El Conocimiento Silencioso


V. QUITAR EL POLVO DEL VÍNCULO CON EL ESPÍRITU



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V. QUITAR EL POLVO DEL VÍNCULO CON EL ESPÍRITU

El sol aún no había asomado por sobre los picos orien­tales, pero el día ya estaba caluroso. Al llegar a la primera cuesta empinada del camino, a unos cuantos kilómetros del pueblo, don Juan se detuvo a la vera de la carretera pavimentada. Se sentó junto a unas enormes rocas, arrancadas de la faz de la montaña cuando la dinamitaron para abrir el camino. Me hizo señas para que me sentara a su lado. Por lo general, parábamos ahí para hablar o descansar cuando íbamos en camino a las montañas. Esta vez, don Juan anunció que el viaje sería largo y que has­ta podríamos quedarnos en las montañas varios días.

-Hay muchas cosas que discutir -dijo don Juan-, así que vayamos al grano de una buena vez. El tercer centro abstracto se llama los Trucos del Espíritu, o los trucos de lo abstracto, o el acecharse a sí mismo, o el desempolvar el vínculo con el intento.

Me sorprendió la andanada de nombres, pero no dije nada. Esperé a que continuara con su explicación.

-Y otra vez, como en el caso del primer y el segun­do centro abstracto, hay una historia básica -continuó-. La historia dice que, después de tocar la puerta del hom­bre de quien ya hablamos sin tener ningún éxito, el espíritu siguió el único camino posible: el ardid. Después de todo, el espíritu había resuelto sus dificultades ante­riores como el hombre por medio del ardid. Era obvio que si quería que ese hombre le prestara atención debía engatusarlo de nuevo. De esa manera, el espíritu empezó a instruirlo en los misterios de la brujería. Y así es como el aprendizaje de la brujería se transformó en lo que es: una ruta de artificio y subterfugio.

-La historia dice que el espíritu engatusó al hom­bre haciéndolo cambiar una y otra vez de niveles de con­ciencia, con el fin de explicarle en ambos reinos cómo ahorrar energía y reforzar su vínculo de conexión.

Don Juan me dijo que si aplicábamos esta historia a un ambiente moderno, nos encontraríamos con el caso del nagual, conducto viviente del espíritu, que repite la estructura de este centro abstracto y recurre al artificio y al subterfugio para enseñar.

Dejó de hablar súbitamente y se levantó, luego echó a andar hacia la cordillera de montañas. Aceleré el paso y comenzamos nuestro ascenso.

Muy entrada la tarde alcanzamos la cima de las altas montañas. Aun en esa altitud hacía mucho calor. Du­rante todo el día seguimos una brecha casi invisible. Por fin llegamos a un pequeño claro. Era un antiguo puesto de vigilancia que dominaba el norte y el oeste.

Nos sentamos ahí y don Juan reanudó la conversa­ción sobre las historias de la brujería. Dijo que yo ya había oído la historia de como el intento se manifestó al nagual Elías y de cómo el espíritu tocó la puerta del na­gual Julián. También había oído la historia de cómo él mismo se había hallado con el espíritu, y por cierto, me sabía de memoria la historia de cómo me había yo en­contrado con el abstracto. Declaró que todas estas histo­rias poseían la misma estructura, sólo diferían los personajes. Cada historia era una tragicomedia abstracta con un actor abstracto, el intento y dos actores humanos, el nagual y su aprendiz. El guión era el centro abstracto.

Pensé que al fin había comprendido yo lo que era un centro abstracto, pero no podía explicar del todo, ni si­quiera a mí mismo, que era lo que yo comprendía; mucho menos, explicárselo a don Juan. Cuando traté de exponer mis pensamientos me encontré balbuceando.

Don Juan parecía estar familiarizado con mi estado mental. Sugirió que reposara y me limitara a escucharlo. Dijo que su siguiente relato trataría sobre el proceso que emplea un nagual para llevar a su aprendiz al reino del espíritu; un procedimiento que los brujos llaman quitar el polvo del vínculo de conexión con el intento.

-Ya te conté la historia de cómo el nagual Julián me llevó a su casa, después de que me hirieron, y cómo cuidó de mi herida hasta recuperarme -continuó don Juan-. Pero nunca te conté cómo le quitó el polvo a mi vínculo con el intento, cómo me enseñó a acecharme a mí mismo.

"Lo primero que hace un nagual con su aprendiz es jugarle una treta; en otras palabras, le da un empellón en su vínculo con el espíritu. Hay dos formas de hacerlo. Una es por medios seminormales, como lo hice contigo, y la otra es directamente por medio de la brujería, como mi benefactor lo hizo conmigo.

Don Juan volvió a contarme cómo su benefactor había convencido a la gente, amontonada a su alrededor, de que él era hijo suyo y que necesitaba llevarlo a casa, porque estaba herido. Pagó a unos hombres para que car­garan a don Juan, inconsciente debido al impacto de la bala y a la pérdida de sangre. Días después, don Juan re­cobró el conocimiento y se encontró con un indefenso y amable viejecito y su voluminosa esposa cuidando de su herida.

El viejecito dijo que su nombre era Belisario, que su esposa era una famosa curandera y que ambos le estaban curando su herida. Don Juan les dijo que él no tenía di­nero para pagarles. Belisario sugirió que cuando se recuperara, se podría arreglar alguna forma de pago.

Don Juan dijo que estaba totalmente confundido, lo que no era nada nuevo para él. En ese entonces, él apenas tenía veinte años. Y era un indio imprudente y musculo­so, sin sesos, sin educación y con un carácter horrendo. No tenía ningún concepto de la gratitud. Aunque le pa­recía que era muy amable de parte del viejo y de su espo­sa el haberlo ayudado, su intención era esperar hasta que su herida sanara y después esfumarse de la casa sin decir ni gracias ni adiós.

Cuando se recuperó lo suficiente y estaba listo para huir, el viejo Belisario lo llevó a un cuarto vacío y entre susurros temblorosos le reveló que la casa donde estaban no le pertenecía a él sino a un hombre monstruoso que lo tenía a él y a su mujer prisioneros. Le pidió a don Juan que lo ayudara a escapar de su tormento y cautiverio. Antes de que don Juan pudiera responder, un verdadero monstruo, como de un cuento de ogros, se precipitó den­tro del cuarto, como si hubiera estado escuchando tras la puerta. Era de un color gris verdusco; tenía la cara de un pez y un solo ojo inmóvil en el medio de la frente. Era tan grande que apenas cabía en el cuarto. Lanzó un zarpa­zo a don Juan, siseando como una serpiente, listo para deshacerlo. El susto de don Juan fue tan tremendo que se desmayó al instante.

-Fue magistral la manera cómo mi benefactor dio un empellón a mi vínculo con el espíritu -continuó-. Claro está que me había hecho entrar en un estado de conciencia acrecentada antes de la entrada del monstruo y lo que en realidad vi, como si fuera un hombre mons­truoso, fue algo que los brujos llaman un ser inorgánico, lo cual es simplemente energía sin forma.

Don Juan dijo que eran incontables las diabluras que su benefactor hizo a sus aprendices, provocando siempre situaciones chistosísimas pero bochornosas para quienes las sufrían, especialmente para él, cuya seriedad y rigidez lo hacían el blanco perfecto para las bromas didácticas de su benefactor. Agregó, como si acabara de ocurrírsele, que, huelga decirlo, su benefactor era quien se entretenía más que nadie con esas bromas.

-Si tú crees que me río de ti, lo cual hago, eso no es nada comparado con la forma en que él se reía de mí -continuó don Juan-. Mi diabólico benefactor había aprendido a llorar cuando quería ocultar su risa. No te puedes imaginar como lloraba al principio de mi apren­dizaje.

Continuando con su historia, don Juan señaló que su vida nunca fue la misma tras el espanto de ver a ese hombre monstruoso. Su benefactor se las arregló para que así fuera. Don Juan explicó que una vez que un na­gual ha puesto en juego los trucos del espíritu, tiene que hacer lo imposible para mantener a sus discípulos en lí­nea, especialmente a su discípulo nagual. Este esfuerzo para mantenerlos en carril puede tomar dos rumbos. Puede ser muy fácil, porque el aprendiz es tan disciplinado y sensato que su decisión es todo lo que necesita a fin de entrar al mundo de los brujos, como en el caso de la joven Talía; o es la dificilísima labor de convencer a un aprendiz que no tiene ni disciplina ni sensatez.

Me aseguró que en su caso, debido a que era un cam­pesino sin prudencia o freno alguno, y sin un solo pensa­miento en la cabeza, el proceso de mantenerlo en línea adquirió proporciones grotescas.

Poco después del primer empellón, su benefactor le propinó un segundo empellón al mostrar a don Juan su habilidad para transformarse. Un día, cambió de apariencia y se volvió un hombre joven. Don Juan fue incapaz de concebir esta transformación de otra manera que no fuera un ejemplo del arte de un actor consumado.

-¿Cómo lograba esos cambios? -pregunté.

-El era las dos cosas, mago y artista -replicó don Juan-. Su magia consistía en transformarse al mover su punto de encaje a la posición que le proporcionaría exac­tamente el cambio que él deseara. Y su arte era la perfec­ción de sus transformaciones.

-No entiendo muy bien lo que me está usted di­ciendo -dije.

Don Juan explicó que la percepción es como la bisa­gra de todo lo que el hombre es y hace, y que la percep­ción está regida por la ubicación del punto de encaje. Por lo tanto, si el punto de encaje cambia de posición, la per­cepción del mundo cambia de acuerdo con ella. Es el cambio de percepción lo que trae el cambio de apariencia. El brujo que sabe exactamente dónde poner su punto de encaje puede transformarse en lo que quisiera.

-La pericia del nagual Julián para mover su punto de encaje era tal que podía efectuar las transformaciones más sutiles -continuó don Juan-. El que un brujo se transforme en cuervo, por ejemplo, es definitivamente una gran hazaña, pero requiere un enorme, y por lo tan­to, tosco movimiento del punto de encaje. Pero transfor­marse en un hombre gordo, o en un hombre viejo es algo que requiere el movimiento más sutil del punto de encaje y el conocimiento más sagaz de la naturaleza hu­mana.

-Preferiría no pensar o hablar de esas cosas como si fueran hechos -dije.

Don Juan rió como si yo hubiera dicho algo chis­tosísimo.

-¿Cuál era la razón de las transformaciones de su benefactor? -pregunté-. ¿Lo hacía para divertirse?

-No seas estúpido. Los guerreros no hacen nada sólo para divertirse -respondió-. Las transformaciones de mi benefactor eran estratégicas; didácticas por la necesi­dad, como en el caso de su transformación de viejo a jo­ven. De vez en cuando esas transformaciones tenían con­secuencias divertidísimas, pero eso es otro asunto.

Le recordé que yo le había preguntado anteriormente de dónde aprendió su benefactor a efectuar esas transformaciones y que él me había dicho que su benefac­tor tuvo un maestro, pero no me dijo quién.

-Le enseñó ese misterioso brujo que está bajo nuestra tutela -replicó don Juan lacónicamente.

-¿Quién es ese misterioso brujo? -pregunté.

-El desafiante de la muerte -dijo, y me miró con aire interrogante.

El desafiante de la muerte era un personaje muy vívido para todos los brujos del grupo de don Juan. Según ellos, el desafiante de la muerte era un brujo que tenía siglos de edad. Había logrado sobrevivir hasta el presente gracias a su habilidad de mover su punto de en­caje. Lo movía de una manera específica, dentro de su campo de energía total, a ubicaciones también es­pecíficas.

Don Juan me había contado, asimismo, acerca de un acuerdo al que llegaron, siglos atrás, los videntes de su linaje y el desafiante de la muerte. Un acuerdo en vir­tud del cual el desafiante les proporcionaba dones a cam­bio de energía vital. Debido a este acuerdo lo tenían bajo su tutela y lo llamaban "el inquilino".

Don Juan me había explicado que los brujos de la antigüedad eran expertos en mover el punto de encaje. Y al moverlo descubrieron cosas extraordinarias sobre la percepción, pero también descubrieron cuán fácil es perderse en aberraciones. La situación del desafiante de la muerte era, para don Juan, un ejemplo clásico de cómo los brujos se pierden en una aberración.

Don Juan acostumbraba repetir, cada vez que era pertinente, que si el punto de encaje es empujado por al­guien que no sólo lo ve sino que al mismo tiempo posee la energía suficiente para moverlo, éste se desliza dentro de la bola luminosa a la ubicación que aquel que lo em­puja indique. Puesto que su resplandor es suficiente para iluminar los campos filiformes de energía que toca, la percepción resultante es de un nuevo mundo, tan com­pleto como el mundo de nuestra percepción normal. Cordura y fortaleza, por lo tanto, son esenciales en los brujos para tratar con el movimiento del punto de en­caje.

Continuando con su relato, don Juan dijo que él no tardó en acostumbrarse a la idea de que el viejecito que le había salvado su vida era en realidad un joven disfraza­do de viejo. Pero un día, el joven se convirtió otra vez en el viejo Belisario que don Juan conoció en un princi­pio. Él y su mujer, con gran prisa, empacaron sus cosas y se prepararon para partir. Antes de que don Juan pudiera hablarles, aparecieron, de repente, dos hombres son­rientes con un tiro de mulas y cargaron todo.

Don Juan rió, saboreando su historia. Dijo que mientras los arrieros cargaban las mulas, Belisario se lo llevó a un lado y le hizo notar que él y su esposa estaban disfrazados otra vez. Él era de nuevo un viejo y su bella mujer era nuevamente una india irascible y gorda.

-Yo era un estúpido y estaba en la edad en que sólo lo obvio tiene valor -continuó don Juan-. Tan sólo un par de días antes, había visto su increíble transformación de un viejecillo enteco, de como setenta años, a un vigo­roso joven de cerca de veinticinco, y había aceptado la ex­plicación de que su vejez era sólo un disfraz. Su mujer también cambió de una vieja acrimoniosa y gorda a una joven bella y esbelta. Por supuesto, la mujer no se trans­formó como mi benefactor. El sencillamente cambió mu­jeres. Escondió a la vieja gorda y sacó a la hermosa. Claro está que me pude haber dado cuenta en ese entonces de todas esas maniobras, pero la sabiduría siempre nos llega gota a gota y muy dolorosamente.

Don Juan dijo que el viejecito lo abrazó para despe­dirse y le aseguró que su herida estaba curada, a pesar de que todavía no se sentía del todo bien. Después, con una voz que reflejaba una verdadera tristeza le murmuró al oído: "le has gustado muchísimo a ese monstruo; tanto que nos ha dejado en libertad a mí y a mi mujer y te ha tomado a ti como su único sirviente".

-Me hubiera reído de él -dijo don Juan- de no ser por unos espantosos gruñidos de animal y un ensor­decedor traqueteo de objetos que provenía de las habita­ciones del monstruo.

Los ojos de don Juan brillaban de deleite. Yo quería permanecer serio, pero no podía contener la risa.

Belisario, consciente del estado de pavor de don Juan, se disculpó repetidas veces por el giro del destino que lo había liberado a él y había hecho prisionero a don Juan. Chasqueó la lengua en señal de disgusto y maldijo al monstruo. Con lágrimas en los ojos, enumeró todos los quehaceres que el monstruo exigía todos los días. Y cuando don Juan protestó, Belisario le confió en voz baja, que no había forma de escapar, porque el monstruo además era un brujo sin par.

Don Juan le rogó a Belisario que le recomendara qué hacer, y Belisario le dio una larga explicación sobre el hecho de que los planes sólo sirven para lidias con seres humanos comunes y corrientes. En el contexto humano, por lo tanto, podemos conspirar y planear, y dependien­do de la suerte, aparte de nuestra astucia y dedicación, podemos triunfar. Pero ante lo desconocido, específi­camente en la situación de don Juan, la única esperanza de sobrevivir consistía en aceptar y comprender.

Belisario le confesó a don Juan, en un murmullo apenas audible, que con objeto de asegurarse de que el monstruo nunca lo perseguiría, se iba al estado de Du­rango para aprender brujería. Le preguntó a don Juan si él consideraría lo mismo: la posibilidad de aprender brujería para liberarse del monstruo. Y don Juan, horro­rizado ante el mero pensamiento de la brujería, dijo que no quería tener nada con los hechiceros.

Don Juan se apretó los costados, riendo, y admitió que le divertía imaginar cuánto habría disfrutado su be­nefactor con ese diálogo entre ellos. En especial cuando él, en un paroxismo de horror rechazó la invitación, he­cha en buena fe, para aprender brujería diciendo: "Yo soy un indio. Nací para odiar y temer a la brujería".

Belisario intercambió miradas con su mujer y su cuerpo empezó a sacudirse como en convulsiones. Don Juan lo observó con más atención y se dio cuenta de que estaba sollozando en silencio, obviamente herido por el rechazo. Su mujer tuvo que sostenerlo hasta que dejó de llorar y recobró la compostura.

Cuando ya salían de la casa, Belisario le dio a don Juan otro consejo. Le dijo que debía tener en cuenta dos cosas: que el monstruo aborrecía a las mujeres, y que don Juan debía mantenerse muy alerta por si aparecía un remplazante y sucedía que el monstruo le cobraba apre­cio, al punto de querer cambiar de esclavo. Pero que no pusiera en ello muchas esperanzas, pues iban a pasar años antes de que siquiera pudiera salir de la casa. Al monstruo le gustaba asegurarse de que sus esclavos le eran leales o, cuando menos, obedientes.

Don Juan no pudo soportar más. Se desmoronó en llanto y le dijo a Belisario que a él nadie lo esclavizaría. En todo caso, siempre podía suicidarse. El anciano, muy conmovido por ese arranque confesó haber sentido exac­tamente lo mismo, pero, ¡caramba!, el monstruo era ca­paz de leer los pensamientos y cada vez que intentó qui­tarse la vida se lo había impedido de inmediato.

Belisario se ofreció otra vez a llevarse a don Juan con él para aprender brujería como la única solución po­sible. Don Juan le dijo que su solución era como saltar de la sartén al fuego.

Belisario empezó a llorar a gritos y abrazó a don Juan. Maldijo el momento en que le había salvado la vida y juró que él no tenía ni la menor idea de que fue­ran a cambiar puestos. Se sonó la nariz y ,mirando a don Juan con ojos ardientes, dijo "La única manera de so­brevivir es si te disfrazas. Si no eres listo, el monstruo puede robarte el alma y convertirte en un idiota que solo hace sus quehaceres. ¡Que lástima que yo no tenga tiem­po de enseñarte a ser actor!" y lloró aún más.

Don Juan, ahogado en lágrimas, le pidió que le enseñara cómo disfrazarse, porque él ni siquiera podía concebir lo que era un disfraz. Belisario le confió que el monstruo tenía muy mala vista y le recomendó experi­mentar con cualquier ropa que le agradara. Tenía, des­pués de todo, muchos años por delante para probar dife­rentes disfraces. Abrazó a don Juan en la puerta, llorando abiertamente. Su esposa le tocó la mano a don Juan con timidez. Y se fueron.

-Nunca en toda mi vida, he sentido tal pánico y tal desesperación -dijo don Juan-. El monstruo hacía re­sonar los trastes dentro de la casa como si me esperara con impaciencia. Me senté en la puerta y gemí como pe­rro adolorido. Después vomité de puro miedo.

Don Juan dijo que pasó horas sentado allí sin poder moverse. No se atrevía ni a huir ni a entrar. No es exa­geración decir que estaba al borde de la muerte cuando vio a Belisario moviendo los brazos, tratando frenética­mente de llamarle la atención desde el otro lado de la calle. El solo verlo ahí le brindó a don Juan un ins­tantáneo alivio. Belisario estaba agazapado en la acera vigilando la casa. Le hizo señas a don Juan para que se es­tuviera quieto.

Después de un rato horriblemente largo, Belisario gateó unos cuantos metros y se agazapó otra vez, quedan­do completamente inmóvil. Así, arrastrándose de esa manera, avanzó hasta llegar al lado de don Juan. Le llevó horas hacer eso. Mucha gente pasó por la calle, pero na­die pareció notar la desesperación de don Juan o las ma­niobras del viejo. Cuando por fin Belisario llegó a su lado, le susurró que no se había sentido bien al dejarlo como perro atado a un poste. Su esposa no estaba de acuerdo, pero él había regresado para rescatarlo. Después de todo, gracias a don Juan, él había ganado su libertad.

Le preguntó a don Juan en un susurro, pero con gran fuerza, si estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por salir del atolladero. Y don Juan le aseguró que él era ca­paz de todo. De la manera más cautelosa, Belisario le ten­dió un atado de ropa. Luego delineó su plan. Don Juan debía ir al ala de la casa más alejada de las habitaciones del monstruo y cambiarse lentamente de ropa, comen­zando por quitarse el sombrero y dejando los zapatos para el último. Tenía después que poner toda su ropa en un armazón de madera, una estructura tipo maniquí que debía construir rápidamente, tan pronto estuviera dentro de la casa.

El siguiente paso consistía en que don Juan se pusie­ra el único disfraz que engañaría al monstruo: las ropas en el paquete.

Don Juan corrió al interior de la casa y preparó todo. Construyó una especie de espantapájaros con los palos que encontró en el patio; luego se quitó la ropa y la colocó en el armazón. Pero al abrir el paquete se llevó la sorpre­sa de su vida. ¡El paquete contenía ropas de mujer!

-Me sentí más que estúpido -dijo don Juan- y estaba a punto de ponerme mi propia ropa otra vez cuan­do escuché los gruñidos inhumanos de ese hombre monstruoso. ¡Yo estaba perdido! Me habían criado, en rea­lidad, para despreciar a las mujeres y para creer que la única función de la mujer es cuidar al hombre. Ponerme ropas de mujer era para mí tanto como convertirme en mujer. Pero mi miedo era tan intenso que cerré los ojos y me puse la pinche ropa.

Miré a don Juan imaginándolo con ropas femeni­nas. La imagen era tan ridícula que estallé en carcajadas.

Según contó don Juan cuando el viejo Belisario, que lo esperaba en la acera de enfrente, lo vio con ese disfraz comenzó a llorar sin control. Sollozando así guió a don Juan hasta las afueras del pueblo donde su mujer estaba esperando junto con los dos arrieros. Uno de ellos, muy atrevidamente, le preguntó a Belisario si estaba robán­dose a esa muchacha tan rara para venderla a un prostíbulo. El viejo lloró tanto que parecía estar a punto de desmayarse. Los arrieros no sabían qué hacer con las lágrimas del viejo, pero la esposa en lugar de apiadarse de don Juan o del pobre viejo, comenzó a carcajearse a su vez, sin que don Juan pudiera comprender la razón.

El grupo inició el viaje en la oscuridad por caminos poco transitados, con rumbo al norte. Belisario no habló mucho. Parecía estar asustado y a la espera de dificul­tades. Su esposa peleaba con él constantemente y se que­jaba de que ponían su libertad en peligro al llevarse a don Juan con ellos. Belisario le dio órdenes estrictas de no volver a mencionar el asunto, por miedo a que los arrieros descubrieran el disfraz de don Juan. Aconsejó a don Juan que mientras no supiera portarse convincente­mente como mujer, actuara como una persona un po­quito tocada de la cabeza.

En pocos días, el miedo de don Juan había dismi­nuido bastante. De hecho, se sentía con tanta confianza que ni siquiera recordaba haber tenido miedo. De no ha­ber sido por la ropa que vestía, hubiera podido considerar toda la experiencia como un mal sueño.

Don Juan me aclaró que usar ropas de mujer bajo esas condiciones le produjo una serie de cambios drás­ticos. La esposa de Belisario lo instruyó, con verdade­ra seriedad, en todo lo que corresponde a una mujer. Don Juan la ayudaba a cocinar, a lavar la ropa y a juntar leña. Belisario le rasuró la cabeza y le untó una medicina de olor muy fuerte y desagradable diciendo a los arrieros que la chica estaba llena de piojos. Don Juan dijo que como era lampiño, no le fue difícil pasar por mujer, pero se sentía asqueado consigo mismo, con toda esa gente y, sobre todo, con su destino. El acabar usando ropas feme­ninas y haciendo labores de mujer era más de lo que él podía soportar.

Un día explotó. Los arrieros fueron la gota que des­borda el vaso. Esperaban y exigían que esa muchacha tan rara los sirviera y los entretuviera como una esclava. Además, lo obligaban a estar siempre en guardia, porque considerándolo mujer le hacían proposiciones deshones­tas en cada oportunidad que tenían.

Me sentí impulsado a hacerle una pregunta.

-¿Estaban los arrieros en complicidad con su bene­factor? -pregunté.

-No -replicó y comenzó a reír a carcajadas-. Eran dos simpáticos muchachos que habían caído mo­mentáneamente bajo su hechizo. El había alquilado sus mulas para cargar sus plantas medicinales y llevarlas a Durango. Pero les dijo que les pagaría muy bien si lo ayu­daban a secuestrar a una joven.

"La única cómplice era la bella y esbelta mujer que se intercambiaba con la india gorda".

La naturaleza y el alcance de los actos del nagual Julián me dejaron atónito. Me imaginé a don Juan recha­zando proposiciones amorosas y lloraba de risa.

Don Juan continuó con su relato. Dijo que el día que explotó se enfrentó al viejo con severidad y le anuncié que la farsa había durado bastante, y que los arrieros no lo dejaban en paz con sus insinuaciones soeces. Belisario sin inmutarse le aconsejó ser más comprensivo, porque ya se sabe que los hombres siempre serán hombres; y se echó a llorar a gritos, desconcertando a don Juan por completo, al punto de hacerlo defender furiosamente a las mujeres.

Se había apasionado tanto con la condición de la mujer que se asustó a sí mismo. Le dijo a Belisario que de seguir así, terminaría peor que si se hubiera quedado de esclavo del monstruo.

Su desconcierto creció aún más cuando el viejo Be­lisario, llorando sin control, murmuró idioteces: que la vida era linda, que el poquito precio que teníamos que pagar por ella era una ganga, y que el monstruo podría devorarle el alma de don Juan sin siquiera permitirle suicidarse.

"Coquetea con los arrieros", le aconsejó a don Juan en un tono conciliatorio. "Son campesinos primiti­vos; todo lo que quieren es jugar, así que dales un empu­joncito tú también cuando te lo den a ti. Deja que te to­quen la pierna. ¿Qué te cuesta?" y siguió llorando a lagrima viva.

Don Juan le preguntó por qué lloraba así.

-Porque tú eres perfecto para todo eso -respon­dió, mientras su cuerpo se retorcía con la fuerza de su llanto.

Don Juan le agradeció a Belisario por todas las mo­lestias que se había tomado por él, añadiendo que ya se sentía salvo y que quería marcharse. "El arte del acecho es aprender todas las singularidades de tu disfraz", dijo Belisario sin prestar atención a lo que don Juan le estaba di­ciendo. "Y aprenderlas tan bien que nadie podría descu­brir que estás disfrazado. Para hacer eso, necesitas ser despiadado, astuto, paciente, y simpático".

Don Juan no tenía idea de lo que Belisario estaba hablando. En lugar de averiguarlo, le pidió ropas de hombre. Belisario se mostró muy comprensivo. Le dio a don Juan algunas ropas viejas y unos cuantos pesos de regalo. Le prometió que su disfraz siempre estaría ahí, disponible, en caso de necesitarlo. Nuevamente, lo instó con vehemencia para que se fuera a Durango con él a aprender brujería y así librarse del monstruo de una vez por todas. Don Juan le dio las gracias, pero se rehusó. Sin decir palabra, Belisario se despidió dándole fuertes palmadas en la espalda, repetidas veces.

Don Juan cambió de ropa y le pidió a Belisario que le indicara el camino. Este le respondió que el rumbo de la senda era hacia el norte y si la seguía tarde o temprano llegaría al siguiente pueblo. Agregó que a lo mejor se volvían a cruzar en el camino ya que todos llevaban la misma dirección: la que los alejara del monstruo.

Libre al fin, don Juan se alejó lo más rápidamente que pudo. Debió haber caminado dos o tres kilómetros antes de encontrar señales de gente. Sabía que había un pueblo en las cercanías y pensó que quizás podría conse­guir trabajo ahí en tanto decidía a dónde ir. Se sentó a des­cansar por un momento, anticipando las dificultades que normalmente encontraría cualquier forastero en un pue­blo apartado. De pronto, con el rabillo del ojo, alcanzó a ver un movimiento entre los matorrales que bordeaban la senda. Tuvo la sensación de que alguien lo observaba. Se aterrorizó tanto que saltó y empezó a correr en direc­ción al pueblo, pero el monstruo le salió al frente y arre­metió contra él, tratando de aferrarlo por el cuello. Falló por un par de centímetros. Don Juan gritaba como nunca había gritado jamás, sin embargo, tuvo suficiente control como para girar en redondo y correr de regreso en busca de Belisario.

Mientras don Juan corría para salvar la vida, el monstruo iba tras él, abriéndose paso entre los arbustos a sólo unos cuantos metros de distancia. Don Juan dijo que nunca en su existencia había oído un ruido más pavoro­so. Por fin, vio a las mulas moviéndose con lentitud en la distancia y gritó pidiendo auxilio.

Belisario; al reconocerlo, corrió hacia él desplegando evidente terror. Le arrojó el paquete de ropas de mujer y gritó 'corre como vieja, tonto'.

Don Juan admitió no saber cómo tuvo la presencia de ánimo necesaria para correr a la manera de las mu­jeres, pero lo hizo. El monstruo dejó de perseguirlo. Be­lisario le indicó que se cambiara apresuradamente mien­tras él mantenía al monstruo a raya.

Sin mirar a nadie, don Juan se unió a la mujer de Belisario y a los sonrientes arrieros, quienes evidente­mente nunca se dieron cuenta de que la chica rara era hombre. Nadie dijo una palabra durante días. Por fin, Belisario le habló a don Juan y comenzó a darle lecciones diarias de cómo se comportan las mujeres. Le dijo que las mujeres indias eran practicas y que iban directamente al grano, pero que también eran muy tímidas y siempre que se sentían acosadas mostraban las señales físicas del miedo en sus ojos huidizos, en sus bocas apretadas, y en las dilatadas aletas de la nariz. Todas estas señales iban acompañadas de una terrible obstinación; una testarudez de mula seguida por una risa tímida.

Belisario hizo que don Juan practicara esa conducta femenina en cada pueblo por donde pasaban. Don Juan estaba sinceramente convencido que le estaba enseñando a ser actor. Belisario insistía en que le estaba enseñando el arte del acecho. Le dijo a don Juan que el acecho es un arte aplicable a todo, y que consiste de cuatro facetas: el no tener compasión, el ser astuto, el tener paciencia, y el ser simpático.

Otra vez sentí el impulso de romper el hilo de su relato.

-¿Pero, no es que el acecho se enseña en la concien­cia acrecentada profunda? -pregunté.

-Por supuesto -replicó con una sonrisa-. Pero debes comprender que, para algunos hombres, usar ropas de mujer es la puerta de entrada a la conciencia acrecen­tada. Para mí lo fue. De hecho, vestir a un brujo macho de mujer es más eficaz, para entrar a la conciencia acre­centada, que empujar su punto de encaje, pero más difícil de ejecutar.

Don Juan dijo que su benefactor lo entrenaba diaria­mente en las cuatro facetas, los cuatro modos del acecho e insistía en que don Juan comprendiera que no tener compasión no significaba ser grosero; ser astuto no sig­nificaba ser cruel; tener paciencia no significaba ser negligente y ser simpático no significaba ser estúpido.

Le enseño que esas cuatro disposiciones de animo debían ser perfeccionadas hasta que fueran tan sutiles que nadie las pudiera notar. Creía que las mujeres eran acechadoras innatas. Y convencido de ello, sostenía que sólo en ropa de mujer podía un hombre aprender el arte del acecho.

-Fui con él a cada mercado de cada pueblo por el que pasamos. Y regateaba con todo el mundo -continuó don Juan-. Mi benefactor se hacía a un lado y me obser­vaba. -No tengas compasión de nadie, pero sé encanta­dor -me decía-. Sé astuto, pero muy decente. Ten pa­ciencia, pero sé activo. Debes ser muy simpático y al mismo tiempo aniquilador. Sólo las mujeres pueden hacer eso. Si un hombre actúa de ese modo se lo toma por afeminado.

Y como para asegurarse de que don Juan se mantu­viera en línea, el hombre monstruoso aparecía de cuan­do en cuando. Don Juan lo alcanzó a ver merodeando por el campo. Lo veía, en especial, después de que Belisa­rio le palmeaba vigorosamente la espalda, supuesta­mente para aliviarle un agudo dolor nervioso en el cue­llo. Don Juan rió diciendo que no tenía la menor sospecha de que con las palmadas lo hacía entrar en la conciencia acrecentada.

-Nos llevó un mes llegar a la ciudad de Durango -dijo don Juan-. En ese mes tuve una pequeña mues­tra de las cuatro disposiciones del acecho. Esto en realidad no me cambió mucho, pero me brindó la oportunidad de tener un indicio de lo que es estar en los zapatos de una mujer.





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