El desafio republicano a liberalismo igualitario



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¿ QUE TAN REPUBLICANO ES JOHN RAWLS?.

Andrés Hernández

Profesor asociado.

CIDER. Centro de estudios interdisciplinarios del desarrollo.

Universidad de los Andes

Marzo del 2010.


En el debate contemporáneo sobre republicanismo y liberalismo se suelen presentar dos tesis: la primera, que la filosofía política republicana es una concepción pasada y antigua de la vida pública que riñe con la libertad de los modernos, y que ha sido desplazada por el liberalismo. En esta dirección, se suele considerar que el renacimiento del pensamiento republicano en obras de historiadores, juristas, filósofos, sociólogos en las dos últimas décadas poco tiene que aportar a la filosofía política y a las cuestiones prácticas relacionadas con el mejoramiento de la calidad de las democracias modernas. La segunda tesis, afirma que el resurgimiento del republicanismo cívico constituye una teoría antagónica al liberalismo igualitario de Rawls el cual ha sido a la vez pieza fundamental del notorio renacimiento de la ética y la filosofía política contemporánea; y que tanto “la teoría de la Justicia” de John Rawls está anclada en la herencia liberal y cuenta con pocos elementos del pensamiento republicano. Surgen dos tipos de preguntas frente a las ideas mencionadas: la primera, ¿es el republicanismo una filosofía y doctrina del pasado?, ¿está en capacidad de acoger principios del liberalismo moderno como el respeto de los derechos y el pluralismo?; y la segunda, ¿hasta qué punto el republicanismo contemporáneo es una corriente antagónica al liberalismo igualitario y en particular al liberalismo Rawlsiano?, ¿ qué tan republicano o liberal es John Rawls?.
En este ensayo se muestra, por un lado, que el republicanismo cívico contemporáneo constituye una tradición rica en posibilidades y con importantes aportes al pensamiento político contemporáneo en la medida en que abre nuevos caminos para enfrentar muchos de los males que afectan la política moderna. Por otro lado, se afirma que es un error pretender presentar al republicanismo como una tradición antagónica al liberalismo igualitario de Rawls. No existe entre estas dos visiones ningún desacuerdo fundamental que no pueda ser resuelto. Aquí se pretende mostrar que varios de los conceptos y premisas teóricas expresados por Rawls en su “liberalismo político1” y en “la justicia como equidad: una reformulación2” encajan en un molde republicano de corte democrático. Rawls rebasa y desborda las fronteras del liberalismo y varios de sus conceptos y axiomas pueden ser interpretados en clave republicana; esto no implica sostener que en estas obras Rawls deje de ser liberal, solo se pretenden poner al descubierto los contenidos republicanos de su pensamiento. Hay entonces, elementos republicanos y elementos liberales en su doctrina.
Estas tesis se desarrollan en cuatro secciones: en la primera, se exponen dos corrientes del republicanismo contemporáneo (la visión aristotélica y comunitarista y la visión liberal e instrumental), se presentan sus diferencias y se examinan dos ejes temáticos y núcleos normativos en los que el nuevo giro republicano tienden a converger: la critica a la noción liberal de libertad y la formulación de una nueva visión de ciudadanía activa entendida más como practica y ejercicio, que como estatus. El núcleo del resurgimiento del republicanismo núcleo se elabora en discusión con la tradición liberal. En la segunda sección se presentan los principales ejes articuladores de la crítica republicana al liberalismo igualitario y rawlsiano; y en la tercera sección se analizan las facetas y contenidos republicanos en la obra de John Rawls. Para ello, se expone, en primer lugar, la teoría normativa de ciudadanía defendida por Rawls, teoría que pone al descubierto la faceta republicana de su pensamiento y su carácter fuertemente igualitario el que le asegura la estabilidad al proyecto3, y luego, se identifican las tensiones internas en el pensamiento rawlsiano y los obstáculos que provienen de los elementos liberales de su filosofía para que se de un vinculo fuerte con la tradición republicana.

I. Las vertientes del Republicanismo contemporáneo y los núcleos normativos que defienden: ausencia de dominación y centralidad de las virtudes ciudadanas


    1. Las vertientes del republicanismo.

Por lo general cuando se habla de republicanismo se piensa en autores clásicos y experiencias pasadas, más que en versiones contemporáneas; no obstante una de las corrientes más activas en la renovación de las ideas políticas y de la filosofía política en la actualidad y en la crítica al liberalismo es la alimentada por historiadores, juristas, y filósofos que se califican explícitamente como republicanos. Los trabajos de autores como Skinner (1985, 1996, 2004), Phillipe Pettit (1999, 2004), Mikel Sandel (2000), Sustein (2004), configuran las bases de esta reactivación del pensamiento republicano moderno. Algunos de estos autores y pensadores aspiran a disputar la supremacía del liberalismo que en las últimas tres décadas ha gozado de un innegable protagonismo; otros buscan formular puentes y sugerir un republicanismo liberal sensible al hecho del pluralismo moral y a la idea de libertad defendida por los liberales.
Hay que señalar que el republicanismo contemporáneo se nutre, no sólo de las obras académicas de historiadores, filósofos, sociólogos y politólogos, sino de las preocupaciones y actividades de actores sociales y políticos para intentar solucionar muchos de los problemas de las democracias contemporáneas (apatía ciudadana, corrupción, desigualdad política, debilitamiento de sociedad civil). Varias vertientes del republicanismo contemporáneo, como se analizara, buscan salidas a algunos de estos problemas que afectan a las democracias liberales evitando caer en la defensa de ideales de vida perfeccionistas que choquen con el hecho del pluralismo moral y cultural.
El republicanismo cívico contemporaneo no es monolítico, ni homogéneo; sino plural y variado. Hay en efecto, versiones conservadoras y aristocráticas y otras democráticas y progresistas. Hay un republicanismo liberal y otras antiliberales, hay un republicanismo éticamente comunitarista y otro individualista (Kymilicka 2002; De Francisco 1999; Giner 1998). En estas líneas no se pretende exponer todas estas vertientes, nuestra atención se concentrara tan solo en dos formas del republicanismo cívico: la visión aristotélica que enfatiza en el valor intrínseco de la participación política y de las virtudes ciudadanas. La participación política tiene un valor intrínseco, y una condicion esencial del florecimiento humano. Esta versión en ocasiones es vista como una forma de comunitarismo porque defiende la primacía de las identidades comunitarias y señala que la vida privada promovida por las sociedades liberales tiene efectos antisociales. Las figuras más representativas de esta tradición en el ámbito académico son Hannah Arendt (1998), Michael Sandel (2000) y Charles Taylor (1985, 1993), entre otros. La segunda versión es el republicanismo liberal que enfatiza en la importancia instrumental de la participación y el compromiso ciudadano como herramientas básicas para evitar la corrupción y defender los derechos de las personas. Los autores que lideran este republicanismo instrumental son Quentín Skinner (1985, 1996, 2004), Phillipe Pettit (1999, 2004), y Cass Sunstein (2004), entre otros.
El republicanismo aristotélico contemporáneo intenta recuperar la idea de que la participación política y las virtudes cívicas no deben ser vistas como una carga, ni como un peso o una obligación, sino como valores intrínsecos necesarios para la realización de las personas como seres sociales y políticos. Los aristotélicos consideran que la vida dedicada a los asuntos públicos y al cultivo de las virtudes cívicas es la forma de vida más deseable y valiosa, es la más alta aspiración a la que los individuos pueden esperar (Oldfield 1998:79). Desde esta perspectiva, la vida política es superior a los placeres privados de la familia, a las satisfacciones de las identidades locales y vecinales y a las realizaciones profesionales; por ello, debe ocupar un lugar central en la vida de las personas. Los republicanos aristotelicos están convencidos que hay que restaurar la primacía de la libertad positiva de los antiguos, para quienes “ser positivamente libre” requería de la participación en la autodeterminación colectiva de la comunidad; y a su vez, del ejercicio de virtudes cívicas.
La otra forma de republicanismo cívico contemporaneo es el llamado republicanismo liberal que evita hacer una defensa del valor intrínseco de la participación política y afirma que existen poderosas razones instrumentales para sostener porque deberíamos aceptar las obligaciones y cargas de la participación con el fin de mantener en funcionamiento la democracia o de preservar nuestras libertades y derechos básicos. En la década pasada varios autores han intentado revivir la tradición republicana, argumentando que su permanente relevancia es de diferente naturaleza (Pettit 1999, Skinner 1985,1996, 2004, Sunstein 2004). La ciudadanía activa debe ser valorada, no necesariamente porque sea buena en sí misma, sino porque contribuye a la preservación de la sociedad libre y de los derechos, a la activación de la sociedad civil, a la profundización de la democracia y a la reducción de los fenómenos de corrupción. A esta posición liberal se le ha llamado republicanismo instrumental, tanto para distinguirlo de otras posiciones que están influidas por la tradición republicana como para destacar su rasgo distintivo, que es la afirmación de que la ciudadanía, el servicio público y las identidades comunales son bienes valiosos porque contribuyen a la realización de la libertad negativa, la autonomía de las personas y al funcionamiento de nuestras instituciones democráticas.


    1. Los núcleos normativos del republicanismo contemporáneo.

En esta sección se examinan dos ejes temáticos y núcleos normativos en los que las dos versiones del nuevo giro republicano tienden a converger: la critica a la noción liberal de libertad como ausencia de interferencia y la critica a las visiones de ciudadanía como estatus. Este núcleo se elabora en discusión con la tradición liberal.


El debate sobre la libertad: ¿ libertad de los antiguos o libertad de los modernos?.
Uno de los puntos en que convergen los republicanos contemporáneos es en su crítica al ideal de libertad negativa defendida por el liberalismo. La tradición dominante en el liberalismo identifica la libertad como una noción “negativa”, como la ausencia de interferencia o coerciónes que les impida a las personas ser capaces de actuar en pos de sus propios fines. El enunciado clásico de esta visión es la expuesta por Hobbes en su Leviatán. Hobbes sostiene que libertad significa “ausencia de oposición”, y no significa nada más (Hobbes 2002:261). La libertad riñe con la aspiración a imponer exigencias de servicio público a los individuos por parte del Estado (Hobbes 2002). Para Hobbes, pareciera obvio que la maximización de nuestra libertad social debe depender de nuestra capacidad para maximizar el área dentro de la cual podemos reclamar Para los liberales clásicos y modernos es, entonces, incoherente hablar de libertad e imponer a la vez (mediante políticas públicas o exigencias del Estado) exigencias a los ciudadanos sobre sus disposiciones públicas o exigirles participar y obligarlos a cumplir servicios a la comunidad. Es una paradoja, señalan los liberales, hablar de libertad y de una vida dedicada al servicio público mediante el autogobierno o la participación en actividades públicas. La libertad es ante todo libertad negativa en tanto presupone la ausencia de cualquier tipo de obligación o restricción diferente a pagar impuestos y respetar derechos de otros. La libertad de participar no se relaciona en ningún sentido con la libertad negativa. La única libertad posible en las sociedades modernas es la libertad negativa. En las sociedades modernas no se puede afirmar el valor intrínseco y superior de la participación política porque ello implicaría imponer un ideal específico de buena vida. La libertad de los antiguos debe ser desplazada por la libertad de los modernos.
A diferencia del liberalismo, todas las vertientes republicanas comparten la idea de que es posible vincular la libertad con el servicio público y la participación política; y la creencia de que no es un contrasentido obligar a las personas a ser libres, aunque si representa una política del riesgo. Todas aspiran mediante diferentes estrategias a reconciliar la idea de libertad negativa con la libertad positiva (o autogobierno), a relacionar de nuevo la libertad con el servicio público y con la participación política en el contexto de las sociedades modernas caracterizadas por los profundos desacuerdos morales. El republicanismo aristotélico adopta como estrategia la defensa de una idea positiva de la libertad según la cual para que un agente sea total o verdaderamente libre, es condición necesaria que persiga ciertos fines determinados. Las personas solo son libres cuando controlan y manejan sus deseos y pasiones, y cuando se autogobiernan en el ámbito privado y público, es decir, cuando son virtuosos y además participan activamente en la política. Para esta visión aristotélica, la libertad solo se alcanza en el sentido más pleno si las personas ejercen las capacidades y persiguen aquellos fines que sirven para realizar los propósitos mas elevados de la condición humana. Esta idea positiva de la libertad se nutre del pensamiento moral griego el cual afirma que solo somos total o verdaderamente libres si realizamos aquellas actividades propicias para alcanzar el , que pueden considerarse como la encarnación de nuestros más profundos fines. Este pensamiento se funda en dos premisas: la primera sostiene que somos seres humanos con fines típicamente humanos; la segunda, afirma que el animal humano es de naturaleza social y política y por lo tanto que la naturaleza de nuestros fines debe ser, en esencia, social (Skinner 2004:98). Para los republicanos de corte aristotelico, la libertad positiva es, entonces, coherente y no se ve afectada por la paradoja (señalada por los liberales) en tanto resulta plausible señalar que si deseamos alcanzar la libertad plena y las actividades que ella encierra tal vez sea necesario establecer una forma particular de asociación política (las formas de autogobierno) para dedicarnos a servirla y a mantenerla; y defender un ciudadano virtuoso capaz de manejar sus pasiones y deseos y de anteponer los intereses generales a sus intereses particulares. El republicanismo aristotélico sostiene que en la medida en que para alcanzar la libertad se requiere la realización de ciertos fines, capacidades y virtudes específicas no resulta incoherente con la misma, que el estado deba obligarnos a cultivar dichas virtudes y en consecuencia es legitimo afirmar que el disfrute de nuestra libertad personal deba ser el producto de la coerción y la restricción.
La doctrina del republicanismo aristotelico ignora, sin embargo, el pluralismo moral que caracteriza a las democracias liberales y puede desembocar en el rechazo a la modernidad. La mayoría de las personas en la sociedad contemporánea no aspiran a ser ciudadanos virtuosos, ni consideran que la felicidad se alcanza solo a partir de la consecución de fines específicos como el comportamiento virtuoso y la participación en política. No consideran que el compromiso con la comunidad constituya la forma de vida más elevada a la que podemos aspirar. Muchas personas encuentran la mayor felicidad en sus familias, en su trabajo, en la religión, en el tiempo libre, no en la política; por ello, imponer un ideal específico de buena vida implica rechazar y amenazar el pluralismo moral que caracteriza las sociedades modernas.
Los defensores de un republicanismo liberal han, entonces, acogido otro camino para hacer compatible la libertad con el compromiso público y la participación política sin tener que defender un ideal específico de buena vida y de florecimiento humano. No apelan a una visión positiva de la libertad, es decir, no sostienen que somos seres morales con ciertos fines determinados, y por tanto, que sólo poseemos nuestra libertad en el sentido más pleno cuando alcanzamos estos fines. Su estrategia es la formulación de una idea de libertad como ausencia de dominación y no solo como ausencia de interferencia, porque puede haber dominación sin interferencia. Por otro lado, el ideal de ausencia de dominación no es incompatible con la con la participación política y con el compromiso con la comunidad, por el contrario esta puede ser útil para alcanzarla. Defienden la participación ciudadana y las virtudes cívicas en términos instrumentales: como requisitos necesarios para evitar situaciones de dependencia.
Pensadores como Skinner, Pettit, Sunstein formulan un nuevo republicanismo que intenta adecuarse a los requerimientos de las democracias modernas y lo hacen mediante la formulación de una idea negativa de la libertad, y como veremos luego, mediante la defensa de un nuevo ideal de ciudadanía (Skinner 1985, Pettit 1999, Sunstein 2004). Skinner muestra que en la tradición cívica republicana clásica (en particular en filosofía moral romana, en la obra de Maquiavelo, en las obras de Harrington y mas tarde en Montesquieu) se puede encontrar una concepción de libertad negativa (pues no implica la noción objetiva de florecimiento humano) que incluye los ideales de participación y virtud cívica. En la obra de Maquiavelo la discusión sobre la libertad política en general se inserta en un análisis sobre lo que significa vivir en un “Estado Libre”. En su libro de los “Discursos”, dirá que los Estados libres son aquellos “que no están sujetos a ninguna imposición externa, y que por lo tanto pueden gobernarse de acuerdo a su propia voluntad (Maquiavelo 2000:39)”.
Pettit opta por una estrategia parecida a la formulada por Skinner y defiende una noción de libertad que se diferencia tanto de la visión liberal , como de la versión aristotelica
. En su lugar propone una idea de libertad caracterizada como ausencia de dominación, porque considera que el liberalismo se equivoca al caracterizar la libertad como . Para Pettit es posible que se den situaciones en que las personas no sean libres a pesar que no se interfiera en sus vidas. Uno puede no ser interferido y, sin embargo, no ser libre y estar a la sombra y dependencia de otros. Es el caso de quienes dependen del bienestar público, que se sienten vulnerables frente al gobierno o frente a funcionarios de turno para saber si sus hijos tendrán o no los subsidios de educación o los vales de comida. Para Pettit, entonces, la libertad no es sólo un sinónimo de ausencia de coerción, sino ante todo una situación caracterizada por la ausencia de dependencia y de dominación. Carecer de libertad consiste en estar en una condición de dependencia así no exista interferencia alguna, estar sujeto al arbitrio potencialmente caprichoso, o al juicio potencialmente discrecional de otros. Lo opuesto a la libertad no es la coerción sino la dependencia, por ello, para que haya libertad no solo se requiere no interferencia, sino que entraña emancipación de cualquier subordinación de este tipo, liberación de cualquier dependencia de esta clase (Pettit 1999). Ser libre pues no es una circunstancia (no verse forzado a hacer o dejar de hacer algo) sino una condición estructural: uno deja de ser libre tan pronto como se encuentra en una posición que lo hace susceptible de verse sometido a la voluntad de otro.
El merito del republicanismo liberal es el de rechazar el argumento del liberalismo según el cual en las sociedades liberales cualquier intento de afirmar una idea de libertad que incluya la participación política y el servicio publico es una amenaza para la libertades negativas de los modernos y encierra necesariamente una noción objetiva de vida buena. El republicanismo moderno articula la libertad de los antiguos y con la libertad negativa de los modernos bajo una nueva concepción de libertad negativa. Los republicanos liberales alimentándose del republicanismo clásico de Maquiavelo (y otros pensadores arriba mencionados) afirmaran que para maximizar nuestra propia libertad individual, debemos dejar de depositar nuestra confianza en políticos, y en cambio hacernos cargos de la arena política nosotros mismos y participar en forma activa. En este marco, es una condición necesaria para el mantenimiento de la vida libre que los ciudadanos sean políticamente activos y que actúen comprometidos con la suerte de su comunidad para garantizar así la defensa de sus derechos.
Ciudadanía, participación activa y virtudes cívicas.
Los enfoques republicanos contemporáneos aceptan la premisa que sin una ciudadanía activa preocupada por el bien público y con virtudes cívicas no es posible profundizar la democracia, reducir las desigualdades y garantizar los derechos de las personas. El debate actual en el seno del republicanismo gira en torno a tres ejes tematicos: el primero, ¿que se debe entender por ciudadanía cuando la aspiración es profundizar la democracia y asegurar instituciones justas?, y ¿cuales son las virtudes cívicas requeridas para el surgimiento de una democracia radical?; el segundo eje, gira en torno a la cuestión sobre los medios apropiados o los escenarios requeridos para el surgimiento y promoción de las virtudes cívicas y el ciudadano activo?, ¿Cómo cambiar y modificar comportamientos, y crear ciudadanos activos y virtuosos?; y finalmente, el tercer eje temático, esta referido al estudio de la evolución y estado de la sociedad civil y la explicación de su debilitamiento en las democracia liberales modernas (Putnam 1993). El tratamiento de estos temas desborda el alcance de este ensayo, por ello, me centrare en el primer núcleo de reflexión: el de la visión de ciudadanía presente en el republicanismo contemporáneo.
La visión republicana de ciudadana se elabora como una critica a las visiones liberales que conciben la ciudadanía como un status, como derechos. En el seno del liberalismo tienen presencia diferentes perspectivas y preguntas (Oldfield 1998:75-76): algunos enfatizan en la ciudadanía como derechos sociales y económicos y donde la cuestión ha sido los beneficios de la prosperidad pueden ser distribuidos equitativamente con el fin de reconocer la dignidad del ser humano. Para otros la cuestión ha sido la ciudadanía como necesidad: como asegurar a las personas con los recursos que son necesarios para el desarrollo efectivo de la agencia humana. Otros conciben la ciudadanía como títulos: la cuestión es como asegurar la igualdad ante la ley y el ámbito de las elecciones personales frente a la sociedad y el Estado. Para estas visiones, las personas como ciudadanos son soberanas no en el sentido de que tienen un control sobre sus vidas en formas significantes y relevantes. La amenaza a la soberanía proviene de la sociedad y en especial del estado. El elemento común a estas visiones liberales de la ciudadanía implícitas en la mayor parte de la teoría política de mitad del siglo XX es el hecho de definir la ciudadanía en términos de posesión de derechos.
La versión más representativa de la tradición liberal que concibe la ciudadanía en términos de posesión de derechos es la expuesta por Marshall en su trabajo (1998). De acuerdo con Marshall la ciudadanía es esencialmente una cuestión de asegurar que todos sean tratados como miembros completos e iguales en una sociedad, y una forma de alcanzar este sentido de identidad con la sociedad es la de asegurar la expansión de los derechos de ciudadanía a todas las personas. Marshall divide los derechos de ciudadanía en tres categorías los cuales ha sido alcanzados en tres siglos sucesivos en Inglaterra: los derechos civiles, los derechos políticos y los derechos sociales y económicos (1998:22-36). Con la expansión de estos derechos se ha logrado alcanzar la ciudadanía como clase y status para todos los miembros de la sociedad. Para Marshall la expresión de esta ciudadanía requiere la consolidación de un Estado de bienestar liberal democrático, por ello, su concepción se suele calificar como la visión socialdemócrata de la ciudadanía. Al garantizar los derechos civiles, políticos, y sociales, el Estado de bienestar asegura que todos los miembros de la sociedad se sientan miembros completos de una comunidad política, capaz de participar y disfrutar de los derechos y obligaciones de la vida en comunidad. Donde aquellos derechos sean negados o violados las personas serán marginadas e incapaces de participar en la comunidad política.
La mayoría de los debates políticos contemporáneos y de las exigencias de movimientos sociales se dirigen hacia la satisfacción de la promesa y la retórica liberal: es decir, al logro del status de ciudadanía, y la posesión de los derechos que dicho status encierra. Este enfoque liberal y socialdemócrata de la ciudadanía como status y derechos ha tenido logros importantes, pero también encierra limitaciones. Ha contribuido a formular una idea de una ciudadanía universal basada en que todas las personas deben ser tratadas en forma igual y se les debe por ello garantizar un conjunto de derechos civiles, políticos, sociales y económicos para que dicha igualdad sea real y no solo una aspiración retórica. Pero este ideal ha terminado reduciendo la ciudadanía a mero status y posesión de derechos. Por eso los republicanos contemporáneos califican este modelo como ciudadanía pasiva porque se basa en un énfasis en titularidades pasivas, en la ausencia de cualquier obligación de participar en la vida publica.
Las diferentes versiones del republicanismo, en forma acertada han señalado que el énfasis de las corrientes liberales y socialdemócratas en la ciudadanía como un “derecho a tener derechos”, ha tenido el efecto de olvidar que los ciudadanos tienen obligaciones y deberes para con la comunidad política, y desconocer que están insertos en redes, lazos y comunidades con las que tienen compromisos y responsabilidades con estas. El republicanismo de corte comunitarista objeta la visión de ciudadanía de los liberales, y en particular la de Rawls, como una concepción empobrecida que hace imposible concebir al ciudadano como alguien para quien es natural unirse a otros para perseguir una acción común en vistas a un bien común (Sandel 2000). Las personas tienen deberes que se extienden más allá de los mínimos cívicos y del respeto a los otros. El enfoque de ciudadanía como derechos carece de un compromiso intrínseco con un concepto de participación política, de identidades comunales y de virtudes cívicas. No destaca el papel de la participación política, no fomenta el compromiso con lo público, y se desinteresa por la formación de las virtudes cívicas. De esta forma la concepción de ciudadanía como status y derechos ha sido cuestionada por todas las vertientes del republicanismo contemporáneo: el republicanismo aristocrático y conservador y el progresita; el republicanismo aristotélico, comunitarista y liberal.
En este contexto, el republicanismo contemporáneo ha planteado la necesidad de complementar o reemplazar la idea pasiva de ciudadanía como posesión de derechos por un visión de la ciudadanía como ejercicio activo de participación, como compromiso con los asuntos públicos, como desarrollo de identidades comunitarias, como la activación energías cívicas en determinados momentos de crisis, como la formación y despliegue de virtudes cívicas tales como actitudes criticas frente a la autoridad, sentidos fuertes de justicia, tolerancia frente a las diferentes visiones de vida. Son, entonces, diversos los ideales de ciudadanía propuestos en le seno del republicanismo.
El republicanismo aristotélico concibe al ciudadano como alguien que participa activamente en la configuración de la dirección futura de su sociedad a través del debate y la elaboración de decisiones públicas. No descarta necesariamente la concepción liberal de ciudadanía como derechos. Ve al ciudadano como una persona que se identifica con la comunidad política a la que pertenece y se compromete con la promoción del bien común por medio de la participación activa en la vida política (Miller 1996:83). Con este ideal normativo de ciudadanía el republicanismo aristotélico enfatiza en el valor intrínseco que tiene la actividad política en la vida de las personas. Si bien, este ideal aporta una visión normativa valida, prácticamente ha desaparecido como visión legitima para todas las personas en la sociedad moderna. Intentar imponer una noción de ciudadanía activa fuertemente participativa como el ideal más valioso de buena vida implica rechazar el pluralismo moral y la libertad de elección de las personas. Esta concepción entra en conflicto con el modo en que la mayor parte de la gente entiende actualmente tanto la ciudadanía como la vida buena. A pesar de no poder imponerse como el ideal valido para todos esta concepción aristotelica de ciudadanía, no por ello, debe abandonarse como una propuesta legitima y valida para los sectores de la sociedad que deseen acogerla. La expansión de esta visión es una condición necesaria para la profundización de la democracia y para desarrollar una idea de la política como realización y no solo como una carga, una actividad costosa o una oportunidad de enriquecerse. Los republicanos aristotelicos siguen teniendo mucho que aportar en la configuración de un ideal normativo de ciudadanía aceptable y necesaria para resolver muchos de los problemas de las democracias contemporáneas. La idea de un ciudadano que se identifica con la comunidad política a la cual pertenece y se compromete con la promoción del bien común por medio de la participación activa en su vida política, no deja de ser plausible incluso en las sociedades modernas.
A diferencia del republicanismo aristotélico, el republicanismo liberal esta comprometido con asegurar un umbral de ciudadanos críticos y activos, una escala importante en el seno de la sociedad. Consideran que solo si existe una escala de ciudadanos interesados por lo público y con virtudes cívicas es posible profundizar la democracia, defender los derechos y alcanzar la justicia social. En este contexto, los republicanos liberales se orientan a discutir el tipo de virtudes cívicas que se requieren en las democracias contemporáneas y ha debatir sobre las condiciones para el surgimiento de este tipo de ciudadano y de nuevas virtudes civicas. Las virtudes cívicas que son necesarias en las democracias liberales pluralistas son entre otras: la habilidad y el deseo de cuestionar la autoridad pública, el deseo de comprometerse en los asuntos públicos, el deseo de modificar las preferencias en el ámbito público, la virtud de la razonabilidad publica, la virtud de la civilidad entendida como no discriminación, entre otras. Los republicanos liberales, señalan que para ser ciudadanos requerimos, además, tener la <capacidad real de perseguir nuestras propias metas>, la <capacidad para resistir la interferencia arbitraria de otros>, y la <capacidad para resistir la interferencia arbitraria del enemigo que todos llevamos por dentro>: es decir la posibilidad de cultivar las virtudes cívicas, y lograr el autogobierno personal. Ser ciudadano, entonces, es gozar de la libertad como no dominación, es encontrase libre de toda dependencia, aceptar aquellas interferencias que sirvan para servir a la comunidad o formar las virtudes, y lograr dominar nuestras emociones y pasiones internas.
Este modelo de ciudadanía republicana presta atención a la libertad negativa, pero tiene una diferencia frente al ideal de ciudadanía liberal: el ciudadano republicano expresa que solo puede disfrutar de la máxima libertad individual sino la antepone a la búsqueda del bien común, y sino no considera que todas las interferencias sobre nuestro modus vivendi y nuestras visiones del bien son arbitrarias. Los republicanos contemporáneos aceptan la premisa defendida por Rawls y sus seguidores en el sentido de que la ausencia de un bien común sustancial (o un único ideal comunitario compartido) ha representado una ganancia en la libertad individual, pero se distancian de Rawls cuando este cree posible alcanzar una prioridad absoluta del derecho y la justicia sobre las visiones del bien, o sobre las lealtades ciudadanas o comunitarias. Se distancian de este, cuando considera que es posible desarrollar sentidos del derecho y de la justicia independientemente de la participación en la comunidad, del cultivo de las virtudes cívicas, del desarrollo de espacios públicos y de hábitos de deliberación común, y del compromiso e involucramiento en los asuntos públicos al menos por parte de un buen numero de ciudadanos.
Para los republicanos su ideal de ciudadanía al poner el acento en la ausencia de dominación y en el compromiso cívico puede dar respuesta al desafió del pluralismo contemporáneo. Es un ideal que resulta atractivo para las feministas, los socialistas, los ambientalistas y los multiculturalistas en tanto puede incorporar y dialogar con sus demandas y aspiraciones de no-dominación y de reconocimiento. El ciudadano republicano no le cuesta aceptar lo que es distinto, no rechaza la diversidad cultural. Se distancia así, del individualismo liberal moderno, que como señala Victoria Camps, es posesivo, “agudiza el sentimiento hacia la propiedad y se hace excluyente con la prosperidad”, nos impide aceptar “que se adore a dioses que no son los nuestros, que las costumbres ajenas se mezclen con las nuestras, que lo inusual pase a ser legitimo y normal, que otros invadan el terreno que nos pertenece a nosotros y no a ellos, que nos arrebaten el poder que conquistamos”; de cierto modo no quiere reconocer que somos iguales, y que los problemas que afectan a los grupos llamados minoritarios, son problemas de todos (Camps 2002: 263).



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