El Arte De La Felicidad



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Relaciones íntimas

Nuestra necesidad de los demás es paradójica. Al mismo tiempo que en nuestra cultura exaltamos la más feroz independencia, tam­bién anhelamos la intimidad y la conexión con una persona especial y querida. Centramos toda nuestra energía en encontrar a esa perso­na que pueda curar nuestra soledad y que, sin embargo, intensifique nuestra ilusión de seguir siendo independientes. Aunque resulta difícil alcanzar esa conexión con una persona, descubrí que el Dalai Lama mantiene relaciones con tantas personas como le es posible y que eso es lo que nos recomienda a todos. De hecho, su objetivo es conectar­se con todos.

Una tarde, al reunirme con él en la suite de su hotel en Arizona, empecé diciéndole:

-En su charla de ayer por la tarde habló de la importancia dé los demás, describiéndolos como un campo de mérito. Pero hay realmen­te tantas formas diferentes de relacionamos con los demás...

-Eso es muy cierto -dijo el Dalai Lama.

-Existe, por ejemplo, una clase de relación que es muy valorada en Occidente -observé-. Me refiero a la que se caracteriza por una profunda intimidad entre dos personas, compartiendo los sentimien­tos más profundos. La gente cree que si no se mantiene una relación semejante es como si algo faltara en sus vidas... De hecho, la psicote­rapia occidental trata de ayudar a menudo a las personas a que desa­rrollen ese tipo de relación íntima...

-Sí, creo que esa intimidad puede verse como algo positivo -asin­tió el Dalai Lama-. Si alguien se ve privado de esa clase de intimidad, puede sufrir trastornos.

-Me preguntaba entonces... -seguí diciendo-. Mientras estaba en el Tíbet usted no sólo fue considerado un rey, sino también una di­vinidad. Supongo que la gente le respetaba e incluso se sentía un poco nerviosa o asustada en su presencia. ¿No creaba eso una distancia emocional con los demás, una sensación de aislamiento? El hecho de estar separado de su familia, de haber sido educado Como monje des­de una tierna edad y de no haberse casado nunca..., ¿no contribuye­ron todas estas cosas a crear una sensación de aislamiento? ¿Ha teni­do alguna vez la sensación de haberse perdido la experiencia de una profunda intimidad personal con los demás, o con una persona espe­cial, como una esposa?

-No -me contestó sin vacilación-. Nunca he experimentado falta de intimidad. Mi padre falleció hace muchos años, pero me sen­tí muy cerca de mi madre, de mis maestros, tutores y otras personas. y con muchos de ellos pude compartir mis sentimientos, temores y preocupaciones más profundas. Cuando estaba en el Tíbet, en las ce­remonias de Estado y en los actos públicos se observaba una cierta formalidad, un cierto protocolo, pero eso no siempre era así. En otras ocasiones, por ejemplo, solía pasar bastante tiempo en la cocina y estuve cerca de algunas personas que trabajaban allí, y bromeábamos, cuchicheábamos y compartíamos cosas de un modo bastante relaja­do, sin formalidad o distancia.

»Así que ni en el Tíbet ni fuera de él, cuando me he convertido en un refugiado, me han faltado personas con las que compartir cosas. Creo que buena parte de esto tiene que ver con mi naturaleza. Me re­sulta fácil compartir. ¡Simplemente, no sé guardar secretos! -Se echó a reír-. Claro que eso puede ser a veces un rasgo negativo, como por ejemplo si después de una discusión en el Kashag':- acerca de asuntos confidenciales, yo hablara abiertamente sobre ellos. Pero ser abierto y compartir cosas puede ser muy útil. Debido precisamente a esta ca­racterística de mi naturaleza, puedo hacer amigos con facilidad; no se trata únicamente de conocer a alguien y mantener una conversación superficial, sino de compartir realmente mis más profundos proble­mas y sufrimientos. Sucede lo mismo cuando recibo buenas noticias; las comento inmediatamente con los demás. De ese modo, experi­mento un sentimiento de intimidad y conexión con mis amigos. Cla­ro que en general me resulta fácil establecer una conexión porque mis interlocutores se sienten muy felices de compartir el sufrimiento o el gozo con el Dalai Lama, con" Su Santidad el Dalai Lama" . -Se echó a reír de nuevo-. En cualquier caso, disfruto de esa intimidad. En el pasado, por ejemplo, si me sentía decepcionado por la política del go­bierno tibetano, o si estaba preocupado por otros problemas, incluso por la amenaza de una invasión china, me retiraba a mis habitaciones y compartía mis sentimientos con la persona que barría el suelo. Desde cierto punto de vista, a algunos les puede parecer bastante estúpido que el Dalai Lama, jefe del estado tibetano, enfrentado con problemas de rango nacional e internacional, quiera compartir sus preocupacio­nes con un barrendero. -Se echó a reír de nuevo-. Pero personal­mente me parece que es muy útil, porque la otra persona participa y entonces podemos afrontar juntos el problema.



Expandir nuestra definición de intimidad

Prácticamente todos los investigadores de las relaciones humanas están de acuerdo en que la relación íntima es fundamental para nues­tra existencia. El muy influyente psicoanalista británico John Bowlby es­cribió que «las vinculaciones íntimas con otros seres humanos son el centro alrededor del cual gira la vida de una persona... Estas vincula­ciones fortalecen a las personas y favorecen el disfrute de la vida. So­bre esto la Ciencia actual y la sabiduría tradicional están de acuerdo». Está claro que la intimidad promueve tanto el bienestar físico como el psicológico. Al observar los beneficios de las relaciones íntimas, los investigadores médicos han descubierto que las personas que tienen amigos íntimos, a los que pueden dirigirse para buscar seguridad, em­patía, afecto, son las que más probabilidades tienen de sobrevivir a desafíos, como ataques al corazón y operaciones quirúrgicas, y las menos propensas a padecer enfermedades como cáncer e infecciones respiratorias. Un estudio de más de mil pacientes cardíacos del Cen­tro Medico de la Universidad de Duke descubrió que entre aquellos que no tenían cónyuge o confidente íntimo, se verificaba un índice de mortalidad, en los cinco años posteriores al diagnóstico de enfer­medad cardiaca, tres veces mayor que el registrado entre aquellos que estaban casados o tenían un amigo íntimo. Otro estudio efectuado so­bre miles de residentes del condado de Alameda, en California a lo lar­go de un período de nueve años, demostró que quienes contaban con mayor apoyo social y relaciones íntimas tenían índices más bajos de mortalidad y de cáncer. Y un estudio de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nebraska, sobre ancianos estableció que a quienes mantenían una relación íntima les funcionaba mejor el sistema inmunológico y tenían niveles de colesterol más bajos. Durante el trans­curso de los últimos años se han realizado por lo menos media docena de grandes investigaciones, dirigidas por grupos científicos diferentes, que examinaron la relación entre intimidad y salud. Después de entrevistar a miles de personas, todos los investigadores parecen haber llegado a la misma conclusión: las relaciones íntimas benefician la salud.

La intimidad es igualmente importante para mantener una buena salud emocional. El psicoanalista y filósofo social Erich Fromm afir­mó que el temor básico de la humanidad es verse separado de otros seres humanos. Estaba convencido de que la experiencia de la separa­ción, si se producía por primera vez en la infancia, constituía la fuen­te de toda ansiedad. John Bowlby se mostró de acuerdo y citó una bue­na cantidad de pruebas experimentales en apoyo de la idea de que la separación de las personas que nos cuidan, habitualmente la madre o el padre, durante la última parte del primer año de vida, crea inevita­blemente temor y tristeza en los bebés. En su opinión, la pérdida de relación interpersonal se encuentra en las raíces mismas de las expe­riencias humanas de temor, tristeza y pena.

Así pues, dada la importancia vital de la intimidad, ¿cómo nos las arreglamos para alcanzarla en nuestra vida? Siguiendo el enfoque del Dalai Lama, expuesto en la sección anterior, parecería razonable em­pezar por el estudio de la intimidad, buscando una definición fun­cional y un modelo. Pero al buscar la respuesta en la ciencia, nos encontramos con que todos los investigadores están de acuerdo en la importancia de la intimidad, y que ahí termina la coincidencia. Quizá el resultado más notable de una revisión incluso rápida de los diversos estudios sobre el tema sea comprobar que existe una amplia diver­sidad de opiniones y teorías sobre qué es exactamente la intimidad. En un extremo del espectro está Desmond Morris, que escribe des­de la perspectiva de un zoólogo con formación en etología. En su li­bro Comportamiento íntimo, Morris define así la relación íntima: «Intimar significa acercarse... La intimidad se produce cuando dos personas entran en contacto físico». Tras definir la intimidad en térmi­nos de puro contacto físico, pasa a explorar las innumerables formas de contacto físico entre los seres humanos, desde una simple palmada en la espalda hasta el abrazo sexual. Considera el tacto, desde un es­trecho abrazo hasta modos indirectos de contacto físico, como la manicura, una forma de confortar a otros. Llega a decir incluso que los contactos físicos que mantenemos con los objetos de nuestro entorno, desde los cigarrillos hasta las joyas o las camas de agua, actúan como sustitutos de la intimidad.

La mayoría de los investigadores, sin embargo, no son tan concre­tos en sus definiciones de la intimidad y están de acuerdo en que es algo más que simple cercanía física. Al considerar la raíz de la palabra intimidad, que procede del latín intima, que significa «interior» o «muy interior», admiten a menudo una definición más amplia, como la del doctor Dan McAdams, autor de varios libros sobre el tema: «El deseo de intimidad es el deseo de compartir con otro lo más profundo de sí». Pero las definiciones no se detienen aquí. En el extremo opuesto al de Desmond Morris está el equipo de psiquiatras formado por Thomas Patrick Malone y su hijo Patrick Thomas Malone. En su libro El arte de la intimidad, la definen como «la experiencia de la conectividad». Su estudio se inicia con un meticuloso examen de nuestra «conectivi­dad» con los demás, a pesar de lo cual no se limitan a las relaciones humanas. Su definición es tan amplia que incluye nuestra relación con los objetos inanimados, como árboles, estrellas e incluso el espacio. Los conceptos de intimidad ideal también varían a lo largo y an­cho del mundo y de la historia. La noción romántica de esa «única persona especial» con la que mantenemos una apasionada relación íntima es un producto de nuestro tiempo y cultura. Pero este modelo de intimidad no es universal. Los japoneses, por ejemplo, parecen en­contrar la intimidad en la amistad, mientras que los estadounidenses la buscan en apasionadas relaciones románticas. Al observar esto, al­gunos investigadores han sugerido que los asiáticos, que tienden a centrarse menos en sentimientos personales y se preocupan más por los aspectos prácticos de las relaciones sociales, parecen menos vul­nerables a la desilusión que implica el desmoronamiento de las relaciones.

Los conceptos de intimidad también han cambiado espectacular­mente con el transcurso del tiempo. En la América colonial, por ejem­plo, el grado de intimidad y proximidad física era generalmente ma­yor que el actual, ya que la familia y hasta los extraños compartían es­pacios exiguos, dormían juntos en una misma habitación y utilizaban una misma estancia para bañarse, comer y dormir. Y, sin embargo, la comunicación habitual entre los cónyuges era bastante formal para las normas hoy vigentes, no muy diferente al modo en que las perso­nas conocidas y los vecinos se hablan unos a otros. Apenas un siglo más tarde, el amor y el matrimonio habían experimentado un inten­so proceso de romantización y la exposición de la interioridad era el ingrediente de cualquier relación amorosa.

Las ideas sobre el comportamiento privado e íntimo también han cambiado con el transcurso del tiempo. En la Alemania del siglo XVI, por ejemplo, se esperaba que la pareja de recién casados consumara su matrimonio en una cama rodeada de testigos.

También ha cambiado la forma de expresar las emociones. En la Edad Media se consideraba normal expresar públicamente, con gran intensidad y de forma muy directa, una amplia gama de sentimientos, como alegría, cólera, temor, piedad y hasta el placer de torturar y ma­tar a los enemigos. Los extremos de risa histérica, llanto apasionado y cólera violenta se expresaban con una intensidad que no se acepta­ría en nuestra sociedad. Pero con la frecuente expresión pública de los sentimientos, en esa sociedad no tenía relevancia el concepto de inti­midad emocional; si uno manifiesta abierta e indiscriminadamente toda clase de emociones, queda poco para expresar en los contactos privados.

Está claro, por lo tanto, que las ideas sobre la intimidad no son universales. Cambian con el transcurso del tiempo, vinculadas a con­dicionamientos económicos, sociales y culturales, y además, en un mismo estadio histórico, por los comportamientos y las definiciones. Entonces ¿qué significa esto en nuestra búsqueda del concepto de in­timidad? Creo que la respuesta es evidente..

Hay una increíble diversidad de vidas humanas, infinitos modos de experimentar la intimidad. Esta toma de conciencia, por sí sola, nos ofrece una gran oportunidad. Significa que disponemos de vastos re­cursos de intimidad. La intimidad nos rodea por todas partes. .

Muchos de nosotros nos sentimos oprimidos por la sensación de que algo falta en nuestras vidas, y sufrimos a causa de la ausencia de una relación íntima. Esto es particularmente cierto cuando pasamos por los inevitables períodos en los que no tenemos una relación sentimen­tal, o cuando la pasión se ha desvanecido. En nuestra cultura se ha di­fundido la creencia de que la intimidad se alcanza mejor con una rela­ción romántica y apasionada, al lado de esa persona que singularizamos entre todas las demás. Éste puede ser un punto de vista muy limitador, que nos aleja de otras fuentes potenciales de intimidad y causa mucha desdicha e infelicidad cuando ese alguien especial no está presente. Pero tenemos a nuestro alcance los medios para evitarlo; sólo te­nemos que expandir valerosamente nuestro concepto de intimidad para incluir a todas las personas que nos rodean. Al ampliar nuestra definición de intimidad, descubrimos muchas formas nuevas e igual­mente satisfactorias de conectarnos con los demás. Eso nos conduce de nuevo a mi discusión sobre la soledad con el Dalai Lama, que se inició gracias a la sección de anuncios personales de un periódico. La situación me extrañó. Cuando aquellas personas redactaban sus anun­cios, esforzándose por encontrar las palabras adecuadas para intro­ducir pasión en sus vidas y desterrar la soledad, ¿cuántas de ellas es­taban ya rodeadas de amigos, familiares o conocidos, con vínculos que podían cultivarse fácilmente hasta convertirlos en relaciones ínti­mas, genuinas y profundamente satisfactorias? Yo diría que muchas. Si lo que buscamos en la vida es la felicidad, y la relación es un ingre­diente importante de una vida más feliz, está claro que tiene sentido orientarnos con arreglo a un modelo que incluya tantas formas de co­nexión con los demás como sea posible. El modelo del Dalai Lama se basa en la voluntad de abrirnos a todos nuestros semejantes, a la fa­milia, los amigos y hasta los extraños, creando así vínculos genuinos y profundos basados en nuestra común humanidad.
6 Ahondar en nuestra conexión con los demás
­UNA TARDE, después de su conferencia llegué a la suite del hotel del Dalai Lama para nuestra cita diaria con unos minutos de an­telación. Un ayudante me hizo salir discretamente al pasillo y me dijo que Su Santidad tenía una audiencia privada. Permanecí en ese lugar con el que ya estaba familiarizado, frente a la puerta de la suite, y uti­licé el tiempo de que disponía para revisar mis notas para nuestra se­sión, al tiempo que trataba de evitar la mirada recelosa de un guardia de seguridad, la misma mirada con la que los empleados de las tien­das observan a los estudiantes de escuela superior que merodean al­rededor de las estanterías de las revistas.

Pocos momentos más tarde se abrió la puerta y salió una pareja muy bien vestida, de mediana edad. Me pareció reconocerlos. Recor­dé entonces que había sido brevemente presentado a ellos unos días antes. Me habían dicho que la mujer era una conocida heredera y el marido un abogado de Manhattan, extremadamente rico y poderoso. Sólo habíamos intercambiado unas pocas palabras, pero ambos me impresionaron por su increíble arrogancia. Ahora, al verlos salir de la suite del Dalai Lama, observé un cambio asombroso en los dos. Ha­bían desaparecido por completo las expresiones de suficiencia y la actitud arrogante, sustituidas por expresiones de ternura y emoción. Pa­recían dos niños. Las lágrimas corrían por las mejillas de ambos. Aun­que el efecto que ejerce el Dalai Lama no siempre es tan espectacular, he observado que la gente responde invariablemente con algún cam­bio emocional. Me había maravillado desde hacía tiempo su capaci­dad para forjar vínculos y establecer un intercambio emocional pro­fundo y significativo.



Establecer empatía

Aunque durante nuestras conversaciones en Arizona habíamos hablado de la importancia de la cordialidad y la compasión huma­nas, no fue hasta unos meses más tarde, en su hogar de Dharamsala, cuando tuve la oportunidad de explorar más detalladamente con él el tema de las relaciones humanas. Para entonces, ansiaba descubrir los principios de sus interacciones con los demás susceptibles de ser aplicados a mejorar cualquier relación, ya fuese con extraños o con familiares, amigos y amantes. Ávido por empezar, abordé el tema de inmediato.

-y ahora, sobre las relaciones humanas..., ¿cuál diría que es el método o la técnica más efectiva para conectar con los demás de una forma significativa y reducir los conflictos?

Me miró fijamente por un momento. No fue una mirada de eno­jo, pero hizo que me sintiera como si acabara de pedirle que me diera la composición química del polvo lunar.

Tras una breve pausa, respondió:

-Bueno, el trato con los demás es un tema muy complejo. No hay manera de encontrar una fórmula con la que se puedan solucio­nar todos los problemas. Es un poco como cocinar. Si se prepara una comida deliciosa, el proceso pasa por diversas fases. Quizá haya que hervir las verduras por separado, para luego sofreírlas y cocinarlas de forma especial, mezclándolas con especias, y así sucesivamente; el resultado final es un producto delicioso. Lo mismo sucede en las re­laciones; existen muchos factores. No se puede decir: «Este es el método» o «Ésta es la técnica».

No era exactamente la clase de respuesta que yo buscaba. Pensé que se mostraba evasivo y tuve la impresión de que, seguramente, tendría algo más concreto que ofrecerme, así que seguí presionándolo.

-Bueno si no hay un método único para mejorar nuestras rela­ciones, ¿hay quizá algunas normas generales que puedan ser útiles.

El Dalai Lama pensó un momento antes de contestar.,

-Sí. Antes hablamos de la importancia de acercarse a los demás con actitud compasiva. Eso es crucial. Claro que no es suficiente con decirle a alguien: «Es muy importante ser compasivo; hay que tener más amor». Una receta tan sencilla no sería provechosa. Pero un me­dio efectivo para inducir a ser más cálido y compasivo consiste ,en razonar acerca del valor y los beneficios prácticos de la compasión, así como hacer reflexionar a las personas sobre sus sentimientos cuando los otros son amables con ellas. Eso en cierto modo los prepara, de tal ma­nera que se producirá más de un efecto a medida que sigan realizan­do esfuerzos por ser más compasivos.

»Al considerar los diversos medios para desarrollar mas compa­sión, creo que la empatía es un factor importante. La capacidad para apreciar el sufrimiento del otro. Tradicionalmente una, de las técnicas budistas para acrecentar la compasión consiste en imaginar una situación en la que sufre un ser sensible, por ejemplo una oveja a punto de ser sacrificada y luego tratar de imaginar el sufrimiento de esa oveja. El Dalai Lama se detuvo un momento para reflexionar, mientras pasaba entre los dedos con expresión ausente las cuentas de una espe­cie de rosario.

-Pienso -siguió diciendo- que si tratáramos con alguien que se mostrara muy frío e indiferente, esta técnica de visualización no se­ría muy efectiva. Sería como si se lo pidiera al carnicero dispuesto a sacrificar una oveja; está tan endurecido, tan acostumbrado ,que eso no haría mella en él. Así que sería muy difícil explicar esa técnica y utilizarla con algunos occidentales acostumbrados a cazar y pescar por simple diversión, como una forma de distracción...

-En ese caso -le sugerí-, quizá no sea una técnica efectiva pedir­le a un cazador que se imagine el sufrimiento de su presa, pero se pue­den despertar sus sentimientos pidiéndole que se imagine a su perro de caza favorito atrapado en una trampa y gañendo de dolor.

-Sí, exactamente -asintió el Dalai Lama-. Creo que se podría ajustar esa técnica a las circunstancias. Por ejemplo, es posible que la persona en cuestión no experimente fuerte empatía con los animales, pero puede sentirla con un miembro de su familia o un amigo. En tal caso, podría visualizar una situación en que la persona querida sufrie­ra o pasara por una situación trágica para luego imaginar cómo res­pondería. Así que se puede intentar acrecentar la compasión tratando de establecer empatía con el sentimiento o la experiencia de otro.

»Creo que la empatía es importante, no sólo como medio para au­mentar la compasión, sino que en términos generales, al tratar con los demás cuando están en dificultades, resulta extremadamente útil para situarse en el lugar del otro y ver cómo reaccionaría uno ante la situa­ción. Aunque no se tengan experiencias comunes con la otra persona o su estilo de vida sea muy diferente, siempre puede intentarse con la imaginación. Quizá haya que ser algo creativo. Esta técnica supone la capacidad para suspender temporalmente el propio punto de vista y buscar la perspectiva de la otra persona, imaginar cuál sería la si­tuación si uno estuviera en su lugar, y cómo la afrontaría. Eso ayuda a desarrollar una conciencia de los sentimientos del otro y a respetar dichos sentimientos, algo importante para reducir los conflictos y problemas con los demás.
Esa tarde nuestra entrevista fue breve. Se me había incluido con di­ficultad y en el último momento en la poblada agenda del Dalai Lama y mantuvimos la conversación a últimas horas del día, como había su­cedido en varias ocasiones. Fuera, el sol empezaba a ponerse, llenan­do la estancia de una luz crepuscular agridulce, convirtiendo el ama­rillo pálido de las paredes en un ámbar más profundo y sembrando de ricos matices dorados las imágenes budistas. El ayudante del Dalai Lama entró silenciosamente en la estancia, indicando el final de nues­tra sesión. Enfrascado en la conversación, pregunté:

-Sé que tenemos que terminar, pero ¿tiene otros consejos para ayudar a crear empatía con los demás?.

Haciéndose eco de las palabras que habia pronunciado muchos meses antes en Arizona, contestó con una afable simplicidad: -Siempre me acerco a los demás en el terreno básico que nos es común. Todos tenemos una estructura física, una mente, emociones. Todos hemos nacido del mismo modo y todos moriremos. Todos de­seamos alcanzar la felicidad y no sufrir. Al mirar a los demás desde esa perspectiva, en lugar de percibir diferencias secundarias, como el he­cho de que yo sea tibetano y tenga una religión y unos antecedentes culturales diferentes, experimento la sensación de hallarme ante al­guien que es exactamente igual que yo. Creo que relacionarse con una persona en ese nivel facilita el intercambio y la comunicación.

Y tras decir esto se levantó, sonrió, me estrechó la mano y se retiró. A la mañana siguiente continuamos nuestra discusión en el hogar del Dalai Lama.

-En Arizona hablamos mucho sobre la importancia de la compa­sión en las relaciones humanas y ayer abordamos el papel de la em­patía para mejorar nuestra capacidad para relacionamos...

-Sí -dijo el Dalai Lama.

-Además de eso, ¿puede sugerir algún método o técnica adicional?

-Bueno, como ya le comenté ayer, no hay una o dos técnicas sen­cillas capaces de resolver todos los problemas. Sin embargo, creo que hay algunas cosas que pueden ayudar. En primer lugar, es útil conocer y valorar los antecedentes de la persona con la que estamos tra­tando. Mantener una actitud mental abierta y honrada también nos ayuda. Esperé, pero él no añadió nada más.

. -¿Puede sugerir algún otro método para mejorar nuestras relaciones?

El Dalai Lama pensó un momento. -No -contestó, echándose a reír. Consideré que esos consejos eran demasiado simplistas. Sin em­bargo, y puesto que eso parecía ser todo lo que él tenía que decir por el momento, abordamos otros temas.


Aquella tarde fui invitado a cenar en casa de unos amigos tibeta­nos en Dharamsala. Organizaron una velada muy animada. La comi­da fue excelente, con un deslumbrante despliegue de platos especiales cuya estrella fue el Mo Mas tibetano, a base de sabrosas albóndigas de carne. A medida que transcurría la cena, se animó la conversación. Los invitados no tardaron en contar historias subidas de tono sobre las situaciones embarazosas en que se habían visto durante una bo­rrachera. Entre los invitados se encontraba una conocida pareja ale­mana, ella arquitecta y él autor de una docena de libros.

Como estaba interesado en sus libros me acerqué al escritor y en­tablé conversación con él. Sus respuestas eran breves y superficiales; su actitud, abrupta y distante. Convencido de que era un hosco esnob me resultó inmediatamente antipático. Me consolé pensando que al menos habia intentando conectar con él y entablé conversación con otros invitados más amistosos.

Al día siguiente estaba con un amigo en un café del pueblo y, mien­tras tomábamos el té, le conté lo ocurrido la noche anterior. -Realmente, disfruté con todos, excepto con Rolf, ese escritor... Parecía tan arrogante y..., bueno, poco amistoso.

, -Lo conozco, desde hace varios años -dijo mi amigo-, y sé que esa es la impresión que causa, pero sólo porque al principio es un poco tímido y reservado. En realidad, es una persona maravillosa si se le llega a conocer un poco... -Yo no me dejaba convencer y mi ami­go siguió diciendo-; A pesar de ser un escritor de éxito, ha tenido en su vida más dificultades de las que se merecía. Su familia sufrió tre­mendamente a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mun­dial. Rolf tiene dos hijos, a los que está muy entregado, que han naci­do con un extraño trastorno genético que los discapacita física y mentalmente. En lugar de amargarse por ello o pasarse el resto de la vida representando el papel de mártir, afrontó sus problemas con ab­negación y dedicó muchos años a trabajar como voluntario en favor de los discapacitados. Realmente, es una persona muy especial.

Volví a encontrarme con Rolf y su esposa al final de esa semana, en el pequeño aeródromo. Teníamos previsto tomar el mismo vuelo a Delhi, pero fue cancelado. El siguiente saldría al cabo de unos días, así que decidimos compartir un taxi hasta la capital, un horrible trayec­to de diez horas. La información de mi amigo había cambiado mis sentimientos hacia Rolf y durante el largo trayecto me sentí más re­ceptivo. Como consecuencia de ello, hice un esfuerzo por mantener una conversación. Inicialmente, su actitud fue la misma. Pero pron­to descubrí que, tal como me había comentado mi amigo, su distan­ciamiento se debía más a la timidez que al esnobismo. Mientras tra­queteábamos por la sofocante y polvorienta campiña del norte de la India y nos enfrascábamos cada vez más profundamente en la conversación, demostró ser una persona cálida y un excelente compañe­ro de viaje.

Al llegar a Delhi ya estaba convencido de que el consejo del Dalai Lama de «conocer los antecedentes» de las personas no era tan su­perficial como me había parecido en un principio. Sí, quizá fuera simple, pero no simplista. En ocasiones, el medio más efectivo para intensificar la comunicación es precisamente el que tendemos a con­siderar como ingenuo.

Días más tarde me encontraba todavía en Delhi, esperando el via­je que me llevaría a casa. El cambio respecto de la tranquilidad que se respiraba en Dharamsala era exasperante y me sentía de muy mal humor. Además del apabullante calor, la contaminación y las multitu­des, las aceras estaban atestadas de toda clase de depredadores urba­nos dedicados a la estafa callejera. Caminar por las abrasadoras calles de Delhi como un occidental, un extranjero, un objetivo, abordado sin tregua por los pedigüeños, era como si tuviera tatuada en la fren­te la palabra «Imbécil». Era desmoralizador.

Esa misma mañana fui víctima de una estratagema habitual a car­go de dos hombres. Uno de ellos me salpicó con pintura roja los zapa­tos en un momento en que yo estaba distraído. Un poco más adelan­te, su compinche, con aspecto de inocente limpiabotas me señaló la pintura y se ofreció para limpiarme los zapatos al precio habitual. Efectivamente, me limpió hábilmente los zapatos en pocos minutos. Una vez que hubo terminado, me pidió una suma enorme, equivalente a dos meses de salario para muchos de los habitantes de Delhi. Cuan­do protesté, afirmó que ése era el precio que habíamos convenido. Protesté de nuevo, y el muchacho se puso a gritar, atrayendo la aten­ción de la multitud, que me negaba a pagarle sus servicios. Ese mismo día, algo más tarde, supe que esta añagaza se empleaba a diario con los turistas desprevenidos.

Por la tarde almorcé con una colega en mi hotel. Lo sucedido esa mañana había quedado rápidamente olvidado y ella me preguntó por mis recientes entrevistas con el Dalai Lama. Nos enfrascamos en una conversación sobre las ideas de éste acerca de la empatía y la importancia de adoptar la perspectiva de la otra persona. Después de almor­zar tomamos un taxi y fuimos a visitar a unos amigos comunes. Cuan­do el taxi se ponía en marcha, pensé de nuevo en el limpiabotas y, mientras esas negras imágenes cruzaban por mi mente, se me ocurrió echar un vistazo al taxímetro.

-¡Pare! -grité de pronto.

. Mi amiga se sobresaltó. El taxista me miró burlonamente por el espejo retrovisor, pero siguió conduciendo. -¡Deténgase! -le exigí, con voz ahora temblorosa, con un atisbo de histeria. Mi amiga parecía conmocionada. El taxi se detuvo. Seña­lé furioso el taxímetro, blandiendo el dedo en el aire-. ¡No puso el taxímetro a cero! ¡Había más de veinte rupias cuando iniciamos la ca­rrera!

-Lo siento, señor -dijo el hombre con indiferencia, lo que me enfureció aún más-. Se me olvidó. Lo volveré a poner en marcha... -¡Usted no va a poner en marcha nada! -exploté-. Estoy harto de que hinchen los precios, me lleven en círculo o hagan todo lo que puedan por robar a la gente... ¡Estoy... harto!

Yo balbuceaba como un mojigato escandalizado, y mi amiga parecía consternada. El taxista se limitó a mirarme con la misma expre­sión desafiante de las vacas sagradas que recorren las ajetreadas ca­lles de Delhi y se detienen donde les place, con la sediciosa intención de detener el tráfico, como si yo fuera un quisquilloso incorregible. Arrojé unas pocas rupias sobre el asiento delantero y sin decir una palabra mi amiga y yo nos apeamos.

Pocos minutos más tarde paramos otro taxi y reanudamos el ca­mino. Pero no podía dejar el tema. Mientras recorríamos las calles de Delhi, no paraba de quejarme de que allí «todo el mundo» se dedica­ba a engañar a los turistas y de que no éramos para ellos más que presas. Mi colega me escuchaba en silencio mientras yo despotricaba y desvariaba.

-Bueno -dijo ella finalmente-, veinte rupias no suponen más que un cuarto de dólar. ¿Por qué enfadarse tanto? -¡Pero los principios son los que cuentan! -exclamé con piado­sa indignación-. No comprendo cómo puedes seguir tan tranquila cuando esto ocurre continuamente. ¿No te molesta? -Bueno -me contestó pausadamente-, me molestó por un momento, pero luego pensé en lo que hablamos durante el almuerzo, lo que dijo el Dalai Lama acerca de ver las cosas desde la perspectiva del otro. Mientras tú te enojabas, intentaba ver qué tenía yo en común con el taxista. Ambos deseamos buenos alimentos, dormir bien, sen­tirnos a gusto, ser queridos. Entonces, intenté imaginarme como ta­xista: todo el día en un taxi sofocante, sin aire acondicionado, sintiéndome colérica e irritada por los extranjeros ricos..., así que no se me ocurre nada mejor para que las cosas sean algo más «justas», para ser un poco más feliz, que sacarles un poco de dinero. La cuestión es que, a pesar de que consigo obtener unas pocas rupias de algún que otro turista inocente, no lo considero como una forma muy satisfactoria de llevar una vida mejor... En cualquier caso, Cuanto más me imagi­naba como taxista, menos enfadada me sentía con él. Su vida me parecía sencillamente triste... No es que esté de acuerdo con su compor­tamiento e hicimos bien al bajarnos del taxi, pero no pude enfadarme con él tanto como para odiarle.

Guardé silencio. En realidad, me sentía asombrado ante lo poco que yo había absorbido del Dalai Lama. Para entonces ya había em­pezado a apreciar el valor de «comprender al otro» y sus ejemplos acerca de cómo poner en práctica los principios. Pensé de nuevo en nuestras conversaciones, iniciadas en Arizona y continuadas ahora en la India, y me di cuenta de que, ya desde el principio, habían ad­quirido un tono clínico, como si yo le hiciera preguntas sobre anato­mía humana sólo que, en este caso, era la anatomía de la mente y el espíritu humanos. Hasta ese momento, sin embargo, no se me había ocurrido aplicar plenamente sus ideas a mi propia vida; siempre ha­bía tenido la vaga intención de tratar de ponerlas en práctica en el fu­turo, cuando dispusiera de más tiempo.



Examen de la base fundamental de una relación

Mis conversaciones con el Dalai Lama en Arizona se habían ini­ciado con un análisis de las fuentes de la felicidad. A pesar de que él había elegido vivir como un monje, se ha demostrado que el matri­monio puede traer la felicidad, al aportar estrechos vínculos que pro­porcionan satisfacción. Entre estadounidenses y europeos se han lle­vado a cabo muchos estudios que demuestran que en general la gente casada es más feliz y se siente más satisfecha con la vida que las personas solteras o viudas, por no hablar de los divorciados o separados. Una encuesta descubrió que seis de cada diez estadounidenses que califican su matrimonio de «muy feliz» también consideran su vida, en conjunto, como «muy feliz». Al analizar el tema de las relacio­nes humanas, me pareció importante sacar a relucir esa fuente de felicidad.

Minutos antes de una de las entrevistas programadas con el Dalai Lama, me encontraba sentado con un amigo en el patio exterior del hotel, en Tucson, tomando un refresco. Tras mencionar el tema del idi­lio amoroso y el matrimonio, que deseaba plantear en mi entrevista, mi amigo y yo no tardamos en lamentarnos de ser solteros. Mientras hablábamos, una pareja joven, de aspecto saludable, de vacaciones y quizá golfistas, se sentaron a una mesa, cerca de nosotros. Ofrecían el aspecto de un matrimonio de tipo medio; no en luna de miel, pero jó­venes y sin duda enamorados. «Tiene que ser agradable», pensé.

Apenas se hubieron sentado empezaron a discutir.

-¡Te dije que llegaríamos tarde! -acusó con acidez la mujer, con una voz sorprendentemente ronca, fruto sin duda de años de tabaco y alcohol-. Ahora apenas si tendremos tiempo para estar un momen­to sentados. ¡Ni siquiera puedo disfrutar de la comida!

-Si no hubieras tardado tanto tiempo en prepararte... -replicó el hombre, can tono más sereno, pero cargado de hostilidad.

-Ya estaba preparada hace media hora -refutó ella-. Pero tú tenías que terminar de leer el periódico...

Y continuaron de ese modo. La discusión no acababa. Tal como dijo Eurípides: «Cásate; es posible que salga bien. Pero cuando un matrimonio fracasa, se vive un verdadero infierno en el hogar.

Aquella discusión, cuya acritud aumentó rápidamente, terminó con nuestros lamentos de solteros. Mi amigo alzó los ojos y citó una frase de Seinfeld:

-«¡Oh, sí! ¡Deseo casarme muy pronto!»

Apenas unos momentos antes tenía la intención de conocer la opi­nión del Dalai Lama sobre las alegrías y virtudes del idilio amoroso y el matrimonio. En lugar de eso, en cuanto entré en la suite de su hotel y casi antes de sentarme, pregunté:

-¿Por qué surgen conflictos con tanta frecuencia en los matri­monios?

-Cuando se trata de conflictos, las cosas pueden ser bastante com­plejas -explicó el Dalai Lama-. Hay muchos factores implicados. Así que cuando tratamos de comprender los problemas de relación, es preciso reflexionar primero sobre la naturaleza fundamental y la base de esa relación.

»Así que, antes que nada, hay que reconocer que existen diferen­tes clases de relación y examinar esas diferencias. Por ejemplo, dejan­do de lado por el momento el tema del matrimonio y centrándonos en las amistades corrientes, observamos que hay diferentes clases de amis­tad. Algunas se basan en la riqueza, el poder o la posición. En esos casos, la amistad continúa mientras tengas poder, riqueza o posición. En cuanto desaparecen, la amistad se desvanece. Por otro lado, hay una amistad basada no en consideraciones de riqueza, poder y posi­ción, sino más bien en el verdadero sentimiento humano, en un senti­miento de proximidad, en el que existe la sensación de compartir, de estar conectado. Ésa es la amistad que yo llamaría genuina, porque no la mediatiza la riqueza, la posición o el poder. Lo fundamental para una amistad genuina es un sentimiento de afecto. Si falta, no se pue­de mantener una verdadera amistad. Lo hemos mencionado antes y es bastante evidente, pero si se tienen problemas de relación a me­nudo resulta muy útil retroceder un poco y reflexionar sobre la base de ella.

»Del mismo modo, si alguien tiene problemas con su cónyuge, quizá sea útil examinar la base de la relación. A menudo, por ejemplo, hay relaciones cimentadas por una atracción sexual inmediata. Cuan­do una pareja acaba de conocerse es posible que se sientan locamen­te enamorados y muy felices. -Se echó a reír-. Pero cualquier decisión tomada en ese momento sería muy inestable. Del mismo modo que uno puede enloquecer a causa de una cólera u odio muy intensos, también es posible que un individuo enloquezca impulsado por la in­tensidad de la pasión o el placer. Incluso situaciones en las que el indi­viduo piensa: "Bueno, mi novio o mi novia no es en realidad una bue­na persona, pero a pesar de todo me sigue atrayendo". Así pues, una relación basada en esa atracción inicial es muy poco fiable, muy ines­table, porque se apoya en algo pasajero. Ese sentimiento dura muy poco, desaparecerá al cabo de poco tiempo. -Hizo chascar los de­dos-. En consecuencia, no debería sorprender a nadie que la relación empezara a tener problemas, y todo matrimonio basado en ella tuvie­ra conflictos... Pero ¿usted qué piensa?

-Sí, estoy de acuerdo con usted en eso -admití-. Parece ser-que en toda relación, incluso en las más ardientes, la pasión termina por en­friarse. Algunas investigaciones han demostrado que quienes consi­deran la pasión y el romanticismo esenciales para su relación, suelen desilusionarse y divorciarse. Ellen Berscheid, psicóloga social de la Universidad de Minnesota, lo estudió y llegó a la conclusión de que la incapacidad para percatarse de la limitada vida media del amor apa­sionado puede acabar con una relación. Ella y sus colegas creen que el aumento de los índices de divorcio durante los últimos veinte años se halla en parte relacionado con la creciente importancia que concede la gente a experiencias emocionales intensas en sus vidas, como es el caso del amor romántico. Porque es difícil mantener esas experiencias durante mucho tiempo...

-Eso parece muy cierto -asintió-. Al abordar esos problemas, se da uno cuenta de la tremenda importancia que tienen el examen y la comprensión de la naturaleza fundamental de las relaciones. »Ahora bien, aunque muchas relaciones se basan en la atracción sexual inmediata, en otras la persona juzga con serenidad que desde el punto de vista físico el otro no es demasiado atractivo, pero es una persona buena y amable. Una relación como ésta es mucho más duradera, porque genera una verdadera comunicación entre los dos...

El Dalai Lama se detuvo un momento, como si meditara, antes de añadir:.

-Conviene dejar claro que también se puede tener una relación buena y saludable que incluya la atracción sexual. Parece ser, por tan­to, que existen dos clases de relación basadas en la atracción sexual. Una de ellas obedece al puro deseo sexual. En ese caso, la motivación o el impulso que hay tras el vínculo es realmente la satisfacción tem­poral, la gratificación inmediata. Los individuos se relacionan entre si no tanto como personas, sino más bien como objetos. Ese vínculo no es muy sano, porque sin ningún componente de respeto mutuo termi­na por convertirse casi en prostitución, como una casa construida so­bre cimientos de hielo: el edificio se desploma en cuanto se funde el hielo.

»No obstante, hay relaciones en que la atracción sexual, si bien es poderosa, no es fundamental. Existe un aprecio de valores relaciona­dos con la cordialidad. Estas relaciones son, por lo general, más du­raderas y fiables. y para establecer una relación semejante es preciso dedicar tiempo suficiente a conocer las características del otro.

»En consecuencia, cuando mis amigos me preguntan sobre el matrimonio, suelo preguntarles desde cuándo conocen a su pareja. Si me contestan que desde hace sólo unos meses, suelo decirles: "Oh, eso es demasiado poco". Si me hablan de unos años, ya me parece mejor porque sé que entonces no sólo conocen el aspecto físico del otro, sino también su naturaleza más profunda...

-Eso me recuerda la afirmación de Mark Twain: «Ningún hom­bre o mujer sabe realmente qué es el amor perfecto hasta que no lleva casado un cuarto de siglo».

El Dalai Lama asintió con un gesto y continuó:

-Sí... Creo que muchos problemas aparecen sencillamente porque las personas no se conceden tiempo suficiente para conocerse unas a otras. En cualquier caso, creo que si alguien trata de construir una re­lación verdaderamente satisfactoria, la mejor forma de conseguirlo es conociendo la naturaleza profunda del otro, y relacionándose con él en ese nivel, en lugar de hacerlo simplemente a través de las características superficiales. Y en esas relaciones también juega un papel la verdadera compasión.

»He oído decir a muchas personas que su matrimonio tiene un sen­tido más profundo que la simple relación sexual, que el matrimonio implica a dos personas que tratan de enlazar sus vidas, compartir sus vicisitudes y la intimidad. Si esa afirmación es honesta, la relación es sana. Toda relación sana implica responsabilidad y compromiso. Cla­ro que el contacto físico, la relación sexual de la pareja, puede tener un efecto calmante sobre la mente. Pero, después de todo, desde el punto de vista biológico, el propósito principal de la relación sexual es la reproducción. Y para realizado con éxito, hay que tener una ac­titud de compromiso hacia la descendencia, para que ésta pueda so­brevivir y desarrollarse. Por eso es tan importante potenciar la capa­cidad para la responsabilidad y el compromiso. Sin ella, la relación únicamente ofrece una satisfacción temporal. Es simple diversión. Se echó a reír, con una risa que parecía maravillada por el com­portamiento humano.
Relaciones basadas en el romanticismo
Me resultaba extraño estar hablando de sexo y matrimonio con un hombre de más de sesenta años y célibe. No parecía reacio a hablar de estos temas, aunque sí pude observar un cierto distanciamiento en sus comentarios.

Esa misma noche, algo más tarde, al pensar en nuestra conversa­ción, se me ocurrió que aún quedaba un componente importante de las relaciones del que no habíamos hablado, y sentía curiosidad por saber cuál era su postura. Se lo planteé al día siguiente.

-Ayer hablamos de las relaciones y de la importancia de basar una relación íntima o matrimonial en algo más que en el sexo -em­pecé a decir-. Pero, en la cultura occidental, lo que se considera muy deseable no es únicamente el acto sexual físico, sino el clima de ro­manticismo, estar profundamente enamorado del otro. En las pelícu­las, la literatura y la cultura popular encontramos una exaltación de este amor romántico. ¿Cuál es su punto de vista?

El Dalai Lama me contestó sin vacilación.

-Creo que, dejando aparte hasta qué punto la búsqueda continua del amor romántico puede afectar a nuestro desarrollo espiritual más profundo, incluso desde la perspectiva de un estilo de vida convencio­nal habría que considerar la idealización de ese amor romántico como un caso extremo. A diferencia de las relaciones en que hay atención ha­cia el otro y afecto genuino, no puede verse como algo positivo -afir­mó con decisión-. Se trata de algo basado en la fantasía, inalcanza­ble; por lo tanto, puede ser una fuente de frustración. Así pues, no debería ser considerado como algo positivo.

El tono taxativo del Dalai Lama parecía indicar que no tenía nada más que decir al respecto. A la vista del tremendo énfasis que pone nuestra sociedad en el romanticismo, tuve la impresión de que él de­sechaba demasiado a la ligera su atractivo. Dada la educación monás­tica del Dalai Lama, imaginé que no lo comprendía y que preguntar­le sobre temas relacionados con el amor romántico era como pedirle que acudiera al aparcamiento para echarle un vistazo a mi coche por un problema que tenía con la transmisión. Ligeramente decepcionado, me apresuré a consultar mis notas y me dispuse a plantear otros temas.


¿Qué hace que el amor romántico sea tan atractivo? Al examinar esta cuestión se descubre que eros, el amor romántico, sexual, apasio­nado, el éxtasis definitivo, es un potente cóctel de ingredientes cultu­rales, biológicos y psicológicos. En la cultura occidental, la idea ha florecido durante los últimos doscientos años bajo la influencia del romanticismo, un movimiento que ha contribuido mucho a configu­rar nuestra percepción del mundo y que surgió como un rechazo del período anterior, la Ilustración, con su énfasis en la razón humana.

El nuevo movimiento exaltaba la intuición, la emoción, el sentimiento, la pasión. Subrayaba la importancia del mundo sensorial, de la expe­riencia subjetiva del individuo, y tendía hacia el mundo de la imagi­nación, de la fantasía, de la búsqueda de un ámbito que no existe, de un pasado idealizado o de un futuro utópico. Esta idea ha ejercido una profunda influencia no sólo en el arte y la literatura, sino también en la política y en todos los aspectos de la cultura occidental moderna. El impulso romántico persigue el enamoramiento. En nosotros fun­cionan poderosas fuerzas que nos llevan a buscar este sentimiento; aquí no se trata simplemente de la glorificación del amor romántico, que hemos recogido de nuestra cultura. Muchos investigadores creen que estas fuerzas se hallan en nuestros genes. El enamoramiento, in­variablemente mezclado con la atracción sexual, quizá sea un com­ponente genéticamente determinado del instinto de apareamiento. Desde una perspectiva evolutiva, la tarea principal del organismo es la de sobrevivir, reproducirse y asegurar la supervivencia de la espe­cie. Redunda por tanto en interés de las especies el que estemos pro­gramados para enamorarnos; eso aumenta, ciertamente, las probabi­lidades de apareamiento y reproducción. Disponemos por lo tanto de mecanismos innatos que nos ayudan a que eso suceda; así, en res­puesta a ciertos estímulos, nuestros cerebros fabrican y bombean sus­tancias químicas capaces de crear una sensación eufórica, el «entu­siasmo» asociado con el enamoramiento que a veces nos abruma y bloquea otros sentimientos.

Las fuerzas psicológicas que nos impulsan a buscar el enamora­miento son tan compulsivas como las fuerzas biológicas. En el Sim­posium de Platón, Sócrates cuenta la historia del mito de Aristófanes sobre el origen del amor sexual. Según este mito, los habitantes origi­nales de la Tierra eran criaturas de tronco esférico, cuatro manos y Cuatro pies. Estos seres asexuados y autosuficientes eran muy arro­gantes y atacaron repetidamente a los dioses. Para castigarlos, Zeus los dividió con sus rayos. Cada criatura quedó entonces convertida en dos, y las mitades anhelaban volver a unirse.

Eros, el impulso hacia el amor apasionado y romántico, puede ver­se como este antiguo deseo de fusión con la otra mitad. Parece ser una necesidad humana, universal e inconsciente; fundirse con el otro, derribar las fronteras, llegar a ser uno solo con el ser querido. Los psi­cólogos llaman a esto el hundimiento de las fronteras del ego. Algunos creen que este proceso tiene sus raíces en nuestras primeras experien­cias, las que tenemos en un estado primigenio en el que el niño se fun­de por completo con el progenitor o con la persona que lo cuida.

Las pruebas sugieren que los recién nacidos no distinguen entre sí y el resto del universo. No poseen sentido de la identidad personal o, al menos, su identidad incluye a la madre, a otras personas y a todos los objetos de su entorno. No saben dónde terminan ellos mismos y empieza lo «otro». Les falta lo que se conoce como permanencia del objeto: los objetos no tienen existencia independiente; si los niños no interactúan con un objeto, éste no existe. Si, por ejemplo, un niño sos­tiene un sonajero en la mano, lo reconoce como parte de sí mismo, pero en cuanto se lo quitan y lo esconden a su vista, el sonajero deja de existir.

En el momento de nacer, el cerebro todavía no está plenamente «conectado». A medida que el bebé crece y el cerebro madura, su in­teracción con el mundo que le rodea se hace más compleja y el peque­ño va adquiriendo gradualmente sentido de la identidad personal, del «yo», en contraposición con el «otro». Al mismo tiempo, se desarro­lla una sensación de aislamiento y una conciencia de las propias limi­taciones. Naturalmente, la formación de la identidad continúa durante la infancia y la adolescencia, a medida que el individuo entra en con­tacto con el mundo. Somos el resultado del desarrollo de representa­ciones internas, formadas en buena parte por reflejos de las primeras interacciones con las personas importantes de nuestra historia perso­nal y por reflejos del papel que tenemos en el conjunto de la socie­dad. Poco a poco, la identidad personal y la estructura intrapsíquica se hacen más complejas.

Pero es muy probable que una parte de nosotros siga tratando de regresar a un estado anterior, un estado bienaventurado en el que no existía sentimiento de aislamiento o separación. Muchos psicólogos contemporáneos creen que la primera experiencia de «unicidad» queda incorporada a nuestra mente subconsciente Y en la edad adulta im­pregna nuestro inconsciente Y nuestras fantasías íntimas. "Están con­vencidos de que la fusión con la persona amada cuando se está ena­morado es como un eco de la que hubo con la madre en la infancia. Recrea esa sensación mágica, un sentimiento de omnipotencia, como si todo fuera posible y resulta muy difícil soslayar un sentimiento se­mejante.

No es nada extraño, por tanto, que la búsqueda del amor román­tico sea algo tan poderoso. ¿Cuál es entonces el problema y por qué el Dalai Lama afirma sin vacilar que la búsqueda del romanticismo es algo negativo?

Reflexioné sobre el problema de basar una relación en el amor ro­mántico, de refugiamos en el romanticismo como una fuente de feli­cidad. Pensé entonces en David, un antiguo paciente mío. David, un arquitecto paisajista de treinta y cuatro años, se presentó en mi con­sulta con los síntomas típicos de una grave depresión. Dijo que su de­presión podía haber sido desencadenada por algunas tensiones, rela­cionadas con el trabajo, pero que «en realidad, parecía haber surgido de la nada». Analizamos la opción de administrar un psicofármaco, que él aceptó. La medicación fue muy efectiva y los síntomas agudos desaparecieron al cabo de tres semanas, de modo que él pudo regresar a su vida normal. Al explorar su historial, sin embargo, no tardé en darme cuenta de que, además de la depresión aguda, también sufría de distimia, una insidiosa depresión crónica de baja intensidad, presente desde hacía muchos años. Una vez que se hubo recuperado de la de­presión aguda, empezamos a explorar su historia personal, dando por supuesto que nos ayudaría a comprender cómo se habría producido la distimia.

Después de unas cuantas sesiones, un día David llegó a la consulta jubiloso.

-¡Me siento maravillosamente bien! -declaró-. ¡No me había sentido tan bien desde hacía años! Mi reacción ante esa noticia fue preguntarme si no había entrado en una fase de perturbación. Pero no se trataba de eso. -¡Estoy enamorado! -me dijo-. La conocí la semana pasada en una subasta. Es la mujer más hermosa que he visto jamás. Esta se­mana hemos salido juntos casi todas las noches, y tengo la impresión de que somos compañeros de toda la vida, nacidos el uno para el otro. ¡Simplemente, no me lo puedo creer! No había salido con nadie des­de hacía dos o tres años y empezaba a creer que ya no podría hacerlo cuando, de pronto, aparece ella.

David se pasó la mayor parte de la sesión catalogando las nota­bles virtudes de su nueva amiga.

-Creo que estamos hechos el uno para el otro en todos los senti­dos. No se trata únicamente de una cuestión sexual; nos interesamos por las mismas cosas y hasta nos asusta damos cuenta de que pensa­mos lo mismo. Naturalmente, soy realista y me doy cuenta de que na­die es perfecto... Como por ejemplo la otra noche, en que me sentí un tanto molesto porque pensé que flirteaba con unos hombres en el club donde estábamos..., pero los dos habíamos bebido demasiado y ella no hacía sino divertirse. Más tarde hablamos de ello y lo aclaramos. David regresó a la semana siguiente para anunciarme que había decidido dejar la terapia.

-Todo está funcionando maravillosamente bien en mi vida. Sen­cillamente, no veo de qué podemos hablar en la terapia -me expli­có-. Mi depresión ha desaparecido. Duermo como un bebé. He recuperado mi ritmo de trabajo y mantengo una magnífica relación que no hace sino mejorar cada vez más. Creo que nuestras sesiones me han ayudado, pero en estos momentos no veo razón alguna para se­guir gastando dinero en ellas.

Le dije que me alegraba de que todo le fuera tan bien, pero le re­cordé algunos de los conflictos que habíamos empezado a identificar y que podrían haberlo conducido a su distimia. Por mi mente pasaron todos los términos psiquiátricos habituales, como «resistencia» y «de­fensas». David, sin embargo, no se dejó convencer.

-Bueno, quizá algún día examine esas cosas -me dijo-, pero creo que todo lo ocurrido ha tenido mucho que ver con la soledad, con la sensación de que me faltaba alguien, una persona especial con la que compartir mis cosas, y ahora ya la he encontrado.

Se mostró inflexible en cuanto a dar por terminada la terapia ese mismo día. Tomamos medidas para que su médico de cabecera man­tuviera un seguimiento del régimen de medicación, dedicamos la se­sión a una revisión y terminé asegurándole que podía venir a verme siempre que lo deseara.

Varios meses más tarde, David regresó a la consulta.

-Lo he pasado muy mal -dijo con tono abatido-. La última vez que le vi las cosas funcionaban magníficamente. Creí haber encontra­do realmente a la pareja ideal. Le planteé incluso el matrimonio. Pero cuanto más cerca quería estar de ella, tanto más se alejaba de mí. fi­nalmente, rompió conmigo, y durante un par de semanas volví a es­tar realmente deprimido. Empecé incluso a llamarla sin decir nada, sólo para escuchar su voz, y a acercarme a su lugar de trabajo sólo para ver si su coche estaba allí. Después de aproximadamente un mes sentí náuseas ante lo que estaba haciendo; me parecía ridículo. Enton­ces, al menos, la depresión mejoró un poco. Ahora como y duermo bien, me va bien en el trabajo y tengo mucha energía, pero sigo con la sensación de que me falta algo. Es como si hubiera retrocedido, me siento exactamente como me he sentido durante tantos años...

Reanudamos la terapia.
Parece claro que, como fuente de felicidad, el amor romántico deja mucho que desear. Y quizá el Dalai Lama no andaba tan descamina­do al rechazar el amor romántico como base para una relación y al describirlo como una simple «fantasía... inalcanzable», algo que no merecía nuestros esfuerzos. Considerándolo más atentamente, tal vez él hacía una descripción objetiva de la naturaleza del amor románti­co y no, como yo creía, un juicio negativo, promovido por sus muchos años de formación monacal. Hasta los diccionarios, que ofrecen nu­merosas definiciones de «idilio» y «romántico», emplean profusamen­te expresiones como «historia ficticia», «exageración», «falsedad», «fantasioso o imaginativo», «no práctico», «sin base en los hechos», «característico o preocupado por el acto amoroso o el cortejo ideali­zado», «obsesionado por hechos amatorios idealizados», etcétera. Es evidente que en algún momento de la civilización occidental se ha producido un cambio. El concepto antiguo de eros, Con su compo­nente de fusión con el otro, ha adquirido un nuevo significado. El idi­lio romántico adopta así una cualidad artificial, con matices de fraude y engaño, lo que indujo a Oscar Wilde a observar crudamente: «Cuan­do uno está enamorado, empieza siempre por engañarse a sí mismo y acaba siempre engañando a los demás. Eso es lo que el mundo consi­dera un idilio romántico».

Antes exploramos el papel de la proximidad y la intimidad en la fe­licidad humana. No cabe la menor duda de que es importante. Pero si buscamos una satisfacción duradera en una relación, el fundamento de la misma tiene que ser sólido. Por esa razón el Dalai Lama nos ani­ma a examinar la base de nuestros vínculos. La atracción sexual, e in­cluso la intensa sensación de enamoramiento, pueden tener un papel en la creación del vínculo inicial entre dos personas, pero lo mismo que sucede con el pegamento, este factor tiene que mezclarse con otros ingredientes para formar una unión duradera. Al tratar de iden­tificarlos, nos volvemos una vez más hacia lo que aconseja el Dalai Lama para construir una relación sólida: afecto, compasión y respeto mutuo. Esas cualidades nos permiten alcanzar una vinculación más profunda y significativa, no sólo con nuestro amante o cónyuge, sino también con amigos, conocidos e incluso personas totalmente extra­ñas; es decir, virtualmente con todos los seres humanos. Nos abre po­sibilidades y oportunidades ilimitadas para la conexión.


7 El valor y los beneficios de la compasión

Definición de la compasión

A medida que avanzaban nuestras conversaciones, descubrí que la compasión en la vida del Dalai Lama es mucho más que el mero cul­tivo de la benevolencia para mejorar la relación con los demás: como budista practicante, la compasión era indispensable para su desarro­llo espiritual.

-Dada la importancia que le concede el budismo, como parte esencial del desarrollo espiritual-pregunté-, ¿podría definirme con mayor claridad qué quiere decir al hablar de «compasión»?

El Dalai Lama contestó:

-La compasión puede definirse como un estado mental que no es violento, no causa daño y no es agresivo. Se trata de una actitud men­tal basada en el deseo de que los demás se liberen de su sufrimiento, y está asociada con un sentido del compromiso, la responsabilidad y el respeto a los demás. »En la definición de compasión, la palabra tibetana Tse-wa deno­ta también un estado mental que implica el deseo de cosas buenas para uno mismo. Para desarrollar el sentimiento de compasión, puede empezarse por el deseo de liberarse uno mismo del sufrimiento, para lue­go cultivarlo, incrementarlo y dirigirlo hacia los demás.

»Ahora bien, cuando la gente habla de compasión, creo que la confunde a menudo con el apego. Así que tenemos que establecer primero una distinción entre dos clases de amor o compasión. La prime­ra se halla matizada por el apego, se ama a otro esperando que el otro nos ame a su vez. Esta compasión es bastante parcial y sesgada, y una relación basada exclusivamente en ella es inestable. Una relación apo­yada en la percepción e identificación de la persona como un amigo puede conducir a un cierto apego emocional y a una sensación de pro­ximidad. Pero si se produce un cambio en la situación, un desacuerdo quizá, o que el otro haga algo que nos enoje, cambia la perspectiva y desaparece el otro como "amigo". El apego emocional se evapora en­tonces y, en lugar de amor y preocupación, quizá se experimente odio. Así pues, ese amor basado en el apego puede hallarse estrechamente vinculado con el odio.

»Pero existe una compasión libre de tal apego. Ésa es la verdadera compasión. No obedece tanto a que tal o cual persona me sea que­rida como al reconocimiento de que todos los seres humanos desean, como yo, ser felices y superar el sufrimiento. y también, como me su­cede a mí, tienen el derecho natural de satisfacer esta aspiración fundamental. Sobre la base del reconocimiento de esta igualdad, se de­sarrolla un sentido de afinidad. Tomando eso como fundamento, se puede sentir compasión por el otro, al margen de considerarlo amigo o enemigo. Tal compasión se basa en los derechos fundamentales del otro y no en nuestra proyección mental. De ese modo, se genera amor y compasión, la verdadera compasión.

»Vemos entonces que establecer la distinción entre estas dos cla­ses de compasión y cultivar la verdadera puede ser algo muy impor­tante en nuestra vida cotidiana. En el matrimonio, por ejemplo, existe generalmente un componente de apego emocional. Pero si interviene también la verdadera compasión, basada en el respeto mutuo como seres humanos, el matrimonio tiende a durar mucho tiempo. En el caso del apego emocional sin compasión, en cambio, el matrimonio es más inestable, con tendencia a fracasar.

Esa compasión universal, divorciada del sentimiento personal me parecía una exigencia excesiva.

-Pero el amor o la compasión es un sentimiento subjetivo. Creo que el tono del sentimiento sería el mismo, tanto si se «matiza con ape­go» como si es «verdadero». ¿Por qué es importante hacer una dis­tinción?

El Dalai Lama me contestó con firmeza.

-En primer lugar, creo que hay diferencias entre el amor genuino, o compasión, y el amor basado en el apego. No es el mismo sentimien­to. La verdadera compasión es mucho más fuerte, amplia y profunda. El amor y la compasión verdaderos también son más estables, más fiables. Por ejemplo, ves a un animal sufriendo intensamente, como un pez que se debate con el anzuelo en la boca, y no puedes soportar su dolor. No se debe a ninguna conexión especial con ese animal un sentimiento que se expresaría con: «Ese animal es mi amigo». En este caso, tu compasión surge simplemente del reconocimiento de que ese otro ser también tiene sentimientos, también experimenta dolor y tie­ne derecho a no sufrir. Así pues, esa compasión, no mezclada con el deseo o el apego, es mucho más sana y perdurable.

Seguí ahondando un poco más en el tema.

-En su ejemplo de ver sufrir intensamente a un pez, plantea una cuestión vital, asociada Con la incapacidad de soportar su dolor. -Sí -contestó el Dalai Lama-. En cierto sentido, podría defi­nirse la compasión como el sentimiento de no poder soportar el sufri­miento de otros seres sensibles. y para generar ese sentimiento se tiene que haber apreciado antes la gravedad o la intensidad del sufrimien­to del otro. Así pues, creo que cuanto más plenamente comprenda­mos el sufrimiento, tanto más profunda será nuestra capacidad de compasión.

-Bien -dije, dispuesto a abordar lo esencial-, sin duda una mayor conciencia del sufrimiento del otro puede intensificar nuestra capacidad para la compasión. De hecho, la compasión supone, por de­finición, abrirse al sufrimiento del otro, compartirlo. Pero hay una cuestión más básica: ¿por qué deseamos asumir el sufrimiento del otro cuando ni siquiera queremos soportar el propio? La mayoría de no­sotros hace todo lo posible para evitar el dolor, hasta el punto de to­mar drogas, por ejemplo. Entonces, ¿por qué asumir deliberadamen­te el sufrimiento de otro?

El Dalai Lama me contestó sin vacilación.

-Creo que hay una diferencia cualitativa. -Hizo una pausa y lue­go, como si se hubiera percatado sin esfuerzo de mis sentimientos, continuó-: Al pensar en nuestro sufrimiento, nos sentimos abruma­dos, como si soportáramos una pesada carga, e impotentes. Hay un cierto desánimo, como si nuestras facultades se debilitaran.

»Al generar compasión, en cambio, al asumir el sufrimiento de otro, también se puede experimentar inicialmente un cierto grado de inco­modidad, una sensación de que aquello es insoportable. Pero, el senti­miento es muy diferente porque, por debajo de la incomodidad, hay un grado muy alto de alerta y determinación, ya que se asume voluntaria y deliberadamente el sufrimiento del otro con un propósito elevado. Aparece un sentimiento de conexión y compromiso, la voluntad de abrirse a los demás, una sensación de frescura en lugar de desánimo. Recuerda la situación de un atleta. Mientras se halla sometido a un entrenamiento riguroso, el atleta sufre mucho, trabaja, suda, se es­fuerza. Puede ser una experiencia dolorosa y agotadora. Pero él no la ve como tal, sino que la asume como una experiencia asociada con un sentido: el goce. Si esa persona, sin embargo, se viera sometida a cual­quier otro trabajo físico que no formara parte de su entrenamiento - pensaría: "¿Por qué tengo que someterme a este suplicio?". Así pues, en la actitud mental radica la gran diferencia.

Estas palabras, pronunciadas con tanta convicción, me elevaron desde un sentimiento de agobio hasta otro relacionado con la posibi­lidad de la resolución del sufrimiento o de su trascendencia.

-Ha dicho que el primer paso para generar esa clase de compa­sión era la apreciación del sufrimiento. Pero ¿no existe alguna otra técnica budista para aumentar la compasión?

-Sí. En la tradición del budismo Mahayana, por ejemplo, encon­tramos dos. Se las conoce como el «método de los siete puntos de causa-efecto» y el «intercambio e igualdad de uno mismo con los de­más». Esta última se encuentra en el octavo capítulo de Guía del esti­lo de vida del Bodhisattva, de Shantideva. -Miró el reloj, dándose cuenta de que se nos acababa el tiempo-. A finales de esta semana, durante las charlas, practicaremos algunos ejercicios o meditaciones sobre la compasión.
El verdadero valor de la vida humana
-Hemos estado hablando sobre la importancia de la compasión -empecé a decir-, acerca de su convicción de que el afecto y la cor­dialidad son absolutamente necesarios para la felicidad. Pero suponga­mos que un rico hombre de negocios se le acerca y le dice: «Su Santidad, decís que la benevolencia y la compasión son actitudes decisivas en la búsqueda de la felicidad. Pero resulta que no soy por naturaleza una persona muy cálida o afectuosa. Para ser francos, no me siento particularmente compasivo o altruista. Tiendo a ser más bien racional, práctico y quizá intelectual, no experimento emociones de aquella cla­se. No obstante, me siento a gusto y feliz con mi vida. Tengo un nego­cio de mucho éxito, buenos amigos, me ocupo de mi esposa y de mis hijos y creo mantener buenas relaciones con ellos. No tengo la impre­sión de que me falte nada. Desarrollar compasión y altruismo me pa­rece muy bien, pero ¿de qué me sirve? Todo eso me parece demasiado sentimental».

-En primer lugar -replicó el Dalai Lama-, si una persona me dijera eso dudaría que fuera realmente feliz en lo más profundo de sí. Estoy convencido de que la compasión constituye la base de la supervivencia humana, el verdadero valor de la vida humana y que, sin ella, nos falta una pieza fundamental. Una fuerte sensibilidad ante los sen­timientos de los demás es producto del amor y la compasión, y sin ella el hombre de su ejemplo tendría problemas para relacionarse con su esposa. Si mantuviera realmente esa actitud de indiferencia ante el sufrimiento y los sentimientos de los demás, aunque fuera multimillo­nario, tuviera una buena educación, una familia y se hallara rodeado de amigos ricos y poderosos, lo positivo en su vida sería sólo super­ficial.

»Pero si continuara ajeno a la compasión, y creyendo que no le falta nada..., resultaría un tanto difícil ayudarle a comprender la im­portancia de ella...

El Dalai Lama se interrumpió para reflexionar. Sus pausas a lo largo de nuestra conversación no creaban un silencio incómodo en­tre nosotros, pues parecían dar más peso y significado a sus palabras cuando se reanudaba la conversación.

-Volviendo a su ejemplo, puedo señalar varias cosas. En primer lugar, le sugeriría a ese hombre que reflexionara sobre su propia ex­periencia. Se daría cuenta de que si alguien lo trata con compasión y afecto le hace feliz. Así pues, y sobre la base de esa experiencia, podría darse cuenta de que los demás también se sienten felices cuando se les demuestra afecto y compasión. En consecuencia, reconocer este he­cho contribuiría a que fuera más respetuoso con la sensibilidad de los demás y a inclinarlo hacia la compasión. Al mismo tiempo, descubri­ría que cuanto más afecto se ofrece a los demás, tanto más afecto se recibe. No creo que tardara mucho en darse cuenta de eso. Y, como consecuencia, en su vida la confianza mutua y la amistad tendrían ba­ses sólidas.

»Supongamos ahora que ese hombre tuviera toda clase de pose­siones materiales, se viera rodeado de amigos, se sintiera seguro y su familia estuviera satisfecha de disfrutar de una vida cómoda. Es con­cebible que, hasta cierto punto e incluso sin recibir afecto, el hombre no experimentara la sensación de que le falta algo. Pero si creyera que todo está bien, que no hay verdadera necesidad de desarrollar com­pasión, le diría que ese punto de vista se debe a la ignorancia y a la es­trechez de miras. Aunque pareciera que los demás se relacionan con él plenamente, en realidad podrían verse influidos por su riqueza y su poder. Así que, en cierto modo, aunque no recibieran afecto de él, qui­zá se sintieran satisfechos y no esperaran más. Pero si la fortuna de este hombre declinara, la relación se debilitaría. Entonces él empeza­ría a valorar el calor humano y sufriría.

»No obstante la compasión es algo con lo que se puede contar, y aunque se tengan problemas económicos o la buena fortuna dismi­nuya, se seguiría teniendo algo que compartir con los semejantes. Las economías mundiales son siempre poco sólidas, y estamos expuestos a muchas pérdidas en la vida, pero la actitud compasiva es algo que siempre podemos llevar con nosotros. Entró un asistente vestido con una túnica marrón y sirvió silen­ciosamente el té, mientras el Dalai Lama seguía hablando. -Claro que al intentar explicarle a alguien la importancia de la compasión podemos encontrarnos con una persona muy endurecida, individualista y egoísta, alguien preocupado únicamente por sus inte­reses. Y hasta es posible que haya personas incapaces de experimen­tar empatía. No obstante, incluso a esas personas es posible señalar­les la importancia de la compasión y el amor, argumentando que es la mejor forma de satisfacer sus propios intereses. Esas personas desean disfrutar de buena salud, vivir mucho tiempo y tener paz mental, feli­cidad y alegría. Y tengo entendido que hay pruebas científicas de que se pueden alcanzar mediante el amor y la compasión... Pero, como médico, como psiquiatra, quizá sepa usted más que yo sobre eso.

-Sí -asentí-. Creo que hay pruebas científicas que apoyan las afirmaciones sobre los beneficios físicos y emocionales de los estados mentales compasivos.

-En tal caso, creo que eso animaría ciertamente a algunas perso­nas a cultivar dicho estado mental-comentó el Dalai Lama-. Pero dejando al margen esos estudios científicos, hay argumentos que la gente podría extraer de sus experiencias cotidianas. Se podría seña lar, por ejemplo, que la falta de compasión conduce a una cierta cruel­dad. Muchos ejemplos revelan que en el fondo las personas crueles son infelices, como Stalin y Hitler. Sufren una angustiosa sensación de inseguridad y temor, incluso mientras duermen... Les falta algo que sí puede encontrarse en una persona compasiva, como la sensación de libertad, de abandono, que les permite relajarse cuando duermen. La gente cruel no tiene nunca esa experiencia. Están siempre agobia­das por algo, no pueden dejarse llevar, no se sienten libres.

»Aunque no hago sino especular -siguió diciendo-, yo diría que si se le preguntara a esas personas crueles: "¿ Cuándo se sintió más feliz, durante la infancia, mientras su madre le cuidaba, y estaba ínti­mamente unido a su familia, o ahora que tiene más poder, influencia y posición?", contestarían que su infancia fue más agradable. Creo que hasta Stalin fue querido por su madre durante su infancia.

-Stalin -observé- ha sido un ejemplo perfecto de las consecuen­cias de vivir sin compasión. Es sabido que los dos rasgos principales que caracterizaron su personalidad fueron la crueldad y el recelo. El consideraba la crueldad una virtud y se puso el apodo de Stalin, que significa «hombre de acero». Con los años se tornó cada vez más cruel. Su actitud recelosa llegó a ser legendaria. Ordenó purgas masi­vas y campañas contra diversos grupos, con el resultado de millones de personas recluidas en campos de concentración. A pesar de todo, él seguía viendo enemigos por todas partes. Poco antes de su muerte le dijo a Nikita Jruschev: «No confío en nadie, ni siquiera en mí mismo». Al final, se revolvió incluso contra su personal más fiel. y está claro que cuanto más cruel y poderoso era, más desdichado se sentía. Un amigo dijo que al final el único rasgo humano que le quedaba era la infelicidad. y su hija Svetlana describió cómo se veía agobiado por la soledad y el vacío interior, hasta el punto de que ya no creía que los demás fueran capaces de ser sinceros o de tener un corazón cálido.

»En cualquier caso, sé que sería muy difícil comprender a personas como Stalin y por qué hicieron cosas terribles. Pero vemos que inclu­so estas personas extremadamente crueles miran hacia atrás con nos­talgia, al recordar los aspectos más agradables de su infancia, como el amor que recibieron de sus madres. Y, sin embargo, ¿dónde deja eso a las personas que no vivieron infancias agradables ni tuvieron ma­dres cariñosas? ¿Qué decir entonces de las personas que fueron mal­tratadas? Estamos hablando de la compasión, así que para que la gen­te desarrolle capacidad para ella, ¿no le parece necesario que hayan sido criados por personas que les demostraran calor y afecto?

-Sí, creo que eso es importante -convino el Dalai Lama. Hizo girar el rosario entre los dedos, con movimientos ágiles-. Hay algu­nas personas que, ya desde el principio, han sufrido mucho y les ha faltado el afecto de los demás, y más tarde parecen no tener capaci­dad para la compasión y el afecto; son personas cuyo corazón se ha endurecido y son brutales...

El Dalai Lama se detuvo de nuevo y, durante un rato, pareció re­flexionar profundamente sobre el tema. Al inclinarse sobre el té, los contornos de sus hombros sugirieron que se hallaba profundamente sumido en sus pensamientos. Tomó el té en silencio. Finalmente, se encogió de hombros, como si reconociera que no había encontrado la solución.

-¿Cree entonces que las técnicas para aumentar la empatía y de­sarrollar la compasión no serían útiles en personas con tales antece­dentes? -le pregunté.

-En general esas técnicas siempre han tenido efectos beneficio­sos, pero es posible que en algunos casos sean ineficaces... -¿ Y las técnicas específicas que aumentan la compasión, a las que antes se refería? -le interrumpí, tratando de clarificar las cosas. -Precisamente de eso es de lo que estábamos hablando. En primer lugar, el aprendizaje y la comprensión clara del valor de la compasión permiten alcanzar sentimientos de estar convencidos y decididos a practicarla. A continuación se emplean los métodos para aumentar la empatía, como la imaginación, la creatividad, imaginarse en la si­tuación del otro. Esta semana, en las charlas, hablaremos de ciertas prácticas, como el Tong-Len, que sirven para fortalecer la compasión. Pero creo que es importante recordar que nunca se esperó que estas técnicas pudieran ayudar a todos sin excepción.

»Lo que importa es que la gente realice un esfuerzo sincero por desarrollar su capacidad de compasión. El grado de desarrollo que alcancen depende, desde luego, de muchas variables. Pero si se es­fuerzan por ser amables, por cultivar la compasión y conseguir que el mundo sea un lugar mejor, al final del día podrán decirse: "¡Al me­nos he hecho lo que he podido!".
Los beneficios de la compasión
En años recientes muchos estudios apoyan la conclusión de que el desarrollo de la compasión y el altruismo tiene un efecto positivo so­bre nuestra salud física y emocional. En un conocido experimento, David McClelland, psicólogo de la Universidad de Harvard, mostró a un grupo de estudiantes una película sobre la Madre Teresa traba­jando entre los enfermos y los pobres de Calcuta. Los estudiantes de­clararon que la película había estimulado sus sentimientos de compa­sión. Más tarde, se analizó la saliva de los estudiantes y se descubrió un incremento en el nivel de inmunoglobulina A, un anticuerpo que ayu­da a combatir las infecciones respiratorias. En otro estudio realizado por ]ames House en el Centro de Investigación de la Universidad de Michigan, los investigadores descubrieron que realizar trabajos de voluntariado con regularidad, interactuar con los demás en términos de benevolencia y compasión, aumentaba espectacularmente las expec­tativas de vida y, probablemente, también la vitalidad general. Mu­chos investigadores del nuevo campo de la medicina mente-cuerpo han realizado descubrimientos similares y concluido que los estados mentales positivos pueden mejorar nuestra salud física.

Además de los efectos beneficiosos que tiene sobre la salud física, hay pruebas de que la compasión y el cuidado de los demás Contribu­yen a mantener una buena salud emocional. Abrirse para ayudar a los demás induce una sensación de felicidad y serenidad. En un estudio realizado a lo largo de treinta años con un grupo de graduados de Harvard, el investigador George Vaillant llegó a la conclusión de que un estilo de vida altruista constituye un componente básico de una buena salud mental. En una encuesta de Allan Luks, realizada entre varios miles de personas que participaban regularmente en activida­des de voluntariado, declaró tener más del 90 por ciento, una sensa­ción de «entusiasmo» asociado con la actividad, caracterizado por un incremento de energía y autoestima y una especie de euforia. El vo­luntariado no sólo proporcionaba una interacción que era emocio­nalmente nutritiva, sino también esa «serenidad del que ayuda», vin­culada con el alivio de perturbaciones derivadas del estrés.

Aunque las pruebas científicas apoyan claramente la postura del Dalai Lama acerca del valor de la compasión, no hay necesidad de acu­dir a experimentos y encuestas para confirmar la corrección de su punto de vista. Podemos descubrir los estrechos vínculos que existen entre compasión y felicidad en nuestras vidas y las vidas de quienes nos rodean. Joseph, un contratista de la construcción de sesenta años, a quien conocí hace unos años, es un buen ejemplo de ello. Durante treinta años, Joseph se aprovechó de las ventajas de la expansión apa­rentemente ilimitada que se produjo en Arizona, y se convirtió en multimillonario. A finales de la década de 1980, sin embargo, se pro­dujo la crisis inmobiliaria más grande de la historia del estado. Joseph estaba fuertemente endeudado y lo perdió todo. Sus problemas finan­cieros crearon fuertes tensiones entre él y su esposa, que finalmente lle­varon al divorcio después de veinticinco años de matrimonio. Joseph empezó a beber en exceso. Afortunadamente, pudo dejarlo con la ayu­da de Alcohólicos Anónimos. Como parte de su programa, ayudó a otros alcohólicos a rehabilitarse. Descubrió entonces que disfrutaba con la actividad de voluntario. Dedicó sus conocimientos empresa­riales a ayudar a los económicamente deprimidos. Al hablar de la vida que llevaba, Joseph señaló:

-Ahora soy propietario de un pequeño negocio de albañilería con unos ingresos modestos, y ya no volveré a ser tan rico como an­tes. Lo más extraño de todo, sin embargo, es que no añoro aquella prosperidad. Dedico mi tiempo a actividades de voluntariado para di­ferentes grupos, a trabajar directamente con la gente, a ayudarlas lo mejor que puedo. Actualmente, disfruto más en un solo día que antes en un mes, cuando ganaba mucho dinero. Nunca he sido tan feliz.



Meditación sobre la compasión

Fiel a su palabra, el Dalai Lama terminó su ciclo de conferencias en Arizona con una meditación sobre la compasión. Fue un sencillo ejercicio. No obstante, pareció sintetizar poderosa y elegantemente su análisis previo.

-Al generar compasión, se empieza por reconocer que no se de­sea el sufrimiento y que se tiene el derecho a alcanzar la felicidad. Eso es algo que puede verificarse con facilidad. Se reconoce luego que las demás personas, como uno mismo, no desean sufrir y tienen dere­cho a alcanzar la felicidad. Eso se convierte en la base para empezar a generar compasión.

»Así pues, meditemos hoy sobre la compasión. Empecemos por visualizar a una persona que está sufriendo, a alguien que se en­cuentra en una situación dolorosa, muy infortunada. Durante los tres primeros minutos de la meditación, reflexionemos sobre el sufri­miento de ese individuo de forma analítica, pensemos en su intenso sufrimiento y lo infeliz de su existencia. Después tratemos de relacio­narlo con nosotros mismos, pensando; "Ese individuo tiene la misma capacidad que yo para experimentar dolor, alegría, felicidad y sufri­miento". A continuación, tratemos de que surja en nosotros un senti­miento natural de compasión hacia esa persona. Intentemos llegar a una conclusión, pensemos en lo fuerte que es nuestro deseo de que esa persona se vea libre de su sufrimiento. Tomemos la decisión de ayu­darla a sentirse aliviada. Finalmente, concentrémonos en esa resolución y durante los últimos minutos de la meditación, tratemos de ge­nerar un estado de compasión y de amor en nuestra mente.

Tras decir esto, el Dalai Lama adoptó una postura de meditación, con las piernas cruzadas, y permaneció completamente inmóvil. Se produjo un intenso silencio. Era emocionante estar sentado entre la multitud aquella mañana. Imagino que ni siquiera el individuo más endurecido pudo evitar sentirse conmovido al verse rodeado por milquinientas personas que concentraban su pensamiento en la compasión. Al cabo de unos pocos minutos, el Dalai Lama inició un cántico tibetano en tono bajo, con una voz profunda y melódica, que se rom­pía, descendía suavemente y consolaba.

Tercera parte

Transformación

del sufrimiento
8 Afrontar el sufrimiento
EN TIEMPOS DE BUDA, murió el único hijo de una mujer llamada Kisagotami. Incapaz de aceptar aquello, la mujer corrió de una persona a otra en busca de una medicina que devolviera la vida a su hijo. Le dijeron que Buda la tenía.

Kisagotami fue a ver a Buda, le rindió homenaje y preguntó: -¿Puedes preparar una medicina que resucite a mi hijo? -Conozco esa medicina -contestó Buda-. Pero para preparar­la necesito ciertos ingredientes.

-¿Qué ingredientes? -preguntó la mujer, aliviada.

- Tráeme un puñado de semillas de mostaza -le dijo Buda. La mujer le prometió que se las procuraría, pero antes de que se marchase, Buda añadió: -Necesito que las semillas de mostaza procedan de un hogar don­de no haya muerto ningún niño, cónyuge, padre o sirviente. La mujer asintió y empezó a ir de casa en casa, en busca de las se­millas. En todas las casas que visitó, la gente se mostró dispuesta a darle las semillas, pero al preguntar ella si en la casa había muerto al­guien, se encontró con que todas las casas habían sido visitadas por la muerte; en una había muerto una hija, en otra un sirviente, en otras el marido, o uno de los padres. Kisagotami no pudo hallar un hogar don­de no se hubiera experimentado el sufrimiento de la muerte. Al darse cuenta de que no estaba sola en su dolor, la madre se desprendió del cuer­po sin vida de su hijo y fue a ver a Buda, quien le dijo con gran compasión:

-Creíste que sólo tú habías perdido un hijo; la ley de la muerte es que no hay permanencia entre las criaturas vivas.
La búsqueda de Kisagotami le enseñó que nadie se libra del sufri­miento y la pérdida. Ella no era una excepción. Esa comprensión no eliminó el sufrimiento inevitable que comporta toda pérdida, pero redujo el que deriva de luchar contra ese triste hecho.

Aunque el dolor y el sufrimiento son fenómenos humanos univer­sales, eso no hace que sea fácil aceptarlos. Los seres humanos han di­señado un vasto repertorio de estrategias para evitarlos. A veces uti­lizamos medios externos, como sustancias químicas, eliminando o reduciendo nuestro dolor con drogas y alcohol. También disponemos de mecanismos internos, de defensas psicológicas, a menudo incons­cientes, que nos protegen de dolores y angustias excesivos. En ocasio­nes, esos mecanismos de defensa pueden ser bastante primitivos, como negarnos a reconocer que existe un problema. En otras ocasiones, lo reconocemos vagamente, sumergidos en distracciones o entreteni­mientos. O incapaces de aceptar que tenemos un problema, lo proyec­tamos inconscientemente sobre los demás y los acusamos de ocasio­narnos sufrimiento. «Sí, me siento muy desdichado. Pero me sentiría bien si no fuera por ese jefe desquiciado que me persigue.»

El sufrimiento sólo se puede evitar temporalmente. Pero, al igual que una enfermedad que se deja sin tratar (o que se trata superficial­mente con una medicación que se limita a enmascarar los síntomas), invariablemente se encona y empeora. Las drogas o el alcohol alivian nuestro dolor durante un tiempo, pero con su uso continuado el daño físico a nuestros cuerpos y el daño social a nuestras vidas puede pro­vocar mucho más sufrimiento que la difusa insatisfacción o el agudo dolor emocional que nos indujeron a consumir esas sustancias. Las de­fensas psicológicas, como la negación o la represión, pueden aliviar el dolor, pero el sufrimiento no desaparece por ello.

Randa perdió a su padre hace poco más de un año, a causa del cáncer. Estaba muy compenetrado con él, y todos se sorprendieron al observar lo bien que sobrellevaba su desaparición.

-Pues claro que me siento triste -explicaba con un tono estoi­co-. Pero me encuentro bien. Lo echo de menos, pero la vida sigue y de todos modos no puedo pensar en su pérdida. Tengo que ocu­parme del funeral, de mi madre y de las propiedades... Pero me irá bien -le decía tranquilizadoramente a todos.

Un año más tarde, sin embargo, poco después del primer aniver­sario de la muerte de su padre, Randall empezó a experimentar una grave depresión. Acudió a verme y explicó:

-No comprendo qué me está causando esta depresión. Todo pare­ce ir bien en estos momentos. No puede ser por la muerte de mi padre, porque eso ocurrió hace más de un año y ya lo tengo asumido.

Sin embargo, con muy pocas sesiones de terapia quedó claro que los esfuerzos que realizaba por dominar sus emociones, para «ser fuer­te», le habían impedido afrontar plenamente sus sentimientos de do­lor y pérdida, que siguieron creciendo hasta manifestarse en una de­presión abrumadora que sí se vio obligado a afrontar.

En el caso de Randall, su depresión desapareció con bastante rapi­dez en cuanto enfocamos la atención sobre su dolor y sentimientos de pérdida y pudo asumirlos. En ocasiones, sin embargo, nuestras estra­tegias inconscientes para soslayar conflictos se hallan mucho más profundamente enraizadas y es difícil sacarlas a la luz. Casi todos conocemos a alguien que evita los problemas proyectándolos sobre los demás, atribuyendo a los otros sus propios defectos. Ciertamente, no es un método adecuado para eliminar los problemas, y por lo general condena a una vida de infelicidad.

El Dalai Lama habló del sufrimiento humanó y la necesidad de aceptado como un hecho natural de la existencia humana.

-En nuestras vidas abundan los problemas. Los mayores son los que no podremos evitar, como el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. No pensar en ellos puede aliviamos temporalmente, pero creo que existe un enfoque mejor. Si se afronta directamente el sufri­miento, se estará en mejor posición para apreciar la profundidad y la naturaleza del problema. Si en una batalla se desconocen las caracte­rísticas del enemigo y su capacidad de combate, nos veremos parali­zados por el temor.

Este enfoque era claramente razonable pero, con el deseo de ahon­dar un poco más en el tema, pregunté: -Sí, pero ¿y si se afronta directamente un problema y se descubre que no hay solución? Eso es bastante duro de aceptar. -Sigo creyendo que es mucho mejor -contestó él con espíritu marcial-. Por ejemplo, pueden considerarse negativos e indeseables el envejecimiento y la muerte, y tratar de olvidarlos. Pero terminarán por llegar, inevitablemente. y si has evitado pensar en ello, cuando estén ahí, se producirá una conmoción que causará una insoportable inquietud mental. No obstante, si dedicas algún tiempo a pensar en la vejez, la muerte y otras cosas infortunadas, tu mente tendrá más es­tabilidad cuando esas cosas acontezcan, puesto que ya te habrás fa­miliarizado con su naturaleza.

»Ésa es la razón por la que creo que puede ser útil prepararse, fa­miliarizarse con el sufrimiento. Por utilizar de nuevo la analogía de la batalla, reflexionar sobre el sufrimiento puede verse como un ejercicio militar. La gente que nunca ha oído hablar de la guerra, de cañones y bombardeos, podría llegar a desmayarse si tuviera que entrar en com­bate. Pero, por medio de los ejercicios militares, se familiariza con lo que puede suceder, de modo que, en el caso de que estalle una guerra, las cosas no le serán tan duras.

-Bueno, no creo que familiarizarnos con el sufrimiento que pue­de sobrevenir tenga algún valor para reducir el temor y el recelo; sigo pensando que, a veces, ciertos dilemas no nos presentan ninguna otra opción que el sufrimiento. ¿Cómo podemos evitar preocupamos en tales circunstancias?

-¿ Un dilema? Por ejemplo, ¿cuál? Pensé un momento.

-Bueno, digamos, por ejemplo, que una mujer está embarazada y le practican una amniocentesis o un sonograma y descubren que el niño tendrá un grave defecto de nacimiento, como una disfunción mental o física extremadamente grave. La mujer se angustia, porque no sabe qué hacer. Puede abortar y salvar así al bebé de una vida de sufrimiento, pero entonces ella se enfrentará al dolor de la pérdida y quizá a sentimientos de culpabilidad. También puede dejar que la naturaleza siga su curso y tener el bebé. Pero entonces quizá tenga que enfrentarse a una vida llena de sufrimientos por la enfermedad del niño.

El Dalai Lama me escuchó atentamente mientras hablaba. Luego me contestó con un tono un tanto melancólico.

-Esa clase de problemas son realmente muy difíciles, tanto si los abordamos desde una perspectiva occidental como budista. Por lo que se refiere a su ejemplo, nadie sabe realmente qué será lo mejor a largo plazo. Aunque un niño nazca con un defecto, es posible que a lar­go plazo sea mejor para la madre, la familia o incluso el propio niño. Pero también existe la posibilidad de que, teniendo en cuenta las con­secuencias a largo plazo, sea mejor abortar. Pero ¿quién decide una cosa así? Es muy difícil decirlo. Incluso desde el punto de vista budis­ta, esa clase de juicio se encuentra fuera del alcance de nuestra capa­cidad racional. -Hizo una pausa, antes de añadir-: En esas situa­ciones las convicciones juegan un papel determinante.

Permanecimos en silencio. Luego, tras sacudir la cabeza, dijo final­mente:

-Podemos preparamos para el sufrimiento, al menos hasta cierto punto, recordando que a veces nos encontraremos con situaciones muy complicadas. Uno puede prepararse mentalmente. Pero tampo­co habría que olvidar el hecho de que eso no resuelve el problema. Es posible que te ayude mentalmente a afrontarlo, que reduzca el temor pero el problema sigue ahí. Su ejemplo lo ilustra muy bien.

Percibí una nota de tristeza en su voz, pero la melodía fundamen­tal no era la desesperanza. Durante un minuto largo, el Dalai Lama guardó silencio: sin dejar de mirar por la ventana, como si buscara algo en el mundo. Finalmente, continuó:

-El sufrimiento forma parte de la vida. Tenemos una tendencia natural a odiar nuestro sufrimiento y nuestros problemas. Pero creo que, habitualmente, las personas no ven la naturaleza de nuestra existencia como caracterizada por el sufrimiento... -De repente, el Da­lai Lama se echó a reír-. En los cumpleaños, la gente suele decir: «Feliz cumpleaños! », cuando, en realidad, el día en que naciste fue el día en que empezaste a sufrir. Pero nadie dice: «¡Feliz aniversario del comienzo del sufrimiento!» -bromeó.

»Al aceptar que el sufrimiento forma parte de nuestra existencia se pueden empezar a examinar los factores que normalmente dan lugar a sentimientos de insatisfacción e infelicidad. En términos gene­rales, por ejemplo, te Sientes feliz si tú o personas cercanas a ti reciben alabanzas, consiguen fama, fortuna y otras cosas agradables. Y uno se siente desdichado y descontento si no se tienen esas cosas o si las al­canza un enemigo. Sin embargo, al considerar tu vida cotidiana, des­cubres a menudo que son muchos los factores que causan dolor sufri­miento y sentimientos de insatisfacción, mientras que las situaciones que dan lugar a la alegría y la felicidad son comparativamente raras. Eso es algo por lo que tenemos que pasar, tanto si nos gusta como si no. y puesto que ésta es la realidad de nuestra existencia, es posible que haya que modificar nuestra actitud hacia el sufrimiento. Esa acti­tud es muy importante porque determinará nuestra forma de afrontar el sufrimiento cuando llegue. Ahora bien, la actitud habitual consiste en una aversión e intolerancia intensas hacia nuestro dolor. Sin em­bargo, si pudiéramos adoptar una actitud que nos permitiera una mayor tolerancia, eso contribuiría mucho a contrarrestar los senti­mientos de infelicidad, de insatisfacción y de descontento.

"Para mí, personalmente, la práctica más efectiva para tolerar el sufrimiento consiste en ver y comprender que el sufrimiento es la na­turaleza fundamental del Samsara, (' Samsara (sánscrito) es un estado de la existencia caracterizado por intermi­nables ciclos de vida, muerte y renacimiento. Este término también se refiere a nuestro estado ordinario de existencia, caracterizado por el sufrimiento. Todos los seres permanecen en este estado, a consecuencia de las impronta s kármicas de ac­ciones pasadas y de estados «engañosos» de la mente, hasta que se eliminan todas las tendencias negativas de la mente y se alcanza un estado de liberación.) ':. de la existencia no iluminada. Cuando se experimenta un dolor surge un sentimiento de rechazo. Pero si en ese momento puedes contemplar la situación desde otro án­gulo y darte cuenta de que este cuerpo... -se palmeó un brazo como demostración- es la base misma del sufrimiento, eso reduce el re­chazo, ese sentimiento de que, de algún modo, no mereces sufrir, de que eres una víctima. Una vez que comprendes y aceptas esta realidad, llegas a experimentar el sufrimiento como algo bastante natural.

»Así, por ejemplo, al recordar el sufrimiento por el que ha tenido que pasar el pueblo tibetano, podría uno sentirse abrumado, pregun­tándose: "¿ Cómo ha podido ocurrir esto?" . Pero, desde otro ángulo, se puede reflexionar sobre el hecho de que el Tíbet también se en­cuentra en pleno Samsara, como el planeta y toda la galaxia.

Se echó a reír.

-En cualquier caso, creo que percibir la vida como un todo tiene un papel importante en la actitud que se asuma ante el sufrimiento. Si tu perspectiva básica, por ejemplo, es que el sufrimiento es negativo y tiene que ser evitado a toda costa y que, en cierto sentido, es una señal de fracaso, padecerás ansiedad e intolerancia y cuando te encuentres en circunstancias difíciles, te sentirás abrumado. Por otro lado, si tu perspectiva acepta que el sufrimiento es una parte natural de la exis­tencia, serás indudablemente más tolerante ante las adversidades de la vida. Sin un cierto grado de tolerancia hacia el propio sufrimiento, la vida se convierte en algo miserable, como una mala noche eterna.

-Me parece que cuando dice que la naturaleza fundamental de la existencia es el sufrimiento, algo básicamente insatisfactorio, expre­sa un punto de vista bastante pesimista, realmente descorazonador. El Dalai Lama se apresuró a replicar:

-Al hablar de la naturaleza insatisfactoria de la existencia, hay que comprender que lo hago en el contexto del camino budista gene­ral. Estas reflexiones tienen que comprenderse en su verdadero con­texto; si no se hace, estoy de acuerdo en que puede ser interpretado erróneamente y considerado bastante pesimista y negativo. En con­secuencia, es importante comprender la postura budista respecto al sufrimiento. Lo primero que Buda enseñó fue el principio de las cua­tro nobles verdades, la primera de las cuales es la verdad del sufri­miento. Y aquí se hace hincapié en la toma de conciencia de la natu­raleza humana.

»Lo que hay que tener en cuenta es que la importancia de la refle­xión sobre el sufrimiento deriva de la posibilidad de abandonado, porque hay otra opción. Existe la posibilidad de liberarnos del sufrimiento. Al eliminar sus causas, es posible liberarse de él. Según el pen­samiento budista, las causas profundas del sufrimiento son la igno­rancia, el anhelo y el odio, a las que se llama "los tres venenos de la mente". Estos términos tienen connotaciones específicas utilizados en un contexto budista. "Ignorancia", por ejemplo, no se refiere a la falta de información, sino más bien a una falsa percepción de la verdadera naturaleza del ser y de todos los fenómenos. Al generar una percep­ción de la verdadera naturaleza de la realidad y eliminar los estados negativos de la mente como el anhelo y el odio, se puede alcanzar un estado completamente purificado de la mente, libre del sufrimiento. En un contexto budista, al reflexionar sobre el hecho de que el sufri­miento caracteriza la existencia cotidiana, nos estimulamos a realizar prácticas que eliminarán sus causas profundas. De otro modo, si no hubiera esperanza o posibilidad de liberarnos del sufrimiento, la sim­ple reflexión sobre el mismo sería enfermiza y, por tanto, bastante negativa.

Mientras hablaba, empecé a percatarme de que reflexionar sobre nuestra «naturaleza sufriente» podía ayudarnos a aceptar las inevi­tables penas de la vida, que podía ser incluso un método valioso para situar nuestros problemas cotidianos en la debida perspectiva. Em­pecé así a ver el sufrimiento dentro de un contexto más amplio, como parte de un camino espiritual más grande, sobre todo si se tiene en cuenta la doctrina budista, que reconoce la posibilidad de purificar la mente y, en último término, alcanzar un estado en el que no hay más sufrimiento. Pero, alejándome de estas grandiosas especulaciones fi­losóficas, sentí gran curiosidad por saber cómo afrontaba el Dalai Lama el sufrimiento, cómo abordaba la perdida de un ser querido, por ejemplo.

La primera vez que visité Dharamsala, hace muchos años, pude co­nocer al hermano mayor del Dalai Lama, Lobsang Samden. Le llegué a tomar cariño y me entristeció mucho su muerte. Sabedor de que él y el Dalai Lama habían estado muy unidos, comenté:

-Imagino que la muerte de su hermano Lobsang debió de ser muy dura para usted...

-Sí.


-Me preguntaba cómo la afrontó.

-Naturalmente, me sentí muy triste al enterarme de su muerte -contestó con serenidad. -¿Y cómo asumió ese sentimiento de tristeza? ¿Hubo algo en particular que le ayudara a superarlo? -No lo sé -contestó, pensativo-. Experimenté ese sentimiento de tristeza durante algunas semanas, pero luego, gradualmente, fue de­sapareciendo. Había, sin embargo, un sentimiento de pesar.

-¿De pesar?

-Sí. Yo no estaba presente cuando murió y creo que si hubiera estado allí, quizá podría haber hecho algo para ayudar. De ahí procede ese sentimiento de pesar.

Toda una vida dedicada a contemplar la inevitabilidad del sufri­miento humano pudo haber ayudado al Dalai Lama a aceptar Su pér­dida, pero no le convirtió en un individuo frío y sin emociones, dota­do de una inexorable resignación ante el sufrimiento; la tristeza de su voz revelaba profundos sentimientos. Al mismo tiempo, sin embargo, su candor y franqueza, totalmente desprovistos de autoconmiseración o remordimiento, mostraban a un hombre que había aceptado plenamente su pérdida.

Ese mismo día, nuestra conversación se prolongó hasta bien entra­da la tarde. Cuchilladas de luz dorada atravesaban la semipenumbra. Un ambiente de melancolía inundaba la habitación y me hizo saber que nuestra conversación se acercaba a su término. Confiaba, sin em­bargo, en obtener algún consejo adicional para asumir la muerte de un ser querido, aparte de limitarse a aceptar la inevitabilidad del sufri­miento.

No obstante, cuando ya me disponía a hablar, me pareció que es­taba un tanto distraído y observé una sombra de cansancio alrededor de sus ojos. Poco después, su secretario entró silenciosamente y me di­rigió aquella mirada afilada por los años que indicaba que había llegado el momento de marcharse.

-Si... -dijo el Dalai Lama como si pidiera disculpas-, quizá de­biéramos dejarlo por hoy... Me siento un poco cansado.

Al día siguiente, antes de que yo tuviera la oportunidad de volver a plantear el tema en nuestras conversaciones privadas, él lo abordó en una de sus charlas públicas. Uno de los presentes, claramente su­mido en el sufrimiento, preguntó al Dalai Lama:

-¿Tiene alguna sugerencia sobre cómo afrontar una gran pérdi­da personal, como la de un hijo?

El Dalai Lama contestó, con un suave tono de compasión:

-Eso depende, hasta cierto punto, de las creencias personales. Si se cree en la reencarnación, eso puede mitigar la pena o la preocupación. Cabe consolarse con el hecho de que el ser querido renacerá algún día.

»Las personas que no creen en la reencarnación, han de tener presen­te en primer lugar, que si se preocupan en exceso y se dejan abru­mar por la pena ya perdida, actuaran de forma nociva para con ellos y además no beneficiarán a la persona que ha fallecido.

»En mi propio caso, por ejemplo, he perdido a mi más querido y respetado tutor, a mi madre y también a uno de mis hermanos. Cuan­do fallecieron, naturalmente me sentí muy triste. Pero no dejaba de pensar que no servía de nada preocuparme demasiado y que, si quería realmente a esas personas, debería cumplir sus deseos con una mente serena. Así que hice todo lo que pude para que fuese así. Creo que ésa es la forma adecuada de afrontado, procurar que se cumplan los de­seos de los desaparecidos.

»Inicialmente, claro está, los sentimientos de dolor y ansiedad cons­tituyen una respuesta natural ante una pérdida. Pero si se le permite que esos sentimientos persistan, pueden conducirnos al ensimismamien­to, a la soledad del sufrimiento. Es entonces cuando aparece la depre­sión. Por otra parte, la experiencia de la pérdida alcanza a la mayoría de los seres humanos; es útil reflexionar sobre ello, porque así ya no nos sentiremos aislados. Eso puede ayudar.

Aunque el dolor y el sufrimiento sean fenómenos humanos uni­versales, he tenido a menudo la impresión de que las personas educa­das en las culturas orientales parecen tener una mayor capacidad para aceptarlos y tolerarlos. Ello se debe en parte a sus creencias, pero qui­zá también a que el sufrimiento es más visible en las naciones más po­bres, como la India. El hambre, la pobreza, la enfermedad y la muer­te están a la vista de todos. Cuando una persona envejece o enferma, no es marginada ni enviada a una residencia, sino que permanece en la comunidad y es atendida por la familia. Quienes viven en contacto di­recto con la realidad no pueden negar fácilmente que el sufrimiento forma parte de la existencia.

A medida que la sociedad occidental adquirió capacidad para limitar el sufrimiento causado por las duras condiciones de vida, parece que perdió la habilidad para afrontarlo. Los estudios de los sociólogos ponen de manifiesto que la mayoría de la sociedad occidental moderna tiende a pasar por la vida convencida de que el mundo es básicamente un lugar agradable, que en general impera la justicia y que todos son buenas personas que merecen cosas buenas. Estas convicciones ayudan a llevar una vida más feliz y sana. Pero la aparición inevitable del sufrimiento mina esas creencias y provoca graves cri­sis. Dentro de este contexto, un trauma relativamente menor puede tener un enorme impacto psicológico, que intensifica, el sufrimiento. No cabe la menor duda de que, con la actual tecnología, en la sociedad occidental ha mejorado el nivel general de bienestar, y esto ha aparejado un cambio en la percepción del mundo: a medida que el su­frimiento se hace menos visible, deja de verse como connatural a los seres humanos, se lo considera una anomalía, una señal de que algo ha salido terriblemente mal, como una señal de «fracaso» de algún siste­ma, incluso una violación de nuestro derecho a la felicidad.

Estos pensamientos conllevan muchos peligros. Si pensamos en el sufrimiento como algo antinatural, algo que no debiéramos experi­mentar, muy pronto buscaremos un culpable. Si me siento desgracia­do, tengo que ser una «víctima», una idea demasiado común en Oc­cidente. El que nos castiga con el sufrimiento puede ser el gobierno, el sistema educativo, unos padres abusivos, una «familia disfuncional», el sexo opuesto o nuestro despreocupado cónyuge. O quizá el mal esté dentro de nosotros: unos genes defectuosos. El riesgo de asignar cul­pas y mantener una postura de víctima es precisamente la perpetua­ción de nuestro sufrimiento, con sentimientos persistentes de cólera, frustración y resentimiento.

Naturalmente, el deseo de librarse del sufrimiento es un objetivo Iegítimo de todo ser humano. Es el corolario de nuestro deseo de ser felices. Es por tanto apropiado analizar las causas de nuestra infelici­dad y hacer lo que esté a nuestro alcance para aliviar nuestros proble­mas que busquemos soluciones en todos los planos: global, social, familiar e individual. Pero mientras veamos el sufrimiento como un estado antinatural, como una condición anormal que tememos y re­chazamos, nunca lograremos desarraigar sus causas y llevar una vida feliz.
9 Sufrimiento autoinfligido
EN SU VISITA INICIAL, el caballero de mediana edad, elegante­mente vestido con un austero traje negro, se sentó con una acti­tud amable pero reservada y empezó a relatar lo que le había traído a mi consulta. Habló con bastante suavidad, con voz controlada y me­dida. Le hice las preguntas habituales: motivo de la consulta, edad, antecedentes, estado civil...

-¡Esa bruja! -gritó de repente, con la voz alterada por la cóle­ra-. ¡Mi maldita esposa! Mi ex, ahora. ¡Mantenía relaciones extra­matrimoniales a mis espaldas! Después de todo lo que había hecho por ella. ¡Esa... esa puta!

Su voz se hizo más fuerte, más colérica y venenosa mientras, du­rante los veinte minutos siguientes, fue narrando agravio tras agravio. La hora se acercaba a su final. Al darme cuenta de que él no había hecho sino empezar y que aquello podía durar fácilmente varias ho­ras, intenté corregir la situación.

-Bueno, la mayoría de la gente tiene dificultades para adaptarse después de un divorcio; por tanto abordaremos ese problema en las próximas sesiones. -Luego, le pregunté con voz tranquilizadora-: Y a propósito, ¿cuánto tiempo hace que se ha divorciado?

-Diecisiete años en el pasado mes de mayo.

En el capítulo anterior vimos la importancia de aceptar el sufri­miento como un hecho natural de la existencia humana. Muchos su­frimientos son inevitables, pero otros tienen su causa en nosotros mismos. Hemos visto que la negativa a aceptar el sufrimiento como algo natural puede conducimos a consideramos víctimas y a echar a los demás la culpa de nuestros problemas, una receta segura para llevar una vida desdichada.

Pero también aumentamos nuestro sufrimiento de otras formas. Sucede con demasiada frecuencia que perpetuamos nuestro dolor, lo mantenemos vivo cuando repasamos mentalmente una y otra vez nues­tras heridas, al tiempo que exageramos las injusticias. Volvemos una y otra vez sobre los recuerdos dolorosos, quizá con el deseo inconsciente de que cambie la situación; pero no cambia. Claro que a veces este in­terminable repaso de nuestros infortunios puede servir para exagerar el drama y proporcionar cierto romanticismo a nuestras vidas, o para des­pertar la atención y la simpatía de los demás. Pero esas supuestas «ven­tajas» son demasiado pobres frente a la infelicidad que soportamos.

Sobre ello, dijo el Dalai Lama:

-Hay muchas formas de contribuir activamente a experimentar in­quietud mental y sufrimiento. Aunque en general las aflicciones men­tales y emocionales tienen causas externas somos nosotros quienes las empeoramos. Por ejemplo, cuando sentimos cólera u odio hacia una persona, es poco probable que el sentimiento se exacerbe si no lo alimentamos. No obstante, si pensamos en las presuntas injusticias de que hemos sido objeto y seguimos pensando en ellas una y otra vez, avivamos el odio, convirtiéndolo en algo muy intenso. Lo mismo pue­de decirse cuando sentimos apego por alguien; podemos alimentar el sentimiento pensando continuamente en lo hermosa o atractiva que es esa persona, y así el apego se hace más y más fuerte. Eso demuestra que podemos cultivar nuestras emociones.

»A menudo también incrementamos nuestro dolor con una sensibilidad excesiva, al reaccionar con exageración ante cosas nimias. Tendemos a tomarnos las cosas pequeñas demasiado seriamente, a sacarlas de quicio mientras por otro lado seguimos indiferentes a cosas realmente importantes, a aquellas que tienen efectos profundas sobre nuestras vidas y consecuencias sobre ellas a largo plazo. »Así pues, creo que en buena medida el sufrimiento depende de cómo se responda ante una situación dada. Por ejemplo, descubrimos que alguien habla mal de nosotros a nuestras espaldas. Si se reacciona ante este conocimiento, ante esta negatividad, con un sentimiento de cólera o de dolor, es uno mismo el que destruye su propia paz men­tal. El dolor no es sino una creación personal. Por otro lado, si uno se contiene y evita reaccionar de manera negativa y deja pasar la difa­mación como un viento silencioso al que no se hace caso, se está pro­tegiendo de sentirse herido, de esa sensación de agonía. Así pues, y aunque no siempre se puedan evitar las situaciones difíciles, sí se pue­de modificar la extensión del propio sufrimiento.


A veces, los terapeutas decimos de este proceso que es una «perso­nalización» de nuestro dolor, es decir, la tendencia a estrechar nuestro campo de visión psicológico mediante la interpretación, acertada o errónea, de todo aquello que nos afecta.

Una noche cené con un colega en un restaurante. El servicio era muy lento y mi colega empezó a quejarse: -¡Fíjate en eso! ¡Ese camarero es condenadamente lento! ¿Dónde se ha metido? Creo que pasa de nosotros. A pesar de que ninguno de los dos tenía un compromiso urgente, las quejas de mi colega sobre el servicio siguieron durante toda la cena y terminaron por convertirse en una letanía sobre la comida, la vaji­lla y todo lo que no fuera de su agrado. Al final el camarero nos ob­sequió con dos postres gratuitos.

-Les ruego que disculpen la lentitud del servicio de esta noche -dijo-, pero tenemos poco personal. Ha muerto un familiar de uno de los cocineros y un camarero está enfermo. Espero no haberles cau­sado muchas molestias...

--A pesar de todo, no volveré nunca aquí -murmuró amargamente­ mi colega una vez el camarero se hubo alejado.

Esto no es más que un pequeño ejemplo de cómo contribuimos a nuestro propio sufrimiento al afrontar una situación molesta como si obedeciera a un deliberado propósito de perjudicarnos. En este caso, el resultado fue una cena desagradable. Cuando esta actitud impregna toda relación con el mundo, puede convertirse en una fuente inagota­ble de desdichas.

Al describir las implicaciones de esta mentalidad estrecha, Jacques Lusseyran hizo un comentario muy penetrante. Lusseyran, ciego des­de los ocho años de edad, fue el fundador de un grupo de la Resisten­cia durante la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, fue detenido por los alemanes y enviado al campo de concentración de Buchenwald. Más tarde, al contar sus experiencias en los campos de concentración, Lusseyran afirmó: «Comprendí entonces que la infelicidad sobrevie­ne porque creemos ser el centro del mundo, porque tenemos la mez­quina convicción de que únicamente nosotros sufrimos, y con una in­tensidad insoportable. La infelicidad consiste en sentimos siempre aprisionados en nuestra piel, en nuestro cerebro».


«¡Pero eso no es justo!.».
Los problemas surgen a menudo en nuestra vida. Pero los proble­mas, por sí solos, no provocan automáticamente el sufrimiento. Si lo­gramos abordar con decisión nuestros problemas y centrar nuestras energías en encontrar una solución, el problema puede transformar­se en un desafío. No obstante, si consideramos «injusto» ese contra­tiempo, añadimos un ingrediente que puede crear inquietud mental y sufrimiento. Entonces no sólo tenemos dos problemas, en lugar de uno, sino que ese sentimiento de «injusticia» nos distrae, nos consu­me, nos priva de la energía necesaria para solucionar el problema ori­ginal.
Una mañana, al plantearle este tema al Dalai Lama, le pregunté: -¿Como podemos afrontar el sentimiento de injusticia que con tanta frecuencia nos tortura cuando surgen los problemas?

-Hay muchas maneras de encararlo -contestó el Dalai Lama­

Ya he hablado de la importancia de aceptar el sufrimiento como un hecho natural de la existencia humana. Creo que, en cierto modo, los tibetanos están más capacitados para aceptar estas situaciones difíci­les, ya que dicen: «Quizá se deba a mi karma en el pasado». Lo atri­buirán a las acciones negativas cometidas en esta vida o en una vida anterior, de modo que hay mayor grado de aceptación. He visto a al­gunas familias, en nuestros asentamientos en la India, en situaciones muy difíciles, viviendo en condiciones muy pobres y, además de eso, con hijos ciegos o con alguna deficiencia. De algún modo, esas po­bres mujeres se las arreglan, limitándose a decir: «Esto se debe a su karma; es su destino».

»A propósito del karma es importante señalar que, debido a una mala interpretación de la doctrina, hay una tendencia a echarle la cul­pa de todo lo que sucede al karma, en un intento por sacudirse la res­ponsabilidad o la necesidad de tomar iniciativas. Resulta muy fácil de­cir: "Esto se debe a mi karma pasado, a mi karma negativo anterior, así que ¿qué puedo hacer? Soy impotente". Esa es una interpretación erró­nea del karma, pues aunque las experiencias son una consecuencia de los hechos del pasado, eso no quiere decir que los individuos no ten­gamos alternativas o que no haya posibilidad de producir un cambio positivo. Uno no debe ser pasivo y tratar de excusarse para no tomar la iniciativa atribuyéndolo todo al karma, porque si uno comprende correctamente el concepto de karma, sabrá que karma significa "ac­ción". El karma es un proceso muy activo, y el futuro que nos está re­servado viene determinado en buena medida por lo que hacemos en el presente, por las iniciativas que tomemos ahora.

»Así pues, no debería entenderse el karma en términos de una fuer­za pasiva y estática, sino de un proceso activo. Eso indica que el agente individual tiene un papel importante en la determinación del proceso kármico. Por ejemplo, hasta el sencillo propósito de satisfacer nues­tras necesidades de alimentación... Para alcanzar ese objetivo necesitamos actuar. Tenemos que buscar alimento y luego comerlo; eso de­muestra que hasta el objetivo más simple se alcanza por medio de la acción....,..

-Está bien -asentí-, reducir el sentimiento de injusticia acep­tando que es resultado del karma puede ser efectivo para los budis­tas, pero ¿qué me dice de quienes no creen en la doctrina del karma? En Occidente, por ejemplo, son muchos los que...

-Muchas de las personas que creen en un creador, en Dios, pue­den aceptar las circunstancias difíciles con mayor facilidad, al con­siderarlas parte de la creación o el plan de Dios. Aunque la situación parezca muy negativa, Dios es todopoderoso y misericordioso, de modo que tiene que haber algún significado en la situación que ellas desconocen. Creo que esa clase de fe puede ayudarlas en sus momen­tos de sufrimiento.

-¿ y qué me dice de los que no creen ni en el karma ni en un Dios creador?

-Para quien no sea creyente... -El Dalai Lama reflexionó un momento antes de responder-. Quizá pudiera ayudarle un enfoque práctico y científico. Los científicos consideran muy importante exa­minar un problema objetivamente, estudiado sin mucha implicación emocional. Con esa actitud puedes decirte: «Si se puede luchar con­tra el problema, lucha, ¡aunque tengas que llegar a los tribunales!». -Se echó a reír-. Luego, si descubres que no hay forma de ganar, puedes limitarte a olvidarlo.

»Un análisis objetivo de situaciones difíciles o problemáticas pue­de ser bastante importante, porque se descubre a menudo que detrás de las apariencias hay otros factores. Por ejemplo, si el jefe le ha tratado a uno injustamente en el trabajo, es posible que esté detrás, por ejem­plo una discusión con su esposa por la mañana. Naturalmente, uno tiene que seguir afrontando las cosas según están, pero al menos con ese enfoque no se experimentará la ansiedad adicional que provoca.

-¿Es posible que el análisis objetivo de la situación nos ayude a descubrir que estamos contribuyendo a crear el problema y debilite el sentimiento de injusticia?

-¡Sí! -respondió con entusiasmo-. Ahí está la gran diferencia. En general, si examinamos cualquier situación de una forma impar­cial y honesta, nos daremos cuenta de hasta qué punto somos tam­bién responsables de los acontecimientos.

»Por ejemplo, muchas personas echaron la culpa de la guerra del Golfo a Saddam Hussein. En varias ocasiones dije que eso no era jus­to. Teniendo en cuenta las circunstancias, sentí verdadera pena por Saddam Hussein. Claro que es un dictador, responsable de muchas barbaridades. Si se examina superficialmente la situación, resulta fá­cil echarle toda la culpa: es un dictador, un totalitario, ¡incluso su mi­rada parece siniestra! -exclamó, echándose a reír-. Pero su capaci­dad para causar daño sería muy limitada si no contara con su ejército, y ese poderoso ejército no puede funcionar sin equipo militar. Todo ese equipo militar no ha sido producido por él, ni ha llovido del cielo. Considerando las cosas de ese modo nos damos cuenta de que son muchas las naciones implicadas.

»Así pues -siguió diciendo el Dalai Lama-, nuestra tendencia normal consiste en achacar nuestros problemas a los demás o bien a factores externos. Además, solemos buscar una sola causa, para lue­go tratar de exoneramos de toda responsabilidad. Parece que cada vez que hay implicadas emociones intensas, tiende a producirse una disparidad entre apariencia y la realidad. En mi ejemplo, si se analiza la situación muy cuidadosamente, se verá que Saddam Hussein no es la única causa del conflicto.

»Esta práctica supone mirar las cosas de una forma holística, dar­te cuenta de que son muchos los factores que intervienen en un hecho. Tomemos, por ejemplo, nuestro problema con los chinos; también nosotros hemos contribuido a originarlo, sobre todo por la negligen­cia de las generaciones que nos precedieron. Así pues, creo que noso­tros, los tibetanos, hemos contribuido a esta trágica situación. No es justo echarle toda la culpa a China. Pero también hay perspectivas. Es preciso señalar que los tibetanos, por ejemplo, nunca se han sometido por completo a la opresión china, siempre ha habido una resistencia. Debido a ello, los chinos desarrollaron una nueva política y trasladaron grandes masas de chinos al Tíbet, de modo que la población autóctona acabara siendo demográficamente insignificante, quedara marginada y el movimiento de liberación perdiera fuerza. Pero tam­poco podemos decir que la resistencia tibetana sea la única culpable de la política China.

-Pero ¿qué me dice de esas situaciones en las que está claro que lo ocurrido no es en absoluto culpa de uno, con las que uno no tiene nada que ver, incluso las relativamente insignificantes, como cuando alguien nos miente intencionadamente?

-Naturalmente, al principio siento desilusión cuando alguien no dice la verdad, pero incluso en tal caso, si examino la situación, pue­do descubrir que su motivación para ocultarme algo puede haber sido cierta falta de confianza en mí. Así que, a veces, hay que considerar estos hechos desde otro ángulo; por ejemplo, que quizá la persona en cuestión no confió del todo en mí porque no sé guardar un secreto. En otras palabras, no soy digno de la plena confianza de esa persona debido a mi naturaleza. Examinando la situación de ese modo, po­dría concluir que la causa reside en mí.

Esta justificación racional, incluso procediendo del Dalai Lama, me parecía un tanto forzada: descubrir «la propia contribución» a la falta de honestidad del otro. Pero la sinceridad de su voz sugería que había puesto en práctica esta conducta en su vida personal como ayuda frente a la adversidad. Claro que es probable que no siempre poda­mos descubrir nuestra contribución, pero intentarlo nos permite des­plazar el centro de atención, lo que nos ayuda a romper las estrechas pautas de pensamiento que conducen al sentimiento destructivo de in­justicia, que es la fuente de tanto descontento.



Culpabilidad

Como productos de un mundo imperfecto, todos somos imperfec­tos. Reconocer nuestros errores con genuino remordimiento nos sir­ve para mantenemos en el camino correcto en la vida, nos anima a rectificar nuestros errores si ello fuera posible. Pero si permitimos que nuestro pesar degenere hasta una culpabilidad excesiva y nos aferra­mos a nuestros errores del pasado, culpándonos y odiándonos por ellos, lo único que conseguiremos es flagelamos inútilmente.


Durante una conversación anterior en la que hablamos brevemen­te de la muerte de su hermano, el Dalai Lama había expresado cierto pesar relacionado con ella. Era interesante ver cómo afrontaba aque­llos sentimientos de pesar y quizá de culpabilidad, por lo que en una conversación posterior le pregunté:.

-Cuando hablamos de la muerte de Lobsang mencionó usted su pesar. ¿Ha habido alguna otra situación en su vida en que se haya arrepentido de algo?

-Oh, sí. Un anciano monje que vivía como un ermitaño solía ir a verme para recibir enseñanzas, aunque creo que era más versado que yo y aquellas visitas no eran más que una formalidad. En cualquier caso, vino a verme un día y me preguntó acerca de una complicada práctica esotérica que quería realizar. Le comenté que era una prácti­ca muy difícil y que quizá fuera mejor que la emprendiera alguien más joven, ya que tradicionalmente se inicia en la adolescencia. Más tarde me enteré de que el monje se había suicidado para renacer en un cuer­po más joven y poder entregarse a esos ejercicios...

-¡Eso es terrible! -exclamé, sorprendido por esta historia-. Tuvo que haber sido muy duro para usted cuando se enteró... -El Dalai Lama asintió con una expresión de tristeza-. ¿Cómo afrontó ese sentimiento de pesar? ¿Cómo se libró finalmente de él?

Permaneció en silencio durante un rato antes de contestar.

--No me libré de él. Sigue ahí, presente. -Hizo una nueva pausa, antes de añadir-: Pero ya no se halla asociado con una opresión. No sería útil para nadie que yo permitiera que ese sentimiento me abru­mara, fuera una fuente de desánimo y depresión.

En ese momento y de un modo muy visceral, quedé asombrado una vez más ante el ser humano que afronta plenamente las tragedias de la vida y responde, incluso con profundo pesar, pero sin permitirse caer en una culpa excesiva o en el autodesprecio; que se acepta plena­mente a sí mismo, con sus limitaciones, debilidades y errores de jui­cio. El Dalai Lama experimentaba un sincero pesar por los hechos que acababa de relatarme, pero llevaba su pesar con dignidad y ele­gancia. Y no permitía que ese sentimiento lo hundiera, prefería seguir adelante y dedicar sus facultades a la ayuda a los demás...

A veces me pregunto si la capacidad para vivir sin caer en la cul­pabilidad destructiva no será parcialmente cultural. Al contarle a un erudito amigo tibetano mi conversación con el Dalai Lama sobre el pesar, éste me dijo que la lengua tibetana no tiene siquiera una palabra equivalente a «culpa», aunque tiene otras que equivalen a «remordi­miento» o «arrepentimiento» o «lamentación», con el sentido de «rec­tificar las cosas en el futuro». Sea cual fuere el componente cultural, estoy convencido de que al cuestionar nuestras formas habituales de pensar y cultivar una perspectiva mental diferente, basada en los prin­cipios descritos por el Dalai Lama, cualquiera de nosotros puede aprender a vivir sin la marca de la culpabilidad, que no hace otra cosa que causarnos un sufrimiento innecesario.


Resistencia al cambio
La culpabilidad surge cuando nos convencemos de que hemos co­metido un error irreparable. La tortura del que se culpa reside en pen­sar que cualquier problema es permanente. Pero, puesto que no hay nada que no cambie, el dolor también disminuye, ya que ningún pro­blema es perpetuo. Éste es el aspecto positivo del cambio. Pero por lo general nos resistimos a él en casi todos los ámbitos de la vida. El pri­mer paso para liberamos del sufrimiento es conocer su causa funda­mental: la resistencia al cambio.

Al describir la naturaleza siempre cambiante de la vida, el Dalai Lama explicó:

-Es extremadamente importante investigar los orígenes del sufri­miento, saber cómo surge. Para iniciar ese proceso se ha de ser cons­ciente de la naturaleza cambiante de nuestra existencia. Todas las cosas, acontecimientos y fenómenos son dinámicos, cambian a cada momento; nada permanece estático. Meditar sobre la circulación sanguínea puede servimos para reforzar esta idea: la sangre está fluyen­do constantemente, nunca se está quieta. Y puesto que es propio de la naturaleza de todos los fenómenos el cambiar continuamente, con­cluimos que a las cosas les falta capacidad para perdurar, para seguir siendo lo mismo. Y si todas las cosas se hallan sujetas al cambio, nada existe en un estado permanente, nada es capaz de programarse para permanecer. Por tanto, todas las cosas se encuentran bajo el poder o la influencia de otros factores. Nada durará, al margen de lo agrada­ble o placentera que pueda ser la experiencia. Esto se convierte en la base de una categoría de sufrimiento conocida en el budismo como el «sufrimiento del cambio».
El concepto de transitoriedad tiene un papel central en el pensa­miento budista y su consideración es una práctica clave. La contem­plación de la no permanencia tiene dos funciones vitales en el camino budista. En un plano convencional, en un sentido cotidiano, el prac­ticante budista contempla su propia transitoriedad, el hecho de que la vida es tenue y de que nunca sabemos cuándo moriremos. Al com­binar esta reflexión con la singularidad de la existencia humana y la posibilidad de alcanzar un estado de liberación espiritual, de libera­ción del sufrimiento y de interminables ciclos de reencarnaciones esta contemplación sirve para fortalecer la resolución de sacarle el mejor partido posible a la existencia, participando en las prácticas es­pirituales que producirán la liberación en un nivel más profundo, la contemplación de los aspectos mas sutiles de la transitoriedad es el primer paso para comprender la verdadera naturaleza de la realidad y disipar la ignorancia, que es la fuente última de nuestro sufrimiento. Así pues, aunque la contemplación de la transitoriedad tiene una tremenda importancia dentro de un contexto budista, surge la pregun­ta: ¿tiene también alguna aplicación práctica en las vidas cotidianas de los no budistas? Si vemos el concepto de «transitoriedad» desde el punto de vista del «cambio», entonces la respuesta es afirmativa. Des­pués de todo, tanto si se contempla la vida desde una perspectiva bu­dista como desde una perspectiva occidental, queda el hecho de que la vida es cambio. En la medida en que nos neguemos a aceptar este hecho y nos resistamos a los cambios de la existencia, seguiremos per­petuando nuestro sufrimiento.

La aceptación del cambio puede ser un factor importante para re­ducir en buena medida nuestro sufrimiento. A menudo nos causamos sufrimiento al negarnos a renunciar al pasado. Si definimos nuestra imagen por el aspecto que teníamos o por lo que solíamos hacer y no podemos hacer ahora, es muy probable que nos sintamos más infeli­ces a medida que envejecemos. En ocasiones, cuanto más tratamos de aferrarnos a algo, tanto más grotesca y distorsionada se hace la vida. La aceptación de la inevitabilidad del cambio como principio ge­neral nos ayuda a afrontar muchos problemas y a asumir un papel más activo; conocer y comprender los cambios puede evitarnos la ansiedad, que es la causa de muchos de nuestros problemas. Una mujer que acababa de ser madre me habló de una visita que había hecho con su bebé a la sala de urgencias del hospital a las dos de la madrugada. -¿Qué le ocurre? -le preguntó el pediatra.

-¡Mi bebé! ¡Le pasa algo! -gritó ella frenéticamente-. ¡Creo que se ahoga! No hace más que sacar la lengua una y otra y otra vez, como si tratara de quitarse algo de ella, pero no tiene nada en la boca...

Después de unas pocas preguntas y un breve examen, el médico la tranquilizó.

-No hay por qué preocuparse. A medida que se hace mayor, el bebé cobra una mayor conciencia de su cuerpo y de lo que es capaz de hacer. Su bebé acaba de descubrirse la lengua.

Margaret, una periodista de treinta y un años, ilustra la importan­cia de comprender y aceptar el cambio en el contexto de una relación personal. Acudió a mi consulta por una ansiedad que atribuyó a la di­ficultad para adaptarse a un divorcio reciente.

-Pensé que me vendrían bien unas cuantas sesiones de psicotera­pia, aunque sólo fuese para hablar con alguien -me explicó-, para que me ayude a dejar en paz el pasado y efectuar la transición a una vida de soltera. Si quiere que le sea sincera, la verdad es que me sien­to un poco nerviosa por todo esto...

Le pedí que me describiera las circunstancias de su divorcio. -Supongo que tendría que describirlo como amistoso. No hubo peleas ni nada de eso. Mi ex y yo tenemos buenos trabajos, de modo que tampoco hubo grandes problemas con los acuerdos económicos. Tenemos un hijo, pero parece haberse adaptado bien al divorcio, y mi ex y yo hemos acordado una custodia conjunta que parece funcionar. -¿Puede explicarme qué condujo al divorcio?

-Hmm, supongo que, simplemente, dejamos de amarnos -con­testó ella con un suspiro-. Parece que el amor fue desapareciendo gradualmente; ya no existía la intimidad de que disfrutábamos cuan­do nos casamos. Ambos estábamos muy ocupados con nuestros tra­bajos y nuestro hijo y parece que nos fuimos alejando. Asistimos a unas sesiones de asesoramiento matrimonial, pero no sacamos nada de ellas. Era más bien como si fuésemos hermanos. Aquello no pare­cía amor, no era un verdadero matrimonio. El caso es que finalmente decidimos que sería mejor divorciamos; nos faltaba algo que había antes.

Después de dedicar dos sesiones a delimitar el problema, iniciamos una psicoterapia, centrándonos específicamente en reducir la ansie­dad y promover la adaptación a los recientes cambios. Era una per­sona inteligente y emocionalmente bien adaptada. Respondió bien a la terapia y efectuó con facilidad la transición a la vida de soltera.

A pesar de que evidentemente se preocupaban el uno por el otro, estaba claro que Margaret y su marido habían interpretado el cambio cualitativo de su afecto como una señal de que debían dar por termi­nado su matrimonio. Sucede con demasiada frecuencia que interpre­tamos una disminución de la pasión como una señal de que existe un problema irresoluble en la relación. Los primeros indicios de cambio en una relación suelen provocar pánico: quizá, después de todo, no hemos elegido la pareja correcta, el otro no nos parece la persona de la que nos enamoramos. Surgen los desacuerdos: quizá tengamos deseos de sexo y el otro está cansado, o queramos ver una película que al otro no le interesa. Descubrimos entonces diferencias que no había­mos observado antes. Así pues, llegamos a la conclusión de que todo ha terminado; al fin y al cabo, no podemos soslayar el hecho de que cada uno está cambiando por su lado. Las cosas ya no son como an­tes, quizá haya llegado el momento del divorcio.

¿Qué hacemos entonces? Los expertos en relaciones han escrito docenas de libros sobre lo que debemos hacer cuando se apaga la lla­ma del amor romántico. Nos ofrecen muchas sugerencias para encen­der de nuevo esa pasión: reestructure su programa para dar prioridad a momentos románticos en su relación, planifique cenas o salidas de fin de semana, procure halagar a su pareja, aprenda a mantener una conversación interesante. En ocasiones, estas cosas ayudan. Otras veces, no.

Pero antes de dar por muerta la relación, una de las cosas más be­neficiosas que podemos hacer al notar un cambio consiste simple­mente en retroceder un poco, valorar la situación y armarnos con todo el conocimiento que podamos acerca de los cambios.

A medida que se despliegan nuestras vidas, pasamos desde la in­fancia a la adolescencia, la edad adulta y la vejez. Aceptamos estos cambios como una progresión natural. Pero una relación es también un sistema vital dinámico, compuesto por dos organismos que inter­actúan en un ambiente igualmente vital. y por tanto es natural que la relación pase por diferentes fases. En toda relación hay diferentes di­mensiones de intimidad: física, emocional e intelectual. El Contacto físi­co, el compartir las emociones, los pensamientos e intercambiar ideas son formas legítimas de conectar con aquellas personas a las que ama­mos. Es normal que el equilibrio experimente flujos y reflujos; en oca­siones, la intimidad física disminuye pero aumenta la emocional; en otras ocasiones no sentimos deseos de compartir nuestros pensamien­tos, y sólo queremos que el otro nos abrace. Si la pasión se enfría, en lugar de experimentar preocupación o cólera podemos buscar nuevas formas de intimidad que pueden ser igualmente satisfactorias o quizá más. Podemos encantar a nuestra pareja como compañero, disfrutar de un amor más firme, de un vínculo más profundo.

En su libro Comportamiento íntimo [trad. casto RBA, Barcelona, 1994], Desmond Morris describe los cambios normales que se pro­ducen en la necesidad de intimidad del ser humano. Sugiere que pasa­mos repetidamente por tres fases: «Abrázame fuerte», «Suéltame» y «Déjame solo». El ciclo se pone de manifiesto ya durante los prime­ros años de vida, cuando los niños pasan del «abrázame fuerte», tan característico de la infancia, al «suéltame», cuando empiezan a ex­plorar el mundo, a gatear, caminar y adquirir algo de independencia y autonomía con respecto de la madre. Esto forma parte del desarro­llo y el crecimiento normal. Estas fases no se mueven, sin embargo, de forma lineal sino que el niño puede experimentar ansiedad cuando el sentimiento de separación se hace demasiado intenso; entonces regre­sa junto a la madre en busca de consuelo y proximidad. En la adoles­cencia, cuando el individuo se esfuerza por formarse una identidad, el «suéltame» se convierte en la fase predominante. Aunque pueda ser difícil o doloroso para los padres, la mayoría de los expertos lo con­sideran normal y necesario en la transición de la infancia a la edad adulta. Mientras que en casa el adolescente grita a los padres « ¡De­jadme solo!», sus necesidades de «abrázame fuerte» pueden quedar satisfechas mediante una fuerte identificación con el grupo de sus iguales..'. “

En las relaciones adultas se da la misma oscilación. Periodos de es­trecha intimidad alternan con otros de distanciamiento. Esto también forma parte del ciclo normal de crecimiento y desarrollo. Para alcan­zar nuestro pleno potencial como seres humanos, necesitamos equili­brar nuestras necesidades de intimidad y unión con las de autonomía. Si comprendemos esto, no experimentamos temor cuando obser­vamos por primera vez que nos estamos «distanciando» de nuestra pareja, del mismo modo que no sentimos pánico cuando observamos que la marea se retira de la costa. Claro que, en ocasiones, una cre­ciente distancia emocional (como una corriente soterrada de cólera), puede indicar graves problemas en una relación que pueden conducir incluso a la ruptura. En esos casos, medidas como la psicoterapia pue­den ser muy útiles. Pero lo principal es que una creciente distancia no anuncia necesariamente un desastre. Puede formar parte de un ciclo que redefinirá la relación e incluso puede llevar a una intimidad ma­yor que la del pasado..'.

Así pues, la aceptación, el reconocimiento de que el cambio es in­herente a las relaciones humanas, puede jugar un papel decisivo. Qui­zá descubramos que precisamente en el momento en que nos sentimos más desilusionados, en el que tenemos la sensación de que algo se ha resquebrajado en nuestra relación, es cuando puede producirse una transformación profunda. Estos períodos de transición pueden con­vertirse en momentos trascendentales para la maduración del verda­dero amor. Quizá nuestra relación ya no se base en una pasión inten­sa, ni veamos al otro como la personificación de la perfección, ni tengamos la sensación de estar fusionados. En lugar de eso, empeza­mos a conocer verdaderamente al otro, lo vemos tal cual es, como un individuo distinto, quizá con defectos y debilidades, pero tan huma­no como nosotros mismos. Sólo entonces podemos establecer un com­promiso con el crecimiento de otro ser humano, lo que supone un acto de verdadero amor.

Quizá el matrimonio de Margaret se hubiera salvado si hubiese aceptado el cambio en la relación y ambos hubiesen establecido un nuevo vínculo, basado en factores distintos de la pasión romántica. Afortunadamente, sin embargo, la historia no terminó ahí. Dos años después de mi última sesión con Margaret, me la encontré en unos grandes almacenes. (Encontrarme con un ex paciente fuera de la consulta me resulta un tanto incómodo, como nos sucede a la mayo­ría de los psicólogos.)

-¿Cómo le van las cosas? -le pregunté.

-¡No podrían ir mejor! -exclamó-. Mi ex marido y yo volvi­mos a casarnos el mes pasado.

-¿De veras?

-Sí, y todo marcha magníficamente. Después de la separación se­guimos viéndonos, claro, por la custodia de nuestro hijo. Nos resultó difícil al principio..., pero después parecía como si nos hubiésemos librado de la presión... Ya no teníamos expectativas comunes. En­tonces descubrimos que realmente nos gustábamos y nos amábamos. Ahora no es como cuando nos casamos la primera vez, pero eso ya no nos importa; ahora somos realmente felices juntos.






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