El Conocimiento Silencioso


IX. MOVER EL PUNTO DE ENCAJE



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IX. MOVER EL PUNTO DE ENCAJE

Un par de días más tarde, don Juan y yo emprendimos un viaje a las montañas. Explicó que había decidido ir a un lugar especial, que creara un ambiente apropiado en donde explicarme algunos aspectos complejos de la maestría del estar consciente de ser. Habitualmente don Juan prefería ir a la cordillera del oeste, que además esta­ba más cerca, pero esa vez eligió las cumbres del este. Esa cordillera era mucho más alta y estaba más lejos. A mí me parecía más siniestra, oscura e imponente. No podía sin embargo determinar si esa impresión era mía o si, de algún modo, había absorbido los sentimientos de don Juan acerca de esas montañas.

Al llegar a las colinas bajas, antes de comenzar el as­censo a las empinadas cumbres, nos sentamos a descan­sar. Abrí la mochila que las mujeres videntes del grupo de don Juan me habían preparado y encontré un enorme pedazo de queso. Al verlo experimenté un momento de fastidio, como me sucede de costumbre, ya que el queso me ha encantado toda la vida, pero nunca me ha sentado bien. Y siempre he sido incapaz de rechazarlo.

Don Juan, desde el momento que se dio cuenta de mi debilidad, hizo lo imposible por aguijonearme con ella. Al principio me sentí muy avergonzado, pero mi vergüenza disminuyó al descubrir que cuando no había queso a mi alrededor no lo echaba de menos. El problema era que los bromistas del grupo de don Juan siempre me ponían un gran trozo de queso al alcance de la mano. Y yo, por supuesto, siempre terminaba por comerlo.

-Termínalo en una sola sentada -me aconsejo don Juan, con un destello de malicia en los ojos-. Así no tendrás que preocuparte más por el asunto.

Probablemente bajo la influencia de tal consejo, tuve el enorme deseo de devorar todo el trozo. Don Juan rió tanto que, una vez más, sospeché que se había puesto de acuerdo con su grupo para tenderme una trampa.

Ya más en serio, sugirió que pasáramos la noche allí, en las colinas y que tomáramos uno o dos días para llegar a las cumbres más altas. Yo estuve de acuerdo.

De una manera muy casual, don Juan me preguntó si me había acordado de algo sobre las cuatro disposi­ciones del acecho. Admití que había tratado, pero que me falló la memoria.

-¿No recuerdas que te enseñé lo que significa no tener compasión? -preguntó-. No tener compasión, lo opuesto a tenerse lástima a sí mismo.

Yo no me acordaba de nada. Don Juan pareció que­darse pensando qué decir. De pronto las comisuras de su boca se dejaron caer en un gesto de fingida impotencia. Se encogió de hombros y, levantándose, caminó apresu­radamente una corta distancia hasta la cima plana de una pequeña colina.

-Los brujos no tienen compasión -dijo, mientras nos sentábamos en el suelo rocoso-. Pero ya tú sabes todo eso. Lo hemos conversado tantas veces.

Después de un largo silencio dijo que continua­ríamos discutiendo los centros abstractos de las historias de la brujería, pero que tenía la intención de hablar cada vez menos sobre ellos, pues se acercaba el momento en que me sería dado descubrirlos yo mismo y permitir que me revelaran su significado.

-Como ya te he dicho -continué-, el cuarto cen­tro abstracto se llama "el descenso del espíritu" o "ser movido por el intento". La historia cuenta que, a fin de revelar los misterios de la brujería al hombre del que he­mos estado hablando, fue necesario que el espíritu des­cendiera. El espíritu eligió un momento en que el hom­bre estaba distraído, con la guardia baja y, sin mostrar piedad alguna, dejó que su presencia moviera, por sí misma, el punto de encaje de ese hombre a una determi­nada posición. Una posición que los brujos describen como el sitio donde uno pierde la compasión o el sitio donde no hay piedad. Puesto que el hombre de nuestra historia perdió allí la compasión, el no tener compasión se convirtió en el primer principio de la brujería.

"El primer principio nunca debe confundirse con el primer efecto del aprendizaje de brujería, que es el mo­verse desde la conciencia normal a la conciencia acrecen­tada.

-No comprendo lo que trata usted de decirme­ -me quejé.

-Lo que quiero decir es que, según todas las apa­riencias, el moverse de un estado de conciencia al otro es lo primero que le ocurre a un aprendiz de brujo -re­plicó-. Por consiguiente es natural para un aprendiz asumir que el movimiento del punto de encaje es el primer principio de la brujería. Pero no es así. El primer principio de la brujería es el no tener compasión. Pero ya hemos hablado anteriormente de esto. Sólo estoy tratan­do de hacerte acordar.

En ese momento pude sinceramente haber dicho que no tenía ni la menor idea de lo que don Juan decía, pero también pude haber dicho que tenía la extraña sen­sación de que lo sabía muy bien.

-Acuérdate de la primera vez que te hablé de no tener compasión -me instó-. Acordarse tiene que ver con el movimiento del punto de encaje.

Esperó un momento para ver si yo seguía o no su sugerencia. Como era obvio que yo no podía hacerlo, continuo con su explicación. Dijo que por misterioso que fuera el moverse a la conciencia acrecentada sólo hacía falta la presencia del espíritu para lograrlo.

Comenté que ese día o bien sus enseñanzas eran ex­tremadamente oscuras o yo estaba terriblemente denso, pues no podía seguir sus pensamientos en absoluto. Res­pondió, con mucha firmeza, que mi confusión no tenía la menor importancia y que lo único significativo era el que yo comprendiera que un mero contacto con el espíritu bastaba para facilitar el movimiento del punto de encaje.

-Ya te he dicho que el nagual es el conducto del espíritu -prosiguió-. Hay dos razones por las que el na­gual puede dejar que el espíritu se exprese a través de él. Una es porque pasa toda su vida redefiniendo impeca­blemente su vínculo de conexión con el intento, y la otra es porque tiene más energía que el hombre común y co­rriente. Por ello, lo primero que experimenta un apren­diz de brujo es un cambio en su nivel de conciencia, un cambio provocado simplemente por la presencia del na­gual. En realidad, no hay, ni se necesita ningún procedi­miento para mover el punto de encaje. El espíritu toca al aprendiz a través del nagual y su punto de encaje se mueve. Así es de simple.

Le dije que sus aseveraciones me eran muy inquie­tantes, porque contradecían lo que yo difícilmente había aprendido a través de mi experiencia personal: que la conciencia acrecentada era posible gracias a una maniobra sofisticada, aunque inexplicable, que don Juan llevaba a cabo para guiar mi percepción. A lo largo de mis años de relación con él, una y otra vez me había hecho entrar en la conciencia acrecentada golpeándome la espalda. Le hice notar su contradicción.

Alegó que lo de golpear la espalda es una genuina maniobra para manejar la percepción la primera vez que se pone en practica. De allí en adelante es solo una treta para atrapar la atención y borrar las dudas. El hecho de que el insistiera en darme palmadas lo llamó un pequeño ardid, producto de su personalidad moderada. Comentó, no del todo en broma, que yo debía estar agra­decido de que él fuera un hombre tan simple y tan poco dado a lo bizarro. De lo contrario, para que se pudiera borrar cualquier duda de mi mente y el espíritu pudiera mover mi punto de encaje, yo habría tenido que vérme­las con ritos macabros.

-Lo que se necesita para que la magia pueda apode­rarse de nosotros es borrar nuestras dudas -dijo-. Una vez que las dudas desaparecen, todo es posible.

Me hizo recordar un acontecimiento que yo había presenciado algunos meses antes, en la ciudad de México, el cual me había resultado incomprensible hasta que él me lo explicó, utilizando el paradigma de los brujos.
Lo que yo había presenciado fue una operación quirúrgica llevada a cabo por una famosa curandera psíquica. Su paciente fue un amigo mío y, para operarlo, la curandera entró en un trance muy dramático.

Pude observar que, utilizando un cuchillo de cocina, abrió la cavidad abdominal del paciente en la región um­bilical, separó el hígado enfermo, lo lavó en un balde de alcohol, volvió a ponerlo en su sitio y cerró la abertura, que no tenía ni gota de sangre, con la mera presión de sus manos.

Varias personas, que estuvieron presentes en la ha­bitación en penumbra, presenciaron la operación. Algu­nos parecían haber sido invitados como yo, los otros, parecían ser los ayudantes de la curandera.

Después de la operación hablé brevemente con tres de los invitados. Todos estaban de acuerdo en que habían presenciado lo mismo que yo. Cuando hablé con mi ami­go, el paciente, me contó que él sólo había sentido un dolor constante, pero no fuerte, en el estómago y una sensación de ardor en el lado derecho.

Le había relatado todo esto a don Juan y hasta me atreví a dar una explicación cínica. Dije que, en mi opi­nión, la penumbra del cuarto se prestaba perfectamente para la prestidigitación, y que eso podría explicar el hecho de que vi los órganos internos fuera de la cavidad ab­dominal, enjuagados en el balde de alcohol. Por otro lado, el impacto emocional causado por el dramático trance de la curandera, que también me pareció un truco, ayudó a crear entre los presentes una atmósfera de fe casi religiosa.

De inmediato don Juan señaló que esto era una opi­nión cínica en vez de una explicación cínica, pues no ex­plicaba el hecho de que mi amigo se hubiera recuperado de su enfermedad. Don Juan propuso entonces una ex­plicación basada en el conocimiento de los brujos. Dijo que todo el acontecimiento se basaba en el hecho, incom­prensible para la razón, de que la curandera fuese capaz de mover el punto de encaje del exacto número de perso­nas en el cuarto. El único truco, si así se le podía llamar, era que el número de personas no excediera el que ella podía manejar.

Su dramático trance y el histrionismo consiguiente eran, según don Juan, o bien artificios conscientemente usados para atrapar la atención de los presentes o manio­bras dictadas por el espíritu mismo, para ser usadas cons­cientemente. Como fuese, constituían el medio más apropiado para que la curandera pudiera fomentar la unidad de pensamiento necesaria para borrar dudas en los presentes, y así forzarlos a entrar en la conciencia acrecentada.

Abrir el cuerpo con un cuchillo de cocina y extraer los órganos internos no fue prestidigitación, afirmó don Juan. Fue algo auténtico y real. Pero, en vista de que ocurrió en la conciencia acrecentada, estaba fuera del cri­terio cotidiano.

Yo le había preguntado a don Juan cómo era posible que la curandera moviera los puntos de encaje de esas personas sin tocarlas. Su respuesta fue que el poder de la curandera, ya fuera un don o un estupendo logro, era servir de conducto al espíritu. Era el espíritu y no la cu­randera, dijo, el que había movido esos puntos de en­caje.
-Cuando tú me contaste la historia de la curande­ra, -dijo don Juan-, te expliqué, aunque tú no com­prendiste ni una sola palabra, que el arte y el poder de esa mujer consistían en borrar las dudas de los presentes. Al hacer eso, ella podía permitir que el espíritu moviera sus puntos de encaje. Una vez que esos puntos estaban en una nueva posición, todo era posible. Habían entrado en el reino donde los milagros son cosas de todos los días.

Aseguró que la curandera debía de ser también bru­ja. Dijo que si yo hacía un esfuerzo por recordar la opera­ción, vería que ella había mostrado no tener compasión con los presentes, especialmente con el enfermo.

Le repetí lo que me acordaba de la sesión. Tanto el timbre como el tono de la voz, seca y femenina de la cu­randera, cambiaron dramáticamente cuando entró en trance. Su voz se volvió ronca y profunda, como la de un hombre. Fue esa voz la que anunció que el espíritu de un guerrero de la antigüedad precolombina se había posesionado del cuerpo de la curandera. Una vez que el anuncio fue hecho, la actitud de la mujer cambió dramáticamente. Estaba poseída. Absolutamente segura de sí misma procedió a operar con total certidumbre y firmeza.

-En vez de decir que tenía certidumbre y firmeza -comentó don Juan-, yo preferiría decir que esa curan­dera, a fin de crear un ambiente adecuado para la inter­vención del espíritu, no tuvo compasión.

Aseveró que sucesos difíciles de explicar, como esa operación, eran en realidad muy simples. Lo que los tor­naba difíciles era nuestra insistencia en analizarlos con pensamientos cotidianos. Si no pensábamos, todo resul­taba claro.

-¿Si no pensamos? Pero eso, es absurdo, don Juan -dije, con toda sinceridad.

Le recordé que él mismo exigía que todos sus apren­dices pensaran en serio; hasta criticaba a su propio maes­tro por su flaqueza de pensamiento.

-Por supuesto que insisto en que todos cuantos me rodean piensen con claridad -dijo-. Pero también ex­plico, a quien me quiera escuchar, que el único modo de pensar con claridad es no pensar en absoluto. Yo creía que tú comprendías esa contradicción de la brujería.

Casi a gritos lo acusé de hablar en acertijos. Riendo a carcajadas, se burló de lo que él llamó "mi compulsiva necesidad de defenderme." Luego explicó que, para los brujos, había dos maneras de pensar. Una era la manera normal y cotidiana, regida por la posición usual del pun­to de encaje; una manera que dejaba todo en una gran os­curidad y producía pensamientos poco claros que no servían para mucho. La otra era una manera de pensa­mientos precisos, funcional y económica que dejaba muy pocas cosas sin explicar. Don Juan comentó que para que cesara la manera normal de pensar era indispensable mover el punto de encaje. O era indispensable hacer ce­sar la manera normal de pensar para así permitir que el punto de encaje se moviera. Aseguró que si uno encara­ba sin pensamientos esta aparente contradicción, no era contradicción en absoluto.

-Quiero que te acuerdes de algo que hiciste en el pasado -dijo-. Debes acordarte de un movimiento es­pecial de tu punto de encaje. Para acordarte, como yo quiero que lo hagas, tienes que dejar de pensar pensa­mientos normales. Entonces predominará la otra mane­ra de pensar, la que produce pensamientos claros y ellos harán que te acuerdes.

-¿Y cómo dejo de pensar? -pregunté, aunque bien sabía lo que me iba a responder.

-Intentando el movimiento de tu punto de encaje -dijo-. Al intento se lo llama con los ojos.

Le dije a don Juan que mi mente estaba en un vai­vén, fluctuando entre momentos de extremada lucidez, en que todo parecía cristalino, y lapsos de profunda fatiga mental en los que yo no llegaba a entender lo que él decía. Trató de tranquilizarme, explicando que mi inesta­bilidad se debía a una ligera fluctuación de mi punto de encaje, el cual aún no se hallaba fijo en su nueva posi­ción, alcanzada algunos años antes. La fluctuación era re­sultado del residuo de compasión por mí mismo que to­davía existía en mí.

-¿Qué nueva posición es ésa, don Juan? -pre­gunté.

-Hace años, y esto es lo que quiero hacerte recor­dar, tu punto de encaje llegó al sitio donde no hay com­pasión -respondió.

-¿El sitio donde no hay compasión? ¿Qué cosa es eso? -pregunté.

-Es el mero centro del no tener compasión. Pero tú ya sabes todo esto. Por el momento, hasta que te acuerdes, digamos solamente que el no tener compasión, siendo una posición específica del punto de encaje, se manifiesta en los ojos de los brujos. Es como una nube brillante y trémula que cubre el ojo. Los ojos de los bru­jos son brillantes. Cuanto mayor es el brillo, más intenso es su sentido de no tener compasión. Por ejemplo, en este momento tus ojos están opacos.

Explicó que, cuando el punto de encaje se mueve al sitio donde no existe la compasión, los ojos comienzan a brillar. Mientras mas firme es la fijeza del punto de en­caje en su nueva posición, mas brillan los ojos.

-Trata de acordarte de todo lo que ya sabes al respecto -me insistió.

Guardó silencio por un momento. Después habló sin mirarme.

-Para los brujos, acordarse no es lo mismo que recordar -continuó-. Recordar es cuestión del pensa­miento cotidiano, cuestión de la posición habitual del punto de encaje. Acordarse, en cambio, depende del movimiento del punto de encaje. La recapitulación de sus vidas, que hacen todos los brujos, es la clave para mover el punto de encaje. Los brujos inician la recapitu­lación pensando, recordando los actos más importantes de sus vidas. De simplemente pensar en ellos pasan a verdaderamente estar en los eventos mismos, pasan a re­vivirlos. Cuando logran eso, revivir los eventos mis­mos, han movido, en efecto, el punto de encaje al sitio preciso en el que estaba cuando ocurrió el evento que están reviviendo. Revivir totalmente un acontecimiento pasado, mediante el movimiento del punto de encaje, es lo que los brujos llaman acordarse.

Me miró fijamente por un momento, como tratan­do de asegurarse de que yo lo escuchara.

-Nuestros puntos de encaje están en constante movimiento -explicó-. Son movimientos impercepti­bles. Ahora, si queremos un movimiento considerable debemos poner en juego el intento. Como no hay modo de saber qué es el intento, los brujos dejan que sus ojos lo llamen.

-Esto si que es realmente incomprensible -pro­testé.

Don Juan puso las manos en la nuca y se acostó en el suelo. Yo hice lo mismo. Permanecimos quietos por largo tiempo, mientras el viento impulsaba rápidamente las nubes. Ese movimiento de nubes al deslizarse en el cielo estuvo a punto de marearme. El mareo de repente se convirtió en una sensación de angustia muy familiar para mí.

Siempre que estaba con don Juan, sentía, sobre todo en momentos de quietud y silencio, una abrumadora sensación de desconsuelo, unas ansias de algo que no hubiera podido describir porque no sabía lo que era. Cuando estaba solo, o con otras personas, nunca fui víctima de esa sensación. Don Juan me había explicado que lo que yo sentía e interpretaba como ansias era un movimiento súbito de mi punto de encaje.

Cuando don Juan comenzó a hablar, el sonido de su voz me sobresaltó y me hizo incorporar.

-Debes acordarte de la primera vez que te brillaron los ojos -dijo-, porque esa fue la primera vez que tu punto de encaje llegó al sitio donde no hay compasión. Te poseyó entonces el no tener compasión, lo cual es, como ya te dije, lo que hace brillar los ojos de los brujos, y ese brillo es lo que llama al intento. Cada sitio al que se mueve el punto de encaje esta representado por un bri­llo específico en los ojos. Puesto que los ojos tienen memoria propia, pueden acordarse de cualquier sitio a donde se movió el punto de encaje acordándose del bri­llo específico asociado con ese sitio.

Explicó que la razón por la que los brujos dan tanta importancia al brillo de sus ojos y a su mirada es porque los ojos están directamente vinculados al intento. Agregó que por contradictorio que parezca, la verdad es que los ojos sólo están superficialmente conectados con el mundo cotidiano. Su conexión más profunda es con lo abstracto.

Le dije a don Juan que yo no concebía que mis ojos pudieran almacenar ese tipo de memoria. Don Juan con­testó que las posibilidades del hombre son tan vastas y misteriosas que los brujos, en vez de pensar en ellas, pre­fieren explorarlas, sin esperanzas de entenderlas jamás.

Pregunte si los ojos de un hombre común y co­rriente también están afectados por el intento.

-¡Por supuesto! -exclamó-. Tú sabes todo esto. Pero lo sabes en un nivel tan profundo que es conocimiento silencioso. No tienes suficiente energía para explicarlo, ni siquiera a ti mismo.

"El hombre común y corriente sabe lo mismo acerca de sus ojos, pero tiene aún menos energía que tú. La única ventaja que quizá tengan los brujos sobre los hombres comunes y corrientes es que han ahorrado su energía, y eso significa un vínculo de conexión con el in­tento más claro y preciso. Naturalmente, eso también sig­nifica el poder acordarse a voluntad, usando el brillo de los ojos para mover el punto de encaje.

Don Juan dejó de hablar y me clavó la mirada. Sentí con claridad que sus ojos guiaban, empujaban y tiraban de algo indefinido dentro de mí. No podía zafarme de su mirada. Su concentración era tan intensa que hasta me provocó una sensación física; me sentí como si estuviera dentro de un horno. Y muy repentinamente me encon­tré mirando hacia dentro de mí. Era una sensación muy parecida a la de dejarse llevar por una distraída fantasía mental, pero con una diferencia muy extraña: yo tenía una intensa conciencia de mí mismo y una falta total de pensamientos. Supremamente consciente de mí mismo, yo miraba hacia la nada que existía dentro de mí.

Con un esfuerzo gigantesco, me arranqué de esa nada y me puse de pie.

-¿Qué me está usted haciendo, don Juan? -pre­gunté alarmado.

-A veces eres absolutamente insoportable -res­pondió-. Me enfurece el modo cómo desperdicias tu energía. Tu punto de encaje estaba justo en el sitio más ventajoso para hacerte acordar de lo que quisieras ¿y qué es lo que haces? Lo desperdicias para preguntarme qué te estoy haciendo.

Me senté. Estaba realmente avergonzado. Don Juan sonrió.

-Pero el ser cargoso y a veces inaguantable es tu mayor ventaja -agregó-. ¿Porqué habría yo de quejarme?

Los dos estallamos en una fuerte carcajada. Era un chiste entre él y yo.


Años atrás, yo me había sentido profundamente conmovido y al mismo tiempo muy confuso por la tremenda dedicación que don Juan ponía en ayudarme. No lograba imaginar por qué me demostraba tanta bondad, Era evidente que yo no le hacía falta en absoluto; por lo tanto, no lo hacía por interés. Pero yo había aprendido, a través de las duras experiencias de la vida, que nada es gratis y, al no poder imaginar qué recompensa esperaba don Juan, me sentía muy intranquilo.

Un día le pregunté, sin más ni más y en tono, muy cínico, qué sacaba él de nuestra asociación. Dije que no había podido adivinarlo.

-Nada que tú puedas comprender -respondió.

Su respuesta me enojó. Le dije, belicoso, que yo no era estúpido y que por lo menos él podía hacer el esfuer­zo de explicármelo.

-Bueno, déjame decirte tan sólo que, aunque podrías comprenderlo, lo seguro es que no te va a gustar -replicó, con esa sonrisa que siempre tenía cuando me estaba tendiendo una trampa-. Verás, la verdad es que quiero ahorrarte eso.

Mordí el anzuelo. Insistí en que me lo dijera.

-¿Estás seguro de que quieres saber la verdad? -me preguntó, a sabiendas que yo jamás diría que no.

-Por supuesto que quiero saber qué es lo que usted se trae -contesté, en tono cortante.

Se echó a reír como si se tratara de un chiste; cuanto más reía, mayor era mi enfado.

-No le veo nada de divertido a todo esto -dije.

-A veces, es mejor no entrometerse con la verdad -dijo-. La verdad, en este caso, es como un bloque de piedra al pie de un gran montón de cosas; digamos una piedra angular. Si la sacamos, tal vez no nos gusten los resultados. A lo mejor, el gran montón de cosas se viene abajo. Yo prefiero evitar eso.

Volvió a reír. Sus ojos, brillando de picardía, pa­recían invitarme a seguir con el tema. Y yo insistí en sa­ber. Traté de mostrarme sereno, pero persistente.

-Bueno, si eso es lo que quieres -dijo, con el aire de quien se ha dejado persuadir-. Primeramente, me gustaría decir que todo cuanto hago por ti es gratis. No tienes que pagar nada. Como tú bien lo sabes, he sido im­pecable contigo. Y mi impecabilidad contigo no es una inversión. No lo hago por interés. No te estoy preparan­do para que me cuides cuando esté demasiado viejo para cuidarme solo. Pero sí saco de nuestra relación algo de incalculable valor: una especie de recompensa por tratar impecablemente con esa piedra angular que he mencio­nado. Y lo que saco es justamente lo que quizá tú no vas a comprender o no te va a gustar.

Paró de hablar y me miró con fijeza, jugando con el malévolo destello de sus ojos.

-¡Dígamelo de una vez, don Juan! -exclamé, irri­tado por sus tácticas dilatorias.

-Quiero que tengas bien en cuenta que te lo digo debido a tu insistencia -dijo sonriendo.

Volvió a hacer otra larga pausa. Para entonces yo es­taba echando humo.

-Si me juzgas por mi modo de ser contigo -con­tinuó-, tendrás que admitir que he sido un dechado de paciencia y consistencia. Pero lo que tú no sabes es que, para lograr eso, he tenido que luchar como nunca he luchado en mi vida. A fin de estar contigo, he tenido que transformarme diariamente, conteniéndome a base de penosísimos esfuerzos.

Don Juan tuvo razón. No me gustó lo que decía. No quise quedar mal y traté de bromear.

-¿A poco va a usted a decir que soy inaguantable? -dije y mi voz me sonó asombrosamente forzada.

-Claro que eres inaguantable -dijo él, con expre­sión seria-. Eres mezquino, caprichoso, porfiado, domi­nante y vanidoso. Eres malgeniado, tedioso y desagrade­cido; tienes una inagotable capacidad para los vicios. Y lo peor: tienes una idea muy exaltada de ti mismo, sin nada con qué respaldarla. Podría decir, con toda sinceridad, que tu sola presencia me da ganas de vomitar.

Quise enojarme. Quise protestar, quejarme de que él no tenía derecho a hablarme de ese modo. Pero no pude pronunciar una sola palabra. Estaba destrozado. Me sentí aturdido.

Mi expresión debió ser muy notable, pues don Juan estalló en tal carcajada que pareció estar a punto de aho­garse.

-Te advertí que ni te iba a gustar ni lo ibas a en­tender -dijo-. Las razones del guerrero son muy sim­ples, pero de extremada finura. Rara vez tiene el guerre­ro la oportunidad de ser genuinamente impecable pese a sus sentimientos básicos. Tú me has dado tal inigualable oportunidad. El acto de dar, libre e impecablemente, me rejuvenece, renueva en mí la idea de lo maravilloso. Lo que obtengo de nuestra relación es en verdad algo de tan incalculable valor para mí que estoy irremediablemente endeudado contigo.

Sus ojos brillaban sin picardía.
Don Juan empezó a explicar lo que había hecho.

-Soy el nagual; moví tu punto de encaje con el brillo de mis ojos -dijo, como si no tuviera importan­cia-. Los ojos de todos los seres vivientes pueden mo­ver el punto de encaje, sobre todo si están enfocados en el intento. Bajo condiciones normales la gente enfoca los ojos en el mundo, en busca de comida, de refugio, de protección.

Me tocó el hombro.

-O en busca de amor -agregó, prorrumpiendo en una fuerte carcajada.

Don Juan se burlaba constantemente de mi "bús­queda de amor". Nunca olvidó una respuesta ingenua que le di cierta vez al preguntarme él qué buscaba yo en la vida. Un momento antes, me había estado guiando hacia la admisión de que yo no tenía metas claras en mi vida. Bramó de risa al oírme decir que yo buscaba amor.

-Un buen cazador hipnotiza a su presa con los ojos -prosiguió-. Es una extraña paradoja, la del cazador. El cazador mueve con la mirada el punto de encaje de su presa, y sin embargo, sus ojos están enfocados en el mun­do, en busca de comida.

Le pregunté si los brujos podían hipnotizar a la gente con la mirada. Riendo entre dientes, dijo que en realidad lo que yo quería saber era otra cosa: si podía hip­notizar a las mujeres con mi mirada, pese a que mis ojos no estaban enfocados en el intento, sino en el mundo, en busca de amor.

-Lo que te interesa es la paradoja del cazador -dijo entre carcajadas.

Pero luego agregó, en serio, que la válvula de seguri­dad de los brujos consistía en que, cuando llegaban a en­focar sus ojos en el intento, ya no les interesaba hipnoti­zar a nadie.

-Pero, para mover con el brillo de sus ojos el punto de encaje propio o uno ajeno -continuó- los brujos tienen que ser despiadados. Es decir, deben estar familia­rizados con el sitio donde no hay compasión. Esto es en especial cierto para los naguales.

Dijo que cada nagual desarrolla una forma es­pecífica de no tener compasión. Tomó mi caso como ejemplo y dijo que, debido a mi configuración natural, los videntes me veían como una esfera de luminosidad, no compuesta de cuatro bolas comprimidas en una sola, la estructura habitual de los naguales, sino como una es­fera compuesta de sólo tres bolas comprimidas. Esa confi­guración me hacía ocultar automáticamente mi falta de compasión tras la máscara de un hombre que se entrega fácilmente a todo.

-Los naguales son muy engañosos -continuó-. Siempre dan la impresión de ser lo que no son, y lo ha­cen tan bien que todo el mundo les cree, hasta los que mejor los conocen.

-Realmente no comprendo por qué dice usted que soy engañoso, don Juan -protesté.

-Te presentas como un hombre que se da a todo -dijo-. Das la impresión de ser generoso, de tener gran compasión. Y todo el mundo está convencido de tu au­tenticidad. Hasta jurarían que eres así.

-¡Pero así es como soy! -exclamé con absoluta sin­ceridad.

Don Juan se dobló en dos de risa.

El rumbo que estaba tomando la conversación era desastroso y quise poner las cosas en claro. Aseguré, con vehemencia que yo era sincero en todo cuanto hacía. Lo desafié a que me diera un ejemplo de lo contrario y él me dio uno. Dijo que yo, compulsivamente, trataba a la gente con una generosidad injustificada, dando una falsa imagen de mi desenvoltura y franqueza. Yo argumenté que esa franqueza era mi modo de ser, pero él me replico con una pregunta: ¿por qué exigía yo siempre a la gente con quien trataba, sin decirlo abiertamente, que se dieran cuenta de que yo los engañaba? Le respondí que él estaba errado y el, riéndose como lo hacía cada vez que me acorralaba, señaló el hecho de que, cuando no capta­ban mi juego y daban por auténtica mi supuesta franque­za me volvía contra ellos con la misma fría falta de com­pasión que trataba de ocultar.

Sus comentarios me causaron una gran inquietud, pues no podía refutarlos. Guardé silencio. No quería mostrarme ofendido, pero mientras me preguntaba a mi mismo que podía decir, él se levantó y echó a andar, alejándose. Lo detuve, sujetándolo por la manga. Fue por mi parte un movimiento espontáneo, que me sorpren­dió. Don Juan volvió a sentarse con expresión asombra­da.

-No quiero ser grosero -dije-, pero necesito sa­ber más de esto. Me molesta inmensamente lo que usted me acaba de decir.

-Haz que tu punto de encaje se mueva -me instó-. Muchísimas veces hemos hablado de las máscaras de los naguales y del no tener compasión. ¡Acuérdate! Y todo te será claro.

Me miraba con franca expectativa. Debió de haber notado que yo no podía acordarme de nada, pues conti­nuó hablando sobre las diferentes maneras en que los na­guales escondían su falta de compasión. Dijo que su pro­pio método consistía en someter a la gente a una ráfaga de coerción oculta bajo una supuesta capa de compren­sión y razonabilidad.

-¿Y las explicaciones que usted me da? -ob­servé- ¿No son acaso resultado de una auténtica razo­nabilidad y del deseo de ayudarme a comprender?

-No -respondió-. Son el resultado de no tener compasión.

Argüí, apasionadamente, que mi propio deseo de comprender era auténtico. El me dio unas palmaditas en el hombro, y afirmó que mi deseo de comprender era auténtico, pero no mi generosidad. Dijo que los naguales ocultan automáticamente el no tener compasión, aun contra su voluntad.

En tanto que escuchaba su explicación, tuve la peculiar sensación, en lo recóndito de mi mente, que en algún momento habíamos discutido en todo detalle el concepto de no tener compasión.

-Yo no soy hombre racional -prosiguió, mi­rándome a los ojos-. Sólo aparento serlo debido a que mi máscara es así de efectiva. Lo que a ti te parece razona­bilidad es simplemente mi indiferencia a mi propia per­sona. El no tener compasión no es otra cosa que la total falta de compasión por uno mismo.

"En tu caso, como disimulas con falsa generosidad el no tener compasión, pareces tranquilo y franco. Pero en realidad, eres tan generoso como yo soy razonable. Ambos somos un fraude. Hemos perfeccionado el arte de ocultar el hecho de que no sintamos compasión.

Dijo que su benefactor lo ocultaba tras la fachada de un bromista despreocupado, cuya irreprensible necesidad era jugarle pasadas a cuantos se le acercaban.

-La mascara de mi benefactor era la de un hombre feliz y apacible, a quien nada en el mundo lo afligía o lo preocupaba -continuó don Juan-. Pero bajo esa máscara él era, como cualquier otro nagual, más frió que el viento del ártico.

Usted no es frío, don Juan -dije, con sinceridad.

-Claro que sí -insistió-. Es lo efectivo de mi máscara lo que te da la impresión de que no lo soy.

Pasó a explicar que la máscara del nagual Elías con­sistía en una desquiciante minuciosidad y exactitud, en lo referente a los detalles, con lo que creaba una falsa im­presión de atención y meticulosidad.

Sin dejar de mirarme mientras me hablaba, empezó a describir la conducta del nagual Elías. Y tal vez porque me observaba con tanta atención, no pude concentrarme en absoluto en lo que me estaba diciendo. Hice un esfuer­zo supremo por ordenar mis pensamientos.

Me estudio por un instante; luego siguió explicando lo qué era el no tener compasión, pero yo le dije que su explicación ya no me hacía falta. Me había acordado. No mucho después de haber iniciado mi aprendizaje logré, por mis propios medios, un cambio en mi nivel de con­ciencia. Mi punto de encaje llegó entonces a la posición llamada el sitio donde no hay compasión.






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