El Corazón de la Meditación Budista



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La Cultura de la Mente

Cultura de la Mente y Cultura del Corazón

Satipatthána, el cultivo de la Recta Atención, es la cultura de la mente en su sentido más elevado. Pero por el Discurso, y tam­bién por lo expuesto anteriormente, algunos lectores pueden qui­zá tener la primera impresión de que se trata más bien de una en­señanza fría e intelectual, árida y prosaica, que es indiferente a la ética y descuida el corazón. Si bien abrigarnos la esperanza de que el cálido pulso vital que late en el marco sobrio del Satipatthána no habrá pasado desapercibido. Sin embargo, añadiremos algunas palabras en respuesta a tal objeción.

La aparente falta de consideraciones éticas se explica por el hecho de que, en muchas otras ocasiones, el Buda habla con la mayor insistencia de la moralidad con base indispensable de todo desenvolvimiento mental superior. Este hecho, bien conocido de todos los discípulos del Maestro, no tiene, por consiguiente, que ser de nuevo mencionado en un Discurso consagrado a un tema espe­cial. Pero agregaremos algunas notas suplementarias para disipar las dudas y responder a las objeciones.

La moralidad que regula en nuestro mundo las relaciones en­tre el individuo y los demás seres humanos debe ser sostenida y protegida por preceptos, reglas y leyes, y además ser susceptible de explicación racional por el buen sentido y la filosoña. Pero las raíces más seguras de la moralidad residen en una verdadera cul­tura del corazón. En la enseñanza del Buda esta cultura del cora­zón ocupa importantísimo lugar y encuentra su expresión ideal en los cuatro Estados Sublimes o Divinas Moradas de la Mente (brahma—vihára): Un Benigno Amor, Compasión, Alegría com­partida y Ecuanimidad (14). Un amor benigno, desinteresado y sin límites es la base de las otras tres cualidades y de todo esfuerzo para ennoblecer la mente. Así pues, también en el método del Sa­tipatthána una de las tareas principales de la Atención es la de ve­lar porque ninguna acción, palabra ni pensamiento menoscabe este espíritu de amor benigno e ilimitado (mettá). El cultivo del amor benigno no deberá faltar en el camino del discípulo. «¡Con­servad esta atención (al amor benigno)!», ordena el clásico Mettá, Sutta, el «Canto del Amor».

14 En pali: mettá, karuna, muditá y upekkhá. La traducción de esta última por «ecuanimidad» se explica por sí misma. De las otras tres, mettd se traduce por «be­nigno amor» para puntualizar que no se trata en modo alguno de amor—pasión, sino de un sentimiento altruista no contaminado por el egoísmo (que corresponde, pues, a lo que el cristianismo llama agape o caritas). Karuna y muditá son los dos modos complementarios de compartir los sentimientos del prójimo: la «compa­sión» con el que sufre y la «alegría compartida» con el que goza. Véase The Four Sublime States, de Nyanaponika Thera (Buddhist Publication Society, Kandy, Sri Lanka) [No traducido al castellano].

Además, subrayando una vez más la relación entre el amor be­nigno y el Satipatthána, el Buda dijo:

«Se deben cultivar los Fundamentos de la Atención con la idea: "Así me protegeré a mí mismo". Se deben cultivar los Fun­damentos de la Atención con la idea: "Así protegeré a los demás Al protegerse a uno mismo se protege a los demás; al proteger a los demás, se protege uno a sí mismo.»

«Y ¿cómo se protege a los demás protegiéndose uno a sí mis­mo? Mediante la práctica repetida (de la atención), por su desa­rrollo meditativo y por su frecuente aplicación.»

Y ¿cómo se protege uno a sí mismo protegiendo a los demás? Por la paciencia, por una vida sin violencia, por el amor benigno y la compasión.» Samyutta-Nikáya, 47,19

El Mensaje de Ayuda: ayúdate a ti mismo

Al principio de esta obra dijimos que los Fundamentos de la Atención constituían un «mensaje de ayuda». Ahora, después de lo dicho en estas páginas, se pueden describir más exactamente como un mensaje que explica cómo «ayudarse a sí mismo». La propia ayuda es, en efecto, la única eficaz. Cierto que la ayuda que ofrecen o dan los demás mediante instrucciones, consejos, comprensión, asistencia práctica o generosidad meterial puede tener una importancia decisiva para el que la necesita, pero re­querirá siempre además una buena parte de «ayuda propia», o sea, la aceptación voluntaria y la_ utilización conveniente de la que nos ofrecen para que pueda llegar a ser una ayuda eficaz y real.

«Uno mismo hace el mal, uno mismo se mancilla;

uno mismo deja el mal, uno mismo se purifica.

Pureza o impureza dependen sólo de uno mismo.

Nadie puede purificar a otro.» Dhammapada,— V, 265

«El esfuerzo debes hacerlo tú mismo,

el Perfecto señala el camino.» ib., V, 276

Pero aparte del hecho de mostrar claramente cómo ayudarte, el mensaje en sí de que hay una ayuda debe ser considerado como noticia buena para un mundo enredado en ataduras de propia fa­bricación. Buenas razones tiene la humanidad para desesperar de toda ayuda, vistas las veces que se ha intentado aflojar los lazos por una u otra parte, con el único resultado de que este mismo es­fuerzo los ha hincado aún más profundamente en ' la carne por otro sitio. Pero ayuda la hay, y es la que descubrieron los Budas y aquellos de sus discípulos que llegaron a la consumación de su enseñanza. Quien tenga «los ojos no totalmente cubiertos de pol­vo» no confundirá a los Iluminados con' aquellos otros maestros que sólo ofrecen una ayuda parcial, sintomática y, por tanto, ine­ficaz. Quienes nos traen verdadera ayuda se reconocerán por la singular armonía y el equilibrio, la coherencia y naturalidad, la simplicidad y la profundidad que se manifiestan tanto en su ense­ñanza como en su vida. Estos grandes Maestros de Ayuda se reco­nocerán por la cálida sonrisa de comprensión, de compasión y de certeza que resplandece en sus labios e inspirando una confianza que crecerá más allá de toda duda.

Esta sonrisa de certeza en el semblante del Buda dice: «Tam­bién tú puedes lograr. ¡Abiertas están las puertas de lo Inmortal!»

Poco después de haber franqueado estas puertas de la Ilumina­ción, el Buda proclamó:

«Como yo serán los santos victoriosos

que han puesto fin a las impurezas.»

El Buda no mostraba el sendero hacia la suprema meta con fría indiferencia; no se contentaba con señalar negligentemente el camino con el dedo o con poner en las manos de quien necesitaba ayuda y guía experimentada un simple «trozo de papel» con un complicado «mapa» en forma de abstrusas escrituras. No abando­naba simplemente al peregrino a sus propios medios (si es que los tenía) para que siguiese su camino con cuerpo demacrado y mente confusa. Al mostrar el sendero, el Buda indicaba también las pro­visiones necesarias para este largo viaje, provisiones que de hecho el peregrino lleva siempre consigo, pero sin darse cuenta de ello por estar entontecido. El Buda proclamó una y otra vez que el hombre está en plena posesión de todos los recursos necesarios para ayudarse a sí mismo. Y lo que de más sencillo y completo dijo sobre estos recursos se encuentra en el método de Satipatthá na, cuya esencia puede resumirse en dos palabras: «iEstad aten­tos!», lo que quiere decir: ¡Estad atentos a vuestra propia mente! Y ¿por qué? La mente lo abarca todo: el mundo del sufrimiento y su origen, pero también la cesación final del mal y el sendero que a ella conduce. La cuestión de saber si uno u otro predominará depende también de nuestra propia mente, de la dirección que dé al fluir de la mente el momento presente de actividad mental con el que nos enfrentamos en este preciso instante.

El Satipatthána, ocupándose siempre de este crucial momento presente de la actividad de la mente, debe ser necesariamente una enseñanza de confianza en sí mismo. Pero la confianza en sí mis­mo debe desarrollarse progresivamente, porque los hombres, no sabiendo cómo manejar el instrumento de la propia mente, están acostumbrados a depender de los demás y de los hábitos adquiri­dos, a causa de lo cual ese espléndido instrumento que es la mente humana ha acabado, a fuerza de descuido, por no ser digno de confianza. Es por lo que el sendero que lleva al dominio de sí mis­mo, tal y como lo enseña el Satipatthána, comienza con pasos tan simples que incluso el más apocado puede atreverse a darlos.

El Satipatthána, con esa simplicidad que conviene a una ense­ñanza que dice ser el único Camino, comienza, en efecto, con muy poca cosa: con una de las funciones más elementales de la mente,— la atención, o sea, el modo de fijarla para empezar. He aquí algo que nos es tan propio y familiar que quienquiera que lo desee puede utilizarlo como punto de partida para dar los prime­ros pasos hacia la confianza en sí mismo. Igualmente familiares son los primeros objetos de esta atención: las tareas y pequeñas actividades de la vida cotidiana. La atención las arranca de su ru­tina habitual y las ordena para examinarlas más de cerca y mejo­rarlas.

Las evidentes mejoras en el trabajo cotidiano, cuando se lleva a cabo con cuidadosa atención y de manera concienzuda y cir­cunspecta, proporcionarán un estímulo suplementario para perse­verar en el esfuerzo por ayudarse a sí mismo.

Habrá notables mejoras en el estado de la mente, mientras que la apaciguadora influencia de los actos y pensamientos moderados por el control de sí mismos infundirán bienestar y dicha allí don­de antes reinaran la insatisfacción, el mal humor y la irritabilidad.

Si de esta manera se aligera algo el peso de la vida cotidiana, ello será ya prueba tangible de la capacidad del método Satipathá na para calmar el sufrimiento. Sin embargo, este resultado inicial refleja solamente el hecho de que el Dhamma es «beneficioso en sus comienzos» (ádi—kalyána), quedan por conseguir resultados más elevados =los beneficios del medio y del fin del sendero—, resultados a los que se debe aspirar.

Al ir progresando en la práctica, las pequeñas cosas de la vida cotidiana se nos tornarán maestros de gran sabiduría que revela­rán gradualmente su propia dimensión de inmensa profundidad. Si aprendemos progresivamente a comprender su lenguaje, los as­pectos profundos del Dhamma vendrán a quedar al alcance de nuestra experiencia directa, con lo que aumentará la confianza en nuestra propia mente y en el poder de sus recursos ocultos.

Recibiendo así las enseñanzas directas de la vida misma se aprenderá progresivamente a desembarazarse del lastre mental su­perfluo y de inútiles complicaciones del pensamiento. Compro­bando cómo la vida gana en facilidad bajo la influencia de la se­lección y del control que efectúa la Recta Atención, se aprenderá también progresivamente a eliminar de la vida práctica las com­plicaciones inútiles causadas por hábitos y necesidades.

El Satipatthána restablece la simplicidad y la naturalidad de un mundo que se vuelve cada día más complicado y problemático y que depende cada vez más de mecanismos artificiales. Enseña es­tas cualidades de simplicidad y de naturalidad, principalmente por el valor intrínseco que tienen, pero también para facilitar la tarea de ayuda a sí mismo a progresar espiritualmente.

El mundo en que vivimos es, desde luego, complejo por pro­pia naturaleza, pero no hay necesidad de que crezca indefinida­mente su complejidad ni hay tampoco necesidad de que sea todo lo complicado y desconcertante que, lo hacen la torpeza, la igno­rancia, la pasión desenfrenada y la avidez de los hombres. Todas estas malas cualidades, que tienden a acrecentar la complicación de la vida, pueden ser eficazmente contrarrestadas por el entrena­miento mental de la Recta Atención.

El Satipatthána enseña al hombre cómo poner fin a toda esta des­concertante complejidad de su vida y de sus problemas, empezan­do por dotarle de capacidad de adaptación y flexibilidad menta­les, así como de reflejos rápidos y apropiados ante situaciones cambiantes, de la «destreza en la aplicación de los medios idó­neos» (es decir, la Comprensión Clara de la Idoneidad). Incluso el irreductible mínimo de complejidad de la vida puede también ser dominado en medida razonable mediante la ayuda de la Recta Atención. A tal fin nos enseña cómo tener nuestros asuntos, tanto materiales como éticos, en orden y sin atrasos ni deudas; cómo ga­nar y manejar las riendas del control; cómo coordinar los nume­rosos hechos de la vida y cómo subordinarlos a un fin fuerte y noble.

En cuanto a las complicaciones que se pueden reducir, `el Sati patthána sostiene el ideal de simplificar las necesidades. Es éste un ideal que hay que acentuar hoy en día con particular urgencia en vista de la peligrosa tendencia moderna a crear artificialmente nuevas necesidades, a hacerles propaganda y a «condicionar» a la gente a sentirlas. Los resultados de esta tendencia, tales como se manifiestan en la vida social y económica, forman parte de las causas secundarias de la guerra, mientras que su raíz —la avi­dez— es una de las causas principales. Es urgente para el bienes­tar material y espiritual de la humanidad contener esta evolución. En cuanto a la materia que ahora nos ocupa, o sea, cómo ayudar­se a sí mismo a progresar espiritualmente, cómo la mente del hombre puede adquirir confianza en sí misma si sigue abando­nándose a la incesante y agotadora labor de aumentar constante­mente necesidades imaginarias—que conducen a una creciente de­pendencia de los otros. Se debería cultivar la simplicidad de la vida tanto por su belleza intrínseca como por la libertad que pro­cura.

Veamos ahora las complicaciones interiores que pueden evi­tarse o al menos algunas de ellas. Aquí el Satipatthána enseña cómo controlar y mejorar el instrumento principal de que dispone el hombre: la mente, e indica el sano propósito para el que hay que usarlo.

Una fuente frecuente de la multiplicación de complicaciones interiores y exteriores es la intervención superflua e intempestiva. Pero el que está verdaderamente atento prestará ante todo aten­ción a lo que concierne a su propia mente. Adquiriendo el hábito de la Atención Pura, que está en total contradicción con la inter­vención, se reprimirá eficazmente el deseo de intervenir. La Clara Comprensión, guía de la acción circunspecta, examinará entonces cuidadosamente el propósito y la idoneidad de la intención de in­tervenir y, porto general, aconsejará abandonarla.

Muchas complicaciones interiores son causadas por actitudes extremas de la mente y el imprudente manejo de las diferentes antítesis operantes en la vida. Dejarse. llevar a extremismos de cualquier clase restringirá la libertad de acción y de pensamiento y la capacidad de comprender de verdad menoscaba la propia in­dependencia y las posibilidades de ayudarse eficazmente a uno mismo, tanto práctica como espiritualmente. El que ignora las leyes que rigen la antítesis toma partido por uno u otro de los ex­tremos en sus eternos conflictos, se convierte en impotente jugue­te de sus periódicas alteraciones. El Satipatthána es, como expresión del Sendero Medio del Buda, un camino que conduce por encima y más allá de los extremos y las oposiciones. Corrige todo desen­volvimiento unilateral completando las insuficiencias y reducien­do los excesos. Introduce el sentido de la proporción y aspira a la armonía y el equilibrio, sin los cuales no puede haber confianza duradera en sí mismo ni modo eficaz de ayudarse.

A título de ejemplo mencionemos dos tipos de caracteres opuestos, tal y como los formuló y elaboró C. G. Jung:, el intro­vertido (vuelto hacia el interior) y el extravertido (vuelto hacia el exterior), que corresponden en parte a otras antítesis tradiciona­les, tales como los tipos contemplativo y activo, solitario y socia ble, etc. Pues bien, la característica del Sendero Medio está tan profundamente enraizada en el Satipatthána que este método es, de hecho, capaz de atraer a los dos tipos a la vez, compensando lo que cada uno de ellos tenga de excesivo.

Los principiantes en la meditación se darán a menudo cuenta con consternación de la diferencia, a veces considerable, entre su estado de mente durante la vida corriente y durante los limitados períodos que dedica a la práctica espiritual. El Satipattháná reduce y finalmente colma esta laguna mediante una fusión, progresiva de la vida y de la práctica que resultará beneficiosa para ambas. Mu­chos, desalentados por la diferencia a la que aludimos y por el fra­caso de sus esfuerzos, dejan el camino de la cultura mental y de la propia ayuda espiritual, y se rinden a creencias que mantienen que el hombre no puede ser salvado más que por la gracia, cosa que no es probable que le suceda a quien sigue el método Satipat­thána, caracterizado por la confianza en sí mismo y el esfuerzo de autoayuda.

Otra fuente de complicaciones interiores: la influencia podero­sa e imprevisible del subconsciente. Pero mediante la interven­ción de la Atención Pura se establecerá con él un contacto natu­ral, más íntimo y «amistoso», gracias a la familiaridad creciente con las más sutiles vibraciones del cuerpo y de la mente y con la ayuda de la actitud de «aguardar y escuchan», que evita toda inje­rencia grosera y perjudicial en el dominio del subconsciente. De esta manera, y mediante la luz de la Atención que se va espar­ciendo de modo gradual, pero constante, el subconsciente se vol­verá más «articulado» y más dócil al control, es decir, más sus­ceptible de ser coordinado con las tendencias dirigentes de la mente consciente y de apoyarlas útilmente. Reduciendo lo que de imprevisible y de indócil brota del subconsciente, la confianza en sí mismo se asentará sobre una base más segura.

De acuerdo con el espíritu de confianza en sí mismo que lo ca­racteriza, el Satipatthána no exige ninguna técnica minuciosa ni medios externos. Trabaja con los elementos de la vida contidiana. No tiene nada que ver con ningún culto ni rito exótico, ni confie­re «iniciaciones» o «conocimiento esotérico» de ninguna manera más que por la iluminación conseguida con el propio esfuerzo.

Concentrándose en utilizar las condiciones de vida que en­cuentra, el Satipatthána no exige el retiro total ni la vida monástica, aunque entre los que lo practican puede haber quienes sientan creciente necesidad y deseo de apartamiento. De todos modos, un periodo de retiro de vez en cuando es útil para empezar la prácti­ca metódica y rigurosa y luego para acelerar el progreso. También en Occidente se deberían proporcionar ocasiones para hacer reti­ros periódicos en lugares convenientes. Aparte del valor que ten­gan para la práctica de meditaciones rigurosas, la atmósfera de ta­les «Casas de Silencio» sería una fuente de recuperación fisica y mental de los efectos de la civilización urbana.

El Satipatthána es una manera de liberarse a sí mismo. Basándo­se en la ley del Kamma, o sea, la responsabilidad por nuestras propias acciones, el Satipatthána —tanto en el fin que persigue como en la totalidad de los medios que emplea— es incompatible con ninguna creencia, ni en la salvación conferida por el esfuerzo ajeno o por la gracia divina, ni en la intercesión del sacerdote.

El Satipatthána está libre de dogmas y no se apoya en «revelacio­nes divinas», ni en ninguna otra autoridad exterior en materia es­piritual. El Satipatthána no se fa más que del conocimiento de pri­mera mano tal como lo proporciona la visión directa de la propia experiencia. Enseña cómo purificar, extender y profundizar esa fuente esencial del conocimiento verdadero: la experiencia direc­ta. El discípulo del Satipatthána acepta y ama la palabra del Buda porque representa las detalladas instrucciones de viaje que nos ofrece aquel que ya ha recorrido el Sendero en toda su extensión, y en el que, por consiguiente, podemos tener confianza. Pero esta Palabra no pasa a ser propiedad mental del discípulo más que en el grado en que él mismo la comprueba por propia experiencia.

Este carácter del Satipatthána como mensaje de confianza en sí mismo y en la propia ayuda está ilustrado por las palabras que el mismo Buda pronunció durante sus últimos días de vida, lo que les confiere un valor muy particular:

«Así pues, Ananda, ¡sea cada uno de vosotros su propia isla! ¡Sea cada uno de vosotros su propio refugio! ¡No os acojáis a nin­gún refugio exterior! ¡Que la Verdad (Dhamma) sea vuestra isla, que la verdad sea vuestro refugio! ¡No toméis ningún otro refugio! Y esto ¿cómo se consigue?»

«He aquí, Ananda, que el monje vive contemplando el cuer­po en el cuerpo, contemplando las sensaciones en las sensaciones, contemplando la consciencia en la consciencia, contemplando los objetos mentales en los objetos mentales, fervoroso, atento y con clara comprensión, habiendo superado en el mundo el deseo y el desaliento.»

«Y quienes quiera, Ananda, ahora o después de mi muerte, se­rán su propia isla, serán su propio refugio y no se acogerán a nin­gún refugio exterior, sino que tendrán firmemente la verdad por isla y por refugio, sin refugiarse en nada más; esos serán, Ananda, entre mis Bhikkhus, los que alcanzarán la cima suprema, siempre que estén deseosos de aprender.» (Maha-parinibbana-sutta)

El estudiante serio apreciará toda la fuerza de esta última fra­se. Por lo demás se ha dicho en fórmula tan parca como verdade­ra que, una vez un discípulo ha recibido la Enseñanza sobre el Sendero y la Meta, ya no hay más que dos reglas para que su práctica espiritual tenga éxito: «¡Comienza!» y «¡Continúa!»

 

Capitulo V y VI



El Método Birmano del Satipatthána

Aunque las características que ditinguen la meditación Sati­patthána parecen simples y obvias tras haber leído o haber oído algo de ellas una vez, las nociones que se tienen corrientemente sobre la forma de practicarla permanecen, en su mayor parte, bas­tante vagas. Incluso en algunos países budistas, la verdadera com­prensión y la práctica real han quedado muy rezagadas tras una actitud principalmente devocional y una apreciación intelectual. Fue en Birmania, en este siglo xx, donde hubo monjes quienes, por su espíritu de investigación, efectuaron un profundo cambio en la situación y trazaron de nuevo las características singulares del Camino de la Antención. A través de su propio y activo es­fuerzo meditativo eliminaron para otros muchos de los obstáculos para la correcta comprensión y práctica del Camino Unico. Y fueron muchos los que en Birmania, y pronto también en otros paises, les siguieron con sincero esfuerzo.

A principios de este siglo un monje birmano, llamado U Na­rada, empeñado en la verdadera realización de las enseñanzas que había aprendido, buscaba con ansia un sistema de meditación que ofreciera un acceso directo a la Más Alta Meta, sin la carga de lo innecesario. Vagando por todo el país, encontró a muchos que es­taban entregados a la más estricta práctica meditacional, pero no pudo obtener de ellos una guía que le fuese satisfactoria. En el curso de su búsqueda, al llegar a las famosas cuevas de meditación que se hallan en las colinas de Sagaing, en la Alta Birmania, halló un monje del que se decía haber emprendido aquellos nobles Sen­deros de Santidad (ariyamagga) en los que está asegurado el lo­gro final de la Liberación. Cuando el Venerable U Narada le hizo su pregunta, aquél a su vez le preguntó: «¿Por qué buscas fuera de las palabras del Maestro? ¿No fue El quien reveló el Camino Un¡­co, el Satipatthána?»

U Narada, ajustándose a esta indicación, estudiando de nuevo el texto y su exposición tradicional, reflexionando profundamente sobre ello y poniéndolo en práctica con decisión, llegó finalmente a comprender sus rasgos sobresalientes. El resultado obtenido con su propia práctica le convenció de que había encontrado lo que buscaba: un método claro y eficaz de entrenamiento de la mente para la más alta realización. Basándose en su propia experiencia desarrolló los principios y los detalles de la práctica que forma­rían las bases para aquellos que le siguieran como discípulos di­rectos o indirectos.

A fin de dar un nombre al método de entrenamiento del Vene­rable U Narada, en el que los principios del Satipatthána se apli­can de una manera tan definida y radical, proponemos aquí deno­minarlo el Método Birmano del Satipatthána, no en el sentido de que sea úna invención birmana, sino porque fue en Birmania donde la práctica de ese antiguo Camino fue tan hábil y eficaz­mente revivida.

Los discípulos del venerable U Narada difundieron el conoci­miento de su método en Birmania y en otros países budistas, y fueron muchos los que obtuvieron grandes beneficios de él para su progreso en el Camino. El Venerable U Narada Mahátera, am­pliamente conocido en Birmania como el Jetavan (o Mingun) Sayadaw, falleció el 18 de marzo de 1955, a los ochenta y siete años. Muchos creen que alcanzó la Liberación final (Arahatta).

Es motivo de profunda satisfacción el hecho de que en la Bir­mania de hoy la práctica y la enseñanza del Satipatthána esté flo­reciendo y dando resultados muy notables, en notable contraste con las olas de materialismo que surgen en todas partes del mun­do. Hoy el Satipatthána tiene una gran fuerza en la vida religiosa de Birmania. Existen numerosos centros de entrenamiento en el país en los que miles de personas siguen los cursos de práctica es­tricta del Satipatthána. A estos cursos asisten tanto los monjes como los laicos. Fue una muestra de sabia madurez el que el Go­bierno de Birmania, bajo el liderazgo del Primer Ministro U Nu, animara y sustentara estos centros de meditación poco después de que el país obtuviera la independencia, sabiendo que las mentes entrenadas son un valor positivo para el país en cualquier aspecto de la vida.

Entre los maestros actuales del Satipatthána merece ser desta­cado el Venerable Mahási Sayadaw (U Sobhana Maháthera), quien tan grandemente ha contribuido al desarrollo de la práctica en Birmania con su instrucción personal en los cursos de medita­ción, sus libros y conferecias. Muchos miles de personas se han beneficiado con su sabia y experta guía. Hombres y mujeres, jóve­nes y viejos, pobres y ricos, eruditos y gentes sencillas han adopta­do la práctica con gran seriedad y entusiasmo. Y los resultados no fallan.

Gracias, sobre todo, a los esfuerzos del Venerable Mahási Sayadaw y sus discípulos, la práctica de este método de medita­ción se ha extendido a Tailandia y Ceilán y se está preparando un centro de meditación en la India (15).

15 «Así era en 1962, cuando se publicó el original inglés de la presente obra por vez primera. Actualmente existe ya desde hace varios años un centro en el que se enseña la práctica de la meditación Satipattána: VIPASSANA INTERNACIO­NAL ACADEMY, Dhammgiri, IGATPURI—422 403 (Maharashtra)—India. (Nota del traductor)»

Instrucciones para la práctica metódica del Satipatthána tal como se enseña en Birmania

Observaciones generales

En las páginas siguientes daremos detalles sobre un curso de práctica rigurosa de meditación según el método del Satipatthána. El curso fue impartido en el «Thathana Yeiktha» (16) en Rangún (Birmania), bajo la dirección del Venerable Mahási Sayadaw (17) (U Sobhana Maháthera).

16 Se pronuncia «Yita».

17 Sayadaw, término birmano, es una forma respetuosa de dirigirse a los monjes budistas mayores o eruditos, y significa «gran maestro».

Un curso práctico en este centro de meditación dura habitual­mente uno o dos meses. Después de ese periodoje espera que los meditadores continúen la práctica en sus propios domicilios, adaptándola a las condiciones individuales de su vida. Durante el curso de práctica estricta, los meditadores no se ocupan en leer ni escribir ni en ninguna otra tarea que no sea la meditación y las ac­tividades de la rutina cotidiana. La conversación se limita al míni­mo. Los meditadores laicos, en esta institución, y por todo el tiempo que dura su estancia allí, observan los Ocho Preceptos (atihanga—sila), que incluye, por ejemplo, la abstinencia de ingerir alimento sólido y ciertos líquidos, tales como leche, etc., después de las doce del mediodía.

Un compendio por escrito sobre la meditación práctica, aun­que se limite, como aquí, a los primeros pasos, no puede reempla­zar la guía personal de un maestro experto, que es el único que puede tomar debidamente en consideración las necesidades y el grado de progreso de cada uno de los discípulos. Así pues, las in­dicaciones que damos a continuación son solamente para aquellos que no tienen acceso directo a un maestro experto de meditación.

El hecho de que sean muchos los que se hallan en tal situa­ción, tanto en Occidente como en Oriente, es lo que ha inducido al autor a ofrecer estas notas, con todas sus inevitables insuficien­cias, como un suplemento práctico al cuerpo principal del libro.

Uno de los principios fundamentales del Satipatthána es que el discípulo dé sus primeros pasos sobre el sólido terreno de su pro­pia experiencia. Debe aprender a ver las cosas como son, y debe verlas por sí mismo. No debe dejarse influenciar por aquellos que le hagan sugerencias o insinuaciones acerca de lo que puede ver o se espera que vea. Por eso en el mencionado curso práctico no se dan explicaciones teóricas, sino sólo las instrucciones escuetas de lo que se debe y de lo que no se debe hacer al comienzo de la práctica.

Cuando, tras un poco de práctica, la atención se agudiza y el meditador se hace consciente de características del objeto de su atención que, hasta entonces, habían pasado desapercibidas, el maestro de meditación puede, en casos individuales, decir algo más que el habitual: «¡Adelante!», e indicar sucintamente la direc­ción más beneficiosa hacia la que debe encaminarse la atención del discípulo. Una de las desventajas de la exposición escrita es el no poder ofrecer esas indicaciones, dado que dependen obligato­riamente del progreso del meditador al comienzo de su práctica. Pero si se siguen escrupulosamente las instrucciones que damos aquí, la propia experiencia del que medita se convertirá en su maestro y le conducirá a salvo hacia adelante, aunque debemos admitir que el progreso es más fácil bajo la dirección de un maes­tro experimentado.

Sobriedad, confianza en sí mismo y una actitud observadora y vigilante son las características de esta práctica de meditación. Un verdadero Maestro de Satipatthána será muy reservado en sus_ relaciones con aquellos a quienes instruye; no pretenderá «impre­sionarlos» con su personalidad ni convertirlos en «seguidores» suyos. No recurrirá a nada que pueda inducirles a la autosuges­tión, trance hipnótico o mera exaltación emocional. Aquellos que empleen tales medios, para sí mismos o para los demás, es seguro que siguen un sendero contrario al Camino de la Atención.

Al emprender esta práctica no se deben esperar «experiencias místicas» o baratas satisfacciones emocionales. Tras haber for­mulado con honestidad la aspiración inicial, uno no debe re­crearse con pensamientos acerca de los futuros logros ni anhelar resultados rápidos. Es preferible que atienda diligente, sobria y ex­clusivamente a los sencillos ejercicios que describiremos. Al prin­cipio incluso debe considerarlos como propósitos en sí mismos, o sea, como una técnica para fortalecer la atención y la concentra­ción. Cualquier significado adicional de estos ejercicios se le ma­nifestará al meditador con absoluta naturalidad durante el curso de su práctica. Los contornos de este significado que empiezan por aparecer débilmente en el horizonte mental del meditador se irán haciendo más nítidos gradualmente para convertirse, al final, en presencias soberanas para aquel que se dirige a ellas firme­mente.

El método que indicamos entra dentro de la categoría de Vi­sión Cabal Pura (sukkha vi»assaná), que es la práctica exclusiva y directa de la Visión Cabal penetrante, sin la obtención previa de las absorciones meditacionales (jhána). El método pretende, en su primera etapa, el discernimiento de los procesos corporales y mentales (námarúpa—pariccheda) en la propia personalidad y a través de la propia experiencia. Una conciencia cada vez más pe­netrante de la naturaleza de estos procesos y una concentración, fortalecida (hasta llegar al grado de concentración llamado de Ac­ceso o Cercanía) (upacára—samádhi) darán como resultado una vi­sión cabal más profunda de las Tres Características de la existen­cia —Impermanencia, Sufrimiento e Impersonalidad—, que con­duce gradualmente a la obtención de los Estados de Santidad (magga—phala), esto es, a la Liberación final. Para acercarse a esta meta final se pasa por los Siete Estados de Purificación (satta vi­suddhi), de los que se trata en el Sendero de la Purificación, de Buddhaghosa.

Preliminares: Físicos

Postura.—La manera occidental de sentarse en una silla, con las piernas colgando, es bastante desfavorable para aquellos que deseen meditar durante períodos cada vez más largos de tiempo, sin llegar a sentirse incómodos y sin tener que mover frecuente­mente el cuerpo. Sentado en una silla, el que comienza el auto­control puede ceder fácilmente a cualquier leve deseo de cambiar la posición de las piernas o el cuerpo incluso antes de que el entu­mecimiento de los miembros lo pida; puede también tener las piernas y el cuerpo excesivamente rígidos y tensos como para sen­tirse cómodo fisica y mentalmente. Por el contrario, en las postu­ras en las que las piernas están cruzadas, las posaderas descansan sobre una base amplia y firme, con el cuerpo formando un trián­gulo. Cuando las piernas están cruzadas no resulta tan fácil remo­verse en el asiento ni hay tanta necesidad de ello; y con la práctica se puede mantener la postura durante largos períodos de tiempo.

La bien conocida postura del yoga, padmásana o postura del loto, en la que las piernas están totalmente entrelazadas, resulta bastante dificil para la mayoría de los occidentales, y aunque es ventajosa para una meditación encaminada a la plena absorción mental (jhána) tiene menor importancia para la práctica del Sati­patthána. Por tanto, no la describiremos aquí, sino que nos limita­remos a la descripción de otras posturas más fáciles.

En el vi rásana («postura del héroe») la pierna izquierda se do­bla y se coloca sobre el suelo, la derecha se coloca sobre ella, la rodilla derecha descansando sobre el pie izquierdo y el pie dere­cho sobre la rodilla izquierda. En esta postura no hay un entrela­zamiento, sino un simple cruzado de piernas.

En el suhkasana («la postura cómoda») ambas piernas están dobladas y reposan en el suelo por igual. El talón del pie izquier­do descansa en la horcajadura, entre los muslos, y los dedos del mismo pie quedan colocados en el interior del ángulo que forma la rodilla doblada de la pierna derecha, la cual, por así decir, en­ marca la pierna izquierda. Dado que no hay presión de ninguna clase sobre las extremidades, esta postura es la más cómoda y es, por tanto, la recomendada en el centro de meditación birmano mencionado.

Para sentirse cómodo en cualquiera de estas posturas es esen­cial que las rodillas descansen firmemente y sin esfuerzo sobre su soporte (el suelo, el asiento o la otra pierna). Las ventajas de una postura con las piernas dobladas son tan considerables para el meditador aplicado que merecerá la pena el esfuerzo de entrenar­se en ella. Pero si estas posturas no le son asequibles fácilmente, es aconsejable dedicar un período de tiempo aparte al entrena­miento en la postura, tiempo que se podrá igualmente aprovechar, en la medida que sea a uno posible para la reflexión, la con­templación o la Atención Pura.

Sin embargo, no hay que permitir que, a causa del entrena­miento en la postura, se retrase o perturbe el decidido propósito de lograr y mantener un grado más elevado de concentración mental, y a tal propósito se puede usar, por el momento, una pos­tura sedante que sea cómoda y contrarreste de la mejor forma po­sible los inconvenientes anteriormente mencionados. En ese caso puede uno sentarse en una silla de respaldo recto que permita que las piernas se apoyen en el suelo sin esfuerzo.

Si uno se sienta con las piernas dobladas, se puede colocar un almohadón, un paño doblado o una manta bajo las posaderas de forma que queden al mismo nivel que las piernas. El cuerpo debe estar erguido, pero no rígido ni tenso. La cabeza ligeramente in­clinada hacia delante y la mirada descansando suavemente (sin forzarla) en el lugar en el que, con naturalidad, la sitúe la posición de la cabeza. En ese lugar se puede colocar cualquier objeto pe­queño y sencillo para enfocar la mirada hacia él, con preferencia un objeto geométrico, por ejemplo, un cubo o un cono, y que no tenga una superficie brillante ni que refleje la luz, y sin ninguna otra cosa que pueda desviar los pensamientos., Por supuesto que este recurso no es imprescindible.

Las mujeres, en Oriente, para meditar, no se sientan en ningu­na de las posturas mencinadas ni con las piernas entrelazadas, sino que se arrodillan sobre un cojín amplio y mullido, sentándo­se sobre los talones y con las manos descansando en las rodillas.

Con respecto a la forma de sentarse, el meditador deberá usar su propia discreción y aplicar a su caso individual la «Clara com­prensión de la idoneidad».

La ropa debe ser suelta, al menos en la cintura, y antes de co­menzar a meditar debe asegurarse que los músculos estén relajados: el cuello, los hombros, la cara, las manos, etc.

Comida. —En los países en los que se practica el budismo The­ravada todos aquellos que siguen un curso intensivo en un centro de meditación, por lo general, observan, entre otras reglas, el sex­to precepto de los monjes, esto es: abstenerse de alimentos sólidos y bebidas nutritivas después del mediodía. Sin embargo, este pre­cepto, para aquellos que trabajan durante todo el día, será dificil­mente aplicable aunque sea factible en los fines de semana o en las vacaciones. Pero, en cualquier caso, para todo aquel que desee adoptar una práctica meditacional seria y regular, será deseable la moderación en la comida. La recomendación que hizo el Buda a todos aquellos que se dedicaran a la meditación de ser «modera­dos en la comida» no era gratuita, y la experiencia confirmará los beneficios de esta práctica a aquellos que estén decididos a hacer verdaderos progresos en la meditación y no se conformen con in­dicaciones ocasionales.

Preliminares: La Actitud Mental

El propósito de la práctica meditativa que vamos a describir, es el más elevado de todos los que ofrece la enseñanza del Buda. Por tanto, la práctica debe ser emprendida con la actitud mental que corresponde a tan alto propósito. Es conveniente que el meditador budista comience con la recitación del Triple Refu­gio, teniendo en mente el verdadero significado de este acto 19. Esto le infundirá la confianza que tan importante resulta para el progreso meditaciones: confianza en el incomparable Maestro y Guía: el Buda. Confianza en la eficacia liberadora de su Enseñan­za (Dhamma) y, especialmente, el Camino de la Atención; con­fianza surgida del hecho de que han existido aquellos que han rea­lizado la Enseñanza en su plenitud, la Comunidad de los Santos (ariya—sangha), los Perfectos (arahats). Tal convicción le llenará de gozosa confianza en su propia capacidad y dará alas a su es­fuerzo. Con tal ánimo, el seguidor de esos Tres Ideales puede co­menzar su práctica con la serena y firme aspiración de lograr la meta más alta, no en un futuro lejano, sino en esta misma vida.

«Caminaré ahora el sendero hollado por los Budas y los Gran­des Santos Discípulos. Pero una persona indolente no puede se­guir el Sendero. ¡Que mi energía prevalezca!, ¡que lo logre!».

Pero también el no budista hará bien en considerar que al se­guir, aunque sólo sea parcialmente, el Camino de la Atención, se adentra en un terreno que es sagrado para los budistas y, por tan­to, digno de respeto. Este respeto le ayudará en sus propios esfuer­zos en el Camino.

Afianzará sus pasos en el Camino si pronuncia una solemne aspiración, como la que sigue, o cualquier otra que pueda formu­lar por sí mismo:

Para conseguir el dominio y el crecimiento de la mente

hay que hacer un esfuerzo

una vez que has visto que es necesario. ¿Por qué no lo haces ya?

El camino está claramente señalado.

¡Que mis logros traigan bienestar para mí y para todos los seres!

La mente es la causa de la felicidad y de la aflicción.

Para ven­cer la aflicción

Emprendo el Sendero de la Atención.

¡Que mis logros traigan bienestar para mí y para todos los seres!

Programa de Práctica

1. Entrenamiento de la atención en general. —Durante un curso de entrenamiento intensivo, el tiempo dedicado a la prácti­ca es el día entero, de la mañana a la noche. Esto no quiere decir que el meditador deba, durante todo ese tiempo, prestar atención a un único objeto de meditación, o sea, al objeto principal de la práctica meditativa, del que nos ocuparemos más adelante. Aun­que debe, ciertamente, dedicarle tanto tiempo del día y de la no­che como le sea posible, habrá, por supuesto, pausas entre una y otra ejercitación; pausas que, para los principiantes, serán bastan­te frecuentes y de mayor duración. Pero también durante esos in­tervalos, ya sean cortos o largos, no debe aflojarse o soltarse el hilo conductor de la atención. La atención en todas las activida­des o percepciones debe mantenerse durante todo el día al máxi­mo posible: comenzando por el primer pensamiento y percepción al despertar, y terminando con el último pensamiento y percep­ción al dormirse. Esta atención general comienza con la Concien­cia de las cuatro Posturas (iriyápatha—manasikára) y las mantiene como elemento principal: marcha, en pie, sedente, yacente. Esto significa que hay que estar plenamente consciente de la postura asumida en cada momento, de cualquier cambio de ella (in­cluyendo la intención previa de cambiarla), de cualquier sensa­ción conectada con la postura, por ejemplo la presión, o sea, consciencia del contacto (káya—viññána) y de cualquier sensación perceptible de dolor o comodidad («Contemplación de las Sensa­ciones»). Por ejemplo, al acostarse por la noche y al despertarse por la mañana, se debe ser consciente de la postura reclinada y del contacto («estar tumbado, tener contacto»).

Puede ser que el meditador no sea capaz de prestar atención a todas, o ni siquiera a la mayor parte de las actividades e impresio­nes del día. Así pues, podrá comenzar por las posturas solamente y, gradualmente, ampliar el ámbito de la atención a todas las actividades cotidianas, tales como vestirse, lavarse, comer, etc. Esta ampliación será espontánea cuando, tras los primeros días de práctica constante, la mente se calme, la observación se agudice y la atención esté más alerta.

El siguiente ejemplo nos puede ilustrar de cómo la atención puede ser aplicada correctamente a una serie de actividades: por la mañana surge el deseo de limpiarse la boca, y se es consciente de ese deseo (consciencia del pensamiento: «conoce la mente y los objetos mentales»), ve el vaso y la jarra del agua a alguna dis­tancia (consciencia visual), va hacia ese lugar (consciencia de la postura), se detiene (consciencia de la postura), extiende la mano hacia la jarra («actuar con clara comprensión al flexionar y al es­tiran»), coge la jarra (consciencia del tacto), etc.

Mientras realiza todas estas actividades debe notar también cualquier sensación agradable o desagradable que surja («Contem­plación de las Sensaciones»), los pensamientos inconexos que in­terrumpan el flujo de la atención (Contemplación de la Mente: «mente desconcentrada»), de avidez (por ejemplo, al comer; Con­templación de la Mente: «mente con avidez»; Contemplación de Objeto Mental: Obstáculo del Deseo Sensorial o Atadura que se forma a través de la lengua y los sabores), etc. En pocas palabras, uno debe ser consciente de todo lo que está ocurriendo, a nivel fi­sico y a nivel mental en el preciso momento en que ocurre. De esta manera se atenderá a los cuatro objetos o Contemplaciones del Satipatthána durante todo el día de práctica. Una aplicación tan detallada de la Atención implica una considerable ralentiza­ción de los movimientos que sólo puede mantenerse durante los períodos dedicados a una práctica estricta, pero no, o sólo muy raramente, durante la rutina diaria. Sin embargo, la experiencia y los efectos de esta práctica de ralentización demostrarán ser salu­dables y útiles de muy diversas maneras. Al atender a las activida­des rutinarias del día no se necesita dirigir la atención a cada una de sus fases detalladamente (como se hace con el objeto principal de un ejercicio). De hacerse así, la ralentización sería excesiva. Será suficiente si la atención acompaña y vigila esas actividades, observando solamente aquellos detalles que se presenten sin es­fuerzo.

El propósito inicial de esta aplicación general de la Atención es el fortalecimiento de la conciencia y la concentración, hasta el punto de capacitar al meditador para seguir el flujo incesante de la gran variedad de impresiones y actividades mentales y corpora­les, durante un período de tiempo cada vez mayor y sin que exista ninguna ruptura de la atención o sin que esta ruptura pase desa­percibida. Se considera como «atención ininterrumpida» si el me­ditador no es arrastrado por sus pensamientos dispersos, sino que las interrupciones en la atención son notadas en el momento o in­mediatamente después de producirse. Mediante este procedimien­to se logrará un nivel de «atención general» aceptable para un principiante.

2. La práctica principal con objetos selecionados.—Tras ha­ber observado con atención las diversas actividades rutinarias ma­tutinas, uno se sienta en el lugar destinado a la meditación, siendo consciente de la intención previa al acto de sentarse, las fases ais­ladas del acto y luego del «Contacto» y el «Sentarse». Ahora se dirige la atención a los movimientos regulares ascendentes y des­cendentes del abdomen que resultan del proceso respiratorio. La atención se dirige hacia la ligera sensación de presión causada por ese movimiento, no a la observación visual del mismo. En el cur­so de la práctica que describimos aquí, esa sensación forma el ob­jeto primario (múl, árammana). Ha sido incorporado a la práctica por el Venerable U Sobhana Mahátera (Mahási Sayadaw), dado que él mismo lo encontró de gran afectividad.

Debe quedar bien claro que no se debe pensar en el movi­miento del abdomen, sino, escuetamente, notar este proceso fisi­co, ser consciente de la elevación y el descenso, en todas sus fases. Hay que tratar de retener esta consciencia, sin interrumpirla o sin dejar que cualquier interrupción pase desapercibida, durante tan­to tiempo como sea posible sin tensión. La visión cabal que el método persigue surgirá en la mente espontáneamente, como re­sultado natural, o fruto maduro de una atención consciente. El Maestro de Meditación dijo: «El conocimiento surgirá por sí mis­mo» (ñánam sayam eva uppajjissati). Irá surgiendo en el grado en el que, a través de una consciencia y agudizada, vayan aparecien­do, en los procesos observados, aspectos que hasta ese momento hubieran pasado desapercibidos. La visión cabal que se consiga de este modo tendrá todo el peso de la convicción adquirida por in­dudable experiencia propia.

Aunque es la respiración lo que causa el movimiento abdomi­nal, la atención dirigida hacia él no debe considerarse como una variedad de la «Antención a la Respiración» (ánápánasati). En la práctica a la que nos estamos refiriendo, el objeto de la medita­ción no es la respiración sino el ascenso y el descenso del abdo­men, tal y como lo sentimos por—la ligera presión.

En los principiantes, el movimiento abdominal no siempre se percibe con claridad inmediatamente y algunas veces se distingue sólo durante cortas fracciones de tiempo. Esto no es inusual y me­jorará en el curso de la práctica diligente. Como ayuda para perci­bir el movimiento del abdomen más a menudo y durante períodos más largos de tiempo, puede uno tumbarse, así se distinguirá me­jor. También se puede colocar una mano sobre el vientre para se­guir el movimiento primero de esta manera, y luego será más fácil seguirle aun cuando se quite la mano. Si se ve que esto resulta útil, se puede perfectamente continuar el ejercicio reclinado, a condición que pueda evitarse la somnolencia o la laxitud. Aun así es conveniente seguir intentándolo, a intervalos, también en posición sedente.

En el momento en el que la consciencia del movimiento abdo­minal cese o se haga imperceptible, no se debe hacer un esfuerzo para «captarlo», sino que se debe dirigir la atención al «contacto» y al «estar sentado». Eso se hará de la siguiente manera: se elegi­rán seis o siete de entre los muchos puntos de contacto, o mejor dicho, percepciones del tacto, que se hallan presentes en el acto, aparentemente uniforme, de estar sentado: en las rodillas, los muslos, los hombros, etc. La atención debe dirigirse a ellos sucesi­vamente, viajando, por así decirlo, por esta ruta trazada, termi­nando con la conciencia de la postura sedente y comenzando otra vez, con la misma serie: contacto, contacto, contacto, senta­do; contacto, contacto, contacto, sentado. Debe pararse en la sen­sación singularizada justo lo que dura la pronunciación de las tres sílabas de las palabras (dichas al principio interiormente y supri­midas en cuanto se tome el ritmo). Debemos advertir que el obje­to de la atención es la sensación correspondiente, y no los lugares de contacto en sí mismos, ni tampoco las palabras «contacto­sentado». Se puede cambiar, de vez en cuando, la selección de «contactos».

Esta conciencia del «contacto—sentado» es, como si dijéramos, la «posición de reserva» de la conciencia del movimiento abdomi­nal, y es uno de los objetos secundarios de la práctica principal. Sin embargo, posee también su propio valor concreto para lograr resultados en el terreno de la Visión Cabal.

En el instante en que se note, mientras se está atendiendo al «contacto—sentado», que el movimiento abdominal ha vuelto a ser claramente perceptible de nuevo, se debe volver a él, y continuar con este objeto primario en tanto en cuanto sea posible.

Si uno se siente cansado, o si, por haber estado largo tiempo sentado, duelen las piernas o se duermen, hay que ser consciente de estos sentimientos y sensaciones. Hay que tener conciencia de ellos mientras estos sentimientos y sensaciones sean lo bastante fuertes como para forzar la atención hacia ellos y perturbar la me­ditación. Sucede a veces que, por el mero hecho de percibirlos tranquila y continuadamente, o sea, con Atención Pura, estos sen­timientos y sensaciones desaparezcan, permitiéndonos continuar con el objeto primario. Al tomar conciencia de las sensaciones perturbadoras uno se limita estrictamente al hecho escueto de su presencia sin «alimentarlas» y, por tanto, fortalecerlas con todo lo que habitualmente se añade al hecho escueto, o sea, con actitudes mentales de auto—referencia, sensibilidad excesiva, auto­compasión, resentimiento, etc.

Sin embargo, si estas sensaciones desagradables, o el cansan­cio, persisten y perturban la práctica, se puede cambiar la postura (siempre con plena consciencia de la intención previa y del acto del cambio) y recurrir al método de caminar arriba y abajo con atención. Al hacerlo hay que estar consciente de cada una de las fases de cada paso. La séxtuple división de estas fases, tal y como se da en el Comentario al Sermón, es demasiado compleja para el principiante. Es suficiente percibir tres (A) o dos (B) fases. Para hacerlo en un ritmo de dos sílabas se sugiere formularlo como si­gue: (A): 1, sube; 2, baja; 3, posa. (B): 1, sube; 2, posa (el pie). Cuando se quiera andar más rápido, se puede usar la división en dos fases: si no, la división en tres es preferible, pues proporciona una secuencia más compacta de la atención, sin intervalos.

Esta práctica de atención mientras se camina resulta, para cierto tipo de meditadores especialmente, muy recomendable tan­to como método de concentración cuanto como fuente de Visión Cabal. Puede, por tanto, practicarse como ejercicio principal y no sólo como un «cambio de postura» para aliviar la fatiga. En los Sermones del Buda encontramos un pasaje frecuentemente repeti­do que dice: «Durante el día, y en la primera y tercera vigilia de la noche, él purifica su mente de pensamientos obstaculizantes, bien caminando arriba y abajo o bien estando sentado.»

Si el caminar arriba y abajo se toma como ejercicio principal, es deseable disponer para ello de un espacio que permita un reco­rrido lo suficientemente largo, ya sea en la casa (un pasillo o dos habitaciones adyacentes) o en el exterior, dado que si hay que dar media vuelta demasiado a menudo se puede perturbar el flujo continuo de la atención. Se debe caminar durante bastante tiem­po, hasta sentirse cansado.

Cuando estamos dedicando todo el día a la práctica deben no­tarse con claridad los pensamientos dispersos, así como los pasos (al caminar), las fases o secuencias de los movimientos abdomina­les o las partes de cualquier otra actividad que nos hayamos «sal­tado» sin darnos cuenta. Hay que prestar atención al hecho de si estas soluciones de continuidad en la atención han sido apercibi­das inmediatamente de producirse o si, y durante cuanto tiempo, uno fue arrastrado por los pensamientos dispersos, etc., antes de reasumir el objeto original de la atención. Hay que tratar de notar estas interrupciones en seguida, y luego volver inmediatamente al objeto original. Esto nos servirá para apreciar el incremento de la vigilancia. La frecuencia de estas rupturas irá disminuyendo por sí misma al mejorar, a lo largo de la práctica, la quietud mental y la concentración. El dominio creciente de esta práctica de cons­cienciar inmediatamente las rupturas de la atención será de valio­sa ayuda para fortalecer el autocontrol y moderar las impurezas mentales (kilesa) tan pronto como surjan. Es evidente su importan­cia para el progreso en el Camino y para el desarrollo mental en general.

No hay que sentirse irritado, molesto o desanimado por la in­cidencia de pensamientos indeseables y distrayentes, sino, simple­mente, tomar estos pensamientos perturbadores como objetos de la atención (temporalmente), integrándolos así en la práctica (como Contemplación del Estado de la Mente). En el caso de que surjan y persistan sentimientos de irritación provocados por el es­tado de distracción mental, hay que tratarlos de la misma manera, es decir, tomarlos como una oportunidad para la Contemplación de los Objetos Mentales: el Obstáculo de la aversión o del desaso­siego y ansiedad. A este respecto dice el Maestro de Meditación: Dado que es inevitable en la vida ordinaria una multiplicidad de objetos del pensamiento, y con toda seguridad van a surgir en toda mente no liberada impurezas tales como avidez, aversión, etcétera, es de vital importancia encarar directamente esta varie­dad de pensamientos e impurezas y aprender a manejarlos. A su manera esto es tan importante como la adquisición de una mayor concentración. Por tanto, no hay que ver como «tiempo perdido» el que se emplee en afrontar estas interrupciones de la práctica metódica.

Debe aplicarse el mismo sistema con las interrupciones del ex­terior. Si hay, por ejemplo, un ruido perturbador, hay que rese­ñarlo brevemente como «sonido»; si ha sido inmediatamente se­guido por un sentimiento de irritación por la molestia, se registra­rá también el estado de «mente con ira». Después de lo cual se volverá a la meditación interrumpida. Si el primer intento no tie­ne éxito, habrá que repetir en seguida el mismo proceso. Si el rui­do es alto y persistente y nos impide atender al objeto de medita­ción, se debe, hasta que cese el ruido, continuar tomándolo como objeto de la atención, a saber, como Una de las seis bases sensoria­les, dentro del ámbito de la Contemplación de los Objetos de la Mente l (ver pág. 138). «Conoce el oído y el sonido, y conoce la atadura (molestia) que surge dependiendo de ambos...» En las fluctuaciones del sonido se observa el «surgir y desvanecerse» de las cosas; en las intermitencias de su manifestación se apreciarán con claridad su origen y desaparición y su naturaleza condicio­nada.

De esta manera, las perturbaciones de la práctica meditacio­nal pueden ser transformadas en objetos útiles para dicha prácti­ca, y lo que aparentaba ser un enemigo, puede convertirse en ami­go y maestro.

Sin embargo, cuando la mente se haya calmado o haya des­aparecido la perturbación exterior, se debe volver al objeto prima­rio de la meditación, dado que es su cultivo sostenido lo que nos proporcionará un progreso más rápido.

Tres o cuatro horas de atención continuada, o sea, sin que nos pasen inadvertidas las rupturas, es lo que se considera el mínimo para un principiante que siga un curso estricto de práctica. Esto, desde luego, no significa que tres o cuatro horas sean suficientes para todo un día de práctica. Si antes o después de este tiempo considerado como mínimo se «pierde el hilo» de la atención, se debe recuperar una y otra vez y continuar practicando la concen­tración sostenidamente tanto tiempo como sea posible.

Se recomienda un esfuerzo tranquilo y sostenido, sin darle de­masiada importancia a la incomodidad corporal, especialmente durante un curso de práctica intensivo. A menudo, cuando no se hace caso de la primera manifestación de fatiga, se descubren tras ella nuevas fuentes de energía, un «segundo aliento». Por otra parte, tampoco se debe ser extremista y conviene concederse un descanso cuando el esfuerzo deja de resultar útil. Estos intervalos de descanso también forman parte de la práctica (con un enfoque menos intenso) si uno se mantiene atento. Cuanto más natural y relajado sea el flujo de la atención siguiendo el continuo surgir y desaparecer de los objetos, tanto el elegido como principal como los diversos otros que vayan surgiendo, menos fatiga causará.

Cuando haya aumentado la capacidad de estar alerta se debeprestar también una atención particular a los pensamientos o sen­timientos de satisfacción o insatisfacción, incluso a los más suti­les. Ellos son las semillas de formas más fuertes de atracción o aversión y de los sentimientos de orgullo o inferioridad, alegría o depresión. Por tanto, es importante conocerlos, notarlos y dete­nerlos cuanto antes. Se debe evitar también pensamientos inútiles sobre el pasado o el futuro, dado que el Satipatthána sólo se inte­resa por el presente.

El objeto primario y los secundarios de los que hemos hablado (o sea, los movimientos abdominales y el contacto de estar senta­do, caminando, etc.) se mantienen durante toda la práctica, es de­cir, durante el curso intensivo, y también después, sin añadir nada a manera de nuevos recursos. Si insistimos en su aplicación, estos sencillos ejercicios son aptos para conducirnos gradualmente a los más altos resultados. El énfasis principal radica en el objeto pri­mario, es decir, en el movimiento del abdomen.

Comentarios diversos

Dada su importancia, hacemos de nuevo hincapié en que los objetos de la atención son los procesos corporales y mentales, ellos mismos, como se presentan. No se debe, durante la práctica, desviar uno del objeto principal con reflexiones o sentimientos acerca de ellos. Si surgen tales pensamientos o sentimientos, se deben tratar como hemos recomendado y volver luego al objeto original de la atención. Sin embargo, tenemos que hacer una sal­vedad. Puede suceder que, al progresar satisfactoriamente en la práctica, la mente del meditador sea de pronto inundada por una rápida sucesión de pensamientos que iluminen poderosamente ciertos aspectos del Dhamma o ciertas palabras del Maestro; tam­bién pueden surgir fuertes emociones: felicidad y rapto, una pro­funda confianza en el Buda o una gran veneración por él, etc. Es­tas experiencias originarán una gran satisfacción emocional e in­telectual (que uno debe reconocer objetivamente como tal, al me­nos retrospectivamente). En tales momentos, el meditador juzgará por sí mismo cuanta latitud, puede útilmente conceder a tales pen­samientos y sentimientos. Aunque puedan ser de gran valor para su progreso general, y desde luego que no deben ser suprimidos por la fuerza, el meditador debe saber que no son sino derivacio­nes de la práctica en la que se halla envuelto. Tras haber remitido las oleadas de estos pensamientos y sentimientos, debe volver a los objetos primarios y secundarios y, con su ayuda, seguir hacia logros más altos, en el campo de la Visión Cabal.

Como señalamos anteriormente, los ejercicios prin­cipales deben practicarse en primer lugar por ellos mismos, como instrumentos para el fortalecimiento de la atención y de la con­centración. Primero hay que familiarizarse ampliamente con los procesos que forman la base de estos ejercicios, y no deben pre­tenderse «resultados rápidos», salvo el aumento de la tención. Los demás resultados, en el campo de la Visión Cabal, aparecerán en el momento adecuado. Cualquier esfuerzo intelectual prematuro para alcanzarlos no servirá más que para interferir en la tranquili­dad y unidireccionalidad de la mente necesarias para prestar aten­ción satisfactoriamente a los objetos primarios y secundarios. Por tanto, al comienzo de la práctica es aconsejable no hacer caso de las pocas indicaciones sobre los resultados en la Visión Cabal que hemos tenido que incluir aquí, pero que no se dan en las instruc­ciones orales.

Ocurre lo mismo con respecto a la práctica de la atención ge­neral (todo el día) en el tiempo que no se está intensamente dedi­cado a los objetos primarios y secundarios. El propósito principal es crear un nivel generalmente elevado de penetrante vigilancia, con lo que se beneficiará grandemente lo que podemos llamar las «horas punta» de la atención (o sea, los períodos de atención a los ejercicios principales). Esta actitud procura a la mente el equili­brio adecuado y hace que pueda acometer mucho más eficazmen­te el «ataque decisivo» en esas «horas punta». La influencia bené­fica se sentirá también a la inversa: los resultados obtenidos de la concentración y la Visión Cabal durante las «horas puntas» forta­lecerán la concentración y el poder de penetración durante los pe­ríodos de cognición general; puede muy bien suceder que mani­festaciones importantes sobre la Visión Cabal se produzcan por primera vez, no con relación al objeto principal, sino en cualquier otro momento del día de práctica.

Dado el valioso y recíproco soporte de la atención a lo largo de todo el día y su aplicación a los ejercicios principales, es acon­sejable que la práctica del Satiptthána comience con unas sema­nas dedicadas exclusivamente a él, tal y como hemos indicado. Para acostumbrarnos gradualmente a esa estricta disciplina men­tal se puede comenzar por un día o dos (un fin de semana), luego aumentarlo a una semana y, finalmente, dedicarle todo el tiempo que nos resulte posible. Este período de entrenamiento intensivo nos servirá de fuerte impulso para continuar la práctica regular­mente durante nuestra vida normal.

Si las circunstancias de la vida son tales que, incluso en los días de práctica intensiva, no pueden evitarse totalmente los con­tactos sociales, se puede, durante ese tiempo, dejar a un lado deli­berada y atentamente la práctica y contentarse con una actitud de atención general (por ejemplo, la Clara Comprensión al hablar). Cuando se haya recuperado el aislamiento, se debe, de la misma forma deliberada y atenta, reasumir la práctica, «de la misma for­ma que se recupera un equipaje, que se había abandonado tempo­ralmente» (Comentario).

Dadas las condiciones de vida de una ciudad moderna puede, sin embargo, algunas veces, ser dificil, o incluso imposible, hacer los arreglos adecuados para dedicarse a un período de práctica in­tensiva, incluso con las limitaciones y ajustes que hemos sugerido. Se preguntó al Maestro de Meditación si se podía esperar y hasta qué punto, un progreso si la práctica tenía que ser limitada a los escasos ratos de ocio que proporciona la rutina diaria, sin un pe­ríodo previo de entrenamiento estricto. El Maestro de Meditación respondió que algunos de los discípulos laicos habían practicado de esa manera, mientras seguían sus profesiones, y habían, en par­te, obtenido buenos resultados. Pero el progreso en lo que se refie­re al aspecto específicamente budista de la práctica será más lento y más difcil, y dependerá también de la capacidad y perseveran­cia del individuo. En tales circunstancias es imprescindible una práctica muy regular, aunque el tiempo del que se disponga sea corto. Tal práctica restringida también resultará beneficiosa para el desarrollo general de la mente, tal y como indicamos en la par­te principal del libro, y dichos resultados, una vez más, nos con­ducirán a un progreso ulterior.

A continuación detallamos un programa que tendrá que ser adaptado a las circunstancias, tanto para una forma restringida de práctica como para continuarla tras un entrenamiento intensivo: 1. Circunspección y moderación, durante todo el día, en la medi­da en que lo permitan las exigencias de la vida profesional y fami­liar. Durante las horas de trabajo también se debe ser capaz, aun­que sea por unos segundos de dirigir la atención a la postura o a la respiración, y el mismo trabajo saldrá beneficiado con ello (ver pá­gina 100). 2.,Se dedicará a la práctica propiamente dicha con los obje­tos primarios y secundarios todo el tiempo que uno consiga aislar­se, por la mañana temprano y por la noche. Al comenzar con la práctica sistemática es recomendable, por corto período de tiem­po, y en la medida de lo posible, dejar de lado cualquier otra ocu­pación privada (incluyendo lectura, etc.) y restringir la vida social al mínimo. Esto puede servir como sustitutivo del período inicial de práctica estricta exclusiva.

Por razones espirituales y prácticas, cuando se pretenda la práctica de la meditación en el entorno normal, debe hacerse lo más discretamente posible. La práctica de la Atención y la Clara Comprensión debe mostrarse por sus frutos, y no con una con­ducta externa que pueda parecer poco usual a los demás. Habrá, por tanto, que elegir los ejercicios regulares en consecuencia, re­servando las prácticas más estrictas para las ocasiones en las que sea posible estar solo.

Posición de la práctica metódica del Satipatthána en el sistema de la meditación budista

1. El sistema de la meditación budista se divide en dos gran­des partes:

a) Desarrollo de la Tranquilidad (samatha—bhávana), y

b) Desarrollo de la Visión Cabal (vipassaná—bhávaná).

a) El Desarrollo de la Tranquilidad aspira a la plena concen­tración de la mente, conseguida en las Absorciones meditativas (jhána). Estas absorciones se logran, en diferentes grados, con la práctica sistemática de cualquiera de los 38 «objetos de medita­ción conducentes a la Tranquilidad» (samattha—kammatthñna) tradicionales. Gracias al alto nivel de unificación y tranquilidad mental obtenido en esas Absorciones, se eliminan temporalmente las percepciones de los cinco sentidos corporales, mientras que las funciones mentales de la ideación y la reflexión, débiles en el pri­mer estadio de Absorción, están totalmente ausentes en los esta­dios posteriores. Basta este último hecho para deducir que, en las enseñanzas del Buda, el desarrollo de la Tranquilidad, o sea, las Absorciones meditativas, no son sino medios para un fin, y no pueden, por sí solas, llevar a la más alta meta de la liberación, la cual sólo se puede obtener a través de la Visión Cabal. Se reco­mienda, por consiguiente, que, una vez concluido uno de estos es­tados de Absorción, el meditador prosiga su meditación con el Desarrollo de la Visión Cabal.

b) Desarrollo de la Visión Cabal.—Aquí los fenómenos men­tales presentes en la Absorción y los procesos corporales en los que se basa son analizados a la luz de las Tres Características. Este procedimiento que se adopta en la medi­tación budista nos protege de interpretaciones fantásticas o espe­culativas de la experiencia meditacional. El grado de concentra­ción que caracteriza la Visión Cabal, y que hay que conseguir para practicarla con éxito, se denomina Concentración de Acceso o Cercanía (upacára—samádhi). En ella las funciones mentales de ideación y reflexión mantienen toda su fuerza, pero debido a la concentración mental lograda no se distraen fácilmente en una multiplicidad de objetos, sino que siguen firme y eficazmente el curso que se les fija.

La práctica combinada de la Tranquilidad y la Visión Cabal es la que con más frecuencia se describe en las escrituras budistas. Pero también encontramos, y no raramente, un método que, en la terminología posterior, se denomina la práctica de la Visión Ca­bal Pura (sukkha—vipassaná), esto es, la práctica directa y exclusi­va de ella sin una previa obtención de las Absorciones. El método del Satipatthána que describimos aquí y las directrices de la prác­tica señaladas en las páginas precedentes pertenecen a esta cate­goría de Visión Cabal Pura.

Aunque el término «Visión Cabal Pura» (sukkha—vipassaná) no se menciona en la Colección canónica de los Sermones del Buda (Sutta—Pitaka), hay muchos textos en dicha colección que ilustran este método de meditación, es decir, instrucciones y ejem­plos en los que la visión cabal penetrante de la realidad es seguida por el acceso a los estados de santidad, sin una previa obtención de las Absorciones.

Dejando a un lado los caracteres que, por su propia naturale­za, tienden fuertemente al ejercicio de la Visión Cabal Pura, no hay duda de que el método preferible es aquel en el que la obten­ción de las Absorciones precede a la práctica sistemática de la Vi­sión Cabal. En las Absorciones, la mente adquiere un grado muy alto de concentración, pureza y calma, y profundiza en las fuentes subconscientes de la intuición. Con esta preparación, el período subsiguiente de la práctica de la Visión Cabal proporciona más fácilmente resultados rápidos y estasbles. Por tanto, todo aquel que tenga buenas razones para creer que está capacitado para hacer rápi­dos progresos en el camino, hará ciertamente bien en seleccionar un «objeto primario de meditación» (mida—kammatthána) que pueda también conducir al logro de las Absorciones, como lo es la Aten­ción en la Respiración.

También tenemos que enfrentarnos al hecho de que, en esta edad febril y ruidosa que nos ha tocado vivir, la quietud natural de la mente, la capacidad para niveles más altos de concentración y las condiciones externas para cultivar ambas cosas, han desmejorado considerablemente en comparación con épocas pasadas. Esto es valedero no sólo para Occidente, sino también, aunque en menor grado, para Oriente, e incluso afecta a un considerable sec­tor de la orden budista. Las condiciones principales que se requie­ren para cultivar las Absorciones son retiro y silencio, cosas am­bas muy dificiles de conseguir hoy día. Por añadidura, el entorno y la educación producen un número cada vez mayor de personas que se sienten naturalmente más atraídas por el Desarrollo directo de la Visión Cabal y que tienen más aptitud para ella.

En tales circunstancias, insistir rígidamente en un acercamien­to exclusivamente a través de las Absorciones equivaldría a des­perdiciar buenas ocasiones de progresar, en vez de aprovechar un método recomendado enfáticamente por el mismo Buda: un mé­todo que se adapta más fácilmente a las condiciones internas y ex­ternas del mundo actual y que conduce igualmente a la meta aspi­rada. Utilizarlo será una aplicación práctica de la Clara Com­prensión de la Idoneidad.

En tanto que la repetida falta de progreso por el camino de la Tranquilidad (debida algunas veces a las condiciones externas desfavorables) tenderán a desanimar al meditador, los resultados iniciales relativamente rápidos que pueden obtenerse a través del Desarrollo de la Visión Cabal supondrán un estímulo y alentarán poderosamente a perseverar en el esfuerzo. Además, una vez lo­grada la concentración de Acceso (pág. 116), gracias al desarrollo meditacional de la Visión Cabal, el que así lo desee tendrá posibi­lidades mucho mayores de lograr la plena concentración de las Absorciones.

Todos estos motivos han contribuido, sin duda, al hecho de que el Satipatthána haya obtenido en la Birmania de hoy tan gran arraigo en muchas mentes. La firme aplicación del Camino de la Atención y la entusiástica propagación que los devotos birmanos han hecho de ella están basadas en la convicción que proporcio­na la experiencia personal. Sin embargo, el énfasis que esta prácti­ca del Satipatthána recibe en Birmania y en las páginas de este li­bro no significa que se desaprueben o menosprecien otros méto­dos o sistemas. El Satipatthána no seria el Camino Unico si no los abarcara a todos.

El método descrito en las «Instrucciones» previas está basado en el primer Satipatthána, la Contemplación del Cuerpo (kaya nupassaná). Los procesos corporales que se toman en esta Con­templación como objetos principales de la Atención nos sirven para el desarrollo sistemático de la Visión Cabal durante toda la práctica, desde los primeros pasos del principiante hasta la culmi­nación de la más alta meta. Las otras tres Contemplaciones del Satipatthána (sensaciones, estado de la mente y contenido mental) no se practican de una manera sistemática, sino que se ejercen cada vez que se manifiestan los objetos corespondientes, ya sea en conexión con el objeto primario y los secundarios o bien en el ámbito de la atención general (durante todo el día). De esta manera se abarca totalmente el campo entero del Satipatthána.

Cuando los objetos mentales aparecen en íntima conexión con uno de los objetos corporales, es menos dificil discernir su natura­leza sutil; no se toman, separadamente, como objetos para el de­sarrollo sistemático de la Visión Cabal, debido precisamente a su sutileza, dado que sólo ofrecen posibilidades de éxito en el caso de meditadores que hayan logrado las Absorciones (jhána).

La importancia que se da a la Contemplación del Cuerpo se basa en las palabras del Buda en sus Sermones y también por la tradición establecida en los comentarios.

El Iluminado dijo:

«Monjes, cualquiera que haya desarrollado y practicado con frecuencia la Atención del Cuerpo tendrá incluidas en ella todas las cosas provechosas que conducen a la sabiduría» (Majjh, 119, Káyagatásati Sutta).

«Si no se domina el cuerpo (por la meditación, abhávito), no se dominará la mente; si se domina el cuerpo, se domina la men­te» (Majjh, 36, Mahá—Saccaka Sutta).

El «Sendero de la Pureza» (Visuddhi Magga) dice:

«Si, tras haber prestado atención a los procesos corporales, se examinan los procesos mentales, y éstos no se muestran con clari­dad, el meditador no debe abandonar la práctica, sino que debe una y otra vez comprender, considerar, aprehender y determinar los procesos corporales. Cuando los corporales se le presenten plenamente distintos, inconfusos y claros, los procesos mentales que tengan estos procesos corporales como objeto se aclararán por sí mismos.

«Dado que los procesos mentales sólo serán claros para aquel que haya comprendido los corporales con plena nitidez, todo es­fuerzo para comprender los procesos mentales debe ser hecho sólo mediante la concienzuda comprensión de los corporales, y no de otro manera... Si se procede así, la práctica del objeto de meditación (kammatthána) crecerá, se desarrollará y madurará.»

Vamos a ofrecer ahora una pequeña explicación con respecto al «objeto primario» (movimiento abdominal) introducido por el Venerable U Sobhana Mahathera. Podría objetarse que esta prác­tica no se encuentra en el Satipatthána Sutta ni en otros textos; pero hay muchos otros procesos fisicos y mentales que tampoco se mencionan expresamente en las escrituras y, sin embargo, per­tenecen al terreno de la atención, que todo lo abarca. No obstan­te, nuestro «objeto primario» puede muy bien considerarse inclui­do en el pasaje del Sermón que dice: «tal y como se halla su cuer­po, así mismo lo comprende», o, alternativamente, en la sección de las Seis Bases Sensoriales: «comprende el órgano del tacto y los objetos táctiles». Efectivamente, la amplia red de la atención debe abarcar todos los objetos del tacto a medida que suceden y son no­ tados. Bien dijo un eminente monje de nuestros días: «Todos los fenómenos condicionados (sankharas), bien sean corporales o mentales, son objetos legítimos de la práctica de la Visión Cabal».

La forma en que el ejercicio se inició, así como el espíritu que inspira al Maestro de Meditación al enseñarlo, han sido muy bien definidos por un seglar que lo practicaba en Birmania: «Este ejer­cicio no ha sido "inventado" por el Maestro de Meditación, no ha sido arbitraria o deliberadamente "ideado" por él. Es mejor decir que el proceso corporal al que se refiere no escapó a su aten­ción.» Habiéndolo encontrado beneficioso, lo cultivó y recomen­dó a los demás. No tiene ningún «significado místico», sino que es un simple y sobrio factor de nuestra experiencia corporal, como tantos otros. Pero atendiendo a él con paciente aplicación pode­mos hacer que revele todo lo que tiene que decirnos y darle una oportunidad de encender la llama de la Visión Cabal penetrante.

Este ejercicio tiene algunas ventajas que se confirmarán con la práctica real: 1. El movimiento abdominal es un proceso automá­tico y está presente constantemente; no hace falta provocarlo y, por tanto, se presta fácilmente para una observación constante y objetiva. 2. Al ser un movimiento ofrece oportunidad para nume­rosas observaciones conducentes a la Visión Cabal, por ejemplo, la observación del incesante surgir y desvanecerse, «nacimiento y muerte», de este proceso. Son estas dos ventajas que tiene en co­mún con la «Atención a la Respiración», y, de hecho, estos dos parecen ser los únicos procesos corporales que poseen estas carac­terísticas y son, al mismo tiempo, objetos idóneos para la observa­ción meditacional (en tanto que los latidos del corazón, por ejem­plo, no lo son). Una tercera ventaja, ésta propia sólo del movi­miento abdominal, es que produce siempre una sensación relati­vamente «basta», lo cual (al facilitar la percepción) es una ventaja positiva para las observaciones conducentes a la Visión Cabal; en tanto que la respiración en los estados avanzados de la práctica meditacional tiende a hacerse más y más sutil y difícilmente per­ceptible. Todo el que haya practicado la meditación de la Visión Cabal o comprenda sus fines se convencerá fácilmente de que estas tres ventajas de la toma de consciencia del movimiento abdominal hacen de él un instrumento eminentemente adecuado al fin que se persigue.

 

 




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