El hombre desnudo que yacía boca abajo, junto a la piscina, podría estar muerto



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Desde Rusia con amor

lan Fleming

CAPÍTULO 1

El país de las rosas

El hombre desnudo que yacía boca abajo, junto a la piscina, podría estar muerto.

Podría ser un ahogado acabado de rescatar de la piscina y tendido sobre la hierba para que se secara mientras llamaban a la policía o a sus familiares. Incluso los objetos del pequeño montón que había en la hierba, junto a su cabeza, podrían haber sido los efectos personales del hombre, cuidadosamente reunidos a plena vista de modo que nadie pensara que sus rescatadores habían robado algo.

Si se juzgaba por el brillante montón, aquél era, o había sido, un hombre rico. En él se encontraban los típicos distintivos de los miembros de la clase adinerada: un clip hecho con una moneda de cincuenta dólares mexicanos, que sujetaba un sustancial fajo de billetes de banco; un encendedor Dunhill de oro, muy usado; una pitillera de oro ovalada con los bordes ondulados y el discreto botón de turquesa que distingue a la marca Fabergé, y el tipo de novela que un rico saca de la biblioteca para llevársela al jardín: The Little Nugget, una vieja obra de P. G. Wodehouse. También había un abultado reloj de oro con una muy usada correa de piel de cocodrilo. Se trataba de un modelo de Girard-Perregaux, diseñado para la gente a quien le gustan los artilugios complejos, y tenía un segundero y dos pequeñas ventanas en la esfera donde se leían la fecha, el mes y la fase de la Juna. La historia que ahora contaba era: 2.30 horas del 10 de junio, con la luna en tres cuartos de su plenitud.

Una libélula azul y verde salió disparada desde los rosales del fondo del jardín y quedó suspendida en el aire a pocos centímetros de la columna vertebral del hombre. Se había visto atraída por el destello del sol de junio sobre la línea de fino vello rubio que le crecía sobre el coxis. Un soplo de brisa llegó desde el mar. El diminuto campo de vello se inclinó con suavidad. La libélula se lanzó nerviosamente a un lado y se detuvo suspendida sobre el hombro izquierdo del hombre, observándolo. La hierba nueva en la que se posaba la boca abierta del hombre se estremeció. Una gran gota de sudor descendió por un flanco de la carnosa nariz y cayó, destellante, sobre la hierba. Con eso bastó. La libélula salió disparada por entre las rosas y pasó por encima de los cristales rotos que había sobre el muro alto del jardín. Puede que fuese bueno para comer, pero se movía.

El jardín donde yacía el hombre consistía en alrededor de cuatro mil metros cuadrados de césped bien cuidado al que rodeaban, por tres lados, apretadas hileras de rosales de los que llegaba el regular zumbido de las abejas. Como fondo de este sonido adormecedor, el mar resonaba con suavidad al pie del acantilado que remataba el jardín.

Desde el jardín no se veía el mar; no se veía nada más que el cielo y las nubes por encima del muro de tres metros y medio. De hecho, sólo podía verse el exterior de la propiedad desde los dos dormitorios de la planta superior de la villa que conformaba el cuarto lado de este muy privado recinto. Desde esas habitaciones uno podía ver ante sí una gran extensión de agua azul y, a ambos lados, las ventanas de las plantas superiores de otras villas y las copas de los árboles de sus respectivos jardines, de tipo perenne mediterráneo, como los robles, los pinos piñoneros, las casuarinas y alguna palmera.

La villa era moderna, un bloque bajo y alargado sin adorno ninguno. En la pared que daba al jardín, pintada de rosa, se abrían cuatro ventanas con marco de hierro, y una puerta central de cristales que conducía a un pequeño cuadrado de baldosas verdes esmaltadas, las cuales se fundían con el césped. La fachada de la casa, que se alzaba a pocos metros de una polvorienta carretera, era casi idéntica. Pero en ella las cuatro ventanas estaban protegidas por rejas, y la puerta principal era de roble.

La villa tenía dos dormitorios de dimensiones medianas en el piso superior y, en la planta baja, una sala de estar y una cocina, parte de la cual había sido usada, levantando una pared, para instalar un retrete. No tenía cuarto de baño.

El lujoso silencio soñoliento de la tarde fue roto por el sonido de un vehículo que bajaba por la carretera. Se detuvo ante la villa. Se produjo el suave choque metálico de una puerta de coche al cerrarse, y éste se alejó. El timbre de la puerta sonó dos veces. El hombre desnudo que yacía junto a la piscina no se movió, pero, al oír el timbre y el vehículo que se alejaba, sus ojos se habían abierto de par en par por un instante. Fue como si los ojos se hubieran enderezado al igual que las orejas de un animal. El hombre recordó de inmediato dónde se encontraba, el día de la semana y la hora de ese día. Los sonidos fueron identificados. Los párpados, con su franja de pestañas cortas color arena, volvieron a caer soñolientos sobre los ojos azul muy pálido, ojos opacos que miraban hacia el interior del hombre. Los pequeños labios crueles se abrieron en un enorme bostezo capaz de desencajar las mandíbulas, lo cual provocó secreción de saliva. El hombre escupió en la hierba y aguardó.

Una mujer joven que llevaba un bolso de malla e iba ataviada con una camisa blanca de algodón y una falda azul corta carente de atractivo, salió por la puerta de cristal y avanzó con largas zancadas hombrunas por las baldosas verdes y el trozo de césped que la separaba del hombre desnudo. A pocos metros de él, dejó caer el bolso de malla sobre la hierba, se sentó y se quitó los zapatos, baratos y polvorientos. A continuación se puso de pie, se desabotonó la camisa, se la quitó y la colocó pulcramente doblada junto al bolso.

La muchacha no llevaba nada bajo la camisa. Tenía la piel agradablemente bronceada por el sol, y sus hombros y delicados pechos resplandecían de salud. Cuando se inclinó para desprender los botones laterales de la falda, quedaron a la vista pequeñas matas de vello castaño claro en sus axilas. La impresión de saludable animalillo campesino se vio realzada por las carnosas caderas bajo un biquini de punto azul desteñido, y por los muslos y piernas gruesos y cortos que aparecieron cuando acabó de desvestirse.

La joven dejó la falda bien doblada junto a la camisa, abrió el bolso de malla, sacó una vieja botella de gasosa que contenía un espeso líquido incoloro, se acercó al hombre y se arrodilló en la hierba a su lado. Vertió entre sus omóplatos un poco de líquido, un aceite de oliva ligero, perfumado con rosas, como lodo en ese rincón del mundo, y, tras flexionar los dedos como un pianista, comenzó a masajearle los músculos esterno-mastoideos y trapecios de la parte posterior del cuello.

Este trabajo resultaba duro. El hombre era enormemente fuerte y los abultados músculos de la base del cuello apenas cedían bajo los pulgares de la muchacha, ni siquiera cuando el peso de sus hombros era descargado sobre dichos dedos. Al finalizar con el masaje estaría empapada en sudor y tan por completo exhausta, que se lanzaría a la piscina para luego tenderse a la sombra y dormir hasta que el coche acudiera a recogerla. Pero no era eso lo que la inquietaba mientras sus manos trabajaban de modo automático en la espalda del hombre, sino el horror instintivo que experimentaba ante el cuerpo más perfecto que jamás hubiese visto.

Nada de este horror se manifestaba en el rostro inexpresivo e impasible de la masajista, y los negros ojos rasgados y oblicuos bajo el flequillo de negro cabello corto, grueso, estaban tan vacíos como charcos de aceite; no obstante, en su interior el animal gimoteaba y se encogía, y la muchacha, si se le hubiese ocurrido tomarse el pulso, habría descubierto que lo tenía acelerado.

Una vez más, como había sucedido con tanta frecuencia durante los últimos dos años, se preguntó por qué aborrecía aquel cuerpo espléndido, y una vez más intentó vagamente analizar su revulsión. Quizá esta vez se libraría de unos sentimientos que, con culpabilidad, percibía como mucho menos profesionales que el deseo sexual que algunos de sus pacientes despertaban en ella.

Comenzó por los pequeños detalles: el cabello del hombre. Posó los ojos sobre la redonda cabeza algo pequeña que remataba el cuello vigoroso. Estaba cubierta por apretados rizos dorado rojizos que deberían haberle traído el agradable recuerdo de los cabellos de formas bien definidas que había visto en las fotografías de estatuas clásicas. Pero los rizos estaban, de alguna forma, demasiado apretados, demasiado juntos entre sí y demasiado pegados al cuero cabelludo. Le hacían rechinar los dientes, como cuando pasaba las uñas por el pelillo de una alfombra. Y los rizos dorados descendían hasta muy abajo del cuello; casi (pensó en términos profesionales) hasta la quinta vértebra cervical. Y allí se detenían de modo abrupto en una línea recta de tiesos pelos rubios.

La muchacha se detuvo para descansar las manos y se sentó sobre las piernas. La hermosa parte superior de su cuerpo ya brillaba de sudor. Se pasó el reverso del antebrazo por la frente para enjugársela y cogió la botella de aceite. Vertió aproximadamente una cucharada en la velluda meseta que se alzaba en la base de la columna del hombre, flexionó los dedos y volvió a inclinarse.

Este embrión de cola dorada que descendía por la hendidura entre las nalgas... en un amante habría sido placentero, excitante, pero en este hombre resultaba, de alguna manera, bestial. No, propio de un reptil. Pero las serpientes no tenían pelo. Bueno, eso no podía evitarlo. A ella le recordaba a un reptil. Desplazó las manos hasta los dos montes formados por los glúteos mayores. Éste era el momento en que muchos de sus pacientes, en particular los jóvenes del equipo de fútbol, se ponían a bromear con ella. A continuación, si no iba con cuidado, llegaban las propuestas. A veces ella podía silenciar estas últimas presionando con fuerza sobre el nervio ciático. En otras ocasiones, y en especial si el hombre le resultaba atractivo, se producían discusiones entre risillas sofocadas, un breve forcejeo y una rápida, deliciosa rendición.

Con este hombre era diferente, casi extraordinariamente distinto. Desde el principio mismo se había comportado como un montón de carne inanimada. En dos años jamás le había dirigido la palabra. Una vez acabada la espalda y llegado el momento de que se diera la vuelta, ni los ojos ni el cuerpo del hombre habían jamás manifestado ni una sola vez el más mínimo interés en ella. Cuando le daba unos golpecitos en el hombro, él se limitaba a rodar sobre sí y contemplar el cielo a través de los párpados semiabiertos, y ocasionalmente dejaba escapar uno de sus largos bostezos estremecedores que constituían el único indicio de que tenía alguna reacción humana.

La muchacha cambió de posición y fue masajeando lentamente la pierna derecha, desde lo alto hacia el tendón de Aquiles. Cuando llegó a él, volvió los ojos hacia el bello cuerpo. ¿Su revulsión era sólo física? ¿Sería el color rojizo de las quemaduras del sol sobre la piel naturalmente blanca como la leche, ese aspecto como de carne asada? ¿Se trataba de la textura de la piel misma, los poros profundos y muy espaciados sobre la superficie de satén? ¿Las abundantes pecas anaranjadas que le cubrían los hombros? ¿O se debía todo a la asexualidad del hombre? ¿La indiferencia de aquellos espléndidos músculos de un relieve insolente? ¿O era más bien algo de naturaleza espiritual, un instinto animal que le decía que dentro de ese cuerpo maravilloso había una persona malvada?

La masajista se puso de pie, giró con lentitud la cabeza de un lado a otro y flexionó los hombros. Extendió los brazos a ambos lados y luego los alzó, dejándolos en alto durante un momento para aliviarlos de la congestión sanguínea. Avanzó hasta su bolso de red y sacó una toalla de mano con la que se enjugó el sudor del rostro y el cuerpo.

Cuando se volvió hacia el hombre, éste ya había rodado sobre sí y yacía con la cabeza apoyada sobre una mano abierta, contemplando el cielo con rostro inexpresivo. El brazo libre yacía extendido sobre la hierba, esperándola. Ella se arrodilló junto a la cabeza del hombre. Extendió un poco de aceite por sus manos, cogió la mano laxa semiabierta y comenzó a masajear los cortos dedos gruesos.

La joven miró nerviosamente de soslayo el rostro moreno rojizo coronado por apretados rizos rubios. A primera vista no estaba mal: era apuesto en cierto sentido, como un carnicero muy joven, con las mejillas llenas y rosadas, la nariz respingona y el mentón redondo. No obstante, mirado de cerca, había algo cruel en la boca fruncida de labios finos, una calidad porcina en las amplias fosas nasales, y la ausencia de expresión que empañaba los ojos azul muy pálido se derramaba por todo el rostro y le confería el aspecto de un ahogado, de un cadáver. Era como si, reflexionó la muchacha, alguien hubiese cogido una muñeca de porcelana y le hubiese pintado un rostro que infundiera miedo.

La masajista fue ascendiendo por el brazo hasta el enorme bíceps. ¿De dónde había sacado el hombre estos fantásticos músculos? ¿Sería boxeador? ¿Qué hacía con su cuerpo formidable? Los rumores decían que esa villa era de la policía. Los dos sirvientes masculinos eran, obviamente, algún tipo de guardias, a pesar de que se ocupaban de la cocina y la limpieza de la casa. De forma regular, cada mes el hombre se marchaba durante algunos días, y a ella le decían que no acudiera a la casa. Y de vez en cuando le decían que no fuese a la casa durante una semana, o dos, o en todo el mes. En una ocasión, tras una de estas ausencias, el cuello del hombre y la parte superior de su cuerpo se habían convertido en una masa de magulladuras. En otra, el extremo enrojecido de una herida a medio cicatrizar asomaba por debajo de treinta centímetros de escayola que le cubría las costillas a la altura del corazón. Nunca se había atrevido a preguntar por él en el hospital ni en la ciudad. Cuando la enviaron a la casa por primera vez, uno de los sirvientes le había dicho que si hablaba de lo que allí viera, iría a parar a la prisión. Cuando volvió al hospital, el jefe de personal, que nunca antes había reparado en su existencia, la hizo llamar y le dijo lo mismo. Iría a parar a la cárcel. Los dedos fuertes de la muchacha se hundían nerviosamente en el gran músculo deltoides a la altura del hombro. Siempre había sabido que se trataba de un asunto de seguridad de Estado. Tal vez era eso lo que le repugnaba de aquel cuerpo espléndido. Quizá era sólo el miedo que le inspiraba la organización que tenía ese cuerpo bajo su custodia. Cerró los ojos con fuerza ante el pensamiento de quién podría ser él, de qué podría ordenar que le hicieran a ella. Volvió a abrirlos con rapidez. Él podría haberlo advertido. Pero los ojos del hombre contemplaban, inexpresivos, el cielo.

La muchacha cogió el aceite para masajearle la cara.

Los pulgares acababan de presionar apenas las cuencas de los ojos cerrados del hombre, cuando el teléfono comenzó a sonar en el interior de la casa. El sonido llegó con impaciente insistencia hasta el jardín. De inmediato el hombre estuvo sobre una rodilla, como un corredor que espera el disparo de salida. Pero no se movió. El teléfono dejó de sonar. Se oyó el murmullo de una voz. La joven no podía oír lo que estaba diciendo, pero sonaba obediente, como tomando nota de unas instrucciones que se le transmitían. La voz calló y uno de los sirvientes apareció por un breve instante en la puerta, hizo un gesto en dirección al hombre desnudo y se perdió en el interior de la casa. A mitad del gesto, el hombre ya había echado a correr. Ella observó la bronceada espalda que desaparecía como un rayo por la puerta. Sería mejor no permitir que la encontrase allí cuando volviera a salir... sin hacer nada, tal vez escuchando. Se puso de pie, avanzó dos pasos hasta el borde de cemento de la piscina y se zambulló grácilmente.

Aunque haber conocido el nombre del hombre cuyo cuerpo masajeaba podría haber explicado sus sentimientos instintivos, para la paz mental de la muchacha era mejor que no lo supiera.

Su verdadero nombre era Donovan Grant, o Grant «el Rojo». Sin embargo, durante los últimos diez años, había sido Krassno Granitski, con el nombre clave de «Granit».

Era el jefe ejecutor de SMERSH, el aparato asesino del MGB,' y en este momento estaba recibiendo instrucciones por la línea directa del MGB, en Moscú.

CAPÍTULO 2

El matarife

Grant colgó con suavidad el teléfono y se sentó, mirándolo.

El guardia de cabeza redonda que se hallaba de pie junto a él dijo:

—Será mejor que empieces a moverte.

—¿Te han dado alguna pista sobre el trabajo? —Grant ha¬blaba el ruso a la perfección, aunque con un marcado acento. Podría haber pasado por nativo de cualquiera de las provincias bálticas. Su voz era aguda e inexpresiva, como si estuviera re¬citando un texto de un libro aburrido.

—No. Sólo me dijeron que te necesitan en Moscú. El avión está de camino. Llegará aquí dentro de una hora. Media hora para repostar, y después de tres o cuatro horas, dependiendo del tiem¬po que haga, aterrizaréis en Jarkov. Llegarás a Moscú hacia me¬dianoche. Será mejor que hagas el equipaje. Yo pediré el coche.

Grant se puso de pie con nerviosismo.

—Sí. Tienes razón. Pero, ¿no te dijeron siquiera si se trata¬ba de una operación? Me gusta saber las cosas. Hablábamos por una línea segura. Podrían haberte dado alguna pista. Por lo general lo hacen.

—Esta vez no lo han hecho.

Grant salió con lentitud por la puerta acristalada hasta el césped. Si reparó en la muchacha que estaba sentada en el bor¬de más alejado de la piscina, no dio señales de que así fuera. Se inclinó para recoger el libro y los dorados trofeos de su profe¬sión, volvió a entrar en la casa y subió los pocos escalones que lo conducirían a su dormitorio.

Se trataba de una habitación desnuda y amueblada tan sólo con un somier de hierro del que las sábanas arrugadas pendían por un lado hasta el piso, una silla de mimbre, un armario sin pintar y una mesita alta con una jofaina de hojalata. El piso es¬taba sembrado de revistas inglesas y estadounidenses. Apilados contra la pared, debajo de la ventana, había libros en rústica de llamativas cubiertas y novelas de misterio en tapa dura.

Grant sacó una vapuleada maleta italiana de fibra de deba¬jo de la cama. Metió dentro una selección de prendas respeta¬bles y bien lavadas que sacó del armario. A continuación se lavó apresuradamente el cuerpo con agua fría y el inevitable ja¬bón que olía a rosas, y se secó con una de las sábanas de la cama.

Se oyó el ruido de un coche en el exterior. Grant se vistió de prisa con ropas tan sencillas y corrientes como las que había metido en la maleta, se puso el reloj de pulsera, metió sus otras pertenencias en los bolsillos, recogió la maleta y bajó las esca¬leras.

La puerta delantera estaba abierta. Podía ver a sus dos guar¬dias hablando con el conductor del abollado sedán ZIS.

«Condenados estúpidos —pensó. Aún pensaba en inglés durante la mayor parte del tiempo—. Probablemente están di- ciéndole que se asegure de que suba al avión. Probablemente no pueden ni imaginarse que un extranjero quiera vivir en su condenado país.» Los fríos ojos manifestaban desprecio cuan¬do Grant dejó la maleta en el escalón de entrada para rebuscar entre el grupo de abrigos que colgaban de ganchos en la puerta de la cocina. Encontró su «uniforme», el abrigo gris amarillen¬to y la gorra de tela negra de la oficialidad soviética, se los puso, recogió su maleta, salió de la casa y se instaló en el asien¬to junto al conductor vestido de paisano, dándole un brutal gol¬pe de hombro a uno de los guardias al pasar.

Los dos hombres retrocedieron sin decir nada, pero lo mi¬raron con ojos duros. El conductor quitó el pie del pedal de em¬brague y el coche, que ya tenía una marcha puesta, aceleró con presteza por la carretera polvorienta.

La villa se encontraba situada en la costa sudoriental de Cri¬mea, más o menos a medio camino entre Feodosija y Yalta. Era una de las muchas dachas de vacaciones para oficiales que ha¬bía a lo largo de la costa montañosa preferida por todos, y que forma parte de la Riviera rusa. Grant el Rojo sabía que era un inmenso privilegio que lo alojaran allí en lugar de en alguna triste villa de la periferia de Moscú. Mientras el coche ascendía adentrándose en las montañas, pensó que sin duda lo trataban tan bien como sabían, aunque esta preocupación por su bie¬nestar tuviera dos caras.

Realizaron el viaje de sesenta y cinco kilómetros hasta el aeropuerto de Simferopol en una hora. No había otros coches en la carretera, y los ocasionales carros de caballos de los viñe¬dos se apartaban hasta la cuneta al oír su bocina. Como en to¬das las zonas de Rusia, un coche significaba un oficial, y un ofi¬cial sólo podía significar peligro.

Había rosas por todo el camino, campos de ellas alternados con viñedos, setos conformados de rosales a lo largo de la ca¬rretera y, en la entrada al aeropuerto, un vasto macizo circular de las variedades roja y blanca para formar una estrella roja so¬bre fondo blanco. Grant estaba asqueado de aquellas flores y deseoso de llegar a Moscú y huir de su dulce hedor.

Pasaron de largo ante la entrada del aeropuerto civil y si¬guieron un muro alto durante aproximadamente un kilómetro y medio, hasta la zona militar del aeródromo. Ante una alta puer¬ta de reja, el conductor enseñó su pase a dos centinelas arma¬dos con fusiles, para luego continuar hasta el asfalto de la pis¬ta. Varios aviones se encontraban posados sobre ella, como también transportes militares de camuflaje, pequeños bimotores de entrenamiento y dos helicópteros de la marina. El conductor se detuvo para preguntarle a un hombre ataviado con mono de trabajo dónde se encontraba el avión de Grant. De inmediato se oyó un chasquido metálico procedente de la torre de control, y una voz les gritó por los altavoces:

—A la izquierda. Más adelante..., a la izquierda. Número V-BO.

El conductor ya atravesaba obedientemente la pista cuando la voz de hierro volvió a ladrarle:

—¡Alto!


Clavó los frenos, y se oyó un alarido ensordecedor por en¬cima de sus cabezas. Ambos hombres se agacharon de modo instintivo mientras una escuadrilla de cuatro MiG 17 aparecía desde el sol que estaba poniéndose y pasaba en vuelo rasante sobre ellos, con los frenos aerodinámicos completamente bajos para el aterrizaje. Los aviones tocaron la pista de aterrizaje uno tras otro, desprendiendo nubes de humo azul de las ruedas de proa y, con los reactores aullando, continuaron la rodadura has¬ta la lejana línea que marcaba el límite, para luego regresar ha¬cia la torre de control y los hangares.

—¡Continúen!

Pocos metros más adelante llegaron hasta un avión que lu¬cía las letras de identificación V-BO. Se trataba de un bimotor Ilyushin 12. Una pequeña escalerilla de aluminio colgaba de la puerta de la cabina, y el coche se detuvo junto a ella. En la puerta apareció uno de los tripulantes. Descendió la escalerilla y examinó con atención el pase del conductor, así como los do¬cumentos de identidad de Grant, para luego despedir al prime¬ro con un gesto, y con otro indicarle a Grant que lo siguiera hasta el interior del aparato. No se ofreció a ayudarlo con la maleta, pero Grant subió con ella como si no pesara más que un libro. El tripulante ascendió tras él, cerró la gran escotilla con fuerza y avanzó hasta la carlinga.

Allí había veinte asientos vacíos entre los cuales escoger sentarse. Grant se acomodó en el más cercano a la escotilla y se ajustó el cinturón de seguridad. A través de la puerta abierta de la cabina le llegó un corto murmullo de conversación con la to¬rre de control, los dos motores gimieron y tosieron al encen¬derse, y el aparato giró tan rápidamente como si fuera un coche, rodó hasta el inicio de la pista de despegue norte-sur y, sin más preliminares, salió disparado por ella y se elevó.

Grant se desabrochó el cinturón de seguridad, luego encen¬dió un cigarrillo Troika de filtro dorado y se repantigó para re¬flexionar cómodamente sobre su pasada carrera y el futuro in¬mediato.

Donovan Grant era el resultado de la unión de medianoche entre un alemán profesional de la halterofilia y una camarera de Irlanda del Sur. La unión duró un cuarto de hora sobre la hier¬ba húmeda del exterior de un circo instalado en las afueras de Belfast. Después, el padre le dio a la madre media corona y la madre se marchó contenta a dormir en su cama, en la cocina de un café cercano a la estación de ferrocarriles. Cuando supo que esperaba un bebé, se trasladó a vivir con una tía en la aldea de Aughmacloy, que se encuentra a caballo en la frontera; allí, seis meses más tarde, murió de fiebre puerperal poco después de dar a luz a un niño de cinco kilos y medio. Antes de morir, dijo que el niño debía llamarse Donovan (el levantador de pesas se daba a sí mismo el nombre de «El Poderoso O'Donovan») y llevar el apellido Grant, que era el de ella.

La tía cuidó del niño a regañadientes, y éste creció saluda¬ble y extremadamente fuerte, pero muy callado. No tenía ami¬gos. Se negaba a comunicarse con otros niños y, cuando quería algo de ellos, se lo arrebataba valiéndose de los puños. Conti¬nuó así en la escuela local, donde era temido y aborrecido, pero adquirió fama en boxeo y lucha durante las fiestas locales, don¬de su sanguinaria furia combinada con astucia le dieron la vic-toria sobre muchachos mucho mayores y corpulentos que él.

Fue mediante los combates que llamó la atención de los miembros del Sinn Fein, que usaban Aughmacloy como paso principal de sus idas y venidas entre el norte y el sur, y también de los contrabandistas locales que utilizaban la aldea con los mismos propósitos. Cuando dejó el colegio se convirtió en el hombre fuerte de ambos grupos. Le pagaban bien por el traba¬jo, pero lo veían lo menos posible.

Fue alrededor de esta época cuando su cuerpo comenzó a experimentar compulsiones extrañas y violentas en torno a los días de luna llena. Cuando, en el octubre de sus dieciséis años, tuvo por primera vez «las sensaciones», como las llamaba él, salió y estranguló un gato. Esto le hizo «sentirse mejor» duran¬te todo un mes. En noviembre, fue un perro pastor grande y, por Navidad, degolló una vaca a medianoche en un cobertizo del vecindario. Estos actos le hacían «sentirse bien». Tenía la sen¬satez suficiente para darse cuenta de que dentro de poco el pue¬blo comenzaría a hacerse preguntas acerca de aquellas muertes misteriosas, así que compró una bicicleta y una vez por mes se marchaba al campo. A menudo tenía que llegar muy lejos para encontrar lo que quería y, después de dos meses de tener que sa-tisfacerse con ocas y pollos, corrió el riesgo de degollar a un vagabundo dormido.

Por las noches había tan poca gente en el exterior, que pron¬to comenzó a salir a la carretera a una hora más temprana, ale¬jándose mucho de su población, de modo que llegaba a aldeas distantes al caer la noche, cuando las personas solitarias regre¬saban a casa de los campos y las muchachas salían para acudir a sus citas.

Cuando ocasionalmente mataba a una muchacha, no «inter¬fería» en ella para nada. Ese aspecto de la vida, del que había oído hablar, le resultaba del todo incomprensible. Era sólo el maravilloso acto de matar lo que hacía que se «sintiera bien». Nada más.

Hacia el final de su decimoséptimo año, espantosos rumo¬res se propagaban por todo Fermanagh, Tyrone y Armagh. Cuando una mujer fue asesinada a plena luz del día, estrangu¬lada y arrojada con indiferencia en una parva de heno, los ru¬mores se convirtieron en pánico. En los pueblos se formaron grupos de aldeanos, se trajeron refuerzos policiales con perros, y las historias que se contaban acerca del «asesino lunar» atra¬jeron periodistas a la zona. Varias veces, cuando Grant cir¬culaba en su bicicleta, fue detenido e interrogado, pero contaba con una poderosa protección en Aughmacloy, y siempre eran corroboradas sus historias sobre carreras de entrenamiento para mantenerse en forma para el boxeo, pues ahora constituía el or¬gullo de la aldea y era el boxeador que representaría a Irlanda del Norte en el campeonato de pesos ligeros.

Una vez más, antes de que fuera demasiado tarde, el instin¬to evitó que lo descubrieran, y se marchó de Aughmacloy a Belfast, donde se puso en manos de un empresario arruinado que quería que él se hiciera boxeador profesional. En el des¬vencijado gimnasio, la disciplina era estricta. Constituía casi una prisión, y el día en que la sangre volvió a hervir en las ve¬nas de Grant, no le quedó otra alternativa que casi matar a uno de sus sparrings. Cuando tuvieron que quitarlo por segunda vez de encima de un hombre en el cuadrilátero, fue sólo por ga¬nar el campeonato que se salvó de que el empresario lo echara a la calle.

Grant ganó el campeonato en 1945, en su decimoctavo cumpleaños; luego lo llamaron al servicio militar y se convir¬tió en conductor del Royal Corps of Signáis. El período de entrenamiento en Inglaterra lo calmó un poco, o al menos lo volvió más prudente cuando tenía «las sensaciones». Ahora, en los días de luna llena, se ponía a beber como alternativa. Solía llevarse una botella de whisky a los bosques de los alre¬dedores de Aldershot y bebérsela hasta el final mientras ob¬servaba sus sensaciones, fríamente, hasta que lo acometía la inconsciencia. Luego, a primeras horas de la mañana, regre¬saba al campamento tambaleándose un poco, satisfecho sólo a medias, pero ya desprovisto de peligro. Si lo pillaba un centi¬nela, le caía sólo un día de confinamiento en las barracas, por¬que su oficial al mando quería tenerlo contento para el campeonato del ejército.

Sin embargo, la sección de transporte de Grant fue envia¬da con urgencia a Berlín en torno a la época del bloqueo de comunicaciones por parte de los rusos, y se perdió el cam¬peonato. En Berlín, el constante olor a peligro lo intrigaba y lo volvió aún más cuidadoso y astuto. Continuaba emborra¬chándose como una cuba en luna llena, pero durante el resto del tiempo se dedicaba a observar y trazar planes. Le gusta¬ba todo lo que oía decir de los rusos, su brutalidad, su indife¬rencia hacia la vida humana y su astucia, y decidió acercarse a ellos. Pero, ¿cómo? ¿Qué podía llevarles de regalo? ¿Qué querían?

Fueron los campeonatos del BAOR lo que finalmente le impulsó a acercarse. Por casualidad, tuvieron lugar en luna llena. Grant, que luchaba por el Royal Corps, recibió una ad¬vertencia por aferrar al contrario y lanzar golpes bajos, y fue descalificado en el tercer asalto por persistir en el juego su¬cio. Todo el estadio le silbó cuando abandonaba el cuadrilá¬tero y, a la mañana siguiente, el oficial al mando lo llamó y, con frialdad, dijo que él era una ignominia para el Royal Corps y que sería devuelto a Inglaterra cuando llegara el si¬guiente relevo. Los otros conductores lo condenaron al ostra¬cismo y, puesto que nadie quería conducir un transporte con él, tuvieron que trasladarlo al codiciado servicio de correo motorizado.

El traslado no podía resultarle más ventajoso a Grant. Es¬peró durante unos días y, entonces, cuando un atardecer ya ha¬bía recogido el correo saliente del día en el cuartel general de Inteligencia Militar instalado en la Reichskanzlerplatz, se fue directamente al sector ruso, esperó con el motor en marcha hasta que se abrió la reja del control británico para dejar entrar a un taxi, y entonces pasó disparado a sesenta y cinco kilóme¬tros por hora a través de las rejas que se cerraban, para dete¬nerse derrapando junto al fortín de cemento del puesto de fron-tera ruso.

Lo metieron a empujones en la sala de guardia. Un oficial de rostro pétreo, que estaba detrás de un escritorio, le preguntó qué quería.

—Quiero hablar con el servicio secreto soviético —replicó Grant, sin más—. Con el jefe.

El oficial clavó en él una mirada fría. Dijo algo en ruso. Los soldados que lo habían conducido al interior comenzaron a arrastrarlo al exterior. Grant se los sacudió de encima con faci¬lidad. Uno de ellos levantó la ametralladora.

Grant dijo, hablando con tono paciente y de forma clara:

—Tengo un montón de documentos secretos. Ahí fuera. En las bolsas de cuero de la motocicleta. —Tuvo una idea lumino¬sa—. Tendrá usted serios problemas si no se los entregan al servicio secreto.

El oficial les dijo algo a los soldados, y éstos retrocedieron.

—No tenemos servicio secreto —respondió en un inglés ca¬rente de soltura—. Siéntese y rellene este formulario.

Grant se sentó ante el escritorio y rellenó un largo formula¬rio que contenía preguntas para cualquiera que desease visitar la zona oriental: nombre, dirección, naturaleza de los asuntos que lo llevaban allí, y demás. Entre tanto, el oficial habló sua¬ve y brevemente por teléfono.

Para cuando Grant acabó, dos militares más, suboficiales con gorras de infantería verde grisáceo y galones de rango en sus uniformes color caqui, habían entrado en la habitación. El oficial de frontera entregó el formulario, sin mirarlo, a uno de ellos, y los hombres se llevaron a Grant al exterior y lo me¬tieron, junto con su motocicleta, en la parte trasera de una fur¬goneta cubierta, cuya puerta cerraron con llave tras él. Des¬pués de una rápida carrera de un cuarto de hora, la furgoneta se detuvo, y cuando Grant salió de ella se encontró con que estaba en el patio trasero de una gran construcción nueva. Lo llevaron al interior del edificio, lo trasladaron en ascensor a un piso superior y lo dejaron a solas en una celda sin venta¬nas. No contenía nada más que un banco de hierro. Pasada una hora durante la cual, suponía él, habían examinado los do¬cumentos secretos, lo llevaron a una cómoda oficina donde, tras el escritorio, se encontraba sentado un oficial que lucía tres hileras de condecoraciones y los galones dorados de un coronel.

El escritorio estaba vacío, excepto por un cuenco de rosas.

Diez años más tarde, Grant miraba por la ventanilla del avión hacia un amplio conjunto de luces que se hallaba a seis mil metros más abajo, y que supuso que era Jarkov; su reflejo en la ventanilla le sonrió sin alegría.

Rosas. A partir de aquel momento su vida no había sido otra cosa que rosas. Rosas, rosas todo el tiempo.

CAPÍTULO 3

Estudios de posgrado

—¿Así que le gustaría trabajar en la Unión Soviética, señor Grant?

Había pasado media hora y el coronel del MGB estaba abu¬rrido con la entrevista. Pensaba que ya le había extraído todos los datos militares de algún interés a aquel desagradable solda¬do británico. Unas pocas palabras para recompensar al hombre por el rico botín de secretos que le habían proporcionado sus bolsas de correo, y luego el hombre podría bajar a las celdas y, en el momento oportuno, ser embarcado hacia Vorkuta u otro campo de trabajo.

—Sí, me gustaría trabajar para ustedes.

—¿Y qué trabajo podría hacer, señor Grant? Tenemos mu¬chos trabajadores no cualificados. No necesitamos conductores de camiones y —el coronel sonrió fugazmente—, si hay que practicar boxeo, tenemos muchos hombres capaces de boxear. Dos posibles campeones olímpicos entre ellos, por cierto.

—Soy un experto en matar personas. Lo hago muy bien. Me gusta.

El coronel vio la roja llama brillando en los ojos azul páli-do. Pensó: «Habla en serio. Además de ser desagradable, está loco.» Contempló a Grant con frialdad, preguntándose si mere¬cería la pena malgastar comida para alimentarlo en Vorkuta. Tal vez sería mejor hacerlo fusilar. O arrojarlo de vuelta al sector británico y dejar que su propia gente se preocupara por él.

—Usted no me cree —dijo Grant, con impaciencia. Aquél era el hombre equivocado, la sección incorrecta—. ¿Quién se encarga del trabajo duro de ustedes por aquí? —Estaba seguro de que los rusos tenían algún tipo de escuadrón asesino. Todo el mundo decía que así era—. Déjeme hablar con ellos. Mataré a alguien para ellos. A quien quieran. Ahora.

El coronel lo miró con amargura. Tal vez sería mejor que informara del asunto.

—Espere aquí. —Se levantó y salió de la oficina, dejando la puerta abierta. Apareció un guardia que se apostó en la en¬trada y clavó los ojos en la espalda de Grant, con la mano en la pistola.

El coronel se encaminó a la habitación siguiente. Estaba va¬cía. En el escritorio había tres teléfonos. Levantó el receptor que comunicaba con la línea directa de la oficina del MGB en Moscú. Cuando el operador militar respondió, él di jo:

—SMERSH.


Cuando SMERSH respondió, pidió para hablar con el jefe de Operaciones. Diez minutos más tarde colgó el receptor. ¡Qué suerte! Una solución sencilla, constructiva. Con indepen¬dencia del camino que tomara, saldría bien. Si el inglés tenía éxito, sería espléndido. Y aun en el caso de que fracasara, crea¬ría muchísimos problemas en el sector occidental: problemas para los británicos porque Grant era uno de los suyos, pro¬blemas con los alemanes porque el atentado asustaría a mu¬chos de sus espías, problemas con los estadounidenses porque ellos aportaban la mayor parte de los fondos para la red Baum- garten, y ahora pensarían que la seguridad de Baumgarten no era buena. Satisfecho de sí mismo, el coronel regresó a su ofi¬cina y volvió a sentarse ante Grant.

—¿Habla en serio?

—Por supuesto que sí.

—¿Tiene buena memoria?

—Sí.

—En el sector británico hay un alemán llamado doctor Baumgarten. Vive en el apartamento número 5 del 22 de Kur- fürstendamm. ¿Sabe dónde está eso?



—Sí.

—Esta noche, será usted devuelto con su motocicleta al sec¬tor británico. Se le cambiarán las placas de matrícula. Su gente estará buscándolo. Le llevará un sobre al doctor Baumgarten. La inscripción especificará que debe ser entregado en mano. Con su uniforme y ese sobre, no tendrá ninguna dificultad. Dirá que el mensaje es tan privado que debe ver al doctor Baumgar¬ten a solas. Entonces lo matará. —El coronel hizo una pausa. Sus cejas se alzaron—. ¿Sí?

—Sí —replicó Grant, imperturbable—. Y si lo consigo, ¿me darán más trabajos como éste?

—Es posible —contestó el coronel, con indiferencia—. Pri¬mero debe demostrar lo que puede hacer. Cuando haya con¬cluido su cometido y regrese al sector soviético, puede pregun¬tar por el coronel Boris. —Pulsó un timbre y entró un hombre vestido de paisano. El coronel hizo un gesto hacia él—. Este hombre le dará comida. Más tarde le entregará el sobre y un cu¬chillo afilado de manufactura estadounidense. Se trata de un arma excelente. Buena suerte.

El coronel extendió un brazo para coger una rosa del cuen¬co, cuyo perfume aspiró con deleite.

Grant se puso de pie.

—Gracias, señor —se despidió con tono cordial.

El coronel no respondió ni alzó los ojos de la rosa. Grant si¬guió al hombre vestido de paisano al exterior de la oficina.

El avión rugía sobrevolando el territorio central de Rusia. Habían dejado atrás los altos hornos que ardían a lo lejos, al este de Stalino y, al oeste, la cinta plateada del Dniéper que se bifurcaba en Dnepropetrovsk. El charco de luz que rodeaba Jarkov había señalado la frontera de Ucrania, y el resplandor menor de la población del fosfato de Kursk había aparecido y desaparecido. Ahora, Grant sabía que la sólida negrura ininte¬rrumpida de allá abajo ocultaba la estepa donde billones de to¬neladas de grano ruso susurraban y ondulaban en la oscuridad. Ya no habría más oasis de luz hasta que, dentro de una hora, hu¬biesen cubierto los restantes cuatrocientos ochenta kilómetros que los separaban de Moscú.

Porque a estas alturas, Grant lo sabía todo de Rusia. Tras el rápido, limpio, sensacional asesinato de un vital espía de Ale¬mania Occidental, Grant apenas había acabado de escabullirse de vuelta al otro lado de la frontera y había llegado más o me¬nos a tientas hasta el «coronel Boris», cuando lo vistieron con ropas de paisano, le pusieron un casco de aviador que cubrió su cabello y lo metieron precipitadamente en un avión vacío del MGB que lo condujo directamente a Moscú.

Entonces comenzó un año de semirreclusión en el que Grant se dedicó a mantenerse en forma y a aprender ruso, mien¬tras la gente iba y venía a su alrededor: interrogadores, infor¬madores, médicos. Entre tanto, los espías soviéticos en Inglate¬rra e Irlanda del Norte habían investigado su pasado de forma minuciosa.

Al final de ese año, a Grant le concedieron un certificado de salud política tan limpio como pueda conseguir cualquier ex¬tranjero en Rusia. Los espías habían confirmado su historia. Los informadores ingleses y estadounidenses dijeron que sentía un desinterés absoluto por la política o las costumbres sociales de cualquier país del mundo, y los médicos y psicólogos se mostraron de acuerdo en que era un maníaco depresivo en estado avanzado, cuyos períodos coincidían con la luna llena. Añadieron también que Grant era un narcisista y un asexuado, y que su tolerancia al dolor era elevada. Estas peculiaridades aparte, su salud física era soberbia y, aunque su nivel educativo era espantosamente bajo, era por naturaleza tan astuto como un zorro. Todos estuvieron de acuerdo en que Grant era un miem¬bro extremadamente peligroso de la sociedad, y que debía man¬tenérselo apartado.

Cuando llegó el informe a las manos del jefe de personal del MGB, éste estaba a punto de escribir «Mátenlo», en el mar¬gen, cuando tuvo otra idea.

En la URSS hay que llevar a cabo una gran cantidad de asesinatos, no porque el ruso medio sea un ser cruel, aunque al¬gunas de sus etnias se encuentran entre los pueblos más crueles del mundo, sino como un instrumento de política gubernamen¬tal. Las personas que actúan en contra del Estado son enemigos del Estado, y el Estado no tiene espacio para los enemigos. Hay demasiado que hacer para dedicarles una parte del precioso tiempo y, si se convierten en una molestia persistente, acaban muertos. En un país con una población de 200.000.000 de habitantes, uno puede matar a varios miles de ellos sin echarlos en falta. Si, como sucedió durante las dos purgas más grandes, había que matar a un millón de personas en un año, tampoco eso constituía una pérdida grave. El problema serio era la esca¬sez de verdugos. Los verdugos tienen una «vida» corta. Se can¬san del trabajo. El alma enferma a causa del mismo. Después de diez, veinte, cien estertores de muerte, el ser humano, por subhumano que pueda ser, adquiere, tal vez por osmosis con la muerte misma, un germen de muerte que entra en su cuerpo y lo devora como un cancro. Se apoderan de él la melancolía y la bebida, y una horrenda lasitud que nubla los ojos, ralentiza los movimientos y destruye la precisión. Cuando el jefe ve estos signos, no le queda otra alternativa que la de ejecutar al verdu¬go y buscar otro.

El jefe de personal del MGB era consciente de este proble¬ma y de la constante búsqueda, no sólo del asesino refinado, sino también del carnicero común. Y allí tenía por fin a un hombre que parecía ser un experto en ambas formas de matar, dedicado a su oficio y, si debía creerse en los médicos, destina¬do a ello sin lugar a dudas.

El jefe de personal escribió una corta nota mordaz en los documentos de Grant, los clasificó como «SMERSH Otdyel II» y los arrojó en su bandeja de salida.

La sección 2 de SMERSH, a cargo de Operaciones y Eje¬cuciones, asumió la custodia del cuerpo de Donovan Grant, cambió su nombre por el de Granitski y lo inscribió en sus libros.

Los dos años siguientes fueron duros para Grant. Tuvo que volver a la escuela, y a una escuela que le hacía anhelar los as¬tillados pupitres del cobertizo de chapa de zinc, colmado del olor de los niños y el zumbido adormecedor de las moscardas, que había sido su única concepción de lo que era la escuela. Ahora, en la Escuela de Inteligencia para Extranjeros de las afueras de Leningrado, apretado entre las filas de alemanes, che- cos, polacos, bálticos, chinos y negros, todos con rostros serios y concentrados, y bolígrafos que corrían por las libretas de no¬tas, luchaba con asignaturas que eran un puro galimatías para él.

Había cursos de «Conocimientos de Política General», que incluían la historia de los movimientos obreros, del Partido Co¬munista y de las Fuerzas Industriales del mundo, y las ense¬ñanzas de Marx, Lenin y Stalin, todos salpicados de nombres extranjeros que apenas era capaz de escribir. Había lecciones sobre «El enemigo de clase contra el que luchamos», con con¬ferencias sobre Capitalismo y Fascismo; semanas dedicadas a «Táctica, Agitación y Propaganda», y más semanas centradas en el problema de las minorías poblacionales, de las razas co¬loniales, los negros, los judíos. Cada mes concluía con exáme¬nes en los que Grant se sentaba y escribía estupideces analfa¬betas, entremezcladas con fragmentos de olvidada historia in¬glesa y consignas comunistas mal escritas, e inevitablemente, en una ocasión, le rompieron lo que había escrito delante de toda la clase.

Pero resistió, y cuando llegaron a «Asignaturas Técnicas» las cosas le fueron mejor. Era rápido en comprender los rudi¬mentos de Códigos y Criptografía, porque quería entenderlos. Era bueno en Comunicaciones, y de inmediato comprendió el enredo de contactos, fusibles, mensajeros y apartados de co¬rreo, y obtuvo notas excelentes en Trabajo de Campo, en el cual cada estudiante tenía que planear y llevar a cabo falsas misio¬nes en los suburbios y el campo que rodeaba Leningrado. Por último, cuando llegó el momento del examen de Vigilancia, Discreción, «La seguridad primero», Presencia de Ánimo, Co¬raje y Serenidad, obtuvo las mejores notas de toda la clase.

Al final del año, el informe enviado a SMERSH concluía lo siguiente: «Valor político nulo. Valor operacional excelente», lira precisamente lo que quería oír Otdyel II.

El año siguiente lo pasó, con sólo otros dos estudiantes extranjeros entre varios centenares de rusos, en la Escuela para el Terror y Maniobras de Distracción Estratégica, situada en Kuchino, en las afueras de Moscú. Allí, Grant superó triunfante los cursos de judo, boxeo, atletismo, fotografía y radio, bajo la supervisión general del famoso coronel Arkady Fotoyev, padre del moderno espionaje soviético, y completó su instrucción en armas pequeñas en manos del teniente coronel Nikolai Godlovsky, el campeón soviético de tiro con rifle.

En dos ocasiones durante este año, y sin previo aviso, un coche del MGB acudió a buscarlo en la noche de luna llena y lo llevó a una de las cárceles de Moscú. Allí, con una capucha negra sobre la cabeza, se le permitió llevar a cabo ejecuciones con diversas armas: la soga, el hacha, el subfusil ametrallador. Antes, durante y después de estas acciones, se le hicieron elec¬trocardiogramas, se le tomó la presión sanguínea y lo sometie¬ron a otras varias pruebas médicas, pero los propósitos y ha¬llazgos de las mismas no le fueron comunicados a él.

Fue un buen año y Grant tenía la sensación, muy correcta, de que estaban satisfechos con él.

En 1949 y 1950, a Grant se le permitió salir en pequeñas operaciones con los Grupos Móviles o Avanposts, que se lleva¬ban a cabo en los países satélites. Se trataba de apaleamientos y simples asesinatos de espías rusos y empleados de Inteligencia sospechosos de traición u otras aberraciones. Grant ejecutaba estos cometidos de forma limpia, precisa y sin llamar la aten¬ción, y aunque lo vigilaban de modo constante y minucioso, ja¬más manifestó la más leve desviación de las normas que se le exigían, ni tampoco ninguna debilidad de carácter o de destreza técnica. Puede que habría sido diferente si le hubiesen pedido que matara cuando llevaba a cabo un trabajo en solitario duran¬te el período de luna llena; pero sus superiores, que se daban cuenta de que durante ese período él se hallaría fuera del control de ellos, o del suyo propio, escogían fechas sin riesgo para las operaciones en las cuales intervenía. El período de plenilunio quedaba reservado exclusivamente para carnicerías en las pri¬siones y, de vez en cuando, se las programaba como recompen¬sa por haber realizado con éxito alguna operación a sangre fría.

En 1951 y 1952, la utilidad de Grant se hizo más plena y oficialmente reconocida. Como resultado de su excelente traba¬jo, sobre todo en el sector oriental de Berlín, se le concedió la ciudadanía soviética y sucesivos aumentos de sueldo que, hacia 1953, llegaba a la bonita suma de 5.000 rublos por mes. En 1953 se le ascendió al grado de comandante, con derechos retroacti¬vos de retiro que se remontaban al día en que contactó por primera vez con el «coronel Boris», y se le adjudicó una villa en Crimea. Se nombró a dos guardaespaldas como adjuntos su¬yos, en parte para protegerlo a él y en parte para evitar la posi-bilidad de que le diera por «convertirse en civil», como deno¬mina la jerga del MGB a la deserción. Una vez al mes, se lo transportaba a la cárcel más cercana y se le permitían tantas eje¬cuciones como candidatos disponibles había.

Naturalmente, Grant no tenía amigos. Era odiado, temido o envidiado por todos los que entraban en contacto con él. Ni si¬quiera contaba con ninguno de esos conocidos profesionales que pasan por amistad en el discreto y cauteloso mundo de la oficiali¬dad soviética. Pero, si se daba cuenta de ese hecho, no le impor¬taba. Los únicos individuos que le interesaban eran sus víctimas. El resto de su vida se encontraba en su propio interior. Y estaba rica y emocionantemente poblada por sus propios pensamientos.

Aunque, por supuesto, tenía a SMERSH. Nadie de la Unión Soviética que tenga a SMERSH de su lado tiene necesidad de preocuparse por los amigos ni, de hecho, por nada más que por mantener las negras alas de SMERSH sobre su cabeza.

Grant estaba aún pensando vagamente en cuál era su posi¬ción ante los superiores, cuando el avión comenzó a perder al¬tura al captar la señal del radar del aeropuerto de Tushino, jus¬to al sur del resplandor rojo que era Moscú.

Estaba ya en lo más alto, era el jefe ejecutor de SMERSH y, por tanto, de toda la Unión Soviética. ¿A qué podía aspirar ahora? ¿A otro ascenso? ¿A más dinero? ¿A más chucherías de oro? ¿A objetivos más importantes? ¿A técnicas mejores?

La verdad es que no parecía haber nada más a lo que aspi¬rar. ¿O existía algún otro hombre del que nunca había oído ha¬blar, en algún otro país, al que habría que apartar a un lado an¬tes de que la supremacía absoluta fuese suya?

CAPÍTULO 4

Los magnates de la muerte

SMERSH es la organización oficial asesina del gobierno sovié¬tico. Opera tanto dentro como fuera del país, y en 1955 tenía un total de 40.000 agentes, hombres y mujeres. SMERSH es una contracción de «Smiert Spionam», que significa «Muerte a los l .spías». Es un nombre que sólo utiliza el personal de la orga¬nización y los oficiales soviéticos. Ningún miembro cuerdo del público permitiría que dicha palabra pasara por sus labios.

El cuartel general de SMERSH es un edificio grande, feo y moderno emplazado en la Sretenka Ulitsa. Está en el número 13 de esta calle ancha y gris, y los peatones mantienen los ojos li jos en el suelo al pasar ante los dos centinelas armados con subfusiles ametralladores apostados a ambos lados de las an¬chas escaleras que conducen hasta la gran puerta doble de hie¬rro. Si lo recuerdan a tiempo, o si pueden hacerlo sin llamar la atención, cruzan la calle y pasan por la otra acera.

La dirección de SMERSH tiene su centro en el segundo piso. La sala más importante del segundo piso es una habita¬ción muy grande y luminosa pintada con ese verde oliva pálido que constituye el denominador común de todas las oficinas gu¬bernamentales del mundo entero. Opuestas a la puerta insono- i izada, dos amplias ventanas dan al patio que hay detrás del edificio. El piso está completamente cubierto por una colorida moqueta caucasiana de la mejor calidad. En el extremo iz¬quierdo de la habitación hay un macizo escritorio de roble. La superficie del mismo se halla cubierta de terciopelo rojo sobre el que descansa una gruesa hoja de vidrio.

A la izquierda del escritorio hay cestas de ENTRADA y SALIDA de correspondencia y, a la derecha, cuatro teléfonos.

Desde el centro del escritorio, formando una letra T con él, se extiende una mesa de conferencias dispuesta diagonalmente respecto de la sala. Ante ella se alinean ocho sillas de respaldo recto tapizadas en cuero rojo. También esta mesa está cubierta de terciopelo del mismo color, pero no cuenta con un vidrio que lo proteja. Sobre ella hay ceniceros, y dos pesadas garrafas de agua con sus vasos.

En las paredes pueden verse cuatro grandes cuadros con marco dorado. En 1955, éstos eran, además de un retrato de Stalin encima de la puerta y otro de Lenin entre las dos venta¬nas, en las paredes restantes, uno frente al otro, un retrato de Bulganin y, donde hasta el 13 de enero de 1954 había colgado el de Beria, uno del general del ejército Ivan Aleksandrovitch Serov, jefe del Comité de Seguridad de Estado.

En la pared de la izquierda, debajo del cuadro de Bulganin, hay un enorme Televisor, o aparato de televisión, dentro de un bello armario de madera de roble lustrada. Oculto dentro del mismo hay un magnetófono que puede encenderse desde el es¬critorio. El radio de recepción del micrófono del aparato abar¬ca toda la extensión de la mesa, y los cables del mismo se en-cuentran ocultos en las patas de la misma. Junto al Televisor puede verse una puerta pequeña que conduce a un retrete y lavabo privado, y a una pequeña sala de proyección para visio- nar películas secretas.

Debajo del retrato del general Serov hay una librería que contiene, en los estantes superiores, las obras de Marx, Engels, Lenin y Stalin y, en lugar más accesible, libros en todos los idiomas acerca de espionaje, contraespionaje, métodos policia¬les y criminología. Junto a la librería, contra la pared, se alza una mesa larga y estrecha donde descansan una docena de ál¬bumes encuadernados en piel con fechas doradas estampadas en las cubiertas. Estos contienen fotografías de ciudadanos so¬viéticos y extranjeros que han sido asesinados por SMERSH.

Aproximadamente a la hora en que Grant estaba a punto de aterrizar en el aeropuerto de Tushino, poco antes de las once y inedia de la noche, un hombre de unos cincuenta años, de as¬pecto duro y constitución gruesa, se encontraba de pie ante di¬cha mesa hojeando el volumen de 1954.

El jefe de SMERSH, el coronel general Grubozaboyschi- kov, conocido en el edificio como «G.», iba vestido con una im¬pecable casaca color caqui de cuello alto, y pantalones de ca¬ballería azul oscuro con dos finas listas rojas verticales a los la¬dos. Los pantalones acababan en unas botas de montar de cuero negro blando muy lustroso. En el pecho de la casaca lucía tres hileras de cintas de condecoraciones: dos órdenes de Lenin, la orden de Suvorov, la orden de Alexander Nevsky, la orden de la Bandera Roja, dos órdenes de la Estrella Roja, la medalla de los Veinte Años de Servicio, y medallas por la Defensa de Mos¬cú y la Toma de Berlín. Al final de éstas venían la cinta rosa y gris del CBE, y la color rojo púrpura y blanca de la Medalla al Mérito, de Estados Unidos. Por encima de las cintas colgaba la enorme estrella dorada de Héroe de la Unión Soviética.

El rostro que había sobre el alto cuello de la casaca era es- Irecho y afilado. Tenía bolsas flojas debajo de los ojos, los cua¬les eran redondos, castaños y sobresalían como mármoles puli¬dos bajo espesas cejas castañas. Llevaba el cráneo completa¬mente afeitado y la tirante piel blanca brillaba a la luz de la araña central. La boca era ancha y severa sobre el mentón pro¬fundamente hendido. Se trataba de un semblante duro e inflexi¬ble, de formidable autoridad.

Uno de los teléfonos del escritorio sonó suavemente. El hombre avanzó con pasos contenidos y precisos hasta la silla alta que había detrás del escritorio. Se sentó en ella y cogió el receptor del teléfono rotulado en blanco con las letras V. Ch. listas letras son la sigla de Vysoko-chastoty, o Alta Frecuencia. Sólo unos cincuenta oficiales supremos están conectados al pa¬nel de control de V. Ch., y son todos ministros de Estado o je¬fes de secciones selectas. La controla una pequeña centralita te¬lefónica del interior del Kremlin, operada por oficiales pro¬fesionales de seguridad. Ni siquiera ellos pueden escuchar las conversaciones que se mantienen a través de la misma, pero cada palabra que se dice queda automáticamente grabada.

-¿Sí?


—Serov al habla. ¿Qué acción se ha emprendido desde la reunión del Presidium de esta mañana?

—Tengo una reunión aquí mismo dentro de pocos minutos, camarada general... el RUMID , el GRU y, por supuesto, el MGB. Después de eso, si se decide emprender la acción, me reuniré con los jefes de Operaciones y de Planificación. En caso de que se decida por la liquidación, he tomado la precaución de traer a Moscú al especialista necesario. Esta vez supervisaré personalmente los preparativos. No nos interesa otro asunto Khoklov.3

—Bien sabe el diablo que no. Telefonéeme después de la primera reunión. Deseo informar al Presidium mañana por la mañana.

—Desde luego, camarada general.

El general G. colgó el receptor y pulsó un botón que había de¬bajo de su escritorio. Al mismo tiempo, encendió el magnetófo¬no. Su ayudante de campo, un capitán del MGB, entró en la sala.

—¿Han llegado ya?

—Sí, camarada general.

—Hágalos pasar.

Al cabo de pocos minutos traspasaron la puerta seis hom¬bres, cinco de ellos vestidos con uniforme, y sin echarle apenas una mirada al hombre que se encontraba detrás del escritorio, ocuparon sus sillas ante la mesa de conferencias. Se trataba de tres oficiales superiores, jefes de sus departamentos respecti¬vos, y todos iban acompañados de un ayudante de campo. En la Unión Soviética, ningún hombre acude solo a una conferencia. Por su propia protección y para tranquilidad de su departamen¬to, inevitablemente se hace acompañar de un testigo para que dicho departamento pueda tener versiones independientes de lo que sucedió en la conferencia y, por encima de todo, de lo que dijo en su nombre. Resulta importante en el caso de que haya una investigación subsecuente. En la conferencia no se toman notas y las decisiones les son comunicadas oralmente a los di¬ferentes departamentos.

Al otro lado de la mesa se encontraba el teniente general Slavin, jefe del GRU, el departamento de Inteligencia del Esta¬do Mayor del Ejército, con un coronel a su lado. Al extremo se encontraba sentado el teniente general Vozdvishensky del RU- MID, el departamento de Inteligencia del Ministerio del Exte¬rior, con un hombre de mediana edad vestido de paisano. De es¬paldas a la puerta, se hallaba el coronel de Seguridad del Esta¬do, Nikitin, jefe de Inteligencia del MGB, el servicio secreto soviético, con un comandante a su lado.

—Buenas noches, camaradas.

Un cortés y prudente murmullo se elevó entre los oficiales. Cada uno sabía, y pensaba que era el único en saberlo, que en la habitación había micrófonos; y cada uno, sin decírselo a su ayudante de campo, había decidido pronunciar las mínimas pa¬labras posibles de acuerdo con la buena disciplina y las necesi¬dades del Estado.

—Fumemos. —El general G. sacó un paquete de cigarrillos Moskwa-Volga y encendió uno con un mechero Zippo estado¬unidense. Se oyeron chasquidos de encendedores en torno a la mesa. El general G. aplastó el tubo de cartón que remataba su cigarrillo, de modo que quedó casi plano, y lo sujetó entre los dientes al lado derecho de la boca. Estiró los labios hacia atrás, dejando los dientes a la vista, y comenzó a hablar con frases cortas y explosivas que salían con una especie de siseo entre los dientes y el cigarrillo inclinado hacia arriba.

—Camaradas, nos hemos reunido por orden del camarada general Serov. El general Serov, en nombre del Presidium, me ha ordenado que ponga en conocimiento de ustedes ciertos asuntos de política de Estado. Tenemos, pues, que conferenciar y aconsejar una línea de acción que sea acorde con esta políti¬ca y la refuerce. Debemos llegar a una decisión lo antes posible. Pero nuestra decisión será de una importancia suprema para el listado. Deberá ser, por lo tanto, una decisión correcta.

El general G. hizo una pausa para permitir que los presen-tes se hicieran cargo del significado de sus palabras. Con lenti¬tud, examinó uno a uno los rostros de los tres oficiales superio¬res que se encontraban ante la mesa. Sus ojos le devolvieron miradas imperturbables. Por dentro, estos hombres tremenda¬mente importantes se sentían inquietos. Estaban a punto de tni- iar a través de la puerta del infierno. Estaban a punto de ente¬larse de un secreto de Estado, el conocimiento del cual podría, en el futuro, tener las más peligrosas consecuencias para ellos. Sentados en la silenciosa sala, se sentían bañados por la espan¬tosa incandescencia que irradia del centro de todos los poderes en la Unión Soviética: el Presidium Supremo.

La última ceniza cayó del extremo del cigarrillo del general G. sobre su casaca. Él se la sacudió y arrojó la boquilla a la pa¬pelera de documentos secretos descartados que había junto a su escritorio. Encendió otro cigarrillo y volvió a hablar con el mis¬mo entre los dientes.

—El consejo que debemos dar tiene relación con un nota¬ble acto de terrorismo que debe llevarse a cabo en territorio enemigo dentro de tres meses.

Seis pares de ojos inexpresivos estaban clavados en el jefe de SMERSH, esperando.

—Camaradas —el general G. se repantigó en su silla y su voz se volvió explosiva—, la política exterior de la URSS ha en¬trado en una nueva etapa. Hasta ahora, era una política «dura»... una política —se permitió la broma a costa del nombre de Sta¬lin— de acero. Esta política, por eficaz que fuera, había creado tensiones en Occidente, sobre todo en los Estados Unidos, que estaban volviéndose peligrosos. Los estadounidenses son un pue¬blo impredecible. Son histéricos. Los informes de nuestra Inteli¬gencia comenzaron a señalar que estábamos empujando a los Estados Unidos al borde de un ataque atómico sorpresa contra la U.R.S.S. Ustedes han leído esos informes y saben que digo la verdad. No queremos una guerra semejante. Si debe haber una guerra, seremos nosotros quienes escojamos el momento. Ciertos grupos estadounidenses poderosos, sobre todo el grupo del Pen¬tágono liderado por el almirante Radford, contaron con el propio éxito de nuestra política «dura» como ayuda a sus violentos pla¬nes. Así pues, se decidió que había llegado la hora de cambiar nuestros métodos, al tiempo que conservábamos los objetivos. Se creó una política nueva: una política «dura-blanda». Ginebra fue el comienzo de esta política. Nos mostramos «blandos». China amenaza las islas de Quemoy y Matsu. Nos mostramos «duros». Abrimos nuestras fronteras a muchísimos periodistas, actores y artistas, aunque sabíamos que muchos de ellos eran espías. Nues¬tros líderes ríen y cuentan chistes en las recepciones de Moscú. En medio de los chistes nosotros lanzamos la bomba de prueba más grande de todos los tiempos. Los camaradas Bulganin, Krus- chov y el camarada general Serov —el general incluyó cuidado- sámente los nombres para que quedaran grabados— visitan la In¬dia y Oriente e injurian a los ingleses. A su regreso, mantienen conversaciones amistosas con el embajador británico acerca de la próxima visita de buena voluntad que harán a Londres. Y así nos comportamos en los demás ámbitos: la caricia y el garrote, la sonrisa y el ceño fruncido. Y Occidente está confundido. Las ten-siones se relajan antes de tener tiempo de consolidarse. Las reac¬ciones de nuestros enemigos son torpes; su estrategia, desorgani¬zada. ¡Entre tanto, el pueblo llano ríe de nuestros chistes, vitorea a nuestros equipos de fútbol y babea de deleite cuando ponemos en libertad a unos cuantos prisioneros de guerra a los que ya no deseamos alimentar!




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