El Conocimiento Silencioso


I. El Primer Centro Abstracto



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I. El Primer Centro Abstracto

Siempre que era pertinente, don Juan solía contarme breves historias acerca de los brujos de su linaje, en espe­cial acerca de su maestro, el nagual Julián. No eran pro­piamente historias, sino relatos del comportamiento y aspectos de la personalidad de esos brujos. El fin de esos relatos era esclarecer tópicos específicos del aprendizaje.

Ya había escuchado las mismas historias de labios de los otros quince brujos, miembros del grupo de don Juan, pero no había lo suficiente en estos relatos como para darme una idea clara de sus personajes. Como no tenía forma alguna de persuadir a don Juan para que me facilitara más detalles sobre aquellos brujos, quedé resig­nado a la idea de nunca llegar a saber más acerca de ellos.

Una tarde, en las montañas del sur de México, des­pués de haberme explicado intrincados detalles de la maestría del estar consciente de ser, don Juan dijo algo que me desconcertó por completo.

-Creo, que ya es hora de que comencemos a hablar de los brujos de nuestro pasado -dijo.

Don Juan explicó que yo necesitaba llegar a conclu­siones claves, basándome en un examen sistemático del pasado, conclusiones acerca del mundo cotidiano así como del mundo de los brujos.

-A los brujos les interesa vivamente su pasado -dijo-. Pero no me refiero a su pasado cono personas. Para los brujos, el pasado significa lo que hicieron los brujos de otras eras. Y lo que vamos a hacer ahora es examinar ese pasado.

"El hombre común y corriente también examina su pasado; pero es siempre su pasado personal lo que exami­na y siempre por razones personales. Los brujos hacen todo lo contrario, consultan su pasado a fin de obtener un punto de referencia.

-Pero, ¿no es eso lo que hace todo el mundo? ¿Hundirnos en el pasado a fin de obtener un punto de referencia? -pregunté.

-¡No! -respondió enfáticamente-. El hombre común y corriente se hunde en el pasado, ya sea su pro­pio común pasado o el pasado de su época, para justificar sus ac­ciones del momento o sus acciones del futuro o para ha­llar un modelo de conducta. Sólo los brujos buscan auténticamente un punto de referencia en su pasado.

-Don Juan, quizás todo esto sería más claro si usted me dijera lo que es un punto de referencia para un brujo -dije.

-Para los brujos, obtener un punto de referencia significa examinar el intento -contestó-. Lo cual es exactamente el propósito de este último tema de instruc­ción. Y nada les puede proporcionar a los brujos una me­jor noción del intento que el examen de las historias de los otros brujos que batallaron por entender esa fuerza.

"Hay veintiún centros abstractos en la brujería -prosiguió-. Y, basadas en esos centros abstractos, hay cantidades de historias de brujería, historias de naguales de nuestro linaje luchando por entender el espíritu. Es hora de que te hable de los centros abstractos y te cuente las historias de brujería.

Esperé con gran excitación a que don Juan empezara a contarme las historias, pero cambió de conversación y pasó a explicarme nuevamente otros intrincados detalles de la conciencia de ser.

-¡No me haga usted eso, don Juan! -protesté-. ¿Qué hubo con las historias de la brujería? ¿No me las va a contar?

-Claro que sí -dijo-. Pero no son historias que se puedan contar como si fueran cuentos. Tienes que repa­sarlas, y luego, pensarlas y volverlas a pensar, revivirlas, por así decirlo.

Se produjo un largo silencio. Decidí ser más caute­loso. Pensé que si insistía en pedirle que me contara las historias, me iba a enredar en algo de lo que después me arrepentiría. Pero, como siempre, mi curiosidad fue mayor que mi sentido común.

-Bien, entremos en el asunto -le dije secamente.

Don Juan, que obviamente había captado la contra­dicción de mi miedo y mi curiosidad, sonrió con malicia. Se puso de pie y me hizo señas de que lo siguiera. Habíamos estado sentados sobre unas rocas secas, en el fondo de un barranco. Promediaba la tarde, el cielo estaba oscuro y nublado. Nubes bajas, casi negras se cernían so­bre las cimas del este. Hacia el sur, las altas nubes hacían que el cielo pareciera despejado en comparación. Algo más temprano, había llovido densamente, pero luego la lluvia parecía haberse retirado y estar escondida, dejando atrás tan sólo una amenaza.

Yo debería haberme sentido congelado hasta los huesos, puesto que hacía mucho frío, pero sentía calor. Empuñando una piedra que don Juan me había dado, noté que la sensación de calor en un clima casi helado, no me era del todo desconocida, y sin embargo, cada vez que ocurría quedaba yo aturdido. Siempre que estaba ya a punto de congelarme, don Juan me daba una rama o una piedra para que la sostuviera, o me ponía un puñado de hojas bajo la camisa, en la punta de mi esternón, lo cual era suficiente para elevar la temperatura de mi cuerpo.

Varias veces, yo había intentado inútilmente de re­crear, por mi, cuenta, el efecto de sus maniobras. Don Juan me aclaro un día que no eran las maniobras, sino su silencio interno lo que me mantenía abrigado y que las ramas, las piedras, las hojas eran simples artificios para atrapar mi atención y mantenerla enfocada.

Avanzando con rapidez, trepamos por la empinada ladera oeste de una montaña, hasta alcanzar una cornisa rocosa, en la cumbre misma. Nos encontrábamos en las elevaciones menores de una alta cordillera de montañas. Desde la cornisa rocosa podía yo observar que la niebla había comenzado a cubrir el extremo sur del fondo del valle que teníamos a nuestros pies. Nubes bajas y tenues parecían lanzarse contra nosotros, deslizándose desde los altos picos verdes negruzcos del oeste. Después de la llu­via, bajo el cielo grisáceo y nublado, el valle y las mon­tañas del sur y del este parecían estar cubiertas con un manto verdinegro de silencio.

-Este es el lugar ideal para echarnos una plática -dijo don Juan, sentándose en el suelo rocoso de una especie de cueva oculta.

El espacio en la cueva era perfecto para sentarnos uno al lado del otro. Casi tocábamos el techo con nues­tras cabezas. La curva de nuestras espaldas encajaba cómodamente en la superficie de la pared rocosa, como si hubiera sido esculpida para dar sitio a dos personas de nuestro tamaño.

Luego me di cuenta de otra característica extraña de aquella cueva: al pararme sobre la cornisa, podía obser­var todo el valle y las cordilleras montañosas al este y al sur, pero si me sentaba quedaba completamente oculto por las rocas y sin embargo, la cornisa que creaba esta ilu­sión era plana y parecía estar al mismo nivel que el suelo de la cueva.

Estaba a punto de mencionar este extraño efecto a don Juan, cuando él se me adelantó.

-Esta cueva está hecha por el hombre -dijo-. La saliente esa está inclinada, pero el ojo no registra la in­clinación.

-¿Quién hizo esta cueva, don Juan?

-Los antiguos brujos. Quizás tiene miles de años. Y una de sus peculiaridades es que ahuyenta a los ani­males, a los insectos y hasta a las personas. Los antiguos brujos parecen haberle infundido un hálito negro y ame­nazante que hace que cualquier ser viviente se sienta incómodo.

Lo extraño era que yo sentía en esa cueva algo dia­metralmente opuesto. Sin razón alguna, me sentía abso­lutamente contento y satisfecho. Una sensación de bie­nestar físico me provocaba un hormigueo en el cuerpo; era una sensación en el estómago de lo más agradable, como si les estuvieran haciendo cosquillas a mis ner­vios.

-Yo no me siento mal aquí -comenté.

-Yo tampoco -dijo- lo cual significa que tú y yo somos muy parecidos en temperamento a aquellos ho­rrorosos brujos del pasado. Algo que me preocupa sobre­manera.

Tuve miedo de continuar con el tema, así que espe­ré a que él hablara.

-La primera historia de brujería que voy a contarte se llama Las Manifestaciones del Espíritu -dijo-. El nombre es un poco confuso. Las manifestaciones del espíritu es realmente el primer centro abstracto alrede­dor del cual se construye la primera historia de brujería.

"Ese primer centro abstracto tiene en sí una historia particular -continuó-. La historia dice que hubo una vez un hombre, un Hombre común y corriente sin ningún atributo especial. Era, como todos los demás, un conducto del espíritu y por esta virtud, como todos los, demás, formaba parte del espíritu, parte de lo abstracto. Pero él no lo sabía. El mundo lo mantenía tan ocupado que carecía del tiempo y de la inclinación para examinar el asunto.

"El espíritu trató inútilmente de ponerle al descu­bierto el vínculo de conexión entre ambos. Por medio de una voz interior, el espíritu le reveló sus secretos, pero el hombre fue incapaz de comprender las revelaciones. Oía la voz interior, naturalmente, pero creía que era algo de él. Estaba convencido de que lo que él sentía eran sus propios sentimientos y que lo que pensaba eran sus pro­pios pensamientos.

"Con el fin de sacarlo de su modorra, el espíritu le dio tres señales, tres manifestaciones sucesivas. Tres ve­ces el espíritu, de la manera más obvia, se cruzó físi­camente en el camino del hombre. Pero el hombre permanecía inconmovible ante cualquier cosa que no fuera su interés personal.

Don Juan se interrumpió y me miró como hacía siempre que esperaba mis preguntas y comentarios. Yo no tenía nada que decir. No comprendía lo que estaba tratando de expresar.

-Ese es el primer centro abstracto -prosiguió-. Lo único que puedo añadir es que debido a que el hombre se negó en absoluto a comprender, el espíritu se vio en la necesidad de usar el ardid. Y la treta se transformó en la esencia del camino de los brujos. Pero eso es otra histo­ria.

Don Juan explicó que los brujos concebían los cen­tros abstractos como planos previos de los hechos, o como patrones recurrentes que aparecían cada vez que el intento iba a mostrar algo significativo. Los centros abs­tractos, en este sentido, eran mapas completos de series enteras de acontecimientos.

Me aseguró que a través de medios que iban, más allá de la comprensión, cada detalle de cada centro abstracto se repetía con cada aprendiz nagual. Me aseguró también que él había ayudado al intento a involucrarme en todos los centros abstractos de la brujería, tal como su benefac­tor, el nagual Julián, y todos los naguales anteriores, habían involucrado a sus aprendices. El modo mediante el cual cada aprendiz nagual se encontraba con esos cen­tros abstractos permitía el desarrollo de historias entrete­jidas alrededor de esos centros abstractos. Lo único nuevo de cada historia eran los detalles particulares de la perso­nalidad y las circunstancias de cada aprendiz.

Dijo, por ejemplo, que yo tenía mi propia historia acerca de las manifestaciones del espíritu, tal como él tenía la suya; su benefactor también tenía una, así como el nagual que lo precedió y todos los naguales anteriores sucesivamente.

-¿Cuál es mi historia acerca de las manifestaciones del espíritu? -pregunté un tanto desconcertado.

-Si hay un guerrero consciente de sus historias, eres tú -me respondió-. Después de todo, llevas años escribiéndolas, ¿no? Sin embargo, hasta el momento, no te has dado cuenta de los centros abstractos, porque eres un hombre práctico. Todo lo que haces lo haces sólo para realzar tu parte práctica. A pesar de haber trabajado en tus historias hasta el cansancio, nunca tuviste idea de que había un centro abstracto en cada una de ellas. Todo cuanto he hecho contigo lo has clasificado como una ac­tividad práctica y a menudo caprichosa: enseñar brujería a un aprendiz testarudo y la mayoría de las veces estúpido. Mientras lo consideres así, los centros abstractos te elu­dirán.

-Debe perdonarme, don Juan -dije- pero todo esto es muy confuso. ¿Qué es lo que quiere usted de­cir?

-Estoy tratando de ponerte al tanto de las historias de brujería -replicó-. Nunca te hablé específicamente de este tema, porque tradicionalmente se lo deja como tema oculto. Es el último artificio del espíritu. Se dice que, cuando el aprendiz comprende los centros abstractos, es como si pusiera la piedra que cierra y sella una pirámide.

Oscurecía y parecía estar a punto de llover otra vez. Yo temía que si soplaba el viento de este a oeste mientras llovía, nos empaparíamos en esa cueva. Estaba seguro de que don Juan se daba cuenta de ello, pero parecía no im­portarle.

-No lloverá otra vez sino hasta mañana -dijo-.

Escuchar la respuesta a mis pensamientos íntimos me hizo saltar involuntariamente y golpearme la cabeza con el techo de la cueva. Se dejó oír un golpe sordo que sonó peor de lo que se sentía.

Don Juan reía agarrándose los costados. Al cabo de un rato, empezó realmente a dolerme la cabeza y tuve que masajeármela.

-Tu presencia me divierte tanto como la mía debe haber divertido a mi benefactor -dijo y se echó a reír de nuevo.

Permanecimos callados durante varios minutos. El silencio a mi alrededor era pesado. Se me antojaba que podía escuchar el murmullo de las tenues nubes que des­cendían hacia nosotros desde las montañas más altas. Por fin me di cuenta de que lo que oía era un viento que re­cién empezaba a soplar. Dentro de la cueva, el sonido del viento asemejaba el cuchicheo de voces humanas.

-Mi increíble buena suerte fue que me enseñaron dos naguales -dijo don Juan y rompió el efecto hipnoti­zarte que el viento ejercía sobre mí en ese instante-. Uno fue, desde luego, mi benefactor, el nagual Julián, y el otro fue su benefactor, el nagual Elías. Mi caso fue único.

-¿Por qué fue único su caso? -pregunté.

-Porque por generaciones, los naguales han reuni­do a sus aprendices años después de que sus propios maestros dejaron el mundo -explicó- excepto mi be­nefactor. Yo pasé a ser el aprendiz del nagual Julián ocho años antes de que su benefactor dejara el mundo. Tuve ocho años de regalo. Fue lo mejor que me pudo haber sucedido, ya que así tuve la oportunidad de que me enseñaran dos temperamentos opuestos. Era como ser criado por un padre poderoso y un abuelo más poderoso aún, que no estaban de acuerdo. En tal contienda, el abuelo siempre gana. Así que yo soy, propiamente el pro­ducto de las enseñanzas del nagual Elías. Estaba más cer­ca de él no sólo en temperamento, sino también en el as­pecto físico. Yo diría que a él le debo mi refinación. Él me filtró, por así decirlo. Sin embargo, el grueso de la obra que me transformó de un ser miserable en un guerrero impecable, se lo debo a mi benefactor, el nagual Julián.

-¿Cómo era el nagual Julián en apariencia física? -pregunté.

-Figúrate que hasta hoy en día me cuesta enfocarlo -dijo-. Sé que parece absurdo, pero de acuerdo a sus necesidades o a las circunstancias, era joven o viejo, bien parecido o de facciones ordinarias, afeminado y débil o fuerte y viril, gordo o delgado, de estatura media o suma­mente chaparro.

-¿Quiere usted decir que era un actor que podía hacer papeles diferentes con ayuda de disfraces?

-No, no utilizaba ningún disfraz y no era simple­mente un actor. Era un gran actor, sí, pero eso es un asunto diferente. El caso es que tenía la capacidad de transformarse y ser todos esos seres específicos y dia­metralmente opuestos. Ahora bien, el ser un gran actor le permitía conocer y hacer uso de las más íntimas pecu­liaridades que hacían que cada ser específico fuera real. Digamos que se sentía a sus anchas en todos sus cambios de ser. Como tú te sientes a tus anchas con cada cambio de ropa.

Con avidez le pedí a don Juan que me contara algo más acerca de las transformaciones de su benefactor. Dijo que alguien le había enseñado a efectuar esas transformaciones, pero que el explicarlas más a fondo lo obligaría a transbordar otras historias diferentes.

-¿Cómo era el nagual Julián cuando no se transfor­maba? -pregunté.

-Digamos que antes de hacerse nagual, era muy delgado y musculoso; su cabello era negro, espeso y ondu­lado. Tenía una nariz larga y fina; dientes blancos, grandes y fuertes; cara oval; mandíbula fuerte; ojos cas­taño oscuros y brillantes. Medía alrededor de un metro setenta de estatura. No era indio, ni moreno, aunque tampoco era blanco. De hecho, su tez estaba en una cate­goría única, sobre todo durante sus últimos años, cuando cambiaba continuamente de morena oscura a clara y lue­go otra vez a morena. Cuando lo conocí por vez prime­ra, era un anciano bastante prieto, pero luego se trans­formó en un joven de tez clara, quizás unos cuantos años mayor que yo. Tenía yo veinte años en ese entonces.

"Pero, si sus cambios de apariencia externa eran asombrosos -continuó don Juan- los cambios de esta­do de ánimo y de conducta que acompañaban a cada transformación eran aún más extraordinarios. Por ejem­plo, cuando era joven y gordo era alegre y sensual. Cuan­do era flaco y viejo, era mezquino y vengativo. Cuando era un viejo gordo, era el imbécil más grande que uno puede imaginar.

-¿Y era él alguna vez él mismo? -pregunté.

-No del modo como tú y yo somos nosotros mis­mos -respondió-. Como a mí no me interesan las transformaciones, yo siempre soy yo mismo. Pero él no era como yo en absoluto.

Don Juan me miró como evaluando mi fuerza in­terior. Sonrió, meneó la cabeza de lado a lado y rompió a reír.

-¿De qué se ríe, don Juan? -pregunté.

-Del hecho de que tú seas tan vergonzoso y sin gra­cia como para apreciar la naturaleza de las transformaciones de mi benefactor y su alcance total -dijo-. Sólo espero que cuando algún día te hable de ello no te mue­ras del susto, o caigas en una obsesión mórbida.

Por algún motivo desconocido, me sentí súbita­mente incómodo y tuve que cambiar de conversación.

-¿Por qué se les llama "benefactores" a los na­guales y no simplemente maestros? -pregunté-.

-Llamar benefactor a un nagual es un gesto de cortesía de sus aprendices -dijo don Juan-. Un nagual crea un tremendo sentimiento de gratitud en sus discípulos. Después de todo, el nagual los modela y los guía a través de cosas inimaginables.

Comenté que, en mi opinión, enseñar era la obra más grande y más altruista que cualquier persona pudie­ra hacer por otra.

-Para ti, enseñar significa hablar de moldes -di­jo-, para un brujo, enseñar es lo que el nagual hace por sus aprendices. El nagual canaliza para ellos la fuerza más poderosa en el universo: el intento. La fuerza que cambia, ordena y reordena las cosas o las mantiene como están. El nagual formula y luego guía las consecuencias que esa fuerza pueda acarrear a sus discípulos. Si el na­gual no moldea el intento, no habría ni reverencia ni maravilla en sus aprendices. Y en lugar de embarcarse en un viaje mágico de descubrimiento, sus aprendices sólo se limitarían a aprender un oficio; aprenderían a ser cu­randeros, brujos, adivinadores, charlatanes o lo que fuera.

-¿Me puede usted explicar qué es el intento? -pre­gunté.

-La única manera de explicar el intento -replicó- es experimentarlo en forma directa por medio de una conexión viva que existe entre el intento y todos los seres vivientes. Los brujos llaman intento a lo indes­criptible, al espíritu, al abstracto, al nagual. Al intento yo preferiría llamarlo nagual, pero se confundiría con el nombre del líder, el benefactor a quien también se le lla­ma nagual. Así es que he optado por llamarlo el espíritu, lo abstracto.

Don Juan se interrumpió abruptamente y me re­comendó guardar silencio y pensar en todo lo que me había dicho en esa cueva. Para entonces, ya estaba muy oscuro. El silencio era tan profundo, que en vez de su­mirme en un estado de reposo, me agitó. No podía man­tener en orden mis pensamientos. Traté de concen­trarme en la historia que contó, pero en lugar de hacerlo, pensé en cosas que no venían al caso, hasta que por fin me quedé dormido.



II. LA IMPECABILIDAD DEL NAGUAL ELÍAS

No podría decir cuánto tiempo dormí en aquella cueva. La voz de don Juan me sobresaltó y desperté. Estaba di­ciendo que la primera historia de brujería, tejida en tor­no a las manifestaciones del espíritu, era en esencia, una descripción de la relación entre el intento y el nagual. Era la historia de cómo el espíritu le proponía una opción al nagual: un posible discípulo. Y cómo debía el nagual evaluar esa opción antes de tomar la decisión de aceptar­lo o rechazarlo.

Estaba muy oscuro en la cueva y el reducido espacio nos hacía estar muy apretados. Comúnmente, un lugar de ese tamaño me habría hecho sentir incómodo, pero en la cueva me mantenía sosegado, y sin fastidio. Además, algo en la configuración de la cueva creaba una extraña acústica. No había eco, aun cuando don Juan ha­blara muy fuerte.

Don Juan explicó que cada uno de los actos realiza­dos por los brujos, especialmente por los naguales, tenían como finalidad el reforzar el vínculo de conexión con el intento, o eran actos provocados por el vínculo mismo. Por esta razón, los brujos y los naguales en par­ticular, debían estar activa y permanentemente alerta en espera de las manifestaciones del espíritu. A tales manifestaciones se les llamaban gestos del espíritu o, de mane­ra más sencilla, indicaciones, augurios, presagios.

Nuevamente me contó la historia de cómo había co­nocido a su benefactor, el nagual Julián. Dos maleantes convencieron a don Juan, que en ese entonces tenía die­cinueve años, a que aceptara trabajo en una hacienda. Uno de ellos, el capataz de la hacienda, una vez que don Juan tomó posesión de su trabajo, lo redujo prácti­camente a ser un esclavo.

Desesperado y sin otra solución, don Juan escapó. El malvado capataz lo persiguió hasta alcanzarlo en el ca­mino donde le disparó un tiro en el pecho y lo dejó por muerto.

Mientras yacía inconsciente y desangrándose, llegó él nagual Julián y utilizando su poder de curandero, paró la hemorragia y se lo llevó a su casa para curarlo.

Don Juan dijo que las indicaciones que el espíritu dio al nagual Julián fueron, primero, un pequeño remo­lino de viento que levantó un cono de polvo en el camino, a unos cuantos metros de donde él estaba. El segundo augurio fue el pensamiento de que era hora de tener un aprendiz de nagual; pensamiento que cruzó por la mente del nagual Julián un instante antes de haber escuchado el estallido del tiro. Momentos después, el espíritu le dio el tercer augurio: al correr para ponerse a salvo, el nagual chocó con el hombre que había hecho el disparo hacién­dolo huir y probablemente evitando así que le disparara por segunda vez a don Juan. Chocar con alguien es una torpeza que ningún brujo comete, mucho menos un na­gual.

El nagual Julián de inmediato evaluó, la situación. Al ver a don Juan, comprendió la razón de las manifesta­ciones del espíritu: tenía ante sí a un hombre doble, el candidato perfecto para aprendiz de nagual.

La historia despertó en mí una insistente inquietud racional. Quería saber si los brujos pueden interpretar equivocadamente un augurio. Me respondió que mi pre­gunta, a pesar de parecer perfectamente válida, era ina­plicable, como la mayoría de mis preguntas. Como yo siempre las formulaba de acuerdo con mis experiencias en la vida cotidiana, mis preguntas invariablemente se referían a cómo comprobar procedimientos; o cómo identificar sucesivas etapas, o cómo crear minuciosas re­glas, pero nunca se referían a las premisas de la brujería. Me señaló que mi falla era excluir de mi razonamiento mis experiencias en el mundo de la brujería.

Argüí que ninguna de mis experiencias en el mun­do de los brujos tenía continuidad y que por eso no podía usarlas en mis razonamientos. En muy pocas ocasiones y sólo en profundos estados de conciencia acrecentada, había podido estructurar todas esas vivencias. Al nivel de conciencia acrecentada que por lo regular yo alcanza­ba, mi única experiencia con continuidad era el haberle conocido.

Su réplica cortante fue que yo era perfectamente ca­paz de razonar como los brujos, porque también había experimentado las premisas de la brujería en mi estado de conciencia normal. En un tono más placentero añadió que la conciencia acrecentada no revelaba todo lo que se había almacenado en ella hasta el momento en que el edificio del conocimiento de la brujería estuviera com­pleto.

Después, respondió a mi pregunta sobre si los bru­jos pueden malinterpretar los augurios; explicó que el desconcertante efecto del vínculo de conexión con el intento es darle a uno la capacidad de saber las cosas direc­tamente, por lo tanto cuando interpretan un augurio, los brujos saben su significado exacto sin tener la más vaga noción de cómo lo saben. Su grado de certeza depende de la fuerza y claridad de su vinculo de conexión. Y debido a que los brujos deliberadamente procuran comprender y reforzar ese vínculo, se podría decir que intuyen todo con precisión y seguridad infalibles. La interpretación de augurios es un asunto tan rutinario para ellos que co­meten errores sólo cuando sus sentimientos personales enturbian su vinculo con el intento. De otra manera, su conocimiento directo es totalmente exacto y funcional.

Permanecimos callados por un rato.

-Ahora voy a contarte la historia del nagual Elías y las manifestaciones del espíritu -dijo de súbito-. El espíritu se les manifiesta a los brujos en cada paso que dan, sobre todo a los naguales. Sin embargo la verdad es que el espíritu se revela a todo el mundo con la misma intensidad y persistencia, pero sólo los brujos, y en especial los naguales, le prestan atención.

Don Juan comenzó su relato. Dijo que un día, el na­gual Elías iba en camino a la ciudad montado en su caba­llo. Atravesaba por un atajo, al lado de un maizal, cuan­do de repente su caballo se encabritó, asustado por el vuelo de un halcón, que a tremenda velocidad, pasó ro­zando el sombrero del nagual. Este desmontó de inmediato y se puso en vigilia. Y al instante vio a un hombre que corría entre los altos tallos de maíz. Vestía un costoso traje oscuro y, a juzgar por las apariencias, no tenía nada que hacer en aquellos parajes. El nagual Elías estaba acostumbrado a ver a los campesinos y a los pro­pietarios de las tierras en los campos, pero nunca había visto a un hombre de ciudad elegantemente vestido, co­rriendo por entre los sembrados, sin importarle un comi­no sus ropas y zapatos.

El nagual reconoció que el vuelo del halcón y los atavíos del hombre eran evidentes manifestaciones del espíritu. No podía ignorarlas. Amarró su caballo y se acercó más al lugar donde el hombre corría. Vio que éste era muy joven y perseguía a una campesina, quien corría unos metros adelante, eludiéndolo y riéndose.

Para el nagual, las dos personas retozando en el mai­zal eran una contradicción total. El nagual pensó que, sin duda alguna, el hombre era el hijo del terrateniente y la joven era la sirvienta de la casa. Le dio vergüenza estar observándolos. Iba a dar la vuelta para irse, cuando el halcón voló nuevamente sobre el maizal, rozando esta vez la cabeza del hombre. El halcón alarmó a los dos jóvenes, quienes se detuvieron en seco y levantaron la vista tratando de anticipar el siguiente rozón. El nagual pudo notar que el hombre era delgado y bien parecido, y que sus ojos tenían una expresión inquieta.

Se cansaron de vigilar al halcón y regresaron a su juego. El hombre atrapó a la joven, la abrazó y la depo­sitó suavemente en el suelo. Pero en lugar de hacerle el amor, como el nagual suponía, se quitó la ropa y se paseó desnudo frente a ella.

Ella no se cubrió los ojos tímidamente, ni gritó de vergüenza o de miedo. Emitía risitas entrecortadas, hip­notizada por el hombre desnudo pavoneándose alrede­dor de ella, riendo y haciendo gestos lascivos como si fuera un sátiro mitológico. Finalmente, la visión aparen­temente la subyugó y con un grito salvaje, se arrojó a los brazos del joven.

Don Juan dijo que el nagual Elías le confesó que, en esa ocasión, las indicaciones del espíritu habían sido des­concertantes para él. Era más que evidente que el hombre estaba loco. De otra manera, no habría hecho una cosa así: seducir a una campesina a plena luz del día a unos cuan­tos metros del camino y completamente desnudo, sabien­do cómo protegen los campesinos a sus mujeres.

Don Juan se echó a reír y dijo que en aquellos tiem­pos, para quitarse la ropa y abandonarse al acto sexual, a plena luz del día y en semejante lugar, se tenía que estar loco o protegido por el espíritu. Añadió que, en nuestros días, a causa de que nuestro diferente sentido de morali­dad, lo que hizo el hombre no era una hazaña, pero cuando esto sucedió, hacía casi cien años, la gente era mucho más inhibida.

Todo esto convenció al nagual Elías de que ese hom­bre estaba al mismo tiempo loco y protegido por el espíritu. Le preocupó al nagual la posibilidad de que pu­dieran llegar campesinos por el camino, enfurecerse y asesinar al hombre ahí mismo. Pero nada de esto suce­dió. El nagual sintió como si el tiempo se hubiera sus­pendido.

Cuando el joven terminó de hacer el amor, se vistió, sacó un pañuelo y limpió meticulosamente el polvo de sus zapatos y, haciendo absurdas promesas a la mucha­cha, continuó su camino. El nagual Elías lo siguió. De he­cho, lo siguió por varios días y descubrió que su nombre era Julián y que era un actor.

El nagual lo vio suficientes veces en el escenario como para darse cuenta de que el actor tenía una perso­nalidad carismática. El público, especialmente las mu­jeres, lo adoraban. Y él no tenía ningún escrúpulo en utilizar esos dones carismáticos para seducir a sus admi­radoras. Como el nagual se había empeñado en seguirlo a todas partes, pudo presenciar su técnica de seducción más de una vez. Consistía en exhibirse desnudo ante sus des­lumbradas admiradoras tan pronto como estaban a solas y esperar hasta que las mujeres se rindieran, perplejas ante esa actuación. El procedimiento parecía serle extre­madamente eficaz. El nagual pudo comprobar que el ac­tor triunfaba en todo, excepto en una cosa: estaba mortal­mente enfermo. El nagual había visto la sombra negra de la muerte que lo seguía a todas partes.

Don Juan me explicó de nuevo algo que ya me había dicho años antes: que nuestra muerte era algo entera­mente personal, de cada uno de nosotros; y que era una mancha negra permanentemente colocada atrás del hom­bro izquierdo. Dijo que los brujos sabían cuando una per­sona estaba próxima a morir, porque veían que la mancha negra se convertía en una sombra móvil del tamaño y la forma exactos de la persona a la que pertenecía.

Al reconocer la presencia inminente de la muerte, el nagual quedó aún más perplejo. Se preguntó cómo era posible que el espíritu hubiera elegido a una persona tan enferma. El nagual había aprendido y aceptado que en el mundo natural no hay taller de reparaciones sino que todo se reemplaza. Y dudaba de tener la habilidad o la fuerza necesarias para reparar la salud del joven y ahuyentar a la negra sombra de su muerte; inclusive du­daba de poder descubrir por qué el espíritu le había dado una manifestación que era un total desperdicio.

No le quedó otra cosa sino permanecer cerca del ac­tor; seguirlo y esperar la oportunidad de ver con mayor profundidad. Don Juan explicó que la primera reacción de un nagual, al verse enfrentado con las manifesta­ciones del espíritu, es ver. El nagual Elías había visto me­ticulosamente a ese hombre. También había visto a la campesina que formaba parte de la manifestación del espíritu, pero no había visto nada en los dos, que a su juicio, justificara la revelación del espíritu.

Sin embargo, su capacidad de ver cobró una gran profundidad durante la última escena de seducción. En esa ocasión, la admiradora era la hija de un rico terrate­niente. Desde un comienzo fue ella quien dominó la si­tuación. El nagual se enteró de todo al escuchar, desde un escondrijo, a la joven retando al actor a encontrarse con ella. Al amanecer del día siguiente, cuando la joven, en lugar de asistir a la primera misa, fue a buscar al actor, él la estaba esperando y ella lo persuadió a que la siguiera al campo abierto. Él pareció dudar pero la joven se burló y no le permitió cambiar de idea.

Al verlos escabullirse en la semioscuridad, el na­gual tuvo la certeza de que ese día acontecería algo que ninguno de los participantes esperaba. Vio que la sombra negra del actor había crecido. El nagual dedujo, por la mirada misteriosamente dura de la joven, que ella tam­bién había percibido la negra sombra de la muerte a un nivel intuitivo. El actor parecía preocupado y no reía, como en otras ocasiones.

Caminaron una considerable distancia mientras bro­meaban. En cierto momento se dieron cuenta de que el nagual los seguía, pero éste fingió estar labrando la tierra como si fuera un campesino de por ahí. Al parecer, la tre­ta los tranquilizó y permitió al nagual acortar la distancia entre ellos.

Llegó el momento en que el actor se despojó de sus ropas y se mostró ante la muchacha. Pero ella en vez de desvanecerse y caer en sus brazos, al igual que sus otras conquistas, empezó a golpearlo. Lo pateó, le dio de puñetazos, y le pisoteó los pies desnudos haciéndolo gri­tar de dolor.

El hombre ni siquiera la tocaba. Era ella la que pelea­ba y él se limitaba a parar los golpes mientras obstinada­mente, aunque sin entusiasmo, trataba de tentarla mostrándole sus genitales.

-El nagual Elías sintió una oleada de asco y admira­ción. Podía deducir fácilmente que el actor era un irre­mediable libertino, pero también podía deducir con igual facilidad que había algo único en él, aunque repugnante. Para el nagual resultaba sumamente desconcertante ver que el vinculo de ese hombre con el espíritu fuera ex­traordinariamente claro.

Por fin la pelea terminó. La joven dejó de golpear al actor, pero en lugar de huir, se rindió; se tendió en el suelo y le dijo al actor que podía hacer con ella lo que quisiese.

El nagual observó que el hombre estaba agotado, prácticamente inconsciente. Pero aun así, a pesar de su fatiga, continuó hasta consumar su seducción.

Asombrado del tremendo, pero inútil, vigor y deter­minación de aquel hombre, el nagual sólo pudo reír. Mientras él carcajeaba en voz baja, la mujer dio un grito y el actor empezó a boquear. Instantáneamente, el nagual vio que la sombra negra se lanzaba como una daga y en­traba una y otra vez con precisión exacta en la abertura del actor.

A esta altura, don Juan hizo una digresión para ex­tenderse en un tema que ya había explicado antes. Me había dicho que la muerte es una fuerza que incesante­mente golpea a los seres vivientes en una abertura en su caparazón luminosa, y que en el hombre esta abertura está localizada a la altura del ombligo. Explicó que la muerte golpea a los seres fuertes y saludables con un golpe parecido a un pelotazo o un puñetazo. Pero cuan­do esos seres están moribundos, la muerte los ataca con acometidas parecidas a puñaladas.

Al ver a la muerte, el nagual Elías supo, sin lugar a dudas, que el actor podía darse por terminado. Au­tomáticamente, la inminente muerte del actor acababa con su interés en los designios del espíritu. Ningún de­signio tenía ya importancia; la muerte había nivelado todo.

Se levantó de su escondrijo para retirarse, cuando algo lo hizo vacilar: la calma de la joven. Con toda de­senvoltura y silbando una tonada, como si nada hubiera sucedido, se estaba poniendo las pocas prendas que se había quitado.

Fue en ese momento que el nagual vio que, al tran­quilizarse aceptando la presencia de la muerte, el cuerpo del hombre había desprendido un velo protector y reve­laba su verdadera naturaleza. Era un hombre doble de tremendos recursos, capaz de crear un velo, una pantalla para protegerse o disfrazarse. Era un perfecto brujo natu­ral. Un candidato ideal para aprendiz de nagual, de no ser por la negra sombra de la muerte.

La sorpresa del nagual fue total. Entendió entonces los designios del espíritu, pero no lograba comprender como un hombre tan inútil podía encajar en el esquema del mundo de los brujos.

Entretanto, la mujer se había levantado y, sin si­quiera echar una mirada al hombre cuyo cuerpo se con­torsionaba con los espasmos de la muerte, se alejó.

El nagual vio su luminosidad y comprendió que su extrema agresividad era resultado de un enorme flujo de energía superflua. Era evidente que aquella energía le podía acarrear desgracias sin fin si ella no la usaba sensa­tamente.

Al observar la despreocupación con que la joven se alejaba, el nagual comprendió que el espíritu le estaba proporcionando otra manifestación. El necesitaba tener, calma, ser imperturbable. Le precisaba actuar como un verdadero nagual; intervenir por el simple gusto de ha­cerlo; enfrentar a lo imposible como si no tuviera nada que perder.

Don Juan comentó que tales incidentes servían para probar si un nagual es real o falso. Los naguales toman de­cisiones y, sin importarles las consecuencias, ponen manos a la obra o se abstienen de hacerlo. Los impostores reflexio­nan, y sus reflexiones los paralizan. Habiendo tomado su decisión, el nagual Elías llegó con toda calma al lado del moribundo e hizo lo primero que su cuerpo, no su mente, le ordenaba: golpeó el punto de encaje del actor para hacer­lo entrar en un estado de conciencia acrecentada. Lo golpeó frenéticamente, una y otra vez. Ayudado por la fuerza misma de la muerte, los golpes del nagual movie­ron el punto de encaje del actor hasta un sitio en donde la muerte no cuenta y, allí, el hombre cesó de morir.

Para cuando el actor comenzaba a respirar de nuevo, el nagual ya había valorado la magnitud de su responsa­bilidad. Para que ese hombre pudiera rechazar la fuerza de su muerte, debía permanecer en un profundo estado de conciencia acrecentada el tiempo que fuera necesario. Considerando el avanzado deterioro físico que el joven sufría, no se podía moverlo de ese lugar, de lo contrario moriría instantáneamente. El nagual hizo lo único que era posible hacer dadas las circunstancias: construyó una choza alrededor del hombre postrado y lo cuidó durante tres meses, mientras guardaba total inmovilidad.

En ese momento intervinieron mis pensamientos racionales y quise saber cómo había hecho el nagual Elías para construir una choza en propiedad ajena. Yo sabía que la gente del campo es recelosa con la propiedad de su tierra.

Don Juan admitió haber hecho la misma pregunta. El nagual Elías le contó que lo primero que hizo después de que el actor comenzó a respirar nuevamente, fue co­rrer tras la joven. Ella era una figura dominante en la manifestación del espíritu. La alcanzó no muy lejos del lugar donde yacía el actor y en lugar de hablarle del joven, del aprieto en que estaba y pedirle su ayuda, el nagual asu­mió una vez más total responsabilidad. Saltando como un león, le asestó un golpe de vida o muerte en su punto de encaje. La joven se desmayó, pero su punto de encaje se desplazó. El nagual cargó a la joven hasta el lugar donde yacía el actor y pasó todo el día tratando de que ella no per­diera la razón y de que el hombre no perdiera la vida.

Cuando estuvo relativamente seguro de que había controlado la situación, regresó a la ciudad y fue a ver al rico terrateniente padre de la joven. Escogiendo sus palabras con mucho cuidado, el nagual se presentó como un curandero, y le dijo al hombre que su hija estaba incons­ciente y herida de gravedad. Le explicó que esa mañana, muy temprano, él había salido al campo a juntar yerbas medicinales y que, sin esperarlo, había tropezado con un joven y una joven gravemente heridos por la descarga eléctrica de un rayo. El nagual añadió que en cuanto supo quién era la joven vino con el recado.

Luego llevó al preocupadísimo padre adonde estaba su hija y agregó que el joven, quienquiera que fuese, había recibido la mayor parte de la descarga, salvando de tal suerte a la muchacha, pero quedando herido hasta el punto de no podérsele mover.

Puesto que la tierra era suya, el agradecido padre ayudó al nagual a construir la choza para el joven que había salvado a su hija. Y en tres meses el nagual logró lo imposible: sanar al joven.

Cuando llegó la hora de que el nagual se marchase, su sentido de la responsabilidad y el deber le exigieron que previniera a la joven acerca de su excesiva energía y las graves consecuencias que le podría acarrear en su vida y en su bienestar. Como era obligatorio en esos ca­sos, el sentido de responsabilidad incluía el pedirle, sin más ni más, que se uniera a su grupo y al mundo de los brujos, como la única posibilidad de frenar su fuerza auto-destructiva.

La mujer no dijo una palabra. Y el nagual Elías se vio obligado a decirle lo que todos los naguales, a través de los siglos, han dicho a sus presuntos aprendices: que los brujos hablan de la brujería como si ésta fuera un ave mágica, misteriosa, que detiene su vuelo para dar propósito y esperanza al hombre; que los brujos viven bajo el ala de esa ave, a la que llaman el pájaro de la sabi­duría, el pájaro de la libertad y que lo alimentan con su dedicación e impecabilidad. Le expresó enfáticamente que los brujos sabían que el vuelo del pájaro de la liber­tad es siempre en línea recta, ya que esa ave no tiene modo de hacer curvas en el aire, de girar y volver atrás; y que el pájaro de la libertad sólo puede hacer dos cosas: llevar a la gente consigo o dejarlos atrás.

El nagual Elías no podía hablarle al joven en los mismos términos. Él todavía estaba mortalmente enfer­mo y no tenía muchas alternativas. Aun así, el nagual le dijo que si deseaba curarse tendría que seguirlo incondi­cionalmente. El actor aceptó sin vacilar.

El día en que el nagual Elías emprendió el camino de regreso a su casa, la joven lo esperaba silenciosamente en las afueras de la ciudad. No llevaba maleta, ni siquiera una canasta. Parecía haber ido solamente a despedirlos. El nagual continuó caminando sin mirarla, pero el actor, a quien llevaban en una camilla, hizo esfuerzos por ha­cerle señas de adiós. Ella rió y sin decir una palabra se unió al grupo del nagual. No tuvo ningún problema, ninguna duda en dejar todo atrás. Había entendido per­fectamente que no habría una segunda oportunidad y que el pájaro de la libertad o se lleva a la gente consigo o los deja atrás.

Don Juan comentó que la decisión del actor y de la joven no era de extrañar. El nagual Elías los había afecta­do profundamente, ya que la fuerza de la personalidad de un nagual es siempre abrumadora. En tres meses de interacción diaria, los había habituado a su firmeza, a su desprendimiento, a su objetividad. Les había encantado su sobriedad y, sobre todo, su total dedicación a ellos. A través de su ejemplo y sus actos, el nagual Elías les había proporcionado una visión constante del mundo de los brujos; un mundo sustentador y formativo, por un lado, y excesivamente exigente por otro. Un mundo que ad­mitía muy pocos errores.

Don Juan me recordó entonces algo que me repetía con mucha frecuencia, aunque yo me las arreglaba siem­pre para no pensar en eso. Dijo que yo no debía olvidar, ni por un instante, que el pájaro de la libertad tiene muy poca paciencia con la indecisión y que, una vez que se va, jamás regresa.

La escalofriante resonancia de su voz hizo que el pacífico ambiente de la cueva vibrara como si hubiera sido electrificado. Un segundo más tarde, don Juan esta­bleció nuevamente la pacífica oscuridad con la misma rapidez con la cual invocó la urgencia. Me dio un ligero puñetazo en el brazo.

-Esa mujer era tan poderosa que podía lidiar con lo que fuera -dijo-. Se llamaba Talía.


EL TOQUE DEL ESPIRITU




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