El Grupo del Banco Mundial después de la crisis



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El Grupo del Banco Mundial después de la crisis”

















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Reuniones Anuales

Junta de Gobernadores del Grupo del Banco Mundial Discurso de

Robert B. Zoellick Presidente del Grupo del Banco Mundial

Estambul, Turquía 6 de octubre de 2009

El Grupo del Banco Mundial después de la crisis”

Señor Presidente, señores Gobernadores, distinguidos invitados:

Gracias por asistir a estas Reuniones Anuales. Deseo expresar mi especial agradecimiento al presidente de la Junta de Gobernadores, Nguyen Van Giau y a Agustín Carstens por su labor a la cabeza del Comité para el Desarrollo. Agustín y yo hemos estrechado cada vez más nuestros lazos de trabajo en los últimos dos años. Siento un profundo respeto por sus aptitudes como ministro y como líder serio, y me he beneficiado mucho con su colaboración y amistad. Esta es la última reunión de Agustín en calidad de presidente del Comité para el Desarrollo, aunque sé que en el futuro voy a querer apelar a su consejo y buen criterio.

Espero con interés trabajar con el ministro Al-Khalifa, de Bahrein, quien ha aceptado gentilmente asumir la presidencia del Comité. El ministro Al-Khalifa y yo hemos trabajado juntos antes cuando desempeñábamos distintas funciones, y me complace que haya aceptado prestar su colaboración en este momento crucial.

También quiero agradecer a mi colega, Dominique Strauss-Kahn. Nuestras dos instituciones han colaborado estrechamente durante el último año, y he valorado mucho su clarividencia, pragmatismo y sentido del humor.

También deseo expresar mi agradecimiento al Gobierno y al pueblo de Turquía, quienes han sido anfitriones ejemplares de nuestras Reuniones Anuales de este año. Ha sido un placer ver esta ciudad fascinante de un país que ha alcanzado tantos logros. Sobre todo, agradecemos al maravilloso pueblo de Estambul y Turquía.

Quisiera aprovechar esta oportunidad para recordar al ex presidente del Banco Mundial, Robert McNamara, quien dirigió al Banco y sentó las pautas para sus actividades durante 13 años increíbles. Trajo a esta institución gran energía junto con su firme convicción de que los problemas del mundo en desarrollo podían solucionarse. Dejó un formidable historial: la lucha por erradicar y prevenir la ceguera de los ríos; el primer préstamo del Banco para fines de nutrición; el interés especial en los pobres de las zonas rurales; el aumento del financiamiento para el sector agrícola; la publicación del primer Informe sobre el desarrollo mundial, y la apertura de las relaciones entre el Banco y China en un momento decisivo para el desarrollo de ese país, todo lo que se debe tanto a su clarividencia como a su liderazgo.

Robert McNamara reorientó la atención del Grupo del Banco Mundial hacia el objetivo de superar la pobreza en todo el mundo. Continúa siendo nuestra misión primordial en la actualidad, y asegura la vigencia del legado del Sr. McNamara para el desarrollo internacional y el Grupo del Banco Mundial.

Cuando hablé con el Sr. McNamara en sus últimos años, él recordaba con afecto al extraordinario personal del Grupo del Banco Mundial, una verdadera colección de talentos de todas las culturas y lugares. Sus sucesores han expresado el mismo reconocimiento y quiero sumar mi agradecimiento al de ellos. Quienes trabajan en el Grupo del Banco Mundial se han puesto a la altura del desafío de la crisis durante el último año, con energía, creatividad y una gran claridad de objetivos, en beneficio de los países clientes y las poblaciones a los que tenemos el privilegio de servir.

Sentimos mucho pesar por el reciente fallecimiento del ministro Futa, de la República Democrática del Congo. Quisiera sumarme al Presidente en hacer llegar mis condolencias a su familia y al Gobierno de su país.

Quisiera también expresar mi más sentido pésame a la familia del ex ministro de Finanzas de Japón, el señor Nakagawa.

***** ***** *****

Hace un año, nos reunimos en momentos agitados. En la actualidad, esa turbulencia está lejos de haberse aquietado.

Como resultado de la crisis mundial, estimamos que habrá 90 millones más de personas viviendo en condiciones de pobreza extrema a fines del próximo año; hasta 59 millones más de personas perderán sus empleos este año, y tal vez mueran entre 30 000 y 50 000 bebés más en África al sur del Sahara.

Detrás de estos números hay historias de seres humanos:

— Aoy Puon es una obrera de una fábrica de ropa de Camboya. Desde el momento en que se desencadenó la crisis, su salario mensual se ha reducido a la mitad. En la actualidad no puede ganar lo suficiente como para enviar dinero a su familia, que depende de los ingresos que ella obtiene. En el curso del año pasado han tenido que cerrar 48 fábricas de ropa de Camboya; han perdido sus puestos de trabajo 62 000 personas, y el 90% de ellas son mujeres. A Aoy ahora le preocupa que ella vaya a perder su trabajo.

— Zagd es un pastor de Mongolia, donde la crisis financiera ha provocado la caída del precio del ganado. Mientras tanto, el costo de los alimentos aumenta a diario, de manera que Zagd ya no cuenta con los recursos necesarios para poder comprar harina, arroz o azúcar. Los pastores como Zagd no reciben dinero de una pensión ni beneficios sociales; el único recurso del que pueden valerse, en cambio, ante la reducción de los ingresos es reducir el consumo. Como dice un pastor: “No compro azúcar porque es cara. No consumimos hortalizas. No salimos, por lo tanto no necesitamos mucha ropa… En el invierno no compramos leña ni carbón”. — Lindiwe tiene 28 años y vive en un barrio de viviendas precarias de África meridional. Es seropositiva y tiene tuberculosis. En un dispensario de una ONG que brinda tratamiento para estas enfermedades la rechazaron porque los fondos de los donantes se han agotado como consecuencia de la crisis financiera, y la ONG se ha quedado sin medicamentos. Las perspectivas de conseguir más fondos son sombrías: una encuesta reciente del Banco Mundial y Onusida permitió determinar que en uno de cada cinco países en desarrollo se registraron reducciones de los programas de tratamiento antirretrovírico, y se prevé que en 33 países el impacto se agravará en el próximo año. A Lindiwe se le está acabando el tiempo. Ella afirma: “Tengo miedo de morir y dejar sola a mi hijita”. Puestos de trabajo perdidos y vidas destruidas, niñas que se ven obligadas a abandonar la escuela, familias que deben decidir qué comida se saltearán todos los días, niños malnutridos, progreso humano perdido, a veces irremediablemente...

Mientras hablamos de la recuperación, nos rodea el dolor personal de la pobreza.

En ciudades, poblados, valles y llanuras; en las calles principales, y en las comunidades que no tienen calles, escuchamos el mismo estribillo: “No permitan que esto suceda otra vez”.

Lamentablemente, no podemos hacer esa promesa. No podemos hacer que el mundo no sufra crisis. Es más, si hay algo seguro en nuestro futuro es que habrá otro cataclismo. Sin embargo, con liderazgo y cooperación podemos aprender las lecciones que nos dejó la última crisis y mirar hacia el futuro.

Debemos poner la mira más allá de las respuestas en situaciones de emergencia, y hacerlo en las medidas encaminadas a “reconstruir para hacerlo mejor”, medidas que puedan perdurar. La tarea depende de quienes estamos hoy reunidos en este salón. La cooperación en momentos de crisis es lo más fácil. El desafío consiste en seguir cooperando una vez pasado el peligro de caer en el abismo.



Las semillas de la crisis

Antes de mirar hacia el porvenir, debemos entender el pasado. El cataclismo actual no provino de la nada. Sus semillas se plantaron antes.

En los últimos 20 años se produjo un enorme cambio económico. La disolución de las economías de planificación centralizada de la Unión Soviética y Europa central y oriental, las reformas económicas de China e India, y las estrategias de crecimiento de Asia oriental impulsadas por las exportaciones fueron todos factores que contribuyeron a configurar la economía mundial de mercado, que pasó de alrededor de 1000 millones de personas a entre 4000 millones y 5000 millones de personas. Este cambio brinda grandes oportunidades. Sin embargo, también ha sacudido a un sistema económico internacional forjado a mediados del siglo XX, con modificaciones introducidas aquí y allá en los decenios siguientes.

Algunas semillas de los problemas actuales fueron sembradas por las respuestas, o la falta de ellas, ante las crisis financieras de fines de los años noventa. Después de la crisis financiera de Asia, los países en desarrollo decidieron que nunca más querían verse expuestos a las tempestades de la globalización. Muchos de ellos se “aseguraron” mediante la gestión del tipo de cambio y la constitución de grandes reservas monetarias. Algunos de estos cambios contribuyeron a los desequilibrios y las tensiones que se registraron en la economía mundial, pero, durante años, los Gobiernos salieron a flote en condiciones de buen crecimiento en general.

Los bancos centrales no abordaron los riesgos que estaban gestándose en la nueva economía. Al parecer, controlaron la inflación de precios de los productos en el decenio de 1980. Sin embargo, la mayoría de ellos decidió que era difícil identificar y contener con la política monetaria las burbujas de precios de los activos. Aducían que, una vez que estallaran las burbujas, con una baja decidida de las tasas de interés podía controlarse el perjuicio que se produjera en la “economía real” de los puestos de trabajo, la producción, el ahorro y el consumo. Resultó que se equivocaron.

Los encargados de las reglamentaciones y los supervisores de las instituciones financieras perdieron contacto con la realidad. La competencia y la innovación financiera ampliaron mucho los servicios, incluso a empresas y familias a menudo dejadas de lado en el pasado, pero el diseño tentadoramente simple de la “teoría de la racionalidad de los mercados” llevó a los encargados de las reglamentaciones a olvidarse de las realidades de la psicología, la conducta organizacional, los riesgos sistémicos y las complejidades de los mercados y los seres humanos.

Aún mientras aprendemos estas duras enseñanzas, debemos prever y construir.

En 1944, los delegados reunidos en Bretton Woods aprovecharon la oportunidad para configurar un nuevo sistema mundial. Pasaron tres semanas en New Hampshire formulando un sistema de reglas, instituciones y procedimientos por los que se regirían las relaciones comerciales y financieras en la economía mundial.

Ese mundo ha cambiado mucho en los últimos 65 años. La conmoción actual está cambiando el panorama una vez más.

Ya podemos advertir posibles cambios de poder y en las instituciones y la cooperación internacional. Los cambios dependerán tanto de la manera en que las partes se adapten a las

nuevas circunstancias, de la rapidez de la recuperación, del cambio de manos del capital, la tecnología y los recursos humanos del mundo y de lo que hagan con ellos, como de la manera en que los países cooperen o no lo hagan.

El cambio de circunstancias

Hace poco más de 10 años, durante la crisis financiera de Asia, lo que más preocupaba al mundo era si China mantendría su tipo de cambio fijo para ayudar a estabilizar los dominós económicos que se caían. En la actualidad, China ocupa un lugar junto a las principales economías del mundo y actúa como fuerza de estabilización en la economía mundial. A China e India juntas les corresponde el 8,5% de la producción mundial. Ambas naciones, así como otros países en desarrollo, están creciendo considerablemente más rápido que los países desarrollados.

Estados Unidos se ha visto muy afectado por la crisis. Con todo, es una nación con capacidad de recuperación. Su futuro dependerá de si habrá de corregir los grandes déficits, recuperarse sin inflación —ya que esta podría socavar su crédito y su moneda—, y reorganizar su sistema financiero para preservar la innovación y proveer al mismo tiempo a la seguridad y solidez, así como de la manera en que habrá de hacer todo eso. Estados Unidos también debe ayudar a las personas a ajustarse al cambio, de manera que pueda mantener su mayor triunfo: la apertura al comercio exterior, las inversiones, las personas y las ideas.

Japón es el primero de los poderes industriales más importantes en experimentar una conmoción política después de la crisis. La elección del Partido Demócrata de Japón podría crear una democracia sostenible de dos partidos por primera vez en la historia del país.

No está claro si el viejo modelo de crecimiento basado en las exportaciones servirá para satisfacer las necesidades de Japón y el mundo o si será sostenible en una economía mundial más “equilibrada” que no dependa tanto del consumidor estadounidense. El envejecimiento de Japón dará lugar a nuevas necesidades de consumo. Una economía mundial con más polos de crecimiento podría ofrecer a Japón nuevos mercados, especialmente por su asombrosa capacidad para hacer un uso eficiente de la energía.

Las economías de Europa central y oriental sufrieron grandes golpes. Además, sus problemas están lejos de haberse solucionado. La buena noticia estratégica es que los Estados europeos, pese a todo el espectro de sus negociaciones y debates internos, han reconocido su interdependencia. Esta vez, en situaciones difíciles, Europa no se escindió.

Es posible que Asia sudoriental también haya recibido un impulso de la crisis, según la manera en que se aprovechen las oportunidades. La región se encuentra en la encrucijada geográfica entre India y China, dos poderes en ascenso. Al parecer, la Asociación de Naciones del Asia Sudoriental ha reconocido la oportunidad y ha tomado medidas para intensificar su integración y tender al mismo tiempo lazos con otros. Habida cuenta de la considerable importancia relativa de Indonesia y la creciente influencia de Viet Nam, su sólido desempeño en condiciones de conmoción económica contrasta claramente con el registrado hace una década.

Para otros, el impacto a largo plazo de la crisis puede depender de los productos básicos, especialmente el precio del petróleo, que en los últimos años han tenido un alto rendimiento. Cuando el precio del petróleo es de US$100, estos países son fuertes. Cuando es de US$30, casi todos tienen problemas graves. La dependencia del petróleo y los productos básicos es una base precaria sobre la que erigir la economía en un mundo que está luchando por reducir su dependencia de los combustibles fósiles y en el que los precios de los productos básicos oscilan a medida que los inversores entran y salen de una “clase de activos”. ¿Usarán los países estos rendimientos acertadamente a fin de diversificar y forjar un desarrollo económico de base más amplia? Estos son interrogantes para Rusia, los países del Golfo y algunas naciones de América Latina y África.

Antes de la crisis, las tasas de crecimiento de varios países de África estaban alcanzando niveles notables en forma constante. Al salir de la crisis podría haber nuevas oportunidades. Algunas empresas manufactureras de China están analizando trasladar su producción básica a África. Las perspectivas de China con respecto a África, que comprenden el desarrollo de recursos y la infraestructura, probablemente se complementen con las de otros países. Brasil está interesado en compartir su experiencia en materia de desarrollo agrícola. India está construyendo ferrocarriles. Estamos ante el inicio de una tendencia que crecerá.

Entender el cambio de las relaciones de poder es fundamental para configurar el futuro, como lo reconocieron los delegados reunidos en Bretton Woods. La base política de ese sistema se forjó con el intercambio de experiencias en lo que se refiere a la falta de asunción de responsabilidades después de la Primera Guerra Mundial y una clara evaluación de la fuerza después de la Segunda Guerra Mundial. Si se modifican esas relaciones de poder, y la naturaleza de los mercados que las conectan, el sistema parece poco realista.



¿Qué sigue después: la globalización responsable?

El viejo orden ya no existe. No deberíamos perder tiempo ni derramar lágrimas lamentando su desaparición. Ahora debemos volver a construir. Ahora podemos sentar los cimientos de una “nueva normalidad” de crecimiento y globalización responsable.

La globalización ha contribuido a sostener un crecimiento económico alto en muchos países y ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas. Con todo, los crecientes vínculos entre las economías también han desempeñado una función fundamental en convertir a una crisis financiera del mundo desarrollado en una crisis mundial que está haciendo que millones de personas vuelvan a caer en la pobreza. El ritmo del cambio climático se está acelerando y los países más pobres son los más afectados. Enfermedades como el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS) en 2004, o el virus de la gripe por A (H1N1) este año, empiezan como brotes localizados pero rápidamente se convierten en amenazas mundiales. La virulencia de estas enfermedades se ha intensificado debido al aumento de los viajes y a la apertura de las fronteras.

No podemos ni debemos deshacer lo andado en materia de globalización, ni los ciudadanos nos piden que lo hagamos. Sin embargo, podemos y debemos reformar el proceso para poner coto al daño que puede infligir, al mismo tiempo que ampliamos los enormes beneficios que una globalización responsable puede reportar a millones de personas.



¿Qué haría falta para construir una globalización responsable?

En primer lugar, debemos admitir que los países en desarrollo son fundamentales para la solución que encontremos hoy, para el progreso del mañana y la prosperidad en los años venideros.

Hace dos semanas, en Pittsburgh, los líderes del mundo acogieron al Grupo de los Veinte (G-20) como el principal foro para la cooperación económica internacional entre los países industrializados adelantados y las nuevas potencias. Este es un buen comienzo. Sin embargo, el G-20 no puede ser un comité independiente. Tampoco puede ignorar las voces de los más de 160 países que quedan fuera. El G-20 debería funcionar como “grupo directivo” en toda una red de países e instituciones internacionales con un mayor número de miembros. Debería reconocer las interconexiones entre las distintas cuestiones y promover puntos de interés mutuo, sin ser jerárquico ni burocrático. Debería relacionarse con nuestro G-186 reunido hoy en este salón.

En los pronósticos se prevé que durante varios años el crecimiento será lento y la elevada tasa de desempleo persistirá. El consumidor estadounidense ya no puede ser la principal fuerza motriz de la demanda económica. Al parecer, Europa y Japón tienen limitaciones; China puede prestar asistencia, pero su aumento del crédito podría plantear problemas el año próximo. Con acceso a financiamiento, otras economías en desarrollo pueden ayudar a dar un gran impulso a la recuperación mundial. Muchas cuentan con espacio fiscal para contraer empréstitos, pero no pueden obtener los volúmenes que necesitan a precios razonables sin desplazar a sus sectores privados. El Grupo del Banco Mundial y los bancos regionales de desarrollo pueden prestar asistencia. Será de ayuda el fortalecimiento de las reglamentaciones y la supervisión financieras para que dejen de aplicarse incentivos al capitalismo de casino de corto plazo y pasen a aplicarse a la inversión productiva a largo plazo.

En segundo lugar, los líderes deben hacer hincapié en que, para que haya una economía mundial equilibrada e incluyente, se necesitan varios polos de crecimiento, y no solo agregar a China e India. Los países de América Latina, Asia sudoriental y Oriente Medio, en su sentido más amplio, pueden prestar asistencia en el futuro si realizan inversiones en la actualidad. Con el tiempo y con inversiones, África, un mercado de casi mil millones de personas, puede integrar sus mercados y convertirse en otra fuente de crecimiento.

Para establecer varios polos de crecimiento, debemos eliminar obstáculos y fomentar la productividad mediante inversiones en infraestructura y energía, la ampliación del sector privado y la integración regional vinculada a los mercados abiertos. Los nuevos polos de crecimiento pueden ser clientes de bienes de capital, servicios y tecnología de los países desarrollados.

En tercer lugar, los líderes deben comprometerse a hacer que el crecimiento sea sostenible. Como se señala en el Informe sobre el desarrollo mundial sobre desarrollo y cambio climático, que acaba de publicar el Banco Mundial, los países en desarrollo no solo encaran sufrir entre el 75% y el 80% de los posibles daños derivados del cambio climático, sino que más de 1600 millones de sus habitantes aún no tienen acceso a electricidad. Debe tenerse en cuenta a los países en desarrollo y los intereses de estos. Necesitan incentivos y financiamiento para promover el crecimiento con un bajo nivel de emisiones de carbono mediante la adopción de tecnologías, la puesta en práctica de la eficiencia energética e inversiones en la forestación.

En cuarto lugar, debemos establecer mecanismos de protección de los más vulnerables. Hace dos semanas, en la cumbre celebrada en Pittsburgh, los líderes del G-20 reiteraron su apoyo a una nueva iniciativa para la seguridad alimentaria, por valor de US$20 000 millones, puesta en marcha en la reunión del Grupo de los Ocho celebrada en Italia. Pidieron al Banco Mundial que trabajara con los donantes y las organizaciones para establecer un fondo fiduciario multilateral para aumentar la asistencia al sector agrícola de los países de ingreso bajo. Con mucha frecuencia, la ayuda bilateral concentra los recursos en sectores y países específicos. Sin embargo, con este planteamiento multilateral más integral podemos aunar los recursos y respaldar mejor los esfuerzos innovadores para abordar la seguridad alimentaria en toda la cadena de alimentos y establecer sistemas sostenibles de explotación agrícola. Con todo, las promesas en el papel no plantarán semillas en la tierra ni pondrán comida en la boca de los hambrientos. Como lo demuestra la actual sequía que azota a África oriental, el hambre y las hambrunas son una amenaza constante. En consecuencia, debemos actuar rápidamente para que esta iniciativa se haga realidad.

Las crisis de los alimentos y los combustibles, y ahora la crisis financiera, han trastocado el avance hacia el logro de los objetivos de desarrollo del milenio, con lo que se han perdido los beneficios obtenidos durante años. Debemos llenar la laguna existente en la arquitectura financiera mundial y “asegurar” a los países más pobres para que no queden indefensos frente a conmociones extraordinarias. El Grupo del Banco Mundial tratará en detalle la propuesta de un Fondo para Hacer Frente a la Crisis, aprobada por el G-20 y el Comité para el Desarrollo, que pueda estar disponible para ofrecer asistencia rápida y eficaz a los países más vulnerables y frágiles, muchos de los cuales recién están saliendo de un conflicto. Valiéndonos de las redes de protección social dirigida hasta las pymes y el microfinanciamiento, podemos ayudar a amparar a los más desprotegidos de las peores conmociones.

También debemos actuar para reemplazar los planes de estímulo de los Gobiernos por el comercio, las inversiones y la demanda del sector privado, ofreciendo un contrapeso frente al proteccionismo financiero y comercial. La Corporación Financiera Internacional (IFC) acaba de poner en marcha una nueva Corporación de Gestión de Activos, que administra los fondos que se utilizan para realizar inversiones en bancos, capital, infraestructura y la reestructuración de la deuda. Podemos ayudar a fortalecer los mercados financieros nacionales y encauzar, al mismo tiempo, capital de fondos soberanos y de pensiones, así como de otros fondos de gestión de activos, hacia los sectores privados productivos de los países en desarrollo.



La función del Grupo del Banco Mundial

El año pasado, el Grupo del Banco encaró eficazmente la crisis y prestó un nivel sin precedente de asistencia financiera por valor de US$59 000 millones. Los compromisos del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF) casi se triplicaron, a US$ 33 000 millones. La Asociación Internacional de Fomento (AIF) también alcanzó la cifra más alta registrada hasta el momento, de US$14 000 millones, y más del 50% de los proyectos nuevos de la IFC correspondieron a países que solo pueden recibir financiamiento de la AIF. El apoyo para fines de infraestructura, fundamental para la recuperación y el empleo, llegó a ser de US$21 000 millones, y se aumentó la asistencia a US$ 4500 millones para las redes y otros programas de protección social a fin de amparar a los más vulnerables.

En la IFC se conjuga la innovación decidida con la movilización de recursos; hemos puesto en marcha iniciativas de recapitalización de bancos, financiamiento para el comercio, infraestructura y microfinanciamiento.

Prevemos alcanzar una nueva cifra sin precedente en el caso del BIRF, de por lo menos US$40 000 millones, en este ejercicio. La demanda de financiamiento del BIRF ahora está superando con creces sin duda el nivel de US$100 000 millones que el Comité para el Desarrollo pidió en su comunicado del año pasado. Los países que solo pueden recibir financiamiento de la AIF también están encarando una falta considerable de financiamiento. Estimamos que los déficits de financiamiento para cubrir el gasto básico en riesgo en salud, educación, redes de protección social e infraestructura asciende a unos US$11 600 millones en el caso de los países más pobres. Sé que los presupuestos de los países desarrollados son limitados. Con todo, para una globalización responsable hacen falta partes interesadas responsables. Podemos y debemos hacer más.



¿Cuál es la función del Grupo del Banco en el nuevo mundo posterior a la crisis?

Un Grupo del Banco Mundial bien capitalizado estaría en condiciones de desempeñar una función rectora en la respuesta mundial a los desafíos de la globalización, el desarrollo y la crisis financiera.

Contamos con presencia a nivel mundial, local y en todos los sectores, y con aptitudes que nos permiten trabajar con los sectores público y privado, y con los países de ingreso mediano y de ingreso bajo. Tenemos un cúmulo de prácticas óptimas a nivel mundial en materia de desarrollo que perfeccionamos constantemente; competencias de primer nivel en cuestiones bancarias y en materia de gestión de riesgos, y la capacidad de aprovechar al máximo nuestro balance. Desempeñamos una función de liderazgo en el programa cada vez mayor relativo a los bienes públicos mundiales, cumplimos una función catalizadora a nivel mundial y tenemos poder de convocatoria. Todos estos factores hacen que el Grupo del Banco Mundial se encuentre en una posición sin igual entre los bancos multilaterales de desarrollo.

Es probable que la función del Grupo después de la crisis se vea configurada por cuatro factores fundamentales, a saber:

El primero será el financiamiento tradicional y novedoso para el desarrollo. Los clientes del Grupo del Banco piden decididamente que la institución salga de la crisis bien capitalizada y que pueda sostener el suministro de una masa crítica de financiamiento para respaldar el crecimiento económico mundial y superar la pobreza. El Grupo del Banco Mundial puede cumplir con esta función de varias maneras. Podemos contribuir a los planes de estímulo fiscal y a la protección del gasto básico en los países que no están en condiciones de aplicar políticas anticíclicas; ayudar a fomentar la demanda mundial para respaldar la recuperación global; proporcionar financiamiento y apoyo para el comercio; prestar asistencia al sector privado para dar el paso esencial de reemplazar las medidas de respuesta ante la crisis adoptadas por los Gobiernos y, mediante inversiones, ayudar a construir varios polos de crecimiento con sectores públicos responsables y capaces de adaptarse y con sectores privados dinámicos.

El segundo factor será proporcionar productos de conocimientos. El Grupo del Banco cuenta con un cúmulo de prácticas óptimas a nivel mundial en materia de desarrollo, en las que se combinan la experiencia en materia de ejecución, las investigaciones y el aprendizaje con aportes tanto del sector público como del privado. Por ello, los clientes acuden a nosotros para vincular y adaptar a sus necesidades varias fuentes de conocimientos de los especialistas en la materia y de innovación.

El tercero es el programa de bienes públicos mundiales, problemas mundiales acuciantes como el del cambio climático y las enfermedades transmisibles que exigen una respuesta institucional que abarca a varios sectores y que requiere una combinación, de alcance mundial y basada en programas para los países, de asesoramiento en materia de políticas e inversiones. El Grupo del Banco ya está movilizando un volumen considerable de financiamiento a través de los Fondos de Inversión en el Clima. Podemos cumplir una función clave en la transferencia de tecnología, la colaboración con los clientes con respecto a las estrategias de crecimiento con un nivel bajo de emisiones de carbono y el fortalecimiento de los sistemas de salud, esferas en las que estamos intensificando nuestra labor. El Grupo del Banco también puede respaldar los bienes públicos de los sistemas financieros y de comercio dinámicos y con capacidad de adaptación, sobre la base de reglas multilaterales.

El cuarto son las crisis futuras, las que no podemos prever ahora pero que sabemos que ocurrirán: podrían ser una pandemia, un desastre natural o causado por el hombre, o una crisis económica o social. Ante esas crisis, el Banco puede movilizar toda la variedad de aptitudes e instrumentos con que cuenta en beneficio de sus accionistas, como lo ha hecho hace poco con ocasión de la crisis de los alimentos, o en respuesta al maremoto del océano Índico o las crisis financieras de México y Asia oriental.

El Banco Mundial está aplicando varias medidas financieras para sacar el máximo provecho de su capital, como un aumento del precio de los préstamos; la colaboración con los países para que podamos hacer uso de las acciones que compraron en monedas nacionales; un aumento selectivo del capital vinculado con los cambios en la “representación”; una disciplina fiscal estricta, y el posible aumento del precio de los préstamos con vencimiento a largo plazo. Estas medidas ponen

de relieve las contribuciones y responsabilidades mutuas de todos nuestros miembros. Sin embargo, tal vez no sean suficientes. Si el BIRF mantiene su ritmo actual de financiamiento, para mediados de 2010 experimentará limitaciones de capital. La IFC ya tiene limitaciones ahora.

Huelga decir que el futuro es incierto. Si se registran tropiezos en la recuperación, o si sencillamente ella es lenta y difícil, ¿cabría arriesgarnos a tener un Grupo del Banco Mundial que ya haya hecho el uso máximo de sus recursos y que no estuviera en condiciones de cumplir una función de liderazgo? Ante la próxima crisis, otra emergencia alimentaria o la próxima epidemia, ¿podemos permitirnos tener un Grupo del Banco Mundial que deba abstenerse de actuar? Agradezco al Comité para el Desarrollo por haberse comprometido ayer a velar por que el Grupo del Banco Mundial disponga de recursos suficientes para hacer frente a los nuevos desafíos que plantee el desarrollo, y a adoptar una decisión al respecto para la primavera boreal de 2010. Éste es un avance importante respecto del primer aumento general del capital del Banco Mundial en 20 años.

El programa de reforma

Para servir a la economía mundial en evolución, el mundo necesita instituciones ágiles, ingeniosas, competentes y responsables. El Grupo del Banco Mundial consolidará su legitimidad, eficiencia, eficacia y responsabilidad, y ampliará más su cooperación con las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, los demás bancos multilaterales de desarrollo, los donantes, la sociedad civil y las fundaciones que se han convertido en agentes de desarrollo cada vez más importantes. Sabemos bien la importancia de promover varias reformas para atender a los pedidos de los accionistas, mejorar los resultados y obtener el apoyo de sus Poderes Legislativos.

Nuestra labor comprende lo siguiente:


  • Aumentar la eficacia para el desarrollo, centrando la atención en el programa de resultados, la descentralización, las cuestiones de género, la reforma del financiamiento para fines de inversión y los recursos humanos;

  • Promover la responsabilidad y el buen gobierno, incluidos nuestros esfuerzos de lucha contra la corrupción a nivel mundial, una política de mayor transparencia y acceso a la información y las recomendaciones de la Comisión de Zedillo que se darán a conocer dentro de poco;

  • Seguir aumentando la eficacia en función de los costos.

Pero debemos ir más allá.

El sistema de Bretton Woods fue forjado por 44 países en momentos en que el poder estaba concentrado en un reducido número de Estados. Las grandes oleadas de descolonización recién estaban apareciendo; los pocos países en desarrollo que existían eran vistos como objetos, no sujetos, de la historia. Ese mundo ya pasó hace mucho tiempo. Las nuevas realidades de la economía política exigen un sistema diferente.

Si los países en desarrollo participan en la solución, también deben participar en las conversaciones. El sistema internacional necesita un Grupo del Banco Mundial que represente la realidad económica internacional del siglo XXI, reconozca la función y responsabilidad que cabe a los accionistas de crecimiento cada vez mayor, y permita que África tenga una mayor representación.

La primera fase de las reformas para aumentar la participación y representación de los países en desarrollo y en transición en el Grupo del Banco se terminó hace un año, con la creación de un puesto adicional de director ejecutivo por África al sur del Sahara y el aumento de los derechos de voto de los países en desarrollo en el BIRF al 44%. Celebro que ayer el Comité para el Desarrollo recalcara la importancia de lograr un aumento adicional de los derechos de voto de los países en desarrollo de por lo menos un 3%, con lo que esos países alcanzarían, como mínimo, el 47%, a fin de poder adoptar una decisión definitiva en las Reuniones de Primavera del próximo año. Debemos seguir teniendo objetivos elevados. Deberíamos tratar de ver si, con el tiempo, podemos aumentar la participación de los países en desarrollo a cerca del 50%, aún cuando las economías emergentes compartan las responsabilidades de prestar asistencia para el desarrollo de los países más pobres. El Grupo del Banco Mundial debería ser reflejo más claro del mundo que nos rodea.



Conclusión

Sr. Presidente: El viejo orden económico internacional estaba luchando por mantenerse a la par de los cambios antes de la crisis. La conmoción actual ha revelado la existencia de grandes deficiencias y necesidades acuciantes. Es hora de ponernos al corriente y avanzar.

Necesitamos un sistema de economía política internacional que se corresponda con una nueva polaridad múltiple de crecimiento. Es preciso que integre a las nuevas potencias económicas como “partes interesadas responsables” y reconozca al mismo tiempo que en estos países aún viven cientos de millones de pobres y que estas naciones encaran desafíos abrumadores de desarrollo. Dicho sistema debe lograr la participación de las energías y el apoyo de los países desarrollados, cuyos ciudadanos acarrean la pesada carga de la deuda y la ansiedad competitiva y creen que los nuevos poderes deben compartir las responsabilidades. Debe ayudar a tender la mano a los países más pobres y débiles, a los 900 millones de personas que aún no tienen acceso a agua potable y a los “1000 millones de personas que viven en la extrema pobreza” y sumidos en esa situación debido a los conflictos y a la mala gestión de gobierno.

Sin embargo, no se producirá naturalmente.

La cuestión es si los líderes pueden cooperar para dirigir estos cambios. Se verán llamados, como es debido, a defender los intereses de los ciudadanos que representan. Sin embargo, también encararán el desafío de reconocer y crear intereses comunes, no solo atendiendo a las particularidades de cada caso, sino a través de instituciones que se condigan con una “globalización responsable”.

Estamos asistiendo a una revisión general de Bretton Woods. Esta vez llevará más tiempo que las tres semanas de New Hampshire. Habrá más participantes en el proceso. Sin embargo, dicho proceso es igual de necesario. La próxima conmoción, sea cual fuere, se está gestando ahora. La disyuntiva es configurarla o ser configurados por ella.





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