El arte de la predicacióN



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NO HABLAR DEMASIADO


Hay que desconfiar de ser demasiado conversador. Si se es saco vacio de pensamientos serios, será saco lleno de palabras huecas. Algunos fracasan por hablar demasiado.

A veces la charla continua es un zumbido producido por la desconfianza en sí mismo.

Una excesiva conversación es con frecuencia debida a nerviosismo o sensación de inseguridad.

La lengua muy movediza va anunciando el mal estado de la maquinaria que su cráneo alberga.

Hablar por hablar es signo de inferioridad. En vez de hablar tanto hay que hacer más preguntas. Hay que hacer hablar más a los otros. Así se sentirán más encantados de nuestro trato.

No abuse diciendo demasiadas palabras. Vaya de una vez al tema que va a tratar. El tiempo es oro y no hay que gastarlo en palabras inútiles.


HAY QUE CREAR SUSPENSO.


El suspenso es una figura literaria que consiste en aplazar el desenlace de la acción para estimular el interés del oyente. Muchas conferencias fracasaron porque el orador no logro suscitar el interés de su público, ni crear ningún suspenso.

Empiece hablándoles de algo que ellos ya conocen y vaya llevándolos al tema que les quiere proponer. Excluya las palabras vanas y hable de hecho reales. Procure elegir temas que llamen la atención de los oyentes y que en verdad les interese a ellos y les sean provechosos y vayan dándoles una entonación agradable y simpática a su voz. Evite caer en la monotonía es una igualdad de tono, una falta de variedad en la entonación. Esto cansa y aburre.

Recordemos que el suspenso consiste por lo general es dar un final rápido (y a veces inesperado) después de que el narrador ha gastado buen tiempo en narrar detalles de la anécdota; el final debe decirse con el mínimum de palabras. Pero preciso y que se entienda, porque si no logran entender cuál fue la conclusión que se quiso dar nos puede lo que dijo el poeta Horacio: “tronaron los montes y… dieron a luz un ratón”.

Lo más importante es descubrir dónde está el punto esencial de lo que se les va decir, y cual se debe insistir y hacer resaltar ese punto.


PREDICADOR: CONSERVE SU SUPERIORIDAD.


Si hay señales de descontento o de desorden no demuestre perturbación por la actitud de los otros. Espere a que pase el vendaval. Si notan que no logran que no logren alterar su personalidad, lo trataran con mayor consideración. Si Ud. observa su tranquilidad los modales bruscos de los otros les parecerán mas ridículos que odiosos. Cuando el Papa Juan Pablo II fue a Nicaragua, los comunistas dispusieron sabotearle un sermón. Pero por más que gritaron y patalearon no lograron que el pontífice perdiera su serenidad. Y tuvieron que callarse.

Cuidado con el complejo de inferioridad nuestra inferioridad es más imaginaria que real. El complejo de inferioridad hace ver intenciones de humillarnos y despreciarnos, aquí donde no las hay. Y si a Ud. le persigue ese complejo consiga y lea el bello libro: “Secretos para triunfar en la vida”. A medida que las páginas de ese libro vayan llegando a su cerebro, su complejo de inferioridad se irá alejando.


NO ILUSIONARSE DEMASIADO


El padre Balcels, mártir español decía que a la gente hay que explicarles tres veces lo que se les dice, porque la primera vez no lo entienden, la segunda vez lo entienden al revés y a la tercera vez empiezan a entender, para irse después a hacer lo que les dé la gana y quizás lo contrario de lo que se les dijo. y que por eso no hay que contentarles con explicar bien, sino que hay que recomendarles mucho lo importante que es el que se dediquen a cumplir bien lo que se les aconseja.

EL ERROR DE TAULERO.


Taulero es un célebre predicador dominico que entusiasmaba muchísimo a las gentes con sus elocuentes sermones. Un día en colonia, después de uno de sus grandiosos discursos, se le acerca un desconocido y le dice: “¿me permite decirle algo con franqueza?” “dígalo”. “Que a Ud. le domina y guía en sus sermones un secreto orgullo. Usted en sus predicaciones no busca a Dios sino que se busca a sí mismo. Por eso el vino de la palabra de Dios, al pasar por el corazón de usted, pierde su fuerza y llega a las almas sin sabor y sin la verdadera eficacia y las almas sedientas se quedan sin poder saciar la sed espiritual que las devora”. El desconocido se retiro y Taulero dejó de predicar dos años, y cuando llego al pulpito ya era otro, totalmente transformado, y ahora como lo que buscaba era la gloria de Dios y no la satisfacción de su propio orgullo, los frutos de conversión que logro en las almas fueron formidables (Mr. Della Costa).

A cuántos de nosotros nos haría falta un desconocido o conocido, que se atreviera a decirnos lo mismo que le

Fue dicho a Taulero. Y cuantos frutos mas conseguiríamos si le hiciéramos caso a a su recomendación y a su llamada de atención.

GENEROSIDAD BIEN APROVECHADA.


El padre Ceria, notablemente historiador, dice que en la gran arquidiócesis donde vivió San Juan Bosco, difícilmente se lograría encontrar una parroquia donde este santo no haya ido a predicar. Los párrocos conocían la enorme generosidad de Don Bosco para ir a predicar a donde quiera que los invitaran y aprovecharon esa generosidad, y a veces hasta un exceso. El deseaba poder repetir con San Pablo: “con gusto y buen a gana me gastare y desgastare, con tal de ser útil a Cristo y a las almas”. ¿Qué decir de esta generosidad de San Juan Bosco para predicar, comparada con el modo como nosotros nos “ahorramos” y hasta nos negamos muchas veces a ejercer este santo ministerio? ¿No estaremos enterrando nuestro talento? ¡Líbranos Dios de tan grande error!

UN AVISO QUE HAY QUE REPETIR


Cuando los actores de un drama están ensayando la representación, el que los dirige les grita desde de abajo: “¡por favor, más despacio! ¿Pronuncien más despacio! ¡Tienen que exagerar la pronunciación, por qué acá desde el pueblo no se les entiende! ¡Por favor: háganse entender bien del publico!”. Esto mismo quisiéramos decir as muchísimos predicadores de muchos templos del mundo: “¡Por Favor, pronuncien mejor, hablen más despacio. Miren que este pobre público no les logra entender bien lo que están diciendo!” (Leo Treze)




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