El Conocimiento Silencioso



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EL MANEJO DEL INTENTO
XIII. LOS DOS PUENTES DE UNA SOLA MANO
Pasamos la noche allí en las montañas. El haberme acor­dado de mi percepción dividida me había puesto en un estado de gran euforia que don Juan empleó, como siem­pre; para hundirme en más experiencias sensoriales, las cuales, como era de costumbre, se volvieron inmediata­mente nebulosas.

Al día siguiente, mientras don Juan y yo estábamos sentados a la mesa, en su cocina, temprano por la ma­ñana, empezamos a hablar otra vez de mi percepción di­vidida.

-Para la mente es muy excitante descubrir la posi­bilidad de estar en dos lugares a la vez -dijo-. Puesto que nuestra mente es nuestra racionalidad, y nuestra ra­cionalidad es nuestra imagen de sí, cualquier cosa que esté más allá de nuestra imagen de sí o bien nos atrae o nos horroriza, según qué tipo de personas seamos.

Me miró con fijeza; luego sonrió, como si acabara de descubrir algo nuevo en mí.

-O nos atrae y nos horroriza en igual medida -agregó-, lo cual parece ser el caso de nosotros dos.

Le dije que conmigo la cuestión no era que la expe­riencia me atrajera o me horrorizara, sino que me sentía atemorizado ante las inmensas posibilidades de la per­cepción dividida.

-No puedo decir que no crea haber estado en dos lugares a la vez -dije-. No puedo negar mi experien­cia; sin embargo, me asusta tanto que mi mente se niega a aceptarlo como un hecho.

-Tú y yo somos el tipo de personas que se obsesio­nan con cosas como ésas y luego las olvidan por comple­to -comentó, riendo-. Tú y yo somos muy parecidos.

Fui yo quien rió esta vez. Sabía que se estaba divir­tiendo a mi costa con eso de que éramos muy parecidos, pero proyectaba tanta sinceridad que yo quería creerle.

Le dije que, entre sus discípulos, yo era el único que había aprendido a no tomar demasiado en serio sus afir­maciones de que él era igual a nosotros. Comenté que lo había visto en acción, oyéndole decir a cada uno de sus aprendices, en él tono más sincero: "Tú y yo somos muy tontos. ¡Somos tan parecidos!" Y me había horrorizado, una y otra vez, al darme cuenta de que ellos le creían.

-Usted no es igual a ninguno de nosotros, don Juan -dije-. Usted es un espejo que no refleja nuestras imágenes. Usted ya está fuera de nuestro alcance.

-Lo que estás presenciando es el resultado de una lucha que toma toda una vida -dijo-. Lo que ves es un brujo que finalmente ha aprendido a seguir los designios del espíritu. Y eso es todo.

"Te he hablado, de muchas maneras, de las dife­rentes etapas por las que pasa un guerrero a lo largo del sendero del conocimiento -prosiguió-. En términos de su vínculo con el intento, el guerrero pasa por cuatro etapas. La primera, cuando tiene un vinculo herrumbra­do en el que no puede confiar. La segunda, cuando logra limpiarlo. La tercera, cuando aprende a manejarlo. Y la cuarta, cuando aprende a aceptar los designios de lo abs­tracto.

Don Juan sostuvo que su logro no lo hacía intrínsecamente diferente a sus aprendices. Sólo lo hacía dis­poner de más recursos; por lo tanto, no mentía al decir­nos que el se nos parecía.

-Comprendo exactamente por lo que estas pasando -continuó-. Cuando me río de ti, en realidad me río del recuerdo de cuando yo estaba en tu lugar. Yo tam­bién me aferraba al mundo de la vida cotidiana. Me afe­rraba hasta con las uñas. Todo me decía que debía de­jarme ir, pero yo no podía. Al igual que tú, confiaba implícitamente en mi mente, aunque ya no tenía razón para hacer eso. Ya no era un hombre común y corriente.

"Mi problema de entonces es ahora el tuyo. El im­pulso del mundo cotidiano me arrastraba y yo me aferra­ba desesperadamente a mis endebles estructuras racio­nales.

-Yo no me aferro a ninguna estructura; ellas se aferran a mí -dije.

Eso lo hizo reír. Y sin más preliminares, don Juan empezó entonces a contarme una historia de brujería. Comenzó, relatando lo que le había sucedido tras su lle­gada a Durango, aún vestido con ropas de mujer, después del viaje de todo un mes por el centro de México. Dijo que el viejo Belisario lo llevó directamente a una hacien­da, para esconderlo del hombre monstruoso que lo perse­guía.

En cuanto llegó, don Juan, de una manera muy au­daz pese a su naturaleza taciturna, se presentó a todos los de la casa. Había allí siete hermosas mujeres y un hom­bre extraño, insociable, que no pronunció una sola pala­bra. Las siete mujeres eran exquisitas y lo hicieron sentir tan enormemente bien que le inspiraron instantánea confianza. Don Juan las deleitó con el relato de los es­fuerzos que el hombre monstruoso había hecho por captu­rarlo. Estaban encantadas, sobre todo, con el disfraz que aún usaba y la historia relacionada con él. No se cansa­ban de oír los detalles de su odisea, y todas le dieron consejos para perfeccionar el conocimiento que había adqui­rido durante el viaje.

Lo que más sorprendió a don Juan de ellas fue su porte sereno y su actitud segura. Eso, en una mujer, le parecía a don Juan algo increíble.

Se le ocurrió la idea de que, para que esas mujeres fuertes y hermosas tuvieran tanta desenvoltura y olvida­ran a tal punto las formalidades, debían de ser mujeres de la vida alegre. Pero era obvio que no lo eran.

En los días siguientes, lo dejaron vagar por su cuenta por toda la propiedad. Aquella enorme mansión y sus terrenos lo deslumbraron. Jamás había visto nada pareci­do. Era una vieja casa colonial, con un elevado muro que la circundaba. Adentro había balcones con macetas de flores y patios con enormes frutales que proporciona­ban sombra, intimidad y quietud.

Las habitaciones eran grandes; en la planta baja había aireados corredores alrededor de los patios. La planta alta tenía misteriosos dormitorios donde no se le permitía entrar.

Durante esos días, le sorprendió el profundo interés que las mujeres se tomaban por su bienestar. Era como si él fuera el centro del mundo para ellas. Jamás antes le había mostrado nadie tanta amabilidad. Pero al mismo tiempo nunca se había sentido tan solitario. Estaba siem­pre en compañía de esas bellas y extrañas personas, pero nunca había estado tan solo. Algo en los ojos de esas mu­jeres, le indicaba que bajo aquellas fachadas encantadoras existía una terrorífica frialdad, una indiferencia imposi­ble de atravesar.

Don Juan creía que esa sensación de soledad se debía a que no lograba prever la conducta de las mujeres ni co­nocer sus verdaderos sentimientos. Sólo sabía de ellas lo que ellas le decían.

Pocos días después de su llegada, la mujer que pa­recía estar a cargo de todas le entregó unas flamantes ropas de hombre, diciéndole que el disfraz de mujer ya no era necesario, pues el hombre monstruoso, quien quiera que fuese, no estaba a la vista. Le dijo que estaba libre y que podía partir cuando gustase.

Don Juan pidió ver a Belisario, a quien no había vis­to desde el día de su llegada. La mujer le dijo que Beli­sario estaba de viaje y que había dejado dicho que don Juan podía quedarse allí en la casa, pero sólo si estaba en peligro.

Don Juan declaró que estaba en peligro mortal. Du­rante los pocos días que llevaba en la casa había constata­do que el monstruo estaba allí, siempre merodeando sigi­losamente entre los jardines que rodeaban la casa. La mujer no quiso creerle y le dijo sin rodeos que él era un embustero, que fingía ver al monstruo para que lo hos­pedaran. Le dijo que esa casa no era lugar para holgaza­near. Afirmó que todos allí eran gente muy seria, que tra­bajaban mucho y que no podían permitirse mantener a un arrimado.

Don Juan se sintió insultado y salió furioso de la casa, pero, al ver al monstruo escondido tras los arbustos al borde de un jardín, su enojo se convirtió en terror.

Se apresuró a entrar en la casa, preso de un pánico mortal. Allí le suplicó a la mujer que le diera refugio. Prometió trabajar como peón sin salario con tal de que­darse en la hacienda.

Ella aceptó siempre y cuando él aceptara dos condi­ciones: que no hiciera preguntas y que hiciera cuanto se le ordenara sin pedir explicaciones. Le advirtió que si violaba esas reglas su estadía en la casa se daría por ter­minada.

-Me quedé realmente de mala gana -continuó don Juan-. No me gustó nada aceptar sus condiciones, pero no tuve otro remedio; afuera estaba el monstruo. Adentro yo estaba a salvo, porque yo sabía que el mons­truo siempre se detenía ante una barrera invisible que rodeaba la casa, a una distancia de unos cien metros. Den­tro de ese círculo yo estaba fuera de peligro. Hasta donde yo podía discernir, debía de haber algo en esa casa que de­tenía a ese hombre monstruoso, y eso era lo único que me interesaba.

"También me di cuenta que cuando la gente de la casa estaba conmigo el monstruo nunca aparecía.

Tras algunas semanas sin ningún cambio en su situación reapareció el joven que había estado viviendo en casa del monstruo, disfrazado de Belisario. Le dijo a don Juan que acababa de llegar, que se llamaba Julián y que él era el dueño de la hacienda.

Naturalmente, don Juan lo interrogó sobre su dis­fraz. Pero el joven, mirándolo a los ojos y sin el menor titubeo, negó saber nada.

-¿Cómo te atreves, aquí, en mi propia casa, a de­cirme tales tonterías? -le gritó a don Juan- ¿Qué te crees que soy?

-Pero, usted es Belisario, ¿verdad? -insistió don Juan.

-No -dijo el joven-. Belisario es un viejo. Yo soy Julián y soy joven. ¿A poco no te das cuenta?

Don Juan admitió dócilmente no haber estado del todo convencido de que aquello fuera un disfraz; de in­mediato se dio cuenta de lo absurdo de su declaración. Si ser viejo no era un disfraz, era entonces una transforma­ción, y eso resultaba aún más absurdo.

La confusión de don Juan iba en aumento. Le preguntó su opinión sobre el monstruo y el joven le contestó que no tenía ni idea de qué le hablaba, pero reconoció que algo debía haberle sucedido, de otro modo el viejo Belisario no le hubiera dado asilo. Le afirmó fríamente a don Juan que cualquiera que fuese el motivo que lo obligaba a man­tenerse escondido era sólo asunto suyo.

El tono y la manera fría de su anfitrión mortificaron a don Juan sin medida. Arriesgándose a provocar su enojo, le recordó que ya se conocían. El joven furioso, de­claró no haberlo visto jamás antes de ese día. Se controló rápidamente y expresó su deseo de cumplir la promesa de Belisario.

El joven añadió que él no era sólo el propietario de la casa, sino también el encargado de velar por todas las personas que vivían en ella y de dirigirlas, incluyendo ahora a don Juan, quien, por el solo hecho de estar entre ellos, se había convertido en el pupilo de la casa. Si don Juan no estaba contento con ese arreglo, podía irse.

Antes de decidirse por una cosa o por la otra, don Juan sensatamente optó por preguntar en qué consistía ser pupilo de la casa.

El joven llevó a don Juan a una parte de la man­sión, que todavía estaba en construcción, y le dijo que esa parte de la casa simbolizaba su propia vida y sus accio­nes. Estaba sin terminar. Las obras continuaban, por cier­to, pero existía la posibilidad de que nunca se comple­taran.

-Tú eres uno de los elementos de esa construcción incompleta -le dijo a don Juan-. Digamos que eres la viga que sostendrá el techo. Hasta que la pongamos en su sitio y pongamos el tejado encima, no sabremos si será capaz de soportar el peso. El maestro carpintero dice que sí. El maestro carpintero soy yo.

Esa explicación metafórica no tuvo ningún sentido para don Juan, que tan sólo quería saber qué se esperaba de él en cuestiones de trabajo.

El joven trató de explicárselo de otra manera.

-Yo soy el nagual -explicó-. Yo traigo la libertad. Soy el regente de la gente que vive en esta casa. Tú vives en esta casa y, debido a eso, eres parte de ella; yo soy el que rige te guste o no te guste.

Don Juan lo miró boquiabierto, sin poder decir nada.

-Yo soy el nagual Julián -dijo su anfitrión, sonriente-. Sin mi intervención no hay modo de llegar a la libertad.

Don Juan seguía sin comprender. Pero comenzó a dudar de su certeza de estar a salvo en esa casa, en vista de que la mente de ese hombre estaba obviamente ex­traviada. Tanto le preocupó este inesperado giro de las circunstancias, que ni siquiera le llamó la atención el uso de la palabras "nagual". Sabía que nagual significaba brujo, pero no logró captar todo el sentido de las palabras de su anfitrión. O bien, de algún modo las comprendió a la per­fección, aunque su mente consciente no lo hiciera.

El joven lo miró fijamente y luego le dijo que su tra­bajo consistiría en ser su ayuda de cámara y su asistente. No recibiría pago por eso, pero sí excelente comida y alojamiento. De vez en cuando habría trabajos pequeños para don Juan, trabajos que requerirían atención especial. El estaría a cargo de llevarlos a cabo personalmente, o de encargarse que otros los hicieran. Por esos servicios espe­ciales se le pagarían pequeñas sumas de dinero, que serían depositadas en una cuenta que los otros miembros de la casa guardarían a su nombre. De ese modo, si algu­na vez deseaba marcharse, dispondría de una cantidad en efectivo para arreglárselas.

El joven le puso en claro a don Juan que estaba libre para irse de la casa cuando quisiera, pero que si perma­necía allí tendría que trabajar, y que aún más importante que el trabajo eran los tres requisitos que debía cumplir. Tenía que esforzarse seriamente por aprender cuanto las mujeres le enseñasen. Su conducta con todos los miem­bros de la casa debía ser ejemplar, lo cual significaba que tendría que examinar su actitud para con ellos cada mi­nuto del día. Y tendría que dirigirse al joven, en la con­versación directa, llamándolo nagual y, el nagual Julián, cuando hablara de él con una tercera persona.

Don Juan aceptó esas condiciones a regañadientes. Pero, a pesar de que se hundió inmediatamente en su habitual malhumor, aprendió con prontitud a hacer su tra­bajo. Lo que no alcanzaba a entender era lo que se espera­ba de él en cuestiones de actitud y conducta. Y aunque no podía encontrar, por más que buscaba, un ejemplo con­creto, creía francamente que esa gente le mentía y lo ex­plotaba.

A medida que su carácter taciturno ganaba terreno, fue entrando en un permanente malhumor y rara vez decía una palabra a nadie. Fue entonces cuando el nagual Julián reunió a todos los miembros de la casa y les ex­plicó que, pese a que necesitaba desesperadamente un a­yudante, se atendría a la decisión de todos. Si no les gus­taba el malhumor y la actitud desagradable de su nuevo asistente, tenían derecho a decirlo. Si la mayoría lo deci­día, el asistente tendría que marcharse y vérselas con lo que le esperaba afuera, ya fuese un verdadero monstruo o una invención suya.

El nagual Julián condujo entonces a todos al frente de la casa y desafió a don Juan a que les mostrara al hom­bre monstruoso. Don Juan se los señaló con el dedo, pero nadie lo veía. Corrió frenéticamente de uno a otro, insis­tiendo en que el monstruo estaba allí, implorándoles que lo ayudaran. Todos ignoraron sus súplicas y dijeron que estaba loco.

El nagual Julián entonces puso a votación el destino de don Juan. El hombre insociable se abstuvo de votar. Simplemente se encogió de hombros y se fue. Todas las mujeres se opusieron a que él siguiera allí. Arguyeron que era demasiado sombrío y malhumorado. Durante la acalorada discusión, empero, el nagual Julián cambió completamente de parecer y se convirtió en su defensor. Sugirió que las mujeres estaban juzgando mal al pobre muchacho; quizá no tenía nada de loco y sí veía realmente un monstruo. Dijo que tal vez su actitud mal­humorada era el resultado de preocupaciones. Y surgió un enconado debate. Se acaloraron los ánimos, y, en cuestión de segundos, las mujeres estaban gritándole al nagual.

Don Juan oía la discusión, pero ya nada le importa­ba. Sabía que iban a expulsarlo y que por seguro el mons­truo lo capturaría para llevarlo a la esclavitud. En el col­mo de la desolación comenzó a llorar.

Su desesperación y su llanto influyeron a algunas de las enfurecidas mujeres. La mujer en jefe propuso otra alternativa: un período de prueba de tres semanas, du­rante el cual todas ellas evaluarían diariamente los actos y la actitud de don Juan. Le advirtió a don Juan que, si al­guien presentaba una sola queja sobre su actitud se lo ex­pulsaría definitivamente.

El nagual Julián, con una actitud muy paternal, se lo llevó a un lado y le dijo algo que lo dejó frío de terror. Le susurró en el oído que él estaba seguro, no sólo de la exis­tencia del monstruo, sino de que merodeaba por la ha­cienda, pero que debido a ciertos acuerdos previos con las mujeres, acuerdos que no podía divulgar, no se permitía revelar a las mujeres nada de lo que sabía. Instó a don Juan a dejar su terquedad y malhumor, y a fingir ser lo opuesto.

-Compórtate como si estuvieras feliz y satisfecho -le dijo a don Juan-. De lo contrario las mujeres te echarán a patadas. Esto debería bastar para asustarte. Usa el miedo como fuerza impulsora. Es lo único que tienes.

Cualquier duda o reticencia que don Juan pudiera haber sentido desapareció instantáneamente al ver al hombre monstruoso, que esperaba, impaciente, en la línea invisible, como si se diera cuenta de cuán precaria era la situación de don Juan. Era como si estuviera ho­rriblemente hambriento y esperara con ansias un festín.

El nagual Julián empujó su terror un poco más hondo.

-Si yo estuviera en tu lugar -dijo-, me compor­taría como un ángel. Haría todo lo que esas mujeres me dijeran, con tal de no vérmelas con esa bestia infernal.

-Entonces, ¿usted ve al monstruo? -preguntó don Juan.

-Por supuesto que sí -respondió él-. Y también veo que, si te vas de aquí o si las mujeres te botan a pata­das, el monstruo te capturará y te pondrá cadenas. Eso acabará con tu malhumor, sin duda alguna. Los esclavos no tienen mas posibilidad que la de comportarse bien con sus amos. Dicen que el dolor provocado por un monstruo como ése está más allá de toda comparación.

Don Juan supo ahí mismo que su única esperanza radicaba en ser tan simpático como le fuera posible. El miedo de caer presa de ese hombre monstruoso fue, por cierto, una poderosa fuerza psicológica.

Don Juan me dijo que, por algún capricho de su propia naturaleza, era muy pesado justamente con las personas que más quería: las mujeres. Pero que nunca se comportó mal en presencia del nagual Julián. Por algún motivo que no podía determinar, en el fondo él sabía que el nagual no era alguien a quien él podía afectar con su conducta.

El otro miembro de la casa, el hombre antisociable, no tenía importancia para él. Don Juan no lo tenía en cuenta. Se había formado una mala opinión de él con sólo verlo. Lo creía débil, indolente y dominado por esas bellas mujeres. Más adelante, cuando entendió mejor la personalidad del nagual Julián, comprendió que ese hombre estaba decididamente opacado por el esplendor de los otros.

Con el correr del tiempo la naturaleza del liderazgo y la autoridad se le hicieron evidentes a don Juan. Estaba sorprendido pero encantado de notar que nadie era me­jor ni más augusto que los otros. Algunos de ellos lleva­ban a cabo funciones que los otros no podían hacer, pero eso no los tornaba superiores, sino sólo diferentes. Sin embargo, la decisión definitiva en todo corría automáticamente por cuenta del nagual Julián; éste, al parecer, gozaba mucho expresando sus decisiones en forma de es­tupendas y, a veces bárbaras, bromas que jugaba a todos.

Había también entre ellos una misteriosa mujer. La llamaban Talía, la mujer nagual. Nadie le explicó a don Juan quién era o qué significaba aquello de mujer nagual. Le expresaron claramente sin embargo, que una de las siete mujeres era Talía. Hablaban tanto de ella que la cu­riosidad de don Juan ascendió a tremendas alturas. Hizo tantas preguntas que la mujer en jefe le prometió enseñarle a leer y a escribir, para que pudiera así hacer mejor uso a sus habilidades deductivas. Le dijo que él debía aprender a anotar las cosas en vez de encomendar­las a la memoria; de ese modo acumularía una gran co­lección de datos sobre Talía, que podría leer y estudiar hasta que la verdad fuera evidente.

Como anticipándose a la cínica respuesta de "a quién le importa" que don Juan estaba a punto de decir, ella arguyó que, si bien podía parecer una empresa absur­da, descubrir quién era Talía podía ser una tarea muy fructífera.

Esa era la parte divertida, dijo; la parte seria era que don Juan necesitaba aprender las reglas básicas de la tene­duría de libros, a fin de ayudar al nagual a administrar la propiedad.

Inmediatamente comenzó a darle lecciones diarias y en un solo año don Juan progresó tan rápida y extensa­mente que podía leer, escribir y llevar libros contables. Y hasta descubrió que la mujer en jefe era Talía, y que la tarea de descubrirla había sido fructífera.

Todo había ocurrido con tanta facilidad que ni notó los cambios en él mismo, el más notable de los cuales era cierto sentido de desprendimiento, de desinterés. En lo que a él concernía, conservaba la impresión de que en la casa no ocurría nada, simplemente porque aun no podía identificarse con los miembros del grupo, a quienes consideraba ser como espejos que no reflejaban imágenes.

Don Juan, riendo, me dijo que en cierto momento, a instancias del nagual Julián, aceptó aprender brujería para deshacerse del miedo del monstruo. Pero aunque el nagual Julián le habló de muchísimas cosas, parecía más interesado jugarle espantosas bromas que en enseñarle brujería.

Dijo que durante un año entero, él fue la única per­sona joven en la casa del nagual Julián. Y era tan absur­do y egocéntrico que ni siquiera se dio cuenta de que, al iniciarse el segundo año, el nagual Julián trajo a tres hombre y cuatro mujeres, todos jóvenes, a vivir en la casa. En lo que concernía a don Juan, esas siete personas, que fueron llegando, una tras otra en el transcurso de dos o tres meses, eran simples sirvientes sin importan­cia. Uno de los muchachos hasta fue nombrado ayudante suyo.

Don Juan estaba convencido de que el nagual Julián había engatusado a todos esos pobres diablos para que trabajaran sin cobrar salario. Y hasta les hubiera tenido lástima, de no ser por la ciega confianza que ponían en el nagual Julián y el repugnante apego que tenían a todas las cosas y a todas las personas de la casa.

Tenía la impresión de que habían nacido para ser esclavos. Con esa clase de gente, él no tenía nada que hacer. Sin embargo, se veía obligado a entablar amistad con ellos y darles consejos, no porque así lo deseara, sino porque el nagual se lo exigía como parte de su trabajo. Cuando ellos buscaban sus consejos, quedaba horrori­zado por lo patético y dramático de las historias de sus vidas.

En secreto, se felicitaba a sí mismo por estar en me­jor situación que ellos. Creía sinceramente ser más sagaz que todos ellos juntos. Se jactaba ante ellos de conocer a fondo las maniobras del nagual, aunque no podía decir que las entendiera. Y se reía de los ridículos esfuerzos que ellos hacían por mostrarse útiles. Los consideraba serviles y les decía en la cara que eran explotados sin pie­dad por un tirano profesional.

Pero lo que más lo enfurecía era que las cuatro mu­chachas estuvieran locas por el nagual Julián e hicieran de todo por complacerlo. Don Juan buscaba consuelo en su trabajo y se sumergía en él para olvidar su enojo, o bien pasaba horas enteras leyendo los libros que el na­gual Julián tenía en la casa. La lectura se convirtió en su pasión. Cuando leía, todos sabían que no debían moles­tarlo, exceptuando el nagual Julián, que se complacía en no dejarlo jamás en paz. Siempre lo perseguía para que hiciera amistad con esos muchachos y esas muchachas. Le decía repetidas veces que todos ellos, incluso don Juan, era sus aprendices de brujo. Don Juan estaba con­vencido de que el nagual Julián no sabía nada de bru­jería, pero le seguía la cuerda y lo escuchaba sin creerle una sola palabra.

El nagual Julián no se dejaba perturbar por su falta de fe. Simplemente, procedía como si don Juan le creyera y reunía a todos los aprendices para darles instrucción. Periódicamente los llevaba de excursión, a pasar la no­che, en las montañas de la zona. En casi todas esas excur­siones los dejaba solos, perdidos entre los escarpados ce­rros, a cargo de don Juan.

La justificación dada para esas excursiones era que en la soledad, en el páramo, descubrirían al espíritu. El nagual Julián incitaba especialmente a don Juan a ir en busca del espíritu, aunque no comprendiera lo que hacía.

-Naturalmente, se refería a lo único que un na­gual puede referirse: el movimiento del punto de encaje -dijo don Juan-. Pero lo expresaba de la manera que él creía que iba a tener sentido para mí: ir tras el espíritu.

"Yo siempre pensé que estaba diciendo tonterías. Para entonces yo ya tenía formadas mis propias opinio­nes y creencias; estaba convencido de que el espíritu es lo que se conoce como carácter, voluntad, agallas, fuerza. Y creía innecesario ir en pos de todo eso, puesto que ya lo tenía.

"El nagual Julián insistía que el espíritu es indefini­ble, que ni siquiera se lo puede sentir, mucho menos se podía hablar de él, y que uno sólo puede llamarlo al reconocer que existe. Mi respuesta fue muy parecida a la tuya: uno no puede llamar a algo que no existe.

Don Juan dijo que el nagual Julián insistía tanto en la importancia de conocer al espíritu que él acabó por ob­sesionarse con saber qué era el espíritu. Hasta que por fin el nagual le prometió, frente a todos los demás miem­bros de su casa, que de un solo golpe le mostraría, no sólo qué era el espíritu, sino cómo definirlo. También prometió dar una magnífica fiesta, e invitar aún a los vecinos, para celebrar la lección sobre el espíritu.

Don Juan comentó que en aquellos tiempos, ante­riores a la revolución mexicana, el nagual Julián y las siete mujeres de su grupo pasaban por los acaudalados propietarios de una enorme hacienda. Nadie ponía en duda esa imagen, sobre todo la del nagual Julián: rico y apuesto terrateniente que había sacrificado su intenso de­seo de dedicarse a una carrera eclesiástica a fin de cuidar de sus siete hermanas solteras.

Un día, en plena estación de lluvias, el nagual Ju­lián anunció que, en cuanto dejara de llover, daría la enorme fiesta que prometió a don Juan. Y un domingo por la tarde que hizo sol, llevó a todos a las orillas del río, el cual había crecido debido a las fuertes lluvias. El nagual Julián ese día montaba a caballo, mientras don Juan corría como un lacayo, respetuosamente atrás, tal como siempre acostumbraban a hacer para mantener las apariencias del acaudalado hacendado y su criado per­sonal.

Para ese almuerzo campestre, el nagual eligió un lugar despejado en la orilla alta del río, a unos dos metros encima del agua. Las mujeres habían preparado ali­mentos y bebidas. El nagual hasta había contratado a un grupo de músicos. En la gran fiesta estaban incluidos to­dos los peones de la hacienda, los vecinos e incluso foras­teros que se acercaron para participar de las diversiones.

Todo el mundo comió y bebió a gusto. El nagual bailó con todas las mujeres, cantó y recitó poesía. Contó chistes y, con la ayuda de algunas de las mujeres, y para regocijo de todos, representó breves y chistosísimas esce­nas teatrales.

En un momento dado, el nagual Julián preguntó si alguno de sus siete aprendices, deseaba compartir la lec­ción de don Juan. Todos rehusaron, bien conscientes de las tácticas del nagual. Luego preguntó a don Juan si esta­ba seguro de querer averiguar qué era el espíritu.

Don Juan no pudo rehusar. Después de todas esas preparaciones, él no podía echarse atrás y anunció que es­taba dispuesto a todo. El nagual lo guió hasta el borde del turbulento río, lo hizo arrodillar y comenzó a entonar un largo encantamiento en el que invocaba el poder del viento y de las montañas y pedía al poder del río que aconsejara a don Juan.

Su encantamiento, que podría haber sido muy signi­ficativo, estaba expresado de modo tan irreverente que todos reían a más no poder. Cuando hubo terminado le pidió a don Juan que se pusiera de pie con los ojos cerra­dos. Luego lo tomó en los brazos, como si fuera una cria­tura, y lo arrojó dos metros abajo a la fuerte corriente, gritando: "¡Por Dios santo, no te enojes con el río!"

Don Juan se sacudía de risa contándome la historia. Quizás bajo otras circunstancias también yo la habría en­contrado graciosa, pero esa vez el relato me perturbó tre­mendamente.

-Tendrías que haber visto la cara de esa gente -continuó don Juan-. Divisé fugazmente sus gestos de consternación, mientras me caía el agua. Nadie había adivinado que ese diabólico nagual haría una cosa así.

Don Juan dijo que sinceramente creyó que eso era el fin de su vida. No sabía nadar bien; mientras se hundía hasta el fondo del río, se maldijo por haber permitido que le pasara eso. Estaba tan furioso que no tuvo tiempo ­de caer en el pánico. Sólo podía pensar en su resolución de no morir en ese pinche río, a manos de ese pinche desgraciado.

Sus pies tocaron el fondo y lo impulsaron hacia a­rriba. El río no era profundo, pero la creciente había en­sanchado mucho su cauce. La corriente era muy fuerte y lo llevó, zarandeándolo, por un largo trecho. Y mientras él hacía lo posible por no sucumbir, tratando de que las aguas torrentosas no le dieran vuelta, entró en un estado de ánimo muy extraño. Comprendió cual era su defecto: él era un hombre iracundo. Su ira acumulada lo hacía odiar a todos cuantos le rodeaban y reñir constante­mente. Pero no podía odiar al río ni pelear con él; no podía ni impacientarse ni irritarse con él, como lo hacía normalmente con todo y con todos. Lo único que podía hacer con el río era seguir su corriente.

Don Juan sostuvo que esa sencilla comprensión y el hecho de aceptarla desequilibraron el fiel de la balanza, por así decirlo, haciéndolo experimentar un libre movi­miento de su punto de encaje. De pronto, sin darse cuen­ta en lo mínimo de lo que pasaba, en vez de sentirse a­rrastrado por el agua torrentosa, sintió que estaba corriendo por la ribera del río. Corría tan de prisa que no tenía tiempo de pensar. Una tremenda fuerza lo arrastra­ba, haciéndolo saltar a la carrera por sobre piedras y tron­cos de árboles caídos, como si no existieran.

Después de haber corrido, de tal desesperada mane­ra, por un rato bastante largo, don Juan se atrevió a echar un vistazo al agua rojiza que pasaba en torrentes. Y se vio a sí mismo violentamente arrastrado por la corrien­te. Nada en su experiencia lo había preparado para tal momento. Comprendió entonces, sin depender de sus procesos mentales, que estaba en dos lugares al mismo tiempo. Y en uno de ellos, en el torrentoso río, estaba in­defenso.

Toda su energía se aplicó a tratar de salvarse.

Sin saber exactamente lo que estaba haciendo, co­menzó a apartarse de la ribera del río. Tuvo que usar toda su fuerza, y su determinación para desviarse dos o tres centímetros con cada paso. Sentía como si estuviera arrastrando un árbol. Se movía con tanta lentitud que tardó una eternidad en desviarse unos pocos metros.

El esfuerzo fue demasiado para él. De pronto ya no estaba corriendo, sino que caía a un profundo pozo de agua. Cuando se hundió en el agua, el frío lo hizo gritar. Y un momento después estaba otra vez en el río, arrastra­do por la corriente. Su miedo, al verse en las aguas turbu­lentas, fue tan intenso que sólo pudo desear, con toda su voluntad, estar sano y salvo en la ribera. E inmediata­mente estaba allá, otra vez, corriendo a increíble veloci­dad en dirección paralela al río, pero apartándose de él.

Mientras corría, miró otra vez hacia las aguas turbu­lentas y se vio a sí mismo, luchando por mantenerse a flote. Quiso gritar una orden; quiso mandarse a sí mismo a nadar en dirección oblicua, pero no tenía voz. Su an­gustia por la parte de sí mismo que luchaba contra el agua era tan insoportable, que sirvió de puente entre los dos Juan Matus. Instantáneamente volvió a estar en el agua, nadando oblicuamente hacia la orilla.

La increíble sensación de alternar entre dos lugares bastó para borrarle su miedo. Y cuando ya no le importa­ba su destino, empezó a alternar libremente entre nadar en el río, chapaleando hacia la orilla izquierda, o bien correr por la ribera alejándose del río.

Salió del agua después de haber recorrido unos nueve o diez kilómetros, río abajo. Allí tuvo que esperar, buscando refugio entre los arbustos, por más de una semana. Esperaba a que bajaran las aguas para poder cruzar vadeando, pero también esperaba a que su miedo dismi­nuyera y a que acabara su sensación de ser doble.

Don Juan me explicó que la fuerte y sostenida emo­ción de luchar por salvar la vida había hecho que su punto de encaje se moviera justo al lugar del conoci­miento silencioso. Como nunca había prestado ninguna atención a lo que el nagual Julián le decía sobre el punto de encaje, no tenía idea de qué era lo que le sucedía. Lo aterraba la posibilidad de no volver jamás a la normalidad. Pero a medida que exploraba su percepción dividida, descubrió que le gustaba su lado práctico. Era doble por días enteros. Podía ser plenamente el uno o el otro. O podía ser ambos al mismo tiempo. Cuando era ambos a la vez, las cosas se tornaban confusas y ninguno de los dos era efectivo; de modo que abandonó esa alternativa. Pero ser el uno o el otro le abría inconcebibles posibili­dades.

Mientras se recuperaba, estableció que uno de sus dos seres era más flexible que el otro; podía cubrir distan­cias en un abrir y cerrar de ojos; podía hallar comida o los mejores escondrijos. Fue este ser el que en cierto mo­mento llegó a la casa del nagual para ver si se preocupa­ban por él.

Oyó a los muchachos y a las muchachas llorar por él, y eso fue toda una sorpresa. Le habría gustado seguir observándolos indefinidamente, pues le encantaba la idea de averiguar qué pensaban de él, pero el nagual Julián lo descubrió.

Aquella fue la única vez en que el nagual le inspiró realmente miedo. Don Juan oyó que el nagual le ordena­ba dejarse de tonterías. Apareció de súbito: un objeto en forma de campana, negro como el azabache, de peso y fuerza descomunales. El nagual lo sujetó, pero don Juan no hubiera podido decir cómo hacía para sujetarlo, aunque le producía una sensación muy dolorosa e inquietante. Era un dolor agudo y nervioso que él lo sentía, en el vientre y en la ingle.

-De inmediato, me encontré otra vez en la ribera del río -contó don Juan-. Me levanté, crucé vadeando el río, que ya no estaba muy lleno, y eché a andar hacia la casa.

Hizo una pausa y me preguntó qué pensaba de su re­lato. Le dije que me había horrorizado.

-Podría usted haberse ahogado en ese río -dije, casi gritando-. ¡Qué brutalidad, hacerle eso! ¡El nagual Julián estaba loco!

-Un momento -protestó don Juan-. El nagual Julián era un demonio, pero no estaba loco. Hizo lo que debía hacer de acuerdo a su papel de nagual y maestro. Es cierto que yo habría podido morir. Pero ese es un riesgo que todos debemos correr. Tú mismo podía haber sido fácilmente devorado por el jaguar, o podías haber muer­to de cualquiera de las cosas que te he hecho hacer. El na­gual Julián era audaz y autoritario y encaraba todo direc­tamente. Nada de andarse con rodeos con él, ni con medias tintas.

Yo insistí que, por muy valiosa que fuera la lección, los métodos del nagual Julián me parecían extraños y ex­cesivos. Admití que cuanto había oído decir del nagual Julián me molestaba tanto que me había formado una imagen muy negativa de él.

Yo creo que lo que pasa es que tienes miedo que uno de estos días yo te arroje al río o te haga usar ropas de mujer -dijo don Juan, echándose a reír a carcaja­das-. Por eso es que no te cae bien el nagual Julián.

Admití que él estaba en lo cierto, y él me aseguró que no abrigaba la menor intención de imitar los méto­dos del nagual Julián. Dijo que no le funcionarían, porque, a pesar de ser tan falto de compasión como el na­gual Julián, era mucho menos práctico.

-En aquel entonces yo no apreciaba su practicalidad -continuó-; y desde luego, no me gustó lo que hizo. Pero ahora, cuando me acuerdo de ello, lo admiro por su estupendo y directo modo de hacerme llenar los requisi­tos del intento y hacerme manejarlo.

Don Juan dijo que la enormidad de esa experiencia le hizo olvidar por completo al hombre monstruoso. Ca­minó sin escolta casi hasta la casa del nagual Julián, pero una vez allí cambió de idea y fue a la casa del nagual Elías, en busca de consuelo. Y el nagual Elías le explicó la profunda consistencia de los actos del nagual Julián:

El nagual Elías apenas podía contener su entusias­mo al escuchar el relato de don Juan. En tono ferviente le explicó a don Juan que el nagual Julián era un acechador supremo, siempre en busca de lo práctico. Su in­cesante búsqueda era para obtener puntos de vista y solu­ciones pragmáticas. Su comportamiento, aquel día en que arrojó a don Juan al río, había sido una obra maestra del acecho. Había maniobrado para afectar a todos. Hasta el río parecía estar a sus órdenes.

El nagual Elías sostuvo que mientras don Juan era arrastrado por la corriente, luchando por su vida, el río le había ayudado a entender lo que era el espíritu. Y gra­cias a esa comprensión don Juan tuvo la oportunidad de entrar directamente en el conocimiento silencioso.

Don Juan escuchó al nagual Elías lleno de sincera admiración por su entusiasmo, pero sin comprender una sola palabra.

En primer lugar, el nagual Elías explicó a don Juan que el sonido y el significado de las palabras son de su­prema importancia para los acechadores. Ellos usan las pa­labras como llaves que abren cualquier cosa que esté ce­rrada. Los acechadores, por lo tanto, deben declarar su objetivo antes de tratar de lograrlo. Pero no pueden reve­larlo así nomás, desde un principio; deben decirlo cuida­dosamente y esconderlo entre las palabras.

El nagual Elías llamó a ese acto, "despertar el intento". Le explicó a don Juan que el nagual Julián había des­pertado al intento al afirmar enfáticamente, frente a to­dos los miembros de la casa, que iba a mostrar a don Juan, de una sola vez, qué era el espíritu y cómo definir­lo. Eso era una perfecta tontería, pues el nagual Julián sabía que no había modo de mostrar o de definir al espíritu. Su verdadero objetivo era, por supuesto, situar a don Juan en la posición de manejar el intento.

Tras de hacer esa afirmación, que escondía su verda­dero objetivo, el nagual Julián reunió a tanta gente como le fue posible, convirtiéndolos en sus cómplices, a sa­biendas de ello o no. Todos conocían el objetivo expre­sado, pero ni uno solo sabía lo que el nagual tenía en mente.

El nagual Elías se equivocó por completo al creer que su explicación iluminaría a don Juan. Sin embargo, continuó pacientemente explicándole que la posición del conocimiento silencioso se llamaba el tercer punto, porque, a fin de alcanzarlo, había que pasar por el segun­do punto: el lugar donde no hay compasión.

Dijo que el punto de encaje de don Juan adquirió la suficiente fluidez como para hacerlo doble. Ser doble sig­nificaba, para los brujos que uno podía manejar el inten­to; estar en el lugar de la razón y el del conocimiento si­lencioso, alternativamente o al mismo tiempo.

El nagual le dijo a don Juan que ese logro había sido magnífico. Hasta lo abrazó como si fuera un niño. Y no podía dejar de ponderar el hecho de que pese a no saber nada o quizá justamente por ello, había podido transferir la totalidad de su energía de un lugar al otro; lo cual sig­nificaba, para el nagual, que el punto de encaje de don Juan poseía una fluidez natural muy propicia.

Le dijo a don Juan que todos los seres humanos se hallaban capacitados para lograr esa fluidez. Sin embargo, la mayoría de nosotros solamente la almacenábamos sin usarla jamás, salvo en las raras ocasiones en que la despertaban, o bien los brujos, o ciertas circunstancias natu­ralmente dramáticas, como una lucha de vida o muerte.

Don Juan lo escuchó como hipnotizado por la voz del viejo nagual. Cuando prestaba atención podía en­tender cuanto el nagual decía, algo que nunca había po­dido hacer con el nagual Julián.

El viejo nagual pasó a explicar que la humanidad estaba en el primer punto, el de la razón, pero que no to­dos los seres humanos tenían el punto de encaje locali­zado exactamente en el sitio de la razón. Quienes lo tenían justamente allí eran los verdaderos líderes de la humanidad. Casi siempre se trataba de personas desco­nocidas cuyo genio era el ejercicio de la razón.

Dijo luego que en otros tiempos la humanidad había estado en el tercer punto, el cual, naturalmente, era entonces el primero. Pero que después, la humani­dad entera se movió al lugar de la razón. Y que en los tiempos en que el primer punto era el conocimiento si­lencioso, tampoco todos los seres humanos tenían el punto de encaje localizado directamente en esa posición. Eso significaba que los verdaderos líderes de la humani­dad habían sido siempre los pocos seres humanos cuyos puntos de encaje están situados en el sitio exacto de la razón o del conocimiento silencioso. El resto de la hu­manidad, le dijo el viejo nagual a don Juan, eran simple­mente los espectadores. En nuestros días, eran los aman­tes de la razón. En el pasado habían sido los amantes del conocimiento silencioso. Eran los que admiraban y can­taban odas a los héroes de cada una de esas posiciones.

El viejo nagual afirmó que la humanidad había pa­sado la mayor parte de su historia en la posición de co­nocimiento silencioso, lo que explicaba nuestra gran añoranza por él.

Don Juan le preguntó qué era, exactamente lo que el nagual Julián le estaba haciendo. Su pregunta sonaba más madura e inteligente de lo que en realidad era. El nagual Elías respondió en términos que resultaron total­mente oscuros para don Juan. Dijo que el nagual Julián estaba invitando a su punto de encaje a moverse justo a la posición de la razón, para que así don Juan pudiera ser un pensador activo, y no sólo parte de un público pasivo, sin sofisticación y con mucho emocionalismo que amaba las ordenadas obras de la razón. Al mismo tiempo, el na­gual Julián lo estaba entrenando a ser un verdadero bru­jo abstracto, y no sólo parte de un público mórbido e ig­norante que amaba lo desconocido.

Le aseguró también a don Juan que sólo el ser hu­mano que fuera un dechado de la razón podría mover su punto de encaje con facilidad, para ser un dechado del co­nocimiento silencioso. Dijo que sólo aquellos que esta­ban justamente en una de las dos posiciones podían ver con claridad la otra posición; y que ese había sido el modo como se inició la era de la razón. La posición de la razón se veía claramente desde la posición del conoci­miento silencioso.

El viejo nagual le dijo a don Juan que la conexión entre el conocimiento silencioso y la razón era, para los brujos, como un puente de una sola mano, llamado, "in­terés". Es decir, el interés que los auténticos hombres del conocimiento silencioso tenían por la fuente de lo que sabían. Y el otro puente de una sola mano, que conecta la razón con el conocimiento silencioso, es llamado el "puro entendimiento". Es decir, lo que le dice al hombre de razón que la razón es solamente como una estrella en un infinito de estrellas.

El nagual Elías agregó que cualquier ser humano que tuviera ambos puentes en funcionamiento es un brujo en contacto directo con el espíritu, la fuerza vital que posibilita ambas posiciones. Señaló a don Juan que todo cuanto el nagual Julián había hecho aquel día en el río había sido un espectáculo, no para un público huma­no, sino para la fuerza que lo estaba observando. Se pavoneó e hizo alardes con total abandono y frialdad y con la audacia más grande divirtió a todos, especialmente al poder al que se estaba dirigiendo.

Don Juan dijo que, según le asegurara el nagual Elías, el espíritu solo escucha cuando el que le habla, le habla con gestos. Y los gestos no significa hacer señales o mo­ver el cuerpo, sino actos de verdadero abandono, de ge­nerosidad, de humor. Como gesto para el espíritu, los brujos sacan de sí lo mejor que tienen; su abandono, su frialdad, su audacia y silenciosamente lo ofrecen al es­píritu.




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