El Conocimiento Silencioso



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XIV. INTENTAR APARIENCIAS
Don Juan quiso que hiciéramos un viaje más a las mon­tañas antes de que yo volviera a mi casa, pero no llega­mos a hacerlo. En cambio, me pidió que lo llevara en mi auto a la ciudad de Oaxaca. Necesitaba hacer allí algunas diligencias.

Por el camino hablamos de todo, menos del intento. Fue un descanso que me sentó muy bien.

Por la tarde, una vez que él hubo terminado con sus diligencias, nos sentamos en la plaza, en su banco favori­to. El lugar estaba desierto. Yo me sentí muy cansado y soñoliento. Pero inesperadamente me animé. Mi mente se aclaró tanto que me asusté.

Don Juan advirtió inmediatamente el cambio y lue­go hizo algo extraordinario: agarró un pensamiento de mi mente misma, o tal vez fui yo quien lo agarró de la suya.

-Si piensas acerca de la vida en términos de horas y no de años, nuestra vida es inmensamente larga -di­jo-. Aunque pienses en términos de días, la vida es in­terminable.

Eso era exactamente lo que yo estaba pensando. Qui­se mostrar mi asombro y hacerle mi pregunta habitual: "¿Cómo hizo usted eso?" Pero él me mandó callar y pasó a decirme que los brujos contaban la vida en horas: y que en una hora le era posible a un brujo vivir, en intensi­dad, el equivalente de una vida normal. Esa intensidad es una ventaja, dijo, cuando se trata de acumular infor­mación en el movimiento del punto de encaje.

Le pedí que me explicara en más detalle eso de acu­mular información en el movimiento del punto de en­caje. Mucho tiempo antes me había recomendado que, en vez de tomar notas de nuestras conversaciones, cosa muy incómoda y engorrosa, guardara toda la informa­ción obtenida sobre el mundo de los brujos, no en papel ni en mi mente, sino en el movimiento de mi punto de encaje.

-El punto de encaje, con el más ínfimo movi­miento crea islas de percepción totalmente aisladas -me dijo-. Información acerca de la complejidad de la con­ciencia de ser se puede acumular allí.

-Pero ¿cómo se puede acumular información en algo tan vago, que no tiene forma? -pregunté.

-La mente es igualmente vaga y tampoco tiene forma, sin embargo confías en ella, porque te es familiar -replicó-. Aún no tienes la misma familiaridad con el movimiento del punto de encaje, pero no es ni más mi menos vago que la mente.

-Lo que quiero preguntar es ¿cómo se almacena la información? -insistí.

-La información se almacena en la experiencia misma; es decir, en la posición que el punto de encaje tiene al momento de la experiencia -me explicó-. Lue­go, cuando el brujo mueve otra vez su punto de encaje al sitio exacto en donde estaba, revive toda la experien­cia. A eso, cómo ya lo sabes, los brujos llaman "acor­darse". Así que, acordarse es el modo de conseguir toda la información acumulada en el movimiento del punto de encaje.

"Lo que los brujos almacenan es la intensidad -continuó-. La intensidad es resultado automático del movimiento del punto de encaje. Por ejemplo, todo lo que estás viviendo en estos momentos tiene más inten­sidad de la que experimentas en general; por lo tanto, de­bidamente hablando, estás almacenando intensidad. Algún día revivirás la intensidad de este momento, ha­ciendo que tu punto de encaje vuelva exactamente al sitio en donde está ahora. Ese es el modo como almacenan los brujos información.

Le dije a don Juan que yo no estaba consciente de ningún tipo de proceso mental que me hubiera facilitado acordarme de los incidentes de los cuales me acordé en los últimos días.

-¿Cómo puede uno acordarse deliberadamente? -pregunté-.

-La intensidad, siendo un aspecto del intento, está naturalmente conectada con el brillo de los ojos del brujo -explicó-. A fin de acordarse de esas aisladas islas de percepción, los brujos sólo necesitan intentar el es­pecífico brillo de sus ojos, asociado con el punto al que desean volver. Pero esto ya te lo he explicado antes.

Debo de haber puesto cara de perplejidad. Don Juan me miró con expresión seria. Abrí la boca dos o tres veces para hacerle preguntas, sin poder formular mis pensa­mientos.

-Como el nivel de intensidad de un brujo es mayor que lo normal -dijo don Juan-, en pocas horas un brujo puede vivir el equivalente a una vida normal. Su punto de encaje, al moverse a una posición poco fa­miliar, toma más energía que la acostumbrada. Ese flujo extra de energía se llama intensidad.

Creí que lo comprendía con perfecta claridad, y mi mente se tambaleó bajo el impacto de mi comprensión. Don Juan me clavó la vista y me advirtió que tuviera cuidado con cierta reacción que afecta típicamente a los brujos: el frustrante deseo de explicar la experiencia de la brujería en términos coherentes y bien razonados.

-La experiencia de los brujos es tan descabellada -dijo don Juan- que ellos acostumbran a acecharse a sí mismos con ella, haciendo hincapié en el hecho de que somos perceptores y de que la percepción tiene muchas más posibilidades de las que puede concebir la mente.

"A fin de protegerse de esa inmensidad de la percep­ción -continuó-, los brujos aprenden a mantener una mezcla perfecta de no tener compasión, de tener astucia, de tener paciencia y de ser simpáticos. Estas cuatro bases están entrelazadas de modo inextricable. Los brujos las cultivan intentándolas. Estas bases son, naturalmente, posiciones del punto de encaje.

Dijo luego que todo acto realizado por un brujo es deliberado en pensamiento y realización y está, por de­finición, gobernado por esos cuatro principios funda­mentales del acecho.

-Los brujos usan esas cuatro disposiciones del ace­cho como guías -continuó-. Son cuatro estados men­tales, cuatro diferentes tipos de intensidad que los brujos pueden usar para inducir a sus puntos de encaje a mo­verse a posiciones específicas.

De pronto pareció fastidiado. Le pregunté si era mi insistencia en la especulación lo que le molestaba.

-Explicar es una lata -dijo-. Nuestra racionali­dad nos pone entre la espada y la pared. Nuestra tenden­cia es a analizar, a sopesar, a averiguar. Y no hay modo de hacer eso desde dentro de la brujería. La brujería es el acto de llegar al lugar del conocimiento silencioso, y el conocimiento silencioso no es analizable, porque sólo puede ser experimentado.

Sonrió; sus ojos brillaban como dos puntos de luz. Dijo que los brujos, con fin de protegerse del abrumador efecto del conocimiento silencioso, desarrollaron el arte del acecho. El acecho mueve el punto de encaje de un modo ínfimo, pero incesante, dando así a los brujos el tiempo y la posibilidad de reforzarse.

Dentro del arte del acecho -prosiguió don Juan-, existe una técnica muy usada por los brujos: "el desatino controlado". Los brujos aseguran que esa es la única técni­ca con que cuentan para tratar consigo mismos en la con­ciencia acrecentada y con la gente en el mundo de la vida cotidiana.

Don Juan me había definido el desatino controlado como el arte del engaño controlado o el arte de fingirse completamente inmerso en el acto del momento; fin­giendo tan bien que nadie podría diferenciar esa imita­ción de lo genuino. El desatino controlado no es un engaño en sí, me había dicho, sino un modo sofisticado y artístico de separarse de todo sin dejar de ser una parte integral de todo.

-El desatino controlado es un arte -continuó don Juan-. Un arte sumamente molesto y difícil de apren­der. Muchos brujos no tienen aguante para eso, no porque tenga nada de malo, sino porque hace falta mu­cha energía para ejercitarlo.

Don Juan admitió que él lo practicaba a conciencia, aunque no le gustaba mucho, quizá porque su benefactor había sido muy adepto a ello. O tal vez era porque su per­sonalidad que, según decía él, era básicamente tortuosa y mezquina simplemente carecía de la agilidad necesaria para practicar el desatino controlado.

Lo miré con sorpresa. Yo nunca lo hubiera creído mezquino. El dejó de hablar y me clavó la mirada.

-Para cuando llegamos a la brujería nuestra perso­nalidad ya está formada -dijo-, encogiéndose de hom­bros como para indicar resignación-; y solamente nos resta practicar el desatino controlado y reírnos de noso­tros mismos.

Sentí un arrebato de empatía y le aseguré que, en mi modesta opinión, él no era ni tortuoso ni mezquino en lo absoluto.

-Pero ésa es mi personalidad básica -insistió-.

Y yo insistí en que no era así.

-Los acechadores que practican el desatino controla­do creen que, en cuestiones de personalidad, toda la espe­cie humana cae dentro de tres categorías -dijo, sonrien­do como lo hacía cada vez que me tendía una trampa.

-Eso es absurdo -protesté-. La conducta humana es demasiado compleja como para establecer categorías tan simples.

-Los acechadores dicen que no somos tan complejos como creemos -dijo- y también dicen que todos per­tenecemos a una de esas tres categorías.

Reí de puro nerviosismo. Por lo común habría to­mado esa afirmación como una broma, pero esta vez, de­bido a la extrema claridad de mi mente y a la intensidad de mis pensamientos, sentí que hablaba en serio.

-¿Hablaba usted en serio? -pregunté, lo más dis­cretamente que pude.

-Completamente en serio -replicó, y se echó a reír.

Su risa me tranquilizó un poco, y él continuó expli­cando el sistema de clasificación de los acechadores. Dijo que las personas de la primera categoría son los perfectos secretarios, ayudantes y acompañantes. Tienen una per­sonalidad muy fluida, pero su fluidez no nutre. Sin em­bargo, son serviciales, cuidadosos, totalmente domésti­cos, e ingeniosos dentro de ciertos límites; chistosos, de muy buenos modales, simpáticos y delicados. En otras palabras, son la gente más agradable que existe, salvo por un enorme defecto: no pueden funcionar solos. Necesi­tan siempre que alguien los dirija. Con dirección, por dura o antagónica que pueda ser, son estupendos. Por sí mismos, perecen.

La gente de la segunda categoría no tiene nada de agradable. Los de ese grupo son mezquinos, vengativos, envidiosos, celosos y egocéntricos. Hablan exclusivamente de sí mismos y habitualmente exigen que la gente se ajuste a sus normas. Siempre toman la iniciativa, aunque esto los haga sentir mal. Se sienten totalmente incómodos en cualquier situación y nunca están tranqui­los. Son inseguros y jamás están contentos; cuanto más inseguros se sienten, más desagradable es su comporta­miento. Su defecto fatal es que matarían con tal de estar al mando.

En la tercera categoría están los que no son ni agra­dables ni antipáticos. No sirven a nadie, pero tampoco se imponen a nadie. Más bien, son indiferentes. Tienen una idea exaltada de sí mismos basada solamente en sus fantasías. Si son extraordinarios en algo es en la facultad de esperar a que las cosas sucedan. Por regla general espe­ran ser descubiertos y conquistados; tienen una estupen­da facilidad para crear la ilusión de que se traen grandes cosas entre manos; cosas que siempre prometen sacar a relucir, pero nunca lo hacen, porque, en realidad, no tie­nen nada.

Don Juan dijo que él, decididamente, pertenecía a la segunda clase. Luego me pidió que me clasificara a mí mismo y yo me puse nervioso. Don Juan casi se caía de la risa.

Me instó de nuevo a que me clasificara, y de mala gana sugerí que podía ser una combinación de las tres ca­tegorías.

-No me vengas con combinaciones -dijo, sin de­jar de reír-. Somos seres simples; cada uno de nosotros pertenece a una de las tres. Y yo diría que tú definitiva­mente perteneces a la segunda clase. Los acechadores les llaman pedos.

Empecé a gritar, protestando que su sistema de clasi­ficación era denigrante. Pero me detuve justo en el mo­mento en que iba a lanzar una larga diatriba. Comenté en cambio, que, si en verdad sólo había tres tipos de perso­nalidades, todos estábamos atrapados por vida en una de esas tres categorías, sin esperanzas de cambio ni de rendi­ción.

Reconoció que ese era exactamente el caso, en cierta medida, pero que sí existía un camino de redención. Los brujos habían descubierto que sólo nuestra imagen de sí caía en una de esas categorías.

-El problema con nosotros es que nos tomamos demasiado en serio -aseguró-. Cualquiera que sea la categoría en que cae nuestra imagen de sí, sólo tiene sig­nificado en vista de nuestra importancia personal. Si no tuviéramos importancia personal no nos atañería en ab­soluto en qué categoría caemos.

"Yo siempre seré un pedo -continuó, riéndose de mí abiertamente-. Y tú, lo mismo. Pero ahora soy un pedo que no se toma en serio, mientras que tú todavía lo haces.

Yo estaba indignado. Quería discutir con él, pero no podía reunir mi energía.

En la plaza desierta, la repercusión de su risa se me hacía casi como un eco.

Cambió luego de tema y procedió a hacer un re­cuento de los centros abstractos que habíamos discutido: las manifestaciones del espíritu, el toque del espíritu, los trucos del espíritu, el descenso del espíritu, los requisitos del intento y el manejo del intento. Los repitió como si estuviera dando a mi memoria la oportunidad de rete­nerlos plenamente.

-Usted nunca me ha dicho nada acerca de los re­quisitos del intento o del manejo del intento -dije.

-Ah, esta vez tendrás que esforzarte tú mismo -respondió-. Te he hablado de la ruptura de la imagen de sí, el alcanzar el sitio donde no hay compasión, y el llegar al conocimiento silencioso; y de los estados de ánimo que les dan seriedad. El manejo del intento es algo más velado, es el arte del acecho en sí, es la impeca­bilidad.

Comenté que los centros abstractos seguían siendo un misterio para mi. Me sentía muy angustiado con res­pecto a mi incapacidad de comprenderlos. El me daba la impresión de que iba a dar por finalizado el tema y yo no había captado su significado en absoluto. Insistí en que necesitaba hacerle más preguntas sobre los centros abs­tractos.

El pareció valorar lo que yo decía; después, en silen­cio, asintió con la cabeza.

-Este tópico también fue muy difícil para mí -di­jo-. Y también yo hice muchas preguntas. Tal vez yo era un poquito más egocéntrico que tú. Y muy desagradable. Mi único modo de hacer preguntas era regañando. Tú, en cambio, eres un inquisidor bastante belicoso. Al final, claro está, tú y yo somos igualmente fastidiosos, pero por diferentes motivos. Lo malo de hacer preguntas es que lo que queremos averiguar nunca se revela cuando uno lo pide.

Don Juan agregó sólo una cosa más antes de cambiar de tema: que los centros abstractos se revelan con suma lentitud.

-Y ahora hablemos de otra historia de brujería -dijo-. No me cansaré de repetir que todo hombre que mueve su punto de encaje puede moverlo aún más. Y la única razón por la cual necesitamos un maestro es para que nos acicatee sin misericordia. De lo contrario, nues­tra reacción natural es detenernos a felicitarnos por haber avanzado tanto.

Dijo que ambos éramos buenos ejemplos de nuestra detestable tendencia a tratarnos con demasiada benevolencia. Su benefactor, por suerte, como era un estupendo acechador, lo había tenido siempre en guardia, ayu­dándolo, cada vez que podía a efectuar un libre movi­miento de su punto de encaje.

Don Juan contó que, en el curso de sus excursiones nocturnas a las montañas, el nagual Julián le había dado extensas lecciones sobre la naturaleza de la importancia personal y el movimiento del punto de encaje. Para el nagual Julián, la importancia personal era un monstruo de mil cabezas y había tres maneras en que uno podía en­frentarse a él y destruirlo. La primera manera consistía en cortar una cabeza por vez; la segunda era alcanzar ese misterioso estado de ser llamado el sitio donde no hay compasión, el cual aniquila la importancia personal ma­tándola lentamente de hambre; y la tercera manera era pagar por la aniquilación instantánea del monstruo de las mil cabezas con la muerte simbólica de uno mismo.

El nagual Julián recomendaba la tercera alternativa, pero le dijo a don Juan que podía considerarse afortuna­do si tenía oportunidad de escoger. Pues es el espíritu el que suele decidir qué camino tomará el brujo, y el deber del brujo es obedecer.

Don Juan me dijo que, tal como él me había guiado a mí, su benefactor lo había guiado a él para que cortara las mil cabezas de la importancia personal, una a una, pero que los resultados habían sido muy diferentes. Yo había respondido muy bien; él, en cambio, no había res­pondido en absoluto.

-La mía era una condición muy peculiar -pro­siguió-. Desde el momento en que mi benefactor me vio tendido en el camino, con un agujero de bala en el pecho, comprendió que yo era el nuevo nagual. Actuan­do de acuerdo con ello, mi benefactor movió mi punto de encaje tan pronto como mi salud lo permitió.

Y yo vi con gran facilidad un campo de energía en la forma de aquel hombre monstruoso. Pero ese logro, en vez de ayudar, dificultó cualquier otro movimiento de mi punto de encaje. Y en tanto que los puntos de encaje de los otros aprendices se movían de modo estable, el mío se quedó fijo al nivel de permitirme ver al mons­truo.

-¿Pero no le explicó su benefactor lo qué estaba pasando? -pregunté, realmente desconcertado por esa in­necesaria complicación.

-Mi benefactor no era partidario de regalar el co­nocimiento -dijo don Juan-. Creía que el conocimien­to impartido de ese modo carecía de efectividad. Nunca estaba disponible cuando se lo necesitaba. Por otro lado, si el conocimiento era tan sólo insinuado, la persona que estaba interesada en él idearía el medio de alcanzarlo.

Don Juan dijo que la diferencia entre su método de enseñanza y el de su benefactor consistía en que él quería que todos tuvieran la libertad de escoger. Su benefactor, no.

-¿Y el nagual Elías no le explicó a usted lo que pa­saba? -insistí.

-Trató desesperadamente de explicarme -dijo don Juan, suspirando-, pero yo era realmente imposible. Lo sabía todo. Dejaba que ese pobre hombre hablara hasta que se le caía la lengua y no escuchaba una palabra de lo que me decía.

"Fue entonces que el nagual Julián decidió obli­garme a lograr una vez más un libre movimiento de mi punto de encaje. Y con ese fin me dio un susto macabro.

Le interrumpí para preguntarle si eso había ocurrido antes o después de su experiencia en el río.

-Esto ocurrió varios meses después -replicó-. Y no pienses ni por un momento que el haber experimen­tado aquella percepción dividida me cambió en algo, o que me dio sabiduría o cordura. Nada de eso.

"Ten en cuenta lo que pasa contigo -prosiguió-. No sólo he quebrado tu continuidad una, y otra vez, sino que la he machacado hasta hacerla pedazos. Y mírate: aún actúas como si estuvieras intacto. Ese es un logro su­premo de la magia cotidiana.

"Yo era igual. Me tambaleaba por un momento bajo el impacto de lo que estaba experimentando, pero luego lo olvidaba todo, ataba los cabos sueltos y continuaba como si nada hubiera ocurrido. Por eso mi benefactor creía que sólo podemos realmente cambiar si morimos.

Volviendo a su historia, don Juan dijo que el na­gual utilizó, al miembro antisociable de su casa, cuyo nombre era Tulio, para asestar un nuevo y demoledor golpe a su continuidad cotidiana.

Don Juan me aseguró que todos los aprendices del nagual Julián, incluso él mismo, nunca habían estado completamente de acuerdo en nada, salvo en una cosa: que Tulio era un hombre insignificante, despreciable y arrogante a más no poder. Lo odiaban porque o los trata­ba con desdén o simplemente los ignoraba, haciéndolos sentir que no eran nadie. Todos estaban convencidos de que nunca les hablaba porque no tenía nada que decir, y que su característica más sobresaliente, su arrogante des­dén, era la máscara de su timidez.

Sin embargo, pese a su personalidad tan desagrada­ble y para mortificación de todos los aprendices, Tulio gozaba de una inmerecida influencia en la casa, sobre todo con el nagual Julián, que parecía consentirle todos sus desvaríos.

Una mañana, el nagual Julián envió a todos los aprendices, excepto don Juan, a la ciudad, a hacer una diligencia que les llevaría todo el día. Hacia el mediodía el nagual se encaminó a su despacho, para ocuparse en los libros de contabilidad. En el momento de entrar le pidió a don Juan, como era de costumbre, que le ayudara con las cuentas.

Don Juan comenzó con los recibos, pero se dio cuenta de que, para continuar, necesitaba cierta informa­ción que solamente Tulio tenía, como el capataz de la propiedad, y que había olvidado anotar.

El nagual Julián se puso furioso por el descuido de Tulio, cosa que complació mucho a don Juan. El nagual, impaciente, ordenó a don Juan que fuera en busca de Tu­lio, quien estaba en los campos supervisando a los peones, y le transmitiera su orden de ir al despacho.

Don Juan, feliz ante la perspectiva de fastidiar a Tu­lio, corrió a los sembrados acompañado de un peón para que lo protegiera del monstruo. Encontró allí a Tulio su­pervisando a los trabajadores, como siempre, desde una distancia. Don Juan había notado que a Tulio le disgusta­ba mucho entrar en contacto directo con la gente y que siempre los trataba desde lejos.

Con voz ronca y exagerada imperiosidad, don Juan exigió a Tulio que lo acompañara a la casa, porque el na­gual requería sus servicios. Tulio, con voz apenas audi­ble, respondió que por el momento se hallaba demasiado atareado, pero que en el curso de una hora podría acudir.

Don Juan insistió, sabiendo que Tulio no se moles­taría en discutir con él y simplemente le volvería la cara, como de costumbre. Pero se llevó una desagradable sor­presa. Tulio comenzó a gritarle obscenidades. La escena era tan poco acorde con el carácter de Tulio que hasta los peones dejaron de trabajar para cambiar miradas interro­gantes. Don Juan estaba seguro de que ningún peón había oído nunca que Tulio levantara la voz, y mucho menos que gritara improperios. Su propia sorpresa era tan grande que empezó a reír nerviosamente, lo que enojó muchísimo a Tulio. Hasta le tiró una piedra que por poco le da en la cabeza. El asustado don Juan apenas pudo escapar corriendo.

Don Juan y su guardaespaldas volvieron inmediata­mente a la casa. Justo en la puerta de entrada encontra­ron a Tulio, conversando tranquilamente y riendo con algunas de las mujeres. Según su costumbre, le volvió la espalda a don Juan, sin prestarle la menor atención.

Don Juan muy enojado comenzó a regañarlo por estar de charla cuando el nagual lo necesitaba en el des­pacho. Tulio y las mujeres lo miraron como si se hubiera vuelto loco.

Pero ese día Tulio no era el mismo. De inmediato le gritó a don Juan que cerrara el hocico y no se metiera en sus cosas. Lo acusó, descaradamente de tratar de hacerle quedar mal con el nagual Julián.

Las mujeres mostraron su consternación con ex­clamaciones ahogadas y miradas de censura a don Juan, mientras trataban de calmar a Tulio. Don Juan le ordenó a Tulio que acudiese al despacho del nagual para expli­car los problemas contables, pero Tulio lo mandó al de­monio.

Don Juan temblaba de ira. La sencilla tarea de pedir esas informaciones se estaba convirtiendo en una pesa­dilla. Logró al fin dominar su ira.

Las mujeres lo observaban atentamente, y eso lo hizo enojar otra vez. Lleno de ira silenciosa, corrió al es­tudio del nagual. Tulio y las mujeres siguieron conver­sando y riendo tranquilamente, como si celebraran una broma secreta.

La sorpresa de don Juan fue total cuando, al entrar al despacho, encontró a Tulio sentado en el escritorio del nagual, absorto en los libros de contabilidad. Don Juan hizo un esfuerzo supremo y le sonrió a Tulio. De pronto había comprendido que el nagual Julián estaba usando a Tulio para jugarle una broma, o para probarlo, a ver si perdía o no el control. Y él no le daría a Tulio tal satis­facción.

Sin levantar la vista de sus libros, Tulio dijo que, si don Juan estaba buscando al nagual, probablemente lo encontraría en el otro extremo de la casa.

Don Juan corrió al otro extremo de la casa y en­contró al nagual Julián caminando lentamente alrededor del patio, acompañado por Tulio. Parecían enfrascados en una conversación. Tulio tironeó suavemente de la manga al nagual y le dijo, en voz baja, que su asistente estaba allí.

El nagual, muy tranquilamente, como si nada hu­biera sucedido, le explicó a don Juan todo lo referente a la cuenta en la que habían estado trabajando. Fue una ex­plicación larga, detallada y completa. Dijo que era hora que don Juan trajera el libro de contabilidad del despacho para que pudiera él hacer la anotación y que Tulio la fir­maría.

Don Juan no podía comprender lo que estaba pasan­do. La explicación tan detallada y el tono despreocupado del nagual habían puesto todo en el reino de los asuntos mundanos. Tulio, impacientemente le ordenó a don Juan que se apresurara a ir en busca del libro, pues él esta­ba muy ocupado. Lo necesitaban en otra parte de la ha­cienda.

Para entonces don Juan se había resignado a hacer el papel de payaso. Sabía que el nagual se traía algo entre manos: tenía esa expresión extraña en los ojos que don Juan asociaba siempre con sus brutales bromas. Además, Tulio había hablado ese día más que en los dos años com­pletos que él llevaba en la casa.

Sin decir una palabra, don Juan volvió al estudio. Y, tal como esperaba, Tulio había llegado allí primero; esta­ba sentado en la esquina del escritorio, esperándolo; taco­neando impacientemente el entablado con el duro tacón de su bota. Le puso a don Juan en las manos el libro de contabilidad que necesitaba y le dijo que se pusiera en marcha.

Pese a estar prevenido, don Juan quedó atónito. Miró fijamente a Tulio, quien se tornó colérico e insul­tante. Don Juan tuvo que contenerse a duras penas para no estallar. Seguía diciéndose que todo aquello era tan sólo una prueba; una manera de examinar sus actitudes. Ya se imaginaba expulsado de la casa si fracasaba.

En medio de su confusión, aún pudo preguntarse cómo lograba ese Tulio tener la velocidad para ade­lantársele siempre.

Don Juan anticipaba, por cierto, que Tulio lo estaría esperando con el nagual. Pero aun así, cuando lo vio allí, se quedó más que sorprendido. No podía figurarse cómo se las había arreglado Tulio. Don Juan había atravesado la casa siguiendo la ruta más corta, a toda velocidad. No había modo de que Tulio hubiera podido llegar antes, sin pasar a su lado.

El nagual Julián tomó el libro de contabilidad con aire de indiferencia. Hizo la anotación y Tulio la firmó. Luego continuaron hablando del asunto sin prestar aten­ción a don Juan, que mantenía los ojos clavados en Tu­lio, tratando de adivinar qué prueba era la que le estaban haciendo pasar. Tenía que ser una prueba de su carácter. Después de todo, en esa casa su carácter siempre había es­tado en tela de juicio.

El nagual despidió a don Juan, diciendo que deseaba quedarse a solas con Tulio para hablar de negocios. Don Juan fue inmediatamente en busca de las mujeres para averiguar qué pensaban de esta extraña situación. Ape­nas habría caminado tres metros cuando encontró a dos de ellas con Tulio. Los tres estaban enfrascados en una animadísima conversación. Antes de que ellos lo vieran, volvió corriendo adonde estaba el nagual. Allí estaba también Tulio, hablando con él.

Una increíble sospecha entró entonces en la mente de don Juan. Corrió al estudio; Tulio estaba inmerso en sus libros de cuentas y ni siquiera advirtió su presencia. Don Juan le preguntó qué estaba pasando. Tulio sacó a relucir su personalidad habitual y no se dignó a respon­der o a mirar a don Juan.

En ese momento don Juan tuvo otra idea inconcebi­ble. Corrió al establo, ensilló dos caballos y pidió a su guardaespaldas de esa mañana que volviera a acom­pañarlo. Galoparon hasta el sitio en donde don Juan había visto a Tulio. Este estaba exactamente donde lo había dejado. No le dirigió la palabra a don Juan. Cuando éste lo interrogó, se limitó a encogerse de hombros y vol­verle la espalda.

Don Juan y su compañero galoparon de regreso a la casa. En ella, don Juan encontró que Tulio estaba almor­zando con las mujeres. Tulio estaba también hablando con el nagual. Y Tulio trabajaba con los libros.

Don Juan se dejó caer en un asiento, cubierto de su­dor frío del miedo. Sabía que el nagual Julián lo estaba sometiendo a una de sus horribles bromas. Razonó que tenía tres cursos de acción. Podía comportarse como si no ocurriera nada fuera de lo común; podía resolver la prueba por sí mismo o, puesto que el nagual aseguraba siempre estar allí para explicar cuanto él quisiera, podía enfrentarse al nagual y pedirle aclaraciones.

Decidió preguntar. Fue en busca del nagual y le pidió que le explicara a qué se le estaba sometiendo. El nagual estaba solo, en el patio, aún trabajando en sus cuentas. Apartó los libros y le sonrió. Le dijo que los veintiún no-haceres que él le había enseñado a ejecutar eran las herramientas que podían cortar las mil cabezas de la importancia personal; pero que dichas herramien­tas no le habían servido para nada. Por lo tanto, estaba ahora probando el segundo método para destruir la im­portancia personal. Ese método requería poner a don Juan en el sitio donde no hay compasión.

Don Juan quedó convencido de que el nagual Julián estaba loco de remate. Al oírle hablar de no-haceres, de monstruos con mil cabezas y de sitios donde no hay com­pasión casi llegó a tenerle lástima.

El nagual Julián, muy calmadamente, le pidió a don Juan que fuera al cobertizo de la parte trasera de la casa y pidiera a Tulio que saliera de allí.

Don Juan lo miró y luego suspiró haciendo lo posi­ble para no estallar en una carcajada. Don Juan pensó que los métodos del nagual Julián se estaban volviendo de­masiado obvios. Don Juan sabía que el nagual quería continuar con su prueba, utilizando a Tulio.

En ese punto don Juan interrumpió su narración para preguntarme qué pensaba yo de la conducta de Tu­lio. Dije que, guiándome por lo que yo sabía sobre el mundo de los brujos, diría que Tulio era un brujo que, de alguna forma, movía su propio punto de encaje de una manera muy sofisticada, para dar a don Juan la im­presión de estar en cuatro lugares al mismo tiempo.

-Entonces ¿qué piensas que encontré en el coberti­zo? -preguntó don Juan, con una gran sonrisa.

-Yo diría que usted o bien encontró a Tulio o no encontró a nadie.

-Pero, si cualquiera de esas dos cosas hubiera o­currido, mi continuidad no habría sufrido golpe alguno -observó él.

Traté de imaginar cosas extravagantes y propuse que quizá había encontrado el cuerpo de ensueño de Tulio. Le recordé que él mismo había hecho algo similar con­migo, con uno de los miembros de su grupo.

-No. Lo que encontré fue una broma que no tiene equivalente en la realidad -respondió don Juan-. Sin embargo, no era nada fantasmagórico; no era nada que estuviera fuera de este mundo. ¿Qué crees que fue?

Le dije a don Juan que yo detestaba los acertijos, y que con todas las cosas extravagantes que él me había he­cho percibir o experimentar, lo único que podía concebir era más cosas extravagantes. Y como eso estaba descarta­do, renunciaba a adivinar.

-Cuando entré en ese cobertizo estaba preparado a encontrar que Tulio se había escondido -dijo-. Estaba seguro de que la siguiente parte de la prueba iba a consis­tir en jugar al escondite. Tulio me iba a volver loco es­condiéndose dentro de ese cobertizo.

"Pero no ocurrió nada de lo que esperaba. Al entrar a ese lugar me encontré con cuatro Tulios.

-¿Cómo que con cuatro Tulios?

-Había cuatro hombres en ese cobertizo -insistió don Juan-. Y todos ellos eran Tulio. ¿Te puedes imaginar mi sorpresa? Los cuatro estaban sentados en la mis­ma posición, con las piernas cruzadas. Me estaban espe­rando. Los miré y salí espantado, dando gritos desaforados.

"Mi benefactor me sujetó contra el suelo, junto a la puerta. Y entonces, aterrado más allá de toda medida, vi como los cuatro Tulios salían del cobertizo y avanzaban hacia mí. Grité y grité, mientras los Tulios me picoteaban con su dedos duros, como enormes aves al ataque. Grité hasta sentir que algo cedió dentro de mí y entré en un es­tado de suprema indiferencia; un abandono y una frial­dad totales. Nunca en mi vida había experimentado algo tan extraordinario. Me quité a los Tulios de encima y me levanté. Me dirigí directamente al nagual y le pedí que me explicara aquello de los cuatro hombres.

Lo que el nagual Julián explicó a don Juan fue que los cuatro hombres eran lo mejor de lo mejor en cues­tiones del acecho. Sus nombres eran un invento del na­gual Elías, su maestro, quien, como ejercicio de desatino controlado, había tomado los números uno, dos, tres y cuatro, los había añadido al nombre de Tulio, obteniendo así los nombres Tuliúno, Tuliódo, Tulítre, y Tulícuatro.

El nagual Julián los presentó a don Juan por turnos. Los cuatro estaban de pie, en hilera. Don Juan los fue sa­ludando con un movimiento de cabeza y cada uno de ellos lo saludó a su vez de la misma manera. El nagual dijo que los cuatro eran acechadores de tan extraordinario talento, como don Juan acababa de corroborar, que los elogios no tenían significado. Los Tulios eran uno de los grandes triunfos del nagual Elías; eran la quintaesencia de lo que no se puede notar. Eran acechadores tan magní­ficos que, para todos los fines prácticos, sólo existía uno de ellos. Aunque la gente los veía y trataba con ellos dia­riamente, sólo los miembros de la casa sabían que eran cuatro.

Don Juan comprendió con perfecta claridad cuanto el nagual Julián le estaba diciendo acerca de los Tulios. Era una claridad tan especial que lo indujo a comprender que había alcanzado el sitio donde no hay compasión. Y comprendió también que ese sitio era una posición del punto de encaje, una posición en la que la imagen de sí dejaba de funcionar. Pero don Juan también sabía que su claridad mental y su sabiduría eran en extremo transito­rias. Era inevitable que su punto de encaje volviera al si­tio de partida.

Cuando el nagual le preguntó a don Juan si quería hacer alguna pregunta, él comprendió que sería preferi­ble prestar toda la atención posible a las explicaciones del nagual, en vez de especular sobre su propia claridad mental.

Quiso saber cómo creaban los Tulios la impresión de ser una sola persona. Su curiosidad era muy grande, pues al observarlos juntos se había dado cuenta de que no eran tan parecidos. Usaban las mismas ropas; eran más o menos de la misma estatura, edad y constitución física, pero allí acababa la similitud. Sin embargo, aun mientras los observaba, hubiera podido jurar que eran un solo Tulio.

El nagual Julián explicó que la vista humana esta adiestrada para enfocarse solamente en los rasgos más sa­lientes de una cosa, y que esos rasgos salientes son cono­cidos de antemano. Por lo tanto, el arte de los acechadores es crear una impresión, presentando rasgos que ellos eli­gen, rasgos que ellos saben que los ojos del espectador están destinados a notar. Al reforzar ingeniosamente ciertas impresiones, los acechadores logran crear en el es­pectador una impugnable convicción acerca de lo que perciben.

El nagual Julián le contó a don Juan que al llegar don Juan a la casa, vestido con sus ropas de mujer, las mujeres de su grupo quedaron encantadas y se rieron abiertamente. Pero el hombre que las acompañaba, que en ese momento era Tulítre, procedió inmediatamente a proporcionar a don Juan la primera impresión de Tulio. Se volvió a medias para ocultar la cara; se encogió de hombros desdeñosamente, como si todo eso lo aburriera, y se alejó, claro está, para descostillarse de risa en priva­do, mientras las mujeres ayudaban a consolidar esa primera impresión mostrándose angustiadas, casi ofen­didas, por aquella conducta antisocial.

Desde ese momento en adelante, cualquiera que fuese el Tulio que estaba con don Juan reforzaba esa im­presión y la perfeccionaba aún más, hasta que la vista de don Juan no podía ya captar otra cosa sino aquello que se le proporcionara.

Tuliúno habló; dijo que con actos muy cuidadosos y consistentes, habían tardado cerca de tres meses en cegar a don Juan a todo, salvo a lo que se le inducía a esperar. Después de esos tres meses su ceguera era tan pronuncia­da que los Tulios dejaron de andarse con cuidado. Hasta actuaban normalmente dentro de la casa, incluso dejaron de usar ropas idénticas, sin que don Juan notara la dife­rencia.

Cuando los otros aprendices llegaron a la casa, los Tulios tuvieron que comenzar todo de nuevo. La situa­ción se puso difícil para ellos, porque había muchos aprendices y todos eran muy inteligentes.

Tuliúno habló luego de la apariencia de Tulio. Dijo que según el nagual Elías, la apariencia es la esencia del desatino controlado; por lo tanto, los acechadores crean la apariencia intentándola, en vez de lograrlo con la ayuda de disfraces. Los disfraces crean apariencias artificiales que la vista nota consciente o inconscientemente. En ese sentido, intentar apariencias es exclusivamente un ejerci­cio para el manejo del intento.

Después habló Tulítre. Dijo que las apariencias se so­licitan al espíritu o se las llama a la fuerza, pero nunca se las inventa racionalmente. La apariencia de Tulio fue llamada con fuerza. El nagual Elías los metió a los cuatro juntos, en un pequeño cobertizo donde apenas podían caber. Allí les habló el espíritu. Les dijo que primero de­bían intentar su homogeneidad. Después de cuatro sema­nas de aislamiento total, la homogeneidad vino a ellos.

El nagual Elías les dijo que el intento los había fun­dido unos con otros, y que así habían adquirido la certeza de que la individualidad de cada uno pasaría desapercibi­da. La segunda etapa fue llamar con toda la fuerza posi­ble a la apariencia que iba a ser percibida por el especta­dor. Se empeñaron entonces en llamar al intento para que les diera la apariencia de Tulio que don Juan había visto. Tuvieron que trabajar mucho para perfeccionarlo. Bajo la dirección de su maestro, se concentraron en todos los detalles que lo haría perfecto.

Los cuatro Tulios dieron a don Juan una demostra­ción de los rasgos más chistosos y salientes de Tulio; los cuales eran: muy marcados gestos de arrogancia y des­dén; abruptos giros de cabeza hacia la derecha, para de­mostrar enojo; movimientos del torso, para ocultar parte de la cara con el hombro izquierdo; pasar furiosamente una mano sobre los ojos, como para apartar el pelo de la frente; el paso y los movimientos de un hombre impa­ciente y ágil, demasiado nervioso para estarse en un solo sitio y que no puede decidir hacia dónde ir.

Don Juan dijo que esos detalles de conducta y mu­chos otros más habían hecho de Tulio un personaje inol­vidable. Era tan inolvidable que, para proyectar a Tulio sobre don Juan y los otros aprendices, como sobre una pantalla de cine, bastaba con que uno de los cuatros in­sinuara un rasgo de Tulio; los aprendices suministraban automáticamente el resto.

Don Juan dijo que, debido a la tremenda consisten­cia de los datos suministrados por los cuatro hombres, Tulio era la esencia de una persona repugnante, tanto para él como para los otros aprendices. Pero al mismo tiempo, si hubieran buscado muy en el fondo de si mis­mos habrían admitido que Tulio era obsesionante. Era rápido, misterioso, daba la impresión, a sabiendas o no, de ser una sombra.

Don Juan preguntó a Tuliúno cómo habían llamado al intento. Tuliúno le explicó que los acechadores llaman al intento en voz alta. Habitualmente lo llaman desde una habitación pequeña, oscura y aislada. Se pone una vela en una mesa negra, con la llama a pocos centímetros de los ojos; después se pronuncia lenta­mente la palabra intento, modulándola con claridad tan­tas veces como uno lo considera necesario. El tono de voz sube y baja sin intervención de la voluntad.

Tuliúno hizo hincapié en que la parte indispensable en el acto de llamar al intento es una total concentración en lo que se intenta. En el caso de ellos, su concentración se enfocó en su homogeneidad y en la apariencia de Tu­lio. Tras ser fusionados por el intento, aún tardaron un par de años en edificar la plena certeza de que tanto su homogeneidad como la apariencia de Tulio serían reali­dades inapelables para los espectadores.

-Y ahora quiero que tú pienses en todo lo que te he contado -prosiguió don Juan-. Cavila, a ver qué con­clusiones se te ocurren.

Me puse a pensar, pero como siempre que él me pedía que hiciera algo específico, no pude hacerlo. Por fin, le pregunté a don Juan qué pensaba del modo de lla­mar al intento de los Tulios. Y él dijo que tanto su bene­factor, como el nagual Elías, eran un poco más dados a los ritos que él; por lo tanto, preferían utensilios tales como velas, lugares oscuros y mesas negras.

Comenté, sin darle importancia, que a mi también me atraía muchísimo la conducta ritualista. El rito me parecía algo esencial para centrar la atención. Don Juan tomó mi comentario en serio. Dijo que había visto que existía en mí, como campo energético, un rasgo que todos los brujos de antaño tenían y buscaban ávidamente en otros: una zona brillante en el lado inferior derecho del capullo luminoso. Dicha brillantez se asociaba con el ingenio de una persona y su tendencia a la morbosidad. Los sombríos brujos de aquellos tiempos se complacían en domar a ese codiciado rasgo para engrandecer al lado oscuro del hombre.

-Entonces el hombre tiene un lado que es el mal -dije, jubiloso-. Usted siempre lo negó. Siempre dice que el mal no existe, que sólo existe el poder.

Me sorprendí a mí mismo con tal arrebato: en un solo instante toda mi crianza católica se había apoderado de mí y el Príncipe de las Tinieblas creció a tamaño des­comunal.

Don Juan rió hasta acabar tosiendo.

-Claro que tenemos un lado oscuro -dijo-. Ma­tamos por capricho, ¿no es cierto? Quemamos gente en el nombre de Dios. Nos destruimos a nosotros mismos; aniquilamos la vida en este planeta; destruimos la tierra. Y luego nos ponemos un hábito y el Señor nos habla di­rectamente. ¿Y qué nos dice el Señor? Nos dice que si no nos portamos bien nos va a castigar. El Señor lleva siglos amenazándonos sin que las cosas cambien. Y no porque exista el mal, sino porque somos estúpidos. El hombre si que tiene un lado oscuro, que se llama estupidez.

No dije nada más, pero aplaudí para mis adentros, pensando con placer que don Juan era todo un maestro del debate. Una vez más, me envolvía en mis propias palabras.

Tras un momento de pausa, don Juan explicó que en la misma medida en que el rito obliga al hombre común y corriente a construir enormes iglesias que son monu­mentos a la importancia personal, también obliga a los brujos a construir edificios de morbidez y obsesión. La ta­rea de todo nagual es, por lo tanto, guiar a la conciencia pa­ra que vuele hacia lo abstracto, libre de cargas e hipotecas.

-¿A qué se refiere usted don Juan con eso de cargas e hipotecas? -pregunté.

-El ritual puede atrapar nuestra atención mejor que ninguna otra cosa -dijo-, pero también exige un precio muy alto. Ese precio es la morbidez; y la morbidez podría cobrar altísimas cargas e hipotecas a nuestra con­ciencia de ser.

Don Juan dijo que la conciencia de ser es como una inmensa casa. La conciencia de la vida cotidiana es como estar herméticamente encerrado en un solo cuarto de esa inmensa casa durante toda la vida. Se entra en ese cuarto por medio de una abertura mágica: el nacimiento. Y se sale por medio de otra abertura mágica: la muerte.

Sin embargo, los brujos son capaces de hallar una abertura más y salir de ese cuarto herméticamente cerra­do estando aún vivos. Un logro estupendo. Pero un lo­gro más estupendo todavía es que, al escapar de ese cuar­to sellado, los brujos son capaces de elegir la libertad. Eligen abandonar por completo esa casa inmensa, en vez de perderse en otras partes de ella.

Don Juan dijo que la morbidez es la antítesis de la oleada de energía que la conciencia necesita para alcanzar la libertad. Hace que los brujos pierdan el rumbo y se queden atrapados en los intrincados y oscuros corredores de lo desconocido.

Pregunté a don Juan si había algo de morbidez en los Tulios.

-La rareza no es morbidez -replicó-. Los Tulios eran la rareza misma; increíbles actores, adiestrados por el espíritu mismo.

-¿Cuál fue la razón que llevó al nagual Elías a adiestrar a los Tulios de ese modo?

Don Juan me miró y soltó una carcajada. En ese ins­tante se encendieron las luces de la plaza. Se levantó de su banca favorita y la acarició con la palma de la mano, como si fuera un animal querido.

-La libertad -dijo-. Quería liberarlos de la con­vención perceptual. Y les enseñó a ser artistas. Acechar es un arte. Para un brujo, puesto que no es mecenas ni vendedor de arte, la única importancia de una obra de arte es que puede ser lograda.




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