El libro de



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—Hay ciertos monos —dijo Merlín— que tienen que ser estrechamente vigilados cuando son mantenidos en cautividad, porque de lo contrario los individuos dominantes privarían a sus camaradas del alimento, forzándoles incluso a regurgitarlo, aunque se murieran de hambre.

—Me parece que este ejemplo es muy poco firme.

Merlín cerró una de sus manos sobre la otra y puso una cara incluso más triste que antes. Al final consiguió cobrar ánimos suficientes para admitir la derrota, aspiró profundamente e hizo frente a la verdad.

—Cierto, es poco firme —dijo—. Me resulta imposible encontrar un solo ejemplo de verdadero capitalismo en la Naturaleza.

Apenas acababa de pronunciar esta frase cuando sus manos se separaron a la velocidad del relámpago y el puño de una cayó velozmente sobre la palma de la otra.

—¡Ya lo tengo! —gritó—. Ya sabía yo que tenía razón en lo del capitalismo. Lo estamos mirando del revés.

—Generalmente lo hacemos así.

—La principal especialización de una especie suele ser, casi siempre, contraria a la naturaleza de las otras especies. La inexistencia de ejemplos de capitalismo en la naturaleza no demuestra que el capital sea algo antinatural en el hombre, en el sentido de que sea algo malo. Con esta misma lógica podríais decir que es antinatural que las jirafas se coman la parte superior de los árboles porque no hay ningún antílope con el cuello tan largo como el suyo, o que fue malo el primer anfibio que salió reptando del agua porque en aquel momento no existía ningún otro ejemplo de vida anfibia. El capitalismo es la especialidad de los hombres, del mismo modo que lo es el cerebro. Esto no significa que sea antinatural que los hombres tengan cerebro. Por el contrario, significa que deben aprender a utilizarlo. Y lo mismo ocurre con el capitalismo. Porque el capitalismo es, como el cerebro, una especialidad, ¡una de las joyas de la corona! Ahora que lo pienso, el capitalismo puede ser un hecho que concuerda con la posesión de un cerebro desarrollado. De otro modo, ¿por qué razón el único ejemplo de capitalismo que hemos encontrado —los monos que antes mencioné— se produce precisamente entre los antropoides que tienen un cerebro similar al de los hombres? Sí, sí, sé que tenía razón al insistir constantemente en mi pequeña defensa del capitalismo. Ya sabía yo que había un criterio razonable según el cual los rusos de mi juventud hubieran debido modificar sus ideas. Que el capitalismo sea un fenómeno único no implica que sea malo; todo lo contrario, quiere decir que es bueno. Bueno para el hombre, claro está, aunque no lo sea para los otros animales. Significa...

—¿Te has dado cuenta —preguntó Arquímedes— que tu auditorio no ha entendido una sola palabra de las que has dicho en los últimos minutos?

Merlín se interrumpió bruscamente y miró a su alumno, que había estado siguiendo la conversación más con los ojos que con otra cosa, mirando primero a un interlocutor y después al otro.

—Lo siento.

El rey habló de forma ausente, como si más que dirigirse a los presentes hablara consigo mismo.

—¿He sido un necio? —dijo lentamente—. ¿He sido un necio por no haberme fijado en los animales?

—¡Necio! —gritó el mago, volviendo a sentirse triunfante, porque le encantaba haber hecho aquel gran descubrimiento sobre el capital—. ¡Por fin surge una migaja de verdad de unos labios humanos! Nunc dimittis!*

E inmediatamente saltó a lomos de su caballo de batalla, dispuesto a salir galopando en todas direcciones.



—Los seres humanos son tan caraduras —exclamó— que le dejan a uno patitieso. Empezad por el impensable universo; reducid la escala hasta fijaros en el pequeño sol que hay en él; pasad a ese satélite del sol al que nos gusta llamar la Tierra; mirad por un momento a la miríada de algas o como se llamen que viven en el mar, y a los innumerables microbios, cada vez más diminutos, que nos pueblan a nosotros mismos. Echad una ojeada a este cuarto de millón de especies de las que os he hablado antes, y a los períodos inabarcables de tiempo a lo largo de los cuales han vivido. Y ahora mirad al hombre, a este advenedizo cuyos ojos, hablando desde el punto de vista de la Naturaleza, apenas puede decirse que estén más abiertos que los de un cachorro de perro recién nacido. Ahí tenéis a esa pobre caricatura grotesca —a estas alturas estaba tan excitado que ya no tenía tiempo de encontrar los calificativos más adecuados—, ahí le tenéis. Se llama a sí mismo Homo sapiens, gran acierto en verdad, ¡y se proclama señor de la creación, coronándose a sí mismo como el bobo de Napoleón! Ahí le tenéis, dándose aires de superioridad ante los demás animales; ¡dándose aires de superioridad incluso —que Dios se apiade de su alma— ante sus antepasados! ¡Es la Gran Hybris Victoriana, la asombrosa, la inefable arrogancia del siglo XIX! ¡Mirad esas novelas históricas de Scott, en las que se hace hablar a los hombres —sólo porque vivieron doscientos años atrás— con voz campanuda! El hombre, en su orgullo, llega a afirmar en el siglo XX que la raza ha «progresado» en el curso de apenas un millar de años, pero se afana al mismo tiempo en hacer saltar en pedazos a sus hermanos. ¿Cuándo aprenderán que a un pájaro le cuesta un millón de años modificar una sola ala primaria? Ahí tenéis a este enorme patán que afirma que todo ha cambiado porque ha inventado el motor de explosión. Ahí le tenéis, tieso como un espárrago desde que Darwin le habló de la existencia de algo que se llama evolución. Sin tener en absoluto en cuenta que la evolución se desarrolla a lo largo de ciclos que duran millones de años, el hombre cree haber evolucionado entre la Edad Media y el siglo XX. Quizá haya evolucionado el motor de explosión, pero lo que es él... Miradle soltar risillas disimuladas cuando se compara con quienes fueron sus progenitores, por no hablar de su actitud despectiva frente a los demás tipos de mamíferos, en ese insufrible libro titulado Connecticut Yankee in King Arthur's Court* . ¡Qué frescura tan auténtica y pasmosa! ¡Y atreverse a hacer a Dios a su propia imagen! Creedme, las razas llamadas primitivas, que adoraban a los animales como si se tratara de dioses, no eran tan imbéciles como la gente ha podido creer. Al menos, eran humildes. ¿Y por qué no podía descender Dios a la tierra encarnado en forma de lombriz? Hay muchísimas más lombrices de tierra que hombres, y son mucho más beneficiosas que ellos. ¿Y, además, a qué viene tanto jaleo? ¿En qué consiste esa maravillosa superioridad del siglo XX sobre la Edad Media, y de la Edad Media sobre las razas primitivas y las bestias de los campos? ¿Acaso muestra el hombre tener un control tan perfecto de su Poder, su Ferocidad y su Propiedad? ¿Qué hace el hombre? ¡Carnicerías entre los miembros de su propia especie, como un caníbal! ¿Sabíais que se ha calculado que durante los años que van de 1100 al 1900, los ingleses pasaron en guerra cuatrocientos diecinueve años, y los franceses trescientos setenta y tres? ¿Sabíais que Lapouge ha admitido que cada siglo mueren en Europa de forma violenta diecinueve millones de hombres, de forma que la sangre derramada bastaría para que una fuente de sangre manase setecientos litros por hora desde el comienzo de la historia? Y querido amigo, déjame decirte esto: excluyendo al hombre, en la Naturaleza misma la guerra es tan rara que apenas existe. De todas estas doscientas cincuenta mil especies, sólo hacen la guerra una docena aproximadamente. Si alguna vez la Naturaleza se dignara mirar a esa pequeña atrocidad que se llama hombre, sufriría tal conmoción que perdería el sentido.

»Y para terminar —concluyó el mago cerrando el discurso con un estilo más fácil—, y dejando a un lado la ética, ¿tiene acaso esa odiosa criatura alguna importancia ni siquiera desde el punto de vista físico? ¿Crees que la Naturaleza se vería obligada a fijarse en él más que en el pulgón o en el pólipo coralino, a causa de los cambios que ha introducido en la superficie de la tierra?


4

El rey, aturdido por tan prolongada demostración de retórica, dijo con mucha educación:

—Pues claro que sí. Las cosas que hemos hecho nos confieren cierta importancia, ¿no?

—¿Cómo? —preguntó en tono fiero su preceptor.

—Bien, no es difícil. Por ejemplo, los edificios que hemos construido sobre la tierra, y las ciudades, y los campos que ahora pueden ser cultivados...

—El Gran Arrecife de Australia —observó Arquímedes mirando al techo— es una construcción de miles de kilómetros de longitud y fue hecho por unos pólipos.

—Pero eso no es más que un arrecife...

Merlín arrojó su sombrero al suelo, de la forma que solía hacerlo.

—Pero ¿es que no puedes pensar de una forma impersonal? —preguntó—. El pólipo de coral tendría entonces el mismo derecho que tú a decirte que Londres no es más que una ciudad.

—Aun así, si se pusieran una al lado de la otra a todas las ciudades del mundo...

—Si tú traes todas las ciudades del mundo —dijo Arquímedes—, yo traeré todas las islas y atolones de coral. Entonces haremos una comparación en serio, y ya veremos.

—Bien, pues es posible que los pólipos de coral sean más importantes que los hombres, pero eso no es más que una sola especie...

—Me parece que el Comité —dijo la cabra maliciosamente— tenía por algún lado una nota sobre los castores donde se decía que han construido mares y continentes...

—Los pájaros —empezó Balin fingiendo una exagerada indiferencia—, transportando semillas en sus excrementos, han hecho bosques tan enormes que...

—Y los conejos —interrumpió el erizo— estuvieron a punto de despoblar Australia...

—Y qué me decís de los Foraminifera: las rocas blancas de Dover están hechas por sus cuerpos...

—Las langostas...

Merlín levantó su mano:

—Explicadle lo que es capaz de hacer una humilde lombriz de tierra —dijo majestuosamente.

Y entonces todos los animales se pusieron a recitar a la vez:

—El naturalista Darwin ha señalado que existen unas cien mil lombrices en cada hectárea de tierra, que, solamente en Inglaterra, revuelven cada año trescientos veinte mil millones de toneladas de tierra, y que pueden ser encontradas prácticamente en todas las regiones del planeta. En sólo treinta años llegan a alterar en una profundidad de quince centímetros toda la superficie de la tierra. Como muy bien dice el inmortal Gilbert White: «Sin las lombrices de tierra, el planeta no tardaría en enfriarse. Su superficie se endurecería, dejaría de producirse la fermentación y, en consecuencia, la tierra se volvería estéril.»
5

—A mí me parece —dijo el rey muy contento (porque estos asuntos tan elevados parecían llevarle muy lejos de Mordred y de Lanzarote, y muy lejos del lugar donde, como se dice en King Lear, la humanidad, como si estuviera constituida por monstruos del piélago, se ve forzada a devorarse a sí misma, para trasladarle a un mundo pacífico en el que la gente pensaba y charlaba y se quería sin padecer sufrimientos)—, a mí me parece que, si lo que decís es cierto, no estaría nada mal tratar de bajarles los humos a mis semejantes. Si se pudiera conseguir que se vieran a sí mismos como uno más entre otros mamíferos, quizá les resultara tonificante la novedad. Decidme las conclusiones a las que ha llegado el Comité; seguramente habréis discutido sobre el animal humano.

—La primera dificultad que hemos encontrado es la del nombre.

—¿Qué nombre?

Homo sapiens —explicó la culebra de agua—. Pronto fue evidente que el adjetivo sapiens no servía. Pero lo más grave fue cuando tratamos de encontrar uno que pudiera sustituirle.

—¿Recuerdas —dijo Arquímedes— que una vez Merlín te explicó con qué razón se llamaba coelebs* a los pinzones? Un adjetivo adecuado debe describir, como éste, alguna característica de la especie.

—El primer adjetivo sugerido —dijo Merlín— fue naturalmente el de ferox, dado que el hombre es el más feroz de todos los animales.

—Es curioso que digas ferox: hace una hora estaba pensando precisamente en esa palabra. Pero estarás de acuerdo conmigo en que exageras al afirmar que es más feroz que un tigre.

—¿Exagero?

—Siempre me ha parecido que, en general, los hombres son seres decentes...

Merlín se quitó las gafas, suspiró profundamente, las limpió, volvió a ponérselas y examinó a su discípulo lleno de curiosidad: como si de un momento a otro pudieran crecerle unas orejas largas, blandas y peludas.

—Trata de recordar lo que pasó la última vez que fuiste a dar un paseo —sugirió apaciblemente.

—¿Un paseo?

—Sí, un paseo por los caminos campestres de Inglaterra. Llega el Homo sapiens, dispuesto a disfrutar del fresquito del atardecer. Imagínate la escena. En los matorrales canta un mirlo. ¿Acaso se queda callado y se aleja volando tras pronunciar una maldición? Qué va. Canta con más fuerza y va a colgarse al hombro del paseante. En el suelo, un conejo mordisquea la hierba. ¿Corre atemorizado hacia su madriguera? En absoluto. Se le acerca a saltitos. Y el ratón de campo, la culebra de agua, el zorro, el erizo y el tejón, ¿aceptan también su presencia, o se ocultan?

»¡Ninguno! —gritó de repente el viejo, estallando en un arrebato de antigua y especial indignación—. ¡No hay ningún animal de los que pueblan Inglaterra que no huya de la sombra del ser humano como alma que lleva el diablo! Ningún mamífero, ningún pez, ningún ave se queda cuando aparece el hombre. Desvía tu camino hasta llegar a la orilla del río, y todos los peces escaparán. No es fácil, créeme, ser temido por todos los seres existentes.

»Y no pienses —añadió rápidamente, dejando reposar su mano sobre la rodilla de Arturo—, no pienses que también huyen los unos de los otros. Porque si bajara por el sendero un zorro, seguramente el conejo huiría precipitadamente, pero tanto el pájaro que está en el árbol como los demás animales aceptarían su presencia. Si un halcón planeara por el lugar, el mirlo se encogería quizá de miedo, pero el zorro y los demás tolerarían su presencia. Sólo el hombre, sólo el más ferviente miembro de la Sociedad para la Invención de Tratamientos Crueles contra los Animales, sólo él es temido por todos los seres vivos.

—Pero éstos no son animales salvajes. Un tigre, por ejemplo...

Merlín volvió a levantar su mano para imponer silencio.

—Supongamos que das el paseo por una selva —dijo— si así lo prefieres. No hay tigre ni cobra ni elefante en África que no huya ante la presencia del hombre. Algunos tigres se vuelven locos a veces por un dolor de muelas, y entonces le atacan. También la cobra, si se siente acosada, luchará para defenderse. Pero si en un camino de la selva se encontraran un tigre cuerdo y un hombre cuerdo, sería el tigre el que se apartaría. Los únicos animales que no huyen del hombre son los que no le han visto nunca: las focas, los pingüinos, los dodos* y las ballenas de los mares árticos, y por esta razón todas estas especies se encuentran al borde de la extinción. Incluso las pocas criaturas que se alimentan del hombre, los mosquitos y las pulgas, viven aterradas y temen tanto a su anfitrión que siempre tienen que cuidar de no ponerse al alcance de sus manos.

»¡Qué rareza es el Homo ferox —continuó Merlín— en la Naturaleza: un animal capaz de matar por placer! No hay en esta sala ninguna otra criatura capaz de matar como no sea para procurarse alimento. El hombre finge indignarse ante el comportamiento del alcaudón, que tiene su pequeña despensa de gusanos, etc., prendidos en los espinos, y sin embargo su propia despensa —siempre repleta— está además rodeada por criaturas tan encantadoras como la meditabunda ternera y ese animal de rostro inteligente y delicado, el cordero, que guarda con la exclusiva finalidad de sacrificarlas cuando están a punto de alcanzar la madurez para después devorarlas, con unos dientes que ni siquiera son los propios de un carnívoro. Deberías leer la carta de Lamb a Southey, ésa en la que habla de distracciones tales como cocer topos vivos, torturar abejorros y gatos, acuchillar rayas, y pescar, esa forma de infligir intolerables sufrimientos.

»El Homo ferox, Inventor de la Crueldad contra los Animales, es capaz de emprender la carísima cría de los faisanes para permitirse el gusto de matarlos; es capaz de tomarse el trabajo de enseñar a matar a otros animales; es capaz de quemar ratas vivas, como he visto hacer en Eriu, para que sus gritos intimiden a los demás roedores de la zona; es capaz de forzar voluntariamente la degeneración de los hígados de los patos a fin de obtener una comida sabrosa; es capaz de dejar ciego a un jilguero con una aguja para que cante más; es capaz de hervir vivas a las langostas y las gambas, sin hacer caso de sus agudos gritos; es capaz de hacer la guerra contra su propia especie y matar diecinueve millones de hombres cada cien años; es capaz de matar públicamente a sus semejantes cuando considera que son criminales; y ha sido capaz de inventar una forma de torturar a sus propios hijos con un palo, y de exportarlos a unos campos de concentración llamados Escuelas, en las que se puede aplicar la tortura por poderes...

»SÍ, tienes derecho a preguntar si es adecuado decir que el hombre es ferox, porque lo cierto es que este término, en el sentido que tiene cuando se aplica a la vida salvaje de los animales decentes, no puede ser aplicado correctamente a las criaturas humanas.

—Dios mío —dijo el rey—. Me parece que exageras. Pero no era fácil apaciguar al viejo mago.

—Creímos —dijo— que quizá nos equivocábamos al calificarle de ferox, y entonces Arquímedes sugirió que sería más apropiado llamarle stultus** .

¿Stultus? Yo creía que éramos inteligentes.

—En una de las horribles guerras que hubo cuando yo era joven —dijo el mago, aspirando profundamente— fue necesario proporcionar a los habitantes de Inglaterra unas cartillas que les daban derecho a los alimentos. Para poder comprar la comida era necesario rellenar previamente a mano las cartillas. Cada individuo tenía que escribir un número en un lado de la cartilla, su nombre en otro lado y el nombre del abastecedor en un tercero. Si no lograba realizar estas tres hazañas intelectuales —escribir un número y dos nombres— no podía conseguir alimentos y corría el riesgo de morir de hambre. Su vida misma dependía de ello. Al final se comprobó que —me parece recordar— dos terceras partes de la población era incapaz de realizar lo que se le pedía sin equivocarse. ¡Y después viene la Iglesia católica y nos dice que esta gente tiene un alma inmortal!

—¿Estás seguro de que los datos son correctos? —preguntó incrédulo el tejón.

El viejo tuvo la elegancia de sonrojarse.

—No los anoté —dijo—, pero, si no en detalle, al menos son ciertos básicamente. Recuerdo claramente, por ejemplo, que en esa misma guerra encontraron a una mujer que, según pudo averiguarse posteriormente, no tenía pájaros, y sin embargo hacía cola para adquirir semillas para alimentarles.

—Lo que has dicho —objetó Arturo— no demuestra gran cosa, aunque fueran en realidad incapaces de escribir bien esas tres cosas. Si hubieran sido miembros de cualquier otra especie de animales no habrían podido escribir absolutamente nada.

—Eso es muy fácil de rebatir —replicó el filósofo—. Basta decir que no hay ni un solo ser humano capaz de hacer un agujero en una bellota con su nariz.

—No te entiendo.

—Bien, el insecto que recibe el nombre de Balaninus elephas es capaz de agujerear bellotas con el método que he mencionado, y es incapaz de escribir. El hombre puede escribir y no puede agujerear bellotas. Cada uno tiene su propia especialidad. Pero hay una diferencia muy importante entre los dos, y es que mientras que el Balaninus hace sus agujeros con gran eficacia, el hombre, como he podido demostrar, escribe sin ninguna eficacia. Por eso digo que, considerando a cada especie en sí misma, no hay ningún animal que sea tan ineficaz, tan stultus como el hombre. Ningún observador dotado de la más mínima sensibilidad hubiese esperado lo contrario. El hombre lleva tan poco tiempo viviendo en nuestro globo que no puede esperarse de él que haya podido llegar a la madurez.

El rey se dio cuenta de que empezaba a sentirse deprimido.

—¿Pensasteis muchos nombres más? —preguntó.

—El tejón presentó una tercera sugerencia.

Al oírlo el feliz tejón agitó sus patas con satisfacción, repasó a todos los presentes desde el otro lado de sus gruesas gafas y examinó sus largas uñas.

Impoliticus —dijo Merlín—. Homo Impoliticus. Recordarás que Aristóteles nos definió como animales políticos. El tejón sugirió que examináramos esta afirmación y, después de estudiar las formas políticas humanas, nos pareció que el único calificativo adecuado era impoliticus.

—Continúa, si debes hacerlo.

—Averiguamos que las ideas políticas del Homo ferox eran de dos clases: según la primera, los problemas pueden ser resueltos por la fuerza. La segunda decía que podían resolverse mediante la discusión. Los hombres-hormiga del futuro, que creen en la fuerza, consideran que para determinar que dos y dos son cuatro basta con dar una paliza a los que no están de acuerdo. Los demócratas, que son los que creen en la discusión, consideran que todos los hombres tienen derecho a su opinión, porque todos nacen iguales: primera exclamación instintiva del hombre de poca talla es: «Valgo tanto como tú.»

—Si no se puede confiar ni en la fuerza ni en la discusión —dijo el rey—, no veo la solución por ningún lado.

—Una cosa es la fuerza, otra la discusión y otra la opinión —dijo Merlín con absoluta sinceridad—, pero nada de eso equivale a pensar. La discusión no es más que una exhibición de fuerza mental, algo así como hacer esgrima con argumentos no para obtener la verdad, sino la victoria. Las opiniones son los callejones sin salida de los hombres perezosos o estúpidos, de los que no son capaces de pensar. Si alguna vez apareciese algún político auténtico que pensara desapasionadamente y a fondo un tema, al final hasta el Homo stultus se vería obligado a aceptar sus soluciones. Las opiniones no resisten ante la verdad, que es mucho más fuerte. Actualmente, sin embargo, el Homo impoliticus se contenta discutiendo con opiniones o peleando con sus puños en lugar de buscar la verdad que está en su mente. Tendrá que pasar un millón de años antes de que la gran masa de los hombres merezca el nombre de animal político.

—Entonces, ¿qué somos actualmente?

—Actualmente la raza humana se divide desde el punto de vista político de la siguiente forma: de cada cien hombres hay uno que es sabio, nueve bribones y noventa tontos. Este es un cálculo optimista. Los nueve bribones se reúnen bajo el estandarte del más bribón de todos ellos y se convierten en políticos. El sabio se queda a un lado porque sabe que está en una desesperada inferioridad numérica, y se dedica a la poesía, las matemáticas o la filosofía. Los noventa tontos, por su parte, avanzan pesadamente tras los estandartes de los nueve bribones que, según las modas, les conducen a los laberintos de la superchería, la malicia y la guerra. Mandar es agradable, observa Sancho Panza, aunque sólo mandes a un rebaño de corderos; y éste es el motivo por el que los políticos disfrutan levantando sus estandartes. Además, la vida de los corderos es igualmente mala sea cual sea el estandarte. Con la democracia, los nueve bribones se convierten en diputados; con el fascismo, se hacen líderes del partido; y con el comunismo, comisarios. Lo único que cambia es el nombre. Los tontos seguirán siendo tontos, los bribones seguirán siendo los líderes, y siempre se producirá el mismo resultado: la explotación. Por lo que respecta al sabio, su suerte será aproximadamente la misma en cualquiera de los sistemas. Si vive en una democracia, le animarán a que se muera de hambre en una buhardilla; si lo hace en un país fascista, le meterán en un campo de concentración, mientras que en uno comunista le liquidarán. He aquí una declaración, optimista pero en conjunto científicamente veraz, de las costumbres del Homo impoliticus.




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