El autoconocimiento: el fundamento de nuestro Santuario vivo



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El autoconocimiento: el fundamento de nuestro Santuario vivo.
Cada una de nosotras es un ser único e irrepetible creado a imagen y semejanza de Dios. Él nos creó por amor y no por necesidad. Dios nos llama y nos invita a valorar nuestro ser y cada una de sus virtudes y defectos, confiando en que, de una u otra forma, son las herramientas que tenemos para realizar día a día nuestra misión de vida.
El desafío es internarnos en nuestra esencia querida por Él. Debemos conocernos, no tener miedo a saber quienes somos, lo que sentimos y lo que podemos o no podemos realizar. Sólo entendiendo cómo Dios nos pensó y quiso, podremos realizar nuestra misión en la vida
Interrogantes: Muchas de estas preguntas o aseveraciones quizás te has hecho alguna vez o te han hecho y no has tenido respuesta…
¿Quién soy?; ¡Creo que no me conozco!; ¿Podría decir cuáles son mis fortalezas y debilidades?; Algo me pasa y no sé como describirlo; Hay una fuerza en mí que me lleva; ¿Me sorprendo con lo que la gente dice de mi? ¡Siento que me ven como otra persona!, ¿Cómo reacciono frente a las dificultades?; No sé tomar decisiones; ¿Qué me pasa cuando me exijo?; ¿Por qué y cuando me enojo?; ¿Logro hacer todo lo que quiero? ¿Cómo me siento cuando simplemente no puedo hacerlo?; ¿Reconozco mis límites? ¿Cómo reacciono ante mis límites?; ¿Creo que ellos me detienen y me impiden ser mejor?; ¿Tengo una identidad definida… cómo es?; ¿Conozco el valor de mí misma o trato de ocultar parte de mí por miedo al qué dirán?
En este bloque temático queremos ayudarte a pensar, a prender y a resolver estas dudas planteadas y muchas otras más que pueden salir durante el diálogo y discusiones en las reuniones.
El Padre Kentenich comprendió tempranamente que el fundamento indispensable para crecer, para construir el presente y el futuro de cada persona es la correcta comprensión y conocimiento del propio yo. Ya en 1912 desafió a los Congregantes en el Acta de Pre fundación a ser exploradores, descubridores y conquistadores de su propio mundo interior.
La mayor parte del tiempo invertimos nuestra fuerza en conocer y aprender cosas del “mundo exterior” allí buscamos nuestras áreas de perfeccionamiento e intereses, pero entonces ¿qué pasa con nuestro “mundo interior”? ¿nos conocemos realmente? ¿podríamos decir que conocemos nuestro corazón y sus razones que tantas veces rigen nuestro actuar? ¿me conozco? ¿sé quien soy?
Quien quiere llegar a ser y a hacer algo grande, debe comenzar por el primer paso: por el conocimiento del propio yo. Obviamente en este proceso tomaremos conciencia de límites y debilidades propias que no nos gustan, que nos causan dolor e incluso que creemos que son estorbos e impedimentos para lograr nuestros objetivos, pero sin embargo, el Padre también nos enseña que precisamente esas limitaciones pueden convertirse en peldaños que nos acerquen a la meta. Nuestro autoconocimiento es la base y el fundamento de nuestro Santuario Vivo. Para que este fundamento sea sólido y nuestro santuario no se destruya con algún “sismo”, con alguna de las múltiples crisis que nos afectarán durante toda nuestra vida, debemos cavar hondo y fijar firmes las bases de nuestra personalidad.

Sugerencia de Modalidad de Trabajo:


  • Leer y subrayar lo más interesante, para intercambiar, discutir y definir tres razones importantes para trabajar en el propio autoconocimiento.

  • ¿Cuál idea contenida en los siguientes textos es más fuerte para ti y por qué?

  • Intenta hacer aterrizajes concretos a tu propia realidad: ¿Cómo relacionar estos textos con lo que a ti te sucede? ¿En qué se aplica a tu propia autoeducación?



Schoenstatt y el Autoconocimiento: Textos del Padre José Kentenich,

Acta de Prefundación de Schoenstatt, 27 de Octubre, 1912.


“No se necesita un conocimiento extraordinario del mundo y de los hombres para darse cuenta de que nuestro tiempo, con todo su progreso y sus múltiples experimentos no consigue liberar al hombre de su vacío interior. Esto se debe a que toda la atención y toda la actividad tiene exclusivamente por objeto el macrocosmos, el gran mundo en torno a nosotros. Y realmente entusiasmados tributamos nuestra admiración al genio humano que ha dominado las poderosas fuerzas de la naturaleza y las ha puesto a su servicio. Ha unido las distancias del orbe, ha explorado los abismos del mar, ha perforado las montañas y volado por las alturas del espacio. El instinto de descubrir no cesa de impulsar hacia delante. Llegamos hasta el polo norte y penetramos continentes hasta ahora desconocidos; con nuevos rayos atravesamos el cuerpo humano; e microscopio y el telescopio nos revelan constantemente nuevos mundos.
Pero a pesar de esto, hay un mundo, siempre viejo y siempre nuevo, el microcosmos, e mundo en pequeño, nuestro propio mundo interior, que permanece desconocido y olvidado.
No hay métodos, o al menos, no hay métodos nuevos, capaces de verter rayos de luz sobre el alma humana. “Todas las esferas del espíritu son cultivadas, todas las capacidades aumentadas, sólo lo más profundo, lo más íntimo y esencial del alma humana es, con demasiada frecuencia, descuidado”. Esta es la queja que se lee hasta en los periódicos. Por eso la alarmante pobreza y vacío interior de nuestro tiempo.
Aún más. Hace algún tiempo, un estadista italiano señaló como el mayor peligro del progreso moderno, el hecho de que los pueblos atrasados y semicivilizados se apoderasen de los medios técnicos de la civilización moderna sin que, al mismo tiempo, les sea suministrada la suficiente cultura intelectual y moral para emplear bien tales conquistas.
Pero quisiera invertir el problema y preguntar: ¿están los pueblos cultos y civilizados suficientemente preparados y maduros para hacer bueno uso de los enormes progresos materiales de nuestros tiempos? ¿O no es más acertado afirmar que nuestro tiempo se ha hecho esclavo de sus propias conquistas? Sí, así es. El dominio que tenemos de los poderes y fuerzas de la naturaleza no ha marchado a la par con el dominio de lo instintivo y animal que hay en el corazón del hombre. Esta tremenda discrepancia, esta inmensa grieta, se hace cada vez más grande y profunda. Y así tenemos ante nosotros el fantasma de la cuestión social y de la ruina social, si es que no aplicamos enérgicamente todas las fuerzas para producir muy pronto un cambio. En lugar de dominar nuestras conquistas, nos hacemos sus esclavos. También nos convertimos en esclavos de nuestras propias pasiones.
¡Es preciso decidirse! ¡O adelante o atrás! ¿Hacia dónde entonces? ¡Hacia atrás! ¿Tenemos entonces que retroceder a la Edad Media, sacar las líneas férreas, cortar los cables telegráficos, devolver la electricidad a las nubes, el carbón a la tierra, cerrar las Universidades? No ¡nunca! ¡No queremos, no debemos ni podemos hacer eso!

Por lo tanto ¡adelante! Sí, avancemos en el conocimiento y en la conquista de nuestro mundo interior por medio de una metódica autoeducación. Cuanto más progreso exterior, tanto mayor profundización interior. Este es el llamado, ésta es la consigna que se da en todas partes, no sólo en el campo católico, sino también en el contrario. De acuerdo a nuestra formación, también nosotros queremos incorporarnos a estas corrientes modernas.


En adelante no podemos permitir que nuestra ciencia nos esclavice, sino que debemos tener dominio sobre ella. Que jamás nos acontezca saber varias lenguas extranjeras, como lo exige el programa escolar, y que seamos absolutamente ignorantes en el conocimiento y comprensión del lenguaje de nuestro propio corazón. Mientras más conozcamos las tendencias y los anhelos de la naturaleza, tanto más concienzudamente debemos enfrentar los poderes elementales y demoníacos que se agitan en nuestro interior. El grado de nuestro avance en la ciencia debe corresponder al grado de nuestra profundización interior, de nuestro crecimiento espiritual. De no ser así, se originaría en nuestro interior un inmenso vacío, un abismo profundo, que nos haría desdichados sobremanera. ¡Por eso: autoeducación!”

La Psicología y el Autoconocimiento: Fuente Internet:

http://www.misrespuestas.com/que-es-el-autoconocimiento.html
La palabra “auto” significa por si mismo y “conocimiento” quiere decir saber sobre algo, se interpreta como la capacidad que tiene una persona de conocerse a sí misma. (…)
Algunos autores sostienen que el autoconocimiento se relaciona con la autoimagen (que llamábamos antes autoestima) y en realidad están relacionados pero la autoimagen en muchas personas es una deformación de la realidad personal porque no han establecido un auténtico conocimiento de si mismos. Esto quiere decir que puede haber autoestima sin el autoconocimiento y que en un proceso de introspección permitiría a la persona formar un cúmulo verdadero de conocimientos reforzando la autoestima con el autoconocimiento.
Esto implica una gran madurez personal porque obviamente algunos aspectos de nosotros mismos no nos van a agradar, este pequeño conflicto puede ser agrandado por factores culturales y sociales, en muchos casos se resuelve con una negación que la persona hace para autoprotegerse manifestando la falta de madurez. El autoconocimiento debe ser un proceso reflexivo para resaltar nuestras cualidades y corregir los aspectos negativos.
También debe ser retrospectivo porque en el pasado de nuestras acciones se encuentra la respuesta a lo que hacemos en el presente sin dejar a un lado que el presente mismo generara nuevas experiencias que nos forman y enriquecen el autoconocimiento.
Quiero aclarar que los términos autoestima e introspección están muy relacionados con el psicoanálisis mientras que autoconocimiento y autoimagen son términos relacionados con las teorías educativas del aprendizaje más modernas y en especial con el conductismo y el constructivismo; de ahí la diferencia en los enfoques de estos términos tan similares. También es importante señalar el carácter universal del autoconocimiento y su búsqueda: desde sus inicios el ser humano ha estado interesado e intrigado por conocerse más allá de la superficie: en el tempo dedicado al dios Apolo en Grecia se podía leer la inscripción "Conócete a ti mismo", o sea que en la cuna misma de nuestra cultura se le daba gran importancia espiritual al concepto. Asimismo, en las culturas orientales se puede ver claramente este esfuerzo por el conocimiento interior dadas las innumerables técnicas de introspección desarrolladas, como las diferentes formas de meditación que conocemos.

El Cristianismo y el Autoconocimiento: Artículos relacionados con el conocimiento de sí mismo, desde el punto de vista cristiano por Nelson Medina OP.
http://www.es.catholic.net/psicologoscatolicos/348/2720/articulo.php?id=27139

“Aprender a conocerse es una tarea de la que nadie debe excluirse bajo riesgo de hacerse mucho daño y de causar también mucho daño a otros. Un político que no sepa de su propia responsabilidad; un sacerdote que ignore la dignidad de su vocación; un hijo que desconozca qué es el milagro de la vida; un filósofo que no se pregunte por qué escogió su primera pregunta; una esposa que no sepa por qué quería sentirse acompañada... ¿de verdad cabría esperar mucho de personas así?


Cuanto más pronto los jóvenes se conozcan a sí mismos, más pronto también sabrán de los defectos de su carácter y más pronto buscarán remedios que podrán hacerles mucho bien. A la vez, temprano en su carrera sabrán cuáles son sus fortalezas y así perderán menos tiempo en divagaciones inútiles, aunque reconociendo siempre que de todo recorrido puede aprenderse mucho.


La persona que se conoce es infinitamente menos violenta que la que no se conoce. La violencia es ignorancia fermentada. Por eso en las discusiones alza más la voz el que menos seguro se siente: suple con gritos lo que le falta en convicción de las propias razones.


La persona que se conoce tiende a ser más misericordiosa. Ha visto sus propios errores y le queda más fácil entender que otros yerren. Ha visto que el mal tiene mil disfraces y que es fácil equivocarse; por eso simpatiza con la frase compasiva de Cristo en la Cruz: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas23,34).


La persona que se conoce sufre menos de miedo y por eso también es mucho más libre. El miedo multiplica su fuerza con la ignorancia. Vencida la ignorancia, cae también el bastión primero del miedo.


La persona que se conoce no vive al azar de las circunstancias, al vaivén de las modas o en la incertidumbre de un destino predicho e incógnito a la vez”.
http://www.es.catholic.net/psicologoscatolicos/348/2720/articulo.php?id=27131

”Sin este conocimiento no logramos comprender el contexto vital que hace nacer eso que llamamos "experiencia," que a su vez es como un requisito para la "sabiduría". La experiencia es un saber que requiere de contexto, y el contexto que nos lleva a ese saber es conocernos a nosotros mismos.


Se puede decir que hay muchos conocimientos exteriores pero que este otro es un conocimiento interior porque no se vuelca sobre las cosas ni sobre las vidas de otros ni tampoco sobre el perjuicio o beneficio inmediato de las acciones propias o ajenas. Pero tampoco es un simple mirar hacia adentro, como si uno tomara una cámara de video y en lugar de enfocarla hacia la calle la enfocara hacia la sala de la casa en que se encuentra. Es algo más profundo que iremos descubriendo poco a poco. Por ahora digamos que es más el acto de mirar cómo uno mira o de valorar cómo uno valora.


Esta clase de conocimiento puede parecer abstracto, difícil, borroso o inútil. Mi impresión es que efectivamente tiene un poco de estas cuatro cosas y que aún hay muchas otras críticas que se le pueden hacer. Y sin embargo, atañe a cosas muy concretas, ayuda a simplificar el corazón, trae una gran claridad y colma de sentido la vida.


Muchos santos han hablado de este conocimiento y creo que todos lo han practicado, de distintos modos. La razón podría estar en aquello que dijo Santa Teresa de Jesús, "la humildad es la verdad." Sin el conocimiento de sí mismo, el cristiano está condenado a equivocarse en la valoración de sí mismo y de sus actos. A veces considera sus cualidades como insuperables y peca por soberbia; otras veces estima que sus errores son del todo irreparables y se hunde en la desesperación.


Sin un conocimiento de su propio ser rebota cruelmente entre estos extremos y se equivoca una y otra vez en la causa de sus males. A menudo culpa a otros de lo que es su propia responsabilidad, aunque tampoco es extraño que se sobrecargue de acusaciones y se inunde de amargura. Es apenas lógico reconocer que un corazón sometido a este cruel tratamiento de ignorancia estará demasiado miope para la obra de la gracia.

Así entendemos que el conocimiento de sí mismo está ligado a la fe, la religión y la espiritualidad. No es su único vínculo importante. A lo largo de nuestras reflexiones y sugerencias nos encontraremos a menudo visitando tierras de la psicología, la filosofía, la historia y la literatura, entre otras disciplinas. Nuestro enfoque, sin embargo, tiene como línea fundamental las enseñanzas de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia, a quien considero verdadera maestra en este arte magnífico y tan necesario, del cual estoy persuadido que cambiará la vida de muchas personas.”








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