El desafío de aristóteles


EL COSTE DE LA FALTA DE SINTONÍA



Descargar 0.49 Mb.
Página30/87
Fecha de conversión03.12.2017
Tamaño0.49 Mb.
Vistas2535
Descargas0
1   ...   26   27   28   29   30   31   32   33   ...   87

EL COSTE DE LA FALTA DE SINTONÍA


Stern sostiene que, gracias a la repetición de estos momentos de sintonía emocional, el niño desarrolla la sensación de que los demás pueden y quieren compartir sus sentimientos. Esta sensación parece emerger alrededor de los ocho meses de edad —una época en la que el bebé comienza a comprender que se halla separado de los demás— y sigue modelándose en función del tipo de relaciones próximas que mantenga a lo largo de toda su vida.

Cuando los padres están desintonizados emocionalmente de sus hijos, esta situación puede llegar a ser especialmente abrumadora. En uno de sus experimentos, Stern utilizó a madres que, en lugar de establecer una comunicación armónica con sus hijos, reaccionaban deliberadamente por encima o por debajo de lo normal a sus demandas, algo a lo que los niños respondían siempre con una muestra inmediata de consternación o malestar.

El coste de la falta de sintonía emocional entre padres e hijos es extraordinario. Cuando los padres fracasan reiteradamente en mostrar empatía hacia una determinada gama de emociones de su hijo —ya sea la risa, el llanto o la necesidad de ser abrazado, por ejemplo— el niño dejará de expresar e incluso dejará de sentir ese tipo de emociones. Es muy posible que, de este modo, muchas emociones comiencen a desvanecerse del repertorio de sus relaciones íntimas, especialmente en el caso de que estos sentimientos fueran desalentados de forma más o menos explícita durante la infancia.

Por el mismo motivo, los niños pueden alimentar también una serie de emociones negativas, dependiendo de los estados de ánimo que hayan sido reforzados por sus padres. Los niños son tan capaces de «captar» los estados de ánimo que hasta los bebés de tres meses, hijos de madres depresivas, por ejemplo, reflejan el estado anímico de éstas mientras juegan con ellas, mostrando más sentimientos de enfado y tristeza que de curiosidad e interés espontáneo, en comparación con aquellos otros bebés cuyas madres no mostraban ningún síntoma depresivo.

Por ejemplo, una de las madres que participó en la investigación realizada por Stern apenas sí reaccionaba a las demandas de actividad de su bebé y éste, finalmente, aprendió a ser pasivo.

«Un niño que es tratado así —afirma Stern— aprende que, cuando está excitado, no puede conseguir que su madre se excite también, de modo que tal vez sería mejor que ni siquiera lo intente

Sin embargo. existe todavía cierta esperanza en lo que se ha dado en llamar relaciones «compensatorias», «las relaciones mantenidas a lo largo de toda la vida—con los amigos, los familiares o incluso dentro del campo de la psicoterapia— que remodelan de continuo la pauta de nuestras relaciones. De este modo, ¿cualquier posible desequilibrio puede corregirse después o se trata de un proceso que perdura a lo largo de toda la vida?

De hecho, varias teorías psicoanalíticas consideran que la relación terapéutica constituye un adecuado correctivo emocional que puede proporcionar una experiencia satisfactoria de sintonización. Algunos pensadores psicoanalíticos utilizan el término espejo para referirse a la técnica mediante la cual el psicoanalista devuelve al cliente —de modo muy similar a la madre que se halla en armonía emocional con su hijo— un reflejo que le permite alcanzar una comprensión de su propio estado interno. La sincronía emocional pasa inadvertida y queda fuera del conocimiento consciente, aunque el paciente puede sentirse reconfortado y con la profunda sensación de ser respetado y comprendido.

El coste emocional de la falta de sintonización en la infancia puede ser alto... y no sólo para el niño. Un estudio efectuado con convictos de delitos violentos puso de manifiesto que todos ellos habían padecido una situación infantil —que los diferenciaba también de otros delincuentes— muy parecida, que consistía en haber cambiado constantemente de familia adoptiva o haber crecido en orfanatos, es decir, haber experimentado una seria orfandad emocional o haber gozado de muy pocas oportunidades de experimentar la sintonía emocional. El descuido emocional ocasiona una torpe empatía pero el abuso emocional intenso y sostenido —es decir, el trato cruel, las amenazas, las humillaciones y las mezquindades— provoca un resultado paradójico. En tal caso, los niños que han experimentado estos abusos pueden llegar a mostrarse extraordinariamente atentos a las emociones de quienes les rodean, un estado de alerta postraumática ante los signos que impliquen algún tipo de amenaza. Esta preocupación obsesiva por los sentimientos ajenos es típica de aquellos niños que han padecido abusos psicológicos, niños que, al llegar a la edad adulta, mostrarán una volubilidad emocional que puede llegar a ser diagnosticada como «trastorno borderline de la personalidad». Muchas de estas personas están especialmente dotadas para percatarse de lo que sienten quienes les rodean y es bastante común comprobar que, durante la infancia, han sido objeto de algún tipo de abuso emocional.”

LA NEUROLOGÍA DE LA EMPATÍA


Como suele suceder en el campo de la neurología, los informes sobre casos extraños o poco frecuentes proporcionan claves muy importantes para asentar los fundamentos cerebrales de la empatía. Un informe de 1975, por ejemplo, revisaba varios casos de pacientes que habían sufrido lesiones en la región derecha del lóbulo frontal y que presentaban la curiosa deficiencia de ser incapaces de captar el mensaje emocional contenido en los tonos de voz, aunque sí que eran capaces de comprender perfectamente el significado de las palabras. Para ellos, no existía ninguna diferencia entre un «gracias» sarcástico, neutral o sincero. Otro informe publicado en 1979, por el contrario, hablaba de pacientes con lesiones en regiones distintas del hemisferio cerebral derecho que manifestaban otro tipo de deficiencias en la percepción de las emociones. En este caso se trataba de pacientes incapaces de expresar sus propias emociones a través del tono de voz o del gesto. Sabían lo que sentían pero eran simplemente incapaces de comunicarlo. Según apuntan los investigadores, estas regiones corticales del cerebro están estrechamente ligadas al funcionamiento del sistema límbico.

Estos estudios sirvieron de base para un artículo pionero escrito por Leslie Brothers, psiquiatra del Instituto Tecnológico de California, que versaba sobre la biología de la empatia. Su revisión de los diferentes hallazgos neurológicos y los estudios comparativos realizados sobre animales le llevó a sugerir que la amígdala y sus conexiones con el área visual del córtex constituyen el asiento cerebral de la empatía.

La mayor parte de la investigación neurológica llevada a cabo en este sentido ha sido realizada con animales, especialmente primates. El hecho de que los primates sean capaces de experimentar la empatía —o, como prefiere llamarla Brothers, la «comunicación emocional»— resulta evidente no sólo a partir de estudios más o menos anecdóticos sino también según investigaciones como la que reseñamos a continuación. En este experimento se adiestró a varios monos rhesus a emitir una respuesta anticipada de temor ante un determinado sonido sometiéndoles a una descarga eléctrica inmediatamente después de escucharlo. Los monos tenían que aprender a evitar la descarga empujando una palanca cada vez que oían el sonido. Luego se dispuso a los simios por parejas en jaulas separadas cuya única comunicación posible era a través de un circuito cerrado de televisión que sólo les permitía ver una imagen del rostro de su compañero. De este modo, cada vez que uno de los monos escuchaba el sonido que anticipaba la descarga, su cara reflejaba el miedo y, en el momento en que el otro mono veía ese semblante, evitaba la descarga empujando la palanca. Todo un acto de empatía... por no decir de altruismo.

Una vez que se comprobó que los primates son capaces de leer las emociones en el rostro de sus semejantes, los investigadores introdujeron largos y finos electrodos en sus cerebros para detectar el menor indicio de actividad de determinadas neuronas.

Los electrodos insertados en las neuronas del córtex visual y de la amígdala mostraban que, cuando un mono veía el rostro del otro, la información afectaba, en primer lugar, a las neuronas del córtex visual y posteriormente a las de la amígdala. Este es el camino normal que sigue la información emocionalmente más relevante. Pero el descubrimiento más sorprendente de esta investigación fue la identificación de determinadas neuronas del córtex visual que clínicamente parecen activarse en respuesta a expresiones faciales o gestos concretos, como una boca amenazadoramente abierta, una mueca de miedo o una inclinación de sumisión. Y estas neuronas son distintas a aquellas otras situadas en la misma zona que permiten el reconocimiento de los rostros familiares.

Esto podría significar que el cerebro es un instrumento diseñado para reaccionar ante expresiones emocionales concretas o. dicho de otro modo, que la empatía es un imponderable biológico.

Según Brothers, otra investigación en la que se sometió a observación a un grupo de monos en estado salvaje a los que se habían seccionado las conexiones existentes entre la amígdala y el córtex, demuestra el importante papel que desempeña la vía amigdalocortical en la percepción y respuesta ante las emociones.

Cuando fueron devueltos a su manada, estos monos seguían siendo capaces de desempeñar tareas ordinarias como alimentarse o subirse a los árboles pero habían perdido la capacidad de dar una respuesta emocional adecuada a los otros miembros de la manada.

La situación era tal que llegaban incluso a huir cuando otro mono se les acercaba amistosamente, y terminaban viviendo aislados y evitando todo contacto con el grupo.

Según Brothers, las zonas del córtex en las que se concentran las neuronas especializadas en la emoción están directamente ligadas a la amígdala. De este modo, el circuito amigdalocortical resulta fundamental para identificar las emociones y desempeña un papel crucial en la elaboración de una respuesta apropiada.

«El valor de este sistema para la supervivencia —afirma Brothers— resulta manifiesto en el caso de los primates. La percepción de que otro individuo se aproxima pone rápidamente en funcionamiento una pauta concreta de respuesta fisiológica, adecuado al propósito del otro, según sea propinar un mordisco, desparasitar o copular».

La investigación realizada por Robert Levenson, psicólogo de la Universidad de Berkeley, sugiere la existencia de un fundamento similar de la empatía en el caso de los seres humanos. El estudio de Levenson se realizó con parejas casadas que debían tratar de identificar qué era lo que estaba sintiendo su cónyuge en el transcurso de una acalorada discusión. El método era muy sencillo ya que, mientras los miembros de la pareja discutían alguna cuestión problemática que afectara al matrimonio —la educación de los hijos, los gastos, etcétera—, eran grabados en vídeo y sus respuestas fisiológicas eran también monitorizadas. Posteriormente, cada miembro de la pareja veía el vídeo y narraba lo que ella o él sentían en cada uno de los momentos de la interacción y luego volvía a mirar la filmación pero tratando, esta vez, de identificar los sentimientos del otro.

El mayor grado de empatía tenía lugar en aquellos matrimonios cuya respuesta fisiológica coincidía, es decir, en aquéllos en los que el aumento de sudoración de uno de los cónyuges iba acompañado del aumento de sudoración del otro y en los que el descenso de la frecuencia cardiaca del uno iba seguido del descenso de la frecuencia del otro. En suma, era como si el cuerpo de uno imitara, instante tras instante, las reacciones sutiles del otro miembro de la pareja. Pero, cuando estaban contemplando la grabación, no podría decirse que tuvieran una gran empatía para determinar lo que su pareja estaba sintiendo. Es como si sólo hubiera empatía entre ellos cuando sus reacciones fisiológicas se hallaban sincronizadas.

Esto nos sugiere que cuando el cerebro emocional imprime al cuerpo una reacción violenta —como la tensión de un enfado, por ejemplo— casi no es posible la empatía. La empatía exige la calma y la receptividad suficientes para que las señales sutiles manifestadas por los sentimientos de la otra persona puedan ser captadas y reproducidas por nuestro propio cerebro emocional.





Compartir con tus amigos:
1   ...   26   27   28   29   30   31   32   33   ...   87


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos