El Corazón de la Meditación Budista


Obtención del objeto puro



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Obtención del objeto puro

La Atención Pura consiste en un escueto y exacto registro del objeto. No es una tarea tan fácil como parece, dado que no es lo que habitualmente hacemos, excepto cuando estamos entregados a una investigación desinteresada. Al hombre, normalmente, no le interesa el conocimiento desinteresado de las «cosas tal y como verdaderamente son», sino su «manejo», juzgándolas desde el punto de vista de su propio interés, que puede ser amplio o estrecho, elevado o bajo. Pega etiquetas a las cosas que forman su universo físico y mental, y estas etiquetas, en su mayor parte, muestran claramente la impronta de su autointerés y su visión limitada. Es en semejante montaje de etiquetas en el que generalmente vive el hombre y éste es el que determina sus acciones y reacciones.

De aquí que una actitud de Atención Pura y libre de etiquetas abrirá al hombre un nuevo mundo. Primero se dará cuenta de que, donde él creía enfrentarse con una unidad, o sea con un objeto singular y presentado por un acto original de percepción, hay, de hecho, una multiplicidad; a saber, toda una serie de procesos físicos y mentales distintos, presentados por los correspondientes actos de percepción, que se siguen los unos a los otros en rápida sucesión. Notará además, con consternación, cuán raramente es consciente de un objeto desnudo o puro, sin ningún aditamento extraño. Por ejemplo, la percepción visual normal, si es de algún interés para el observador, raramente presentará el objeto visual puro y simple, sino que el objeto aparecerá a la luz de juicios subjetivos añadidos, tales como: bonito o feo, agradable o desagradable, útil, inútil o dañino. Si concierne a un ser viviente entrará también en juego la noción preconcebida de: «esto es una personalidad, un Ego, justo como "yo" lo soy también».

Es en este estado, esto es íntimamente entralazado con adiciones subjetivas, en el que la percepción se instalará en el almacén de la memoria y, cuando al ser de nuevo extraída por el pensamiento asociativo, ejercerá su influencia deformante también sobre percepciones futuras de objetos similares, así como sobre los juicios, decisiones, estados de ánimo, etc. conectados con ellas.

La labor de la Atención Pura es eliminar todos estos aditamentos extraños al propio objeto que esté, en ese momento, en el campo de percepción. Estas añadiduras, si se desea, pueden ser consideradas individualmente más adelante, pero el objeto inicial de la percepción tiene que estar libre de ellas. Esto exigirá una práctica constante durante la cual la atención, aumentando gradualmente su penetración, usará, como si dijéramos, tamices cada vez más finos a través de los cuales se cribarán los añadidos, primero los más groseros y luego los más sutiles, hasta que sólo quede el objeto puro.

La necesidad de tan exacta definición y delimitación del objeto se enfatiza en el mismo Satipatthána Sutta, al mencionar con regularidad dos veces el respectivo objeto de atención mental, por ejemplo: «El medita contemplando el cuerpo en el cuerpo» y no, por ejemplo, sus sentimientos o las ideas acerca de él, como explica expresamente el Comentario. Tomemos el ejemplo de una persona que mira una herida en su antebrazo: en este caso, el objeto visual concreto consistirá exclusivamente en la respectiva parte del cuerpo y en el estado de daño en que se encuentra. Sus diferentes características, tales como carne, sangre, pus, etc., serán objetos de la «Contemplación del Cuerpo», en particular del ejercicio concerniente a las «Partes del Cuerpo». El dolor debido a la herida será objeto de la «Contemplación de las Sensaciones». La noción más o menos consciente que se tenga de un Ego, de un ser que está herido y sufre un dolor, caerá dentro del campo de la «Contemplación del Estado de la Mente» («mente engañada») o bajo la «Contemplación del Contenido Mental» acerca de las «Ataduras» que surgen a través del contacto corporal (ver en el Discurso la sección dedicada a las Bases Sensoriales). El rencor que uno puede sentir (aparentemente en ese mismo momento) contra la persona que causó el mal, pertenece a la «Contemplación del Estado de la Mente» («mente con odio») o a la «Contemplación del Contenido Mental» (el Obstáculo de la Ira). Este ejemplo es suficiente para ilustrar el proceso tamizante, del que se encarga la Atención Pura.

La enorme importancia de lograr el objeto puro fue acentuada por el mismo Buda. Cuando un monje le pidió un breve consejo que le sirviera de guía, el Maestro le dio la siguiente regla práctica:

«En lo que se ve debe haber solamente lo visto; en lo que se oye, solamente lo oído; en lo que se siente (olor, gusto, tacto), solamente lo sentido; en lo que se piensa, solamente lo pensado.» (Udána I, 10).

Este breve pero importante consejo del Maestro debe servir como guía y compañero para quien se dedique a la práctica de la Atención Pura.

El triple valor de la Atención Pura

La Atención Pura tiene el mismo triple valor que atribuimos anteriormente a la Doctrina de la Mente del Buda y a la Recta Atención en general: será de gran y eficiente ayuda para conocer, formar y liberar la mente.

1. Valor de la Atención Pura para conocer la mente

La mente es el elemento en el cual y, a través del cual, vivimos. Y a pesar de todo es lo que nos es más esquivo y misterioso. La Atención Pura, sin embargo, al prestar paciente atención a los hechos básicos del proceso mental, es capaz de iluminar la misteriosa oscuridad de la mente y aprehender firmemente su huidizo flujo. La práctica sistemática de la Atención, empezando con la Atención Pura, proporcionará todo el conocimiento de la mente que es esencial para fines prácticos, o sea para el dominio, desarrollo y liberación final de la mente. Pero aún más allá de esa esfera de acción intrínsecamente práctica del método del Satipatthá na: una vez que una clara conciencia y comprensión se hayan establecido firmemente en un sector, limitado pero vital, de la mente, la luz se esparcirá gradual y naturalmente y alcanzará incluso los rincones más oscuros y distantes del reino de la mente que hasta aquel momento habían sido inaccesibles. Esto se deberá principalmente al hecho de que el instrumento mismo de esa investigación para lograr el conocimiento habrá sufrido un cambio radical: la mente que indaga, al hacerlo así, habrá ido ganando en lucidez y fuerza de penetración.

«Sólo las cosas bien examinadas por la Atención pueden ser comprendidas por la Sabiduría, mas no las confusas» (com. al Sutta Nipáta). Un espécimen de investigación que va a ser examinado con la ayuda de un microscopio tiene que ser, primero, cuidadosamente preparado, limpiado, desembarazado de materias extrañas y firmemente sujeto bajo la lente. De forma similar, el «objeto puro» que va a ser examinado por la Sabiduría tiene que estar preparado por la Atención Pura. Ella limpia el objeto de investigación de las impurezas de los prejuicios y la pasión, ella lo libera de adiciones extrañas y de puntos de vista que no le pertenecen; le mantiene firmemente sujeto ante el Ojo de la Sabiduría, ralentizando la transición que va de la fase receptiva a la activa del proceso perceptual o cognoscitivo, proporcionándonos con ello una oportunidad enormemente mejorada para una investigación concienzuda y desapasionada.

Este trabajo preliminar de la Atención Pura no sólo tiene importancia para el análisis, es decir, para la función discriminadora y disectora de la mente por la que se revelan los elementos que componen el objeto, sino que también es de gran ayuda para la igualmente importante síntesis, es decir, para encontrar las conexiones y relaciones del objeto con otras cosas, su interacción con ellas y su naturaleza condicionada y condicionante. Muchas de estas cosas pasarán desapercibidas si el período de Atención Pura no es lo suficientemente largo. Debe mantenerse siempre en mente, como una máxima de gran importancia y de variadas aplicaciones, también a efectos prácticos, que la relación entre las cosas sólo puede averiguarse fidedignamente si los elementos individuales de esa relación han sido previamente examinados con cuidado en sus variados aspectos, los cuales señalan las diversas conexiones. La preparación analítica insuficiente es una frecuente fuente de errores en la parte sintética de los sistemas filosóficos y las teorías científicas. Y es esta preparación, justamente, la que atiende cuidadosamente y remedia el método de la Atención Pura. Sus consecuencias sobre la práctica espiritual, que es lo que aquí nos concierne, han sido mencionadas antes (pág. 37) y se harán todavía más claras en las páginas siguientes.

La Atención Pura deja que las cosas hablen primero por sí mismas, sin la interrupción de veredictos definitivos pronunciados con excesiva precipitación. La Atención Pura les da la oportunidad de terminar de hablar y así aprenderemos que, en efecto, tenían mucho que decir acerca de sí mismas, de lo que habíamos hecho caso omiso hasta entonces, principalmente por la precipitación o bien porque quedaba ahogado por el ruido interior y exterior en el que se desenvuelve el hombre ordinario. Porque la Atención Pura ve las cosas sin el efecto constrictor y uniformante de los juicios habituales, las ve siempre de nuevo, como si fuera la primera vez; por tanto, sucederá cada vez con mayor frecuencia que las cosas tendrán algo que revelar, nuevo y digno de ser tomado en consideración. La paciente permanencia en tal actitud de Atención Pura abrirá anchos horizontes a la propia comprensión, obteniendo así, aparentemente sin esfuerzo, resultados que habían sido negados a los esfuerzos excesivos de un intelecto impaciente. Este precipitado o habitual limitar, etiquetar, juzgar erróneamente y manejar mal las cosas, hace que a menudo permanezcan cerradas importantes fuentes de conocimiento. Los hombres de Occidente, en particular, tendrán que aprender del Este a mantener la mente en un estado receptivo, pero intensamente observador, con mayor frecuencia y durante mayor tiempo; la actitud mental cultivada por los científicos y los investigadores, que debe llegar a ser patrimonio común. Esta actitud de Atención Pura demostrará ser, con la práctica constante, una rica fuente de conocimiento e inspiración.

Ahora bien, ¿cuáles son, en particular, los resultados que se pueden obtener a través de la Atención Pura en términos de conocimiento? Mencionaremos aquí sólo aquellos que son de importancia primordial. Debe dejarse a la «experiencia del viaje» de cada uno por el Camino de la Atención, el vindicar, elaborar y suplementar lo que aquí se dice en breve.

Y aunque ya se ha dicho, lo repetimos ahora a causa de su importancia fundamental: a la luz de la Atención Pura, el acto de percepción aparentemente uniforme aparecerá, con creciente claridad, como una secuencia de fases numerosas y diferenciadas individualmente que se siguen las unas a las otras en rápida sucesión. Esta observación básica revelará gradualmente su inherente riqueza de hechos singularizados y las amplias repercusiones de los mismos. Demostrará que es una observación verdaderamente científica en el sentido literal de la palabra, es decir, «productora de conocimiento» (C. J. Ducasse). Mostrará, por ejemplo, la diferenciación básica del proceso perceptual: la presentación de los datos sensoriales relativamente puros (4) y la fase subsiguiente de su interpretación y evaluación. Este conocimiento psicológico es antiguo para los budistas, se remonta a los Discursos del propio Maestro y fue luego elaborado en los libros y comentarios del Abhidhamma. La distinción entre los «hechos escuetos del caso» y la actitud hacia ellos tiene, aparte de su importancia científica (productora de conocimiento), una significación práctica de ancha repercusión: establece el primer punto, es decir, el más prometedor, a partir del cual podemos determinar el desarrollo posterior de la situación dada en cuanto depende de nuestra actitud hacia ella. Sin embargo, el estudio de este aspecto pertenece al capítulo siguiente sobre la formación de la Mente.

4 La salvedad «relativamente puros» ha sido añadida porque, según el penetrante escrutinio aplicado por el Abhidhamma, incluso el primer estadio de presentación pura de los datos sensoriales conlleva el sutil sabor de las impresiones similares anteriores.

Al practicar la Atención Pura, el primer impacto fuerte que recibirá la mente del observador será probablemente la confrontación directa con el factor constante del Cambio. En términos del Dhamma, la Impermanencia (anicca) es la primera de las tres Características del Dhamma: la secuencia incesante de nacimientos y muertes individuales de los acontecimientos que, observada por la Atención Pura, será una experiencia de creciente intensidad y tendrá consecuencias decisivas para el progreso de la meditación. De esta misma experiencia de cambio a cada momento emergerá a su debido tiempo la conciencia directa de las otras dos Características de la Existencia: Dolor (Sufrimiento, Insatisfacción dukkha) e Impersonalidad (anattá).

Aunque el hecho del Cambio es comúnmente admitido, al menos hasta cierto punto, en la vida ordinaria la gente se da cuenta de él sólo cuando les provoca con bastante violencia, o, la mayoría de las veces, desagradablemente. Sin embargo, la práctica de la Atención Pura nos hará comprender a la fuerza que el Cambio está siempre con nosotros, que incluso en una mínima fracción de tiempo la frecuencia con la que ocurren los cambios escapa a nuestro conocimiento. Es así que, probablemente por primera vez, nos percataremos, no sólo intelectualmente, sino de forma que afecta a todo nuestro ser, de la clase de mundo en el que realmente vivimos. Encarándonos con el Cambio, como algo experimentado vivamente en cuerpo y mente, habremos empezado a «ver las cosas como realmente son». Esto se refiere en particular a las «cosas de la mente». La mente no puede ser comprendida sin reconocerla como un flujo y permanecer conscientes de este hecho en todas las investigaciones encaminadas al conocimiento de la mente: es el mostrar el hecho del Cambio y su naturaleza en el proceso mental. El hecho del Cambio contribuirá al conocimiento de las mentes de una manera negativa al excluir cualquier concepción estática de lo que es la mente, como suponer que hay entidades permanentes, cualidades fijas, etc. La visión cabal de la naturaleza del Cambio será una contribución positiva, aportando una riqueza de información detallada sobre la naturaleza dinámica del proceso mental.

A la luz de la Atención Pura centrada en la percepción sensorial se verá con mayor claridad la índole característica de los procesos materiales y mentales, su interrelación y sus alteraciones y también la función básica de «objetización» de la mente.

Al hablar de «objetización» (tener como objeto, tomar como objeto) y de los procesos materiales y mentales, lo hacemos solamente para nuestros propósitos prácticos de análisis. Estos términos no quieren expresar ninguna advocación de un dualismo sujeto—objeto y mente—materia. No propugnamos tampoco un monismo de Sólo Mente o Sólo Materia. La Enseñanza Media del Buda del Origen Condicional (paticca—samuppáda) de las cosas trasciende todo concepto de monismo, pluralismo o dualismo. En un mundo de condicionalidad, relatividad y flujo, tal y como se experimenta directamente con la práctica de la Atención Pura, estas rígidas nociones aparecerán en seguida como totalmente incongruentes.

Al hacer de paso estas últimas observaciones señalamos asimismo otra aportación de carácter más teórico para el conocimiento de la mente, con respecto a esas antiguas actitudes filosóficas que acabamos de mencionar y que, basándose en premisas falsas de hecho, levantan enormes superestructuras teóricas ajustadas a dichas premisas. Pero aquí no nos conciernen esos problemas directamente. En nuestro contexto, sólo necesitamos señalar que tanto la experiencia común como el escrutinio penetrante nos muestran diferencias tanto en el proceso como en el contenido de la cognición, que son lo suficientemente acusadas como para justificar el uso pragmático de los tradicionales pares de opuestos sujeto—objeto y mente—materia.

Después de haber adquirido, mediante la práctica de la Atención Pura, experiencia suficientemente amplia y profunda de lo que sucede en la mente, el meditador tendrá la seguridad inmediata de que la mente no es nada fuera de su función cognoscitiva.

En ninguna parte, ni detrás ni dentro de esa función, puede detectarse un agente individual o una entidad permanente. Por propia y directa experiencia, uno habrá llegado así a la gran verdad de la No—alma o Impersonalidad (anattá, ani tma en sánscrito) que muestra que toda la existencia está vacía de una personalidad permanente (yo, alma, super—yo, etc.) o de una substancia permanente de cualquier tipo. Esa única y revolucionaria enseñanza del Anattá puede igualmente ser muy «productora de conocimiento» para la psicología moderna, gracias a su fuerte impacto sobre las raíces y las ramificaciones de la ciencia de la mente. No podemos entrar aquí en detalles de lo que ello implica, que será, desde luego, evidente para el estudioso de este campo de conocimiento. Al decir que el Anattá es una doctrina única queríamos distinguirla de lo que en Occidente se conoce como «psicología sin psique», que es principalmente de matiz materialista y que es a veces llamada, con cierto tono de desaprobación, «sin alma». Sin embargo, la psicología budista no es materialista en el sentido filosófico ni en el ético de la palabra. El verdadero significado filosófico y ético de la doctrina del No—yo, así como su «tono emocional» no pueden comprenderse plenamente más que en el contexto de la totalidad de la doctrina budista, no aisladamente. Tendremos ocasión de volver sobre el tema.

Por otra parte, la Atención Pura aportará informaciones sorprendentes y además útiles acerca del funcionamiento de la propia mente: el mecanismo de las emociones y de las pasiones, el grado de confianza que uno puede tener en la facultad racional, los motivos verdaderos y los aparentes de nuestras acciones y otros muchos aspectos de la vida mental. Se hará una luz muy clara sobre nuestros puntos débiles y también sobre los fuertes, y se adquirirá consciencia por vez primera de algunos de ellos.

Este método de la Atención Pura, tan valioso para conocer la mente y, a través de ella, el mundo, concuerda con el procedimiento y la actitud del verdadero científico y erudito: definición clara de la materia que se estudia y de los términos empleados; receptividad sin prejuicios de la enseñanza que emana de las cosas mismas; exclusión, o al menos reducción, del factor subjetivo al enjuiciar, y posposición del juicio hasta haber hecho un examen cuidadoso de los hechos. Este espíritu genuino del trabajo de investigación unirá siempre al Buda—Dhamma con la verdadera ciencia, aunque no necesariamente con todas las teorías del día. Pero el propósito del Buda—Dhamma no es el mismo que el de la ciencia profana, que se limita al descubrimiento y explicación de los hechos. La doctrina de la mente del Buda, en cambio, no se limita al conocimiento teórico de la mente, sino que aspira a formar la mente y, por este conducto, la vida. En este aspecto, sin embargo, concuerda con la rama de la psicología moderna que se dedica a la aplicación práctica del conocimiento teórico de la mente.

2. Valor de la Atención Pura para formarla mente

La mayor parte del sufrimiento que el hombre crea en el mundo proviene no tanto de la maldad deliberada como de la ignorancia, desatención, irreflexión, precipitación y falta de autocontrol. Muchas veces, un sólo momento de atención o sabia reflexión habría prevenido una larga secuencia de sufrimiento o culpa. Al demorarse un instante antes de actuar, como se acostumbra en la Atención Pura, uno podrá aprovechar aquél decisivo, aunque breve momento, en el que la mente, no ha adoptado todavía un curso de acción bien definido o una actitud determinada, sino que está en estado de recibir instrucciones competentes. El momento siguiente puede ya cambiar completamente la situación, dando definitivamente supremacía a los impulsos viciados y a los falsos juicios internos, o bien a las influencias perniciosas del exterior. La Atención Pura ralentiza, e incluso detiene, la transición del pensamiento a la acción, proporcionándonos más tiempo para llegar a una decisión madura. Tal ralentización es de vital importancia en tanto las palabras y actos no provechosos, perjudiciales o dañinos broten con excesiva espontaneidad, es decir, mientras aparezcan como reacciones inmediatas a los acontecimientos o a los pensamientos, sin dar a los «frenos internos» de la sabiduría, el autocontrol y el sentido común, la oportunidad de actuar. La adquisición del hábito de «ralentizar» nos proporcionará un arma eficaz contra la precipitación de palabra y de obra. Aprendiendo a través de la Atención Pura a hacer una pausa, ralentizar y detenerse, la plasticidad y receptividad de la mente aumentarán considerablemente, porque las reacciones de naturaleza indeseable ya no ocurrirán automáticamente con la misma frecuencia que antes.

Estas reacciones habituales, que tan a menudo se dejan pasar sin oponerse a ellas ni ponerlas en tela de juicio, irán perdiendo gradualmente 'su poder al ser ponderadas regularmente.

La Atención Pura nos dará también tiempo para preguntarnos si en una situación dada es en realidad necesario o aconsejable actuar, sea de pensamiento, palabra u obra. Hay a menudo una excesiva tendencia a entremeterse cuando no hace ninguna falta, lo que es una causa más —que bien podría evitarse— de mucho sufrimiento e innecesarios embrollos. El que conozca la paz mental que otorga la actitud de Atención Pura, sentirá menos tentación de precipitarse a la acción o de entrometerse en los asuntos ajenos. Si de esta manera se reducen las complicaciones y conflictos de todo tipo, la tarea de formar la mente encontrará menos resistencia.

Con respecto a los dos puntos mencionados en último lugar («precipitación» y «entrometimiento») lo que se aconseja en la práctica es muy sencillo: mirar bien antes de dar un paso, dar a la mente la oportunidad de hacer una apreciación más amplia y sosegada de las cosas, es decir, refrenar el impulso de «hacer algo cueste lo que cueste».

A la Atención Pura sólo le concierne el presente. Ella nos enseña lo que tantos han olvidado: a vivir con plena consciencia el Aquí y el Ahora. Nos enseña a afrontar el presente sin intentar refugiarnos en pensamientos sobre el pasado o el futuro. El pasado y el futuro son, para la consciencia del hombre corriente, objetos no de observación, sino de reflexión, y en la vida corriente, el pasado y el futuro no se toman, sino raramente como objeto de. reflexión verdaderamente sabia, siendo la mayor parte de las veces objetos de un soñar despiertos y de vanas imaginaciones que constituyen los principales enemigos de la Recta Atención, la Recta Comprensión y también de la Recta Acción. La Atención Pura, manteniéndose fielmente en su puesto de observación, vigila tranquilamente y sin apego la incesante marcha del tiempo, espera con calma a que las cosas del futuro aparezcan ante sus ojos, se conviertan en objetos presentes y se desvanezcan nuevamente en el pasado. ¡Cuánta energía se ha desperdiciado en inútiles pensamientos y arrepentimientos, o bien repitiendo con insensata garrulería, de viva voz o con el pensamiento, todas las trivialidades del pasado! De igual futilidad es gran parte del pensamiento dedicado al futuro: vanas esperanzas, planes fantásticos y sueños vacíos, temores injustificados y preocupaciones inútiles. He aquí, una vez más, causas de dolor y desengaño que bien pueden evitarse y que la Atención Pura es capaz de eliminar.

La Recta Atención devuelve al hombre la perla perdida de su libertad, arrebatándola de las fauces del dragón Tiempo. La Recta Atención libera al hombre de las cadenas del pasado que él, neciamente, trata incluso de reforzar evocándolo con excesiva frecuencia, con añoranza, resentimiento o arrepentimiento. La Recta Atención impide al hombre encadenarse, por las imaginaciones de sus temores y esperanzas, a lo que piensa va a suceder en el futuro. De este modo, la Recta Atención restituye al hombre la libertad que sólo puede hallarse en el presente.

Los pensamientos sobre el pasado y sobre el futuro son el material principal de los ensueños a los que nos libramos con los ojos abiertos y que, pegajosos, persistentes e interminablemente repetitivos, ocupan el estrecho espacio de la consciencia en el momento presente, sin darle oportunidad para formarse y haciéndola, de hecho, todavía más informe y enervada. Estos futiles ensueños son los principales obstáculos que se oponen a la concentración. Una forma segura de excluirlos es aplicar con resolución la mente a la observación escueta de cualquier objeto que se halle a mano en todo momento en que no exista la necesidad ni el impulso de pensar ni hacer nada con ningún propósito determinado, y cuando, consiguientemente, sea inminente un vacío mental que, de otra manera, sería rápidamente invadido por los sueños. Si ya han penetrado, basta convertir estos mismos ensueños en objetos de íntima observación para privarles de su poder de diluir la mente y finalmente dispersarlos. He aquí un ejemplo del método eficaz para «transformar las perturbaciones de la meditación en objetos de meditación», del que hablaremos más tarde.

La Atención Pura pone en orden los desaseados rincones de la mente; pone en evidencia las numerosas percepciones vagas y fragmentarias, los razonamientos inconclusos, las ideas confusas, las emociones reprimidas, etc., que pasan diariamente por la mente. Tomados uno a uno, estos inútiles consumidores de actividad mental son débiles y sin poder, pero al acumularse dañan poco a poco la eficiencia de las funciones mentales. Dado que en general se permite que estos pensamientos fragmentados se sumerjan en el subconsciente sin haberles prestado la debida atención, es natural que afecten a la estructura básica del carácter, las disposiciones y las tendencias. Reducirán gradualmente el alcance y la lucidez de la consciencia en general y también su plasticidad, es decir, su capacidad para ser formada, transformada y desarrollada.

Al irse consiguiendo, mediante la práctica introspectiva de la Atención Pura, un conocimiento harto poco lisonjero de las zonas más sórdidas e ignominiosas de la propia mente, se suscita en uno mismo una resistencia a tal estado de cosas, en el que la claridad y el orden degeneran en desorden y el metal precioso de la mente en escoria. Por la fuerza de esta repugnancia, aumentará la dedicación seria a la práctica del Camino de la Atención y gradualmente se controlará el excesivo derroche de energía mental. Es precisamente esta automática función «ordenadora» de la Atención Pura la que nos sirve para formar la Mente.

La Atención Pura que se preste a la propia mente aportará la verídica información acerca de ella, que tan indispensable resulta para conseguir formarla debidamente. Al dirigir toda la atención a nuestros pensamientos en el mismo momento en que surgen, obtendremos un conocimiento mayor de nuestros puntos débiles y fuertes, esto es, de nuestras deficiencias y capacidades. Mientras siga uno engañándose acerca de las primeras e ignorando estas últimas, no hay posibilidad de autoeducación.

Con la capacidad obtenida a través de la Atención. Pura para llamar inmediatamente a las cosas malas o perjudiciales por su propio nombre, se habrá dado el primer paso hacia su eliminación. Si uno es claramente consciente, por ejemplo, en la Contemplación del Estado de la Mente de que «hay un pensamiento libidinoso», o en la Contemplación del Contenido Mental de que «en mí existe ahora el obstáculo del desasosiego», el simple hábito de formular explícitamente tales declaraciones producirá una resistencia interior a aquellas cualidades que se irá haciendo sentir con fuerza cada vez mayor. Esta forma breve y desapasionada de mero «registrar» demostrará ser, a menudo, más eficaz que esfuerzos de voluntad, —emoción o razonamiento que muchas veces sólo provocan una resistencia todavía más fuerte por parte de las fuerzas antagónicas de la mente.

Obviamente también nuestras cualidades positivas estarán enfocadas con mayor claridad y las que eran débiles o que ni siquiera habían sido percibidas obtendrán la oportunidad de desarrollarse hasta llegar a su plena floración y fructificación. Se revelarán fuentes de energía que estaban sin explotar y se manifestarán capacidades que hasta ahora eran desconocidas para uno mismo. Todo esto fortalecerá la confianza en sí mismo que tan importante es para lograr el progreso interior.

En estas y otras maneras el método sencillo y no coactivo de la Atención Pura resulta ser el más eficaz ayudante para Formar la Mente.

3. Valor de la Atención Pura para Liberar la Mente

Sugerimos al lector que trate, empezando por unos cuantos días de prueba, de mantenerse todo lo que pueda en una actitud de Atención Pura hacia la gente, los objetos inanimados que tiene en torno y los diversos acontecimientos del día. Haciéndolo así, pronto sentirá cuán armoniosamente pasan esos días comparados con aquellos en los que se dejaba arrastrar por el más ligero estímulo a intervenir en todo con actos, palabras, emociones o pensamientos. Pasará esos días serenamente y con alegría, con un estimulante sentimiento de tranquilidad y libertad, como si estuviera protegido por una armadura invisible contra las banalidades y molestias del mundo exterior. Es como si uno hubiese escapado de la desagradable proximidad de una multitud agitada y ruidosa al silencio y al retiro de una colina y contemplase desde allí, con una mirada de alivio, el ruido y el bullicio de abajo. Lo que de este modo se experimenta es la paz y la felicidad del desapego. De esta manera, al retirarse de las cosas y de los hombres, nuestra actitud hacia ellos será en realidad más amistosa, porque no habrá aquellas tensiones que tan a menudo surgen de intromisiones, deseos, aversiones u otras formas de auto—referencia. La vida se hará mucho más fácil y el mundo interior y exterior más amplios. En suma, nos daremos cuenta de que el mundo marcha perfectamente bien sin toda nuestra intervención anterior y que nosotros mismos nos beneficiamos de nuestra moderación. ¡Cuántos enredos no serán evitados y cuántos problemas no se resolverán por sí mismos sin nuestra contribución! Este es el medio del que se vale la Atención Pura para revelarnos las ventajas de una abstención de toda acción kármica, sea buena o mala, o sea, de abstenerse de toda actividad que tiende a construir el mundo y, por tanto, a crear sufrimiento. La Atención Pura nos enseña el arte del dejar estar, apartándonos gradualmente de la actividad y de la intervención habitual.

El distanciamiento interior de las cosas, los hombres y de nosotros mismos, obtenido pasajera y parcialmente por la Atención Pura, nos enseña, a través de nuestra propia experiencia, la posibilidad de obtener definitivamente el perfecto desapego y la felicidad que resulta de él. Nos llena con la confianza de que este pasajero apartarse del mundo del sufrimiento podrá muy bien un día convertirse en un total alejamiento de él. Es una muestra anticipada o, por lo menos, una idea preliminar de lo que es la libertad más alta, la «santidad en vida» (ditthadhamma—nibbána) a la que se alude en la frase: «En el mundo, pero no del mundo».

Para alcanzar esa elevadísima y definitiva liberación de la mente, la Atención Pura fragua la principal herramienta —la más alta penetración de la verdad que en el Dhamma se llama Visión Cabal (vipassaná). Este, y sólo éste, es el propósito último del método aquí descrito y la forma más alta de su función liberadora de la mente.

La Visión Cabal es la comprensión directa y penetrante de las Tres Características de la Existencia: la Impermanencia, el Sufrimiento y la Impersonalidad. No es una mera apreciación intelectual o un conocimiento conceptual de estas verdades, sino una experiencia personal de ellas, indudable e inquebrantable, que se obtiene y se madura gracias a la confrontación meditacional constante con los hechos que yacen bajo estas verdades. La Visión Cabal pertenece a ese tipo de conocimiento capaz de transformar la vida al que aludía el pensador francés Guyeau cuando dijo: «Si uno sabe, pero no actúa en consecuencia, sabe imperfectamente.» La naturaleza intrínseca de la Visión Cabal consiste en producir un desapego creciente y un gradual liberarse del deseo, culminando en la liberación final de la mente de todo lo que sujeta al mundo del sufrimiento.

Esa confrontación directa con la realidad, que madura en la Visión Cabal, se obtiene por medio de la práctica de la Atención Pura y del Satipatthána en general. Se describirá más adelante su desarrollo metódico. Pero incluso su aplicación esporádica a la vida corriente mostrará su influencia liberadora sobre la mente y, si se aplica con constancia, creará un trasfondo mental valioso para la práctica estricta y sistemática.

La naturaleza de la Visión Cabal es estar libre del Deseo, la Aversión y la Ofuscación, y ver claramente todas las cosas del mundo interior y exterior como «puros fenómenos» (suddhadhammá), es decir, como un proceso impersonal. Precisamente esto es característico también de la Atención Pura y, por tanto, su práctica conduce a una aclimatación gradual a las altas cimas de la Visión Cabal perfecta y la Liberación final.

Esta elevada meta del desapego y la visión cabal perfectos puede estar todavía muy lejana para el principiante en el sendero, pero gracias a las experiencias análogas que vivirá durante la práctica de la Atención Pura no le será totalmente extraña. Para ese discípulo la meta ofrecerá, incluso ahora, algo de íntimo y familiar, teniendo, por tanto, un positivo poder de atracción que no poseería si no siguiera siendo para él más que una mera noción abstracta sin ninguna correspondencia con su propia experiencia interior. Para el que ha emprendido el Camino de la Atención, la meta aparecerá como la silueta de una alta cadena montañosa en el horizonte lejano; y estos perfiles se harán familiares y amistosos para el viajero que los contempla mientras va recorriendo el penoso camino que tan lejos está todavía de esas altas cimas. Y aunque, por necesidad, el peregrino tendrá que prestar mayor atención a los tramos del sendero que se hallan bajo sus pies —por aburridos que a menudo sean— y a los diversos obstáculos y desconcertantes cambios de dirección del camino, no dejará de tener gran importancia el que, de vez en cuando, vuelva sus ojos a las cumbres que son su meta, según se perfilan en el horizonte de su experiencia. Ellas mantendrán ante los ojos de su mente la verdadera dirección del viaje, ayudándole a volver sobre sus pasos cuando se haya extraviado. Ellas darán nuevo vigor a sus cansados pies, nuevo valor a su mente y la esperanza que podría a veces faltarle si no hubiese nunca visto las montañas con sus propios ojos, o si solamente las conociese de oídas o por lecturas. También le recordarán que todas las «pequeñas alegrías del camino» no deben hacerle olvidar la gloria de esas cumbres que le aguardan en el horizonte.

Clara Comprensión

La actitud receptiva y desapasionada de la Atención Pura puede y debe, sin duda alguna, ocupar mucho más espacio en nuestra vida mental del que habitualmente tiene y es por eso por lo que se le ha dado un tratamiento tan detallado. Pero esto no debe hacernos olvidar el hecho de que la Atención Pura sólo puede, por lo general, ser mantenida por períodos limitados de tiempo en la vida ordinaria, aparte de los que se dediquen expresamente a su aplicación. Cada hora del día exige alguna actividad de obra, palabra o pensamiento. Primero están las numerosas exigencias de actividad o movimiento corporal, aunque sólo sea la necesidad de cambiar de postura. También tenemos, una y otra vez, que abandonar la protección y autosuficiencia del silencio y entrar en relación con los otros a través del diálogo. Y tampoco la mente puede evitar definir su posición ante sí misma y ante el mundo exterior y dictar órdenes de acción innumerables veces a lo largo del día. La mente tiene que elegir, decidir y juzgar.

El segundo aspecto de la Recta Atención, la Clara Comprensión (sampajañña), es el que concierne a la mayor parte de nuestra vida, la parte activa. Uno de los propósitos de la práctica del Satipatthána es el de que la Clara Comprensión llegue gradualmente a ser la fuerza reguladora de todas nuestras actividades, ya sean corporales, verbales o mentales. Su labor es hacerlas precisas y eficaces, de acuerdo con la realidad, con nuestros ideales y con el nivel más alto de nuestra comprensión. Debe entenderse que el término «Clara Comprensión» significa que a la claridad de la atención mental pura se añade la plena comprensión del propósito y de la realidad, interna y externa, o, en otras palabras: la Clara Comprensión es el recto conocimiento (ñána) o sabiduría (paññá) basado en la Recta Atención (sati).

Aunque el Sermón mismo sólo habla de comprender claramente la acción y el lenguaje, y en consecuencia se ocupa de la Clara Comprensión en la sección de la Contemplación del Cuerpo, huelga decir que también el pensamiento, la tercera «puerta de acción», tiene asimismo que ser puesto bajo el control de la Clara Comprensión.

Las cuatro clases de Clara Comprensión

La tradición budista, tal y como está expresada en los comentarios a los Sermones del Buda, distingue cuatro clases de Clara Comprensión: 1) la Clara Comprensión del Propósito (sátthakasampajañña); 2) la Clara Comprensión de la Idoneidad (sappá ya-sampajañña); 3) la Clara Comprensión del Terreno (de la Meditación, Gocara-sampajañña); 4) la Clara Comprensión de la Realidad (lit. de la No-ilusión; asammohasampajañña).

1. Clara Comprensión del Propósito

Esta primera clase de Clara Comprensión enseña a preguntarse, antes de actuar, si la actividad que se pretende está realmente de acuerdo con los propósitos, las intenciones o ideales de uno, es decir, si es verdaderamente conveniente en el más estricto sentido práctico así como en el aspecto ideal. A través del entrenamiento en la Atención Pura se aprenderá, si todavía no es costumbre en el practicante, a realizar la pausa oportuna para hacerse la pregunta.

Puede haber quien piense que no es necesario dedicar especial atención, como materia de estudio o entrenamiento, a la conveniencia de sus acciones porque creen que como «seres racionales» actúan naturalmente con «racionalidad», esto es, de manera conveniente. Pero totalmente aparte del propósito último del Camino de la Atención, hay ciertamente que admitir —que el hombre no siempre actúa racionalmente; ni siquiera cuando el propósito que tiene en mente es bien menguado y plenamente egoísta y materialista. El hombre olvida a menudo sus propósitos, programas y principios descuidando incluso sus más obvias ventajas; y todo esto es debido no sólo a la precipitación.o a la pasión, sino incluso a caprichos totalmente fortuitos, curiosidad infantil o perezosa indolencia. Por estas u otras razones secundarias, la gente se desvía a menudo en direcciones totalmente opuestas a sus propias intenciones vitales y a sus verdaderos intereses.

Bajo el impacto de las innumerables impresiones que invaden al hombre desde el mundo exterior y desde la multiplicidad interior (papañca), es, desde luego, comprensible y, en cierta medida, incluso inevitable para la mayoría de nosotros, que nos desviemos ocasionalmente de la dirección general de nuestra vida. Tanto más necesario es limitar al mínimo tales desviaciones y esforzarse por su total eliminación. Esto último, sin embargo, sólo puede lograrse en la perfecta Atención del Santo (arahat). Mas estas desviaciones del sendero recto en el que nos hemos propuesto vivir no pueden eliminarse, ni tan siquiera reducirse considerablemente, simplemente imponiéndonos una subordinación a las órdenes dictatoriales de un seco razonar o moralizar. El lado emocional del hombre, para el que estas desviaciones caprichosas o escapadas son, a menudo, una forma de evadirse o protestar, pronto se sublevaría e incluso se desquitaría con algún comportamiento evidentemente irracional. Para lograr una «penetración pacífica» en las regiones irracionales de la mente y convencerlas para que participen voluntariamente en la realización de un propósito claramente comprendido, el trabajo tiene que «comenzar desde el principio», sobre la amplia base de la Atención Pura. Las fuerzas internas mentales creadoras de tensión se irán absorbiendo gradualmente en la corriente principal de las intenciones e ideales mediante los métodos simples, armónicos y no coactivos de esa práctica . Es sólo a través de una ampliación sistemática, pero orgánica y natural del control consciente, o sea por autoadiestramiento, que se logrará una coordinación conveniente de las variadas—tendencias y necesidades de la mente humana y de las numerosas actividades del hombre. Sólo de tal manera se obtendrá el equilibrio creciente de las emociones, la armonía general y la estabilidad de carácter para los que será fundamentalmente extraña toda variabilidad y toda arbitrariedad, inclusive en la «evidente irracionalidad» del comportamiento y las tendencias autodestructivas. La base segura de tal autoadiestramiento, es decir, del control sensorial y mental, la forma del método no coactivo de la Atención Pura. Al fortalecer el hábito de «parar y pensar» le proporciona a la Clara Comprensión del Propósito una oportunidad creciente para entrar en acción, y al presentarle los hechos sin falsearlos da a la Clara Comprensión un material fidedigno para que tome sus decisiones.

Puede suceder, y causar luego un profundo arrepentimiento, que un alto ideal o un importante propósito, olvidado o pospuesto temporalmente debido a un capricho pasajero o a una fantasía, se haya convertido, cuando vayamos a reemprenderlo, en— algo completamente inalcanzable debido a la distinta situación externa que nosotros mismos hemos causado, debido precisamente a esas excursiones accidentales. El ideal o el propósito puede también ser inalcanzable a causa de un cambio interior del individuo y también ocasionado por su comportamiento. Nos arrepentiremos menos de las oportunidades perdidas si cultivamos la Clara Comprensión del Propósito hasta que se arraigue profundamente en nuestra naturaleza.

Por otro lado, si se cede habitualmente a todos los caprichos o nos permitimos con demasiada facilidad desviarnos de nuestros propósitos, se irán socavando y debilitando cualidades tales como la energía, la constancia, la concentración, la lealtad, etc., hasta el punto de que se harán insuficientes para lograr el propósito original e incluso para seguir apreciándolo en lo que vale. De esta manera, sucede a menudo, que, sin que se dé cuenta de ello la persona misma, sus ideales, convicciones religiosas e incluso los propósitos y las ambiciones de cada día se convierten en cáscaras vacías que continúan trajinando por puro hábito.

Estas observaciones bastarán para señalar la necesidad urgente de fortalecer el propósito en la acción y de extender su órbita. Esto se logra con la presencia constante de la Clara Comprensión del Propósito. Tiene la función negativa de contrarrestar la falta de coherencia y de objetivo y el derroche de una parte desmesurada de la actividad humana en obras, palabras y pensamientos. Su función positiva es concentrar la energía dispersa del hombre, haciendo de ella una herramienta adecuada para la tarea de adquirir dominio sobre la vida. De esta manera, la Clara Comprensión del Propósito fomenta la formación de un núcleo fuerte en el carácter, lo suficientemente poderoso como para poder coordinar gradualmente todas las actividades. La Clara Comprensión del Propósito fortalece la soberanía de la mente, dándole una iniciativa experta y precisa en aquellos casos en los que la mente antes se rendía pasivamente o reaccionaba de forma automática ante las presiones internas y externas. También se ocupa de una sabia selección y limitación de las actividades del hombre, de las que tan necesitado está debido a la confusa multiplicidad de impresiones, intereses, exigencias, etc., a las que nos enfrentamos en la vida. Estas no desorientarán fácilmente a una mente imbuida de firme propósito.

El verdadero objetivo de esa iniciativa y el principio rector verdaderamente adecuado a esa selección es el crecimiento en el Dhamma (Dhammaro vuddhi), es decir, el aumento en la comprensión y el progreso en la práctica de la doctrina liberadora del Buda. Es éste, según los antiguos maestros, el verdadero propósito que se halla implícito en esa primera clase de Clara Comprensión. Una vez que se haya comprendido la Verdad del Sufrimiento en toda su gravedad, el progreso en el Sendero que conduce a la Extinción del Sufrimiento llegará realmente a ser la necesidad más apremiante, el único propósito verdaderamente digno de la vida del hombre.

2. Clara Comprensión de la Idoneidad

La Clara Comprensión de la Idoneidad de una acción, bajo unas circunstancias dadas, toma debidamente en consideración el hecho de que no siempre está en nuestra mano elegir el curso de acción más útil y deseable, pues sucede que nuestra selección (de la que hemos hablado antes), se halla, a menudo, restringida por las circunstancias o por las limitaciones de nuestra propia capacidad. Esta segunda clase de Clara Comprensión nos enseña el Arte de lo Practicable, la adaptación a las condiciones de tiempo, lugar y carácter individuales. Reduce la ciega impetuosidad y la veleidad de los deseos, las apetencias, los propósitos y los ideales del hombre. Le ahorrará así muchos fracasos innecesarios que él, en su desilusión o desaliento, achaca a menudo al propósito o al ideal mismo, en lugar de atribuirlo a su propia y equivocada actuación. La Clara Comprensión de la Idoneidad nos enseña la «Destreza para la elección de los medios idóneos» (upáyakosalla), una cualidad que el Buda poseía en el más alto grado y que tan admirablemente aplicó a la instrucción y guía del hombre.

3. Clara Comprensión del Terreno de la Meditación

Las dos primeras divisiones de la Clara Comprensión se aplican igualmente a los propósitos puramente prácticos de la vida ordinaria, si bien insistiendo siempre en que debe estar en conformidad con el ideal religioso (dhamma) aún en su aplicación práctica. Pero ahora entramos en el propio territorio del Dhamma como fuerza transformadora de la vida. Con la tercera clase de Clara Comprensión, los métodos característicos del desarrollo de la mente usados en el Dhamma se incorporan a la vida diaria; la cuarta clase («Realidad») hace lo mismo con el principio fundamental del Dhamma, esto es, la enseñanza de la impersonalidad o inestabilidad absoluta de lo «individual».

Los antiguos comentaristas explican la Clara Comprensión del Terreno de la Meditación como un «no abandonar el objeto de la meditación» durante la rutina diaria. Esto se entiende de dos maneras:

a) Si se practica un tema de meditación particular, o sea, singular, hay que tratar de armonizarlo con los actos o pensamientos que las ocupaciones diarias requieren diractamente; o, para decirlo a la inversa, el trabajo que se está realizando debe tener un lugar en el marco de la meditación, como una ilustración del tema de meditación. Por ejemplo, la función de comer puede ser fácilmente relacionada con la contemplación de la impermanencia del cuerpo, de los cuatro elementos, condicionalidad, etc. Así se unirán ambos terrenos, meditación y vida ordinaria, para beneficio de ambos. Si, como puede ocurrir en muchos casos, no puede establecerse un lazo entre la actividad del momento y el tema de meditación, o si tal conexión parece demasiado vaga o artificial para tener un verdadero valor, entonces el tema de meditación se debe deliberadamente «dejar a un lado como un paquete que uno lleva en la mano» y depositarlo en alguna parte, pero sin olvidarse de recuperarlo tan pronto como se haya terminado la actividad en cuestión. Este procedimiento se considera también como «no abandonar el objeto de la meditación».

b) Pero si la práctica meditativa consiste en practicar íntegramente la Atención, que es lo que aquí preconizamos, no habrá nunca necesidad de dejar de lado el tema de meditación que, de hecho, lo incluye todo. Paso a paso, la práctica de la Recta Atención debe absorber todas las actividades del cuerpo, la palabra y la mente, de forma que, a la larga, el objeto de la meditación no será abandonado nunca. El éxito que se obtenga dependerá de la prontitud de ánimo que uno tenga en cada ocasión, así como del hábito adquirido y de la creciente fuerza de una práctica diligente. La meta para el discípulo de este método es que la vida sea una con la práctica espiritual y que la práctica sea la vida en su plenitud.

El «terreno» (gocara) de la práctica de la Recta Atención no tiene unos límites rígidos. Es un reino que crece constantemente, absorbiendo siempre nuevos territorios de vida. Es con referencia a esta inclusividad del terrél o que abarca el método del Satipattahána sobre la que el Maestro dijo: «Monjes, ¿cuál es el terreno (gocara) 5 del monje, su tierra patria? Pues, precisamente, estos cuatro Fundamentos de la Atención.»

Por tanto, el discípulo que sigue este método debe hacerse a sí mismo la pregunta Santideva:

¿Cómo puede realizarse la práctica de la Atención en estas circunstancias precisas?»

De aquel que no olvide hacerse esta pregunta y actúe en consecuencia puede decirse que posee la «Clara Comprensión del Terreno» de la Recta Atención.

Desde luego que no es fácil lograr esto, pero las dificultades serán menores si las dos primeras clases de Clara Comprensión han preparado el terreno. Por medio de la Clara Comprensión del Propósito, la mente habrá adquirido el grado de firmeza y «poder de amoldamiento» necesarios para hacer entrar la vida diaria en el «terreno de la práctica». Por otro lado, la Clara Comprensión de la Idoneidad habrá desarrollado las cualidades complementarias de plasticidad y adaptabilidad mentales. Si de esta manera se ha logrado aproximarse al nivel de la mente meditativa, será más fácil la entrada en el «terreno de la práctica» y la gradual aplicación del mismo.

5 El nombre de esta clase de Clara Comprensión, Gocara—sampajañña, ha sido elegido probablemente como una alusión al conocido pasaje que hemos acotado.

4. Clara Comprensión de la Realidad

La Clara Comprensión de la Realidad (lit. del No—engaño) elimina, mediante la clara luz de la comprensión nítida de la realidad, el más profundo y obstinado engaño del hombre: su creencia en un yo, un alma o una substancia eterna de cualquier tipo. Este engaño, junto a sus productos, que son el deseo y el odio, es la verdadera fuerza motriz del incesante girar de esa Rueda de la Vida y del Sufrimiento a la que están atados los seres, como a un instrumento de tortura, y sobre la que son quebrados una y otra vez.

«La Clara Comprensión de la Realidad» es el conocimiento presente y lúcido de que ni en las funciones desempeñadas por las tres primeras formas de Clara Comprensión, ni detrás de ellas, hay una personalidad permanente, ni un yo, un Ego, un alma o cualquier otra substancia. El meditador se enfrentará aquí con la máxima resistencia interior, porque el hábito, tan antiguo como el mundo, de pensar y actuar en términos de «Yo» y «Mío», así como el instintivo y poderoso «Deseo de Vivir», exteriorizándose a modo de autoafirmación, se resistirán obstinadamente a la doctrina del Anattá del Buda, máximo logro de pensamiento humano. La principal dificultad no estribará tanto en la comprensión y aceptación teóricas de la doctrina del antattá, como en su aplicación paciente, constante y repetida a los casos concretos de pensamiento y acción. Ayudar a superar esta dificultad es la tarea específica de la cuarta clase de Clara Comprensión, la «no engañada», y para cumplir esta tarea recibe la ayuda vital de las otras tres clases. Sólo entrenándose constantemente a considerar los pensamientos y sentimientos que surgen en el momento como meros procesos impersonales se puede quebrar, reducir y finalmente eliminar el poder de los instintos egotistas y los hábitos de pensamiento egocéntrico, tan profundamente arraigados.

Digamos ahora, a modo de breve divagación, unas palabras acerca del «tono emocional» de la verdad de la impersonalidad, dado lo muy a menudo que es mal juzgada. El discernimiento del hecho de la Impersonalidad, ya sea a través de la reflexión o como resultado de la práctica metódica de la Atención Pura, es, en sí mismo, tan carente de emotividad y tan sobrio como la actitud del científico. Pero, salvo en el santo (arahant), que goza de perfecto equilibrio, pueden muy fácilmente surgir repercusiones emocionales, al igual que pueden surgir también con respecto a los resultados irrefutables de la investigación científica. Sin embargo, estas repercusiones emocionales de la visión cabal de la Impersonalidad no se reducen a una sola nota, ni mucho menos al desolado y lastimosos acento que se halla implícito en el calificativo peyorativo de «sin alma» (ver pág. 44).'El «tono emocional» variará según el ángulo de observación y el estado de desarrollo interior del observador y culminará en el ritmo imperturbable de la serenidad del santo. Toda su gravedad se dejará sentir con fuerza en la confrontación vivencial y no meramente conceptual con el hecho de la Impersonalidad, tal y como nos la facilita la Atención Pura, en consonancia con la gravedad de toda la existencia, de la que es el factor más significativo. Pero no será ésta la única experiencia emocional que se desprenda de la consciencia del Anattá (Impersonalidad). Los testimonios y meditadores antiguos y modernos nos hablan de distintas experiencias de felicidad sublime, que abarcan una amplia gama que va desde el rapto y el júbilo hasta la alegría serena. Tales testimonios expresan el gozo y alivio que se siente cuando se afloja la agobiadora opresión del «Yo» y el «Mío»; cuando se relaja la tensión que ello produce en el cuerpo y en la mente; cuando podemos elevar, por un momento, la cabeza por encima de la violenta corriente y los remolinos en que nos engolfan las obsesiones del «Yo» y el «Mío»; cuando va creciendo la consciencia de que es el hecho de la Impersonalidad el que nos mantiene abierta la puerta de la Liberación del Sufrimiento, ese sufrimiento que tan intensamente se siente en lo que llamábamos el grave aspecto de la Impersonalidad.

La cuarta clase de Clara Comprensión tiene todavía otra función, de grandes consecuencias para el progreso constante en el Sendero que lleva a la extinción del Sufrimiento.

Al emprender la práctica de las tres primeras clases de Clara Comprensión, el discípulo ha dejado atrás la relativa seguridad y objetividad de la Atención Pura y ha vuelto al peligroso mundo de la acción con un propósito determinado: acción que provoca una reacción de aquello sobre lo que se actúa. Pero, prescindiendo de las reacciones, el discípulo, en primer lugar, se enfrenta al hecho de que casi cada una de sus acciones le adentra más en el laberinto de la prolijidad del mundo (papañca) a la cual esta misma acción está sumando su parte. La acción tiene una tendencia inherente a multiplicarse y reproducirse, a intensificarse y extenderse. El discípulo experimentará, incluso en un esfuerzo por practicar las tres primeras clases de Clara Comprensión, que sus acciones tenderán a enredarle en nuevos intereses, planes, deberes, propósitos, complicaciones, etc. Esto quiere decir que siempre estará expuesto al peligro de perder lo que había logrado con su práctica anterior, o de perder la visión de ello, a menos que esté extremadamente vigilante. Y aquí es donde vendrá en su ayuda la Clara Comprensión Realista o No Engañada, esto es, la vívida consciencia de la Impersonalidad: «¡Dentro no hay un yo que actúe y fuera no hay un yo afectado por la acción!». Si se tiene esto bien presente, no sólo en las grandes empresas, sino también en las no menos importantes actividades menores de la vida ordinaria, se desarrollará un benéfico sentimiento de distanciamiento interior de las llamadas «propias» acciones y un creciente desapego ante cualquier éxito o fracaso, alabanza o culpa, resultante de la acción en cuestión. La acción, después de que su finalidad e idoneidad hayan sido claramente establecidas, se ejecuta ahora, siendo ella misma su propio motivo y su propia justificación. Por esta misma razón, la aparente indiferencia con la que se hace la acción evitará todo desperdicio de ene gías al ejecutarla. Más aún, al dejar uno de echar miradas de soslayo a sí mismo, a los demás o a los resultados, la consiguiente dedicación exclusiva al trabajo en sí intensificará sus posibilidades de éxito.

Si uno deja de apegarse a una acción con todo su corazón y todo su ser, si deja de anhelar el éxito o la fama personal, correrá menos peligro de que la corriente creada por la propia acción le arrastre a siempre nuevas lejanías del océano samsárico. Resultará también más fácil mantener un cierto control sobre los actos subsiguientes a la primera acción o, cuando sea aconsejable, «interrumpir la acción» y replegarse a la «no acción», o sea, a la paz y la protección de la actitud de Atención Pura. La acción en pos de fines mundanos, tal y como la realiza la mente no liberada, es en la mayoría de los casos un mero crear esclavitud adicional. El preservar, dentro de este mundo de «esclavitud por la acción» (kamma), la mayor «libertad de acción» posible es una de las tareas y uno de los logros particulares de la Clara Comprensión de la Realidad, en cooperación con las otras tres clases de Comprensión.

La «libertad en la no acción» o la «libertad del dejar ir» complementarias se aprende con la Atención Pura (ver pág. 30). Hemos citado previamente (pág. 48) unas palabras del Maestro, según las cuales la mente liberada del hombre verdaderamente grande, es decir del santo, es el resultado de la práctica consumada del Satipatthána. Ahora, habiendo visto las dos clases de libertad que ofrecen la Atención y la Clara Comprensión, nos hallamos en mejor disposición para comprender esas palabras acerca del efecto liberador de la práctica del Satipatthána.

Para terminar, hay otra significativa característica de la cuarta clase de Clara Comprensión que merece ser mencionada. A través de la Clara Comprensión de la Realidad, también la parte activa de la vida será impregnada por el pensamiento verdaderamente revolucionario de la Impersonalidad (anattá), que es la enseñanza central del Buda y la más decisiva para la liberación real del sufrimiento. Por tanto, su influencia no debe restringirse a las pocas horas de reflexión o meditación concedidas al hombre con deberes mundanales. Nuestra vida es corta. No podemos permitirnos el lujo de considerar la mayor parte de ella, dedicada a las tareas prácticas de la rutina diaria, como un mero peso muerto, o de tratarla como a una ínfima casta de esclavos dedicados a necesarias, pero despreciables, tareas, que son mantenidas en un bajo nivel cultural, sea intencionadamente o por negligencia. No podemos permitirnos el dejar ese gran—sector de nuestra vida sin uso y sin control, permitiendo que la mayoría de nuestros pensamientos, emociones y actividades vaguen a voluntad, tan a menudo en gran perjuicio nuestro.

Completamente aparte del principio cardinal del método del Satipatthána, o sea, la fusión de la vida y de la práctica espiritual, la breve duración de nuestra vida es ya de por sí razón imperativa para que cada momento de ella, según las oportunidades que ofrezca y cualquier actividad, incluso la más ordinaria en su propio género se utilice para el trabajo de la Liberación. Esta penetración de la vida con conocimiento liberador es la que acomete la Clara Comprensión de la Realidad, con vistas especialmente a la experiencia directa de la Impersonalidad.

La Sabiduría tibetana dice:

«Un sistema de meditación que produzca el poder de concentración de la mente sobre cualquier cosa, es indispensable.»

«Un arte de vivir que nos capacite para utilizar cada actividad como una ayuda en el Sendero, es indispensable.» (Yoga Tibetano, Evans Wentz).

Tal «sistema de meditación» y tal «arte de vivir» es el Satipatthána.

Puntualizaciones Finales sobre las dos Formas de Práctica

Ahora, al final de nuestra exposición de la Clara Comprensión, hemos llegado a una característica de ella que se corresponde íntimamente con aquella que mencionamos al acabar la exposición sobre la Atención Pura. Resulta esperanzador el hecho de que, cuando se practica con seriedad, incluso la fase inicial muestre ya afinidad y correspondencia con la altísima meta de completo desapego y libertad.

En la fase de Atención Pura, que nos revela la «libertad en la no acción», vimos que el apartarse temporalmente para colocarse en un punto ventajoso de observación corresponde al salir final del Santo de este mundo de sufrimiento. En la fase de la Clara Comprensión, particularmente en su cuarta clase, el creciente desapego con respecto a cualquier acción corresponde al «acto perfecto» del Santo, que, aunque persiguiendo un fin determinado en sí mismo, es completamente desinteresado y libre de cualquier apego. Aunque el mundo lo percibe como una «buena acción», no tiene consecuencias kármicas para el Santo, no le conduce a ninguna nueva existencia (6). Un acto hecho con Clara Comprensión es, en la medida en que entraña desapego y reducción de embrollo kármico, una aproximación a la «Acción perfecta» del Santo.

6 Los estados de consciencia que producen el «acto perfecto» del Santo se denominan en el Abhidhamma kriya javana, o sea, los «impulsos o motivos del acto» meramente funcionales en la mente del Santo que ya no tienen la cualidad de producir el efecto del Kamma.

Las dos modalidades de práctica, la Atención (Atención Pura) y la Clara Comprensión, se ayudan y complementan mutuamente. El alto grado de vigilancia y control de sí mismo adquiridos en la escuela de la Atención Pura nos hará considerablemente más fácil guiar nuestros actos y palabras por la Clara Comprensión, en lugar de ser pillados desprevenidos por las situaciones, arrastrados por las pasiones o descarriados por las apariencias que engañan. La Clara Comprensión, a su vez, da más espacio y le crea una atmósfera más idónea a la Atención Pura, gracias al control y a la influencia tranquilizadora que ejerce sobre el mundo de la acción interesada y el pensamiento inquieto.

La Atención Pura presenta, cuidadosa y desapasionadamente cribados, aquellos hechos sobre los cuales la acción claramente comprensiva puede basar con seguridad sus decisiones y el pensamiento claramente comprensivo sus conclusiones. La Atención Pura elimina los conceptos erróneos y los falsos valores que han sido ciegamente agregados a los hechos escuetos. La Clara Comprensión los reemplaza por conceptos críticamente examinados y por valores ciertos, tal y como los proporciona el Dhamma.

La Atención Pura intensifica la susceptibilidad y refina la sensibilidad de la mente humana; la Clara Comprensión guía y fortalece las energías que forman y crean activamente. La Atención Pura favorece el crecimiento, la preservación y el refinamiento de la intuición, esa fuente indispensable de inspiración y regeneración del mundo de la acción y del pensamiento racional. La Clara Comprensión, por su parte, como fuerza activa y activadora, trabaja para hacer de la mente un instrumento perfecto para su dura tarea de desarrollo armonioso y liberación final. Nos entraña al mismo tiempo en el trabajo desinteresado para servir a la humanidad sufriente, otorgándonos el ojo penetrante de la sabiduría y la mano segura de la destreza, que son tan necesarios a este fin como un corazón bondadoso. La Clara Comprensión puede darnos este entrenamiento porque es un aprendizaje para actuar con propósito determinado, circunspección y desinterés.

De aquí que el Satipatthana, en la totalidad de sus dos aspectos, produzca en la mente humana una armonía perfecta de receptividad y actividad. Esta es una de las formas en las que el Sendero Medio del Buda se manifiesta en este método de la Recta Atención.

 

Capitulo III



 




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