El libro de



Descargar 0.63 Mb.
Página2/12
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.63 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12

PRESENTACIÓN

Nos encontramos al rey Arturo de Inglaterra sentado en su tienda de campaña en vísperas de una batalla. Mañana se enfrentará a su hijo bastardo Mordred, y al ejército formado por sus fustigadores, de aspecto similar al de los nazis.

Para Arturo su reinado ha sido dolorosamente largo, y ahora se siente aplastado por la edad, la tristeza y la derrota. Tras una feliz juventud en el castillo de sir Héctor, en el Bosque Salvaje, donde Merlín el mago le explicó las ideologías políticas del reino zoológico transformándole temporalmente en varios animales, Arturo se vio elevado al trono por el destino. Desde allí su sentido de la justicia le impulsó a crear el «mundo civilizado» y la famosa Tabla Redonda, a fin de fomentar la búsqueda del Santo Grial y evitar así que los hombres se mataran unos a otros.

Pero un destino más sombrío hizo que engendrara sin saberlo un hijo ilegítimo en el vientre de su hermanastra, y que forzara a su esposa Ginebra y a su mejor caballero Lanzarote a enamorarse, provocando de esta forma rivalidades, engaños y celos entre los caballeros.

Estas luchas forzaron la caída del viejo rey. Pronto quedaron olvidados sus logros en favor del Poder, del Derecho y de la paz. También quedó olvidada la angustia que él mismo había sentido al notar que fracasaba pese a todos sus esfuerzos. La Búsqueda no había llevado a ninguna parte, y los caballeros de la Tabla Redonda se dispersaron.

Ahora Ginebra estaba sitiada por Mordred y sus azotadores en la Torre de Londres, y Lanzarote estaba exiliado en Francia: ambos eran víctimas de la obsesión de Mordred por conquistar el trono de Arturo.

Por eso Arturo está ahora solo, cumpliendo con sus deberes reales. Repasa distraídamente el papeleo de la jornada, triste por todo lo que ha perdido. Algo se mueve en la entrada de su tienda, y dirige hacia allí su mirada.

INCIPIT LIBER QUINTUS


EL LIBRO DE MERLÍN
Pensó un momento y dijo:

«El parque zoológico ha sido muy útil

para muchos de mis pacientes.

Le recetaré al señor Pontifex

un curso de grandes mamíferos.

Pero hay que evitar que crea

que se trata de una medicina...»

1

No era el obispo de Rochester.



El rey, que no sentía interés por la identidad del recién llegado, dejó de mirar hacia la puerta. Se avergonzaba de las lágrimas que corrían lentamente por sus fláccidas mejillas, pero estaba demasiado derrotado para contenerlas. Se apartó testarudamente de la luz, incapaz de hacer otra cosa. Había llegado a esa etapa en la que uno se siente demasiado viejo para que valga la pena ocultar la propia desgracia.

Merlín se sentó a su lado y tomó la gastada mano del rey. Aquello hizo fluir las lágrimas aún más rápidamente. El mago dio unos golpecitos en la mano que sostenía. Había apoyado su pulgar sobre las hinchadas venas azules, en espera de que regresara la vida.

—¿Merlín? —preguntó el rey.

No parecía sorprendido.

—¿Eres un sueño? —preguntó—. Ayer noche soñé que venía a verme Gawain acompañado de un grupo de bellas damas. Me dijo que habían sido autorizadas a acompañarle porque él las había rescatado cuando se hallaba con vida, y habían venido a advertirnos que mañana nos matarán a todos. Después tuve otro sueño en el que yo estaba sentado en un trono fijado en la parte superior de una rueda, y la rueda giró y entonces caí en un pozo lleno de serpientes.

—La rueda ha dado una vuelta completa: ya estoy aquí.

—¿Eres un mal sueño? —preguntó—. Si lo eres, no me atormentes.

Merlín seguía sosteniendo la mano. Apretó las venas tratando de hundirlas en la carne. Acarició la escamosa piel y vertió vida en ella con misteriosa concentración, animándola a recuperarse. Con las yemas de sus dedos pugnó por flexibilizar aquel cuerpo, por hacer correr la sangre y devolver frescura y suavidad a las hinchadas articulaciones, pero no dijo nada.

—Eres un buen sueño —dijo el rey—. Espero que seas un sueño largo.

—No soy un sueño, en absoluto. Soy ese hombre que ahora mismo recordabas.

—¡Oh, Merlín, qué triste ha sido todo desde que te fuiste! Todo lo que me ayudaste a hacer estaba mal. Todas tus enseñanzas eran engañosas. Nada de todo aquello merecía ser hecho. Los dos seremos olvidados, como seres que no hubieran jamás existido.

—¿Olvidados? —preguntó el mago.

Luego sonrió a la luz de la vela y miró el interior de la tienda, como si quisiera asegurarse de la presencia de las pieles, las centelleantes cotas de malla, los tapices y las vitelas.

—Hubo una vez un rey —dijo— acerca del cual escribieron Nennio y Geoffrey de Monmouth. Se dice que tuvieron que ver con él el archidiácono de Oxford y hasta ese encantador imbécil que se llamaba Gerald el Gales. ¡Qué cantidad de mentiras llegaron a decir de él Brut, Layamont y los demás! Algunos dijeron que era un bretón, y otros que llevaba la cota de malla solamente porque así convenía a las ideas de los poetas normandos. Algunos farragosos germanos le disfrazaron a su modo para hacerle rivalizar con sus tediosos Sigfridos. Otros, como tu amigo Thomas de Hutton Coniers, grabaron su efigie, y hubo aún otros, sobre todo un romántico isabelino llamado Hughes, que reconocieron el extraordinario problema amoroso que vivió. Hubo también un poeta ciego que trató de explicar al hombre los designios divinos y, comparando a Arturo con Adán, trató de averiguar cuál de los dos era más importante. Hubo también maestros de la música como Purcell, y posteriormente esos titanes que fueron los románticos, y todos ellos soñaban con este rey. Algunos le vistieron con armaduras resplandecientes y le mostraron con sus amigos en ruinas cercadas por zarzales, mientras que otros pintaron una imagen borrosa en la que se les veía caer en un dulce desmayo, víctimas de un beso en los labios. Y también el marido de Victoria habló de él. Con ese rey se mezclaron hasta las personas más impensadas, por ejemplo Aubrey Beardsley, que ilustró su historia. No mucho después lo hizo el pobre White, que pensó que representábamos los ideales caballerescos. Este hombre dijo que toda nuestra importancia radicaba en nuestra decencia, en nuestra resistencia contra todo lo que de cruento hay en el hombre. ¡Qué anacrónico era el pobre! Empezó después de Guillermo el Conquistador, y terminó con la guerra de las Dos Rosas... Hubo además otros que convirtieron Morte d'Arthur en ondas místicas como las de la telefonía sin hilos, y otros —de un hemisferio que todavía no se ha descubierto— aseguraron en unos cuadros en movimiento que Arturo y Merlín eran sus progenitores. ¡Somos la Materia misma de la que está hecha Inglaterra! Desde luego, si mil quinientos años y otros mil más son medida del olvido, puedes decir que hemos sido olvidados.

—¿Quién es ese pobre hombre?

—Uno —contestó distraídamente el mago—. Presta atención, por favor, mientras te cuento una historia de Kipling.

Y el anciano caballero se puso a entonar apasionadamente un famoso párrafo de La colina de Pook:

—"He visto a sir Huon salir con sus tropas del castillo de Tintagel hacia Hy-Brasil, en plena galerna del suroeste, y todo el castillo estaba rodeado de espuma y los caballos enloquecidos de miedo. Parten aprovechando un momento de calma, gritando como gaviotas, pero tienen que retroceder más de cinco kilómetros tierra adentro antes de poder vencer al viento y avanzar otra vez... Era magia, una magia tan negra como la de Merlín, y todo el mar era fuego verde y espuma blanca y se oían los cantos de las sirenas. Y los Caballos de la Colina saltaban de ola en ola ayudados por la luz de los relámpagos. ¡Así era antes!"

»Aquí tienes una descripción para que te hagas una idea —añadió al terminar el párrafo—. Esto es prosa. No es de extrañar que al final Dan gritara: "¡Espléndido!" Y todo hablaba de nosotros o de nuestros amigos.

—Pero, maestro, no entiendo.

El mago se levantó y miró perplejo a su anciano alumno. Trenzó los cabellos de su barba haciendo con ellos varias colas de rata, se puso los extremos en la boca, retorció los bigotes e hizo crujir las articulaciones de sus dedos. Estaba asustado de lo que le había hecho al rey, pues le daba la sensación de estar tratando de reanimar mediante la respiración artificial a un ahogado que ya se había acercado demasiado a la muerte. Pero no le daba vergüenza. El científico tiene que insistir sin remordimientos en su camino, en pos de lo único realmente importante: la Verdad.

Después preguntó en voz baja, como si llamara a una persona dormida procurando no asustarla:

—Verruga*.

No hubo respuesta.

—Rey.

La amarga contestación que recibió fue:



Le roy s'advisera**.

Era peor de lo que se temía. Se sentó, tomó entre las suyas aquella mano lánguida y se puso a mimarla.

—Probemos otra vez —pidió—. Todavía no estamos acabados.

—¿De qué sirve probar?

—La gente suele hacerlo.

—Pues son unos ingenuos.

El viejo le replicó con franqueza.

—Unos ingenuos, y además unos malvados. Por eso es interesante tratar de hacerles mejores.

Su víctima abrió los ojos pero para cerrarlos en seguida con gesto cansado.

—Rey, eso que pensabas antes de mi llegada es cierto. Quiero decir eso del Homo ferox. Pero también los halcones son ferae naturae: ahí radica su interés.

Los ojos siguieron cerrados.

—Eso que estabas pensando, lo de que los hombres son máquinas, no era cierto. O si lo es, no tiene importancia. Porque si todos nosotros somos máquinas, no hay nada que temer.

—Entiendo.

Era curioso, pero entendía. Además, sus ojos se abrieron y permanecieron abiertos.

—¿Te acuerdas de aquel ángel de la Biblia que estaba dispuesto a librar del desastre a ciudades enteras con tal que pudiera encontrar a un solo hombre justo? ¿Era uno solo? Lo mismo ocurre ahora con el Homo ferox, Arturo, incluso ahora.

Los ojos empezaron a mirar detenidamente.

—Tomaste mis consejos demasiado al pie de la letra, rey. Dejar de creer en el pecado original no equivale a creer en la virtud original. Lo único que eso significa es que debes dejar de pensar que toda la gente es absolutamente malvada. La gente es malvada, pero no lo es absolutamente. Si fuera así, yo también diría que no vale la pena probar.

—Este es un buen sueño —dijo Arturo con una de sus dulces sonrisas—. Espero que sea largo.

Su maestro se quitó las gafas, las limpió, volvió a apoyarlas sobre su nariz y examinó cuidadosamente al viejo. Detrás de los lentes se podía vislumbrar un indicio de satisfacción.

—Si no lo hubieras vivido —dijo—, no lo hubieras conocido. Sólo se llega a conocer lo que se vive. ¿Cómo estás?

—Bastante bien. Y tú, ¿cómo estás?

—Muy bien.

Se estrecharon las manos, como si acabaran de encontrarse.

—¿Piensas quedarte?

—De hecho —respondió el nigromante, que estaba sonándose furiosamente para ocultar su júbilo, o quizá para esconder su contrición—, me iré en seguida. He sido enviado con una invitación.

Dobló su pañuelo y volvió a ponerlo en el gorro.

—¿Llevas algún ratón? —preguntó el rey.

Por primera vez brilló en sus ojos un ligero destello. Durante una fracción de segundo la piel de su rostro se crispó o quizá se tensó, dejando ver debajo, posiblemente en los huesos, la cara pecosa y la nariz pequeña de un muchacho que un día se sintió seducido por Arquímedes*.

Merlín se quitó indulgentemente el cucurucho.

—Uno —dijo—. Creo que era una rata, pero estaba parcialmente apergaminada. Y, mira, ésta es la rana que cogí el verano. La pobre había sido aplastada durante la sequía. Una silueta perfecta.

La examinó con satisfacción antes de dejarla; después cruzó las piernas y examinó a su compañero con igual sentimiento, mientras le acariciaba la rodilla.

—La invitación —dijo—. Esperamos que vengas a hacernos una visita. Supongo que tu batalla podrá cuidar de sí misma hasta pasado mañana.

—En un sueño, nada importa.

Aquello parecía irritarle, porque exclamó en tono un poco ofendido:

—¡Podrías dejar de hablar de sueños! ¿Te gustaría que te llamara sueño? Debes tener consideración con las personas.

—Perdona.

—Bien, pues, la invitación. Se trata de ir a mi cueva, la cueva donde me puso Nimue. ¿Te acuerdas de ella? Están esperándote allí algunos amigos que quieren conocerte.

—Sería precioso.

—Tu batalla ya está organizada, según tengo entendido, y de todas formas esta noche apenas dormirías. Quizá se te alegre el corazón si vienes.

—No hay nada organizado —dijo el rey—, pero los sueños se organizan solos.

Al oír estas palabras el anciano caballero saltó del asiento que ocupaba, cogiéndose la frente como si le hubieran alcanzado allí con un disparo, y levantó su varita de lignum vitae hacia el cielo.

—¡Oh fuerzas misericordiosas! ¡Sueños otra vez!

Se sacó el sombrero con un ademán señorial, atravesó con su mirada la figura que tenía enfrente y que parecía tener tantos años como él y golpeó su propia cabeza con la varita a modo de exclamación. Después se sentó otra vez, un tanto mareado, porque no había calculado con suficiente precisión la fuerza del golpe.

La mente del viejo rey empezaba a despejarse. Miró al mago y, al soñar tan vívidamente con el amigo que había perdido hacía tanto tiempo, empezó a comprender el motivo que inducía a Merlín a hacer adrede el payaso. Aquélla había sido para él una forma de ayudar a la gente a aprender de una manera divertida. El rey empezó a sentir un profundísimo cariño, que surgía mezclado incluso con un sentimiento de temor reverencial, por la valentía que siempre mostró el hombre que había sido su preceptor. Porque aquel hombre estaba tan impertérritamente chiflado que seguía creyendo y probando, a pesar de tener a sus espaldas siglos de experiencia. En su mente empezó a perfilarse una idea: que la benevolencia y el valor pueden persistir. Con el corazón iluminado, sonrió, cerró los ojos y se entregó fervorosamente al sueño.


2

Cuando los abrió todavía era de noche. Merlín seguía en la tienda, murmurando entre dientes y rascando pensativo las orejas del lebrel. En anteriores ocasiones, cuando su alumno todavía era un muchacho al que llamaba Verruga, le había salvado de la desgracia utilizando el arma de la grosería, pero el pobre viejo que ahora tenía ante sí había padecido demasiadas desgracias para que el truco resultara una vez más. Seguramente decidió que en aquellas circunstancias no había ninguna solución mejor que distraer al rey, porque en cuanto los ojos se abrieron se puso a actuar de una forma que todos los magos hubieran entendido, pues están acostumbrados a escamotear lo que sea ante las mismísimas narices de la gente mientras fingen estar parloteando.

—Bien —dijo—. Así que un sueño. Tenemos que acabar con esto de una vez por todas. Dejando a un lado la enloquecedora afrenta que supone el que te llamen sueño —personalmente, me molesta porque estás confundido—, ocurre que hablando así confundes también a otra gente. ¿Y nuestros eruditos lectores? Además, resulta degradante para nosotros mismos. Cuando yo era un maestro de tercera en el siglo XX o el XIX, no sé, todos los niños me venían con redacciones que terminaban: «y entonces despertó». Hubiera podido decirse que el Sueño era la única convención literaria de sus más degradadas aulas. ¿Acaso podemos ser un sueño? Somos la Materia misma de la que está hecha Gran Bretaña, recuérdalo. ¿Y la onirocrítica?, pregunto. ¿Qué van a decir de todo esto los psicólogos? En mi opinión, los sueños están hechos de puros desatinos.

—Sí —dijo el rey dócilmente.

—¿Tengo aspecto de ser un sueño?

—Sí.


Merlín soltó un grito sofocado de tanta indignación, y después se metió toda la barba en la boca de un solo golpe. Luego se sonó la nariz, se alejó hasta una esquina, dándole la espalda, y empezó un indignado soliloquio.

—¿Puede haber crueldad o mofa comparable? —preguntó—. ¿Cómo va a demostrar un nigromante que no es una visión cuando se sospecha que ha cometido tal vileza? El fantasma demuestra que está vivo dejándose pellizcar; pero ¿y el personaje de un sueño? Porque, sin duda, es posible soñar pellizcos. Aunque, ¡eh!, hay un notable remedio consistente en que el que sueña se pellizque su propia pierna. Arturo —añadió girando como un trompo—, hazme el favor de pellizcarte.

—Sí.

—¿Qué, te demuestra que estás despierto?



—Lo dudo.

La visión le examinó con tristeza.

—Me lo temía —admitió.

Luego se retiró otra vez al rincón, donde empezó a recitar unos complicados párrafos de Burton, Jung, Hipócrates y sir Thomas Browne.

Cinco minutos después golpeó un puño en la palma de la otra mano y regresó a la zona iluminada por la vela, inspirado por el lecho de Cleopatra.

—Escucha —dijo Merlín—. ¿Has soñado alguna vez en un olor?

—¿Un olor?

—No repitas

—No sé...

—Anda, anda. Habrás soñado imágenes, seguro. Y sentimientos. Todo el mundo ha soñado sentimientos. Puedes haber soñado incluso un sabor. Recuerdo que una vez que había estado un par de semanas tan distraído que no comí nada, soñé un pastel de chocolate: llegué a notar claramente su sabor, pero en seguida lo hicieron desaparecer. Bueno, ahora se trata de saber si has soñado alguna vez un olor.

—No creo. No creo que haya notado un olor en sueños.

—¿Seguro? Y no me mires como un bobo, querido amigo; presta atención. ¿Has soñado alguna vez con tu nariz?

—Nunca. No recuerdo haber soñado un olor

—¿Estás completamente seguro?

—Completamente.

—Pues ¡huele eso! —gritó el nigromante, descubriendo su cabeza y colocando su cucurucho, con su cargamento de ratones, ranas y unos camarones para pescar salmón que no se acordó de mencionar antes, bajo la nariz del rey.

—¡Uff!

—Y ahora, ¿soy un sueño?



—No huele como un sueño.

—Entonces...

—Merlín —dijo el rey—, lo que importa es que estés aquí. Da igual que seas o no un sueño. Siéntate y ten paciencia un momento, si puedes. Dime cuál es el motivo de tu visita. Habla. Di que has venido a salvarnos de esta guerra.

El viejo había conseguido lo que pretendía con su respiración artificial; al menos hasta cierto punto. Ahora pudo, por fin, sentarse cómodamente y pasar a la cuestión que le ocupaba.

—No —dijo—. No es posible salvar a nadie de nada; a no ser que alguien se salve a sí mismo. No vale la pena hacer nada por la gente; a menudo incluso es peligrosísimo limitarse a actuar. Lo único que sí vale la pena hacer por la raza es aumentar su repertorio de ideas. Porque si amplías el repertorio, la gente es libre de encontrar ayuda en las nuevas ideas. Este método permite brindar un medio de mejora, que puede ser libremente aceptado o rechazado, y de esta forma se crea una ligerísima esperanza de que, a lo largo de los milenios, se produzca algún tipo de progreso. De eso se ocupa precisamente el filósofo: de dar ideas nuevas. Su función no consiste en imponérselas a las personas.

—Esto no me lo dijiste antes.

—¿Por qué no?

—Me incitaste a pasarme toda la vida haciendo cosas... La Caballería y la Tabla Redonda, que inventé impulsado por ti, fueron precisamente esfuerzos por salvar a la gente, y porque se hicieran cosas.

—No. Eran ideas —dijo con firmeza el filósofo—, ideas rudimentarias. Todos los pensamientos, en sus primeras fases, empiezan siendo acciones. Las acciones que tanto esfuerzo te han costado han sido ideas, toscas, naturalmente, pero era necesario establecer esas bases antes de poder pensar en serio. Tú has estado enseñando a los hombres a pensar con la acción. Ahora ha llegado el momento de pensar con nuestras cabezas.

—Entonces, ¿mi Tabla no fue un fracaso?

—Desde luego que no. Fue un experimento. Los experimentos conducen a otros experimentos, y ésta es la razón por la que he venido a llevarte a nuestra madriguera.

—Estoy dispuesto —dijo, sorprendido al comprobar que se sentía feliz.

—El Comité ha descubierto que en tu educación hubo algunos fallos, un par, y ha decidido corregirlos antes de que termine la fase activa de la Idea.

—¿Qué Comité? Hablas como si hubieran hecho un informe.

—Eso es lo que hicimos. Ya les conocerás a todos en la cueva. Pero ahora, y perdona que lo mencione, tenemos que arreglar una cosa antes de irnos.

Al llegar aquí Merlín examinó los dedos gordos de sus pies mientras en sus ojos se dibujaba la duda, pues no se decidía a proseguir.

—Al parecer —explicó por fin—, los cerebros de los hombres se petrifican a medida que pasan los años. Su superficie se deteriora, como el cuero gastado, y ya no es capaz de recoger impresiones. ¿Lo has notado?

—Noto cierto entumecimiento en mi cabeza.

—Pues bien, los cerebros de los niños son flexibles y elásticos —continuó el mago con regusto, como si estuviera hablando de bocadillos de caviar—. Recogen las impresiones con enorme rapidez. Aprender un idioma, por ejemplo, en la juventud puede ser literalmente un juego de niños: en cambio, para un hombre de mediana edad es algo infernal.

—Sí, se lo he oído decir a la gente.

—El Comité ha sugerido que, dado que deberías aprender esas cosas a las que antes me he referido, deberías —ejem—, deberías ser un chico. Me han proporcionado una medicina patentada para conseguirlo. Entiendes, ¿verdad? Volverías a ser Verruga otra vez.

—No quiero, no querría volver a vivir mi vida —contestó el otro viejo sin alterarse.

Estaban el uno frente al otro, como si fueran un objeto y su imagen en el espejo; los extremos externos de sus ojos apuntaban hacia abajo, por el peso de sus ancianos párpados.

—Sería sólo por esta noche.

—¿El Elixir de la Vida?

—Exactamente. Piensa en toda la gente que ha tratado de encontrarlo.

—Si yo me lo encontrara, lo tiraría.

—Espero que no te hayas hecho una idea necia de los niños —dijo Merlín lanzándole una mirada vaga—. Somos unos grandes expertos en el arte de hacer nacer otra vez y en el de rejuvenecer. He notado que últimamente la gente mayor tiene la desagradable costumbre de consolarse —y al tiempo degradarse— diciendo que los niños son infantiles. Espero que no hayamos incurrido en nada parecido.

—Todo el mundo sabe que los niños son más inteligentes que sus padres.

—Tú y yo lo sabemos, pero los que van a leer este libro no lo saben.

»Nuestros lectores de esa época —continuó el nigromante en tono sombrío— tienen exactamente tres ideas en sus magníficas molleras. Según la primera, la especie humana es superior a las demás. La segunda es que el siglo XX es superior a los demás. Y la tercera, que los seres humanos adultos del siglo XX son superiores a los jóvenes de su época. A este conjunto de engaños se le puede llamar Progreso, y todos los que se atreven a discutirlo reciben el calificativo de pueriles reaccionarios o escapistas. ¡El Avance de la Mente..., que el Cielo les ayude!

Estuvo unos momentos pensando en todo esto y luego añadió:

—Y además, incurren en un cuarto ejemplo de tropezón supuestamente científico; lo que se llama antropomorfismo. Suponen que sus hijos son también tan superiores a los animales que jamás hay que mencionar a las dos criaturas la una al lado de la otra. Si empiezas considerando que los hombres son animales, ellos le dan la vuelta y dicen que consideras a los animales como hombres, lo cual es un pecado que para ellos es peor incluso que la bigamia. «¡Imagínate a un científico que fuera solamente un animal! —dicen—. ¡Todo necedades!»

—¿Quiénes son estos lectores?

—Los lectores del libro.

—¿Qué libro?

—El libro en el que estamos.

—¿Estamos en un libro?

—Lo mejor será que nos pongamos manos a la obra —dijo Merlín apresuradamente.

Cogió su varita, se arremangó y miró fijamente al paciente.




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad