El colapso del séptimo sol I- amanecer y el bucólico sol ahíto de penumbras


III- Reflexiones en torno a una teoría de la cosmogonía



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III- Reflexiones en torno a una teoría de la cosmogonía
En primer lugar, debiera comenzar explicando cuál es el significado concreto del término "cosmogonía" al interior de esta teoría. Cosmogonía, digo, es la idea o concepción de mundo, el sistema de ideas y concepciones que los hombres en conjunto, es decir las sociedades, aceptan por válido, como referente explicativo, abarcativo y exhaustivo, de la forma del universo, del mundo y del hombre. El punto de inicio es el hombre, que piensa en relación al entorno en el que se mueve. El hombre primitivo, en su caverna, su gruta de noche, intentando explicar porqué es que oscurece, porqué algunos mueren, porqué existen otros animales. La razón se aplica a una tarea cosmogónica: darle una forma, una explicación al mundo. La sucesión sería, entonces, vivir y, a partir de la vivencia, o experiencia, pensar, y al pensar intentar explicar; explicar cuál es la forma de mundo, cuál es la sucesión de causalidades y referencias que articulan y explican el universo. Ahora bien, esa explicación no es una explicación final, acabada, inmanente a los tiempos o a la evolución de la comprensión del universo y del mundo por parte de los hombres. Es una propuesta de explicación, una proposición provocada por el deseo, la necesidad del hombre de explicar su mundo, explicarse a sí mismo. Instalada como creencia se cree dogma, pero en realidad es una sucesión de enunciados adaptativos, cuya función es meramente instrumental: deben servir para permitir al hombre no sólo un pensamiento o una proposición, sino también una acción, acorde a las peculiaridades morales, sociales, económicas, políticas, etcétera. Con esto quiero llamar la atención sobre el hecho de que no es la cosmogonía el punto de arranque, a partir del cual se desprenden los distintos vectores de la acción humana. Pienso más en influencias recíprocas, interpenetraciones dialécticas. Ahora bien, este sistema de ideas que explican el mundo y proponen un marco de acción del hombre en el universo, en el mundo, un marco de comprensión de los hombres mismos y en las relaciones que se desarrollan entre ellos, es decir, la dimensión social, este sistema de ideas o creencias, o postulaciones, que he dado en llamar Cosmogonía, es un sistema situado históricamente, producto de la temporalidad, del devenir de los hombres, de la comprensión que éstos tienen de si mismos y de su entorno. En ese sentido no hay cosmogonías inmanentes, eternas o dadas. La Cosmogonía se sitúa así por fuera del terreno de lo natural, para incluirse dentro del dominio de lo humano, lo cultural. Con esto quiero decir que no hay una cosmogonía verdadera siendo que las demás resultan falsas. Pero también estoy diciendo que en modo alguno el enunciado anterior significa que debemos abandonarnos a un relativismo absoluto. En realidad las Cosmogonías no son enunciados o Relatos desprovistos de toda responsabilidad o anclaje. La función de estos Relatos es la de ser funcionalmente útiles, es decir, que puedan proveer una explicación o propuesta de mundo, respetando a la vez, o por el contrario modificando en un sentido que la sociedad, es decir la dimensión reflexivo vincular de los hombres entre sí, avale o valide, parámetros o puntos que funcionan como orientadores o "anclas". Esto es, sobre un cuerpo de datos medianamente compartido, tratar de arribar a la cosmogonía o relato que mejor explique, se adapte, a lo que creemos conocer. En este sentido los datos, los hechos, son interpretados por el Relato, pero a la vez influyen en la elaboración de ese pensamiento, en tanto que si la cosmogonía los excluyera, no estaría contemplándolos al interior del mapa explicativo y, por lo tanto, estaría reduciendo el valor hermenéutico de la explicación misma.

La Cosmogonía, entonces, como sistema explicativo-propositivo, es una construcción con la cual el hombre, como especie, pretende dotarse de herramientas o conceptos válidos en el conocimiento del Universo y la acción o proposición sobre el mismo. Universo que yo divido en Mundo y Sociedad, en atención a la relación del hombre con lo demás, lo-otro y del hombre con lo-mismo. Esa construcción a lo largo de la historia ha sufrido numerosas mutaciones, cambios, graduales o por ruptura, y mi intención primera es recuperar esta valiosa teoría para explicar los sucesos que están aconteciendo. Desde este punto de vista a lo que se asiste es a la descomposición de una Cosmogonía, incapaz de explicar el funcionamiento del Universo y proponer un marco de acción en relación con él. Es lo que yo llamo el Fin de la Cosmogonía Modernista, o el Colapso del Séptimo Sol.

Déjenme explicarles, a través de un ejemplo que considero paradigmático. En la Cosmovisión maya el Universo era una sucesión de descomposiciones y recomposiciones de la funcionalidad del mundo a partir de íconos, símbolos aglutinantes que cumplían el rol de identificar, con su sino o sus rasgos predominantes, una época o era de la humanidad. Los hombres, así descritos, quedaban divididos al interior de varias etapas. En realidad se hablaba de varios tipos distintos de seres humanos, sucediéndose los unos a los otros, al interior de labores apropiativas y destructivas del mundo en sí. Los hombres eran creados por los dioses, con determinadas características, a partir de determinada materia, materia que le confería a esos seres sus atributos y pertenencias. Pero los hombres eran incapaces de desenvolverse competentemente con relación al resto del universo y eran, por lo tanto, sucesivamente destruidos por los Dioses.

La cosmovisión maya fue seguida y respetada por todos los pueblos centroamericanos, entre los cuales no eran sino los más avanzados en el conocimiento e interrelación cosmogónica del hombre con relación a sí mismo y a su Universo. Los aztecas, tardíos sucesores de los mayas, plasmaron en la meseta altiplánica central del México post-clásico o terminal, una representación acabada de esa cosmovisión en el Teocalli o Templo Mayor, en una rueda calendárica ofrendada a Tonatiuh, la deidad solar. En el primer círculo interno de esa rueda calendárica se narraba la trágica historia de la creación y destrucción de las cuatro primeras humanidades, resumidas bajo la forma de la aparición, crepúsculo y ocaso de cuatro soles distintos. La primera humanidad, conformada por una raza de gigantes, fue destruida por un dios Sol Jaguar, Ocelotonatiuh, y devorada por una plétora de jaguares. El ocaso del segundo sol aconteció cuando el dios del viento, Ehécatl, destruyó el mundo derrumbando al astro y convirtiendo a los hombres en monos. La Tercera Era acabó por culpa del dios de la lluvia y el fuego celeste, Tláloc, quién desató el fin con un manto de lava y fuego, convirtiendo a los hombres en pájaros. El cuarto Sol fue derrumbado por la diosa del agua, Chalchiuhtlicue, y los hombres fueron transformados en peces.

En la cosmovisión centroamericana el Quinto sol, que comprendía a la humanidad tal cual ellos la consideraban, es decir "los hombres de maíz", habría de ser destruido por un terremoto. Como todos saben fue Cortés y no un cataclismo sísmico el que acabó violentamente con la humanidad del Quinto Sol. Los pueblos americanos fueron devastados por los europeos, en el nombre de una nueva cosmogonía que se estaba creando o configurando en aquel entonces. La idea de mundo de los centroamericanos se resquebrajó a l mismo tiempo que la cosmogonía medieval se derrumbaba al ritmo de los golpes del naciente proyecto copernicano. El descubrimiento de América y la renovación copernicana fueron las inscripciones de la lápida del medioevo, y con ella feneció toda una forma de interpretar la relación conflictiva y vital existente entre los hombres, los hombres en sociedad y los hombres en el mundo.

El sexto sol, el sol copernicano, situó por primera vez al hombre en el centro del organigrama concéntrico universal, articulando así un cuadro relacional enteramente nuevo en los vínculos de los hombres con su entorno. Los hombres del Sexto Sol derrumbaron las fronteras de lo desconocido, con un proyecto que a la par que se aventuraba en los márgenes hostiles del mundo tal cual era, renombraba la sustancia del universo volviendo propia la identidad hasta entonces ajena del nombre del mundo. Este era, en realidad, un sol transicional, alumbrando hombres de adobe. Mixturas de pasado y futuro se combinaban en las almas de estos seres, que fueron devorados por un vendaval de lodo que consumió los retazos de lo que se creía conocido, fragmentó y dislocó todo relato que hasta entonces se hubiera concebido, para recomenzar nuevamente, bajo la volición ardiente de un nuevo Sol.

El séptimo sol, el Sol de la Razón, surge en las ciénagas de la voluntad del Hombre por Ser, a partir de sí mismo, identificado en una cosmogonía enteramente nueva, que no se referencia en las anteriores, sino que rompe abiertamente con todas ellas, a la vez que refunda tradiciones y sitúa su legitimidad en un lejano, remoto origen clásico, pre-helenístico. El Sol Racional hizo arder y desvanecerse rápidamente el compendio de rezagos que las anteriores humanidades habían dejado, en su voluntad totalizadora. Cegó otros Relatos, otros verbos, prohibió otras ideas, desmembró toda posibilidad de interferencia entre la idea impuesta de mundo y el mundo mismo. A la vez que pretendió para la proposición cognoscitiva temporal un status de ahistoricidad y perennidad que escapara a la simple volición de los sujetos. La Ciencia, así entendida, se convirtió en la forma que asumía la develación por los hombres de los rasgos verdaderos del Universo. Todo Relato se volvía vano si no coincidía o se inscribía en la Tradición que configuraba a El Relato. Como cosmogonía acabada la Modernidad cumplió sobradamente su función explicativa y propositiva, pero en el lapso que demandó la ejecución y puesta en marcha del plan de la Razón, se verificaron ciertas quiebras históricas, cesuras cuyas consecuencias estamos sintiendo aún en el presente.

Lo que nació en la Bastilla, lo que fue parido por los enciclopedistas, Voltaire, Descartes, lo que concibió Kant, Hegel, lo que adquirió el hombre, a partir de la autoconciencia de sí mismo y de su decurso, es decir, la aparición de la idea de La Historia, referida a los sucesos humanos, de manera contemporánea a la vasta tarea cosmogónica que se desarrollaba en otros campos, lo que aprehendió, decía, fue una forma explicativa y propositiva sumamente eficaz, eficiente y destructiva, que se propagó a todos los órdenes de la vida de los seres humanos de un modo antes desconocido.

Como cosmogonía estuvo mas cerca de volverse universal que cualquier otra. Pero a la vez, el séptimo sol fue el más reducido y devaluado de todos, condenado por los descubrimientos científicos a ser una mera candela flotando en el medio del océano, un lucero de circunstancia, una llamita al borde de la Sombra Abismal. La humanidad, según esta explicación, se volvía tanto más poderosa cuanto más infinitesimal era en el contexto universal. Poderosa y despótica con relación a lo-otro y a lo-mismo. Infinitesimal con relación a su capacidad de interpretar lo vasto, lo profundo, lo esencial. El séptimo sol es el que ilumina superficies, y sólo superficies, cada vez más vastas. Un haz sin dimensiones, que se propaga, a través de la nada.

De todas las cosmogonías se desprenden implicantes sociales, económicos, políticos, que a la vez implican y penetran la forma cosmogónica misma, según ya vimos. Con relación a la Modernidad, el nombre del Séptimo Sol, se puede decir que el patrón de mercado y la relación impersonal y cosificada entre actores ínfimos subordinados a lógicas corporativas y excluyentes, es el resultado final de la acción de la Razón al interior de la Cosmogonía entonces vigente. En el ámbito social, la creciente individuación de la concepción social del sujeto, la destrucción de referencialidades amplias, la incapacidad de trascender subjetividades, la pereza para perforar ciertos horizontes establecidos son marcas visibles de la Cosmogonía. Puede decirse que se instaura una forma o sentido de lo propio, de lo dado, de lo común, que tiende a la simplificación de la metáfora del ser, la unidimensionalidad del sujeto de la acción, con miras a volverlo más eficaz y eficiente al interior de una funcionalidad cada vez mas reducida, funcionalidad individual e individualista que se encuentra inmersa en un engranaje cada vez más complejo y, aparentemente, cada vez más inabordable e inexplicable. Esa creciente complejización en la cúspide y simplificación en la base se repite en la dimensión política, donde se conciben estructuras cada vez mas desapegadas de una función social efectiva, cuya única intención es reproducirse y reproducir la funcionalidad misma que le permite cooptar ciertos recursos y lugares sociales. Y, a la vez, se observa una creciente fragmentación y dislocación, como incapacidad extendida de interpelar, pensar y proponer cursos de acción al interior de la cosmogonía. Esa fragmentación se acompaña de una jerarquización estructural que reserva a unos pocos el derecho decisorio, y reserva a las mayorías el mero lugar u obligación validadora, como pueblo, pero no en tanto que sujetos pensantes, sino como masa amorfa, inerte y anómica, es decir, una pluralidad sin identidad, coyuntural, incoherente e inducida.

La forma política, como la económica, como la social, a la larga se desvanece, pierde legitimidad, poder explicativo, porque las ideas que las pueden volver válidas desde adentro de la misma forma se adaptan cada vez menos a la realidad circundante, tal cual es percibida por los hombres. En una cosmogonía vacilante y decrépita es en vano proponer marcos de acción que pretendan instalar rupturas, y a la vez referenciarse en un todo, de forma y contenido, con los modos sancionados por la vieja manera de pensar. La Modernidad tiene una Política, pero no es desde una Política modernista como se logrará luchar contra la decadencia del Séptimo Sol, como será posible subsistir y sobrellevar el derrumbe de la posibilidad explicativa y propositiva de mundo.

El Universo sigue siendo el mismo, no ha variado. Lo que debe variar es nuestra actitud para con respecto a las sentencias que nosotros creemos, o creíamos, nos sirven o servían para entender el mundo. Ante la inadecuación es preciso romper con esos enunciados, recuperar la capacidad pensante, como volición crítica ante la cual no valen las Tradiciones, los Nombres y los Prestigios, para así intentar explicar y proponer. Y a la par de la propuesta, actuar al interior de un marco cosmogónico, un sistema de referencias que intente dar nueva forma a la interpretación del universo.

Un nuevo Relato es necesario, para eso es necesario detenerse, observar, pensar. La acción encuadrada al interior del viejo marco cosmogónico no sirve para nada, no es más que una mera testimonialidad salvacionista, que únicamente protege la moral, la conciencia, de los sujetos obtusos que creen ganar así el cielo, cuando en realidad están perdiendo la tierra.

Dicen que el Sol se ha extinguido, que ya no existe más. Sorpresa, horror, consternación. Para todos aquellos que son incapaces de desprenderse de viejas sentencias, el legado copernicano del Sexto Sol, y son incompetentes para recuperar su capacidad vivencial, pensante, explicativa y propositiva. El Sol se ha marchado, como se ha ido la Modernidad. Y a la par que viejas sentencias que creíamos válidas se han ido deteriorando en las últimas décadas, sentencias que hablaban del hombre, de los hombres, los hombres entre sí, ¿no es lógico que también prescriban, se vuelvan inaceptables, no exhaustivas, no abarcativas, no explicativas, ciertas sentencias que parecían dadas, naturales, propias, y se conviertan en productos humanos, artificiales, ajenos de la sustancia misma universal y por ende de nosotros mismos, referidas a lo-otro, la relación de los hombres con lo demás? Las nociones caducas del Progreso, de la Racionalidad Cientificista, de la Verdad, ¿no nos hablan, a través de su descomposición, de la putrefacción de una forma de entendimiento del Universo, a todo nivel, no importa con que rótulos de objetividad o "naturalidad" se la pretenda recubrir o dotar?

Una idea de mundo acaba, una cosmogonía explicativa y propositiva, que sirve para regular y resolver los conflictos humanos, se vuelve caduca e inerte.

La teoría de la cosmogonía sirve, entonces, para darse cuenta del necesario cambio que debemos asumir, la vasta tarea que debemos emprender, para volver asible la forma esquiva del Universo.

La vieja máxima del progreso tendencial acumulado ya no sirve más.

El axioma de la lucha de clases como motor de la historia no resiste el paso de un sol a otro.

La comprensión de los hombres como sujetos racionales al interior de entidades eficientes, eficaces, innominadas, resumidas en el vasto complejo del "mercado", no explica ni lleva consigo los rastros cosmogónicos adecuados para conducir a un universo deseable o habitable, ni guarda relación con lo que se sabe o conoce de los hombres mismos, los hombres entre sí y los hombres en su vínculo con lo-otro.

La noción del tiempo como una entidad lineal o unidimensional hace rato que yace en franca descomposición.

Al positivismo le han llegado los colores, le ha abordado la locura, lo ha acobardado el existencialismo romántico posmodernista.

¿No es hora de arremeter contra el viejo Copérnico, decir que es falsa su prescripción o sentencia, con relación a la traslación de la Tierra alrededor del Sol? Señores, la Tierra ya no gira alrededor del Sol, como los hombres ya no siguen la curva ascendente del Progreso, como la Historia no se desenvuelve únicamente a partir de las luchas de clases, tanto como que el tiempo no es una sucesión indefinida e inmodificable, lineal unidimensional. Al buen Copérnico le ha llegado el cuestionamiento final. No se trata ya de que el Sol no es el centro del Universo, aporte del sexto sol a la omnicomprensión del mundo por parte de los hombres.

Corresponde decir que debemos reinterpretar la relación de los hombres, del mundo, con la entidad Sol, desentendiéndonos de todo lo que las viejas sentencias prescriben como propio, normal, común o dado.

Debemos, finalmente, comprender que el Sol es tanto una creación, una construcción, como un elemento dado de la materia universal que nos afecta. En la medida que podamos volver a reinterpretar el Sol, que podamos darle un lugar al interior de un marco explicativo y propositivo, una cosmogonía, volverá a aparecer en nuestras vidas como solía hacerlo, o tal vez de formas nuevas. Evidentemente lo que se hace necesario poner en foco, comprender, es aquello sobre lo que la ausencia del Sol debe hacernos reflexionar, es decir, el hecho de que muchas cosas que asumimos como dadas o naturales, inmanentes al interior de nuestras vidas, no lo son en absoluto, sino que se encuentran incluidas dentro de cosmogonías más amplias, visiones o ideas de mundo abarcativas y exhaustivas, la crisis de las cuales puede conducirnos a visiones míticas o apocalípticas, pero que en realidad no marcan sino la fragmentación, la dislocación de un universo que funciona de a partes, incoherentemente, contradictoriamente.

No hay forma absolutamente coherente, acabada y funcionalmente perfecta. Pero hay marcos mínimos de inteligibilidad, como si se tratara de una línea de flotación sistémica, traspasada la cual el universo, o la forma interpretativa del mismo, se viene a pique y se hunde en instantes, ante las más variadas formas de pánico o pavor ancestral.

El miedo no es una estrategia. Las cavernas tampoco. Volver a la oscuridad primigenia anterior al fuego no es parte de un plan conducente. Aceptar nuestra dejadez pasada y presente es el punto de partida para una reformulación amplia de nuestras vidas. El Séptimo Sol ha colapsado. Debemos luchar por la posibilidad de un Octavo Lucero, más puro, más cristalino, que sea parte de una explicación más certera, más ajustada, más solidaria y más fraterna del mundo tal cual creemos que es, tal cual queremos que sea. El anhelo y la razón, el ansia y la interpretación. El Universo sigue siendo el mismo salvaje de siempre. Somos nosotros los fragmentados, los que hemos perdido el instrumental para navegarlo, abarcarlo, entenderlo.

Los hombres del Séptimo Sol están acabados. Ustedes están acabados. Al interior de una pauta política de viejo cuño, no hacen sino repetir en vano el error de la Modernidad. Su Propuesta es vieja, maloliente e inocua. Tomen el poder del barco que se hunde, sean los capitanes de abordo para dirigir el pánico en la tragedia. Su Plan es inexistente, intrascendente, no se sitúa ante el mundo tal cual se desenvuelve ante sus ojos, sino ante la mítica visión que creen, esperan, anhelan se convierta, como por arte de magia o golpe maestro de azar, en realidad. Permanecen a la espera de una bocanada de aire conceptual, fecunda y vivificante, que los salve de la intrascendencia.

Ustedes deben desaparecer, como el Sol mendicante que teníamos y que de tanto sentirse menospreciado y subvalorado por una humanidad pedante y reconcentrada en su propio ego, optó por fragmentarse y multiplicarse en ausencias.

Sol girando porque sí. Mundo transcurriendo porque sí. Conspiradores conspirando porque sí. Elementos banales como conceptos temporales e históricos, inscriptos al interior de un Relato que ya no funciona. No clamen por el viejo sol. Busquen hasta descubrir uno nuevo, iluminando una vida que tenga sentido. No exijan un mundo garantizado por formas inanes y atadas a sí mismas, referenciales y autovalidadas. El mundo se construye a fuerza de negar naturales, invalidar el sentido de lo común, lo dado, lo propio. Hallarle un sentido al mundo, como al Sol, es el desafío que debemos asumir, la aventura que tenemos que emprender, el sendero que hay que recorrer. Todos sus dogmas, sus supuestas sentencias, sus espantosas recurrencias respetuosas de Tradiciones que refieren a mundos muertos, mundos idos, no hacen más que provocarme espasmos de repulsión.

No conspiren por cor conspirar. Conspiren volviendo a su susurro sedicioso e insurgente, parte de un plan, parte de un Relato concluyente, parte de una idea de mundo que surja de lo vivido, de lo pensado, y que sirva para explicar y proponer una acción que dignifique la vida y el mundo, la existencia. Construyan una cosmogonía para darle sentido a la acción y, a través de esa acción significada y significante, darle sentido al mundo, al Universo, al todo del cual ustedes son parte. Busquen sentencias que sirvan para explicar y proponer un mundo con sentido.

De lo contrario, tan sólo serán la tropa imberbe, colapsada, que anida en el borde del olvido. Ignorada, intrascendente. Y con justicia.
IV- El ocaso de los hombres tristes
La calle es un árido relato de incomprensión. La oscuridad propagada en entonces se resuelve a través de una miríada de sensaciones de incompletitud. Ha tomado el camino del duro exilio urbano, después de ver fracasar la tentación cosmogónica de Wroblewski, como el tipo se había petrificado en el micrófono, hablando y hablando sin cesar, discurriendo de todo y de nada, comunicándole a una muchedumbre sedienta que no había más agua en el Universo que pudiera saciar su sed de conflicto, diciéndole a una pretensión de sabiduría que todo escarceo militante era una necedad. Imberbes, ¡imberbes!, había gritado el profeta desencajado, antes de ser desalojado a patadas por una turba indignada que le arrebató el micrófono y a empellones lo trasladó hacia un lugar sin ubicación precisa en la memoria. Él le gritó una y otra vez, a lo largo de su discurso, que frenara, que se callara, que lo iban a matar. ¡Wroblewski, te van a romper la cara! Pero fue en vano. El griterío ensordecedor de la repulsa todo lo borró, lo erosionó bajo su manto extendido de amenazas e improperios.

Dio por perdida toda posibilidad de rescatar a Wroblewski de su personaje, intentó aglutinarse alrededor de una mínima idea de subsistencia y aprovechó el revuelo desconcertante para salir a la superficie, a vivir el mundo a oscuras, sometido a la furia de un eterno presente, indómito, desconocido, húmedo de noche, des-solado.


Camina dos cuadras, a medida que el griterío de los conspiradores decrece en el ambiente, y se va dando cuenta que en realidad la soledad no es tal. La gente, tímidamente, vuelve a las calles. Se nota. Algunos autos rebotando asfaltos a lo lejos. Sombras escondiéndose en penumbras. Rostros alumbrados por luces mortecinas decimonónicas al interior de grutas modernas, delirando de ventanas, ansiando salir. De a poco los hombres vencen el temor ancestral a lo oscuro. Aunque siempre es posible que sea en vano.

Se detiene a mirar escaparates rotos, sendas de mercancías robadas. Observa huellas de gentes que han pasado. Teme por el frío en su mente desabrigada, levanta ejemplares caídos de periódicos añejos ya. Noticias caladas en la rémora del ayer. Avisos, anuncios, de postales dentífricas y gestos de intercomunicación global. Piensa. Todos los continentes están a oscuras. Los pobres y los ricos, igualados de penumbras. La fraternidad de la miseria, presente en el tiempo de la desgracia. Aunque esa miseria represente cosas distintas, según las situaciones particulares.

Estas marcas, más o menos afortunadas, otras tierras, destrozadas por la historia, regiones de abundancia y desperdicio. Todas. Plenas de gentes en rotación y traslación permanente de sus vidas alrededor de la nada, subjetivos de la luz que creen percibir en el universo. Y de repente, la oscuridad absoluta, incuestionable, objetiva. ¿Pone eso en blanco sobre negro el vacío existencial? Cuestiona. ¿De qué sirven las licuadoras, las videocaseteras, los módem-fax y las PC? Si ahora lo primal, lo básico, lo que antes nos unía a través de sensaciones infinitesimales, dadas y naturales, se vuelve ausente, un producto de lo humano, lo ajeno, lo artificial.

Reflexiona, en voz alta, y maldiciendo. Pero ha vuelto la luz a las calles. La primera de todas ellas, la de los semáforos. La normativa del mundo se expide en rojos, amarillos y verdes. La cosmogonía del Octavo Sol se echa a andar. Sombras se rodean de sombras, y unas se llaman a las otras Proverbios de Luz. Una voz habla, una voz pide.

-¿Podría cruzarme? -Un ciego a la vera de la avenida, en el borde del risco peatonal, horada con su báculo de no ver una región desierta. El pedido lo toma por sorpresa. Venía meditando sobre la viabilidad y el sentido de un mundo a oscuras. Y de repente, este hombre de surcar oscuridades.

-¿Podría cruzarme? Por favor...

-Como no.- Se ofrece, dichoso de sentirse gentil. Deja que el otro le tome del antebrazo. Avanzan, cruzando lentamente. No puede reprimir el instinto de mirar a los costados.

-De todos modos no viene nadie... -dice él, tanteando los conocimientos del otro. El ciego se calla, meditando. Llegan a la otra vereda.

-Ya lo sé. -Se queda pensando- Ya lo sé. -Respira, inhala, exhala. Habla.-Me llamo Benjamín. De todos modos no quería dejar de pedírselo. Estuve esperando como dos horas a que alguien aparezca y me ayude.- El no puede reprimir la intriga.

-¿Dos horas? ¿Para cruzar una calle desierta?

Benjamín razona. Se acaricia la barbilla. Se acomoda las lentes oscuras.

-Claro. Me sentía solo. En realidad... quería hablar con alguien. Esta ciudad, tan desierta, tan silenciosa, o fingiendo calma, me pone nervioso, me da miedo, me pone mal.

Hace rato que han llegado a la otra vereda. Se detienen, se sueltan. El se pone de frente al ciego. Quiere irse. Volver a la soledad.

-¿Se va?... -medita, como gimiendo, el ciego, y gime meditando.- Quisiera pedirle otro favor. Si no fuera molestia... si usted fuera tan amable.- Silencio.- Podría acompañarme... ¿podría acompañarme? -Silencio. Casi que niega en silencio, moviendo de un lado a otro la cabeza. Pero se mantiene callado- Tengo miedo, a toda esta oscuridad. Creo que la ausencia del sol me está afectando. No sé, la nostalgia de la falta de luz, saber que no habrá amaneceres, crepúsculos hermosos que admirar... me está poniendo muy mal este tema.- Al otro se le ocurre una pregunta brutal, desatinada, monstruosa y desatenta. No la hace. Pero el otro se da cuenta. Sigue hablando.- Sí, ya sé, ¿qué diferencia puede haber para mí, un ciego, que falte el sol? ¿No?... si hace rato que lo he perdido ¿No? ¿Es eso? Amigo mío, la luz no sólo se ve. Se siente. En el universo y en los hombres que lo habitan. Sentir el calor de un astro complaciente bañándome con su bendición ardiente, la caricia a cada paso de un refulgir pasado, vuelto presente, mi presente al caminar y seguir buscando, aunque sea un mínimo rastro de ese candor natural en los hallazgos y vestigios de lo que encuentro. La gente ha sido muy oscura, se ha vuelto pétrea en el alma de tanto alquitrán acumulado. No hace falta ni sol ni luna, ni tener ojos de lince para darse cuenta de ello. Los hombres brillan con luces prestadas. Son como la luna. Sin el sol se apagarán, yo lo sé. Yo también me apagaré. Usted también. Ante eso poco importa ser un ciego. Ciego, sordo, necio, vano. Este mundo se acaba, ¿qué importa tener todos los sentidos, o que falte alguno de ellos? Tan sólo hay una diferencia, la de poder percibir más acabadamente el colapso. En su registro usted tal vez puede sentirse más seguro de lo que pasa, porque el mundo encuentra una plenitud de canales expresivos para comunicarle su desolación. Pero a mí, con los sentidos que me quedan, que no son pocos, me sobra y me basta para darme cuenta, percibir el signo de la derrota universal. La ceguera es un exilio, no el olvido. Pienso entre nostalgias todo el tiempo en relación a la luz. Hoy descubro que esa patria dorada de añorar ha desaparecido. Mi tristeza no tiene objeto. Yo ya no tengo objeto.

De un mensaje cosmogónico y delirante a otro mensaje, sólo que esta vez melancólico, decadente, paralizante. Siente como las piernas se le aflojan, como los brazos y el pecho se le entumecen de turbación. Pero al mismo tiempo algo late en la garganta, algo bulle en el fondo de la boca. Algo quiere hacerse decir. El ciego sigue hablando.

-Pero discúlpeme, yo no quiero amargarlo más de lo que ya debe estar... tal vez... bueno, haga como quiera. No le he preguntado su nombre... quisiera saber a quien tengo que agradecerle tanta generosidad.- Se queda pensando, él, infértil y huraño, sin sosiego retumbando de palabras en el interior. Llueve, llueve almas adentro.

-Mi nombre no importa. No importa. -se va callando, desfalleciendo en sus ganas de decir algo, no sabe que. La garganta se le contrae y se le dilata por espasmos. Tiembla la boca.- No importa.

-¿Qué le pasa?- pregunta Benjamín, vidente de lo inaudible.

-¿Qué le pasa?- repite. El se queda tieso, mudo de mundo. Hasta que rompe en llanto. No sabe. No sabe por qué llora, maldito.

-No sé. No sé que me pasa. Creo que... también a mí lo del sol... me tiene mal. Estoy triste. Muy triste. Cada vez me es más inentendible lo que pasa, el mundo, la gente, yo. Si pudiera saber... aunque sea, de que trata todo esto, tratar de construir alguna imagen, por más que sea la imagen del naufragio... necesito ser conciente de la desgracia, no me sirve sólo sentirla, mientras me apuñala una y otra vez, por la espalda, sin yo verla.- se aflojó, mientras liberaba acíbar acumulado a través de horas, jornadas, meses, años de indolencia.

-No se preocupe, hijo, no se preocupe por ponerle nombre a las desgracias... todas son amargas.

-¿Dónde están todos? ¿Dónde está la multitud, los desconocidos, el gentío que supe detestar? Se fue con la luz, se desvaneció con la última palabra que dijo el sol. ¿Dónde están los amigos, los cercanos, para gastar juntos la última noche, el reencuentro oscuro, amargo, eterno? Siento este momento como si fuera la hora de la piedra, fría, y grieta de la noche árida y sin retorno. Soy hombre, y sin rutina, lo cotidiano que supo asfixiarme, soy tan libre como desamparado. No estoy preparado para hacerme cargo yo de la luz de mi vida, pues siempre la pedí prestada. No estoy preparado para reflexionar sobre el todo, ofrecer respuestas a un mundo incompleto e incoherente. No estoy preparado para ir más allá de mí mismo. No puedo imaginarme el mundo que viene, rellenarlo con certidumbre. Y por eso me amargo, me pongo triste. Y no quiero ver que me voy a consumir en un rincón maltrecho de un mundo que no entiendo, renegando de lo presente y viviendo de luces gastadas del pasado. Me voy a morir entre multitudes agonizantes e inconscientes...

-Ya veo. Le pone mal no poder hacerse cargo de la libertad desamparada con la que se ha topado.- arremetió Benjamín, notando el progresivo amurmullamiento de la voz del otro.- Hágame caso, no se preocupe tanto por eso, ahora. Para empezar, póngase un nombre. Si ha vivido todo este mundo desfalleciente de manera innominada, anónima, aproveche la oscuridad para reformularse a usted mismo, celebrar un contrato existencial al menos. Piense que nadie lo hace. Y por eso no saben lo que hacen, y como no saben lo que hacen, van, vienen, rebotan y se despedazan, convertidos en elementos de intercambio de la materia esencial del universo. Aproveche la oscuridad para buscarse y encontrarse antes de consumirse. Y si se va a morir, por lo menos tenga qué decirles a los que encuentren su lápida. Su nombre, sus fechas, sus últimas palabras.

-Yo no puedo nombrarme. Y además no me importa. El mundo se cae a pedazos y yo no me voy a poner en consideraciones psicologicistas. Además los nombres no son de uso interno, tienen un sentido cuando los demás lo usan... pero ya no estoy seguro que vaya a haber demases.

Se quedan en silencio, a medida que crecen los ruidos de ciudad, sube la intensidad de una luminaria levantada a fuerza de artificialidad. Algunos neones vuelven, algunas casas se pueblan de electrones excitados. Algunos hombres, algunos autos y algo de urbe, retornan de su páramo de soledad e inventan el estruendo. Benjamín se separa de él, y sigue caminando, dándole la espalda. Pero no deja de hablar.

-Con la psicología haga lo que quiera. Pero usted se va a acabar, como todos, y ni siquiera va a saber quién es. Aunque sea busque a alguien que pueda decirle algo importante, alguien que pueda reconocerlo, a pesar de la oscuridad propagada que abunda en esta tierra. Busque alguien que lo entierre, hijo, no vaya a ser cosa que la muerte venga con impudicia, y a su rostro se lo lleve el viento. Preocúpese por usted, hijo, los demás se van a volver tan ciegos como yo.

Se va. Se va y él lo ve irse. La ciudad y los alumbrados públicos, los alambrados públicos. Autos que doblan en la esquina y arremeten de avenida. La gente que vuelve a aparecer, tiendas que se iluminan, departamentos que reabren sus ventanas, músicas que comienzan a sonar en el éter, pasos, pasos y personas, voces, algunas risas, comentarios, fracciones de sociedad, reaccionando por espasmos. Se queda, estacado en el medio de la franja oscura del universo, a medida que se desintegra y recobra una luminosidad insultante. Cada vez más repleto el ambiente de estímulos y sobreindicios de vida inteligente. Y, sin embargo, bajo sus pies el desierto se vuelve cada vez más amplio, más árido e inabarcable, insondable, ateriendo de circunstancias su piel austera, su rostro irreconocible, su mente perturbada, su memoria deshilachada.

Reinicia el camino, en presente perpetuo, cada vez más lejano de sí mismo. Cada vez más recoleto, cada vez más lejos. Oye voces. Y no entiende. Mira rostros, y no entiende. Como dijo Benjamín, mejor ponerse un nombre, celebrar un contrato con uno mismo, darse un sentido, y apostar a la continuidad del mundo o acabar consciente en él.

Buscar para hallar. Volver al origen, donde están los hombres oscuros que vienen a llamarse como los que él conocía, los otros, los del tiempo iluminado que hace rato que han muerto, supone. Mamá, Papá, Wroblewski, Morena. Morena, enumera. Morena, recuerda.

La luz es un estruendo social, una afrenta beoda y civilizatoria al buen gusto primitivo de lo gutural. Los hombres pierden el miedo a lo oscuro. El respeto. La lucidez. Luchemos contra lo oscuro, parece ser la consigna. Hagamos retroceder al improperio de un retorno a la gruta. Pongamos haces y faros por doquier, multipliquemos dicroicas, iluminemos desde el mármol hasta el fango, provoquemos a lo inerte, desollemos toda noción de ocaso. La humanidad vive, bulle de vida y reacción. Somos los mismos. ¡Somos los mismos! ¡Hay vida después del sol! Es el hallazgo. ¡Hay vida después del ocaso! Wroblewski estaba equivocado, se le ocurre, por un instante. Y se equivoca.

Han regresado los medios públicos de transporte. Han retornado los comerciantes, los industriosos, los proletarios. Regresan los aviones, los helicópteros y, claro, la potestad automovilística de limitar espacios. Ha regresado la urbe desenfrenada. Urben, urben, piensa él, mientras el mundo se acaba... .

-Yo busco- piensa.- Yo busco. Tal vez en el rostro enfermo de estos ciudadanos decadentes yo encuentre conocidos, oscuros antes luminosos. ¿Antes luminosos? Luminosos de luz ajena, pero destellos al fin. -piensa.- Yo busco, y tal vez encuentre. Pero busco.

Tiene las venas lentas de sentirse mal entre calles atestadas. Bocinazos y el vocingle de una civilización que retorna de la épica de la gruta a la contabilidad comercial. Rostros, rostros festejantes de la luz y la ignorancia. Aplauden, impostan la voz y regentean el sonido de la muchedumbre con palabras fastuosas.

-No tenemos sol, la electricidad nos cuesta el doble, el gobierno ha sido despedazado por las corporaciones. Pero somos libres. ¡Somos libres!- razonan los hombres, en el mercado, entre tienditas y productos. Y tienen razón. Se pueden conducir en el desenfreno, llevarse provocativamente al borde del suicidio en masa, por propia voluntad, por ignorancia, por desdén. Pero nadie los obliga.

-Por un instante dudamos, es cierto, de todos nuestros logros. Pero superada la catástrofe, y ante el hecho mismo de haberla superado, nos sentimos reafirmados y vigorosos en nuestra plenitud como especie. ¿Quién necesita el sol? Ya han licitado los pliegos para levantar en el cielo uno artificial. Un mecanismo muy complejo. Un engranaje digital sumamente complicado, pero se puede, claro que se puede. Es cuestión de tiempo, siglos quizás, pero eso modela la expectativa del común, reafirma cohesiones perdidas, ensalza el rol dirigente, resuelve conflictos, ordena el pensamiento- dicen buenas señoras y buenos señores que han leído periódicos donde se repite lo que han dicho ciertos pro-hombres que dicen hablar en nombre de todas las buenas señoras y los buenos señores que leen periódicos.

-¿Pero no se dan cuenta que la rueda se sostiene en el aire y sigue girando para nada, en el nombre de un nuevo enunciado sin sentido? ¿No entienden que toda esa radiante alegría que ustedes desprenden por la luz recuperada, es tan artificial como el candor que reflejan? Se apagarán, claro que se apagarán, porque en el fondo no son más que sombras. ¡Sombras!

Grita, a voz en cuello, en el centro de la avenida, subido al capó de los autos, demorado el tráfico por un embotellamiento de circunstancias, en el centro de una ciudad incandescente.

La multitud, desde las veredas, desde el interior de los autos, asomando la cabecita por la ventana, estupefacta pero ya recuperada le grita, acaso reprochándole ese develamiento inoportuno.

-¡Asocial!

-¡Primitivo!

-¡Hereje!

Escucha susurros, murmullos, risotadas compartidas, emergiendo de entre vozarrones insultantes. Y de repente...

-¿Quién es el que habla así? ¿Quién se pone a cuestionar lo que nadie cuestiona, lo que nadie debe cuestionar? ¿Quién es el que duda en un momento que exige de todos la mayor contracción, la mayor solidaridad, para poder enfrentar este momento aciago? ¿Quién se da el lujo de recaer en existencialismos, romanticismos vanos, propios de sujetos vacíos, recurrentes por inanes? ¿Quién es el infame?

La multitud grita, pero más grita el hombretón. Se distingue fácilmente. Se sube al techo de otro auto y va saltando hasta enfrentarlo, mientras sigue preguntando por su nombre, su identidad, su derecho a hablar así en la hora brava de la especie.

-¿Quién eres, hijo de la sombra, fanático del ocaso?- pregunta, sobrio, desde sus lentes oscuras, su gabán ajado y señorial, sus zapatos lustrosos. De repente comprende quien es el ser que le enfrenta. Cree recordar, desde lo irreconocible, desde la impostación barba de ese rostro, desde la proliferación capilar enmarañada, que se trata de la persona que antiguamente fue Wroblewski. Ahí está, frente a él, el teórico de la cosmogonía.

-¿Quién sos?- pregunta, por última vez. El ya no medita. Un nuevo ser, que vibra dentro de sí, contesta en su lugar.

-Mi nombre es Error. Y me estoy muriendo, como todos ustedes, ¡como todos ustedes! Pero yo me doy cuenta.

Se da vuelta, baja del coche, y se pierde en silencio entre la multitud mascullante.

Abandona el presente perpetuo, retorna al pasado lejano, casi mítico. En el origen está la explicación. Sabe que se muere, que todo se acaba. Antes que el Octavo Sol alumbre debe terminar por reconstruir un relato coherente de lo que ha pasado. Sólo así tendrá algo para decir. Sólo así podrá arder tranquilo cuando la próxima bola de fuego se alce en el infinito, incinerando el Universo, para volverlo a recrear.




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