El deseo en la vida espiritual a las estructuración del deseo peregrinación de nuestros deseos



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EL DESEO EN LA VIDA ESPIRITUAL


A) LAS ESTRUCTURACIÓN DEL DESEO
1.- Peregrinación de nuestros deseos

Deseamos a Dios porque él nos ha deseado primero. Caminar desde la compulsividad de los deseos hasta su integración en un deseo mayor. Del desierto a la tierra prometida, del eros al agape. Reestructuración evangélica del deseo.

Hay que domar al potro, pero no hay que castrarlo. Hay que podar el árbol, pero nunca podemos ni debemos tronchar la rama guía por la que el árbol crece hacia la luz.

Orar es poner en guardia nuestros deseos, mantener despierto el corazón.

Los mejores deseos están enterrados bajo mucho lodo y arena. Hay que dejar que vayan aflorando mansamente como las burbujas desde el fondo de una piscina. En el fondo dormido del corazón están las cosas verdaderamente importantes, porque de allí nacen las fuentes de la vida. “Por encima de cualquier otro cuidado, guarda. Hijo mío, tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida.” (Prov. 4,23).

Los primeros deseos que salen no son siempre los más profundos, sino los más superficiales y vanos. Somos lo que deseamos, lo que nos hace vivir y soñar, los anhelos más profundos. Lo que pasa es que no somos buenos espeleólogos de nuestras simas.


2.- Reconocer nuestros deseos

El Señor conoce nuestros deseos más ocultos. ¿Por qué negárselos? Es mejor reconocerlos ante él. Hay muchos deseos que no son constructivos, sino que son muy dañinos. Debemos negarnos a ponerlos por obra, pero nunca hay que negar que estén ahí. No hay que avergonzarse de ninguno d los deseos que sentimos. Los malos deseos son deseos que se han extraviado de su último fin. En lugar de negarlos hay que encauzarlos, descubriendo lo que hay en el fondo de ellos.

Es más. Hay que reconocer que en el fondo de los malos deseos hay siempre algo bueno. Un deseo malo es solo un deseo bueno que se ha desviado de su verdadero objetivo. Hay que reencauzarlo, pero no hay que reprimirlo. Hay en ese deseo un caudal de energía que busca su expansión.

Me gusta mucho la manera como Caspi trata ese tema. “El Señor conoce todos nuestros deseos y comprende los pensamientos en todas sus formas” (1 Cr 28,9). “La tiniebla no es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 139,12).

Yendo tras la vanidad se hicieron vanos. En Jeremías me llamó la atención “Yendo tras la vanidad se hicieron vanos” (Jr 2,5). Nos convertimos en aquello que deseamos, en aquello tras lo que corremos. Nos vamos dejando modelar por el objeto de nuestros deseos. Dime lo que deseas y te diré quién eres.

¿Quieres curarte? Es la pregunta de Jesús al paralítico de la piscina (Jn 5,6). La respuesta obvia parece que debería ser: “Sí, por supuesto que quiero curarme”.


Pero Jesús no da tan por supuesto que la gente quiera curarse. Primero quiere que explicitemos cuáles son nuestros deseos profundos. Al ciego de Jericó le pregunta: “¿Qué quieres que te haga?” (Mc 10,51).

No todos los enfermos desean curarse. Muchos están ya adaptados a su enfermedad. Les da miedo cambiar. Si se curan, cambiará su manera de enfrentarse con el mundo, su modo de ganarse la vida, el sistema de relaciones familiares. Tendrán que renunciar a la autocompasión, quizás al chantaje afectivo que ejercen a sus familiares, a la superprotección que reciben o imponen. La psicología humana es muy complicada.

Por eso no hay sanación sino una voluntad expresa y decidida de curarse. Me impresionó lo que leí el libro The Healing Presence. “A veces me piden que ruegue a Dios para librar a alguien de un pecado habitual como puede ser el adulterio, la envidia, la ira, la masturbación, o cualquiera otra cosa. No, no puedo orar así como si el resultado dependiera de mí

Lo que tenemos que hacer los dos es ponernos a orar enseguida. Mirarás a Dios y confesarás ese pecado específicamente, por su nombre. Entonces lo matarás. Lo arrojarás de tu vida como un manto sucio, y juntos presenciaremos cómo lo haces. Veremos cómo ese pecado confesado va donde Cristo en la cruz.

Descubriremos que en el fondo queremos agarrarnos a esa conducta pecaminosa, y encima echarle la culpa a Dios de no curarnos. Nuestra voluntad está en un estado pasivo. Esperamos que Dios o uno de sus ministros hagan lo que sólo yo puedo hacer.

Después de la oración y la confesión, podemos empezar a enfrentarnos con el factor emocional que está subyacente al problema espiritual: el dolor de ese niño que fue abandonado, la confusión, el sentido de inferioridad...

Pero esta oración sólo cabe después de haber tomado una decisión acerca del pecado. No se trata del simple deseo de que alguien diga una oración y nos cure como por arte de magia”.
3.- Ensanchar el deseo: Anchura

No se trata de ir negando y apagando nuestros deseos, sino dejar que brille en nosotros un deseo mayor y más intenso. Sería imposible apagar todas las estrellas con un largo apagavelas. Sin embargo cuando llega la aurora, las apaga todas con su fuerza. De la misma manera, por mucho que limpies los cristales de tu ventana, nunca entrará por ellos un rayo de sol hasta que amanezca.

Pero la noción de espacio ancho se expresa en hebreo con otra raíz: RHB. La anchura es una de las dimensiones antropológicas más universales en todas las culturas. La claustrofobia nos viene cuando estamos en un lugar estrecho y cerrado. Uno de los pavores ancestrales es ser enterrado vivo.

El legalismo es algo que nos oprime y nos estrecha. Hablamos de alguien “estrecho de mente” o “abierto de mente”. Sin embargo en la última cita se nos dice que la ley del Señor ensancha el corazón (Sal 119,32). “Correré por tu camino cuando me hayas ensanchado el corazón” (sal 119,45).

Otro bonito verbo español el “dilatar”, dilatar las pupilas, dilatar los horizontes, dilatar las fronteras (Dt 12,20; 18,8). “Abre de par en par la boca para que te la llene” (Sal 81,11). Dilatar nuestro deseo para que Dios pueda llenarlo.

Muy expresivo en español: “estar a sus anchas”, “poner a sus anchas”. Dios pone a Gad a sus anchas (Dt 33,20), a Jafet “a sus anchas” (Gn 9,27).

“Toda la vida del cristiano es un santo deseo. Lo que deseas no lo ves todavía, mas por tu deseo te haces capaz de ser saciado cuando llegues al momento de la visión.

Texto de Agustín sobre la bolsa: Supón que quieres llenar una bolsa y que conoces la abundancia de lo que van a darte; entonces extenderás la bolsa, el saco, el odre, lo que sea; sabes cuán grande es lo que vas a meter dentro y ves que la bolsa es estrecha, y por eso ensanchas la boca de la bolsa para aumentar su capacidad. Así Dios, difiriendo la promesa ensancha el deseo, ensancha el alma y ensanchándola la hace capaz de sus dones.

Deseemos, pues, hermanos, ya que hemos de ser colmados. Ved de qué manera Pablo ensancha su deseo para hacerse capaz de recibir lo que ha de venir. Dice en efecto “No es que haya conseguido el premio o que ya esté en la meta; hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio”.

¿Qué haces, pues, en esta vida si aún no has conseguido el premio? Sólo busco una cosa, olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta para ganar el premio al que Dios me llama desde arriba. Afirma de sí mismo que está lanzado hacia lo que está por delante y que va corriendo hacia la meta final. Es porque se sentía demasiado pequeño para captar aquello que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar.

Tal es nuestra vida: ejercitarnos en el deseo. Ahora bien este santo deseo está en proporción directa a nuestro desasimiento de los deseos que suscita el amor del mundo. Ya hemos dicho en otra parte que un recipiente para ser llenado, tiene que estar vacío. Derrama pues de ti el mal, ya que has de ser llenado del bien-

Imagínate que Dios quiere llenarte de miel. Si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? Hay que vaciar primero el recipiente, hay que lavarlo y limpiarlo, aunque cueste fatiga, aunque haya que frotarlo, para que sea capaz de recibir algo.

Y así como decimos miel, podríamos decir oro o vino; los que pretendemos significar es algo inefable: Dios. Y cuando decimos Dios, ¿qué es lo que decimos? Esta sola sílaba es todo lo que esperamos. Todo lo que podemos decir está muy por debajo de esta realidad; ensanchemos, pues, nuestro corazón, parra que cuando venga nos llene, ya que seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es (S. Agustín, comentario a al 1 Juan, PL 35, 2008-2009).


4. Deseo y necesidad. Deseo personal.

Es distinta la necesidad que tenemos de cosas y el deseo que tenemos de otras personas. El deseo de cosas se sacia, forma parte del eros. En el deseo de personas, lo que deseamos es que sean felices, es su compañía. La pasión sexual se apaga tras el orgasmo pero nunca el deseo del otro.

Somos seres de deseo, y no solamente seres de necesidades. Es el hecho de desear y ser deseados lo que despierta en nosotros una conciencia de nuestra riqueza, lo que nos mueve a salir de nosotros en búsqueda de los demás. Cuando la necesidad se sacia desaparece el deseo, pero en cambio en el deseo de la persona, el deseo crece. Las cosas nos permiten satisfacer las necesidades que tenemos, pero no la necesidad que somos. Los locos aman sus visiones, los fetichistas aman las cosas, los egoístas se aman a sí mismos, sólo las personas son capaces de amar a otra persona.
5.- Fomentar los buenos deseos, y deseos de deseos

La naturaleza es pródiga en semillas. Los peces ponen millones de huevos para garantizar que sólo unos cuantos lleguen a la edad adulta. Si sólo una mínima Gabrielle me exhorta a plantar la semilla del deseo. Plantar día a día las semillas del deseo- Fomentar buenos deseos es plantar semillas que aunque no den frutos hoy, pueden darlos mañana. La Biblia nos habla del “hombre de deseos” (Dn 9,23). Ya que no soy hombre de “obras”, ser al menos hombre de deseos. En el texto se presenta a Daniel como hombre de deseos, pero de los deseos de Dios, el hombre deseado, preferido por Dios. Cuando sembramos buenos deseos, lo que hacemos es sembrar en nosotros no los deseos de lo que esperamos de Dios, sino los deseos de lo que Dios espera de nosotros. Mi oración de cada mañana es una siembra de buenos deseos, la acogida de todos los buenos deseos que Dios tiene para mí en ese día.

“Lo mismo que los malos deseos son la fuente de todo el mal, los buenos deseos son la fuente de todo el bien. Formula muchos de ellos diariamente. Deseos de unirte conmigo, de purificarte, deseos de encontrarme en todo”. “Lo mismo que los malos deseos son la fuente de todo mal, los buenos deseos son la fuente de todo bien. Formula muchos cada día, deseos de unidad conmigo, de tu propia purificación, de contrición, el deseo de encontrarme en todo momento” (Gabrielle).

El próximo período de Adviento debe ser un momento de avivar esos deseos. Aviva la mecha de la lámpara, y el deseo de todos los deseos “Que venga a nosotros tu reino”.

Quiero este Adviento entrar a fondo en el Padrenuestro. Hacer de él mi oración de Adviento. Decir “venga tu Reino” sobre cada área de mi ser, mi casa, mi trabajo, mi cuerpo y alma, mi mesa, mi ordenador, mi horario de trabajo. Venga tu reino sobre mi familia, la Compañía, el PBI, Magnificat y Fontanar. Venga tu reino sobre Israel, sobre judíos y árabes, sobre la quehilá, sobre los rusos, los colombianos, los catecúmenos, el proceso de paz... “Venga tu reino” (Lc 11,2).

San Ignacio habla de tener deseos de deseos al que entra en la Compañía. Pone como el supremo deseo del amor que nos configura a Cristo el desear por su amor se pobres, marginados, humillados, despreciados. Al novicio que entra le pregunta si tiene estos deseos, y como normalmente la respuesta sincera es que no los tiene “tan encendidos”, le pregunta si al manos tiene deseos de llegar a sentir estos deseos.


6.- La paciencia: disciplina del deseo

Todas las tecnologías modernas pretenden acortar los tiempos de espera que se consideran perdidos y estériles. Ordenadores más y más potentes, con más megaher­zios, consiguen que esos desesperantes tiempos de espera se hagan más cortos.

Pero en el diálogo interpersonal con Dios hay que saber esperar. Ningún dispositivo electrónico puede acortar el tiempo de espera de la gracia. Aunque supuesto se trata de una espera no meramente pasiva, sino dinámica. Cuando creemos que algo es posible, ponemos toda la carne en el asador, agotamos los recursos, nos multiplicamos. Possunt quia posse videntur. Todo es posible para el que cree.

En cambio cuando no creemos, a la primera intentona ya nos desani­mamos. Si yo estoy seguro de que ésta es la llave correcta, intentaré abrir la puerta con más seguridad, insistiré una y otra vez hasta que se abra. Si dudo si ésta es la llave buena o no, a la segunda intentona abandono, y puede ser que sí era la llave. Esta es la fe que arranca moreras (Lc 17,6), que planta árboles en el mar, y mueve las montañas (Mt 17,20; 1 Cor 13,2).

Hay tiempos que no se pueden acortar. Todo lo queremos "ahoriti­ta", café instantáneo. Pero un embarazo lleva 9 meses y todos nuestros inventos no consegui­rán acortarlo sustancialmente, porque un hijo tiene que ser esperado largamente. No es una muñeca prèt-a-porter que uno compra y se la lleva a casa, para luego aburrirse al día siguiente y meterla en un armario.

Recuerdo que cuando J y Al querían adoptar a una hija de Colombia, y empezaron los trámites, les dije que era muy bueno que todo el proceso de adopción durase al menos 9 meses, como un embarazo. No se trata de viajar en jet a Colombia y traerse la niña puesta. Hay que preparar el corazón, la acogida, irse haciendo a la idea. Entonces se intensifica el deseo y se valora lo que se ha hecho esperar.

Por eso a veces Dios demora al concedernos lo que le pedimos para que se intensifique nuestra espera y se profundice nuestra relación interpersonal mientras tanto.
7. Los Sueños

Salmos que contrastan las promesas y el bienestar del pasado con la realidad deficiente de hoy: Salmos 77 y 80; Dn 3,37. Lo importante es tener sueños, aunque se muevan en el terreno de la utopía. Las grandes profecías del Adviento: león y cordero, las espadas transformadas en arado y las lanzas en podaderas.

No hay que eliminar la dimensión utópica de la vida. Contempla las estrellas, pero no dejes que se apague el fuego de tu hogar.

Los grandes soñadores. Los Josés del Antiguo y Nuevo Testamento.

Dichosos los que tienen sueños y están dispuestos a pagar el precio para que se hagan realidad.

Soy alto de mirar a las palmeras. Necesitamos mirar hacia algo que esté por encima de nosotros, que nos atraiga y nos ayude a trascender nuestra realidad. Modelos utópicos, quizás, pero puntos de referencia.

Nunca conseguiremos realizar de adultos nada con lo que no hayamos soñado de niños. Anécdota del chico que tiraba piedras para dar a la luna. Nunca llegó a darle, pero ciertamente fue el chico del pueblo que tiraba las piedras más alto.

El número de las cosas reales es mayor que el de las posibles. La realidad desborda la fantasía. No pongamos límite a la fantasía de Dios.

Lánzate a volar y tendrás alas. La función crea el órgano.

Piensa que aún te falta por escribir la página más hermosa de tu vida.

El que está de vuelta de todo es porque quizás no haya ido nunca a ningún sitio.

Cuando un hombre tiene un sueño, es sólo un sueño. Cuando muchos hombres tienen el mismo sueño, es el inicio de una realidad nueva.

Anécdota del P. X y el Dr. X fundadores de Fontilles, la noche en que escucharon el aullido del leproso en la barraca del campo. El mundo está mal, pero hay gente dispuesta a hacer algo.

Hay una bonita historia sobre un famoso rabino jasídico, llamado Zusia de Anípolis. Hablando sobre la grandeza de la vocación de Abrahán y Moisés, afirmaba: “Cuando después de mi muerte me presente en el tribunal del cielo, no me preocupa el que me pregunten si fui tan santo como Abrahán o Moisés. Porque no soy ni Abrahán ni Moisés, y por eso Dios no espera que sea como ellos. Me preocupa el que me pregunten: Zusia, ¿por qué no has sido Zusia? ¿Por qué no has realizado todo lo mejor que podías haber llegado a realizar?”


8.- El Señor actúa sobre nosotros atrayéndonos

Nadie viene a mí, si mi Padre no lo atrae: Jn 6,44. No pienses que vas a ser atraído contra tu voluntad. El amor también atrae el alma. No nos dejemos intimidar por los que se aferraban a las palabras a mil leguas de distancia de comprender las realidades –y sobre todo las de Dios- para reprocharnos en las Sagradas Escrituras esta expresión del evangelio y para decirnos: “si soy atraído a la fe, cómo puede ser libre esta fe?” Respondo: Esta atracción es mas libre, es deleitable. ¿Qué significa ser atraído con delicia? Ten tus delicias en el Señor, dice el Salmo, y te dará lo que tu corazón desea (Sal 364). El corazón también conoce sus delicias, cuando el pan del cielo le es sabroso. “A cada uno le arrastra su placer”, pudo decir un poeta. El placer no fuerza y el gozo no obliga. ¡Cuánto más será atraído hacia Cristo el que se deleita en la verdad y en la felicidad y en la vida sin fin –cosas todas que son el mismo Cristo! […]

Dame alguien que ame y ese comprende lo que digo. Dame alguien que desee, alguien que tenga hambre, alguien que en nuestro desierto sienta el exilio y la sed, y que suspire por la Fuente de la patria eterna. Dame alguien así y ése comprende lo que digo. Pero si mi interlocutor es de hielo, no comprenderá nada. Igual que los oyentes de Cristo que murmuraban continuamente contra él. Enséñale a una oveja una rama verde: la atraes hacia ti. Muéstrale nueces a un niño: te lo atraes. Si corre es que se siente atraído: sin tocar su cuerpo, apoderándote de su corazón, el amor lo atrae. Si al nivel de los encantos y de las delicias de la tierra, el objeto que se deja ver de los amantes los atrae, -porque es una realidad que a cada uno le atrae su placer- ¿cómo Cristo no iba a tener atractivo cuando su Padre nos lo revela? ¿Es que existe en el alma humana un deseo más grande que el de la Verdad? s. Agustín, Comentario a San Juan XXVI.

Pondus meum amor meus. Eo feror quocumque feror. Confesiones XIII 9 10.

In odorem unguentorum tuorum currimus. Atraéme y correremos tras de ti. Cuando yo sea elevado en alto, todo lo atraeré hacia mí. El atractivo de Jesús. El cambio de atracciones de S. Francisco en el beso al leproso. Ya no nos atraen tanto las cosas que antes nos atraían, y nos atrae mucho algo nuevo. Para el que se siente atraído todo es fácil. Los novios que se atravesaban España en trenes de tercera durante la mili, solo por estar unas horas con la novia. Les compensaba con creces.

B) DESEO DE DIOS Y ORACIÓN

2. Deseo, oración y gemidos

“Los gemidos de mi corazón eran como rugidos.” Hay gemidos ocultos que nadie oye; en cambio si la violencia del deseo que se apodera del corazón de un hombre es tan fuerte que su herida interior acaba por expresarse con una voz más clara, entonces buscamos la causa, y uno piensa para sí: “Quizás gima por aquello, o quizás fue esto lo que sucedió”. ¿Y quién lo puede entender como no sea aquél a cuya vista y a cuyo oído llegaron los gemidos? Por eso dice que los gemidos de mi corazón eran como rugidos, porque los hombres si se paran a escuchar los gemidos de alguien, las más de las veces oyen sólo los gemidos exteriores, en cambio no oyen los gemidos del corazón.

¿Y quién iba a poder interpretar la causa de los gemidos? Añade por ello: “Todo mi deseo está en tu presencia”. Por tanto no ante los hombres que no son capaces de ver el corazón, sino que “todo mi deseo está en tu presencia”. Que tu deseo esté en su presencia, y el Padre que ve en lo escondido, te atenderá.

Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua también es la oración. No en vano dijo el apóstol: “Orad sin cesar”. ¿Acaso sin cesar nos arrodillamos, nos prosternamos, elevamos nuestras manos, para que pueda decir “Orad sin cesar”?

Si decimos que sólo podemos orar así, creo que es imposible orar sin cesar. Pero existe otra oración interior u continua que es el deseo. Cualquier cosa que hagas, si deseas aquel reposo sabático, no interrumpe la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas tu deseo.

Tu deseo continuo es tu voz, es decir, tu oración continua. Callas cuando dejas de amar. ¿Quiénes se han callado? Aquellos de quienes se ha dicho: “al crecer la maldad se enfriará el amor de la mayoría.

“Todo mi deseo está en tu presencia”. ¿Qué sucederá si delante de Dios está el deseo y no el gemido? Pero ¿cómo va a ocurrir esto si el gemido es la voz del deseo? Si tu deseo está en lo interior, también lo está el gemido; quizás el gemido no llega siempre a los oídos del hombre, pero jamás se aparta de los oídos de Dios.
4. Oramos a aquél que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos. Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquél que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que por la oración se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos mas capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad para recibir pequeña e insignificante. Por eso nos dice: “¡Ensanchaos! No os unzáis al mismo yugo de los infieles” (2 Co 6,13). Cuanto más firmemente creemos, más firmemente esperamos y más ardientemente deseamos este don, más capaces somos de recibirlo; se trata realmente de un don inmenso […]

Constantemente oramos por medio de la fe, la esperanza y la caridad, con un deseo ininterrumpido. Pero además en determinados días y horas oramos también a Dios con palabras para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de esos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y de ese modo nos animemos a proseguir en él. Porque sin duda el efecto será mucho mayor cuanto más intenso sea el afecto que lo hubiera precedido (S. Agustín, “Carta a Proba”).


Iniciativa absoluta de Dios en la oración (04 3 26)

“Cuanto más atinadamente aprende el hombre a orar, tanto más profundamente experimenta que todos sus balbuceos ante Dios son mera respuesta a la palabra que Dios le ha dirigido y por lo siguiente, vale también lo segundo, a saber, que entre Dios y el hombre cabe entenderse sólo en el lenguaje de Dios.

Dios es quien comenzó a hablar y sólo porque él se 'exteriorizó', puede el hombre 'internarse' en Dios.

Reflexionemos más concretamente. ¿No es acaso el padrenuestro con el que todos los días le hablamos, su propia palabra? ¿No nos lo enseñó el Hijo de Dios, que es Dios y palabra de Dios? ¿Qué hombre hubiera podido inventar semejante lenguaje?

¿No salió el Ave María de labios del ángel, y por tanto en lenguaje celestial? ¿No es que Isabel llena del Espíritu añadió la respuesta al Dios hecho hombre?”

“¿Qué podríamos nosotros decir a Dios si Dios mismo no nos hubiera hecho primero sus comensales y no se nos hubiera abierto para que tuviéramos acceso y trato con él?” (Urs von Balthasar)

Este texto parece una glosa del canto: “¿Qué te puedo decir que no me hayas dicho tú?” Hay que reconocer la iniciativa del que nos amó primero, del que nos habló primero, del que se nos entregó primero.

Orar es acoger y hacer nuestras las palabras de Dios. Orar es acoger y hacer nuestros los deseos de Dios. Por eso orar en el fondo no es otra cosa que escuchar. La mejor oración del Antiguo


El batir de las alas de la mariposa (05 11 11)

Comentaban que es imposible llegar a predecir con exactitud el tiempo a largo plazo, porque factores muy pequeños puedan generar procesos impredecibles. El batir de las alas de una mariposa en el Caribe puede ocasionar un tifón en el mar de la China.

Conduciendo el otro día comprendí que es lo que pasa diariamente a pequeña escala con los atascos de la circulación. Pequeñísimos factores impredecibles pueden provocar un atasco monumental. Basta que un coche se detenga un quinto de segundo para mirar un letrero llamativo. El coche siguiente tendrá que frenar un poco y el tercero más y así sucesivamente.

Creo que eso pone en evidencia las consecuencias impredecibles de acciones u omisiones pequeñas que pueden tener un efecto multiplicador, tanto para el bien como para el mal.

También en la vida de comunidad se provocan tremendos atascos por acciones insignificantes. Basta una mala cara para que se cree un clima de tensión en grupo que luego se retroalimenta. Un saludo cariñoso por la mañana puede generar un efecto multiplicador y hacer que todo el grupo se sienta más animado, y sus miembros luego puedan a su vez exportar esa actitud positiva a otros grupos hasta llegar al mar de la China.

Creo que ese es el fruto más inmediato de la oración, el efecto que tiene sobre el orante. Orar es sintonizar con los deseos de Dios, apropiárselos. La oración me lleva a desear más intensamente el bien y, al desearlo, automáticamente diré y haré cosas que acabarán influyendo en que la situación mejore.

Si pido por alguien en crisis y deseo intensamente su mejoría, y dejo que ese deseo crezca en mí y me invada, actuaré de una manera positiva que redundará en beneficio de esa persona. Se me ocurrirá quizás algún consejo inspirado para darle. Mis visitas y conversaciones transmitirán más cordialidad y mejores vibraciones. Buscaré ayuda de otros con más insistencia y con mayor eficacia. Y si mi colaboración no consigue solucionar del todo el problema, al menos tendrá un efecto paliativo.

Para eso hace falta que la oración sea intensa y constante para que la persona por quien se ora llegue a penetrar en lo más hondo del ser del orante. Las novenas prolongadas hacen que la oración no sea momentánea, sino que se prolongue en el tiempo.


La herida más profunda (98 7 16)

La herida más profunda del hombre está muy cerca de su corazón. Acercarse al corazón es acercarse a la herida. Es el mismo deseo profundo del hombre el que le lleva a Dios y el que queda seducido por las mediaciones. En la medida en la que fomentamos este deseo que trasciende, se hace más intenso el dolor. La única manera eficaz de acallar este dolor sería matar nuestro deseo de trascendencia, limitar nuestros impulsos, matar nuestros sueños, dosificar los deseos. Pero esta anestesia mataría también de raíz nuestro deseo de Dios.

Si queremos dejar vivo en el deseo de Dios, no podemos anestesiar nuestra herida y sufriremos. Ayer lo vi con claridad en la Misa del Santo Sepulcro. Creo que es a esta misma experiencia a la que se refieren los místicos como “llama de amor viva que dulcemente hieres” Y al deseo de los santos de que esta herida no se cierre. “Aguda espina dorada, ¡quién te pudiera sentir en el corazón clavada!”

2B.- Germinalidad

Acoger deseos como en la historia del que iba a comprar flores y descubría que le vendían semillas. Esperar que germinen, pero sin tener la curiosidad de arrancarlas para comprobar si ya tienen raíz.

Aunque solo una mínima parte de un millón de buenos deseos llegase a dar fruto, ¿no valdría la pena acogerlos todos?

Quizás como Simeón y Ana sólo veremos un niño, y habrá que seguir esperando a que crezca, a morir sin verlo crecer pero creyendo que crecerá.

Esperamos a Jesús este Adviento, pero a un Jesús que tiene que ser concebido dentro de mí, a quien yo tengo que ofrecer al mundo como María. Acoger su palabra es acoger una semilla de eternidad y hacer posible que el Verbo siga haciéndose carne en mí en mis coordenadas espaciales y temporales.

Lo importante es colaborar con la corriente profunda del evangelio, aunque los resultados no se vean a corto plazo, o aunque todos mis esfuerzos no consigan que este capítulo en el que me ha tocado trabajar acabe bien. Pero sé que contribuyo a la dinámica positiva de la historia que Dios conduce hacia un último final de salvación.

En el monte Carmelo caí en la cuenta de la fuerza intercesora de Elías. Al leer el texto me impresionó que Elías le anuncia a Ajab la lluvia aun antes de ponerse a orar. Estaba seguro de que su oración iba a ser escuchada (1 R 18,41).

Me impresionan también las repeticiones del número 7 en los orantes. Oran 7 veces sin desanimarse, a pesar de que las primeras oraciones no parecen surgir efecto (1 R 18,43). Naamán se bañó siete veces en el Jordán. Supongo que a la quinta o sexta estaría ya un poco escamado (2 R 5,14). 7 veces se tumbó Eliseo sobre el hijo de la Sunamita y repitió la misma operación (2 R 4,35).

Y aun después de orar sólo vemos un pequeño signo, una nubecita. ¡Qué fe se necesita para creer que es nubecita es el comienzo de las promesas tan abundantes! ¡Qué contraste entre lo prometido y lo que aparece después de orar mucho! (1 R 18,44).

Santiago nos recuerda en su carta el poder intercesor de Elías, que surge de su capacidad de compadecerse de la gente (Stg 5,17).



3.A.- Oración y deseo
Distingamos el orar del rezar. Rezar es poner palabras a mis necesidades y proyectarlas sobre el telón de Dios. Así manipulamos a Dios, lo utilizamos. Orar en cambio es relacionarnos con Dios con motivo de nuestras necesidades. Estas han dejado de ser el protago­nista, y son sólo la ocasión, la motivación de un encuen­tro. Cuando rezamos, acabada la necesidad, se acaba el rezo. En cambio cuando oramos, acabada la necesidad, subsiste la relación personal y afecti­va con Dios.

La oración no es fruto de una necesidad, sino de un deseo que siempre sigue vivo, aun después de haberse calmado la necesidad. Una pareja se sigue deseando, aun después de haber calmado su apetito tras la relación sexual

Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua también es la oración. No en vano dijo el apóstol: “Orad sin cesar”. ¿Acaso sin cesar nos arrodillamos, nos prosternamos, elevamos nuestras manos, para que pueda decir. “Orad sin cesar”?

Si decimos que sólo podemos orar así, creo que es imposible orar sin cesar. Pero existe otra oración interior u continua que es el deseo. Cualquier cosa que hagas, si deseas aquel reposo sabático, no interrumpe la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas tu deseo.

Tu deseo continuo es tu voz, es decir, tu oración continua. Callas cuando dejas de amar. ¿Quiénes se han callado? Aquellos de quienes se ha dicho: “al crecer la maldad se enfriará el amor de la mayoría.

“Todo mi deseo está en tu presencia”. ¿Qué sucederá si delante de Dios está el deseo y no el gemido? Pero ¿cómo va a ocurrir esto si el gemido es la voz del deseo? Si tu deseo está en lo interior, también lo está el gemido; quizás el gemido no llega siempre a los oídos del hombre, pero jamás se aparta de los oídos de Dios.



3 B.- Lo que no es orar

No es informar:

La oración no es ofrecida a Dios para cambiarlo a él, sino para excitar en nosotros la confianza en el pedir. Esta se activa considerablemente considerando su amor para con nosotros, por el que quiere nuestro bien. Además parece inútil querer captar la benevolencia de quien ya se nos ha adelantado en ese sentido. Dios se nos ha anticipado en su benevolencia puesto que él nos amó primero. Sto. Tomás S.Th. 2-2 q 83, a 3 ad 5.

Por eso, cuando dice el apóstol, Vuestras peticiones sean presentadas ante Dios” (Flp 4,6), no hay que entender estas palabras como si se tratase de descubrir a Dios nuestras peticiones, pues él continuamente las conoce, aun antes de que se las formulemos; estas palabras significan que más bien debemos descubrir nuestras peticiones a nosotros mismos en presencia de Dios, perseverando en oración...

...No hay que decir, como algunos piensan, que orar largamente sea lo mismo que orar con vana palabrería. Una cosa, en efecto, son las muchas palabras, y otra cosa el afecto perseverante y continuado. Pues del mismo Señor está escrito que pasaba la noche en oración y que oró largamente (Lc 5,16; 6,12).

Lejos de nosotros la oración con vana palabrería, pero que no falte la oración prolongada, mientras persevere la oración pacientemente.

Oramos a aquél que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos. Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquél que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente, no puede desconocerlos, sino que pretende que por la oración se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos mas capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad para recibir pequeña e insignificante. Por eso nos dice: “¡Ensanchaos! No os unzáis al mismo yugo de los infieles” (2 Co 6,13).

Cuanto más firmemente creemos, más firmemente esperamos y más ardientemente esperamos este don, más capaces somos de recibirlo; se trata realmente de un don inmenso...

...Constantemente oramos por medio de la fe, la esperanza y la caridad, con un deseo ininterrumpido. Pero además en determinados días y horas oramos también a Dios con palabras para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de esos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y de ese modo nos animemos a proseguir en él. Porque sin duda el efecto será mucho mayor cuanto más intenso sea el afecto que lo hubiera precedido. S. Agustín, Carta a Proba.


No es cambiar a Dios

La oración no trata de modificar los planes de Dios. Solamente le pide que los cumpla. "Vuestro Padre sabe lo que necesitáis" (Mt 6,8). Decía San Agustín: "En nuestras oraciones Dios quiere que nuestro deseo entre en acción, para que tengamos suficiente capacidad para recibir lo que él está dispuesto a darnos. Por esto nos dice: Ensan­chaos".

Santo Tomás repite la misma enseñanza: "Dios conoce nuestras miserias y nuestros deseos. No se trata de cambiar la voluntad divina con palabras humanas de modo que Dios conceda lo que antes era contra su voluntad. Si la oración de petición es necesaria al hombre, es porque tiene una influencia sobre el que la utiliza".

La oración, pues, no cambia ni modifica a Dios, sino a nosotros mismos. Nosotros somos los agradados y capacitados por Dios. Nos hacemos más nosotros mismos en su presencia, en relación con él, en dependencia de él, en vista a él, a la vez por él y para él. "Nos descubrimos y conocemos a nosotros mismos", prosigue san Agustín.

Se trata menos de hacernos oír que de escuchar nosotros mismos y hacernos capaces de entender. Decía Kierkegaard "La oración no está fundada en la verdad cuando Dios escucha lo que se le pide, sino cuando el que pide continúa pidiendo hasta que él mismo entiende lo que Dios quiere".

Se dirá que Jesús en el Evangelio ha mandado que se pida con insis­tencia, y él mismo lo hizo así. Pero la petición estaba siempre subordinada a la aceptación de la voluntad de Dios. En su caso como en el nuestro, el recurso a Dios significa algo más profundo que el beneficio pedido. Es la expresión de una confianza filial que es total, global, aunque esté polarizada en tal necesidad particular, en tal circunstancia dolorosa.

Nuestra oración por los demás, nos ofrece la ocasión de ponernos en comunión con ellos en presencia de Dios. Es el signo y la expre­sión de nuestra simpatía, de nuestra solidaridad, y aun mejor, de nuestro amor. J. Leclercq

El que después de la oración abriga mejores sentimientos, ha obtenido ya respuesta a sus súplicas (G. Meredith).


3C.- Orar deseando

La iniciativa es toda de Dios

Antropomorfismos de la oración. Cita de Machado. “O tú y yo jugando estamos al escondite, Señor, o la voz con que te llamo es ya tu voz. Por todas partes te busco sin encontrarte jamás. Por todas partes te encuentro, sólo por irte a buscar”. En la oración toda la iniciativa la tiene Dios.


Dios está haciendo ya todo lo que puede

Partimos de la base de que Dios está haciendo ya todo lo que está de su parte, teniendo en cuenta las limitaciones que el imponen la finitud de lo creado, y la presencia del mal y del pecado. No se trata de pedirle a Dios de que haga más de lo que hace, sino de acoger en la oración la petición que Dios nos hace a nosotros de que hagamos más de lo que hacemos y seamos más de lo que somos. La humanidad es un sistema de vasos comunicantes en la que todos somos solidarios. En el momento en que yo me abro a acoger el sufrimiento de mis hermanos y hacerlo mío, crece el amor y la comunión, hay más energía positiva en este mundo, y la humanidad entera ha mejorado cualitativamente. Ese plus de bondad que hay en el mundo como resultado de mi oración no puede dejar de afectar misteriosamente a toda la humanidad que es solidaria conmigo en el pecado y en la gracia. El fruto de la oración va mucho más allá de sus pequeñas consecuencias prácticas (que me decida a enviar un donativo, o escribir una carta al periódico, o apuntarme de voluntario).


Oración de petición

Muchos creyentes han abandonado la oración de petición porque no le encuentran sentido y para otros es su única manera de orar. ¿Qué pensar de ello? El presentarnos delante de Dios tal como somos y por lo tanto la necesidad de expresar nuestros deseos es algo tan elemental como verdadero. Una oración en la cual no dijéramos a Dios que nos preocupa tal o cual asunto o persona y no pidiésemos por ella, sería simplemente mutilar nuestra relación con Aquél que “nos sondea y nos conoce”. La queja, la súplica, la petición y el deseo comunicado son actitudes humanas que expresan nuestra verdad, nuestra humanidad, nuestra debilidad, nuestra impotencia. Estas expresiones son profundamente humanas y no se puede ser creyente si no se es humano. El clamor del pueblo que sufre es escuchado siempre por el Dios liberador.

El problema que se nos plantea es el creer o no en la respuesta automática. No podemos creer en un Dios máquina que automáticamente responda a nuestros deseos por buenos que sean. Su acción desborda nuestros esquemas y su respuesta no la podemos medir. Pero no podemos negar que haya una respuesta y que se manifiesta muchas veces cuando nosotros no lo esperamos.

La importancia de la oración de petición viene dada porque nos acerca más al Señor y a la persona o la realidad por la que pedimos. Si oramos por una persona, cuando nos encontremos con ella nuestra relación habrá cambiado pues nos sentimos más cercanos y más hermanos. O cuando pedimos la paz nos hacemos más pacíficos y pacifistas. La petición nos hace tomar conciencia de los problemas, nos sensibiliza respecto al sufrimiento humano que es el sufrimiento de Dios en sus hijos e hijas.



DOS MODOS DE DESEAR

Las dos banderas

El deseo nos lleva a la elección. Debemos entender nuestros deseos y prepararnos para modificarlos. Esto lleva consigo comprender el modo de desear que nos acerca a Jesús y el modo opuesto de desear que nos rodea en nuestra cultura de hoy.

Al principio Ignacio quería imitar solo obras externas de los santos. El Amadís de Gaula a lo divino. Proyectos muy peliculeros. Traducción mimética de las hazañas mundanas a las religiosas.

¿Qué sería si yo hiciese esto que hizo s. Francisco o Sto. Domingo? Sutilmente el espíritu competitivo del mundo sigue estando presente. Es una desviación del magis.

"Todo lo que deseaba hacer luego como sanase, era la ida a Jerusalén, como arriba es dicho, con tantas disciplinas y tantas abstinencias cuantas un ánimo generoso, encendido de Dios, suele desear hacer. Comer solo hierbas… Es el lenguaje olímpico de los récords. Altius, citius, fortius… La medalla de oro de la ascética. "Cuando se acordaba de alguna penitencias que hicieron los santos, proponía de hacer la misma y aun más".

En esos pensamientos tenía toda su consolación, no mirando a cosa alguna interior, ni sabiendo qué cosa era humildad, ni caridad, ni paciencia, ni discreción para reglar y medir esas virtudes, sino toda su intención era hacer destas obras grandes exteriores, porque así las habían hecho los santos. "Su alma aún estaba ciega, aunque con grandes deseos de servirle en todo lo que conociese".

Hay aquí un engaño. Los engaños de segunda semana, bajo capa de bien. Hay una dinámica perversa. Si algo es bueno, más será mejor. Más amigos, más títulos universitarios, más penitencias, más orgasmos, más cilindrada, más ayunos, más horas de oración…

En el fondo en este planteamiento más que hablar de una gran pasión que polariza toda nuestra existencia, cabe hablar de una adicción restrictiva, mutiladora de la realidad. (cf. pasión y adicciones)

El mensaje que recibimos, los valores contenidos en la publicidad que trata de seducirnos, es que seremos más felices si tenemos más. Es un mensaje sutil pero insistente. “Si algo es bueno, más será mejor.

Y no se trata sólo de las cosas que acumulamos o consumimos. Experimentamos un deseo de más logros, más amistades atractivas, más títulos universitarios, más idiomas extranjeros, más orgasmos, y sobre todo más de todo aquello que nos obtenga reconocimiento, o que sea señal de éxito.

Hay una conexión inevitable entre lo que poseemos y nuestra identidad. Es tentador pensar que somos más porque tenemos más. Nos juzgamos mutuamente por este tipo de éxito. No hay nada intrínsecamente malo en tener cosas o conseguir logros y el reconocimiento y la adulación que vienen junto con ellos, pero debemos estar atentos al modo como su seducción nos puede llevar al orgullo, la arrogancia y la independencia respecto a Dios. La riquezas lleva a los honores, y los honores llevan a la soberbia. Esta es la estructura del deseo que queremos entender en su dinámica más profunda.

El modo como Jesús desea es totalmente diverso. Jesús nos atrae tener como deseo fundamental la confianza en Dios. Este sometimiento nos hace vulnerables. No podemos medirnos por lo que hemos acumulado, sino por nuestro grado de dependencia respecto a Dios, nuestra pobreza de espíritu y la libertad que viene junto con ella. Esta inversión de valores es contracultural. Si las riquezas llevan al honor, la pobreza de cualquier tipo lleva al deshonor, porque nuestra sociedad no aprecia la simple confianza en Dios.

Del deseo de pobreza espiritual se sigue nuestra libre apertura a la pobreza actual, si viniere. Cuando menos deseemos adquirir menos vamos a ser considerados. Por tanto el deseo de confiar sólo en Dios lleva al increíble deseo de deshonor, humillación y desprecio que vienen inevitablemente junto con él.

Esta es la senda hacia la humildad y nuestra disponibilidad humilde para cualquier servicio. La pobreza espiritual lleva a la humillación, y la humillación lleva a la humildad.

Ignacio nos ayuda a comprender los dos movimientos subyacentes como estrategias que compiten por atraer nuestros corazones y modelar nuestros deseos. Hay dos principales contendientes en la batalla por nuestra identidad. Dos campamentos y dos banderas.

Hay dos modos de contestar la importante pregunta de nuestra identidad. ¿Quién soy yo? ¿Cómo sé quien soy yo? Jesús recibió esta revelación en el momento de su bautismo. Tú eres mi hijo querido. Pero pronto escucha la voz del tentador que intenta modelar su filiación de acuerdo con sus criterios.

El mal espíritu nos empuja a resolver la pregunta acumulando posesiones que podamos señalar con el dedo y decir: “Ahí tienes. Debo ser alguien porque tengo todos estos trofeos. Pedimos a Dios que nos conceda conocer cuán atraídos estamos por estas cosas que en sí mismas pueden ser muy buenas. ¿Las poseemos o nos poseen ellas a nosotros? ¿Solucionan nuestro problema de identidad? ¿Nos dicen quiénes somos?

La cantidad de riquezas o de logros que hemos adquirido nos llevan a una posición de importancia, reconocimiento, fama, por las que los otros nos dicen quiénes somos. Nos vemos reflejados en el espejo. El prestigio es tan importante y tan atractivo porque nos permite definirnos por nuestros títulos y honores. Pero la dinámica avanza en el sentido de una mayor dependencia de cosas fuera de nosotros para crear el sentido de autoestima.

La tercera trampa y la más peligrosa es la actitud de radical independencia respecto a Dios, una estima soberbia de nosotros mismos como nuestra propia causa y sostén. No necesitamos a Dios, sino más cosas y más admiradores como testimonios de nuestra propia valía.

Jesús nos conduce en una dinámica opuesta. Recibimos nuestra identidad, nuestra autoestima de la mirada amorosa de Dios que nos llama hijos queridos. No necesitamos resolver la cuestión de nuestra identidad mediante cosas externas que nos sirvan para afirmarnos. Esta falta de necesidad es un espíritu de apertura que Jesús denomina “pobreza de espíritu”. Sabemos lo que son las cosas y de dónde viene. La pobreza de espíritu nos da una libertad interior, libertad de y libertad para. Ya no nos importa ser humillados o despreciados, porque nuestro nombre y nuestra identidad nos ha sido dada por nuestro Creador.

La libertad respecto a las posesiones y al prestigio nos permiten caminar con la libertad de Jesús. Él sabía quién era y nos pide que nos aceptemos como hijos amados de Dios. El imitarle a él es nuestro modo de expresar quiénes somos. No vivimos la vida de un yo independiente, sino que Cristo vive en nosotros y a través de nosotros.

Ejercicios en la vida ordinaria de Creighton, en Internet



Hacia mí tiende su deseo (06 8 21)

“Grandes son las obras del Señor dignas estudio para los que las desean” (Sal 111,2). Comienzo mis ejercicios en Alcalá de Henares con paz, pero con miedo a la aridez.

Este año los hago en tanda, en condiciones óptimas de lugar y de tiempo. Quiero seguir fielmente los puntos que nos dé Gabino. A través de él me llegará lo que Dios me quiere decir. La primera noche nos dio tres palabras:

“Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (1 Sm 3,10). Verdaderamente quiero escuchar.

“Levántate y come, que el camino es demasiado duro para ti” (1 Re 19,7). Ponerse en pie, alimentarse de la palabra que se me va a dar y de los afectos que suscita, para mi camino hasta llegar al Perú y para el que realizaré allí.

“Yo soy para mi amado y hacia mí tiende su deseo” (Ct 7,11). Me impresionó esto último. El Señor me desea, su deseo tiende hacia mí. Es un tema que no tengo bien interiorizado. Siempre pienso en el deseo que tengo yo de él, y casi nunca en el que él tiene de mí. Pero es un hecho que tengo que meditar y asimilar. Gabrielle me puede ayudar mucho para ello.



La Biblia de Jerusalén en una nota dice que esta frase está tomada de Gn 3,16: “Hacia tu marido tenderá tu deseo” אל אישך תשוקתך La atracción que Dios siente por mí es como la que la mujer siente por su marido. Me resulta una perspectiva muy nueva. Normalmente la Biblia compara a Dios con el marido y a nosotros con la mujer.






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