El arte de la predicacióN



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EL ARTE DE LA PREDICACIÓN
Pbro. Fco. Javier Albores Teco

I N T R O D U C C I Ó N

Escribir acerca de la predicación no es tarea fácil ya que no solo es lo teórico sino sobre todo la experiencia que podamos ir adquiriendo de la presencia de Dios.

El presente material es una mínima recopilación de diversos autores que han escrito sobre el tema y que ha sido ya aprovechado en las dos primeras generaciones de predicadores de nuestra arquidiócesis. Sugiero que unido a este aspecto teórico se pida a los alumnos realicen pequeñas prácticas de escribir y de exponer su propia predicación.

Ruego a Dios nuestro Señor que el presente documento ayude al propósito de formar santos y sabios predicadores.

“El Señor te bendiga y te proteja”

Pbro. Fco. Javier Albores Teco



  1. ¿QUÉ ES PREDICAR?

Predicar significa anunciar la Palabra divina con palabras humanas. Por tanto, es una obligación dominar la palabra humana, dominar el arte del buen decir.


Predicar implica también una buena dosis de exégesis; la aplicación de las lecturas a la vida actual presupone un conocimiento profundizado del mensaje de estas mismas lecturas a los receptores de entonces. Predicar implica siempre una mirada hacia atrás para descubrir el sentido histórico de las lecturas y otra hacia el futuro en la que se deduce de él una aplicación y orientación para el comportamiento venidero.
A pesar de la variedad de las formas, siempre desemboca en el mismo objetivo: mover a los oyentes a hacer el bien, convencerlos de que vale la pena ser cristiano y seguir a Cristo, comunicar la alegría de vivir que proporciona la fe y que a menudo puede progresar en la fe y avanzar hacia sí mismo para poder ser otro, para progresar en la fe y avanzar en su actuación.
Predicar no puede significar en ningún caso anular la personalidad del creyente, sino fortalecerla para que cobre consciencia de sí mismo y se integre en la comunidad. El buen predicador debe también ser un creyente y predicar con el ejemplo.
Anunciar la Palabra significa también tener que estar en constante contacto con la Sagrada Escritura, explicarla y aplicarla a las circunstancias contemporáneas en las que se realiza la predicación. Predicar implica un conocimiento doble: el de la Biblia y el de las preocupaciones y tribulaciones de la sociedad en la que vive el predicador y de los hombres a los que se dirige. Predicar significa, por tanto, mediar entre la Palabra portadora de la buena nueva y de las normas de la vida cristiana, por un lado, y los fieles necesitados de criterios, valores, consuelo, estímulos y a veces de crítica y reprimenda, por otro.
Predicar significa siempre predicar hacia el futuro y para el futuro. Predicar significa preparar caminos, que van del presente a una posible mejora, a una conversión, a una vida mejor.


  1. ¿QUÉ ES UN PREDICADOR?

Es un representante de Dios ante los fieles, Dios habla a través de él. El predicador debe ser un "poseído por la palabra”. Su labor consiste principalmente en mediar entre Dios y los hombres, "prolongar" el Evangelio anunciándolo y aplicándolo a las necesidades de la época y del momento.


Ser proclamador y mediador de la Palabra implica llevar a los hombres hacía Dios hablando de Dios. El se convierte de este modo en una especie de prolongación del Evangelio, dado que la inmensa sus homilías van a ser explicaciones y aplicaciones de los textos bíblicos.

El predicador es servidor de la palabra para que se realice el gran encuentro no sólo entre él mismo y los oyentes, sino sobre todo, entre Dios y los oyentes a través de él.


El predicador tiene que descubrir la acción de Dios en la situación de los hombres hoy, escuchar la palabra llena de promesas. La predicación exige al hombre entero, no sólo su retórica o sus dotes oratorias.

III. CARACTERÍSTICAS DEL PREDICADOR

  1. El predicador del mensaje cristiano es un enviado

Todo predicador cristiano está de algún modo en la gran misión que parte del Padre y desde Jesús a los doce. No tiene por tanto que anunciar su propio mensaje, sino el de otro. Por eso el predicador tiene que ser un fiel administrador (cf. 1 Cor. 4,2).


Lo que determina el ser del predicador no es que uno se sienta llamado a predicar razón de inclinación y dotes subjetivas, sino el encargo de Jesucristo. La misión no es una distinción personal, sino una responsabilidad. Sabemos cómo algunos profetas quisieron escaparse de este encargo de Dios y no pudieron (cf. Jon 1,2; Jr 20,8.14, 1 Re 19,4). Y todos son enviados de nuevo a su misión. La misión permanece en nosotros pese a nuestra debilidad.


  1. El predicador del mensaje cristiano es un testigo

El predicador es un «administrador de los misterios de Dios. Por lo demás lo que en los administradores se busca es que sean fieles» (1 Cor 4,2).


El predicador tiene que ser siempre testigo de su fe personal, si no quiere que su palabra sea al final una palabra vacía, no digna de crédito. El primer testimonio que se requiere del predicador es el de su lealtad absoluta, de su humildad ante Dios, de su renuncia a sí mismo para ser portador de una verdad que no le pertenece.
Predicar no quiere decir transmitir un fragmento de doctrina de fa Iglesia o de exégesis, sino comunicar la Buena Nueva de liberación y salvación. Sólo es posible transmitir este mensaje de salvación cuando y en la medida que el predicador mismo cree en él y vive de él. Al predicador se le exige que se entregue totalmente a la palabra que proclama. No hay predicación sin esfuerzo por el propio progreso.
Un predicador transmite el mensaje cristiano no sólo con sus palabras, sino todavía más con sus obras, por eso la mayor de todas las tensiones que tiene que soportar es la de hacer que concuerde su palabra y su vida, que no hable sólo, sino que haga y que su vida sea una ilustración de la predicación.


  1. El predicador del mensaje cristiano es un traductor

El mensaje confiado al predicador, que originalmente fue pronunciado en otro tiempo, en otras circunstancias sociales y culturales, en una situación histórica determinada, y a unos oyentes históricamente totalmente distintos, debe ser extraído del contexto de su tiempo y trasladado al mundo de hoy.


La traducción es una tarea seria y muy compleja por los problemas de lenguaje. Se ha de traducir con toda exactitud; en la traducción existe siempre el peligro de la traición. Traductor, traidor. Bajo la apariencia de fidelidad, se puede retocar el contenido.


  1. El predicador del mensaje cristiano es un comentador

La predicación no se debe quedar en una mera reproducción mecánica, sino que ha de ser una palabra que explica, comenta aplica a las necesidades correspondientes, a la situación histórica del mundo, a los fieles en su seguimiento de Cristo y también a la comunidad cristiana.

El predicador es un humilde servidor de la palabra revelada. Pero a veces se abusa de esa palabra revelada para utilizarla bien como justificación o trampolín para los propios pensamientos o bien como adorno de la elocuencia del predicador. Si se pide a los fíeles que veneren la palabra revelada, el predicador no debe tener menos respeto de la palabra de Dios.


  1. CONDICIONES ESENCIALES DEL PREDICADOR

El ser predicador se compone de dos elementos, uno objetivo y otro subjetivo. El elemento objetivo es la misión; el elemento subjetivo es el modo y manera como se ejerce el ministerio de la predicación.




  1. El elemento objetivo se basa en la misión

El ministerio de la predicación no se basa en último término ni en la ciencia teológica ni en la comunidad y su aprobación, ni tampoco en la fe personal del predicador ni en su capacidad para predicar. La predicación está fundada primariamente en la misión y vocación por parte de la iglesia. Pero se basa secundariamente en el carisma del predicador.




  1. El elemento subjetivo: La competencia del predicador

El predicador es un mediador. ¿Qué necesita el predicador en las circunstancias actuales para desempeñar adecuadamente su quehacer homilético? ¿Qué cualidades se le pueden desear? ¿Qué cabe esperar de él?


Señalemos algunas competencias:


  1. La competencia jurídica

Se aplica al que tiene aptitud legal o autoridad para resolver cierto asunto. El juez competente.


b) La competencia profesional
En el concepto de la competencia del predicador juegan un papel los dos niveles de significado; por una parte posee una competencia jurídica, un encargo pastoral, un nombramiento, que le hace aparecer como predicador; por otra parte posee -así es de desear- una competencia profesional: conoce la tradición cristiana y desde una interpretación de la Sagrada Escritura sabe iluminar las situaciones humanas.


  1. La competencia comunicativa

La comunicación no es una técnica, ni una habilidad, sino algo más profundo, un proceso total que no se puede separar de la identidad de la persona.





  1. ACTITUDES QUE FAVORECEN LA COMUNICACIÓN

La posibilidad que tiene el orientador de cambiar y hace progresar al otro se halla en relación directa con la integración de tres actitudes básicas: la aceptación positiva incondicional del otro, la comprensión empática y la autenticidad.



  1. Aceptación incondicional del otro

Cuando el predicador acepta a los oyentes con todo respeto y se dirige a ellos con una cordialidad desinteresada se da una aportación esencial a la creación de un buen clima de comunicación. Por el contrario, cuando en el fondo del corazón al predicador no le gusta la gente y se enfrenta con ellos sin interés, o distanciado con frialdad, se difunde una atmósfera que va a dificultar la aceptación del mensaje.


La aceptación del otro es una condición para que se establezca una relación. Da al otro una seguridad de no ser utilizado como un medio para alcanzar un fin. El oyente se siente dispuesto a escuchar sin límites las palabras del predicador cuando se siente tomado en serio en su modo de ver las cosas y no necesita por eso defenderse frente al predicador. Al no sentirse el oyente como un objeto del predicador, puede dejar obrar en sí las palabras de él de un modo distinto y lograr nuevos puntos de vista sin tener el sentimiento de tener que rendirse.
Mis oyentes no son mis enemigos, sino mis hermanos y hermanas. Jesús en su trato con los hombres y mujeres que encontraba ha mostrado impresionante su trato con adúltera (Jn 8,1-12); pero también sus sermones están en esta línea. Con las palabras: «Habéis oído... pero yo os digo», acepta la tradición que han oído y aprendido sus oyentes; no le quita valor, sino que contrapone su mensaje como un impulso para la reflexión.


  1. Comprensión empática

Metaforicamente hablando se habla de «meterse en el pellejo del otro», ver el mundo con los ojos del otro.


Un predicador tiene que conocer los signos de los tiempos y a sus oyentes. «Es necesario, por ello, conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza» (GS 4).
El predicador debe ser un conocedor del corazón humano con sus luces y sus sombras que se identifica con sus oyentes. Si descuida esta comprensión, habla por encima de las cabezas y no se llega a una interacción positiva.


  1. Autenticidad

Se trata de aparecer tal como somos. La personalidad del predicador es una garantía de lo que dice y exige. Para ser auténtico no basta un precalentamiento en la preparación inmediata de la predicación, mucho menos hacer teatro poniéndose la máscara de un personaje, sino que se exige una experiencia de la vida misma.


El lenguaje tiene que hablar desde la experiencia. No se trata de hablar desde lo que he leído, sino desde lo que he vivido.
«El que predica -afirma L. Maldonado- no podrá ser realmente vehículo de los sentimientos de Dios si él no se identifica con ellos, haciéndolos pasar por los suyos propios. De ahí que hoy se pida al que predica que exponga no sólo el kerigma más o menos actualizado, sino su vivencia de él, su testimonio personal sobre él, sus sentimientos propios ante él. Así suscitará la vivencia afectiva en el oyente y se producirá la identificación entre él y el oyente».

El sentido de la predicación es que sea escuchada. No debe entrar por un oído y salir por el otro, sino del oído pasar al corazón y de allí a la voluntad. Para lograr esto, la predicación debe dejar una profunda impresión. Sólo tienen garra aquellas predicaciones que proceden de una brasa interior dice san Gregorio Magno. Sólo el que está convencido puede convencer; sólo el que arde puede inflamar, sólo el que ama puede despertar amor.


Nadie da lo que no tiene. El que predica demasiado objetivamente, es decir, el que habla de Dios, de Cristo, de la Iglesia, como de datos científicos, no arrastrará a los oyentes. Pero quien habla de su Dios, de su Cristo y de su Iglesia, como algo donde tiene puesto su corazón, encontrará las palabras apropiadas y arrastrará a

los fíeles.




VI. TIPOS DE PREDICACIÓN
Las dos formas principales de predicación son la homilía y la predicación temática.
La diferencia entre ambas no está en que la homilía sea bíblica y la predicación temática no lo sea. Las dos están necesariamente vinculadas a la Biblia. La diferencia se funda más bien en el modo de esa vinculación. En la predicación temática predomina una finalidad doctrinal, en la homilía predomina la explicación del texto.
En el Nuevo Testamento se nos han transmitido estos dos tipos principales en la predicación de Jesús. La interpretación del texto Is 61.1ss en la sinagoga de Nazaret pertenece al género de la homilía, mientras que el sermón de la montaña (Mt 5-7) y los discursos de despedida son predicaciones temáticas.
Justificación de la homilía y la predicación
Las dos formas de predicación -la homilía y la predicación temática- están justificadas y son necesarias. Ninguna puede imponerse absolutamente. Se trata en esto de una cuestión de principios, de la relación de la predicación con la Sagrada Escritura.
«El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo» (DV 10).
Este principio vale también para la predicación. Como la Biblia no es la primera y última fuente de la fe, tampoco es la primera y última fuente de la predicación. Limitarse sólo a la Sagrada Escritura no sería otra cosa que hacer válido en la predicación el principio reformador de la doctrina de la sola escritura. Si dogmáticamente se coloca uno en la posición de la sola escritura, entonces hay que concederle el monopolio a la homilía.
La predicación no es sólo explicación de la Sagrada Escritura, ya que la primera fuente de la fe es la doctrina de la Iglesia, es decir, no la Sagrada Escritura por sí sola, sino tal como la entiende dentro de la Iglesia. Esto es el fundamento de la predicación temática.

La Sagrada Escritura es fuente de la revelación y con ello también de la predicación.


En la homilía habla la Sagrada Escritura esclarecida por el predicador. En la predicación temática, por el contrario habla el predicador y aclara sus propios pensamientos con palabras de la Sagrada Escritura. Existe aquí el peligro de que el predicador emplee la Biblia sólo para ilustración de sus propias palabras e ideas. La predicación debe estar sin embargo al servicio de la Sagrada Escritura, es un servicio a la palabra de Dios.

¿Qué es una homilía?
La homilía es evidentemente el texto, la comunicación verbal que primero prepara y luego presenta el predicador en diversas circunstancias pastorales.
La homilía es la continuación de las lecturas bíblicas, que constituyen una especie de fundamento y repertorio temático preestablecido.
La Homilía es una explicación progresiva, versículo a versículo, de una perícopa y se distingue del lógos, el discurso que trata un tema según las leyes de la retórica.
La homilía tiene su lugar en la celebración sacramental, está vinculada al calendario litúrgico y se concibe, entre otras cosas, también como puente y enlace respecto de la eucaristía; por tanto, ni es la parte principal ni es un apéndice del misterio litúrgico, sino un segmento imprescindible y coherente dentro de la Eucaristía como lo son las lecturas y la celebración sacramental.


  1. Homilía bíblica

Por lo que respecta a la homilía, se conocen dos formas:


La homilía sencilla, llamada también homilía inferior, que es la explicación de una perícopa, frase por frase, aplicándola a los oyentes. Se llama también homilía exegética.
La homilía temática intenta, como la sencilla, explicar una perícopa, pero hace la explicación desarrollando el tema fundamental. Así, por ejemplo, en la parábola de las vírgenes prudentes y necias aborda el tema de la vigilancia cristiana. El tema de la homilía tiene que coincidir con el tema de la perícopa.
En otras ocasiones la homilía temática toca un tema secundario de la perícopa, que adquiere relevancia especial por la aplicación litúrgica, como sería el tema de la virginidad en la parábola anterior.
Se presenta una tercera posibilidad de homilía temática, al hablar de una perícopa en una serie de homilías o de predicaciones. Por ejemplo, hablar de la misericordia de Dios basándose en la parábola del hijo pródigo. O se puede utilizar esta parábola para ilustrar, en cinco predicaciones, las cinco partes del sacramento de la penitencia. Pero esto ya no es una homilía.
Tanto en la homilía exegética como en la homilía temática se tiene que elaborar la unidad y una sucesión de las ideas. Sólo es distinto el procedimiento.
En la homilía exegética se expone un versículo tras otro, de modo que sólo al final aparece el tema, la idea de conjunto.
En la homilía temática, tras una introducción, se destaca el tema, la unidad de las ideas. Según las reglas de la retórica, se expone en la predicación el tema de una perícopa.
Ambas formas de homilía tienen un tema. Mientras que en la homilía temática el tema representa el punto de partida, en la homilía exegética el tema se alcanza al final.

  1. La homilía exegética

La homilía sencilla renuncia a un esquema lógico y explica los pasajes, versículo por versículo, de un modo edificante haciendo las correspondientes aplicaciones útiles.


Aunque se la llama también homilía sencilla, requiere para su realización una preparación mucho más cuidadosa y ciertas condiciones. Se debe tener o crear una comunidad madura en la fe, con hambre de Biblia, donde ya se conozca, al menos algo, el libro de la Sagrada Escritura sobre el que se predica. Es de desear que todos puedan seguir la homilía con el texto en la mano.


  1. La homilía bíblica temática

El punto de partida de la homilía bíblica temática es el tema que se desarrolla según las leyes de la retórica. Trata la perícopa temáticamente y procura ordenar las ideas lógicamente de acuerdo con un esquema.




  1. La homilía litúrgica

Tiene como tema de la predicación una acción litúrgica como la celebración de un sacramento con todas sus acciones y oraciones. La homilía litúrgica es una forma de la predicación que intenta explicar e! misterio de la liturgia y a partir de ahí conduce a Dios.




  1. La explicación litúrgica progresiva

Describe el curso de la acción litúrgica, explica su sentido y se aplica a los oyentes. Ésta se puede tener para un pequeño grupo (por ejemplo, en un bautismo) o, fuera de la acción litúrgica, para toda la comunidad.




  1. La homilía litúrgica temática

Se trata de introducir a los fieles en el espíritu de la liturgia de los sacramentos. La misa requiere una introducción fundamental en sus variados aspectos: alianza, banquete, memorial, sacrificio, etc. Cada formulario de la misa puede considerarse como una unidad y ser tomado como tema. El año litúrgico, sobre todo los tiempos fuertes de Semana Santa y Pascua, los signos sagrados, las fiestas pueden ofrecer otros tantos temas.


Estructura de la homilía.


  1. Exordio.

Si necesitas arreglar tu automóvil, marcas el número telefónico del taller. Alguien descuelga los audífonos en la otra punta. ¿Con quién hablo? Igual que en la homilía, lo primero es saber a quienes vamos hablar


Es claro que no comienzas con un imprudente ex abrupto: quiero que arregle mi automóvil para esta tarde; sino con un leve y cordial tiroteo de políticas eficaces, -hola, ¿Cómo está usted, señor mecánico? Me da mucho gusto saludarlo. ¿Qué tal por su casa? Ah, fueron gemelos, qué bendición. Usted tan amable como siempre.
Es el exordio, la introducción, el preámbulo que exige la misma psicología del auditorio. Pues no se empieza de golpe y porrazo, sino con algún hecho que traiga la atención del pueblo fiel, un suceso apropiado, un brevísimo relato. Había un sacerdote que así comenzaba sus sermones: amados hermanos, antes de entrar en materia y explicarles el evangelio de hoy, permítanme que brevemente les recuerde la gravedad del pecado... dos en uno. El predicador se desplanchaba dos homilías, y todo por no saber comenzar, calentar los motores, correr en la pista y levantar el vuelo.

Aunque los fieles lleven ya cinco minutos de estar en misa, es preciso disponer una masa heterogénea, quizá preocupada por mil problemas que también se vinieron a misa, quizá ignorante de lo que va a oír.


Por eso no entras en materia de golpe y porrazo. Más vale rodear que rodar. Te vas insinuando poco a poco para ganarte la atención, la simpatía, la confianza del auditorio. Entrar con lo suyo para salir con lo tuyo. Atraes, fijas, dispones, preparas, fascinas. Esto es psicología y no retórica.
La imperfecta homilía comienza con frases lejanas, abstractas, mortecinas. Muertas y mortíferas. Matan en interés del más pintado. Por ejemplo: el evangelio de hoy dice que, Nuestro Señor Jesucristo afirma en esta parábola que, en las lecturas que acabamos de leer, este es el domingo 21 de Pentecostés, celebramos hoy la fiesta de todos santos, reflexionemos en esta doctrina que es el Espíritu del Señor...
¿Crees tú que con estas entradas cadavéricas vas a reunir de golpe 400 cabezas desparramadas, hacerlas vivir, tenerlas pendiente de tus labios, excitar su curiosidad y atrapar el vuelo de tantas mariposas fugitivas? Jura que cualquiera de estas frases equivale a una buena anestesia, dormitaverunt omnes et dormierunt. El primer minuto de la homilía es definitivo. Saber comenzar, calentar el motor para que arranque. Encender los tableros de mando para un disparo perfecto. Tomar altura. Llevar a todos los pasajeros al vuelo.
¿Cómo? Habla con seguridad y reposo. Sé breve, claro, insinuante. Comunícate con el auditorio. Habla de él, de lo que a él le interesa. Dile algo directamente. Proponle un problema. Lánzale una pregunta. Nárrale un hecho, una anécdota.

-En el periódico de hoy aparece esta noticia.

-¿Alguno de ustedes ha visto un camello?

-Ayer vino a verme un vendedor de libros.

Te aseguro que hasta los sordos oyen. Sobre todo si empiezas contando un hecho vivo y concreto. Un hecho, no una doctrina. La doctrina vendrá después. Un hecho que se relacione con esta doctrina, nacido "ex visceribus reí" Un hecho como son todos los hechos: dramas, dinamismo, lenguaje. Un lenguaje que habla a los sentidos y pone en marcha la imaginación.
En verdad te digo que por una reja del cielo el príncipe de la elocuencia sagrada, san Juan Crisóstomo, si no se asoma de cuerpo entero, por lo menos asomara el pico para aplaudir.


  1. Proposición.

Estábamos hablando por teléfono. Concluyeron los ritos de entrada. El saludo, la sonrisa muy ancha. Ahora al grano. Le hablo a usted para suplicarle que arregle la marcha del automóvil. ¿Podría usted?


La proposición es la enunciación del tema de la homilía. La síntesis del argumento. Equivale al título. Homilía sobre los efectos del bautismo. Homilía sobre la presencia real de Cristo en la eucaristía. Homilía sobre la manera de hacer una buena confesión. Homilía que explica porque Nuestra señora fue inmaculada.
El predicador, es claro, siempre debe llevar en la mente la proposición. Saber de qué va hablar. Llevar el tema perfectamente delimitado, precisado, esto sí y esto no.

Algunas veces será necesario decir explícitamente a los fieles, en un periodo muy breve y muy claro, el asunto de que va a hablarles, explicar porque va hablar precisamente de eso y qué valor tiene para ellos el tema en cuestión.


Otras veces bastará el anunciado implícito. En cualquier caso, lo importante es que, terminada la homilía, los fieles sepan de qué les habló el predicador, cuál fue la idea central, la síntesis del mensaje.


  1. Confirmación.

Al principio se sirve el frugal entremés con el exordio; al final el postre o la taza de café con la peroración. El plato fuerte es la confirmación, que así se llaman las pruebas de la proposición, la homilía propiamente dicha.


¿Qué tema elegiste para tu predicación de hoy?
Aquí es donde tienes que enseñar, demostrar, probar, argumentar, refutar, mover.
Todo lo que aprendiste en el seminario o en la escuela de predicadores lo aprendiste para este momento. Tu consagración de profeta, tu función de liturgo, aquí se ejerce. Es preciso abrir la batería pesada, realizando los tres fines que san Agustín marcó a la oratoria sacra.
Ut veritas pateat, hablar a la mente de los fieles. Ser claro y ordenado. Huir de vaguedades y sutilezas, cuestiones disputadas u erudición para iniciados. Una idea tras otra, sin complicar el esquema, sin querer decirlo todo, saber renunciar a otros temas, a otros aspectos del mismo tema. Sol, mañana abierta, faros contra la niebla.
Ut veritas moveat, hablar a la voluntad. Ser convincente y convencer Sacudir la mediocridad y la apatía. Arrancar una decisión. Contribuir a la conversión del hombre. Señalar caminos. Hacer vida la verdad.
Ut veritas mulceat: hablar a la imaginación y a la sensibilidad. Sensibilizar constantemente las ideas, porque el hombre moderno no piensa sin imágenes. Ser agradable. Predicar no es aburrir.


  1. Peroración

Sí, el teléfono está pendiente. ¿Terminaste de tratar el asunto de tu automóvil con el mecánico? Ahora a despedirse y agradecer. Con lo difícil que resulta poner punto final.


Qué sudores de huerto de los olivos. Qué calles empinadas de la amargura sufre el predicador que no puede aterrizar. Ya parece que los frenos obedecen, saltan las ruedas aprestándose a tocar tierra, el aeropuerto a la vista, los viajeros comienzan a desabrocharse los cinturones en busca de libertad, y esto es volver a hacer piruetas en el aire, cae que no cae, el juego del sube y baja, que se va y que se viene, y el glorioso panzazo a como caiga el aparato.
¿Una lista de finales defectuosos?

- Querer decir en los últimos minutos todo lo que no cupo en la homilía.

- Alargar torpemente la última idea por no encontrar el cabo.

- Repetir lo que ya se dijo.

- Emplear muletillas gastadas y frases hechas: "y así todos iremos al reino celestial", "pidan a Dios que nos ayude para no caer en el pecado", "amados hermanos, esta es la doctrina de Jesús en el evangelio de este domingo"

- Terminar todo desinflado y falto de cuerda, diciendo de repente "y nada más"

-Emplear una insistencia altisonante con tópicos pseudo emotivos entre el estallido grueso y barato de la cohetería.

– Continuemos con la misa rezando el credo.


Predicadores jóvenes y experimentados suelen caer en la trampa. Siempre la misma razón: como no preparan el final de la homilía, sale cualquier cosa. Una despedida ingenua, boba, congelada. Que distintos los postres de la madre Brígid.
Pueden ser buenos finales de homilía una breve recapitulación del tema; una aplicación práctica y concreta que ponga en ejecución la teoría expuesta; una consigna, una invitación, un encargo, una petición al auditorio; un brevísimo ejemplo que contenga la lección central de la homilía; una frase o sentencia que sea como su clave y síntesis.
Y dos trucos del oficio: no digas que ya vas a terminar, es mejor que termines sin anunciarlo. Termina antes que e! auditorio lo sospeche, deja de hablar en el momento que menos se lo piense. Cultivar la sorpresa.
El secreto estructural de una homilía no tiene secretos. Es un principio, un medio y un final. O como dijo platón en el dialogo Pedro, es una cabeza, un cuerpo central y las extremidades. Basta saludar, tratar el asunto y despedirse. Basta tener algo que decir, decirlo y enseguida callarse.
Don miguel de Unamuno, el escritor y rector de la universidad de salamanca, pedía que, a las tradicionales obras de misericordia, se añadiera una importantísima: despertar a los dormidos. Una homilía bien estructurada no sólo despierta a los dormidos, sino que también no permite que los despiertos duerman.
Predicación temática
La predicación temática es la predicación sobre un tema de las verdades y realidades reveladas por Dios. La predicación temática está vinculada a la Sagrada Escritura de un modo más libre que la homilía. En la elección del tema no se vincula al tema de perícopa, sino que el predicador mismo elige el tema a partir de la doctrina de la Iglesia en libre conexión con un texto bíblico o bien elige directamente el tema de la Sagrada Escritura. Los textos de la Biblia son elegidos por el predicador en función de la finalidad que pretende.


  1. Predicación misionera

Es la predicación que proclama la palabra de Dios con la finalidad de la conversión de los oyentes. Son muchos los hombres que están sin evangelizar, aunque puedan estar bautizados. Esta predicación misionera o evangélica del género kerigmático del Nuevo Testamento tiende a suscitar y reafirmar la fe cristiana. Es válida también para renovar la fe en las comunidades ya cristianas. La obligación de la conversión subsiste a •o largo de toda la vida cristiana.




  1. Predicación didascálica

Los fieles deben conocer las verdades cristianas. En esta categoría se incluyen las predicaciones dogmáticas, las predicaciones sobre temas del catecismo, cuestiones sociales y apologéticas. Esta predicación didascálica se recomienda sobre todo en nuestro tiempo de ignorancia religiosa y es preferible hacerla en forma de ciclos.


3. Predicación moral (predicación parenética)

Una predicación que invite a la conversión a menudo es muy importante, no sin que antes se haya anunciado el mensaje del Evangelio. El trasfondo de la Buena Nueva es imprescindible, como en la predicación de Jesús: «El reino de Dios está cerca; arrepentíos y creed en el Evangelio» > (Mc 1,15). La moralidad cristiana hay que deducirla del misterio de Cristo y no proponerla en forma de mandatos y prohibiciones. La ley de Cristo es la respuesta amorosa al hecho del amor de Dios.


4. Predicación circunstancial
Se trata aquí de una interpretación, desde la fe, de acontecimientos especiales de la vida. Aunque, si se quiere, pueden incluirse aquí todas las predicaciones, fuera del marco de una celebración litúrgica, en sentido estricto nos referimos a tres casos: bautismo, boda y funeral. Todos ellos están caracterizados por la situación en que se habla y por el círculo de oyentes al que no podemos equiparar sin más con la comunidad cristiana que escucha una homilía.

VII. LA PREDICACIÓN COMO PROCESO COMUNICATIVO
La comunicación es el arte de transmitir información, ideas y sentimientos de una persona a otra. Comunicación es el proceso «por el que un individuo (comunicador) proporciona estímulos (normalmente símbolos verbales) para influir en la conducta de otros individuos (comunicantes)».
Elementos en la comunicación:


  1. El emisor

La primera condición para una buena comunicación por parte del predicador consiste en que tenga claros sus objetivos e intenciones y que sepa qué efectos quiere provocar.


A menudo, la comunicación entre el predicador y los oyentes queda bloqueada porque el predicador no es consciente de las intenciones latentes que hay en su predicación. Cuando la intención de la predicación contradice su contenido, el predicador pierde credibilidad.
El predicador debería no sólo tener clara la finalidad de su predicación, sino que también debería saber que la forma externa de su comunicación, junto a la elección de las palabras y de los gestos, puede tener una influencia decisiva; si, por ejemplo, predica en un tono agresivo o cordial, si está enfadado o relajado o cuando se quiere anunciar la Buena Nueva mediante broncas o gritos.
Si el predicador quiere lograr una buena comunicación con sus oyentes tiene que conocerlos.
Resumiendo se puede decir que el éxito del emisor depende esencialmente de su capacidad de hacerse una imagen adecuada de los oyentes, de reconocer sus intereses, necesidades, motivos y capacidades y de prever sus reacciones a un mensaje. Una comunicación eficaz se da cuando el efecto provocado por el corresponde a la intención del emisor.


  1. Un nuevo paradigma

Una homilética ligada al paradigma técnico (paradigma del transporte) entiende la descodificación de un mensaje como proceso en el que el mensaje se refleja en un espejo y donde las interpretaciones de los que se apartan del significado enviado se consideran como una falsificación subjetiva.

Tanto en la homilética kerigmática como la orientada a las ciencias de la comunicación se rigen por el modelo de transporte.
Su diagnóstico del problema es: perturbaciones en la codificación y descodificación. La vía de solución, por consiguiente, es codificar el mensaje de modo que sea susceptible de una sola interpretación.


  1. Interferencias en la comunicación

El oyente escucha otra predicación que la que el predicador piensa haber predicado. Una es la predicación que profiere el predicador y otra la que entiende cada oyente. Verdadero no es lo que el predicador dice, sino lo que el oyente entiende.


La predicación surge de la interacción entre predicador y oyentes. Un oyente no puede hacer otra cosa que elaborar su propia predicación a partir de lo que el predicador ha dicho previamente. El oyente rellena los huecos o imprecisiones que cada predicación ofrece. El predicador dice, por ejemplo, que para entender la Cuaresma hay que pensar en Pascua. Con la palabra Pascua, el predicador está pensando en la vigilia pascual: renovación de las promesas del bautismo tras el ejercicio cuaresmal y celebración del misterio de la Resurrección del Señor. El oyente, impregnado por la sociedad de consumo y ocio, proyecta sus propias experiencias en la predicación y mediante la palabra Pascua entiende unas vacaciones. Durante la Cuaresma hay que pensar en Pascua.
Otro elemento a considerar es que tanto el emisor como el receptor tienen unos filtros (sistemas de valores, prejuicios, resentimientos, etc.) que condicionan la recepción del mensaje. Ningún oyente capta y percibe una predicación tal y como la tenía en su mente el predicador, aunque éste se exprese con la mayor claridad.
La comunicación humana a menudo está afectada por perturbaciones.


  1. Factores sobreañadidos por parte del oyente


Primer tipo: Proceso de selección
El oyente responde de mejor gana a la comunicación de algo que va de acuerdo con sus propios puntos de vista, gustos, necesidades e intereses que a la de algo que no es así. Se acoge gustosamente todo aquello que refuerza nuestro modo de pensar; se es receptivo con todo lo que concuerda con los propios puntos de vista y se cierra cuando no es éste el caso. Se seleccionan los mensajes a los que exponerse.
Segundo tipo: Teoría de la disonancia cognitiva
Los fíeles consideran una información como importante cuando no está en fuerte discrepancia con las Propias convicciones.
Tercer tipo: La imagen que los oyentes tienen del predicador
Aquí depende mucho no sólo del contenido del tema o de la pedagogía del lenguaje, sino también de la mutua o de la posible relación de frialdad o rechazo entre el predicador y la comunidad. Cuando aprecia a su predicador porque le ve desinteresado, acogedor y disponible, le «perdona», si es el caso, su falta de pedagogía en la exposición y le presta atención con fácil sintonía. Si le resulta menos simpático porque le ve interesado, cómodo y orgulloso, por más pedagogía que muestre en su predicación, la sintonía no es buena.
En la estima y la autoridad del predicador intervienen dos factores: las expectativas del rol del predicador por parte de los oyentes y las experiencias que han tenido los oyentes con la conducta del predicador.


  1. Factores sobreañadidos por parte del predicador

El hecho de que no alcancemos inmediatamente a nuestros oyentes no radica sólo en los factores que intervienen por parte de los oyentes; también en el predicador puede haber mecanismos que influyen en que el mensaje llegue o no.


Se pueden formular dos tipos de comprensión del ministerio y de la predicación. Por un lado el predicador se ve a sí mismo como representante de la Iglesia oficial: no se trata de dar sus concepciones personales, sino de hacer clara la doctrina de la Iglesia y aplicarla a las situaciones y problemas concretos. Por otro lado se ve como el fiel que quiere ayudar a sus hermanos.
Otro inconveniente para establecer contacto con el auditorio puede ser que el predicador prefiere dedicar su atención en primer lugar a temas estrictamente religiosos, mientras que los fieles más bien prefieren cuestiones terrenas y sociales y conceden gran valor a la actualidad.
El predicador que no es consciente de sus conflictos o indigencias emocionales las proyectará e introducirá en su predicación, creando dificultades graves para su comunicación y su testimonio.


  1. Fedd-back

El feed-back o retroalimentación, proporciona al emisor una información sobre el éxito o fracaso de la transmisión del mensaje y si éste cumplió positiva o negativamente su misión.


Para evitar los riesgos de una mala interpretación hay que verificar a menudo si nuestros mensajes han sido bien comprendidos, es decir, obtener una confirmación (feed-back).
El feed-back positivo a la predicación de Jesús juega un papel importante en los evangelios. A los discursos de Jesús sigue una aclamación positiva: «Se maravillaban las muchedumbres de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene poder, y no como sus doctores» (Mt 7, 28ss), o «Mientras decía estas cosas, levantó la voz una mujer de entre la muchedumbre y dijo: Dichoso el seno que te llevó y los pechos que mamaste» (Lc 11,27).

VIII. LA IMPORTANCIA DEL LENGUAJE
En el diálogo entre la palabra y la vida concreta de la comunidad tiene importancia muy grande el lenguaje que el ministro use en su homilía.
Difícilmente realizará el servicio de "iluminar la vida a la luz de la palabra" si su lenguaje es ininteligible, poco accesible e interesante...

  1. Hay conceptos bíblicos que hoy necesitan "traducción": salvación, redención, justificación, expiación, lucha contra Satanás, la cosmovisión de Israel, el cordero pascual, las tentaciones idolátricas del pueblo judío, etc.

Mientras que otros valores que captan más o menos fácilmente y pertenecen al mundo de valores de nuestra espiritualidad actual: el amor a la vida, la solidaridad humana, el ansia de paz y justicia, la exaltación de la libertad, la confianza en los valores del hombre, el Dios personal y cercano, el servicio a los demás como lema de vida.


Cuando Pablo predicó en el areópago, partió de los valores que entendían los atenienses. Cuando Cristo comunicó su mensaje salvador, usó las categorías de su pueblo, sin empobrecer por eso lo más mínimo la riqueza y la fuerza de la palabra.
El estudio de la nueva teología, en clase a la vez científica y pastoral, es la mejor preparación para que la homilía tenga un lenguaje más estimulante. Las claves en que ahora se estudia al Dios de la revelación, o la cristología, o la escatología, o la Iglesia, favorecen mucho más que las antiguas, por su ideología y motivaciones, que los creyentes vayan acogiendo el misterio cristiano como un valor-para-nosotros-hoy.
b) No hace falta decir que determinados estilos y modos de hablar debilitan el mensaje, lo oscurecen, lo hacen más lejano, en vez de acercarlo a la comunidad. El estilo excesivamente teológico; el tono moralizante o encomiástico; los adjetivos que, acumulados, quitan fuerza en vez de añadirla; expresiones que, de puro repetidas, ya han perdido fuerza comunicativa ("Dios Nuestro Señor", "la santa Madre Iglesia", "la sagrada liturgia", "la comunión de los santos", "la gracia santificante"...). A Cristo se le puede presentar como señor, rey, dominador, pantocrátor, el todo santo..., o bien como el hermano, el siervo que se entrega por los demás, el hombre solitario de todo lo humano, el hijo que nos ha revelado cómo es el Padre... es muy diferente la figura de la virgen de Nazaret si se habla de ella como reina de los Ángeles y arcángeles, reina de cielos y tierra, rosa mística, o si se la presente (como hace Pablo VI en su "marialis cultus") como la primera cristiana, hermana nuestra, virgen creyente, virgen oyente, mujer que ha experimentado el dolor humano, madre de la comunidad eclesial...


  1. Por otra parte, un lenguaje accesible no significa un lenguaje trivial y vulgar En todo momento, aunque sea un lenguaje vivo y concreto, como servicio a la palabra y a la comunidad, debe ser digno. Familiar, pero equilibrado. Evitando por una parte la altura exagerada y por otra la excesiva familiaridad. No un lenguaje alejado de la vida. Pero tampoco excesivamente anecdótico.

El esfuerzo por adaptar el lenguaje no debe significar "rebajarlo" Aunque la gente sea sencilla, no quiere necesariamente que se le hable sencillamente, si eso va a significar hablarle infantilmente. Ellos tal vez no saben "hablar teológicamente", pero sí saben "oír teológicamente" Y se dan cuenta muchas veces de si lo que les damos es auténtico, si responde a las motivaciones y a los valores del cristianismo, o bien es puro argot o capricho nuestro.


d) Si el predicador toma en serio su ministerio de acercar la palabra a la comunidad, se esforzará para que la transmisión sea eficaz. Tendrá en cuenta las leyes propias de la comunicación y del buen decir Qué lástima que para cualquier mensaje comercial o propagandístico se empleen en el mundo de hoy las mejores técnicas, mientras que para la predicación solemos reincidir en los mismos tópicos y moldes sin fuerza ni garra.
Así como no es indiferente qué contenidos se ofrecen, tampoco es indiferente el "estilo", los recursos persuasivos, de comunicación vital, que el predicador usa en su homilía.

Últimamente se ha hecho un intento de aplicación del "extrañamiento" de B. Brecht a la técnica de la homilía: a partir de un alejamiento, de un contraste, de una provocación. Saber "escandalizar", para que se capte mejor la fuerza, muchas veces paradójica, del evangelio. Dosificar oportunamente, como lo hacía Cristo, el simbolismo con el lenguaje directo, las afirmaciones con los planteamientos provocativos.


La homilía no puede caer en la rutina, en lo convencional y aséptico. Debe conservar toda la frescura y la fuerza comunicativa que tiene la palabra misma, tanto la de los profetas como la de los libros históricos. Sobre todo, la palabra de Cristo, maestro en el arte de suscitar el interés, provocar la extrañeza en sus oyentes, hasta llegar al escándalo. ¿No son obras maestras de comunicación de mensaje sus parábolas, y auténticamente escandalosas sus invectivas contra el templo, o contra los fariseos, o sus afirmaciones sobre las prostitutas que llevan la primacía en el camino del reino?
Una homilía debe cuidar también la técnica y la pedagogía de su comunicación.

IX. DODECALOGO DEL PREDICADOR
La homilía no es una explicación. No es una clase. Es más una comunicación personal. Muchos suben al ambón con el ánimo de explicar esto y aquello, con el bien intencionado deseo de ilustrar a sus oyentes. Como si fueran a dar una breve conferencia. Pero la homilía no se dirige primariamente a la zona intelectual, sino al núcleo central de su persona, al "tu" personal. Esto quiere decir que importa, ante todo, enviar a través de la homilía un mensaje personal a quienes estén escuchando.
No es tampoco un ejercicio de exégesis. Ciertamente debe tener relación estrecha con la lectura anterior de la escritura. Pero no se trata de explicar el texto difícil, oscuro. Mejor dicho, a menudo deberá explicarse, pero la cuestión está en el cómo y para qué. No simplemente para que se entienda, si no para que tenga fuerza actual. Se interpreta el texto para que interpele ahora.
Por tanto la homilía no versa ni sobre un texto ni sobre acontecimientos pasados. Es un acontecimiento actual. Lo sucedido "in illo tempore" no es pasado, base para nuestras deducciones. Es fundamental que presentemos el texto evangélico como la palabra actual que Jesús dirige ahora a todos. Aunque pueda sorprender, la homilía debe tener como tema central a la actualidad, los hechos actuales (y a Jesucristo como núcleo de esta actualidad). No hablemos de lo que pasa en la palestina de entonces, sino como punto de referencia (y marco inseparable de la palabra encarnada) para hablar de lo que pasa ahora y aquí.
Barth decía que preparaba sus homilías leyendo la Biblia y el periódico. Venzamos nuestros escrúpulos y hablemos con naturalidad de lo que habla la prensa, la TV, de lo que habla la gente cuando se refieren no a lo trivial sino a lo grave, lo rico y fértil de la existencia.
La homilía no trata solo de Dios sino del hombre. Trata de Dios pero en relación con el hombre, el mundo y el tiempo. Pero el hombre es inseparable de su contexto mundano-temporal (el que de hecho es, no el que quisiéramos que fuese). Es el medio de las realidades humanas, visibles, sociales en los hechos que se juega el destino reino. Olvidarnos estas realidades es desencarnar la palabra, que es palabra para nosotros precisamente gracias a su encarnación.
La homilía no debe de exponer primeramente una moral sino un kerigma. Recuérdese que la primera denominación a la palabra de Dios es la de Evangelio (=noticia gozosa) y otra es Kerigma (= anuncio solemne de un suceso importante). Noticias y sucesos, antes que consejos. Los occidentales somos gente moralizante y puritana. Sin querer nos deslizamos por la pendiente del moralismo (aconsejar, fustigar, condenar, exigir), Así acabamos ensombreciéndolo todo y angustiando a los oyentes. Más que evangélicos somos pelagianos.
Ciertamente tras el kerigma viene la parénesis, es decir, tras el anuncio de la acción de Dios viene la exhortación a nuestra conversión. Esta dimensión interpelante-exhortativa no puede faltar. Pero debe estar subordinada (y deducida) de lo que es más importante: la iniciativa gratuita de Dios. Además, esta exhortación a la conversión no es un recetario de normas, sino una invitación al cambio radical de actitudes, que dentro de la libertad de la iniciativa personal se traducirá en hechos concretos. Esta es la dimensión profética de la homilía. No puede reducirse (como hacen algunos) a la denuncia. El profeta tiene como tarea primaria el anuncio del Reino. La denuncia es solo un aspecto de este anuncio (constatación del reino no realizado) y ciertamente es mucha más que un moralismo de cualquier tendencia.
Por tanto la homilía no está para dar respuestas a nuestros problemas, como a menudo se dice. Seria caer de nuevo en el moralismo, en el recetario. La palabra de Dios está más para plantearnos preguntas que para resolver nuestros peculiares problemas. Lo que hace es cuestionar nuestra vida. El que predica debe contar lo que ha visto y oído, lo que le anuncia la palabra de la escritura y de la vida acogida con fe. ¿Soluciona esto algún problema? Sí, en cuanto ilumina toda la existencia con un horizonte de alegría y esperanza. No, en cuanto que no da soluciones concretas para el actuar en cada acción.
No es tampoco el desarrollo de un tema doctrinal, teológico. A veces se piensa que para enriquecer nuestras homilías deberían inyectárseles una fuerte dosis de teología. Se dice que se debe "formar" a los fieles. En los últimos años se ha extendido la costumbre de hacer girar cada misa en tono a un "tema". Todo eso tiene su parte en verdad, pero fácilmente nos vuelve a convertir la homilía en una clase: se aclaran conceptos (es la "fides quaerens intellectum"). La homilía, por el contrario, se sitúa en el plano existencial que tiene a una respuesta de entrega personal. La fe no es primariamente adhesión a una verdad abstracta, sino a una persona viviente. La homilía es el "intellectus quaerens fidem" Contenido teológico, formación, línea dinámica y unitaria de la celebración, todo debe de estar subordinado y al servicio del anuncio de la realidad salvadora y de la interpelación a la respuesta de conversión.
Los elementos formales que predominantemente se manejan en la homilía no son ideas abstractas sino símbolos y sentimientos. De todo lo dicho anteriormente Se deduce que en la homilía habrá que tener en cuenta la estructura formal de todo encuentro personal. Y al centro personal conducen principalmente los sentimientos y los símbolos. En todo dialogo profundo lo que importa es la identificación de sentimientos. Ya de por si la Palabra de Dios tiene una carga emotiva importante que no podemos escamotear. No debemos tener escrúpulo de sentirnos "emocionados" Claro está que es muy distinto a un sentimentalismo superficial: incluye la decisión personal de la fe.
Pero el vehículo de este nivel profundo es el símbolo. Sólo las imágenes simbólicas llegan a las zonas más profundas del hombre. Si nuestro lenguaje es abstracto, funcional... nos quedaremos muy en la superficie. Sólo el lenguaje que se apoye en imágenes sugerentes creará la atmósfera que permita el dialogo profundo que es la homilía.
En la línea de este diálogo profundo, hay que afirmar que la homilía no puede decirlo todo, antes bien debe sugerir para que el oyente, al menos en su interior, pueda hacer, decir algo... es este uno de los más sutiles engaños del que predica: ignorar que quien debe hablar ante todo es el que escucha la homilía, hablar con Dios). La tarea del predicador es suscitar el dialogo, decir la primera palabra. Si El que predica lo dice todo, lo responde todo, lo siente todo... el oyente es anulado. Esto se concreta de tres maneras: siendo breve (uno siete minutos me Parece la medida ideal); empleando con frecuencia la interrogación; respetando los silencios dentro de la homilía y al final.

Nuestras homilías son muchas veces un ramillete de tópicos, de vaguedades. Hablamos de la vida, del hombre, del alma, del sufrimiento... pero en términos absolutamente insignificantes. La homilía debería ser eminentemente concreta ya que no refleja una ideología sino unos hechos y unas interpretaciones de hechos, unas personas y unas interpelaciones de personas.


La homilía es una pieza autónoma. Es una fase de toda una acción. La acción sacramental. Muchas veces damos la impresión de aprovechar la misa para colocar nuestro sermón. Es precioso mostrar que el acto sacramental no es sino la realización plena y definitiva de lo que se anuncia en la homilía. Es "el paso al rito" que debe incluir toda homilía, pero no sólo como un paso final, sino más como una intercesión de toda la homilía en la unidad de la celebración.
Finalmente, la homilía no es la proyección de los problemas o inquietudes personales del que predica, sino el eco fiel de lo que la palabra de Dios dice. Es ésta una de las tentaciones del que predica. Dos controles pueden ayudar a evitarla: primero, la fidelidad al texto, no "elegir" tema para predicar, atenerse a lo que el texto dice (ciertamente interpretado y actualizado); segundo, no hablar de una sola cosa, de "un tema", sino recorrer- en cuanto sea posible- los diversos aspectos del texto, hacer una homilía "plural", plurisugerente, y no limitarse al tema que a mí me interesa (aunque se precisara un arte, basado en la comunión intima con el texto, para no convertir la homilía en un ciempiés).
La homilía dialogada es uno de los quehaceres de la predicación en los próximos años. Cada vez se tiende más- tanto en la comunidad civil como en la eclesial- al dialogo, a la comunicación, a la participación de todos en las reflexiones o en las decisiones. Una cosa es que el sacerdote sea el ministro de la palabra, y otra la forma monologal y excluyente de realizar este misterio.
La "colegialidad" se puede conseguir de diversas maneras, según se trate de grupos pequeños o de asambleas numerosas. En éstas, una de las formas mejores es la preparación previa de la homilía en grupo.




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