El libro de



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—¿Estás de acuerdo? —preguntó. Pero el viejo rey le detuvo.

—No —dijo en tono de disculpa pero firmemente—. Me he ganado mi cuerpo y mi mente a costa de muchos años de trabajo. Sería indigno cambiarlos. No es que me oponga a ser un niño porque soy demasiado orgulloso, Merlín, sino porque soy demasiado viejo. Si rejuvenecieras solamente mi cuerpo, no serviría para una mente vieja. Mientras que si cambias al cuerpo y la mente, el trabajo de haber vivido todos estos años habría sido en vano. No se puede hacer nada, maestro. Debemos conservar el momento de la vida en el que Dios ha querido que nos encontremos.

El mago bajó la varita.

—Pero tu cerebro —se quejó—, es como una esponja fosilizada. ¿No te gustaría volver a ser joven, y poder retozar y doblar otra vez las rodillas a gusto? Los jóvenes son felices, ¿verdad? Habíamos pensado que la idea de poder rejuvenecerte iba a gustarte.

—Sin duda hubiera sido un placer y os agradezco que hayáis pensado en ello. Pero tengo entendido que la vida no fue inventada para la felicidad. Fue inventada para otra cosa.

Mientras pensaba en lo que el rey le había dicho, Merlín mordisqueaba un extremo de su varita.

—Tienes razón —dijo por fin—. Desde el primer momento me opuse a la proposición. Pero, de todas formas, tendremos que hacer algo para dar flexibilidad a tu intelecto porque, de lo contrario, no captarás la nueva idea. Supongo que no te importará que te haga un masaje cerebral. Necesitaría mis baterías galvánicas, mis ultrarrojos y mis infravioletas, mi esteatita y mis pellizcos de esto y de lo otro: un toque de adrenalina y un poco de ajo, ya sabes.

—No, si crees que está bien.

Merlín extendió su mano en el aire con un ademán que el rey recordaba muy bien, y los aparatos empezaron a aparecer obedientemente. Todos revueltos, como de costumbre.
3

El tratamiento era desagradable. Era como si le cepillasen a uno el pelo al revés, o como si una de esas horrorosas masajistas que te dicen todo el rato que te relajes estuviera tratando de devolver el movimiento a un tobillo que se ha torcido. El rey se aferró a los brazos de su silla, cerró los ojos, apretó los dientes y sudó. Cuando los abrió, por segunda vez esa noche, el mundo que vio no era el de antes.

—¡Santo Cielo! —exclamó, dando un brinco para ponerse en pie. Al abandonar la silla no se apoyó sobre sus muñecas, como un anciano, sino sobre las palmas y las falanges—. ¡Mira qué hundidos tiene los ojos el perro! Las velas se le reflejan en la parte de atrás y no en la de adelante, como en el fondo de una copa. ¿Por qué no me había fijado nunca en esto? Y mira aquí, en el baño de Betsabé hay un agujero que hay que arreglar. ¿Qué dice esta nota del libro? ¿Susp.?*. ¿Quién nos ha inducido traicioneramente a ahorcar a la gente? Nadie merece ser ahorcado. Merlín, ¿por qué al poner la vela entre nosotros dos tus ojos no reflejan la llama? ¿Por qué no se me había ocurrido nunca pensar en esto? La luz da reflejos rojos en el zorro, verdes en el gato, amarillos en el caballo, azafrán en el perro... Y mira el pico del halcón: ¡tiene un diente como una sierra! Los azores y los milanos no tienen dientes. Debe ser algo peculiar de los falco. ¡Ciertamente una tienda es una cosa extraordinaria! La mitad de ella tira hacia arriba, y la otra mitad tira hacia abajo. Ex nihilo res fit**. ¡Fíjate en estas piezas de ajedrez! ¡Es jaque mate! Habrá que utilizar más veces esta táctica...

Imaginemos que el cerrojo de la puerta de un jardín está oxidado o que ha sido mal instalado o que hace años que no hay manera de cerrarlo bien porque el mismo peso de la puerta ha vencido a los goznes, desencajándola. Para que corra la cerradura hay que darle golpes, o levantar un poco la puerta hasta lograr situarla con esfuerzo en el punto donde el encaje se produce. Imaginemos que desmontamos el viejo cerrojo, lo frotamos con papel de esmeril, lo bañamos en petróleo, lo pulimos con arena fina, lo engrasamos generosamente y hacemos que un hábil obrero vuelva a colocarlo tan perfectamente que el cerrojo se abra y se cierre sin hacer apenas fuerza, casi con la sola presión de una pluma, como si bastara soplar sobre él para que se abriera o cerrase. ¿Se imagina el lector lo que sentiría en este caso el cerrojo? Probablemente tendría los mismos sentimientos de enorme satisfacción que tienen las personas convalecientes después de unas fiebres. El cerrojo desearía ser utilizado, ansiaría el éxtasis del suave y triunfal movimiento.

Porque la felicidad es, precisamente, un subproducto de la función, de la misma forma que la luz es un subproducto de la corriente eléctrica que pasa por los cables. Si el movimiento de la corriente es interrumpido, no hay luz. Por eso, los que buscan la felicidad como un fin en sí misma no la encuentran. El hombre debe tratar de ser como el cerrojo que funciona, como el paso ininterrumpido de la corriente eléctrica, como el convaleciente cuyos ojos, tras pasar largo tiempo en el fondo de sus cuencas, transidos de neuralgia y de fiebre, casi sin poder moverse por el dolor, ahora pasan rápidamente de un lado a otro con la misma facilidad con que los gráciles peces se deslizan por el agua clara. Los ojos funcionan, la corriente funciona, el cerrojo funciona. Y brilla la luz. En esto consiste la felicidad: en funcionar bien.

—Espera tranquilo —dijo Merlín—. Después de todo, no se nos escapa ningún tren.

—¿Tren?

—Perdóname. Es una frase que un amigo mío solía aplicar al progreso humano. De todas formas, como parece que ya te sientes mejor, podríamos partir hacia la nueva cueva ahora mismo, ¿de acuerdo?



—De acuerdo.

No añadieron nada más. Levantaron el cortinón que cerraba la tienda y partieron, dejando al adormilado perro vigilando al encapirotado halcón. Al oír el ruido, el ave lanzó unos estridentes chillidos tratando de llamar la atención de los que le dejaban solo.

La caminata les sirvió a los dos para preparar el ánimo. El fuerte viento y la velocidad con que avanzaban hacían que las barbas de ambos se levantaran sobre sus hombros, por la derecha o la izquierda, según sesgaran la cabeza en relación al viento. Los ancianos tenían en los cabellos la sensación de que se los estaban rizando. Cruzaron velozmente la llanura de Salisbury, dejando atrás el asombroso monumento de Stonehenge, donde Merlín, sin detenerse, gritó un saludo a los viejos dioses —Crom, Bel y los demás—, aunque Arturo no pudo verlos. Corrieron a través del Wiltshire, dejaron atrás Dorset a grandes zancadas y anduvieron por Devon, rápido como un rayo. Los llanos, colinas, bosques, páramos y altozanos iban quedando a sus espaldas. Los ríos centelleantes se deslizaban como los radios de una rueda en movimiento. Al llegar a Cornualles se detuvieron al lado de un antiguo túmulo que parecía una enorme topera y tenía una oscura entrada en uno de sus lados.

—Entremos.

—Ya he estado antes en este sitio —dijo el rey, que había quedado sumido en un estado parecido a la catalepsia.

—Sí.


—¿Cuándo?

—Dilo tú.

El rey estuvo buscando a tientas en sus recuerdos. Tenía la sensación de que la respuesta estaba en su corazón. Sin embargo, dijo:

—No, no logro acordarme.

—Ven y lo verás.

Descendieron por unos pasadizos laberínticos y dejaron atrás las galerías que conducían a los dormitorios, los muladares, los almacenes y el sitio adonde se iba para lavarse las manos. Por fin, con los dedos apoyados en el pestillo de una puerta que estaba al final de un pasillo, el rey se detuvo y anunció:

—Sé dónde estoy.

Merlín le miraba.

—Es la madriguera del tejón. Estuve aquí cuando todavía era un chico.

—Sí.


—¡Ah, Merlín, traidor! Me he pasado media vida llorando tu muerte, convencido de que estabas cerrado como un sapo en un agujero, y ahora resulta que te has pasado todo el tiempo sentado en la Sala discutiendo con un tejón.

—Abre la puerta y mira.

La abrió, y allí estaba la habitación que tan bien recordaba: los retratos de tejones muertos hacía mucho tiempo, famosos por su erudición o su piedad, las luciérnagas, las pantallas de caoba y los tableros inclinados por los que se hacían circular las jarras. Allí estaban las togas apolilladas y los sillones de cuero grabado. Pero también —y eso era lo mejor— allí estaban sus más antiguos amigos: los miembros del absurdo Comité.

Todos ellos se levantaron, medio avergonzados, para saludarle. Se hallaban confusos en su humildad porque, por un lado, deseaban aquel encuentro sorprendente con todas sus fuerzas, y por otro, porque aquélla era la primera vez que iban a estar al lado de un rey de verdad, y temían que hubiera cambiado. De todos modos, habían decidido hacer las cosas muy bien. Después de discutirlo se pusieron de acuerdo en que lo más adecuado sería ponerse en pie y hacer quizá una inclinación o dirigirle una sonrisa. Se habían consultado unos a otros solemnemente para decidir si lo mejor era darle el tratamiento de «Su Majestad» o el de «Señor», si debían besarle la mano, si estaría muy cambiado, e incluso los pobres si iba a acordarse todavía de ellos.

Formaban un círculo alrededor del fuego: el tejón se levantó tímidamente, provocando al mismo tiempo la caída en perfecta avalancha, encima del guardafuego, del manuscrito que reposaba sobre su regazo; T. natrix* se desenrolló haciendo vibrar simultáneamente una lengua de ébano con la que se proponía besar la mano del rey si era necesario; Arquímedes se levantaba, se sentaba y volvía a levantarse lleno de placer e ilusión aleteando como un pájaro en espera del alimento; Balín** parecía, por vez primera en su vida, sentirse abrumado por temor a que el rey no le recordara; Cavall*** se sentía tan torturado por el maravilloso acontecimiento que acabó por irse a un rincón a vomitar; la cabra hizo un saludo imperial; el erizo permanecía firme y leal al fondo del círculo, pues debido a sus pulgas le habían asignado aquel lugar apartado para que se sentara, pero trataba a pesar de todo de hacerse notar. Incluso el enorme lucio disecado —una novedad que se encontraba sobre el mantel, bajo el retrato del Fundador—, parecía contemplarle con mirada suplicante.

—¡Oh, pueblo! —exclamó el rey.

Entonces todos se ruborizaron mucho, y movieron inquietos los pies, y le dijeron que debía perdonar la humildad de su hogar, o «Su Majestad sea bienvenido», o «Queríamos poner un estandarte pero no lo hemos encontrado», o «¿Están húmedos los reales pies?», o «¡Aquí está nuestro señor!», o «Oh, qué maravilloso veros después de tantos años!» El erizo se limitó a saludar muy tieso, diciendo: «¡Triunfa Inglaterra!»

Apenas pasó un momento cuando un Arturo rejuvenecido estaba ya estrechando manos con todos los presentes, besándoles y dándoles palmadas en la espalda, hasta que todos los ojos acabaron poblándose de lágrimas.

—No sabíamos... —sollozó el tejón.

—Temíamos que nos hubieras olvidado...

—¿Qué tenemos que decir, «Su Majestad» o «Señor»?

El rey contestó la pregunta juiciosamente de acuerdo con las circunstancias:

—A un emperador se le dice Majestad, pero para un rey corriente lo adecuado es Señor.

Con lo cual, a partir de ese momento todos volvieron a acordarse de su Verruga y dejaron de darle vueltas al asunto.

Cuando pasó la excitación del primer momento, Merlín cerró la puerta y asumió el control de la situación.

—Vamos al grano —dijo—. Tenemos que despachar muchos asuntos y el tiempo no sobrará. Aquí, rey, esta, silla que preside el círculo es para ti, puesto que tú eres nuestro líder, el que tiene que llevar a cabo la parte más dura del trabajo y el que carga con las heridas. Y a ti, erizo, te corresponde ser nuestro Ganímedes, así que ya puedes ir a buscar el vino de Madeira. Y pronto. Pasa una copa grande para cada uno y podremos empezar la reunión.

El erizo entregó la primera copa al rey y le sirvió el vino solemnemente, rodilla en tierra, sosteniendo la copa con su mugrienta extremidad. Mientras seguía repartiendo copas y sirviendo vino, el rey tuvo unos momentos de tranquilidad para examinar lo que le recordaba.

El salón no estaba igual que cuando él lo vio por última vez, y los cambios reflejaban claramente la personalidad de su preceptor. Porque en todos los rincones de la habitación, sobre las sillas vacías, en las mesas y por el suelo, abiertos en los puntos donde se encontraban los fragmentos más importantes, había miles de libros de todas clases, cada uno de ellos olvidado desde que fuera puesto allí para ser revisado cuando surgiera la ocasión propicia, y todos cubiertos de una delgada capa de polvo. Estaban Thierry y Pinnow y Gibbon y Sigismondi y Duruy y Prescott y Parkman y Jusserand y d'Alton y Tácito y Smith y Trevelyan y Herodoto y Dean Millman y MacAllister y Geoffrey de Monmouth y Wells y Clausewitz y Geraldo el Galés —incluidos los volúmenes perdidos sobre Inglaterra y Escocia— y Guerra y paz de Tolstoi y la Historia cómica de Inglaterra, y la Crónica sajona y los Cuatro maestros. Estaban la Zoología de los vertebrados de Beer, los Ensayos sobre la evolución del hombre de Elliott-Smith, Sentidos de los insectos de Eltringham, los Errores vulgares de Browne, y también Aldovrando, Matthew París, un Bestiario de Physiologus, la edición completa de Frazer, y hasta Zeus de A. B. Cook. Había enciclopedias, láminas que representaban el cuerpo humano y los de otros animales, libros de consulta como el Witherby sobre toda clase de pájaros y animales terrestres, diccionarios, tablas de logaritmos, y la colección completa del Diccionario nacional de biografía. En una de las paredes, y escrito por la mano del propio Merlín, había un esquema que mostraba, en columnas paralelas, una concordancia de la historia de las diversas razas humanas durante los últimos diez mil años. Había una columna especial para los asirios, otra para los sumerios y otras para los mongoles, los aztecas, etc., y había usado una tinta de color diferente en cada una de ellas. La fecha estaba escrita en una línea vertical que quedaba al margen izquierdo de las columnas, de forma que parecía como una gráfica.

Después, en otra pared más interesante incluso que la anterior, había una auténtica gráfica que mostraba el crecimiento y decadencia de diversas razas animales a lo largo de los últimos mil millones de años. Cada vez que una raza se extinguía, su línea se acercaba a la horizontal y desaparecía. Una de las últimas en hacerlo era la del alce irlandés. En un mapa, evidentemente hecho por pura diversión, podían verse los puntos ocupados por los nidos de los pájaros la primavera anterior. En una esquina de la habitación, alejada del fuego, había una mesa de trabajo sobre la que se encontraba colocado un microscopio, bajo cuya lente había sido dispuesta una magnífica muestra de microdisección: el sistema nervioso de una hormiga. Había en esa misma mesa calaveras de hombres, monos, peces y patos salvajes, todas ellas diseccionadas a fin de mostrar las relaciones entre el neopallium y el Corpus striatum. En otra esquina había sido instalado algo parecido a un laboratorio en el que, en indescriptible confusión, se encontraban retortas, tubos de ensayo, cultivos de gérmenes, vasos de precipitación y frascos en cuyas etiquetas decía Pituitaria, Adrenalina, Abrillantador de muebles, Polvos de curry y Ginebra De Kuyper. En la etiqueta de esta última botella había además una nota escrita a lápiz que decía: «El nivel de esta botella está MARCADO.» Había por fin fresqueras que contenían especímenes vivos de mantis religiosas, langostas y otros insectos, mientras que el resto del suelo estaba cubierto por los escombros de pasadas locuras del mago: mazos de croquet, agujas de hacer calceta, lápices de colores, útiles para el grabado al linóleo, cometas, bumeranes, cola, cajas de cigarros, instrumentos de viento de fabricación casera, libros de cocina, una carraca, un telescopio, una lata de cera para injertos y una canasta en cuyo fondo se leía la marca Fortnum and Masón.

El viejo rey dio un suspiro de satisfacción y se olvidó del mundo real.

—Bien, tejón —dijo muy agitado Merlín, dándose importancia y en tono oficial—, pásame las actas de nuestra última reunión.

—No pudimos hacerlas. Faltaba tinta.

—No importa. Entonces dame las notas sobre la Gran Hybris* Victoriana.

—Las utilizamos para encender el fuego.

—Diablos. Pues, pásame las Profecías.

—Aquí están —dijo orgullosamente el tejón, agachándose para amontonar las hojas que se habían caído sobre el guardafuegos cuando se levantó para saludar al rey—. Las había preparado —añadió— a propósito.

Sin embargo, el fuego había llegado a alcanzarlas, y cuando, tras apagarlas, se las entregó por fin a Merlín, pudieron comprobar que estaban todas medio quemadas.

—Esto es francamente fastidioso. ¿Y qué has hecho de las Tesis sobre el Hombre, y de la Disertación acerca del Poder?

—Hace un momentito estaban bajo mi brazo.

Y el pobre tejón, que se suponía debía actuar como secretario del Comité, pero que no cumplía con excesiva fortuna tal cargo, empezó a murmurar mientras revolvía las cosas esparcidas por el suelo con gesto avergonzado y preocupado.

—Quizá sería más fácil —dijo Arquímedes— dejarnos de papeles, Maestro, y hablar simplemente.

Merlín le atravesó con la mirada.

—Bastaría con explicarlo —sugirió T. natrix.

También a él Merlín le atravesó con la mirada.

—De todas formas —dijo Balin—, eso es lo que tendremos que hacer al final.

Merlín dejó de atravesar a los presentes con la mirada y se quedó muy mohíno.

Cavall, que había regresado en secreto, se apoyó con mirada implorante en el regazo del rey, que no hizo nada por impedírselo. La cabra miró al fuego con sus ojos brillantes. El tejón volvió a sentarse con expresión de culpabilidad, y el erizo, que estaba sentado remilgadamente en su rincón, lejos de los demás y con las manos cruzadas, propuso una inesperada salida.

—Que alguien se lo diga.

Aunque todo el mundo le miró sorprendido, él no pensaba permitir que nadie le hiciera callar. Sabía muy bien por qué se apartaban de él cuando le tenían al lado, pero de todos modos tenía sus derechos.

—Que alguien se lo diga —repitió.

—Me gustaría mucho —dijo el rey— que alguien me lo dijera. En este momento no entiendo nada, aparte del hecho de haber sido traído hasta aquí para solucionar algunos fallos que tenía mi extraordinaria educación. ¿No podríais explicármelo desde el principio?

—El problema consiste —dijo Arquímedes— en lo difícil que es decidir cuál es el principio.

—Pues explicadme lo del Comité. ¿Por qué formáis un Comité, y qué es lo que estudia?

—Podría decirse que nuestro Comité está encargado de estudiar el Poder de la raza humana. Estamos tratando de comprender vuestro rompecabezas.

—Es una Real Comisión —explicó el tejón muy orgulloso—. Creímos que un grupo combinado de animales podría asesorar a los diversos ministerios...

Al llegar aquí Merlín fue incapaz de seguir conteniéndose. Incluso cuando se sentía abatido, como en aquel momento, no podía resistir la tentación de hablar.

—Con vuestro permiso —dijo—, yo sí sé exactamente por dónde hay que empezar, y voy a hacerlo de inmediato. Que escuche todo el mundo.

»Mi querido Verruga —continuó después de que el erizo dijera "Oído, oído", y a continuación, como si la idea se le hubiera ocurrido un poco tarde, "Orden-orden"—, debo pedirte desde el primer momento que hagas regresar tu pensamiento a los primeros días de mi actividad como preceptor tuyo. ¿Lo recuerdas?

—Me enseñabas mediante los animales.

—Exactamente. ¿Y no se te ha ocurrido que hacerlo así no era por mera diversión?

—Bueno, lo cierto es que fue divertido...

—Bien, pero lo que te estamos preguntando es: ¿por qué razón era por medio de los animales?

—Quizá no te importaría ser tú quien me lo dijera. El mago cruzó las rodillas y los brazos y frunció el entrecejo, dándose importancia.

—Existen en este mundo doscientas cincuenta mil especies diferentes de animales —dijo—, sin contar a los vegetales vivos, de las cuales son mamíferos como el hombre como mínimo dos mil ochocientas cincuenta. Cada una de ellas tiene una forma u otra de organización política —fue un error por parte de mi amigo Aristóteles definir al hombre como Animal Político—, mientras que el hombre, esta miserable nulidad que vive junto a doscientas cuarenta y nueve mil novecientas noventa y nueve especies, sigue diciendo tonterías a todo lo largo de su trágico caminar político sin que se le ocurra ni siquiera levantar sus ojos para dirigirlos al cuarto de millón de ejemplos que le rodean. Y esta situación resulta muchísimo más extraordinaria cuando se considera que el hombre es un advenedizo y que casi todas las demás especies ya habían resuelto sus problemas de una u otra manera muchos miles de años antes de que él fuera creado.

Un murmullo de admiración brotó de todos los miembros del Comité. La culebra de agua añadió amablemente:

—Fue por eso, rey, que trató de darte una idea de la Naturaleza, para que cuando tú mismo tuvieras que enfrentarte al rompecabezas buscaras la solución mirando a tu alrededor.

—Los sistemas políticos de todos los animales —dijo el tejón— son diversas formas de controlar el Poder.

—Sin embargo, no acabo de ver... —empezó el rey, aunque sólo para ser interrumpido por Merlín.

—Ni acabas, ni empiezas —dijo Merlín—. Ibas a decir que los animales no tienen sistemas políticos. Pues acepta mi consejo y piénsalo dos veces antes de creértelo.

—¿Tienen?

—Claro que tienen; y muy eficaces. Algunos animales son comunistas o fascistas, por ejemplo muchas de las hormigas; otros son anarquistas, como los gansos. Los hay socialistas, como algunas especies de abejas y entre las tres mil familias de las mismas hormigas hay ciertamente ideologías que no son precisamente la fascista. No todas las hormigas utilizan el trabajo de los esclavos, ni tampoco son todas belicosas. Hay animales que viven de su cuenta bancaria, como las ardillas, o como el oso, que utiliza para hibernar su propia grasa. Cada nido, cada madriguera y cada terreno de caza es una forma de propiedad individual. ¿Y cómo crees que han logrado llegar a vivir juntas las cornejas y otras criaturas gregarias como los conejos y los peces de agua dulce, si no es enfrentándose previamente a las cuestiones de la Democracia y de la Fuerza?

Evidentemente éste era un tema que había sido ampliamente debatido, pues antes de que el rey pudiera contestar, intervino el tejón.

—Pero nunca has sido capaz —dijo—, y nunca lo serás, de darnos un solo ejemplo de capitalismo en el mundo natural.

Merlín parecía sentirse muy triste.

—Y si no puedes darnos un ejemplo —añadió el tejón— es porque el capitalismo no es natural.

Aquí podría quizá decirse de pasada que la visión que del mundo tenía el tejón era bastante rusa. Durante los últimos siglos, él y los demás animales habían discutido tantas veces con Merlín, que al final acabaron expresándose en términos de alta magia, y hablando de bolcheviques y nazis con la misma tranquilidad que si se hubiera tratado de los lolardos* y los azotadores de la historia contemporánea.

Merlín, que tenía ideas firmemente conservadoras —lo cual, en él, era ser bastante progresista si se tiene en cuenta que su vida se desarrollaba hacia atrás—, se defendió sin demasiada fuerza.

—El parasitismo —dijo— es una forma de vida natural, antigua y respetable, utilizada por animales que van desde el cuco a la pulga.

—Pero aquí no estamos hablando de parasitismo. Hablamos de capitalismo, algo que ya hemos definido con gran exactitud. ¿Podrías darme aunque fuera un solo ejemplo, aparte del hombre, de especies cuyos individuos exploten el trabajo de otros individuos de la misma especie? Las pulgas no explotan a las pulgas.




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