El desafío de aristóteles


EL CONTROL DE LA AGRESIVIDAD



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EL CONTROL DE LA AGRESIVIDAD


El chico duro de mi escuela primaria se llamaba Jimmy, un niño que estaba en cuarto curso cuando yo todavía me hallaba en primero. Jimmy era capaz de robarte el dinero para el almuerzo, coger tu bicicleta o darte un golpe para llamar tu atención; era, en suma, el clásico gamberro que no necesitaba la menor provocación para enzarzarse en una pelea. Todos albergábamos una mezcla de odio y temor hacia Jimmy, tratábamos de mantenernos a distancia de él y, cuando se desplazaba por el patio del recreo, era como si una especie de guardaespaldas invisible mantuviera al resto de los niños alejados de su camino.

Es evidente que los niños como Jimmy tienen muchos problemas pero lo que no todo el mundo sabe es que una conducta tan agresiva constituye un claro predictor de un futuro igual de problemático. De hecho, cuando cumplió los dieciséis años Jimmy estaba en la cárcel condenado por atraco.

Hay muchos estudios que corroboran la persistencia de la agresividad infantil en chicos como Jimmy. Como ya hemos visto en otro lugar, los padres de los niños agresivos suelen alternar la indiferencia con los castigos duros y arbitrarios, una pauta que, comprensiblemente, fomenta la paranoia y la agresividad.

Pero no todos los niños agresivos son fanfarrones; algunos sólo son marginados sociales que reaccionan desproporcionadamente ante las bromas o ante lo que ellos interpretan como una ofensa o una injusticia. Todos, sin embargo, comparten el mismo error de percepción que les lleva a ver burlas donde no las hay, a imaginar que sus compañeros son más hostiles de lo que en realidad son, a tergiversar los actos más inocentes como si fueran verdaderas amenazas y a responder, con demasiada frecuencia, de manera agresiva, un comportamiento que no hace sino mantener a sus compañeros más alejados todavía. Los niños irascibles y solitarios son sumamente sensibles a las injusticias y, en consecuencia, suelen considerarse víctimas inocentes que nunca olvidan las múltiples ocasiones en que han sido reprendidos —injustamente, en su opinión— por sus maestros. Son niños, por último, que, cuando montan en cólera, creen que sólo disponen de una posible forma de reaccionar, repartir golpes a diestro y siniestro.

Una investigación en la que un niño agresivo y otro más pacífico tenían que contemplar juntos una serie de vídeos nos permite apreciar la incidencia de este sesgo perceptivo. En uno de los vídeos, a un nino se le caen los libros cuando otro tropieza con él, lo cual provoca las risas de un grupo cercano. El niño entonces, visiblemente enfadado, sale corriendo y trata de atrapar a alguno de los niños que se han burlado de él. La entrevista posterior reveló que, en aquel caso, los niños agresivos consideraban plenamente justificada una respuesta agresiva. Aun más elocuente si cabe es el hecho de que, en su valoración del grado de agresividad de los niños que aparecían discutiendo en el vídeo, los agresivos siempre consideraban que el golpeado era el más violento y justificaban plenamente el enfado del agresor. Esta peculiar valoración da cuenta del profundo sesgo perceptivo que aqueja a los niños desproporcionadamente agresivos, ya que suelen actuar basándose en creencias de supuesta hostilidad o amenaza, y prestan muy poca atención a lo que realmente está ocurriendo. El hecho es que, una vez asumida la existencia de una amenaza, se lanzan inmediatamente a la acción.

Por ejemplo, en el caso de que un chico agresivo esté jugando a las damas con otro y éste último mueva una pieza a destiempo, el primero interpretará el movimiento como una «trampa» deliberada sin detenerse a considerar si ha sido un simple error carente de toda mala intención. De este modo, el juicio del niño agresivo siempre presupone la culpabilidad y no la inocencia y, en consecuencia, su reacción automática subsiguiente suele ser violenta. Y esa percepción refleja de hostilidad se entremezcla con una respuesta igualmente automática porque, en lugar de decirle simplemente al otro niño que se ha equivocado, le acusara, le gritará o le pegará. Y, cuantas más respuestas de este tipo emita el niño, más automática será su agresividad y más estrecho el repertorio de posibles respuestas alternativas (como mostrarse mas amable o hacer una broma al respecto) de que dispondrá.

Estos niños son emocionalmente vulnerables y presentan un bajo umbral de tolerancia que les lleva a encontrar cada vez más motivos para sentirse ofendidos. Y el hecho es que, una vez se pone en marcha este mecanismo, pierden la capacidad de razonar, interpretan como hostiles los actos más inocentes y se refugian en su hábito inveterado de comenzar a propinar golpes. Este sesgo perceptivo hacia la hostilidad ya resulta evidente en los primeros años de la escuela. Aunque la mayor parte de las niñas y niños —especialmente estos últimos— sólo se muestran indisciplinados durante el período de la guardería y el primer curso de la escuela primaria, los niños más agresivos no logran aprender el mínimo autocontrol hasta después del segundo curso.

Mientras otros aprenden a negociar y pactar para dirimir las disputas que aparecen en el patio de recreo, los chicos indisciplinados siguen confiando en la fuerza bruta, una conducta que, sin embargo, tiene un elevado coste social, ya que, a las dos o tres horas de producirse el primer altercado, suelen caerles antipáticos a sus compañeros.



Las investigaciones que han seguido a este tipo de niños desde la enseñanza preescolar hasta la pubertad demuestran que más de la mitad de los alumnos que durante el primer curso se mostraban destructivos, incapaces de mantener una relación cordial con los demás, desobedientes con sus padres y tercos con sus maestros, comenzaron a delinquir a partir de los diez años de edad. Por supuesto, con ello no estamos diciendo que todos los niños agresivos estén condenados a caer en la delincuencia y la violencia, pero lo cierto es que son quienes más probabilidades tienen de llegar a cometer delitos violentos.

Como acabamos de señalar, la propensión al delito se manifiesta sorprendentemente pronto en la vida de estos niños. Un estudio realizado entre niños de unos cinco años de edad de una guardería de Montreal demostró que, quienes manifestaban un grado más elevado de agresividad e indisciplina, antes de haber cumplido los catorce años de edad revelaron un índice de delincuencia mucho más acusado, mostrando también una tendencia tres veces superior a la de los demás a golpear sin motivo alguno, a robar en una tienda, a utilizar algún tipo de armas, a romper o robar piezas de un automóvil y a emborracharse. Así pues, los niños difíciles y agresivos emprenden el camino que conduce a la violencia y a la delincuencia durante el primero y el segundo curso. No es infrecuente, por otra parte, que su escaso autocontrol les lleve también, desde los primeros años de escolarizacion, a ser malos estudiantes, estudiantes que suelen ser considerados por los demás —y que se ven a sí mismos— como «tontos», un juicio que se ve confirmado cuando se ven obligados a asistir a clases de repaso (y que, por cierto, no hacen todos los niños que manifiestan igual grado de «hiperactividad» o de dificultades de aprendizaje). Los niños que antes de ingresar en la escuela han sufrido en su hogar un estilo educativo «coercitivo», suelen ser más castigados por sus maestros, quienes se ven obligados a invertir mucho tiempo en su disciplina. La constante oposición a las normas de conducta del aula que estos niños manifiestan espontáneamente supone una pérdida preciosa de tiempo que podría aprovecharse mejor. Por lo general, el fracaso académico se hace evidente cuando los niños llegan tercer curso. Así pues, si bien estos niños presentan un CI más bajo que el de sus compañeros, la principal razón que impulsa su camino hacia la delincuencia hay que buscarla en su temperamento. De hecho, en los niños de diez años, la impulsividad resulta un predictor de la tendencia posterior hacia la delincuencia tres veces más adecuado que el CI Al llegar al cuarto y quinto curso, estos chicos —que por el momento sólo son considerados revoltosos o «difíciles»— son rechazados por sus compañeros, tienen serias dificultades para hacer amigos, tienen problemas de fracaso escolar y, sintiéndose faltos de toda amistad, gravitan en torno a otros marginados sociales. De este modo, entre el cuarto y noveno curso se aglutinan alrededor de algún grupo marginal y llevan una vida que desafía las normas, mostrando una tendencia cinco veces superior a la media a hacer novillos, beber alcohol y tomar drogas, una situación que alcanza su punto culminante durante el séptimo y octavo curso, un período en el que suelen ser seguidos, a su vez, por otros niños «rezagados», que se sienten atraídos por ellos. Estos rezagados suelen ser niños más pequeños, cuyas familias no se preocupan bastante de ellos y que vagabundean a su antojo por las calles durante el periodo de la educación primaria. En la época en que tendrían que pasar al instituto, la tendencia a la violencia que albergan los integrantes de estos grupos marginales suele llevarles a abandonar los estudios y a verse implicados en delitos menores, como hurtos en tiendas, robos y posesión de drogas. (En este punto es necesario señalar la existencia de una marcada diferencia entre los caminos seguidos por las niñas y los de los niños. Un seguimiento llevado a cabo entre las niñas «revoltosas» de cuarto curso —pequeñas que tenían constantes problemas con sus profesores, no respetaban las normas o eran impopulares entre sus compañeros— puso de manifiesto que el 40% de ellas ya había dado a luz un hijo antes de concluir el instituto, una media, por cierto, tres veces superior a la del resto de compañeras de su misma escuela. Dicho en otras palabras, las adolescentes antisociales no se vuelven violentas sino que se quedan embarazadas.)

No hay un único camino que conduzca a la delincuencia y a la violencia. En este sentido hay que tener en cuenta otros factores de riesgo, como el hecho de vivir en un barrio con un alto grado de delincuencia -en el que los niños se hallen expuestos a la invitación constante al delito y a la violencia—, crecer en una familia con un elevado grado de estrés o malvivir en condiciones de extrema pobreza. Ninguno de estos factores, por sí solo, es el causante inevitable de una vida entregada a la delincuencia. Así pues, a la vista de que todos estos factores externos tienen una importancia relativa similar, debemos concluir que las fuerzas psicológicas internas que mueven al niño indisciplinado desempeñan un papel determinante a la hora de aumentar las probabilidades de que emprenda el camino que conduce a la delincuencia. Como afirma Gerald Patterson, un psicólogo que ha seguido de cerca las trayectorias de cientos de niños hasta llegar a la juventud, «los actos antisociales de un niño de cinco años son el prototipo de los actos que cometerá un delincuente juvenil».





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