El Conocimiento Silencioso



Descargar 0.6 Mb.
Página10/14
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.6 Mb.
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14
XII. EL TERCER PUNTO

Frecuentemente, don Juan nos llevaba a mí y al resto de sus aprendices, en breves viajes de un día, a la cordillera occidental. En una ocasión partimos al amanecer y en la tarde emprendimos el viaje de regreso. Decidí caminar junto a don Juan. Estar cerca de él siempre me tranquili­zaba, mientras que estar entre sus volátiles aprendices me producía el efecto opuesto.

Todavía en las montañas, antes de llegar al llano, tuve que detenerme. Me dio un ataque de profunda melancolía, tan inesperado y tan fuerte que no pude hacer otra cosa que sentarme. Don Juan se sentó conmigo. Si­guiendo su sugerencia, me tendí boca abajo sobre un gran peñasco redondo.

El resto de los aprendices, después de mofarse de mí, continuaron caminando. Sus risas y sus chillidos se fue­ron perdiendo en la distancia. Don Juan me instó a que­darme tranquilo y dejar que mi punto de encaje, que se había movido con súbita rapidez, según dijo, se acomo­dara en su nueva posición.

-No te pongas agitado -me aconsejó-. Dentro de un rato sentirás una especie de tirón, una palmada en la espalda, como si alguien te hubiera tocado. Y luego estarás bien.

El hecho de yacer inmóvil sobre la roca, esperando una palmada en la espalda, me hizo acordar es­pontáneamente de un evento pasado. La visión fue tan intensa y clara que no llegué a notar la esperada palma­da. Supe que la recibí, porque mi melancolía desapareció instantáneamente.

Me apresuré a describir a don Juan el evento del que me estaba acordando. El sugirió que permaneciera en la piedra y moviera mi punto de encaje hasta el sitio exacto en donde estaba cuando sucedió lo que le describía.

-Tienes que acordarte de todos los detalles -me advirtió.


Había ocurrido hacía ya muchos años; una tarde en que don Juan y yo estuvimos en los altos del estado de Chihuahua, una zona plana y desierta, en el norte de México. Yo solía ir allí con él, porque la zona era rica en las hierbas medicinales que él recogía. Desde un punto de vista antropológico, aquella región era de un gran interés para mí. Los arqueólogos habían descubierto allí restos de lo que creían que había sido un gran puesto de intercam­bio comercial prehistórico, estratégicamente situado en una ruta natural que unía el sudeste norteamericano con el sur de México y América Central.

Cuantas veces había yo estado en ese desierto de Chihuahua sentía reforzada mi convicción de que los arqueólogos estaban acertados en su conclusión de que se trataba de una ruta natural. Yo, por supuesto, había expli­cado mis teorías a don Juan sobre la influencia de esa ruta en la diseminación de las culturas prehistóricas en el continente norteamericano. En aquel entonces yo esta­ba profundamente interesado en explicar la brujería en­tre los indios del sudeste norteamericano, México y América Central como un sistema de creencias transmi­tido a lo largo de las rutas comerciales, que había servido para crear, en cierto nivel abstracto, una especie de pan­indianismo precolombino.

Don Juan, naturalmente, reía estruendosamente cada vez que yo exponía mis teorías.

Al promediar la tarde, después que don Juan y yo hubimos llenados dos bolsas con hierbas medicinales su­mamente raras, nos sentamos en la cima de un enorme peñasco a tomarnos un descanso antes de regresar hasta donde yo había dejado mi auto. Don Juan insistió en ha­blar allí sobre el arte del acecho. Dijo que el lugar y el mo­mento eran de lo más adecuados para explicar sus com­plejidades, pero que a fin de comprenderlas yo debía primeramente entrar en la conciencia acrecentada.

Le exigí que, antes que nada, me explicara qué era la conciencia acrecentada. Don Juan, haciendo gala de una gran paciencia, la explicó en términos del movimiento del punto de encaje. Yo sabía todo cuanto me estaba di­ciendo. Le confesé que, en realidad, no necesitaba esas ex­plicaciones. El respondió que las explicaciones nunca es­taban de más, ya que se acumulan en nosotros y podían servir para uso inmediato o posterior o para ayudarnos a alcanzar el conocimiento silencioso.

Cuando le pedí que me explicara más detallada­mente lo del conocimiento silencioso, se apresuró a res­ponderme que el conocimiento silencioso es una posi­ción general del punto de encaje, que milenios antes había sido la posición normal, del género humano, pero que por motivos imposibles de determinar, el punto de encaje del hombre se había alejado de esa posición es­pecífica para adoptar una nueva, llamada la "razón".

Don Juan observó que la mayoría de los seres hu­manos no son representativos de esa nueva posición, porque sus puntos de encaje no están situados exacta­mente en la posición de la razón en sí, sino en su vecindad inmediata. Lo mismo había sucedido en el caso del conocimiento silencioso: tampoco los puntos de encaje de todos los seres humanos estaban situados directamente en esa posición.

También dijo que otra posición del punto de encaje, el "sitio donde no hay compasión", es la vanguardia del conocimiento silencioso; y que existe aún otra posición clave llamada el "sitio de la preocupación", la antesala de la razón.

No vi nada oscuro en esa explicación tan crítica. Para mí todo era más que obvio. Comprendí cuanto él decía, en tanto esperaba el habitual golpe entre los omóplatos para hacerme entrar en la conciencia acrecen­tada. Pero el golpe nunca llegó, y yo seguí comprendien­do todo lo que él decía sin darme cuenta de que com­prendía. Perduraba en mí la sensación de tranquilidad, de dar las cosas por hechas, propia de mi conciencia nor­mal, así que no puse en tela de juicio mi extraña capaci­dad de comprender.

Don Juan me miró fijamente y me recomendó que me tendiera boca abajo en un peñasco redondo, con los brazos y las piernas abiertas como una rana.

Así permanecí por unos diez minutos, completa­mente tranquilo, casi dormido, hasta que me sacó de mi sopor el suave gruñido de un animal. Levanté la cabeza y, al mirar hacia arriba, se me erizaron los cabellos. Un gigantesco jaguar oscuro estaba sentado en otro peñasco, a escasos tres metros de mí, justo por encima de donde estaba don Juan sentado en el suelo. El jaguar, con la vis­ta fija en mí, mostraba los colmillos, como si estuviera listo para saltar sobre mí.

-¡No te muevas! -ordenó don Juan, en voz muy baja-. Y no lo mires a los ojos. Míralo fijamente al hoci­co y no parpadees. Tu vida depende de tu mirada.

Hice lo que me decía. El jaguar y yo nos miramos fi­jamente por un instante, hasta que don Juan quebró la tensión arrojándole su sombrero a la cabeza. Cuando el animal saltó hacia atrás para evitar el golpe, don Juan emitió un largo y penetrante silbido. Después gritó a todo pulmón y dio tres o cuatro palmadas con las dos manos juntas, que sonaron como disparos apagados.

Don Juan me hizo señas a que me bajara de la pie­dra y me reuniera con él. Los dos dimos gritos y palmea­mos las manos hasta que él decidió que habíamos ahuyentado a la fiera.

Mi cuerpo temblaba; sin embargo, no me había asustado. Le dije a don Juan que lo que más me había ate­morizado no era el súbito gruñido del felino ni su mira­da fija, sino la certeza de que ya había llevado mucho tiempo mirándome, antes de que yo levantara la cabeza.

Don Juan no dijo una sola palabra sobre la experien­cia. Estaba sumido en profundos pensamientos. Cuando comencé a preguntarle si había visto al animal antes que yo, hizo un enérgico gesto para acallarme. Me dio la im­presión de que hasta se hallaba intranquilo, confuso.

Al cabo de un momento me hizo señas de que echáramos a andar y abrió la marcha. Nos alejamos de las ro­cas, serpenteando a paso rápido por entre la maleza.

Media hora después llegamos a un claro del chapar­ral, donde descansamos por unos momentos. No habíamos dicho una palabra y yo ansiaba saber qué estaba pensando él.

-¿Por qué caminamos serpenteando? -pre­gunté- ¿No sería mejor salir volando de aquí, en línea recta, como una flecha?

-¡No! -dijo con firmeza-. No nos valdría de nada. Ese es un jaguar macho. Está hambriento y va a seguirnos.

-Mayor razón para salir de aquí como flechas -in­sistí.

-No es tan fácil -dijo-. Ese jaguar no se halla estor­bado por la razón. Sabrá exactamente lo que tiene qué hacer para cazarnos. De verdad que verá nuestros pensamientos.

¿Qué es eso de que el jaguar ve los pensamientos? -pregunté, francamente incrédulo.

-No se trata de una metáfora -aseguró-. Lo digo en serio. Los animales grandes, como ése, tienen la capacidad de ver el pensamiento. Y no me refiero a acertar; lo que quiero decir es que lo saben todo directamente.

-Entonces ¿qué debemos hacer? -pregunté, esta vez realmente alarmado.

-Debemos volvernos menos racionales y tratar de ganar la batalla haciéndole imposible ver lo que tenemos en mente -respondió.

-¿Y cómo puede ayudarnos el ser menos racio­nales? -pregunté.

-La razón nos hace escoger lo que le parece sensato a la mente. Por ejemplo, tu razón ya te indicó correr ve­lozmente en línea recta. Lo que tu razón no tuvo en cuenta es que si corremos tenemos que cubrir como diez kilómetros antes de llegar a tu coche. Y el jaguar es más veloz que nosotros. Nos sacaría ventaja y nos cortaría el camino, esperándonos en el sitio más apropiado para sal­tarnos encima.

"Una alternativa mejor, pero menos racional, es correr serpenteando.

-¿Cómo sabe usted qué es mejor, don Juan? -pre­gunté.

-Lo sé porque mi vínculo de conexión con el espíritu es muy claro -replicó-. Es decir, mi punto de encaje está en el sitio del conocimiento silencioso. Desde allí, puedo ver que es un jaguar hambriento, pero no ce­bado en hombres. Y está desconcertado por nuestros ac­tos. Ahora, si corremos serpenteando, tendrá que hacer un esfuerzo para anticiparnos.

-¿Hay otras alternativas, además de correr en zig­zag? -pregunté.

-Sólo se me ocurren alternativas racionales -di­jo-. Y no tenemos el equipo necesario para respaldarlas. Por ejemplo, podríamos subir a la cima de un montículo, pero se precisa un arma para defendernos. Y lo que necesitamos es estar a la par con las decisiones del jaguar, dictadas por el conocimiento silencioso. Debemos hacer lo que nos dicte el conocimiento silencioso, por más irrazonable que parezca.

Comenzó a trotar en zigzag. Yo lo seguía desde muy cerca, pero sin ninguna confianza de que correr así pu­diera salvarnos. Estaba yo sufriendo una reacción de pánico tardío. Me obsesionaba la imagen del enorme gato oscuro, mirándome, listo para saltar sobre mí.

El chaparral del desierto consistía en arbustos des­garbados, separados entre sí por un metro y medio o poco menos. Las lluvias limitadas del desierto no per­mitían la existencia de plantas de follaje denso ni de ma­lezas espesas. Sin embargo, el efecto visual del chaparral era de espesura impenetrable.

Don Juan se movía con extraordinaria agilidad; yo lo seguía como podía. Sugirió que pusiera más cuidado al pisar y que tratara de hacer menos ruido, pues el crujir de las ramas secas bajo mis pies estaba delatando nuestra presencia.

Traté deliberadamente de pisar en las huellas de don Juan para no quebrar más ramas secas. Serpentea­mos a lo largo de unos cien metros, y de repente, la enorme masa oscura del jaguar, apareció a unos nueve o diez metros detrás de nosotros.

Grité a viva voz. Don Juan, sin detenerse, se volvió con prontitud, a tiempo de ver que el enorme animal de­saparecía entre los arbustos hacia nuestra izquierda. Co­menzó entonces a dar penetrantes silbidos y a palmotear fuertemente las manos.

En voz muy baja, dijo que a los felinos no les gusta­ba bajar ni subir cuestas, y que por ello íbamos a cruzar, a toda velocidad, el ancho y profundo barranco que se abría a unos cuantos metros a nuestra derecha.

Me dio la señal y ambos corrimos a toda prisa rom­piendo matorrales. Nos deslizamos velozmente adentro del barranco por uno de sus empinados lados hasta llegar al fondo y ascendimos por el otro costado. Desde allí veíamos claramente los dos costados, el fondo del ba­rranco y la planicie por donde habíamos venido corrien­do. Don Juan susurró que como el jaguar iba siguiéndo­nos el rastro, con un poco de suerte lo veríamos descender al fondo del barranco.

Sin apartar la vista del lugar por donde veníamos, esperé, ansiosamente para ver al animal. Pero no vi nada. Empezaba a pensar que el jaguar había seguido de largo en la dirección opuesta, cuando oí el pavoroso rugido de la enorme bestia en el chaparral, justo detrás de nosotros. Tuve entonces la escalofriante seguridad de que don Juan estaba en lo cierto: para estar justo detrás de nosotros, el jaguar tenía que haber adivinado exactamente nuestras intenciones y cruzado el barranco antes que nosotros.

Sin pronunciar una sola palabra, don Juan echó a correr a una formidable velocidad. Lo seguí. Ambos ser­penteamos por un largo rato. Yo estaba a punto de explo­tar sin aliento, cuando nos detuvimos.

El miedo de ser perseguido por el jaguar no me había impedido, sin embargo, admirar la prodigiosa hazaña física de don Juan. Corría como un hombre de veinte años. Empecé a contarle que verlo correr así me había recordado a alguien que en mi infancia me había impresionado profundamente con su velocidad, pero él me hizo señas de callar. Escuchaba con mucha atención y yo hice lo mismo.

Oí un leve crujido de hojas secas en el chaparral, jus­to delante de nosotros. Y un momento después la silueta negra del jaguar se hizo visible por un instante a unos cincuenta metros de nosotros.

Don Juan se encogió de hombros y señaló en la di­rección donde estaba el animal.

-Parece que no podremos sacárnoslo de encima -dijo, con aire de resignación-. Caminemos tranquila­mente, como si estuviéramos paseando por el parque. Ahora puedes contarme esa historia.

Rió estruendosamente cuando le dije que yo había perdido todo interés en contar la historia.

-Eso es castigo por no querer escucharte antes, ¿verdad? -preguntó, sonriendo.

Y yo, por supuesto, comencé a defenderme. Le dije que su acusación era decididamente absurda, y que lo que en realidad había sucedido es que perdí el hilo de la his­toria.

-Si un brujo no tiene importancia personal, le im­porta un comino perder o no el hilo de una historia -dijo, con un brillo malicioso en los ojos-. Puesto que ya no te queda ni un ápice de importancia personal, de­berías contar tu historia ahora mismo. Este es el momen­to justo y el lugar más apropiado para ello. Un jaguar nos persigue con un hambre de todos los diablos y tú estás rememorando tu pasado: el perfecto no-hacer para cuando a uno lo persigue un jaguar.

"Cuenta la historia al espíritu, al jaguar; cuéntamela a mí, como si no hubieras perdido el hilo en absoluto.

Quise decirle que no me sentía con ganas de satisfa­cer sus deseos, porque la historia era demasiado estúpida y el momento, abrumador. Quería escoger un ambiente más adecuado, en algún otro momento, como lo hacía él con sus relatos. Pero, antes de que yo expresara mis opi­niones, me contestó:

-Tanto el jaguar como yo sabemos leer la mente -dijo-. Si yo escojo el ambiente y el momento adecua­do para mis historias de brujería, es porque son para enseñar y quiero sacar de ellas el máximo efecto.

Me indicó por señas que echara a andar. Camina­mos serpenteando, pero con gran tranquilidad. Le dije que había admirado la manera como corrió; había admirado su velocidad y su resistencia, y que en el fondo de mi admiración había un poco de importancia personal: yo me consideraba buen corredor. Luego le conté lo que había recordado al verlo correr.

Le dije que de niño había jugado al fútbol y que corría extremadamente bien; era tan ágil y veloz que creía poder cometer cualquier travesura con impunidad, en la seguri­dad de sacar ventaja a quienquiera me persiguiese, sobre todo a los viejos policías que patrullaban las calles de mi ciudad. Si rompía una luz del alumbrado público o algo por el estilo, con sólo echar a correr estaba a salvo.

Pero un día, sin yo saberlo, los viejos agentes fueron reemplazados por un nuevo cuerpo policial, con adies­tramiento militar. El momento fatal llegó cuando rompí una vidriera y eché a correr, confiado en mi velocidad. Un policía corrió detrás de mí. Volé como nunca, pero de nada me sirvió. El oficial, que era el delantero centro del equipo de fútbol de la policía, tenía más velocidad y resis­tencia que mi cuerpo de diez años podía mantener. Me atrapó y me llevó a puntapiés hasta el negocio de la vi­driera rota. Con mucho ingenio, fue dando los nombres de todas sus patadas, como si estuviera entrenándose en la cancha y yo fuera la pelota. No me hizo daño, pero me asustó lo indecible; sin embargo, mi intensa humillación fue amortiguada más tarde por la admiración que me despertaban su agilidad y su destreza como futbolista.

Le dije a don Juan que había sentido lo mismo con él. Había podido superarme, pese a la diferencia de edades y mi vieja preferencia por escapar a la carrera.

También le dije que, durante muchos años, había te­nido un sueño periódico en el que yo corría tanto que el joven policía ya no lograba alcanzarme.

-Tu historia es más importante de lo que pensé -comentó don Juan-. Al principio, creí que me iba a contar que tu mamá te echaba látigo y que eso te trauma­tizó para toda la vida.

El modo en que acentuó sus palabras dio a sus frases un tono muy divertido y burlón. Agregó que en oca­siones era el espíritu y no nuestra razón quien decidía nuestras historias. Y éste era uno de esos casos. El espíritu había despertado esa específica historia en mi mente, sin duda porque tenía que ver con mi indestructible impor­tancia personal. Dijo que el fuego del enojo y la humilla­ción habían ardido en mí por años enteros, y que mi sen­sación de fracaso y desolación aún estaban intactos.

-Cualquier psicólogo se daría un banquete con tu historia y su contexto social -prosiguió-. En tu mente, yo estoy identificado con el policía, que hizo añicos de tu noción de ser invencible.

Tuve que admitir, ahora que él lo mencionaba, que eso era lo que yo sentía, aunque no lo hubiera pensado, de modo consciente.

Caminamos en silencio. Su analogía me había con­movido tanto que olvidé completamente al jaguar que nos acechaba, hasta que un rugido salvaje me recordó la situación.

Don Juan me indicó que me pisara con gran fuerza sobre las ramas bajas y largas de unos arbustos hasta romper un par de ellas, para hacer una especie de escoba larga. El hizo otro tanto. A medida que corríamos, me enseñó a usar las ramas para levantar una nube de pol­vo, agitando y pateando la tierra seca y arenosa.

-Eso hará preocupar al jaguar -dijo, cuando nos detuvimos otra vez para recobrar el aliento-. Sólo nos quedan unas pocas horas de luz. En la noche el jaguar es invencible. Será mejor que echemos a correr derecho ha­cia esas rocas.

Señaló unas colinas no muy distantes, quizá un par de kilómetros hacia el sur.

-Tenemos que ir hacia el este -dije-. Esas coli­nas están demasiado al sur. Si vamos hacia allá, jamás llegaremos a mi coche.

-De todas maneras, no llegaremos a tu coche hoy día -dijo calmadamente- y quizá tampoco mañana. Quién puede decir si volveremos o no.

Sentí una punzada de terror. Luego, una extraña paz se apoderó de mí. Le dije a don Juan que, si la muerte me iba a agarrar en ese chaparral, al menos esperaba que no fuera dolorosa.

-No te preocupes -dijo-. La muerte es dolorosa sólo cuando se le viene a uno en la cama, enfermo. En una lucha a vida o muerte, no se siente dolor; si acaso sientes algo, es exaltación.

Dijo que una de las diferencias más dramáticas entre los hombres civilizados y los brujos es el modo en que les sobreviene la muerte. Sólo con los brujos es la muerte dulce y bondadosa. Podrían estar mortalmente heridos y, sin embargo, no sentir ningún dolor. Y aún lo más extraordinario es que la muerte deja que los brujos la manejen.

-La mayor diferencia entre el hombre común y co­rriente y el brujo es que el brujo domina a su muerte con su velocidad -prosiguió don Juan-. Si se presentase el caso, el jaguar no me comería a mí, te comería a ti, porque tú no tienes la velocidad necesaria para contener a tu muerte.

Empezó entonces a explicar las complejidades de la velocidad y de la muerte. Dijo que, en el mundo de la vida cotidiana, nuestra palabra o nuestras decisiones se pueden cancelar con mucha facilidad. Lo único irrevoca­ble en nuestro mundo es la muerte. En el mundo de los brujos, por el contrario, la muerte normal puede recibir una contraorden, pero no la palabra ni las decisiones de un brujo, las cuales no se pueden cambiar ni revisar. Una vez tomadas, valen para siempre.

Le dije que sus afirmaciones, por impresionantes que fueran, no podían convencerme de que la muerte se pudiera revocar. Y él explicó, una vez más, lo que ya me había explicado antes. Dijo que, para un vidente, los seres humanos son masas luminosas, oblongas o esféri­cas, compuestas de incontables campos de energía, estáticos, pero vibrantes, y que sólo los brujos pueden in­yectar movimiento a esas masas de luminosidad estática. En una milésima de segundo, pueden mover sus puntos de encaje a cualquier lugar de la masa luminosa. Ese movimiento y la velocidad con la cual lo realizan, en­trañan una instantánea percepción de otro universo y consecuentemente un vuelo a dicho universo. O bien los brujos, al mover sus puntos de encaje, de un solo tirón, a través de toda su luminosidad, pueden crear una fuerza tan intensa que los consume instantáneamente.

Dijo que, si se nos venía encima el jaguar, en ese preciso momento, él podría anular el efecto normal de una muerte violenta. Utilizando la velocidad con que se movía su punto de encaje, él podría o bien cambiar de universo o quemarse desde adentro en una fracción de segundo. Yo, por el contrario, moriría bajo las garras del jaguar, porque mi punto de encaje no tenía la velocidad necesaria para salvarme.

Yo le dije que, a mi modo de ver, los brujos habían hallado un modo alternativo de morir, lo que no es lo mismo que anular la muerte. Y él contestó que sólo había dicho que los brujos tienen dominio sobre su pro­pia muerte. Morían solamente cuando debían hacerlo.

Aunque yo no ponía en duda lo que él me decía, había continuado haciéndole preguntas, y mientras él hablaba, memorias de otros universos perceptibles se iban formando en mi mente, como en una pantalla.

Le dije a don Juan que se me venían a la mente ex­traños pensamientos. El se echó a reír y me recomendó que me limitara al jaguar, pues era tan real que sólo podía ser una verdadera manifestación del espíritu.

La idea de lo real que era la bestia me produjo un es­calofrío.

-¿No sería mejor que cambiáramos de dirección en vez de ir directamente hacia esas colinas? -pregunté, pensando que al cambiar inesperadamente de rumbo podríamos provocar cierta confusión en el animal.

-Es demasiado tarde para cambiar de dirección -dijo don Juan-. El jaguar ya sabe que no tenemos adónde ir, como no sea a esas colinas.

-¡Eso no puede ser cierto, don Juan! -exclamé.

-¿Por qué no?

Le dije que, si bien yo podía dar fe de la capacidad del animal para mantenerse un paso por delante de noso­tros, me era imposible aceptar que el jaguar tuviera la ca­pacidad de prever lo que deseábamos hacer.

-Tu error es pensar que el poder del jaguar es una capacidad de razonar las cosas -dijo-. El jaguar no puede pensar; él simplemente sabe.

Explicó que nuestra maniobra de levantar polvo era para confundir al jaguar, dándole una información sen­sorial de algo que no tenía ninguna utilidad intrínseca para nosotros. Aunque nuestra vida dependiera de ello, el hecho de levantar polvo no nos despertaba ningún sentimiento genuino.

-En verdad, no comprendo lo que está usted di­ciendo -me quejé.

La tensión hacía estragos en mí. Me costaba mucho concentrarme.

Don Juan explicó que los sentimientos humanos eran como corrientes de aire frías o calientes que podían ser fácilmente percibidas por las bestias. Nosotros éramos los emisores; el jaguar era el receptor. Cualquier sensa­ción o sentimiento que tuviésemos, se abriría paso hasta el jaguar. O mejor dicho: el jaguar podía capturar cual­quier sensación o sentimiento que para nosotros fuera usual. En el caso de levantar una nube de polvo, nuestro sentimiento al respecto era tan fuera de lo común que sólo podrían crear un vacío en el receptor.

-Otra maniobra que podría dictar el conocimiento silencioso sería levantar polvo a puntapiés -dijo don Juan.

Me miró por un instante, como si esperara mi reac­ción.

-Vamos a caminar con mucha calma, ahora -di­jo-. Y tú vas a levantar polvo a puntapiés como si fue­ras un gigante de tres metros.

Debí de poner una expresión bastante estúpida, don Juan se estremeció de risa.

-Levanta una nube de polvo con los pies -me ordenó-. Siéntete enorme y pesado.

Lo traté de hacer y, de inmediato, tuve una sensa­ción de corpulencia. En tono de broma, comenté que su poder de sugestión era increíble. Me sentía realmente gigantesco y feroz.

El me aseguró que mi sensación de tamaño no era, de modo alguno, producto de su sugestión, sino que era producto de un movimiento de mi punto de encaje. Dijo que los mitos de hombres legendarios de la antigüedad eran para él historias de brujería acerca de hombres reales que sabían, gracias al conocimiento silencioso, el poder que se obtiene moviendo el punto de encaje.

Reconoció que en una escala reducida, los brujos modernos habían recapturado ese antiguo poder. Con un movimiento de sus puntos de encaje podían alterar lo que percibían y así cambiar las cosas. Me aseguró que en ese momento, yo estaba cambiando las cosas al sentirme grande y feroz. Los sentimientos, procesados de ese modo, se llamaban intento.

Dijo que tal vez todo ser humano en condiciones de vida normales había tenido, en algún momento, la opor­tunidad de salirse de los límites convencionales. Hizo hincapié en que no se refería a los convencionalismos sociales, sino a las convenciones que limitan nuestra percepción. Un momento de regocijo es suficiente para mover nuestro punto de encaje y romper con esas con­venciones. Así también un momento de miedo, de do­lor, de cólera o de pesadumbre. Pero comúnmente, cuan­do tenemos la posibilidad de mover nuestro punto de encaje nos asustamos. Nuestros principios religiosos, académicos o sociales se ponen en juego, garantizando nuestra urgencia de mover nuestros puntos de encaje a la posición que prescribe la vida normal; nuestra urgen­cia de regresar al rebaño.

Me dijo que todos los místicos y los maestros espiri­tuales que se conocían habían hecho exactamente eso: mo­ver sus puntos de encaje, ya fuera a través de disciplina o por casualidad, y sacarlos del sitio habitual y luego vol­ver a la normalidad portando consigo un recuerdo que les duraría por toda la vida.

-En estos momentos tu punto de encaje ya se ha movido bastante -prosiguió-. Y ahora estás en la posi­ción de o bien perder lo ganado o hacer que tu punto de encaje se mueva más. Puedes sentirte ahora que eres muy bueno y muy civilizado y olvidar el movimiento inicial de tu punto de encaje. O puedes sentirte que eres un hombre audaz y que puedes empujarte a ti mismo más allá de tus limites razonables.

Yo sabía exactamente a qué se refería, pero en mí había una extraña duda que me hacía vacilar.

Don Juan insistió un poco más en el mismo punto. Dijo que el hombre común y corriente incapaz de hallar energías para percibir más allá de sus límites diarios, lla­ma al reino de la percepción extraordinaria brujería, he­chicería u obra del demonio; y se aleja horrorizado sin atreverse a examinarlo.

-Pero tú ya no puedes seguir haciendo eso -pro­siguió-. No eres una persona religiosa y eres recontra curioso. No vas a poder descartar esto. Lo único que podría detenerte ahora es la cobardía.

"Convierte todo en lo que realmente es: lo abstracto, el espíritu, el nagual. No hay brujería, no hay el mal, ni el demonio. Solo existe la percepción.

Yo le entendí perfectamente, pero no llegaba a de­terminar exactamente qué deseaba él que yo hiciera.

Miré a don Juan, tratando de hallar las palabras más adecuadas para preguntárselo. Había yo entrado en un estado de ánimo extremadamente funcional y no quería malgastar una sola palabra.

-¡Sé gigantesco! -me ordenó, sonriendo- ¡Acaba con la razón!

Comprendí entonces qué quería decir. Más aún; supe que podía aumentar la intensidad de mis sensa­ciones de tamaño y ferocidad hasta ser verdaderamente un gigante, alzándose por encima de los arbustos, capaz de ver todo a nuestro alrededor.

Traté de expresar mis pensamientos, sin poder ha­cerlo. Luego me di cuenta de que don Juan sabía lo que yo pensaba y, obviamente, muchas, muchas cosas más.

Y en ese momento me ocurrió algo extraordinario. Mis facultades de raciocinio cesaron de funcionar. Lite­ralmente, sentí como si me hubiera cubierto una frazada negra que oscurecía mis pensamientos. Y dejé ir a mi razón con el abandono de quien no tiene nada de qué preocuparse. Estaba convencido de que si hubiera queri­do deshacerme de esa frazada oscura, todo lo que tenía que hacer era sentir que me abría paso a través de ella.

En ese estado me sentí impulsado, puesto en movi­miento. Algo me hacía moverme físicamente de un sitio a otro. No experimenté fatiga alguna. La velocidad y la soltura con que me movía me llenaron de júbilo.

No tenía la sensación de estar caminando, ni tam­poco estaba volando. Más bien, era transportado con suma facilidad. Mis movimientos se volvían es­pasmódicos y torpes sólo cuando trataba de pensar en ellos. Cuando los disfrutaba sin que mediase el pensa­miento, entraba en un estado de júbilo físico sin precedente en mi existencia. De haberse dado algún caso de ese tipo de felicidad física en mi vida, debe haber sido tan breve que no había dejado recuerdos. Sin embargo, al experimentar ese éxtasis me parecía reconocerlo vaga­mente, como si en otro tiempo lo hubiera conocido, pero lo hubiese olvidado.

El goce de ser transportado a través del chaparral era tan intenso que todo lo demás cesó. Lo único que existía para mí eran ese estado de júbilo y felicidad física y los momentos en que dejaba de ser transportado, el goce ce­saba y entonces me encontraba de cara al chaparral.

Pero aún más inexplicable era la sensación, total­mente corporal, de que me erguía capaz dos metros por encima de los arbustos.

En cierto instante vi con toda claridad la silueta del jaguar no muy lejos por delante de mí. Huía a toda ve­locidad. Sentí cómo trataba de evitar las espinas de los cactos. Pisaba con muchísimo cuidado.

Sentí la incontrolable urgencia de correr detrás del animal para asustarlo hasta hacerle perder la cautela. Sabía que de ese modo se pincharía con las espinas. Una idea literalmente irrumpió en mi mente silenciosa: pen­sé que el jaguar resultaría mucho más peligroso si se las­timaba con las espinas. Esa idea me produjo el mismo efecto que si alguien me hubiera despertado de un sueño.

Cuando me di cuenta de que mis procesos intelec­tuales volvían a funcionar, me encontré en la base de una pequeña cadena de colinas rocosas. Miré a mi alrede­dor. Don Juan estaba a un par de metros de distancia. Es­taba visiblemente exhausto, pálido y respirando agitada­mente.

-¿Qué pasó, don Juan? -pregunté, después de ca­rraspear para aclararme la garganta irritada.

-Dime tú qué pasó -balbuceó acezando.

Le conté lo que había sentido. Y luego noté que ape­nas podía distinguir la cumbre de las colinas. Quedaba muy poca luz diurna. Lo cual significaba que yo había perdido la noción del tiempo, y había corrido o camina­do por lo menos dos horas.

Le pedí a don Juan que me explicara esta discrepan­cia. Dijo que mi punto de encaje se había movido más allá del sitio donde no hay compasión, hasta entrar en el sitio del conocimiento silencioso, pero que aún me falta­ba suficiente energía para controlar ese movimiento por mi cuenta. Para controlarlo yo necesitaba energía para moverme a voluntad entre la razón y el conocimiento silencioso. Agregó que, cuando el brujo tenía la energía necesaria podía fluctuar entre la razón y el conocimiento silencioso, y que también podía, aún si no tenía energía, pero mover su punto de encaje era cuestión de vida o muerte.

Sus conclusiones acerca de mi experiencia fueron que, debido a lo grave de la situación, yo había dejado que el espíritu moviera mi punto de encaje. El resultado había sido mi entrada en el conocimiento silencioso, lo cual naturalmente, aumentó el alcance de mi percep­ción, al punto de permitirme la sensación de corpulen­cia, de ser un gigante erguido por sobre los arbustos.

En ese entonces, debido a mis estudios académicos, yo estaba apasionadamente interesado en la validación por medio del consenso. Le formulé mi pregunta habi­tual de aquella época.

-Si alguien del departamento de antropología de la universidad me hubiese estado observando, ¿me habría visto como un gigante moviéndose por el chaparral?

-En verdad, no sé -respondió don Juan-. La for­ma de descubrirlo sería moviendo tu punto de encaje en el departamento de antropología.

-Lo he tratado -contesté-, pero nunca pasa nada. Sin duda necesito tenerlo a usted cerca para que ocurra algo.

-No habrá sido cuestión de vida o muerte, eso es todo -explicó-. Si lo hubiera sido, habrías movido tu punto de encaje por cuenta propia.

-Pero ¿vería la gente lo que yo veo cuando se mueve mi punto de encaje? -pregunté con insistencia.

-No, a menos que tengas tanta energía que puedas mover el punto de encaje de la gente al mismo sitio donde está el tuyo -contestó.

-Entonces, don Juan, ¿el jaguar fue un sueño mío? .-pregunté-. ¿Todo eso ocurrió sólo en mi mente?

-De ninguna manera -dijo-. Ese jaguar es real. Has caminado kilómetros enteros y ni siquiera estás can­sado, eso también es real. Si tienes alguna duda, mírate los zapatos. Estás llenos de espinas. Así que caminaste. Caminaste, sí, alzándote por sobre los arbustos. Y al mis­mo tiempo no fue así. Todo depende de si el punto de encaje de uno esté en el sitio de la razón o en el sitio del conocimiento silencioso.

Mientras él hablaba, yo entendía todo lo que decía, pero no hubiera podido repetir a voluntad ninguna de sus frases. Tampoco podía determinar qué era lo que yo sabía ni por qué le encontraba tanto sentido a sus pala­bras.

El rugido del jaguar me devolvió a la realidad del peligro inmediato. Vi la masa oscura del animal, que pa­saba velozmente colina arriba, a una distancia de treinta metros a nuestra derecha.

-¿Qué vamos a hacer, don Juan? -pregunté, sa­biendo que él también había visto al jaguar.

-Seguir subiendo hasta la cumbre y buscar refugio allá -respondió él, tranquilamente.

Luego agregó, como si no tuviera nada de que preo­cuparse, que yo había perdido un tiempo valioso gozan­do del placer de mirar por encima de los arbustos. En vez de encaminarme hacia las colinas que él me había indica­do, me encaminé hacia unos cerros más altos del lado este.

-Debemos llegar a esa escarpa antes que el jaguar, o no tendremos escapatoria -dijo, señalando la faz casi vertical, en la cumbre misma del cerro.

Miré hacia la derecha y vi que el jaguar saltaba de roca en roca. Definitivamente avanzaba así para cortar­nos el paso.

-¡Vamos, don Juan! -grité, de puros nervios.

Don Juan sonrió. Parecía que mi miedo y mi impa­ciencia lo hacían disfrutar. Nos movimos tan rápido como pudimos y no paramos de subir. Yo trataba de no prestar atención a la masa oscura del jaguar, que aparecía de vez en cuando algo hacia adelante, siempre a nuestra derecha.

Los tres llegamos a la base de la escarpa al mismo tiempo. El jaguar estaba a unos veinte metros más a la derecha de nosotros. Saltó y trató de trepar por la escarpa­da faz del cerro, pero falló: la pared de roca era demasia­do empinada.

Don Juan me gritó que no perdiera tiempo obser­vando al animal, porque se nos echaría encima al no poder escalar. No había terminado de hablar cuando el animal corrió hacia nosotros.

No había un segundo que perder. Trepé por la faz rocosa, seguido por don Juan. El agudo bramido de la frustrada bestia sonó justo junto a mi talón derecho. La fuerza propulsora del miedo me hizo trepar por esa es­carpa resbalosa como si yo hubiera sido una mosca.

Llegué a la cumbre antes que don Juan, que se había detenido a reírse.

Ya a salvo, tuve más tiempo para pensar en lo ocu­rrido. Don Juan no quería discutir nada. Arguyó que, en esa etapa de mi desarrollo, cualquier movimiento de mi punto de encaje seguiría siendo un misterio. Mi desafío al principio del aprendizaje era, según dijo, el conservar mis logros, en vez de explicarlos, pero que en un mo­mento dado todo cobraría sentido para mí.

Le aseguré que, en el presente, todo tenía total senti­do para mí. Pero él se mostró inflexible en que antes de poder yo asegurar que encontraba sentido a lo que él decía, yo tenía que explicarme el conocimiento a mí mis­mo. Insistió que, para que un movimiento de mi punto de encaje tuviera total sentido, me hacía falta tener energía para fluctuar, a voluntad, entre el sitio de la razón y el del conocimiento silencioso.

Guardó silencio por un rato, barriéndome todo el cuerpo con la mirada. Después pareció decidirse. Sonrió y volvió a hablar.

-Hoy te moviste más allá del sitio donde no hay compasión -dijo, con aire de finalidad-. Hoy llegaste al sitio del conocimiento silencioso.

Explicó que esa tarde mi punto de encaje se había movido por sí sólo, sin intervención suya. Yo había in­tentado el movimiento, y al modelar y enriquecer mi sensación de ser gigantesco, mi punto de encaje había al­canzado la posición del conocimiento silencioso.

Dijo que un modo de describir la percepción que se logra desde el sitio del conocimiento silencioso es lla­marla "aquí y aquí". Explicó que, al decirle yo que había sentido que miraba por sobre los arbustos, debería haber agregado que estaba viendo el suelo del desierto al mis­mo tiempo que la copa de los matorrales. O que había es­tado en el sitio en donde estaba parado y, a la vez, en el sitio donde estaba el jaguar. De ese modo había podido notar el cuidado que ponía el animal en evitar las espi­nas. En otras palabras, en vez de percibir el aquí y allá normales, había percibido el "aquí y el aquí".

Sus comentarios me asustaron. Tenía razón. Yo no le había mencionado eso; ni siquiera había admitido para mis adentros que estuve en dos lugares al mismo tiem­po. No me habría atrevido a pensar en esos términos, de no ser por sus comentarios.

Repitió que yo era demasiado nuevo en esas lides y que necesitaba más tiempo y más energía para controlar por mí mismo esa percepción dividida. Por el momento, yo aún requería mucha supervisión; por ejemplo, mien­tras me alzaba por sobre la copa de los arbustos, él había tenido que hacer fluctuar rápidamente su propio punto de encaje entre los sitios de la razón y el conocimiento si­lencioso para cuidar de mí.

-Dígame una cosa -le dije, poniendo a prueba su razonabilidad-. Ese jaguar era más extraño de lo que usted quiere admitir, ¿verdad? Los jaguares no son parte de la fauna de esta zona. Los pumas sí, pero los jaguares no. ¿Cómo me explica eso?

Antes de responder arrugó la boca. De pronto se había puesto muy serio.

-Creo que este jaguar, en particular, confirma tus teorías antropológicas -dijo, con voz solemne-. Evi­dentemente, ese era un jaguar antropológico que seguía esa famosa ruta comercial que conecta Chihuahua con América Central.

Don Juan rió tanto que el sonido de su risa despertó ecos en las montañas. Ese eco me perturbó tanto como el mismo jaguar. Pero no era el eco en sí lo que me pertur­baba, sino el hecho de que yo nunca había oído un eco por la noche. Los ecos, en mi mente, sólo se asociaban con el día.


Me había llevado varias horas acordarme de todos los detalles de mi experiencia con el jaguar. Durante ese tiempo, don Juan no me habló. Se limitó a apoyarse con­tra una roca y se durmió sentado. Al cabo de un rato, dejé de notar su presencia y, por fin, yo también me dormí.

Me despertó un dolor en la mandíbula; me había dormido con la cara apoyada contra una roca. En cuanto abrí los ojos traté de deslizarme del pedrón en donde estaba tendido, pero perdí el equilibrio y caí sentado, ruidosamente. Don Juan surgió de entre unos arbustos justo a tiempo para reírse.

Estaba oscureciendo. Comenté en voz alta que no tendríamos tiempo de llegar al valle antes de que cayera la noche. Don Juan se encogió de hombros. Sin aparentar preocupación alguna, tomó asiento a mi lado.

Le pregunte si quería que le contara lo que me había acordado. Indico que le parecía muy bien, pero no me hizo preguntas. Supuse que dejaba el relato por mi cuen­ta y le dije que había dos puntos de gran importancia para mí. Uno era que él había hablado del conocimiento silen­cioso; y el otro era que yo había movido mi punto de en­caje utilizando el intento.

-No -dijo don Juan-. Eso no fue lo más impor­tante. Tu logro de ese día ni siquiera fue el entrar en el conocimiento silencioso. Tu logro fue que llenaste otro de los requisitos del intento: la audacia. Para enfrentar­nos con el intento, necesitamos abandono y frialdad y, so­bre todo, audacia.

"Por supuesto que intentar el movimiento de tu punto de encaje fue un gran triunfo, porque te dejó cier­to residuo que los brujos buscan con ansias.

Me pareció saber a que se refería. Le dije que el resi­duo que quedaba en mi estado de conciencia normal, era el recuerdo de que un puma, ya que lógicamente no podía aceptar la idea de que fuera un jaguar, nos había perseguido por una montaña. Agregué que siempre recor­dé que él me había preguntado cuando estábamos a salvo en la cima, si me sentía ofendido por el ataque del felino. Yo le había asegurado que era absurdo que me sintiera ofendido, y él me había contestado que debía hacer lo mismo con la gente. Si me atacaban debía protegerme o quitarme de en medio, pero sin sentirme moralmente ofendido o perjudicado.

-No es ése el residuo del que estoy hablando -dijo-. La idea de lo abstracto, del espíritu, es el único resi­duo importante. La idea del yo personal no tiene el me­nor valor. Todavía pones a tu persona y a tus sentimien­tos en primera plana. Cada vez que se ha prestado la oportunidad te he hecho notar la necesidad de abstraer. Tú siempre has creído que me refería a la necesidad de pensar de manera abstracta. No. Abstraer significa po­nerse a disposición del espíritu por medio del puro en­tendimiento.

Dijo que una de las cosas más dramáticas de la con­dición humana es la macabra conexión entre la estupi­dez y la imagen de sí. Es la estupidez la que nos obliga a descartar cualquier cosa que no se ajuste a las expectati­vas de nuestra imagen de sí. Por ejemplo, como hombre comunes y corrientes, pasamos por alto el conocimiento más crucial para nosotros: la existencia del punto de en­caje y el hecho de que puede moverse.

-Para el hombre racional es inconcebible que exis­ta un punto invisible en donde se encaja la percepción -prosiguió-. Y más inconcebible aún, que ese punto no esté en el cerebro, como capaz podría suponerlo si lle­gara a aceptar la idea de su existencia.

Agregó que el hombre racional, al aferrarse terca­mente a la imagen de sí, garantiza su abismal ignorancia. Ignora, por ejemplo, el hecho de que la brujería no es una cuestión de encantamientos y abracadabras, sino la libertad de percibir no sólo el mundo que se da por senta­do, sino también todo lo que es humanamente posible.

-Aquí es donde la estupidez del hombre es más peligrosa -continuó-. El hombre le tiene terror a la brujería. Tiembla de miedo ante la posibilidad de ser li­bre. Y la libertad está ahí a un centímetro de distancia. Los brujos llaman a la libertad el tercer punto, y dicen que alcanzarlo es tan fácil como mover el punto de en­caje.

-Pero usted mismo me ha dicho que mover el punto de encaje es lo mas difícil que existe -protesté.

-Lo es -me aseguró-. Y esto es otra de las contra­dicciones de los brujos: moverlo es muy difícil, pero tam­bién es lo más fácil del mundo. Ya te he dicho que una fiebre alta puede mover el punto de encaje. El hambre o el miedo o el amor o el odio también pueden hacerlo. Lo mismo el misticismo y el intento inflexible, el método preferido de los brujos.

Le pedí que me explicara otra vez qué era el intento inflexible. Dijo que es una especie de determinación; una firmeza; un propósito muy bien definido que no puede ser anulado por deseos o intereses en conflicto. El intento inflexible es también la fuerza engendrada cuando se mantiene el punto de encaje fijo en una posición que no es la habitual. Dijo que los brujos consideran al intento inflexible como el catalizador que propulsa sus puntos de encaje a nuevas posiciones, posiciones que, a su vez, generan más intento inflexible.

Don Juan hizo luego una distinción muy significati­va, que me había eludido todos esos años entre un movi­miento y un desplazamiento del punto de encaje. Dijo que un movimiento es un profundo cambio de posición, tan acentuado que el punto de encaje podía incluso al­canzar otras bandas de energía. Cada banda de energía representa un universo completamente distinto a perci­bir. Un desplazamiento, en cambio, es un pequeño movimiento dentro de la banda de campos energéticos que percibimos como el mundo de la vida cotidiana.

Don Juan no quiso hablar más, pero yo lo insté a se­guir hablando, a decirme lo que quisiera. Le dije que, por ejemplo, daría cualquier cosa por oír más acerca del ter­cer punto, pues si bien yo sabía todo lo referente al tercer punto, aún me resultaba muy confuso.

-El mundo de la vida diaria consiste de una serie de dos puntos de referencia -dijo-. Tenemos, por ejemplo, aquí y allá, afuera y adentro, arriba y abajo, el bien y el mal, y así sucesivamente. De modo que debida­mente hablando, nuestra percepción de la vida es bidi­mensional. Nada de lo que hacemos tiene profundidad.

Le saqué en cara que él estaba mezclando niveles. Le dije que hasta podía aceptar su definición de la percep­ción como la capacidad de los seres vivientes de percibir, con sus sentidos, campos de energía seleccionados por sus puntos de encaje; una definición traída de los cabe­llos según mis criterios académicos, pero que de momen­to, parecía coherente. Sin embargo, no lograba imaginar qué podía ser la profundidad de lo que hacemos. Argüí que quizás él estaba hablando de interpretaciones, elabo­raciones de nuestras percepciones básicas.

-El brujo percibe sus acciones con profundidad -dijo-. Sus acciones son tridimensionales. Los brujos tienen un tercer punto de referencia.

-¿Cómo puede existir un tercer punto de referen­cia? -pregunté, con cierto fastidio.

-Nuestros puntos de referencia son obtenidos primariamente de nuestra percepción sensorial -ex­plicó él-. Nuestros sentidos perciben y diferencian lo que es inmediato para nosotros y lo que no lo es. Usando esta distinción básica derivamos el resto.

Me observó detenidamente durante unos momen­tos de silencio, mientras yo trataba de comprender lo que decía.

-A fin de alcanzar el tercer punto de referencia uno debe percibir dos lugares al mismo tiempo -me ex­plicó.

Acordarme de mi experiencia con el jaguar me había puesto de un humor extraño; era como si hubiera vivido aquella experiencia apenas unos minutos antes. De pronto me di cuenta de algo que hasta entonces se me había pasado desapercibido: que mi experiencia sensorial era más compleja de lo que había pensado en un princi­pio. Mientras me alzaba por encima de la copa de los arbustos, había estado consciente, sin palabras ni pensa­mientos, de que estar en dos lugares, o como decían don Juan estar "aquí y aquí", ponía mi percepción inmediata completamente en ambos sitios. Pero también había esta­do consciente de que a mi percepción doble le faltaba la claridad total de la percepción normal.

Don Juan explicó que la percepción normal tiene un eje. "Aquí y allá" son los extremos de ese eje y el único de los dos que tiene claridad es "aquí". Dijo que, en la per­cepción normal, solo se percibe el "aquí" por completo, instantánea y directamente. Su referente gemelo, "allá" carece de inmediatez. Se lo infiere, se lo deduce, se lo es­pera y hasta se lo supone, pero nunca se lo percibe direc­tamente, con todos los sentidos. Cuando percibimos dos lugares a la vez se pierde la claridad total, pero se gana la percepción inmediata del "allá".

-Pero, entonces, don Juan, yo tenía razón al des­cribir mi percepción como la parte importante de mi ex­periencia -dije.

-No, no tenías razón -dijo-. Lo que experimen­taste fue vital para ti, porque te abrió el camino al conoci­miento silencioso, pero, como ya te lo dije, lo importante fue tu audacia y también la contraparte de tu audacia: el jaguar.

"Ese animal apareció de la nada, sin que nos diéra­mos cuenta. Y que podría haber acabado con nosotros, es tan cierto como que te estoy hablando. Ese jaguar fue una expresión de la magia. Sin él no habrías llenado los re­quisitos del intento, ni habrías tenido regocijo ni lección ni te habrías dado cuenta de nada.

-Pero, ¿era un jaguar de verdad? -pregunté-.

-Yo apostaría la vida a que lo era -contestó-.

Don Juan observó que, para el hombre común y co­rriente, ese animal habría sido una rareza pavorosa. Le hubiera costado mucho explicar, en términos razonables, qué hacía ese jaguar en Chihuahua, tan lejos de la selva tropical. Pero el brujo, porque tiene un vínculo de co­nexión con el intento, puede ver que ese jaguar es un medio para engrandecer su percepción. Y no es una rare­za para él sino una fuente de asombro.

Había mil preguntas que yo deseaba formular, pero yo mismo me di las respuestas antes de poder articular los interrogantes. Seguí el curso de mis propias pregun­tas y respuestas por un rato, hasta comprender que no importaba saber silenciosamente las respuestas; había que verbalizarlas para que tuvieran algún valor.

Expresé la primera pregunta que me vino a la mente. Pedí a don Juan que me explicara qué eran los re­quisitos del intento.

-Los brujos dicen -don Juan explicó- que los más increíbles logros de la percepción son puras idioteces si no están acompañados de ciertos estados de ánimo claves, que les dan valor y seriedad. El abandono, la frial­dad y la audacia son esos estados de ánimo. Y solamente los brujos pueden intentarlos.

"La parte engañosa de todo esto -prosiguió- es que estoy diciendo que sólo los brujos conocen al espíritu, que el intento es dominio exclusivo de los bru­jos. Eso no es cierto en absoluto, pero es la situación en el reino de lo práctico. La condición real es que los brujos están más conscientes de su vínculo de conexión con el espíritu que el hombre común y corriente, y se esfuerzan por manejarlo. Eso es todo. Ya te he dicho que el vínculo de conexión con el intento es la característica universal compartida por todo lo que existe.

Dos o tres veces, me pareció que don Juan estaba a punto de agregar algo más. Vaciló, al parecer tratando de elegir sus palabras. Por fin dijo que el estar en dos lugares al mismo tiempo era la marca que los brujos usaban para señalar el momento en que el punto de encaje llegaba al sitio del conocimiento silencioso. La percepción dividi­da, si se alcanzaba por medios propios, recibía el nombre de "libre movimiento dei punto del encaje".

Me aseguró que todos los naguales hacían siempre cuanto estaba en su poder para favorecer el libre movi­miento del punto de encaje en sus aprendices. Este em­pecinado esfuerzo recibía la críptica denominación de "extenderse al tercer punto".

-El aspecto más difícil del conocimiento del nagual -prosiguió don Juan- y ciertamente la parte más cru­cial de su tarea como maestro es la de extenderse al tercer punto. El nagual intenta el libre movimiento del punto de encaje del aprendiz, y el espíritu canaliza hacia el na­gual los medios para lograrlo. Yo nunca había intentado nada por el estilo hasta que llegaste tú. Por lo tanto, nun­ca había apreciado plenamente el gigantesco esfuerzo que hizo mi benefactor al intentarlo para mí.

"Por difícil que le resulte al nagual intentar ese libre movimiento para sus discípulos -prosiguió don Juan-, eso no es nada comparado con la dificultad que tienen sus discípulos para comprender lo que el nagual está ha­ciendo. ¡Mira lo que te pasa a ti! A mí me pasó lo mismo. Casi siempre terminaba convencido de que los trucos del espíritu eran, simplemente, los trucos del nagual Julián.

"Más adelante, comprendí que él debía al nagual Julián la vida y mi bienestar -continuó don Juan-. Ahora sé que le debo infinitamente más. Como no me es posible describir lo que realmente le debo, prefiero decir que él me engatusó hasta hacerme llenar los requisitos del intento y llevarme al tercer punto de referencia.

"El tercer punto de referencia es la libertad de la per­cepción; es el salto mortal del pensamiento a lo milagro­so; es el acto de extendernos más allá de nuestros límites para tocar lo inconcebible.





Compartir con tus amigos:
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad