El Conocimiento Silencioso


X. EL SITIO DONDE NO HAY COMPASIÓN



Descargar 0.6 Mb.
Página8/14
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.6 Mb.
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   14
X. EL SITIO DONDE NO HAY COMPASIÓN

Don Juan me dijo que era mejor no hablar más. Las palabras, en ese caso, eran útiles sólo para guiarlo a uno a acordarse. Una vez que se movía el punto de encaje, se revivía la experiencia completa. También me indicó que el mejor modo de asegurar que uno pudiera acordarse era caminar.

Los dos nos pusimos de pie. Caminamos despacio y en silencio por un sendero en esas montañas, hasta que me hube acordado de todo lo que aconteció en esa oca­sión.
Justo al mediodía estábamos en las afueras de Guay­mas, en el norte de México, en viaje desde Nogales, Ari­zona, cuando noté que a don Juan le pasaba algo. Desde hacía más o menos una hora estaba desacostumbrada­mente silencioso y sombrío. No quise darle mucha im­portancia, pero, de pronto, su cuerpo se contorsionó descontroladamente y la barbilla le golpeó el pecho, como si los músculos del cuello ya no pudieran sostener el peso de su cabeza

-¿Lo marea el movimiento del carro, don Juan? -pregunté, súbitamente alarmado.

No me respondió. Respiraba por la boca, con mucha dificultad.

Durante la primera parte de nuestro viaje, que dura­ba ya varias horas, don Juan había estado muy bien. Ha­blamos largo y tendido sobre mil cosas. En la ciudad de Santa Ana, donde paramos a llenar el tanque de gasolina, hasta había hecho unos ejercicios chistosísimos contra el techo del auto para desentumecer los músculos de sus hombros.

-¿Qué le pasa, don Juan? -pregunté.

Sentía punzadas de angustia en el estómago. El, aún con la barbilla sobre el pecho, murmuró que deseaba ir a un determinado restaurante y, con voz lenta y vacilante, me dio indicaciones exactas para llegar allí.

Estacioné el coche en una calle adyacente, a una cua­dra del restaurante. Cuando abrí la puerta del coche para salir, don Juan se aferró de mi brazo con puño de hierro. Penosamente y con mi ayuda se arrastró por el asiento y salió por mi puerta. Ya en la acera se sujetó de mis hom­bros con ambas manos para mantener la espalda derecha. En un silencio nefasto, caminamos hacia el desmantela­do edificio donde estaba el restaurante, yo sosteniéndolo a duras penas y él arrastrando los pies.

Don Juan iba colgado de mi brazo con todo su peso. Su respiración era tan acelerada y el temblor de su cuerpo llegó a ser tan alarmante, que caí en el pánico. Tropecé y tuve que apoyarme contra la pared para evitar que los dos cayéramos a la acera. Mi angustia era tal que no podía pensar. Lo miré a los ojos. Estaban opacos, sin su brillo habitual.

Entramos a paso torpe en el restaurante; un amable camarero se precipitó, como de sobreaviso, a ayudar a don Juan.

-¿Cómo andan los males hoy viejito? -le gritó a don Juan en el oído.

Luego lo llevó, prácticamente en vilo, desde la puerta hasta una mesa; lo hizo sentar y desapareció.

-¿Lo conoce a usted, don Juan? -le pregunté cuando estuvimos sentados.

El, sin mirarme, murmuró algo ininteligible. Me levanté y fui a la cocina del restaurante, en busca del ocu­pado camarero.

-¿Conoce usted al anciano que ha venido conmi­go? -le pregunté, cuando pude arrinconarlo.

-Por supuesto que lo conozco -respondió, con la actitud de quien apenas tiene paciencia para responder a una sola pregunta-. Es el viejo a quien le dan los ataques cerebrales.

Su contestación puso las cosas en claro. Comprendí entonces que don Juan había sufrido un leve derrame ce­rebral mientras viajábamos. No había nada que yo pu­diera haber hecho para evitarle ese ataque, pero me sentía inerme y angustiado. El presentimiento de que lo peor aún no había sucedido me causó pánico.

Volví a la mesa y me senté en silencio. Al cabo de un rato, llegó el mismo camarero, con dos platos de ca­marones frescos y dos grandes tazones de sopa de tortu­ga. Se me ocurrió que, o bien en ese restaurante sólo se servían esos platos, o don Juan comía lo mismo cada vez que iba allí.

El camarero le habló a don Juan en voz tan alta que se lo oía por sobre el estrépito del resto de la clientela.

-Le va a caer muy bien su comida -gritó-. Se va a chupar los dedos. Si me necesita, levante el brazo y vendré enseguida.

Don Juan asintió con la cabeza y el camarero se re­tiró, no sin antes darle una palmadita afectuosa en la es­palda.

Don Juan comió vorazmente, sonriendo para sí de vez en cuando. Yo estaba tan angustiado que sólo el he­cho de pensar en comer me daba náuseas. Pero al fin, al­cancé una especie de umbral de la ansiedad muy conocido para mí en mi tensa vida diaria; una vez que lo hube alcanzado mientras más me preocupaba más hambre sentía. Probé la comida y la encontré asombrosamente buena.

Terminando de comer, me sentí algo mejor, pero la situación no había cambiado y mi aflicción no dismi­nuía. De repente, don Juan levantó el brazo por sobre la cabeza. En un momento se presentó el camarero para en­tregarme la cuenta. Le pagué y él ayudó a don Juan a po­nerse de pie. Lo condujo del brazo hasta la calle y lo des­pidió efusivamente.

Volvimos al coche con el mismo trabajo; don Juan se apoyaba pesadamente en mi brazo, jadeaba y se detenía a recobrar el aliento cada pocos pasos. El camarero se había quedado en la puerta, como para asegurarse de que yo no iba a dejar caer al anciano.

Don Juan tardó dos o tres interminables minutos en subir al auto.

-Dígame, don Juan, ¿qué puedo hacer por usted? -supliqué.

-Da la vuelta al auto -ordenó, con voz vacilante y apenas audible-. Quiero ir al otro lado de la ciudad, a una tienda que me gusta mucho. Allí también me cono­cen. Son amigos míos.

Le dije que yo no sabía donde quedaba esa tienda. Masculló incoherencias y estalló en un berrinche: golpeó el piso del coche con los pies, hizo pucheros y hasta se babeó la camisa. Luego pareció tener un instante de luci­dez. Me puse muy nervioso al presenciar cómo luchaba por ordenar sus pensamientos. Finalmente, logró indi­carme cómo llegar hasta la dicha tienda.

Mi nerviosidad había llegado al colmo. Temía que el derrame cerebral de don Juan fuera más grave de lo que yo imaginaba. Quería deshacerme de él, dejarlo en ma­nos de su familia o de sus amigos. Desgraciadamente, yo no sabía quiénes eran. Pensé que debería volver al restaurante para preguntar al camarero si por casualidad conocía a la familia de don Juan. Decidí esperar. Di una vuelta en redondo y me dirigí al otro extremo de la ciu­dad, en busca de la tienda. Después de todo, allí lo co­nocían; por seguro alguien me daría razón de su familia.

Cuanto más analizaba mi aprieto, más mal me sentía. Me vino una terrible sensación de tristeza. Todo se venía abajo. Don Juan ya no contaba. Lo echaría de menos, sí, pero la pena de perderlo no era tan grande como mi fastidio por tener que cargar con él.

Manejé casi una hora dando vueltas en busca de la famosa tienda. No di con ella. Don Juan admitió que podía haberse equivocado, que quizás el local estaba en otra ciudad. Para entonces, yo ya estaba completamente exhausto y no tenía ni idea de como salirme del aprieto.

En mi estado normal de conciencia, siempre había tenido la extraña sensación de conocer a don Juan mejor de lo que mi razón me indicaba. En ese momento, bajo la presión de su deterioro mental, tuve la certeza, sin saber por qué, de que sus amigos lo esperaban en algún lugar de México, aunque yo no sabía dónde.

Mi agotamiento era más que físico; era una mezcla de preocupación y remordimientos. Me preocupaba te­ner que cargar con un viejo que quizá estuviera mortal­mente enfermo. Y me remordía la conciencia el serle tan desleal.

Me estacioné en una calle cerca al mar. Le llevó casi diez minutos bajar del coche. Caminamos despacio por la calle rumbo al malecón, pero a medida que nos apro­ximábamos, don Juan se empacó como una mula y se negó a seguir, murmurando que el agua de la bahía de Guaymas lo asustaba.

Dio la vuelta y se encaminó a la plaza principal. Y yo tuve que seguirlo. Era una plaza polvorienta en donde ni siquiera había bancas. Don Juan se sentó en el cordón de la acera. Pasó un camión de limpieza, haciendo rotar sus cepillos de acero, pero sin expulsión de agua. La nube de polvo me hizo toser.

La situación era tan intolerable que hasta me pasó por la mente la idea de abandonarlo allí mismo. Me sentí avergonzado por semejante pensamiento y lo tomé por el hombro en un gesto de afecto.

-Debe usted hacer un esfuerzo y decirme adónde puedo llevarlo -le dije en voz baja-. ¿Adónde quiere usted que vaya?

-A la mierda -replicó, en voz resquebrajada y ronca.

Don Juan jamás me había hablado así. Me acosó la terrible sospecha de que no era un pequeño derrame cere­bral el que él había tenido, sino que sufría algún otro tipo de afección cerebral que le hacía perder la cabeza y vol­verse violento.

De pronto, don Juan se levantó y caminó hacia la otra acera. Noté entonces lo frágil que parecía. Había en­vejecido en cuestión de horas. Su vigor natural había de­saparecido y lo que tenía ante mí era un hombre horri­blemente viejo y débil.

Corrí a ayudarlo. Me envolvió una ola de inmensa compasión, no tanto por don Juan como por mí mismo. Me vi viejo y débil, casi incapaz de caminar. Estaba a punto de llorar. Sostuve su brazo y le hice la muda pro­mesa de cuidarlo, a como diera lugar.

Estaba absorto en ese sentimiento de compasión por mí mismo, cuando sentí la entumecedora fuerza de una cachetada en plena cara. Antes de que pudiera yo reco­brarme de la sorpresa, don Juan volvió a darme otra bo­fetada en la cara. Estaba de pie ante mí, sacudiéndose de ira. La boca entreabierta le temblaba incontrolablemente.

-¿Quién eres tú? -gritó, con voz tensa.

Se volvió hacia un grupo de curiosos, que se habían reunido inmediatamente.

-No sé quién es este hombre -les dijo-. Ayúdenme. Soy un pobre viejo y estoy solo. Este es un forastero y quiere matarme. Les hacen eso a los viejos indefensos: los matan para divertirse.

Hubo un murmullo de desaprobación. Varios jóvenes musculosos y ceñudos me miraron con aire ame­nazador.

-Pero ¿qué hace usted don Juan? -le pregunté, en voz alta. Quería asegurar a los demás que el viejo y yo estábamos juntos.

-Yo no me llamo así -gritó don Juan-. Me llamo Belisario Cruz; tengo cédula de identidad.

Se volvió a un grupo bastante grande de gente que me miraban con belicosa curiosidad. Les pidió que le ayu­daran. Quería que me sujetaran hasta que viniera la policía.

Tuve la visión de una cárcel mexicana. La idea de que pasarían meses antes de que alguien notara mi desa­parición me hizo reaccionar con velocidad y violencia. Pateé al primer hombre que quiso agarrarme. Y eché a correr como loco. Sabía que era cuestión de vida o muerte. Varias personas corrieron detrás de mi.

Mientras corría hacia la calle principal, me di cuenta de que en cualquier ciudad pequeña como Guaymas había policías por todas partes, patrullando a pie. No había ninguno a la vista y, antes de toparme con uno, en­tré a la primera tienda que se me presentó, fingiendo buscar objetos de arte popular.

Los hombres que corrían tras de mí prosiguieron en tropel. Urdí un rápido plan: comprar cuantas cosas pu­diera. Contaba con que los del negocio me tornaran por un turista. Después pediría a alguien que me ayudara a llevar los paquetes al coche.

Me llevó un buen rato seleccionar lo que deseaba. Luego contraté a un joven que trabajaba en la tienda para que me ayudara a llevar los paquetes; pero al acercarme a mi coche, vi a don Juan de pie junto a él, aún rodeado de gente. Estaba hablando con un policía, que tomaba notas. Era inútil. Mi plan había fracasado. Indiqué al joven que dejara mis paquetes en la acera, diciéndole que un amigo mío pasarla por allí con su auto a recogerme, para luego llevarme al hotel. Se fue y yo me mantuve oculto en la puerta de un negocio, fuera de la vista de don Juan y de la gente que lo rodeaban.

Vi que el policía examinó las placas de mi matrícula de California, y eso me convenció definitivamente de que no había salida para mí. La acusación del viejo loco era demasiado grave. Y el hecho de que yo saliera co­rriendo no habría sino confirmado mi culpabilidad ante los ojos de cualquier policía. Además, no me habría ex­trañado en lo mínimo que el policía pasara por alto la verdad, sólo para poder arrestar a un extranjero.

Cautelosamente me retiré a otro portal más alejado. Allí permanecí tal vez una hora de pie. El policía se fue, pero don Juan, gritando y moviendo agitadamente los brazos, quedó rodeado por una verdadera multitud. Yo estaba demasiado lejos para oír lo que decía, pero no me era difícil imaginar el tenor de esos gritos y esos movi­mientos apresurados y nerviosos.

Necesitaba yo desesperadamente otro plan. Conside­ré la idea de ir a un hotel y esperar un par de días antes de aventurarme a salir en busca de mi coche; para ello tenía que volver a la tienda y desde allí llamar un taxi. Nunca había necesitado un taxi en Guaymas e ignoraba si existían. Pero mi plan se disolvió instantáneamente, al darme cuenta de que si el policía era medianamente competente, y había tomado en serio a don Juan, comen­zaría a buscar en los hoteles. Capaz si el policía se había marchado justamente para hacer eso.

Otra alternativa que me pasó por la mente era que podía ir a la estación de autobuses y tornar uno que fuera a cualquier ciudad a lo largo de la frontera internacional o abordar el primer autobús que saliera de Guaymas, en cualquier dirección. Abandoné también la idea de in­mediato. Estaba seguro que don Juan había dado mi nombre y una descripción de mi persona al policía y le había dicho de donde venía, y éste ya había puesto a otros policías en alerta.

Mi mente se hundió en un pánico ciego. Respiré con lentitud para calmar los nervios.

Noté entonces que los curiosos comenzaban a dis­persarse. El policía volvió con otro colega, pero no se de­tuvieron a hablar con don Juan, sino que se alejaron, caminando lentamente hacia el final de la calle. Fue en ese momento que sentí un impulso súbito e incontrola­ble. Era como si mi cuerpo se hubiera desconectado de mi cerebro. Caminé hasta mi coche, cargando con todos los paquetes. Sin el menor rastro de miedo o preocupación, abrí la maletera, puse los paquetes, adentro y abrí ruidosa­mente la puerta del coche.

Don Juan se hallaba en la acera, junto al coche, mirándome con aire distraído. Le clavé los ojos con una frialdad totalmente ajena a mí. Nunca en mi vida había experimentado tal sensación. No era odio lo que yo sentía, ni siquiera enojo. No estaba ni aún fastidiado con don Juan. Lo que yo sentía no era resignación ni tampoco paciencia y mucho menos bondad. Más bien era una fría indiferencia, una pavorosa falta de compasión. En ese instante me daba igual lo que pasase con don Juan o con­migo.

Don Juan sacudió el torso tal como se sacuden los perros después de nadar, y luego, como si todo aquello hubiera sido sólo una pesadilla, volvió a ser el hombre que yo conocía. Velozmente se sacó su chaqueta, la volteó al revés y se la volvió a poner. Era una prenda re­versible, de color beige por un lado, negra por el otro. Ahora vestía una chaqueta negra. Arrojó su sombrero de paja al interior del coche y se peinó el cabello con mucho esmero. Sacó el cuello de la camisa por encima del de la chaqueta, cosa que lo rejuveneció inmediatamente. Sin decir una palabra, me ayudó a poner el resto de los pa­quetes en la maletera.

Cuando los dos policías, atraídos por el ruido de abrir y cerrar las puertas, corrieron hacia nosotros, ha­ciendo sonar sus silbatos, don Juan les salió ágilmente al encuentro. Los escuchó con atención y les aseguró que no tenían nada de qué preocuparse. Les explicó que segura­mente habían estado hablando con su padre, un viejito que sufría de cierta afección cerebral. Mientras hablaba con ellos, abría y cerraba las puertas del coche, como ve­rificando el estado de las cerraduras. Después movió los paquetes, de la maletera al asiento trasero. Su agilidad y su energía eran el polo opuesto a los movimientos del anciano de hacía unos minutos. Comprendí que estaba desempeñando un papel, como en el teatro, para el po­licía con quien había hablado antes. Si yo hubiera sido ese hombre, no hubiera tenido la menor duda de que es­taba viendo al hijo del viejo.

Don Juan les dio el nombre del restaurante en donde conocían a su padre y luego los sobornó con todo descaro.

Yo no me molesté en decir palabra. Algo me hacía sentir duro, frío, eficiente y silencioso.

Subimos al auto sin decir nada. Los policías no se atrevieron a hacerme ninguna pregunta. Parecían estar demasiado cansados incluso para hablar. Nos apresura­mos a salir del centro y entrar en la carretera.

-¿Qué es lo que se traía usted, don Juan? -pre­gunté, sorprendido yo mismo por la frialdad de mi tono.

-Eso fue la primera lección en no tener compasión -respondió.

Comentó que, en el trayecto hacia Guaymas, me había advertido sobre la inminente lección en no tener compasión.

Admití que no le había prestado atención, convencido de que conversábamos sólo para romper la mono­tonía del viaje.

-Nunca hablo por hablar -dijo con severidad-. A estas alturas, ya deberías saberlo. Lo que hice esta tarde fue crear la situación adecuada para que descendiera el espíritu y moviera tu punto de encaje a un lugar exacto, un lugar que los brujos llaman "el sitio donde no hay compasión".

"El problema que los brujos deben resolver -con­tinuó él- es que el sitio donde no hay compasión debe ser alcanzado con un mínimo de ayuda. El nagual prepa­ra la escena, pero es el aprendiz quien llama al espíritu a que mueva su punto de encaje.

"Hoy día, tú hiciste eso. Yo te ayudé, quizá con un tantito de melodrama, moviendo mi punto de encaje a una posición específica que me convirtió en un viejo dé­bil y caprichoso. Yo no estaba jugando a ser un viejo. Yo era un viejo senil.

El destello travieso de sus ojos me indicó que estaba disfrutando de ese momento.

-No era absolutamente necesario que yo hiciera eso -prosiguió-. Podría haberte dirigido a llamar al espíritu sin esas tácticas tan ajenas, pero no pude reprimirme. Ya que ese suceso no se repetirá jamás, quería comprobar si me era o no posible mover el punto de encaje como mi propio benefactor. Créemelo, para mí fue una sorpresa tan grande como debe de haberlo sido para ti.

Me sentía increíblemente tranquilo y a gusto. No tenía problema alguno en aceptar lo que me estaba di­ciendo y no hice preguntas, pues lo comprendía todo sin necesidad de explicaciones.

Don Juan dijo entonces algo que yo ya sabía, pero no podía verbalizar, ya que no habría podido hallar palabras adecuadas para expresarlo. Dijo que todo cuanto los bru­jos hacen es una consecuencia del movimiento de sus puntos de encaje, y que esos movimientos están regidos por la cantidad de energía que los brujos tienen a su disposición.

Le mencioné a don Juan que yo sabía todo eso y mu­cho más. Y él comentó que dentro de todo ser humano hay un gigantesco y oscuro lago de conocimiento silencio­so que cada uno de nosotros podía intuir. Me dijo que yo podía intuirlo, quizá con un poco más de claridad que el hombre común y corriente, debido a mi participación en el camino del guerrero. Dijo luego que los brujos son los únicos seres en el mundo que, haciendo deliberadamente dos cosas trascendentales, llegan más allá del nivel intui­tivo: primero, conciben la existencia del punto de encaje y segundo, logran que el punto de encaje se mueva.

Acentuó una y otra vez que lo más sofisticado de los brujos es el estar consciente de nuestro potencial como seres perceptivos, y el saber que el contenido de la percep­ción depende de la posición del punto de encaje.

Al llegar a ese momento comencé a experimentar una singular dificultad para concentrarme en lo que él decía, no porque estuviera distraído o fatigado, sino porque mi mente, por cuenta propia, jugaba a anticiparse a las palabras que él iba a usar. Era como si una parte des­conocida de mi ser estuviera tratando infructuosamente de hallar términos adecuados para expresar sus pensa­mientos silenciosos. Mientras don Juan hablaba, yo tenía la sensación de que él iba a expresar mis propios pensa­mientos silenciosos. Me fascinaba comprobar que su elec­ción de palabras era siempre mejor de lo que habría sido la mía. Pero al anticiparme a lo que iba a decir también disminuía mi concentración.

Detuve abruptamente el coche y me estacioné al cos­tado de la carretera. Y allí tuve, por primera vez en mi vida, una clara noción de mi dualismo. Dos partes obvia­mente separadas, existían dentro de mi ser. Una era muy vieja, tranquila, indiferente; era pesada, oscura y estaba conectada con todo lo demás. Era la parte de mí a la que nada le importaba, pues era igual a toda cosa; era la parte que gozaba sin esperar nada. La otra parte era ligera, nue­va, esponjosa, agitada; era nerviosa y rápida. Se importa­ba a sí misma porque se sentía insegura y no gozaba de nada, simplemente porque carecía de la capacidad de co­nectarse. Estaba sola, en la superficie, y era vulnerable. Era la parte con la que yo observaba al mundo.

Intencionalmente, miré a mi alrededor con esa parte. Por doquier vi grandes cultivos. Y esa parte de mí, insegura, esponjosa y preocupada quedó atrapada entre el orgullo que le inspiraba la laboriosidad del hombre y la tristeza de ver el magnífico y viejo desierto de Sonora convertido en un panorama de surcos simétricos y plan­tas domesticadas.

A la parte vieja, oscura y pesada de mí eso no le im­portó nada. Y las dos partes entraron en un debate. La parte esponjosa quería que la parte pesada se preocupara; la parte pesada quería que la otra dejara de fastidiarse y gozara de las cosas.

-¿Por qué paraste? -preguntó don Juan.

Su voz me provocó una reacción, pero no sería exac­to decir que fui yo quien reaccionó. El sonido de su voz pareció solidificar a la parte esponjosa y, de pronto, volví a ser reconociblemente yo mismo.

Describí a don Juan la comprensión que acababa de tener sobre mi dualismo. Dijo que, cuando el punto de encaje se mueve y llega al sitio donde no hay compasión, la posición de la racionalidad y el sentido común se debi­lita. Mi sensación de tener un lado más viejo, oscuro, y silencioso era una visión de los antecedentes de la razón.

-Sé exactamente lo que usted me dice -ma­nifesté-. Sé muchísimas cosas, pero no puedo hablar de lo que sé. No se me ocurre cómo comenzar.

-Ya te he mencionado esto -dijo él-. Lo que estás experimentando y llamas dualismo es una visión del mundo desde otra posición de tu punto de encaje. Desde esa posición puedes sentir el mundo de una ma­nera diferente y a eso lo llamas el lado más antiguo del hombre. Y lo que ese lado más antiguo sabe se llama el conocimiento silencioso. Es un conocimiento que tú aún no puedes expresar.

-¿Por qué? -pregunté.

-Porque para expresarlo necesitas tener y usar una extraordinaria cantidad de energía -respondió-. En este momento no puedes gastar esa clase de energía, porque no la tienes.

El conocimiento silencioso es algo que todos posee­mos -prosiguió-. Algo que tiene total dominio, total conocimiento de todo. Pero no puede pensar; por lo tan­to, no puede expresar lo que sabe.

"Los brujos creen que en una época, al comienzo, cuando el hombre comprendió que sabía y quiso estar consciente de lo que sabía, perdió de vista lo que sabía.

"El error del hombre fue querer conocer directa­mente lo que sabía, tal como conocía las cosas de la vida diaria. Cuanto más deseaba ese conocimiento, más efímero, más silencioso se volvían

"Ese conocimiento silencioso, que nadie puede des­cribir, es, por supuesto, el intento, el espíritu, lo abstracto.

-Pero ¿qué significa eso de que el hombre perdió de vista lo que sabía? -pregunté.

-Significa que el hombre renunció al conocimiento silencioso por el mundo de la razón -respondió-. Cuanto más se aferra al mundo de la razón, más efímero se vuelve el conocimiento silencioso.

Puse el coche en marcha y seguimos el viaje en si­lencio. Don Juan no trató de darme indicaciones sobre dónde ir ni cómo manejar, como solía hacer para exacer­bar mi importancia personal. Yo no tenía una idea clara del rumbo que llevaba, pero algo en mí sí lo sabía. Dejé que esa parte se hiciera cargo de todo.

Muy avanzada ya la noche, y sin que yo conscientemente supiera por que, llegamos a una enorme casa en una zona rural del estado de Sinaloa, en el norte de Mé­xico. El viaje pareció terminar en un abrir y cerrar de ojos. Yo no podía recordar los detalles del trayecto. Sólo sabía que no habíamos conversado.

La casa parecía estar vacía. No había señales de que allí viviera nadie. Sin embargo, de algún modo yo sabía que los amigos de don Juan vivían en esa casa. Sentía su presencia sin necesidad de verlos.

Don Juan encendió unas lámparas de queroseno y nos sentamos a una maciza mesa. Al parecer, él se dis­ponía a comer. Pero, ¿a comer qué? Yo me preguntaba qué decir al respecto, cuando en ese momento entró si­lenciosamente una mujer y puso un gran plato de comi­da en la mesa. Yo no estaba preparado para verla entrar. Cuando pasó de la oscuridad a la luz, tal como si se hubie­ra materializado de la nada, lancé una involuntaria ex­clamación.

-No te asustes. Soy yo, Carmela -dijo y desapare­ció, tragada otra vez por las sombras.

Me quedé boquiabierto y a medio gritar. Don Juan rió tanto, dando palmadas a la mesa que yo casi esperaba que los de la casa acudieran, pero no se presentó nadie.

Traté de comer; no tenía hambre. Empecé a pensar en la mujer. No la conocía. Es decir, casi la conocía; casi podía identificarla, pero no lograba sacar a mi memoria de la bruma que oscurecía mis pensamientos. Luché por despejar mi mente, pero requería demasiada energía y abandoné ese propósito.

Tan pronto como dejé de pensar en la mujer co­mencé a experimentar una angustia entumecedora. Era como si me estuviera invadiendo un miedo a esa casa oscura y enorme, y al silencio que la rodeaba por dentro y por fuera. Un momento más tarde mi angustia alcanzó proporciones increíbles, justo después que oí el vago ladrido de unos perros, en la distancia. Por un momento sentí el cuerpo a punto de estallar. Don Juan intervino apresuradamente; saltó detrás de mí y me empujó la es­palda hasta hacerla crujir. Esa presión me provocó un alivio inmediato.

Cuando me hube calmado noté que había perdido, junto con la anonadada ansiedad, la clara sensación de saberlo todo. Ya no podía adivinar cómo iba don Juan a expresar lo que yo mismo sabía y no podía decir.

Don Juan inició entonces una explicación muy pe­culiar. Primero dijo que el origen de la angustia que se había apoderado de mí con la velocidad de un rayo era el descenso del espíritu; era el súbito movimiento de mi punto de encaje, causado por la inesperada aparición de Carmela y por mi inevitable esfuerzo de mover mi pun­to de encaje al sitio que me permitiera identificarla completamente.

Me aconsejó que me acostumbrara a la idea de nue­vos y repetidos ataques del mismo tipo de angustia, pues­to que el espíritu no dejaría de descender y mi punto de encaje no dejaría de moverse.

-Cualquier descenso del espíritu es como morir -dijo-. Todo en nosotros se desconecta, y después vuelve a conectarse a una fuente de mucho mayor po­tencia. La amplificación de energía se siente como una angustia mortífera.

-¿Y qué debo hacer cuando ocurra esto? -pre­gunté.

-Nada -dijo-. Esperar. Ese estallido de energía pasa. Lo peligroso es no saber lo que te está sucediendo. Una vez que lo sabes no hay peligro.

Después habló otra vez del hombre antiguo. Dijo que el hombre antiguo sabía, del modo más directo, qué hacer y cómo hacerlo bien. Pero como hacía tan bien lo que hacía, comenzó a desarrollar cierto sentido de ser, con lo cual adquirió la sensación de que podía predecir y planear los actos que estaba habituado a hacer tan bien. Así surgió la idea de un "yo" individual; un yo indivi­dual que comenzó a dictar la naturaleza y el alcance de las acciones humanas.

A medida que el sentimiento de tener un yo individual se tornaba más fuerte, el hombre fue perdiendo su conexión natural con el conocimiento silencioso. El hombre moderno, siendo el heredero de tal desarrollo, se encuentra tan irremediablemente alejado del conoci­miento silencioso, la fuente de todo, que sólo puede ex­presar su desesperación en cínicos y violentos actos de autodestrucción. Don Juan aseveró que la causa del cinis­mo y la desesperación del hombre es el fragmento de co­nocimiento silencioso que aún queda en él; un ápice que hace dos cosas: una, permite al hombre vislumbrar su antigua conexión con la fuente de todo, y dos, le hace sentir que, sin esa conexión, no tiene esperanzas de satis­facción, de logro o de paz.

Creí haber sorprendido a don Juan en una contra­dicción. Le recordé que una vez me había dicho que la guerra era el estado natural de todo brujo, que la paz era una anomalía.

-Es cierto -admitió-. Pero la guerra, para un brujo, no significa actos de estupidez individual o colec­tiva ni una violencia absurda. La guerra para el brujo es la lucha total contra ese yo individual que ha privado al hombre de su poder.

Don Juan cambió de conversación y dijo que era hora de hablar más extensamente sobre el no tener com­pasión: una de las premisas básicas de la brujería. Explicó que los brujos habían descubierto que cualquier movi­miento del punto de encaje significa alejarse de la excesi­va preocupación con el yo individual: la característica del hombre moderno. Los brujos están convencidos de que la posición del punto de encaje es lo que hace del hom­bre moderno un egocéntrico homicida, un ser total­mente atrapado en su propia imagen. Habiendo perdido toda esperanza de volver al conocimiento silencioso, el hombre busca consuelo en su yo individual. Y al hacerlo consigue fijar su punto de encaje en el lugar más conveniente para perpetuar su imagen de si. Por lo tanto, los brujos pueden afirmar con toda seguridad que cualquier movimiento que alejara el punto de encaje de su posi­ción habitual equivale a alejarse de la imagen de sí y, por consiguiente, de la importancia personal.

Don Juan definió la importancia personal como la fuerza generada por la imagen de sí. Reiteró que es esa fuerza la que mantiene el punto de encaje fijo en donde está el presente. Por este motivo, la meta de todo cuanto hacen los brujos es el destronar la importancia personal.

Explicó que los brujos habían desenmascarado a la importancia personal, encontrando que es, en realidad, la compasión por sí mismo disfrazada.

-No parece posible, pero así es -me aseguró-. El verdadero enemigo y la fuente de la miseria del hombre es la compasión por sí mismo. Sin cierto grado de com­pasión por sí mismo, el hombre no podría existir. Sin embargo, una vez que esa compasión se emplea, desa­rrolla su propio impulso y se transforma en importancia personal.

Esa explicación, que me habría parecido una idiotez en condiciones normales, me resulto por completo con­vincente. Debido a mi dualidad, la cual aún me daba gran agudeza mental, se me antojó que tenía algo de con­descendencia. Don Juan parecía haber apuntado sus pen­samientos y sus palabras a un blanco específico. Yo, en mi estado normal de conciencia, era ese blanco.

Prosiguió con su explicación, diciendo que los brujos están absolutamente convencidos de que, el espíritu, al mover nuestro punto de encaje, alejándolo de su posi­ción habitual, nos hacía alcanzar un estado de ser que sólo podríamos llamar "el no tener compasión".

Dijo que los brujos saben, gracias a su experiencia práctica, que en cuanto se mueve el punto de encaje se derrumba la importancia personal, porque sin la posición habitual del punto de encaje, la imagen de sí pierde su enfoque. Sin ese intenso enfoque se extingue la com­pasión por sí mismo y con ella la importancia personal, ya que la importancia personal es sólo la compasión por sí mismo disfrazada.

A continuación, don Juan afirmó que todo nagual, en su papel de guía o de maestro, debe comportarse efi­ciente e impecablemente. Puesto que no le es posible pla­near racionalmente el curso de sus actos, siempre deja que el espíritu decida su curso. Dijo que, por ejemplo, él no tenía planeado hacer lo que hizo hasta que el espíritu le dio un indicio, esa mañana, al despuntar el alba, mientras desayunábamos en Nogales. Me instó a recor­dar el acontecimiento.

Me acordé que, durante el desayuno, me había sen­tido muy incómodo porque don Juan se burlaba de mi,

-Piensa en la camarera -me instó él.

-Todo lo que recuerdo es que era grosera -le dije.

-Pero ¿qué es lo que hizo? -insistió él-. ¿Qué hizo mientras esperaba a que decidiéramos qué comer?

Al cabo de un momento me acordé que la camarera era una muchacha de aspecto duro que me tiró el menú y se plantó allí, casi tocándome, exigiéndome en silencio que me diera prisa en pedir.

Mientras ella esperaba, taconeando impaciente­mente el suelo con un pie enorme, se recogió su larga ca­bellera negra en la coronilla. El cambio fue notable: así parecía más madura y atractiva. Quedé francamente asombrado y hasta olvidé sus malos modales.

-Ese fue el augurio -dijo don Juan-. La dureza y la transformación fueron el indicio del espíritu.

Dijo que su primer acto del día, como nagual, fue darme a conocer sus intenciones. A tal fin, me dijo, en lenguaje muy directo, aunque de un modo sutil y oculto, que iba a darme una lección acerca del no tener compasión.

-¿Te acuerdas ahora? -preguntó-. Hablé con la camarera y con una señora ya mayor de la mesa vecina.

Guiado por el de esa manera conseguí acordarme que don Juan había estado flirteando, prácticamente, con la señora, así como con la maleducada camarera. Con­versó con ellas por largo rato mientras yo comía. Les contó historias muy graciosas sobre el soborno y la co­rrupción en el gobierno; contó chistes sobre los campesi­nos que iban a la ciudad por primera vez. Después, pre­guntó a la camarera si era norteamericana. Ella dijo que no y la pregunta la hizo reír. Don Juan le dijo que eso era muy propicio, puesto que yo era un mexicano-americano en busca de amor, y que bien podía comenzar allí mismo, después de haber comido tan estupendo desayuno.

Las mujeres no paraban de reír. Me pareció que se reían de mi azoramiento. Don Juan les dijo que, hablan­do en serio, yo había ido a México a encontrar esposa. Les preguntó si conocían a alguna mujer honrada, modesta y casta, que quisiera casarse y no fuera demasiado exigente en cuestiones de belleza masculina. Se presentó como mi representante.

Las mujeres reían a más no poder. Yo estaba real­mente mortificado. Don Juan se volvió hacia la camarera y le preguntó si quería casarse conmigo. Ella dijo que es­taba comprometida. A mí me pareció que tomaba a don Juan muy en serio.

-¿Por qué no lo deja usted que él mismo lo diga? -preguntó la señora-.

-Porque tiene la lengua mocha -respondió él-. Así nació. Tartamudea de un modo espantoso.

La camarera observó que, al pedir mi desayuno, yo lo había hecho de un modo perfectamente normal.

-¡Ay, pero qué observadora es usted! -dijo don Juan-. El sólo habla correctamente cuando pide comida. Yo ya le he dicho mil veces que, si quiere aprender a hablar como todo el mundo, debe ser despiadado. Lo traje para darle algunas lecciones acerca del no tener compasión.

-Pobre hombre -dijo la señora.

-Bueno, será mejor que nos marchemos si quere­mos hallar una mujer para él antes de que se haga muy tarde -dijo don Juan, levantándose-.

-Pero ¿usted habla en serio sobre lo del casamien­to? -preguntó la muchacha a don Juan.

-Por supuesto -respondió él-. Le voy a ayudar a conseguir lo que necesita para que pueda cruzar la fron­tera y llegar al sitio donde no hay compasión.

Pensé que, al hablar del sitio donde no hay compa­sión don Juan se refería al matrimonio o a los Estados Unidos. La metáfora me hizo reír y, por un momento, tartamudeé espantosamente. Eso casi mata a las mujeres del susto, pero hizo que don Juan riera como loco.

-Era imperativo que te declarara mi propósito -dijo don Juan, siguiendo con su explicación-. Lo hice, pero se te pasó por alto, como era de esperar.

Dijo que, desde el momento en que el espíritu se le manifestó, cada paso fue llevado a cabo con absoluta fa­cilidad. Y yo llegué al sitio donde no hay compasión cuando, bajo la presión de su transformación en un ve­jete senil, mi punto de encaje abandonó su posición ha­bitual.

-La posición habitual y la imagen de sí -continuó don Juan- obligan al punto de encaje a armar un mun­do de falsa compasión, pero de crueldad y egoísmo muy reales. En ese mundo, los únicos sentimientos verdade­ros son los que convienen a quien los tiene.

"Para el brujo, el no tener compasión no es el ser cruel. El no tener compasión es la cordura, lo opuesto a la compasión por sí mismo y la importancia personal.
LOS REQUISITOS DEL INTENTO




Compartir con tus amigos:
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   14


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad