El colapso del séptimo sol I- amanecer y el bucólico sol ahíto de penumbras



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VI-Alguien que diga algo
Antón: si esta carta es leída quiere decir que descubriste dónde la escondí, y por ende también la ironía por la elección del lugar. Decidí esconderla adentro del televisor cuando te escuché criticarla porque nunca dice nada. Si bien en algún sentido es cierto, con mi carta adentro me parece que no te va a resultar tan sencillo sostenerlo.

Lamento que hayas despertado y no estar a tu lado para que te sonrías como siempre, o como nunca, quien sabe. Pero se me ocurrió que lo mejor era terminar las cosas así, brutalmente y sin que te des cuenta. Que despiertes, no me encuentres y comprendas, sin necesidad de más palabras, que todo acabó. Los motivos son muchos y variados. Sería muy violento enumerarlos, pero haré un intento por presentarlos resumidamente.

Para empezar, no soporto la pendiente de vida en la que estás, el vacío de sentido de los tiempos de tu existencia. No puedo entender cómo te rodeás de imbéciles, cómo sos tan incapaz de hacer algo por tu vida, siquiera, trascender el marco de tus limitaciones y acometer un acto que vaya más allá de tu ombligo, que te trascienda, que afecte en una mínima medida la insoportable y autocomplaciente visión que tenés de vos mismo. Porque resulta que el veredicto para con tu propia existencia es justificatorio, salvador, mistificante. En tu visión de mundo todos son unos enfermos trastocados, frustrados, incompletos, alienados, mientras que vos sos el puro que se mantiene a salvo, desde tus convicciones, tus declamados principios existencialistas. Y sin embargo yo no observo, repito, yo, y desde el tiempo que te conozco que es bastante, no observo que vos seas demasiado diferente de aquello que criticás.

Por un lado, no creo que seas fiel a tus principios, que cumplas a rajatabla con esos presumidos juramentos pseudohipocráticos con los que te masturbás y con los que jugás a la moral. No creo que luches por tus sueños tanto como decís. No creo que haya una inadaptabilidad esencial, más aún, quintaesencial, entre el mundo y vos. No lo creo. Al contrario. Todos los caparazones argumentales que te protegen y te recubren, te ayudan a inmiscuirte tanto menos en los criterios de responsabilidad que exige la vida, el mundo, aunque no quieras, aunque no queramos. Y eso, paradójicamente, te ayuda a vivir y permanecer en este mundo sin mayores consecuencias. Sos un irresponsable, no ante mí, no ante los demás, sino ante vos mismo, que ha encontrado la forma de caer siempre parado en este mundo de cornisas.

La idea es que esa presunta esencia abstracta, ese líquido inalcanzable e inobservable que vos tenés en el alma, la supuesta posesión de ese néctar de espíritu, te releva de la obligación de exigir y ser exigido por el mundo, por la vida, por vos mismo. Si fueras tan genio como creés, si fueras tan profundo como decís, ¿cómo se entiende que una a una tus profecías sobre la realidad, sobre vos mismo, sobre nosotros, hayan caído en el abismo de lo inservible? ¿Cómo puede entenderse que debas recurrir a una promesa de resolución escatológica de tu propia vida para justificar tu presente y tus perspectivas de futuro? En el futuro, siempre en el futuro, ni cercano ni remoto, apenas si distinguible en una lejanía inconmensurable aunque se supone mediana en su distancia, ahí se encuentra el quiebre metafísico, temporal, absoluto, que te va a llevar del estado continuado de presente unidimensional en el que te desenvolvés al estado de brillantez que tan vanidosamente imaginás y anhelás para vos mismo.

No quiero sonar como una posibilista difusa. No quiero que abandones tus sueños, tus utopías. Pero tampoco quiero que mires siempre veinte escalones arriba. Porque así no ves donde estás parado, ni que es lo que se te aproxima en lo inmediato. No es bueno vivir en el presente continuo e intrascendente, como bien decís. No es mejor, tampoco, vivir en el futuro continuo e inaccesible.

Tus sueños, tus proyectos, tienen que encontrar la forma de desgarrarse desde el presente, como un acto inmediato consecutivo del hecho mismo de soñar. Una serie infinita de pasos puede y debe tenderse entre el inicio y el fin del sendero que lleva a los sueños. Lo importante es comprender que, tal vez, no hay más remedio que empezar a caminar ese sendero y hacerlo con conciencia a cada paso, preocupado por el destino pero también por el durante, de modo que si por un motivo u otro el sendero no se completa, aún así podamos encontrarle un sentido presente a lo hecho, un sentido de lo vivido que no se agote meramente en una sumatoria de expectativas a futuro.

Mal que nos pese el mundo, como el futuro, no es lo que nosotros queremos. No podemos negarlo, ni destruirlo. No podemos hacerlo a nuevo. Apenas si podemos torcer el rumbo en el que va. Intentando acercarlo lo más que se pueda a la dirección que nosotros deseamos. Si logramos o no arribar a ese destino es otra cosa. Lo importante, tal vez, es la actitud de tomar el timón, luchar por él, con él, para direccionar en el sentido de nuestro ser las circunstancias que nos rodean.

Conozco demasiada gente que no tiene futuro, no tiene pasado. Sólo tiene presente. Un presente acrítico y bestial. Pero también conozco bastante gente que no tiene pasado y no tiene presente, que se refugia en una perspectiva escatológica del futuro. ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Vivir del antes, del durante, del después? ¿De todas esas cosas combinadas? La ensoñación, la esperanza, ah, sí, que lindo. ¿Pero de que sirven si lo único que refuerzan es el sentido vano de estos tiempos, la perspectiva mesiánica de que justo nos sorprenda el fin de los tiempos y que sea el Enviado del Señor el que venga a resolver nuestras angustias e incompletitudes pasadas, presentes y futuras por nosotros?

Decís bien que el mundo es una entidad cruel, que para vivir a gusto en esta vida hay que estar loco, ser un cómplice o un ignorante. Y si bien creo que ese diagnóstico está bien, creo que el que está mal sos vos. Porque vos te situás ante ese veredicto por afuera del mundo que execrás. Vivís a gusto en el mundo, tu mundo. Por lo tanto, y siguiendo tu razonamiento, o sos loco, o sos un cómplice o un ignorante. El mundo es peligroso tal cual es, cierto. Ser exitoso puede llevar a convertirse en parte del coro que alaba esta existencia. Puede llevar a la frivolidad de justificar y sancionar formas existentes. Es cierto. Pero mi pregunta es ¿qué actitud tomarías ante el mundo si de repente pudieras realizarte, sentirte completo, tener la fama, el honor, el prestigio, cumplir con ese anhelo de trascendencia, esa exigencia que sufrís y que te gusta a la vez? ¿Dejaría el mundo de ser cruel, insufrible? Si es así, ¿en qué medida se debería a una variación del estado de las cosas y en qué otra al abandono de tus cláusulas principistas en pos de una satisfacción hedonista? Si no es así, ¿qué sentido tiene anhelar fama y trascendencia, prestigio, si de todos modos el mundo seguirá siendo una porquería?

Si el mundo deja de ser terrible porque te va bien en él, entendiéndose esto como lo sea que sea, sos un cretino. Si sigue siendo terrible ¿qué importa que nos vaya bien o mal?

En definitiva, creo que no sos consecuente con el mundo que visualizás. Tu crítica de un mundo sinsentido no se condice con el ansia de trascender en él. Si tuvieras el más mínimo apego a la sarta de enunciados que componen tu visión de mundo te pegarías un tiro, dejarías de existir, te morirías de putrefacción interna voluntaria. Pero no. No te estás muriendo. No te matás. Creo, con un razonable grado de certidumbre, que toda tu disconformidad, tu sufrimiento, es parte de una pose. Un personaje.

Tal vez es como bien dijiste una vez: cada uno es el personaje que puede. Pero en tu concepción del mundo y de vos mismo, estoy segura, vos no crees ser uno ni formar parte de una comedia existencial hueca e inane. Y sin embargo, mi sensación, mi intuición, mi desgarro últimamente, es que lo sos. Sos parte de lo que criticás. Es tuyo el papel, el fácil papel, del profeta incomprendido. El papel del inconforme, el sufriente, el dolido, el incompleto, el deshallado. Después de todo, es el que más te conviene. Te libera de compromisos con la forma corrupta que asume, de ese modo, el mundo. Te sitúa como subordinado únicamente a tu volición, tus anhelos, tus caprichos.

Vas así por la vida con una moral propia, una ética privada, de las cuales podés prescindir cuando te convenga. El papel del profeta que comprende la naturaleza oxidada de las cosas te eleva por sobre los demás, incapaces de diagnosticar el mismo nivel de desarreglo, desde que están inmersos en él, desde que no encuentran la misma amenidad en criticar y excluirse del mundo, porque siguen atados, responsablemente, moralmente, al mundo que critican. Te permite observar y criticar el mundo desde una perspectiva única, personal, presuntamente visionaria, inaccesible, inexpugnable.

Si querés sos invencible, siempre tenés razón, nunca te equivocás. Estás liberado, moral, éticamente. Vas y ves por encima de los demás, más lejos, más profundo, con más certeza que los que se arrastran por las circunstancias. Liberado, ay, pobrecito, al arbitrio de tus devaneos de genio incomprendido. Libre y desamparado. Tanto y porque el mundo no te comprende, claro, no te comprende porque no te asigna el mismo lugar, el grandioso espacio que vos te concedés a vos mismo, no te reconoce los méritos que vos creés tener, no te alaba tanto como vos te alabás silenciosamente, no te protege tanto como vos te protegés, tras tus corazas, tus argumentos, tus excusas.

Antón, no te confundas, creo que sos un buen tipo. Sos querible, sos dulce. Pero creo que para vivir en un mundo cruel te buscaste una coraza que te sirve a vos, te salva, y que nos deja a todos los demás fuera. Fuera del mundo. De tu mundo, tanto como vos estás fuera del mundo, nuestro mundo. Actuás tu personaje con demasiado celo, te lo tomás demasiado en serio, porque en eso te va la vida. Habiendo comprendido lo terrible que es el mundo, te das cuenta que lo único que te salva de volarte la tapa de los sesos es mediatizar esos enunciados al interior de una serie de postulados mesiánicos y escatológicos en los cuales se niega la perennidad de la forma del mundo y se refuerza la idea de una completitud, realización y hallazgo futuro, por medio de un quiebre trascendental, milenarista, apocalíptico. Y hasta tanto, decidís que es mejor ir a la deriva, creyente, fiel en tu religión íntima, ya que con eso basta. Con eso, y con la Divina Providencia. Ah... la parálisis del creyente, esperando la Venida del Fin de los Tiempos.

Vivís, claro que vivís, y a salvo. Protegido del mundo y sus excrecencias. Recluido en tu objetivo de trascendencia, tu expectativa puesta en el tiempo, tu futuro personal. Tenés tu pasado, al que reinventás constantemente, si bien es cierto que todos lo hacen, no sólo vos. Pero vos más que todos. Porque tenés que protegerte de todo, inclusive de vos mismo, de los errores de tu pasado, las falacias de tu presente, los engaños de tu futuro.

Antón, no busques más, porque no vas a encontrar, en lo vasto y en lo ancho del mundo, si antes no te desnudás en el medio del desierto, y te largás a caminar tras el rastro de lo que alguna vez fuiste. Podés explicarte, justificarte, salvarte siempre que quieras. Pero eso no es lo importante. Lo importante no son las palabras. Palabras sobran en este mundo. Lo que faltan son seres humanos que respeten a sus tripas. Que no se estén muriendo por dentro, mientras van viviendo por fuera.

Ojalá estuvieras desnudo, en el medio del desierto. Tal vez así podrías comprender que hay una verdad esencial, la Verdad de las Tripas, a la que no podés engañar. Ojalá en algún momento de tu vida encuentres ese desierto. Y ojalá logres desnudarte en ese entonces, para así poder encontrar el camino que te lleve fuera de él.

Si alguna vez lográs salir, si alguna vez lográs volver al principio, si alguna vez lográs desnudarte, desprotegerte, entonces, siendo tan libre como desamparado, tan cierto como incierto, podrás descubrir la primera de las verdades que dicta la tripa, el primero de los mandamientos: serás propio, soberano de vos mismo. Ya no más miedos, Antón, ya no más corazas. Que el viento te atraviese en ambas direcciones, que el desierto te atraviese en todos los sentidos. Acordate, el soberano no le teme al entorno, porque sabe quien es, sabe lo que tiene y sabe donde está. Es libre, no tiene nada, está en todas partes.

No me busques. No me critiques. No me añores. Si alguna vez nos encontramos, acordate que lo que hice lo hice porque busco, siempre busco, serle fiel a la verdad de mis tripas. Alguna vez, alguna vez, hermoso, vamos a recorrer el desierto juntos, desnudos, desde el alba hasta el atardecer. Libres, desamparados, soberanos. Te quiere, Morena.
VII-Búsquedas sin final
Camina, o cree que camina. Deja atrás a Watabe, a Parr. Se olvida, se olvida de todo. O entiende. Ese inmenso desierto que se abre ante sus ojos no es más que su bóveda interior, donde están resonando todas las voces de su colapso. El es tan parte del Universo como el resto, y junto y tanto como los demás, de idéntico modo, colapsa, de a desgarros, colisiones, cataclismos.

Camina, camina, camina. Tiene frío. Una sensación punzante de mundo congelándose, a medida que el nuevo sol desaparece en el viejo cielo. Camina, camina. No importa. No importa a donde. Si ha decidido dejarse atravesar por el desierto, por el viento. Si nada más importa que ésa, la verdad de sus tripas que no entiende, que no alcanza, que no llega jamás a expresarse en un cuerpo de dolor coherente y movilizante. Camina, camina, a medida que el polvo oscurece, a medida que el relieve se vuelve un sinfín de trazas descoloridas en el fondo de la retina. Camina, la noche entera de su fin de ciclo, con el retorno al inicio, con el retorno al lugar del que salió. No sabe si se mueve, si avanza en su mecánico suceder de pasos sin ritmo ni esperas. No sabe si tropieza, si se cansa o lastima. No tiene más sentidos que los de su derrota a través del páramo de universo testamentario que le toca habitar. Llena su boca con el viento de frente, llena su mente con la negrura que avanza, llena su cuerpo con el cansancio en todas partes, en todas partes ateriendo músculos y rigidizando nervios. Camina, camina, camina, el resto de la eternidad de la noche. Hasta que ya no.

Abrió los ojos a la indómita palidez cegadora de un cielo en ebullición. O ha perdido definitivamente la capacidad de ver. Un ciego más. Está recostado en una suerte de camastro de rocas puntiagudas y porosas. Le duele el cuerpo de a raptos de indignación. Un turbio viento de sentidos confunde la realidad con sonidos de lejana inmensidad. La blancura de atroz soledad que puebla su mirada no le permite discernir otra cosa que un blanco deformante e igualador, que vuelve cielo al desierto, tierra a la altura, inmediatez a la distancia. Medita.

Debe haberse derrumbado mientras caminaba, de veras enceguecido o adormilado en torno de su insomnio y desesperación. Al azar, un terreno de rocas burlando el dominio de las arenas y su tibia consolación. Pero no entiende la ceguera. No comprende como es que ha perdido lo que creía tener. Nuevamente comienza a torturarse con hipótesis que van de la desgracia personal a la catástrofe sistémica. Imagina una tierra calva, virada al fuego mortuorio e ígneo merced a la voracidad de un sol implacable. Imagina una ceguera repentina a partir de la volición automática de su cuerpo de morirse de una buena vez. Se acuerda de Benjamín, el ciego aquél, que después de todo, y no en vano, había comprendido el signo del avatar que transcurrían. Tanto como ese pobre diablo, él ahora se sentía un exiliado. Un exiliado de la cosmogonía que creía poblar. Un expatriado del mundo que duraba y que existía cuando él realmente era. La ceguera, ah, la ceguera, meditaba, mientras se desasosegaba de dolor en las rocas, sorprendido del frío intermitente de sus venas. Es un exilio, no el olvido, recordaba las palabras de Benjamín. ¿Estarían muertos? Benjamín, él, Morena...

En el suelo, en el frío, en la ceguera, de repente algo allí en la fosa de los ojos comienza a doler. Más que dolor, un arder de bastones encendidos de ira cosmogónica. Un ácido recuerdo de lo que alguna vez fue mirar. Cree que tiene manos para tocarse la cara y arriesgar alguna idea. Cree escuchar un murmullo remoto, como de mundo que transcurre. No está seguro. No está seguro siquiera del dolor que lo martiriza ahora, con fuegos que ni siquiera puede ver, calores que no resuelven la aridez y temblor de su cuerpo molicie.

Descubre que el movimiento incrementa la molestia ocular. Resuelve prosperar en la quietud, a fuerza de resentir del todo sus marchitos músculos. Olvida las extremidades, sacrifica los nervios y el tesón de respirar. No puede. No puede más, sofocado como está, especie en extinción, bajo el tesón del octavo sol.

Le duele. Hasta el aire que roza el rostro donde se hunden en llanto sus ojos. Agua, agua resbala, agua tropieza, y llorar le duele, y no puede dejar de hacerlo. Llorar quieto. Porque sino duele más. Basta, basta por favor, suplica. No entiende que es lo que puede haber hecho tan mal como para merecer ese suplicio. Quieto, quieto, se dice con algún rastro de voz o de conciencia. Pero hasta le duele pensar la quietud.

Y así las horas, eternas, colapsadas, dolidas y torturadas. El universo cada vez más ciego, más blanco nada, más arder de tiempo y circunstancia. No hay otra cosa, tan sólo un fuego de todo espacio, un sin lugar de ser, desde donde su llanto se promulga y promueve un agua de culpa, un éxtasis enfermizo de agonía existencial. ¿Es este el infierno? Se pregunta, descubriendo a la vez. Sólo falta un Satanás rojizo y su tridente, ironiza. ¿Qué más infierno que un arder dolorido en cada sentido, una eternidad desnuda, de cara al desierto infame y abrumador?

Me rindo. Me rindo, dice. Descubre que cree que habla. Se sorprende de lo olvidado de sus sentidos. Me rindo, es un jolgorio decirlo, me rindo, grita, desesperado y contento. Me rindo, me rindo. Me rindo de esta vida diáfana, me rindo de haber sido lo que fui. Me rindo de existir como existo, estar donde estoy, tener lo que tengo. Me rindo y abandono. Piensa. Me rindo de corazas, me rindo fortaleza, me rindo orgullo, prejuicio y honor. Me rindo y me vuelvo nada. Dice. Cree que dice. Piensa que cree que dice.

Se rinde, con el dolor que estalla en todo el cuerpo a la vez. Se rinde, y a medida que se rinde sus sentidos abandonan. Está diciendo algo significativo. El desierto ha terminado por atravesarlo. El viento es su dirección. Y él ya no tiene más cuerpo que el del olvido.

Una gota, una sola en el entrecejo, de agua, lo sorprende y le contrae los nervios faciales, al mismo tiempo que le inquieta la existencia. No se trata tan sólo de la gota, sino también del reflejo condicionado de sus músculos, a los que se había juramentado abandonar. Dolor, súbito dolor en el cuerpo, con epicentro en los ojos. Sigue rindiéndose, pero otra gota de agua. Dolor, nervio, rendición. Grita, y en el grito, contrae y dilata todos los nervios del cuello a la cabeza. Gangrena en el pecho, de volver a gritar el dolor que provoca el grito. Vuelve a gritar, encadenado a un ritual sufriente. Las tripas se independizan de la conciencia en el grito, y arremeten con su verdad, su antaña verdad. Toda su muerte adentro se vuelve un vivir por fuera. Grita, grita la muerte, la locura, el exilio, el dolor, el desgarro, el apocalipsis. Grita su tripa enferma y recalcitrante. Grita hasta la mano, hasta una mano, hasta que una mano.

Una mano en el rostro. Una mano envuelta en caricias, una mano pausa y silencio en el tiempo. Una mano tranquilizándolo, una mano repitiendo un mantra de dedos suaves resbalando mejillas sudadas y barrosas de viento y lágrimas que trajo el vendaval. La misma ceguera, el mismo fuego en todas partes, pero una mano, una mano recorre su rostro, primero, su cuerpo después, haciéndole notar su desnudez. La mano concentra a su paso el dolor, lo imanta y lo maneja a su antojo, como si fuera un polo de turbación y placer al mismo tiempo. Está desnudo, en las rocas, de cara al cielo y el desierto, al mismo tiempo. Dice algo significativo, piensa, entre nostalgias todo el tiempo, con relación a la luz. Se promete. Dice. Respetar la verdad que el grito de las tripas le ha hecho decir. Llora. Llora y, para su asombro, el llanto no le hace doler.

Más agua. Helada, cayendo de algún lado, aterida y ateriendo. Y la mano. La mano acariciando. La mano en lo exterior, una mente de a poco reencauzada alrededor de la meta de ya no doler, tal vez existir. Esperanza de entrañas. Tirado en el fondo de un universo plano, rememora las hazañas de su cuerpo marchito. Piensa. Mientras la mano termina de amansarlo.

-Quieto, tranquilo, mi amor.

La voz, hermosa, como todo el viento del mundo al mismo tiempo en todas las direcciones.

-Tranquilo, no hay nada más.

Morena. Morena, de algún modo, susurrando palabras.

-Libre.


-Sin nada.

-En todas partes.

Susurra desde su mano, en distintos lados, a su paso por los recovecos de la confusión. Él quiere hablar. Llamarla por su nombre, abrazarla, preguntar, preguntar, preguntar. La mano sobre su boca. Silencio. O susurros.

-Libre, sin nada, en todas partes.

La mano en la mano. De la mano. Comprende y se incorpora. Indoloro. Liviano. Ciego. Ciego en el universo ceniza, el mundo arena, el cosmos pálido de su suerte. De la mano camina, con ella, por el silicio hecho llanura y planicie de nunca acabar. Tiene una piedra de frío en el estómago, pero el resto de su cuerpo es insensible. Tiene un tapujo de plumas en el pecho, pero el resto esta quieto y apelmazado. Morena, de su mano, caminando el desierto. ¿Será posible?

-Libre, sin nada, en todas partes.

Vuelve a decirle ella, como si todo lo demás fuera mentira. Como si el resto de las palabras sobraran, fueran un artificio, un artefacto barroco y malhadado. De la mano, van de la mano, atravesados y atravesando el viento, en todas las direcciones, todos los sentidos. No ve, no sabe dónde va. No hay nada que ver, no hay donde ir, nada que saber. Podría estar volando, o caminando, o reptando. Da lo mismo, no tiene tacto para reconocer que parte de su cuerpo toma contacto con el resto de la materia, excepto la mano que se atenaza a la mano de Morena. Excepto el cuerpo que sufre el frío de la entraña, soporta la pluma del espíritu. Tiene ganas de hablar. Y miedo, de romper hechizos. La mano se da cuenta. Le acaricia el rostro, le alivia, como invitándolo a pronunciar.

-Morena...

Silencio, y la mano en derredor.

-Morena, ¿donde... - pregunta, tiene tanto para preguntar, teme la imposibilidad de una infinitud de respuestas, o su ausencia definitiva. En el fondo no sabe por que pregunta. Acaso, tan sólo es un reflejo condicionado más. Ella es una mano, un susurro. Tal vez eso. Tal vez ni siquiera eso. Vuelve a decir lo mismo.

-Libre, sin nada, en todas partes.

Es como si no hubiera respuestas, o no valiera la pena buscarlas. Todas las palabras ya han sido dichas. Sobran. Ahora sólo quedan las entrañas, su verdad, su grito primal. De lo demás no hay porque preocuparse. Los dramas del exilio llevan al olvido. La ceguera es un hábito. Y él ya no necesita un amanecer. Puede quedarse todo el tiempo de la mano de Morena, en esa eternidad trastocada. Lo significativo ya ha acontecido, sido dicho. Ambos se han hecho nombres en la memoria, se han salvado mutuamente, o se han perdido recíprocamente, quien diría.

El resto es tan sólo esquirla de universo, fragmentándose con el paso del tiempo, la continuidad de las circunstancias. Agua cada tanto, algunas gotas ateridas en la frente, algún viento enfermo emboscando de furias el devenir. Y las entrañas. El macizo gélido, las plumas. Y la mano. Siempre la mano.

Hasta el momento en que ella se suelta. Y él se queda a la deriva, angustiosamente rodeado de la más atroz de las soledades. Se desgarra, en el grito de búsqueda y pérdida, acaso sintiendo como es que ella se aleja. Pero entiende. La mano no puede perdurar. Así son las cosas. Son libres, no tienen nada, están en todas partes.

Madero de cielo se queda, pétreo y perenne, entendiéndolo todo de esa nada. Árbol y circunstancia de la quietud del universo agreste que puebla. Ha aprendido. Esa es su virtud. Y mientras el mundo, el cosmos y su visión se desenvuelven en ceguera, él permanece. Exiliado, a salvo. Alumbrado entre cenizas, flor de la arena, raíz en deriva, frase sin suerte.
Madero de cielo, entre penumbras, a ciegas. Fragmento de un olvido, palabras sobras, entrañas, y el macizo y la pluma de una tripa de gritar, sorda y para siempre.

Se queda, extrañando otras manos, prisioneras de las propias, con el sólo instrumental del macizo frío y la pluma para entender el desierto y el viento que le atraviesa. Así se queda, ciego y desgarrado, al lado de ella, sin saberlo, a una eternidad de distancia. Respirando en ocasiones, susurrando a veces su mantra y salvación, devoto de las cadenas de sus tripas. Palpando la arena, las rocas, a milímetros de tocarla, descubrirla. Pero no pueden, no deben hallarse. Y si se hallaran deberían fragmentarse antes que el desierto acabe con ellos. Porque la condición de esa, su vida y su muerte, es la desposesión, el desamparo, el desvanecimiento.


El colapso del séptimo sol lo ha eternecido, desde lo que alguna vez fue a lo que ahora es. Un silencio, en su lecho de rocas, viviendo de la ceguera y prosperando en el vacío.

Pues no hay mundo que ver, imaginar o construir. Tan sólo frases cortas para aprender a subsistir en la aridez del vástago de lo perdido.

Mundo planicie. Mundo desierto. Piensa, mientras rememora la virtud que lo hizo perdurar. Descubrir que en este páramo desangelado tan sólo sobreviven los que se desgarran, los que desprenden de si hasta el nombre, la memoria, la esperanza. Los que no temen perder porque no esperan ganar jamás. Los que se llaman libres y son desamparados, esclavos de incertidumbre. Los que no tienen nada, y lo reclaman todo en su desesperación. Los que están en todas partes, acaso porque tal vez no se atreven a estar en ningún lado.
Ese es su milagro. Y su perdición. A medida que se consumen, árboles y circunstancias del indómito carácter del universo irridento. No tienen más que avatares y existencias. Ínfimos. Se quedan rocas, pacientes esperando el milagro de la erosión, la palabra del viento. No tienen más que olvido y ceguera.

El eclipse se ha consumado. El ciclo se reinicia. Un nuevo sol, el octavo, arde en la altura. Tan sólo es cuestión de tiempo. Hasta que crezcan, comprendan, descubran e inventen. Y entonces, el magma, el fuego, la arena y el agua volverán a hablar el idioma del cielo.


Esa es la promesa. Y la mentira del sol que se inicia. Idéntica a aquella otra que llevó al colapso. El colapso del séptimo sol.





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