El Libro de los tibetanos de la vida y la muerte



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El Libro de los tibetanos de la vida y la muerte


Por: SOGYAL RIMPOCHÉ
Editado por: PATRICK GAFFNEY Y ANDREW HARVEYs
EDICIONES URANO

Argentina, Chile, Colombia, España, México y Venezuela.
Índice
Prólogo de Su Santidad el Dalai Lama 4
Prefacio 6
PRIMERA PARTE: LA VIDA
1. En el espejo de la muerte 9

2. La impermanencia 18


3. Reflexión y cambio 28
4. La naturaleza de la mente 39
5. Llevar la mente a casa 50
6. Evolución, karma y renacimiento 69
7. Los bardos y las otras realidades 84
8. Esta vida: el bardo natural 91
9. La senda espiritual 103
10. La esencia íntima 121
SEGUNDA PARTE: LA MUERTE
11. Consejo de corazón sobre la asistencia a los

moribundos 136


12. Compasión: la joya que concede los deseos 147
13. Ayuda espiritual para los moribundos 163
14. Prácticas para morir 174
15. El proceso de morir 190
TERCERA PARTE: MUERTE Y RENACIMIENTO
16. La base 200
17. El resplandor intrínseco 211

18. El bardo del devenir 221


19. Ayudar después de la muerte 230
20. La experiencia de casi muerte: ¿una escalera hacia
el cielo? 245
CUARTA PARTE: CONCLUSIÓN
21. El proceso universal 259
22. Servidores de la paz 272

Apéndice 1: Mis maestros 280


Apéndice 2: Preguntas acerca de la muerte 284
Apéndice 3: Dos historias 291
Apéndice 4: Dos mantras 298

Notass 303

Bibliografía 315

Agradecimientos 318

Índice alfabético 322
Acerca del autor332
Prólogo

De Su Santidad el Dalai Lama
En esta oportuna obra, Sogyal Rimpoché se centra en los modos de comprender el verdadero significado de la vida, aceptar la muerte, asistir a los moribundos y ayudar a los muertos. La muerte es una parte natural de la vida que todos deberemos afrontar tarde o temprano. Según mi entendimiento, son dos las actitudes que podemos adoptar ante ella mientras vivimos: o bien elegimos no pensar en ella, o bien podemos hacer frente a la perspectiva de nuestra propia muerte y, reflexionando con claridad sobre ella, tratar de reducir al mínimo el sufrimiento que puede producir. Sin embargo, con ninguna de estas dos actitudes podemos llegar realmente a vencerla.
En mi condición de budista, contemplo la muerte como un proceso normal, una realidad que acepto ha de ocurrir en tanto permanezca en esta existencia terrenal. Sabiendo que no puedo eludirla, no veo que tenga sentido preocuparme por ella. Tiendo a figurarme la muerte como un cambio de ropa cuando la que llevo está vieja y gastada, no como un final definitivo. Pero la muerte es imprevisible: ignoramos cuándo o cómo ocurrirá. Así pues, resulta sensato tomar ciertas precauciones antes de que se produzca realmente.
Es evidente que a la mayoría de nosotros nos gustaría tener una muerte apacible, pero también está claro que no podemos esperar una buena muerte si nuestra vida ha estado llena de violencia, si nuestra mente ha estado agitada principalmente por emociones como la ira, el apego o el miedo. Por lo tanto, si deseamos morir bien, hemos de aprender a vivir bien, manteniendo la esperanza de una muerte apacible, debemos cultivar la paz en nuestra mente y en nuestra manera de vivir.
Como podrán leer aquí, desde el punto de vista budista la experiencia real de la muerte es muy importante. Aunque el cómo y el dónde vamos a renacer viene generalmente determinado por fuerzas kármicas, nuestro estado mental en el momento de la muerte puede influir en la calidad de nuestro próximo renacimiento. Así pues, y a pesar de la gran variedad de karmas que hemos acumulado, si en el momento de la muerte hacemos un esfuerzo especial para generar un estado mental virtuoso, podemos fortalecer y activar un karma virtuoso y de este modo dar lugar a un feliz renacimiento.
El instante real de la muerte es también la ocasión en que pueden presentarse las experiencias interiores más profundas y beneficiosas. Mediante la repetida familiarización con los procesos de la muerte por medio de la meditación, un meditador experimentado puede aprovechar su muerte para alcanzar una gran realización espiritual. Por eso los practicantes con experiencia emprenden prácticas meditativas en el momento de morir. Una indicación de sus logros es que muchas veces su cuerpo no empieza a descomponerse sino hasta mucho después de la muerte clínica.
No menos importante que prepararnos para nuestra propia muerte es ayudar a otros a morir bien. Cuando nacemos, todos nos hallamos desvalidos e impotentes, y sin el cuidado y el afecto que recibimos entonces no habríamos sobrevivido. Puesto que los moribundos son igualmente incapaces de valerse por sí mismos, deberíamos aliviar su malestar y su angustia y asistirlos en la medida de lo posible para que mueran con serenidad. Aquí lo principal es evitar todo aquello que perturbe la mente de la persona moribunda más de lo que va a estar.
Al asistir a una persona moribunda, nuestro primer objetivo es infundirle serenidad, lo que se puede conseguir de muchas maneras. Un moribundo que esté familiarizado con las prácticas espirituales puede sentirse estimulado y alentado si se le recuerdan estas prácticas, pero incluso la simple atención afectuosa puede generar una actitud serena y sosegada en la mente de la persona que va a morir.
La Muerte y el Morir constituyen un punto de encuentro entre la tradición científica moderna y la budista tibetana. Creo que en el plano de la comprensión y el beneficio práctico ambas pueden ayudarse muchísimo mutuamente. Sogyal Rimpoché se halla especialmente bien situado para facilitar este encuentro; nacido y educado en la tradición tibetana, recibió formación de algunos de nuestros mayores lamas. Puesto que también se ha beneficiado de una educación moderna y vivido y enseñado muchos años en Occidente, ha llegado a conocer bien los modos de pensamiento occidentales.
Este libro ofrece a los lectores no sólo una explicación teórica de la muerte y el morir, sino también medidas prácticas para que comprendan y se preparen ellos mismos y a otros de una forma serena y enriquecedora
2 de junio de 1992.
Prefacio
Nací en Tíbet, y a los seis meses ingresé en el monasterio de mi maestro Jamyang Khyentse Chókyi Lodró, en la provincia de Kham. En Tíbet tenemos la especial tradición de buscar las reencarnaciones de los grandes maestros que han fallecido. Se los elige de pequeños y se les da una educación especial con objeto de prepararlos para que sean los maestros del futuro. A mi me impusieron el nombre de Sogyal, aunque todavía habría de pasar algún tiempo para que mi maestro me reconociera como encarnación de Terrón Sogyal, renombrado místico que había sido uno de sus propios profesores y maestro del Decimotercer Dalai Lama.
Mi maestro, Jamyang Khyentse, era alto para lo que es corriente entre los tibetanos, y su cabeza siempre parecía destacar sobre las demás en una multitud. Tenía el cabello plateado, muy corto, unos ojos amables que brillaban de humor y unas orejas largas, como las de Buda. Pero lo que más llamaba la atención en él era su presencia. Su mirada y su porte revelaban que era un hombre sabio y santo. Tenía una voz bien modulada, grave y cautivadora, y cuando enseñaba solía echar la cabeza ligeramente hacia atrás y las enseñanzas fluían de su boca en un torrente de elocuencia y poesía. Y, con todo el respeto e incluso admiración reverente que suscitaba, había humildad en todo lo que hacía.
Jamyang Khyentse es el fundamento de mi vida y la inspiración de este libro. Fue la encarnación de un maestro que transformó la práctica del budismo en nuestro país. En Tíbet, nunca era suficiente llevar el nombre de una encarnación; siempre había que ganarse el respeto mediante el propio saber y la propia práctica espiritual. Mi maestro se pasó años en retiro, y se cuentan muchos relatos milagrosos sobre él. Sus conocimientos y su realización espiritual eran profundos, y con el tiempo llegué a descubrir que era como una enciclopedia de sabiduría y conocía la respuesta a cualquier pregunta que pudieran formularle. En Tíbet había muchas tradiciones espirituales, pero Jamyang Khyentse era reconocido como una autoridad en todas ellas. Para todos aquellos que lo conocieron u oyeron hablar de él, era la personificación del budismo tibetano, un ejemplo viviente de cómo podía llegar a ser quien comprendiera las enseñanzas y completara su práctica.
He oído decir que mi maestro afirmó que yo contribuiría a continuar su obra y ciertamente siempre me trató como si fuera su propio hijo. Pienso que lo que he podido lograr hasta ahora en mi trabajo, y el público al que he podido llegar, es la maduración de la bendición que me dio.
Mis primeros recuerdos son de él. Él fue el entorno en que me crié, y su influencia dominó mi niñez. Fue como un padre para mi. Me concedía todo lo que le pedía. Su consorte espiritual, Rhandro Tsering Chódrón, que es también mi tía, solía decir: “No molestes a Rimpoché, a lo mejor está ocupado”, pero yo siempre quería estar a su lado, y él se alegraba de tenerme cerca. Constantemente lo atosigaba con toda clase de preguntas, y él siempre me respondía con paciencia. Yo era un chico travieso; ninguno de mis tutores conseguía inculcarme disciplina. Cuando pretendían pegarme, corría a esconderme detrás de mi maestro, donde nadie osaba acercarse. Allí agazapado, me sentía orgulloso y satisfecho de mí mismo; él se limitaba a reír. Hasta que un día, sin que yo lo supiera, mi tutor fue a hablar con él y le explicó que, por mi propio bien, la cosa no podía continuar así. La siguiente vez que fui a esconderme, mi tutor entró en la sala, hizo tres postraciones ante mi maestro y me sacó a rastras. Recuerdo que, mientras me sacaba de la habitación, me pareció muy extraño que no le tuviera miedo a mi maestro.
Jhamyang Khyentse vivía en la sala en que su anterior encarnación había tenido sus visiones y puesto en marcha el resurgir de la cultura y la espiritualidad que se extendió por todo el Tíbet oriental durante el siglo pasado. Era una sala maravillosa, no especialmente amplia, pero con una atmósfera mágica. llena de libros, pinturas y objetos sagrados La llamaban “el cielo de los budas” y “la sala de la transmisión de poderes”, y si hay algún lugar de Tíbet que recuerdo bien es esa habitación. Mi maestro se sentaba en un asiento bajo, hecho de madera y tiras de cuero y yo me acomodaba a su lado. Me negaba a comer si no era de su tazón. En el pequeño dormitorio contiguo había una galería exterior, pero siempre estaba a oscuras, y siempre había una tetera hirviendo sobre el fogoncito del rincón. Por lo general, yo solía dormir en el cuarto de mi maestro, en una cama pequeña situada a los pies de la suya. Un sonido que nunca podré olvidar es el tableteo de las cuentas de su mala, su rosario budista, mientras él susurraba sus oraciones. Cuando me iba a acostar él estaba allí, sentado y practicando, y cuando despertaba por la mañana lo encontraba ya despierto, sentado y practicando de nuevo, rebosante de bendiciones y poder. Cuando abría los ojos y lo veía, me inundaba una cálida y reconfortante sensación de dicha. Tal era el aura de paz que lo envolvía.
A medida que fui haciéndome mayor, Jamyang Kiyentse me hacía presidir ceremonias, mientras él desempeñaba el papel de director de los cantos. Yo era testigo de todas las enseñanzas e iniciaciones que daba a otros, pero, más que los detalles, lo que recuerdo ahora es la atmósfera. Para mí, era el Buda, de eso no tenía ninguna duda. Y todos los demás también lo reconocían. Cuando daba iniciaciones, sus discípulos quedaban tan abrumados de pasmo reverencial que a penas se atrevían a mirarlo a la cara. Algunos lo veían verdaderamente bajo la forma de su predecesor, o como diferentes budas y’ bodisarvas. Todos lo llamaban Rimpoché. “el Precioso”, que es el título que se concede a un maestro y cuando él estaba presente ninguno de los demás maestros recibía esa denominación. Su presencia era tan imponente que muchos lo llamaban afectuosamente “el Buda Primordial”
Sé que si no hubiera conocido a mi maestro Jamyang Khyentse, yo sería una persona completamente distinta. Con su calidez, su sabiduría y su compasión, encarnaba la verdad de las enseñanzas y, así, las volvía prácticas y vibrantes de vida. Cada vez que comparto con otros esa atmósfera de mi maestro, pueden percibir la misma sensación profunda que despertaba en mí. ¿Qué fue, pues, lo que inspiró en mí Jamyang Khyentse? Una inconmovible confianza, en las enseñanzas y la convicción de la esencialísima importancia del maestro. Toda la comprensión que pueda tener hoy, sé que se lo debo a él, y eso es algo que nunca podré pagarle, pero que puedo transmitirlo.

Durante mi juventud en Tíbet vi la clase de amor que jamyang Khyentse irradiaba en la comunidad, sobre todo cuando guiaba a los moribundos y a los muertos. En Tíbet, un lama no era sólo maestro espiritual, sino también sabio, terapeuta, párroco, médico y sanador espiritual, dedicado a ayudar a los enfermos y los moribundos. Más tarde llegué a aprender las técnicas concretas para guiar a los moribundos y a los muertos siguiendo las enseñanzas relacionadas con el Libro tibetano de los muertos, pero las lecciones más importantes que aprendí sobre la muerte (y la vida) las obtuve contemplando a mi maestro cuando guiaba a los moribundos con infinita compasión, sabiduría y comprensión.


Rezo para que este libro transmita al mundo algo de su gran sabiduría y compasión, y para que gracias a ellas, también usted, esté donde esté, pueda sentirse en presencia de su mente de sabiduría y encontrar una conexión viva con él.
Primera parte: la Vida

CAPÍTULO UNO: EN EL ESPEJO DE LA MUERTE
Mi primera experiencia de la muerte se produjo cuando yo tenía unos siete años. Nos disponíamos a dejar las tierras altas del Este para viajar al Tibet central. Samten, uno de los asistentes personales de mi maestro, era un monje maravilloso que fue muy bueno conmigo durante mi niñez. Tenía una cara resplandeciente, rolliza y redondeada, siempre a punto de esbozar una sonrisa. Debido a su buen carácter, era el favorito de todos en el monasterio. Mi maestro daba cada día enseñanzas e iniciaciones, y dirigía prácticas y rituales. Al terminar la jornada, yo solía reunir a mis amigos y organizaba una pequeña representación teatral en la que ponía en escena los acontecimientos de la mañana, y era Samten quien me prestaba siempre las vestiduras que había utilizado mi maestro durante el día. Jamás me negaba nada.
Pero entonces Samten cayó enfermo repentinamente, y pronto se hizo evidente que no iba a vivir. Tuvimos que aplazar la partida. Nunca olvidaré las dos semanas que siguieron. El rancio olor de la muerte lo cubría todo como una nube, y cada vez que pienso en aquellos días vuelvo a sentir ese olor. El monasterio estaba saturado de una intensa conciencia de la muerte. Sin embargo, la atmósfera no era en absoluto morbosa ni de temor; en presencia de mi maestro la muerte de Sarnten cobraba un significado especial. Se convertía en una enseñanza para todos nosotros.
Samten permanecía acostado junto a la ventana de un pequeño templo situado en la residencia de mi maestro. Yo sabía que estaba muriéndose. De vez en cuando iba a verlo y me sentaba un rato a su lado. Por entonces Samten ya no podía hablar, y me impresionaba el cambio que había experimentado su rostro, ya macilento y demacrado. Comprendí que iba a dejarnos y que no volveríamos a verlo más. Me sentía profundamente triste y solitario.
La muerte de Samten no fue fácil. El sonido de su laboriosa respiración nos seguía por todas partes, y podíamos oler la descomposición de su cuerpo. El monasterio se hallaba sumido en un silencio abrumador, roto únicamente por sus estertores. Todo estaba centrado en Samten. Sin embargo, aunque había tanto sufrimiento en su prolongada agonía, todos nos dábamos cuenta de que en lo más hondo tenía paz y confianza interior. Al principio no podía explicármelo, pero en seguida comprendí de dónde procedía esa sensación: de su fe y su preparación, y de la presencia de nuestro maestro. Y aunque seguí estando triste, supe entonces que si nuestro maestro estaba allí, todo acabaría siendo para bien, pues él podría guiar a Samten hacia la liberación. Más tarde llegué a saber que todo practicante sueña con morir ante su maestro y con tener la buena fortuna de ser guiado por él en el trance de la muerte.
Mientras Jamyang Khyentse guiaba serenamente a Samten en su muerte, le iba explicando una por una todas las fases del proceso por el que estaba pasando. Me asombraban la precisión de sus conocimientos y su confianza y serenidad. Cuando estaba presente, su serena confianza tranquilizaba aún a la persona más angustiada. En aquellos momentos, Jamyang Khyentse nos revelaba su intrepidez ante la muerte. No es que se tomara jamás la muerte a la ligera: a menudo nos decía que él le tenía miedo y nos recomendaba que no nos la tomáramos de un modo ingenuo o complaciente. ¿Qué era, entonces, lo que le permitía afrontar la muerte de una manera tan solemne y al mismo tiempo tan libre de cuidados, tan práctica pero tan misteriosamente despreocupada? Esta pregunta me fascinaba y me absorbía.
La muerte de Samten fue una conmoción para mí. A los siete años de edad, vislumbré por primera vez el enórme poder de la tradición en que se me estaba instruyendo y empecé a comprender el sentido de las prácticas espirituales. La práctica había conferido a Samten la aceptación de la muerte, así como una clara comprensión de que el sufrimiento y el dolor pueden formar parte de un profundo proceso natural de purificación. La práctica había conferido a mi maestro un conocimiento completo de lo que es la muerte, y una tecnología precisa para guiar a las personas en ese trance.
Tras la muerte de Samten partimos hacia Lhasa, la capital de Tíbet, emprendiendo un arduo viaje de tres meses a torno de caballo. Desde allí proseguimos nuestra peregrinación hacia el Tíbet central y meridional, hacia los lugares sagrados de los santos, reyes y letrados que introdujeron el budismo en Tíbet a partir del siglo VII. Mi maestro era emanación de muchos maestros de todas las tradiciones, y a causa de su reputación recibía una tumultuosa bienvenida allí donde iba.
Aquel viaje fue sumamente emocionante para mí, y todavía guardo de él muchos hermosos recuerdos. Los tibetanos se levantan temprano, con objeto de aprovechar plenamente la luz del día. Nos acostábamos al caer la noche y nos levantábamos antes del alba, para que los yaks que transportaban !a carga pudieran ponerse en marcha con la primera luz del amanecer. Se desmontaban las tiendas, y las últimas que permanecian en pie eran la de la cocina y la de mi maestro. Siempre se adelantaba un explorador con la misión de elegir un buen lugar para acampar, y hacia el mediodía nos deteníamos y montábamos las tiendas hasta la mañana siguiente. A mí me gustaba acampar a orillas de algún río y escuchar el rumor del agua, o sentarme dentro de la tienda y escuchar el chapaleteo de la lluvia en el techo.
Éramos un grupo pequeño, de unas treinta tiendas en total. Durante el día yo montaba un caballo de color dorado al lado de mi maestro; mientras cabalgábamos, él me daba enseñanzas, contaba historias, practicaba y componía diversas prácticas especialmente para mi. Un dia, cuando nos acercábamos al lago sagrado de Yamdrok Tso y divisábamos ya el resplandor turquesa de sus aguas, otro lama de nuestro grupo, Lama Tseten, empezó a morir.
La muerte de Lama Tseten fue para mi otra sólida enseñanza. Este lama había sido el tutor de la esposa espiritual de mi maestro, Khandro Tsering Chódrón, que en la actualidad todavía vive. Son muchos quienes la consideran la más destacada practicante de Tíbet, una maestra oculta que, en mi opinión, personifica la devoción y enseña mediante la sencillez de su presencia amorosa. Lama Tseten era un personaje enormemente humano, como un abuelo de todos. Tenía más de sesenta años, era alto, de cabellos grises, e irradiaba una bondad espontánea. También era un consumado practicante de la meditación, y el mero hecho de estar junto a él suscitaba en mí una sensación de paz y serenidad. A veces me regañaba, y entonces le tenía miedo, pero a pesar de sus momentos de severidad nunca perdía su talante afectuoso.
Lama Tseten murió de una forma extraordinaria. Aunque había un monasterio cercano, se negó a ir allí, diciendo que no quería darles el trabajo de deshacerse de su cadáver. Así pues, nos detuvimos y levantamos las tiendas en círculo, como de costumbre. Khandro cuidaba y atendía a Lama Tseten, puesto que era su tutor. Ella y yo éramos las únicas personas que había en su tienda cuando de pronto el lama la llamó a su lado. Tenía la costumbre de llamarla cariñosamente A-mi, que en su dialecto natal significa “hija mia”.
—A-mi —le dijo con ternura—, ven aquí. Ha llegado el momento. No tengo más consejos que darte. Estás bien como estás; estoy contento de ti. Sirve a tu maestro tal como has venido haciéndolo. Ella se giró de inmediato para salir corriendo de la tienda, pero él la cogió por la manga.

—¿A dónde vas? —le preguntó.

—Voy a llamar a Rimpoché —respondió ella.-

—No lo molestes, no hay necesidad —sonrió el lama—. Con el maestro no existe la distancia.


Dicho eso, alzó la mirada hacia el cielo y falleció. Khandro liberó la manga y salió a toda prisa para avisar a mi maestro. Yo permanecí sentado en la tienda, incapaz de moverme.
Me asombraba que una persona que estaba contemplando la muerte cara a cara pudiera mostrar tal confianza. Lama Tseten habría podido tener junto a él a su lama en persona para que lo ayudara (algo que cualquier otro hubiera deseado ardientemente), pero no lo necesitaba. Ahora sé por qué: ya tenía la presencia del maestro en su interior. Jamyang Khyentse estaba siempre con él; en su mente y en su corazón; nunca, en ningún momento, notába una separación. Khandro fue a buscar a Jamyang Khyentse. Nunca olvidaré cómo él se agachó para entrar en la tienda. Dirigió una mirada al rostro de Lama Tseten y luego, contemplando fijamente sus ojos, empezó a reírse entre dientes. Siempre solía llamarlo La Gen (“viejo Lama”) en señal de afecto. Mi maestro advirtió al instante, ahora lo comprendo, que Lama Tseten estaba practicando una meditación espeçial en la que el practicante funde la naturaleza de su mente con el espacio de la verdad.
—Ya sabes, La Gen que cuando se hace esta práctica pueden surgir obstáculos sutiles. Vamos. Yo te guiare.
Observé paralizado lo que ocurrió a continuación; de no haberlo visto yo mismo, jamás lo habría creido. Lama Tseten vivía. .Acto seguido, mi maestro se sentó a su lado y lo condujo en la práctica de phowa, cuyo fin es guiar la conciencia en los momentos anteriores a la muerte. Hay muchas maneras de realizar esta práctica, y la que utilizó entonces culminaba con la sílaba “A” pronunciada tres veces por el maestro. Cuando dijo “A” por primera vez, oímos que Lama Tseten le acompañaba de un modo perfectamente audible. A la segunda, su voz ya no fue tan clara, y la tercera vez permaneció en silencio; nos había dejado.
La muerte de Samten me había enseñado el propósito de la práctica espiritual; la muerte de Lama Tseten me enseñó que no es insólito que los practicantes de su calibre oculten sus notables cualidades durante su vida. Algunos, en realidad, sólo las muestran una vez, en el momento de la muerte. Aunque era un niño, me di cuenta de que había una asombrosa diferencia entre la muerte de Samten y la de Lama Tseten, y comprendí que era la diterencia entre la muerte de un buen monje que había practicado a lo largo de su vida y la de un practicante mucho más consumado. Samten murió de un modo corriente y doloroso, aunque con la confianza de la fe; la muerte de Lama Tseten fue una demostración de maestría espiritual.
Poco después del entierro de Lama Tseten nos trasladamos al monasterio de Yamdrok. Como de costumbre, me acosté en la habitación de mi maestro, y recuerdo que estuve contemplando las sombras producidas por los candiles de manteca que se agitaban en la pared. Mientras todos los demás dormían tranquilamente, yo permanecí despierto y me pasé la noche llorando. Aquella noche comprendí que la muerte es real, y que yo también tendría que morir. Mientras yacía allí tendido, pensando en la muerte en general y en mi propia muerte, por entre toda mi tristeza fue emergiendo una profunda sensación de aceptación, y con ella la resolución de dedicar mi vida a la práctica espirituaL
Así pues, empecé a afrontar la muerte y sus implicaciones a una edad muy temprana. Entonces no habría podido imaginar cuántas clases de muerte debían sobrevenir aún, amontonándose la una sobre la otra: la muerte que fue la trágica pérdida de mi país, Tíbet, tras la ocupación china; la muerte que es el exilio; la muerte de perder todo lo que poseíamos mi familia y yo. Mi familia, Lakar Tsang, se había contado entre las más ricas de Tibet. Desde el siglo MV era conocida como uno de los más importantes benefactores del budismo, que sostenía la enseñanza de Buda y ayudaba a los grandes maestros en su tarea. Pero la muerte más desoladora aún estaba por venir: la de mi maestro Jamyang Khyentse. Al perderlo tuve la sensación de que había perdido el fundamento de mi existencia. Sucedió en 1959, el año de la caída de Tíbet. Para los tibetanos, la muerte de mi maestro fue un segundo golpe demoledor. Y para Tíbet señaló el fin de una era.

LA MUERTE EN EL MUNDO MODERNO



Cuando llegué a Occidente, me sorprendió el contraste entre las actitudes hacia la muerte con que me había criado y las que entonces encontré. A pesar de sus éxitos tecnológicos, la sociedad occidental carece de una verdadera comprensión de la muerte y de lo que ocurre durante la muerte y después de ella.
Descubrí que a la gente de hoy se le enseña a negar la muerte, y se les enseña que no significa otra cosa que aniquilación y pérdida. Eso quiere decir que la mayor parte del mundo vive o bien negando la muerte o bien aterrorizado por ella. El mero hecho de hablar sobre la muerte se considera morboso, y muchas personas creen que el solo hecho de mencionarla es correr el riesgo de atraérsela.
Otros contemplan la muerte con un buen humor ingenuo e irreflexivo, pensando que, por alguna causa desconocida, la muerte les irá bien y que no hay por qué preocuparse. Cuando pienso en estas personas recuerdo lo que dice un maestro tibetano: “La gente suele cometer el error de tomarse la muerte con frivolidad y pensar: “Bueno, morirse es algo que le pasa a todo el mundo; no es nada grave, es un hecho natural. Todo irá bien”. Es una teoría muy bonita hasta que llega el momento de la muerte”.
De estas dos actitudes hacia la muerte, una la considera algo de lo que hay que escabullirse y la otra algo que se resolverá por sí solo. ¡Qué lejos están las dos de comprender la verdadera importancia de la muerte!
Las grandes tradiciones espirituales del mundo, incluyendo por descontado el cristianismo, siempre han dicho claramente que la muerte no es el final. Todas transmiten la visión de alguna clase de vida venidera, infunde un sentido sagrado a esta vida que estamos llevando ahora. Pero. a pesar de sus enseñanzas. la sociedad moderna es en gran medida un desierto espiritual en el que la mayor parte de la gente imagina que ésta vida es lo único que existe. Carentes de toda fe auténtica en una vida posterior, son mayoría las personas que llevan una vida en último término desprovista de sentido.
He llegado a descubrir que los desastrosos efectos de esta negación de la muerte van mucho más allá del individuo y que afectan a todo el planeta. Debido a su creencia en que ésta es la única vida, la gente moderna no ha desarrollado una visión a largo plazo; en consecuencia, no hay nada que les impida devastar el planeta para sus propios fines inmediatos y vivir de una manera egoísta que podría resultar fatal para el futuro. ;Cuántas advertencias más necesitamos, como ésta del anterior ministro brasileño de Medio Ambiente, responsable de la selva tropical amazónica.
La moderna sociedad industrial es una religión fanática. Estamos demoliendo, envenenando, destruyendo :todos los sistemas vitales del planeta. Estamos firmando letras que nuestros hijos no podrán pagar... Nos comportamos como si fuéramos la última generación que va a vivir en el planeta. Sin un cambio radical de corazón, de mente. de visión, la Tierra acabará como Venus, calcinada y muerta.
El miedo a la muerte y el desconocimiento de la vida futura alimentan esta destrucción del medio ambiente que amenaza las vidas de todos. Por eso, ¿no es aún más preocupante que no se le enseñe a la gente qué es la muerte ni cómo morir? ¿O que no se les dé ninguna esperanza en lo que hay después de la muerte ni, por tanto, en lo que realmente hay detrás de la vida? ¿Podría resultar más irónico que los jóvenes sean tan cuidadosamente instruidos en todos los temas excepto en aquel que encierra la clave del sentido total de la vida, y acaso de nuestra misma supervivencia?
He pensado a menudo en la manera en que algunos maestros budistas que conozco formulan una pregunta sencilla a quienes los abordan buscando sus enseñanzas: ¿Cree usted que hay una vida después de ésta? No. se les pregunta si lo aceptan en cuanto proposición filosófica, sino más bien si lo sienten en lo profundo del corazón. El maestro sabe que si alguien cree en una vida después de ésta, toda su actitud ante la vida será distinta y tendrá un claro sentido de la moralidad y la responsabilidad personal. Lo que los maestros deben sospechar es que existe el peligro de que la gente que carece de una intensa creencia en una vida venidera acabe creando una sociedad centrada únicamente en los resultados a corto plazo, sin pararse a reflexionar en las consecuencias de sus actos. ¿Podría ser éste el motivo principal de que hayamos creado un mundo tan brutal como el que ahora ocupamoS, un mundo en el que hay tan poca compasión?
A veces creo que los países más ricos y poderosos del mundo desarrollado son como el reino de los dioses de que hablan las enseñanzas budistas. Se dice que los dioses viven en un lujo fabuloso, deleitándose en todos los placeres imaginables, sin conceder el menor pensamiento a la dimensión espiritual de la vida. Todo parece ir bien hasta que se acerca la muerte y aparecen inesperados signos de decadencia entonces los cónyuges y amantes de los dioses ya no osan acercárseles, sino que les arrojan flores desde cierta distancia y rezan a la ligera para que vuelvan a renacer como dioses. Ni todos sus recuerdos de gozo y felicidad pueden protegerlos ahora del sufrimiento que afrontan; sólo sirven para volverlo más cruel. Así que a los dioses moribundos se les deja morir solos en su desdicha.
El destino de los dioses me recuerda la forma en que se trata hoy a los ancianos, los enfermos y los moribundos. Nuestra sociedad está obsesionada por la juventud, el sexo y el poder.¿No es aterrador que desechemos a los ancianos cuando termina su vida productiva y dejan de ser útiles? ¿No es inquietante que los llevemos a asilos donde mueren solos y abandonados?
¿No es hora ya de volver a examinar cómo tratamos en ocasiones a quienes padecen enfermedades terminales como el cáncer y el sida? He conocido a varias personas que han muerto de sida y he visto con cuánta frecuencia hasta sus propios amigos las trataban como a proscritas, y cómo el estigma que va unido a la enfermedad las reducía a la desesperación y les hacía sentir que su vida era repugnante y que a los ojos del mundo ya había llegado a su fin.
Aun cuando la persona que muere es alguien a quien conocemos o amamos, muchas veces comprobamos que no se nos da casi ninguna idea acerca de cómo asistirla y, tras su muerte, no se nos alienta a pensar en su futuro, en cómo va a continuar ni en cómo podernos seguir prestándolé nuestra ayuda. De hecho, cualquier reflexión de este tipo corre el riesgo de ser desechada por absurda y ridícula. Lo que todo esto nos muestra con dolorosa claridad es que ahora más que nunca necesitamos un cambio fundamental en nuestra actitud hacia la muerte y el morir.
Afortunadamente, empieza a haber un cambio de actitud. El movimiento de los hospicios,* por ejemplo, está realizando un maravilloso trabajo para ofrecer cuidados prácticos y afectivos. Sin embargo, los cuidados prácticos y afectivos no bastan:
las personas que se hallan a las puertas de la muerte necesitan amor y cuidados, pero también necesitan algo todavía más profundo. Necesitan descubrirle un sentido auténtico a la muerte y a la vida. Sin ello, ¿cómo podemos ofrecerles verdadero consuelo? La ayuda a los moribundos, pues, ha de incluir la posibilidad de cuidados espirituales, ya que sólo con el conocimiento espiritual podemos afrontar realmente la muerte y comprenderla.
Me ha alentado ver cómo en estos últimos años se ha abierto en Occidente toda la cuestión de la muerte y el morir. gracias a pioneros como Elisabeth Kübler-Ross Raymond Moodv. Contemplando detenidamente la manera en que cuidamos a los moribundos, Eisabeth Kübler-Ross ha demostrado que, con amor incondicional y una actitud más comprensiva, morir puede ser una experiencia serena e incluso transformadora. Los estudios científicos sobre los numerosos aspectos de la experiencia de casi muerte que siguieron al valeroso trabajo de Ravmond Moodv han ofrecido a la humanidad la vívida y poderosa esperanza de que la vida no termina con la muerte, y que efectivamente hay una “vida después de la vida”.
Por desgracia, hubo quienes no comprendieron realmente el pleno significado de estas revelaciones sobre la muerte y el morir. Se ha llegado al extremo de buscarle un atractivo a la muerte, y me han hablado de casos trágicos de jóvenes que se suicidaron porque creían que la muerte era bella y que les permitiría escapar de la depresión que vivían. Pero igualmente se trivializa la muerte si se la teme y se rehúsa afrontarla como si se’ la convierte en algo romántico. Tanto la desesperación como la euforia ante la muerte son formas de evasión. La muerte no es deprimente ni emocionante; es sencillamente un hecho de la vida.


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