El inconsciente es la realidad sexual



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EL INCONSCIENTE ES LA REALIDAD SEXUAL*

Tereko Zaballa
El presente trabajo es el desarrollo de una serie de reflexiones en un cartel, a partir de un artículo de D. Fingermann: “El inconsciente es la realidad sexual” (If-EPFCL, 2006), y por mi parte, continúo:... del ser humano, o más propiamente dicho: del hablante ser.
¿Cuál es la realidad sexual del ser humano? ¿Qué es la sexualidad humana? ¿De qué está hecha y cuál es su materia? La respuesta a estas cuestiones es: “El inconsciente”.

Es decir que la sexualidad humana no es algo externo al inconsciente o al lenguaje, no es algo sobre lo que hablará el inconsciente, sino que la propia existencia del inconsciente conlleva, hace aparecer, la sexualidad.

Esta idea la podemos encontrar ya en “Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa” (Freud, 1896) cuando Freud dice que sólo se reprimen representaciones de contenido sexual, que pueden despertar la excitación sexual. Plantea por tanto que lo reprimido es igual a lo sexual, lo que se reprime son representaciones sexuales.

Serge André, en su libro “Qué quiere una mujer”, propone que la represión tiene como función transformar en goce sexual, lo que antes no había sido más que una sensación indiferenciada. Es decir que el proceso significante de la represión es un proceso de sexualización de lo real. Dicho de otro modo, el proceso significante inscribe lo real en la corriente de una significación, que es la significación fálica. (André, S. 2002).

Al entrar el ser humano en el lenguaje, cifra su mundo por medio de las palabras. Al no existir la relación sexual, lo que sólo puede entonces ser cifrado por medio del significante es el goce parcial, el goce fálico, el que está relacionado con un objeto parcial. Se da una significación fálica, es decir por medio de una construcción fantasmática en relación con el objeto parcial de goce por el que se obtiene el plus de goce.

En el tiempo anterior a esta significación, nos encontramos con el goce que podríamos llamar “goce previo”. Previo a la entrada en el lenguaje, que podemos entender también como “lo orgánico”, lo real del cuerpo, que no se puede abarcar más que parcialmente, por medio del lenguaje. Éste propone, ahí donde no existe significación (la no relación sexual), una significación fantasmática.

Los contenidos reprimidos, que son sexuales, son los que producirán la excitación somática, pasando entonces la primacía de la sexualidad de lo real del cuerpo al significante, es decir a los contenidos significantes reprimidos.

Por tanto el proceso significante que conlleva la represión, produce una separación con respecto al cuerpo, al goce indiferenciado del cuerpo, introduciendo un orden y unos límites. Pero hay que tener en cuenta que este mismo proceso de significantización está también inherentemente limitado.

Este hecho de la limitación de la significantización es determinante en la sexualidad humana. Así, sabemos que en los seres humanos la sexualidad está causada por significantes. Lo que implica que se plantee como algo distinto de un fenómeno orgánico. Como señala S. André (o.c.) esto se debe al hecho de que en el ser humano las funciones orgánicas están recubiertas por una función erótica más importante, razón por la cual la necesidad se subvierte al deseo.

Así, la función orgánica se repele hasta ciertos límites. Beber, comer, respirar, se vuelven actividades eróticas que el cuerpo realiza apoyándose más en el fantasma que sostiene el deseo, que en la exigencia o necesidad del organismo.



Lo que André refiere a la significantización de lo real, lo vemos con anterioridad en Freud, cuando propone el fantasma como una significantización del trauma.

Así, podemos ver en Freud una articulación entre sexualidad y trauma, cuando intenta aprehender tanto el núcleo del trauma, su punto nodal, como el punto umbilical del sueño, situando allí las vivencias sexuales de la infancia. Estas vivencias se añaden en forma de escenas que completan los recuerdos y asociaciones, llenando la laguna que indica el punto nodal, articulándose así en ellas la construcción del fantasma fundamental.

Lo que Freud intenta aprehender no está presente en la cadena asociativa. Pero a lo no presente, le es correlativo el fantasma, y para delimitarlo inventa el método de extender lo más lejos posible la cadena hasta obtener algo como el contorno de un agujero que se completa con una escena. Esta escena es el fantasma fundamental del sujeto, que recoge así la primera experiencia de la sexualidad del niño.

Podemos deducir entonces que el fantasma es una interpretación de la laguna, del agujero o de lo indecible. Se trata de una interpretación de tipo fantasmático, es decir fálico, basado por tanto en la significación fálica. Significación del sujeto en relación con un objeto que lo causa como deseante, como sujeto, es decir, el objeto a.

El objeto tapa o cubre la realidad del inconsciente y por lo tanto del lenguaje en cuanto que éste no pueden decirlo todo, el objeto vela ese límite con el que se encuentra el inconsciente, la castración se vela mediante el fantasma.

El sujeto intenta dar cuenta de ese encuentro primario con la castración, dando un sentido: en el registro del significante, con recuerdos, fantasías, alucinaciones, etc.

Por tanto podemos afirmar que lo real es recubierto, parcialmente, por el significante.

Volviendo a la tesis inicial, decir que el inconsciente es la realidad sexual, implica también que no hay una realidad sexual natural. Se puede afirmar por tanto que no hay realidad sexual sino la que está determinada por el lenguaje y los efectos que éste puede producir al incidir sobre el ser vivo. El efecto fundamental del lenguaje sobre el ser vivo es la división, la separación del sujeto de su cuerpo y la estructuración del inconsciente.

No existe el instinto sexual como algo que fuera completo, unificado, lo que existe son pulsiones parciales.

Es aquí donde el inconsciente actúa cifrando el goce. Es decir trocea, limita, separa, aísla y pone significantes que transportan algo de un goce no unificado o total, sino parcial.

Sin embargo es en base a ese cifrado como tenemos acceso a un goce sexual, fálico. Es decir, relacionado con el fantasma montado o construido en la relación del sujeto barrado con un objeto (cifrado por el inconsciente) y de una forma determinada. El fantasma montado o construido en la relación del sujeto con un objeto. Esta relación, desde el momento en que el objeto causa el deseo y causa el sujeto de ese deseo, implícitamente barra o divide al sujeto causado. Si está relacionado mediante el fantasma, como hemos señalado más arriba, está cifrado, y cifrado de una forma determinada. Ciframiento que tiene sus consecuencias.

Si esto no se produjera, si no se estructurara así, no buscaríamos el acceso a algo, al objeto, y no habría relación con los otros, ni sexualidad, porque en el ser humano no hay un movimiento natural o biológico de un sexo hacia otro; ni siquiera hay movimiento natural hacia otro.

Se puede afirmar por tanto que es el significante el que produce el goce sexual, produce el significante causa de goce corporal. Es decir que podemos concluir que el goce proviene entonces del inconsciente como lenguaje (André, S., o.c.). Es un modo de goce fijado vía un elemento inconsciente. Por tanto el inconsciente elabora un contenido sexual. El cifrado se hace a partir de experiencias que producen unos efectos de goce y que se relaciona con un significante que queda reprimido.

El inconsciente marca el guión, nos hace funcionar dentro de unos límites, de un texto, de unas condiciones que son nuestra sexualidad.

El goce sexual limita el goce porque depende del significante. De la misma forma el lenguaje vacía el ser del cuerpo donde se efectúa una serie de inscripciones significantes quedando una parte de real, inalcanzable, innombrable, no simbolizable.

El objeto es, entonces, objeto de la pulsión parcial, que remite a un goce parcial incompatible por estructura, con un supuesto goce total.

El error del neurótico es el intento de buscar a través del objeto del fantasma el objeto total, perdido a partir del momento en que el sujeto entra en el lenguaje (Dor, J. 1998).

En la dialéctica de la necesidad, el deseo y la demanda, ésta es siempre inadecuada para significar el objeto de deseo que la causa.

El deseo se despliega en demandas sucesivas de forma metonímica, que es lo que representa el todo y su imposibilidad (el objeto perdido, mítico, inaccesible), por medio de la expresión del deseo de la parte, deseo del objeto sustitutivo, objeto del fantasma, siempre parcial. Es decir objeto a del fantasma.

El todo, sería un supuesto estado previo del hablante-ser, quien, al vivirse en falta por el hecho de habitar el lenguaje, formaliza la falta como un objeto que ha perdido (objeto a). La tendencia del sujeto a la completud, a la no división, le hace intentar buscar esa completud, como tal completud mortífera a fin de cuentas, buscando a través del objeto del fantasma el objeto total, encontrándose entonces siempre el neurótico con la falta.

Cada satisfacción de la pulsión deja al sujeto, a pesar de la misma, en una falta. Esta insatisfacción, esta falta, provoca que se reactualice de forma permanente la trampa imaginaria de intentar encontrar a través del objeto metonímico el objeto perdido al que se apunta a través de él.

Por eso la metonimia del deseo conlleva una falta fundamental, la pérdida de la cosa en el objeto (Dor, o.c.).

La cuestión es que al introducirse el lenguaje en el ser vivo, se pierde el estatuto de organismo, la organicidad, “el lenguaje mata a la cosa”. Esto se subjetiva como falta y se interpreta como pérdida de objeto. Se construye el fantasma para intentar recuperarlo por medio del objeto a, pero lo que se consigue nunca corresponde a lo perdido, porque lo supuestamente perdido no es un objeto, sino más bien un estado.

El inconsciente se dedica a tratar la no existencia de una sexualidad “natural” y el fantasma es el artilugio que hace existir la sexualidad humana.

Como escribe Lacan en El atolondradicho: “... de ese real: que no hay relación sexual, y ello debido al hecho de que un animal tiene estabitat que es el lenguaje, que elabitarlo es asimismo lo que para su cuerpo hace de órgano; órgano que por así existirle, lo determina en su función, y ello antes de que la encuentre...” (Lacan, 1972, p. 45).

El aparato psíquico se pone en el lugar donde no hay relación sexual.

Pero Lacan nos propone que más allá del inconsciente que trata una parte del goce que será la sexualidad humana, hay un inconsciente que tiene que ver con otro tipo de goce que no es el sexual regulado por el fantasma, que no es causado por el objeto a, que no es el inconsciente en el sentido de la cadena, que no se puede leer: el inconsciente real.

El inconsciente está basado en la inscripción de marcas, que llevan un goce de cuerpo, y la no inscripción o la inscripción ilegible que indica otro goce, otro goce del cuerpo, un gozarse el cuerpo que no está cifrado.

Lo cual nos lleva a plantearnos la siguiente cuestión: ¿podemos hablar de otro inconsciente, un inconsciente de la no inscripción? ¿O de una inscripción ilegible, es decir sin sentido?

Encontramos una aproximación a esta cuestión cuando Colette Soler propone que el inconsciente introduce de forma indisoluble, inseparable, lo que no está cifrado, el goce otro. Así en El inconsciente real, consecuencias para el pase, dice: “El inconsciente real, fuera de sentido... tiene valor de uso, uso de goce pero no de intercambio. El inconsciente fantasma es un principio de coherencia que implica imaginario y simbólico, el inconsciente real es principio de opacidad... que hace signo de que lo real resiste a ser atrapado por el sujeto. A falta de ser identificable, cuando está anudado tiene efectos de límite. Objeta a todo poder de los semblantes. Tiene efectos de límite sobre el imaginario del fantasma, y límite quiere decir también fijación. Por lo mismo la consistencia del fantasma es también un índice indirecto de lo real” (Soler, C. 2006).

Otra aproximación la podemos ver en Lacan en el nudo borromeo, RSI (Lacan, 1974), observamos el efecto de límite de lo real sobre lo imaginario y lo simbólico.

A pesar de que el fantasma intenta poner palabras en lo real, recubrir lo real, está limitado en ese intento, porque ocurre la repetición de lo mismo, la vuelta siempre a los mismos significantes, por la “fijación”. Esto lleva a constatar que en el propio fantasma encontramos la opacidad, la fijación y por lo tanto la imposibilidad de abarcar lo real.

Se puede poner en relación esto último con lo que dice Lacan en Televisión: “La encrucijada sexual segrega las ficciones que racionalizan lo imposible del que ellas provienen. Yo no digo imaginadas, yo leo ahí como Freud la invitación a lo real que a ello concierne” (Lacan 1974, p. 116).

Saber que existe lo real a partir de lo cual se construye el fantasma, y de la limitación de éste en dar sentido, facilita el tomar una cierta distancia de la fijación de sus contenidos.
Referencias bibliográficas

André, S. (2002). ¿Qué quiere una mujer? Buenos Aires, Siglo XXI.

Dor, J. (1998). Introducción a la Lectura de Lacan II. La estructura del sujeto. Barcelona (Original de 1985), Gedisa.

Freud, S. (1896). Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa. Obras completas. Amorrortu. Volumen XXIV.

Fingerman, D. (2006). Apertura del campo freudiano: el inconsciente y la sexualidad. Volumen preparatorio "La realidad sexual y el inconsciente". Cuarto encuentro If-EPFCL. Paris, If-EPFCL: 11, 23.

Lacan, J. (1972). El atolondradicho. Versión castellana de J. L. Delmont-Mauri, Diana Rabinovich y Julieta Sucre.

Lacan, J. (1974-75). RSI. Seminario inédito.

Lacan, J. (1974). Televisión. Radiofonía y Televisión. Barcelona, Anagrama (1977).

Soler, C. (2006). El inconsciente real y sus consecuencias sobre el pase. Ponencia en Sao Paulo. L’après midi del passe. If-yahoo groups.


* Presentado en la Jornada Intercarteles San Sebastián-Burdeos en San Sebastián, en Octubre de 2.008.

Publicado en PLIEGUES, revista de la Federación de Foros del Campo Lacaniano España, 2.009






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