El desafío de aristóteles



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5. ESCLAVOS DE LA PASIÓN


Tú has sido...
un hombre capaz de aceptar con igual semblante los premios y los reveses de Fortuna...
Dame a un hombre que no sea esclavo de sus pasiones y lo colocaré en el centro de mi corazón, ¡ay! en el corazón de mi corazón.
Como hago contigo...


Hamlet a su amigo Horacio

El dominio de uno mismo, esa capacidad de afrontar los contratiempos emocionales que nos deparan los avatares del destino y que nos emancipa de la «esclavitud de las pasiones» ha sido una virtud altamente encomiada desde los tiempos de Platón. Como señala Page DuBois, el notable erudito de la Grecia clásica, el antiguo término griego utilizado para referirse a esta virtud era sofrosyne, «el cuidado y la inteligencia en el gobierno de la propia vida». Los romanos y la iglesia cristiana primitiva, por su parte, la denominaban temperantia —templanza— la contención del exceso emocional. Pero el objetivo de la templanza no es la represión de las emociones sino el equilibrio, porque cada sentimiento es válido y tiene su propio valor y significado. Una vida carente de pasión sería una tierra yerma indiferente que se hallaría escindida y aislada de la fecundidad de la vida misma. Como apuntaba Aristóteles, el objetivo consiste en albergar la emoción apropiada, un tipo de sentimiento que se halle en consonancia con las circunstancias. El intento de acallar las emociones conduce al embotamiento y la apatía, mientras que su expresión desenfrenada, por el contrario, puede terminar abocando, en situaciones extremas, al campo de lo patológico (como ocurre, por ejemplo, en los casos de depresión postrante, ansiedad aguda, cólera desmesurada o autación maniaca).

El hecho de mantener en jaque a las emociones angustiosas constituye la clave de nuestro bienestar emocional. Como acabamos de señalar, los extremos —esto es, las emociones que son desmesuradamente intensas o que se prolongan más de lo necesario— socavan nuestra estabilidad. Pero ello no significa, en modo alguno, que debamos limitarnos a experimentar un sólo tipo de emoción. El intento de permanecer feliz a toda costa nos recuerda a la ingenuidad de aquellas insignias de rostros sonrientes que estuvieron tan de moda durante la década de los setenta. Habría mucho que decir acerca de la aportación constructiva del sufrimiento a la vida espiritual y creativa, porque el sufrimiento puede ayudamos a templar el alma.

La vida está sembrada de altibajos, pero nosotros debemos aprender a mantener el equilibrio. En última instancia, en las cuestiones del corazón es la adecuada proporción entre las emociones negativas y las positivas la que determina nuestra sensación de bienestar. Esto es, al menos, lo que nos indican ciertos estudios sobre el estado de ánimo en los que se distribuyeron «avisadores» —aparatos que sonaban aleatoriamente— a cientos de mujeres y de hombres, con la función de recordarles que debían registrar las emociones que estaban experimentando en aquel mismo instante. No se trata, pues, de que, para ser felices, debamos evitar los sentimientos angustiosos, sino tan sólo que no nos pasen inadvertidos y terminen desplazando a los estados de ánimo más positivos. Aun quienes atraviesan episodios de enojo o depresión aguda disponen, a pesar de todo, de la posibilidad de disfrutar de cierta sensación de bienestar si cuentan con el adecuado contrapunto que suponen las experiencias alegres y felices. Estos estudios también confirman la escasa relación existente entre el bienestar emocional de la persona y sus calificaciones académicas o su CI, lo cual demuestra la independencia de las emociones con respecto a la inteligencia académica.

De la misma forma que existe un murmullo continuo de pensamientos en el fondo de la mente, también podemos constatar la existencia de un constante ruido emocional. Despiértese a alguien, por ejemplo, a las seis de la mañana o a las siete de la tarde y descubrirá que siempre se halla en un determinado estado de ánimo. Por supuesto que, en dos mañanas diferentes, uno puede hallarse en dos estados de ánimo muy distintos pero, cuando tratamos de determinar el estado de ánimo general de una persona a lo largo de las semanas o los meses, los datos obtenidos tienden a reflejar su sensación global de bienestar. Y también resulta evidente que los sentimientos muy intensos son relativamente raros y que la mayor parte de las personas vivimos en una especie de término medio gris, en una suave montaña rusa emocional apenas salpicada de ligeros sobresaltos.

Llegar a dominar las emociones constituye una tarea tan ardua que requiere una dedicación completa y es por ello por lo que la mayor parte de nosotros sólo podemos tratar de controlar —en nuestro tiempo libre— el estado de ánimo que nos embarga. Todo lo que hacemos, desde leer una novela o ver la televisión, hasta las actividades y los amigos que elegimos, no son más que intentos de llegar a sentirnos mejor. El arte de calmarse a uno mismo constituye una habilidad vital fundamental, y algunos intérpretes del pensamiento psicoanalítico, como, por ejemplo, John Bowlby y D.W. Winnicott consideran que se trata del más fundamental de los recursos psicológicos. En teoría, los niños emocionalmente sanos aprenden a calmarse tratándose a sí mismos del modo en que han sido tratados por los demás, y es así como se vuelven menos vulnerables a las erupciones del cerebro emocional.

Como ya hemos visto, el diseño del cerebro pone de manifiesto que tenemos escaso o ningún control con respecto al momento en que nos veremos arrastrados por una emoción y que tampoco disponemos de mucho margen de maniobra sobre el tipo de emoción que nos aquejará. Lo que tal vez si se halla en nuestra mano es el tiempo que permanecerá una determinada emoción. El problema no estriba tanto en la diversidad emocional que reflejan, por ejemplo, la tristeza, la preocupación o el enfado (ya que normalmente estos estados de ánimo desaparecen con el tiempo y paciencia), como en el hecho de que su desmesura y su inadecuación conlleva los más sombríos matices: la ansiedad crónica, la furia desbocada y la depresión. Tanto es así que, en sus manifestaciones más graves y persistentes, su erradicación puede llegar a requerir medicación, psicoterapia o ambas cosas a la vez.

Uno de los indicadores de la autorregulación emocional es el hecho de saber reconocer en qué momento la excitación crónica del cerebro emocional es tan intensa como para requerir ayuda farmacológica. Por ejemplo, dos tercios de las personas que sufren de trastornos maníaco—depresivos no han recibido nunca tratamiento médico al respecto. Pero el hecho es que el litio u otros fármacos más vanguardistas pueden llegar a frustrar el ciclo característico del trastorno maníaco—depresivo (en el que se alternan la euforia caótica y la grandiosidad con la irritación y la rabia). Uno de los problemas característicos de los trastornos maníaco-depresivos es que, cuando la persona está inmersa en plena crisis maníaca, se halla plenamente convencida de que no necesita ningún tipo de ayuda a pesar de las desastrosas decisiones que pueda estar tomando. Así pues, la medicación psiquiátrica brinda a las personas que están atravesando este tipo de episodios un instrumento para manejar más adecuadamente sus vidas.

Pero cuando se trata de superar un tipo más habitual de estados negativos sólo contamos con nuestros propios recursos.

Como ha señalado Diane Tice, psicóloga de la Case Western Reserve University que interrogó a más de cuatrocientas personas sobre las diferentes estrategias que utilizaban para superar los estados de ánimo angustiantes y sobre el grado de éxito que éstas les procuraban, estos recursos no siempre se mostraron lo suficientemente eficaces Hay que decir, para comenzar, que no todos los encuestados partían de la premisa de que fuera necesario cambiar los estados de ánimo negativos. La investigación de Tice puso de manifiesto la existencia de cerca de un 5% de «puristas del estado de ánimo», es decir, personas que afirmaban que ellos nunca trataban de cambiar un determinado estado de ánimo porque, en su opinión, todas las emociones son «naturales» y deben experimentarse tal y como se presentan, por más desalentadoras que resulten. Asimismo, también había otros que buscaban promover estados de ánimo negativos por razones pragmáticas: médicos que necesitan mostrarse apesadumbrados para dar una mala noticia a sus pacientes; activistas sociales que alimentan su indignación ante la injusticia para poder ser más eficaces a la hora de combatirla; y hubo incluso un joven que admitió que alimentaba su rabia para poder defender más adecuadamente a su hermano menor de las agresiones de que era objeto en el patio de recreo. Otros, por último, se mostraron abiertamente maquiavélicos en la manipulación de sus estados de ánimo, como atestiguaron varios cobradores que ejercitaban su irritabilidad para poder mantener su inflexibilidad ante los morosos. En cualquiera de los casos, la verdad es que, aparte de estos raros ejemplos de cultivo deliberado de las emociones negativas, la mayoría admitió que se hallaba a merced de sus estados de ánimo. Los caminos que emprende la gente para sacudirse de encima los estados de ánimo perturbadores son decididamente muy heterogéneos.





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