El hombre desde antiguo cobijó su espíritu bajo la piedra



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Realidad y Realismo

ANA MARÍA PRECKLER

L

ARTE


a verdad es siempre verdad, lo que es relativa es la realidad. Ortega y Gasset realizó unos descubrimientos fabulosos sobre la realidad, continuados por su discípulo Julián Marías, que culminarían en la realidad radical que es la vida humana donde se hallan radicadas todas las demás realidades. Tal y como el filósofo escribe en su libro Meditaciones del Quijote, la realidad se ofrece a veces clara y diáfana, patente, sin que requiera mayor esfuerzo que verla u oírla. Es el mundo de las puras impresiones. Pero existe otra realidad, tan real como esa, una realidad latente, una realidad superior, un mundo profundo tan claro como el superficial, que es preciso descubrir con esfuerzo pues no se muestra fácilmente y exige más de nosotros. Es un transmundo constituido por estructuras de impresiones. Mundo y transmundo componen el mundo real en que vivimos. Ese dualismo del que habla Ortega entre la realidad patente y la latente es uno de los misterios fascinantes de la vida. Y ocurre que sin la realidad latente, de naturaleza espiritual e inmaterial, aquella que desde el fondo del ser humano sublima e idealiza la nuda realidad patente, y la eleva y transfigura permitiendo la ensoñación y la metáfora, sin esa latencia la vida humana resultaría muy árida.


El arte ha intentado de continuo interpretar la realidad a través de distintos estilos, pero ninguno como el Realismo lo logró de forma más perfecta. Heredero del primer realismo Barroco, el Realismo naturalista nació a mediados del siglo XIX, sustentado en el Positivismo filosófico que no admitía más verdad que aquella que se pudiera comprobar con los sentidos. El Realismo reflejó la realidad con la perfección de una fotografía. Plasmó la realidad tal cual era, con toda exactitud, con fidelidad absoluta. Y resultó un arte hermoso pero superficial, pues la realidad que plasmaba era clara y diáfana, aquella que según Ortega se ofrecía patente, sin requerir mayor esfuerzo que verla y contemplarla. Era una realidad desprovista de latencia, de misterio, de trascendencia.
Si el Realismo naturalista decimonónico plasmó la realidad patente con nitidez fotográfica, ¿ qué ocurrió con aquella otra realidad, la latente, con aquel transmundo interior que no se ofrecía fácilmente a los sentidos? La respuesta requeriría casi un tratado de arte, un esfuerzo similar al que se necesita para descubrir las realidades latentes.
Baste decir que muchos estilos artísticos y artistas intentan, o no lo intentan pero lo consiguen, captar esa latencia de la realidad. Así lo harían El Greco, Velázquez y Goya, que llegaron a mostrar la espiritualidad, la vida interior y la psicología de sus personajes; Picasso y el Cubismo, que enseñaron la otra cara de la naranja orteguiana, bien fuera que descuartizada geométricamente; el Surrealismo, que mostró el trasfondo subconsciente de la persona; o el Expresionismo, que proyectó el sufrimiento, la tortuosidad y el hondón del alma del ser humano. Esa realidad latente la reflejarían también otros artistas en el siglo XX, quienes rompieron los esquemas del Realismo decimonónico y, sin dejar de ser realistas, evidenciaron una realidad más allá de la realidad. El Realismo, pues, continuó durante el siglo XX a través de diversas manifestaciones, aunque no adquirieron cuerpo estilístico, siendo formas independientes y personales, hasta llegar al Hiperrealismo que sí adquirió ese cuerpo estilístico por ser la más absoluta expresión de la realidad, plasmándola con una similitud e identidad tal que la hizo curiosamente irreal.
Pues bien, algunos de esos artífices realistas del siglo XX, de los que podríamos denominar trascendentes porque van más allá de la estricta realidad patente, son los que se exhiben conjuntamente en el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid, en la exposición Mimesis. Realismos Modernos. 1918-1945, desde el 11 de octubre hasta el 8 de enero de 2006. Se trata de artistas de entreguerras, que trabajaron en un período difícil, entre la Primera y Segunda Guerra Mundial, y vivieron el drama y sufrimiento inconmensurable que supuso la Guerra del 14, con una Europa enloquecida que luchaba consigo misma, que se desgarraba y destruía sin remedio, y se dividía en dos bandos irreconciliables durante cuatro largos años. Y cuando al fin llegó la paz y los tratados que la sustentaron, resultó una paz endeble y efímera que cambió el mapa europeo definitivamente. Así, el período de entreguerras vendrá a ser un tiempo ficticio, débil, turbulento, inestable, en el cual se van a ir gestando los nacionalismos exacerbados, las dictaduras virulentas, la depresión económica, y los odios irremediables entre las naciones vencedoras y las perdedoras. Alemania destruida y empobrecida, considerada la gran culpable de la Guerra del 14, bajo unas condiciones de paz que le exigían unos pagos imposibles, será el país más afectado por los problemas económicos y la inflación desbordada, así como por los disturbios y las revoluciones sociales; es el período político de la República de Weimar que subsiguió al Imperio de los Hohenzollern, desde 1919 a 1933. Y será en esa Alemania desquiciada y perdida donde se va a gestar la Segunda Guerra Mundial, debido a la obsesión y fanatismo de un hombre de pasado amorfo y sin formación alguna, cuyo único mérito fue llegar a cabo del ejército alemán, siendo austriaco. Un hombre que a través de los años veinte y treinta conseguirá inexplicablemente ir escalando las sucesivas etapas hasta lograr el poder dictatorial, llegando a subyugar de forma enigmática a millones de alemanes que una vez en el poder le obedecerán y aclamarán ciegamente.
El tiempo de entreguerras se convierte así en una pausa entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial; el tiempo suficiente para que Hitler alcance el poder y proceda a conquistar Europa de forma inusitada y total, en tan sólo dos años, con sus famosos “blitzkrieg” o ataques relámpagos, vengándose así de esa Europa que previamente había sometido y humillado a Alemania al finalizar la Primera Guerra Mundial. El tiempo de entreguerras es, por tanto, un tiempo dramático en lo político, lo económico y lo social, en el que se va preparando la segunda contienda que será aun más terrible que la primera. Y sin embargo, en ese tiempo, paradójicamente, resurge el arte en todas sus facetas, resultando un período artístico de extraordinaria riqueza y excelencia, denominado los “dorados veinte”. “Un período que fue crucial para la consolidación del Movimiento Moderno. En ese tiempo, el realismo se manifestó con fuerza en pintura y en escultura, en cine y literatura, constituyéndose en una de las tendencias principales de la Modernidad”. Durante esa etapa que abarca más de dos décadas, el Realismo se constituye como una corriente plural, diversa, independiente, destacando como uno de ellos la “Neue Sachlichkeit” o Nueva Objetividad, un realismo-expresionista alemán, de marcado tono mordaz y antibelicista, con deseos regeneradores y críticos. El desarrollo del Realismo de entreguerras fue objeto de una exposición en 1981, en el Centro Pompidou de París, titulada “Les Realismes 1919-1939”. Ahora se ofrece una selección de ese Realismo en el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid, con Mimesis. Realismos Modernos. 1918-1945, a través de seis “ámbitos temáticos”, correspondiendo tres “ámbitos” a cada una de las entidades.
Lo primero que sorprende de este Realismo es su carácter atípico, extraño, que no representa la realidad objetiva tal cual es, la patente, como había hecho el realismo tradicional, sino que plasma la realidad subjetiva, la que se encuentra latente en la propia realidad y que percibe subjetivamente el artista. Los personajes se muestran, en su mayoría, estáticos, callados, ausentes, en una mezcla rara de expresividad e inexpresividad, con carnosidades morbosas, blanquecinas, transparentes, colores arbitrarios y cortes inusuales. Mas, a pesar de ese silencio, son seres que dan a entender una historia, una narración, un drama, que ha de imaginar o intuir el espectador, lo cual se hace claramente evidente en el pintor norteamericano Edward Hopper, uno de los máximos representantes del realismo que acabamos de explicar. Los objetos, los bodegones y los interiores tendrán también ese carácter insólito y sin embargo real.
En el Museo Thyssen-Bornemisza se establecen las tres primeras secciones temáticas de Mimesis. Realismos Modernos 1918-1945: 1. “Sustancia y forma de las cosas: Naturalezas muertas”. Bodegones a la nueva manera realista. Las cosas se sitúan en un espacio intemporal, mágico. Realismos limpios, con cortes inusuales. Naturaleza muerta, 1920, de Giorgio Morando; Las calabazas, 1919, de Giorgio de Chirico; Naturaleza muerta con máscara, 1930, de Gino Severini; los dos primeros pertenecieron estilísticamente al movimiento vanguardista de la Pintura Metafísica, el tercero al Futurismo. 2. “Identidad y representación: Retratos”. El retrato pierde su función psicológica personal, se abstrae en sí mismo y se distancia del espectador. Realismo expresivo y singular, de nitidez estática, carnosidades mórbidas, blancas, y frecuentes colores arbitrarios. Son representativos Pyke Koch, con Retrato de Asta Nielsen, 1929, y Otto Dix, con Hugo Erfurth con perro, 1926, además de Ch. Toorop, W. Lachnit, F. Casorati, y el mejicano José Clemente Orozco. 3. “Escenarios íntimos: interiores con figuras”. El personaje se muestra ahora en interiores íntimos en los que huye del bullicio, del estrés, de la ciudad. Suelen ser personajes silenciosos, solitarios, ensimismados, acompañados de un entorno que enfatiza su situación. Destacan A. Derain, que ya había figurado en las salas precedentes, con El almuerzo en la hierba, 1938; Jean Fautrier con su escultura en bronce Mujer de pie, 1935; Félix Valloton, con Desnudo con chal azul, 1922; Balthus, con Therése, 1938, una de sus clásicas adolescentes, tan similares a la literaria “Lolita” de Nabokov, y el ya mencionado Edward Hooper, con Muchacha cosiendo a máquina, 1921-22, y Habitación de hotel, 1931, que representa a una mujer en ropa interior, sentada en una cama de hotel con las maletas sin abrir, quien parece leer una carta; la escena sugiere inevitablemente malas noticias, soledad, tristeza, tal vez abandono, acentuados por los grandes planos de color blanco y verde, así como por la simplicidad de las líneas horizontales y verticales, sin apenas decoración; Edward Hopper expresa un sugestivo realismo narrativo. Todavía en el tercer ámbito temático, aparece sorpresivamente un José Gutiérrez Solana con varias pinturas de un fuerte realismo expresionista hispano, colores tenebrosos, marcado acento pesimista y crudas escenas casi todas de prostitutas; así, La coristas, 1927, Las chicas de Claudia, 1929, Mujer ante el espejo, 1931, y Mujeres de la vida, 1917.

En la fundación Caja Madrid se ofrecen las tres secciones temáticas restantes: 4. “Pasiones metropolitanas: Figuras en la ciudad”. La ciudad moderna como “cosmos infinito” o la ciudad psicológica, como reflejo de sus habitantes, de su forma de vivir, de sus alegrías y de sus problemas personales y sociales. George Grosz presenta aquí su impresionante cuadro Metrópolis, 1916, en el que plasma una escena callejera, probablemente de Berlín, con gran abigarramiento de gentes que corren despavoridas en un sentido geométrico romboidal, por lo que el cuadro más que realista podría ser futurista, o Sudende, 1918, lienzo igualmente geometrizado y con figuras dispersas; Max Beckmann ofrece también visiones urbanas a través de colores ácidos, angostura compositiva y marcado expresionismo, aunque lo que muestra en Mimesis son dos cuadros como Carnaval, 1920, y El palco, 1928, que en realidad es el interior de un teatro. 5. “Nuevos paisajes agrícolas, urbanos e industriales”. Evolución y desarrollo del paisaje rural y urbano, y el nuevo paisaje industrial. Cuadros de Miró, Hopper, Derain, Ucelay, Orozco, Siqueiros, etc. 6. “El artista frente a la historia”. El artista denuncia el totalitarismo de la fase de entreguerras. Aquí el realismo se torna finalmente brutal, impactante, crudo, como manifestación de la guerra que se avecina y que el artista presiente en las dictaduras imperantes. John Heartfield lo hace con su serie crítica de grabados expresionistas AIZ, de los años treinta, contra el nacionalsocialismo, el nazismo y las SS, con escenas de crueldad bélica y personajes como Hitler, Goering o Goebels, ridiculizados al máximo con vitriólica mordacidad y aguda premonición en unos años en los que todavía la Segunda Guerra Mundial no había comenzado. Julio González hará lo propio con sus esculturas, óleos y dibujos, de Montserrat, la mujer catalana que simboliza al doliente pueblo español durante y después de la Guerra Civil. Por último, Jean Fautrier, ofrece algunas pinturas de su serie Rehenes, como El rehén fusilado, 1943, y Cabeza de rehén, 1844, extrema simplificación de un rostro que casi llega a la abstracción con materia muy densa.


Una pequeña y deliciosa exposición se ubica muy cerca de la de los Realismos en el Museo Thyssen-Bornemisza, la de Rafael y sus seguidores. Dos únicos óleos del gran renacentista, Retrato de un joven, 1518, y La Virgen con el Niño o Virgen de la Rosa, 1518, junto a una serie de dibujos a la sanguina en sepia, nos transponen a la sugerente Italia del Renacimiento. Con la delicadeza y belleza habituales en el artista se muestra en el joven toda su maestría retratística, y en la Virgen y el Niño su gran faceta de artista expresada maravillosamente en las representaciones femeninas e infantiles, es decir en el rostro de sus hermosas y célebres “madonas”, con niños regordetes que recuerdan a los de Murillo, así como la calidad de las telas que en la Virgen resaltan con un azul bellísimo, para mostrar finalmente en los dibujos su dominio y facilidad en ejecución de los mismos. La exposición se acompaña de obras de alumnos de su taller y seguidores, entre ellos Retrato de una joven, 1520-34, y Virgen con Niño, 1518-20, de Giulio Romano.
En el Museo del Prado hemos podido contemplar algunas obras del realismo barroco del siglo XVII, en la exposición El Palacio del Rey Planeta, del 6 de julio al 27 de noviembre de 2005, en el cuarto centenario del nacimiento de Felipe IV (1605-1665), llamado así por su relación con el sol “cuarto en la jerarquía de los astros”, mostrando la decoración pictórica de los salones del Palacio del Buen Retiro. Dicho palacio fue mandado construir por el rey a instancias de su valido el Conde Duque de Olivares, que siendo levantado como “una finca de recreo donde Felipe IV pudiera descansar, se convirtió inmediatamente en escenario de fiestas y espectáculos como convites, comedias, corridas de toros o naumaquias”. Para la ocasión se encargaron unas 800 pinturas de artistas franceses, italianos y españoles que una vez desaparecido el palacio pasarían a formar parte del Museo del Prado. Dividida en cinco secciones, en los que se resaltan los distintos ámbitos del Buen Retiro, destaca entre ellos el Salón de los Reinos que reúne por primera vez todos los cuadros que se encontraban en la realidad. 1. “El Palacio del Buen Retiro”. Muestra una curiosa maqueta del palacio cuyas dependencias abarcaban parte de los actuales Museo del Ejército, Casón del Buen Retiro y Claustro de los Jerónimos, con las zonas anejas a los jardines del Retiro, además de dos cuadros de Velázquez de tema de ocio, Lección de equitación del príncipe Baltasar Carlos, 1639-40, y Felipe IV cazador, 1634-36. 2. “El Ciclo de Roma Antigua”. Serie de cuadros de costumbres de la Roma Imperial, con timbre realista y no clasicista, un tanto amanerados artísticamente, importantes por la representación de los modos de vida y entretenimientos de la Roma antigua, desde enterramientos funerarios hasta luchas de gladiadores. Los más destacados, Combate de mujeres, 1636, de Ribera, y La caza de Meleagro y Atalante, 1634-39, de Poussin, junto con otros de pintores menos conocidos como F.G. Romanelli, A. di Liote, A. Falcone, D. Gargiulo, V. Codazzi, P.D. Finoglia, G. Janfranco, D. Z. “Domenichino” y M. Stanzione. 3. “El Conde Duque, furias y bufones”. La sala se compone con cuatro de los seis bufones pintados por Velázquez, El Calabacillas, Pablillo, Barbarroja y D. Juan de Austria, 1626, dos cuadros de Ribera de la Serie Furias y Condenados, Ticio e Ixión, 1632, y el Retrato del Conde Duque de Olivares, 1633-35, de Velázquez. 4. “El Salón de los Reinos”. El más relevante, presenta toda la colección de cuadros que figuraba en el propio Salón de los Reinos (hoy Museo del Ejército) del Palacio, cuya importancia queda refrendada en el mero enunciado de los artistas, con Retratos ecuestres de la familia real, de Velázquez, la serie de los Trabajos de Hércules de Zurbarán, y lo más destacado, los espectaculares y grandiosos cuadros de batallas, entre los cuales se encuentran El Socorro de Gerona, 1625, de Pereda, La recuperación de Bahía, 1634, de J. Baustista Maino, La recuperación de la isla de San Cristóbal, 1629, de Félix Castelo, La Victoria de Fleurus, 1622, y El socorro de la plaza de Constanza, 1637, ambos de Vicente Carducho, La rendición de Juliers, 1622, de J. Leonardo, La recuperación de S. Juan de Puerto Rico, 1625, de Eugenio Cajes, y La rendición de Breda o “Las Lanzas”, 1625, de Velázquez. 5. “La galería de Paisajes”. También muy destacada por exhibir paisajes de dos grandes pintores franceses con gran repercusión y seguidores posteriores, Nicolás Poussin, con Paisaje con S. Jerónimo, y Claudio de Lorena (el inspirador de Turner), con cinco paisajes de formato vertical, grandes celajes y luces tornasoladas y cenitales, Tobías y el Ángel, El entierro de S. Serafín, El Arcángel Rafael y Tobías, Las tentaciones de S. Antonio Abad y Paisaje con Moisés salvado de las aguas. En definitiva, una exposición muy interesante pues permite la reconstrucción al menos de la decoración pictórica del desaparecido Palacio del Buen Retiro, siempre un tanto misterioso y falto de documentación para el espectador medio, con la única observación, a nuestro entender, de ocupar la exposición la gran sala abovedada central del Museo del Prado que debería permanecer fija y no con exposiciones transitorias, aunque quizá esta exposición necesitaba de la grandeza de la sala para plasmar la del palacio.
La Fundación Juan March ha conmemorado con una exposición las bodas de oro de la institución. Para ello se han traído algunas obras maestras que fueron exhibidas en exposiciones anteriores a lo largo de esos cincuenta años, mediante una estudiada selección con la que se ha querido efectuar un recorrido a través de los principales estilos del arte contemporáneo y sus mejores representantes. Celebración del Arte. Medio siglo de la Fundación Juan March, se compone de 60 obras, 51 pinturas, 6 fotografías y 3 esculturas, realizadas entre finales del siglo XIX y finales del siglo XX, por 57 artistas, todos ellos artífices magistrales de la modernidad y del arte del siglo XX. Una sola obra, ya expuesta en su día en la Fundación, representa a cada artista, con la excepción de los fotógrafos que presentan dos. De esta manera, se encuentran en la sala desde los Impresionistas y post-Impresionistas como Manet, con El pescador, 1862, Monet, con Glicinias, 1919-20, Degas, con Bailarinas en el foyer, 1895-96, Gauguin, con Naturaleza muerta con aves exóticas, 1902, y Cézanne, con Curva en la carretera a Montgeroul, 1898; los Fauve, como Matisse, con Interior con estuche de violín, 1818-19; los Nabi, como Bonnard, con Frutas variadas en un frutero, 1934; los expresionistas, como Munch, con Verano en Krager, 1911, Ernst Ludwig Kirchner, con Desnudo recostado frente a un espejo, 1909-10, Alexej von Jawlensky, con Lola, 1912, Max Beckmann, con Gran paisaje de la Costa Azul, 1940, Emil Nolde, con Ola gigante, 1948, y Oskar Kokoschka, con La madre del artista, 1917; los Modernistas, como Gustav Klimt, con Adán y Eva, y Egon Schiele, con Retrato de Trude Engel, 1915; los Cubistas, como Braque, con La guitarra, 1912, Picasso, con Soporte de pipas y naturaleza muerta, 1911, Juan Gris, con Garrafa y bol, 1916, Julio González, con Gran personaje de pie, 1934, Léger, con Elemento mecánico sobre fondo rojo, 1924, y Delaunay, con Mujer desnuda leyendo, 1915-16; los abstractos, como Mondrian, con Composición II, 1920, Malevich, con Cuadrado negro, 1929, Paul Klee, con Homenaje a Picasso, 1914, Nicholson, con Geranio, 1952, Pollock, con Substancia luminosa, 1946, Rothko, con Beige, amarillo y purpura, 1956, Sam Francis, con Rojo y rosa, 1950, Diebenkorn, con Ocean Park nº 62, 1973, de Kooning, con Sin título, 1976, y Motherwell, con Elegía a la República española, 1983-85; los Dadaístas, como Kurt Schwitters, con Azul, 1923-26; los Surrealistas, como Chagall, con Sobrevolando la ciudad, 1914-18, Max Ernst, con Paisaje con conchas, 1928, Dalí, con La isla de los muertos, 1932, Magritte, con La llave de los campos, 1936, Miró, con Composición con cuerdas, 1950, Calder, con Pez ángel rojo móvil, 1957, y Giacometti, con Hombre andando, 1960; los artistas Pop, como Warhol, con Retrato de Leo Castelli, 1875, Lichtenstein, con Chica con lágrima, 1977, y Wesselmann, con Pintura de dormitorio nº 13; además de otros artistas relevantes del siglo XX que no citamos por no hacer la lista interminable. En todo caso, la exposición conmemorativa de la Fundación Juan March supone una magnífica síntesis práctica de la historia del arte contemporáneo, al recopilar las obras de los más destacados representantes de los movimientos habidos desde finales del XIX hasta principios del XX; lo que en definitiva significa que la fundación a lo largo de estos cincuenta años se ha dedicado ejemplar y didácticamente al arte moderno, mostrando siempre, con gran calidad expositiva y rigor, lo mejor de ese arte, a veces muy difícil de contemplar en los museos españoles, lo que hay que agradecer muy sinceramente a la entidad.
Para finalizar, cabe hacer mención a una exposición celebrada en la Casa de América, Frida Kahlo. La gran ocultadora, del 23 de septiembre al 20 de noviembre de 2005, que sin ser espectacular, por tratarse no de su obra sino de fotografías realizadas a la artista por parte de amigos y fotógrafos eminentes, resulta altamente interesante para conocer la psicología y la vida de esta sugestiva mujer. En efecto, se trata de una exposición fotográfica y por tanto las obras de Frida Kahlo no están presentes, pero está presente la artista y la mujer, pues a través de las diferentes instantáneas se puede ir descifrando la personalidad enigmática y fascinante de la artista. Es sabido que Frida Kahlo nació en México, en 1907, de padre alemán y madre mejicana, y que debido a un gravísimo accidente de autobús en su juventud quedó con una espalda maltrecha que le produjo dolores y complicaciones a lo largo de toda su vida, muriendo todavía joven en 1954. Es sabido asimismo que Frida se casó con el también artista Diego Rivera, con un amor fuertemente apasionado y turbulento, matrimonio que además de intensa felicidad le reportó constantes disgustos debido al carácter mujeriego de Rivera y a sus numerosas infidelidades, una de ellas con su propia hermana. Pero Frida fue una gran amante de la vida y de sus pasiones y aceptó el lado malo de ésta en aras de su lado bueno. Así su enfermedad y sus problemas con Diego no le impidieron vivir la vida hasta el último momento con extremada vitalidad, sin dejar de luchar contra las adversidades. Su dedicación a la pintura devino gracias a su postración primera, para irse convirtiendo en una vocación absoluta que la artista expresó muy peculiarmente con una obra entre ingenuista y surrealista, de marcado acento expresivo y real, en la que hace constantes alusiones a su enfermedad y a su marido, sus auténticas obsesiones, así como una galería de autorretratos de gran realismo en los que se definiría a sí misma mejor que en una obra escrita, pintándose incluso con sus propios defectos físicos.
Autodenominada sagazmente por ella como “la gran ocultadora”, Frida vivió siempre rodeada de fotógrafos, bien fuera por ser hija de uno de ellos bien fuera por sus amigos o bien desconocidos que acudían a fotografiarla atraídos por su sugestiva y mítica personalidad. De esta forma, Frida Kahlo fue fotografiada por las más destacadas figuras del retrato y de la foto de su tiempo; tales como Manuel Álvarez Bravo, Edward Weston, Martin Munkacsi, Bernard Silberstein, Nickolas Muray, Fritz Henle, Gisèle Freund, Imagen Cunningham, Juan Guzmán, y otros. La mayoría de las fotografías presentadas son en blanco y negro, lo que aumenta, si cabe, su belleza, apareciendo las más de las veces sola, y en otras pocas acompañada de su familia o de Diego Rivera. Son fotografías que plasman la realidad interior más que la exterior de la artista, su rica y atractiva personalidad. Las pocas fotos que se muestran en color pertenecen casi toda a Nickolas Muray, quien la retrata con hermoso y colorista traje típico de la zona de Tehuantepec. Después de visitar la exposición salí con grandes deseos de contemplar su pintura, y ante la imposibilidad de hacerlo decidí volver a ver la película de su vida, fácilmente asequible en cualquier videoclub, visión que recomiendo desde estas líneas a los lectores ya que se trata de una excelente película, dirigida por Julie Taymor e interpretada por Selma Hayek, que sobre todo plasma a la perfección la vida de esta artista que sin ser grande entre las grandes, sí tuvo una personalísima y extraordinaria singularidad artística.






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