El cambio social desde la perspectiva comunitaria



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UNIVERSIDAD DE SANTAGO DE CHILE Ps. Víctor Cabrera Vistoso

ESCUELA DE PSICOLOGÍA





EL CAMBIO SOCIAL COMO PROPÓSITO DE LA ACCIÓN COMUNITARIA


Víctor Cabrera Vistoso

Santiago, noviembre 2004

INTRODUCCIÓN

Implementar y ejecutar planes, programas y estrategias destinadas a promover un cambio en la situación actual en la que vive una comunidad es uno de los propósitos de mayor relevancia en el trabajo de la psicología comunitaria. El cómo se logran concretar las distintas acciones, el énfasis asignado a los distintos propósitos y la metodología adoptada para estos fines dependerá de dos factores: por una parte, de las características geográficas, demográficas y psicosociales de los sujetos de intervención y, por otra, de los aportes teóricos de distintos autores, que desde posiciones ideológicas diversas, presentan como fin, la generación de un cambio, desde una situación deficitaria a una condición fortalecida, donde el actor principal, la comunidad, asume un rol central. En Chile, siguiendo el modelo latinoamericano, la psicología comunitaria, ha desarrollado acciones que han tenido como propósito garantizar las condiciones básicas necesarias para restituir un equilibrio precario en las condiciones de vida de sectores de escasos recursos. Para ello la participación ha sido un sello distintivo en la generación de compromisos de los beneficiarios y en la promoción de acciones que los faculten o empoderen.


No obstante lo anterior, volviendo a los factores ya señalados, toda estructura teórica o marco metodológico aplicado en forma pura, como modelo que guíe el trabajo comunitario, no garantiza que el abordaje de las situaciones que afectan a los sujetos de intervención vaya a dar como resultado un cambio desde su causalidad fenomenológica, para desde allí fortalecer e incrementar la evolución de su capacidad ejecutora y niveles de satisfacciones concomitantes. En efecto, para que ello ocurra, la acción comunitaria no debiera desestimar o debiera asignarle la relevancia que merece, a los factores socioculturales y psicológicos que son característicos del grupo de intervención. De esta forma se obtendría un conocimiento que va más allá de los diagnósticos que informan la magnitud y características de las situaciones deficitarias de la comunidad, para arribar al reconocimiento de la estructura de creencias o supuestos desde donde se sostiene la interpretación de la realidad de los individuos, constatando de esta forma los desafíos y dificultades para un trabajo comunitario cuyo norte sea obtener un empoderamiento permanente.
Para demostrar este supuesto, el presente ensayo se iniciará con un reflexión de lo que debiéramos entender por Cambio Social, desde la perspectiva de la acción comunitaria. De allí se analizará el rol de la psicología comunitaria en Chile y Latinoamérica con énfasis en los principales modelos teóricos que la sustentan. Finalmente se hará una revisión de algunos soportes teóricos que dan cuenta de la génesis de la cultura chilena y su vinculación con construcciones teóricas aportadas por la psicología en cuanto a la motivación, sistema atribucional y la desesperanza aprendida.
DEFINICIÓN DEL PROBLEMA
El trabajo comunitario se manifiesta como una acción construida con soportes técnicos y metodológicos debidamente fundamentados, no obstante se orientan a sujetos de intervención a partir de un conocimiento sustentado más bien en el saber sapiencial por sobre el conocimiento objetivo de sus características socioculturales y psicológicas. Esta condición, al menos, recomienda un análisis y evaluación de la efectividad de los programas construidos, independientemente si ellos se obtienen como fruto de la participación de los beneficiarios. Así mismo recomienda una reevaluación de lo que pretendemos como trabajo comunitario, es decir, si esperamos la solución inmediata de los problemas o desarrollar acciones conjuntas con los sujetos de intervención para que el cambio social se sustente desde la necesidad de transformación de la estructura de creencias y supuestos desde donde operan los sujetos, como una forma de romper el arraigo cultural que obstaculiza el crecimiento.
Por tanto el objetivo propuesto en este ensayo es mostrar argumentos que surgen desde la propia teoría para dar cuenta de la necesidad de considerar variables que van más allá de las metodologías comunitarias habitualmente adoptadas.

MARCO TEÓRICO:


  1. Etimología del Cambio Social

Probablemente no hay otro tema tan interesante y polémico como el "cambio social". Este es un tema de interés en muchos campos del saber, particularmente en salud. A pesar de ser este término muy usado, no hay una comprensión unánime de este concepto. Muchas veces se usa de diferentes maneras o se asume que el lector o la lectora comprende su significado. En consecuencia, el propósito del análisis de éste concepto es identificar y aclarar sus significados, el fenómeno representado por el término y las percepciones asociadas a éste.

Entre las definiciones de cambio social el énfasis es sobre las diferentes clases de cambio; la definición crucial involucra el cambio estructural en las relaciones, organización y nexos entre los componentes sociales, un ejemplo es la siguiente definición: "Cambio social es la alteración de patrones de conducta, de relaciones sociales, instituciones y estructura social, en diferentes momentos" (Farley, 1990, p.68). Otra definición implica que los cambios en las relaciones es una condición necesaria; el cambio social resulta de un cambio en las relaciones de los elementos de un sistema (Farley ).

Como términos substitutos se encuentran: Transformación social, cambio fundamental y cambio radical, términos que implican cambio estructural de la sociedad y la aparición de una nueva estructura social. Desarrollo social y modernización son también términos subrogados mencionados con alguna frecuencia en la literatura; otros términos similares mencionados con menor frecuencia son innovación y cambios políticos; estos dos últimos se usan para referirse al cambio como resultado de esfuerzos sustanciales hechos por grupos de ciudadanos voluntarios (Linney , 1990)

De lo anterior es posible afirmar que la condición suficiente para el cambio social es la acción colectiva que requiere el proceso. Para esto se necesita una masa crítica de personas que se unan para trabajar hacia la reconstrucción de la fábrica social, una praxis para el cambio; esta praxis puede ser la mejor base para definir y trabajar el cambio. La experiencia de grupo provee el medio para ganar conciencia y el ambiente para nuevos modos de pensamiento, acción y lenguaje; el grupo es no sólo el medio, sino también el instrumento, a través del cual los miembros pueden desarrollar el sentido de comunidad y el apoyo mutuo, necesario en el proceso de cambio social (Canaval, 1990).

De esta forma, el cambio social puede tomar muchas formas y a su vez producir una gran variedad de consecuencias, algunas de beneficio, mientras otras pueden ser dañinas. Los movimientos transnacionales pueden tener importancia en la transformación del mundo social, pero las consecuencias a largo plazo del crecimiento económico, como la disminución de los recursos, la degradación del medio ambiente o la pérdida de la diversidad cultural no se pensaron con anterioridad al cambio. La industrialización, la urbanización, las economías del mercado y el progreso tecnológico aseguraron el bienestar material de muchas naciones. Al mismo tiempo, en áreas de concentración industrial, el proceso ha producido un daño al ambiente y a la salud de las personas.

En consecuencia, el cambio social es un concepto complejo y multidimensional, cuya definición y operacionalización es difícil. No obstante, para efectos de este ensayo, considero con Canaval que el cambio social es un proceso dinámico, orientado hacia el futuro, determinado contextualmente, que requiere de la actividad humana; es movido por fuerzas internas y externas para lograr la equidad, justicia y libertad, caracterizado por un pasaje de la concientización a la problematización y de ésta a la acción colectiva (Canaval, 1990). De esta forma el cambio social es un constructo que nos permite expresar y canalizar las expectativas de evolución, crecimiento o mejoramiento estructural, desde las instituciones que tienen la misión de promover la acción comunitaria para fomentar la construcción colectiva de una nueva realidad. No obstante, tal constructo también impone el desafío de mirar hacia lo humano, hacia las limitaciones autoimpuestas que ofician como obstáculos y que impiden el desarrollo de una actitud que venza el fatalismo y la desesperanza. Me refiero aquí a los enclaves culturales que constituyen una identidad y cuyo arraigo se ha debido a la autoconfirmación de los actores en el devenir de sus vidas y experiencias.




  1. Rol de la Psicología Comunitaria en Chile y Latinoamérica

La acción comunitaria desde la psicología presupone reflexionar respecto a qué queremos cambiar, esta condición nos remite al concepto de realidad, qué es, cómo se construye, es una construcción universal o es una elaboración de grupos o individuos. De cualquier forma, la elaboración de un conjunto de acciones para promover un cambio presupone un diagnóstico para enterarnos, primero qué es lo que los objetos de intervención entienden por su realidad y desde allí ejercer planes concretos para construir una nueva concepción de su entorno y situación. Referido a esto, Ignacio Martín-Baró (1998), define el problema del bien común o bien social en referencia al sector social donde nos situemos. En este sentido, podemos situarnos desde una concepción de realidad como condición de posibilidad siempre abierta al cambio social; o bien, podríamos decir, como recurso en el cual la transformación del hombre permita la transformación de la realidad. O de forma muy diferente, como es el caso de la psicología comunitaria estadounidense, en la cual la realidad se plantea como déficit, y debe ser complementada con posiciones externas, como por ejemplo políticas estatales-institucionales de servicios de salud o participación (2003, vol 1, N °5).

Se puede decir que, en general, la psicología comunitaria latinoamericana ha respondido a la interrogante de definir el sector social desde el cual se va a leer la realidad, eligiendo los sectores populares. Es decir, la psicología comunitaria latinoamericana y chilena se plantean como objetivo original asegurar la coherencia de las demandas de los sectores populares con las intervenciones que se realizan sobre estos mismos actores (2003,vol 1 N°5). En este sentido, el cambio social es considerado como una alternativa a las condiciones de exclusión, poniendo el énfasis en "devolver el poder" a los sujetos de intervención, como forma de construcción de su propia realidad, y no en tratar de perfeccionar una tecnología social en beneficio del poder político imperante, como es el caso de las teorías estadounidenses, cuyo accionar se sustenta en proveer servicios a la comunidad a través de un cambio en el nivel estructural-funcional de los servicios de salud, suponiendo una falla en las instituciones en las cuales el Estado delega la socialización y la integración de los individuos al sistema instituido, es decir, los sujetos de intervención de la disciplina estarían fuera de ésta (Montero, 1994).

En Chile, en el contexto del regreso a la democracia, dichas tareas se han caracterizado por un fuerte énfasis en mejorar la calidad de vida y las necesidades sociales (Krause, 1998). Dentro de esta concepción, los programas se identifican con una visión en la cual los servicios de atención social se consideran un derecho ciudadano. Para estos efectos, se ha constatado el otorgamiento de instrumentos económicos, técnicos y humanos con los cuales se ha tratado de dar condiciones que promuevan la libertad y la igualdad de los ciudadanos, así como el progreso social y económico, incorporando en ello la participación activa de la comunidad en esta forma de reconstrucción social (Krause). Ciertamente, la participación se constituye en un vehículo fundamental para que la comunidad se vincule y se transforme en actor fundamental de sus propios cambios, no obstante, tal manifestación ha ido perdiendo fuerza en la actualidad, derivado a políticas gubernamentales de carácter directivo y funcional que no necesariamente responden a las necesidades reales. De esta forma la participación de la comunidad queda circunscrita a las etapas iniciales de diagnóstico e implementación de programas, quedando excluidos de la evaluación de dichos programas.


  1. La Participación y el Empoderamiento como claves del cambio social: referentes teóricos

Maritza Montero (1994), propone una definición de la psicología comunitaria que enfatiza el compromiso de la disciplina con el intento de participación de los sujetos de intervención. Esta sería la rama de la psicología cuyo objeto es el estudio de los factores psicosociales que permiten desarrollar, fomentar y mantener el control y poder que los individuos pueden ejercer sobre su ambiente individual y social, para solucionar problemas que los aquejan y lograr cambios en esos ambientes y en la estructura social. De esta forma, la idea "rectora" de la psicología comunitaria ha sido el posibilitar el aumento de poder de los actores sociales objeto de su intervención, desplazando los agentes interventores u organismos externos de cualquier signo u origen. Al respecto, Rappaport (1985 citado en Krause, 1998) frente a la pregunta de quien tendría que definir la realidad de los actores sociales, responde que la estrategia adecuada es dar poder a las personas de manera que ellas puedan actuar por sí mismas. Esta postura luego será la base de las teorías de intervención llamadas genéricamente empowerment o empoderamiento. Para ello se plantea que la intervención debería cumplir con tres condiciones básicas, a saber: (a) respeto de la diversidad de las personas y las comunidades y el valor en la promoción de la autogestión; (b) la ubicación del locus de control y del poder en la comunidad; y (c) la unión inseparable de la teoría y la práctica (Krause, 1998).

En el sentido teórico, el intento de Maritza Montero enuncia dentro de su propuesta el reconocimiento del papel activo de los seres humanos, los cuales son considerados como actores y constructores de su realidad. Esta orientación, ubica al sujeto de intervención en el centro de dicho proceso, es decir, aquel que se supone sería estudiado ahora se convierte en investigador de su realidad, y de los efectos que ejerce sobre el mismo. Por ello, debe participar en la formulación de objetivos, como en todo el proceso, así como también, metodológicamente, se debe dejar espacio a la autogestión.

Finalmente, la autora enfatiza la necesidad de orientar el estudio desde la perspectiva de los "oprimidos", ya no desde la perspectiva del hombre promedio, y la idea de trabajar para que sus sujetos de estudio, empleando sus capacidades y potencialidades, adquieran conciencia y control sobre sus vidas y circunstancias vitales. En este sentido, la autora sigue las orientaciones de la "Psicología de la Liberación" de Ignacio Martin-Baró, como se expondrá más adelante.

La Investigación Acción Participante

El postulado central de esta metodología desarrollada a partir de los años setenta es la idea de la inserción del investigador en la comunidad, donde debe recoger la información necesaria sobre la historia, y los requerimientos sociales para la movilización política y el cambio social. Así mismo, este método surge como un intento de vincular la investigación de la realidad social con su transformación.

La investigación acción participante se puede sintetizar en los siguientes aspectos: (a) busca desarrollar ciencia popular, en el sentido de que la ciencia no debe convertirse en un fetiche, sino que debe responder a objetivos colectivos concretos. Debe abandonar el colonialismo y comprometerse con la transformación social, económica, política y cultural; y (b) como resultado, su método se basa en la participación y el compromiso que intenta ir más allá de las nociones de observación participante y observación intervención. De esta manera, se propone la inserción del investigador como agente del proceso estudiado (Jiménez-Domínguez, 1991)

La Educación Popular

La educación popular ejerce una clara influencia en la psicología comunitaria. Este enfoque educativo ha sido empleado como una metodología de amplio uso en el trabajo comunitario. Para la educación popular el tema de la participación es central. En el pensamiento de Paulo Freire, la educación plantea la liberación de los sujetos oprimidos de Latinoamérica mediante la inserción de los sujetos de la intervención, desde su inicio, en dicha tarea, que en este caso sería la alfabetización. Asimismo se trata de potenciar el pensamiento crítico que implica toda educación de adultos. Para Freire, la idea de educar a los sujetos sociales parte de un absoluto respeto por el saber de los más desposeídos; la idea es reconocer en su "vida cotidiana" los elementos que permitan dar cuenta de la materialidad de las relaciones sociales de explotación. Para Freire (1970), lo que se pretende investigar realmente, no son los hombres, como si fueran piezas anatómicas, sino su pensamiento-lenguaje referido a la realidad, los niveles de percepción sobre esta realidad, y su visión del mundo, mundo en el cual se encuentran envueltos sus temas generadores.

En esta propuesta de intervención, desde la educación, para favorecer el cambio social, la participación de los sujetos es casi un supuesto incuestionable. Para Freire (1970), la educación liberadora no puede ser, ni hacerse, si no cuenta con la participación de los educandos. Es decir, la educación debe constantemente impulsar en su acción la posibilidad de que los sujetos se apropien de la reflexión sobre su realidad. Esto es lo contrario de que Freire llama "la concepción bancaria" de la educación, en la cual los educandos son simples recipientes que los educadores llenan con los contenidos de sus depósitos de conocimiento.

La Psicología de la Liberación

Para algunos desarrollos de la psicología social latinoamericana, que ejercen influencia en psicología comunitaria, la coherencia con el sujeto concreto y sus demandas asume un carácter más radical. En Psicología de la Liberación del hispano-salvadoreño Ignacio Martin-Baró (1998), se propone la idea irrevocable de la unión de la psicología y las demandas de los sectores populares. Para este autor, el objetivo de la psicología social es posibilitar la desideologización, y posteriormente la concientización de los sujetos marginados, por el estudio de la acción en tanto ideología.

La psicología de la liberación propone el estudio de la conciencia, desde una óptica dialéctica que comprende que la única transformación y liberación posible de la realidad de los países latinoamericanos es la transformación de la realidad y del individuo, en la transformación constante de ésta por aquel. Desde esta óptica, la conciencia se refiere a "todo aquel ámbito en donde cada persona encuentra el impacto reflejo de su ser y de hacer en sociedad, donde asume y elabora un saber sobre sí mismo y sobre la realidad que le permite ser alguien, tener una identidad personal y social; (...) es el saber y no-saber sobre sí mismo, sobre el propio mundo y sobre los demás, un saber práxico antes que mental" (Martín-Baró, 1998, p.320) .

Un análisis crítico de la conciencia de los pueblos latinoamericanos y su concientización suponen tres aspectos: (a) el ser humano se transforma al ir cambiando su realidad, por lo que es un proceso tanto dialéctico como activo; (b) mediante la paulatina descodificación del mundo, la persona capta los mecanismos que le oprimen y deshumanizan, con lo que se derrumba la conciencia que mistifica esa situación como natural y se le abre el horizonte a nuevas posibilidades de acción, esta conciencia crítica ante la realidad potencia una nueva praxis, que posibilita a la vez nuevas formas de conciencia; (c) el nuevo saber de la persona sobre su realidad circundante implica un nuevo saber sobre sí misma y sobre su identidad social (Martín-Baró, 1998).

La concientización así planteada, haría posible que todo saber verdadero, se realice en vinculación esencial a un hacer transformador sobre la realidad, y este hacer transformador deberá necesariamente significar un cambio en las relaciones entre los seres humanos. El horizonte de la psicología es la búsqueda de la desalienación de las personas y de los grupos, que les ayude a lograr un saber crítico sobre sí mismas y sobre su realidad. La concientización de los sujetos mediante la desideologización permitiría el cambio social, desde: (a) una conciencia crítica sobre las raíces, objetivas y subjetivas, de la enajenación social, ya que ésta se desarrolla contra de todos los velos de justificaciones, racionalizaciones y mitos que encubren los determinismos últimos de los pueblos y posibilita el cambio esperado; (b) el proceso mismo de concientización supone salir de la mecánica del par dominador-dominado, ya que solo puede realizarse a través del dialogo, es decir, desde nuestra interpretación, desde la horizontalidad y la participación de los sujetos de intervención (Martín-Baró 1998).

Evolución actual

Actualmente y siguiendo las conclusiones de Krause (1998) , existiría una participación parcial en los procesos de intervención. Los agentes gubernamentales incluyen a los sujetos de intervención en el diseño e implementación de las acciones comunitarias, pero no en la totalidad de los proyectos. Así pues, se señala que la unidad de intervención es preferentemente el grupo, siendo la siguiente unidad el individuo, y la que cuenta con menor representación es la comunidad como unidad de intervención. También se señala que los criterios de definición de los "problemas" de la comunidad se elaboran desde dos marcos: desde aproximaciones de orden psicosocial y de orden psicológico o psiquiátrico; y se deja de lado la posibilidad de una participación activa de los sujetos de intervención en la etiología de su problemáticas.

De esta manera, la psicología comunitaria estaría mostrando, cada vez más, que los antecedentes de las intervenciones, los elementos que definen los objetivos, la unidad de la intervención y el fin hacia donde se orientan los agentes sociales estarían en desfase respecto al sujeto que pretende intervenir.

Pareciera que los objetivos, metodologías, y otras, se formulan desde un lugar distinto al de los propios sujetos de intervención.

En mi opinión la revalidación, en la práctica, de la fuerza de los modelos teóricos ya señalados, pasa necesariamente por la promoción del poder o empoderamiento, cuya emergencia surge de la participación en las estructuras mediadoras, desarrollando destrezas, relaciones, cogniciones o comportamientos que le mueven hacia un estado de competencia. Para lograr estos objetivos los programas dirigidos al desarrollo de poder deben permitir la participación informada, activa y recíproca de las participantes, pero además debe considerar las características socioculturales de nuestros objetos de intervención, cuyo origen y naturaleza queda representada en una cierta caracterización de variables psicológicas tales como el tipo de motivación predominante, el lugar de control de mayor recurrencia y la desesperanza aprendida. Estas condiciones ponderadas cuidadosamente puede significar un redireccionamiento de la participación, orientándola hacia la causalidad fenomenológica de los obstáculos que impiden el desarrollo de la comunidad, más allá de los problemas inmediatos informados.

Entonces, ¿desde dónde entenderemos la cultura nacional, para significar desde allí un entendimiento de los posibles obstáculos a los que se enfrentan habitualmente los programas comunitarios y la participación como vehículo de empoderamiento?. ¿De qué manera se ve reflejado ello en las variables psicológicas ya señaladas?. Por lo tanto, ¿cómo conjugamos estas evidencias para ponderar con justaza las expectativas de los agentes responsables de cada intervención?.


4. Aspectos socioculturales como desafíos de intervención para el cambio social

La cultura Chilena

Cultura se puede definir como la manera de entender y actuar sobre el entorno, resultado de la experiencia humana y, por ende, propio de cada sociedad. Es decir, son aquellas ideas o premisas que tiene cada sociedad que le sirven para darle un sentido al mundo que le rodea para poder interactuar con él. De esta manera, en el caso chileno, inserto en la cultura latinoamericana, podemos describir tres tópicos (o representaciones) que definen lo característico y esencial de ella. Estos son, primero, una visión del cosmos propia de la síntesis indígena española; segundo, la representación de sí mismo, y finalmente, la representación de los demás. En cada uno de estos casos solo esbozaré una síntesis de lo relevante para efectos de este ensayo.


Representación del Cosmos
Un punto central de la cultura es cómo ésta entiende a la naturaleza y cómo el hombre se relaciona con ella: la ordenación que cada cultura tiene en torno a su forma particular de ver el mundo. Recogiendo la formulación de Pedro Morandé (1984), se tiene que muchos de los símbolos de la cultura actual se fundamentan en modelos de representación indígena. En tal sentido, la preservación de dichos símbolos está ligada al hecho que la conquista española trató de legitimar su colonización recogiendo muchas costumbres y estructuras sociales, incluso respetó la temporalidad y localización de los ritos indígenas como estrategia para el catolicismo, por lo que esas representaciones fueron encubiertas bajo el discurso cristiano, pero no sustituidas.
La idea central de la representación indígena heredada por la cultura latinoamericana es la de pensar la naturaleza como superior a la voluntad del hombre. Se tiene la creencia de no tener ningún grado de dominio sobre las fuerzas de la naturaleza, de estar totalmente sometido a ella. Este fenómeno (conocido como fatalismo), característico de la desesperanza aprendida, como se verá más adelante, se contrapone a otras culturas donde es el hombre quien le da sentido a la naturaleza, la interpreta por sus categorías y, por lo tanto, la posibilita de cambios importantes en ella.
La percepción indígena de la naturaleza se basa en su contrapuesta relación con la tierra. Su cosmovisión está ligada al sentido mágico - religioso de la naturaleza. Se busca atraerse a la tierra, crear un vínculo a la tierra que representa el ordenamiento del universo. Es por ello que, para el latinoamericano, el sentido trascendente esta dado por el “estar” (en la naturaleza). Para hacer más claro esta concepción se requiere confrontarlo con la cultura moderna, de mayor predominancia en clases socioeconómicas privilegiadas, donde más que el estar se impone el “ser”, el hacerse uno mismo, el logro individual y la total autonomía (Morandé 1984).
Otra evidencia la encontramos en las catástrofes como prueba palpable de que la naturaleza destruye cualquier intento del hombre para provocar el cambio. Se le demuestra al hombre que no importa lo que se trate de realizar, siempre la naturaleza realizará su destino. El origen del fatalismo en la cultura chilena parece acercarse a este argumento, aunque en la cultura latinoamericana en general hay suficientes evidencias para una generalización. Esta imposibilidad de controlar el porvenir hace que el individuo se desentienda del futuro y torne su vida hacia el presente y el pasado como fuente de certezas. La incertidumbre respecto al futuro crea una fuerte sensación de inestabilidad de la sociedad. Como consecuencia, el chileno es mas adaptativo que creativo.
Un punto importante, que resalta en la teoría de Morandé (1984), es la preferencia por el conocimiento sapiencial por sobre el conocimiento científico. Esto deriva de la fuerte tradición oral de la cultura indígena que se unió a una cultura española que recién descubría la tradición escrita. Esto significa que el latinoamericano privilegia la intuición y los sentimientos por sobre la razón, lo que no implica el rechazo de esta última, sino una preferencia por la experiencia.
Representación de sí mismo
El problema de la identidad parece ser un problema crónico del pueblo chileno. Desde el período de la Colonia donde los españoles extrañaban su tierra natal, los criollos deseaban haber nacido en Europa, los mestizos no entendían su pasado ambiguo y los indígenas añoraban su vida prehispana. En estos días, en cada estamento de la sociedad chilena se constata un ocultamiento de la identidad real, queremos ser otro (Morandé 1984).
Las clases populares, por su parte, son más fieles a la cultura tradicional. Sin embargo, de todos modos valoran de sobremanera los cánones de las elites. La distinción entre las clases superiores y populares no sólo está dada por diferencias económicas, sino por el modo de hablar, los conocimientos, e incluso, difieren en rasgos físicos. Los cánones de belleza son parecidos a los europeos o norteamericanos: tez blanca, pelo rubio, ojos azules, etc. Es decir, se valora lo que no se es, un problema de identidad.
Las clases medias muestran los efectos del impacto de los procesos de educación occidental sobre las clases populares. En ellas se mezcla lo tradicional y lo moderno, pero nunca en forma consistente; es más, les provoca un conflicto, quizá más serio que a los otros dos grupos. Muchos integrantes de la clase media han tenido que luchar para conseguir ascender socialmente, mostrando empuje y autonomía, pero renegando de su pasado original. Ejemplos hay muchos en los cuales se olvidan incluso de los padres, para alcanzar posiciones superiores, los que han sido utilizados en la literatura y en las seriales de televisión (Sánchez, 1996) . La clase media tiene como modelo de vida a las elites del país y se esfuerza para que si económicamente lograra equiparse, conseguir también el reconocimiento social. Esto explica en parte el individualismo y la gran autonomía de los miembros de la clase media chilena. Por otra parte se configura una estratificación social que no sólo reúne diferencias sociales, sino que raciales. Se asocia a la clase blanca el poder económico, social, político, cultural (en el sentido de educación formal) y moral. Y se asocia a los rasgos indígenas y mestizos la clase inferior (Montt, 1984).
La totalidad de las implicancias de esta identidad no resuelta no pueden ser apreciadas cabalmente, pero una de las consecuencias principales es la formación de un carácter inestable, un péndulo oscilante entre la pasividad y el empuje, la tristeza y la alegría, entre la envidia y la solidaridad, entre lo moderno y lo tradicional. Se puede pasar fácilmente de un pesimismo extremo acerca de las posibilidades como nación a una fuerte sobreexpectativa impuesta sobre nosotros mismos y luego, si no se cumple, a un ánimo persecutorio y pesimista. Un espejo de ello lo vemos en los triunfos y derrotas deportivas, en la idealización y el desprecio de sus representantes.
Representación de los demás (lo social)
Otro de los puntos centrales para aproximarse a las culturas es a través de la manera en que ellas entienden cómo es la relación entre las personas. Es decir, cuál es el supuesto básico que está detrás de la creación del vínculo social. Siguiendo la tesis de Cousiño y Valenzuela (1994), se estaría frente a una suerte de motivación de Afiliación, como se verá más adelante, cuyo vínculo esta basado en el encuentro, en la gratuidad de la presencia del otro, que genera ciclos de reciprocidad al sentir que la otra persona le regala a uno su presencia. Este modelo de vínculo social se contrapone al modelo occidental de vinculación basado en un contrato, cuyas interrelaciones están fundadas en acuerdos racionales y específicos.
Por otra parte desde el vínculo patrón – campesino, cabe recordar el mandato de la Iglesia que originó la encomienda, y su descendencia, la hacienda. Este tiene la obligación de cuidar como a un hijo a los encomendados, ya que estos por sí solos no son capaces de autodeterminarse. Por parte del inquilino, la figura del patrón le permite desentenderse del cuidado de sí mismo, del porvenir que le parece inmanejable por su inestabilidad. Es decir, el vínculo se genera bajo una reciprocidad donde el patrón ofrece el cuidado y el inquilino su lealtad. El patrón demanda lealtad. El inquilino respeto. El respeto es al trabajador, lo que la lealtad es al patrón (Cousiño & Valenzuela, 1994).
En síntesis, el chileno busca en el pasado su razón de ser, dejando para el porvenir su intuición como único medio para afrontarlo. Es fatalista, en el sentido que esta sometido a la naturaleza. Es conformista. Orientado hacia el pasado y el presente. Adverso al cambio e intolerante a la inestabilidad. Con racionalidad experiencial o intuitiva. Con inseguridad en los medios propios y nacionales. No tolera la crítica y, por tanto, carece de autocrítica.
La cultura como forjadora de las motivaciones imperantes

Los argumentos que explican la conducta de los individuos están en parte determinadas por los valores dominantes en su cultura. Se postula, que los valores compartidos y dominantes institucionalmente en una cultura (normas sociales) serán internalizados en orientaciones cognitivas, afectivas y de tendencia de acción (actitudes e imágenes de sí). Estos valores internalizados a su vez orientarán la conducta, a través de los estilos de relaciones interpersonales. La conducta será función a su vez de la cultura, la situación y de los procesos psicológicos que ambas activan en la persona (Ros y Gouveia, 1998).

Se ha propuesto que los procesos de auto-regulación de la conducta son articulados por la importancia normativa de ciertos valores, así como por la importancia a nivel relacional de la representación o auto-concepto interdependiente, típica de culturas colectivistas, y del auto-concepto independiente, típico de culturas individualistas. Los valores dominantes a nivel normativo se reflejarán en las tareas del yo o fines vitales, así como en las creencias actitudinales y de percepción de control que guían la conducta (Ros y Gouveia, 1998). En otras palabras la cultura se concibe como un conjunto de conocimientos compartidos por un grupo de individuos que tienen una historia común y participan en una estructura social. Los valores compartidos juegan roles claves para el funcionamiento psicológico de los individuos. Los valores culturales centrales se reflejan en los textos y en las conductas colectivas.

Lugar de control y sus efectos en la asunción de responsabilidades

Lugar (o locus) de control, efectividad, auto-eficacia o competencia y necesidad de auto-determinación, corresponden a la tendencia a creer en la capacidad de controlar la situaciones y demandas del entorno sociocultural y, por tanto, es un motivo importante presente en todas las culturas. Una alta auto-eficacia se ha asociado a un mejor rendimiento y adaptación en diferentes culturas (Bandura, 1999). La Auto-dirección a nivel individual y la autonomía cognitiva a nivel colectivo son valores vinculados a la independencia en el pensamiento, decisión y creación. Los valores de auto-dirección son más fuertes en las culturas individualistas y en las personas que comparten valores individualistas y de baja distancia jerárquica (Schwartz, 2001). Una creencia sobre el sí mismo vinculada a esta motivación es equivalente al locus o centro de control interno, que es la creencia en que los refuerzos dependen primariamente de las acciones de las personas, es decir, que el sujeto controla su destino o su vida. El locus de control externo es la creencia sobre sí inversa, es decir, que los refuerzos no los controla uno mismo, sino que fuerza externas, como otros poderosos o la suerte y el destino.

Dado que los colectivistas tienden a inhibir sus opiniones y decisiones personales, así como a depender más del grupo y figuras de autoridad, no desarrollarán la creencia que sus refuerzos dependen de sus acciones, es decir, creerán que el refuerzo no es, o es menos contingente de sus actos que los individualistas (Yamagishi y Yamagishi, 1994; Oettingen, 1999) . Esto último lo vemos con más frecuencia en Chile, particularmente en los niveles socioeconómicos bajos, debido a la acentuada influencia sociocultural analizada anteriormente.

Si orientamos el análisis desde la condición de afrontamiento de los sujetos, nos encontramos con que el lugar de control se clasifica en dos dimensiones. La primera de ellas corresponde al afrontamiento o control primario, que surge durante nuestro proceso evolutivo en busca de modificar el entorno para adaptarlo a las expectativas, es decir, las personas aumentan sus refuerzos mediante la modificación del medio (otras personas, circunstancias o conductas). La segunda, corresponde al afrontamiento (o control secundario), orientado a adaptar el sujeto al entorno, o auto-modificación cognitiva y emocional del sujeto en vistas a adaptarse al medio. Esta segunda dimensión presupone entonces la concordancia de un estilo atribucional particular, el que a su vez es promovido por las características socioculturales. De esta forma, en el caso de nuestro país, las evidencias encontradas, harían suponer una mayor tendencia hacia la atribución o locus externo, limitando con ello la capacidad del sujeto a la autodeterminación en cuanto a la búsqueda de recursos personales para hacer frente a las condiciones de su medio, cuyas características pueden ser deficitarias o adversas. Pero eso no es todo, puesto que existen otras variables psicológicas que intervienen y que son complementarias a los planteamientos citados hasta aquí. Me refiero a la motivación de logro, de afiliación y a la desesperanza aprendida.



Motivación de Logro

De acuerdo a los planteamientos de David McClelland, corresponde a la necesidad de superar obstáculos y lograr un estándar alto, de éxito en la competición con un estándar o criterio de excelencia. El logro como valor se vincula al éxito personal como resultado de la demostración de competencia según las normas sociales (éxito, la ambición, ser capaz e influyente son adjetivos asociados a esta motivación). El logro se asocia a personas que comparten más fuertemente valores culturales de individualismo y distancia jerárquica - o individualismo vertical (Ros y V. Gouveia, 1998). Los argumentos teóricos señalados por Ros y Gouveira muestran que las personas altas en motivación de logro tienden a atribuir los éxitos a la habilidad y al esfuerzo, y los fracasos a una falta de esfuerzo y a la mala suerte. Las personas de baja motivación de logro atribuyen los fracasos a la falta de habilidad y los éxitos a la suerte y facilidad de la tarea. Esto último parece coincidir con lo que vemos respecto al comportamiento colectivo de las clases desposeídas de nuestro medio, cuyos integrantes, en gran medida llevan consigo el sino de la fatalidad, en cuyo caso el poder queda supeditado a la magia (supersticiones) o a la idealización de la religión. En este sentido, siguiendo las investigaciones de McClelland es posible evidenciar las diferencias que existen entre países Católicos respecto a países de mayoría Protestante. Los primeros exponen menos desarrollo económico que los segundos. En Chile, no hace falta una acuciosa investigación para notar cómo se ha construido una especie de “inconsciente colectivo” con la frase “los últimos serán los primeros”, es decir, la resignación será un valor, dado que ello asegura el cielo.



Motivación de afiliación

De acuerdo a los planteamientos de David McClelland, es la necesidad de establecer relaciones sociales, de ser aceptado socialmente y de tener seguridad en las relaciones interpersonales. Es el contacto social que provee conocimiento sobre el yo y el mundo que reduce la incertidumbre, así como provee de estimulación afectiva y cognitiva, que ayuda a crear una imagen digna de sí mismo. El valor individual de Conformidad, vinculado a limitar las acciones que transgreden normas y el valor individual de Tradición, relacionado con respetar las normas y costumbres, se pueden vincular a la motivación de Afiliación. Los adjetivos asociados a Conformidad son educado, obediente y autodisciplinado, y los relacionados con el segundo valor son respeto por la tradición, moderado, aceptando su lugar en la vida. A nivel colectivo o macro-social, un conjunto de valores de Conservación reúnen los valores de conformidad, tradición y seguridad. La conformidad y tradición son valores culturales más típicos de personas colectivistas verticales. Es decir, de personas que valoran la dependencia del grupo extenso y que aceptan y valoran las desigualdades de status y poder (Ros y V. Gouveia, 1998). Una visión simplista de la asociación entre colectivismo e interdependencia sugeriría que la necesidad de intimidad y afiliación serían superiores en países colectivistas (Ros y V. Gouveia)


Tal evidencia puede ser asociada con nuestro medio nacional, respecto a las clases desposeídas, puesto que si observamos el comportamiento colectivo de sectores populares, el sentido de comunidad, precisamente refuerza la validez de la afiliación, pudiendo, en algunos casos, obstaculizar los logros comunitarios al emerger el fenómeno de difusión de la responsabilidad, por parte de los sujetos de intervención, en cuanto al cumplimiento de los objetivos propuestos, cuando no se define con claridad la necesaria división del trabajo y delimitación de responsabilidades. Por otra parte, no debemos desestimar lo que ocurre en los jóvenes de estos sectores, donde existe una acentuada desesperanza, condición que ha conducido la esfera cognitiva y emocional al ámbito del individualismo y al acto transgresor, como manifestación de catarsis para mitigar la frustración. Lo interesante es observar que tales comportamiento surgen desde el grupo como necesidad de aceptación y validación ante los pares.

Desesperanza o Indefensión Aprendida


El ser humano como objeto racional y conciente debe crear una representación mental (simbólica) en su cerebro que anticipe la gran variedad de posibilidades de interacción con el medio para evaluar la más adecuada en términos individuales y de grupo social ya que sin él no puede sobrevivir. Aquí surge el altruismo (que puede ser equivalente a la motivación de Afiliación), para hacer frente a los desafíos que impone la propia sobrevivencia. En consecuencia, la visión del mundo en términos de probabilidad, de contingencia entre nuestras respuestas y los eventos ambientales, que se desarrollan en nuestra vida personal y grupal, nos permitirá comprender mejor cómo elaboramos modelos mentales a los acontecimientos imprevistos.

Esta teoría está basada en la necesidad de controlar nuestro entorno o por lo menos considerar que tenemos dominadas nuestras acciones. La pérdida de la creencia de dominación de nuestro entorno nos produce indefensión o desestructuración de orden cognitivo y emocional. El ser humano (hombre o mujer), tiene la necesidad de percibir su realidad en términos de controlabilidad de los acontecimientos de su entorno, y dentro de la percepción de control estaría situada la necesidad de orden. El orden cognitivo surge por la necesidad de control sobre el entorno.



De acuerdo a Seligman un evento es controlable por una conducta cuando su probabilidad de aparición o cese puede ser modificada con la emisión u omisión de esa conducta. En consecuencia, cuando una persona o animal se enfrentan a un acontecimiento que es independiente de sus respuestas, aprenden que ese evento es independiente de sus respuestas. Esta afirmación tan obvia es la base de la teoría de la indefensión. De esta manera, el aprendizaje de las situaciones de indefensión provoca una generalización de estas conductas en el comportamiento cotidiano con una disminución de la capacidad cognitiva, motivacional y emocional (la famosa frase "no puedo"). En el ámbito cognitivo una vez que un hombre o un animal han experimentado la incontrolabilidad, les resulta difícil aprender que su respuesta ha sido eficaz, aun cuando realmente lo haya sido. La indefensión distorsiona la percepción del control o de poder sobre los acontecimientos.

DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES
Ciertamente el cambio social, como propósito de la acción comunitaria pretende un cambio en el sentido de propiciar un mejoramiento en las condiciones de vida de los sujetos, objeto de cualquier intervención. En este sentido, la orientación se encamina a una acción desarrollista más que asistencialista, buscando la emergencia de todas las potencialidades posibles de los beneficiarios de un programa, en favor de su fortalecimiento, en cuanto a su capacidad para transforma la realidad, a través de la propia transformación. También hemos visto que cualquier acción encaminada a la superación de obstáculos esta mediada por la participación colectiva. Sin embargo tal concurso de ideas y sentimientos obtiene como producto más probable la necesidad sentida por la población, en su inmediatez y visión de corto plazo, puesto que lo que es urgente siempre es lo esencial, no necesariamente lo de largo plazo, ello porque las carencias son de hoy, no de mañana. En consecuencia las acciones de los agentes comunitarios irremediablemente descansarán en el bien común, determinado por esta inmediatez. Pero entonces qué resolvemos o que creamos. Ciertamente resolvemos un problema y justificamos plenamente nuestro actuar profesional, pero al mismo tiempo reivindicamos la enfermedad social al no proporcionar la medicina para una mejoría de más largo alcance. Por tanto, qué rol juega la psicología en todo esto. Creo que este campo puede aportar caminos para la reflexión de dos actores. Por un lado, el que corresponde a los agentes comunitarios en el sentido de saber, qué queremos cambiar o qué necesita cambiar la comunidad, como norte de nuestras intervenciones, en cuanto a al segundo actor, qué cree que debe cambiar, cómo representa su realidad, qué opciones cree tener. Ciertamente la transformación del sujeto (hombre o mujer), permite la transformación de la realidad según Ignacio Martin-Baró, pero este cambio debería ser permanente, con capacidad de autorrefuerzo y autovalidación, a través de la constatación de los propios logros. Con todo, la invocación es por un cambio crucial, como lo señala una de las definiciones de Cambio Social para generar una alteración significativa y permanente de los patrones de conducta y relaciones sociales. Con Freire, considero que lo que se pretende investigar no son los hombres, como si fueran piezas anatómicas, sino su pensamiento-lenguaje referido a la realidad, los niveles de percepción sobre esta realidad, y su visión del mundo, mundo en el cual se encuentran envueltos sus temas generadores. De allí la importancia de las variables psicológicas en el estado actual en que se encuentren en el pensamiento del colectivo, en cuanto a las limitaciones autoimpuestas que ofician como obstáculos y que impiden el desarrollo de una actitud que venza el fatalismo y la desesperanza. Me refiero a los enclaves culturales que constituyen una identidad y a sus productos en el estilo motivacional, en el sistema atribucional y en la desesperanza aprendida. Ello puede conducirnos a comprobar que existe más aún debajo de estos constructos, tal es el caso de la posible baja tolerancia a la frustración, el déficit en la tolerancia al estrés, la necesidad de gratificación inmediata y el acento en supeditar el poder personal a símbolos mágicos o ideologías externas como la religión o en mitos como la suerte, como si ellas fuesen la solución de los problemas. Además es necesario descubrir o reconocer los componentes del imaginario social, constituido por mensajes y creencias que ofician como ideas fuerza que abonan la tierra de los supuestos irracionales del actuar en el mundo. Me refiero a “los últimos serán los primeros”, “Dios sabe por qué hace las cosas”, y otras frases que van alimentando una especie de inconsciente colectivo aún intocable o sin iniciativas para ser abordado.
Finalmente, me inclino por otra forma de acción comunitaria, sin sustituir las actuales, me refiero a la educación social en cualquiera de sus formas, como acción conducente a reeducar a la comunidad en todos los niveles etéreos, con el propósito de ir cimentando una nueva estructura de valores, con un discurso consistente y permanente, recurriendo a estrategias como el modelamiento u otras acciones que permitan penetrar en la conciencia de los sujetos, buscando un cambio desde adentro. Evidencias de ello existen en las investigaciones de Mc Clelland, en cuanto al material de lectura escolar para desarrollar la motivación de logro. De hecho en la actualidad existen acciones comunitarias informales en esta línea, como lo es en la Comuna de Cerro Navia. Por otra parte hay aquí una tarea pendiente, sumergirnos en la patología social y en la emergencia de develar la insondable cantidad de creencias, atributos y supuestos que sólo son realidad inapelable en la mente de quienes están convencidos de que el desarrollo y crecimiento no es un atributo propio de su linaje.

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