El libro de



Descargar 0.63 Mb.
Página5/12
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.63 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12

—Bueno, lo siento —dijo sombríamente el rey—. Parece que lo mejor es que vaya a tirarme al río. Soy un caradura, un ser insignificante, ferox, necio e impolítico. No parece que valga la pena que sigamos existiendo.

Pero esta frase pareció entristecer mucho a los animales. Se levantaron todos a la vez, acudieron a su lado, le abanicaron y le ofrecieron de beber.

—No —le dijeron—. En realidad no queríamos ser groseros. Tratábamos de ayudar. No te lo tomes tan a pecho. Estamos seguros de que hay muchos humanos que son sapiens y carecen de ferocidad. Te decíamos todo esto para sentar los cimientos que nos permitirán resolver más adelante vuestro rompecabezas. Venga, toma un vaso de madeira y no pienses más en ello. En realidad creemos que el hombre es una criatura maravillosa, la mejor.

Entonces se volvieron hacia Merlín con una expresión muy seria y le dijeron:

—¡Mira lo que has hecho! ¡Ahí tienes las consecuencias de toda tu palabrería! El pobre rey se siente desgraciadísimo, y toda la culpa la tienes tú, que siempre tienes que descargar tu malhumor y exagerar.

—Incluso anthropos, la definición griega —replicó Merlín—, es incorrecta. Quiere decir «El que mira hacia arriba». Pasada su adolescencia, el hombre casi nunca mira hacia arriba.


6

El nuevo Arturo, el cerrojo engrasado, fue rodeado de mimos hasta que por fin recuperó su buen humor; pero cometió inmediatamente un grave error, porque replanteó el tema una vez más.

—De todos modos —dijo—, ¿no crees que los hombres tienen algunas cosas respetables, como sus afectos, su amor y su heroísmo y su paciencia?

La riña que acababa de recibir su preceptor no había bastado para intimidarle y aceptó encantado el desafío.

—¿Supones que los otros animales —preguntó— no aman ni son heroicos o pacientes, o —algo todavía más importante— que carecen del sentido de la cooperación? La vida amorosa de los cuervos, el heroísmo de una manada de comadrejas, la paciencia de los pajarillos que cuidan a las crías del cuco, el amor y cooperación de las abejas, ¿no son acaso muestras mucho más perfectas de estas virtudes que las que jamás haya dado el ser humano?

—Pero —preguntó el rey—, ¿es que el hombre no tiene ninguna característica digna de respeto?

Al oír esto el mago se ablandó un poco.

—Creo —dijo— que es posible que exista una. La mencionaré, por insignificante e infantil que pueda parecer, y a pesar de las elucubraciones de ese individuo que se llama Chalmers-Mitchell. Me refiero a la relación que tiene el hombre con sus animales domésticos. En algunas casas hay perros que no son útiles como cazadores ni como guardianes, y gatos que se niegan a cazar ratas, y sin embargo son tratados con tierno afecto por los humanos, pese a su inutilidad y a las molestias que llegan a causar. No puedo menos que creer que todo comercio amoroso —en el que el amor sea platónico en lugar de constituir una simple devolución de servicios prestados— es nótale de por sí. Una vez conocí a un asno que vivía en el mismo campo que un caballo del mismo sexo. Estaban estrechamente vinculados por el afecto, a pesar de que ninguno de los dos podía beneficiar adecuadamente al otro. Me parece que este tipo de relación se da de forma bastante extendida entre el Homo ferox y sus perros. Pero también se da entre las hormigas, y por ello tampoco debemos darle demasiada importancia.

—Parásitos —observó maliciosamente la cabra.

Al oírla, Cavall se levantó del regazo de su dueño y él y el nuevo rey avanzaron ceremoniosamente hacia la cabra. Cavall habló en el lenguaje humano por primera y última vez en su larga vida, al unísono con su dueño. Su voz sonó como la de un teutón que hablara por una trompeta.

—¿Parásitos has dicho? —preguntaron—. Dilo otra vez, dilo y te daremos un buen puñetazo en la cabeza.

La cabra les miró con una sonrisa, pero se negó a pelear:

—Si me dierais un puñetazo en la cabeza —dijo—, os quedaríais con los nudillos doloridos. Además, retiro lo dicho.

Volvieron a sentarse. El rey se felicitó porque ahora tenía al menos un consuelo. Evidentemente, Cavall pensaba lo mismo porque le lamió la nariz.

—Lo que no logro comprender —dijo Arturo— es por qué os habéis tomado tanto trabajo pensando sobre el hombre y sus problemas y reuniéndoos en Comité para discutirlo, si el único detalle respetable que tiene es su forma de tratar a algunos animales domésticos. ¿Por qué no dejáis simplemente que se extinga sin armar tanto revuelo?

Aquello planteó un problema a los miembros del Comité, que se quedaron muy quietos, pensando, ocultos los rostros tras las pantallas de caoba que les resguardaban del calor directo del fuego, y contemplando las llamas invertidas que se formaban en el ahumado marrón del madeira.

—Porque te queremos, rey, porque te queremos —dijo al final Arquímedes.

En toda su vida no le habían dicho ningún cumplido tan maravilloso.

—Porque todavía eres un ser joven —dijo la cabra—. Cuando ves a una criatura joven e indefensa, instintivamente sientes deseos de ayudarla.

—Porque ayudar es bueno —dijo T. natrix.

—En la humanidad hay algo importante —dijo Balín—, aunque en este momento me siento incapaz de explicar qué es.

—Porque —dijo Merlín— uno disfruta dándole vueltas a las cosas, jugando con las posibilidades.

El erizo fue quien dio la mejor respuesta a la pregunta del rey. Lo que dijo fue, simplemente:

—¿Y por qué íbamos a dejarle?

Entonces se quedaron todos en silencio, meditando con la mirada fija en las llamas.

—Es posible que la imagen de los humanos que he pintado sea oscura —dijo Merlín dubitativamente—; no muy oscura, aunque quizá hubiera podido ser un poquito más brillante. Lo hice porque quería que entendieras la necesidad de mirar a los animales. No quería que creyeras que el hombre es demasiado importante para rebajarse a tal actitud. He tenido una larga experiencia con la raza humana, y a lo largo de ella he aprendido que es imposible conseguir que los hombres aprendan algo a no ser que se lo machaques una y otra vez.

—Lo que quieres es que averigüe algo, que lo aprenda de los animales.

—Sí. Por fin estamos llegando a la cuestión por la que te hemos traído aquí. Hay dos criaturas que no me acordé de enseñarte cuando eras un muchacho, y, a no ser que las veas ahora, no podremos seguir avanzando.

—Haré lo que quieras.

—Se trata de la Hormiga y del Ganso Salvaje. Queremos que les conozcas esta noche. Naturalmente, sólo verás a una especie de hormiga, aunque hay cientos; pero queremos que veas particularmente a ésta.

—Muy bien —dijo el rey—. Estoy dispuesto.

—¿Tienes a mano el encantamiento de la Sanguínea, tejón?

El pobre animal empezó a buscar, revolviendo todo lo que había en su silla y a su alrededor. Levantó la tapicería, alzó un extremo de la alfombra y revisó unos papelitos en los que había frases escritas con la letra de Merlín en todas direcciones.

El título del primer papelito decía Más Hybris Victoriana. El texto decía: «El doctor Juan de Gaddesden, médico de la corte del rey Eduardo II, dijo que había logrado curar la viruela del hijo del rey envolviendo al paciente en un paño rojo, poniendo cortinas rojas ante las ventanas y cuidando de que todas las telas que había en la habitación fueran rojas. Esto provocó una carcajada muy victoriana a expensas de la supuesta simplicidad medieval, hasta que el doctor Finsen de Copenhague descubrió en el siglo XX que la luz roja y la luz infrarroja afectan realmente las pústulas de la viruela hasta el punto de contribuir incluso a su curación.»

El siguiente papelito decía brevemente: «Dos rosas para Golden Miller.»

El tercero, fuertemente impregnado del aroma de «Quelques Fleurs» y escrito en una letra que no era la de Merlín, decía: «En el monumento de la reina Felipa de Charing Cross, a las siete y media, bajo la aguja.» En la parte de abajo había montones de besos y, en la otra cara, Merlín había escrito algunas notas para un poema que debían enviar a la remitente. Las notas decían: «¿Tonterías? ¿Coué? ¿Chopsuey?* » El poema, que empezaba



Cooee

Nimue
estaba tachado.

Otro papelito llevaba por título: «Arrogancia victoriana frente a las demás razas, los propios antepasados, los animales, etc.» La nota decía: «El coronel Wood-Martin, el Anticuario, observaba con sorna en 1895 que una de las razas más depravadas, la de los tasmanios —actualmente extinguida—, creía que las piedras, especialmente algunas clases de cristales de cuarzo, podían ser utilizadas como médiums o medios de comunicación... con personas vivas que se encontraban en lugares lejanos.» Pocos años después de la redacción de esta frase se importó al hemisferio occidental la telegrafía sin hilos. Prefiero conjeturar que esta gente depravada se había adelantado un millón de años al coronel en su mismo camino, y que llegaron a extinguirse debido a su vicio de escuchar constantemente música swing con sus cristales de cuarzo.

—Aquí está —dijo el tejón—. Creo que ya lo tengo.

El tejón entregó a Merlín un papelito en el que estaban escritas estas palabras: Formica est exemplo magni laboris* .

Pero no fue eficaz.

Por fin se ordenó a todo el mundo que se pusiera en pie, buscara por su silla, se mirase los bolsillos, etc. El erizo, mostrando un pedazo de papel estropeado y cubierto de barro y hojas aplastadas sobre el que había estado sentado, preguntó:

—¿Es éste?

Después de rasparlo, sacudirlo y desempolvarlo, fue posible leer su texto, que decía: «Nágarah, agimroh al a ev», y Merlín dijo que era el que necesitaba.

Entonces sacaron del congelador un par de nidos de hormigas que fueron colocados sobre una mesa en el centro de la habitación, y los animales se sentaron a mirar, porque el interior de los nidos se veía a través de unos cristales rojos. Merlín ordenó a Arturo que se sentara en la mesa al lado del nido más grande, dibujó el encantamiento y después lo pronunció solemnemente.
7

Le pareció que resultaba extraño volver a visitar a los animales a su edad. «A lo mejor —pensó con cierta vergüenza— en esta mi segunda infancia tengo tendencia a soñar. Quizá chocheo.»

Pero aquello le hizo recordar con toda frescura su primera infancia, los tiempos felices en que se dedicaba a nadar en los fosos o a volar con Arquímedes, y comprendió que había perdido una de las cualidades que tenía entonces, la capacidad de maravillarse. En su infancia sus alegrías eran indiscriminadas. Su atención —o su sentido de la belleza, o comoquiera que se llamase— se veía atraída fortuitamente por cualquier cosa. Una vez, mientras Arquímedes le daba una conferencia sobre el vuelo de los pájaros, él se perdió admirando el dibujo del pelo de una rata sujeta por las garras del búho. En otra ocasión, mientras el gran Merlín le dirigía un discurso sobre la dictadura, él no se fijó en nada más que en los dientes del mago y permaneció absorto estudiándolos en pleno éxtasis ante la magnitud de aquella experiencia.

Por mucho que Merlín hubiera restaurado su cerebro, esta capacidad de maravillarse le había abandonado. A cambio, aparecía otra facultad, al parecer, la de discernir. Ahora hubiera prestado atención a las palabras de Arquímedes o del señor Merlín, en lugar de fijarse en el pelo gris o en el amarillo de los dientes. No se sentía orgulloso del cambio experimentado.

El viejo bostezó. Porque las hormigas bostezan, y también se estiran, igual que los hombres, después de dormir. Y después de bostezar se concentró todo lo que pudo a fin de entregarse a su tarea de observación. No le gustaba ser una hormiga. En los viejos tiempos se hubiera sentido embargado de placer de haber tenido esa posibilidad, pero ahora lo único que hacía era decirse: «Bien, es un trabajo que hay que hacer. ¿Por dónde empezar?»

Los nidos habían sido construidos disponiendo una fina capa de tierra, de menos de un centímetro de espesor, sobre unas mesitas parecidas a unos escabeles. Sobre la capa de tierra Merlín había colocado un cristal cubierto a su vez por una tela que proporcionaba la oscuridad necesaria para la zona de los criaderos. Si se quitaba la tela se podían ver los nidos a modo de corte transversal. Al otro lado del cristal se veían los lugares en que las hormigas adultas cuidaban a las crisálidas, como si se tratara de un invernadero con un techo transparente.

Los nidos propiamente dichos estaban al otro extremo de los escabeles y el cristal sólo cubría la mitad de las galerías. Delante había unas pistas de tierra al aire libre que iban a parar a unos cristales de reloj en los que se depositaba el almíbar con que se alimentaban las hormigas. Los dos nidos estaban incomunicados. Los escabeles estaban uno al lado del otro, pero un poco separados, y sus patas estaban metidas dentro de unos platillos.

Naturalmente, el rey no lo veía así en aquel momento. El lugar en que se encontraba le daba más bien la sensación de ser un gran campo de cantos rodados al final del cual había una fortaleza de poca altura. Se entraba en la fortaleza a través de unos túneles y, sobre cada uno de ellos, había un cartel que decía:


NUEVA ORDEN:

TODO LO QUE NO ESTÁ PROHIBIDO ES OBLIGATORIO


Leyó el cartel y al hacerlo tuvo una sensación desagradable, pese a no acabar de captar el significado. Entonces pensó para sí: «Me daré una vuelta antes de entrar.» Por alguna razón poco clara, el cartel le había quitado todas las ganas de entrar, al dar a los toscos túneles un aspecto siniestro.

Agitó cuidadosamente sus antenas mientras pensaba en la frase del cartel y simultáneamente tomó conciencia de sus nuevos órganos sensoriales y pisó fuerte el suelo con sus patas como si tratara de afirmarse en aquel nuevo mundo. Se limpió las antenas con las patas anteriores, con unos movimientos semejantes a los de un malvado de cuento Victoriano retorciendo sus bigotes. Entonces tomó conciencia de algo que desde el principio estaba esperando ser tenido en cuenta: que había en su cabeza unos sonidos articulados. Se trataba de unos ruidos o de un complicado olor, y no encontramos manera más fácil de explicarlo que decir que era como estar oyendo una emisión de radio. Entraba en él a través de sus antenas, como si fuera música.

Aquella música seguía un ritmo monótono, era como una pulsación, y su letra decía cosas como Duna-una-luna, o Mami-mami-mami-mami, o Azul-tul, o Amor-dolor. Al principio le gustaron, sobre todo la que decía Cariño-armiño-corpiño, hasta que comprobó que eran siempre las mismas. En cuanto terminaba la serie, volvían a repetirse todas en el mismo orden. Al cabo de una hora o dos de oírlas sentina deseos de gritar.

Había también una voz en su cabeza. Hablaba durante las pausas de la música, y parecía dar instrucciones: «Todos los individuos de dos días deben ser trasladados a la Nave Oeste», decía una voz; «La número 210397/WD debe presentarse en la patrulla del almíbar para sustituir a la 333105/WD, que se ha caído del nido.» Era una voz encantadora y pastosa pero parecía impersonal, como si su encanto hubiera sido perfeccionado tan laboriosamente como un número circense. Era una voz muerta.

El rey, aunque quizá ahora deberíamos decir la hormiga, se alejó de la fortaleza en cuanto se sintió dispuesto a caminar. Empezó inspeccionando el desierto de piedras, algo intranquilo, poco animado a visitar el lugar del que procedían las órdenes pero al mismo tiempo aburrido ante lo reducido de la vista que podía dominar. Entre los cantos rodados había unos caminos, unas pistas serpenteantes a la vez útiles e inútiles, que conducían al punto donde estaba el almíbar y también en otras direcciones que él no conseguía comprender. Uno de estos últimos caminos terminaba ante un agujero natural que había bajo un grueso terrón. En el agujero encontró dos hormigas muertas que también le dieron la sensación de utilidad inútil porque habían sido colocadas allí de forma muy aseada, pero al mismo tiempo muy desaseada, como si las hubiera llevado hasta aquel lugar una persona muy ordenada que, sin embargo, al llegar allí hubiera olvidado el motivo de su acción. Estaban arrolladas y no parecía que estuvieran alegres ni tristes por haber muerto. Estaban allí, simplemente, como un par de sillas.

Mientras estaba mirando a los dos cadáveres llegó una hormiga viva por el camino. Arrastraba un tercer cadáver.

—¡Salve, Sanguínea! —dijo.

El rey dijo «Salve», mostrándose muy educado.

Vistas las cosas desde cierto punto de vista —del cual él no sabía nada—, tenía suerte. Merlín se había acordado de darle el olor adecuado para aquel nido concreto. Porque si hubiera tenido el olor particular de cualquier otro nido, le hubieran matado al instante. Si la señorita Edith Cavell hubiera sido una hormiga, en su pedestal hubieran escrito: EL OLOR NO BASTA.

La nueva hormiga dejó su cadáver distraídamente y empezó a arrastrar a las otras dos en varias direcciones. No parecía saber dónde ponerlas; o, mejor dicho, sabía que debía disponerlas de cierto modo, pero no conseguía imaginar cómo hacer para lograrlo. Era como si un hombre que tiene en una mano una taza de té y en la otra un bocadillo quisiera encender un pitillo con una cerilla y, en lugar de inventar la idea de dejar taza y bocadillo antes de coger pitillo y cerilla, dejara primero el bocadillo y cogiera la cerilla, dejara entonces la cerilla para coger el pitillo, dejara el pitillo y cogiera el bocadillo, dejara la taza y cogiera el pitillo, hasta dejar por fin el bocadillo para coger el pitillo. Así actuaba esta hormiga que parecía más dispuesta a confiar en una serie de accidentes que en la reflexión a la hora de lograr su objetivo. Era paciente, y no pensaba. Después de dejar a las tres hormigas muertas en varias posiciones, lo lógico era que al final quedaran debidamente ordenadas bajo el terrón. Y esto era todo lo que tenía que hacer.

El rey contempló todas estas actividades al principio sorprendido, después contrariado y al final con una profunda aversión por aquel modo de actuar. Estuvo a punto de preguntarle a la hormiga por qué no pensaba las cosas antes de hacerlas; sentía ese fastidio que se suele sentir cuando se ve hacer algo mal hecho. Después sintió deseos de hacerle algunas preguntas más, por ejemplo: «¿Te gusta ser sepulturera?», «¿Eres una esclava?», e incluso «¿Eres feliz?»

Pero lo extraordinario fue que no pudo hacer preguntas como aquéllas. Para ello hubiera tenido que traducirlas al lenguaje de las hormigas por medio de sus antenas. Pero cuando trató de hacerlo descubrió con desesperación que no había palabras en ese lenguaje para la mitad de las cosas que quería decir. No había palabras para decir felicidad, libertad o gustar, y tampoco había términos que expresaran lo opuesto. Se sintió como un mudo que tratara de gritar «¡Fuego!». Lo más cerca que llegaba aquel lenguaje a «Bien» o «Mal» era con los términos «Regular» e «Irregular».

La hormiga terminó por fin de desplazar los cadáveres de un lado para otro y se dio la vuelta para irse por el camino por donde había llegado dejándolos en un orden francamente desordenado. Entonces vio que Arturo estaba cruzado en su paso, se detuvo y se puso a agitar sus antenas como si fuera un tanque. Con aquella cara inexpresiva y amenazadora como un yelmo, y sus pelos, y aquellas cosas que parecían espuelas en cada una de las articulaciones de sus patas, a lo que en realidad se parecía era a un caballero enfundado en su armadura y a lomos de un caballo guarnecido para el combate; o, mejor, a una combinación de los dos: un centauro peludo con una armadura completa.

—Salve, Sanguínea —dijo otra vez.

—Salve.

—¿Qué haces?



El rey respondió sincera pero imprudentemente:

—Nada.


Aquello dejó a la hormiga desconcertada durante varios segundos, igual que se quedaría un profano si Einstein le explicara sus ideas más recientes sobre el espacio. Después extendió las doce articulaciones de su antena y habló por medio de ella hacia un punto lejano.

—«105978/UDC informando desde la zona cinco. Hay una hormiga loca en la zona cinco. Cambio.»

La palabra que utilizó para decir loca era Irregular. Posteriormente el rey acabaría por enterarse de que el lenguaje de las hormigas sólo tenía dos posibilidades clasificatorias —Regular e Irregular— para todos los temas en los que entrara en juego el juicio de valor. Si el almíbar que Merlín les dejaba como alimento era dulce decían que era un almíbar Regular; si se confundía y les echaba un producto corrosivo, entonces era almíbar Irregular. Y ahí se acababan las posibilidades. También bastaba la palabra Regular como calificativo para las lunas, mamis, etc., de las emisiones que recibían por sus antenas constantemente.

Pero ahora la emisión se cortó un momento y la voz pastosa dijo:

—«Cuartel general a 105978/UDC. ¿Qué número tiene la hormiga loca? Cambio.»

—¿Cuál es tu número? —le preguntó la hormiga.

—No lo sé.

Una vez transmitida la noticia al cuartel general, éste envió un mensaje pidiendo que la hormiga anónima explicara quién era. La hormiga se lo pidió, utilizando las mismas palabras que el cuartel general y la misma voz pastosa. Aquello le hizo sentirse incómodo y furioso, dos emociones que le molestaban siempre.

—Sí —dijo con sarcasmo aprovechando que la pobre criatura que tenía enfrente era incapaz de captar un matiz así—. Me he caído y no consigo recordar nada.

—«Informa 105978/UDC. La hormiga Irregular padece conmoción tras haberse caído del nido. Cambio.»

—Cuartel General a 105978/UDC. El número de la hormiga Irregular es 42436/WD. Esta mañana se cayó del nido cuando trabajaba en la patrulla del almíbar. Si se encuentra en condiciones de reanudar su tarea... —toda esta última operación era, en el lenguaje de las hormigas, mucho más simple, porque se reducía al término Regular, al igual que todas las otras cosas que no eran Irregulares; pero dejemos ya a un lado esta cuestión del lenguaje—. Si se encuentra en condiciones de reanudar su tarea, dé a la hormiga 42436/WD instrucciones a fin de que pueda incorporarse de nuevo a la patrulla del almíbar. Una vez allí debe ocupar el puesto de la hormiga 210021/WD, que ha sido enviada a la zona para sustituirla. Cambio.»

—¿Entiendes? —preguntó la hormiga.

Al parecer había tenido una idea perfecta cuando se le ocurrió decir que se había caído; de vez en cuando alguna hormiga caía y Merlín, si se daba cuenta, le ponía el lápiz delante y después de que hubiera subido a él, la devolvía a su mundo.

La sepulturera dejó de prestarle atención y se fue, arrastrándose por el camino de antes en busca de otro cadáver o lo que fuera que tenía que ser enterrado.

Arturo se fue en dirección opuesta, hacia donde se encontraba la patrulla del almíbar. Por el camino trató de aprenderse de memoria su número y el de la hormiga que tenía que ser sustituida por él.
8

Las hormigas que integraban la patrulla del almíbar estaban absolutamente quietas en torno al cristal de reloj, como un círculo de adoradores. El rey se acercó al grupo y anunció que 210021/WD debía regresar al nido. Después se puso en el círculo y empezó a comer como las demás hormigas aquel néctar dulzón. Al principio le gustó muchísimo y lo hizo con glotonería, pero, al cabo de pocos segundos, empezó a encontrar muy poco satisfactorio aquel manjar. No entendía por qué. Comió mucho, copiando la actitud del resto de los miembros de la patrulla, pero era como comer un banquete de nada, o como una de esas cenas que se representan en los escenarios. En cierto sentido era como una pesadilla en la que se veía obligado a comer enormes cantidades de masilla sin que hubiera forma de dejar de hacerlo.

Había idas y venidas en torno al cristal. Las hormigas que habían llenado su buche hasta el borde regresaban a la fortaleza para ser sustituidas por otras que llegaban en procesión desde aquel mismo lugar. No aparecían nuevas hormigas, sin embargo, puesto que siempre era el mismo grupo de doce el que formaba las filas que se iban y regresaban. Todas ellas se pasarían su vida entera haciendo aquello mismo.




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad