción:


Cuando la sangre de fusca empapa la lanza

Nuestra raza avanza.
También explicaba que la Hormiga Padre había ordenado, con su inescrutable sabiduría, que las hormigas negras deberían ser esclavas de las rojas por toda la eternidad. La voz explicó que en aquel momento la patria carecía de esclavos, y era necesario remediar tan desgraciada situación para que la raza superior no pereciera. En una tercera declaración, la voz dijo que las propiedades nacionales de las Sanguíneas estaban siendo amenazadas: las hormigas negras querían robarles su almíbar, secuestrar a los escarabajos que tenían como animales domésticos y reducirlas a morir de hambre. El rey escuchó muy atentamente dos conferencias y pudo recordarlas de memoria después.

La primera estaba organizada del siguiente modo:

A. Somos tan numerosas que padecemos hambre.

B. En consecuencia, en lugar de reducir la población debemos aumentarla a fin de ser más numerosas y pasar más hambre.

C. Siendo tan numerosas y pasando tanta hambre, es evidente que tenemos derecho a utilizar el almíbar de los otros. Además, para entonces tendremos ya un ejército numeroso y hambriento.

Solamente después de haber sido puesto en práctica este pensamiento y triplicada la producción de los criaderos —Merlín siguió abasteciéndolas diariamente con generosas cantidades de almíbar que satisfacían sus necesidades; hay que admitir que las naciones hambrientas no parecen ser nunca lo bastante pobres para no tener un armamento mucho más caro que las demás—, empezó a emitirse el segundo tipo de conferencia.

Esta vez el silogismo seguía estas líneas:

A. Somos más numerosas que ellas y tenemos, por tanto, derecho a su almíbar.

B. Ellas son más numerosas que nosotras e intentan, por tanto, robarnos nuestro almíbar.

C. Somos una raza poderosa y tenemos derecho natural a subyugar a la suya, que es débil.

D. Ellas son de una raza poderosa e intentan contra lo que dicta la Naturaleza subyugar a la nuestra, que es inofensiva.

E. Debemos atacar en defensa propia.

F. Al defenderse, ellas nos están atacando.

G. Si no las atacamos nosotras hoy, ellas nos atacarán mañana.

H. Además, nosotras no las atacamos: les estamos ofreciendo ventajas incalculables.

Después de este segundo tipo de discurso, comenzaron los oficios religiosos. El rito, según pudo descubrir el rey, era originario de un pasado fabuloso tan antiguo que no pudo encontrarle fecha. En aquella época remota las hormigas no practicaban todavía el socialismo. Las hormigas eran todavía como los hombres, y algunas de ellas eran terribles.

Uno de los salmos que se recitaban durante los oficios, y que empezaba, salvando las distancias entre el lenguaje del original y éste, con las conocidas palabras: «La tierra pertenece a la Espada; todo lo que está al alcance del bombardero es de los que bombardean», terminaba con frases terribles: «¡Reventad, Puertas, estallad, Puertas Eternas, para que pueda entrar el Rey de los Reaccionarios! ¿Quién es el Rey de los Reaccionarios? Precisamente el Rey de los Fantasmas: ése es el Rey de los Reaccionarios.»

Resultaba especialmente característico que las hormigas corrientes no se sintieran exaltadas por las canciones ni interesadas por las conferencias. Lo aceptaban todo como si fuera algo natural y evidente. Para ellas todo aquello eran simples ritos, iguales que los ritos de las canciones Mami-mami o las conversaciones sobre su querida Líder. Nada de todo aquello les parecía bueno o malo, emocionante, racional o terrible; eran cosas por las que no tenían que preocuparse o pensar. Eran cosas del tipo Regular.

Bien, llegó el momento de la guerra esclavista. Se habían realizado todos los preparativos, todos los soldados fueron sometidos a una intensa campaña de instrucción, todas las paredes del nido fueron adornadas con frases propagandísticas del estilo de ¿Aguijones o almíbar? y Juro por ti, olor mío, y el rey se había sumido en la desesperanza. Le parecía que nunca había estado entre criaturas tan horribles, con la excepción de los años vividos entre los humanos, y empezaba a sentirse mareado de tanto asco como sentía. Las voces que repetían lo mismo constantemente y no podía dejar de oír, la ausencia de toda intimidad, ya que mientras unas comían de su estómago otras insistían en cantar en su cabeza, el terrible vacío que ocupaba el lugar de los sentimientos, la desaparición de todos los valores menos dos, la monotonía que era peor incluso que la cruel maldad, todo aquello había acabado por matar la alegría de vivir que Merlín había conseguido regalarle a primera hora de la noche. Volvía a sentirse tan desgraciado como cuando el mago le encontró sollozando sobre el papeleo del día. Y ahora que el Ejército Rojo marchaba por fin hacia la guerra se puso en medio de la paja que hacía de puente, dispuesto, como una criatura enajenada, a impedir aun a costa de su vida el avance militar.
10

—Dios mío —dijo Merlín mientras secaba con un pañuelo las gotas de sudor que cubrían su frente—, eres verdaderamente hábil para meterte en líos. ¡Unos segundos difíciles!

Los animales miraron con ansiedad al rey tratando de comprobar si tenía algún hueso roto.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

Descubrieron que lo que sí estaba era furiosísimo. Hasta le temblaban las manos de rabia.

—¡Qué bestias! —exclamó—. ¡Qué bestias!

—Son muy poco atractivas.

—No hubiera sido tan grave —estalló el rey— si hubieran sido simplemente malvadas. No hubiera sido tan grave si su maldad hubiera obedecido a alguna razón o hubiera sido una forma de diversión. Pero lo eran sin saberlo, sin haber querido serlo. Eran..., eran... ¡Ni siquiera eran!

—Siéntate —dijo el tejón— y descansa un poco.

—¡Qué criaturas tan horribles! Era como hablar con minerales capaces de moverse, como hablar con estatuas o con máquinas. Si decías algo adecuado a su organismo, funcionaba; si no lo era, no funcionaba, se quedaban completamente quietas, inexpresivas. ¡Oh, Merlín, qué horrible! Eran muertos capaces de caminar. ¿Cuándo murieron? ¿Tuvieron alguna vez sentimientos? Ahora no los tienen.

Son como esa puerta del cuento que se abre al decir «Sésamo». Me parece que sólo sabían unas doce palabras o serie de palabras. Si un hombre tuviera conocimiento de esas palabras podría obligarles a hacer todas las cosas de las que son capaces, y después... Después tendría que imponerles hacer lo mismo otra vez. ¡Una y otra vez! Era como estar en el Infierno. Con la diferencia de que ninguna de ellas había estado en él. Ninguna de ellas sabía nada. ¿Hay acaso algo más terrible que el movimiento continuo, que el hacer y deshacer sin motivo, sin conciencia, sin cambio y sin fin?

—Las hormigas son el Movimiento Continuo —dijo Merlín—, imagino. Nunca lo había pensado.

—Lo peor de todo es que eran como seres humanos; es decir, no eran humanas, sino como los humanos. Una mala copia.

—Esto no es nada sorprendente. En un pasado remotísimo las hormigas adoptaron la línea política con la que actualmente coquetea el hombre. Ellas perfeccionaron este sistema hace treinta millones de años, de forma que no había posibilidad de desarrollarlo más, y es por esto que desde entonces su sistema permanece estacionario. En las hormigas la evolución terminó unos treinta millones de años antes del nacimiento de Cristo. Son un estado comunista perfecto.

Al llegar aquí Merlín levantó devotamente sus ojos hacia el techo y comentó:

—Es posible que mi viejo amigo Marx fuera un economista de primera clase, pero era francamente malo en materia de historia natural.

El tejón, que siempre tenía una visión favorable de todo el mundo, hasta de Karl Marx (que, por cierto, supo organizar sus datos con tanta lucidez como el tejón), dijo:

—No me parece que le hayas hecho justicia al verdadero comunismo. Yo creía que las hormigas se parecen más a los fascistas de Mordred que a los comunistas de John Ball...* .

—Lo uno es una fase de lo otro. En estado de perfección son iguales.

—Sin embargo, en un mundo auténticamente comunista...

—Servidle vino al rey —dijo Merlín—. Erizo, ¿en qué estás pensando?

El erizo se apresuró a buscar la jarra y volvió con ella y un vaso. Acercó su húmedo hocico a la oreja del rey, respiró con fuerza junto a ella con un aliento que olía a cebolla y susurró con voz ronca:

—Nosotros estábamos vigilando para que no te pasase nada. Confía en nosotros. ¿Qué se habrán creído esas bestias molokianas?**

Al terminar su frase asintió con su cabeza repetidas veces, derramó el madeira, y con la jarra en la mano y el vaso en la otra se puso a hacer movimientos propios de un boxeador.

—Tres hurras por Su Majestad*** , eso es lo que yo digo, eso es lo que yo digo. Dejadme ayudarle, les decía, dejadme dar mi vida junto al rey. Y entre los dos lo hubiéramos hecho, entre los dos, pum-pam, pero no me dejaron.

El tejón no quería que su defensa quedara interrumpida a la mitad y, en cuanto la copa del rey fue servida, continuó:

—Las hormigas hacen la guerra y, por tanto, no pueden ser llamadas comunistas. En un mundo comunista propiamente dicho no habría guerra porque el mundo entero estaría unido. No hay que olvidar que el comunismo sólo se habrá conseguido realmente cuando todas las naciones del mundo sean comunistas y se hayan fundido en una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Es evidente que las hormigas no están integradas en una unión así y, por tanto, no son plenamente comunistas, y por eso combaten.

—Si no están unidas —dijo Merlín malhumoradamente— es simplemente por la pequeñez de su tamaño en relación con la magnitud del mundo, y por la presencia de obstáculos naturales como los ríos que impiden totalmente que puedan comunicarse animales de su tamaño y número de dedos. De todas formas, si así lo quieres, acepto que son unos perfectos azotadores a los que rasgos físicos y geográficos han impedido llegar a ser unos perfectos lolardos.

—En consecuencia, debes retirar tus críticas contra Karl Marx.

—¿Retirar mis críticas? —exclamó el filósofo.

—Sí, porque Marx llegó a resolver el rompecabezas de las guerras mediante su concepción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Merlín se quedó deprimido, mordió un buen pedazo de su barba, se arrancó algunos mechones de cabello y los tiró al aire, oró fervientemente pidiendo ser guiado, se sentó junto al tejón y, tomándole la extremidad, le lanzó una mirada suplicante.

—Evidentemente —dijo en tono patético— una unión resolvería el problema de la guerra. En una unión no puede haber guerra porque para que la haya hace falta una división. Si el mundo consistiera en una unión de chuletas de cordero no habría guerras. Pero esto no quiere decir que ahora tengamos que salir todos corriendo a convertirnos en chuletas de cordero.

—De hecho —dijo el tejón después de pensar un rato— no llamas a las hormigas fascistas o comunistas porque hacen la guerra, sino porque...

—Agrupo a estas tres sectas de acuerdo con su denominador común que, en último término, consiste en que todas ellas niegan los derechos del individuo.

—Ya entiendo.

—Tienen una teoría totalitaria, una teoría según la cual es el mundo o el estado el que justifica la existencia de las hormigas o de los hombres, en lugar de ser al revés.

—¿Y por qué has dicho que Marx no sabía nada de historia natural?

—El tema de la personalidad de mi viejo amigo Karl —dijo el mago en un tono muy serio— no cae dentro de la esfera que se ha asignado a este Comité. Recuerda por favor que no nos hemos reunido para analizar el comunismo, sino para tratar del problema del crimen organizado. Aquí solamente nos interesará el comunismo en los puntos de contacto que tenga con la guerra. Sentada esta premisa, ésta es la respuesta a tu pregunta: he dicho que Marx era un mal naturalista porque cometió el tremendo patinazo de sobrestimar el cerebro humano, porque nunca se le ocurrió pensar en los gansos y porque creía en la Falacia de la Igualdad, que repele la Naturaleza. Los méritos y capacidad de los seres humanos son tan diferentes entre sí como sus estaturas y sus rasgos faciales. Es lo mismo que si te empeñases en que toda la gente del mundo utilizara zapatos del mismo número. Esta ridícula idea de la igualdad fue adoptada por las hormigas hace treinta millones de años, y sólo porque se han pasado todo este tiempo creyendo que era una idea verdadera han logrado al final conseguir que lo fuera. Y fíjate en qué embrollo se han metido.

—Libertad, Igualdad y Fraternidad... —empezó a decir el tejón.

—Libertad, Brutalidad y Obscenidad —coreó en seguida el mago—. No te iría mal tratar de vivir en alguna de las revoluciones que han utilizado en su propaganda esa frase. Primero lo proclaman; a continuación anuncian que es necesario liquidar a los aristócratas basándose en criterios muy poco elevados de ética, a fin de purgar el partido, o para podar a la comuna, o para asegurar que el mundo podrá vivir democráticamente; y a continuación se ponen a violar y a asesinar a todo aquel que consiguen pillar, con más tristeza que ira; y si no, les crucifican o les torturan utilizando métodos que no pienso molestarme en mencionar aquí. Tendrías que haber probado a vivir la guerra civil española. Sí, en eso consiste la igualdad de los hombres. Si te dedicas a hacer una matanza de todos los que son mejores que tú, no hay duda de que conseguirás muy pronto que seamos todos iguales. Estaremos todos igualmente muertos.


11

Repentinamente, T. natrix habló:

—Vosotros los humanos —dijo— no tenéis ni idea de esa eternidad sobre la que tanto habláis, esa eternidad de vuestras almas y purgatorios y todo lo demás. Si cualquiera de vosotros creyera realmente en la Eternidad, o al menos en grandes lapsos de tiempo, pensaríais un poco más esto de la igualdad. No puedo imaginar nada más horroroso que una Eternidad llena de hombres que fueran absolutamente iguales. Lo único que ha hecho soportable la vida en el prolongado pasado del mundo ha sido la diversidad de las criaturas que han habitado la superficie del globo. Si todos hubiéramos sido iguales, si todos hubiéramos sido un mismo tipo de criaturas, hace ya mucho tiempo que habríamos rogado que se pusiera en práctica la eutanasia. Afortunadamente, en la Naturaleza no existe nada que se parezca a la igualdad de habilidad, méritos, oportunidades o premios. Cada una de las especies animales que siguen vivas —dejando a un lado casos como las hormigas— está formada por miembros profundamente individualistas, gracias a Dios. Pues de lo contrario nos moriríamos de aburrimiento, o nos convertiríamos en autómatas. Incluso entre los espinosillos, de los que a primera vista se diría que son todos más o menos iguales, incluso entre ellos hay zopencos y genios: tanto los unos como los otros compiten por conseguir su pedazo de comida, y los que se lo llevan son los genios. Había un hombre que alimentaba a sus espinosillos poniéndoles la comida dentro de una jarra de cristal que luego introducía en el acuario. Algunos, después de fallar en tres o cuatro intentos, acababan por encontrar la forma de llegar hasta el alimento, y luego eran capaces de recordar el camino seguido, mientras que otros... creo que todavía están buscándolo. Si las cosas no fueran así la Eternidad sería terrible, porque carecería de diferencias y en consecuencia de cambio.

—Nada de esto hace al caso. Estamos, al menos eso es lo que se supone, discutiendo el problema de la guerra.

—Muy bien.

—Rey —preguntó el mago—, ¿puedes ir ya a enfrentarte con los gansos, o prefieres descansar un poco más?

»Es inútil —añadió Merlín en un aparte— discutir adecuadamente la cuestión antes de haberle proporcionado todos los datos.

—Creo —dijo el anciano— que tengo que descansar. No soy tan joven como fui, pese a tu masaje, y en poco tiempo has tratado de hacerme aprender muchísimas cosas. ¿Puedes aguardar unos minutos?

—Desde luego. Las noches son largas. Erizo, empapa en vinagre este pañuelo y pónselo sobre la cabeza. Rey, apoya los pies en una silla y cierra los ojos. A ver, que todo el mundo se esté quieto. Dadle aire.

Los animales se quedaron sentados y se daban codazos cuando uno de ellos tosía. Mientras, el rey, con los ojos cerrados y lleno de agradecimiento, se sumió en sus pensamientos.

Porque le habían apremiado mucho. No era fácil aprender tantas cosas en una sola noche, y además era, aparte de viejo, un simple ser humano.

Quizá, después de todo, aquella persona, arrancada de su tienda de Salisbury, agobiada por la inquietud, no hubiera debido nunca haber sido elegida por Merlín. Fue un niño corriente aunque encantador, y todavía estaba lejos de llegar a ser un genio. Es posible que, después de todo, esta larguísima historia que hemos contado trate simplemente de un viejo caballero bastante oscuro que hubiera estado más en su lugar si se hubiera dedicado a organizar los partidos de cricket de un pueblo, o las excursiones de los chicos del coro.

Había una cosa sobre la que hacía rato que quería pensar. Su rostro, con los ojos semiocultos por las bolsas de los párpados, había dejado de ser el rostro de un muchacho hacía mucho tiempo. Tenía aspecto cansado, y era el rey: aquello hacía que los demás contertulios le mirasen con expresiones serias, con miedo y tristeza.

Eran buenos y amables, lo sabía muy bien. Eran gente cuyo respeto tenía en mucho. Pero su problema no era el mismo que el de los humanos. Para ellos, que habían resuelto sus problemas sociales mucho antes de la llegada del hombre a la tierra, era muy fácil analizar sabiamente esos temas en su feliz Universidad de la Vida. Ser benevolente, con el buen vino y el hogar encendido y la confianza mutua, no les costaba tantos esfuerzos como a él cumplir, como herramienta suya, tu tarea.

Después de cerrar sus ojos, el rey volvió al mundo real del que había venido: su esposa secuestrada, su mejor amigo desterrado, sus sobrinos asesinados y su hijo estrechando el cerco en torno a él mismo. Lo peor era el tono impersonal de las discusiones que había oído. Porque de hecho todos los hombres que conocía estaban complicados en lo mismo. Era cierto, tal como habían dicho los animales, que el hombre era feroz. Ellos podían decirlo en abstracto, hasta con cierto brillo dialéctico, pero para él era algo concreto. Él tenía que vivir verdaderamente entre zopencos de carne y hueso. Él era uno de ellos, tan cruel y tan tonto como ellos; y además estaba atado por la conciencia que compartía con los demás seres humanos. Era un inglés, e Inglaterra estaba en guerra por mucho que lo odiara o deseara impedirlo; estaba sumergido por todas partes por un mal real pero intangible de sentimientos ingleses que no podía controlar. No era capaz de enfrentarse a ese sentimiento, de pelearse con aquel mar.




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