El colapso del séptimo sol I- amanecer y el bucólico sol ahíto de penumbras



Descargar 217.83 Kb.
Página3/4
Fecha de conversión10.05.2019
Tamaño217.83 Kb.
1   2   3   4

V- Retorno al origen
En aquel entonces comencé a caminar, sin destino cierto, a errar. Era un errante, entre errados. En la mirada de Wroblewski comprendí, de manera cabal, cuan cierto era lo que él decía. Seríamos impunemente barridos por el prodigio de nubes que comenzaba a amontonarse en aquel entonces sobre nosotros. Radiábamos de urbe, en ese momento, de urbe alegre y sin sosiego. Los felices iban y venían, pululaban sin pudor alguno por el limbo ficticio que se iluminaba a más no poder de día artificial. Fue en la mirada de Wroblewski, cínica, desafiante, que pude encontrar y develar una apuesta fatalista al ocaso. Acaso el profeta había comprendido la sinrazón del mundo en esa instancia agonizante. Y jugaba a favor de la inconsciencia, la demencia, la alegría senil de sus semejantes. Casi como si me susurrara "es demasiado tarde, andate de acá". Comprendía ahora su conversión fatalista. Comprendía ahora su razón alocada. Mentía, para apresurar el final. El mundo estaba acabado, todo cuanto quedaba era buscar a alguien que diga algo, decir algo significativo, hacerme nombre en la memoria, el corazón de alguien, y así morir en paz, como me lo había sugerido el ciego. Necesitaba un último amanecer, una última alborada existencial antes del definitivo y perenne ocaso.

Caminaba por las calles, embestido súbitamente por multitudes ansiosas de participar en la fiesta que se adivinaba en la dirección contraria a la de mi trazo de deriva. El centro de la ciudad se embellecía de candescencias para cobijar el festejo por la reapropiación presunta de los hombres de la noche que ellos llamaban día.

En esa oscuridad universal los verdaderos rostros se habían hecho presentes. Las máscaras habían caído, los subterfugios de civilidad se habían desvanecido, para ceder a la más indómita de las imbecilidades.

Mis ojos estallaban apesadumbrados de neones, atosigados de calles atestadas de hombres bailando en las veredas, mujeres enloquecidas gritando histéricas, negocios atestados de consumidores consumidos, bacanales de tránsito, euforias de a tiempos, prisas de nada, vacíos como existencias en la noche de los sin días.

La tropa de la fiesta del fin del infierno me embestía, me atacaba, me atropellaba, sin reparar siquiera en mi naufragio individual. Estaba inmerso, imbuido en mi ocaso íntimo, en un compromiso final existencial en el que había empeñado los últimos de todos mis latidos igualmente estériles. Mi Cruzada era por Morena, una búsqueda intrascendente, mirando desde la perspectiva del nubarrón, pero fundamental para mí.

En las avenidas, las calles, los callejones y los pasillos se desarrollaba un coito urbano prenupcial. Los Oscuros se habían transformado, habían salido de sus cavernas, a festejar el falso sol que levantaban, decididos a convertir la última posibilidad de salir de esa maraña existencial en la más fatua de las reverencias para con un universo que acababa.

Pensaba en Morena, cada vez más en ella, en mi necesidad de ella, en realidad. En la necesidad que tenía de edificar un relato que sirva para explicarme la agonía que vivía. Morena, en Morena había fijado la propiedad explicativa. Ella sabría, seguramente sabría qué había pasado, qué iba a pasar. Ella se corporizaría de alguna manera ante mí, resolvería la intriga, me salvaría de la trayectoria decadente de mi historia. Ella, seguro ella. Pero yo no tenía forma de encontrarla. Tal vez en casa...

Enfilé por avenidas frías sin conciencia, esquivé turbas rítmicas y arañantes, ciclotimias de borrachos, pendencias drogadictas, siguiendo la ruta mas corta que me condujera de ese páramo a mi reducto. Antes que alcanzara mi caverna un estruendo de púrpuras, granates y violetas estremeció de ruido la atmósfera. Las nubes con su frente sin almidones habían alcanzado la ciudad. El cielo, si es que había alguno, estaba cubierto de volutas rabiosas centelleando y relampagueando varias veces por segundo. Nunca había visto unos nubarrones así, mas la multitud congregada en alegrías seguía virgen de imágenes catastróficas aún. Cuando la altura volvió a tronar de escarmiento la música no se interrumpió, los neones no se apagaron. Llovía, caía una fina lámina de agua sobre mí, sobre los transeúntes, los inconscientes. Fría, acerada, lacerante agüita traída desde lejos, pasado tal vez.

Miraba rostros, todo el tiempo rostros, de aquellos que festejaban, sonreían, gritaban, insultaban, comerciaban, medraban, burlaban, en medio del estruendo, en medio del aguacero que amenazaba con desgarrarse desde lo alto. Los niños jugaban a la pelota, haciendo añicos las vidrieras, los padres lanzaban fuegos de artificio a la altura, fuegos que se perdían entre otros fuegos, más verdaderos, que se adivinaban entre nubes. Algunas chicas bailaban sobre los autos, bamboleando las caderas, levantándose las remeras cada tanto, dejando ver, dejando de ver. La ciudad bailaba ensimismada, creyendo que era el inicio. De algo.

Llegué a casa, segundos antes que el cielo se desplomara de verdaderos líquidos angustiosos. Desde el palier podía observar como las gentes se mojaban y no les importaba. Al contrario, tal vez porque creían que así se era más libre, o porque lo habían visto en alguna publicidad, sonreían y se agitaban más aún. Los hombres reñían, gritaban, intentaban prender los fuegos de artificio, las bengalas... intentaban, se les mojaban, volvían a intentarlo, los chicos resbalaban, corrían trajinando pelotas, se caían tratando de alcanzarlas, llevarlas a algún lugar, para volver a traerlas a algún otro, las chicas se movían, ululaban de sensualidad, se mojaban... se mojaban... y el agua, ah, el agua, aterida y ateriendo...

Subí y en cuanto entré al departamento busqué con que secarme. En el baño, mientras me sacudía la cabeza y me pasaba la toalla por el rostro, pensaba, rememoraba. Morena. Morena. Mensajes. Fui donde el teléfono. Dos mensajes. En la contestadora, esperándome para develar automáticamente sus voces de pasado. Primer mensaje: de mi madre. Me llamaba, preguntaba si estaba ahí. Cierta angustia en su tono de voz. Cierta cadencia agotada, como un jadeo, en su respiración. Me preocupé. Segundo mensaje. Una voz, femenina, silbando la melodía de una música de propaganda, susurrando cada tanto mi nombre. Susurrando sensualmente, cada tanto, mi nombre. Era Morena. Sin duda. Siguiendo la melodía de la propaganda, diciendo mi nombre. Fin de los mensajes.

Llamé rápidamente a lo de mis padres. Afuera el cielo se desplomaba. Había cierto ruido de interferencia en la línea. Sonó. Sonó otra vez. Atendieron. Era mamá.

-¿Hola?

-Hola, ¡mamá!



-¿Hola?, ¿hola? ¿diga? ¿diga?- no escuchaba. Y no escuchar la ponía impaciente. Seguí llamándola, ella nada. Corté. Volví a discar. Sonó, atendió. Otra vez el mismo cuadro de incomunicación. Hasta que un trueno cartilaginoso retumbó en mis miedos, me hizo temblar, me hizo cortar. Volví a llamar. Seguían no oyéndome. Atendió esa vez mi padre, mandó un insulto y colgó. Dejé de llamar, me tendí en el sillón, meditabundo y entre nostalgias.

Era la voz de Morena, sin duda. ¿Por qué silbaba esa estúpida melodía? ¿Dónde estaba? ¿Cuándo había llamado? Me sobresalté cuando descubrí que el llamado tenía hora reciente, apenas un par de minutos antes de que yo entrara al departamento.

Prendí el televisor, por nada, por prenderlo. Comencé a derivar por los canales hasta que me topé con una nueva conferencia, donde un anteojudo daba enfáticas declaraciones a pesar de tener perforado el mentón por una caterva de micrófonos y grabadores. El sujeto hablaba, y en su voz y su mensaje me cautivaba.

-...en definitiva, lo que tengo para decir es que ambas empresas, es decir MICROSUN Corporation y NEWSUN LTD. han decidido unirse, mancomunarse en el esfuerzo de esta tarea ciclópea, que representa un desafío para el género humano entero. Ambas empresas han decidido esto, dado que no tenía sentido entrar en una competencia voraz por porciones de mercado con soles distintos, cuando la situación y la sociedad nos demandan una rápida solución a este asunto del sol...

-¿Es decir que se construirá un sólo sol, administrado en conjunto por las dos empresas y no dos, como se había dicho en un primer momento?

-Exacto. Me he reunido con el señor Parr, dueño y gerente general de NEWSUN y hemos llegado a la conclusión de que podíamos aprovechar las economías de escala, optimizar los recursos humanos y naturales y acrecer el porcentual de beneficios si compartíamos el emprendimiento.

-¿Esto no puede considerarse como una situación monopólica, vedada por ley?

-En absoluto. La ley caduca ante la necesidad anterior, básica, del hombre de proveerse de un sol digno, eficiente, previsible. Un mercado de soles no le conviene a nadie.

-¿Cuánto costará el emprendimiento?

-Aún no hemos arribado a una cifra definitiva, pero el cálculo asciende a los ochocientos trillones de dólares.

-¿Quién pagará eso?

-Bueno, nos parece justo que la sociedad, la especie toda, se haga cargo del costo de tamaña obra. Desde ya nosotros no podríamos enfrentar la financiación privada total de una empresa de tanta magnitud. Creemos que lo conveniente es imponer pagos per cápita, pagaderos por un lapso prolongado de tiempo, hasta cubrir los costos y amortizar las instalaciones, lapso durante el cual nosotros gestionaremos el sol. Creemos que lo mejor es un impuesto por cabeza por año que ronde los cinco mil dólares, durante un lapso que vaya de setenta a cien generaciones. Creo que es fundamental que la imposición sea justa, solidaria y equitativa. Así que será igual para todos, acorde con los ideales republicanos y de mercado.

-¿De quién será el sol?

-La construcción la financiará, como se observa, el conjunto de la sociedad, pero el sol será de nuestra propiedad, ya que si bien una vez que este se ponga en marcha nos quedaremos con las eventuales ganancias también estaremos obligados a absorber los eventuales quebrantos. Creo que no se puede prever si habrá ganancias o quebrantos, entonces la discusión queda saldada. Para obtener una gestión más comprometida, eficiente y rentable en un bien tan primario, básico y de utilidad pública, creo que es conveniente que el sol sea nuestro.

Estaba extasiado con lo que escuchaba. No podía creerlo. Ahí estaban, planificando la nueva razón que habría no de descubrir, recibir, pertenecer a un nuevo sol, sino que habría de inventar, recrear, impostarlo, extraviando la relación entre el hombre y el universo. Reemplazando al último por el primero. El Octavo Sol, al decir de Wroblewski, sería entonces el primero fuera de todo develamiento o comprensión de los procesos del mundo. Era fácil adivinar el epílogo para ese proyecto enfermizo.

Apagué indignado el televisor, al tiempo que se propagaba por la pantalla el logo de los futuros dueños del día y de la noche. Un sol, esquematizado en un círculo y varias líneas divergentes a modo de rayos, y al lado el símbolo de "registrado". Trazos elementales, para un universo igualmente elemental.

Afuera llovía. Llovían maderos de cielo, torrentes de angustia de altura, enseñas proclives a hundir. Y la gente... la gente seguía sonsacándole el ritmo a los tiempos.

Ya no quería ver. Ya no quería observar el mundo, tal como avanzaba. Era consciente del símbolo que describía mi devenir. Encerrado en la caverna, vociferaba contra toda forma de cambio en el mundo. Una bestia residual, en un mundo ya sin conservar, sin perdurar siquiera.

Soñaba. Soñaba que soñaba. Tenía sueño. Cansancio elemental. Me tiré en mi lecho, a durar. Mientras se descascaraba algo en lo cielorraso. Algo arriba se venía a pique. Algo arriba se contagiaba de gris y venía a durar el mundo. Tenía sueño, mucho sueño. Ganas de escapar.

Me dormí, a tiempo para no escuchar estruendos.

El despertar fue ingrato. Una forma agria de sentir el aire me conmovió. Algo raro pasaba. Seguía pasando. Podría decirse que mi segundo despertar sin sol fue peor que el primero. Si es que era posible. Llovía, a cántaros, si alguien sabe lo que son los cántaros lloviendo. Sonaba raro. Sonaba miedo. Sonaba fin.

Cuando miré hacia la ventana tuve tiempo de horrorizarme. Se caía el cielo, o en realidad, llovía brutalmente. Pero lo que golpeaba el vidrio, lo que azuzaba las paredes, lo que hacía temblar superficies, rincones y estados no era agua. O no era sólo agua. Entraba por el respiradero del baño, por el resquicio de la ventana, por abajo de la puerta. Arena. Granos de arena. Millones y millones de quintales de arena se desplomaban a tierra. Desde la ventana no alcanzaba a ver ni dos pasos más allá. Si aún había una calle, si aún existía la gente del neón de brillar falsamente, si aún podía esperarse algo de toda esa superficie, no podía saberlo. El relato del mundo no era más que esa cortina de encierros, esa lámina que lloraba agua y arena. Por un instante permanecí absorto, horrorosamente maravillado contemplando el apocalipsis. Sabio Universo, con esos dos simples elementos volvía a refundar el mundo.

Sin avisos un vendaval destrozó el ventanal. Un griterío ensordecedor de arenas me arrastró por el pasillo, desde el cuarto hasta el baño. Reboté por ahí y fui a dar contra la pared del living-comedor, donde me embistió en perpendicular el televisor, contra el cual me incrusté destrozando la pantalla. Juntos, el aparato y yo, volamos por la puerta y seguimos hacia el hueco de la escalera, propulsados por chorros sedientos de arena, que no dudaban en revolcarnos y aplastarnos contra cuanto objeto se cruzaba en el camino. Una corriente bestia empujaba hacia arriba, en un remolino ascendente, enfermizo y lacerante.

No valía la pena siquiera resistirse. En medio de ese estruendo era imposible considerar el pensamiento, escuchar voz interna alguna.

¿Mundo? ¿Dónde estaba el mundo? Me preguntaba, desolado, intentando creer que era todo parte del sueño. En vano. Porque lo que quedaba de mí fue a dar contra el techo del lavadero del último piso del edificio y ahí me quedé, mientras podía sentir cómo el viento arrancaba de cuajo el edificio y lo hacía dar vueltas por los aires, si es que aún seguía habiéndolos.

La ventolera era tan fuerte que mis ojos, cerrados y todo, comenzaron a sangrar de arenas perpetrantes y piedritas esforzadas rasgando párpados, polvos acumulados en las conjuntivas. En mis oídos el ruido disminuyó, no porque la marea universal cesara, sino porque se amontonaron lodos y barros traídos por el silicio y por el agua, hasta negar la existencia de hendidura alguna. Y mi boca, ah, verán, cerrada y todo, se llenó de desierto. Y la nariz...

Fue en medio de toda ese aviso de muerte que se me ocurrió, no sé como, tal vez instintivamente, hundir la cabeza en el hueco del televisor, que me había seguido hasta ahí. Yo reemplazaba a los cátodos, y definitivamente no estaba tan mal. La sensación de colapso amainó un tanto, no mucho. Metido de cabeza en el televisor, me hice un ovillo y me escondí entre lavarropas destripados y piletones desencajados. Y así como estaba, me quedé dormido, no sé por cuanto, no sé como, si acaso era una locura aletargarse en esa condición, pero no tenía opción. Me dormí, por tercera vez, al pie de una catástrofe, decidido a morirme de una buena vez.

Y sin embargo volví a despertar, acaso como si tuviera algún arreglo con los que hacen el destino, con Wroblewski o con quién sabe que entidad boscosa que reine en el universo.

Claro que hay que preguntarse si el despertar era, a esta altura, una situación deseable.
Volví en mi mismo, al fin de un infierno asolado de vientos, no sé cuantas horas de herrumbre y oxidación interna. Desperté no viendo, no escuchando, tapado de arena hasta el tope, respirando no sé como. Allí estaba, en el inicio de una nueva era, asfixiado vivo.

En el inicio tan sólo era conciencia, y el mayor obstáculo fue reconocer si era algo más que mente, si aún tenía miembros a los cuales dar órdenes. Posteriormente hube de lidiar con la idea de si había o no había un espacio, un lugar por el cual yo pudiera desplazarme, a partir de las órdenes previamente impartidas. Se hacía necesario un plan de acción, al interior de una idea de mundo, de entorno, o lo que sea que fuera el sitio donde me encontraba.

Lo primero fue comenzar a nadar entre ese silicio que maniataba. Podía moverme, a un costo terrible, un esfuerzo sobrehumano. Desesperación. Una desesperación ardiente me acometió al comprender que estaba en la mitad de un espesor de arena, que el mundo entero podía ser arena, y que yo no estaba muerto, sino nadando estúpidamente ese desierto sin límite ni dimensiones.

Pero si me movía, si podía hacerlo era porque la columna de arena no era tan pesada como para inmovilizarme del todo. Y nadé, por así decirlo, esperanzado en la certeza de mi inducción. Aunque, a decir verdad, no podía confiar en ese tipo de razonamientos, dada la hecatombe de sentido común que había presenciado en los últimos días. Mis brazadas, y la convicción interna de que la superficie no estaba tan lejos, se fueron realimentando mutuamente hasta que, en el comienzo del fin de una eternidad esforzada, mi mano derecha atravesó sin querer, una masa fría y liviana de aire, antes de reingresar en el silicato expandido. Bastó que la minucia de una mano insensible se posara en esa materia abstracta para que todo mi cuerpo se convulsionara en un alarido subterráneo de júbilo y promesas excitadas. Apenas unos segundos después mis dos antebrazos ya estaban fuera. Desesperado, como un ruin del desierto, apoyé los codos en la indómita superficie de quien sabía que mundo, y tiré, tiré desesperadamente para poder sacar la cabeza.

Casi al borde del llanto logré llegar al aire. De algún modo, un tanto insólito, había sobrevivido. Aunque era demasiado pronto para festejar. Una costra de arena petrificada por el agua y el viento se había apelotonado en mis ojos, otra en mi nariz, otra en mi boca. Mis manos, ensangrentadas, ajadas de tanto buscar, raídas en el forcejeo con el destino, rasparon y rasparon en la zona de los ojos. Pero algo debajo de ese manto de erosión dolía, y mucho. Comprendí que el intento había derivado en unas intensas puntadas. Decidí que lo mejor era no insistir por un rato.

No veía, no escuchaba, no olía, no podía respirar. Pero mi cuerpo sentía el vaho de un sol recalcitrante transpirando desierto, alumbrando recién nacidos.

Me tendí en el suelo, a esperar, aguardar, que de algún modo el nuevo sol se apiade de mí y me quite aquello que me impedía ser en plenitud. El sol, esperaba, ablandaría la furia del arenal. Mientras tanto, me quedaba en un tiempo sin tiempo, sucedía sin sucesos.

Mas pronto las cosas comenzaron a acontecer. Primero conseguí escuchar algo, aunque sea un mínimo silbido de viento, asperando de arenas. Luego, más claramente, el rechinar de un universo que empieza. Finalmente, cuando el viento con sus susurros esenciales hubo ablandado la materia de taponar, pude escuchar cabalmente. Podía oír, sentir, pertenecer. Y empezaba a entender. Apoyé, un segundo, la cabeza en el piso, como queriendo escuchar profundidades. Antes aún de oír nada pude presentir un estruendo interno de cierres, un colapso a cierta distancia, un retumbar de mampostes y herrumbres que caen, el griterío de unos cuántos... me separé de la superficie, aterrorizado y lastimado de conciencia. Me puse a llorar, sin saber como podía ser, acaso, que llorara desde esa ceguera involuntaria que perpetraba el mundo sobre mí. El llanto, no obstante, consiguió aflojar caparazones y pronto la costra comenzó a corromperse, descascarándose antes aún de que yo pueda o me atreva a abrir los ojos. Ayudándome tímidamente con los dedos limpié la zona y finalmente conseguí, con mucho miedo, abrir los ojos. El sol penetró indiscretamente por mis fosas oculares, lastimó mis córneas aún vírgenes. Pero aún así pude moldear una imagen, superar el despropósito de una primera vez, y arribar a la plenitud de un sentido, mi segundo sentido. Pude ver. En el fondo de mi pupila mi ser latía de asombro.

Lo que vi me asustó. Estaba de cara a un desierto impune, que se tendía en claridades cegadoras ante mí. Sin más aviso había sido expulsado de la urbe que detestaba, rumbo a un mundo nuevo, desconocido, árido en sus principios. Y en lo alto, un sol, restallando de plenitud, ablandándome de costras e impedimentos, ratificando la arrogancia de su ser, declamando esencialidad, necesariedad, con sus rayos de llamarse luz.

Una verdadera Era de Silicio había empezado. Un desierto atroz me hermanaba al resto de los consumidos por la arena. La única diferencia, pensaba en aquel entonces, era que si los demás habían muerto debajo de ella, yo moriría sobre su áspera y engañosa superficialidad.

Al rato recuperé el olfato y pude respirar. De nuevo el nuevo mundo me sorprendió. Un aire gélido penetró hasta los alvéolos, rasgando de finitud la sangre acumulada tanto tiempo. Si bien al respirar comencé a expulsar tapujos hemorrágicos, eso no me preocupó tanto como la imposibilidad de articular palabra alguna, reseca como tenía la garganta y la cavidad bucal, tapizada las encías de arena. Pero pronto comenzó a arribar saliva a mi fauce y pude, de a poco, ir humectando antiguos nichos de gusto y placer. La lengua recuperó su movilidad, aunque sus primeros zarpazos fueron cansinos, husmeando labios y dientes. Tragué. Tragué repetidas veces, devorándome polvos y arenas del fin del mundo, distraído en la desolación. A mi lado, la arena jugaba al viento.

Una nueva era podía estar comenzando, pero yo sabía que mi humilde existencia era parte del testamento de la anterior, que con ella moriría, que tan sólo era un intruso, un espectador privilegiado, esperando que se corrija el desvarío de un error en el límite de los designios. Sin embargo nada pasó aquel día hasta que el sol se ocultó en el horizonte, excepto un parpadeo enfermizo de conciencia y recepción sensorial, a través del cual mi mente podía derivar azarosamente de la lucidez al desvarío. Morena. Morena, pensaba. ¿Dónde estás?

Me ensoñaba, me engañaba y entre pasiones descubría que no estaba solo en este desierto. A mi lado, no sé si como forma, como símbolo o como cuerpo, Morena me apañaba, me mojaba la frente, me soplaba en los ojos lastimados.

El delirio duró toda la noche y la mañana hasta el mediodía. Todo ese tiempo yo creía estar en el regazo de Morena, siendo acariciado por ella, protegido de las velas suspendidas en el cielo y del peligro de su fuego, amainados por ella los fríos, susurrados por ella los nuevos nombres del mundo y sus hombres. Acaso creyera tanto en su corporeidad que intenté repetidas veces incorporarme para besarla, abrazarla. Pero ella, con gesto adusto, me frenaba en los intentos, posaba su mano suave y dulce sobre mi frente y me arrullaba, con canciones añejas de viejo dolor.

Morena, Morena, yo atravesé la noche, en su nombre, por su forma, con su susurro, desde su regazo. Al despertar estaba solo. Solo nuevamente, mientras el desierto prosperaba en silencio.

Pude incorporarme y decidí que era mejor moverme, caminar, remedando el entusiasmo de una esperanza perdida.

Caminé sin prisa ni encanto, sin tiempo ni lugar. No me interesaba en lo más mínimo lo que pudiera encontrar en el camino. Solamente quería morirme sin darme cuenta, fija la vista en el horizonte, cerrados los sentidos a toda otra emoción o incentivo. Sin embargo, las cosas no salieron como pensaba.

No sé cuantas horas ni a cuántos pasos del fin del infinito divisé una humareda creciendo en el horizonte. No estaba previsto que me sobresaltara, pero lo hice. El infierno privado y personal se transformaba, una vez más, en una experiencia colectiva. No me tomó mucho tiempo caminar hasta un punto en el que se pudiera divisar de donde venía el humo. La columna surgía de a bocanadas maltrechas de una fogata ardiendo y ardiente. Cuando me acerqué, lentamente y con precaución, me encontré con que dos personas alimentaban el fuego permanentemente, echando partes de una carcaza de televisor que habían, seguramente, encontrado por ahí. Como buenos acampantes habían delimitado la fogata con una barrera de arena y pedregullo, ridículamente temerosos de que el silicio ardiera y con él ardieran ellos. Saludé, gritando desde una distancia de veinte metros, a ver si reparaban en mí. Uno de ellos lo hizo, dejando caer el pedazo de televisor que tenía en la mano, abriendo la boca y anonadándose convenientemente. El otro siguió absorto y recluido en su tarea, hasta que el primero le llamó la atención señalándome. Ambos me miraron como si yo fuera una bestia fangosa surgida del abismo. Saludé moviendo la mano, tratando de parecer afable. Ellos sonrieron y saludaron igualmente, aunque sin siquiera esforzarse en fingir un poco de entusiasmo. Me acerqué, más suelto y confiado y abrí los brazos, como si fuera a abrazarlos. Ambos hicieron lo mismo. Finalmente hablé.

-Hola.

-Un gusto.- dijo el que primero me había visto, insólitamente formal. Usaba gafas pequeñas y tenía los ojos achinados. El otro saludó más parcamente, volviendo a su menester de alimentar con trozos plásticos el fuego. Estreché la mano del primero, mientras les comentaba que gracias al fuego los había encontrado.



-Mi nombre es Watabe y el de él, Milton Parr. -Notó mi aviso de intriga, ya que el nombre me sonaba de algún lado. Me ayudó a resolverla -Sí, es el dueño de esa empresa... o era el dueño de esa empresa que... iba a construir el sol.

Los tres nos quedamos en silencio, mientras yo trataba de vincular imágenes, sonidos y conceptos. El tal Milton Parr seguía, obsesionado, alimentando el fuego del fin del mundo, como si en eso le fuera la vida. Watabe lo observó piadosamente, y no se privó de agregar un lamento condescendiente.

-Pobre, con todo esto está destruido. Era un hombre poderoso y ahora sólo le queda ese pedazo de televisor que está por quemar. Lo encontré divagando y diciendo incoherencias.

Parr se calentaba las manos en el fuego, mientras buscaba desesperado algo que sirva para mantenerlo.

-Si no encontramos rápido algo se nos va a apagar- fue lo primero que dijo, refiriéndose vagamente a nosotros dos. Watabe comenzó a indagar en la lejanía, haciendo visera, visiblemente preocupado.

-¿Es imprescindible el fuego?- pregunté, ingenuamente. Los dos me miraron como si acabara de decir una estupidez. Intenté completar mi razonamiento.

-Digo, tal vez hay otras cosas más importantes aún. ¿Alguno comió algo?- Ambos negaron. Parr insistió.

-No importa, no tengo hambre. En cambio el fuego... si no encontramos rápido algo que prenda voy a tener que quemar el papel.- Sin mayor aviso Watabe entró en un estado de desesperación inconcebible.

-No, no señor Parr, el papel no, por favor.

-¿Qué papel?- intercedí, interesado.

-El papel, no importa. Él sabe de que trata. Con eso basta. Mejor que vayan a buscar algo, sino lo quemo.

-Déjeme verlo- solicité, a medias imperativo.

-Ni lo sueñe, el papel lo leo sólo yo- me respondió agresivo Parr.

-Oiga, ¿dónde encontró el papel?- pregunté nuevamente,

-No le incumbe. Váyase. Esta parte del desierto es nuestra. No lo queremos.

-Lo encontró adentro del televisor.- interrumpió Watabe, visiblemente excitado- El televisor estaba al lado de donde él emergió. Lo inspeccionó y encontró el maldito papel adentro del aparato. Dice que lo leyó y que nadie más lo va a leer.

-Vamos déjese de idioteces, deme el papel, lo leo y se lo devuelvo- volví a decir, con un tono de creciente e intencional agresividad.

-No, es mío- se ofuscó, encaprichado. Pero yo también me había encaprichado.

-Deme el papel de una buena vez, cochino, o lo zurro.- me exasperé, aunque no podía explicar la súbita violencia de mis palabras. Sólo sabía que tenía ganas de abofetear a Parr y a sus necedades también.

-¿Qué que?- se indignó. Se acercó amenazante a mí y me empujó. Trastabillé y di de espalda contra el suelo. Pero me incorporé, tomé un pedazo de televisor y comencé a perseguirlo para golpearlo, si bien él también empezó a correr. Sin embargo al ser yo mucho más joven pude alcanzarlo, abalanzarme sobre él, hacerlo caer, ponerme encima de él y golpearlo dos o tres veces, hasta que largó el estúpido papelucho. Sentado sobre él, con sus manos atrapadas bajo mis rodillas, me puse a leer. Ojalá no lo hubiera hecho. Era una carta. Bastante larga. Desde la nada. Para mí.




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad