El hombre como persona se posee a sí mismo en el aspecto somático en la medida en que posee su propio cuerpo y se domina a sí mismo al dominar el propio cuerpo



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COLEGIO CAMPESTRE HORIZONTES

TALLER DE RELIGIÓN GRADO 11º - EL CUERPO
1. La persona alguien corporal

El hombre como persona se posee a sí mismo en el aspecto somático en la medida en que posee su propio cuerpo y se domina a sí mismo al dominar el propio cuerpo». En resumen, el cuerpo es la dimensión material-orgá­nica de la persona, su primera manifestación y su faceta más externa, pero también tiene un carácter subjetivo, psíquico y hasta espiritual. El cuerpo no es ni una cosa, ni un instru­mento al modo platónico, es el mismo hombre en su aparición externa, la frontera física de la persona, el horizonte entre el mundo material y el misterio del yo personal. Por eso se le debe un respeto ya que es la epifanía de la persona. Tocando un cuerpo tocamos a la persona, acariciando un cuerpo acari­ciamos a la persona, despreciando un cuerpo despreciamos al hombre o a la mujer que son ese mismo cuerpo.


La relación entre el cuerpo y la persona, o entre el alma y la materia, ha estado sujeta a lo largo de la historia a muchas interpretaciones y no todas han sido correctas o equilibradas. En algunos casos se ha primado excesivamente lo espiritual sobre lo corporal, en otros, como el marxismo, ha sucedido lo contrario, y en otros se han pri­mado las dos cosas pero ha salido perjudicada la unidad. Vea­mos ahora algunas de las posturas más importantes.
a) Dualismos

Las posturas dualistas han explicado al hombre a través de su división en dos realidades separadas: la materia y el espí­ritu. Se trata, ciertamente, de una doctrina incorrecta, pero se puede decir que tiene una buena «justificación» porque re­sulta realmente sorprendente que en el hombre convivan de manera armoniosa dos realidades, el espíritu y la materia, que son, en principio, tan antitéticas que han permitido a Ortega, con hermosa expresión, definir al hombre como «un centauro ontológico (ya que) media porción de él está inmersa, desde luego, en la naturaleza, pero la otra parte trasciende de ella».


Existen muchas modalidades de dualismo. Un ejemplo paradigmático de dualismo espiritualista lo proporciona Platón. «También nosotros, afirma en el Gorgias, en realidad quizá estamos muertos. También yo he escuchado decir a los sabios que nosotros, ahora, estamos muertos, y que el cuerpo es para nosotros una tumba»8. Para Platón, lo esencial del hombre es el espíritu, el alma, hasta el punto de que considera que las almas preexisten a los cuerpos en algún lugar y, solo más tarde, son encerradas dentro de un cuerpo y enviadas a la tierra. Este encerramiento es un mal, una condena de la que el alma debe librarse mediante la purificación para retornar a su perfecta situación inicial.
La filosofía platónica impresionó mucho a los primeros teólogos cristianos porque afirmaba con nitidez la espiritualidad y la inmortalidad del alma y porque su visión de la liberación del alma del cuerpo coincidía en parte con algunas prácticas ascéticas. Por eso, corregida de su elemento no cristiano -la preexistencia de las almas- fue asimilada y sostenida por buena parte de los Padres de la Iglesia. De esta manera se lo­gró un instrumento de primera calidad para elaborar teológi­camente el mensaje cristiano pero se introdujo también de manera solapada un cierto espiritualismo y una visión negativa del cuerpo que tardó tiempo en desaparecer y que se puede encontrar, por ejemplo, en textos que manifiestan un cierto rechazo del matrimonio o de la sexualidad. Esta perspectiva, sin embargo, se opone al cristianismo, que es una religión de la encarnación, de un Dios hecho carne. Por eso resultó provi­dencial, para corregir el rumbo, la asunción del aristotelismo, con su carga biológica y realista, que santo Tomás realizó au­dazmente en el siglo XIII.
Otro ejemplo característico de dualismo lo proporciona la filosofía de Descartes9. Su búsqueda de una certeza matemá­tica al modo de las ciencias experimentales le condujo a través de la duda universal al «cogito» (pienso, luego existo) como punto inicial de su filosofía. Pero, una vez sentado este princi­pio, no logró reconectar ese centro espiritual con el mundomaterial y externo, que había sido previamente cuestionado de modo radical. De resultas el hombre quedó dividido en dos «sustancias»: la «res cogitans» (espíritu) y la «res extensa» (ma­teria) conectadas entre sí solo de manera externa a través de la glándula pineal situada en el cerebro. En una línea similar aunque desde perspectivas diversas y propias se sitúan Leibniz y Malebranche. Para Leibniz, el cuerpo y el alma son dos sus­tancias distintas pero, al contrario de lo que sucedía en Des­cartes, no interactúan entre sí, sino que siguen procesos sepa­rados e independientes aunque paralelos de acuerdo con su teoría sobre la armonía preestablecida. Malebranche, por su parte, en línea con su ocasionalismo, considera que el cuerpo y la mente evolucionan de manera separada e independiente pero se relacionan a través de la mediación de un ser divino que interviene en aquellas ocasiones en que la mente influye sobre el cuerpo.
b) Monismos

Otro modo histórico de resolver el problema de la rela­ción alma-cuerpo ha sido el de anular uno de los miembros de la ecuación. Es evidente que, eliminando o reduciendo al má­ximo bien la corporalidad bien la espiritualidad, se resuelve el problema de la complejidad humana y, por la misma razón, desaparece el problema de explicar la unidad. Según el ele­mento que se elimine, esta opción conduce a monismos de tipo espiritualista o materialista.

En los últimos siglos han prevalecido sobre todo los mo­nismos de tipo materialista, favorecidos por el avance especta­cular de las ciencias experimentales y de la técnica que con­dujeron a una hipervaloración del mundo físico-material.
Las ciencias experimentales se impusieron como el modelo de ciencia por excelencia y el método científico se impuso a su vez como el único método válido de conocimiento. Conse­cuentemente, los saberes que no podían adaptarse a ese mé­todo y las realidades a las que no se podía aplicar -los saberes humanistas, en general perdieron interés e importancia y, en los casos extremos, se dudó de su validez o se rechazó incluso su mera existencia. Un ejemplo paradigmático de esta postura lo ofrece el conductismo, una visión reduccionista de la psicología que intenta limitarse lo más posible a los aspectos cuantificables y medibles del comportamiento humano negando y rechazando cualquier explicación que implique una dimensión interior y trascendente.
Junto al conductismo se podría situar también el biologicismo de Monod (el hombre es biología), otros tipos de cientificismo o el marxismo. En cualquier caso se trata de re-duccionismos de diverso tipo que, cegados por un aspecto material de la persona, pierden de vista la complejidad y la trascendencia11. La irrupción de la posmodernidad, que ha remarcado la complejidad del hombre y la incapacidad de la razón de abarcar la riqueza de lo real, ha permitido superar el racionalismo cientificista de la modernidad y ha puesto en crisis a muchos materialismos teóricos. Hoy en día, sin em­bargo, y favorecido por las comodidades de la sociedad del bienestar, está muy extendido un materialismo práctico entendido como conducta de vida en la que la dimensión espi­ritual está debilitada o ausente.
2. Cómo es el cuerpo humano

a) Cuerpo humano y cuerpo animal

Un primer modo de profundizar en la comprensión del cuerpo humano es establecer una comparación entre el cuerpo de los hombres y el de los animales porque resulta muy iluminadora. Que ambos son muy distintos lo podemos com­probar, por ejemplo, en la valoración que los hombres y los animales dan a los cadáveres. Un documental de la televisión, duro pero real, reflejaba cómo unos cachorros de león se co­mían literalmente a un miembro de su misma carnada con el que habían estado jugando momentos antes pero que había sido matado por un león macho adulto. Esto, evidentemente, es impensable entre los hombres porque, entre otras razones y como hemos visto, el cuerpo manifiesta a la persona. Pero las diferencias entre el cuerpo del hombre y del animal no se limi­tan solamente a este aspecto, sino que se manifiestan en la misma estructura corporal. Aunque compartimos con los anima­les aspectos biológicos relevantes, las estructuras somáticas son muy diferentes.


Probablemente, la principal característica que diferen­cia el cuerpo humano del cuerpo de los animales es la no espe-cializaáón. Todos los animales tienen cuerpos perfectamente preparados para llevar a cabo determinadas tareas. Basta pen­sar, por ejemplo, en el oso hormiguero, en el tiburón, la jirafa o el guepardo. Cada uno de estos animales supera completa­mente al hombre en alguna actividad específica. El hombre, sin embargo, gracias a su falta de especificidad, tiene una flexi­bilidad que, puesta al servicio de la inteligencia y la libertad, y mediante el uso de instrumentos adecuados, le permite reali­zar mejor que los animales las mismas tareas: nadar, despla­zarse velozmente, alcanzar objetos elevados, sumergirse hasta profundidades insospechadas o incluso volar. Por eso se puede decir que la no especialización del cuerpo humano es en cierto sentido como la libertad corporal o la base corporal de la libertad. Si el hombre tuviera un cuerpo muy definido solo po­dría realizar determinadas tareas y su libertad se vería seria­mente coartada. Podemos pensar, aunque sea un absurdo, en un hombre con cuerpo de topo o de hormiga. Por muy potente que fuera su inteligencia o su libertad, jamás lograría desarrollar sus capacidades. Y esto es lo que sucede en buena medida cuando, por accidente u otras causas, el cuerpo sufre lesiones graves como en el. caso de las personas tetrapléjicas. El conflicto entre lo que desearían hacer y lo que de hecho pue­den hacer se convierte en una frustración constante muy difí­cil de sobrellevar.
También el hombre se diferencia de los animales en el tiempo que tarda en llegar a la edad adulta, aspecto que está relacionado con la no especialización. Los cuerpos de los ani­males son muy definidos, de modo que todo lo que pueden hacer y lo que no pueden hacer está ya determinado genética­mente. Su desarrollo consiste fundamentalmente en activar sus instintos. Los animales superiores ya requieren un período de aprendizaje pero en el hombre ese tiempo es máximo puesto que implica procesos muy complejos de coordinación de sus habilidades motóricas, perceptivas y cognitivas.
La no especificación, de todos modos, se conjuga con la existencia de estructuras corporales especiales que solo se dan en el hombre y hacen de él un animal atípico. Algunas de ellas son el bipedismo, el particular campo de disposición visual de los ojos, la colocación de los órganos sexuales que implica una relación sexual cara a cara única en el reino animal, la asime­tría funcional del cerebro, etc. Una de las estructuras corpora­les exclusivas del ser humano más importante son las manos que, en cierto sentido, se pueden definir como la manifesta­ción específica de la no especificidad porque no sirven concre­tamente para nada pero, por su peculiarísima estructura, sir­ven para todo. De ahí que hayan recibido una atención especial por parte de los filósofos, que se han referido a ellas como «instrumento de instrumentos» o también como «ins­trumento inespecífico». También se puede hacer referencia a la estructura vocal, que es singular y sofisticada (labios, dientes, cuerdas vocales, etc.) y permite al hombre emitir sonidos y pa­labras y crear los lenguajes12.
Este conjunto de cualidades nos permite concluir que el cuerpo humano es distinto del animal y, si quisiéramos poner de relieve el elemento central de todas estas características, po­dríamos afirmar, siguiendo a Yepes, que, desde el punto de vista estructural, el cuerpo humano se diferencia del animal en que «está configurado para cumplir funciones no orgánicas»13', es decir, para permitir que la persona exprese y desarrolle sus po­sibilidades psíquicas y espirituales a través de la corporalidad.

b) La actividad corporal y su relación con el yo

Otro aspecto importante del cuerpo humano es su acti­vidad. El cuerpo no es algo inerte ni meramente exterior, es una realidad viva, con una cierta autonomía y leyes propias. El estudio detallado del funcionamiento del cuerpo corres­ponde, de todos modos, a la medicina y a otras ciencias. Desde una perspectiva filosófica lo que nos interesa es constatar de modo sumario una serie de cuestiones.


La primera y fundamental es que existen diversos nive­les de actividad biológica y corporal en los que el yo, a través de su voluntad, influye de manera distinta:
— en algunos niveles, esa intervención es mínima: (al­gunos tipos de reflejos, circulación de la sangre, digestión, procesos hormonales, reacciones instintivas ante estímulos, etc.). En estos casos, el cuerpo, bajo el control del sistema nervioso autónomo, responde a los estímulos de manera indepen­diente de la voluntad;
— en otros niveles intermedios, la relación cuerpo-mente es mayor. Hay procesos semicontrolados por la persona como la respiración y hay otros que dependen totalmente del sujeto como la actividad motórica, la parte externa de la ali­mentación, etc.

También es importante recalcar que nunca se dan proce­sos ni meramente corporales ni meramente espirituales. Ambos se ne­cesitan mutuamente y se influyen de modos muy diversos. Los procesos más inferiores -biológicamente hablando- necesitan que la persona esté viva para que se produzcan ya que, cuando muere, cesan al cabo de muy poco tiempo, lo que significa que no son autónomos de manera completa. Y, al revés, los procesos psíquicos y espirituales necesitan siempre una base corporal. Para pensar el cerebro debe funcionar correcta­mente. Resulta dramático comprobar las terribles consecuen­cias que puede tener un ictus cerebral. En unos minutos tene­mos ante nosotros «otra persona»: con dificultades de habla, de locomoción, con la afectividad alterada, con dificultades para razonar, etc. De igual modo necesitamos que los ojos fun­cionen correctamente para poder ver y hay problemas de tipo meramente biológico o químico que puede alterar el compor­tamiento (la falta de serotonina, por ejemplo, produce depre­siones) .


La relación entre cuerpo y yo, por otro lado, no se limita a una mera necesidad recíproca; es algo misterioso y profundo que nace de las múltiples y escondidas relaciones que existen entre la subjetividad humana y los diversos niveles de la corpo­ralidad14. Las necesidades, alegrías y males de uno de los ele­mentos se transmiten de manera oculta pero decisiva a las ex­pectativas y posibilidades del otro. Estar sano, poder desplegar de manera controlada y eficaz las posibilidades del cuerpo, sentir el placer del bienestar corporal es una situación que to­dos deseamos y que contribuye eficazmente al bienestar global de la persona y a su actitud ante la vida: el «mens sana in corpore sano» del que hablaban los clásicos. La enfermedad, por el contrario, es un lastre duro de llevar y perjudica toda nues­tra actividad: nos sentimos viejos, cansados, a la defensiva frente al mundo que nos supera.
Pero no solo el cuerpo influye en el alma, también su­cede lo contrario. La influencia de las enfermedades mentales en algunos aspectos de la actividad corporal es algo conocido15 pero existen caminos todavía más ocultos aunque reales. To­dos conocemos o hemos oído hablar, por ejemplo, de perso­nas que «han renunciado» a vivir porque los seres queridos y los amigos que les rodeaban han fallecido y consideran que ya no tienen nada que hacer en la tierra. El organismo de algu­nas de esas personas podría vivir durante más tiempo, incluso años, pero influido misteriosamente por la decisión del sujeto se consume rápidamente y se extingue.
c) La dimensión antropológica del cuerpo

Por último vamos a considerar lo que hemos denomi­nado dimensión antropológica del cuerpo y que podemos defi­nir como la relación que establecemos con nuestro cuerpo y con el de los demás. Es un aspecto esencial de la vida que tiene multitud de facetas. Apuntaremos ahora algunas de las más importantes.


El rostro: en los rostros de los demás descubrimos su intimidad, su actitud ante nosotros, su estado de ánimo. Es «el centro de organización de toda la corporeidad»16, afirma Marías, como el resumen de la persona. La cara es el espejo del alma, dice con razón el refrán, y también se suele afirmar que, a partir de cierta edad, el hombre es responsable de su rostro porque allí queda fijada su crispación o su alegría, su actitud desenfadada o tensa, el cansancio de la vida, la desesperación o la esperanza17. Por eso, en el rostro, y, especialmente en los ojos, encontramos a la persona. De ahí la trascendencia de las miradas. Miradas agresivas o miradas de odio, de fascinación o sorpresa, de recelo o indiferencia. Podemos despreciar a al­guien con nuestra mirada o, todavía más, no mirándolo, como si no existiera o quisiéramos reducirlo a la nada, mientras que los enamorados, por el contrario, no pueden más que mirarse fijamente porque buscan penetrar en el alma del otro a través de sus ojos. Por eso mismo, una mirada directa de un descono­cido nos alerta puesto que parece pretender una intimidad a la que no tiene derecho y la evitamos cuando, por casualidad, estamos obligados a compartir un espacio limitado (un ascen­sor, una mesa) porque no deseamos ni sabemos compartir una intimidad que la mirada parecería sugerir.
La belleza (del hombre y de la mujer) es otra de las dimensiones esenciales del cuerpo. Fascinante y arrebatadora, ha inspirado a los artistas de todos los tiempos y puede marcar la vida de las personas e incluso influir en el destino de la historia, como nos enseñan Helena de Troya o Cleopatra. La be­lleza marca, en principio, para bien, pero no necesariamente si no se la sabe integrar armónicamente en el conjunto de la vida. Una persona hermosa siempre crea un espacio especial a su alrededor: atrae, levanta pasiones, admiración, enciende sentimientos encontrados. Tiene el mundo a favor pero tam­bién puede ser convertida en un mero objeto de admiración o deseo y sucumbir al peso de su belleza. Marilyn Monroe no es el único caso. Y lo contrario sucede con la fealdad, especial­mente en el caso de las mujeres. Puede ser una remora cons­tante que, sin ningún motivo profundo más allá del mera­mente físico, dificulte la relación social y lastre la vida18. Las habilidades y capacidades físicas también pueden influir en la vida de modo similar a la belleza, quizá en ese caso especial­mente en los hombres. Tener reflejos, fortaleza, habilidades, sobresalir en el deporte, abre o cierra campos de la existencia, conforma actitudes seguras o agresivas o, por el contrario, dé­biles y timoratas y, en ocasiones (las estrellas del deporte, por ejemplo), proyecta a las personas por caminos únicos y privile­giados.
El vestido es otro fenómeno -específicamente humano en este caso- relacionado con el cuerpo. Nos vestimos para protegernos del medio ambiente pero también por otros moti­vos: para ocultar nuestra intimidad corporal porque no quere­mos que nuestro cuerpo, y especialmente los órganos sexuales, estén visualmente disponibles para cualquiera: es la realidad del pudor que se ha vivido en todas las culturas19. Y nos vesti­mos también para mostrar nuestra manera de ser, para ador­narnos y realzar determinados aspectos de nuestro cuerpo, para seducir o para llamar la atención20.
El contacto corporal buscado (no el choque incontrolado, el encontronazo) es muy importante porque pone en relación especialmente directa y profunda a las personas: una caricia, un beso, no son sustituibles por otro tipo de relación. Y a pesar de ser «físicas» o «corporales» son particularmente profundas porque permiten acceder de una manera misteriosa a la intimidad del sujeto. Se acaricia a quien se quiere: a la madre o a la persona que se ama, y se acaricia también a aquellos se­res que parecen necesitar vitalmente de la ternura: los niños, afectivos y frágiles, inocentes y confiados. Cada parte del cuerpo tiene, además, un significado propio. No significa lo mismo besar en los labios que besar en la frente o en la mejilla; a su vez, hay modos y modos de besar: con afecto, con delicadeza, con pasión, con indiferencia o con traición como Judas. La importancia del contacto corporal también se vislumbra de modo doloroso cuando no es deseado sino impuesto. El drama de una paliza, de una violación no afecta solo al cuerpo sino al alma.
Todos estos aspectos, y otros que se podrían añadir, tienen su reflejo en lo que se denomina lenguaje corporal. Mediante el cuerpo comunicamos infinidad de mensajes no ver­bales: inquietud, desasosiego, rechazo o atracción. Es un tipo de mensaje a veces más cierto que las palabras pues al cuerpo, en determinadas circunstancias, le resulta más difícil mentir que a la mente. Todos hemos pasado por la experiencia de ver a una persona que miente ponerse colorada o a otra que dice estar tranquila pero que se agita moviendo nerviosamente ma­nos o piernas. Una manifestación especialmente hermosa del lenguaje corporal es la danza, en la que se despliegan artística­mente unificadas la belleza del cuerpo y su capacidad de co­municación. El baile es más bien el resultado de una necesidad expresiva y está unido a la música: la alegría de moverse, de sentirse vivo, dinámico y libre, de notar el propio cuerpo y ser capaz de dominarlo, de atraer al hombre o a la mujer mediante movimientos corporales, son algunos de los elementos que el baile pone en juego de manera única.
Por último, un aspecto importantísimo en la antropología del cuerpo es la diferenciación entre el cuerpo del hombre y de la mujer22:
1) El cuerpo del hombre y de la mujer son distintos de manera profunda, no solo superficial. Nos diferenciamos no solo en el tamaño, la fuerza o los órganos sexuales, sino en la es­tructura ósea, la actividad hormonal, las características del pelo, la capacidad de coordinación motórica o la localización del centro de gravedad. Por eso, las dimensiones y acciones corporales -la belleza, la sexualidad, la capacidad física, el sen­tido de determinadas gestos o acciones- no tienen el mismo valor ni significan lo mismo en un hombre o una mujer.
2) Pero aún hay más. No solo el cuerpo y determinadas acciones y dimensiones corporales difieren en el caso del hom­bre y de la mujer, sino que la relación global con su cuerpo es distinta. La del hombre es más instrumental: emplea el cuerpo para hacer cosas, desea que funcione bien, que esté a punto, que no falle, pero no está muy pendiente de él ni lo observa detenidamente ni lo analiza con detalle. Le dedica las energías justas para un buen funcionamiento y una presentación adecuada.
La mujer, sin embargo, se identifica más con su cuerpo. Hay una base física ligada a la sexualidad que lo impone de manera ineluctable. La menstruación, con su correspondiente activi­dad hormonal y las consecuencias que desata, afecta y altera el cuerpo de la mujer cada mes; y el embarazo la modifica corporalmente de una manera esencial tanto externa como interna­mente. Pero no se trata solo de una cuestión hormonal, sino antropológica: la mujer, por decirlo de algún modo, es más su cuerpo y por eso dedica tanta atención y cuidado a todas y cada una de sus partes ya que es dedicación a ella misma, algo que, si lo realizara el hombre, se entendería como pérdida de tiempo o afectación. Y quizá, y para concluir, el ejemplo más ilustrativo de todos sea la importancia relativa de la belleza en el hombre y en la mujer. En ambos es importante, pero en el caso de la mujer resulta más decisiva y relevante tanto para su autoestima personal como para sus posibilidades de relación social.

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