El Conocimiento Silencioso


VI. LAS CUATRO DISPOSICIONES DEL



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VI. LAS CUATRO DISPOSICIONES DEL ACECHO
Don Juan me indicó que me sentara allí, en ese antiguo puesto de vigilancia, y que utilizara la atracción de la tierra para mover mi punto de encaje y recordar otros es­tados de conciencia acrecentada en los cuales él me había enseñado a acechar.

-En los últimos días, te he mencionado muchas veces las cuatro disposiciones del acecho -continuó-. He mencionado el no tener compasión, el ser astuto, el tener paciencia y el ser simpático, con la esperanza de que recordaras lo que te enseñé acerca del acecho. Sería muy bueno que pensaras en estas cuatro disposiciones y, pensando en ellas, llegues a un recuerdo total.

Calló por unos momentos que parecieron largos en extremo. Después hizo una afirmación que no debería ha­berme sorprendido en lo más mínimo, pero me sorpren­dió. Dijo que me había enseñado las cuatro disposiciones del acecho en el norte de México con la ayuda de Vicente Medrano y Silvio Manuel. No dio detalles, sino que dejó que yo penetrara el sentido de sus palabras. Traté dé pen­sar, de recordar. Me di por vencido después de un infruc­tuoso intento y quise gritar que no podía recordar algo que nunca había acontecido.

Pero, al esforzarme por expresar mi protesta, comenzaron a cruzar por mi mente pensamientos ansio­sos. Inmediatamente, como lo hacía siempre que don Juan me pedía que recordara la conciencia acrecentada, pensé que en realidad no existía continuidad en los hechos que había experimentado bajo su guía. Esos hechos no estaban entrelazados como los hechos de mi vida co­tidiana, en una sucesión lineal. Sabía que don Juan nun­ca decía nada solamente para inquietarme, así que era perfectamente posible que él me hubiera enseñado el ace­cho. En el mundo de don Juan, nunca podía yo estar seguro de nada.

Traté de exponer mis dudas. El rehusó escuchar y me instó a recordar. Yo no podía concentrarme, pero no obstante, estaba agudamente consciente de todo lo que me rodeaba. Ya era de noche. Hacía viento, pero no sentí el frío. En las últimas horas del día, se había nublado el cielo y parecía que iba a llover. Don Juan me había dado una piedra plana para que la pusiera sobre mi esternón. De repente, mi mente se aclaró. Sentí un jalón brusco que no era algo ni interno ni externo; era la sensación de algo que me tironeaba de una parte indefinible de mi ser. Súbitamente comencé a recordar con tremenda claridad un acontecimiento que tuvo lugar muchos años antes. La claridad de mi recuerdo era tan fenomenal que me pa­recía estar reviviendo la experiencia. Recordé lo ocurrido y las personas involucradas con tanta nitidez que me asusté. Sentí un escalofrío.

Le dije todo eso a don Juan. No pareció impresiona­do ni preocupado. Me aconsejó no dejarme llevar por el miedo. Después guardó silencio. Ni siquiera me miró. Me sentí aturdido. La sensación de aturdimiento pasó con lentitud.

Luego le repetí a don Juan las mismas cosas que siempre le había dicho cuando recordaba un hecho que no tenía existencia lineal.

-¿Cómo puede ser esto posible, don Juan? ¿Cómo pude haber olvidado todo esto?

Y el reafirmo lo de siempre.

-Este tipo de recuerdo o de olvido no tiene nada que ver con la memoria normal -me aseguró-. Se tra­ta del intento, del movimiento del punto de encaje.

Afirmó, que si bien yo poseía un conocimiento total de lo que era el intento y el mover el punto de encaje, aún no dominaba ese conocimiento. Dijo que para un nagual, realmente saber lo que es todo eso, significa que puede explicar ese conocimiento, en cualquier mo­mento, o usarlo en cualquier forma que fuera conve­niente. Un nagual está obligado, por la fuerza de su posi­ción, a dominar su conocimiento.

-¿Qué es lo que te acuerdas? -preguntó-.

-La primera vez que usted me habló acerca de las cuatro disposiciones del acecho -respondí-.

Cierto proceso, inexplicable en términos de mi con­ciencia cotidiana, había liberado en mi mente la memo­ria de un acontecimiento que un minuto antes no existía.


Justo cuando salía de la casa de don Juan en Sonora, él me pidió encontrarlo a la semana siguiente, alrededor del medio día, al otro lado de la frontera con los Estados Unidos, en Nogales, Arizona en la estación de autobuses Greyhound.

Llegué casi con una hora de anticipación. El estaba ya allí, parado en la puerta. Lo saludé. No me contestó, pero me empujó con rapidez hacia un lado y me dijo en voz baja que debería sacar las manos de mis bolsillos. Yo estaba pasmado. No me dio tiempo a responder. Dijo que traía la bragueta abierta y que era vergonzosamente evi­dente que estaba excitado sexualmente.

La velocidad con la que me cubrí fue fenomenal. Para cuando me di cuenta de que había sido una vulgar broma ya estábamos caminando calle arriba. Don Juan reía, dándome fuertes palmadas en la espalda, como si es­tuviera celebrando la broma. De pronto me encontré en un estado de conciencia acrecentada.

Entramos rápidamente en un café y nos sentamos. Mi mente estaba tan clara que me forzaba a fijarme en todo. Yo sentía que era capaz de ver la esencia de las co­sas.

-¡No malgastes tu energía! -me ordenó don Juan en un tono de voz muy severo-. Te traje aquí para saber si puedes comer cuando tu punto de encaje se ha movi­do. No trates de hacer más que eso.

En ese momento un hombre tomó una mesa, frente a mí, se sentó y toda mi atención quedó fija en él.

-Mueve los ojos en círculos -me ordenó don Juan-. No mires a ese hombre.

Me resultaba imposible dejar de mirarlo. Incluso la exigencia de don Juan me irritó.

-¿Qué ves? -le oí preguntar.

Yo estaba viendo un capullo luminoso, hecho de alas transparentes plegadas sobre el capullo mismo. Las alas se desplegaban, revoloteaban por un instante, se desprendían, caían y eran reemplazadas por nuevas alas, las cuales repetían el mismo proceso.

Don Juan, con fuerza y brusquedad, volteó la silla donde yo estaba sentado hasta que quedé mirando la pared.

-¡Qué manera de desperdiciar tu energía! -dijo con un profundo suspiro, después de que le describí lo que había visto-. Casi la has agotado. Contrólate. ¡Agárrate con las uñas! Un guerrero necesita ser frugal. ¿A quién demonios le interesa ver alas en un capullo lu­minoso?

Dijo que la conciencia acrecentada era como un trampolín. Desde ahí uno podía saltar al infinito. Reiteró una y otra vez que, cuando el punto de encaje se mueve, o bien se ubica otra vez en una posición muy cercana a la habitual, o continúa moviéndose hasta el infinito.

-La gente no tiene idea del extraño poder que lle­vamos dentro de nosotros -continuó-. Por ejemplo, en este momento, tú tienes los medios para llegar al infinito. Si continúas portándote como un idiota, es posible que logres empujar tu punto de encaje hasta cierto límite, mas allá del cual no hay regreso.

Entendí el peligro del cual me estaba hablando, o más bien tuve la sensación física de estar parado al borde de un abismo y que si me inclinaba hacia adelante iba a caer en él.

-Tu punto de encaje se movió a la conciencia acre­centada -continuó- porque te presté mi energía.

No dijo nada más y comimos en silencio una comi­da muy simple. Don Juan no me permitió beber té o café.

-Mientras uses mi energía -dijo- no estás en tu propio tiempo. Estás en el mío. Yo bebo agua.

Al caminar hacia el carro sentí un poco de náusea. Me tambaleé y estuve a punto de perder el equilibrio. Era una sensación bastante similar a la de caminar usando anteojos por primera vez.

-No te derrumbes todavía -dijo don Juan, son­riendo-. Adonde vamos necesitarás ser fuerte y preciso en extremo.

Me indicó que manejara el coche a la frontera inter­nacional y entrara a la ciudad gemela de Nogales, en México. Mientras conducía, él me fue dando indica­ciones: qué calle tomar, cuándo virar a la izquierda o a la derecha, a qué velocidad ir.

-Conozco esta área muy bien -dije bastante irrita­do-. Dígame adónde quiere ir y lo llevaré hasta ahí. Como si usted fuera en un taxi.

-Bueno -dijo-. Llévame a la Avenida Hacia el Cielo, número 1573.

Yo no sabía dónde estaba esa Avenida Hacia el Cielo o si la calle realmente existía. Más aún, tuve la sospecha de que él acababa de inventar el nombre para ponerme en ridículo. Me sentí ofendido, pero guardé silencio. En sus ojos brillantes había un destello burlón.

-El sentirse importante es una verdadera tiranía -dijo-. Nos hace unos enojones insufribles. Debemos trabajar sin descanso para acabar con eso.

Continuo dándome indicaciones como conducir. Por fin, me pidió detenerme frente a una casa de color beige, de un solo piso, ubicada en una esquina, en un vecindario de clase acomodada. Había algo en la casa que captó de inmediato mi atención: la rodeaba una gruesa capa de grava color ocre. La sólida puerta de entrada, los marcos de las ventanas y las guarniciones de la casa esta­ban todas pintadas de color ocre, como la grava. Todas las ventanas visibles tenían persianas venecianas cerradas.

Bajamos del carro. Don Juan iba adelante. No tocó ni trató de abrir la puerta con una llave. Cuando llega­mos hasta ella, la puerta se abrió en el silencio más abso­luto, por sí sola, hasta donde yo pude ver.

Don Juan entró apresuradamente. Aunque no me invitó a entrar, lo seguí. Tenía curiosidad por saber quién había abierto la puerta por dentro, pero no había nadie atrás de ella.

El interior de la casa daba una sensación de tranqui­lidad. No había cuadros colgando de las paredes lisas y es­crupulosamente limpias. Tampoco había lámparas ni es­tanterías de libros. El piso de baldosas amarillo doradas contrastaba agradablemente con el color blancuzco de las paredes. Entramos en un vestíbulo pequeño y estrecho que daba a una espaciosa sala de cielo raso alto y chime­nea de ladrillos. La mitad del cuarto estaba completa­mente vacía, pero en el lado donde estaba la chimenea había unos muebles muy finos acomodados en se­micírculo: dos sofás grandes, color beige en el centro, flanqueados por dos sillones tapizados del mismo color. En el centro del semicírculo había una pesada mesa de café redonda, de roble sólido. A juzgar por lo que veía de la casa, las personas que la habitaban parecían tener dine­ro pero ser frugales. Y obviamente les gustaba sentarse al­rededor del fuego.

Dos hombres, cuya edad parecía estar alrededor de los cincuenta y cinco años, se encontraban sentados en los sillones. Se levantaron cuando entramos. Uno de ellos era indio, el otro era latinoamericano. Don Juan me presentó primero al indio; él estaba más cerca de mí.

-Te presento a Silvio Manuel -me dijo don Juan-. El es el brujo más poderoso y peligroso de mi grupo, también el más misterioso.

Las facciones de Silvio Manuel parecían sacadas de un fresco maya. Su tez era pálida, casi amarilla. Le vi as­pecto de chino. Sus ojos eran oblicuos, pero sin el pliegue epicántico de los asiáticos; eran grandes, negros y bri­llantes. Era un hombre lampiño. Su cabello negro aza­bache mostraba unos cuantos hebras grises. Tenía pómulos altos, nariz aquilina y labios llenos. Medía un metro setenta, más o menos. Era delgado pero fuerte; vestía una camisa deportiva amarilla, pantalones cafés y una liviana chamarra color beige. Por sus ropas y apa­riencia general, parecía mexicano-norteamericano.

Sonreí, alargándole la mano, pero Silvio Manuel no la tomó. Me saludó someramente con una inclinación de cabeza.

-Y este es Vicente Medrano -dijo don Juan diri­giéndose hacia el otro hombre-. El es el más sabio y el más viejo de mis compañeros. No en edad, sino porque fue el primer discípulo de mi benefactor.

Vicente hizo un gesto de cabeza tan breve como el de Silvio Manuel. No dijo una palabra.

Era un poco más alto que Silvio Manuel pero igual de delgado. Tenía una tez rosada, y usaba bigote y barba, bien cortados. Sus facciones eran casi delicadas; una nariz fina y cincelada, boca pequeña, labios delgados. Las cejas, espesas y oscuras, contrastaban con su barba y pelo agrisa­dos. Sus ojos eran castaños y también brillantes. Reía a pesar de su expresión ceñuda.

Vestía un conservador traje de sirsaca verdosa, y camisa de cuello abierto. También él parecía mexicano­-norteamericano. Supuse que era el dueño de la casa.

En contraste, don Juan parecía un peón indio. Su sombrero de paja, sus zapatos gastados, sus viejos panta­lones color caqui y su camisa a cuadros eran vestimentas que usan los jardineros o los criados típicos.

La impresión que tuve al verlos a los tres juntos fue que don Juan estaba disfrazado. Acudió a mi mente una imagen militar. Don Juan era el oficial al mando de una operación militar clandestina, un oficial de alto rango que, pese a sus esfuerzos, no podía ocultar sus años de mando.

También tuve la sensación de que todos tenían más o menos la misma edad, pero don Juan parecía mucho más viejo, aun cuando daba la impresión de ser infinita­mente más fuerte.

-Creo que ya ustedes saben que de toda la gente que he conocido, Carlos es el que más se consiente a sí mis­mo -les dijo don Juan con la más seria expresión-. Es aún peor que nuestro benefactor. Les aseguro que si hay alguien que toma los vicios y pecadillos en serio es Car­los.

Me eché a reír, pero nadie más lo hizo. Los dos hombres me miraron con un brillo extraño en los ojos.

-Ustedes tres van a hacer un trío memorable -continuó don Juan- el más viejo y sabio, el más peli­groso y misterioso y el más arrogante y pervertido.

Ni así rieron. Me escudriñaron hasta hacerme sentir incómodo. Por fin Vicente rompió el silencio.

-No sé porque lo trajiste a la casa -le dijo a don Juan en un tono seco y cortante-. No sirve para nada. Ponlo afuera, en el patio.

-Y amárralo -añadió Silvio Manuel.

Don Juan se volvió hacia mí.

-Ven, vamos afuera, al patio -dijo en voz baja, señalando con un movimiento lateral de la cabeza la parte trasera de la casa.

Era más que obvio que yo no les había caído nada bien a los dos hombres. No supe qué decir. Realmente estaba enojado y resentido, pero en cierta forma mi esta­do de conciencia acrecentada aminoraba esos sentimien­tos.

Salimos de la casa al patio trasero. Don Juan recogió tranquilamente una cuerda de cuero y me la enroscó al­rededor del cuello con tremenda velocidad. Sus movi­mientos fueron tan ágiles y tan rápidos que un instante después, sin aún haberme dado cabal cuenta de lo que pasaba, quedé atado del cuello, como un perro, a uno de los pilares de concreto que sostenían el pesado techo del pórtico trasero.

Don Juan meneó la cabeza de lado a lado en un ges­to de resignación o de incredulidad, y volvió al interior de la casa, mientras yo le gritaba que me desatara. La cuerda estaba tan apretada a mi cuello que me impedía gritar fuerte, como me hubiera gustado hacerlo.

No podía creer lo que me estaba sucediendo. Conte­niendo mi furia, traté de desatar el nudo de mi cuello. Estaba tan compacto que las hebras de cuero parecían pe­gadas con cola. Me rompí las uñas al tratar de desatarlas.

Tuve un ataque de ira incontrolable y gruñí como animal impotente. Agarré la cuerda, la enredé en mis antebrazos y jalé con toda mis fuerzas, apoyando, los pies en el pilar de concreto. Pero la cuerda era demasiado dura para la fuerza de mis músculos. Me sentí humilla­do y con miedo. El temor me produjo un momento de sobriedad. Me di cuenta entonces de que la falsa aura de razonabilidad de don Juan me había engañado.

Estudié mi situación con toda la objetividad posible y vi que no había otra salida más que cortar la cuerda. Empecé a restregarla frenéticamente contra la afilada esquina del pilar de concreto. Pensé que si la podía romper antes de que cualquiera de los tres hombres saliera de la casa y viniera a la parte de atrás, tendría la oportunidad de correr a mi carro y escapar a toda velocidad.

Resoplé y sudé restregando la cuerda hasta casi cor­tarla. Luego apoyé un pie contra el pilar, envolví la cuer­da en los brazos y la jalé con desesperación hasta que se rompió. El impacto me aventó al interior de la casa, arrojándome de espaldas a través de la puerta abierta.

Don Juan, Vicente y Silvio Manuel estaban parados en medio del cuarto aplaudiendo.

-Qué manera más dramática de entrar en una casa -dijo Vicente y me ayudó a levantarme-. Me has sor­prendido. No pensé que fueras capaz de tales explo­siones.

Don Juan se acercó y deshizo el nudo, de un tirón, liberando mi cuello del pedazo de lazo que lo rodeaba.

Yo estaba temblando de miedo, cansancio y furia. Con voz vacilante le pregunté a don Juan por qué me es­taba atormentando así. Los tres rompieron a reír. En ese momento no parecían figuras amenazantes.

-Queríamos ponerte a prueba, para ver qué tipo de hombre eres en realidad -me dijo don Juan y me con­dujo a uno de los sofás y, con toda cortesía, me invitó a sentarme.

Vicente y Silvio Manuel se sentaron en los sillones, don Juan se sentó frente a mí en el otro sofá.

Me reí nerviosamente, pero ya sin temor. Don Juan y sus amigos me miraban con franca curiosidad tratando con desesperación de parecer serio. Silvio Manuel movía la cabeza rítmicamente, sin dejar de mirarme. Sus ojos es­taban fuera de foco, pero fijos en mí.

-Te amarramos -don Juan continuó- porque queríamos saber si eras simpático o paciente o despiadado o astuto. Descubrimos que no eres ni lo uno ni lo otro. Eres más bien colérico, arrogante y pervertido, tal como yo había dicho que eras.

-Si no te hubieras entregado a tu violencia, por ejemplo, hubieras notado que el formidable nudo de la cuerda que tenías alrededor del cuello es falso. Se des­hace, con un simple tirón. Vicente diseñó ese nudo como truco para engañar a sus amigos.

-Rompiste la cuerda. No tienes nada de simpático -dijo Silvio Manuel.

Guardaron silencio por un momento; luego se echa­ron a reír.

-No eres astuto -continuó don Juan-. De lo con­trario habrías abierto con facilidad el nudo y huido con una valiosa soga de cuero. Tampoco eres paciente. De serlo, habrías gemido y llorado hasta darte cuenta de que había un par de tijeras colgadas en la pared. Hubieras cor­tado la cuerda con ellas en dos segundos y te hubieras ahorrado tanto esfuerzo y tanta angustia.

"Por lo que hemos visto de ti, no se te puede enseñar a ser violento ni obtuso. Ya lo eres, pero puedes aprender a ser despiadado, astuto, paciente y simpático.

Don Juan me explicó que ser despiadado, astuto, paciente y simpático es la quintaesencia del acecho. Son los cuatro fundamentos básicos que, con todas sus ramifica­ciones, son inculcados a los brujos de un modo muy me­ticuloso y cauto.

En realidad se estaba dirigiendo a mí, pero hablaba mirando a Vicente y a Silvio Manuel, quienes lo escu­chaban con la mayor atención y, de vez en cuando, asentían con la cabeza, concordando con él.

Afirmó repetidas veces que la enseñanza del acecho es una de las cosas más difíciles de llevar a cabo en el mundo de la brujería. Insistió en que me estaban enseñando a acechar y que, hicieran lo que hiciesen, aún cuando pudiera yo creer lo contrario, era la impecabilidad la que dictaba sus actos.

-Estate tranquilo. Sabemos lo que hacemos. Nues­tro benefactor el nagual Julián se encargó de que así fuera -dijo don Juan y los tres prorrumpieron en carcajadas tan estruendosas que me sentí molesto; no sabía qué pensar.

Don Juan reiteró que un punto muy importante que debía tomarse en consideración era el hecho de que para un espectador, ajeno a la situación, la conducta de los brujos podría parecer maliciosa, cuando en realidad no era nada menos que impecable.

-¿Cómo puede uno entablar la diferencia, especial­mente si uno es el que recibe? -pregunté.

-Los actos maliciosos son llevados a cabo por aquellos que buscan el provecho propio -dijo-. Los brujos, por otra parte, actúan con un propósito ulterior que no tiene nada que ver con el provecho personal. El hecho de que disfruten con sus actos no se cuenta cómo provecho, sino más bien como una característica de su temperamento. El hombre común y corriente actúa sólo si hay alguna oportunidad de beneficiarse. Los guerreros, por otro lado, actúan, no por el beneficio propio, sino por el espíritu.

Pensé acerca de eso. El actuar sin pensar en el prove­cho personal era en verdad un concepto extraño para mi. Se me había criado para invertir, para esperar algún tipo de recompensa por cuanto hiciera.

Don Juan debió de tomar mi silencio como signo de escepticismo. Rió y miró a sus compañeros.

-Si nosotros cuatro nos tomamos como ejemplo -prosiguió-. Yo diría que tú crees que estás invirtiendo en esta situación y que a fin de cuentas saldrás beneficia­do con ella. Por ello, si te enojas con nosotros o si te de­silusionamos, puedes recurrir a actos maliciosos para desquitarte. Nosotros por el contrario, no pensamos en el provecho personal. Como nuestros actos son guiados por la impecabilidad, no podemos enojarnos contigo o desilusionarnos de ti.

Don Juan me sonrió y dijo que tenía la certeza de que yo estaba enojadísimo con él, por todo lo que me había hecho ese día. Pero que quería explicarme la razón de sus acciones. Indicó que desde el momento en que nos encontramos en la estación de autobuses, sus actos con­migo, aunque no pareciera, habían sido dictados por la impecabilidad. Explicó que, por ejemplo, me había dicho que llevaba la bragueta abierta, porque necesitaba po­nerme en una situación bochornosa, para así, despreve­nidamente, ayudarme a entrar en la conciencia acrecen­tada.

-Fue una manera de sacudirte -dijo, esbozando una sonrisa-. Como somos indios brutos, nuestras sacudidas son primitivas y vulgares. Cuanto más sofisticado es un guerrero, más finas y elaboradas son las sacudidas. Sin embargo a nosotros nuestra vulgaridad nos hace reír mucho. Hoy día por poco nos mata de risa cuando nos hizo amarrarte el pescuezo como a un perro.

Los tres sonrieron y luego rieron calladamente, como si hubiera alguien más dentro de la casa, alguien a quien no querían perturbar.

En voz muy baja, don Juan dijo que, gracias a que yo estaba en un profundo estado de conciencia acrecentada, podía entender con mucha facilidad lo que él iba a de­cirme acerca de las dos maestrías: el acecho y el intento. Las llamó el orgullo o lo mejor del pensamiento y el in­terés de los brujos de hoy en día o de los brujos de otras épocas. Aseveró que en la brujería, el acecho, es el princi­pio de todo. Primeramente, los brujos deben aprender a acechar; después deben aprender a intentar y sólo en­tonces pueden mover su punto de encaje a voluntad.

Sin saber cómo, yo comprendía exactamente lo que me estaba diciendo. También comprendí, sin saber cómo, lo que el movimiento del punto de encaje puede lograr. Pero no tenía las palabras para explicar lo que sabía. Traté repetidas veces de expresarles mi conocimiento. Ellos, riéndose de mis fracasos, me instaban a tratar otra vez.

-¿Qué tal si yo lo digo por ti? -me preguntó don Juan-. A lo mejor puedo hallar las palabras que quieres usar pero que no te salen.

Por su expresión deduje que me estaba pidiendo per­miso. Encontré la situación tan absurda que empecé a reír.

Don Juan, haciendo gala de gran paciencia, volvió a preguntarme si yo le permitía hablar por mí. Su pregun­ta me provocó otro ataque de risa. Su mirada llena de sorpresa y preocupación me reveló que mi reacción le resultaba incomprensible. Don Juan se levantó y anunció que yo estaba muy cansado y que era hora de regresarme al mundo de los asuntos cotidianos.

Dijo que los brujos poseen una regla práctica: cuanto más profundo es el movimiento del punto de encaje, mayor es la sensación de que uno sabe todo, así como la sensación de no poder encontrar palabras para explicarlo. Añadió que hasta en el mundo cotidiano sucede, que al­gunas veces, el punto de encaje de una persona normal se mueve de por sí sólo, causando que esa persona se torne evasiva, se confunda y se le enrede la lengua.

-Espérese un momento -supliqué-. Estoy bien. Sólo que encuentro chistoso que me pida usted permiso para proseguir.

-Tengo que pedirte permiso -dijo don Juan-, porque las palabras tienen un tremendo poder e impor­tancia y son la propiedad mágica de quien las piensa. Y tú eres el único que puede dejar salir las palabras que tienes embotelladas dentro de ti, para que yo las diga. Creo que cometí un error al suponer que entiendes más de lo que en realidad entiendes.

Vicente intercedió, sugiriendo que me quedara un rato más. Don Juan estuvo de acuerdo.

-El primerísimo principio del acecho es que un guerrero se acecha a sí mismo dijo mirándome a la cara-. Se acecha a sí mismo sin tener compasión, con as­tucia, paciencia y simpáticamente.

Se me hizo chistoso y quise reír, pero no me dio tiempo. En pocas palabras definió al acecho como el arte de usar la conducta de un modo original, con propósitos específicos. Dijo que la conducta normal, en el mundo cotidiano, es rutinaria. Cualquier conducta que rompe con la rutina causa un efecto desacostumbrado en nues­tro ser total. Ese efecto desacostumbrado es el que buscan los brujos, porque es acumulativo. Y su acumulación es lo que hace de un brujo, un acechador.

Explicó que los brujos videntes de la antigüedad vie­ron que la conducta desacostumbrada producía un tem­blor en el punto de encaje. Encontraron luego que, si se practica la conducta desacostumbrada de manera sis­temática e inteligente, a la larga, esta práctica fuerza al punto de encaje a moverse.

-El verdadero desafío para esos brujos videntes -continuó don Juan- fue encontrar un sistema de con­ducta que no fuera trivial o caprichoso, y que fuera capaz de combinar la moralidad y el sentido de la belleza que distinguen a los brujos videntes de los simples hechice­ros. Y ese sistema se llama el arte del acecho.

Dejó de hablar y todos me miraron como si estuvie­ran buscando signos de fatiga en mis ojos o en mi cara.

-Cualquiera que logre mover su punto de encaje a una nueva posición es un brujo -continuó explicando don Juan-. Partiendo de esa nueva posición, un brujo puede hacer toda clase de cosas buenas o malas a sus semejantes. Por lo tanto ser brujo, es como ser zapatero o panadero. La meta de los brujos videntes es sobrepasar esa condición. Ser más que brujo. Y para eso necesitan belleza y moralidad.

Dijo que, para los brujos, el acecho es la base sobre la cual se construye todo lo demás.

-Hay brujos a quienes no les gusta el término ace­cho -continuó-. Se les hace muy pesado. Pero ese nombre se le aplicó porque consiste en comportarse de manera clandestina y furtiva. También se le llama el arte del sigilo, pero el término es igualmente pesado. Tú lo puedes llamar como mejor te parezca. A nosotros, a cau­sa de nuestro temperamento no militante, nos gustaría llamarlo el arte del desatino controlado. Sin embargo, continuaremos usando el término acecho porque es muy fácil decir acechador y, como decía mi benefactor, muy inconveniente y difícil decir el hacedor del desatino con­trolado.

Mencionar a su benefactor los hizo reír como niños.

Todo lo que me decía don Juan lo comprendí a la perfección. No tuve dudas ni preguntas que formular. Si acaso tuve algo fue la sensación de que necesitaba asirme a cada palabra que don Juan decía, como si fueran un an­cla. De otra forma, mis pensamientos se habrían adelan­tado a él.

Noté que yo tenía los ojos fijos en sus labios del mis­mo modo que mis oídos estaban atentos al sonido de sus palabras, pero al reparar en esto se rompió mi concentra­ción. Don Juan continuó hablando, sin embargo yo ya no lo escuchaba. Pensaba en las inconcebibles posibilidades de vivir en forma permanente en la conciencia acrecen­tada. Me pregunté qué valor tendría ese estado para nuestra supervivencia biológica; ¿nos volvería acaso más inteligentes, o más sensitivos que el hombre común y corriente?

Don Juan dejó de hablar de pronto y me preguntó en qué pensaba.

-Ah, eres tan práctico -comentó después que le hube contado mis meditaciones-. Pensé que en la con­ciencia acrecentada tu temperamento sería más artístico, más místico.

Don Juan se volvió hacia Vicente y le pidió res­ponder a mis preguntas.

Vicente carraspeó y se secó las manos, frotándolas contra sus muslos. Me dio la clara impresión de sufrir un ataque de pánico. Sentí lástima por él. Mi mente se inundó de pensamientos y cuando lo escuché tartamu­deando, una imagen irrumpió por encima de todo; la imagen que siempre tuve de la timidez de mi padre, de su miedo a la gente. Pero antes de que tuviera tiempo de rendirme a la tristeza, los ojos de Vicente se encendieron con una extraña luminosidad. Me puso una cara cómicamente seria y luego habló con la autoridad de un profesor.

-En respuesta a tu pregunta -dijo- yo diría que, la conciencia acrecentada no tiene valor alguno para la supervivencia biológica, de otro modo, toda la raza hu­mana estaría en la conciencia acrecentada. La cual es un estado peligrosísimo, pero el riesgo de entrar en él es mínimo. No obstante, siempre existe una remota posi­bilidad de que cualquier persona entre en ese estado. Al hacerlo, lo habitual es que se desconchinfle, la mayoría de las veces de forma irreparable.

Los tres empezaron a reír.

-Los brujos dicen que el estado de conciencia acre­centada es la puerta de entrada al intento -dijo don Juan- y lo utilizan como tal. Piénsalo.

Yo tomaba turnos para mirar a cada uno de ellos. Además yo tenía la boca abierta y sentía que si la man­tenía abierta entendería el enigma de la brujería, de in­mediato. Cerré los ojos y la respuesta me vino. No la pensé, la sentí, aunque no la podía expresar en palabras, por mucho que traté.

-Qué bien, qué bien -dijo don Juan- has obteni­do otra respuesta de brujo por tu propia cuenta, pero aún no tienes energía suficiente para delinearla y transfor­marla en palabras.

Lo que sentía no era sólo la sensación de no ser ca­paz de expresar mis pensamientos, más bien era como estar reviviendo un momento original olvidado años atrás: no saber lo que sentía, porque todavía no había aprendido a hablar y, por lo tanto, me faltaban los recur­sos para transformar en pensamientos todo lo que sentía.

-Para pensar y decir con exactitud lo que uno quiere decir, se requiere cantidades indecibles de energía -dijo don Juan irrumpiendo en mis sensaciones.

La fuerza de mi contemplación había sido tan inten­sa que me había hecho olvidar por completo lo que la había propiciado. Miré a don Juan aturdido, y confesé que no tenía idea de lo que ellos o yo habíamos dicho o hecho justo antes de ese momento. Recordé el incidente de la cuerda y lo que don Juan me había dicho inmedia­tamente después, pero no podía recordar la sensación que me había abrumado tan sólo unos minutos antes.

-Vas por camino equivocado -dijo don Juan-. Tratas de recordar, como lo haces normalmente, pero ésta es una situación diferente. Hace un segundo tuviste el sentimiento abrumador de saber algo muy específico. Los sentimientos así no pueden ser recordados por la memoria, los tienes que revivir mediante el intento de acordarte de ellos.

Se volvió hacia Silvio Manuel quien se hallaba esti­rado en el sillón, con los pies debajo de la mesa del centro. Silvio Manuel me miró fijamente. Sus ojos, negros como dos pedazos de obsidiana, relucían. Sin mover un músculo soltó un agudo grito parecido al de un ave.

Intento! -gritó-. ¡Intento! ¡Intento!

Con cada grito su voz se tornaba más inhumana y más aguda. Se me erizaron los cabellos de la nuca y sentí que se me ponía la piel de gallina. Sin embargo, mi mente en lugar de concentrarse en el terror que estaba ex­perimentando, fue directamente a revivir el sentimiento que había olvidado. Antes de que pudiera saborearlo por completo, se expandió hasta explotar, convirtiéndose en algo más. Entonces comprendí no sólo la razón por la cual la conciencia acrecentada es la puerta de entrada al inten­to, sino también supe lo que es el intento. Y sobre todo, comprendí que ese conocimiento no se puede traducir en palabras. Ese conocimiento está ahí a disposición de todos. Esta ahí para ser sentido, para ser usado, pero no para ser explicado. Uno puede entrar a él cambiando ni­veles de conciencia, por lo cual, la conciencia acrecentada es una puerta de entrada. Pero ni aun siquiera la puerta de entrada puede ser explicada. Sólo puede utilizársela.

Todavía hubo otro fragmento de conocimiento que capté sin ninguna instrucción: él conocimiento natural del intento está a disposición de cualquiera, pero el do­minarlo le corresponde sólo a quienes lo sondean.

Para entonces estaba terriblemente cansado, y fue sin duda por esa razón que mi crianza católica empezó a afectar profundamente mis reacciones. Por un momento creí que el intento era Dios.

Les dije eso y los tres al unísono se rieron a carcaja­das. Vicente, todavía usando su tono de profesor, dijo que no es posible que fuera Dios, porque el intento es una fuerza que no puede describirse y mucho menos representarse:

-No seas presumido -me dijo don Juan en tono severo-. No estás aquí para especular basándote en tu primero y único esfuerzo. Espera hasta dominar tu co­nocimiento. Entonces decide qué es qué.
Recordar las cuatro disposiciones del acecho me dejó exhausto. El resultado más dramático fue un despliegue de extraordinaria indiferencia. No me hubiera importa­do un comino caer muerto en ese instante, o si don Juan lo hubiera hecho. Me daba lo mismo si nos quedábamos a pasar la noche ahí o si emprendíamos nuestro camino de regreso en esa oscuridad total.

Don Juan se mostró muy comprensivo. Me guió, tomándome de la mano como si yo estuviera ciego, hasta una enorme roca y me ayudó a sentarme apoyando la es­palda contra ella. Me recomendó que me dejara llevar por el sueño natural de regreso a mi estado normal de conciencia.





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