El Arte De La Felicidad


Reflexión sobre nuestro potencial como antídoto contra el odio hacia uno mismo



Descargar 0.53 Mb.
Página12/12
Fecha de conversión03.12.2017
Tamaño0.53 Mb.
Vistas414
Descargas0
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   12

Reflexión sobre nuestro potencial como antídoto contra el odio hacia uno mismo

Durante un viaje que hice a la India en 1991, dos años antes de la visita del Dalai Lama a Arizona, me reuní brevemente con él en su casa de Dharamsala. Aquella semana él había mantenido reuniones diarias con un distinguido grupo de científicos occidentales, físicos, psicólogos y maestros de meditación, en un intento por explorar la conexión entre la mente y el cuerpo, por comprender la relación entre la experiencia emocional y la salud física. Me reuní con el Dalai Lama a última hora de la tarde, después de una de sus sesiones con los cien­tíficos. Hacia el final de nuestra entrevista, el Dalai Lama preguntó: -¿Sabe que durante esta semana he tenido varias reuniones con esos científicos?

-Sí.

-A lo largo de ellas ha surgido algo que me ha parecido muy sor­prendente. Me refiero al concepto de odio hacia uno mismo. ¿Está us­ted familiarizado con ese concepto? -Desde luego que sí. Lo sufre una proporción bastante alta de mis pacientes. -Cuando los científicos empezaron a hablar del tema, al principio no estuve seguro de comprender correctamente el concepto. -Se echó a reír-. Pensé: «¿Odiarse a uno mismo? ¡Pero si nos queremos! ¿Cómo puede una persona odiarse a sí misma?». A pesar de que creía tener cierto conocimiento sobre cómo funciona la mente humana, esa idea del odio dirigido contra uno mismo me resultó completamente nue­va. La razón por la que me pareció totalmente inconcebible es porque los budistas practicantes trabajamos mucho para superar nuestra ac­titud egocéntrica, nuestros pensamientos y motivaciones egoístas. Desde este punto de vista creo que nos queremos y apreciamos dema­siado. Así que pensar en la posibilidad de que alguien no se apreciara e incluso se odiara a sí mismo, era bastante inconcebible. Como psi­quiatra, ¿puede explicarme ese concepto y por qué ocurre?



Le describí brevemente mi visión profesional del origen del odio contra uno mismo. Le expliqué cómo la imagen que tenemos de noso­tros está configurada por nuestros padres y nuestra educación, cómo captamos de ellos mensajes implícitos sobre nosotros a medida que crecemos y nos desarrollamos, y le perfilé las condiciones específicas en las que se desarrolla una imagen negativa. Entré en detalles sobre los factores que exacerban el odio contra uno mismo, como cuando nues­tro comportamiento no logra estar a la altura de la imagen idealizada que tenemos de nosotros, y le describí algunas de las formas median­te las que el odio contra sí puede verse reforzado culturalmente, sobre todo entre algunas mujeres y las minorías. Mientras le explicaba estas cosas, el Dalai Lama siguió asintiendo reflexivamente, con una ex­presión burlona en el rostro, como si tuviera alguna dificultad para captar este concepto extraño para él.
Groucho Marx dijo humorísticamente en cierta ocasión: «Nunca ingresaría en un club que aceptara a tipos como yo». Respecto a esta visión negativa de sí hasta convertirla en una observación sobre la na­turaleza humana, Mark Twain había dicho: «En lo más profundo de la intimidad de su propio corazón, ningún hombre tiene un respeto considerable por sí mismo». Tomando esta visión pesimista de la hu­manidad e incorporándola a las teorías psicológicas, el psicólogo hu­manista Carl Rogers afirmó: «La mayoría de la gente sé desprecia a sí misma, se considera inútil y poco digna de ser querida».

Existe en nuestra sociedad una noción popular, compartida por la mayoría de psicoterapeutas contemporáneos, de que el odio contra uno mismo abunda en la cultura occidental. Aunque eso es cierto, afortunadamente no se halla tan extendido como creen muchos. Se trata, desde luego, de un problema común entre quienes acuden al psi­coterapeuta; pero los psicoterapeutas tienen a veces una visión un tan­to sesgada de las cosas, una tendencia a basar su concepción de la na­turaleza humana en los individuos que acuden a sus consultas. La mayoría de los datos basados en pruebas experimentales han estable­cido, sin embargo, que la gente tiende a menudo (o al menos desearía tender) a verse bajo una luz favorable, a calificarse como «mejor que la media» cuando se le pregunta sobre las cualidades subjetivas y so­cialmente deseables.

Con todo, aunque el odio contra uno mismo no sea tan general como se cree comúnmente, puede seguir siendo un tremendo lastre para muchas personas. Me quedé tan sorprendido por la reacción del Dalai Lama como él ante el concepto. Su respuesta inicial puede ser muy reveladora y curativa.

Hay dos puntos relacionados con su notable reacción que merecen un examen más atento. El primero es, simplemente, que no estuviera familiarizado con la existencia del odio contra sí. La suposición sub­yacente de que este tipo de odio es un problema muy difundido ha ge­nerado la sensación de que se trata de un rasgo profundamente arrai­gado en la psique humana. Pero el hecho de que sea algo virtualmente desconocido en ciertas culturas, como en la cultura tibetana, nos re­cuerda que se trata de un estado mental problemático, como los otros estados mentales negativos que hemos analizado, y que no forma par­te intrínseca de la mente humana. No se trata de algo con lo que ha­yamos nacido, que nos veamos obligados a arrastrar irrevocablemen­te, ni es una característica indeleble de nuestra naturaleza. Es algo que se puede eliminar. Darse cuenta de ello puede servir, por sí solo, para debilitar su poder, dándonos esperanza y reforzando nuestro compro­miso de eliminado.

El segundo punto relacionado con la reacción inicial del Dalai Lama fue su respuesta: «¿Odiarse a uno mismo? ¡Pero si nos queremos!». Para aquellos que sufrimos este tipo de odio o que conocemos a al­guien que lo sufre, esta respuesta puede parecer increíblemente inge­nua. Pero si la examinamos más de cerca, encontramos verdades en ella. Hay muchas formas de sentir amor, y quizá la más pura y exal­tada es el deseo total, absoluto e ilimitado de felicidad para otro; un deseo, sentido con el corazón, de que el otro sea feliz, al margen de que haga algo para causarnos daño o incluso de que nos guste o no. Ahora bien, en lo más profundo de nuestros corazones no cabe la me­nor duda de que todos y cada uno de nosotros queremos ser felices. En consecuencia, si nuestra definición de amor se basa en un verda­dero deseo de que alguien sea feliz, cada uno de nosotros se ama efec­tivamente a sí mismo, cada uno de nosotros desea sinceramente la propia felicidad. En mi consulta me he encontrado a veces con casos extremos de odio hacia sí, hasta el punto de abrigar pensamientos re­currentes de suicidio. Pero incluso en estos casos, la voluntad de morir se basa en último término en el deseo del individuo (por distorsionado y equivocado que esté) de liberarse del sufrimiento, no de causarlo.

Así pues, quizá el Dalai Lama no se hallaba tan lejos de la verdad al expresar su convicción de que todos experimentamos un amor fun­damental por nosotros mismos, lo cual sugiere la existencia de un po­deroso antídoto contra este mal, ya que podemos contrarrestar los sentimientos de desprecio recordando que, por mucho que nos disgusten algunas de nuestras características, deseamos ser felices; ese es un tipo profundo de amor.


Durante una visita posterior a Dharamsala, volví a plantear al Dalai Lama el tema del odio contra uno mismo. Para entonces ya se había familiarizado con el concepto y había empezado a pensar mé­todos para combatirlo.

-Desde el punto de vista budista -le expliqué-, estar en un es­tado depresivo, en un estado de desánimo, es una situación extrema que constituye claramente un obstáculo para alcanzar los propios ob­jetivos. Este estado de odio contra uno mismo es incluso mucho más grave que el sentirse simplemente desanimado, y puede llegar a ser muy peligroso. Para los que practican el budismo, el antídoto contra el odio hacia sí sería reflexionar sobre el hecho de que todos los seres humanos, incluido uno mismo, tienen la naturaleza del Buda, la se­milla o el potencial para alcanzar la perfección, la plena iluminación, sin que importe lo débil, pobre o llena de privaciones que pueda ser nuestra situación actual. Por tanto, los budistas que sufren de odio contra sí mismos, o que se detestan deberían evitar considerar lo do­loroso o insatisfactorio de la existencia y centrarse en sus aspectos positivos, como el tremendo potencial que hay dentro de uno mismo. Al reflexionar sobre estas oportunidades y potencialidades, podrán aumentar la sensación del propio valor y alcanzar mayor seguridad en sí mismos.

Le planteé la habitual pregunta desde la perspectiva de un no bu­dista: -¿Cuál sería entonces el antídoto para alguien que no hubiera oído hablar del concepto de la naturaleza del Buda o que no sea bu­dista? -Una de las cosas que podríamos señalarles a esas personas es que hemos sido dotados, como seres humanos, de una maravillosa inteli­gencia. Además, todos los seres humanos tienen capacidad de deci­sión, y de orientar ésta hacia sus fines. De eso no cabe la menor duda. Así pues, si se tiene conciencia de estos potenciales y se interiorizan hasta convertirlos en parte de nuestra percepción de los seres huma­nos, incluido uno mismo, quizá reduciríamos los sentimientos de de­sánimo, impotencia y autodesprecio.

El Dalai Lama se detuvo un momento y luego continuó con una inflexión pensativa, lo que sugería que aún seguía explorando acti­vamente, enfrascado en un proceso de descubrimiento.

-Creo que existe algún paralelismo con la forma en que tratamos la enfermedad física. Cuando los médicos tratan a alguien de una en­fermedad específica no sólo le administran antibióticos para comba­tirla, sino que también se aseguran de que el estado físico permita al paciente tomar antibióticos y tolerarlos. Para asegurarse de ello, los médicos comprueban que la persona está bien alimentada, y a menu­do también le recetan vitaminas o lo que sea necesario para fortale­cer el cuerpo. Mientras la persona posea fortaleza, su cuerpo dispone del potencial o la capacidad para curarse con ayuda de la medicación. De modo similar, mientras conozcamos y tengamos conciencia de que poseemos este maravilloso don que es la inteligencia, así como ca­pacidad de decidir utilizarla de forma positiva, tendremos esa salud mental fundamental, esa fortaleza subyacente que procede de saber­nos poseedores de un gran potencial humano. Darnos cuenta de ello puede actuar como una especie de mecanismo innato que nos permi­te afrontar cualquier dificultad, sin que importe la situación a la que nos enfrentemos, sin perder la esperanza ni hundirnos en el odio ha­cia nosotros mismos.

»Recordar las grandes cualidades que compartimos con todos los seres humanos neutraliza el impulso de pensar que somos malos o in­dignos. Muchos tibetanos lo analizan en su meditación diaria. Quizá sea esa la razón por la que el odio contra uno mismo nunca llegó a arraigar en la cultura tibetana.


Quinta parte

Reflexiones finales para vivir una vida espiritual
15 Valores espirituales básicos
EL ARTE DE LA FELICIDAD tiene muchos componentes. Como hemos visto, empieza con la comprensión de cuáles son las verdaderas fuentes de ella, así como por establecer nuestras prioridades en la vida, que han de basarse en el cultivo de dichas fuentes. Supone aplicar una disciplina interna, un proceso gradual de desarraigo de nuestros esta­dos mentales destructivos para sustituirlos por los positivos y cons­tructivos, como la amabilidad, la tolerancia y el perdón. Al identificar los factores que conducen a una vida plena y satisfactoria, concluimos con un análisis del componente final: la espiritualidad.

Hay una tendencia natural a asociar espiritualidad con religión. El enfoque del Dalai Lama sobre el logro de la felicidad está condicio­nado por sus años de formación de monje budista. Por otra parte, se le considera un erudito respetado. Para muchos, sin embargo, no es la comprensión de los complejos problemas filosóficos su mayor atrac­tivo, sino su calor personal, humor y enfoque práctico de la vida. Du­rante nuestras conversaciones, su humanidad básica pareció desbor­dar incluso su condición de monje. A pesar de llevar la cabeza rapada y de su llamativa túnica marrón, a pesar de ser una de las figuras re­ligiosas más destacadas del mundo, el tono de nuestras conversaciones fue simplemente el de un ser humano con otro, ambos dedicados a discutir sobre los problemas que compartíamos.

Para ayudamos a comprender el verdadero significado de la es­piritualidad, el Dalai Lama empezó por distinguir entre ésta y la religión.

-Estoy convencido de que es esencial apreciar nuestro potencial como seres humanos y reconocer la importancia de la transformación interior. Esto debería conseguirse a través de lo que llamo un proceso de desarrollo mental. En ocasiones, digo que es como tener una di­mensión espiritual en nuestra vida.

»Puede haber dos niveles de espiritualidad. Uno tiene que ver con nuestras convicciones religiosas. En este mundo hay muchas personas diferentes, muchas actitudes diferentes. Somos cinco mil millones de seres humanos y, en cierto modo, creo que necesitamos cinco mil mi­llones de religiones, tanta es la variedad de actitudes que encontramos. Estoy convencido de que cada individuo debería embarcarse en el camino espiritual más adecuado a su disposición mental, su incli­nación natural, temperamento, convicciones o antecedentes familia­res y culturales.

»Por mis convicciones, el budismo me parece lo más adecuado. Así que, por lo que a mí se refiere, he descubierto que el budismo es lo mejor. Pero eso no significa que lo sea para todo el mundo. Esto está claro y es definitivo. Estar convencido de que el budismo es lo mejor para todo el mundo sería una estupidez, porque las distintas personas tienen diferentes disposiciones mentales. La variedad de gentes exige una variedad de religiones. El propósito de éstas es beneficiar a los se­res humanos y creo que si sólo tuviéramos una religión, al cabo de un tiempo ésta dejaría de ser beneficiosa. Si sólo hubiera un restaurante, por ejemplo, y allí sólo se sirviera un plato día tras día, serían muchí­simos los clientes que dejarían de ir a él. La gente necesita y aprecia la diversidad en la comida porque hay gustos diferentes. Del mismo modo, las religiones tienen la intención de nutrir el espíritu humano. Creo que podemos celebrar esa diversidad de religiones y desarrollar un aprecio profundo por ella. Ciertas personas están convencidas de que el judaísmo, la fe cristiana o la fe islámica son las más efectivas para ellas. En consecuencia, tenemos que respetar y apreciar el valor de todas las confesiones religiosas del mundo.

»Todas las religiones pueden aportar una contribución efectiva al beneficio de la humanidad. Todas han sido diseñadas para que la per­sona sea más feliz y para que el mundo sea un lugar mejor. No obstan­te, para que la religión pueda ejercer un efecto que contribuya a hacer del mundo un lugar mejor, creo que es importante que la persona prac­tique con sinceridad sus enseñanzas. Uno tiene que integrar las en­señanzas religiosas en su propia vida, esté donde esté, para poder utilizarlas como una fuente de fuerza interior. Hay que lograr una comprensión más profunda de las ideas religiosas, no sólo a nivel in­telectual, sino también sentimental, para poder convertirlas en parte de la propia experiencia interior.

»Estoy convencido de que se puede cultivar un profundo respeto por todas las confesiones religiosas. Una de las razones es que todas ellas aportan una estructura ética capaz de guiar el comportamiento y producir efectos positivos. En las confesiones cristianas, por ejemplo, la fe en Dios puede proporcionar un enfoque muy eficaz, porque hay una cierta intimidad en la relación de la persona con Él y la forma de demostrar el amor a Dios, al Dios que te ha creado, es mostrar amor y compasión hacia nuestros semejantes. Creo que hay muchas razo­nes similares para respetar a las otras confesiones religiosas. Todas las grandes religiones han aportado tremendos beneficios a millones de seres humanos a lo largo de los tiempos. Incluso en este momento, mi­llones de personas siguen obteniéndolos. Y, en el futuro, también apor­tarán inspiración a millones de seres de las generaciones venideras.

»Creo que una forma de fortalecer el respeto mutuo es a través de un estrecho contacto personal entre esas confesiones religiosas. Du­rante los últimos años he realizado esfuerzos por reunirme y mante­ner diálogos con, por ejemplo, la comunidad cristiana y la comunidad judía, y creo que de ello se han derivado algunos resultados realmente positivos. Gracias a esta clase de contactos, podemos aprender a utilizar las aportaciones que las religiones han hecho a la humani­dad, encontrar aspectos de ellas de los que podemos aprender. Has­ta es posible que descubramos métodos y técnicas adaptables a nues­tra práctica.

»Así pues, es esencial que desarrollemos lazos más estrechos entre las diversas religiones; de ese modo podremos realizar un esfuerzo común para beneficio de la humanidad. Hay tantas cosas que divi­den a la humanidad, tantos problemas en el mundo... La religión de­bería ser un medio para reducir el sufrimiento en el mundo, y no otra fuente de conflicto.

»A menudo hemos oído que todos los seres humanos somos igua­les. Queremos decir con ello que todo el mundo tiene el evidente de­seo de alcanzar la felicidad. Toda persona tiene derecho a ser feliz. y toda persona tiene derecho a superar el sufrimiento. Por lo tanto, si alguien saca felicidad o beneficio de una confesión religiosa, es nece­sario respetar sus derechos; tenemos que aprender, pues, a respetar to­das esas grandes tradiciones religiosas.
Durante las semanas de conferencias pronunciadas por el Dalai Lama en Tucson, el espíritu de respeto mutuo fue algo más que un de­seo. Entre el público se encontraban muchos que seguían diferentes tradiciones religiosas, incluida una abundante representación del cle­ro cristiano. A pesar de las diferencias, el local siempre estuvo impregnado de un ambiente pacífico y armonioso. Era algo incluso pal­pable. Reinaba también un espíritu de intercambio y de curiosidad entre los no budistas, acerca de la práctica espiritual cotidiana del Dalai Lama. Esa curiosidad impulsó a uno de los asistentes a pre­guntar:

-Tanto si se es budista como si no, en todas partes parece crecer la práctica de la oración. ¿Por qué es tan importante la oración para la vida espiritual?

El Dalai Lama contestó:

-Creo que, en su mayor parte, la oración es un simple recordatorio cotidiano de nuestros principios y convicciones. Yo mismo repito cada mañana ciertos versos budistas. Los versos pueden parecer oracio­nes pero en realidad son recordatorios. Recordatorios de cómo hablar con los demás, de cómo relacionarse con los demás, de cómo afrontar los problemas en la vida cotidiana y cosas así. Así que, en su mayor parte, mi práctica religiosa se compone de recordatorios, en los que reviso la importancia de la compasión, del perdón, de todas estas co­sas. Y, naturalmente, también incluyo ciertas meditaciones sobre la naturaleza de la realidad y ciertas prácticas de visualización. Así pues, en mi propia práctica diaria, en mis oraciones cotidianas si las realizo pausadamente, puedo tardar unas cuatro horas. Es bastante tiempo. La idea de dedicar cuatro horas al día a la oración impulsó a otra oyente a preguntar:

-Soy una madre que trabaja, tengo niños pequeños y muy poco tiempo libre. Alguien que está tan ocupado como yo, ¿cómo puede encontrar el tiempo necesario para realizar esas oraciones y prácticas de meditación?

-Incluso en mi caso, si deseara quejarme por la falta de tiempo siempre podría hacerlo -comentó el Dalai Lama-. Siempre estoy muy ocupado. No obstante, si se hace un esfuerzo, siempre se encuen­tra tiempo, por ejemplo a primeras horas de la mañana. Hay también otros momentos, como en los fines de semana. Se puede sacrificar algo del tiempo de diversión. -Se echó a reír-. Así, por lo menos, puede encontrar media hora diaria. O si se esfuerza aún más, quizá treinta minutos por la mañana y otros tantos por la noche. Si lo planifica, le será posible encontrar tiempo.

»No obstante, si piensa seriamente en el verdadero significado de las prácticas espirituales, verá que están relacionadas con el desarro­llo y el entrenamiento de su mente, de sus actitudes, estado psicológi­co y emocional y bienestar. No debería limitar su práctica espiritual a ciertas actividades físicas o verbales, como recitar oraciones y cantar. Si su práctica espiritual se limitara únicamente a estas actividades nece­sitaría, naturalmente, disponer de un tiempo específico, de un tiempo especialmente asignado para ello, porque no puede pasarse el día rea­lizando sus actividades habituales mientras recita mantras. Eso sería bastante molesto para la gente que la rodea. No obstante, si com­prende la práctica espiritual en su verdadero sentido, puede utilizar las veinticuatro horas del día para ella. La verdadera espiritualidad es una actitud mental que se tiene en cualquier momento. Por ejemplo, si se siente tentada de insultar a alguien, debe tomar inmediatamente precauciones y contenerse para no hacerolo. De modo similar, si cree que va a perder los estribos, debe decirse inmediata y reflexivamente: "No, esta no es la forma apropiada". Eso es una verdadera práctica es­piritual. Visto desde ese ángulo, siempre dispondrá de tiempo.

»Esto me hace pensar en uno de los maestros tibetanos Kadampa, Potowa, quien dijo que para un meditador que ha alcanzado un cier­to grado de estabilidad y realización interior, cada acontecimiento, cada experiencia es una especie de aprendizaje. Es una experiencia de aprendizaje. Creo que esto es muy cierto.

»Desde esta perspectiva, por tanto, hasta cuando se ve expuesta, por ejemplo, a escenas perturbadoras de violencia y sexo en la televi­sión o en las películas, existe la posibilidad de abordarlas con la con­ciencia de que causan efectos dañinos y, en lugar de sentirse total­mente abrumada por lo que ve, puede tomar tales escenas como una especie de indicador de la naturaleza nociva de las emociones negati­vas no controladas.
Pero sacar lecciones de reposiciones de El equipo A o Melrose Pla­ce es una cosa. Como budista practicante, sin embargo, el régimen espiritual del Dalai Lama incluye ciertamente rasgos propios del ca­mino budista. Al describir su práctica cotidiana, por ejemplo, men­cionó que incluye meditaciones sobre la naturaleza de la realidad, así como ciertas prácticas de visualización. Aunque en el contexto de este análisis mencionó tales prácticas sólo de pasada, a lo largo de los años he tenido la oportunidad de oírle hablar extensamente del tema, ya que, de hecho, sus charlas y conferencias abarcan algunos de los aná­lisis más complejos que haya escuchado nunca sobre cualquier tema. Sus charlas sobre la naturaleza de la realidad estaban llenas de com­plicados argumentos y laberínticos análisis filosóficos; sus descrip­ciones de las visualizaciones tántricas eran inconcebiblemente intrin­cadas y elaboradas, con meditaciones y visualizaciones cuyo objetivo parecía ser construir una especie de atlas holográfico del universo dentro de su propia imaginación. Había dedicado toda una vida al estudio y la práctica de estas meditaciones. Al pensar en esto, y conocedor del monumental alcance de sus esfuerzos, se me ocurrió pre­guntarle:

-¿Puede describir el beneficio práctico o el impacto que han teni­do estas prácticas espirituales sobre su vida cotidiana? El Dalai Dama guardó silencio durante un rato, antes de contes­tar serenamente:

-Aunque mi propia experiencia pueda ser escasa, algo que puedo decir con toda seguridad es que tengo la sensación de que, a través de la formación budista, siento que mi mente se ha hecho mucho más se­rena. Aunque se ha producido gradualmente, quizá incluso centíme­tro a centímetro -se echó a reír-, creo que ha habido un cambio en mi actitud hacia mí mismo y los demás. A pesar de que resulta difícil señalar las causas exactas de él, creo que está influido por una toma de conciencia, no una plena realización pero sí un cierto sentimiento, de la naturaleza fundamental de la realidad, y también de la considera­ción de cuestiones como la transitoriedad, el sufrimiento y el valor de la compasión y el altruismo.

»Así, por ejemplo, hasta cuando pensamos en los chinos comunis­tas que causan daño al pueblo tibetano, mi formación budista me per­mite experimentar una cierta compasión incluso hacia el torturador, porque comprendo que se ha visto impulsado por fuerzas negativas.

Debido a ello, a mis votos de Bodhisattva, y a mis compromisos, aun­que una persona cometa atrocidades no puedo sentir o penar que, de­bido a ellas, deba experimentar siempre cosas negativas o no tener momentos de felicidad. El voto de Bodhisattva me ha ayudado a de­sarrollar esta actitud y me ha sido muy útil, de modo que, natural­mente, le doy un gran valor.

»Eso me recuerda a un antiguo maestro de canto que está en el mo­nasterio Namgyal. Estuvo en las prisiones chinas y en campos de con­centración, como prisionero político, durante veinte años. Una vez le pregunté cuál fue la situación más difícil a la que tuvo que enfrentar­se en esa época. Sorprendentemente, me contestó que, en esa época, el mayor peligro que corrió fue el de perder la compasión que sentía por los chinos.

»Hay muchas historias similares. Por ejemplo, hace tres días me reuní con un monje que pasó muchos años en las prisiones chinas. Me dijo que tenía veinticuatro años cuando se produjo el levantamiento tibetano de 1959. Se unió a las fuerzas tibetanas en Norbulinga. Fue hecho prisionero por los chinos y enviado a prisión, junto con otros tres hermanos suyos que fueron asesinados en ella. Otros dos herma­nos también fueron asesinados. Más tarde, sus padres murieron en un campo de trabajos forzados. Pero me dijo que cuando estuvo en pri­sión, reflexionó sobre la vida que había llevado hasta entonces y lle­gó a la conclusión de que, a pesar de haber pasado toda una vida en el monasterio de Drepung, no había sido un buen monje. Pensaba que había sido un monje estúpido. En aquel momento se hizo votos de que, a partir de entonces, estando en prisión, trataría de ser un mon­je genuinamente bueno. Como resultado de sus prácticas budistas,
"-A través del voto de Bodhisattva, el educando espiritual afirma su intención de convertirse en un Bodhisattva, literalmente el «guerrero despierto», quien, por amor y compasión, ha alcanzado la realización del Bodhicitta, un estado mental caracterizado por la aspiración espontánea y genuina a alcanzar la plena ilumina­ción para ser beneficioso para todos los seres pudo mantenerse mentalmente muy feliz a pesar de sufrir un gran do­lor físico. Incluso cuando lo sometieron a torturas y a fuertes palizas, pudo sobrevivir y seguir sintiéndose feliz al considerar todo como una limpieza de su anterior karma negativo.

»A través de estos ejemplos podemos apreciar realmente el valor de incorporar todas estas prácticas espirituales en nuestra vida coti­diana.

De ese modo, el Dalai Lama añadió el ingrediente final de una vida más feliz: la dimensión espiritual. A través de las enseñanzas del Buda, el Dalai Lama y muchos otros han encontrado unos principios que les permiten soportar y hasta trascender el dolor y el sufrimiento que la vida trae consigo. Y, tal como sugiere el Dalai Lama, cada una de las grandes confesiones religiosas del mundo puede ofrecer las mismas oportunidades de alcanzar una vida más feliz. El poder de la fe, ge­nerado a una escala muy amplia por la religión, ilumina las vidas de millones de personas y las ha sostenido en momentos de dificultad. A veces, funciona de forma silenciosa y sutil, otras lo hace a través de experiencias transformadoras. Cada uno de nosotros, en algún mo­mento de nuestras vidas, ha sido testigo del funcionamiento de ese po­der en un miembro de nuestra familia, en un amigo o en un conocido. Ocasionalmente, los ejemplos llegan hasta las páginas de los periódi­cos. Muchos conocen, por ejemplo, el suplicio de Terry Anderson, un hombre corriente que fue secuestrado en una calle de Beirut una ma­ñana de 1985. Le echaron una manta por encima, fue metido a em­pujones en un coche y durante los siete años siguientes fue retenido como rehén por Hezbollá, una organización islámica radical. Hasta 1991 estuvo encerrado en pequeñas celdas de sótanos húmedos y su­cios, con los ojos cubiertos y encadenado durante prolongados períodos de tiempo, soportando palizas regularmente. Cuando fue finalmente liberado, el mundo se fijó en él y encontró a un hombre regocijado por poder regresar junto a su familia y reanudar su vida, pero sorpren­dentemente libre de amargura y odio hacia sus captores. Al ser inte­rrogado por los periodistas sobre el origen de una fortaleza tan nota­ble, señaló la fe y la oración como los elementos que le ayudaron a so­portar su suplicio.

El mundo está lleno de ejemplos similares de cómo la fe religiosa ofrece ayuda en momentos difíciles. Recientes y extensas encuestas parecen confirmar el hecho de que la fe religiosa puede contribuir sus­tancialmente a llevar una vida más feliz. Las dirigidas por investiga­dores independientes y por grandes organizaciones de encuestas (como la empresa Gallup) han descubierto que las personas religiosas se sienten felices y satisfechas con su vida en mayor medida que las no religiosas. Los estudios han descubierto que la fe no sólo conlleva sen­timientos de bienestar, sino que también parece ayudar a afrontar más serenamente cuestiones como el envejecimiento o la superación de cri­sis personales y acontecimientos traumáticos. Además, las estadísti­cas muestran que las familias con fuertes creencias religiosas se ven afectadas por menores índices de delincuencia, alcoholismo, droga­dicción y rupturas matrimoniales. También hay pruebas que indican que la fe puede tener beneficios para la salud, incluso en casos de en­fermedades graves. De hecho, hay cientos de estudios científicos y epi­demiológicos que han establecido una vinculación entre la fe religiosa, índices menores de mortalidad y mejor salud. Según un estudio, mu­jeres ancianas con fuertes creencias religiosas pudieron caminar dis­tancias más largas, después de haber sido operadas de la cadera, que las que tenían menos convicciones religiosas; también se sintieron me­nos deprimidas después de la operación. Un estudio realizado por Ronna Casar Hanis y Mary Amanda Dew en el Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh descubrió que los pacientes trasplantados de corazón con fuertes convicciones religiosas tienen menos dificultades para afrontar regímenes médicos postoperatorios y muestran una me­jor salud física y emocional a largo plazo. En otro estudio del doctor Thomas Oxman y sus colegas de la Escuela Médica de Dartmouth se descubrió que los pacientes mayores de cincuenta y cinco años some­tidos a una operación quirúrgica a corazón abierto de la arteria coro­naria o de la válvula cardiaca que se habían refugiado en sus creencias religiosas, tenían tres veces más probabilidades de sobrevivir que quie­nes no lo habían hecho.

A veces, los beneficios de una fuerte fe religiosa son el producto di­recto de las doctrinas de una religión concreta. Muchos budistas, por ejemplo, soportan el sufrimiento a través de su fe en la doctrina del karma. Gracias a la fe que tienen depositada en un Dios omnisciente y amoroso, un Dios cuyo plan quizá sea oscuro para nosotros pero que, en su sabiduría, terminará por revelarnos su amor, mucha gente puede resistir sus tribulaciones. Con fe en las enseñanzas de la Biblia, pueden reconfortarse con versículos como el de Romanos 8,28: «En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de aque­llos que han sido llamados según su voluntad».

Aunque algunas de las compensaciones de la fe se basen en doctri­nas de una confesión determinada, la vida espiritual también tiene otras características comunes a todas las religiones. La participación en las actividades de cualquier grupo religioso puede crear una sensa­ción de pertenencia, de lazos comunes, una conexión con los otros participantes. Ofrece una estructura a través de la cual uno puede co­nectarse y relacionarse con los demás; eso puede proporcionar un sen­timiento de pertenencia. Las creencias religiosas muy arraigadas pue­den damos un profundo sentido de propósito, aportar significado a la propia vida. Ofrecen esperanza frente a la adversidad, el sufrimien­to y la muerte. Ayudan a adoptar una perspectiva amplia, que nos per­mite salir de nosotros mismos cuando nos sentimos abrumados por los problemas cotidianos.

Aunque estos beneficios potenciales están al alcance de quienes practican una religión establecida, está claro que tener una fe religio­sa no garantiza, por sí sola, la felicidad y la paz. Por ejemplo, en el mis­mo momento en que Terry Anderson se hallaba encadenado en una celda, manifestando los valores más elevados de la fe religiosa, justo fuera de ella se desataban la violencia de masas y el odio mostrando los peores aspectos de la fe religiosa. Durante años, distintos grupos mu­sulmanes, cristianos e israelíes mantuvieron una guerra, en parte, ali­mentada por el odio violento entre los bandos, lo que tuvo como con­secuencia atrocidades inenarrables, cometidas en nombre de la fe. Es una vieja historia que se ha repetido con demasiada frecuencia a lo largo de la historia, incluso en el mundo moderno.

Debido a este potencial para alimentar la división y el odio, resulta fácil perder la confianza en las religiones. Eso ha llevado a algunas fi­guras como el Dalai Lama a tratar de difundir los elementos de la vida espiritual que pueden ser aplicados universalmente para aumentar la felicidad, independientemente de la confesión o las creencias religiosas.


Así, con tono de la más completa convicción, el Dalai Lama con­cluyó su análisis ofreciendo su visión de una verdadera vida espiritual: -Cuando hablo de adoptar una dimensión espiritual en nuestra vida, he identificado fe con espiritualidad. Cuando se profesa una re­ligión eso está bien. Pero nos podemos arreglar incluso sin creencias religiosas. En algunos casos, nos las arreglamos mejor. Tenemos derecho: si deseamos creer, bien; si no, también. Existe, sin embargo, otro nivel de espiritualidad. Eso es lo que llamo espiritualidad básica: se trata de un conjunto de cualidades, como bondad, amabilidad, compasión, atención con los demás. Tanto si somos creyentes como si no, esta clase de espiritualidad es esencial. Personalmente, conside­ro este segundo nivel de espiritualidad más importante que el prime­ro, porque al margen de lo maravillosa que pueda ser una religión, sólo será aceptada por una parte de la humanidad. Pero, mientras se­amos seres humanos, mientras formemos parte de la familia humana, todos necesitamos aquellos valores espirituales. Sin ellos, la existen­cia humana resulta dura, muy seca: ninguno de nosotros puede ser una persona feliz, nuestra familia sufrirá y, en último término, toda la sociedad tendrá más problemas. Así pues, queda claro que el cultivo de aquellos valores resulta esencial.

»Al cultivarlos, me parece que necesitamos recordar que de los aproximadamente cinco mil millones de seres humanos que habita­mos este planeta, sólo unos mil o dos mil millones somos creyentes. Naturalmente, al referirme a creyentes no incluyo a aquellas perso­nas que dicen simplemente: "Soy cristiano" porque lo eran sus ante­pasados, pero que no practican su religión. Por tanto, excluyendo a estas personas, creo que quizá haya alrededor de mil millones de per­sonas que practiquen sinceramente su religión. Eso significa que hay cuatro mil millones de personas, la mayoría de la población de esta tierra, que no son creyentes. Tenemos que encontrar una forma de intentar mejorar la vida de ellos, de esos cuatro mil millones de seres que no tienen religión específica; alguna forma de ayudarles a con­vertirse en seres humanos buenos, en personas morales, sin ninguna religión. En este aspecto creo que la educación es crucial, ya que dar a la gente la idea de que la compasión, la afabilidad, etcétera, son las cualidades humanas básicas no afecta sólo a los miembros de una Iglesia. Creo que antes ya hablamos de la importancia fundamental del calor humano, del afecto y la compasión para la salud física de la gente, para su felicidad y paz mental. Este es por tanto un tema muy práctico y no simple teoría religiosa o especulación filosófica. Se tra­ta de un tema clave. Y creo que constituye la esencia de las enseñanzas religiosas de todas las confesiones. Pero también es esencial para los que prefieren no tener religión. Creo que a esas personas podemos educarlas y convencerlas de que está bien que permanezcan sin reli­gión, pero que hay que ser una persona buena, un ser humano sensi­ble, con sentido de la responsabilidad y del compromiso para lograr un mundo mejor y más feliz.

»En general, es posible que cada cual muestre su religión por me­dios externos, como ciertas vestimentas, las imágenes sagradas del hogar, canciones u oraciones. Estas prácticas no son tan importantes como que cada uno lleve un estilo de vida verdaderamente espiritual, basado en valores fundamentales, porque es posible realizar activida­des externas públicas al mismo tiempo que se tiene un estado mental muy negativo. La verdadera espiritualidad debería tener como resul­tado que la persona fuera más serena, más feliz, más pacífica.

»Todos los estados virtuosos de la mente, como la compasión, la tolerancia, el perdón, la atención hacia los demás, etcétera, todas esas cualidades mentales son Dharma genuino, cualidades espirituales ge­nuinas, porque no pueden coexistir con malos sentimientos o con es­tados negativos de la mente.

»Así pues, adoptar un método que aporte disciplina a la propia mente es la esencia de una vida religiosa; se trata de una disciplina in­terior que tiene el propósito de cultivar estados mentales positivos. Por tanto, llevar una vida espiritual depende de que se haya consegui­do alcanzar ese estado disciplinado y domesticado de la mente y que eso se vea reflejado en las acciones cotidianas.
El Dalai Lama tenía que asistir a una pequeña recepción en honor de un grupo de donantes que apoyaban la causa tibetana. Frente a la sala de recepción se había congregado una gran multitud, a la espera de su aparición. Cuando él llegó, la multitud ya era bastante densa. En­tre los espectadores observé a un hombre al que había visto en un par de ocasiones a lo largo de la semana. No era fácil precisar su edad, aunque yo le habría supuesto entre veinticinco y treinta años; era alto y muy delgado. Aunque destacaba por su aspecto descuidado, me había lla­mado la atención por su expresión, que había visto con frecuencia entre mis pacientes: angustiada, profundamente deprimida, como si sufriera mucho. Creí observar ligeros gestos reflejos alrededor de su boca. «Discinesia tardía», diagnostiqué en silencio. La discinesia es un trastorno neurológico causado por el uso crónico de medicación antipsicótica. «Pobre hombre», pensé, aunque me olvidé de él rápi­damente.

Al llegar el Dalai Lama, la multitud se condensó, y se movió hacia él para saludado. El personal de seguridad, compuesto en su mayor parte por voluntarios, se esforzó por contener a la masa de gente que avanzaba, para despejar un camino hacia la sala de recepción. El joven angustiado, de antes, ahora con una expresión un tanto desconcerta­da, se vio empujado hacia adelante por la multitud y se encontró al borde del claro abierto por el equipo de seguridad. Al abrirse paso, el Dalai Lama observó al hombre, se liberó de la protección del equipo de seguridad y se detuvo para hablar con él. Al principio, el joven se quedó aturdido y empezó a hablar muy rápidamente al Dalai Lama, que pronunció pocas palabras. No pude escuchar lo que se dijeron, pero observé que mientras hablaba, el joven empezó a mostrarse visi­blemente más agitado. El hombre decía algo pero, en lugar de respon­der, el Dalai Lama le tocó espontáneamente la mano, dándole unas suaves palmaditas, y durante un momento se limitó a permanecer allí, asintiendo con ligeros gestos. Mientras sostenía con firmeza la mano del joven y lo miraba a los ojos, pareció como si no se diera cuenta de la multitud que le rodeaba. De repente, la expresión de dolor y agitación pareció desaparecer del rostro del hombre y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Aunque la sonrisa que brotó y se extendió lentamen­te sobre sus rasgos fue tenue, una expresión de consuelo y alegría apa­reció en sus ojos.

El Dalai Lama ha resaltado repetidas veces que la disciplina inte­rior es la base de una vida espiritual. Es el método fundamental para alcanzar la felicidad. Tal como explicó para este libro, la disciplina in­terior supone, desde su perspectiva, combatir los estados negativos de la mente, como la cólera, el odio y la avaricia, y cultivar los estados positivos como la amabilidad, la compasión y la tolerancia. También ha señalado que una vida feliz se construye sobre el fundamento de ese estado mental sereno y estable. El desarrollo de la disciplina inter­na puede incluir técnicas de meditación formal que ayudan a estabili­zar la mente y logran ese estado de calma. La mayoría de las religio­nes incluyen prácticas que tratan de aquietar la mente, de situarnos más en contacto con nuestra más profunda naturaleza espiritual. Como conclusión de la serie de conferencias pronunciadas por el Dalai Lama en Tucson, el maestro ofreció una meditación pensada para ayudar­nos a serenar nuestros pensamientos, observar la naturaleza funda­mental de la mente y desarrollar la «quietud de la mente».

Meditación sobre la naturaleza de la mente

Tras observar a los reunidos, empezó a hablar en su forma pecu­liar, como si en lugar de dirigirse a un grupo estuviera transmitien­do enseñanzas a cada individuo presente. En algunos momentos se mostraba quieto y concentrado, en otros más animado; acompaña­ba sus instrucciones con ligeros movimientos de cabeza, gestos con las manos y suaves balanceos.

-El propósito de este ejercicio es empezar a reconocer y percibir la naturaleza de nuestra mente -empezó a decir-, al menos a un ni­vel convencional. Generalmente, al referimos a nuestra mente, expre­samos un concepto abstracto. Si no tenemos una experiencia directa de nuestra mente, por ejemplo, si se nos pidiera que la identificára­mos, nos sentiríamos impulsados a señalar simplemente el cerebro. Si se nos pidiera que definiésemos la mente, diríamos que es algo que tiene capacidad para saber», algo que es «claro» y «cognitivo». Pero si no hemos captado directamente la mente a través de prácticas de meditación, estas definiciones no son más que palabras. Es importan­te poder identificar la mente a través de la experiencia directa y no sólo como un concepto abstracto. Por tanto, el propósito de este ejer­cicio es sentir o captar directamente la naturaleza convencional de la mente, de modo que cuando se diga que la mente tiene cualidades de «claridad» y «cognición», seamos capaces de identificarla de forma experimental. ,

»Este ejercicio nos ayuda a detener deliberadamente los pensa­mientos y a permanecer gradualmente en ese estado durante un tiem­po cada vez más prolongado. Cuando se domina este ejercicio se llega a tener la sensación de que no hay nada, sólo vacío. Pero si se pro­fundiza más, se empieza a reconocer la naturaleza fundamental de la mente, sus cualidades de "claridad" y de "conocimiento". Es como un vaso de cristal puro lleno de agua. Si el agua también es pura, se puede ver el fondo del vaso, aun sabiendo que el agua está ahí.

»Así que hoy meditaremos sobre la no conceptualidad. No es este un simple estado de abulia o de dejar en blanco nuestra mente. En lu­gar de eso, lo que hay que hacer es decidir "anular los pensamientos conceptuales". La forma de hacerla es la siguiente:

»En términos generales, nuestra mente está dirigida predominan­temente hacia los objetos externos. Nuestra atención sigue el sentido de las experiencias. Se mantiene en un nivel predominantemente sen­sorial y conceptual. En otras palabras, nuestra conciencia se dirige normalmente hacia las experiencias sensoriales y los conceptos men­tales. En este ejercicio lo que hay que hacer es retirar la mente hacia el interior; no lanzarla a la caza de objetos sensoriales. Pero, al tiem­po, no debe retirarse hasta el extremo de provocar un estado de estu­por. Ha de estarse en un estado consciente de alerta y atención, para desde él asumir la conciencia, de modo que ésta no se vea afectada por los pensamientos del pasado, las cosas que han ocurrido, sus re­cuerdos o ideas sobre el futuro, como planes, expectativas, temores y esperanzas. Intente más bien permanecer en un estado relajado y neutral.

»Esto es un poco como un río que fluye con fuerza, por lo que su lecho no se puede ver con claridad. Si hubiera algún modo de detener el flujo de ambas direcciones, es decir, desde donde llega el agua y ha­cia donde va, se podría mantener el agua quieta. Eso permitiría ver el lecho del río. De modo similar, cuando se es capaz de detener la men­te de modo que deje de cazar objetos sensoriales y pensar en el pa­sado y en el futuro, si se puede liberar la mente por completo, de­jándola totalmente "en blanco", podría empezarse a mirar debajo de la turbulencia de los procesos de pensamiento. Allí reina una quie­tud subyacente, una claridad fundamental de la mente. Debería tra­tarse de observar y experimentar eso...

»Quizá sea difícil de conseguir en una fase inicial, así que iniciare­mos la práctica desde esta misma sesión. En la fase inicial, cuando se empieza a experimentar este estado natural subyacente" de concien­cia, se siente como una "ausencia". Eso ocurre porque estamos muy habituados a comprender nuestra mente en términos de objetos externos; tendemos a mirar el mundo a través de nuestros conceptos, imágenes, etcétera. Así que, al retirar la mente de los objetos exter­nos es casi como si no pudiéramos reconocer nuestra propia mente. De ahí proviene la ausencia, la vacuidad. No obstante, a medida que se progresa y se acostumbra uno a ella, se empieza a notar una clari­dad subyacente, una luminosidad. Es entonces cuando se comienza a apreciar el estado natural de la mente.

»Muchas de las experiencias meditativas realmente profundas tienen que alcanzarse sobre la base de la quietud de la mente... Oh -exclamó el Dalai Lama echándose a reír-, debería advertirles que en este tipo de meditación se corre el peligro de quedarse dormido, puesto que no hay objeto específico sobre el que concentrar la aten­ción.

»Así que, ahora, meditemos...

»Para empezar, realicemos antes tres rondas de respiración pro­funda y centremos la atención simplemente en la respiración. Concén­trese en la inspiración, la espiración, la inspiración, la espiración... hasta tres veces. Luego, empiecen la meditación.

El Dalai Lama se quitó las gafas, cruzó las manos sobre su regazo y permaneció inmóvil, sumido en la meditación. Un silencio total se extendió por la sala, al tiempo que mil quinientas personas efectua­ban una introspección, en la soledad de mil quinientos mundos pri­vados, tratando de acallar sus pensamientos y quizá de echar un vis­tazo fugaz a la verdadera naturaleza de su propia mente. Al cabo de cinco minutos, el silencio crujió, aunque no se rompió, cuando el Da­lai Lama empezó a cantar suavemente, con voz baja y melódica, sa­cando suavemente a sus oyentes de la meditación.

Ese día, al concluir la sesión, el Dalai Lama juntó las manos, como hacía siempre, se inclinó ante el público en demostración de afecto y respeto, se levantó y se abrió paso entre la gente que lo rodeaba. Man­tuvo las manos juntas y siguió inclinándose a uno y otro lado mien­tras abandonaba la sala. Al cruzar por entre la multitud se inclinó tan­to que habría sido imposible verlo para cualquiera que estuviera a más de unos pocos pasos de distancia. Parecía perdido entre un mar de cabezas. Desde la distancia, sin embargo, aún podía detectarse el ca­mino que seguía por el sutil desplazamiento del movimiento de la mul­titud al pasar él. Era como si hubiese dejado de ser un objeto visible y se hubiera convertido, simplemente, en una presencia que se siente.

Agradecimientos

ESTE LIBRO NO HABRÍA existido sin los esfuerzos y la amabilidad de muchas personas. En primer lugar, quisiera transmitir mi más sen­tido agradecimiento a Tenzin Gyatso, el decimocuarto Dalai Lama, con una profunda gratitud por su ilimitada afabilidad, generosidad, inspiración y amistad. Y a mis padres, James y Bettie Cutler, en cari­ñoso recuerdo, por haberme proporcionado los fundamentos de mi propio camino para encontrar la felicidad en la vida.

Mi más sincero agradecimiento se extiende a muchos otros:

Al doctor Thupten Jinpa por su amistad, su ayuda en la revisión de los textos del Dalai Lama incluidos en este libro, su papel esencial al actuar como intérprete de las conferencias del Dalai Lama y en muchas de nuestras conversaciones privadas. Y también a Lobsang Jordhen, el venerable Lhakdor, por actuar como intérprete mío para una serie de conversaciones con el Dalai Lama en la India.

A Tenzin Geyche Tethong, Richen Dharlo y Dawa Tsering, por su apoyo y ayuda en muchos aspectos a lo largo de los años.

A muchas personas que trabajaron mucho para asegurarse de que la visita del Dalai Lama a Arizona en 1993 fuera una experiencia gra­tificante para tantos: a Claude d'Estree, Ken Bacher y el consejo y el personal de Arizona Teachings, Ine., a Peggy Hitchcock y al consejo de Arizona Friends of Tibet, a la doctora Pam Willson ya los que ayudaron a organizar la conferencia pronunciada por el Dalai Lama en la Universidad Estatal de Arizona, así como a las docenas de entregados voluntarios, por sus incansables esfuerzos, en nombre de quienes asis­tieron a las acciones del Dalai Lama en Arizona.

A mis extraordinarios agentes, Sharon Friedman y Ralph Vicinan­za, y a su maravilloso equipo, por su ánimo, amabilidad, entrega y ayuda en tantos aspectos de este proyecto y por el duro trabajo reali­zado más allá de lo exigido por el deber. He contraído con ellos una deuda especial de gratitud.

A aquellos que aportaron su valiosa asistencia, percepción y expe­riencia editorial, así como apoyo personal durante el prolongado pro­ceso de redacción: a Ruth Hapgood por sus hábiles esfuerzos para editar las primeras versiones del manuscrito, a Barbara Gates y a la doctora Ronna Kabatznick por su indispensable ayuda para revisar el voluminoso material, así como para centrarlo y organizarlo en una estructura coherente. También a mi ingenioso editor Amy Hertz por creer en el proyecto y ayudar a configurar el libro en su forma final. También a Jennifer Repo y al personal de revisión de galeradas de Ri­verhead Books. También quisiera expresar mi cálido agradecimiento a todos aquellos que ayudaron a transcribir las conferencias del Dalai Lama en Arizona, a mecanografiar las transcripciones de mis conversaciones con él y a mecanografiar partes de las primeras versiones del manuscrito.


Wyatt Gothe, la doctora Gail McDonald, Larry Cutler, Randy Cutler y un agradecimiento especial con profundo aprecio a Candee y Scott Brierley, así como a otros muchos amigos a los que quizá no haya ci­tado aquí por su nombre, pero a los que llevo en mi corazón con per­manente amor, gratitud y respeto.

y a Lori, con amor.


También de Su Santidad el Dalai Lama
Las siguientes obras se incluyen por orden alfabético de título.

The Dalai Lama: A Policy of Kindness, compilado y editado por Sid­ney Piburn, Snow Lion Publications, Ithaca, 1990 [Trad. cast., Políti­ca de la bondad, Dharma, Novelda, Alicante, 1993.]

A Flash of Lightning in the Dark of Night. A Cuide to the Bodhisat­tva's Way of Life, por S. S. el Dalai Lama, Shambhala Publications, Bastan, 1994.

The Four Noble Truths, por S. S, el Dalai Lama, traducido por el doc­tor Thupten Jinpa, editado por Dominique Side, Thorsons, Londres, 1998.


Y, para terminar, mi más profundo agradecimiento: A mis maestros.

A mi familia y a los muchos amigos que han enriquecido mi vida de más formas de las que puedo expresar: a Gina Beckwith, el doctor David Weiss y Daphne Atkeson, el doctor Gillian Hamilton, Helen Mitsios, David Greenwalt, Dale Brozosky, Kristi Ingham Espinasse, el doctor David Klebanoff, Henrietta Bernstein, Tom Minar, Ellen


Freedom in Exile. The Autobiography of the Dalai Lama, por S. S. el Dalai Lama, HarperCollins, Nueva York, 1991. [Trad. cast., Libertad en el exilio, Plaza y Janés, Barcelona, 1991.]

The eood Heart. A Buddhist Perspective on the Teachings of Jesus, por S. S. el Dalai Lama, Wisdom Publications, Bastan, 1996.

Kindness, Clarity, and Insight, por S. S. el Dalai Lama, traducción y edición de Jeffrey Hopkins, coedición de Elizabeth Napper, Snow Lion Publications, Ithaca, 1984.

The World of Tibetan Buddhism, por S. S. el Dalai Lama, traducción, edición y notas del doctor Thupten Jinpa, Wisdom Publications, Bos­ton, 1995.



Libros Tauro

http://www.LibrosTauro.com.ar

Página de



Compartir con tus amigos:
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   12


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos