El decalogo de los laicos capuchinos



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REFLEXIONES SOBRE EL

DECALOGO DE LOS LAICOS CAPUCHINOS
1. El Laico Capuchino, busca a Dios, escucha a Dios, se deja amar y moldear por Dios presente en la creación.

2. El Laico Capuchino, sigue a Jesucristo y vive el evangelio, en y con la mirada de Francisco.

3. El Laico Capuchino, es orante, vive los sacramentos en plenitud, está en comunión con la Iglesia.

4. El Laico Capuchino, da testimonio alegre, coherente y cálido de su experiencia de Jesucristo en su entorno familiar, laboral, eclesial y social.

5. El Laico Capuchino, comparte con otros su vida, se deja acompañar, corregir, sabe escuchar, está dispuesto a la comunión y al compromiso fraterno.

6. El Laico Capuchino, asume la minoridad como estilo de vida, poniéndose siempre al servicio del otro, viendo en él a Jesucristo.

7. El Laico Capuchino, consciente de su realidad humana y espiritual, tiene la madurez necesaria para descubrir asumir y vivir su proyecto personal de vida evangélico.

8. El Laico Capuchino, es un discípulo misionero a ejemplo de María, al servicio de Jesucristo y de la Iglesia.

9. El Laico Capuchino, respeta y acepta a los que piensan distintos, no hace distinción de raza, credos, ni clases sociales.

10. El Laico Capuchino, es artífice de la paz y de la reconciliación

FRATERNIDADES DE LAICOS CAPUCHINOS

HERMANOS MENORES CAPUCHINOS DE CHILE

EL DECALOGO DE LOS LAICOS CAPUCHINOS N° 1

EL LAICO CAPUCHINO BUSCA A DIOS, ESCUCHA A DIOS, SE DEJA AMAR Y MOLDEAR POR DIOS, PRESENTE EN LA CREACION”.


I.- INTRODUCCION.

Se me ha solicitado hacer una reflexión acerca del primer Decálogo de los Laicos capuchinos. He accedido con gusto ya que, a pesar de mis limitaciones, creo un deber de hermano el contribuir con un granito de arena al crecimiento espiritual de nuestros laicos que comparten nuestro carisma franciscano-capuchino.

El Decálogo de los Laicos capuchinos tal como los he leído son, a mi modesto entender, como acentuaciones y aplicaciones de los principales rasgos del carisma franciscano a la vida del hermano, acentuando su carácter seglar.

Para poder abordar el tema lo dividiré de la siguiente manera:

1.- La búsqueda de Dios.

2.- La escucha de Dios.

3.- Dejarse amar y moldear por Dios.

4.- Presente en la creación.


II.- DESARROLLO DEL TEMA.

1.- La búsqueda de Dios.

Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Salmo 41,2-3).

a.- El salmista, que se encuentra lejos de Sión, lleno de nostalgia y deseo de volver a visitar el templo de Jerusalén, se lamenta y gime. La búsqueda de Dios en el salmo es como una sed animal, salvaje. De esa manera el salmista busca a Dios. Sólo el sediento busca el agua, el satisfecho no la necesita.

La vida del creyente, sea el israelita o un cristiano, es una peregrinación que desemboca no en el templo, sino en Dios. La meta es Dios.

b.- Todo hombre por naturaleza es un buscador de Dios. Así como en las plantas se habla de un “Fototropismo”= búsqueda natural de la luz, en el ser humano podemos hablar de un “Teotropismo”= una búsqueda natural de Dios.

Pero la búsqueda de Dios puede ser falsa. En el evangelio y en las cartas apostólicas encontramos denuncias acerca de la falsa búsqueda de Dios. Jesús desenmascara no sólo la falsa religiosidad, sino también pone al descubierto con lucidez los niveles de esta búsqueda. Si bien el evangelio describe falsas búsquedas encarnadas en situaciones históricas y personas de su tiempo, sin embargo son para nosotros un modelo o parámetro a tener en cuenta.

En Marcos 7,1-23 (recomiendo que lo lean) encontramos una fuerte polémica contra la espiritualidad farisaica. Esto nos puede ayudar para conocer algunas de las principales desviaciones que se pueden dar también hoy en la espiritualidad cristiana. A la luz del texto evangélico podemos sacar las siguientes afirmaciones:

La primera: hay que distinguir entre Mandamiento de Dios y tradiciones humanas. Lo primero es perenne, lo segundo provisorio.

La segunda: Jesús rechaza la distinción entre puro e impuro, entre una esfera “religiosa”, separada de los demás, y una esfera “profana”, en la que Dios no está presente.

Para encontrar a Dios no hay que desentenderse de lo cotidiano, sino purificarse del pecado para encontrar a Dios en la vida.



La tercera: se condena una casuística refinada e hipócrita que desvanece la ley a la que pretende servir. Jesús quiere afirmar la moral del corazón y no sólo de las acciones.

El corazón ha de estar limpio si se quiere comprender la Voluntad de Dios, si se quiere “ver” a Dios. “Ver a Dios”. En el salmo 41, con el que comienzo este apartado, se lee: “¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” Y en una de las Bienaventuranzas leemos: “Felices los de corazón puro, porque verán a Dios” (Mateo 5,8). En el lenguaje bíblico muchas veces la expresión Ver quiere significar: poseer, tener. La búsqueda de Dios, el pretender tener a Dios requiere de un corazón limpio, liberado de todo aquello que impida el amar a Dios.



Para la reflexión: ¿Es tu búsqueda de Dios verdadera o falsa? ¿De qué tienes que liberarte para poder VER a Dios?
2.- La escucha de Dios.

Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6,4-5).

Escuchar a Dios es lo mismo que obedecerle, hacerle caso. El que escucha al Señor está dispuesto a hacerle caso. En 1Samuel 3,10 se lee: “Samuel respondió: habla, porque tu servidor escucha”. Y el piadoso israelita, y también el cristiano debe escuchar al Señor que le está pidiendo un amor total y radical, en el que nada es excusa para no amar a Dios. Hay que amar a Dios con todo el corazón (=desde lo más íntimo de nuestro ser), con toda el alma (=con toda la vitalidad y energía que uno tiene) y con todas las fuerzas (con todo lo que uno tiene).

La comunidad de los creyentes consigue su propia liberación en la medida en que sabe acoger y vivir en coloquio continuado en la intimidad vital con su Dios, en la proporción con que sabe expresar amor y obediencia a ese Dios.

El que está a la escucha de Dios es verdadero discípulo, se deja enseñar por Dios. Obedecer es escuchar a Dios, de acuerdo. Pero esta obediencia exige del creyente el ejercicio del discernimiento, ver qué es lo que es bueno, lo que agrada a Dios en todo (cfr. Romanos 12, 1-2). Para escuchar a Dios hay que afinar el oído, hay que estar en total sintonía con El, lo que exige del creyente un cambio de mentalidad. De lo contrario, escucharemos sólo lo que queremos escuchar y haremos decir al Señor lo que a nosotros nos interesa.

Es lo que el Hermano Francisco quería de sus hermanos, que en todo momento buscaran lo que es grato al Señor y de común utilidad a los hermanos.



Para reflexionar:

¿Sé escuchar al Señor en la oración?

¿Hasta dónde estoy dispuesto a cumplir con la Voluntad de Dios cuando la descubro?
3.- Dejarse amar y moldear por Dios.

Yo te amé con un amor eterno, por eso te atraje con fidelidad…¿es para Mí Efraín un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él…” (Jeremías 31,3.20).

En el Antiguo Testamente de mil maneras se expresa el amor activo de Dios por su Pueblo. Un amor que se manifiesta salvando. La Historia de Salvación es eso, una Historia del Amor de Dios que salva a su Pueblo sin éste merecerlo.

En el N.T. Jesús es la manifestación tangible del amor de Dios al mundo y a cada uno de nosotros. Un amor que se caracteriza porque siempre toma la iniciativa. “Así Dios nos manifestó su amor: envió su Hijo único al mundo, para que tuviéramos vida por medio de El. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria”. (1Juan 4,9-10). El tema del amor está presente en toda la primera carta de Juan. Dios es Amor y sólo el que ama conoce a Dios. El que ama a Dios ama en verdad a los hermanos y vive versa, el que ama a los hermanos demuestra que ama a Dios. La vivencia de la fe, del Reino de Dios pasa por la vivencia del amor: sentirse amado por Dios.

El Hermano Francisco se sentía amado de Dios. Sin tener mayores conocimientos de Sangrada Escritura intuye que hemos sido objeto del Amor de Dios. Todo el capítulo 23 de la Regla no bulada es una Acción de gracias a Dios por lo que El ha hecho con todos nosotros. El que ha experimentado el amor de Dios sabe contemplar y admirar al Dios Absoluto, único Bien. Francisco lo expresa magistralmente en sus Alabanzas al Dios Altísimo, escrito dos años antes de su muerte, después de su experiencia máxima de amor de Dios en el Alvernia. He aquí algunos párrafos:

Tú eres el Santo Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres el Fuerte, Tú eres el Grande, Tú eres el Altísimo, Tú eres el rey omnipotente; Tú Padre santo, rey del cielo y de la tierra…Tú eres el Bien, el todo Bien, el sumo Bien, Señor Dios vivo y verdadero”.

Nos vamos dando cuenta que todo es cuestión de amor. El que ama busca, escucha, se siente amado. Y quien se siente amado es al mismo tiempo dócil. La canción del alfarero lo expresa muy bien: se deja moldear por Dios, porque sabe que El no le hará daño.

Para reflexionar:

¿Te sientes amado por Dios? ¿Cómo lo expresas?

¿Cuál es tu manera de orar, como un hijo amado o como un servidor?
4.- Presente en la creación.

Y vio Dios que todo era bueno.” (Génesis 1,10.12.18.21.25.31).

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano sol, él es el día y por él nos alumbras; y es bello y radiante con gran esplendor: de ti, Altísimo, lleva significación.”( Cántico de las criaturas, San Francisco).

El creyente es un hombre de fe, que ama y busca a Dios; ya me he referido a esto. Ahora bien, la actividad contemplativa (propia de todo creyente) es la búsqueda de Dios, sea la búsqueda del Absoluto o el Dios personal. El creyente es y debe ser un contemplativo, debe saber mirar todo con ojos de fe y amor. Sólo así se es contemplativo. Si consideramos la acción de Dios, que cuida del universo y de cada persona, la vida contemplativa tiende a abandonarse cada vez a la Providencia.

Cristo es el mejor camino para llegar a la contemplación de Dios. Pero hay otras mediaciones, por ejemplo la naturaleza.

Muchas espiritualidades han considerado siempre a la naturaleza objeto de contemplación. Gracias a ella el espíritu se eleva hasta Dios. El medioevo atribuyó a esta contemplación una amplitud extraordinaria, mirando a la naturaleza como huella de Dios, como primer libro que contiene su Palabra.

Lo que nuestro Hermano Francisco encuentra en la naturaleza es ante todo la inocencia de los orígenes, la naturaleza tal como salió de las manos del Creador antes del pecado.

Modernamente, al sentido de la naturaleza se le ha añadido el sentido de la historia como fundamento de contemplación. El progreso se ve como una manifestación de la fuerza divina y como fin de toda evolución.

Francisco practica el respeto por la creación porque en ella ve la presencia amorosa de Dios y porque “vio Dios que todo era bueno”.

De aquí se puede deducir cuál debe ser la actitud del creyente, del seguidor de Francisco, frente a la naturaleza.



Para reflexionar:

¿Te sientes involucrado en la preocupación por la ecología?

¿De qué manera practicas el respeto por la naturaleza?

¿Qué lugar ocupa el ser humano en este respeto?
Hasta aquí algunas ideas acerca del primer decálogo del laico capuchino. No es un tema acabado dado que el autor no es especialista en el tema.

Lo hecho es con amor y respeto a tantos hermanos laicos capuchinos. A todos ellos vaya un cordial abrazo deseándoles a todos mucha PAZ Y BIEN en el Señor.


Hno. Pastor Salvo Beas.

DECÁLOGO DE LOS LAICOS CAPUCHINOS N° 2

EL LAICO CAPUCHINO SIGUE A JESUCRISTO Y VIVE EL EVANGELIO EN Y CON LA MIRADA DE FRANCISCO”


Introducción

Dios nos ha dado una vocación, nos ha hecho un llamado a todos los hombres sin distinción. Ni Él excluye a ninguno y nadie debe sentirse excluido de dicha vocación. Él quiere que todos los hombres se salven y que todos lleguen al conocimiento pleno de la verdad, 1Tim 2, 4.

Solemos darles diversos nombres a esta vocación: Estamos llamados a vivir el Evangelio; estamos llamados a la santidad o al seguimiento de Jesucristo; estamos llamados a ser discípulos y apóstoles suyos; etc. Con diversas acentuaciones todos estos nombres buscan decir lo mismo. Pero la vivencia y la respuesta concreta a esta vocación se realiza de hecho con acentuaciones específicas tanto en las personas particulares, como también en los grupos humanos y/o religiosos de la Iglesia: esto se debe a la natural limitación que tiene la mente y las potencialidades humanas de no poder captar ni asumir en toda su plenitud de la salvación que Dios Padre nos ofrece a través de su Hijo Jesucristo.

Vamos a considerar en esta reflexión dos núcleos o partes que puedan ayudarnos a comprender en qué consiste este llamado de Dios a la salvación y, en consecuencia, cómo debemos comprender y responde el llamado de Dios. 1°, seguir a Cristo viviendo su Evangelio; y 2°, en y con la mirada puesta en Francisco de Asís.


I - Seguir a Cristo viviendo el Evangelio

Uno. Seguir a Cristo viviendo su Evangelio es el ideal, el camino, el desafío de todo creyente cristiano. Cuando Jesús se manifestó a la humanidad, afirmaba que Él venía como enviado del Padre Dios a traernos un mensaje de salvación. Pero apareció como un enviado muy especial. Por ejemplo Él decía: Si alguno está cansado o agobiado, venga a Mí...Mt 11, 28-30; Parece que debería haber dicho, El que esté cansado o agobiado, vaya al Padre..., si es que Él era sólo un enviado. [Cfr otros pasajes: en una ocasión se proclamó en una forma que puede parecer atrevida: Yo soy el Pan de Vida eterna y el que me come tendrá vida, el que no me come… Jn 6, 51-57; se proclama como el Buen Pastor que da la vida, que cuida, que defiende, que conduce a sus ovejas, Jn 10, 11ss; ante la dura realidad de la muerte, que Él reconoce muy terrible y dolorosa y por eso llora la partida de Lázaro, proclama solemnemente: Yo Soy la Resurrección y la vida, y el que cree en Mí..., Jn 11, 25-26; etc., etc.].

Cuando en la Última Cena todos estaban desconcertados porque no entendían mucho lo que iba a pasar, Él les dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida, Jn 14, 1-6;

Es decir: Jesús se pone al centro de su mensaje. La salvación consiste en una relación directa e íntima con Él. Para lograr esa salvación, se nos exige tener un contacto y una relación muy estrecha con Él.

Pablo, maravilloso sintetizador del Evangelio de Cristo, hablando de la vocación o llamado de los cristianos, escribía a sus amigos de Roma: A los que de antemano Dios conoció, también los predestinó a ser como su Hijo, semejantes a Él, a fin de que el Hijo sea el primogénito de numerosos hermanos, Rom 8, 29-30.



Dos. ¿Qué sería ser cristiano, ser discípulo o seguidor de Cristo? - Para responder solemos nosotros poner en acento en la vida, las acciones. Ser cristiano, respondemos, es el que hace lo que Cristo manda, es el que piensa como Cristo pensó, el que realiza las acciones que Cristo realizó. Está bien. Hay que hacer esto. Si no se realiza eso, no estamos en el camino del discipulado, del seguimiento de Cristo.

Pero no basta hacer. La acentuación habría que ponerla en el ser: ser como Cristo fué. Porque hemos sido llamados por Dios a ser como su Hijo, semejantes a Él, a fin de que el Hijo sea el primogénito de numerosos hermanos. Tan parecidos a Él que tengamos el mismo aire o la misma fisonomía de familia, ya que Él es nuestro Hermano mayor. Lo importante es reproducir en nosotros la imagen de Él.

¿Qué supone eso de ser parecido a Jesucristo? La Palabra nos invita, tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús, Fil 2, 5. Nosotros podemos repetir muchas acciones de Jesús, pero eso no supone automáticamente un seguimiento. El sentimiento o motivación interna, el anhelo de ser semejante a Él es lo que va a dar sentido y contenido a nuestra vivencia del Evangelio.

Ese seguimiento de Cristo y la vivencia de su Evangelio va a exigir ciertamente hacer las obras de Jesús, pero la acentuación más importante será aceptar las motivaciones de Jesús; aceptar su proyecto de salvación y, cuando el creyente logre asumir éso, entonces mis sentimientos, mis acciones, mis actitudes serán cristianas.



Resumiendo: En la vivencia de nuestra vida cristiana se nos exige primero aceptar a Jesús, aceptar su proyecto y, segundo, vivir como consecuencia lo que Cristo fue. Ambos aspectos son esenciales para asumir la realidad de mi vocación cristiana.

Tres. Vivir el Evangelio. Comúnmente para nosotros el Evangelio es un libro. O cuatro libritos que nos relatan la historia de Jesús, sus palabras, sus milagros, los sucesos de su vida. Y - consecuencia lógica de este concepto -, vivir el Evangelio podría resultarnos la aceptación de lo que esos cuatro libritos nos enseñan, o el cumplimiento de lo que nos mandan. Pero esto no es tan simple. Cuando San Pablo escribió sus cartas, todavía no estaban escritos los cuatro Evangelios, y Pablo les dice a sus amigos: Yo les anuncio el Evangelio; los invito a vivir el Evangelio; conviértanse al Evangelio; el Evangelio los salva, etc.

¿Qué nos puede decir a nosotros, los laicos capuchinos, eso de vivir el Evangelio? - Para comprenderlo, tenemos que darnos cuenta que el Evangelio no es ni un libro, ni una doctrina, ni una normativa de vida. Evangelio es una Persona, Evangelio es la Persona de Jesús el Salvador.

Cuando Pablo escribía que predicaba, o que invitaba a aceptar y vivir el Evangelio, o aseguraba que el Evangelio salvaba, quería decirnos que era la Persona de Cristo la que salvaba, la que era anunciada, en la que debían creer sus oyentes. Vivir según el Evangelio exige acercarnos a Cristo para vivirlo. Vivir una Persona, vivir la Persona de Cristo... Resulta difícil comprenderlo… ¿Qué puede significar esto para nosotros?

Para entenderlo vayamos a nuestra experiencia personal. Cuando nos topamos con una persona que encarna algunos ideales o valores que nosotros buscamos incorporar, nacen en nosotros dos sentimientos: uno, admiración y el otro, el deseo de imitarla, de ser como ella. No solemos reconocerlo ni decirlo, pero se suelen crear unos lazos internos con esa persona y terminamos pensado (¡no solemos decirlo ni confesarlo!): ¡Cómo me gustaría ser como esa persona! Eso sería vivir una Persona. Eso sería vivir la Persona de Jesucristo.

Esta fue la pedagogía que utilizaron los Apóstoles en su predicación evangelizadora: Pedro, por ejemplo, en día de Pentecostés les anunció a los tres mil oyentes que lo escuchaban: a) que Jesús era un hombre bondadoso que hacía milagros; b) que ustedes lo mataron colgándolo de una cruz; c) que Dios lo resucitó y d) que Jesús está ahora vivo en medio de nosotros y que los puede salvar a ustedes como nos ha salvado a nosotros, Hch 2, 14-41. Este anuncio interesó a los oyentes y preguntaron, ¿qué debemos hacer para obtener esto que nos hablas? La respuesta de los Apóstoles fue: Conviértanse = acepten, ábranse ante esta Persona, ante este acontecimiento, ante esta realidad y bautícense = por el rito sellen una alianza, un contacto con Jesús, formen una comunidad o Iglesia.

Aceptar a Otro: podemos imitar a otro, podemos admirar a otro, pero podemos además buscar ser como el Otro. Esta es la fe y el camino cristiano. Comúnmente a esto llamamos vivir el Evangelio.

Para aceptar a otro como persona debemos tomar contacto con quien admiramos. Para lograrlo, es imprescindible el contacto personal. En ocasiones criticamos a personas que por un constante diálogo, acercamiento o contacto terminan pensando lo mismo que el otro, hablando igual que el otro, pareciéndose al otro en sus gustos. Esas personas han creído en el otro, y han vivido esa confianza y fe humana y la han madurado en el diálogo de palabras o en el diálogo de vida: eso los hizo tan parecidos que solemos compararlos a dos gotas de agua. Si queremos vivir el Evangelio como nos proponemos, es imprescindible el diálogo de vida, de palabras, de experiencia con Jesús en Salvador...

Nos resulta fácil tener un diálogo con amigos, con personas que apreciamos o admiramos. Concertamos un encuentro, nos reunimos… Pero con Jesús, ¿cómo? Sí, es posible un diálogo con Jesús. Partamos viviendo nuestra fe: Él nos aseguró que estará con nosotros hasta el fin del mundo, Mt 28, 20. Y sabemos que la razón de su presencia perenne es comunicarnos y convivir con nosotros su salvación, estar con nosotros para darnos la oportunidad de un diálogo cercano, íntimo... ¿Dónde lo encontramos hoy para conversar, dialogar con Él, experimentarlo cerca de nosotros? Señalamos algunas instancias concretas que nos permitirán y facilitarán este diálogo con el Señor:



1. Su Palabra. La Biblia no es un libro que nos hable de Dios; es el libro a través del que Dios nos habla para mostrarnos quién es Él, para manifestarnos el amor y el interés que nos tiene, para indicarnos el proyecto de salvación que tiene para nosotros, para indicarnos los caminos y los valores que le gustaría que nosotros asumiéramos. La Iglesia, cuando quiere expresar su fe en la Palabra, nos dice que cuando se abre la Biblia en medio de la comunidad de los fieles es Él mismo quien nos habla (Concilio Vaticano II, SC n 6). Y cuando Dios habla no quiere monologar frente a nosotros, sino que espera y busca nuestra reacción, nuestra respuesta. Por eso la Biblia no es un libro para leer: es más bien un libro de conversación, de diálogo con el Dios que nos habla. Si queremos conocer lo que Dios quiere, cuál es su plan, o profundizar su enseñanza, deberé acudir a la Palabra de Dios en la Biblia. La Iglesia nos ha acostumbrado a la proclamación de la Biblia en la comunidad; sería bueno, en nuestro empeño de seguir a Cristo y vivir su Evangelio, que nos acostumbráramos a leerla en particular para hacer de esa lectura un particular medio contacto y diálogo con el Señor. [Hoy el Pueblo de Dios tiene más aprecio a la Palabra que en épocas pasadas y nos propone formas interesantes y provechosas de acceder a la Palabra, como la llamada Lectio Divina que es un método fácil de convertir la lectura del texto bíblico en un diálogo con el Señor.]

2. Los Sacramentos. Son reales signos de la presencia de Jesucristo entre nosotros y, por tanto, momentos o instancias en las que nos podemos encontrar directamente con Él. El adjetivo propio que la fe de la Iglesia da a los Sacramentos, es eficaz: e.d., no sólo nos recuerdan a Jesucristo y su salvación, sino que lo hacen presente con toda su potencia salvadora. Sabemos y confesamos que Jesús instituyó, hizo, inventó los Sacramentos hace 20 siglos. Pero no siempre nos percatamos de otra verdad igualmente importante, que cuando hoy se celebra cada uno de los Sacramentos es el mismo Jesús que está presente en ese momento realizando la salvación a favor nuestro, haciendo presente el contenido salvador de cada Sacramento. Como Cristo está presente allí, en su celebración, nosotros tenemos la posibilidad de experimentarlo. Y esa experiencia es fuente de un mayor conocimiento del Señor Jesús. Por tanto cada Eucaristía, vivida en esta perspectiva, debería ser realmente para nosotros la oportunidad de una experiencia vital con el Señor, experiencia que no sólo nos va a dar algo que necesitamos y que no tenemos, sino que nos hará experimentar el cariño, la ternura, el interés de Dios por nosotros: no somos nosotros, por nuestra iniciativa que se nos ocurre ir hacia Dios. Es el mismo Dios Padre quien nos invita como anfitrión y nos convoca junto a su Hijo salvador para hablarnos y darnos la posibilidad de experimentarlo. El Sacramento de la Reconciliación sería lo mismo: es la maravillosa experiencia de sentir la comprensión y el perdón de Dios que no sólo nos purifica, sino que nos permite iniciar un camino nuevo hacia Él.

3. Los hermanos. Según la enseñanza de Jesús, los hombres y mujeres que nos resultan cercanos, son igualmente signos de su presencia en medio nuestro y, a través de ellos, nos podremos encontrar con Él, podremos descubrirlo, podremos experimentarlo cerca. Nos parece lógico y normal que podamos descubrir a Dios en los signos típicamente religiosos como su Palabra, los Sacramentos, la oración: son para nosotros pistas claras y evidentes. Pero se nos hace más cuesta arriba y más difícil descubrirlo en lo que nos enseña Jesús en una de sus parábolas, Mt 25, 31-46, en donde nos señala una lista menos simpática, en la que aparecen los hambrientos, los sedientos, los sin ropa, los marginados y hasta los encarcelados, en quienes ordinariamente constatamos que sus miserias y limitaciones son consecuencia de su conducta incorrecta. Nos cuesta comprender que cuando el Verbo, el Hijo de Dios se encarna, asume en Sí mismo todas las miserias y Él, que no cometió pecado, se hizo pecado para redimirlo. Y no sólo asume la realidad de pecado, sino que los hace signo de su presencia, de tal modo que cuando alimentamos al hambriento irresponsable, o vestimos al flojo, o visitamos al enfermo vicioso o al criminal encarcelado, lo estamos alimentando, sirviendo, visitando a Él mismo. Difícil comprender esto con nuestro criterio humano, pero el Señor nos enseña que éste es un lugar de encuentro y de diálogo con Él. En nuestro esfuerzo por ser menores, servidores, lo encontramos a Él.

4. Francisco nos enseña también otra instancia o medio de comunicarnos con Dios: la naturaleza, los seres creados. La revelación nos asegura que cuando Dios, hizo todas las cosas, dejó en ellas parte de sus cualidades o perfecciones. Y aun califica de necio al que, viendo las cosas creadas, no es capaz de descubrir en esas pistas las huellas de su Hacedor. Francisco no está en la lista de esos necios. Cuando transitaba por los parajes maravillosos de su tierra y veía una flor hermosa, pensaba y comentaba la hermosura de Dios y pensaba que Dios, siendo inconmensurable, infinitamente bello, dejó una partecita de su belleza, de su propia armonía cromática, parte de su perfume en esa flor. E iba más allá, Dios dejó ese pequeño destello de su grandeza para que él, Francisco, fuera feliz y sintiera complacencia contemplando la belleza de esa flor, reflejo de Dios. En otras palabras, Dios había tenido la delicadeza y la ternura de hacerle ese regalo: y en una simple flor Francisco descubría ese amor y no podía menos de alabar, agradecer, gozarse de que Dios lo quisiera tanto. Francisco logró descubrir y experimentar a Dios muy cerca de él en la naturaleza que le rodeaba. Y veía a todos los seres de la naturaleza como frutos del amor de Dios creador. El que es fruto del amor se llama hijo. Y cuando hay varios frutos de un mismo amor paterno, entre ellos se consideran y se llaman hermanos. Por eso, para Francisco, el sol, las montañas, las flores, eran hermanos, porque todos eran fruto del mismo amor fecundo del Padre Dios. Tal vez nosotros no estemos hoy, como estuvo Francisco, para contemplar las flores, o una puesta maravillosa de sol, o la inmensidad del mar, en una palabra, la hermana creación... No tenemos ni tiempo ni muchas oportunidades. Vivimos en otra. Pero sí estamos invitados a recrear esta instancia de encuentro con Dios, esta oportunidad de vivir en alabanza y acción de gracias por los dones maravillosos que Dios ha puesto en el mundo y que, por mandato suyo, el hombre ha perfeccionado para servicio de todos. Por ejemplo, deberíamos nosotros alabar a Dios por la energía que Él puso en el universo y que el hombre ha descubierto y aprovechado para facilitar nuestros desplazamientos en la hermana micro o en el hermano Metro... Reconocer la maravilla de la fuerza nuclear que es creatura de Dios y que el hombre, asumiendo el plan de Dios, ha hecho posible que hoy sean curables tantas enfermedades fatales a través de las hermanas máquinas clínicas o de las medicinas maravillosas... Dios nos ha dejado tantas pistas a nuestro alrededor y nosotros somos tan insensibles para no darnos cuenta de la cercanía de su presencia amorosa y delicada. Francisco, con su praxis, nos enseña a sensibilizarnos ante las constantes manifestaciones de Dios que busca hacerse patente con una sola finalidad: que nosotros lo descubramos para experimentarlo cercano y gozar de la salvación que nos entrega a través de su Hijo Jesucristo.
II - Con la mirada de Francisco

Francisco no fue más que un creyente cristiano que quiso vivir el Evangelio. Era el ideal que constantemente repetía. Y lo quería vivir a la letra, sin glosas ni comentarios que lo desvirtuasen. Esta forma no la vivió en un liberalismo material, sino con la intuición del creyente: para él vivir el Evangelio era vivir lo que Cristo fue. Nos cuenta Francisco en el Testamento que nos dejó a sus hijos que cuando yo estaba envuelto en pecados…, el Señor me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio, y yo, en pocas y sencillas palabras lo hice escribir y el señor Papa me lo confirmó.

Si bien el Evangelio, lo hemos repetido, es un contenido que va más allá del libro bíblico, Francisco comenzó su itinerario leyendo el libro, partió de su lectura material. Pero él mismo nos confidencia el criterio subyacente, lo que era para él su lectura: El Señor me reveló... Alguno podría, tal vez, interpretar que eso de la revelación era una aparición de Cristo o un recado que Él le mandó a través de ángel; pero era porque lo había leído en el librito de los Evangelios y estaba convencido que esa es la forma como en Señor nos habla. Así, cuando Francisco quería saber cuál era el camino que había de seguir, iba al Evangelio... Y eso era para él la revelación del querer y del plan de Dios.

Francisco, nos lo atestiguan las biografías escritas por sus primeros compañeros más cercanos, vibraba con todos los valores que Jesús había vivido y enseñado y que la catequesis de los evangelistas pusieron después por escrito. Pero dada su sensibilidad personal y algunos condicionamientos de su época, podríamos decir que Francisco se encariñó, le llamaron más poderosamente su atención algunos valores o aspectos particulares del mensaje de Jesús. Él aceptó el Evangelio completo, pero privilegió dos cualidades de Cristo que le parecieron importantes en la vida del Señor Jesús y que después, en su predicación, resaltó en forma especial: esos dos aspectos fueron la Fraternidad y la Minoridad o espíritu de servicio.



1. Fraternidad. Una de las novedades de la predicación de Jesús fue subrayar la afirmación que Dios era nuestro Padre común. Y, como consecuencia de esta verdad, que todos nosotros éramos hermanos. La actitud fundamental del Hijo de Dios al asumir nuestra naturaleza humana, fue precisamente esa: hacerse hermano, nivelarse con nosotros. Humillarse hasta la muerte y una muerte de cruz, Filip 2, 5-11. Si Él se mostraba Hijo del Padre, había una constante acentuación al aspecto de la fraternidad.

Y esto lo enseñó machaconamente a los suyos: cuando algunos de los apóstoles pretendían ser más que los demás, Jesús les enseñaba que no debíamos llamar Padre a ninguno, porque uno solo es el Padre, el que está en los cielos; ni tampoco llamar Maestro a nadie, porque uno solo es el maestro, Cristo, y terminaba haciendo patente la razón, porque todos ustedes son hermanos, Mt 23, 8.





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