El Conocimiento Silencioso


XI. ROMPER LA IMAGEN DE SÍ



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XI. ROMPER LA IMAGEN DE SÍ

Pasamos la noche en el sitio donde yo me había acordado de lo que sucedió en Guaymas. Durante esa noche, aprovechando que mi punto de encaje estaba maleable, don Juan me ayudó a alcanzar nuevas posiciones; percibí cosas increíbles, pero inmediatamente se convirtió todo en algo borroso, que realmente no existía.

Al día siguiente yo no podía recordar nada de lo que había acontecido o lo que había percibido; tenía, no obs­tante, la aguda sensación de haber pasado por extrañas experiencias. Don Juan admitió que mi punto de encaje se había movido más de lo que él esperaba, pero se re­husó a darme siquiera una leve indicación de lo que yo había hecho. Su único comentario fue que algún día me acordaría de todo.

Alrededor del mediodía, continuamos subiendo las montañas. Caminamos en silencio y sin detenernos has­ta bien avanzada la tarde. Mientras subíamos lentamente por una cuesta algo empinada, don Juan habló súbitamente. No comprendí nada y él lo repitió hasta que entendí que deseaba que nos detuviéramos en una cornisa ancha, visible desde donde nos hallábamos. Me estaba diciendo que en aquella cornisa, protegida por peñascos y espesos matorrales, nosotros estaríamos al resguardo del viento y la intemperie.

-Dime ¿qué parte de la cornisa sería la mejor para pasar toda la noche? -preguntó.

Algo antes, mientras escalábamos, yo había localiza­do aquella cornisa casi inadvertible. Parecía como un parche de oscuridad en la faz de la montaña. La identifi­qué con una ojeada muy rápida. Y ahora que don Juan solicitaba mi opinión, noté un punto de oscuridad aún más profundo, un punto casi negro, en el lado sur de la cornisa. La cornisa oscura y su punto casi negro no me producían ningún sentimiento de temor o angustia, por el contrario, sentí un extraño placer al mirar a aquel lu­gar. Y mirar al punto negro me causó aún más goce.

-Ese punto ahí es muy oscuro, pero me gusta -di­je, cuando llegamos a la cornisa.

El estuvo de acuerdo que aquél era el mejor sitio para pasar la noche. Dijo que en ese lugar había un nivel de energía especial y que a él también le gustaba su agra­dable oscuridad. Nos encaminamos hacia las rocas sa­lientes. Don Juan despejó un sector junto a los peñascos y nos sentamos, apoyando la espalda en ellos.

Le dije que, por un lado, me parecía haber elegido ese sitio por pura suerte, pero que por el otro, no podía pasar por alto el hecho de haberlo percibido con los ojos.

-Yo no diría que lo percibiste exclusivamente con los ojos -dijo-. Fue un poco más complejo que eso.

-¿A qué se refiere usted, don Juan? -pregunté.

-Me refiero a que tienes posibilidades de las que aún no estás consciente -replicó-. Como eres bastante descuidado, piensas que todo cuanto percibes es, simple­mente, una percepción sensorial común.

Dijo que, si yo no le creía, me urgía a bajar otra vez a la base de la montaña para corroborar lo que me estaba diciendo. Predijo que me sería imposible ver la cornisa oscura simplemente con la mirada.

Afirmé, con vehemencia, que yo no tenía ningún motivo para poner en duda lo que él me decía. No pen­saba bajar al pie de la montaña por nada del mundo.

Insistió en que bajáramos. Creí que lo decía sólo para molestarme, pero cuando se me ocurrió que podía decirlo en serio me puse nervioso. El rió con tantas ga­nas que le costaba respirar.

Comentó luego el hecho de que todos los animales eran capaces de encontrar en su alrededor los sitios que tenían niveles especiales de energía. Afirmó que casi to­dos los animales les tenían pavor y los evitaban. Las ex­cepciones eran los pumas y los coyotes, que hasta dormían en ellos cuando los encontraban. Pero sólo los brujos los buscaban expresamente por sus efectos.

Le pregunté qué efectos eran esos. Dijo que daban imperceptibles descargas de energía vigorizante, y co­mentó que los hombres comunes y corrientes que vivían en ambientes naturales podían encontrarlos, aunque no supieran que los habían hallado ni estuvieran cons­cientes de sus efectos.

-¿Cómo saben que los han encontrado? -pre­gunté.

-No lo saben nunca -replicó-. Los brujos, al ob­servar a los hombres que viajan a pie, notan en seguida que estos se fatigan y descansan justo en los sitios donde hay un nivel positivo de energía.

"Por el contrario, si pasan por una zona que tiene un flujo de energía perjudicial, se ponen nerviosos y aprietan el paso. Si los interrogas, te dirán que apretaron el paso en esa zona porque se sentían con mayor energía. Pero es lo opuesto: el único lugar que les da energía es aquel en donde se sienten cansados.

Dijo que los brujos podían localizar esos lugares, porque perciben con todo el cuerpo ínfimas emanaciones de energía en los alrededores. La energía de los brujos, derivada de la reducción de su imagen de sí, les permite un mayor alcance a sus sentidos.

-Desde el primer momento que te conocí -pro­siguió él- he estado tratando de demostrarte que el único camino digno, tanto para los brujos como para los hombres comunes y corrientes, es restringir nuestro ape­go a la imagen de si. Lo que el nagual trata de hacer con sus aprendices es romper el espejo de la imagen de si.

Agregó que romper el espejo de cada aprendiz era un caso individual y que el nagual dejaba los detalles en manos del espíritu.

-Cada uno de nosotros tiene un diferente grado de apego a su imagen de sí -continuó-. Y ese apego se hace sentir como una necesidad. Por ejemplo, antes de que yo iniciara el camino del conocimiento, mi vida era una necesidad incesante. Años después de que el nagual Julián me tomara bajo su tutela yo seguía igualmente lle­no de necesidad, quizá hasta más que antes.

“Pero hay ejemplos de personas, brujos o personas corrientes, que no necesitan de nadie. Obtienen paz, ar­monía, risa, conocimiento, directamente del espíritu. No necesitan intermediarios. Tu caso y el mío son diferentes. Yo soy tu intermediario, como el nagual Julián fue el mío. Los intermediarios, además de proporcionar una mínima oportunidad, que es el darse cuenta del intento, ayudan a romper el espejo de la imagen de sí.

"La única ayuda concreta que has obtenido de mí es que yo ataco tu imagen de sí. Si no fuera por eso estarías perdiendo el tiempo conmigo. Esa es la única ayuda real que has obtenido de mi.

-Usted, don Juan, me ha enseñado más que nadie en mi vida -protesté.

-Te he enseñado muchas cosas a fin de fijar tu atención -dijo-. Pero tú jurarías que esa enseñanza ha sido la parte importante. Y no es así.

"Hay muy poco valor en la instrucción. Los brujos sostienen que el descenso del espíritu es lo único que importa, porque el espíritu mueve el punto de encaje. Y ese movimiento, como bien lo sabes, depende del aumento de energía y no de la instrucción.

Hizo luego una afirmación incongruente. Dijo que si cualquier ser humano llevara a cabo una serie de ac­ciones específicas y sencillas, podría aprender a llamar al espíritu a que mueva su punto de encaje.

Señale que se estaba contradiciendo a si mismo. A mi modo de ver, una serie de acciones implicaba instruc­ciones y significaba procedimientos.

-En el mundo de los brujos sólo hay contradic­ciones de términos -replicó-. En la práctica no hay contradicciones. La serie de acciones que tengo en mente surge del estar consciente de ser. Para estar consciente de esa serie, por cierto, se necesita un nagual, porque el na­gual es quien proporciona una oportunidad mínima, pero esa oportunidad mínima no es instrucción, como las instrucciones que se necesitan para aprender a mane­jar una máquina. La oportunidad mínima consiste en que lo hagan a uno consciente del espíritu.

Explicó que la serie de acciones a las que se refería requerían primeramente estar consciente de que la im­portancia personal es la fuerza que mantiene fijo al pun­to de encaje. Luego, que si se restringe la importancia personal, la energía que naturalmente requiere y emplea queda libre. Y finalmente, que esa energía libre y no mal­gastada es la que llama al espíritu y sirve entonces como un trampolín automático que lanza al punto de encaje, instantáneamente y sin premeditación, a un viaje incon­cebible.

Dijo también que una vez que se ha movido el pun­to de encaje, puesto que el movimiento en sí representa un alejamiento de la imagen de sí, se desarrolla un claro y fuerte vínculo de conexión con el espíritu. Comentó que, después de todo, era la imagen de sí lo que había desconectado al hombre del espíritu.

-Como ya te lo he dicho -prosiguió don Juan-, la brujería es un viaje de retorno. Retornamos al espíritu, victoriosos, después de haber descendido al in­fierno. Y desde el infierno traemos trofeos. El puro entendimiento es uno de esos trofeos.

Le dije que la dicha serie de acciones parecía muy fá­cil y simple, en palabras, pero que, cuando se trataba de llevarla a cabo, uno se encontraba que era la antítesis de la facilidad y la simpleza.

-La dificultad en llevar a cabo esta simple serie -dijo- es que casi nadie está dispuesto a aceptar que ne­cesitamos muy poco para ejecutarla. Se nos ha preparado para esperar instrucciones, enseñanzas, guías, maestros. Y cuando se nos dice que no necesitamos de nadie, no lo creemos. Nos ponemos nerviosos, luego desconfiados y finalmente enojados y desilusionados. Si necesitamos ayuda no es en cuestión de métodos, sino en cuestión de énfasis. Si alguien nos pone énfasis en que necesitamos reducir nuestra importancia personal, esa ayuda es real.

"Los brujos dicen que no deberíamos necesitar que nadie nos convenza de que el mundo es infinitamente más complejo que nuestras más increíbles fantasías. En­tonces ¿por qué somos tan pinches que siempre pedimos que alguien nos guíe, si podemos hacerlo nosotros mis­mos? Qué pregunta, ¿eh?

Don Juan no dijo nada más. Por lo visto, quería que yo meditara sobre esa cuestión. Pero yo tenía otras cosas en la mente. El hecho de acordarme de lo que pasó en Guaymas había socavado ciertos cimientos y necesitaba desesperadamente reafirmarlos. Rompí el prolongado si­lencio para expresar mi preocupación. Le dije que había llegado a aceptar la posibilidad de que yo olvidara inci­dentes completos, de principio al fin, si habían ocurrido en la conciencia acrecentada. Hasta aquel día yo había sido capaz de recordar todo cuanto había hecho bajo su guía en mi estado de conciencia normal. Sin embargo ese desayuno con él en Nogales no estaba en mi memoria antes de que yo me acordase de él, como si hubiera acontecido en la conciencia acrecentada y, sin embargo, debió tener lugar en la conciencia del mundo cotidia­no.

-Olvidas algo esencial -dijo-. Basta la presencia del nagual para mover el punto de encaje. Siempre te he llevado la cuerda con eso del golpe del nagual. El golpe entre los omóplatos que siempre te doy para que entres en la conciencia acrecentada es el chupón de brujo. Sólo sirve para tranquilizar, para borrar las dudas. Como ya te lo he dicho, los brujos utilizan ese golpe físico para sacu­dir el punto de encaje por primera vez; después lo único que hace es dar confianza al aprendiz.

-Entonces ¿cómo se mueve el punto de encaje, don Juan? -pregunté, haciendo gala de una estupidez descomunal.

-¡Qué pregunta! -respondió, con el tono de quien está a punto de perder la paciencia.

Pareció dominarse y sonrió, sacudiendo la cabeza en un gesto de resignación.

-Mi mente está regida por el principio de causa y efecto -dije.

Tuvo uno de sus habituales ataques de inexplicable risa; inexplicable desde mi punto de vista, por supuesto. Le debió parecer que yo tenía cara de enojado, pues me puso la mano en el hombro.

-Me río así, periódicamente, cada vez que me re­cuerdas que eres un demente -dijo-. Tienes ante tus propios ojos la respuesta a todo lo que me preguntas y no la ves. Creo que la demencia es tu maldición.

Tenía los ojos tan brillantes, tan increíblemente lle­nos de picardía, que yo también acabé riendo.

-He insistido hasta el cansancio en que no hay pro­cedimientos en la brujería -prosiguió-. No hay méto­dos ni pasos. Lo único que importa es el descenso del espíritu y el movimiento del punto de encaje y no hay procedimiento que pueda causarlo. Es un efecto que su­cede por sí sólo.

Me empujó como para enderezarme los hombros; luego me escudriñó, mirándome a los ojos. Mi atención quedó fija en sus palabras.

-Veamos cómo te figuras esto -dijo-. Acabo de decirte que el movimiento del punto de encaje sucede por sí mismo. Pero también te he dicho que la presencia del nagual mueve el punto de encaje, y que el modo en que el nagual enmascara el no tener compasión ayuda o dificulta ese movimiento. ¿Cómo resolverías esa contra­dicción?

Confesé que había estado a punto de preguntarle acerca de esa contradicción. Y también le dije que ni se me ocurría cómo resolverla. Yo no era brujo practicante.

-¿Qué eres, entonces? -preguntó.

-Soy un estudiante de antropología que trata de comprender qué hacen los brujos.

Mi aseveración no era del todo cierta, pero tampoco era una mentira.

Don Juan rió hasta que le corrían lágrimas.

-Es demasiado tarde para eso -dijo, secándose los ojos-. Tu punto de encaje ya se ha movido. Y es precisamente ese movimiento lo que convierte a uno en brujo.

Según dijo, lo que parecía ser una contradicción era, en realidad, las dos caras de la misma moneda. El nagual, al ayudar a destruir el espejo de la imagen de sí, insta al punto de encaje a moverse. Pero quien lo mueve, en verdad, es el espíritu, lo abstracto; algo que no se ve ni se siente; algo que no parece existir, pero existe. Por este motivo, los brujos dicen que el punto de encaje se mueve de por si sólo. O dicen que quien lo mueve, es el nagual, porque el nagual, siendo el conducto de lo abs­tracto, puede expresarlo mediante sus actos.

Miré a don Juan con una pregunta en los ojos.

-El nagual mueve el punto de encaje, y sin embargo, no es él quien efectúa el movimiento -aclaró don Juan-. O tal vez sería más apropiado decir que el espíritu se expresa de acuerdo a la impecabilidad del na­gual; es decir, el espíritu puede mover el punto de encaje con la mera presencia de un nagual impecable.

Recalcó que este punto es de sumo valor para los brujos y que si no lo entendían bien, especialmente un nagual, volvían a la importancia personal y, por lo tanto, a la destrucción.

Don Juan cambió de tema y observó que, en lo to­cante a la manera especifica en que se puede romper el espejo de la imagen de sí, era muy importante entender el valor práctico de las diferentes maneras en que los na­guales enmascaran el no tener compasión. Dijo que por ejemplo, mi máscara de generosidad era adecuada para tratar con la gente en un nivel superficial pero inútil para mover su punto de encaje y romper así su imagen de sí.

Tal vez porque yo deseaba desesperadamente creerme generoso, sus comentarios renovaron mi senti­do de culpabilidad. Me aseguró que no tenía nada de que avergonzarme y que el único efecto indeseable era que mi supuesta generosidad no se prestaba para crear artificios positivos. Mi máscara de generosidad era demasiado tos­ca, demasiado obvia para serme útil como maestro. En cambio, una máscara de razonabilidad, como la suya, era muy efectiva para crear una atmósfera propicia a fin de mover el punto de encaje. Sus discípulos creían por completo en su supuesta razonabilidad, y los inspiraba tanto que le era muy fácil a él lograr engatusarlos a que se esforzaran hasta el máximo.

-Lo que te sucedió aquel día, en Guaymas, fue un ejemplo de cómo el no tener compasión enmascarado de razonabilidad hace pedazos a la imagen de sí -continuó-. Mi máscara fue tu perdición. Tú, como todos los que me rodean, crees en mi razonabilidad. Y naturalmente, ese día, esperabas, por sobre todas las cosas, que esa razonabilidad continuara.

"Cuando te enfrenté, no sólo con la conducta senil de un viejo endeble, sino con el viejo mismo, tu mente llegó a extremos impensados para reparar mi continui­dad y tu imagen de si. Fue entonces cuando te dijiste que yo debía de haber sufrido un ataque. Pero aún así tu co­nocimiento silencioso te decía que yo era el nagual.

"Finalmente, cuando se te hizo imposible creer en la continuidad de mi razonabilidad, a pesar de tu conoci­miento silencioso, el espejo de tu imagen de sí comenzó a romperse. Desde allí en adelante, el movimiento de tu punto de encaje era sólo cuestión de tiempo. La única incógnita era si llegaría o no al sitio donde no hay com­pasión.

Debía parecerle escéptico, pues explicó que el mundo de nuestra imagen de sí, que es el mundo de nuestra mente, es muy frágil; y se mantiene estructurado gracias a unas cuantas ideas clave que le sirven de orden básico, ideas aceptadas por el conocimiento silencioso así como por la razón. Cuando esas ideas fracasan, el orden básico deja de funcionar.

-¿Cuáles son esas ideas clave, don Juan? -pre­gunté.

-En tu caso, ese día en Guaymas, y en el caso de los espectadores de la curandera de la que hablamos, la idea clave es la continuidad.

-¿Qué es la continuidad? -pregunté.

-La idea de que somos un bloque sólido -dijo-. En nuestra mente, lo que sostiene nuestro mundo es la certeza de que somos inmutables. Podemos aceptar que nuestra conducta se puede modificar, que nuestras reac­ciones y opiniones se pueden modificar; pero la idea de que somos maleables al punto de cambiar de aspecto, al punto de ser otra persona, no forma parte del orden básico de nuestra imagen de sí. Cada vez que el brujo interrumpe ese orden básico, el mundo de la razón se viene abajo.

Quise preguntarle si bastaba romper la continuidad de un individuo para que se moviera el punto de encaje. El se adelantó a mi pregunta. Dijo que la ruptura es sólo un precursor. Lo que ayuda al punto de encaje a moverse es el hecho de que el nagual sin tener compasión apela directamente al conocimiento silencioso.

Luego comparó las acciones que él había llevado a cabo aquella tarde, en Guaymas, con las acciones de la cu­randera. Dijo que la curandera había destruido las imá­genes de sí de sus espectadores con una serie de actos que no tenían equivalentes en la existencia cotidiana de esos espectadores: la dramática posesión del espíritu, los cam­bios de voces, el abrir con un cuchillo el cuerpo del pa­ciente. En cuanto se rompió la idea de la continuidad de sí mismos, sus puntos de encaje quedaron listos para moverse.

Me recordó que en el pasado me había hablado muchísimo del concepto de detener el mundo. Había di­cho que detener el mundo consiste en introducir un ele­mento disonante en la trama de la conducta cotidiana, con el propósito de detener lo que habitualmente es un fluir ininterrumpido de acontecimientos comunes; acon­tecimientos que están catalogados en nuestra mente, por la razón Había dicho que detener el mundo es tan nece­sario para los brujos como leer y escribir lo es para mí.

Me había dicho también que el elemento disonante se llama "no-hacer", o lo opuesto de hacer. "Hacer" es cualquier cosa que forma parte de un todo del cual pode­mos dar cuenta cognoscitivamente. No-hacer es el ele­mento que no forma parte de ese todo conocido.

-Los brujos, debido a que son acechadores, compren­den a la perfección la conducta humana -dijo-. Com­prenden, por ejemplo, que los seres humanos son criatu­ras de inventario. Conocer los pormenores de cualquier inventario es lo que convierte a un hombre en erudito o experto en su terreno.

"Los brujos saben que, cuando una persona común y corriente encuentra una falta en su inventario, esa perso­na o bien extiende su inventario o el mundo de su ima­gen de sí se derrumba. La persona común y corriente está dispuesta a incorporar nuevos artículos, siempre y cuan­do no contradigan el orden básico de su imagen de sí, porque si lo contradicen, la mente se deteriora. El inven­tario es la mente. Los brujos cuentan con eso cuando tra­tan de romper el espejo de la imagen de sí.

Explicó que aquel día en Guaymas él había elegido con sumo cuidado los elementos con qué romper mi continuidad. Lentamente se fue transformando hasta que llegó a ser verdaderamente un anciano senil. Y des­pués, a fin de reforzar la ruptura de mi continuidad, me llevó a un restaurante donde lo conocían como un viejo enfermizo.

Lo interrumpí. Había una contradicción que hasta entonces me pasara desapercibida. En Guaymas me dijo que, como la ocasión nunca se volvería a repetir, el deseo de saber exactamente cómo se sentiría si fuera un viejo endeble había sido la razón de su transformación. Yo lo entendí en el sentido de que, esa fue la primera y única vez que él logró ser un viejo senil. Sin embargo en el res­taurante lo conocían como el viejecito enfermo que sufría de ataques.

-Aunque había estado muchas veces antes en ese restaurante, como un viejecito enfermo -dijo-, mi ve­jez era sólo un ejercicio del acecho. Estuve simplemente jugando, fingiendo ser viejo. Nunca hasta ese día había movido mi punto de encaje al sitio exacto de la vejez y la senilidad. Nunca hasta ese día tuve que usar el no tener compasión de un modo tan específico.

"Para el nagual, el no tener compasión consta de muchos aspectos -continuó él-. Es como una herramienta que se adapta a muchos usos. El no tener compa­sión es un estado de ser, un nivel de intento.

"El nagual lo utiliza para provocar el descenso del espíritu y el movimiento de su propio punto de encaje o el de sus aprendices. O lo usa para acechar. Aquel día co­mencé como acechador, fingiendo ser viejo, y terminé siendo auténticamente un viejo enfermo. El no tener compasión, controlado por mis ojos, hizo que se movie­ra mi propio punto de encaje con precisión.

Dijo que, en el momento que intentó ser viejo, sus ojos perdieron el brillo y yo lo noté de inmediato. Mi susto y alarma fueron muy obvios. La pérdida del brillo en sus ojos se debía a que los estaba usando para intentar la posición de un viejo. Al llegar su punto de encaje a esa posición, pudo envejecer en aspecto, conducta y sen­saciones.

Le pedí que me aclarase la idea de intentar con los ojos. Tenía una vaga impresión de comprenderla, pero no podía formular lo que sabía.

-El único modo de hablar de eso es decir que el in­tento se intenta con los ojos -dijo-. Sé que es así. Sin embargo, al igual que tú, no puedo precisar qué es lo que sé. Los brujos resuelven esta dificultad aceptando algo sumamente obvio: los seres humanos son infinitamente más complejos y misteriosos que nuestras más locas fan­tasías.

Yo insistí que al menos tratara de explicármelo en más detalle.

-Todo lo que te puedo decir es que los ojos lo ha­cen -dijo en tono cortante-. No sé cómo, pero lo ha­cen. Invocan al intento con algo indefinible que poseen, algo que está en su brillo. Los brujos dicen que el intento se experimenta con los ojos, no con la razón.

Se negó a agregar nada más acerca del asunto y con­tinuó explicando el evento de Guaymas. Dijo que tan pronto como su punto de encaje hubo alcanzado la posición específica que lo convertía en un auténtico viejo, las dudas deberían haberse borrado de mi mente por com­pleto. Pero como yo me enorgullecía de ser superracio­nal, inmediatamente hice lo posible para explicar su transformación.

-Te lo he dicho y repetido mil veces que ser dema­siado racional es una desventaja -dijo-. Los seres hu­manos tienen un sentido muy profundo de la magia. So­mos parte de lo misterioso. La racionalidad es sólo un barniz, un baño de oro en nosotros. Si rascamos esa su­perficie encontramos que debajo hay un brujo. Algunos de nosotros, sin embargo, tenemos una gran dificultad para llegar a ese nivel bajo la superficie; otros, en cambio, lo hacen con absoluta facilidad. Tú y yo somos muy pare­cidos en este respecto: los dos tenemos que sudar tinta antes de soltarnos de nuestra imagen de sí.

Le expliqué que, para mí, aferrarme a la racionalidad había sido siempre una cuestión de vida o muerte. Más aún al tratarse de mis experiencias en el mundo de los brujos.

Comentó que aquel día, en Guaymas, mi racionali­dad le había resultado especialmente fastidiosa. Desde el comienzo, tuvo que hacer uso de todo tipo de recursos a su alcance para socavarla. A fin de lograrlo, comenzó por ponerme las manos en los hombros, con toda su fuerza, casi derribándome con su peso. Esa brusca maniobra física fue la primera sacudida a mi cuerpo. Y eso, junto con el miedo que me causaba su falta de continuidad, perforó mi racionalidad.

-Pero perforar tu racionalidad no bastaba -pro­siguió don Juan-. Yo sabía que, para forzarte a que lla­maras tú mismo al espíritu a que moviera tu punto de encaje al sitio donde no hay compasión, yo tendría que romper hasta el último vestigio de mi continuidad. Fue entonces cuando me volví realmente senil y te hice re­correr la ciudad y, al fin, me enojé contigo y te di de bofe­tadas.

"Te quedaste helado, pero ya ibas camino hacia una instantánea recuperación cuando le di al espejo de tu imagen de sí lo que debería haber sido el golpe final. Grité a todo pulmón que querías matarme. No esperé que echarías a correr. Me había olvidado de tu violencia. Dijo que, pese a mis apuradas y mal pensadas tácticas de recuperación, mi punto de encaje llegó al sitio donde no hay compasión cuando me enfurecí con su conducta senil. O tal vez fue lo contrario: me enfurecí porque mi punto de encaje había llegado al sitio donde no hay compasión. Realmente no importaba. Lo que contaba era que mi punto de encaje había llegado a ese sitio, y yo había aceptado los requisitos del intento: un abandono y una frialdad totales.

Una vez allí, mi conducta cambió radicalmente. Me volví frío, calculador, indiferente con respecto a mi segu­ridad personal.

Le pregunté a don Juan si él había visto todo eso. No recordaba habérselo contado. Respondió que, para saber lo que yo sentía, le había bastado la introspección y el acordarse que su propia experiencia pasó bajo condi­ciones similares.

Señaló que mi punto de encaje quedó fijo en su nueva posición en el momento cuando él volvió a su ser natural. Para entonces, mi convicción de que su con­tinuidad era inmutable había sufrido una conmoción tan profunda que la continuidad normal ya no funciona­ba como fuerza cohesiva. Y fue en ese momento, desde su nueva posición, que mi punto de encaje me permitió construir otro tipo de continuidad, que expresé con una dureza extraña, indiferente, desapegada; un abandono y una frialdad que, de allí en adelante, se convirtió en mi modo normal de conducta.

-La continuidad es tan importante en nuestra vida que, si se rompe, siempre se repara instantáneamente -prosiguió-. En el caso de los brujos, en cambio, una vez que sus puntos de encaje llegan al sitio donde no hay compasión, la continuidad ya no vuelve a ser la misma.

"Puesto que tú eres lento por naturaleza, no has no­tado todavía que, desde aquel día en Guaymas, entre otras cosas, has adquirido la capacidad de aceptar cual­quier tipo de discontinuidad después de una breve lucha con tu razón, naturalmente.

Le brillaban los ojos de risa.

-Fue también ese día cuando aprendiste a enmas­carar el no tener compasión -prosiguió-. Tu máscara no estaba tan bien desarrollada como está ahora, por su­puesto, pero lo que adquiriste entonces fueron los rudi­mentos de lo que se convertiría en tu máscara de gene­rosidad.

Traté de protestar. No me gustaba la idea de no tener compasión y menos aún la idea de que la tenía enmasca­rada.

-No uses tu máscara conmigo -dijo, riendo-. Guárdala para alguien mejor, para alguien que no te co­nozca.

Me instó a acordarme exactamente el momento en que la máscara vino a mí, pero yo no pude.

-Vino al instante en que sentiste que esa furia fría se apoderaba de ti -me dijo-, y tuviste que enmascarar­la. No bromeaste al respecto, como hubiera hecho mi benefactor. No trataste de parecer razonable como lo hu­biera hecho yo. No fingiste que te intrigaba, como hubie­ra hecho el nagual Elías. Esas son las tres máscaras de na­gual que conozco. ¿Qué hiciste, entonces? Caminaste tranquilamente hasta tu auto y regalaste la mitad de los paquetes al muchacho que te ayudaba a llevarlos.

Hasta ese momento yo no me acordaba de que cier­tamente le pedí al primer muchacho que pasó junto a mí que me ayudara a llevar los paquetes. Le conté a don Juan que también me había acordado de haber visto luces bailando delante de mis ojos. Yo pensé que las veía, porque estaba a punto de desmayarme a causa de la furia que sentía.

-No, no estabas a punto de desmayarte -corrigió don Juan-. Estabas a punto de entrar en un estado de ensueño y de ver al espíritu por tu propia cuenta, como Talía y mi benefactor, pero no lo hiciste porque eres un idiota. En vez de esto, regalaste tus paquetes.

Le dije a don Juan que no era generosidad lo que me había impulsado a regalar los paquetes, sino esa furia fría que me consumía.

Tenía que hacer algo para tranquilizarme y eso fue lo primero que se me ocurrió.

-Pero eso es exactamente lo que vengo diciéndote: tu generosidad no es auténtica -replicó.

Y, para fastidio mío, se echó a reír.




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