El Camino Directo



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EL CAMINO DIRECTO


Lo divino habita en nosotros




Andrew Harvey

El Camino Directo, lo divino habita en nosotros


Título original: The Direct Path

Traducción: Élida Smalietis

Harvey, Andrew.

Digitalizador:  Readiris

L-01 – 13/03/04

ÍNDICE

Introducción

La visión del Camino directo

El nacimiento


1 - EL MAPA

Por qué estamos aquí

El mapa de transformación de la conciencia
2 - LA PRÁCTICA DEL CAMINO

Asumir los cinco preceptos

Dieciocho prácticas sagradas para

la transformada vida espiritual

1. Practicar la concentración mediante el control de la respiración

2. Inhalar el poder, el amor y la fuerza de lo Divino y exhalar las tensiones internas, la tristeza y el miedo

3. Tres prácticas de concentración

4. Una práctica de gratitud

5. La práctica del mantra

6. Entonación de cánticos

7. La práctica de la meditación simple

8. La práctica del cuestionamiento a usted mismo:

¿Quién soy?

9. Convertirse en Buda o Cristo

10. Invocar la presencia y la fuerza de la Divina Madre

11. Diálogo con Dios

12. Concentrarse en un gran pasaje místico

o en una plegaria mística para meditar

13. Practicar la presencia del ser amado: una práctica sufi del corazón

14. Purificar y fortalecer el corazón (adaptada de una práctica tibetana)

15. Expandir el círculo de amor (adaptada de la tradición judía)

16. La práctica del Tonglen: dar y recibir

17. La práctica de la generosidad (Metta)

18. El nacimiento del Hijo Divino en la Madre


3 - LA INTEGRACIÓN CORPORAL

El cuerpo sagrado

Dieta y ayuno

Aliviar el estrés cotidiano: ocho ejercicios

El ejercicio físico

Unificar el cuerpo, la mente y el espíritu

La naturaleza como revelación y fuente de curación

El Tantra, la sexualidad sagrada

y las relaciones afectivas

Crear un espacio sagrado

Ritos de transición: consejos y prácticas para el momento de morir
4 - LA PASIÓN DE SERVIR

Una visión: la Tierra en flor

Bibliografía

Agradecimientos

PARA MI MADRE, por toda su verdad y su ferviente bondad PARA ERYK, mi marido y Amado

PARA MARA, mi hermana espiritual

PARA LEILA, mi incomparable amiga del alma

Todo está dispuesto para ti.

Tu sendero se encuentra frente a ti. A veces es invisible) pero está allí. Tal vez no sepas adónde

conduce mas debes seguirlo.

Es el sendero hacia el Creador. El único sendero que existe.

JEFE LEÓN SHENANDOAH


Los caminos pueden guiar, pero no son senderos fijos;

es posible poner nombres pero no rótulos permanentes.

TAO TE
Sin importar cuán innumerables son los seres vivos voto por su salvación.

Sin importar cuán inextinguible es la corrupción, voto por su fin.

Sin importar cuán inconmensurables son las tragedias, voto para vencerlas.

Sin importar cuán incomparable es la iluminación, voto por alcanzarla.

VOTOS DEL BODHISATTVA
INTRODUCCIÓN
Dado que usted está leyendo esta página, ha llegado a lo que podría ser el descubrimiento más transformador de su vida: el del Camino directo.

El Camino directo es el camino a Dios sin dogmas, sacerdotes ni gurús; es el sendero del propio despertar y del propio logro de poder, de manera directa, en Dios y ante él, en el corazón de la vida. Para comenzar a recorrerlo no es nece­sario viajar a ningún sitio, ni cambiar de nombre, ni inscribir­se en cursos costosos; lo sepa usted o no, ya está en ese sende­ro desde el día en que nació.

Cuando usted descubra cuán real es el Camino directo y cómo puede transformarlo a usted de manera más rápida, completa e integral que ningún otro, toda su vida cambiará y descubrirá con dicha y maravilla por qué y para qué usted está aquí. Comenzará a sentirse liberado de todos los sistemas políticos, sociales y religiosos que lo restringen, con la liber­tad que le corresponde por derecho, por ser hijo de Dios: la libertad de su naturaleza divina, y con su verdad divina; esa libertad y esa verdad lo transformarán cada vez más en un poderoso agente de cambio en cada sitio del mundo.

Conozco por mí mismo la verdad de esas palabras. Al mirar hacia mi pasado, veo con claridad los distintos pasos, errores y revelaciones que me condujeron a la visión de la que habla este libro. Veo cómo, por medio de la gracia, la vida y su significado más profundo comenzaron a integrarse con la escritura de este libro y la enseñanza del conocimiento sagrado que contiene; finalmente siento que comprendo porqué y para qué he buscado, sufrido, trabajado y orado.

El gran filósofo griego Platón escribió en La República: "Cuando las almas hubieron elegido su vida, se presentaron ante Lachesis, la diosa de la necesidad. Y ella envió a cada uno el daimon que habían elegido como guardián y realizador de su vida".

Durante muchos años, sólo imaginaba confusamente qué podría depararme mi "guardián" y "realizador". Ahora puedo ver su rostro cada vez con más claridad y descubrir, con dicha y maravilla, que está convirtiéndose en mi pro­pio rostro.


La revelación del secreto Nueva Delhi, India, 1958.

Yo tenía seis años; era un niño esmirriado, precoz, con piernas flacas, grandes ojos pardos hundidos y orejas enormes que se translucían rojas cuando me sentaba de espaldas al sol. Mis padres habían salido para asistir a una cena al otro lado de la ciudad; aún recuerdo qué majestuoso veía yo a mi padre y que mi madre, esbelta y radiante con un vestido de tafetán rojo, parecía flotar al bajar la escalera antes de partir.

Era una noche de verano india, sin nubes, repleta de estrellas brillantes, con una luna inmensa, casi llena; la tibia brisa que soplaba las cortinas blancas de la sala olían a lluvia de monzón, a gases de escape de los coches y a jazmines. Antony, el cocinero, me había preparado una pequeña mesa en el balcón con mi plato favorito: huevos revueltos con to­mate y, de postre, helado de vainilla con salsa de chocolate caliente.

Estaba cenando cuando Antony se acercó y se sentó en el suelo junto a mí. Era un hombre alto, siempre estaba sin afeitar, y tenía los pómulos altos y los ojos enrojecidos y salva­jes de un bebedor. Esa noche noté que había bebido; su alien­to olía a ginebra, tenía la mirada vidriosa y lejana, y las manos le temblaban un poco. No me importaba que bebiese; si bien en ocasiones lo oía gritar y vociferar a su mujer -Mary, mi niñera o aya-, conmigo siempre era afectuoso; cuando él bebía me contaba, hablando un mal inglés, cuentos fantásti­cos sobre príncipes, princesas, caballos alados y yogis que ca­minaban en el sol.

Sin embargo, esa noche él no me dijo nada. Llevó a la galería un pequeño y maltrecho tambor, una tabla, y comen­zó a tocar. Jamás olvidaré el modo en que tocó: con pasión, murmurando apenas, balanceándose de un lado a otro, con sudor en la cara y en las axilas que empapaba su camisa sucia de color caqui; su corazón, mente, cuerpo y alma se fusiona­ron en una oscura llama de concentración. Antony tocó sin parar, cada vez más rápido, hasta que el balcón pareció tem­blar y sacudirse, y las estrellas colmar el cielo nocturno.

Entonces se detuvo, puso su tabla a un costado, juntó las manos, se inclinó hacia delante y tocó el suelo con la frente.

-¿Qué haces? -le pregunté-. ¿Te sientes bien?

Sus labios apenas se movían, dejando escapar extrañas palabras incomprensibles.

-¿Qué haces? -repetí, un poco asustado.

-Ah, mi querido niño -dijo, besándome las manos-.

Estoy agradeciendo.

-¿Agradeciendo a quién?

-A Dios. Dios me escucha cuando toco. Yo toco para Dios, y le digo: "Sé que no soy bueno, pero toco para ti; te amo, debes perdonarme por no tocar bien". ¿Me entiendes? -¿Y tú crees que Dios te oye? -le pregunté.

Antony me miró visiblemente conmocionado.

-Dios es todo. Dios está en todas partes -respondió, haciendo ademanes-. Dios está en la luna y en el jardín. Dios es tú, yo y todo cuanto nos rodea. Dios siempre ve y oye. Para que te escuche, sólo debes murmurar -agregó, y co­menzó a reír histéricamente--. Los hombres no son siempre buenos, pero Dios siempre es bueno. Dios nos ama a todos. Dios entiende a Antony. Dios sabe que Antony no puede de­jar de beber. Dios sabe que Antony ama a Dios. Yo toco para Dios, y Dios aplaude, aplaude.

Se quedó inmóvil como un gato, y luego, con la mirada encendida, se inclinó hacia delante en absoluto silencio. Yo sabía que él escuchaba el aplauso de Dios, algo que yo no podía oír. Entonces, satisfecho, se frotó las manos, eructó, bos­tezó, se estiró y se puso de pie.

-Tú también eres amigo de Antony. Tú eres mi amigo. Esta noche tú y Antony y Dios están felices, y la vida es buena.

Caminó tambaleándose en el cuarto iluminado por la luz de la luna, con la tabla en la cabeza y chocando contra las paredes. Yo permanecí afuera, en el balcón, temblando asusta­do. Esa noche supe que Antony me había revelado un secreto que yo jamás había sospechado: que Dios estaba en todos, en todo, y en mí, y que yo podía estar con Dios y hablarle direc­tamente cuando yo quisiese y en cualquier situación o estado que yo estuviese. ¿Por qué nadie me había contado nunca ese secreto? Miré la luna que flotaba en la oscuridad y los jazmi­nes del jardín veteados con luz de luna; parecían sonreírme. Me miré las manos de seis años aferradas a la baranda del balcón y vi que también brillaban con Dios.

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Desde el comienzo de mi vida, India me introdujo en la conciencia de que Dios es Uno, está presente en todas par­tes, y vive en todos los hechos y en todas las cosas. Me crié en una familia protestante con un chofer musulmán, un aya ca­tólica y sirvientes hindúes; nadie se burlaba de la religión de los demás; todos se sentían con la libertad de rendir culto en la forma que deseasen. El chofer musulmán me hablaba de Alá; mi aya me contaba sobre la misericordia de María, y me enseñó a adorarla; el sirviente hindú me llevaba al templo, me ponía guirnaldas de caléndulas en el cuello, me hacía marcas en la frente con tilak rojo y me consentía con golosinas ana­ranjadas y violetas bendecidas por el sacerdote. Si bien mis padres y abuelos eran cristianos, jamás los oí tratar con condescendencia la religión hindú; ya desde muy niño mi madre me decía que Dios hablaba a los diversos pueblos y culturas de distintas maneras, pero que siempre era el mismo Dios, y que lo único importante en la vida era amar profundamente.

Como consecuencia de ese ambiente tan tolerante, mi sagrada imaginación floreció de manera natural. Desde muy pequeño advertí, sin poder formularlo con palabras, que el chofer, mi aya y los sirvientes hindúes hablaban de distintas -y maravillosas- formas sobre el mismo Dios, y que si yo les prestaba atención, aprendería grandes secretos y sería con­ducido a fascinantes misterios. Así, yo animaba deliberada­mente al chofer, delgado y austero, a que me contara cómo oraban los musulmanes y qué significaba para ellos inclinarse cinco veces por día ante Alá; hacía que Mary, mi aya, me ha­blara de lo que sabía y sentía acerca de Jesús y la madre de Dios; pedía a los sirvientes hindúes y a los sacerdotes de sus templos que me narraran las fantásticas y barrocas leyendas de Krishna, Kali, Durga y Saraswati.

Mi reverencia por todas las tradiciones religiosas fue cada vez mayor, y el sentido de que todas eran sagradas se profundizó debido al modo tan natural en que la gente a mi alrededor vivía su vida espiritual. Noté que los valores cristia­nos de mis padres se manifestaban en amabilidad y considera­ción por todos a quienes conocían, sin juzgar ni odiar a nadie; las fiestas, los bailes, los paseos a la playa y los regalos que hacían eran para ellos tan "religiosos" como rezar en la iglesia o entonar himnos; una vez vi orar a mi padre mientras se hacía el nudo de la corbata en el espejo. Advertí cuánta fuerza y entereza daba la fe a nuestro chofer, e incluso lo vi arrodi­llarse y orar hacia la Meca en medio del mercado, mientras hacía compras, sin ninguna vergüenza ni teatralismo alguno. Vi iluminarse con emoción el rostro de mi aya cuando habla­ba sobre Jesús y su Madre en los cielos mientras preparaba el curry. Vi con cuánto entusiasmo y fantasía nuestros sirvientes hindúes oraban en el templo y cómo disfrutaban en los más exuberantes festivales hindúes, como el holi, en que la gente arroja agua coloreada a los demás y a su alrededor, bailando y cantando durante todo el día, de casa en casa.

De todo eso, deduje naturalmente que el culto religio­so era normal, y que podía y debía practicarse en cualquier circunstancia y en cualquier sitio.

En ese ambiente, también fue natural para mí imaginar que el propósito de la vida era vivir con Dios y orarle. Los primeros poemas que escribí fueron poemas de amor a Jesús, sumamente malos pero muy personales y fervientes. A los cinco años, aproximadamente, comenzó a gustarme cantar, sobre todo en la iglesia; ahora pienso que mis primeras ex­periencias de abstracción mística fueron cuando yo cantaba -con toda mi voz, mi corazón y mi alma- "Adelante, sol­dados cristianos" o, mi preferida, "Permanece junto a mí". Siempre tuve la certeza de que yo cantaba directamente a Jesús y para él, y de que a él le agradaba lo que oía.

También me apasionaban los temas religiosos del arte hindú y del persa, y los monumentos y tumbas de la anti­gua India. Aún recuerdo el respeto reverencial que sentí cuando estuve por primera vez ante el Taj Mahal, que res­plandecía como madreperla a la luz del amanecer. Cuando el chofer musulmán me dijo:"El ShahJahan amaba con un amor divino a Mumtaz Mahal, su emperatriz, y por eso construyó para ella -sentía que era su deber- esta obra de belleza divina", comprendí el significado de eso; era obvio que sólo un amor dado por Dios podía inspirar un edificio de tan sobrecogedora belleza.

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No sólo las historias de arte o de enseñanzas espiritua­les me condujeron a sentir la presencia de Dios. India tam­bién me reveló que Dios estaba presente en la a veces salvaje gloria de la naturaleza. Justo detrás de nuestra casa de Delhi había un terreno plagado de serpientes y enmarañadas zarzas frecuentadas por pavos reales que a mí me parecían miles.

Casi todos los días, al caer la tarde, yo insistía a mi aya para que me llevase a pasear allí porque a esa hora los pavos reales comenzaban a danzar, desplegando el esplendor turquesa y azul dorado de sus colas. Todavía sueño con esos pavos reales, que aparecen de pronto en una tumba en ruinas o detrás de un arbusto sombrío; el embeleso que de niño me provocaba su ostentosa belleza se ha convertido en un símbolo de la trama Divina, con su secreto esplendor, presente en toda la Creación. De hecho, cuando era niño estaba enamorado de todas las manifestaciones de la naturaleza; de la delicadeza de las fucsias; de Joey, mi perro dálmata, con sus orejas agitándose al viento como banderas de plegaria; e incluso -según me contó mi madre- de los hipopótamos del zoológico de Delhi que, por alguna razón que he olvidado, me parecían mucho más bellos que los leopardos y las gacelas.

Ahora veo que ese sentido natural de la presencia de lo Divino en la naturaleza me hizo imposible aceptar una idea de Dios puramente trascendental; supe desde mi más tierna infancia que Dios estaba presente en la extrema y extraordinaria belleza de la India. Mucho antes de comen­zar a expresar con palabras mis pensamientos y sentimien­tos, comprendí que amar a Dios y vivir en él era una expe­riencia suprema, tanto sensual como espiritual y que, en realidad, la espiritualidad verdadera conduce a una expe­riencia del mundo en la que danzan todos los sentidos, como en una perpetua celebración de bodas del corazón, la mente, el alma y el cuerpo.

India también me introdujo en lo que Keats llamó "la santidad de los afectos del corazón". Para mí, cuando niño, Dios estaba presente tanto en la ternura de las relaciones amis­tosas y familiares como en la gloria del Himalaya y del Taj Mahal, o en los cánticos en sánscrito que entonaban los sa­cerdotes de los templos.

Recuerdo lo fácil que era hablar con la gente en el mundo de mi niñez; todos eran sumamente accesibles, desde los sirvientes y los santones itinerantes hasta los políticos y los maharanis con cabellos de plata, a pesar de las intermi­nables preguntas que yo les formulaba. Pese a sus terribles desigualdades y restricciones religiosas, la India de mi in­fancia fue para mí un sitio donde me sentía totalmente cómodo con los demás y disfrutaba la sencilla verdad de una comunicación directa con todos, sin importar su es­trato social ni su religión.

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Ahora sé que las iniciaciones y los regalos divinos que India tenía para mí no fueron sencillamente "dorados". Nadie que viva en la India con el corazón y los sentidos recepti­vos -sobre todo un niño- puede evitar conocer -de ma­nera feroz y desenmascarada- el dolor de las cosas, el horror y la miseria de la vida y del mundo.

Si bien yo era un niño protegido y privilegiado, me era imposible ignorar a los pobres hambrientos apiñados debajo de los puentes desvencijados en invierno, los cadáveres hin­chados flotando en el río Jamuna, los perros flacos y con las costillas sobresalidas consumidos por el cáncer. Hasta en los cuentos que me contaba mi aya abundaba el peligro, con ve­nenosos peces voladores y feroces yetis carnívoros.

Así, yo no ignoraba los aspectos macabros, violentos y letales de la India, ni tampoco el sentido trágico y la triste ilusión que impregna gran parte de la música, la poesía y la filosofía de vida de este país. Supe desde un principio que crecía en el crepúsculo de un imperio rodeado por las ruinas de muchos otros; deterioradas tumbas medievales turcas y mongoles circundaban la casa de Delhi donde vivíamos.

Año tras año veía que las lluvias monzones manchaban y devoraban rápidamente las paredes siempre bien revocadas de nuestra casa; los libros que abría en la biblioteca de mi abuela se deshacían en mis manos, estropeados por años de calor y por el secreto embate incesante de los insectos. Mu­chos años después, cuando leí a los místicos hindúes y budistas y su visión del mundo como maya, como un sueño o una película fantasmagórica, advertí con cuánta profundidad me había iniciado en ese conocimiento durante mi niñez sin darme cuenta. En India, nada duraba mucho, nada era estable, todo cambiaba continuamente de forma y se desvanecía. Mi infancia en la India aseguró que yo nunca creyera en el orgu­llo de lo meramente humano; siempre supe que esa jactancia es vacía, y que todos los sueños puramente humanos deben terminar. Desde muy niño, algo en mí sabía -sin ser capaz de formularlo- que sólo lo divino en nosotros es perma­nente y que sólo la verdad del espíritu eterno puede triunfar sobre los engaños del tiempo.

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Así, India y mi niñez en esa tierra me dieron un tre­mendo sentido de la paradoja y de la secreta unidad de los opuestos, regalos invalorables para quien busca la verdad so­bre la vida y Dios. Al comienzo de mi vida, el enorme poder y el intenso grado de belleza y dolor de la India se desplega­ron ante mí por la presencia de ambos en el corazón de la vida y por su misteriosa interrelación. Mi corazón y mi ima­ginación de niño conocían lo que mi joven mente aún no era capaz de formular: que en la India, y por ende, en la vida misma y en Dios, existía tanto maravilla y terror como extre­mo esplendor, dicha, muerte, locura y angustia.

Y en la inquietante sonrisa de la estatuilla de Shiva danzando que mi tía Bella tenía en su apartamento, siem­pre lleno de flores e iluminado con lámparas colgantes, hallé por primera vez un indicio del conocimiento de uni­dad que reconcilia y trasciende todos los opuestos. Como Bella solía decirme: "En el corazón de la danza de la vida hay calma; es la calma de Dios. India despliega todo ante ti; toda la belleza junto a todo el horror. Y detrás de ambos, también te revela la sonrisa divina".

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La segunda etapa de mi viaje hacia el Camino directo comenzó a los nueve años, cuando dejé la India y me radiqué en Inglaterra para recibir el rigor militar de la educación pri­vada inglesa. Sentí como si me hubiesen desterrado del Edén y encerrado en un refrigerador oscuro y sin aire; la cálida extravagancia de mi niñez en la India no me había preparado en absoluto para los raros rituales y el esnobismo de Inglate­rra. Me sentí extraño y aislado desde el principio. Para sobre­vivir en la "jungla" de la escuela privada, exigí mi mente al máximo, esclavizándome a ganar tantos premios académicos como pudiese y, a modo de protección, cultivé el ingenio. Mi jugada dio resultado; a los trece años gané una importante beca para la escuela Sherborne, y a los dieciocho, otra para la universidad de Oxford, donde obtuve las mejores calificacio­nes en Literatura inglesa tres años después. Luego, a los vein­tiún años, fui elegido miembro del cuerpo docente y de la junta rectora del All Souls College, Oxford, el honor acadé­mico más alto de Inglaterra.

El mundo al que había entrado era, en diversos aspec­tos, extraordinario. Me asignaron enormes habitaciones me­dievales situadas entre la capilla y el comedor; en la pared desnuda de mi dormitorio había un tapiz con un texto de TE. Lawrence; hice amistad con personas tan inspiradoras como Isaiah Berlin, Michael Howard e Iris Murdoch; tuve oportunidad de viajar a Italia, Grecia y Turquía, y leí en deta­lle toda la tradición literaria y filosófica europea.

La universidad de Oxford era antigua y llena de encan­to; la mesa del All Souls florecía con vinos finos y conversación a veces enardecida; sin embargo, mi sensación de aisla­miento en Inglaterra se hizo cada vez más obsesiva, hasta el punto de volverme solitario y depresivo, con pensamientos suicidas. Tenía todas las cualidades externas del éxito, y mi carrera prometía ser brillante; la educación que había recibido en la escuela y en Oxford no podía haber sido más completa; entonces, ¿por qué yo quería morir? Lo ignoraba; sólo estaba seguro de que debía regresar a India. No tenía una idea clara de qué significaría India para mí; lo único que sabía confusamente era que mi vida estaba llegando a un callejón sin salida y que sólo sería capaz de sobrevivir si regresaba a India y volvía a beber profundamente de los manantiales de mi niñez.

A los veinticinco años obtuve una beca en la universi­dad de Cambridge que me permitió tener el dinero suficien­te para regresar a India y permanecer allí nueve meses. La tía Bella me recibió a medianoche en el aeropuerto de Delhi con su peluca rubia y su vestido rojo: al verla, lloré de alegría. Durante dos semanas pasé el tiempo sentado junto a ella en el balcón de su casa, en la vieja Delhi, observando las procesiones indias; me sentía demasiado abrumado para salir fuera. Entonces, una noche, frente a la estatuilla de Shiva que tanto había amado cuando niño, Bella me sirvió un poco de ginebra, me tomó las manos y me dijo:"Sé por qué estás aterrado. Tú sabes que todo cambiará a partir de este viaje; un Andrew morirá y uno nuevo nacerá. Pero no puedes quedarte inmóvil y paralizado como un ratón delante de una cobra. Debes sumergirte en la India y permitir que te dé lo que tu destino ha preparado para ti, con los peligros o las amarguras que traiga".

Así, al día siguiente, con mucha ternura Bella hizo que me marchase, e inicié un extenso y sinuoso viaje por India. Fui a Sarnath, a Bodh Gaya y a Benarés; recorrí los grandes templos de Shiva, en el sur; leí los principales textos sagrados hindúes y budistas con cierto detalle por primera vez; conocí, interrogué y viajé con monjes budistas, peregrinos hindúes, indagadores occidentales con todos los grados posibles de convicción espiritual y excentricidad. Escuché y estudié mu­cho, pero entendía poco; mi mente se había endurecido en los años de escrupuloso aprendizaje del escepticismo y la iro­nía de Oxford. Redacté artículos "académicos" con letra pe­queña en una serie de cuadernos negros, como si estuviese de regreso en la biblioteca Bodleian de Oxford escribiendo una "tesis" sobre "religión": ahora sonrío al releer esas notas, lle­nas de temor e incómoda petulancia.

Pero entonces, gracias a Dios, mi mente y mi corazón se abrieron para siempre debido a una serie de experiencias místicas directas que alteraron definitivamente mi percep­ción del universo e hicieron de mí un indagador. Comenzaba la tercera etapa de mi evolución.

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En el transcurso de dos meses, alojado en una pequeña choza junto al mar, situada en el ashram de Sri Aurobindo, en Pondicherry, recibí la gracia de tres "visiones" que desplega­ron un mundo nuevo ante mí. Las dos primeras fueron "sue­ños"; la tercera sucedió cuando estaba despierto.

En el primer "sueño" me encontré integrando un coro de un millón de voces; yo cantaba con éxtasis, en una nube de luz: "Oh, mi Amado, lamento dejarte pero debo partir". De inmediato comprendí que ésa era la voz de mi alma al aban­donar el Origen para encarnar. La música que me colmaba, con la nube de luz a mi alrededor, fue la más maravillosa que oí en mi vida; toda la música de este mundo palidece ante el recuerdo de su éxtasis. Después de cantar con las otras voces durante un largo tiempo, caí de pronto a lo que me pareció un enorme pasadizo negro, entré en mi cuerpo y desperté. Mientras permanecía acostado en la cama, en éxtasis y con pena, advertí que todo el significado de mi vida consistiría en "reingresar" conscientemente en esa música divina aquí en la tierra y con un cuerpo; mi tarea sería, entonces, hacer retor­nar conscientemente cada parte de mi ser -mi mente, mi corazón, mi cuerpo y mi alma- a la unidad cantante de la cual yo -y todos los otros seres- provenía.

Fue una experiencia sumamente confusa porque sabía que era imposible refutar su claridad e intensidad. Compren­dí que había sido "transportado" a una dimensión que jamás había conocido y cuya existencia apenas sospechaba. Durante dos semanas vagué aturdido por Pondicherry, con aquella di­vina música resonando en mi mente y mi cuerpo.

Luego tuve otra "visión". Esa vez me encontraba en la playa, muy tranquilo, cuando, por la arena, vino flotando ha­cia mí un ser sumamente bello, de sexo indeterminado, son­riendo y rodeado de luz dorada.

Todo mi ser pareció transformarse en una llama de amor por esa criatura, y le permití abrazarme y recostarse en mi regazo. Hallé el coraje de preguntarle quién era; una voz me respondió, riendo: "Soy tú". Entonces me desperté, bañado en dicha. Se me dio a entender que me había sido dada una visión directa de mi ser" completo", mi identidad divina hu­mana más íntima con toda su perfección andrógina.

Tres semanas más tarde me encontraba caminando por la playa en un pueblo cercano junto al mar, de regreso al hotel; era de noche. De pronto, mi mente se abrió completa­mente; vi con los ojos abiertos que todas las barcas de los pescadores y la playa brillaban con luz blanca intensa, y oí que las olas cantaban 0m mientras rompían una y otra vez. La ex­periencia duró por lo menos quince minutos. Advertí que la realidad estaba revelándome su rostro divino sin máscara, su rostro de luz.

Esas tres experiencias marcaron el inicio de la tercera etapa de mi viaje a la visión que inspiró este libro, una etapa de intensa búsqueda en muchas de las tradiciones místicas más importantes del mundo. Supe que debía descubrir por mí mismo la verdad de la realidad mística, estudiarla y vivirla desde diferentes ángulos, con tanta profundidad como fuese posible, más allá de todo dogma, y desvincularla de las inter­pretaciones e introspecciones de cualquier tradición. Tam­bién supe que vivir semejante aventura me exigiría y me costa­ría todo; en mi mundo inmediato no había nada que pudiese estimular ese emprendimiento o apoyarme; no tendría la pro­tección de ningún templo ni de ningún sistema espiritual: debería confiar en la misericordia de Dios y en mi propia visión, grado de realización y destino.

Tres elementos caracterizaron mi búsqueda durante este período: el sentido de la unidad esencial de todas las tradicio­nes místicas derivadas de mi experiencia durante mi infancia en India y de mi propia comprensión interior, cada vez ma­yor; la concentración en el aspecto "femenino" de Dios -de Dios como madre-- en las distintas religiones, y en las virtu­des místicas "femeninas" de devoción, pasión y renuncia; y la adopción sin cuestionamientos de la tradición india del gurú. Estoy profundamente agradecido por los dos primeros de esos "instintos"; el tercero, como explicaré posteriormente, al prin­cipio pareció ayudarme pero luego casi me destruyó.

Durante esos años, mi guía más importante fue Ramakrishna, místico bengalí del siglo XIX, cuya experien­cia pionera en la unidad interior de todas las tradiciones místicas inspiró todo cuanto asumí; Ramakrishna escribió un fragmento que siempre cito:



Todos nos referimos al mismo Dios. No es bueno pensar que la religión verdadera es la propia y que las demás son falsas, Todas buscan el mismo objeto. Una madre prepara la comida adecuándose al gusto de sus hijos. Suponed que una madre tiene cinco hijos y consigue un pescado para la familia; no cocinará el mismo plato para todos... Dios ha hecho distintas religiones para adecuarlas a diferentes personas, épocas y países. Las diversas doctrinas son sencillamente distintos senderos.

Con la guía y la inspiración de esa maravillosa y amplia visión de Dios como Madre, todo tolerancia y todo amor, penetré en una exploración radical de las tradiciones y prác­ticas místicas del hinduismo, el budismo, el sufismo (el aspec­to místico del Islam) y el cristianismo. Durante casi veinte años, el propósito de mi vida fue experimentar la verdad y la relación interior de esas tradiciones y emplear mi habilidad de escritor para comunicar a los demás la esencia de lo que yo aprendía.

En 1978 conocí a la madre Meera, una joven india que vivía en Pondicherry, y me convertí en su discípulo. En 1983 viajé a Ladakh, un remoto reino budista del Himalaya, al nor­te de la India, donde conocí a Thuksey Rinpoche, gran mís­tico tibetano, y estudié la filosofía y las prácticas del budismo tibetano; escribí sobre mi encuentro con Thuksey en mi pri­mera autobiografía espiritual journey in Ladakh. En 1984 ini­cié una exploración -que duró diez años- de las obras místicas del poeta persa Rumi y de la herencia mística sufi, con la colaboración de un grupo de sufistas franceses y Eva de Mitray Meyerovitch, destacada especialista en el Islam.

En 1987 sufrí una crisis debido a un penoso romance y viajé a Alemania, donde viví con la madre Meera durante casi un año. Entonces, todos los conocimientos místicos que ha­bía reunido durante los años previos de búsqueda y práctica se fusionaron en un sólido y permanente conocimiento inte­rior sobre el inicio de la conciencia divina. En mi libro Hidden journey describo en detalle todas las revelaciones vinculadas que me condujeron a ese "despertar".

En 1990 fui invitado por un cineasta inglés a viajar con él a Nepal para trabajar en una película sobre el Libro tibetano de los muertos. En ese viaje conocí varios adep­tos tibetanos, estudié en detalle las enseñanzas del Mahayana sobre la muerte, y Sogyal Rinpoche me pidió que colabo­rara con él y con su ayudante, Patrick Gaffney, en la escri­tura de The Tibetan Book of Living and Dying, que poste­riormente se convirtió en un éxito de ventas mundial e introdujo las principales prácticas mentales tibetanas a indagadores de todo tipo.

En 1992, un cineasta australiano solicitó mi colabora­ción para rodar una película sobre Bede Griffiths, un monje católico (en ese entonces, de ochenta y seis años) que vivía en el sur de la India. Conocer a ese gran místico cristiano –un hombre cuya humildad, inteligencia y ternura me conmo­vieron profundamente- completó mi periplo de indaga­ción mística y me inició en las verdades más profundas del cristianismo de mi infancia. No parecía una coincidencia que el ashram de Bede Griffiths estuviese justo en el ca­mino de Tanjore a Coimbatore, lugar donde nací, en el estado de Madrás.

En 1993 fui invitado por el Instituto Californiano de Estudios Integrales de San Francisco para dar una conferen­cia sobre el poeta Rumi. Allí hablé en público por primera vez, sin vergüenza ni temor, como místico en evolución, so­bre uno de los más grandes poetas místicos; fue una expe­riencia extraordinariamente grata y generó muchísimo inte­rés en mi trabajo. Ese mismo año, el Canal Cuatro de Inglaterra produjo una película para televisión sobre mi vida y mi obra, The Makíng of a Mystíc, puesta en el aire en noviembre de 1993 y recibida -para mi sorpresa- con enorme respeto.

Ocho meses antes, en marzo de 1993, me había enri­quecido con otra gracia: conocí en París a Eryk Hanut, un hombre quince años menor que yo, del que me enamoré profundamente y en forma recíproca. Yo siempre había creí­do que uno de los logros más intensos de la vida mística con­sistía en el amor humano divino, pero diversas experiencias penosas y frustrantes me habían quitado toda esperanza de hacerlo realidad, y me había resignado a llevar un incómodo celibato. Conocer a Eryk cambió eso; era un joven tremenda­mente honesto, sin temores, religioso, abierto a todo lo que yo había explorado y aprendido, que me brindó su amor y me ofreció su corazón y su vida. Al amado y al ser amado por él comencé a experimentar de manera directa el comienzo de la fusión alquímica del corazón, la mente, el cuerpo y el espíritu que siempre había creído posible pero que jamás ha­bía experimentado.

A finales de 1993, a los cuarenta y un años, me sentía más feliz y realizado de lo que jamás había imaginado. Había escrito varios libros que servían de ayuda a otros indagadores; había iniciado una carrera en la enseñanza, algo completa­mente nuevo para mí; tenía a la Madre Meera, a quien yo consideraba una estupenda y compasiva "maestra divina"; tenía a Eryk, el compañero amoroso, artístico y espiritual que siempre había buscado. Me parecía que, por fin, la gracia de la Divina Madre había puesto en armonía todos los aspectos de mi vida.

Estaba engañado. Apenas estaba por comenzar el peor período de mi vida y mi búsqueda, el más terrible y doloroso, que transformaría a ambas de tal manera que resulta irreconocible.

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El 27 de diciembre de 1993, la Madre Meera me dijo que abandonara a Eryk, me casara y escribiera un libro afir­mando que su fuerza divina me había convertido en hetero­sexual. Tras un período de ardua lucha, advertí que ella no era la maestra divina que yo creía y que sus acciones demostra­ban que era prejuiciosa y destructiva.

El horror de los años siguientes lo confirmó; cuando, de regreso en San Francisco, hice pública mi separación de la Madre Meera, en primer lugar ella negó haberme dicho dejar a Eryk, lo que hizo peligrar mi relación con él. A eso le si­guieron amenazas de muerte por parte de varios de sus discípulos y "fanáticos"; mi carrera estaba amenazada por las denuncias de varios discípulos que yo había conocido, y a quienes consideraba amigos espirituales; los alumnos del Instituto Californiano de Estudios Integrales que "ado­raban" mis clases sobre Rumi ahora intentaban expulsarme de la institución por hereje y mentiroso y llenaban mi buzón con cartas de odio, Debido a semejante tensión, Eryk contra­jo cáncer y yo sufrí trastornos en la espalda, lo que me produ­jo un dolor físico constante. Todo lo que yo había amado y por lo que me había esforzado durante más de quince años parecía estar en ruinas.

Además, a mediados de 1994 me enteré de que once alumnas de Sogyal Rinpoche le habían iniciado juicio por abuso sexual. Yo le había dedicado un año y medio de mi vida y había colaborado con él y Patrick Gaffney para trans­mitir al mundo la grandeza de la tradición tibetana. Dada mi propia situación, enterarme de lo que aparentemente había hecho, y de las diversas formas en que los principales maestros budistas de Estados Unidos trataban de excusarlo o de ocultar el hecho, me asustó e hizo añicos mi fe, tanto en el sistema tradicional del "maestro" como en el movi­miento de la New Age.

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Así comenzaba la cuarta etapa de mi viaje, la más ardua y transformadora de la visión del Camino directo. La agonía y la prolongada crisis extrema me obligaron a dilucidar por mi propia cuenta -en el sentido más profundo y fundamen­tal- lo que yo consideraba verdadero; por mi propia super­vivencia interior debí depurar, pulir, profundizar y analizar todo cuanto había aprendido sobre la realidad mística. Tam­bién tuve que enfrentar -de la manera más implacable­ todas las ilusiones que tenía acerca de mí y mi búsqueda inte­rior. Después de todo, con mis escritos sobre la Madre Meera yo había contribuido a universalizar su culto; por mi futuro espiritual y en nombre de quienes yo había guiado insensata­mente por el camino erróneo, yo debía someterme a un in­tenso autoanálisis y exponerme ante mí mismo, lo que sig­nificaría nada menos que incinerar todas las ilusiones y pro­yecciones que me habían llevado a exaltar a Meera, ser ho­nesto y útil, soportar mi error y redimir el dolor que yo había causado a Eryk y a mí mismo.

Ahora, cinco amargos y asombrosos años después, pue­do ver la enorme y completa bendición que fue ese período de "aniquilación". Ha desnudado mi psiquis, mi vida, mis creencias y a mí mismo hasta llegar a lo esencial; a cambio de las múltiples humillaciones y muertes que he sufrido me ha dado las certezas que han inspirado este libro.

Sin mi drástica desilusión con el sistema de gurús en todos sus aspectos, nunca hubiese descubierto la fuerza, la pasión y el poder transformador del sendero de la comunicación directa con Dios, sin necesidad de ninguna mediación; hubie­se continuado proyectando, probablemente de maneras cada vez más sutiles, mi propia verdad y esencia divinas en Meera o Rumi o el Dalai Lama, y me hubiese privado de la aventura suprema: asumir la total responsabilidad, en y ante Dios, del propio desarrollo espiritual. Si no hubiese tomado la decisión de elegir mi amor a Eryk por sobre todas las espurias lealtades a un sistema de poder que en un tiempo abogué, no me ha­bría iniciado, de manera sistemática y a veces milagrosa, en las verdades de la sexualidad tántrica, y nunca hubiese vislum­brado la intensidad y el potencial de la sagrada conjunción del corazón, la mente, el cuerpo y el alma, que es la gratifica­ción y el objetivo del Camino directo. Si no hubiese creído que mi desarrollo espiritual era consecuencia de la gracia de Meera, jamás me habría atribuido la profundidad de mi propia com­prensión, ni sabido que mi progreso espiritual sería más rápi­do, profundo y honesto fuera del sistema de gurús que, en formas sutiles, me mantenía reducido y esclavizado.

Sufrir, de manera prolongada y devastadora, la corrup­ción del sistema de poder que había aceptado -el del sistema del maestro y sus seguidores- me ha vuelto más sensible a los despiadados efectos del poder en general. Eso también ha sido una bendición; ahora veo claramente las relaciones entre el verdadero despertar místico y la transformación polí­tica, social y económica. Luchar contra el sistema de gurús y sobrevivir a sus mentiras y crueldades ha expandido en am­plio grado mi visión de las posibilidades que tiene el activismo místico. En mi vida he visto y conocido la tremenda y extremada energía creativa liberada cuando uno se permite reivindicar su identidad divina en relación directa con Dios, sin controles perjudiciales y limitadores; he visto y conocido en mi corazón, mente y alma el conocimiento y las revelaciones proféticas que se presentan directamente ante el ser -cualquier ser- que se atreva a ser auténtico de esa ma­nera; experimentar todo eso me ayudó a advertir la inmensa fuerza transformadora de todas las condiciones existentes en el mundo que se desataría si los seres humanos se liberaran de todos los sistemas de manipulación mental. Como he comenzado a vivir esa verdad en mi propia vida, he llega­do a comprender cuánto poder puede otorgar el sendero en todos los niveles -emocional, sexual, social, político- cuántos cambios radicales podrían producirse si los seres humanos es­tuviesen dispuestos a romper las cadenas de su condiciona­miento y arrogar los rigores y las glorias de la auténtica rela­ción con lo Divino.

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Hace dos años y medio, vi con claridad todo el enorme potencial y la verdadera dirección del Camino directo gracias a una experiencia interior que considero la más importante de mi vida. Sucedió, tal como tantas otras cosas importantes de mi recorrido, en la India, precisamente en Coimbatore, el lugar donde nací.

En noviembre de 1996, tomé un avión en San Francis­co con destino a Coimbatore, en el sur de la India, para estar junto a mi padre, que estaba muriendo. No lo había visto en años; siempre nos habíamos amado y respetado mucho, pero como mi extraña vida lo desconcertaba, fuimos distancián­donos. Mi madre me había enviado un fax a California avi­sándome que si yo no iba a la India para estar con mi padre, tal vez nunca lo vería otra vez.

Cuando llegué, vi que mi padre estaba por morir. No había tiempo para hacer otra cosa que expresar amor. Todos los días permanecía varias horas junto a su cama y le decía lo agradecido que estaba yo de que él hubiese sido mi padre, y lo mucho que significaba para mí su bondad y dignidad.

Casi toda nuestra conversación giraba en torno a Cris­to. La intensidad y la simplicidad de la fe cristiana de mi padre ­me estremeció profundamente. En una ocasión en que él es­taba muy pálido y agotado por haber sufrido durante toda la noche, le pregunté: "¿A qué Jesús le estás rezando ahora?" Me miró y respondió: "Al Jesús de Gethsemaní, porque fue en­tonces cuando él necesitaba ayuda".

Con el transcurso de los días, mi padre y yo abrimos nuestros corazones cada vez más; siempre nos habíamos ama­do mucho pero nunca lo habíamos expresado; cuando por fin lo hicimos, nos invadió una enorme dicha. Muchas veces sentí la divina presencia de Cristo en el cuarto, junto a noso­tros y en la fuerza del amor que fluía entre nosotros.

Llegué a Coimbatore un martes; el domingo siguiente asistí con unos amigos a la iglesia católica del lugar. Ese día tenía lugar la celebración del Cristo Rey, y un sacerdote in­dio de baja estatura y con voz muy suave dio un conmovedor sermón en el cual decía que el verdadero "reino" de Cristo no se basaba en ninguna forma de poder religioso o terrenal sino en la pasión de su amor, en su sacrificio y en su entrega al deseo de servir y salvar a todos los seres.

Cuando el sacerdote finalizó su sermón, miré distraí­damente la cruz que estaba detrás del altar. Sólo existe un modo de describir lo que sucedió entonces: el Cristo en la Cruz cobró vida. Durante quince increíbles minutos, todo mi ser se estremeció por la gloria de lo que estaba presenciando; con los ojos abiertos vi que el Cristo en la cruz extendía los brazos en un abarcador, absoluto y definitivo gesto de amor a toda la realidad.

Me invadió ola tras ola de amor divino; ninguna de las muchas experiencias con lo Divino que había tenido hasta ese momento me prepararon para el éxtasis, la inten­sa pasión y la tremenda fuerza intrínseca presentes en lo que fluía hacia mí desde el Cristo viviente. Debí recurrir a toda mi fuerza para no caer rendido ante la tremenda intensidad de lo que yo recibía; me aferré al banco que tenía delante mientras involuntarios sollozos de gratitud me es­tremecían de la cabeza a los pies.

Después de la misa no comenté nada a nadie sobre lo que había vivido; fui en silencio con mis amigos hacia el coche. Entonces, vi junto al portal de la iglesia al ser humano más desventurado y menesteroso que conocí en mi vida: un joven indio de unos veinte años, con raídos pantalones color caqui y una harapienta camisa blanca, sin brazos ni piernas. Minutos antes yo había visto al Cristo viviente en esplendor, en la cruz; ahora lo veía, de manera igualmente vívida e inolvidable, en ese ser desamparado e indigente que se hallaba frente a mí. Supe que ese joven incapaz de defenderse y aun de moverse sin ayuda, completamente a merced de los demás, no era otro que el mismo Cristo. Fui hacia él y lo miré a los ojos durante largo rato; tenía la mirada más desesperada, tierna y resignada que he visto, llena de un inexpresable dolor y una especie de final digni­dad. Mientras ponía en el bolsillo de su camisa todo el dinero que yo llevaba encima, oí una voz que me decía, suavemente: "Ahora que me has visto en todos, debes servirme en todos. Ahora que me has visto vivir, sobre todo en los pobres e indigentes de toda clase, debes dedicar tus dones y el resto de tu vida en la Tierra a trabajar para cambiar las condiciones que originan la miseria".

Prometí en silencio que así lo haría a la voz que habla­ba dentro de mí. Dos días después, al darme su última bendi­ción poniéndome la mano sobre la cabeza, mi padre me dijo: "No te deseo dinero, fama ni felicidad, aunque espero que tengas todo eso y ruego a Dios para que te lo conceda. Te deseo la continua presencia viviente del Cristo en el corazón de tu vida, ahora y siempre".

Este inmenso encuentro con el Cristo, que ha seguido creciendo dentro de mí, no me ha convertido en "cristiano"; no existen rótulos ni definiciones dogmáticas posibles para la vasta fuerza de amor divino que he experimentado ese do­mingo y continúo experimentando de modo constante, que arde con intensidad en el centro de mi cuerpo y trata de impregnar todo lo que escribo o hago. El Cristo que conozco está más allá de toda religión, de todo dogma y de todas las iglesias, quizás especialmente las creadas en su nombre; él es nada menos que la fuerza del amor presente en el corazón de todo ser humano, la fuerza del amor presente en el corazón del Camino directo, el volcánico poder nuclear de activo amor humano divino que todo lo transforma, presente en todos los seres de la Tierra, que espera ser liberado, expresado, vivido y encarnado en toda ley y en toda institución, en toda actividad creadora, científica y política.

Todas las grandes revelaciones místicas dicen algo sobre esa fuerza y la describen en sus propios términos. En el hinduismo, es celebrada como Ananda, la dicha resplan­deciente de la Divinidad; en el sufismo, es conocida como el poder del corazón del Amado, la experiencia interior directa del amor que crea e infunde todas las cosas; en el budismo Mayahana se la llama Bodhicitta, la compasión iluminada que alimenta el voto del bodhisattva para retornar una y otra vez a esta realidad para ayudar a todos los seres vivientes a liberarse de sus ilusiones.

Mi experiencia con ese amor definitivo y que todo lo consume dejó en claro para mí que la experiencia mística debe ser concretada mediante el servicio activo de los seres de todo lugar y con el compromiso permanente para trans­formar las condiciones de la vida en la Tierra, de todas las maneras y en todos los niveles. Mediante mi encuentro con el Cristo en Coimbatore, el Camino directo se reveló ante mí no meramente como un sendero de comunicación privada directa con Dios, sino también como un sendero de compro­miso público con la transformación política, social, sexual y económica. ¿Qué significado tienen las meditaciones y reve­laciones más elevadas si no modifican las condiciones que mantienen a millones de personas por debajo del nivel de pobreza y permiten que continúe la horrible violación de la naturaleza? ¿Cómo podemos hablar en nuestra época de renacimiento místico -como lo hacen muchos, con tanta palabrería- si millones de personas no son impulsadas a re­clamar su identidad divina, no sólo mediante una experiencia interior "privada", sino también con el compromiso viviente de luchar por la transformación de las condiciones existentes? Hace dos años y medio, ese domingo en Coimbatore vi -sin la menor posibilidad de poder negarlo- que mi recorrido interior, o el de cualquier persona, sólo sería una fantasía nar­cisista si no daba a todos los seres ese amor que recibí de lo Divino, y no de manera puramente emocional o incluso es­piritual, sino también de un modo dinámicamente práctico, que exige de todos nosotros un duro escrutinio de las condi­ciones reales y sus soluciones.

En otras palabras, lo que vi -con pasmosa claridad­ fue la limitación de todas las formas de misticismo puramen­te terrenales interiores o privadas. La última bendición de mi padre, su muerte y la fuerza de lo que experimenté en la iglesia de Coimbatore me obligaron a ahondar en la explora­ción del Jesús histórico y en la tradición mística cristiana au­téntica. En mis primeras obras he dado a conocer, con todo el detalle posible, las visiones, los entendimientos y las prácticas que yo había aprendido del hinduismo, el budismo y el sufismo; en mis últimos libros, sobre todo en Son of Man: The Mystical Path to Christ, he procurado hacer por la tradición mística cristiana lo que mi trabajo con Sogyal Rinpoche y Patrick Gaffney hicieron por el budismo tibetano en Tlze Tibetan Book of Living and Dying: divulgar a los indagadores de todos los sitios la pasión y las prácticas transformadoras emanadas del estar conscientes del Cristo. En esa labor me impulsó a creer, cada vez con mayor intensidad, que es esencial que todos los seres en cuyo corazón more genuinamente el bien escuchen el desafió del Cristo de hacer real el amor, de la manera más contundente y revolucionaria, en todos los sitios y en todos los niveles de la sociedad.

La riqueza, la complejidad y la amplitud de mi propio recorrido me han conducido de manera profunda a las disciplinas místicas orientales y de Oriente Próximo; luego me han hecho retornar al corazón viviente de mi propia tradi­ción cristiana; eso me permitió descubrir, en muchos aspectos, la verdad que convergía y hacía coherente y práctico todo lo que yo había aprendido desde mis primeros estudios sobre Rumi, Ramakrishna, Aurobindo y los tibetanos.

Mediante mi confrontación con esta verdad -que el amor y el conocimiento místico debe manifestarse de mane­ra activa, contundente y transformadora, en todos los niveles de la realidad- finalmente pude ver el vasto potencial del Camino directo, de una forma que consuma y completa, se­gún creo, las verdades mas elevadas y profundas, no sólo de las tradiciones místicas y religiosas del mundo, sino también de las tradiciones políticas, científicas y artísticas.


LA VISIÓN DEL CAMINO DIRECTO
Creo que mediante el terrible dolor y el terror de este período extremadamente peligroso pero también extremadamente creativo y fértil intenta nacer una nueva humani­dad, en contacto directo e inmediato con lo Divino, libre de las divisiones, del disgusto por el cuerpo y de la inclinación a lo trascendente que desfiguran todas las religiones patriarcales heredadas, y al fin capaz de morar en el tiempo, en el cuerpo y en la Tierra, con extasiada conciencia y un rotundo y apa­sionado sentido de responsabilidad hacia todo lo viviente.

Según considero (al igual que cada vez más personas), todas las religiones principales han fracasado en una tarea esen­cial: disminuir la ansiedad y la agresión humanas mediante la instrucción de los seres humanos acerca de su naturaleza divina esencial. Cada una de ellas, de modos diferentes pero básicamen­te similares, controlan a los creyentes y alegan ser intermediarios de la relación entre el creyente y Dios, en maneras que evitan, de forma sutil pero al mismo tiempo ostensible, que el cre­yente reivindique todos sus poderes divinos innatos.

Asimismo, el sistema de gurús -tal como deja claro, a toda persona lo bastante honesta para confrontar los hechos, la ola de escándalos que tuvo lugar durante los últimos treinta años en los principales sistemas de transmisión mística-tam­bién quita poder al indagador de manera sutil; adorar a otra persona como divina puede parecer un medio para concretar la propia divinidad individual, pero en la abrumadora mayo­ría de los casos sólo recrea los viejos modelos de dependencia y las antiguas costumbres de ceder el propio poder a otro.

También pone en evidencia que casi todos los que actual­mente aducen ser iluminados -y, en consecuencia, estar más­ allá del karma y de todo cuestionamiento- no lo son en absoluto; sólo están usando el antiguo y sagrado lenguaje de la verdad mística para justificar modos de enriquecerse, acu­mular poder personal y actuar como "celebridades" en lo que trágicamente se ha convertido en una suerte de sistema inter­nacional de "estrellas de Hollywood".

Esa falla en las formas tradicionales de llegar a Dios significa que la energía sagrada liberada por la presente apertura mundial a lo Divino no puede alcanzar su plena expre­sión porque es desviada hacia sistemas inadecuados o explo­tada por gurús inescrupulosos para servir a sus propios pro­pósitos, muy temporales y terrenales. Ese potencial nacimiento -a enorme escala- se está malogrando o corre peligro. Esto puede ser desastroso porque -tal como yo y muchos otros ahora creemos- si no se produce una pronta elevación de la conciencia humana, y a un grado que influya en todas las principales decisiones políticas y ambientales, la naturaleza y, por ende, la raza humana están en peligro de ser destruidas. Posiblemente el futuro de toda la raza humana dependa de que gran cantidad de personas tome el Camino directo para reivindicar humildemente su humanidad divina, y actúe des­de allí para proteger el medio ambiente y procurar que se haga justicia con los pobres, los hambrientos y los desposeí­dos. Lo que se necesita a gran escala, según creo, es un ejército de guerreros sirvientes de la paz y la justicia, un ejército de visionarios prácticos y de místicos activos que trabajen en todo campo y en todo sitio para transformar el mundo.

Se trata de una visión radical, desde luego, pero no nueva. Las verdaderas enseñanzas de Cristo no consistían, como la Igle­sia ha afirmado, en adorarlo a él como hijo de Dios; fueron un intento de transmitir a todos la relación estrecha, directa y total­mente transformadora que él mismo había logrado con Dios, un intento de otorgar poder a todos los seres con su propia iden­tidad divina humana y de iniciar una revolución mística y política. En las antiguas culturas chamánicas (como podemos ver en los restos de las que sobreviven en los pueblos aboríge­nes) creían que todos los seres tenían derecho -en virtud de haber nacido en este mundo- a una relación directa con el Origen, y desarrollaron elaborados y conmovedores rituales para cada etapa de la vida. En el budismo Hinayana de la antigüedad no había tiempo para elaborar la adoración supe­rior que tanto influía en las escuelas Mayahana; Buda dejó en claro que él no era un dios y que todos los que desearan la iluminación de manera tan apasionada y deliberada como él podían lograrla si se preparaban para dar, sufrir y trabajar lo necesario. De hecho, sus últimas palabras fueron "Poneos a trabajar por vuestra propia salvación con diligencia".

La mayoría de las escuelas del judaísmo han recalcado la necesidad de ir directamente a lo Divino. Incluso en el hinduismo, que ha encomiado y adorado la figura del gurú, han existido muchas sectas y movimientos que criticaron abier­tamente todos los intermediarios entre el corazón humano y su origen. La relación directa, entonces, siempre ha sido cono­cida y seguida por cierta parte de la humanidad. Si muchas religiones y sistemas místicos le han restado importancia, es debido a que el Camino directo es inherentemente radical. Al fin y al cabo, si todos pueden estar en contacto con lo Divino sin intermediarios y aprender directamente de lo Divino en el término de su propia vida, ¿para qué se necesita una clase sacerdotal, monasterios, templos y gurús? Y si todos son, en el sentido más elevado, iguales ante Dios, la idea que propuso el Cristo histórico -que las personas también deben ser igua­les ante la sociedad- pronto será inevitable y todo el sistema de culturas y religiones patriarcales se verá amenazado. Creo que, en la actualidad, estos sistemas autoritarios que han deja­do de tener fundamento y inocencia espiritual nos están es­trangulando a muerte; es hora de que la energía revoluciona­ria del Camino directo se libere y nazca al fin la visión de Cristo y de Buda de una humanidad libre y con poder. De ese nacimiento depende el futuro.




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