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LO MEJOR DEL DOMINGO

CARICATURAS

EL ESPECTADOR



SEMANA





HABEMUS PAPA, PROCURATORE

Daniel Samper Ospina

Ordóñez sería el sueño del papa criollo, la Papatoria que Santander entrega al mundo.



Ha llegado el momento de que Colombia cuente con un logro internacional más valioso que las postulaciones eternas e infructuosas de Sofía Vergara a los Globos de Oro, y que el doctor Alejandro Ordóñez Maldonado se constituya por vez primera en el papa colombiano con que tanto ha soñado el país: el papa criollo, la Papatoria que Santander entrega al mundo para erradicar, por fin, el relativismo moral que tanto daño ha causado a nuestra santa Iglesia.
Es un sueño cercano. El doctor Ordóñez ya oficia como sumo pontífice en su ejercicio como procurador general, y ha demostrado una gran sagacidad para ganar elecciones en cónclaves transparentes, como los del Congreso colombiano o la Iglesia católica: si aspira a la Presidencia de la FIFA, también consigue salir elegido.
Es ahora o nunca. El ala ortodoxa de la Iglesia tiene una oportunidad única para retomar el poder, detentado desde hace siglos por papas de consistencia blanda, simples purés. Ha llegado el momento de que un hermano lefebvrista enseñe al mundo lo que es el temor a dios, tal y como el procurador se lo enseñó a los servidores públicos que no eran de su agrado: porque todos han de saber que este arrecho papa santandereano ha sido el primero en obrar milagros antes de su entronización. En cuatro años ha resucitado procesos muertos a su antojo. Y devolvió la fe a incrédulos como Germán Vargas Lleras o Gustavo Petro, a quienes ahora tiene en capilla.
No nos engañemos: se sabía que Benedicto XVI era un papa apenas de transición, y es justo aspirar a uno que haya hecho al menos toda la primaria. Y seamos sinceros: aparte de acercar a los niños a la Iglesia hablando como Topo Gigio, el señor Ratzinger tuvo una gestión bastante dañina: osó quitarle la protección al padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, logia a la cual, según algunos, pertenece el doctor Ordóñez: y cualquiera sabe de las virtudes del sacerdote Maciel, un siervo de dios que hablaba a los niños con conmovedora franqueza, siempre a calzón quitao, y que protegía al colega pecador porque amaba a los prelados. Y mientras más preladitos, mejor.
Requerimos un papa que lo reivindique; que sepa hablar en latín; que dé misas de espaldas. Y que pueda ser llamado ‘el Vicario de Cristo’ en honor a Juan Fernando: aquel senador liberal al que Su Santidad Ordóñez consiguió convertir durante su elección. Otro milagro.
Todo está dado. El doctor Ordóñez comienza a nombrar familiares de los cardenales del cónclave en altos cargos de la Procuraduría General. El Vaticano anunciará la conformación de una terna de dos que solo incluye a Orlando Gallo y al procurador para la elección. El humo blanco que avisa que Ordóñez es el nuevo papa será producto de los libros que él mismo quemaba en la plaza de Bucaramanga. Como sugería un amable seguidor, el nuevo líder católico adquirirá el nombre de Laureano II y su ceremonia de entronización será transmitida por Teleamiga con la narración de William Vinasco Ch. y los comentarios analíticos de CastelGandolfo Pérez. 
Roy Barreras será el primero en llegar a la ceremonia de ‘Besamanos’ del acto de proclamación. Piedad Zuccardi recibirá la indulgencia del santo padre y asistirá exultante a la coronación del nuevo pontífice, su gran amigo, a la cual irán exactamente los mismos invitados que se hicieron presentes en el reciente matrimonio de su hija, incluyendo a Marlon Becerra, de quien su santidad recibirá como ofrenda un tratamiento de ‘ordodoncia’ consistente en limarle los colmillos para que nadie descubra su condición de vampiro.
El procurador se negará a utilizar los zapatos marca Prada que lucía Benedicto XVI, porque odia los rojos, y dará la primera misa papal en la iglesia de San Agustín, engalanada desde el matrimonio de su hija con oro del siglo XVII, obtenido de una calza de Enrique Gómez. Sus amigos magistrados lo reemplazarán por ocho días y quedarán con pensión. Angelino Garzón sonará como vicepapa y agradecerá a niños y niñas, y colombianos y colombianas, sus apoyo para hacer parte del papado. Y la papada. 
César Mauricio Velásquez será el mayordomo privado, le pondrá a diario la piyama a SS Ordóñez, y chuzará su correspondencia con la ayuda de María del Pilar Hurtado. Amada Rosa Pérez recuperará su virginidad. Ilva Myriam Hoyos será declarada beata. Monseñor Builes será canonizado.
En su primer acto litúrgico, el santo padre asignará plazas laborales a sus hermanos godos. Cielito Lindo Salazar será el nuevo Camarlengo. El cardenal Merlano conducirá el Ordomóvil. Y los conservadores que anden en bicicleta, es decir, los bicigodos, serán los encargados de montar en cíclicas. 
Aduciendo el libre desarrollo de la animalidad, el santo padre ordenará que regresen los animales al pesebre, en especial sus amigos dinosaurios, y someterá a un referendo popular el derecho a existir de las minorías. 
Y Lauerano II defenderá la familia, en especial la suya; la tradición, en especial la medieval; la propiedad, en especial la de sus amigos. Y excomulgará a Sofía Vergara por demostrar con sus escotes, en cada entrega de los premios, que los verdaderos globos de oro son los suyos.

LA MEJOR COLUMNA

EL ESPECTADOR

SAN GARCÍA HERREROS

Héctor Abad Faciolince

A una comunidad religiosa le conviene que su fundador sea declarado santo, o tan siquiera beato.

Una vez conseguida la inclusión en el santoral, pueden vender estampas, ensalmos, incluso reliquias. Reciben más limosnas de los peregrinos; reclutan nuevos seminaristas; contratan misas cantadas, ceremonias de sanación, romerías; reciben más herencias y venden más sufragios por las intenciones de un pecador. Una congregación sin santo es como un pueblo sin río.

Y a los pueblos les conviene tanto tener río como tener santo. A Angostura no iba casi nadie, hasta que hicieron beato al Padre Marianito y su momia incorrupta multiplicó su poder de atracción: los santos activan el comercio, promueven el turismo, avivan “la confianza inversionista”, estimulan la compra del cielo a cambio de caridad. Jericó recibirá miles de fieles en peregrinaje, cuando canonicen a la Madre Laura: se venderán más carrieles y cabestros, el cesto de las ofrendas, en misa, saldrá tan rellenito de billetes como una morcilla. Incluso es posible que por un día las cantinas dejen de disparar música guasca a todo volumen y eso será, sin duda, una bendición llovida del cielo.

Un cura rebelde me contaba en estos días que para que en Roma agilicen un proceso de beatificación hay que aceitar las maquinarias del poder vaticano. Si no se dispone de 100 mil dólares, para empezar, es mejor que no lo pongan en esa larga fila de candidatos a la espera de la aureola: para que un proceso se abra hay que untar santos óleos en las manos de algunos purpurados. Según él, no poco ha contribuido a enderezar las finanzas vaticanas la explosión demográfica de santos y de beatos que se disparó con Juan Pablo II. Su santidad polaca canonizó más muertos él solo que todos los papas anteriores juntos.

Ahora resulta que también quieren beatificar a monseñor Rafael García Herreros. Todos los obispos de Colombia han firmado la petición. Este sacerdote eudista, sin duda benefactor de mucha gente, debe buena parte de su fama a dos cosas: sus apariciones cotidianas en la televisión, durante decenios (en su programa El minuto de Dios), y sus habilidades como recolector en el Banquete del Millón, una cena de pan y agua presidida por la Reina Nacional de la Belleza. A partir de esas colectas el padre García Herreros se acostumbró a recibir limosnas sin mirar el origen de la plata. Al pasar a la Iglesia el dinero sucio se lava.

Aclaro que García Herreros no pedía para él , sino para sus obras de caridad: casitas para los pobres, básicamente, pero al final incluso una universidad. Especialista en moverles el corazón a los ricos, se acercó también a los mafiosos, y más concretamente a quien él llamaba Don Pablo Escobar. Y el Don le daba dones, en especie y en metálico. Para corresponderle, el cura lo trataba con comedimiento en su programa, decía que era bueno en el fondo de su corazón y, al menos ante el pueblo que recibía casitas, le daba un aire de respetabilidad.

En el mismo año 91, cuando Pablo Escobar hizo matar a 500 policías en Medellín, el padre García Herreros le recibió una hacienda y declaró en El Tiempo: “No piensen que el padre García Herreros también se corrompió”. A renglón seguido pedía que repatriaran a los extraditados para que trabajaran en esa finca en vez de pasar “largos años inútiles y desmoralizadores en cárceles extranjeras”. Meses antes había logrado que Don Pablo soltara a Pachito Santos porque así “tendremos completamente de nuestro lado a El Tiempo”.

En los procesos de beatificación existe la figura del “abogado del diablo”. Este es un dignatario vaticano que duda de la santidad del candidato. La amistad del aspirante con Don Pablo hará que los óleos de la canonización suban bastante de precio. Mejor sería que se gastaran la plata de la santidad de allá, en las casitas de acá.




RENUNCIA DEL PAPA

EL ESPECTADOR

HUMANO, DEMASIADO HUMANO

Piedad Bonnett

La renuncia del papa merece todo respeto.

Que dignamente confiese que le faltan fuerzas para seguir manejando los destinos de la Iglesia nos conmueve, aun cuando conjeturemos que no se trata sólo de problemas de decadencia física sino también de pugnas internas dentro del Vaticano que no pudo o no quiso soportar. Y nos conmueve porque asistimos a una derrota: la de un hombre vencido por su circunstancia, que da un paso hacia un retiro sin demasiada gloria.

Pero el peso simbólico de su renuncia es enorme: vemos el derrumbamiento de un mito, que resulta más estruendoso aun por darse en épocas de mucha fragilidad para la Iglesia. Lo que se pone en evidencia ante la cara atónita de los creyentes en que el mandato del Papa tiene origen divino es, ni más ni menos, que la figura sacralizada por el dogma y por el papel político que desempeña, el ungido, el heredero directo de San Pedro, el infalible, es un humano como todos. Había que ver en televisión la cara de los católicos cuando se les pedía su opinión: lo que predominaba era el asombro. Como dijo Natalia Nowakowska, doctora en Historia Medieval de la Universidad de Oxford, hasta la palabra “renuncia” en vez del término “abdicación” nos permite pensar en alguien que, deseoso de jubilarse, deja su trabajo, y no en un príncipe con poderes absolutos que abandona su poder.

Todo es demasiado humano en la Santa Sede: Benedicto XVI, un hombre culto, dictaminando que el asno y el buey no existieron; los ancianos cardenales del consistorio, ataviados con sus vistosos trajes, dormitando en sus asientos; la lucha a muerte por el poder entre sus jerarcas, ya sea por cuestiones ideológicas –los retardatarios, los progresistas–, o por simples odios personales; y la evidencia de que también en el Estado Vaticano, como en todos los Estados, funcionan las maquinarias políticas. Nada nuevo, a decir verdad: la historia del Papado ha estado, desde sus orígenes, atravesada por la ambición de poder.

Para que olvidemos sus fragilidades, sus omisiones, su incapacidad de modernizarse –porque no se es moderno sólo por tener twitter– la Iglesia sigue apertrechada en el boato: tiaras, capas, báculos de oro y plata, anillos enormes, y toda una escenografía de lujo y belleza, se han usado siempre para hacerle sentir al feligrés la grandeza de la institución a la que se acoge. Involuntariamente, la parafernalia del poder católico revela la incongruencia de su discurso: una religión que hizo hombre a su Dios, que siempre ha hablado de reivindicar a los humildes, que produjo a San Francisco de Asís, y a la que pertenecen todavía algunos curas valerosos que dedican sus vidas a los desprotegidos, es representada por una jerarquía que ostenta fastuosamente el brillo de su pompa para deificar a sus miembros. La misma pompa que, qué casualidad, vimos en la ceremonia de boda de la hija del procurador, tan deslumbrante como la de los ritos vaticanos, y cuyo mensaje pareciera ser: ante la tradición y el poder solo caben las genuflexiones.



EL TRIUNFO DE LOS LOBOS

María Elvira Samper

"Un pastor rodeado de lobos" llamó el semanario L’Osservatore Romano al papa Benedicto XVI...

"Un pastor rodeado de lobos" llamó el semanario L’Osservatore Romano al papa Benedicto XVI cuando estalló el escándalo de los llamados ‘vatileaks’, filtraciones de documentos secretos que dejaron al desnudo las intrigas, celos, traiciones y luchas intestinas de poder en la Santa Sede, además de los turbios negocios y manejos financieros de la banca vaticana. Un escándalo que causó grave daño a la imagen de la Iglesia y que sumó una turbulencia más al papado de Ratzinger, sacudido desde el comienzo por numerosas denuncias de pedofilia en el clero, problema largamente mantenido en sordina que le estalló en las manos y que dejó en evidencia —al igual que el ‘vatileaks’— lo que ha sido el tradicional modus operandi de la Santa Sede: el secretismo y el silencio.

No fue el precario estado de salud el principal motivo de la dimisión del papa Benedicto. Fue sentir y saber que se había quedado solo y que no tenía ni la energía ni los aliados para hacer una limpieza de fondo y enfrentar a la poderosa Curia Romana —una maquinaria que su débil liderazgo ayudó a fortalecer—, más interesada en el juego del poder, los puestos y los presupuestos, que en las cosas de Dios y las necesidades y angustias de millones de fieles. Dar un paso al costado fue el reconocimiento de su fragilidad, de su derrota frente a los lobos. De ahí las referencias que hizo en su homilía del miércoles pasado a una iglesia en ocasiones “desfigurada por las divisiones dentro del cuerpo eclesiástico”, a la “hipocresía religiosa”, al “comportamiento de los que aparentan” y buscan ante todo “los aplausos y la aprobación”, y su llamado a superar “el individualismo y las rivalidades”.


Benedicto XVI deja una iglesia inmersa en una crisis de autoridad, credibilidad y liderazgo, con varios y muy pesados lastres: la pedofilia entre sus pastores, que continúa siendo objeto de duros reclamos por parte de las víctimas que, no obstante el mea culpa papal, consideran que el Vaticano no ha actuado con mano firme; la disminución dramática de las vocaciones; la desbandada de fieles en Europa; el auge de las iglesias evangélicas en América Latina, donde vive más del 40% de los católicos del mundo; la demanda creciente por una mayor apertura en asuntos tan sensibles como el aborto, la eutanasia, el matrimonio de parejas del mismo sexo, el celibato de los curas, el sacerdocio de las mujeres, la investigación con células madre…
Inflexible en la ortodoxia doctrinal, pero coherente con su creencia de que es preferible una iglesia de pocos pero convencidos —un pequeño rebaño— a una comunidad de muchos pero tibios en la fe, Benedicto XVI es el epítome de esa iglesia anclada en el pasado, jerarquizada, patriarcal y centralista, absolutista y autoritaria, que concentra el poder y el monopolio de la verdad en el papa, además infalible en asuntos de fe y de moral. Una iglesia de espaldas a los cambios y las realidades del mundo actual, que descree de verdades absolutas y cree en la libertad de conciencia, y que debe mucho a los avances de la ciencia.
En cuanto al futuro papa, son pocas las posibilidades de que sea sinónimo de cambio, que se atreva a reformar la estructura de la Iglesia, que atienda los reclamos de un rebaño que se siente ajeno a los designios del Vaticano. En primer lugar, porque de los 118 cardenales que deben elegirlo, 67 fueron designados por Benedicto XVI y 51 por su antecesor Juan Pablo II, y en segundo lugar, porque Benedicto XVI tiene candidato in pectore y, aunque se diga lo contrario, influirá en la elección de su sucesor. Así las cosas, es posible anticipar que el futuro heredero del trono de San Pedro será continuista, que será propiamente un Juan XXIV que recupere el hilo perdido del Concilio Vaticano II.

ROMA LOCUTA

Lorenzo Madrigal

El latín, mal visto en estos días por las misas del procurador, cobra nueva estima con las construcciones clásicas que usó el papa Benedicto, al hacer dejación del trono de San Pedro. Aunque San Pedro no tuvo trono, sino la cruz al revés que padeció en Roma.

No era fácil para los desprevenidos cardenales, reunidos en Consistorio de canonizaciones (entre otras la de Santa Laura), que el papa les soltara frases latinas con el empleo del verbo en infinitivo —renuntiare—, tres líneas abajo del comienzo de la proposición, a la usanza del orador romano. Cómo entender la gravedad entreverada en ese texto impactante. El cardenal Castrillón, allí presente, se confundió tanto que llegó a pensar que se le había olvidado el latín de la iglesia.

Se va el intelectual; tres libros escribió, afamados (Lorenzo se asomó al de La infancia de Jesús, en que mencionó las populares mascotas del pesebre, sin que fueran ellas la sustancia teológica del libro). Se marcha el pianista; Juan Pablo II fue, en su vigor, un papa deportista. Propio el piano para el carácter taciturno de Ratzinger. Se retira el antiguo conscripto de Hitler, antecedente juvenil que le fue obligatorio y que mucho se lo cobramos los periodistas.
En lo de su imagen, estoy seguro de que nadie más, en esa edad, podrá lucir cabellera tan abundante, en juego libre con solideos y ornamentos, dando una apariencia retro, referida a pontífices como San Pío Décimo o León XIII.

No fue muy querido, pero la “marca” papal lo protegió siempre y le brindó multitudes en distintas partes del mundo, apoteosis en Alemania, fervor inusitado en África. La edad lo ennoblecía cada vez más; quizás temió llegar a la decrepitud, pero tal y como se le vio hasta este final abrupto de su pontificado, bien correspondió al aspecto usual de un venerado anciano que gobierna a la iglesia.

La procesión, sin embargo, iba por dentro: nadie sabe de sus dolores físicos, de su debilidad creciente, tal vez “el buen Georg”, su secretario, lo sepa, y de todo aquello que es inherente a la ingravescente aetate a que hace alusión en el texto referido. Surgió de inmediato la teoría de la conspiración, que pretende desvelar, detrás de su abdicación, intrigas y disputas por el poder, reforzada con que el propio dimitente sospeche de su curia; también se dice que el retiro obedeció a los escándalos eclesiásticos. Diría que pudo incidir todo lo anterior, sumado a la edad y a la enfermedad.

Se va el papa Benedicto XVI, de nombre inesperado. Una curiosidad personal fue la de haber presentido, en los instantes de su proclamación, que podría adoptar este nombre y ello por una fijación que he tenido con Benedicto XV, en cuyo entorno anduvo alguien de mis ancestros. Habrá dos papas, sin duda, y no porque exista un cisma; estamos viviendo, a cambio de tradiciones rígidas, las sorprendentes variables de nuestro tiempo



EL TIEMPO

EL PAPA DE ORO Y EL PAPÁ ADORADO



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