El Conocimiento Silencioso



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III. LO ABSTRACTO

Regresamos a la casa de don Juan en las primeras horas de la mañana. Nos llevó largo tiempo descender de las montañas, principalmente debido a mi temor a tropezar en la oscuridad y caer en un precipicio. Don Juan tenía que detenerse a cada instante, para recobrar el aliento que perdía riéndose de mí.

Estaba yo muerto de cansancio, pero no conseguí dormir. Como al medio día, comenzó a llover. El sonido del copioso aguacero sobre el techo de teja, en lugar de adormecerme, disipó todo trazo de somnolencia.

Fui a buscar a don Juan y lo encontré dormitando en una silla. En cuanto me acerqué a él se despertó por completo. Le di los buenos días.

-Parece que usted no tiene problemas para dormir -comenté.

-Después de asustarte o enojarte, nunca te acuestes a dormir -dijo sin mirarme-. Duerme como lo hago yo, sentado en una silla cómoda.

En una ocasión me sugirió que si quería dar a mi cuerpo un verdadero descanso, debía tomar largas siestas tendido de vientre, con la cabeza vuelta hacia el lado iz­quierdo y los pies colgando justo sobre el pie de la cama. Para no enfriarme me recomendó colocar una almohada ligera sobre los hombros, sin tocar el cuello y usar medias gruesas o no quitarme los zapatos.

La primera vez que oí su sugerencia, pensé que esta­ba bromeando, pero más tarde cambié de opinión. El dor­mir en esa posición me permitía descansar profunda­mente. Al comentarle los sorprendentes resultados, me aconsejó seguir sus sugerencias al pie de la letra sin im­portar si le creía o no.

Le dije a don Juan que bien habría podido ense­ñarme la noche anterior lo de dormir sentado. Le ex­pliqué que el motivo de mi insomnio, además de mi enorme fatiga, era una extraña preocupación por lo que me había contado en la cueva de los brujos.

-¡No me vengas con esas! -exclamó-. Has visto y oído cosas realmente espeluznantes, sin perder un solo momento de sueño. Es otra cosa lo que te preocupa.

Por un momento pensé que encontraba poco sincera la razón de mi preocupación. Comencé a darle explica­ciones, pero él continuó hablando como si no me hubie­ra escuchado.

-Anoche declaraste categóricamente que la cueva no te molestaba en lo mínimo -dijo-. Pues obvia­mente, te afectó. Anoche no insistí sobre el asunto de la cueva, porque estaba esperando tu reacción.

Don Juan manifestó que la cueva fue diseñada por los brujos de la antigüedad para servir de catalizador. Su forma había sido medida cuidadosamente a fin de aco­modar a dos personas, en el aspecto de dos campos de energía. La teoría de esos brujos era que la naturaleza de la roca, y el modo en que la tallaron, permitía a dos cuer­pos, a dos bolas luminosas, entretejer su energía.

-Te llevé a esa cueva a propósito -continuó- no porque me guste, porque no me gusta, sino porque es in­dispensable. Fue creada como un instrumento para em­pujar al aprendiz a un profundo estado de conciencia a­crecentada. Pero desgraciadamente, así como ayuda también malogra: empuja a los brujos a las acciones. A los antiguos brujos no les gustaba pensar, preferían actuar.

-Usted siempre me ha dicho que su benefactor era así -comenté.

-Esa es una exageración mía -dijo-, como cuan­do digo que tú eres un tonto. Mi benefactor era un na­gual moderno, dedicado a la búsqueda de la libertad, pero se inclinaba más hacia las acciones que los pensamientos. Tú eres un nagual moderno implicado en la misma búsqueda, pero tiendes bastante hacia los extravíos de la razón.

Su comparación debió parecerle de lo más graciosa. Sus carcajadas hicieron eco en el cuarto vacío.

Cuando llevé la conversación otra vez al tema de la cueva aparentó no oírme. Por el brillo en sus ojos y la forma en que me sonreía, comprendí que fingía.

-Anoche te conté lo del primer centro abstracto -dijo-, y te lo conté con la esperanza de que, al refle­xionar sobre el modo como yo he actuado contigo du­rante todos estos años, dieras con la idea de cuales son los otros centros abstractos. Has pasado conmigo mucho tiempo. Y yo he tratado durante cada momento de todo ese tiempo de ajustar mis actos y mis pensamientos a los patrones de los centros abstractos.

"Ahora, la historia del nagual Elías es otro asunto. A pesar de parecer una historia sobre dos personas, real­mente es una historia acerca del intento. El intento crea edificios frente a nosotros y nos invita a entrar en ellos. Este es el modo como los brujos entienden su mundo; creen que cada cosa que pasa a su alrededor es un edificio creado por el intento.

Don Juan pareció cambiar de conversación y me recordó que yo siempre insistía en descubrir el orden básico de todo lo que me decía. Pensé que estaba critican­do mi tendencia a transformar todo lo que él me enseñaba en un problema relacionado con la ciencia social. Comencé a decirle que mi perspectiva había cambia­do bajo su influencia. Me detuvo y sonrió.

-Es una lástima, pero tú no piensas muy bien -di­jo y suspiró-. Yo siempre he querido que comprendas el orden básico de lo que te enseño. Lo que no me gusta es lo que tú consideras como orden básico. Para ti, éste re­presenta procedimientos secretos o consistencias ocultas. Para mí, representa dos cosas: el edificio que el intento construye, en un abrir y cerrar de ojos y coloca frente a nosotros para que entremos en él, y las señales que nos da para que no nos perdamos una vez dentro.

"Hablando de orden básico -prosiguió- la historia del nagual Elías es más que el simple relato de una cade­na de acontecimientos. Al pie de todo eso está el edificio del intento. La historia tenía como propósito mostrarte ese edificio y, al mismo tiempo, darte una noción de cómo eran los naguales del pasado, para que así puedas coordinar sus actos y pensamientos a fin de entrar a los edificios del intento.

Hubo un silencio prolongado. Yo no tenía nada que decir. Para no dejar morir la conversación, dije lo prime­ro que se me ocurrió. Comenté que por lo que había oído del nagual Elías, me había formado muy buena opinión de él. En cambio, por razones desconocidas, todo cuanto don Juan me había dicho acerca del nagual Julián me perturbaba.

La sola mención de mi desagrado deleitó a don Juan en gran medida. Tuvo que levantarse de la silla para no ahogarse de risa. Me puso el brazo sobre los hombros y dijo que siempre amábamos u odiábamos a quienes son nuestro reflejo.

Una estúpida toma de conciencia me impidió pre­guntarle qué quería decirme con eso. Don Juan continuó riéndose, obviamente consciente de mi estado de ánimo. Guiñándome el ojo dijo que el nagual Julián era como un niño, cuya sobriedad y moderación provenían de fuera, y que carecía de disciplina aparte de su entrenamiento como aprendiz de brujería.

Sentí la genuina urgencia de defenderme y dije que en mi caso mi disciplina era verdadera.

-Por supuesto -me dijo con aire condescen­diente-. No se puede esperar que seas exactamente igual a él.

Y rompió a reír de nuevo.

A veces, don Juan me exasperaba a tal punto que sentía ganas de gritarle. Pero esta vez ese estado de ánimo no duró mucho tiempo. Se disipó rápidamente a medida que otra preocupación empezó a hilarse en mi cabeza. Le pregunté a don Juan si era posible que yo hu­biera entrado en un estado de conciencia acrecentada sin siquiera saberlo.

-A estas alturas, entras a la conciencia acrecentada por propia cuenta -dijo-. La conciencia acrecentada es un misterio sólo para nuestra razón. En la práctica, es de lo más sencillo que hay. Como siempre somos nosotros quienes complicamos todo al tratar de transformar la in­mensidad que nos rodea en algo razonable.

Recalcó que en vez de estar discutiendo inútilmente mis estados de ánimo, yo debía estar pensando acerca del centro abstracto del que había hablado. Le dije que había estado cavilando toda la mañana sobre eso, llegando a la conclusión de que "las manifestaciones del espíritu" era el tema metafórico de la historia. Lo que no pude deter­minar, sin embargo, fue el centro abstracto y llegué a la conclusión que debía ser algo no expresado.

-Te lo voy a repetir -dijo, como si fuera un maes­tro de escuela enseñando a sus estudiantes- las mani­festaciones del espíritu es el nombre del primer centro abstracto de las historias de brujería. Obviamente, lo que los brujos conocen como centro abstracto, es algo que, por el momento, se te pasa por alto. Y esa parte que se te escapa, los brujos la conocen como el edificio del intento, o la voz silenciosa del espíritu, o el arreglo ulterior de lo abstracto.

Argüí que yo entendía la palabra ulterior como algo que no era revelado abiertamente, como en la expresión "motivos ulteriores". Y él replicó que en este caso, ulte­rior significaba más que algo no revelado abiertamente; significaba el conocimiento sin palabras; el conocimiento que quedaba fuera de nuestra comprensión racional, so­bre todo de la mía. Aseveró que la comprensión de la que hablaba estaba más allá de mis aptitudes, por el momento, pero no más allá de mis posibilidades totales.

-Si los centros abstractos están más allá de mi com­prensión, ¿de que sirve hablar de ellos? -pregunté.

-La regla dice que los centros abstractos y las histo­rias de brujería deben ser enseñados en este punto -di­jo- y algún día, las historias mismas te revelarán el arreglo ulterior de lo abstracto, que es, como ya te dije, el conocimiento silencioso; el edificio del intento, que está indisputablemente presente en las historias.

Yo no le entendía por más que trataba.

-El arreglo ulterior de lo abstracto no es simple­mente el orden en el que nos presentaron los centros abs­tractos -explicó- ni tampoco lo que tienen en común, y ni siquiera el tejido que los une. Más bien, es el acto de conocer lo abstracto directamente, sin la intervención del lenguaje.

Me escrutó en silencio de pies a cabeza, con el obvio propósito de verme.

-Todavía no te es evidente -declaró.

Hizo un gesto de impaciencia, un poco malhumora­do, como si mi lentitud lo molestara. Eso me preocupó, pues don Juan no era dado a expresar molestia.

-No tiene nada que ver contigo -dijo en respuesta a mi pregunta de que si estaba enfadado o decepcionado conmigo-. Es que al verte se me cruzó un pensamiento por mi mente. En tu ser luminoso hay una característica que los antiguos brujos hubieran dado cualquier cosa por poseer.

-Puede usted decirme lo que es -pedí en tono áspero.

-Te lo diré en otra ocasión -dijo- entretanto, continuemos con el elemento que nos impulsa: lo abs­tracto. El elemento sin el cual, no existiría el camino del guerrero, ni guerrero alguno en busca de conocimiento.

Dijo que las dificultades que yo experimentaba no le eran desconocidas. El mismo también había pasado ver­daderos tormentos para comprender el arreglo ulterior de lo abstracto. Y de no haber sido por la gran ayuda del nagual Elías, habría terminado como su benefactor: todo acción y muy poca comprensión.

-¿Cómo era el nagual Elías? -pregunté para cam­biar de tema.

-No se parecía en nada a su discípulo -dijo don Juan-. Era indio. Muy prieto y fornido. Tenía facciones toscas, boca y nariz grandes, ojos pequeños y negros, ca­bello negro y grueso sin una sola cana. Era más bajo de estatura que el nagual Julián. Tenía pies y manos grandes. Era muy humilde y muy sabido, pero no tenía chispa. Comparado con mi benefactor, era algo pesadito. Siempre solitario, sumido en cavilaciones y en pregun­tas. El nagual Julián bromeaba que su maestro impartía sabiduría por toneladas y a sus espaldas lo llamaba el na­gual Tonelaje.

"Nunca entendí la razón de sus bromas -continuó don Juan-. Para mí el nagual Elías era como una ráfaga de aire fresco. Me explicaba todo pacientemente, como yo te explico a ti, probablemente con un poco más de algo que no llamaría yo compasión, sino más bien empatía.

Desde el momento que los guerreros, son incapaces de sentir compasión por sí mismos, tampoco pueden sentir compasión por nadie. Sin la fuerza impulsora de la lástima por sí mismo, la compasión no tiene sentido.

-¿Quiere usted decir, don Juan, que a un guerrero nadie le importa?

-En cierto modo, sí. Para un guerrero todo co­mienza y termina en sí mismo. Sin embargo, su contacto con lo abstracto lo hace superar sus sentimientos de im­portancia personal. Así, el yo se convierte en algo abs­tracto, algo sin egoísmo.

"El nagual Elías sabía que las circunstancias de nuestras vidas y nuestras personalidades eran similares -continuó don Juan-. Por esta razón, se sintió obligado a ayudarme. Yo no siento esa similitud contigo, así que supongo que te considero de una manera muy seme­jante a la que el nagual Julián me consideraba a mí.

Don Juan dijo que el nagual Elías lo tomó bajo su protección casi desde el primer momento en que llegó a la casa de su benefactor. Era él quien le daba complejas explicaciones acerca de todo lo que sucedía en su apren­dizaje. Nunca le importó al nagual Elías si don Juan era capaz de comprender o no. Su deseo de ayudarlo era tan intenso, que prácticamente lo tenía prisionero. De esta forma, lo protegió de los duros embates del nagual Julián.

-En un principio, yo acostumbraba a quedarme en casa del nagual Elías -continuó don Juan- y me encan­taba. En casa de mi benefactor tenía que andar siempre muy alerta; siempre en guardia, temeroso de lo que él me fuera a hacer. En cambio, en casa del nagual Elías, sentía lo contrario: me sentía seguro y a gusto.

-Mi benefactor me presionaba sin misericordia. Y sencillamente, yo no podía imaginarme por qué lo hacía. A veces hasta pensaba que el hombre estaba loco de re­mate.

Quería preguntarle por qué lo presionaba tanto, pero don Juan continuó hablando del nagual Elías. Dijo que era un indio del estado de Oaxaca y que había sido instruido por otro nagual de nombre Rosendo, de la misma región. Don Juan describió al nagual Elías como un hombre conservador, a quien le gustaba sobremanera su soledad ermitaña. Recalcó que era un brujo curandero, con una enorme clientela, famoso no sólo en Oaxaca, sino en todo el sur de México, pero que, a pesar de su ocupación diaria y su fama, vivía completamente aislado en el extremo opuesto del país, en el norte de México.

Don Juan dejó de hablar. Arqueando las cejas, se me quedó viendo con una mirada interrogatoria. Parecía estar solicitándome una pregunta. Pero todo lo que yo quería era que continuara con su relato.

-Sin falla, cada vez que espero que me hagas una pregunta, no lo haces -dijo-. Estoy seguro de que me oíste decir que el nagual Elías era un famoso brujo que atendía gente todos los días en el sur de México y al mis­mo tiempo era un ermitaño en el norte de México. ¿No te parece esto curioso?

Me sentí abismalmente estúpido. Le confesé que, al momento que me decía todo eso, lo único que se me ocurrió pensar fue en lo difícil que habría sido para él viajar de un lado a otro.

Don Juan se echó a reír. Y yo le pregunté, ya que me había hecho darme cuenta de ello, que cómo era posible para el nagual Elías estar en dos sitios al mismo tiempo.

-El ensueño es el avión a propulsión de un brujo -dijo-. El nagual Elías era ensoñador, así como mi be­nefactor era acechador, y podía crear y proyectar lo que los brujos conocen como el cuerpo de ensueño, o el Otro, y estar en dos lugares distantes al mismo tiempo. Con su cuerpo de ensueño, llevaba a cabo sus funciones de bru­jo, con su ser natural era un ermitaño.

Le hice notar que me resultaba sorprendente que yo pudiera aceptar con mucha facilidad la idea de que el na­gual Elías podía proyectar fuera de él la imagen sólida, tridimensional, de sí mismo, y sin embargo, no podía yo entender por nada del mundo las explicaciones acerca de los centros abstractos.

Don Juan dijo que si yo podía aceptar la idea de la vida dual del nagual Elías era porque el espíritu estaba haciendo ajustes finales en mi capacidad de estar cons­ciente de ser. Le dije que su aseveración era tan críptica que no tenía significado para mí. Pero él, sin prestarme atención, continuó hablando. Dijo que el nagual Elías tenía una mente muy despierta y unas manos de artis­ta. Él copiaba en madera y en hierro forjado los objetos que veía en sus viajes de ensueño. Don Juan aseveró que esos modelos eran de una belleza exquisita y per­turbadora.

-¿Qué clase de objetos eran los que él veía? -pre­gunté-.

-En sus viajes de ensueño, él se iba al infinito -dijo don Juan-. Y no hay modo de saber qué era lo que él veía en ese infinito. Debes de tomar en cuenta que, siendo un indio, el nagual Elías iba a sus viajes de en­sueño de la misma manera que un animal salvaje mero­dea en busca de alimento. Un animal nunca llega a un lugar donde haya señales de actividad; sólo llega cuando no hay nadie. El nagual Elías, un ensoñador solitario, visitaba, por así decirlo, el basural del infinito cuando no había nadie. Y copiaba todo lo que veía. Pero nunca supo si esas cosas tenían uso o de dónde provenían.

Una vez más, no tuve inconveniente alguno en aceptar lo que don Juan me decía. La idea del nagual Elías viajando en el infinito no me parecía descabellada en lo más mínimo. Estaba a punto de hacer un comenta­rio acerca de esto, cuando don Juan me interrumpió con un gesto de cejas.

-Para mí, el ir de visita con el nagual Elías era el placer máximo, y sin embargo era un lata -dijo-. A veces creía que me iba a morir de aburrimiento. No porque el nagual Elías fuera aburrido, sino porque el nagual Julián era único, sin igual. El estar con el nagual Julián echaba a perder a cualquiera.

-Pero, yo creía que usted se sentía seguro y a gusto en la casa del nagual Elías -dije.

-Claro que sí y por mucho tiempo esa era la causa de mi conflicto -respondió-. Como a ti, a mí también me encantaba atormentarme con los extravíos de la mente. Muy al comienzo encontré paz en la compañía del nagual Elías. Sin embargo, más tarde, a medida que comprendía mejor al nagual Julián, me gustaba tanto estar con el que todos los demás se vinieron al suelo. Afortunadamente resolví mi problema imaginario. En­contré el encanto de aburrirme con el nagual Elías.

Continuando su relato, don Juan dijo que frente a la casa, el nagual Elías tenía una sección abierta y techada donde estaba la fragua para sus trabajos en hierro; un banco de carpintero y herramientas. La casa de adobe, con techo de teja, consistía en un enorme cuarto con suelo de tierra, donde vivía él con cinco brujas videntes, que en realidad eran sus esposas. También había cuatro hom­bres, brujos videntes de su grupo, que vivían en pequeñas casas en los alrededores de la casa del nagual. Todos eran indios de diferentes partes del país que se habían trasladado al norte de México.

-El nagual Elías sentía un gran respeto por la energía sexual -dijo don Juan- pensaba que nos había sido dada para que la utilicemos en ensoñar. Creía que el ensoñar había caído en desuso porque podía alterar el precario equilibrio mental de la gente susceptible.

"Yo te he enseñado a ensoñar tal como él me lo enseñó a mi -continuó-. Él me enseñó que durante los sueños, el punto de encaje se mueve moderadamente y de manera muy natural. El equilibrio mental de uno no es otra cosa que fijar el punto de encaje en un sitio es­pecífico y habitual. Si los sueños hacen que ese punto se mueva, y si el ensoñar es el control de ese movimiento natural, y si se necesita energía sexual para ensoñar, cuando se disipa esa energía en el acto sexual, los resulta­dos son desastrosos.

-¿Qué me está usted tratando de decir, don Juan? -pregunté-.

Pregunté eso, porque sentía que entrar en el tema del ensueño no se debía al desarrollo natural de la con­versación.

-Tú eres un ensoñador -dijo-. Si no tienes cui­dado con tu energía sexual ya puedes irte acostumbran­do a los movimientos erráticos en tu punto de encaje. Hace un momento te asombraban tus propias reac­ciones. Bien, eso se debe a que tu punto de encaje se mueve sin sentido, porque tu energía sexual no está en equilibrio.

Hice un estúpido e inadecuado comentario sobre la vida sexual de los hombres adultos.

-Nuestra energía sexual es lo que gobierna el en­sueño -explicó-. El nagual Elías me enseñó que, o ha­ces el amor con tu energía sexual o ensueñas con ella. No hay otro camino. Si te menciono todo esto es porque tienes una gran dificultad en mover tu punto de encaje para asimilar nuestro último tópico: lo abstracto.

"Lo mismo me ocurrió a mí -continuó don Juan-. Sólo cuando mi energía sexual se liberó del mundo, cayó todo en su sitio. Esa es la regla para los ensoñadores. Los acechadores son lo opuesto. Mi bene­factor, por ejemplo, era un libertino sexual como hom­bre común y corriente y como nagual.

Don Juan parecía estar a punto de contarme las aventuras de su benefactor, pero obviamente cambió de idea. Meneó la cabeza y dijo que yo era demasiado pudi­bundo para tales revelaciones. No insistí.

Dijo que el nagual Elías poseía la sobriedad que sólo adquieren los soñadores tras inconcebibles batallas consi­go mismos. El utilizaba esa sobriedad cuando le daba a don Juan complejas explicaciones sobre el conocimiento de los brujos.

-Según me explicó el nagual Elías, mi propia difi­cultad para comprender el espíritu era algo que le pasaba a la mayoría de los brujos -prosiguió don Juan-. De acuerdo al nagual Elías la dificultad era nuestra resisten­cia a aceptar la idea de que el conocimiento puede existir sin palabras para explicarlo.

-Pero yo no encuentro ninguna dificultad en acep­tar todo esto -dije.

-El aceptar esta proposición no es tan sencillo como decir: la acepto -dijo don Juan-. El nagual Elías decía que toda la humanidad se había alejado de lo abs­tracto y que alguna vez debió de haber sido nuestra fuer­za sustentadora. Luego sucedió algo que nos apartó de lo abstracto y ahora no podernos regresar a él. El nagual decía que un aprendiz tarda años para estar en condi­ciones de regresar a lo abstracto; es decir, para saber que el lenguaje y el conocimiento pueden existir independien­temente el uno del otro.

Don Juan reiteró que el punto crítico de nuestra difi­cultad de retornar a lo abstracto era nuestra resistencia a aceptar que podíamos saber sin palabras e incluso sin pensamientos. Iba a argüir que si yo lo pensaba bien, él estaba di­ciendo tonterías cuando me asaltó el extraño sentimien­to de que yo estaba pasando por alto algo de crucial im­portancia para mí. Don Juan me estaba tratando de decir algo que yo o bien no alcanzaba a captar, o no se podía decir del todo.

-El conocimiento y el lenguaje son cosas separadas -repitió lentamente.

Estuve a punto de decir: lo sé, como si realmente lo supiera, pero me contuve.

-Te dije que no hay manera de hablar del espíritu -continuó- porque al espíritu sólo se lo puede experimentar. Los brujos tratan de dar una noción de esto al decir que el espíritu no es nada que se pueda ver o sentir, pero que siempre esta ahí, vaga e indistintamente enci­ma de nosotros. Algunas veces, hasta llega a tocar­nos, sin embargo, la mayor parte del tiempo permanece indiferente.

Guardé silencio y él continuó explicando. Dijo que en gran medida, el espíritu es una especie de animal sal­vaje que mantiene su distancia con respecto a. nosotros hasta el momento en que algo lo tienta a avanzar. Es en­tonces cuando se manifiesta.

Le presenté el argumento de que, si el espíritu no es un ente, o una presencia, o algo que tuviera esencia, ¿cómo se lo podía tentar a manifestarse?

-Tu problema -dijo-, es tomar en consideración sólo tu idea de lo que es el espíritu. Por ejemplo, para ti, decir la esencia interna del hombre, o el principio funda­mental es tocar lo abstracto; o probablemente decir algo menos vago, algo así como el carácter, la volición, la hombría, la dignidad, el honor. El espíritu, por supuesto, puede ser descripto mediante todos estos términos abs­tractos. Y eso es lo que resulta confuso, ser todo eso y no serlo al mismo tiempo.

Agregó que lo que yo consideraba como lo abstracto era, o lo opuesto a todas las cosas prácticas, o algo que se me había ocurrido considerar como carente de existencia concreta.

-Por otro lado, para un brujo, lo abstracto es algo que no tiene paralelo en la condición humana -dijo.

-¿Pero no se da usted cuenta de que son lo mismo -grité-. Estamos hablando de la misma cosa.

-No lo estamos -insistió-. Para un brujo, el espíritu es lo abstracto, porque para conocerlo no necesita de palabras, ni siquiera de pensamientos; es lo abstracto, porque un brujo no puede concebir qué es el espíritu. Sin embargo, sin tener la más mínima oportunidad o deseo de entenderlo, el brujo lo maneja; lo reconoce, lo llama, lo incita, se familiariza con él, y lo expresa en sus actos.

Meneé la cabeza con desesperación. No podía ver yo la diferencia.

-La raíz de tu confusión es que yo he usado el tér­mino "abstracto" para denominar al espíritu -dijo-. Para ti, "abstracto" es algo que denota estados de intui­ción. Un ejemplo es la palabra "espíritu", que no describe la razón ni la experiencia práctica y que, claro, según tú, no sirve más que para aguijonear tu fantasía.

Estaba yo furioso con don Juan. Lo llamé obstinado y se rió de mí. Sugirió que si yo lograba considerar seria­mente la proposición que el conocimiento puede ser in­dependiente del lenguaje, sin molestarme en entenderla, tal vez pudiera ver la luz.

-Piensa en esto -dijo-. No fue el acto de cono­cerme lo importante para ti. El día que te conocí, tú cono­ciste al espíritu. Pero como no podías hablar de ello, no lo notaste. Los brujos conocen al abstracto sin saber lo que están haciendo, sin verlo, sin tocarlo y sin siquiera sentir su presencia.

Permanecí callado, porque no me gustaba discutir con él. A veces él era terrible y caprichosamente abstruso. Don Juan parecía estar divirtiéndose inmensamente.

IV. EL ULTIMO DESLIZ DEL NAGUAL JULIÁN


En el patio de la casa de don Juan reinaba el fresco y el si­lencio de los claustros de un convento. Había allí un sinnúmero de enormes árboles frutales, plantados ex­tremamente cerca unos de otros, que parecían regular la temperatura y absorber todos los ruidos. La primera vez que llegué a su casa, critiqué la manera ilógica en que es­taban plantados esos frutales. Yo les hubiera proporcio­nado más espacio. Él replicó que esos árboles no eran de su propiedad, que eran árboles guerreros, libres e inde­pendientes, que se habían unido a su grupo de brujo. Dijo que mis comentarios, si bien eran aplicables a los árboles comunes, no atañían a los que estaban en su casa.

Su réplica me sonó muy metafórica. Lo que ignora­ba yo en ese entonces era que don Juan daba un sentido literal a todo cuanto decía.

Don Juan y yo nos encontrábamos sentados en unas sillas de caña, frente a los frutales. Comenté que los árboles cargados de fruta no eran sólo un bello espectáculo, sino también algo asombroso en extremo, dado que no era la estación de frutas.

-Existe una historia intrigante acerca de ellos -ad­mitió-. Como sabes, estos árboles son guerreros de mi grupo. Ahorita tienen fruta, porque yo y todos los demás miembros de mi grupo hemos estado expresando senti­mientos y opiniones acerca de nuestro viaje definitivo, aquí mismo, delante de ellos. Y ahora los árboles saben que, cuando nos embarquemos en nuestro viaje definiti­vo, irán con nosotros.

Lo miré, atónito.

-No puedo dejarlos -dijo-. Son guerreros como nosotros. Han unido su sino al grupo del nagual. Saben lo que yo siento por ellos. El punto de encaje de los árboles esta localizado muy abajo en sus enormes con­chas luminosas y esta característica les permite conocer nuestros sentimientos. Por ejemplo, estos árboles cono­cen los sentimientos que tú y yo tenemos en este momen­to, al estar hablando frente a ellos acerca de mi viaje definitivo.

Guardé silencio. El tema de su viaje definitivo me deprimía. Don Juan repentinamente cambió la conversa­ción.

-El segundo centro abstracto de las historias de brujería se llama el Toque del Espíritu -dijo-. El pri­mer centro, las Manifestaciones del Espíritu, es el edificio que el intento construye y coloca frente al brujo, in­vitándolo a entrar. Es el edificio del intento visto por un brujo. El Toque del Espíritu es el mismo edificio visto por el principiante al que se invita, o más bien se obliga a entrar.

"Este segundo centro abstracto también podría ser una historia en sí. Y esa historia dice que, después de que el espíritu se manifestó, a ese hombre de quien ya hablábamos, sin obtener respuesta, el espíritu le tendió una trampa. Un subterfugio decisivo, no porque el hom­bre tuviera nada de especial, sino porque, debido a la in­comprensible cadena de eventos desatada por el espíritu, el hombre estaba disponible en el preciso momento en que el espíritu tocó la puerta.

"No hace falta decir que todo cuanto el espíritu le re­veló a ese hombre no solamente carecía de sentido para él, sino que de hecho iba contra todo lo que ese hombre sabía, contra todo lo que él era. Claro está, el hombre re­husó de inmediato y en forma bastante hosca a tener algo que ver con el espíritu. No iba a dejarse engañar por esas tonterías tan absurdas. El sabía lo que hacía. Y así, el espíritu y ese hombre quedaron absolutamente estanca­dos.

"Con la misma facilidad con la que te digo que todo esto podría ser una historia -continuó don Juan- te puedo decir que es una idiotez. Te puedo decir que esa historia es como el chupón que se les da a los niños que lloran. Esa historia es para los que lloran con el silencio de lo abstracto.

Me escudriñó por un momento; luego sonrió.

-Te gustan las palabras -dijo recriminándome-. Te da miedo el solo pensar en el conocimiento silencioso. Por otro lado, las historias, por más estúpidas que sean, te encantan y te hacen sentir seguro.

Su sonrisa era tan pícara que acabé riendo.

Me recordó que ya él me había dado un detallado re­lato de la primera vez que el espíritu tocó su puerta. Y por un momento, no pude imaginar de que me estaba hablando.

-No sólo fue mi benefactor quien tropezó conmi­go cuando me estaba muriendo del balazo que me die­ron -explicó-. Ese día, el espíritu tocó mi puerta. Mi benefactor comprendió que él estaba allí como conducto del espíritu. Sin la intervención del espíritu, el encuen­tro con mi benefactor no hubiera significado nada.

Manifestó que el nagual puede oficiar como conduc­to solamente después de que el espíritu ha manifestado su voluntad ya sea a través de casi imperceptibles mani­festaciones o mediante comandos directos. Por lo tanto, no hay posibilidad de qué un nagual pueda elegir a sus aprendices siguiendo su propia volición o sus cálculos. No obstante, una vez que el espíritu se revela a través de sus augurios, el nagual no escatima nada para satisfacer­lo.

-Después de practicar por toda una vida -con­tinuó-, los brujos, en especial los naguales, saben si el espíritu los está, o no los está, invitando a entrar al edifi­cio dispuesto delante de ellos. Han aprendido a discipli­nar su vinculo con el intento; de ese modo siempre están prevenidos; siempre saben lo que el espíritu les de­para.

Don Juan dijo que el camino de los brujos, en gene­ral, es un proceso arduo cuya finalidad es poner en orden al vínculo de conexión. Dijo también que ese vínculo, en el hombre común y corriente, está prácticamente inerte y que los brujos comienzan siempre con algo que no sirve para nada.

Enfatizó que a fin de revivir el vínculo de conexión, los brujos necesitan un propósito extremadamente fiero y riguroso, un estado especial de la mente llamado inten­to inflexible. El reconocer y aceptar que el nagual es el único capaz de suplir ese intento inflexible es la parte de la brujería que resulta más difícil para los aprendices.

Argüí que yo no veía ninguna dificultad en aceptar eso.

-Un aprendiz es alguien que se esfuerza por lim­piar y revivir su vínculo con el espíritu -explicó-. Una vez que ese vínculo revive, no puede continuar siendo un aprendiz; pero hasta ese día, necesita de un propósito indomable, un intento inflexible, del cual carece, por su­puesto. Por esa razón, el aprendiz permite que el nagual le proporcione tal propósito y, para hacerlo, tiene que re­nunciar a su individualidad. Esa es la parte difícil.

Repitió algo que me decía con mucha frecuencia: que no se reciben bien a los voluntarios en el mundo de la brujería, porque ya tiene propósitos propios y eso les dificulta enormemente renunciar a su individualidad. Si el mundo de los brujos exige ideas y actos contrarios a esos propósitos, los voluntarios simplemente se enfadan y se van.

-Revivir el vínculo de un aprendiz es un verdadero logro para un nagual -continuó don Juan-. Depen­diendo, por supuesto, de la personalidad del aprendiz, la tarea puede ser lo más simple que hay, o uno de los peores dolores de cabeza que uno puede imaginar.

Don Juan me aseguró que, aunque yo pudiera tener otras ideas al respecto, la tarea de revivir mi vinculo con el intento no era tan molesta para él como la suya propia había sido para su benefactor. Admitió que yo tenía un mí­nimo de autodisciplina que me era muy útil, mientras que él nunca tuvo ni eso; y su benefactor, a su vez aún menos.

-La diferencia se puede observar en la manera cómo el espíritu toca la puerta -continuó-. En algunos casos, el toque es apenas perceptible. En mi caso, fue un comando. Había recibido un balazo; la sangre me salla a borbotones por un agujero en el pecho. Mi benefactor tuvo que actuar con rapidez y sin vacilación; de la misma manera que su benefactor lo hizo con él. Los brujos saben que cuanto más fuerte sea el comando, más difícil será el discípulo.

Don Juan me explicó que uno de los aspectos más ventajosos de su conexión con dos naguales fue el poder oír las mismas historias desde dos puntos de vista. Por ejemplo, la historia del nagual Elías y las manifesta­ciones del espíritu, vista desde la perspectiva del nagual Julián, el aprendiz, es la historia de la dura manera cómo el espíritu a veces toca la puerta.

-Todo lo relacionado con mi benefactor era muy difícil -dijo, y comenzó a reír-. Cuando tenía veinti­cuatro años, el espíritu no sólo tocó su puerta, sino que casi la echó abajo.

Dijo que la historia realmente empezó años atrás, cuando su benefactor era todavía un apuesto adolescente, vástago de una honorable familia de la ciudad de México. Un adolescente mimado, rico, con educación y con una personalidad tan carismática que todo el mundo lo quería, en especial las mujeres, quienes se enamora­ban de él a primera vista. Desafortunadamente, estos atributos positivos no impedían su holgazanería, su total falta de disciplina, y su pasión por entregarse a todo vicio imaginable.

Don Juan dijo que dada su personalidad y su situa­ción hogareña -era el único hijo varón de una viuda rica quien, junto con sus otras cuatro hijas, colmaron de mimos al joven- no era nada difícil entender cómo se entregaba al vicio. Aún sus mismos amigos lo creían un delincuente moral que vivía sólo para darse a los pla­ceres eróticos.

A la larga, sus excesos lo debilitaron tanto que cayó mortalmente enfermo de tuberculosis, la temida enfer­medad de la época. Pero su dolencia, en lugar de mode­rarlo, le creó una condición física que lo hizo sentirse más sensual que nunca. Ya que no tenía ni un mínimo de control, se entregó de lleno a la perversión y su salud se deterioró hasta el extremo en que no había esperanza para él.

El dicho de que no hay mal que venga solo fue total­mente cierto. Mientras su salud declinaba, falleció su ma­dre, quien era su única fuente de apoyo y moderación. Le dejó una considerable herencia, que podría haberle servi­do para vivir toda su vida, pero siendo el pervertido que era, gastó en pocos meses hasta el último centavo. Al no tener profesión ni oficio con qué respaldarse, se puso a vivir de lo que le caía en las manos.

Sin el dinero que le proporcionaba seguridad, se quedó sin amigos e incluso las mujeres que en otros tiempos lo amaron, le volvieron la espalda. Por primera vez en su vida, se encontró frente a una realidad que le exigía algo de sí. Considerando su estado de salud, su si­tuación podría haber sido el fin, pero era flexible. Decidió trabajar para ganarse la vida.

Sus hábitos de sensualidad, empero, eran demasia­do profundos para ser cambiados y lo forzaron a buscar empleo en lo único para lo cual tenía habilidades naturales: el teatro. Él mismo decía, medio en broma, que sus credenciales artísticas eran sus exageradas y banales reac­ciones emocionales, y el haber pasado la mayor parte de su vida adulta en el lecho de actrices.

Se unió a una compañía teatral que viajaba a pro­vincias. Fuera del círculo de amigos y relaciones que le era familiar se transformó en un actor dramático intenso: era siempre el héroe tísico de las obras religiosas y morales de la época.

Don Juan comentó que una extraña ironía había marcado siempre la vida de su benefactor. Ahí estaba él, un perfecto depravado muriéndose a causa de su vida disoluta y aun así, desempeñando papeles de santos y míticos. Incluso llegó a encarnar el papel de Jesús en la interpretación de la Pasión durante la Semana Santa.

Su salud resistió una sola gira teatral por los estados del norte: Dos cosas le sucedieron en la ciudad de Duran­go: su vida terminó y el espíritu tocó su puerta.

Tanto su muerte como el toque del espíritu llegaron al mismo tiempo, a plena luz del día en los matorrales. La muerte lo sorprendió en el acto de seducir a una jo­ven. Ya estaba sumamente débil y ese día se excedió de­masiado. La joven, vivaz, fuerte y locamente apasionada por él, lo incitó, con su promesa de hacer el amor, a ca­minar hasta un lugar muy apartado y solitario, a kilóme­tros de distancia. Allí, en vez de hacer el amor, lo obligó a forcejear con ella por horas enteras. Cuando la joven por fin se rindió, él estaba completamente exhausto y tosía tanto que casi no conseguía respirar.

Sintió un agudo dolor en el hombro. Tenía la sensa­ción de que se le estaba desgarrando el pecho; un ataque de incontrolable tos lo hizo arquearse. Pero aun así su compulsión por buscar el placer lo obligó a consumar su seducción. Y continuó hasta que la muerte se le presentó en forma de una hemorragia. Fue entonces cuando el espíritu hizo su aparición, a través de la persona de un indio que acudió en su ayuda. Desde antes ya él había notado que el indio los seguía, pero no le dio más im­portancia al asunto, ya que estaba absorto en su seduc­ción.

Vio, como en un sueño, a la chica. Ella no estaba asustada ni había perdido la compostura. Callada y efi­cientemente, se puso su ropa y se esfumó como una brisa.

También vio que el indio corrió hacia él y trató de incorporarlo. Lo oyó decir idioteces, suplicar a Dios y mascullar palabras incomprensibles en una lengua ex­traña. Después, el indio actuó con tremenda rapidez. Situándose de pie detrás de él, le propinó un fuerte golpe en la espalda.

Muy racionalmente, el moribundo dedujo que ese hombre o bien estaba tratando de desatascar el coágulo de sangre que lo mataba, o lo estaba tratando de asesinar. A medida que lo golpeaba en la espalda más y más, el ago­nizante quedó convencido de que era el amante o el es­poso de la muchacha, y que lo quería matar por haberla seducido. Pero al ver sus ojos intensamente brillantes, cambió de parecer; comprendió que el indio estaba sim­plemente loco y que no tenía nada que ver con la mujer. Con su último destello de racionalidad, prestó atención a los masculleos del indio. Estaba diciendo que el poder del hombre era incalculable; que la muerte existía sólo porque nosotros habíamos aprendido a intentarla; y que el intento de la muerte podía ser suspendido al hacer que el punto de encaje cambiara de posición.

Después de tales aseveraciones, ya no le cupo la menor duda de que ese hombre estaba completamente loco. Su situación era tan terriblemente teatral, morir a manos de un indio loco que mascullaba idioteces, que juró vivir el drama hasta el fin. Y se prometió no morir de la hemorragia ni de los golpes, sino de risa. Y rió hasta morir.

Don Juan comentó que, naturalmente, su benefactor no podía tomar al indio en serio. Nadie en sus cabales lo haría, porque nadie tiene una conexión con el espíritu que esté limpia; mucho menos un posible aprendiz que, después de todo, no se estaba dando de voluntario a la brujería.

Dijo luego que desde el punto de vista del espíritu; a la brujería consiste en limpiar el vinculo que tenemos con él. El edificio que el espíritu empuja delante de noso­tros, es en esencia, como una oficina de franquía, en la cual encontramos no tanto los procedimientos para fran­quear nuestro vinculo con el intento como el conoci­miento silencioso que nos permite ganar franquía. Sin ese conocimiento silencioso no habría ningún procedi­miento que funcionara.

Explicó que los eventos desencadenados por los bru­jos con ayuda del conocimiento silencioso son tan senci­llos, pero al mismo tiempo de proporciones abstractas tan inmensas, que los brujos decidieron, miles de años atrás, referirse a esos eventos sólo en términos simbólicos. Las manifestaciones y el toque del espíritu eran ejemplos de ello.

Don Juan dijo que, por ejemplo, una descripción de lo que sucede durante el encuentro inicial entre un na­gual y su posible aprendiz, desde el punto de vista del brujo, sería absolutamente incomprensible. Sería un per­fecto disparate explicar que el nagual, gracias a su gran ex­periencia, está usando algo para nosotros inimaginable: su segunda atención, un estado de conciencia enriqueci­do a través de su entrenamiento en la brujería. Y lo está usando para enfocarlo en su invisible vinculo con un abstracto indefinible, con el propósito de hacer evidente el vinculo que tiene la otra persona, el aprendiz, con ese abstracto indefinible.

Comentó que cada uno de nosotros, como indivi­duos, estamos separados del conocimiento silencioso por barreras naturales, propias de cada individuo, y que la más inexpugnable de mis barreras era mi insistencia en hacer aparecer mi holgazanería como independencia.

Lo reté a darme un ejemplo concreto. Le recordé que él mismo me había advertido que una de las estratagemas que ganan debates es emprender críticas en general, que no se pueden apoyar con ejemplos concretos.

Don Juan me encaró con una sonrisa radiante.

-En el pasado, yo te daba plantas de poder -dijo-. Al principio, hiciste lo imposible por convencerte de que lo que experimentabas eran alucinaciones. Después, querías que fueran alucinaciones especiales. Me acuerdo mucho de cómo me burlaba de tu insistencia en llamar­las experiencias alucinatorias didácticas.

Dijo que mi necesidad de demostrar mi ilusoria in­dependencia me forzaba a no aceptar lo que él me decía acerca de esas experiencias: aunque yo mismo silenciosa­mente sabía lo que él estaba haciendo. Estaba empleando plantas de poder, a pesar de ser medios muy limitados, para mover mi punto de encaje fuera de su posición ha­bitual y hacerme entrar, de ese modo, en parciales y tran­sitorios estados de conciencia acrecentada.

-Utilizaste esa barrera de falsa independencia para explicarte a ti mismo tus experiencias con las plantas de poder -continuó-. La misma barrera sigue funcionan­do hasta el día de hoy. Ahora, la pregunta es: ¿cómo arre­glas tus conclusiones para que tus experiencias actuales encajen dentro de tu esquema de holgazanería?

Le confesé que el único arreglo que me permitía mantener mi falsa independencia era el no pensar acerca de mis experiencias.

La carcajada de don Juan casi lo hizo caer de su silla. Se levantó y caminó para recobrar el aliento. Se sentó de nuevo ya recobrada la compostura. Se alisó el cabello ha­cia atrás y cruzó las piernas.

Dijo que nosotros, como hombres comunes y co­rrientes, no sabemos que algo real y funcional, nuestro vínculo con el intento, es lo que nos produce nuestra preocupación ancestral acerca de nuestro destino. Ase­guró que, durante nuestra vida activa, nunca tenemos la oportunidad de ir más allá del nivel de la mera preocu­pación, ya que desde tiempos inmemoriales, el arrullo de la vida cotidiana nos adormece. No es sino hasta el mo­mento de estar al borde de la muerte que nuestra preocu­pación ancestral acerca de nuestro destino cobra un dife­rente cariz. Comienza a presionarnos para que veamos a través de la niebla de la vida diaria. Pero por desgracia, este despertar siempre viene de la mano con la pérdida de energía provocada por la vejez. Y no nos queda fuerza suficiente para transformar nuestra preocupación en un descubrimiento positivo y pragmático. A esa altura, todo lo que nos queda es una angustia indefinida y pene­trante; un anhelo de algo incomprensible; y una rabia comprensible, por haber perdido todo.

-Me gustan los poemas por muchas razones -di­jo-. Una de ellas es porque captan esa preocupación an­cestral y pueden explicarlo.

Reconoció que los poetas estaban profundamente afectados por el vínculo con el espíritu, pero que se da­ban cuenta de ello de manera intuitiva y no de manera deliberada y pragmática como lo hacen los brujos.

-Los poetas no tienen una noción directa del espíritu -continuó-. Esa es la causa por la cual sus poe­mas realmente no son verdaderos gestos al espíritu, aunque andan bastante cerca.

Tomó uno de mis libros de poesía de la silla próxima a él. Era una colección de poemas escritos por Juan Ramón Jiménez. Lo abrió en una página señalada por un marcador; me lo tendió e hizo señas para que leyera.


¿Soy yo quien anda, esta noche,

por mi cuarto, o el mendigo

que rondaba mi jardín,

al caer la tarde?...

Miro

en torno y hallo que todo

es lo mismo y no es lo mismo...

¿La ventana estaba abierta?

¿Yo no me había dormido?

¿El jardín no estaba verde

de luna? ... ...El cielo era limpio

y azul... Y hay nubes y viento

y el jardín está sombrío...
Creo que mi barba era

negra... Yo estaba vestido

de gris... Y mi barba es blanca

y estoy enlutado... ¿Es mío

éste andar? ¿Tiene esta voz,

que ahora suena en mí, los ritmos

de la voz que yo tenía?

¿Soy yo, o soy el mendigo

que rondaba mi jardín,

al caer la tarde?...

Miro

en torno... Hay nubes y viento...

El jardín está sombrío ...
...Y voy y vengo... ¿Es que yo

no me había ya dormido?

Mi barba está blanca... Y todo

es lo mismo y no es lo mismo...
Releí el poema otra vez para mis adentros y capté el estado de impotencia y azoro del poeta. Le pregunté a don Juan si él captaba lo mismo.

-Creo que el poeta siente la presión de la vejez y el ansia que eso produce -dijo don Juan-. Pero eso es sólo una parte. La otra parte, la que me interesa es que el poeta, aunque no mueve nunca su punto de encaje, in­tuye que algo increíble está en juego. Intuye con gran precisión que existe un factor innominado, imponente por su misma simplicidad que determina nuestro des­tino.


LOS TRUCOS DEL ESPIRITU




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