El Arte De La Felicidad


La honradez como antídoto contra el bajo nivel de autoestima o la exagerada seguridad en sí mismo



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La honradez como antídoto contra el bajo nivel de autoestima o la exagerada seguridad en sí mismo

Una saludable seguridad en uno mismo es un factor esencial para alcanzar nuestros objetivos. Esto se aplica tanto si nuestro objetivo consiste en lograr un título universitario como si se trata de crear un negocio con éxito, disfrutar de una relación satisfactoria o disponer la mente para ser más feliz. Un bajo nivel de confianza en nosotros mismos inhibe nuestros esfuerzos para seguir adelante, afrontar los de­safíos y hasta para asumir algunos riesgos cuando sea necesario para la consecución de nuestros objetivos. La seguridad exagerada en uno mismo también es igualmente peligrosa. Quienes tienen un sentido desmesurado de sus propias capacidades y logros se hallan sometidos continuamente a la frustración, la desilusión y la rabia cuando la rea­lidad se entromete y el mundo no avala la visión idealizada que tienen de sí mismos. Estas personas siempre se encuentran a un paso de hun­dirse en la depresión cuando no logran estar a la altura de su imagen idealizada. Además, su megalomanía les conduce a menudo a experi­mentar una sensación de tener derecho a todo y a una especie de arrogancia que les distancia de los demás y les impide establecer relacio­nes emocionalmente satisfactorias. Finalmente, el hecho de sobresti­mar sus capacidades puede conducirles a correr riesgos peligrosos. Se­gún nos dice el inspector Callahan, en vena filosófica en la película Harry el sucio, mientras observa cómo el malo de la película, exage­radamente seguro de sí mismo, termina por volarse la tapa de los se­sos: «Un hombre tiene que conocer sus limitaciones».

En la tradición psicoterapéutica occidental, los teóricos han rela­cionado tanto el bajo como el alto nivel de seguridad en uno mismo con perturbaciones en la imagen propia y han investigado para des­cubrir las raíces de estas perturbaciones en la educación que se recibe durante la infancia. Muchos teóricos consideran la imagen, tanto deficiente como exagerada, como una moneda de dos caras, de las que la exagerada, por ejemplo, es una defensa inconsciente contra las insegu­ridades y sentimientos negativos sobre uno mismo. Los psicoterapeu­tas de orientación psicoanalítica han formulado complejas teorías acer­ca de cómo se producen las distorsiones de la imagen. Explican cómo se forma a medida que la persona interioriza la información que reci­be de su ambiente. Describen cómo las personas desarrollan sus con­ceptos sobre ellas mismas al incorporar mensajes explícitos e implí­citos de sus padres, y cómo pueden ocurrir distorsiones cuando las primeras interacciones con quienes las cuidan no son ni saludables ni formativas.

Cuando las perturbaciones en la propia imagen son lo bastante graves como para causar problemas significativos en su vida, muchas de esas personas recurren a la psicoterapia. Los psicoterapeutas orien­tados hacia la percepción interior se concentran en ayudar a los pa­cientes a comprender las disfunciones de sus relaciones infantiles en las que se encuentra el origen del problema, y en proporcionar infor­mación apropiada y un ambiente terapéutico en el que los pacientes reestructuren y reparen paulatinamente su imagen negativa. Por otro lado, el Dalai Lama centra la atención en «extraer la flecha», más que en dedicar tiempo a preguntarse quién la disparó. En lugar de plan­tearse por qué la gente tiene un nivel de auto estima bajo o elevado, nos plantea un método para combatir directamente estos estados ne­gativos de la mente.


En las décadas recientes, la naturaleza del «yo mismo» ha sido uno de los temas más investigados en el campo de la psicología. En la «dé­cada del yo», la de los años ochenta, por ejemplo, se publicaban cada año miles de artículos en los que se exploraban temas relacionados con la autoestima y la seguridad en uno mismo. Pensando en ello, abordé el tema con el Dalai Lama:

-En una de nuestras conversaciones, habló usted de la humildad como un rasgo positivo y explicó cómo estaba vinculada con el culti­vo de la paciencia y la tolerancia. En la psicología occidental, y en nuestra cultura en general, suele pasarse por alto el ser humildes en fa­vor del desarrollo de cualidades como altos niveles de auto estima y de seguridad en nosotros mismos. De hecho, en Occidente se da mucha importancia a estos atributos. Me preguntaba si usted tiene la sensa­ción de que los occidentales tendemos a veces a dar demasiado valor a la seguridad en nosotros mismos, a ser excesivamente indulgentes o estar demasiado centrados en nuestras vidas.

-No necesariamente -contestó el Dalai Lama-, aunque el tema puede ser bastante complicado. Los grandes maestros espirituales, por ejemplo, son aquellos que han hecho un voto o que han asumido la determinación de anular sus estados mentales negativos para pro­mover y producir la felicidad definitiva en todos los seres sensibles. Tienen esa visión y esa aspiración, que requiere un tremendo sentido de la seguridad en sí mismos; la cual puede ser muy importante por­que transmite una cierta osadía que ayuda a alcanzar grandes objeti­vos. En cierto modo, parecen arrogantes, aunque no de una forma negativa. Se basan en razones sanas. Así pues, yo los consideraría per­sonas muy valientes, casi héroes.

-Lo que en un gran maestro espiritual puede parecer superficial­mente una arrogancia, quizá sea una expresión de seguridad en sí mis­mo y de valentía -admití-. Pero, para la gente normal, en circuns­tancias cotidianas, lo más probable es que suceda lo contrario, que al­guien que parezca tener mucha seguridad en sí mismo y un alto nivel de autoestima, no sea en realidad más que simplemente un arrogante. Tengo entendido que, según el budismo, la arrogancia se define como una de las «emociones básicas del sufrimiento». De hecho, he leído que, según un sistema, hay siete tipos diferentes de arrogancia. Se considera por tanto muy importante evitar o superar la arrogancia. Pero también lo es el tener un fuerte sentido de seguridad en uno mismo. Existe una línea muy tenue entre ambas. ¿Cómo saber la dife­rencia entre ellas y cultivar la una al tiempo que se elimina la otra?

-A veces es bastante difícil distinguir entre seguridad en sí mis­mo y arrogancia -admitió el Dalai Lama-. Quizá una forma sea ver si el sentimiento es sano o no. Se puede tener una idea de superiori­dad muy sana en la relación con otros, que puede estar muy justifica­da y ser válida. Y también puede tenerse una seguridad exagerada en uno mismo, totalmente infundada. Eso sería arrogancia. Así pues, en términos de su estado fenomenológico, pueden ser similares...

-Pero una persona arrogante siempre tiene la sensación de poseer una base válida para...

-Es cierto, es cierto -admitió el Dalai Lama.

-¿Cómo distinguir, entonces, entre las dos? -insistí.

-Creo que, a veces, es algo que sólo puede juzgarse retrospectivamente, ya sea desde la perspectiva del propio individuo o desde la de una tercera persona. -El Dalai Lama hizo una pausa y bromeó-: Quizá la persona en cuestión tuviera que presentarse ante los tribu­nales para descubrir si es un ejemplo de orgullo exagerado o de arro­gancia -exclamó riendo.

»Al establecer la distinción entre engreimiento y seguridad en uno mismo -siguió diciendo-, cabría pensar en términos de las conse­cuencias de la propia actitud; generalmente, el engreimiento y la arro­gancia tienen consecuencias negativas, mientras que una sana seguridad en uno mismo tiene consecuencias positivas. Así pues, cuando hablamos de "seguridad en sí mismo", tenemos que examinar el sen­tido subyacente del "sí mismo". Creo que se pueden establecer dos tipos. Un sentido del yo mismo o "ego" se preocupa únicamente por la realización del propio interés, de los deseos egoístas, con un com­pleto desinterés hacia el bienestar de los demás. El otro tipo de ego o sentido de uno mismo se basa en una verdadera preocupación por los demás y el deseo de rendirles un servicio. Para realizar ese deseo de servir hay que tener un fuerte sentido y una gran seguridad en uno mismo. Esa clase de seguridad es la que tiene consecuencias po­sitivas.

-Creo que antes mencionó que una forma de ayudar a reducir la arrogancia o el orgullo, si una persona reconociera el orgullo como un defecto y deseara superarlo -comenté-, sería considerar el pro­pio sufrimiento, reflexionar sobre todas las formas en las que nos ha­llamos sometidos o somos proclives a él. Además de considerar el pro­pio sufrimiento, ¿existe alguna otra técnica o antídoto para trabajar contra el orgullo?

-Un antídoto consiste en reflexionar sobre la diversidad de las disciplinas sobre las que quizá no se tengan conocimientos -contes­tó-. Por ejemplo, en el sistema educativo moderno hay multitud de disciplinas. Pensar en tantos campos de los que uno es ignorante, pue­de ayudamos a superar el orgullo.

El Dalai Lama dejó de hablar y, convencido de que eso era todo lo que tenía que decir al respecto, empecé a rebuscar en mis notas para pasar al siguiente tema. De repente, volvió a hablar con un tono re­flexivo.

-Mire, hemos hablado de desarrollar una saludable seguridad en uno mismo... Creo que quizá honradez y seguridad en uno mismo están estrechamente relacionadas.

-¿ Se refiere a ser honrado con uno mismo acerca de cuáles son las propias capacidades, etcétera? ¿O se refiere a ser honrado con los demás? -pregunté.

-Ambas cosas -contestó-. Cuanto más honrado sea uno, cuan­to más abierto, menos temor tendrá, porque no hay ansiedad ante el hecho de verse expuesto o revelarse ante los demás. Así pues, creo que cuanto más honrado sea uno, mayor seguridad en sí mismo tendrá... -Me interesa explorar un poco más cómo afronta personalmente el tema de la seguridad en sí mismo -le dije-. Ha mencionado que la gente parece acudir a usted y espera que realice milagros. Lo some­ten a demasiada presión y tienen elevadas expectativas sobre usted. Aunque tenga una motivación adecuada, ¿no hace eso que sienta una cierta falta de confianza en sus capacidades?

-Creo que aquí hay que tener en cuenta lo que quiere decir al ha­blar de «falta de confianza» o de «poseer seguridad en uno mismo», en relación con un acto en concreto o con lo que sea. Para que alguien experimente falta de confianza en algo, es necesario que primero ten­ga la convicción de poder hacerla, es decir, que está a su alcance; si algo está a su alcance y no puede hacerla, se empieza a pensar: «Qui­zá yo no sea lo bastante bueno o competente, o no esté a la altura o algo parecido». En mi caso, sin embargo, darme cuenta de que no pue­do realizar milagros no me produce ninguna pérdida de seguridad en mí mismo porque nunca pensé que tuviera esa capacidad. No espero poder actuar como los Budas plenamente iluminados, ser capaz de saberlo todo, de percibirlo todo o de hacer lo más correcto en todas las ocasiones. Así que cuando la gente se me acerca y me pide que la cure, que realice un milagro o algo así, en lugar de sentir falta de se­guridad en mí mismo, sólo me siento bastante incómodo.

»Creo que, en general, ser honrado con uno mismo y con los de­más sobre lo que se es y no se es capaz de hacer puede contrarrestar ese sentimiento de falta de seguridad.

»Sin embargo, hay ocasiones, como por ejemplo en las relaciones con China, en que me siento inseguro. Habitualmente, consulto estas situaciones con funcionarios y, en algunos casos, con personas que no lo son. Pregunto a mis amigos, y luego discuto la cuestión. Puesto que muchas de las decisiones se toman a partir de discusiones con va­rias personas, y no se adoptan precipitadamente, suelo sentirme bas­tante seguro de mí mismo y no hay razón para que lamente haberlas tomado.
La valoración honrada y sin temor alguno puede ser un arma po­derosa contra las dudas o el bajo nivel de seguridad. La convicción del Dalai Lama de que esta clase de honradez actúa como un antído­to contra estados negativos de la mente ha sido efectivamente confir­mada por una serie de recientes estudios en los que se demuestra con claridad que quienes tienen una visión realista y exacta de sí mismos tienden a gustarse más y a ser más seguros que los que tienen un co­nocimiento de sí deficiente o quizá inexacto.

Con el transcurso de los años, he visto a menudo al Dalai Lama ilustrar hasta qué punto la seguridad en sí mismo procede del hecho de ser honrado y claro con las propias capacidades. Me causó una gran sorpresa la primera vez que le oí decir, delante de una gran audiencia «No lo sé», en respuesta a una pregunta. A diferencia de lo que esta­ba acostumbrado a escuchar a los conferenciantes académicos o a los que se presentaban como autoridades, admitió su falta de conoci­miento sin ambages, declaraciones justificativas o intentos por pare­cer que sabía algo soslayando el tema.

De hecho, pareció complacerse ligeramente al verse confrontado con una pregunta difícil para la que no tenía respuesta, y a menudo incluso bromeaba al respecto. Por ejemplo, una tarde, en Tucson, ha­bía hecho un comentario sobre un verso de lógica particularmente compleja perteneciente a la Guía de la forma de vida del Bodhisattva, de Shantideva. Se esforzó por recordado correctamente, se confundió y finalmente se echó a reír y dijo:

-¡Estoy confundido! Creo que es mejor dejado como está. Ahora bien, en el siguiente verso... En respuesta a las risas apreciativas del público, aún se rió más y comentó:

--Hay una expresión para referirse a este enfoque; hace referen­cia a la comida de un anciano, una persona muy vieja, con los dientes muy deteriorados; se comen las cosas blandas; en cuanto a las duras, se dejan. -Sin dejar de reír, añadió-: Así que lo dejaremos como está por hoy.

En ningún instante se conmovió su suprema seguridad en sí mismo.






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