El cartero seguía echando por debajo de la puerta una publicidad a la monsieur Baruch permanecía completamente insensible



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EDUARDO IZAGUIRRE GODOY.

ESPIRALES Y UN TRAZO

El hilo de humo subía haciendo espirales. Perdóneme, le dijo al Dr. Alvarado luego de encender el cigarrillo, no lo puedo evitar. Supongo que es un hábito, algo que no es posible olvidar, y exhaló una densa nube que se fue extendiendo por encima de ellos. Alvarado cogió el bolígrafo y se dispuso a anotar el hallazgo, pero apenas escribió la palabra cigarro en su libreta, le superpuso una línea gruesa y comenzó a dibujar pequeños círculos que encerraban otros más pequeños, para luego remarcar cada esfera una y otra vez. No se preocupe, Tomás, yo también fumo. Tan pronto escuchó aquello, Tomás extrajo de su media derecha una cajetilla de cigarros, arrugada y casi vacía, para ofrecérsela al doctor, pero éste la rechazó muy amablemente porque no era de fumar todo el tiempo y menos le gustaba en horas de trabajo, así que se contentó con sentir el olor del tabaco quemado alrededor. ¿A ti ese olor no te estimula la memoria, Tomás? ¿Hay alguna imagen, algún sentimiento nuevo en ti cuando fumas?

Sí, dijo Tomás con el cigarro entre sus labios, hay algo doctor. Pero no sé si es significativo, porque es como este lugar. Es decir, es en una oficina muy parecida. También hay un tipo, el dueño del lugar, cuyo rostro se me presenta como borrado, pero fuma, y mucho. Tanto que el único aroma que predomina es el de los cigarrillos que respira. Su nombre es… creo que es… no, imposible recordarlo. No sé por qué, pero podría asegurar que es alguna clase de médico, o doctor, no sé. Quizás un abogado. Y nos tratamos de igual a igual porque no soy su paciente ni su cliente, eso es seguro. Puede que hasta seamos colegas usted y yo, Dr. Alvarado. En fin, el tema es que estamos discutiendo. Me habla iracundo desde el borde de su escritorio y extiende los brazos al tiempo que expele gotitas de saliva con cada grito. A pesar de saber que se extralimita en el volumen de su voz, me es imposible escucharle. Luego se para, y va a sus cajones por cigarrillos. Se pone uno en la boca y demora en activar su encendedor. Lo intenta varias veces, y no se cansa de repetir el movimiento, concentrado, la cara roja. Pero yo sí me escucho, claramente, y le digo que es un imbécil, que todo fue su culpa. Él se ofusca más. Parece que reclama, niega con la cabeza mientras sigue vociferando. Y yo le grito, y aclaro que la noche anterior habría sido como cualquier otra si él no se hubiese dejado llevar.

Esa noche llegamos hasta un bar en el centro, el de costumbre. Nos sentamos a la barra y pedimos una cerveza. Esperamos. Al principio, el público era mínimo, una que otra pareja, pero en un par de horas se atestó, al punto que la gente permanecía de pie entre las mesas, espacio que utilizaban las chicas para llevar los tragos. Hasta ese momento las candidatas eran muchas, pero ninguna nos apetecía realmente. Y las descubrimos ya con el aburrimiento instalado y haciendo mella. Eran dos, en una de las mesas al lado del baño. Jóvenes, pero no niñas. Conversaban muy efusivas, sonriendo abiertamente. Estaban aligeradas por el alcohol. Primero se acercó él. Carismático, encantador, casi siempre lograba que las chicas se nos unieran o, como en este caso, que nos invitaran a su mesa. Imposible recordar el tema de conversación o cómo era la voz o cara de la mujer que me correspondía. Menos aún cuánto tiempo estuvimos sentados en esa mesa, hablando, con el humo del tabaco envolviéndolo todo, con tragos cortos y cervezas que volvían a llenarse sin que el contenido se extinguiera primero. Y el somnífero. Él era el encargado de aplicarlo, de dejar caer un par de gotas. No vi el momento en que lo hizo. Las invitamos a mi casa, pero no aceptaron. Les dijimos entonces que las acercábamos a las suyas y, convencidas a medias, aceptaron. Fuimos al auto y allí ambas se desvanecieron casi al mismo tiempo. Era hacer lo de siempre, nada más. Quitarles la ropa, tomar algunas fotos, tocarlas. Esperar a que despertaran para llevarlas a su destino, guau qué borrachera, ¿por dónde estamos?, ¿tanto tiempo pasó?, hemos conversado un montón, y seguir con la vida. Pero no sé en qué momento él decidió que no era suficiente y se aferró al cuello de su chica. Lo noté en la piel amoratada, en la ausencia de aliento. A él le crucé el rostro con mi puño y de inmediato hice un intento desesperado por revivirla. No había retorno. Fui absorbido por una dolorosa desesperación, y tuvimos que acabar con la otra mujer también...


El Dr. Alvarado observaba cómo el cigarrillo de Tomás se había ido consumiendo, con la ceniza a punto de quebrarse, mientras éste permanecía con la mirada perdida en algún punto de la pared blanca a espaldas del doctor. ¡Tomás!, dijo Alvarado por tercera vez, y por fin pudo conseguir la atención de su paciente quien, nervioso, sólo atinó a dejar caer lo que quedaba de su cigarro. Me contabas sobre tus reclamos al tipo de la oficina, que había hecho algo mal la noche anterior a la pelea que tuvieron. Tomás se reacomodó en la silla, y pegó su columna al respaldar. ¿Qué pasó luego? Insistió Alvarado. A Tomás, los labios le pedían un cigarro y esta vez sus ojos escudriñaban al doctor. Creo que recibí un golpe… y después me encontré aquí, en este sanatorio de mierda, sin saber quién soy. Alvarado sonrió. Intentó tranquilizar a su paciente con una serie de conceptos psiquiátricos que definían su problema y le recomendó mucha paciencia, Tomás, mucha paciencia.

— No me llame Tomás… no lo haga nunca más.

El Dr. Alvarado no se inmutó por la reacción. Veo que tu recuperación muestra progresos impresionantes, le dijo condescendiente, y en su libreta, al primer círculo que dibujó, le agregó líneas para representar un cuerpo, brazos y piernas. Y de un trazo, separó la cabeza. Se terminó la sesión, dijo luego.


El columpio de los recuerdos

Andrea Hdez. Mingorance

No tengo infancia. Donde otros tienen recuerdos, yo solo tengo un enorme espacio en blanco. En ocasiones caigo en mi cama desesperado y temblando por el esfuerzo de intentar rellenar ese vacío pero no consigo recordar nada.
Solo sé que un día desperté y tenía 18 años. Me levanté en una casa vacía y ahí empezó mi vida. A veces pienso que nunca podré recuperar la memoria, algo que han insinuado algunos de los muchos médicos que he visitado. Sin embargo, Chloe, mi psicóloga, piensa que muy pronto podré recuperar los recuerdos de mi infancia.
Por eso se encuentra ahora caminando a mi lado en dirección a alguna parte. ¿A dónde vamos? , pregunté nada más entrar en su consulta. Ella no contestó, solo me guiñó un ojo y me guió hasta la calle. Después de casi un año de terapia, Chloe se ha convertido en amiga además ser mi psicóloga.
— ¿Cuántos años tienes?— me preguntó el primer día que acudí a su consulta
—Tengo siete años— respondí convencido
Ella me miró con una ceja levantada y me dijo que eso era imposible. Yo le respondí que hacia siete años desde aquel día que me desperté en un solitario rincón con la mente y el estomago completamente vacíos.
— ¿Y qué hiciste?— me preguntó
—Comer
Cuando por fin Chloe se paró, profirió un ligero suspiro me dirigió una mirada de satisfacción. Estábamos frente a un parque infantil lleno de niños que correteaban por los columpios mientras los padres se quedaban a una distancia prudente sin quitarle ojo a cada movimiento de sus retoños.
— Ésta va a ser tu terapia de hoy— dijo antes de que pudiera preguntar qué diablos hacíamos allí
Me llevó hasta un banco libre donde nos sentamos a contemplar el paisaje. Entonces me contó que había averiguado que de pequeño solía ir a ese parque. “Todas las tardes, después de clase, tu abuelo te traía aquí para que jugaras con los demás niños. Ahora quiero que lo mires atentamente”.
Hice lo que me pedía y nos quedamos en silencio mirando el parque hasta que empezó a atardecer. Los niños y sus padres se habían ido marchado y los columpios ahora estaban abandonados y silenciosos. De repente Chloe se levantó y se fue a sentar en uno de los columpios. Yo la imité y me senté en otro.
Me empecé a balancear lentamente. Cierra los ojos, me pidió Chloe, e intenta sumergirte en ese lago blanco que hay en tu memoria. Así lo hice y tras unos segundos abrí los ojos para decirle que no funcionaba, seguía sin recordar. Sin embargo ella ya no estaba allí, en su lugar y meciéndose tranquilamente en el columpio, se encontraba un hombre anciano. Tenía facciones dulces y una mirada inteligente y serena.
Quise detener el balanceo pero mis pies apenas rozaban el suelo. Así que me quedé observando al anciano mientras mi columpio iba y venía.

— Hugo, deja de balancearte tanto, te vas a marear— dijo el anciano con una voz amable


— No, abuelo. ¡Quiero llegar hasta arriba y dar la vuelta! Iker me ha dicho que si das la vuelta te llegas a otro universo
— A otro universo…— dijo pensativo el abuelo— pero, ¿para qué quieres ir a otro universo si ni siquiera conoces el tuyo propio?
— Pues no sé, para ver a los marcianos por ejemplo
El abuelo se rió y contempló el horizonte. De repente, mis pies rozaron el suelo y pude parar de balancearme. Contemplé el perfil de mi abuelo que sonreía sin sonreír.

— ¿Abuelo?— dije dudando un instante


Él se viró hacia mí. Cuánto has crecido Hugo fue lo único que dijo.
— Quiero recuperar mi infancia— dije—, quiero recuperarte a ti
— Eso es imposible Hugo, solo puedes disfrutar de tus recuerdos
— Pero no tengo recuerdos
Él me miró con un brillo en los ojos. ¿Estás seguro?, preguntó. Entonces se levantó dificultosamente del columpio y se dirigió hacia la salida. Un niño pequeño caminaba alegremente a su lado. Juraría que durante un breve instante, el niño volvió la cara y me miró a los ojos. Pero los últimos rayos de sol me cegaban débilmente y no estoy muy seguro.
— ¿Y bien?— Chloe volvía a estar a mi lado, sentada en el columpio donde antes estaba mi abuelo
Respiré hondo y sonreí
— Ya nos podemos ir.

­­


LAS AGUAS ENLAZADAS. XXXI. Antonio Martín Sosa.
(Uno de los tipos de amnesia es denominada amnesia de fuente, el que la sufre, hasta donde yo sé, puede recordar cierta información pero no recuerda nada de cómo la obtuvo ni dónde. El presente ejercicio es una hiperbolización de esos datos sin origen, un juego de la ficción).

Va por ti
Lo de la gallina sucedió después de la tormenta que ahogó a Trufa, la perrita a la que mi hermana susurraba como a su propia sombra, Luisa se oscureció días y días bajo los parrales hasta que papá la sentó en la cocina y obligó a olvidar, papá era así de bruto, no soporté nunca la forma en que tomaba café, me salía de la sala, subía a la azotea y me apoyaba en el parapeto, desde nuestra casa gozábamos de unas vistas que en verano eran, no se lo puede, Doctor, imaginar, primero nuestras fincas y el estanque, seguían platanera y naranjos ajenos, las dos montañas y entre ellas el lejano mar abriéndose a mi futuro cuaderno de bitácora, mío y de Trufa, pasado el tiempo, durante semanas enteras, busqué esas dos montañas, las fincas, el estanque y los naranjos, y nada, Doctor, yo también la amaba, a Trufa, quiero decir, y lloré, pero de noche, solo en mi cuarto, creo que a Luisa, y a mí en cierto modo, le ayudó que me hablara de Trufa y nos unió más, tenga usted en cuenta que no salíamos, esto pasó, no sé, hace cuántos años, y todo uno lo ve en un borroso tapiz, a través de una cortina de irreverente humo, Trufa apareció en un charco de agua, la gallina contemplaba el bello cadáver, debo señalarle que salvo por los puercos y los conejos la finca que justo daba a nuestro patio inferior era poblada por los animalitos, Trufa, gatos, uf, muchísimos gatos, incluso los pájaros pollos parecían nuestros, los llegué a conocer por sus trazos en el aire, no todos vuelan igual pero les hubiese traicionado si les hubiese puesto un nombre, el gallo, polluelos de seis o siete gallinas, a una de rojo plumaje preferíamos, en los domingos especiales no entraba en el sorteo para la sopa, por decirlo de alguna manera, bonita gallina, sí señor, curioso que los detalles no pero la visión de conjunto se me pierda, por ejemplo, una tarde de vendimia yo me escapé hacia las cepas revisadas y me asusté al ver una grandiosa gallina, eché a correr, desde aquel momento miré mal esas plumas, otra cosa eran las de la gallina roja, mamá le sacaba fotografías y uno pensaba que hasta la gallina posaba para ella, fíjese usted, no sé si lo comenté ya, que salíamos muy poco y uno se divertía con nimiedades así, Luisa y yo crecimos mirándonos y cuando abandonamos la escuela las miradas se convirtieron, no sé no sé, en sibilinas palabras, por eso los ojos que me hablaron desde Luisa la mañana que descubrimos el cadáver de Trufa fueron para mí una lanza en cuyo brillo leí que la gallina había sido otra lanza, la que se había clavado en el corazón de Trufa, verá usted, la verdad es que la gallina se atravesaba y entonces pareció sentenciar yo he sobrevivido a la tormenta, tú no, refiriéndose a la perrita, qué tormenta de verano señor, papá no había vivido ninguna como aquélla, ni mamá, hala, a llover a llover, con aparato eléctrico y todo, aparato eléctrico, qué curiosa expresión, bueno, imagínese el tema, Luisa y yo levantados, pero quién despertaba a quién, quién entraba en el cuarto de quién y con un toque en el hombro levántate venga, quién el primero en usar la ducha, o si los dos juntos, debió de ser así, papá y mamá dormían hasta tarde, no se creerá, pero mi hermana y yo aun de adolescentes nos levantábamos temprano para subir a la azotea a cantar, sobre todo en julio y agosto, la canción que perfeccionamos más que ninguna, la de la mochila azul, qué pena que mi memoria no guardara las otras, la de ojitos dormilones, pues sí, me dejó tal inquietud, hasta creo que los gatos se acurrucaban entre nuestras piernas para oírnos, y bajas calificaciones, qué escenita, Doctor, Luisa y yo atravesamos el patio, los gatos nos seguían, o nosotros a ellos, quién a quién seguía, da igual, subimos las escaleras hacia la azotea a la izquierda y a la derecha el inmenso charco, frente a las conejeras y bajo el poderoso aguacatero, yo me jugaba en ese árbol, no siempre, no se crea, sobre todo en sobremesas cuando sabía que mi hermana miraba la televisión y mamá y papá se echaban la siesta, bueno, allí, en medio del charco de la lluvia Trufita, Luisa no se lo pensó y con los tenis nuevos entró en el charco y arrastró el cuerpo, cómo se llaman esos perros, perdone, ahora mismo, eso es, pastores alemanes, Trufa era una pastor alemán, se dice así o debo ponerlo también en femenino, de acuerdo, Doctor, sigo, Luisa abrazó a la perrita y empezó a llorar, pronto mamá y papá subieron en bata, habrían oído el neblinoso llanto, y separaron a mi hermana de Trufa y a la perrita la cubrieron con unos plásticos y a Luisa la bajamos a la cocina donde a papá le entraron unos ciscos a los ojos que le hicieron llorar, mamá preparó una tilita y nos anunció que vendría otra, vayamos buscando un nombre, subí luego a donde el cadáver y levanté el plástico para verle el hocico helado, me despedí sin que nadie me viera en ese instante, logré pronunciar una palabra, cómo había sido, quise saber, cómo había sido aquella tragedia, volví al charco mortal y no vi nada raro, bueno, sí, pero después le cuento, no vi nada raro en un principio, nadie había entrado a nuestras fincas y había matado, ni palos o estacas o piedras sangrantes, imposible que de estas últimas hubiera pues la perrita no presentaba heridas profundas, ni restos de veneno, quizá si hubiese sido envenenada, supuse, la perrita hubiera vomitado, tampoco hubo señales de vómitos ni defecaciones acuosas, sí me extrañó encontrar a la gallina haciéndose la listilla y la muerta, sonreía, no me pregunte cómo sonríe una gallina, le juro que sonreía, además una mariposa se vino a posar sobre la cabecita de la gallina y le voy a decir que el cuadro era bello, no lo niego, las plumas, las alas multimañosas, me gusta esa palabra, Doctor, dónde la habré leído o escuchado, quién me la habrá nombrado, perdemos el origen de lo vivido, se acuerda usted de la primera vez que abrió una puerta, qué cosas y quién las mueve, la voz de mamá llamándome desbarató el maridaje mariposa-gallina, violados pájaros pollos alzaron un vuelo sin gracia desde mi árbol, mamá me pidió que preparase la pala y una bolsa grande de las de basura, había bolsas de basura no sé para qué, tirábamos nuestros desperdicios detrás de las conejeras, curioso no era desde luego ver subidas en la cumbre del improvisado vertedero a las gallinas, las sopas tan sabrosas, la ceremonia qué lenta, papá había levantado tierra en una de las fincas al lado del muro de piedras que las delimitaba, sí fue doloroso introducir el cadáver en la bolsa y luego enterrarlo, Luisa, porque lo había seguramente visto en la televisión, cogió un puñadito de tierra, en ese momento papá y mamá se miraron, dejémosla, y lo echó sobre la bolsa hundida, el gato mayor había llegado a mis pies y se frotaba, papá empezó a devolver la tierra a la tierra, por describirlo de alguna forma, pero mamá y Luisa se alejaron, mamá casi era la que llevaba a Luisa, yo me quedé ayudando a papá y pronto allí no había pasado nada, nadie se hubiese dado cuenta si no fuera porque al día siguiente mi hermana unió dos palitos cruzados con una verga y puso unas floritas, alguna vez incluso impedí que se volara una foto de Trufa junto a las rosas, se me borró, Doctor, lo que pasó ese día de la muerte de la perrita desde el desayuno hasta el almuerzo del duelo callado, perdone, todo es muy disperso o no es importante, ni siquiera sé si fue verdad, el gallo cantó triunfal en torno a las diez, había mejorado el tiempo, pero no me marché a nadar, más tarde sí, creo que mi hermana se encerró esas horas movedizas en su cuarto, tras la sopa a Luisa y a mí nos apeteció como segundo una ensalada, no quisimos llenarnos demasiado porque habíamos decidido ir al estanque, lo típico, recojo la mesa y me voy de la cocina, Luisa lava los cubiertos y los vasos y se va de la cocina, papá lava los platos y se va de la cocina, mamá lo ordena todo y se va de la cocina, no sé si en este orden el lavado pero mamá ordenaba al final, ella y papá no tardaban en entrar en su dormitorio, el café se lo toman hacia las tres, Luisa enciende la televisión y espera su telenovela venezolana, para mí aquella sobremesa era una de ésas, ya me entiende, así que me subí al árbol y el juego acabó con un látigo cálido de mi savia cayendo a lo que quedaba de charco, plop, sobre cuántas espaldas años después caería ese látigo fecundo, hacia cuántos pubis descendería mi vía láctea, o nalgas o labios, la gallina apareció y se burlaba, no me pregunte cómo se burla una gallina pero se burlaba, se lo juro, Doctor, me bajé a la hora en que terminaba Luisa de ver la tele, mi hermana y yo fuimos al estanque, y ahí, Doctor, enlacé la sopa, el charco, el semen, el estanque y la lluvia, y me zambullí y casi toqué el fondo, nunca llegué, y al ascender y nadar en un crol peculiar le rocé el hombro a mi hermana, su dulce hombro, ella me sonrió, a ver quién aguanta más bajo el agua, yo aguanté más, sentí un falso sabor en mi boca, me sangraba la nariz, me salí y esperé un momento antes de volver a meterme, mientras, observaba los dieciséis arbóreos años de Luisa, la gallina también los observaba, y los míos, desde el otro lado del estanque. No le fue difícil ahogarnos.

Graciela Astesano


El camino verde

Como todos los días a las cuatro me encuentro con mi psiquiatra para intentar dilucidar mi vida, hace sólo dos meses que he emergido de las profundidades del coma, digo profundidades… pero no sé, sí, no sé absolutamente nada, soy un extraño para mi mismo, todos me conocen menos yo. O sea que, ni siquiera sé lo que es una profundidad, pero la escucho a mi mujer decirlo. Si hasta el aire y el sol son nuevos, ni que decir de mi esposa, de la que dicen que es mi mujer, que me mira desesperada cuando el enfermo soy yo, aunque lo que pienso me es difícil expresarlo, porque después de tanto tiempo en silencio se me habían atrofiado las cuerdas vocales… y antes de llegar hasta aquí, por la mañana hago gimnasia, luego veo a la foníatra o como se diga, y por último al loquero, así le dice otro paciente, lo escuché en la sala de espera.

Cuando me tiro en el sillón y observo la cara del doctor, un hombre joven que se disfraza de viejo escondiéndose detrás de una barba entrecana, le veo las manos tan blancas y atrofiadas de no hacer nada, (esa palabra me la aprendí bien) a veces no entiendo lo que quiere de mí, y quisiera huir, pero dicen que tengo que recuperarme, aunque tenga ganas de escapar…

Ya estamos con su ¡hola Juan! (dicen que me llamo Juan y la pérdida de memoria me vino por un aneurisma, esa palabra es la primera que aprendí, la segunda atrofia) vamos a seguir ordenando tu vida… Yo pregunto cómo se puede ordenar si uno no sabe dónde está el principio.

El médico hace oídos sordos, y continúa:

—Después de la hipnosis de ayer, ¿qué sensaciones tienes?

—Como tener ninguna. Mi mujer, la que dice que es mi mujer, hablando con su madre, protestaba y la vieja le dijo: “en la salud y en la enfermedad, es un hombre joven o es que te olvidaste del juramento…” no entendí nada, sólo que soy un chaval, y que ella está harta. Yo la miro y no sé, no seré yo otro y esa no es mi mujer, no entiendo.

Y sí, algo recordé, vi a una chica muy guapa con unos pelos largos casi rojos, la cara poblada de pecas, y reía con una boca chispeante mientras subía unas escaleras y yo ahí diciéndole: ¡asesina…dinamitás mis horas!, era tan linda ¿quién será?

—Eso es un avance, tenemos que insistir, ¿había sol, hacía frío?

—El sol era ella. Olía a mar y chillaban las gaviotas… Y, una laguna negra, pero transparente, yo de niño con seis o siete años, entre los sapos con un bote de vidrio cogiendo a los sapitos, con otros chicos.

—Renacuajos –­dijo el doctor – ¿Puede ser su madre?

— ¿La madre de los sapos? ¡no! No. No era mi mamá, ella es distinta, sino sería un depravado porque me gustaba mucho; tengo que encontrarla, a lo mejor esa es mi mujer.

—Centrémonos, tú esposa es la que es, y tú estabas feliz y enamorado.

—Si usted lo dice. Pero me da que no, yo la miro dormir y me da que no, la mía no es esa. Después de observarla largo rato me quedé frito… y me soñé a mi mismo en un largo pasillo de paredes amarillas con una alfombra azul, mi otro yo iba adelante y Juan, o sea yo detrás, llegaba a una habitación y la pelirroja lo abrazaba, los miré, me cerraron la puerta en la cara, y les gritaba soy yo Juan, abrieron y los dos se quedaron quietos sin reconocerme, al final el otro dijo: rajá de acá…

—Has empezado a soñar y está bien porque estamos hilvanando recuerdos y esos nos conducirán a otros, no te atosigues lo fundamental es que afloren.

—Entonces desperté, y vi los números fosforescentes del reloj, eran las cuatro, tardé en dormirme porque tenía ganas de llorar, después no me acuerdo… y a las seis otra vez, soñé con un camino verde con sol, una antigua galería comercial con una puerta giratoria, entré y había tiendas de ropa, y un restaurante donde servían fish and chips, luego, los camareros con pantalones cortos pitaron y dijeron gritando: “quince minutos para comer”, salí corriendo porque todos los comensales tenían verrugas en la cara, entre las cejas, alrededor de los labios, en la punta de la nariz… hice un pase y me detuve en una librería; allí vendían bolígrafos de dos clases: uno azul, normal, y otro rojo que escribía suave y uno con el podía anotar todo en los libros incluso subrayar, la que lo vendía me hizo firmar, pero yo sólo hice un garabato…bueno, después pasaba el borde del bolígrafo sobre el libro y se borraba todo, quedaba limpio. Lo quise comprar y mi esposa me contestó que nunca lo tendría, que valía mucho y no se vende. Sí, era mi mujer y estaba acompañada con un niño sin cara, no hice caso, metí un gol y seguí caminando por unos pasillos marrones cada vez con menos luces abriendo puertas como si fueran habitaciones, hasta que ya no veía, entonces palpando las paredes encontré un picaporte y abrí, ¡qué alegría! ¿Sabe que había ahí? Mucho sol y un campo de fútbol lleno de gente y la pelirroja esperándome con el balón, ¡qué tía!…

—Eso es significativo, un gran adelanto, muy bien.

—No me importa si no vuelvo a jugar, pero a ella tengo que tratar de encontrarla, en la aleta de la nariz tenía un brillante.

— Tranquilo que puede que la chica no exista, puedes haberla visto en una valla publicitaria, o en el cine.

— ¡Qué no doctor! No es ni modelo ni actriz, lo sé porque es gordita. Las de la tele son famélicas como mi mujer, ésta es rellenita, está cañón y más simpática. Aunque no vuelva a jugar puedo trabajar de otra cosa y dedicarme a buscarla.

—No hay que abrumarse Juan, tenemos que ser realistas eso fue un sueño, un juego de símbolos…

—Que sí, que sí lo que usted diga.


  • ¿Qué piensas?

—Cosas mías…Sé que hay un camino.

—Lo recorreremos juntos, hasta que aflore toda tu vida, vas muy bien.

—No, ese no; seguiré el camino verde y la encontraré.

—El camino verde es una vieja canción, nada más.

—Es una pista, yo la hallaré.

USTED MISMO.

Por José Aguilar

—Buenos días. Mi nombre es Marius Roentgen. Si lo prefiere, puede llamarme “doctor R”. Será más sencillo para usted, dadas las circunstancias ¿Le han explicado para qué estamos aquí?

—Aproximadamente, pero…

—Lo discutiremos ahora. Tenemos tiempo de sobra. Siéntese…¿PK325? ¿Es correcto?

—Supongo que sí. Aunque creo que solían llamarme “Bernard”… me refiero a antes de mi… detención. Sí, ahora todo el mundo me llama así, PK325—hizo una pausa—. Disculpe ¿Me puede decir cuánto tiempo llevo aquí?
Las habitaciones del Departamento de Psicoprogramación Anticipatoria eran todas similares: paredes lisas de color hueso, sin cuadros ni lámparas, ni siquiera huecos visibles para la ventilación. Sin marcas. La luz —de ese tono levemente violeta de los emisores estables de bajo consumo— provenía de un hueco perimetral a unos pocos centímetros del suelo. PK325/Bernard se sentó en uno de los dos grandes sillones negros que formaban el único mobiliario de la habitación. Al contacto con su espalda el sillón se reclinó con el leve sonido rosa de un mecanismo automático. El techo no tenía esquinas: era como una cúpula de suave curvatura, sin sombras, sin un solo punto donde poder fijar la mirada. La pantalla perfecta para proyectar sueños. O para desarmarlos.
—El dossier indica un fallo en su módulo de memoria anticipatoria —dijo el doctor R mientras se sentaba según la Ortodoxia, a su espalda, meciéndose con un crujido rítmico y leve—, lo que familiarmente se conoce como “el injerto”. Desconocemos su magnitud pero puede ser un fallo completo, producido quizá por un virus o una mutación espontánea…

—Ya se lo dije a los demás —interrumpió Bernard—. Con todo respeto, doctor R, creo que hay un error, yo no… no me parece que haya un fallo… es más bien como si…

—Sí, entiendo —siguió el doctor—, usted ahora no puede admitir la situación. Es normal. Lo llamamos “amnesia paradójica de Feynman”. Se lo explicaré en un lenguaje sencillo con objeto de que me comprenda lo mejor posible.
De hecho era la tercera vez que se lo explicaban. Primero fue el policía que lo detuvo en la autovía 623 cuando iba a casa con Mary y los niños —¿dónde estarían ahora?— y, después, en el Centro de Aislamiento, aquel tipo con la cara llena de costras amarillas le dio más detalles: según su información, al parecer obtenida mediante datos de telepsicometría panóptica, a él, al hombre que antes creía llamarse Bernard y ahora todo el mundo llamaba PK352, se le había jodido —eso dijo el policía— o claudicado —según el tipo costroso— el injerto occipital, el módulo biopsíquico encargado de proyectar su futuro, de organizar sus deseos, su voluntad. Bernard había olvidado su futuro. Un futuro exacto e inexorable. Como el propio Sistema.
—…un fallo, por tanto, que impide dirigir su pulsión en la dirección adecuada para que usted colabore con el Sistema —continuó el doctor R—, lo que le convierte ahora, permítame que le sea franco, en un absoluto descontrolado, un peligro social, una, siento decírselo así, aberración conductual.

—Sin embargo —Bernard balbuceaba—, mi vida… Mary, mi esposa, mis hijos… siento como si hubiera olvidado… como si no recordara… quererlos. Como si no los hubiera querido nunca.

—Exactamente —exclamó R. —, yo no lo hubiera expresado mejor. Descuide, sólo necesita que lo reprogramemos, pero antes necesito que atienda a las siguientes frases. Contaré desde cinco y empezamos. Déjese llevar… ¿PK325?, sí, disculpe, llevo un día muy largo. Cinco, cuatro,…
Bernard ya había oído antes rumores sobre ese asunto. “Módulos emocionales” era como los denominaban entonces, en su juventud, cuando ingresó en Universitas-5 para su doctorado en Computación de Ocio. Bob, aquel muchacho tartamudo del seminario de Anime-3D, aseguraba que en la Universitas se utilizaba tecnología obsoleta, que los metacircuitos neuronales ya habían sido diseñados y que se decía que el TransGobierno planeaba comenzar a implantarlos en todos los nuevos nacidos en un próximo futuro. Quizá —pensó Bernard— Bob estaba en lo cierto, sólo que se equivocó en la apreciación temporal: ellos mismos, a lo mejor no todos, ya eran portadores, entonces, de algún tipo de injerto, tal vez un prototipo. Bernard se diluía poco a poco en el discurso del doctor R, una especie de mantra interminable, seguramente destinado a provocar algunas reacciones estandarizadas, a revertir su amnesia emocional, a establecer el grado de funcionalidad del injerto. Le pareció oír aquel nombre, Mary, repetido como un eco. ¿Mary?, quizá no la quisiera, quizá no la hubiera querido nunca realmente, tal vez sólo fuera el deseo que había generado el injerto durante todos aquellos años lo que le hizo invitarla aquella noche… y bailar, y besarla… Billy, Johanna, tal vez sus hijos también eran portadores: entre el parto y el momento de volver a ver a los niños siempre transcurría un tiempo, el protocolo de reconocimiento postnatal, quizá demasiado tiempo sólo para comprobar que los niños estaban sanos, una caja negra donde los médicos podían hacer tantas cosas. Tal vez tampoco sus hijos, tal vez esos niños tan cariñosos, tan responsables, esos hijos que nunca dejaban de hacer sus tareas, que nunca habían cruzado un semáforo en rojo, que nunca se quejaban al probar una comida nueva, tal vez ellos tampoco...
***

La Sublevación de los Libres pasaba por un momento complicado. Bernard sabía que la última oleada del ataque cibernético había sido un fracaso. Ensayaría otra estrategia. Quizá una estructura Freehand invertida. El Sistema tenía demasiados cortafuegos ocultos, barreras de cuarta generación y los nuevos Perseguidores capaces de detectar el origen de un ataque con una precisión y una velocidad casi diez veces mayor que sólo hacía dos meses. Mientras tanto, a la Sublevación, a Bernard, sólo le quedaba la opción de cambiar de escenario cada pocas horas, de casa en casa, entrando de noche en pisos francos, o convenciendo a personas que no conocían de nada de que en sus cerebros anidaban circuitos injertados que los hacían rehenes de un comportamiento intachable, rígido, un comportamiento esclavo y “políticamente neutro”, como dijo entonces, ya hacía tres años, el doctor R, justo antes de que el comando lo liberara en aquella arriesgada operación, en el centro mismo del Sistema, justo antes de conocer la verdad o, al menos, la verdad de los Libres, su verdad.

Bernard no era un hombre de acción. Su papel consistía en diseñar ataques informáticos contra la Red de Computación Emocional para obtener Nuevos Libres, tal como la Sublevación denominaba a los ciudadanos cuyos injertos habían sido neutralizados. Hoy, mientras diseñaba un nuevo ciberataque, recordaba la última vez que vio a Mary, la primera vez que la vio de verdad. Ninguno de los dos tenía ya su injerto funcionando. El de Bernard lo había desactivado aquel día, mientras conducía por la autopista, su predecesor en el puesto, Bob el tartamudo, aquel genio de la computación, su maestro en subversión informática. A Mary, en cambio, la liberaron en la que había sido su casa, delante de él y de los niños. A Bernard le dolió ver cómo su rostro cambiaba, su nueva mirada, la que admitía que nunca hubo deseo entre los dos, al menos un deseo libre. Vio cómo la amnesia emocional se apoderaba de ella y aparecía ese llanto fluido y profundo, el que luego había visto tantas veces, en mucha más gente como Mary y como él mismo, el doloroso momento de ser Libres.

En la pantalla parpadeaba, insistente, el módulo 2, indicando un nuevo objetivo detectado. Cambió la música del reproductor. Esto se merecía un clásico, sí, Coldplay vendría bien. La identificación no dejaba ninguna duda: la familia Roentgen. Ese cabrón vivía con una Familia Esclava, diseñada a su medida. ¿Qué deseos le habría implantado a su mujer, a sus hijos? ¿Cómo podían todos esos metafascistas soportar la idea de vivir rodeados de un amor cautivo, falso, programado? Sonrió mientras apretaba el botón de desprogramación de Vanya, Robert y Conney Roentgen. Pensó en llamar a Billy y decírselo. Ellos dos habían regenerado una relación, ahora más distantes. Pero libres. Últimamente lo veía menos. A Billy le gustaba la adrenalina de la primera línea, las operaciones directas en los Centros de Aislamiento, en los Puntos de Detención. Como la que le liberó a él mismo. Comprobó otra vez la secuencia de desprogramación: tres Nuevos Libres. Imaginó la cara de Marius Roentgen cuando volviera a casa esa noche. Cuando el doctor viera el rostro húmedo de Vanya y de sus hijos, sus miradas vacías, interrogándolo. Esta vez le toca a usted, estimado doctor R. Usted mismo.

CLASE XXXI, EL TIEMPO EN LA FICCIÓN (II)

Lilian Carolina Godínez Maldonado


EN EL PARQUE

—¿Usted se refiere a Cindy?

—¿Cuándo?

—Cuando dice “íbamos caminando hacia el parque” ¿está refiriéndose a Cindy?

—No, no creo, creo que ella ya estaba en el parque. Pero ¿quién es Cindy?, he hablado de ella pero no recuerdo quién es.

—Si lo mencionó de manera inconsciente es muy probable que efectivamente caminaba con ella por la calle cuando, algo les pasó. El terapeuta trató de tranquilizar a Pablo. —Vamos por partes Pablo, acomódese tranquilo, si lo prefiere puede recostarse y subir sus pies, tranquilícese verá como poco a poco va recordando. ─Tengo entendido que hoy a eso de las ocho usted hizo una cita para verme en mi consultorio.

—…Sí, si eso lo tengo muy claro, desperté desde las cinco, me sentía cansado, como que algo muy fuerte me hubiera caído encima, además de esa tristeza. Literalmente me sentía perdido, aún me siento así. ¿Hoy es jueves no?

—No, hoy es viernes.

—Bueno solo fue un día, uno no es ninguno, eso no significa que esté muy mal ¿verdad doctor?

—Visité a mis padres el fin de semana pasado, almorcé con ellos como de costumbre y luego fui a casa.

—¿No recuerda más?

—Tengo eventos no muy claros, casi como flasheos... Sí, sí, eso es, estoy en una reunión, hay mucha gente y sí hay una chica conmigo, puede que sea la tal Cindy, estamos platicando normal pero, Pablo baja la mirada y como haciendo un esfuerzo, no recuerdo qué platicábamos.

Aunque el doctor no quiere interrumpir se ve obligado a hacerlo, un momento de silencio muy largo se ha producido, y a Pablo literalmente hay que resetearlo.

—Pablo, Pablo ¿me escucha?

—¿Ah? Perdón es que estaba tratando de ordenar mis ideas.

—Aja, y ¿qué recuerda?

Luego de un momento con la cabeza viendo hacia abajo, Pablo levanta su mirada, sus ojos muestran una profunda tristeza, el psicoterapeuta puede percibir ese grito mudo de Pablo pidiendo auxilio.

—Hay varios datos que se han mencionado y que pueden ayudarnos: Usted camina por una acera quizá con Cindy, un nombre que usted mencionó. También hay un parque en sus palabras, ahora la reunión y esa chica.

—Cindy, Cindy, ese nombre viene a mi mente automáticamente pero no logro ubicarla. Sí eso es, una chica me acompaña por la calle, no podría decirle si es Cindy. Hay mucho calor, ella lleva puesto unos jeans, unos botines y una blusa blanca floja. Estamos caminando, pero no se hacia dónde…

—¿Quizá hacia el parque?

—¿El parque?, el parque, no, no recuerdo nada de un parque, porque menciona un parque.

—Entonces ¿quizá hacia la reunión?

—Puede ser, si podría ser, aunque… Pablo titubea, no, no puede ser hacia ninguna reunión.

—¿Porque ahora tan categórico?

—Estoy seguro que la chica de la reunión no es la misma, además su vestimenta no es igual.

—Pablo, ¿recuerda con detalle lo que hizo hoy desde que se despertó?

—Sí, sí ya le dije que sí, solo quiero que me ayude con los días anteriores, no se qué me pasa, me siento perdido, no me gusta esta sensación. Usted debe saber qué hacer, por favor ayúdeme.

—Vea, hay eventos muy traumáticos que pueden hacer que se pierda la memoria, como una fuga para evitar el dolor. Descanse, quiero que con su mirada siga el movimiento de mi mano, lentamente el terapeuta levanta dos dedos de su mano derecha y la mueve de un lado a otro; ahora quiero que cierre sus ojos y que descanse, respire profundo, saque el aire lentamente. Pidió varias repeticiones y continuo…

—Ahora sí ¿Le gustaría hablarme de Cindy?

—Cindy no está, me dejo y me siento solo, hay mucha gente, casi todos familiares de ella. Karla, su hermana, me acompaña.

—¿Y el parque?

—¿El parque? el parque… no se porqué me habla de un parque. No me gustan los parques.

—Trate de recordar qué sucedió en el parque.

—No sucedió nada, yo nunca voy a ningún parque, son peligrosos.

CLASE XXXI, El tiempo en la ficción II.- El niño del reloj.-

Loli Pérez.-

Apenas amanecía, dos empleados de mantenimiento de playas la encontraron ovillada en la arena con las rodillas encogidas sobre el pecho, los ojos muy abiertos, sin expresión alguna, como única identificación, alrededor del cuello un cordón negro con unas letras plateadas, LAURA. Pronto llegó la policía, y los curiosos que andaban por la mañana se arremolinaron alrededor, nadie la conocía, no tardó la ambulancia, la subieron en una camilla y la llevaron al hospital. La reconocieron concienzudamente, ojos, oídos, garganta, corazón, articulaciones, genitales y demás, le hicieron unos análisis, parecía estar bien, después de ducharse y ponerle un camisón azul, arrugado e impúdico, le pincharon un suero al brazo y se recostó en la cama articulada.

Cuando se quedó sola, trató de recordar su visita a la consulta del psiquiatra. La recibió una enfermera con cara de alcachofa, le hizo esperar un ratito en una sala, sentada en el sofá de poli-piel marrón, hundido, la mesita de mármol en medio, con las revistas de suplementos de periódicos atrasados, en las paredes láminas enmarcadas de Van Gogh. Estaba absorta en la lectura de un artículo, cuando la voz ronca de la enfermera la sobresaltó:-Puede pasar ya-. En la consulta, el doctor con el pelo gris y barba bien recortada, las mini-gafas de montura negra en la punta de la nariz, la miró por encima de los lentes, a los ojos, la invito a tumbarse en el sofá, empezó a hablarle con su voz suave, como de locutor nocturno de radio: -A ver por donde empezamos, de qué le apetece hablarme, de su infancia, o de la adolescencia... ¿qué recuerdo es el más antiguo de su infancia?

-No sabría decirle...Umm...no logro recordar nada claro. -A ver pasemos a su juventud, ¿tiene algún recuerdo, donde estudió, sus amigos? -Umm..., nada hay como una nube que no me deja ver nada. -¿Cual es el recuerdo que más le ha afectado últimamente?- -La víspera de San Juan, recibí una carta, venía certificada y tuve que firmarle una cartulina rosa al cartero, dentro una foto antigua y una carta escueta...-Continúe... ¿de quién era la carta?

En esos pensamientos estaba, cuando entró un desconocido en la habitación, alto bien parecido, y con mirada penetrante. Laura entornó los ojos para dibujar mejor su imagen, -¿Por qué pones esa cara?, ¿no me reconoces?, soy tu marido.- Ella lo observó con expresión incrédula, como si fuera un completo desconocido, - no te conozco -.

-Llevamos cinco años casados, amorcito, nos conocemos desde el colegio, tú estabas colgada por mí, hasta hace unos días, que desapareciste misteriosamente.-

-¿Tengo otra familia aquí o amigas?-

-Bueno lo dejaste todo, trabajo, amigas, familia, para venirte a vivir conmigo a esta ciudad, después has tenido amistades pasajeras...--Qué ilusa, ¿de verdad hice yo todo eso, que dices?-; -Sí, estabas muy enamorada.....-Pues ahora es como si no te conociera de nada.-

-¿Qué recuerdas exactamente?-

- Lo que le he dicho a la policía, que salí de casa, y al cruzar el semáforo unos hombres de aspecto siniestro me metieron en un coche, y después estaba en la playa, no recuerdo más.

-Pero esos hombres ¿te hicieron algo?

-No lo sé, no recuerdo el tiempo que me retuvieron, ni donde me llevaron, solo su olor fuerte a cuero, supongo que me narcotizarían ¡yo qué se!-

- No te preocupes, ya todo pasó, ahora te recuperarás y volveremos a casa.-

A Laura, algo en su interior le decía que no podía regresar a ninguna parte con aquel individuo.

- ¿No recuerdo en qué trabajas, por qué lo dejáramos todo y nos vinimos aquí?

-Soy enfermero del psiquiátrico de Los Ángeles Custodios, nos trasladamos aquí cuando conseguí una plaza y tú estuviste ingresada por amnesia, yo te cuidé todo el tiempo. Ahora mira fijamente a este reloj, relájate, así…, cierra los ojos, respira hondo, te vas a encontrar muy bien, vamos a iniciar un viaje al pasado. A ver, tienes siete años, ¿qué haces?

-Mi abuelo me ha hecho un columpio y me mece en él mientras mi abuela me canta una canción, “Ya vienen las monjas, cargaditas de toronjas, ya viene una, ya vienen dos... - Vale, deja ese recuerdo, ahora tienes catorce años, estás en el colegio: - Hay un niño que me persigue y quiere ser mi novio, yo no quiero, es guapo pero malo, me enseña un reloj, y me dice que lo mire.-

-Vamos a los dieciséis, estás en el instituto, con quién estás: -Tengo una amiga, y nos reímos mucho, el niño del reloj no deja de mirarnos, parece enfadado, pero a nosotras, solo de ver su cara, no podemos parar de reír.-

-Ahora tienes veinte años, qué haces: - mi amiga no ha venido, pero el niño del reloj es ya un muchacho y me sigue mirando muy fijo, y me pide que mire a su reloj con cadena, que sabe un juego muy divertido. El niño del reloj me lleva a dar un paseo, cuando volvemos no recuerdo nada, desde que hemos jugado con su reloj no le tengo miedo, dice que es mi novio y a mi me gusta.-

-Cuando yo cuente hasta tres, despertarás, no recordarás nada sobre el niño del reloj, solo a tu apuesto marido, del que estás totalmente enamorada, y querrás encarecidamente irte a casa con él.

- El cabrón, hijo de puta, este cree que puede tenerme toda la vida hipnotizada, pensó para sus adentros siguiéndole el juego.- -¡Un, dos, tres, duérmete, ya!…

Y cerró los ojos, fingiendo un sueño profundo, casi aguantando la risa, - el capullo este no dejará nunca de intentarlo, espero que no se de cuenta de que ya no le funciona el truquito del reloj.- Laura siguió sus instrucciones, y al despertar le pidió que le trajera ropa de casa, los vaqueros, unos tenis y la camiseta rosa y ropa interior. Cuando él salió de la habitación, entró la chica de la foto antigua y le preguntó por qué no había pedido ayuda, -¿es que estás hipnotizada de nuevo?- -No, desde que fui al psiquiatra que me indicabas en tu carta, ya sé como evitarlo.- ¿Estás completamente segura, eres consciente de lo que has pasado?- ; -No quiero ni recordarlo, fue horrible, cuando empezó la sesión y no podía recordar nada de mi pasado, entonces le enseñé tu carta y la foto que nos hicimos con él , todo encajó, me ha dicho lo que tengo que hacer. -No tenemos mucho tiempo, te he traído algo de ropa, debemos marcharnos antes de que él vuelva.-

-No voy a huir, ya no podrá conmigo, además conseguí unos polvitos, que quiero que pruebe con el whisky, nada más lleguemos a casa, quiero ver como le sienta su propia medicina.

Paolo Chávez Cueto

Clase XXXI – Amnesia

Por alguna razón, se quedó parado frente al elevador. Veía un reflejo desconocido: pantalones de vestir, camisa blanca y una corbata oscura. Un tipo a quien le empezaba a faltar el cabello y muchas horas de sueño. Las puertas se abrieron y su figura desapareció. Se introdujo en la caja de metal y por instinto, apretó el número doce, como lo venía haciendo durante las últimas semanas.

El doctor Martínez lo saludó con esa seguridad de los que se sienten en control. Ricardo, menos efusivo, le devolvió el gesto con esfuerzo.

—La semana pasada empezamos a destejer tu niñez. ¿Podrías contarme un poco más? —fue lo primero que dijo el doctor Martínez mientras a través de sus gafas, revisaba unos papeles que iba deshojando de un fólder color café.

—Al igual que la última cesión, veo fotografías, flashes, más no escenas completas —dijo por fin Roberto mientras seguía contemplando la inmensa lámpara que colgaba del techo.

—Empecemos por ahí. ¿Qué ves?

—Una piscina. Un jardín muy grande. Una casa redonda. Una carretera vacía. Cerros, montañas.

—¿Te ves en alguna fotografía?

—Sí. Apagando unas velitas. Hay muchos niños a mí alrededor —dijo entre risas.

—¿Reconoces a alguno de ellos? —intervino el doctor mientras jugaba con un lápiz.

—Creo que sí —dijo luego de permanecer en silencio y con los ojos cerrados —sí, a María, ella habitaba en la casa del frente.

Un repentino mutismo se apoderó del ambiente. Sólo el ruido de algunas bocinas se colaba a través de las ventanas. De pie y con las manos en los bolsillos, el doctor Martínez comprobó que el cielo estaba totalmente despejado.

—Ahora estoy en una ciudad distinta —dijo por fin Ricardo —Hay una mujer de cabellos claros en mi cama. Me pregunta si deseo café. La televisión muestra dibujos animados. Un llanto viene desde la habitación contigua.

—¿Ves algo más?

—Nieve. Es primera vez en mi vida que veo nieve.

—¿Cómo se llama esa mujer que esta a tu lado y el niño que llora?

—No sé —dice finalmente, mientras un fuerte suspiro abandona su cuerpo.

—Ahora estoy en un aeropuerto. Tengo los cabellos largos y llevo una guitarra en la espalda. Estoy en la sala de espera. Una inmensa ventana me muestra un avión blanquiazul —dice entre susurros.

—¿Hay alguien contigo?

—Una mujer joven de cabellos oscuros —hace una pausa, y aún con los ojos cerrados, continua —Estamos de la mano. Entre lágrimas nos damos un beso de despedida. Es muy bonita.

—¿Recuerdas su nombre?

—María. Sí, ella es María. Ahora la recuerdo —abre los ojos y se reincorpora en el asiento de cuero —Esa fue la última vez que nos vimos.

—¿Y dónde esta ella ahora? —preguntó el doctor Martínez a la vez que dejaba descansar su cuerpo sobre la silla negra.

—No sé. Me desperté un día y se me olvidó hasta su nombre —dijo con la mirada enterrada en la alfombra —Ella sí era para mí —sentenció con los ojos abiertos de par en par.

—Veo que tienes tarea para la próxima semana Ricardo —dictó el doctor Martínez a la vez que reposaba las gafas sobre los papeles.

—Sí doctor, y la haré con mucho gusto. Pueda que el futuro me regale lo que me negó el pasado —dijo con una emoción hasta ese momento desconocida.

—Poco a poco te iras conociendo mejor. Vamos a ver si pronto podemos dar con tu mujer.

Ricardo abandonó la oficina con mayor confianza en si mismo, como si una inyección de autoestima le hubiese sido administrada. La puerta del elevador le mostró una figura apuesta, capaz de conquistar el mundo, y hasta con ganas de ir en busca de la redescubierta María




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