El Conocimiento Silencioso



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EL DESCENSO DEL ESPÍRITU
VII. VER AL ESPÍRITU
Después de terminar el almuerzo, mientras aún estábamos sentados a la mesa, don Juan anunció que los dos pasaríamos la noche en la cueva de los brujos y que debíamos ponernos en camino. Dijo que era imperativo que yo volviera a sentarme allí, en total oscuridad, para permitir que la formación rocosa y el intento de los anti­guos brujos movieran mi punto de encaje.

Yo iba a levantarme de la silla, pero él me detuvo y dijo que primero deseaba explicarme algo. Se desperezó y puso los pies en el asiento de una silla, luego se reclinó en una posición más cómoda.

-A medida que te veo más detalladamente -di­jo-, me doy cuenta de lo parecido que eres a mi benefac­tor.

Sus palabras no me cayeron nada bien. No le permití continuar. Le dije que no podía imaginar cuál era el pare­cido, pero si existía, lo cual era una posibilidad que no me resultaba nada tranquilizadora, le agradecería que me lo indicara, para así, darme la oportunidad de corre­girme.

Don Juan rió hasta que le corrieron las lágrimas por las mejillas.

-Uno de los parecidos es que, cuando actúas, actúas muy bien -indicó-, pero cuando piensas siempre te tra­bas. Así era mi benefactor. No pensaba muy bien.

Estaba a punto de defenderme, de decirle que yo sí pensaba muy bien, cuando noté un destello en sus ojos. Me interrumpí en seco. Don Juan, al notar mi cambio de actitud, rió con una nota de sorpresa. Parecía haber esta­do esperando la reacción opuesta.

-Lo que quiero decir es que, por ejemplo, a ti sólo te cuesta comprender el espíritu cuando piensas -pro­siguió, con una sonrisa burlona-. Cuando actúas, en cambio, el espíritu se te revela con facilidad. Así era mi benefactor.

"Antes de que salgamos para la cueva voy a contarte la historia de mi benefactor y el cuarto centro abstracto: el descenso del espíritu.

Los brujos creen que, hasta el momento mismo en que desciende el espíritu, cualquier brujo puede dejar la brujería, puede alejarse del espíritu, pero ya no después.

Don Juan me instó, con un movimiento de cejas, a reflexionar sobre lo que me estaba diciendo.

-El cuarto centro abstracto es el golpe brutal del descenso del espíritu -prosiguió-. El cuarto centro abs­tracto es un acto de revelación. El espíritu se nos revela. Los brujos dicen que el espíritu nos espera emboscado y luego desciende sobre nosotros, su presa. Dicen los bru­jos que ese descenso casi siempre viene velado. Sucede, pero parece no haber sucedido en absoluto.

Me puse muy nervioso. El tono de voz de don Juan me daba la sensación de que se estaba preparando para soltarme algo inusitado en cualquier momento.

Me preguntó si recordaba el momento en que el espíritu había descendido sobre mí, sellando mi alianza permanente con lo abstracto.

Yo no tenía la menor idea de lo que estaba diciendo.

-Existe un umbral que, una vez franqueado, no permite retiradas -dijo-. Normalmente, desde el momento en que el espíritu toca la puerta, pasan años antes de que el aprendiz llegue a ese umbral. Sin embargo, en algunas ocasiones se logra llegar a él casi de inmediato. El caso de mi benefactor es un buen ejemplo.

Don Juan dijo que todos los brujos tenían la obliga­ción de recordar muy claramente cuándo y cómo habían cruzado ese umbral, a fin de fijar en sus mentes el nuevo estado de su potencial perceptivo. Explicó que cruzar ese umbral significa entrar a un nuevo mundo, y que no es esencial el ser aprendiz de brujo para llegar a ese umbral; la única diferencia entre el hombre común y corriente y el brujo, en esos casos, es lo que cada uno pone en re­lieve. El brujo recalca el cruce del umbral y usa ese re­cuerdo como punto de referencia. El hombre común y corriente recalca el hecho de que se refrena de cruzarlo y de que hace lo posible por olvidarse de haber llegado a él.

Le comenté que yo no estaba totalmente de acuerdo, pues no podía aceptar que hubiera un solo umbral que cruzar para entrar en un nuevo mundo de la percepción.

Don Juan elevó los ojos al cielo, y sacudió la cabeza en un fingido gesto de resignación. Yo continué con mi discusión, no tanto para contradecirle, sino para enten­der mejor las cosas, pero rápidamente perdí el ímpetu. De pronto tuve la sensación de estar deslizándome por un túnel.

-Dicen los brujos que el cuarto centro abstracto nos acontece cuando el espíritu corta las cadenas que nos atan a nuestro reflejo -continuó-. Cortar nuestras cadenas es algo maravilloso, pero también algo muy fastidioso porque nadie quiere ser libre.

La sensación de deslizarme por un túnel se pro­longó un momento más y luego todo quedó en claro. Me eché a reír. Extrañas intuiciones acumuladas dentro de mí estaban estallando en carcajadas,

Don Juan parecía leerme la mente como si fuera un libro abierto.

-Qué sensación más extraña, ¿no?: el darse cuenta de que todo cuanto pensamos, todo cuanto decimos, depende de la posición del punto de encaje -comentó.

Y eso era, exactamente, lo que yo había estado pensando y lo que provocaba mi risa.

-Sé que en este, momento tu punto de encaje se ha movido -prosiguió- y que has comprendido el secreto de nuestras cadenas. Has comprendido que nos aprisionan; que nos mantienen amarrados a ese reflejo nuestro a fin de defendernos de los ataques de lo des­conocido.

Yo estaba en uno de esos extraordinarios momentos en los cuales todo lo relativo al mundo de los brujos me era claro como el cristal. Lo comprendía todo.

-Una vez que nuestras cadenas están rotas -con­tinuó don Juan-, ya no estamos atados a las preocupa­ciones del mundo cotidiano. Aún estamos en el mundo diario, pero ya no pertenecemos a él. Para pertenecer a él debemos compartir las preocupaciones y los intereses de la gente, y sin cadenas no podemos.

Don Juan dijo que el nagual Elías le había explicado que la característica de la gente normal es que comparti­mos una daga metafórica: la preocupación con nuestro reflejo. Con esa daga nos cortamos y sangramos. La tarea de las cadenas de nuestro reflejo es darnos la idea de que todos sangramos juntos, de que compartimos algo mara­villoso: nuestra humanidad. Pero si examináramos lo que nos pasa, descubriríamos que estamos sangrando a solas, que no compartimos nada, y que todo lo que hace­mos es jugar con una obra del hombre: nuestro predeci­ble reflejo.

-Los brujos ya no son parte del mundo diario -si­guió don Juan- simplemente porque ya no son presa de su reflejo.

Don Juan comenzó luego a contarme la historia de su benefactor y el descenso del espíritu. Dijo que el descenso aconteció justo después de que el espíritu tocó la puerta del joven actor.

Lo interrumpí para preguntarle por que utilizaba los términos "el joven" o "el actor" para referirse al nagual Julián.

-Porque en aquel entonces él no era nagual -res­pondió-. Era un actor joven. En mi historia no puedo llamarlo Julián, porque para mí él fue siempre el nagual Julián. Como señal de respeto, por toda una vida de im­pecabilidad, siempre añadimos el título de nagual al nombre del nagual.

Don Juan prosiguió con su historia. Dijo que des­pués que el nagual Elías había detenido la muerte del joven actor haciéndolo pasar a un estado de conciencia acrecentada, tras horas de lucha, el joven recobró el senti­do. El nagual Elías se presentó entonces a él, sin men­cionar su nombre, simplemente como un curandero pro­fesional. Le dijo que ese día él había tropezado, sin esperarlo, con una tragedia en la cual dos personas habían estado a punto de morir. Señaló a la chica tendida en el suelo. El joven quedó atónito al verla inconsciente junto a él. Recordaba haberla visto en el momento en que ella salía, corriendo. Le sorprendió mucho oír la ex­plicación del viejo curandero: que sin duda alguna, Dios la había castigado por sus pecados fulminándola con un rayo y haciéndole perder la razón.

-Pero ¿cómo pudo haber rayos si ni llovía? -pre­guntó el joven actor, en voz apenas audible.

La respuesta del viejo, que uno no puede dudar las obras de Dios, lo dejó visiblemente afectado.

Una vez más interrumpí a don Juan. Quería saber si en verdad la muchacha había perdido la razón. El me recordó que el nagual Elías le había dado un tremendo golpe en el punto de encaje. Dijo que no había perdido la razón, pero que, como resultado del golpe, entraba y salía de la conciencia acrecentada, creando así una seria amenaza a su salud. Después de un gigantesco esfuerzo, em­pero, el nagual Elías la ayudó a estabilizar su punto de encaje en una posición completamente nueva y así ella entró permanentemente en la conciencia acrecentada.

Don Juan comentó que las mujeres son capaces de semejante proeza: pueden sostener indefinidamente una nueva posición del punto de encaje. Y Talía era iniguala­ble en ello. En cuanto se rompieron sus cadenas, com­prendió todo, y de inmediato cumplió con los designios del nagual.

Don Juan, volviendo a su historia, dijo que el na­gual Elías, que no sólo era estupendo como ensoñador, sino también como acechador, había visto que el joven actor, quien demostraba una insensibilidad única, y apa­rentaba ser un engreído y un vanidoso de primera, era en realidad lo opuesto. El nagual concluyó que, si lo aguijoneaba con la idea de Dios y el pecado mortal y el castigo eterno, sus creencias religiosas derribarían esa actitud cínica.

Ciertamente, al oír decir al nagual cómo Dios había castigado a Talía, la fachada del actor comenzó a derrum­barse. Iba a expresar su remordimiento, pero el nagual lo detuvo en seco y, enérgicamente, le recalcó que cuando la muerte estaba tan cerca, los remordimientos tenían muy poca importancia.

El joven actor escuchó con atención. Sin embargo, aunque se sentía muy enfermo, no creía estar en peligro de muerte. Consideraba que su debilidad y su fatiga se debían a la pérdida de sangre.

Cómo si le leyera la mente, el nagual le aseguró que esos pensamientos optimistas estaban fuera de lugar, que la hemorragia podría haberle sido fatal de no ser por el tapón que él, como curandero, le había creado.

-Cuando te golpeé en la espalda te puse un tapón para evitar que se vaciara tu fuerza vital -le dijo al es­céptico joven-. Sin ese freno, el inevitable proceso de tu muerte continuaría sin parar. Si no me crees, te lo de­mostraré quitando el tapón con otro golpe.

Diciendo esto, el nagual Elías golpeó al joven actor en el costado derecho, junto a las costillas. Un momento después el muchacho se contorsionaba con una tos in­controlable. La sangre le brotaba a bocanadas de la gargan­ta. Otro golpe en la espalda alivió el insoportable dolor que el joven sentía, pero no alivió su miedo. El joven se desmayó.

-Por el momento puedo controlar tu muerte -el nagual le explicó cuando el actor hubo recobrado el senti­do-. Por cuanto tiempo puedo controlarla es algo que de­pende de ti, de la fidelidad con que hagas cuanto yo te or­dene.

El nagual dijo que el primer requisito era guardar un absoluto silencio e inmovilidad. Si no quería que se le saliera el tapón, tendría que comportarse como si hu­biera perdido completamente la facultad del movimien­to y la del habla. Una sola torsión, o un solo suspiro bas­tarían para reanimar su muerte.

El joven actor, que no estaba habituado a consentir que nadie le sugiriera o le exigiera nada, sintió un arreba­to de furia. Al instante en que iba a expresar su enojo, el dolor y las convulsiones se renovaron.

-Si te controlas yo te curaré -prometió el na­gual-. Si actúas como el imbécil que eres, podrido por dentro, morirás.

El orgulloso jovenzuelo se quedó pasmado por ese insulto. Nadie lo había tratado nunca de imbécil o de po­drido. Quiso expresar su indignación, pero su dolor era tan fuerte que no pudo reaccionar.

-Si quieres que alivie tu dolor tendrás que obede­cerme ciegamente -dijo el nagual, con espantosa frial­dad-. Respóndeme con una señal de cabeza. Pero sábelo, de una vez por todas, si cambias de idea y actúas como el desvergonzado, retardado mental que eres, te quitaré inmediatamente el tapón y te dejaré morir.

Con sus últimas fuerzas, el actor asintió con un movimiento de cabeza. El nagual le dio una palmada en la espalda y el dolor desapareció. Pero, junto con el quemante dolor, desapareció otra cosa: la niebla que le llena­ba la mente. Entonces el joven supo sin entender nada, El nagual volvió a presentarse. Le dijo que se llamaba Elías y que era el nagual. Y el actor supo lo que todo aquello significaba.

El nagual Elías volvió su atención a la semicons­ciente Talía. Le acercó la boca al oído izquierdo y le su­surró una serie de órdenes para que detuviera el errático movimiento de su punto de encaje. Apaciguó sus te­mores contándole, en susurros, historias de brujos que habían pasado por la misma situación. Cuando la tuvo bastante tranquila se presentó a ella como lo que en reali­dad era: un brujo y un nagual. Y le advirtió que iba a tra­tar de hacer con ella la tarea más difícil de la brujería: moverle el punto de encaje más allá de la esfera del mundo que conocemos.

Don Juan dijo que los brujos con mucha experiencia son capaces de mover su punto de encaje a una posición más allá de aquella que nos permite percibir el mundo que conocemos, pero que sería una tragedia para las per­sonas inexpertas el probar hacerlo. El nagual Elías siem­pre sostuvo que, de ordinario, no se le habría ocurrido ni soñar con semejante hazaña, pero ese día algo que no era su conocimiento o su voluntad lo obligaba a actuar. La maniobra dio resultado: Talía movió su punto de encaje más allá del mundo que conocemos y regresó a salvo.

El nagual Elías tuvo luego otra intuición. Se sentó entre las dos personas tendidas en el suelo, el actor estaba desnudo, cubierto sólo por la chaqueta del nagual, y re­visó la situación con ellos. Les dijo que ambos, por la fuerza de las circunstancias, habían caído en una trampa tendida por el espíritu mismo. Él, el nagual, era la parte activa de esa trampa, porque al encontrarlos en esas con­diciones se había visto obligado a convertirse momentá­neamente en su protector y a emplear sus conocimientos de brujería para ayudarlos. Como su protector, su deber era advertirles que estaban a punto de llegar a un umbral único, y que a ellos les correspondía, juntos e individual­mente, llegar a ese umbral y pasarlo. Para llegar a él tenían que mantener una actitud de abandono pero sin osadía, una actitud de preocupación pero sin obsesiones. No quiso decir más por miedo a confundirlos, o influir en su decisión. Creía que, si ellos iban a cruzar ese um­bral, lo tenían que hacer con un mínimo de ayuda suya.

El nagual los dejó solos en ese lugar y se fue a la ciu­dad a conseguir hierbas medicinales, petates y frazadas. Su idea era que, en la soledad, los dos jóvenes alcan­zarían y franquearían ese umbral.

Por largo tiempo los dos permanecieron tendidos, el uno junto al otro, inmersos en sus propios pensamien­tos. El hecho de que sus puntos de encaje se hubieran movido, significaba que podían pensar con más profun­didad que de costumbre, pero también significaba que podían preocuparse, reflexionar y tener miedo de un modo igualmente más profundo.

Puesto que Talía podía hablar y estaba algo más fuerte rompió el silencio, preguntando al joven actor si tenía miedo. El hizo un gesto afirmativo y la muchacha sintió tal compasión por él que le apretó la mano entre las suyas y le cubrió los hombros con el chal que llevaba puesto.

El joven no se atrevía a expresar una palabra. Temía, sin medida, a que le volviera el dolor y la hemorragia si hablaba. Hubiera querido disculparse, decirle que su gran arrepentimiento era haberle hecho daño, que no le im­portaba morir y que estaba seguro de que ese era su último día.

Los pensamientos de Talía rotaban alrededor del mismo tema. Le dijo al joven que ella tenía un solo pesar: el de haber forcejeado al punto de provocar su muerte. Ahora la inundaba una sensación de paz que le era totalmente desconocida, puesto que había siempre vivido agitada e impulsada por su tremenda energía. Le dijo que para ella estaba muy cercana la muerte y que se alegraba de que todo iba a terminar ese mismo día.

El joven actor, al oír sus propios pensamientos expresados por Talía, sintió un escalofrío. Una onda de energía lo cubrió entonces y lo hizo incorporarse. No su­frió dolor alguno ni le dio tos. Aspiró grandes bocanadas de aire, cosa que no recordaba haber hecho nunca, tomó a Talía de la mano y ambos comenzaron a conversar sin decir palabra.

Don Juan dijo que fue en ese instante cuando se les presentó el espíritu. Y vieron. Dado que eran profunda­mente católicos, lo que vieron fue una visión del cielo donde todo tenía vida y estaba bañado en luz. Vieron un mundo de aspectos milagrosos.

Cuando el nagual regresó, los jóvenes estaban agota­dos. Talía estaba inconsciente; el joven, haciendo un su­premo esfuerzo, había logrado mantenerse alerta. Insis­tió en susurrar algo al oído del nagual.

-Vimos el cielo -susurró, con la cara bañada en lágrimas.

-Vieron más que eso -replicó el nagual Elías-. Vieron al espíritu.

Don Juan dijo que, como el descenso del espíritu está siempre velado, Talía y el joven actor no pudieron retener su visión. Muy pronto la olvidaron. Lo iniguala­ble de su experiencia fue que, sin adiestramiento alguno y sin saber que lo estaban haciendo, habían ensoñado juntos y habían visto al espíritu. Que lo hubieran logrado con tanta facilidad era algo muy fuera de lo común.

-Esos dos eran, realmente, los seres más extraor­dinarios que conocí toda mi vida -agregó don Juan.

Naturalmente, yo quise saber más de ellos, pero don Juan no me dio el gusto. Dijo que eso era todo lo que había acerca de su benefactor y el cuarto centro abstracto.

Obviamente don Juan recordó algo que no me esta­ba diciendo porque de repente comenzó a reír a carcaja­das. Antes de que pudiera preguntarle que era aquello que lo divertía tanto, me dio una palmada en la espalda, diciendo que era hora de partir hacia la cueva.

No hablamos ni una palabra durante el camino. Pa­recía que don Juan quería dejarme a solas con mis pensa­mientos.

Cuando llegamos a la saliente rocosa, ya había oscu­recido casi por completo. Don Juan se sentó apresurada­mente, en el mismo lugar y en la misma posición en que se había sentado la primera vez. Estaba a mi derecha, tocándome con su hombro. De inmediato, entró en un estado de profunda quietud, el cual pareció extenderse hasta cubrirme a mí mismo en un silencio y una inmo­vilidad totales. Ni siquiera podía oír su respiración o no­tar la mía. Cerré los ojos y el me propinó un ligero coda­zo para advertirme que los mantuviera abiertos.

Cuando hubo oscurecido del todo, una inmensa fati­ga hizo que mis ojos empezaran a irritarse y a arderme. Finalmente me dejé llevar por el sueño, el sueño más profundo y negro que jamás he tenido. Sin embargo, no estaba totalmente dormido, podía sentir la espesa oscuri­dad a mi alrededor. Tenía la sensación enteramente física de estar vadeando en la negrura. Súbitamente, ésta se tornó rojiza, luego anaranjada y, después, de una blancu­ra cegadora, como si fuera una luz de neón terriblemente intensa. Gradualmente enfoqué mi visión y me encontré que estaba yo sentado con don Juan, pero ya no adentro de la cueva. Estábamos en la cima de una montaña con­templando una exquisita planicie, con cerros en la dis­tancia. Esta bella pradera estaba bañada en un resplandor, en unos rayos de luz que emanaban de la tierra misma. A dondequiera que mirase, veía detalles familiares: rocas, colinas, ríos, bosques, barrancos, todas ellos realzados y transformados por su resplandor interno. Este res­plandor, que cosquilleaba dentro de todo, también ema­naba de mi mismo ser.

-Tu punto de encaje se ha movido -parecía estar diciéndome don Juan.

Sus palabras no tenían sonido, pero aún así supe lo que acababa de decirme. Mi reacción racional fue tratar de explicarme a mí mismo que, porque mis oídos esta­ban momentáneamente afectados por lo que ocurría, yo había oído a don Juan como si él hubiera estado hablan­do dentro de un tubo.

-Tus oídos están perfectamente bien. Estamos en otro reino de la percepción -don Juan nuevamente pa­reció decirme.

Pero yo no podía contestarle. Por un lado, sentía que él letargo de un sueño profundo me impedía decir una sola palabra y, por el otro, me sentía más alerta, más des­pierto que nunca.

-¿Qué me está pasando? -pensé.

-La cueva hizo que tu punto de encaje se moviera -pensó don Juan y yo oí sus pensamientos como si fue­ran mis propias palabras pronunciadas para mis aden­tros.

Sentí una orden, un comando que no tenía nada que ver con mis pensamientos. Algo me ordenó mirar nuevamente la maravillosa pradera.

Al observar fijamente esa prodigiosa visión, fila­mentos de luz empezaron a irradiar, a salir de todo lo que existía en la pradera. Al principio fue como una explosión de un número infinito de cortas fibras de luz; después, las fibras se transformaron en largas hebras de luminosidad arracimadas en vibrantes rayos de luz que llegaba hasta el infinito. En realidad no había manera al­guna de hallar sentido a cuanto veía, ni había modo de describirlo como no sea mediante la imagen de vibrantes hebras de luz. Las hebras de luz no estaban entremezcla­das o entretejidas. A pesar de que irradiaron y continua­ban irradiando de todas partes y en todas direcciones, cada hebra estaba separada de las otras y al mismo tiempo todas estaban agrupadas de un modo inextricable.

-Estás viendo las emanaciones del Aguila y la fuer­za que las agrupa y las mantiene separadas. -pensó don Juan-.

En el momento que capté sus pensamientos, los fila­mentos de luz parecieron consumir toda mi energía. La fatiga me abrumó. Borró mi visión y me hundió en la oscuridad.

Al abrir los ojos de nuevo, sentí algo muy familiar a mi alrededor. A pesar de no saber dónde me encontraba, pensé haber regresado a mi estado de conciencia normal. Don Juan dormía a mi lado, su hombro recargado contra el mío.

Me di cuenta de que la oscuridad que nos rodeaba era tan intensa que yo no podía ver mis propias manos. Deduje que la niebla debía haber cubierto la saliente roco­sa, entrando a la cueva. O tal vez estábamos cubiertos por las nubes bajas que descendían en las noches nubladas desde las altas montañas como silenciosa avalancha. Pero aún en esa total negrura, vi como don Juan abrió los ojos tan pronto como yo abrí los míos, aunque no me miraba. En ese instante, comprendí que el verlo no era el resultado de la luz que afectaba mi retina, sino una sen­sación corporal.

Me quedé tan absorto observando a don Juan, sin la ayuda de mis ojos, que no presté atención a cuanto me estaba diciendo. Al fin dejó de hablar y volteó la cara ha­cia mí, como si quisiera mirarme a los ojos.

Tosió un par de veces para aclararse la garganta y comenzó a hablar en voz muy baja. Dijo que su bene­factor acostumbraba ir a la cueva con él y con sus otros discípulos muy a menudo, pero más a menudo aún iba solo. En esa cueva fue donde su benefactor vio la misma pradera que acabábamos de ver. Esa visión le dio la idea de describir al espíritu como el flujo de las cosas.

Don Juan reiteró que su benefactor no pensaba muy bien, de otro modo, se hubiera dado cuenta en un instante que lo que él había visto y creía ser el flujo de las cosas, era el intento, la fuerza que impregna todo. Don Juan agregó que si su benefactor llegó a entender la naturaleza de su visión, nunca lo reveló. Personal­mente, don Juan creía que su benefactor nunca lo supo. Creyó simplemente haber visto el flujo de las cosas, lo cual era la absoluta verdad, pero no en el sentido que él le daba.

Don Juan puso tanto énfasis en esto que quise pre­guntarle la razón de ello, pero no pude hablar. Mi gar­ganta parecía estar congelada. Don Juan no dijo nada más. Nos sentamos en silencio e inmovilidad completos durante horas. Con todo y eso, no experimenté ninguna incomodidad. Mis músculos no se cansaron, mis piernas no se adormecieron, la espalda no me dolió.

Cuando don Juan volvió a hablar, ni siquiera noté la transición y me abandoné rápidamente al sonido de su voz. Era un sonido melodioso y rítmico que provenía de la negrura que me rodeaba.

Dijo que en ese momento yo no me encontraba ni en mi estado normal de conciencia, ni en la conciencia acrecentada, sino suspendido en un intervalo, suspendi­do en la negrura de la no percepción. Mi punto de encaje se había alejado del sitio donde ocurre la percepción del mundo cotidiana, pero no había alcanzado el sitio que lo haría iluminar un haz nuevo de campos de energía. Di­cho con propiedad, mi punto de encaje estaba atrapado entre dos mundos, entre dos posibilidades perceptuales. Ese estado intermedio, ese intervalo de la percepción había sido alcanzado gracias a la influencia de la misma cueva; una influencia guiada por el intento de los brujos que la esculpieron.

Don Juan me pidió prestar mucha atención a lo que iba a decir. Dijo que hacía miles de años, por medio de su capacidad de ver, los brujos descubrieron que la tierra es un ser vivo y consciente, cuya conciencia puede afectar la conciencia de los seres humanos. Al buscar los medios adecuados para utilizar la influencia de la tierra sobre la conciencia humana, encontraron que ciertas cuevas eran bastante efectivas. Don Juan dijo que la búsqueda de cue­vas se transformó, para esos brujos, en una tarea que re­quería la totalidad de sus esfuerzos y que a través de ellos fueron capaces de descubrir una variedad de usos para los diferentes tipos de cuevas que encontraron. Añadió que, de todo aquel trabajo, lo único que interesaba a los brujos modernos era esa cueva en particular y su capacidad de mover el punto de encaje hasta hacerlo llegar a un inter­valo de la percepción

Mientras don Juan hablaba, sentí la inquietante sen­sación de que mi mente se aclaraba. Era como si algo es­tuviera dirigiendo mi conciencia de ser a convergir en un largo y estrecho túnel, donde se expulsaba todos los pensamientos y sentimientos incompletos de mi con­ciencia normal.

Don Juan parecía saber perfectamente lo que me es­taba sucediendo. Escuché su entrecortada risa de satisfac­ción. Anunció súbitamente que ahora podíamos hablar con más soltura y que nuestra conversación sería más profunda.

En ese momento recordé una multitud de cosas que don Juan ya me había explicado antes. Supe, por ejemplo, que yo estaba ensoñando. En realidad estaba profunda­mente dormido, pero perfectamente consciente de mí mismo gracias a mi segunda atención, la contraparte de mi atención normal. Estaba seguro de estar dormido, pri­meramente porque tenía la sensación corporal de estarlo y, luego, por una deducción racional basada en las afir­maciones que don Juan había hecho en el pasado. Don Juan había dicho que es imposible para los brujos tener una visión continua de las emanaciones del Aguila, a no ser a través del ensueño; y yo acababa de ver las emana­ciones del Aguila, las hebras luminosas que irradiaban por doquier, por lo tanto yo debía estar profundamente dormido y ensoñando.

Don Juan me había explicado varias veces que el universo está formado por campos de energía que de­safían las descripciones o el escrutinio, y que por ello los brujos las llaman las emanaciones del Aguila. Había di­cho que parecen filamentos de luz ordinaria, pero que la luz ordinaria carece de vida comparada con las emana­ciones del Aguila, las cuales exudan conciencia de ser. Hasta esa noche, nunca fui capaz de verlas de manera continua; don Juan siempre sostuvo que mi conocimien­to y control del intento no eran adecuados para resistir el impacto de esa visión y, en verdad, tenía razón, era una visión inaudita de luz que irradiaba vida.

Otra explicación de don Juan que recordé fue que la percepción normal ocurre cuando el intento, el cual es energía pura, enciende una porción conocida de los fila­mentos luminosos dentro de nuestro capullo y, al mis­mo tiempo, enciende una extensión de los mismos fila­mentos luminosos que se extienden hasta el infinito fuera de nuestro capullo. La percepción extraordinaria, el ver, ocurre cuando se enciende un grupo no conocido de campos de energía. Todo esto me lo había explicado en términos del brillo del punto de encaje. Solamente después de ver esos filamentos de luz con vida, creí yo comprender las explicaciones de don Juan acerca de la percep­ción. Comprendí que ese brillo no es otra cosa que la fuerza del intento y al punto de encaje se debía llamar el punto del intento.

En otra ocasión, don Juan me había hablado del desarrollo del pensamiento racional de los antiguos brujos. Me dijo que primeramente los brujos creyeron haber des­cubierto que el alineamiento era la fuente misma de la conciencia de ser. Mediante el ver, los brujos encontra­ron que el estar consciente de ser aparece cuando un gru­po de los campos de energía encerrados dentro de nues­tro capullo luminoso se alinea, por así decirlo, con los mismos campos de energía fuera de él.

No obstante, al examinar todo eso con más cuidado, se les hizo evidente que lo que ellos llamaban el alinea­miento de las emanaciones del Aguila no era suficiente para explicar lo que estaban viendo. Veían que sólo una porción muy pequeña del número total de filamentos lu­minosos dentro del capullo estaba encendida, el resto no lo estaba. El ver encendido a ese pequeño grupo de fila­mentos había creado un falso sentido de descubrimiento. Los filamentos no necesitaban estar alineados, porque los que estaban encerrados dentro del capullo eran los mis­mos que los que estaban fuera. Lo que necesitaban era estar encendidos. El capullo luminoso es simplemente una cápsula transparente que encierra una minúscula porción de unas hebras luminosas de infinita extensión. Lo que las iluminaba debía ser, en definitiva, una fuerza independiente. Consideraron entonces que lo impor­tante era el acto de encender los filamentos luminosos. Como no podían llamarlo alineamiento, lo llamaron voluntad o la fuerza encendedora.

Al volverse su ver todavía más sofisticado y eficaz, los brujos se dieron cuenta de que lo que llamaban la voluntad no es solamente la fuerza que es responsable de nuestra conciencia de ser, sino también de todo cuando existe en el universo. Vieron que es una fuerza que posee conciencia total y que surge de los propios campos de energía que componen el universo. Decidieron entonces que era preferible llamarla intento, en vez de voluntad. Pero a la larga el nombre probó ser inadecuado, porque no hace destacar la inconcebible importancia de esa fuer­za ni su activa conexión con todo lo existente.

Don Juan me había asegurado que nuestra gran falla colectiva, es el vivir nuestras vidas sin tomar en cuenta para nada esa conexión. Para nosotros, lo precipitado de nuestra existencia, nuestros inflexibles intereses, preocu­paciones, esperanzas, frustraciones y miedos, tienen prioridad. En el plano de nuestros asuntos prácticos, no tenemos ni la más vaga idea de que estamos unidos con todo lo demás.

Don Juan me había también expresado su creencia de que uno de los conceptos del cristianismo, el de haber sido expulsados del paraíso, le sonaba a él como la alegoría de la pérdida de nuestro conocimiento silencioso, nuestro conocimiento del intento. La brujería era en­tonces un retroceso al comienzo, un retorno al paraíso.

Permanecieron en la cueva, sentados en silencio to­tal, quizás horas enteras o tal vez sólo unos cuantos ins­tantes. De pronto don Juan empezó a hablar y el inespe­rado sonido de su voz me sacudió. No capté lo que me dijo. Antes de empezar a hablar para pedirle que me lo repitiera, aclaré mi garganta, y ese acto me sacó de mi es­tado de reflexión. De inmediato sentí que había regresa­do a mi estado normal de conciencia. Noté que la oscuri­dad a mi alrededor había dejado de ser negra impenetra­ble, y que ya podía hablar.

Con voz serena, don Juan me dijo que, por primera vez en mi vida, había visto al espíritu, la fuerza que sus­tenta al universo. Afirmó que el espíritu no es algo que uno podría usar o comandar o hacer que se moviera de ninguna forma, no obstante uno puede usarlo, coman­darlo, moverlo como se dé a uno la gana. Esta contradic­ción, según dijo, es la esencia de la brujería. Y por no en­tenderla, generaciones enteras de brujos habían sufrido dolores y pesares inimaginables. Los brujos de hoy en día, en un esfuerzo por evitar pagar este exorbitante precio de dolor, habían desarrollado un código de con­ducta llamado "el camino del guerrero", o la acción impe­cable. Un código de conducta que los preparaba realzando su cordura y su prudencia.

Don Juan explicó que en otros tiempos, en el pasado remoto, los brujos estuvieron profundamente interesa­dos en el vínculo de conexión general que el intento po­see con todas las cosas. Al concentrar su segunda aten­ción en ese vínculo, adquirieron no sólo el conocimiento directo, sino también la capacidad de manejar ese conoci­miento y ejecutar asombrosas hazañas. Sin embargo, no adquirieron el buen juicio necesario para manejar todo ese poder.

Los brujos, mostrando más cordura, decidieron en­tonces concentrar su segunda atención solamente en el vínculo de criaturas que poseen conciencia de ser. Estas incluyeron la gama entera de los seres orgánicos exis­tentes, así como la gama total de los que los brujos lla­man seres inorgánicos o aliados, a los que describen como entes que poseen conciencia de ser pero no vida, por lo menos, de la manera en que nosotros entendemos la vida. Esta solución tampoco tuvo éxito, porque una vez más, no les trajo ni sabiduría ni buen juicio.

En su siguiente reducción, los brujos concentraron su segunda atención sólo en el vínculo que conecta a los seres humanos con el intento. El resultado final fue muy parecido a los anteriores.

Los brujos sensatos buscaron una reducción final: cada brujo debía preocuparse solamente por su conexión individual. Pero esto resultó ser igualmente inútil.

Don Juan dijo que a pesar de existir una gran dife­rencia entre estas cuatro áreas de interés, todas ellas eran igual de peligrosas. Así pues, al final los brujos acabaron por enfocar sólo la capacidad que posee cada vínculo de conexión con el intento para moverse más allá de todo lo concebible y permitir, así, la percepción de mundos inimaginables. Todo lo demás, pertinente al movimiento del punto de encaje lo echaron a lado.

Aseguro que todos los brujos modernos debían lu­char con ferocidad inigualada para lograr el buen juicio. Hizo hincapié en que la lucha de un nagual es especial­mente feroz, porque un nagual es más fuerte, controla mejor los campos de energía que determinan la percep­ción y tiene más entrenamiento y más familiaridad con el conocimiento silencioso, el cual no es más que el con­tacto directo con el intento.

Don Juan finalizó su explicación diciendo que la meta de la brujería es restablecer el conocimiento silen­cioso, reviviendo el vínculo con el intento; particular­mente, llegar a controlarlo pero sin sucumbir a él. Los centros abstractos de las historias de brujería son, por lo tanto, diferentes matices del conocimiento silencioso, diferentes grados de nuestra capacidad de estar cons­cientes del intento.

Comprendí la explicación de don Juan con tremen­da claridad. Pero mientras mejor la entendía y mientras más claras se me hacían sus palabras, mayor era mi des­consuelo y mi desesperación. En cierto momento, con­sideré con sinceridad poner fin a mi vida ahí mismo. Sentía que mi existencia era una maldición. Casi al borde de las lágrimas le dije a don Juan que no tenía caso seguir con sus explicaciones, porque en cualquier momento yo perdería mi claridad mental y al regresar a mi estado nor­mal de conciencia, no tendría ninguna noción de haber visto o escuchado nada. Mi conciencia mundana im­pondría sus hábitos repetitivos de toda la vida y, sobre todo, impondría la razonable previsibilidad de su lógica. Para mí eso era una maldición. Le dije que me daba asco mi destino.

Don Juan se empezó a reír. Entre carcajadas co­mentó que aún en el estado de conciencia acrecentada yo era un baboso a quien le encantaba la repetición, y que periódicamente yo insistía en aburrirlo con mis estallidos de importancia personal. Dijo que si tenía que sucumbir, debía hacerlo luchando, no pidiendo perdón y sintiéndome inútil, y que no importaba un comino lo que fuera nuestro destino siempre que lo enfrentáramos con un abandono total.

Sus palabras me hicieron sentir dichoso y feliz. Le repetí una y otra vez que yo estaba profundamente de acuerdo con él. Sentía yo tal felicidad, que sospeché que mis nervios empezaban a fallarme. Las lágrimas me corrían por las mejillas. Apelé a todas mis fuerzas para detener esa sensación y sentí el tranquilizador efecto de mis frenos mentales. Pero al ocurrir esto, mi claridad de mente comenzó a opacarse. Luché en silencio, tratando de estar menos controlado y menos nervioso. Don Juan no hizo ningún ruido. Me dejó en paz por completo.

Para cuando hube recuperado mi equilibrio, era casi el amanecer. Don Juan se levantó, estiró los brazos por encima de su cabeza y tensó los músculos haciendo crujir sus articulaciones. Me ayudó a incorporarme y comentó que yo había pasado una noche de grandes logros: había experimentado lo que era el espíritu y había sido capaz de convocar fuerzas insospechadas para realizar algo que, en apariencia, equivalía a calmar mi nerviosidad, pero que a un nivel más profundo era, en realidad, un movimiento volitivo muy eficiente de mi punto de encaje.

Luego me hizo señas de que era hora de emprender el regreso.

VIII. EL SALTO MORTAL DEL PENSAMIENTO


Al despuntar el día salimos de la cueva y empezamos el descenso hacia el valle. Don Juan, en lugar de seguir la ruta más directa, dio un rodeo muy grande que nos llevó por la orilla del río. Explicó que debíamos recobrar el juicio antes de llegar a casa.

Le dije que era muy amable de su parte el decir que "debíamos recobrar el juicio" cuando en realidad yo era el único que debía hacerlo. Replicó que la suya no era amabilidad sino simplemente comportamiento de gue­rrero, puesto que ser un guerrero implicaba, en este caso, estar siempre en guardia contra la natural brusque­dad de la conducta humana. Dijo que un guerrero es, en esencia, un ser implacable, de recursos muy fluidos y de gustos y conducta muy refinados; un ser cuya tarea en este mundo es el afilar sus aristas cortantes, una de las cuales es la conducta, para que así nadie sospeche su inexorabilidad.

Entramos a su casa alrededor del mediodía, a tiem­po para almorzar. Yo tenía un hambre feroz, pero no me sentía cansado. Después del almuerzo pensé que sería dable ir a dormir, pero don Juan, mientras me escu­driñaba de pies a cabeza me increpó diciendo que no tenía tiempo que perder. Me dijo que muy pronto perdería la poca claridad que aún me restaba y que si me acostaba la perdería por completo.

-No se necesita ser un genio para darse cuenta de que casi no hay ninguna manera de hablar acerca del in­tento -dijo de pronto cambiando la conversación-. Pero decir eso no significa nada en particular, y ésta es la razón por la que los brujos mejor se fían de las historias de brujería, con la esperanza de que algún día quien las escuche entienda sus centros abstractos.

Comprendí lo que decía, aunque seguía sin concebir lo que era un centro abstracto o lo que supuestamente de­bería significar para mí. Traté de reflexionar sobre eso y me invadieron toda clase de pensamientos. Imágenes cruzaban por mi mente con suma velocidad, sin darme tiempo a recapacitar. Ni siquiera las podía detener lo su­ficiente como para poder reconocerlas. Finalmente la fu­ria se apoderó de mí y di un puñetazo a la mesa.

Don Juan se sacudió de pies a cabeza, ahogado de risa.

-Haz lo que hiciste anoche -me exhortó guiñándome un ojo-. Apacíguate.

Mi frustración me tornó muy agresivo. De inmedia­to le saqué en cara un argumento disparatado: que no hacía nada por ayudarme. Me di cuenta de mi error y le pedí disculpas por mi falta de control.

-No te disculpes. -dijo-. Debo decirte que en­tender como quieres hacerlo no es posible en este mo­mento. Quiero decir que los centros abstractos de las his­torias de la brujería no te pueden decir nada por ahora. Más tarde, esto es, años más tarde, las comprenderás a la perfección.

Le supliqué a don Juan que no me dejara a oscuras, que me explicara más sobre los centros abstractos, porque no estaba claro en absoluto lo que él quería que yo hiciera con ellos. Le aseguré que mi estado de conciencia acre­centada del momento me podría ayudar inmensamente a entender su exposición. Lo exhorté a apresurarse, ya que no podía garantizar cuánto tiempo permanecería en dicho estado. Agregue que en breve entraba a la concien­cia normal y eso significaba todavía más idiotez de la que ya existía en ese instante. Lo dije un poco en broma. Su carcajada me indicó que él lo había tomado como tal, pero yo en cambio me tomé muy en serio. En cuestión de un instante se apoderó de mí una tremenda melan­colía.

Don Juan me tomó del brazo y con mucha conside­ración me condujo hasta un cómodo sillón y se sentó frente a mí. Fijó su vista en mis ojos y, por un momen­to, fui incapaz de sustraerme a la fuerza de su mirada.

-Los brujos constantemente se acechan a sí mismos -aseveró en un tono alentador, como si quisiera cal­marme con el sonido de su voz.

Quise decirle que mi nerviosidad había pasado y que tal vez había sido causada por mi falta de sueño, pero él no me dejó decir nada. Me aseguró que ya me había enseñado cuanto cabía saber sobre el acecho, pero que yo aún no había rescatado ese conocimiento del fon­do de mi conciencia acrecentada, donde lo tenía almace­nado. Yo admití tener la fastidiosa sensación de estar em­botado. Sentía que había algo encerrado dentro de mí, algo que me hacía dar portazos y patear las mesas, algo que me frustraba y me ponía irascible.

-Esa sensación de estar enfrascado es algo que to­dos los seres humanos experimentamos -dijo-. Eso es lo que nos hace acordar de que tenemos un vínculo con el intento. Para los brujos esa sensación es tan aguda que crea una presión inaguantable, justamente porque su meta es sensibilizar ese vínculo de conexión hasta hacer­lo funcionar a voluntad.

"Cuando la presión es demasiado grande, los brujos la alivian acechándose a sí mismos.

-Creo que todavía no comprendo qué significa acechar -dije-. Pero en cierto nivel creo saber exactamente lo que es.

-Pues entonces, vamos a aclarar lo que sabes -ma­nifestó-. El acecho es un procedimiento simplísimo. Es un modo de conducta especial que se ajusta a ciertos principios; una conducta secreta, furtiva y engañosa, que esta diseñada para darle a uno algo así como una sacudi­da mental. Por ejemplo, acecharse a uno mismo significa darse un sacudón usando nuestra propia conducta en una forma astuta y sin compasión.

Explicó que cuando la conciencia de ser de los brujos se atasca debido a la enormidad de lo que perciben, lo cual era mi caso en ese momento, lo mejor o tal vez lo único que se podía hacer era usar la idea de la muerte para provocar ese sacudón mental que era el acecho.

-La noción de la muerte es de monumental impor­tancia en la vida de los brujos -continuó don Juan-. Te he hablado innumerables veces de la muerte a fin de convencerte de que lo que nos da cordura y fortaleza es saber que nuestro fin es inevitable. Nuestro error más costoso es permitirnos no pensar en la muerte. Es como si creyéramos que, al no pensar en ella, nos vamos a pro­teger de sus efectos.

-Tendrá usted que admitir, don Juan, que dejar de pensar en la muerte ciertamente nos protege de preocu­parnos acerca de morir.

-Sí, sirve para ese propósito -concedió-. Pero es un propósito indigno, para cualquiera. Para los brujos, es una farsa grotesca. Sin una visión clara de la muerte, no hay orden para ellos, no hay sobriedad, no hay belleza. Los brujos se esfuerzan sin medida por tener su muerte en cuenta, con el fin de saber, al nivel más profundo, que no tienen ninguna otra certeza sino la de morir. Saber esto da a los brujos el valor de tener paciencia sin dejar de actuar, les da el valor de acceder, el valor de aceptar todo sin llegar a ser estúpidos, les da valor para ser astutos sin ser presumidos y, sobre todo, les da valor para no tener compasión sin entregarse a la importancia personal,

Don Juan fijó su mirada en mí. Sonrió y meneó la cabeza.

-Sí -continuó-. La idea de la muerte es lo único que da valor a los brujos. ¿Es extraño, no?, la muerte dándonos valor.

Sonrió de nuevo y me dio un ligero codazo. Yo le dije que me sentía absolutamente aterrado con la idea de mi muerte, que pensaba en ella constantemente, pero que no me daba valor ni me alentaba a actuar. Tan sólo me volvía cínico o me hacía caer en estados de profunda melancolía.

-Tu problema es muy simple -dijo-. Te obsesionas con facilidad. Te he dicho muchísimas veces que los brujos se acechan a sí mismos para romper el poder de sus obsesiones. Hay muchas formas de acecharse a uno mismo. Si no quieres usar la idea de tu muerte, usa los poemas que me lees y acéchate con ellos.

-¿Qué me aceche con ellos? ¿Qué quiere usted de­cir?

-Te he dicho que hay muchas razones por las que me gustan los poemas -dijo-. Una de ellas es que me permiten acecharme a mí mismo. Me doy una sacudida con ellos. Mientras tú me los lees y yo los escucho, apago mi diálogo interno y dejo que mi silencio cobre impulso. Así, la combinación del poema y el silencio se transfor­man en el procedimiento que descarga el sacudón.

Explicó que los poetas, sin saberlo, anhelan el mun­do de los brujos. Como no son brujos, ni están en el cami­no del conocimiento, lo único que les queda es el anhelo.

-Veamos si puedes sentir lo que te estoy diciendo -dijo entregándome un libro de poemas de José Coros­tiza.

Lo abrí adonde estaba marcado y él me señaló el poema que le gustaba.


...este morir incesante,

tenaz, esta muerte viva,

¡oh Dios! que te está matando

en tus hechuras estrictas,

en las rosas y en las piedras,

en las estrellas ariscas

y en la carne que se gasta

como una hoguera encendida,

por el canto, por el sueño,

por el color de la vista.
...que acaso te han muerto allá

siglos de edades arriba,

sin advertirlo nosotros,

migajas, borra, cenizas

de ti, que sigues presente

como una estrella mentida

por su sola luz, por una

luz sin estrella, vacía,

que llega al mundo escondiendo

su catástrofe infinita.
-Al oír el poema -dijo don Juan una vez que hube terminado de leer-, siento que ese hombre está viendo la esencia de las cosas y yo veo con él. No me in­teresa de qué trata el poema. Sólo me interesan los senti­mientos que el anhelo del poeta me brinda. Siento su an­helo y lo tomo prestado y torno prestada la belleza. Y me maravillo ante el hecho de que el poeta, como un verda­dero guerrero, la derroche en los que la reciben, en los que la aprecian, reteniendo para si tan sólo su anhelo. Esa sacudida, ese impacto de la belleza, es el acecho.

Su explicación tocó una cuerda extraña en mí y me conmovió muchísimo.

-¿Diría usted, don Juan, que la muerte es el único enemigo real que tenemos? -le pregunté, un momento después.

-No -dijo con convicción-. La muerte no es un enemigo, aunque así lo parezca. La muerte no es nuestra destructora, aunque así lo pensemos.

-¿Qué es, entonces? -pregunté.

-Los brujos dicen que la muerte es nuestro único adversario que vale la pena -respondió-. La muerte es quien nos reta y nosotros nacemos para aceptar ese reto, seamos hombres comunes y corrientes o brujos. Los bru­jos lo saben; los hombres comunes y corrientes no.

-Si alguien me lo preguntara, yo diría que la vida es un reto, don Juan, no la muerte -dije.

-Como nadie te lo va a preguntar sería mejor que ni lo dijeras -replicó y soltó una carcajada-. La vida es el proceso mediante el cual la muerte nos desafía -agre­go en un tono más serio-. La muerte es la fuerza activa. La vida es sólo el medio, el ruedo, y en ese ruedo hay únicamente dos contrincantes a la vez: la muerte y uno mismo.

-Yo diría, don Juan, que nosotros los seres huma­nos somos los retadores -argüí.

-De ningún modo -replicó-. Nosotros somos seres pasivos. Piénsalo. Si nos movemos es debido a la presión de la muerte. La muerte marca el paso a nuestras acciones y sentimientos y nos empuja sin misericordia hasta que nos derrota y gana la contienda. O hasta que nosotros superamos todas las imposibilidades y derrota­mos a la muerte.

"Los brujos hacen eso; derrotan a la muerte y ésta reconoce su derrota dejándolos en libertad, para nunca retarlos más.

-¿Significa esto que los brujos se vuelven inmor­tales? -pregunté.

-No. No significa eso -respondió-. La muerte deja de retarlos, eso es todo.

-Pero, ¿qué quiere decir eso, don Juan? -pregunté.

-Quiere decir que el pensamiento ha dado un salto mortal a lo inconcebible -dijo.

-¿Qué es un salto mortal del pensamiento a lo in­concebible? -pregunté, tratando de no parecer belico­so-. El problema entre nosotros dos don Juan, es que no compartimos los mismos significados.

-No, eso no es verdad -protestó don Juan-. Tú entiendes bien lo que quiero decir. El que tú exijas una explicación racional de un salto mortal del pensamiento a lo inconcebible es una grosería. Tú sabes exactamente de qué se trata.

-No, le aseguro que no lo sé -dije.

Y en ese momento me di cuenta de que sí lo sabía, o más bien intuí que sabía lo que significaba. Una parte de mí podía trascender mi racionalidad y, sin entrar en un nivel puramente metafórico, entender y explicar lo que era un salto mortal del pensamiento a lo inconcebible. El problema era que esa parte de mí no era lo suficiente­mente fuerte como para emerger a voluntad.

Cuando le expliqué esto a don Juan, él comentó que mi conciencia de ser era como un yoyo. Algunas veces se elevaba, como en ese momento, hasta un punto alto y eso me daba un extraño dominio sobre mí mismo, mien­tras que otras veces descendía, convirtiéndome en un idiota racional, o simplemente se quedaba estacionada en un miserable punto medio donde yo no era ni chicha ni limonada.

-Un salto mortal del pensamiento a lo inconcebible -explicó, con aire de resignación- es el descenso del espíritu, el acto de romper nuestras barreras perceptuales. Es el momento en el que la percepción del hombre alcan­za sus límites. Los brujos practican el arte de enviar pre­cursores, exploradores de vanguardia a que sondeen nuestros límites perceptuales. Esta es otra razón por la que me gustan los poemas. Los considero exploradores. Pero como ya te dije, los poetas no saben con tanta exacti­tud como los brujos lo que estos exploradores de van­guardia pueden lograr.
Don Juan dijo que teníamos muchas cosas que dis­cutir y me preguntó si quería ir al centro, a la plaza, a dar un paseo. Yo me encontraba en un estado de ánimo muy peculiar. Algo más temprano había notado un retrai­miento en mí que iba y venía. Al principio, pensé que era el cansancio físico que nublaba mis pensamientos. Pero mis pensamientos eran claros como el agua. Esto me convenció de que lo que sentía era un resultado de mi cambio a la conciencia acrecentada.

Al caer la tarde, salimos de la casa y fuimos a la pla­za del pueblo. Allí, me apresuré a preguntarle a don Juan, antes de que él tuviera la oportunidad de decir cualquier otra cosa, a qué se debía mi estado de ánimo. Lo atribuyó a un desplazamiento de energía. Me explicó que al limpiarse, al aclararse el vínculo de conexión con el intento, la energía que de ordinario era utilizada para en­turbiarlo y mantener fija su posición en el sitio habitual se liberaba y se concentraba de manera automática en el vínculo mismo. Me aseguró que no había técnicas pre­concebidas o maniobras que un brujo pudiera aprender con anticipación para mover esa energía. Más bien, era cuestión de un desplazamiento automático e instan­táneo que sucedía una vez que se había alcanzado un determinado grado de pericia.

Le pregunté cuál era ese grado de pericia. Me dijo que los brujos lo llamaban "el puro entendimiento". La comprensión proporcionaba el impulso. Para lograr ese desplazamiento instantáneo de energía se requería una conexión clara y límpida con el intento y, para obtener una conexión clara y límpida, todo lo que se necesitaba era intentarla mediante el puro entendimiento.

Naturalmente, quise que me explicara "el puro en­tendimiento". Él río y se sentó en una banca.

-Voy a decirte algo fundamental acerca de los bru­jos y sus actos de brujería -continuó-. Algo acerca del salto mortal del pensamiento a lo inconcebible. Quizás esto te dé la clave para comprender el puro entendimiento.

Dijo que algunos brujos se dedicaban a relatar his­torias. El narrar historias era para ellos no sólo el explo­rador de vanguardia que sondeaba sus límites percep­tuales, sino también su camino a la perfección, al poder, al espíritu, al puro entendimiento. Guardó silencio por un momento; era obvio que buscaba un ejemplo apro­piado. Me recordó que los indios yaquis poseían una co­lección oral de eventos históricos que ellos llamaban "fe­chas memorables". Yo sabía que las fechas memorables eran una compilación de relatos orales de su historia como nación en pie de guerra contra los invasores de su tierra: los españoles primero, los mexicanos después. Don Juan dijo de manera enfática, siendo él mismo un indio yaqui, que las fechas memorables constituían un acopio de sus derrotas y de su desintegración.

-¿Que dirías tú -preguntó- tú que eres un hom­bre educado, si un brujo que relata historias tomara un relato de las fechas memorables, digamos por ejemplo, la historia de Calixto Muni y le cambiara el final? En vez de decir que Calixto Muni fue descuartizado por sus ejecu­tores españoles, como realmente ocurrió, él narrara la historia de Calixto Muni como el rebelde victorioso que logró liberar a su pueblo.

Yo conocía la historia de Calixto Muni, un indio ya­qui quien, según las fechas memorables, sirvió durante muchos años en un barco bucanero en el Caribe, con ob­jeto de aprender estrategias de guerra. A su regreso a So­nora, se las arregló para levantarse en armas contra los españoles y declarar la guerra de independencia, tan sólo para ser traicionado, capturado y ejecutado.

Don Juan me instó a hacer algún comentario. Le dije que yo me veía obligado a creer que, el cambiar un relato objetivo, basado en hechos reales, conforme él lo describía, era un recurso psicológico del brujo narrador para expresar sus anhelos ocultos. O quizás una forma personal e idiosincrática de aminorar la frustración. Agregué que inclusive hasta llamaría a ese brujo narrador un patriota, porque era obviamente incapaz de aceptar la amarga derrota.

Don Juan se ahogó de risa.

-Pero no se trata sólo de un específico brujo que re­lata historias -arguyó-. Todos los brujos que relatan historias hacen lo mismo.

-En ese caso, es una estratagema socialmente apro­bada que expresa los anhelos ocultos de toda una sociedad -respondí-. Una forma socialmente aceptada de desa­hogar colectivamente la tensión psicológica.

-Tu argumento es locuaz, convincente y muy ra­zonable -comentó-. Pero debido a que te falta el puro entendimiento no puedes ver tu falla.

Me miró como si me estuviera persuadiendo a comprender lo que me decía. Yo no hice ningún comen­tario; cualquier cosa que hubiera dicho me habría hecho parecer resentido.

-El brujo que relata historias y que cambia el final de un relato real y socialmente aceptado -dijo- lo hace bajo la dirección y los auspicios del espíritu. Como puede y sabe manejar su conexión con el intento, puede tam­bién manejar el puro entendimiento y cambiar las cosas. El brujo narrador hace señas de que ha intentado cam­biar el relato, quitándose el sombrero, poniéndolo sobre el suelo y dándole una vuelta completa de derecha a iz­quierda. Bajo los auspicios del espíritu, ese simple acto lo precipita dentro del espíritu mismo. Ha dejado que su pensamiento dé un salto mortal a lo inconcebible.

Don Juan levantó el brazo por encima de la cabeza y, por un instante, apuntó hacia el cielo, sobre la línea del horizonte.

-Debido a que su puro entendimiento es un ex­plorador de vanguardia que sondea aquella inmensidad -prosiguió don Juan- el brujo narrador sabe, sin lugar a dudas, que, en algún lugar, de alguna manera, ahí en ese infinito, en este mismo momento, ha descendido el espíritu. El pensamiento ha dado un salto mortal a lo in­concebible y Calixto Muni es el victorioso. Ha liberado a su pueblo. Su lucha ha trascendido lo personal.

-¡Quién eres tú y tu pinche racionalidad para poner cadenas al pensamiento!






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