“el cuerpo en la interconsulta”



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EL CUERPO EN LA INTERCONSULTA”




Autores:
María Inés Arjovsky

Silvia Ester Resnisky

María Belén Sivori

Maia Szerman

Geraldine Triboulard
Coordinadora: Lic. Mirta Guzik

El escrito que presentaremos surge de la práctica en el Equipo de Interconsultas de un Servicio de Salud Mental que realiza sus tareas en un hospital general de la Ciudad de Buenos Aires.

Cada día el equipo recibe los pedidos de interconsultas de los diferentes servicios del hospital. Los médicos de cada especialidad escriben en pequeños papeles o en recetarios que dejan en la secretaría del servicio, el nombre del paciente, su edad y una mínima referencia a aquello que motiva el pedido de intervención del equipo de salud mental. Estos primeros pedidos suelen ser difusos e inespecíficos, a veces describen diagnósticos médicos y otras agregan breves descripciones del estado emocional de los pacientes.

Tras ese primer pedido, un interconsultor psicólogo o psiquiatra, según los requirimientos del caso, se acerca a la sala buscando al médico solicitante para interiorizarse sobre las particularidades del paciente y su situación. Acercándonos al médico, valiéndonos de su palabra, nos enteramos no solo del cuadro clínico sino del entramado singular al que hemos sido llamados.

La interconsulta es escenario de entrecruzamiento del sufrimiento biológico y del sufrimiento subjetivo. Llamamos sufrimiento biológico a aquel que atañe al cuerpo y a sus funciones fisiológicas, al cuerpo que la medicina toma para sí y sobre el que produce un saber específico, científico y por tanto generalizable, sobre el que se pueden hacer mediciones, diagnósticos y pronósticos. Se trata, en suma, del cuerpo que la medicina intenta curar. Pero en nuestra experiencia encontramos que junto al dolor del cuerpo enfermo, hay un sufrimiento que tiene coordenadas distintas al de la biología.

El encuentro con el paciente nos convoca a aquellos que estamos habituados a trabajar con la palabra con el cuerpo real, biológico, ese que para nosotros suele quedar velado. Territorio que como psicólogos nos es extraño y en el que debemos sumergirnos para intentar escuchar al sujeto tras el cuerpo que sufre.

Sabemos que cada sistema y órgano del cuerpo tiene un funcionamiento específico, un ritmo y un desarrollo. Sin embargo, y afortunadamente, en la vida cotidiana no tenemos conciencia de ello. El psicoanálisis desde su particular concepción del cuerpo entiende esta experiencia como producto de la constitución subjetiva. Valiéndose de los aportes de Sigmund Freud, Jaques Lacan conceptualiza el llamado “Estadío del Espejo” a fin del cual el sujeto podrá experimentar su organismo viviente como una unidad.

Para explicar la formación de una imagen anticipada de unidad Lacan articula los desarrollos de Bolk sobre prematuración, la experiencia de Wallon sobre el reconocimiento en el espejo, por parte del niño, de su propia imagen, y el concepto freudiano de desamparo, con la maduración precoz de la visión respecto de los demás sentidos. El Estadío del Espejo se constituye entonces como una suerte de prótesis que permite hacer de la inicial fragmentación del soma del infans una imagen unificada del cuerpo.

En síntesis, la noción que fundamentalmente quiere destacar Lacan es que el cuerpo como superficie unificada es algo que se constituye.

Tomamos estas nociones para explicar que el psicoanálisis no entiende al cuerpo sólo como una materialidad biológica sino también como un cuerpo que habita un lenguaje, en relación a una imagen de si mismo, que se construye y que por lo tanto puede fragmentarse.


En el trabajo de interconsulta en las salas de internación del hospital se encuentran tanto el deseo médico de curar y de restablecer al cuerpo sus funciones como el intento del psicoanalista de mantener abierto el campo del sujeto, de devolverle el uso de la palabra al cuerpo que sufre, escucharla y a la vez hacer que esa palabra sea escuchada.

El padecimiento particular que a cada paciente pueda despertarle la internación está en relación con el hecho de que cada individuo habla en el interior de unas coordenadas, de unas significaciones, de unas posiciones bien precisas que distinguen a cada cual de todos los demás y que hacen que el sufrimiento subjetivo sea inaccesible a una generalización.

El psicoanalisis, como dice E. Laurent, se define por su deseo de hacer surgir la particularidad de cada cual, en el seno de lo que es vivido por todos (Laurent, 2004).

Así, a veces, nuestro trabajo como psicólogas en la interconsulta, consiste en dar lugar a la posibilidad de que emerja una palabra que ha quedado acallada frente a la urgencia de atender la enfermedad.

Vicente, internado con diagnóstico de Síndrome de Guillain- Barré, se quejaba de unos fuertes dolores que acontecían con más intesidad por la noche. El pedido de los médicos era el de evaluar si se trataba de un malestar físico relacionado al diagnóstico o si habría para este otra causa. Al aproximarnos a la cama donde estaba el paciente, nos impresiona su delgadez y su mirada, estaba como perdido. Al presentarnos Vicente dice: “estoy molesto porque tengo una cosa en la garganta que no me deja tragar, de noche es peor, le dije a los médicos pero no hacen nada” .

Le preguntamos: “¿qué pasa por la noche?”, él cuenta que por la noche aparece en el televisor de enfrente la cara de un hombre con capucha negra, dice “no le puedo ver bien la cara porque está tapado y tampoco se le ve el cuerpo. Aparece todas las noches, no habla sólo me mira”. Agrega: “soy el único que lo ve”, y continúa “también entra una nenita y se pone al lado de mi cama, tampoco habla, me mira”. Esa madrugada Vicente murió.

Pensamos que en este caso se ha tratado de ofertar al sujeto la posibilidad de hacer surgir en su relato una verdad de lo que le acontecía más allá del proceso propio de la enfermedad. Prestamos nuestra escucha y nuestra presencia a fin de sostener y mantener abierto el campo subjetivo de la palabra, incluso cuando se trata de la certeza de la propia muerte.

La intervención en interconsultas puede no sólo implicar el trabajo con los pacientes sino también con los médicos. En ciertas oportunidades, encontamos que nuestra labor consiste en construir con los médicos estrategías de intervención. A veces en casos de diagnósticos difíciles o inciertos, otras para una mejor transmisión de la información; en definitiva, parece tratarse de establecer lugares claros por los que la palabra pueda circular.

En otras ocasiones, las intervenciones ocurren en el punto límite en que el cuerpo parece perder su completud imaginaria. Así como también intentamos producir para los pacientes internados cierto lugar de reconocimiento incluso en el anonimato que implica el hospital.

José de 29 años ingresa por guardia luego de haber sufrido un accidente de tránsito, producto del cual tiene una herida muy profunda en la pierna en la que contrae una bacteria muy potente llamada clostridium, cuya acción es tan feroz que implica para el paciente riesgo de amputación del miembro y riesgo de vida por shock séptico. Al intentar encontrar al médico tratante, nos anoticiamos de una particular situación: el papel del pedido de interconsulta estaba realizado por un médico de traumatología pero José estaba internado en cirugía general. Traumotología no podía mantenerlo en su sala por el riesgo de vida y los pocos recursos para intervenir frente a alguna complicación. Parecía no ser paciente de nadie. En lo que todos acordaban era en que José le pertenecería a la UTI, pero allí nunca hay lugar.

Encontramos a José solo y angustiado. Nos dice que estar en la guardia fue un horror, ahí estaba constantemente aturdido, presenciando muerte todo el tiempo, "era como no salir nunca del accidente" – solloza.

Estaba totalmente consciente y al tanto de los riesgos de su situación, pero le dolía la soledad, la angustia, no encontraba sentido a su estadía en el hospital. Al poco tiempo, luego de varias conversaciones con los médicos, José fue trasladado a la sala de internación de traumatología y rápidamente su estado cambió; primero el anímico, ahora los médicos y enfermeros lo veían diariamente, y luego la bacteria logró erradicarse. De todas formas, ésta produjo un gran daño, implicando que fuese necesaria una reconstrucción con injertos que le correspondería realizar al equipo de cirugía plástica. La herida, por su exposición, hizo que José contrajese otras bacterias y que plástica no quiera tomarlo para la intervención, pero esto solo aumentaba el riesgo de seguir contrayendo bacterias. Luego de varias vueltas, idas y venidas, el jefe de sala de traumatología consiguió una primera intervención del equipo de cirugía plástica. José había sido adoptado. La angustia de la que José padecía en un principio era, ante todo, la de no encontrar un lugar en el Otro. El sentimiento, constantemente repetido de rechazo y desalojo, lo dejaba sumido en el tiempo interminable del trauma, en el que curarse era imposible. En una de nuestras visitas, y cuando el panorama era ya más alentador, José nos cuenta de la insistencia de los médicos en que “vea” su herida, de la que se comenta que era impresionante, que se veía el hueso y otra serie de detalles escabrosos... Él siempre se resistió, solo aceptó ver de su propia pierna una foto, una imagen que resguardase su cuerpo, lo mantuviese aún reconocible. Su pierna debe ser aún “curada”, “reconstruida”, y vendrá luego el tiempo de integrarla a su cuerpo, a la imagen en el espejo. Para eso, la carne, lo real del hueso, deberá permanecer oculto.

Los pacientes internados, que deben necesariamente ser sometidos a multiples observaciones e intervenciones, parecen por momentos perder la posibilidad de ser reconocidos como semejantes por aquellos que los rodean, y nadie puede existir, si para empezar, su existencia no es reconocida. Creemos entonces que una de nuestras tareas es la de restablecer para el sujeto esas coordenadas de reconocimiento.

Con Ginette Raimbault pensamos que uno de los objetivos para el analista en la interconsulta es el de devolver el sujeto a su cuerpo, o el cuerpo al sujeto (Raimbault, 1985). Se trata del deseo de mantener ese campo del sujeto, de devolverle el uso de la palabra al cuerpo que sufre, y en ocasiones también a aquel que lo cuida o lo cura, intentando instaurar, desde un lugar de posible terceridad y escucha, la función del semejante y de su reconocimiento.



Bibliografía:


  1. Freud, Sigmund. (1914) “Introducción del narcisismo”, en Obras Completas, volumen XIV. Buenos Aires, Amorrortu editores S.A, 2003.




  1. Lacan, Jaques. (1949) “El estadío del espejo como formador de la función del yo (je)”, en Escritos 1. Buenos Aires, Siglo XXI, 1991.




  1. Lacan, Jaques. (1966) “Psicoanálisis y medicina” en Intervenciones y textos vol.1. Buenos Aires, Editorial Manantial, 1985.




  1. Laurent, Eric. “Hijos del trauma” en La urgencia generalizada, Belaga G. (comp.). Buenos Aires, Grama, 2004.




  1. Mazzuca, Roberto (et.al.). “Psicoanálisis y psiquiatría: encuentros y desencuentros”. Buenos Aires, Berggasse 19 editores, 2004.



  1. Rabinovich, Diana. “Lo imaginario, lo simbólico y lo real”. Clase dictada el 22/06/1995. www.psi.uba.ar.




  1. Raimbault, Ginette. “El psicoanálisis y las fronteras de la medicina. Clínica de lo real”. Barcelona, Editorial Ariel S.A., 1985.




  1. Sotelo, Inés (comp.). “Tiempos de urgencia. Estrategias del sujeto, estrategias del analista”. Buenos Aires, JCE Ediciones, 2005.



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