El libro de



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El mago parecía sentirse avergonzado e hizo sonar los huesos de sus manos.

—Era una idea —dijo humildemente— que no pretendía tanto ser meditada como provocar la meditación.

—Desde luego no parece una idea práctica para este año de gracia. ¿No hay ninguna panacea contra la guerra que pueda ser utilizada mientras tanto?

—El Comité ha presentado un antídoto que podría tener efectos temporales, algo así como los que produce el bicarbonato contra la acidez de estómago. No sería una forma de curar la enfermedad, pero podría aliviarla. Salvaría algunos millones de vidas cada siglo.

—¿Y cuál es ese antídoto?

—Señor, habréis notado que las personas responsables de la declaración y la dirección de las guerras no suelen ser las mismas que padecen sus efectos más graves. Vos mismo pudisteis ver algo de todo esto en la batalla de Bedegraine. Los reyes y los generales y los estrategas bélicos tienen una especial habilidad para no morir en las guerras. El Comité sugiere que al terminar cada guerra se ajusticie a todos los oficiales de cargo superior al de coronel del bando derrotado, cualquiera que haya sido su responsabilidad en el desencadenamiento de la guerra. Sin duda la medida sería algo injusta, pero quizá el saber que perder una guerra equivale a morir disuadiría en parte a los que acostumbran a iniciarlas. Impidiendo de esta forma algunas guerras, se podrían salvar millones de vidas de hombres de las clases bajas. Incluso un Führer como Mordred se lo pensaría dos veces antes de iniciar unas hostilidades si supiera que la derrota equivaldría a su ejecución.

—Parece razonable.

—No lo es tanto como parece, en parte debido a que la responsabilidad del inicio de las guerras no siempre es atribuible por completo a los líderes. Después de todo, un líder tiene que ser elegido o aceptado por aquellos a quienes dirige. La hidra de cien cabezas que es la muchedumbre no es tan inocente como dice. La masa ha dado un mandato a sus generales, y debe compartir con ellos la responsabilidad moral.

—De todas formas, serviría al menos para que los líderes no tuvieran muchas ganas de ser empujados a la guerra por sus seguidores, e incluso esto sería una ayuda.

—Lo sería. Lo difícil sería convencer a las clases dirigentes para que aceptasen una ley como ésta. Pero, además, me temo que a la postre siempre aparecería ese tipo de maníaco que ansia la notoriedad y hasta el martirio a cualquier precio, que aceptaría la pompa del liderazgo incluso con más satisfacción debido precisamente a los melodramáticos castigos que tal cargo conllevaría. Los reyes de la mitología irlandesa se veían forzados por ese cargo a ir al frente de sus tropas a la batalla, lo cual causó entre ellos una gran mortalidad y, sin embargo, parece que no faltó nunca ni rey ni batalla en la historia de la Isla Verde.

—¿Y esta nueva ley que ha inventado nuestro rey? —preguntó repentinamente la cabra—. Si es posible disuadir a un hombre de cometer un crimen por temor a la pena de muerte, ¿por qué no podría haber una ley internacional que disuadiera de sus intenciones a los países belicistas por medios similares? Se podría conseguir que los Estados agresivos reprimieran ese impulso si hubiera una fuerza internacional de policía que sentenciara a estos Estados a la dispersión, por ejemplo con traslados en masa de sus pobladores a otros países.

—Hay dos objeciones para tal idea. La primera es que esto sería una fórmula para curar, pero no impedir, la enfermedad. En segundo lugar, sabemos por experiencia que la existencia de la pena de muerte no acaba, de hecho, con el crimen. Podría ser, sin embargo, un paso en la buena dirección.

El viejo enfundó sus manos en las mangas, como un chino, y miró a los miembros del Consejo testarudamente, esperando nuevas intervenciones. Sus ojos empezaban a mirar con menos firmeza.

—Merlín ha estado escribiendo un libro titulado Libellus Merlini, Profecías de Merlín —continuó Arquímedes con expresión traviesa cuando vio que el anterior tema se había cerrado—. Merlín pensaba leérselo a Su Majestad a su llegada.

—Oiremos su lectura.

Merlín se retorció las manos.

—Señor, son simples futuribles, trucos de gitano. Hubo que escribirlo porque en el siglo XII hubo mucho alboroto en torno a esta cuestión. Después ya no se acordó nadie de las profecías hasta el siglo XX. De todas formas, señor, no es más que un juego de ingenio que no es merecedor de vuestra atención en este momento.

—Leedme, sin embargo, algún fragmento.

Y así, el humillado científico, que en la última hora había perdido sus arrestos y no estaba ya para sofismas, recogió el manuscrito que se había medio quemado cuando se le cayó al tejón y pasó algunas hojas todavía legibles a los presentes. Los animales las leyeron por turnos, y esto es lo que dijeron:

—Dios proveerá, dirá el Dodo.

—El Oso curará su neuralgia cortándose la cabeza, pero luego sentirá bastante irritación.

—El León se acostará con el Águila, diciendo: ¡Por fin están unidos todos los animales! Pero el Diablo verá la broma.

—Las Estrellas, que le enseñaron al Sol a levantarse, tendrán que ponerse de acuerdo con él a mediodía; si no, desaparecerán.

—Un niño dirá en Broadway: «Mira, mamá, ¡Hay un hombre!»

—«¿Cuánto tiempo se tarda en construir Jerusalén?», dirá una araña haciendo, agotada, una pausa en su telaraña de la base del Empire State Building.

—El espacio vital conduce al espacio del cementerio —observó el escarabajo.

—La fuerza engendra fuerza.

—Las guerras comunitarias, colectivas, de condados, de credos, de continentes y de color. Después, si no antes, la mano de Dios.

—La imitación (uíunolç), antes que la acción, salvará a la humanidad.

—El Alce murió porque le crecieron demasiado los cuernos.

—No hizo falta ninguna colisión con la luna para que se extinguiera el Mamut.

—Afortunadamente para ellas, el destino de todas las especies es la extinción.

Después de esta última frase hubo una pausa durante la cual los miembros del Consejo estuvieron meditando.

—¿Cuál es el significado de esa frase que tenía una palabra griega?

—Parte de su significado, señor, aunque sólo una parte muy pequeña, es que la única esperanza para nuestra raza humana radica en la educación no coercitiva. Dice Confucio que:


Para propagar la virtud por el mundo, hace falta primero gobernar el propio país.

Para gobernar el propio país, hace falta primero gobernar la propia familia.

Para gobernar la propia familia, hace falta primero regular el propio cuerpo mediante la preparación moral.

Para regular el propio cuerpo, hace falta primero regular la propia mente.

Para regular la mente, hace falta primero ser sincero.

Para ser sincero, hace falta primero aumentar los conocimientos.


—Comprendo.

—¿Tienen algún sentido que nos interese alguna de las otras frases? —añadió el rey.

—No.

—Una pregunta más, antes de levantar la sesión. Has dicho que la política no tiene cabida aquí, pero parece que está tan relacionada con la cuestión de la guerra que también debemos estudiarla. Antes dijiste que eras un capitalista. ¿Es una creencia firme?



—Si lo he dicho así, Majestad, no quería decir eso exactamente. El tejón estaba hablando como un comunista de la tercera década del siglo XX, y por eso hablé como un capitalista en defensa propia. Yo soy anarquista, como todas las personas que tienen un poco de sensatez. De hecho, la raza humana comprobará que con el paso del tiempo los capitalistas y los comunistas evolucionan tanto, que al final no se distinguen los unos de los otros. También evolucionarán los fascistas, naturalmente. Pero sea cual sea la forma que adopten estos tres tipos de colectivismo, y por mucho que duren los siglos durante los cuales se maten los unos a los otros en arranques de malhumor infantil, lo cierto es que todas las formas de colectivismo están en desacuerdo con el desarrollo del cerebro humano. El destino del hombre es un destino individualista y es posible que sea éste el sentido en el que me he mostrado relativamente partidario del capitalismo. El despreciado capitalista Victoriano, que permitía al menos cierta libertad de acción al individuo, probablemente tenía unas ideas políticas más futuristas que todos esos Nuevos Ordenes en favor de los que tanto se ha chillado en el siglo XX. Y digo esto porque, debido a su cerebro, el futuro del hombre es individualista. Los fascistas y los comunistas eran mucho más anticuados. Aunque naturalmente también el capitalista Victoriano era anticuado, y por eso soy anarquista; porque me gusta estar un poco al día. Su Majestad debe recordar muy bien que los gansos son anarquistas. Los gansos han comprendido que el sentido moral no tiene que venir de fuera sino que debe surgir de dentro.

—Yo tenía la opinión —dijo quejándose el tejón— de que el comunismo era un paso hacia la anarquía. Yo creía que cuando se llegara a un comunismo pleno, el Estado desaparecería.

—Eso es lo que suele decir la gente, pero lo dudo. No entiendo cómo se puede emancipar al individuo empezando por la creación de un Estado omnipotente. En la Naturaleza, si exceptuamos monstruosidades como las hormigas, no hay Estados. Creo que la gente que anda por ahí creando Estados, como intenta hacer Mordred con sus Azotadores, acaba por estar tan comprometido con ellos que jamás podrá escapar. Aunque quizá es cierto lo que dices. Espero que lo sea. En todo caso, abandonemos las dudosas cuestiones de la política en manos de los sombríos tiranos que se ocupan de ella. Dentro de diez mil años llegará quizá el momento en que los cultos se dediquen a esas cosas. Ahora es demasiado temprano. Por nuestra parte, hemos ofrecido esta noche una solución al problema que plantea el arbitraje de la fuerza, afirmando la evidente verdad según la cual la guerra es causada por la propiedad nacional y, por otro lado, es una actividad estimulada por determinadas glándulas. De momento dejémoslo así, en nombre de Dios.

El viejo mago apartó sus notas con mano temblorosa. Las críticas que anteriormente le había dirigido el erizo le habían herido profundamente, porque, aunque en secreto, amaba mucho a su alumno. Además, ahora que el rey había regresado del monte dispuesto a volver entre los hombres, sabía que su propia sabiduría sería por fin aplicada. Era consciente de que su tarea de preceptor había concluido. Cuando el rey no era más que un muchacho sobre el que no pesaba todavía la corona le dijo que ya no volvería nunca a ser Verruga. De todas formas, aunque no era cierto, había servido para estimular al joven. Pero esta vez sí era cierto, esta vez sabía que había abandonado su puesto para que lo ocupara el rey, que ahora se constituía en la mayor autoridad. Pero abdicar le hizo perder su alegría. Nunca más iba a poder hablar con su estilo declamatorio ni brillar ni darse tampoco aires de superioridad. Se sentía viejo y avergonzado.

El viejo rey, cuya adolescencia había también desaparecido, jugaba con una hojita que había quedado encima de la mesa. Como siempre que se abstraía, estaba mirándose las manos. Primero doblaba la hojita de un lado, luego del otro, cuidadosamente, y después la desdoblaba. Se trataba de una de las notas tomadas por Merlín para su diccionario de citas —que el erizo había mezclado con las Profecías— y contenía una cita de un historiador llamado fray Clynn, fallecido en 1348. Este fraile, que trabajaba en su abadía como encargado de la redacción de los anales históricos, vio la aparición de la Muerte Negra, dispuesta a apoderarse de él y quizá incluso del mundo entero, pues ya había aniquilado a una tercera parte de la población de Europa. El fraile dejó algunas hojas de pergamino sin escribir en el libro cuya redacción iba a tener que abandonar muy pronto y concluyó las páginas redactadas por él con un mensaje que despertó el respeto de Merlín: «Viendo tantos infortunios —escribió el fraile en latín—, y al mundo entero inundado por la malignidad, mientras espero entre los muertos la visita de la muerte he puesto por escrito lo que he oído y analizado. Y, suponiendo que la escritura no perezca con el escribiente o caiga la obra con el obrero, dejo un poco de papel para que sea continuada en el caso de que por azar algún hombre salve su vida escapando a esta peste. Que él continúe el trabajo que yo empecé.»

El rey dobló la hoja y la alisó contra la mesa. Los demás le miraban sabiendo que estaba a punto de ponerse en pie y dispuestos a seguir su ejemplo.

—Muy bien —dijo el rey—. Ahora ya comprendemos el rompecabezas.

Dio unos golpecitos en la mesa con el papel y se puso en pie.

—Debemos regresar antes del amanecer.

También los animales se pusieron en pie. Le acompañaron hacia la puerta amontonándose a su alrededor para besarle la mano y despedirse de él. Merlín, el que había sido su prefecto, el hombre que debía llevarle a la tienda que era su casa aquellos días, abrió la puerta para que pasase. Tanto si era un sueño como si no lo era, brillaba con una luz cada vez más mortecina, igual que todos los demás.

—Le deseamos suerte, Majestad, un éxito rápido —le decían.

Él les dirigió una sonrisa grave y les dijo:

—Esperamos que sea rápido.

Pero el rey se refería a su propia muerte, y otro de los presentes lo sabía.

—Su Majestad debe recordar la historia de san Jorge: el Homo sapiens está todavía ahí. Su Majestad fracasará porque en la Naturaleza del hombre hay un asesino, un asesino muchas veces más ignorante que rencoroso. Pero el éxito se construye sobre los fracasos y la Naturaleza no es inmutable. Si un buen hombre da ejemplo consigue con ello instruir al ignorante y menguar su furia. Y así se irá haciendo, poco a poco, a través de los siglos, hasta que el espíritu de las aguas se satisfaga. Por eso, Majestad, os deseamos valentía y tranquilidad.

El rey inclinó su cabeza hacia aquel que sabía y se dio la vuelta para irse.

En el último momento surgió del suelo una mano que tiraba de su manga y que le recordaba la existencia del amigo del que se había olvidado. El rey levantó al erizo del suelo con sus dos manos, cada una colocada bajo un sobaco, y lo sostuvo con los brazos extendidos, frente a frente.

—Y a ti —dijo el rey— tenemos que agradecerte tu lealtad. Adiós, y que tengas una vida feliz, tan alegre como tus canciones.

Pero el erizo agitaba sus pies como si estuviera yendo en bicicleta, porque quería que le dejara otra vez en el suelo. Una vez se sintió seguro, volvió a tirar de la manga, y el viejo se agachó para oír sus susurros.

—No —dijo toscamente agarrando la mano del rey y mirándole ansiosamente—, no hay que decir adiós.

Volvió a tirarle de la manga y dijo con una voz que estaba al borde del silencio:

—Hasta la vista, hasta la vista.


20

Bien, hemos llegado, por fin, a la conclusión de nuestro prolongado relato.

Arturo de Inglaterra regresó al mundo, a cumplir lo mejor posible su tarea. Convocó una tregua con Mordred, después de haberse decidido a entregarle, si se lo pedía, la mitad de su reino si con ello se conseguía la paz. A decir verdad, estaba dispuesto a entregar todo su reino si era necesario. Como posesión hacía ya mucho tiempo que había dejado de tener valor para él, y ahora estaba además seguro de que la paz era algo mucho más valioso que un reino. Pero le daba la sensación de que tenía el deber de conservar la mitad si podía, y era por esta razón: que si podía seguir trabajando en medio reino, podría sembrar en él las semillas del sentido común que le habían enseñado los gansos y los otros animales.

Se hizo la tregua y los dos ejércitos formaron filas en el campo, frente a frente. Cada uno de ellos poseía un estandarte hecho con un mástil de barco instalado sobre unas ruedas y que estaba coronado por una cajita que contenía la Hostia Consagrada. De las cofas pendían los estandartes del Dragón y el Cardo. Los caballeros del ejército de Mordred llevaban armaduras negras adornadas con plumas del mismo color mientras que en sus brazos brillaba con el sombrío tinte de la sangre la insignia con el látigo escarlata. Es posible que fueran más temibles de aspecto que en realidad. Se explicó a todos los soldados que ninguno de ellos debía hacer ningún tipo de manifestación de hostilidad y que debían mantener envainadas sus espadas. Pero, por miedo a la traición, se les dijo también que podían lanzarse a la carga para rescatar a los parlamentarios de su bando si veían desenvainar alguna espada en el grupo que discutiría las condiciones de paz.

Arturo se adelantó a la tierra de nadie que había entre los dos ejércitos acompañado por su estado mayor, y Mordred, seguido por sus principales generales —todos de negro—, avanzó hacia él. Se encontraron, y el viejo rey pudo volver a ver el rostro de su hijo. Estaba tenso y ojeroso. También, pobre hombre, había errado más allá del Dolor y la Soledad hasta el país de la Desesperación. Pero Mordred se había adentrado allí sin guía, y se había perdido.

Todos quedaron sorprendidos al comprobar que llegar a un acuerdo no era nada difícil. El rey pudo conservar la mitad de su reino. Durante un momento hubo paz y alegría.

Pero bastó un instante, tan corto como delgada es una hoja de cuchillo bien afilada, para que el viejo Adán de siempre reapareciera en una nueva forma. La guerra feudal, la opresión de los grandes señores, la fuerza individual y hasta la rebelión ideológica eran problemas que habían podido ser solucionados de una u otra forma. Pero sólo para que el equilibrio se rompiese en el último momento debido a que el hombre es un asesino por instinto.

Una serpiente culebreó entre la hierba, a los pies de los líderes militares, cerca de un oficial del estado mayor de Mordred. El oficial dio instintivamente un salto hacia atrás y cruzó un brazo hacia la empuñadura de la espada. Por un instante brilló la insignia del látigo. La espada desnuda emergió, dispuesta a matar a la víbora. Los ejércitos que aguardaban a cierta distancia tomaron aquel ademán como señal de traición y lanzaron su grito de ira. Las lanzas de ambos lados apuntaron hacia el enemigo. Y cuando el rey Arturo corrió hacia sus propias filas tratando, el pobre viejo, de aplacar aquella poderosa marea con sus manos nudosas abiertas hacia sus soldados para pedirles que se tranquilizaran luchando hasta el final contra la riada de Fuerza que había corrido por un lado cada vez que él la frenaba con una presa por otro, el tumulto ya había crecido y sonaban los gritos de guerra, y las dos corrientes de agua enfrentadas chocaron contra su cabeza.


Lanzarote llegó demasiado tarde. Había ido todo lo aprisa que pudo, pero fue en vano. No pudo hacer más que pacificar el país y enterrar a los muertos. Después, cuando hubo restaurado cierta apariencia de orden, se apresuró a ir a buscar a Ginebra. Se suponía que seguía en la Torre de Londres porque el asedio de Mordred había fracasado.

Pero Ginebra ya no estaba llí.

En aquellos tiempos las reglas de los conventos no eran tan estrictas como en la actualidad. A menudo los conventos eran más bien cómodas posadas para sus mecenas. Ginebra había hecho sus votos en Amesbury.

Le pareció que ya había sufrido bastante, y había causado ya suficiente sufrimiento a otros. Se negó a volver a ver a su antiguo amante y a hablar con él. Ginebra dijo, aunque fuese evidente que no era cierto, que deseaba hacer las paces con Dios

A Ginebra nunca le había importado Dios. Era buena conocedora de la teología, pero eso era todo. La verdad es que era vieja y sabia, y sabía que Lanzarote era un creyente apasionado, y que era fundamental que su vida avanzara por aquel camino. Por eso, por él, para que le fuera más fácil, la gran reina renunció ahora a aquello por lo que había luchado toda su vida, dio ejemplo y se negó a cambiar de idea. Se había salido del cuadro.

Lanzarote imaginó en buena parte este razonamiento de Ginebra y cuando ella se negó a verle, escaló los muros del convento, en un rasgo característico del viejo galo caballeroso que era. Le rogó a Ginebra que cambiara de opinión, pero ella se mostró terca y firme. Seguramente fue algo relacionado con Mordred lo que le hizo perder su gusto por la vida. Lanzarote y ella se separaron, y nunca más debían volver a verse.

Ginebra se convirtió en una abadesa mundana. Gobernó su convento eficaz y majestuosamente, con cierto desprecio. Las niñas que acudían a la escuela fueron educadas en la gran tradición de la nobleza. A veces veían a Ginebra pasear por los terrenos del convento, muy tiesa, con los dedos llenos de destellos producidos por sus numerosos anillos y su ropa limpia y buena y aromatizada a pesar de que iba en contra de las reglas de la orden. Todas las novicias sin excepción la adoraban con pasión de colegiala, y susurraban cuando ella pasaba cerca. Se convirtió en una Gran Vieja Dama. Cuando por fin murió, su Lanzarote fue a buscar su cadáver. El viejo caballero tenía el pelo blanco como la nieve y toda la cara arrugada. Quería enterrarla en la tumba de su esposo. Allí, en la famosa tumba, fue sepultada: tenía todavía el rostro tranquilo y señorial.

Lanzarote por su parte se convirtió en un fervoroso eremita. Acompañado por siete caballeros, entró en un monasterio cercano a Glastonbury, y dedicó su vida a la oración. Arturo, Ginebra y Elaine habían desaparecido, pero nada podía destruir su amor. Rezaba por ellos dos veces al día y lo hacía con todas sus fuerzas, y vivió en alegre austeridad lejos del hombre. Aprendió incluso a distinguir unas de otras las melodías que cantaban los pájaros del bosque y hasta encontró tiempo suficiente para todas las cosas que antes le habían sido negadas. Se convirtió en un excelente jardinero y alcanzó en vida fama de hombre santo.

«Ipse», dice una poema medieval que habla de otro viejo cruzado, otro gran señor como Lanzarote, que también se apartó del mundo:
Ipse post militiae cursum temporalis,

Illustratus gratia doni spiritualis,

Esse Christi cupiens miles specialis,

In hac domo monachus factus est claustralis.


Tras el bullicio de las guerras temporales,

iluminado con la gracia de un don espiritual,

deseoso de convertirse en soldado de Cristo,

en esta casa se convirtió en monje de clausura.


Plácido, gentil y bondadoso en gran medida,

y blanco como un cisne debido a su edad,

suave y afable y encantador,

guardaba en su alma la gracia del Espíritu Santo.


Frecuentaba a menudo la iglesia,

y oía alegremente los misterios de la Misa;

Proclamaba alabanzas al Señor,

y meditaba en su interior la gloria celestial.


Su amable y graciosa conversación,

muy recomendable y religiosa,

complacía, pues, a toda la comunidad

porque no era empalagosa ni mojigata.


Aquí, cada vez que cruzaba el claustro,

se inclinaba para saludar a los monjes,

ladeando también la cabeza especialmente

ante los monjes a los que más amaba.


Hic per claustrum quotiens transiens meavit,

Hinc et hinc ad monachos caput inclinavit,

Et sic nutu capitis eos salutavit,

Quos affectu intimo plurium amavit.


Cuando le llegó la hora de la muerte tuvo unas visiones. El viejo abad soñaba en su lecho del monasterio con unas campanas de bellísimo sonido y con ángeles que reían alegremente dando la bienvenida a Lanzarote a su llegada al Cielo. Le encontraron muerto en su celda, en el momento de llevar a cabo su tercer y último milagro. Porque murió en lo que los frailes llamaron Olor de Santidad. Cuando mueren los santos sus cadáveres llenan la habitación de un aroma encantador. Olor a heno fresco, quizá, o a flores de primavera, o a lo mejor el aroma del mar en la playa.

Héctor se encargó de pronunciar la oración fúnebre por su hermano: una de las prosas más conmovedoras de la historia literaria del idioma. «Ah Lanzarote —dijo—. Eras el primero de cuantos caballeros cristianos hayan existido. Y, ahora que yaces ahí, puedo atreverme a decir que nunca hubo hombre capaz de vencerte en combate. Jamás usó lanza y escudo caballero más cortés que tú. Y nunca hubo jinete más amigo que tú de su amada. Y de todos los pecadores, ninguno estuvo tan enamorado como tú de la mujer a la que amaste. Y de cuantos hombres hayan empuñado una espada no hay ninguno que pueda decir que fue más amable que tú. Y de todos los caballeros de la historia no hay uno solo del que pueda decirse que fue más religioso de lo que tú fuiste. Y tu docilidad no puede compararse con la de ninguno de los grandes señores que hayan alguna vez compartido una cena con un grupo de damas. Y nunca logró la muerte dar descanso a ningún caballero que persiguiera con más empeño que tú a sus enemigos.»




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