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El libro de Merlín Terence H. White


EL LIBRO DE

DE MERLÍN
TERENCE H. WHITE
COMENTARIO DEL EDITOR

El manuscrito original de El libro de Merlín

se encuentra en la «Colección T. H. White»

del Centro de Investigaciones en Humanidades,

Universidad de Texas en Austin.

El libro de Merlín, escrito por T. H. White durante la segunda guerra mundial, tendría que haber sido el volumen final de una obra en cinco partes, titulada The Once and Future King (las cuatro primeras partes han sido publicadas, en un solo volumen, con el título de Camelot, en esta misma colección), pero quedó excluido cuando la obra se publicó en 1958.

White no llegó a ver las pruebas de imprenta de El libro de Merlín cuando lo presentó en 1941 para ser publicado; y dado que tenía la costumbre de hacer correcciones y modificaciones en las pruebas ya impresas, debemos suponer que el manuscrito que ha llegado hasta nosotros no se encuentra en su forma definitiva. No obstante, parecía tan acabado que sólo se necesitaron arreglos mínimos.

Como guía para nuestra edición, utilizamos la edición de The Once and Future King publicada por Putnam en 1958. Se ha unificado el empleo de la puntuación en los diálogos y se han corregido los errores ortográficos, pero se han mantenido los modismos británicos arcaicos. Los títulos de libros y los nombres de géneros y especies se han puesto en cursiva. Se ha regularizado el empleo de mayúsculas en palabras como Tejón, Hombre y Democracia. En unos pocos casos, en los que resultaba evidente que el mecanógrafo había omitido una palabra, se ha insertado dicha palabra.

Dos episodios del Libro de Merlín, en los que el mago transforma a Arturo, primero en una hormiga y más tarde en un ganso, han aparecido ya, algo fuera de contexto, en La espada en la piedra, primera parte de la tetralogía. White los había escrito para El libro de Merlín, cuando todavía pensaba publicar la obra en cinco partes, y por esta razón los hemos dejado como estaban.

Las expresiones en latín o griego que no aparecían traducidas en el manuscrito original han sido traducidas por Peter Green.

LA HISTORIA DEL LIBRO

El sueño duró lo mismo que el anterior, aproximadamente media hora. Durante los tres últimos minutos del sueño, algunos peces, dragones y cosas parecidas empezaron a correr de un lado para otro. Uno de los dragones se tragó una piedra, pero en seguida la escupió.

En el último momento, apenas un parpadeo, un espacio de tiempo mucho más insignificante que el último milímetro marcado en una regla de dos metros, apareció un hombre. Partió a golpes la única piedra que quedaba de toda aquella montaña, y con ella hizo una punta de flecha y mató a su hermano.



La espada en la piedra

Capítulo 18, versión original

«Mi padre me construyó un castillo de madera lo bastante grande como para poder meterse dentro, e instaló bajo las almenas pistolas de verdad para disparar una salva en mi honor el día de mi cumpleaños. Pero me hizo sentar delante del castillo para recibir el saludo la primera noche —aquella tenebrosa noche de la India— y yo me eché a llorar, creyendo que me iban a disparar.»

Durante toda su vida, T. H. White sufrió los efectos del miedo: miedo por causas externas (una madre psicópata y amenazadora, los profesores del colegio de Cheltenham, «haciendo chasquear sus bastones», la pobreza, la tuberculosis, la opinión pública) y miedo por causas internas (miedo a tener miedo, a ser un fracasado, a quedar atrapado). Tenía miedo a la muerte y a la oscuridad. Tenía miedo a sus propias inclinaciones, que la gente podría considerar vicios: la afición a la bebida, a los muchachos, un sadismo latente... Curiosamente, no parecía sentir temor de Dios, pero sí que le daba miedo la especie humana. Su vida fue una constante batalla contra estos temores, que libró con valor, frivolidad, ingenio sarcástico y trabajo duro. Nunca dejó de tener un proyecto, nunca se cansó de aprender, y tenía un alto concepto de su propia capacidad.

Este alto concepto era compartido por sus profesores de la Universidad de Cambridge. Cuando la tuberculosis interrumpió sus estudios en el segundo curso, los miembros del claustro recolectaron una suma de dinero suficiente para enviarle a Italia a pasar un año de convalecencia. En Italia se sintió como un pez en el agua: aprendió el idioma, hizo amistades entre las clases humildes, disfrutó de la vida de pensionista y escribió su primera novela, The Winter Abroad. El profesor que inició el fondo de convalecencia recordaba así su retorno: «... regresó en perfecta forma, dispuesto a destrozar a los examinadores de segundo curso; y, dicho y hecho, en 1929 arrasó con las matrículas de honor.»

En 1932, por recomendación de Cambridge, se le nombró director del Departamento de Historia del colegio Stowe.

Esta posición de autoridad, bajo las órdenes de un director inteligente, le permitió actuar con gran libertad. Sus alumnos todavía le recuerdan, unos por lo estimulante de sus clases, otros por sus feroces críticas, otros por las excursiones extraoficiales en busca de culebras de agua. Aprendió a volar para controlar su miedo a caerse de las alturas, y aprendió a tener mejor concepto de la especie humana frecuentando la compañía de trabajadores del campo en la taberna local. Al cabo de un par de años se cansó de Stowe y decidió (sin que existiera ningún indicio de ello) que su director quería librarse de él. Acuciado por el miedo a caer en la pobreza, escribió dos libros puramente comerciales y recopiló otro. Durante unas vacaciones de Pascua, mientras pescaba en soledad en un río de las Highlands, descubrió lo que verdaderamente quería: escribir con libertad, hacer un libro propio como quien pesca un salmón.

En el verano de 1936 renunció a su puesto y alquiló un pabellón de caza en Stowe Ridings, en terrenos pertenecientes a Stowe. La recopilación antes mencionada, compuesta por fragmentos de sus diarios de caza, tiro y vuelo, y titulada England Have My Bones, se vendió tan bien que el editor se comprometió a pagarle 200 libras al año por un libro anual.

El pabellón de caza se encontraba en medio de un bosque y era una sólida estructura victoriana sin ningún lujo. Allí, a la luz de una lámpara, White sacó de un estante el ejemplar de la Morte d'Arthur que había utilizado para el trabajo sobre Malory que presentó en los exámenes finales de primero de Lengua Inglesa. En aquella ocasión, sólo le había preocupado la impresión que causaría en los examinadores. Ahora lo leyó con una mentalidad más abierta.

Una de las ventajas de haber sacado matrícula de honor en Lengua Inglesa es que uno sabe leer. White leyó la Morte d'Arthur como si se tratara de un informe. La nota en la que resumió sus conclusiones puede considerarse como el primer paso hacia lo que acabaría siendo The Once and Future King:

«Toda la historia de Arturo es una auténtica tragedia griega, comparable a la de Orestes.

»Uther empezó cometiendo maldades contra la familia del duque de Cornualles, y fue un descendiente de dicha familia quien acabó vengando aquellas maldades en la persona de Arturo. Los pecados de los padres, etc., etc. Arturo tuvo que pagar por la transgresión inicial de su padre, pero, para que su castigo fuera más justo, los hados decidieron que también él cometiera una transgresión (contra los de Cornualles), con el fin de identificarlo más estrechamente con la tragedia.

»Lo que sucedió fue lo siguiente:

»EL duque de Cornualles se casa con Igraine y tiene con ella tres hijas: Morgana Le Fay, Elaine y Morgause.

»Uther Pendragon se enamora de Igraine y mata a su marido en el campo de batalla para poder conseguirla. El fruto de sus amores es Arturo, de manera que Arturo es medio hermano de las tres muchachas, aunque se cría lejos de ellas.

»Cuando Uther muere y Arturo le sucede en circunstancias misteriosas, Arturo, como es natural, hereda también la rencilla familiar. Las muchachas convencen a sus maridos de que organicen una rebelión de once reyes.

»A Arturo le han dicho que Uther era su padre, pero Uther era un anciano muy vigoroso y a Merlín se le ha olvidado tontamente explicarle a Arturo quién fue su madre.

»Tras una gran batalla en la que los once reyes son derrotados, Morgause, esposa del rey Lot, acude a ver a Arturo en calidad de emisaria. En aquel momento, los dos ignoran el parentesco que les une. Se enamoran, se van a la cama juntos, y el resultado es Mordred. Así pues, Mordred es el fruto de un incesto (su padre era medio hermano de su madre), y es él quien acaba por provocar la tragedia de Arturo. El pecado es el incesto, el castigo es Ginebra, y el instrumento del castigo es Mordred. Es Mordred quien insiste en airear las relaciones entre Lanzarote y Ginebra, que Arturo estaba dispuesto a pasar por alto mientras no se hiciera ninguna mención de ellas.



En trentiesme année de mon age

Quand toutes mes hontes j'ai bues.»

White tenía treinta años cuando alquiló el pabellón de caza. Había roto con su pasado, se sentía a gusto consigo mismo, era libre. Le acompañaban en su soledad una serie de halcones, un cárabo rescatado, una perra setter en la que vertió toda su frustrada capacidad de amar. Y ahora, había encontrado en la Morte d'Arthur un tema en el que descargar su frustrada capacidad de culto al héroe, su heterogénea acumulación de conocimientos eruditos, su amor a la vida, su admiración por Malory. Al enfrascarse en aquel nuevo tema, era como si escribiera por primera vez. En lugar de la árida destreza de sus obras de consumo, La espada en la piedra posee el entusiasmo y la temeridad de la obra de un principiante. Está llena de poesía, farsa, inventiva, iconoclasia y, por encima de todo, de reverencia hacia la juventud en su retrato del joven Arturo. La obra se aceptó para publicar en ambos lados del Atlántico, y en Estados Unidos fue distribuida por el Club del Libro del Mes. Pero aquel año era 1938, el año de Munich, y los cañones del castillo estaban cargados para algo más que una salva de salutación. White casi se ahogó de miedo cuando el gobierno distribuyó máscaras antigás entre la población; se tranquilizó un poco cuando Chamberlain pactó la paz en los términos dictados por Hitler, pero el miedo nunca se disipó del todo.

La manera de pensar de White era típica del período de posguerra. La guerra era una locura que conducía a la ruina, suprimía las leyes, mataba a los poetas, exaltaba a los soberbios, enriquecía a los codiciosos y oprimía a los débiles y los humildes; de ella no podía salir nada bueno, era algo irremisiblemente anticuado, nadie la deseaba (por desgracia, tampoco había nadie que sintiera mucho aprecio por la Liga de Naciones). En caso de que estallara otra guerra, contra toda razón y sentido común, él se declararía objetor de conciencia. Durante la primera avalancha de alistamientos, White escribió a David Garnett: «He escrito a Siegfried Sassoon y al director de Stowe (mi humilde lista de gente influyente), preguntándoles si pueden conseguirme algún empleo sensato en esta miserable guerra, si es que estalla. Mi ultimátum es el siguiente: me propongo alistarme como soldado raso un mes después de la ruptura de hostilidades, a menos que uno de ustedes me consiga un empleo eficiente antes.»

Chamberlain capituló, la crisis quedó fuera de control y White comenzó a escribir The Witch in the Wood (segundo volumen de The Once and Future King), aunque acabó enfrascándose en Grief for the Grey Geese, una novela que nunca llegó a terminar, y que concibió en un estado de tremenda agitación física. Se encontraba solo, en el intimidante territorio del Wash, situado al nivel del mar, y estaba empeñado en satisfacer un antiguo deseo, que constituía una compleja mezcla de destreza deportiva y sadismo: matar un ganso salvaje en pleno vuelo. El tema de la novela es significativo. Los gansos no tienen más enemigos que los cazadores. Entre estos cazadores hay un renegado que toma partido por los gansos, haciendo que desvíen su vuelo para alejarlos de las posiciones de los cazadores. White se identifica sin lugar a dudas con este renegado, mientras en la vida real seguía empeñado en cazar un ganso.

En enero de 1939 escribió a Garnett, que le había invitado a pescar salmones con él en Irlanda: «Me sentiría feliz si pudiera escapar de este desventurado país antes de que estalle todo. Después de dos años de preocuparme por el asunto, me he convencido de que lo mejor sería salir huyendo, y creo que tengo cierto derecho a ello. O hago eso o me pego un tiro nada más iniciarse las hostilidades. No me gusta la guerra, no deseo la guerra, y yo no la empecé. Creo que podría soportar vivir como un cobarde, pero no soportaría vivir como un héroe.»

Un mes más tarde, White estaba en Irlanda, alojado en una granja del condado de Meath, llamada Doolistown, con la intención de permanecer allí el tiempo suficiente para terminar The Witch in the Wood (que se publicó poco después) y para pescar un salmón. Aquél fue su hogar durante los siguientes seis años y medio. Se pasó seis años sin hablar con un inglés ni, prácticamente, con ninguna persona culta. La Irlanda rural se lo tragó como si fuera un pantano.

Había escapado de su desventurado país, pero no podía evitar tenerlo cerca.

Diario, 26 de abril de 1939

En Inglaterra se habla mucho del alimento, y todo el mundo vive pendiente de los discursos de Hitler. Repasando este diario, he vuelto a ver las ridículas decisiones que intenté tomar bajo la presión de la Bestia: hacerme objetor de conciencia, ir al frente, buscar algún empleo constructivo para tiempo de guerra, que combine el trabajo creativo con el servicio a la nación... simples y tristes saltos de la presa acorralada, que corre aterrada de un rincón a otro.

Mientras tanto, procuraba proteger su equilibrio mental dando saltos en nuevas direcciones. Puesto que se alojaba en casa de una familia católica, que le trataba como un miembro más de la familia, consideró la posibilidad de hacerse católico. Y como su padre había nacido en Irlanda, empezó a concebir fantasías acerca de su ascendencia irlandesa. Leyó libros sobre la historia de Irlanda, alternando con imparcialidad universitaria autores de opiniones contrarias; intentó aprender gaélico, para lo cual asistía una vez a la semana a clases con el maestro de escuela local y practicaba una hora cada mañana; buscó otro alojamiento y alquiló una casa llamada Sheskin Lodge, en el condado de Mayo, para ir de caza; realizó algunas investigaciones acerca de la legendaria Piedra de Dios (Godstone) en la isla de Inniskea. Posiblemente, lo más significativo —dado que fue involuntario— fue que quedara cautivado por la sombría belleza y el desolado encanto de Erris, la parte del condado de Mayo que queda comprendida entre los montes Nephin Beg y el mar.

En Sheskin Lodge, en un jardín de fucsias y rododendros rodeado por una vasta extensión pantanosa, oyó las últimas voces inglesas, que le decían adiós. Se había declarado la guerra, y los Garnett daban por terminada su visita y regresaban a Inglaterra.

Concluida su breve estancia en Sheskin, regresó a Doolistown y escuchó las noticias.

20 de octubre de 1939

Todavía no parece que haya muerto mucha gente... No ha habido matanzas espantosas con gases y bacterias.

Pero la verdad se ha esfumado.

Nos están asfixiando con propaganda, en lugar de con gas, haciendo que nuestras mentes mueran poco a poco.

23 de octubre

La guerra, tal como nos enteramos de ella por la radio, es más terrible que todo lo que yo había podido imaginar acerca de la simple muerte. En mi opinión, la muerte debería ser un misterio noble y terrible, sean cuales sean las creencias de la persona y las circunstancias de su muerte. En cualquier caso, se trata de algo natural. Pero lo que nos llega por la radio no es natural. El timbre de las voces que entonan cánticos a Hitler y a la muerte es un timbre nasal, lleno de burla y desprecio. Así deben cantar los demonios en el infierno.

Por entonces, White estaba preparando The Ill-Made Knight (el manuscrito de The Witch in the Wood, que había enviado seis meses atrás a su editor, le había sido devuelto con la recomendación de que lo reescribiera) y elaborando un análisis del personaje de sir Lanzarote en la obra de Malory, que presentaba algunos rasgos de carácter con los que él se identificaba: «Debe ser un sádico, o no se tomaría tantas molestias para ser noble... Le gusta estar solo.»

En el análisis de Ginebra, con la que no tiene nada en común, se dedica a especular y hace lo que puede por superar su aversión a las mujeres. «Ginebra posee algunas características positivas: elige el mejor amante que podría haber escogido y tiene el suficiente valor para permitirle ser su amante.» «Ginebra no parece haber sido uno de los personajes favoritos de Malory, piense lo que piense Tennyson acerca de ella.»

Para White era una novedad aquello de abordar un libro de manera tan deliberada o escribirlo de forma tan compacta. No existe ninguna condescendencia en el estilo de The Ill-Made Knight, donde la tragedia se ceba en Arturo y Lanzarote se ve obligado a convertirse en instrumento de la misma, a causa de su amor por Ginebra.

White escribió este libro en Erris, en el hotel del pueblecito de Belmullet, durante los ratos libres que le dejaban sus investigaciones sobre la Godstone, las mañanas de invierno dedicadas a observar el paso de los gansos salvajes, las celebraciones locales y las borracheras, después de las cuales se encerraba en su habitación del hotel por miedo al IRA.

El 1 de octubre, habiendo terminado The Ill-Made Knight, abandonó Erris y regresó a Doolistown para escribir The Candle in the Wind. Esta última parte del ciclo de Arturo, en la que el rey condenado por el destino se tambalea de derrota en derrota, existía ya como esqueleto de una obra teatral. White era incapaz de escribir despacio. A mediados del otoño, la obra se había convertido en una narración, y el autor buscaba título para la tetralogía completa: El antiguo agravio... Arthur Pendragon...

14 de noviembre de 1940

Aún se puede salvar a Pendragon, y elevarlo a las alturas del triunfo, alterando la última parte del libro IV y volviendo a llevar a Arturo con sus animales. Según esta versión de la leyenda, al final se habría retirado bajo tierra, a la madriguera del tejón, donde el propio tejón, el erizo, la culebra, el lucio (disecado) y todos los demás le están aguardando para discutir la situación con él. Allí, en presencia de Merlín, discutirán la cuestión de la guerra desde el punto de vista naturalista, como yo he venido haciendo últimamente en este diario. Durante el largo retiro subterráneo de Arturo, tendrán que estudiar a fondo la relación del hombre con los demás animales, con la esperanza de obtener así una nueva visión del problema. Este era, en realidad, el objetivo inicial de Merlín cuando decidió presentarle a los animales. Ahora bien, ¿qué pueden enseñarnos los animales acerca de la abolición de la guerra?
Aún se puede salvar a Pendragon. Pero en realidad, se trataba de otra salvación.

White había llegado a Belmullet suponiendo que en Irlanda se encontraría como en casa. Pero no era más que un inglés exiliado. Fue bien recibido, como una novedad que proporciona temas de conversación, pero nunca fue aceptado. Otro Antiguo Agravio lo impedía: la brecha que separaba al pueblo nativo del pueblo odiado. Se le llegó a considerar un espía (el rumor de una inminente invasión inglesa había tenido sin dormir a la mayoría de la población de Belmullet); se vigilaban sus movimientos; fue denunciado a la policía y se le prohibió abandonar la isla; se había alistado en las fuerzas locales de seguridad, pero se le pidió que no participara en los desfiles. Su desilusión debió verse acentuada por los paralelismos con el argumento de The Candle in the Wind, donde la buena voluntad de Arturo no le sirve de nada ante sus enemigos hereditarios. Ahora tenía por delante otro invierno, un invierno de soledad intelectual, sin nadie a quien consultar excepto a sí mismo, sin nadie con quien intercambiar opiniones, excepto consigo mismo. Tenía un techo sobre su cabeza, una habitación en la que aislarse, comida asegurada, el paisaje vallado con setos del condado de Meath para pasear a su perro, pocos motivos de queja y nada en qué ocuparse. La guerra le había aprisionado en una celda acolchada.

En esta situación, se agarró a la única tabla de salvación que encontró.

El 6 de diciembre escribió a L. J. Potts, antiguo tutor suyo en Cambridge, que ejercía de manera permanente la función de Confesor por Correspondencia: «El próximo volumen se titulará Una vela al viento (en estos tiempos hay que añadir "si Dios quiere")... Terminará la noche antes de la última batalla, con Arturo completamente hundido. Y después pienso añadir un quinto volumen, en el que Arturo se reúne con Merlín bajo tierra (en realidad, en la madriguera del tejón del volumen I) y vuelve a transformarse en animales, principalmente hormigas y gansos. No pongas esa cara. La inspiración ha llegado caída del cielo. Me explico: de pronto he descubierto que (1) el tema central de la Morte d'Arthur es encontrar un antídoto contra la guerra; y (2) que la mejor manera de analizar la política del hombre es estudiarle como hacía Aristóteles, como animal político. No pretendo explicarlo ahora todo, porque estropearía la novedad del futuro libro, pero ya tengo mucho pensado, a la manera de Sam Butler, acerca del hombre como animal entre otros animales, su cerebro, etc. Creo estar en condiciones de poder comentar todos esos absurdos "ismos" (el comunismo, el fascismo, el conservadurismo, etc.) mediante una vuelta atrás al mundo real, donde el hombre es tan sólo uno más entre innumerables animales. De esta manera, al transmitir mi moraleja (aunque no pienso formularla expresamente), tendré la maravillosa oportunidad de hacer girar la rueda una vuelta completa, y terminar con un comentario animal como el del principio. Esto convertirá el conjunto de la epopeya en una fruta perfecta, "redonda, lustrosa y madura"».

Aquel mismo día escribió a Garnett, preguntándole en qué libro había leído que Malory había asaltado un convento, y añadiendo: «Tal como lo veo, el quinto volumen va a tratar de la anatomía del cerebro. Ya sé que suena raro, tratándose de Arturo, pero es así. ¿Conoces por casualidad algún libro elemental pero de confianza, acerca de la anatomía del cerebro de los mamíferos, los peces, los insectos, etcétera? Me gustaría saber qué clase de cerebelo tiene una hormiga, y también un ganso salvaje. Tú eres de la clase de personas que suele saber de estas cosas.»

Aunque White escribe en futuro en su carta a Potts, es muy poco probable que aguardara desde el 14 de noviembre hasta el 6 de diciembre antes de ponerse a escribir El libro de Merlín. El libro V, que comienza donde terminaba el IV, presenta un estilo inmediato que no cuadra con esta supuesta dilación. Volvemos a encontrar a Arturo solo, en su tienda de Salisbury, aguardando la batalla definitiva, viendo cómo se han derrumbado todas sus esperanzas y llorando con el llanto reposado de los viejos. Cuando entra Merlín para reanudar su antigua relación de maestro y discípulo y comprueba lo abatido que está Arturo, empieza a temer que sea demasiado tarde. Su afirmación de que la leyenda perpetuará a Arturo y su Mesa Redonda mucho después de que la historia haya terminado con ellos, cae en oídos sordos. El mago invoca su antigua relación con su discípulo, pero el alumno es ya más viejo que el maestro y le replica con un frustrante Le roy s'advisera. En ningún pasaje de los cuatro libros anteriores aparece Arturo tan majestuoso como aquí, cuando le vemos derrotado. En Farewell Victoria, su novela de los primeros años treinta, White había acuñado la frase «los inmortales generales de la derrota». En el primer capítulo del Libro de Merlín, la desarrolla.

Pero el argumento del libro V lleva a Arturo bajo tierra, donde los animales del libro I están aguardando para hablar con él, y donde Merlín piensa someterle a un tratamiento completo a base del contenido de los diarios de White, para que aprenda de los animales todo lo que éstos puedan enseñarle sobre la abolición de la guerra.

Dado que los animales no emprenden guerras contra su propia especie, éste podría ser un buen tema de discusión.

Pero la discusión queda tergiversada desde el primer momento por la insistencia de Merlín en la inferioridad humana. Liber scriptus proferetur... Merlín ha abierto los diarios de White, y encuentra en ellos pocas razones para que el hombre merezca estar situado junto a las otras 2.850 especies de mamíferos que existen en el mundo. Todas ellas saben comportarse, sin practicar la guerra ni la usurpación. El hombre no es así. Pero Merlín quita fuerza a su denuncia, al añadir el insulto de que el hombre es un advenedizo.

Ante tal declaración, ninguno de los presentes es tan impío como para sugerir que el hombre podría llegar a mejorar con el tiempo.

En un momento posterior de la discusión, Arturo, representante de la especie advenediza, intenta alegar que el hombre ha tenido unas cuantas ideas buenas, como las ciudades y los campos de cultivo. Los demás le ponen en su sitio habiéndole de los grandes logros de los corales, los castores, los pájaros que transportan semillas, y acaban de machacarlo con el ejemplo de la lombriz de tierra, tan estimada por Darwin. En ningún momento se plantea la distinción entre la mera acción y la acción planificada, y la conversación deriva hacia la nomenclatura: Homo ferox (lo de sapiens queda descartado de entrada), Homo stultus, Homo impolíticus. Lo último es lo más condenatorio: el hombre debe permanecer salvaje y obtuso hasta que aprenda, como las demás especies de mamíferos, a vivir en paz.

Es fácil encontrar fallos en la retórica de White. El libro de Merlín se escribió siguiendo un impulso impetuoso. Contiene muchas partes agudas, perturbadoras, sobrecogedoras, brillantes y emocionantes, junto a una considerable cantidad de información. Pero Merlín, que es el principal interlocutor, queda convertido en un portavoz del desencanto, y ese desencanto es el de White. Su miedo a la especie humana, que parecía superado, reaparece intensificado por la ira, ira contra la humanidad, que hace la guerra y la glorifica.

El desencanto no hace mella, sin embargo, en el personaje de Arturo. Cada vez que se ve sometido a un torrente de instrucción se revela como una buena persona: no se deja llevar por la cólera, está dispuesto a aprender y no es ningún tonto. Es perfectamente recuperable y además disfruta con tan interesante conversación. Cuando Merlín le dice que para ampliar su educación tiene que convertirse en hormiga, lo acepta de buen grado. Convertido en hormiga por arte de magia, penetra en el hormiguero que Merlín mantiene con fines científicos. Lo que allí ve es el concepto que White tiene de un estado totalitario. Obligado por su forma física a comportarse como una hormiga obrera, le resultan tan indignantes la abyecta beligerancia y la insustancialidad de sus compañeras que se enfrenta a un ejército de hormigas en plena marcha y tiene que ser rescatado por Merlín.

Para la última lección, White le transporta a lo que, para entonces, debía parecerle una época de felicidad irrecuperable: el invierno de 1938, cuando estuvo cazando gansos.

El hecho de que hubieran transcurrido poco más de dos años entre Grief for the Grey Geese y El libro de Merlín da idea de la cantidad de experiencias que White acumuló en su vida y de la intensidad con que las vivió. Cuando estuvo de pesca en Irlanda se llevó el libro de los gansos, y el capítulo 12 del Libro de Merlín comienza con una descripción de la extensión llana, oscura y sin dimensiones del Wash de Lincolnshire y del viento horizontal que sopla sobre él. Pero ahora es Arturo, convertido en ganso, quien afronta el viento y siente el fango bajo sus pies palmeados, aunque todavía no es del todo un ganso, ya que aún no ha volado. Cuando la bandada se reúne y emprende el vuelo matutino, Arturo sale volando con ella.

El viejo remiendo afea el traje nuevo. Aquel invierno, dos años atrás, White se encontraba en plenitud de facultades, preparado para cualquier contingencia, con los sentidos en estado de alerta y su imaginación llameando como una hoguera al viento. «Físicamente, me encuentro tan bien —le escribió a Sydney Cockerell— que para llenarme me basta con la brisa marina y los icebergs, el amanecer, el atardecer y la noche; tan hambriento, sereno, afortunado y lúcido que mi mente se ha echado a dormir.»

En Doolistown, su mente padecía insomnio y se sentía molesta y ansiosa. Ello le permitió alargar la vitalidad del viejo remiendo durante las páginas en que Arturo observa a los gansos. Pero al llegar el capítulo 13, la intención de convencer desplaza a la intención creativa de exponer, y con un único momento de reposo —cuando el erizo acompaña a Arturo a una colina del oeste, donde el rey se sienta a contemplar su reino dormido a la luz de la luna y se reconcilia con los aspectos malos en consideración a los buenos—, el libro resuena como una fábrica a causa de la avalancha de análisis, pruebas, refutaciones, exhortaciones, demostraciones, explicaciones, ejemplos históricos, parábolas extraídas de la naturaleza... hasta el erizo habla demasiado.

Aun así, el tema era bueno, oportuno y sincero, y White presta atención a los personajes y expone los argumentos con manifestaciones personales y modismos coloquiales. El original a máquina demuestra que White se dio cuenta de la necesidad de esta caracterización, ya que muchas de las matizaciones están añadidas a mano. Cuando logra salirse del sermón —que no por laudable deja de resultar pesado— para adentrarse de nuevo en el reino de la narrativa, El libro de Merlín vuelve a mostrarnos a White en plenitud de facultades. Es como si el libro lo hubieran escrito entre dos personas: el narrador de historias y el listo con el cuaderno de notas, que hace callar a gritos al primero.

Es posible que se dejara arrastrar a este árido desierto de palabras y opiniones porque le faltaba su antiguo guía. En el último capítulo, Malory reaparece. Bajo su tutela, White nos cuenta cómo, después de la muerte de Arturo en el campo de batalla, Ginebra y Lanzarote, la altiva abadesa y el humilde ermitaño, acaban apaciblemente sus vidas. Estas pocas páginas son de las mejores que White escribió en su vida. Las gracias, la hostilidad y la animosidad han quedado descartadas; no hay sitio para ellas en el mundo perfecto de la leyenda, donde White y Malory nos dicen adiós al final del largo viaje que comenzó a la luz de una lámpara en el pabellón de caza de Stowe Ridings.

Este es el verdadero final de The Once and Future King, y allí debería haber figurado. Pero el destino no lo quiso así. «De pronto he descubierto que... el tema central de la Morte d'Arthur es encontrar un antídoto contra la guerra.» Para añadir solidez a su descubrimiento y que no pareciera tan repentino, White incorporó nuevo material a los tres volúmenes ya publicados. En noviembre de 1941 los envió junto con Una vela al viento y El libro de Merlín a su editor de Londres, para que los publicara como una obra única. El señor Collins quedó desconcertado y respondió que había que pensarlo. Un libro tan grande necesitaría enormes cantidades de papel, y la guerra acaparaba la mayor parte de los suministros de papel: impresos por triplicado, ordenanzas, informes, instrucciones a la población civil, lectura ligera para los soldados, etc. White insistió en que los cinco libros deberían aparecer en un solo volumen. Tras largas negociaciones, en el curso de las cuales quedó desatendida la petición de White de ver las pruebas de imprenta de El libro de Merlín —lo cual fue una verdadera lástima, ya que White estaba acostumbrado a introducir numerosas correcciones en las pruebas—, la epopeya en cinco partes quedó sin publicar.



The Once and Future King no se publicó hasta 1958 y aun entonces apareció como una tetralogía. El libro de Merlín, aquel intento de encontrar un antídoto contra la guerra, había caído entre las víctimas de la guerra.

Sylvia Townsend Warner



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