El arquitecto y los obreros del sufrimiento



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Porque la condición de necesidad, cuando llega a amenazar hasta el derecho de existir, destruye la base de la dignidad de la vida misma.

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APEGO AL PLACER (Ansia)

De Gianna Mazzini

El gran


Tramposo

Primer Punto:

El gran tramposo tarde o temprano llega. En el momento en que comenzamos a crecer, justo cuando la fe avanza, aparece el Demonio del sexto cielo. << Cuando encuentra alguien que busca el Camino trata de obstaculizarlo>> (Nichiren Daishonin, Carta a los hermanos).

Su meta es debilitar la condición de vida, impedir que la maravilla se cumpla. <> (Nichiren Daishonin, Los tres obstáculos y los cuatros demonios).

La aparición del Demonio del sexto cielo es justamente la prueba del crecimiento. El trata de desviar nuestra dirección. Nos muestra caminitos, veredas imprevistas. Quiere entorpecer nuestra oración, evitar que vayamos hacia adelante. Quiere pararnos. Los métodos que utiliza, para lograrlo, son muchos, pero entre todos hay uno que es particular.



¿Solamente mío o para mí y para los demás? El egoísmo del placer es probablemente el enemigo más mezquino, justo porque aparentemente no nos hace sufrir. Trata de mantener eternamente situaciones fugaces, transforma en obsesión el cuidado hacia uno mismo, el deseo sexual o la búsqueda de riquezas. Sin embargo ampliando la perspectiva, pensando por ejemplo en el sexo como amor hacia otra persona, se puede disfrutar y alegrarse de algo que contrariamente quedaría solo un vulgar apego que vayamos hacia adelante. Quiere pararnos. Los métodos que utiliza, para lograrlo, son muchos, pero entre todos hay uno que es particular.

No tiene el aspecto rabioso y acalorado de la ira, ni la expresión decaída de la tristeza, ni tampoco la voz elevada del poder. Así sería demasiado fácil reconocerlo. El tiene un bello aspecto.

Posee una de las técnicas más ambiguas para debilitar la condición de vida.

Se disfraza con los objetos que más nos gustan. Con lo que parece sinónimo de libertad.

El gran tramposo es el apego al placer.

Segundo Punto:

Reconocerlo es importante.

Porque es un obstáculo del corazón y de la mente, una tendencia completamente nuestra que hay que aceptar para no sufrir.

Sin embargo no es fácil entenderlo y tampoco hablarlo. Porque el placer no es algo objetivo, absoluto, es una sensación que puede estar ligada a miles de cosas diferentes. Y hasta puede cambiar con el tiempo.

Lo cierto es que está ligada al mundo de éxtasis. De inmediato vienen a la mente: el sexo, los placeres del cuerpo, el gusto de ganar plata, pero también de ir al gimnasio, de comer helado, el placer de perder tiempo, de esperar antes de actuar, de fumar un cigarro más, de jugar con la computadora, ir en lancha, viajar, darse una ducha, leer, quedarse en el chinchorro a pensar y no hacer. Todas bellas cosas.

El tiempo se expande. Estoy bien. Y si verdaderamente fuera a decir lo que siento diría solamente: quiero que nunca termine. Quiero que todo quede así como está. Que el tiempo se pare. Me siento dueña de todo este bienestar.

Pero siempre sucede algo: hay un momento en que pierdo el control, y empieza a mandar él... el apego.

En un determinado instante el gran tramposo llega y me hace olvidar la razón por la cual comenzó aquel placer. Por qué había empezado aquella caricia, por qué necesitaba aquel dinero, por qué me había recostado en la grama a descansar o me había sentado frente a aquel escritorio. Me hace olvidar la dirección de mis gestos. Me suspende, me quita del ritmo de las cosas y me hacer regresar sola. Y cuando se queda así, ¿para qué orar? He perdido los confines, creo que sólo ahora soy yo misma. Lo logró, el apego al placer me ganó. Porque su verdadero objetivo es éste. Alejarnos de la visión iluminada de la vida..

Sin embargo, estar en una bella situación, percibirla como estable o querer que dure para siempre es un poco como traicionar mi mejor parte, aquella que sabe que nada dura eternamente. Porque la vida es: cosas que cambian. La vida es: estados vitales que se alternan, el ambiente que nos rodea y que continuamente se transforma.

Cuando pequeños, están los abuelos, los padres, los amigos de los padres, las maestras del preescolar. Todavía no existen los amigos del bachillerato, los amores, los hijos que tendremos. Y aquella multitud de cosas bellas para vivir. Cada vez hemos tenido que volver a aprender cómo superar los cambios.

Recuerdo muy bien el abrazo de mi madre y sé que, en esa época – tenía tres años – me hubiese gustado que no terminara jamás. Pero encerrada en aquel gesto, nunca hubiera habido espacio para más nada.

Este es el punto: no puedo parar el tiempo, porque así, dejo de vivir.

Tarde o temprano se confronta también con el apego número uno: el apego a la vida por cómo es ahora y aquí. Aquella será la oscuridad más grande. La Iluminación es, también, descubrir la impermanencia de las cosas, es entender que todo cambia; la oscuridad es, en cambio, justamente el desear que todo quede así como está.

Daisaku Ikeda escribió: <de la vida, que se manifiesta en la separación del cuerpo y del espíritu en el sexo: el sexo se vuelve nada más que una manera de encontrar placer>>.

El placer que se vuelve demonio, que paraliza y nos impide lograr la Iluminación no es una “cosa”, si no más bien un “como”. No es el sexo en sí, es más bien el sexo cuando se vuelve solamente un modo para usar el propio cuerpo separado de lo demás, separado de sí mismo.

El placer que se vuelve demonio y paraliza, no es el cuidado hacia nosotros, más bien es la obsesión por la belleza o la exaltación por el lujo o el privilegio. Una manifestación de poder y el deseo de dominar a los demás.

¿Pero cómo darnos cuenta, si mientras existe parece tan satisfactorio?

¿Cómo determinar cada vez ese pequeño cambio, el limite mas allá del cual aquella maravillosa cosa se transforma en otra, capaz de devorar el yo? Capaz de transformarse en una corriente impetuosa que arrasa con todos mis esfuerzos?

Es una sombra que obstruye la luz y me deja dentro de una impenetrable selva.

Tercer Punto:

¿Cómo lograr salir?

El budismo dice que el control del yo se ejercita siendo siempre íntegros en cualquier cosa que se lleve a cabo. Estar presentes al cien por ciento. Sobre todo mientras entonamos. La actitud frente al Gohonzon durante la entonación del Daimoku y del Gongyo es determinante.

Se pueden hacer horas y horas de Daimoku estando en otros sitios, allí con el cuerpo y la voz, mientras que la cabeza visualiza la decoración de la nueva casa, la disposición de los muebles, o recuerda un saludo de amor, recuerda la cara, los gestos y las palabras. Se ora por la mitad.

En cambio el secreto está en: estar totalmente dedicados a lo que se está haciendo. Íntegros, mientras se entona, pero también en el placer. Íntegros, en aquella caricia o en aquel juego, lo que significa no ver únicamente lo de uno, no olvidar la relación entre lo que estamos haciendo y la vida.

El placer no es un demonio de por sí. El sexo, por ejemplo, es la manera más bella para expresar el amor hacia una persona, es la manera de lograr el nacimiento de otros seres humanos. El cuidado del propio cuerpo es un medio para decirnos que nos queremos, es una manera de reconocer que nosotros somos el castillo de la novena conciencia. También ganar dinero puede ser importante si es empleado para hacer algo bueno (<> - solía decir Josei Toda).

Todo depende del uso que se le da.

Se trata de probar, salir de aquel círculo vicioso que termina por alimentar sólo a uno mismo.

Es el egoísmo el punto torcido.

Allí está también el salto. Se sale de la selva de ilusiones saliendo del egoísmo. Regresas a la vida cuando el placer ya no es solo el tuyo.

Estabilizando la práctica budista se estabiliza también la conciencia de que la vida no es el yo, si no el yo en relación con los demás. Entonces aquel placer se transforma en otro, un placer de otro nivel.

Entonces el apego se puede volver Iluminación.

¿El sexo? Si mientras amamos, nuestro placer está ligado de verdad al placer del otro, allí está el salto.

Estoy aprendiendo a alegrarme de la importancia de las matas y regarlas se volvió un placer, pero cuando lo hago sabiendo que estoy nutriendo a seres vivientes, allí está el salto.

Estar bien cuidados, elegantes, puede alimentar la vanidad pero puede también ser una manera de manifestar el respeto para los demás. Allí está el salto.

También la lectura de un libro puede esconder la semilla del apego, pero si lo que estoy leyendo pienso de poderlo compartir con otro, allí está el salto.

Estoy orando y cuando lo hago suelto las trenzas de mis pensamientos y percibo la relación con todo lo que me rodea. Allí está el salto.

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EL SUEÑO (Somnolencia)

de Manuela Vigorita

Las dulces armas del Sueño

Buen descanso. Dulces sueños. Buenas noches.

Porque dormir bien, es tan importante como el comer. Y el sueño hace bien. Envuelve el cuerpo y la mente y con dulzura aplaca la ansiedad y el cansancio. Regenera y nutre. Casi te lleva lejos, en lugares insólitos, en un espacio donde la gravedad ya no te permite sentir el peso de tu propio cuerpo, donde todo es posible y nada jamás tiene la responsabilidad de lo verdadero. Dormir bien es descanso. Un oasis que nos abraza como la caricia de una madre. Sentir el cansancio en los brazos, en los ojos, en las piernas, recostarse y dejar que el tiempo se expanda, abandonarse a una confianza inmensa: aquella del despertar. Aquella de reabrir los ojos y saber que todo comienza otra vez desde ahora. Con fuerza, deseo, con el poder renovado de una sonrisa. ¿Pero si el sueño, si este mágico señor que cada noche ofrece su don como un velo que brinda tregua a todos los males y a todos los bienes del mundo, no nos alivia?

Tengo sueño, tengo mucho sueño – No sé por qué, sin embargo estoy muy cansada y solo quiero dormir. Pareciera repetir una vocecita adentro, capaz de hacernos desistir de cualquier decisión.

Es un mágico señor que regala descanso cada noche al mundo se vuelve un demonio, de día, o en los momentos difíciles, cuando sería necesario más que nunca, estar concentrados, despiertos, atentos. Las suyas son armas dulces, difíciles de reconocer. Sin embargo, desarmarlo es imposible.

¿Si me da sueño en lo que termino de comer, a las seis de la tarde, a las once de la mañana? ¿Si me acompaña un sopor que casi me derrite? ¿Qué ocurre si habiendo decidido anteriormente de hacer muchas cosas, ahora en cambio me asaltan las ganas de dormir, no pensar, relajarme, dejarme de toda esta ansiedad de combatir, de ganar, de lograr cosas?

Aquel que bien lo conoce, a este señor, sabe que no es solamente nocturno. Sabe que su velo a veces es como una droga. Que embriaga, que penetra en las articulaciones, las manos, los pensamientos. A menudo es un cansancio que acompaña cada gesto. Distrae. Es una fuerza que atrae como si quisiera llevarme lejos de aquí, de los problemas, de los momentos de dificultad y fatiga.

Cuando es una fuga, es difícil darse cuenta de estar huyendo. ¿Y de qué?

De nuestros propios miedos, a lo mejor, de la necesidad que nos apremia, de experimentar el poder de la constancia, del coraje.

Huir de la responsabilidad, de las cuentas que cada uno tarde o temprano debe saldar con su propio presente y su propio futuro. Con los sueños y las esperanzas defraudadas. Las ilusiones. Los errores. Difícil darse cuenta de que durmiendo se quiere solo huir de si mismos, o de circunstancias que, para ser cambiadas, requieren de un esfuerzo mayor. Aquel de comenzar, determinación profunda, continuar y llevar a cabo los propios proyectos.

He aquí entonces todo el cansancio del universo, pareciera pesar sobre nuestros párpados. He aquí que el, el señor del sueño, estirando casi sus brazos, nos ofrece la salida mas rápida y sencilla entre todas las huidas: dormir, y substraerse así, por poco tiempo, a la necesidad. Huir de la vida, como si de la vida pudiéramos, de verdad huir.

En el antiguo pensamiento egipcio el sueño era considerado una muerte temporal, restauradora, y fuente de vida.

También para los griegos Hypnos, el Sueño estaba ligado a Thanatos, la Muerte. Hermanos gemelos, el uno blanco y el otro negro, están representados en los brazos de la madre Noche. Es una simbología que se repite en muchas páginas de la literatura occidental: el sueño es una pequeña muerte así como la vida es una pequeña vigilia. << La vida – escribe Giacomo Leopardi en el Cántico del Gallo – hay que llevarla hora a hora, “descargándola” de vez en cuando, para recuperar fuerzas, y aliviándola con un gusto y casi con una pequeña partícula de muerte>>. Una pequeña partícula de muerte necesaria para volver a encontrar cada día el placer de la vida.

El problema está, cuando este placer no esta tan claro. O no se presenta tal como un placer. Cuando los días, a menudo, los más importantes, requieren sudor y esfuerzos. Cuando nos damos cuenta de nuestras propias tendencias y de la dificultad en cambiarlas, de cambiar pensamientos y acciones. Aprender a ser un poco más. Cuando se necesita perseverar, avanzar no importa lo que pase, aunque nos cueste mucho y la meta nos parezca lejana. Es justamente en estos momentos, los mas críticos, aquellos en los cuales se necesitaría mayor atención, concentración y energía, que la magia de este señor se vuelve el arma de un demonio en contra de nosotros. En contra de la vida. Se transforma en uno de esos engaños listos a obstaculizar la vista y el camino. Un engaño sutil, de sabor dulce, narcótico. El sabor de la libertad. De la rebelión a las reglas del universo, según las cuales cada fruto de la tierra es el resultado de la fatiga con la cual hemos cuidado su aparecer. Dormir asume el aspecto de un libre albedrío que se opone a la necesidad del esfuerzo. El engaño encierra y distrae de la meta: mejor dormir, mejor no pensar, mejor dejar para mañana, pasado mañana, el mes siguiente; el despertar, el instante en cual decidir de verdad y cambiar el propio destino. En un prolongado rechazo a vivir que bloquee cualquier cosa....es probablemente aquella de esperar que durante el sueño algo ocurra: que una fuerza diferente se libere dentro de nosotros, nuevas ganas, una nueva situación. La ilusión de que algo pueda cambiar a mejor, a pesar de que nosotros dormimos. A pesar de nuestras resistencias a cambiar o perseverar. Una ilusión que bloquea la vida. La adormece. Hasta que no viene descubierta. Hasta cuando la sabiduría y la experiencia nos lleven a comprender que nada mejora si nos quedamos parados, estáticos, si postergamos al infinito aquellas acciones capaces de mover las cosas.

El poder más grande de la vida es: poder actuar. Mover los objetos, cambiar los eventos, pasar de una condición de vida a otra. Aprender a reconocer en nuestra propia mente: el infierno, la avidez, la ira, la alegría de la bondad, la felicidad que nace de la sabiduría. Y aprender a decidir en cuál condición de vida vivir de momento en momento.

Cuando se muere, este poder desaparece. El poder de cambiar el propio karma, el poder escribir con las acciones el propio futuro. Todo queda así como está, sin la más mínima posibilidad de mudar, hasta que nuestra vida tenga otra vez la oportunidad de manifestarse.

El sueño también, justo como una pequeña muerte, es una corta suspensión del poder de nuestra vida. Tan necesario, como es necesaria la muerte, pero capaz, a veces de pararnos, de dejarnos paralizados por instantes que tienen el sabor de la eternidad, del silencio, de la inmovilidad.

Es un demonio que tiene el poder de volvernos ausentes por horas y días. Estoy ausente hacia mí y hacia los demás. Me contraigo, me acurruco, me retraigo. Con las ganas de casi desaparecer. Un demonio que ataca mi voluntad de despertar en mí, la Budeidad. La sabiduría que necesito para sustentar y realizar mis deseos y los de los demás. Desvía mi tendencia a construir felicidad a mí alrededor.

Es el sueño que no me permite despertar a tiempo para recitar el Gongyo. El sopor que me aborda cuando estoy frente al Gohonzon y comienzo a pensar únicamente en lo cansado que estoy, y que sería mejor descansar en vez de continuar a quedarme sentado así, con tan poca concentración. Es aquel cansancio que me envuelve justo cuando había decidido hacer cosas muy importantes. Es tirarme en la cama a las tres de la tarde y despertarme a las siete, nerviosa, descontenta, consiente de haber perdido un tiempo valioso. Y, a lo mejor, dominada por aquel nerviosismo, pensar que ya el día está perdido, tanto vale continuar dormir hasta mañana.

DESPERTASE: es en un instante la ILUSION MÁS GRANDE

Como cada demonio, se nutre de mi debilidad, y cuanto yo más me debilito más él se refuerza. Mucho más trabajo le requerirá, esta vez, a la vida poder rebelarse.

Muy a menudo con los demonios, es suficiente tener el coraje de mirarlos a los ojos y desafiarlos. Reconocerlos. Reconocer que no, no estoy cansada por haber hecho muchas cosas, ni porque “estoy estresada” o porque necesito “verdaderamente” descansar. Estoy cansada porque actuar no siempre es fácil y hay mucha resistencia entre mi felicidad y yo. Estoy cansada a veces justo a causa de mi inamovilidad, justo porque ya he dormido demasiado, y no hacer nada, cansa. Estoy cansada porque es mi inútil manera de decir no, a la vida. Porque este momento requiere de mí, un salto, para ir más allá de mí pequeño ego, mis pequeños rechazos, dudas, miedos, egoísmos y mis pequeños placeres... también de mis pequeños cansancios. Saltar más allá de la pared que mi pasividad continua en construir día tras día. Porque hasta el quedarse parada, es una acción que escribe palabras en mi futuro. Aun encerrándose dentro de casa y no contestando el teléfono o el intercomunicador, y no querer que nada se entrometa entre mi rechazo a existir y yo, igualmente se grava una marca en mi existencia.

Despertarse: es un instante. Es llevar a cabo una acción que comience a desmoronar la pared. Es no rendirse. Es continuar a entonar Nam-miojo-rengue-kyo. Continuar decidiendo que mañana me despertaré a tiempo, y en lo que suena el despertador, abriré mis ojos, bajaré mis piernas de la cama y comenzaré mi día entonando el Gongyo. Es recordar que aunque duerma, aunque escoja, por poco tiempo, dejarme casi morir, nada de lo que me produce sufrimiento dejará de existir. Es percibir que dentro de mí existe la fuerza, la sabiduría, la capacidad de influenciar el universo. Es creer firmemente poderlo lograr. Es recordarme de que mi Budeidad es más fuerte de cualquier demonio, que cualquier obstáculo. Y que más allá de esa pared hay un espacio de felicidad, y de una seguridad que no conoce límites a su propia expansión. Es vivir días llenos de satisfacción, de alegres cansancios y de esfuerzos que no pesan.

Despertarse es también llegar a la noche satisfecho de lo que se ha hecho, sentir el cansancio, el verdadero, acariciarte los brazos, los pensamientos, las piernas y dejarse ir, dejar que el cuerpo, la mente y el corazón reposen de verdad, para continuar mañana, mejor que hoy, mejor que ayer.

El demonio del sueño entonces baja sus armas, porque ya son inútiles e ineficaces. Y de nuevo se transforma en aquel mágico señor que cada noche regala a cada planta, a cada animal, a cada ser humano el descanso necesario.

La oscuridad deja que se enciendan todas las estrellas.

Buenas noches. Esta noche.

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EL MIEDO

De Lorena Camerini

Fuera la venda

De los Ojos

<>.

Así empieza un poema de Rabindranath Tagore, premio Nobel en 1913.

El miedo es un poco así, como estos dos versos. Es algo que encierra, deja en la oscuridad, paraliza.

<>.

Como la taquicardia, la producción de adrenalina y el aumento de la presión arterial.

Las reacciones de los seres humanos, entonces son las mismas de todos los demás animales, sin embargo, nuestra capacidad de asustarnos es mucho mayor que la de ellos. De hecho - dice también Slepoj – <>.

¿CÓMO ENFRENTAR LOS INNUMERABLES MIEDOS QUE ESCLAVIZAN LA HUMANIDAD DE ESTE FIN DE MILENIO? TOMANDO EN CUENTA DE QUE ESTOS EXTRAÑOS JUEGOS DE LA MENTE PUEDEN SER CONTROLADOS SOLO SI SE ASUMEN HASTA EL FONDO LA RESPONSABILIDAD DE LA PROPIA EXISTENCIA, VIVIENDO LA INFINITA LIBERTAD DE QUIEN EXPERIMENTA CONSCIENTEMENTE LA LEY DE CAUSA Y EFECTO.

Es suficiente con buscar en el diccionario: encontraremos una cantidad increíble de palabras que terminan por “fobia” (del griego phobos: temor). A parte de las fobias más conocidas por ser las más difundidas, como la agorafobia (miedo a los espacios abiertos), la claustrofobia (miedo a los espacios cerrados), el miedo a la muerte, al sucio, a las contaminaciones, al avión – hay otras que son verdaderamente “originales”.

Solo algunos ejemplos. Aereofobia: miedo morboso hasta del más mínimo soplo de aire en contacto con la piel, que puede producir hasta crisis respiratorias; Basofia: estado ansioso, que se produce por tener miedo de no poder mantener la posición erguida. Ecofobia, miedo obsesivo de quedar solos en casa; Eritrofobia, temor obsesivo de ruborizarse; Scopofobia, miedo obsesivo de ser observados; Tricifobia, miedo neurótico de pieles y pelos, hasta vegetales, etc. ¿Parecen miedos inconsistentes, absurdos, verdad? En realidad, muchos de estos miedos, si no vienen tomados en cuenta a tiempo, pueden desembocar en verdaderas patologías mentales, como neurosis o psicosis.

Pero, ¿cuántos de los miedos que aprisiona la humanidad de hoy, no podrían ser juzgados igualmente ridículos e inconsistentes? Sin embargo todos nosotros, quien más y quien menos, somos víctimas de los mismos. Veamos de qué manera.

En un mundo en donde la contaminación acústica es tan grave como aquella atmosférica, donde a diario venimos ensordecidos por despertadores eléctricos, aspiradoras, lavadoras, taladros, sierras eléctricas, teléfonos, radios, televisores, vehículos, motos, aviones – nosotros tememos el silencio. Hay quien se rompe los tímpanos caminando por la calle con el walk-man, quien en cambio se los destroza en una discoteca con dosis letales de decibeles, quien no logra dormirse sin el insulso vocerío de la tele en el oído.

El miedo al silencio va a la par con otro gran miedo de nuestros tiempos: el de la soledad. Se tiene miedo de estar únicamente en compañía de uno mismo, y entonces se trata de quedar lo más posible entre los demás, se sale de shopping para los centros comerciales, nos agrupamos en las discotecas, se viaja únicamente en viajes organizados. Hasta quedarse en la cola del tráfico, nos hace sentir menos solos...

Miedo al silencio, miedo a la soledad: miedo a pensar. Miedo al silencio en nuestra propia cabeza y a pararse para escuchar los propios pensamientos. Miedo de mirarse en el espejo y decirle, a la imagen ahí reflejada: <> Miedo a mirarse adentro, mirarse de verdad hasta el fondo, y darse cuenta de que no todo lo que vemos nos gusta.

La otra cara del miedo a mirarnos adentro es el miedo a mostrarnos a los demás por lo que verdaderamente somos, y ahí entonces la necesidad de utilizar máscaras.

¿Una sociedad basada en la imagen? No: ¡vivimos en un carnaval perpetuo!

Como dice Antony De Mello, en su Mensaje para un águila que se cree un pollo: << ¡Personas que llegaron! ¿Llegaron a dónde? Llegaron a hacer el ridículo. Porque emplearon todas sus energías para lograr algo que no tiene ningún valor. Están asustadas y confundidas, son títeres como todos los demás. Mírenlos, mientras se pasean por el escenario. Miren como se turban en notar una pequeña mancha en la camisa. ¿Y esto lo llaman éxito? Están controlados, manipulados. Son personas infelices, miserables. No disfrutan de la vida. Están constantemente tensos y ansiosos. ¿Y eso lo llaman ser humano? ¿Saben por qué todo eso ocurre? por una única razón: se identificaron con una etiqueta. Identificaron el “yo” con el dinero, el trabajo, la profesión. Este ha sido su error>>.

Después está aquel miedo del cual nadie puede hartarse de no tener: el miedo a la muerte. Siempre ha existido, desde la aparición del primer ser humano sobre la tierra, sin embargo hoy este temor es aún más profundo, como observaba Fran Vois Mitterand en el prefacio a La muerte amiga de Marie de Hennezel: << ¿Cómo morir? Vivimos en un mundo que tiene miedo a esta pregunta y por ende la evita. Otras civilizaciones, antes que nosotros, miraban la muerte a la cara. Delineaban, para su comunidad y para el individuo, el camino del pasaje. Daban riquezas y sentido al cumplimiento del destino. Probablemente la relación con la muerte nunca ha sido tan pobre como en estos tiempos de aridez espiritual, cuando los hombres, en la prisa de existir, parecieran querer eludir el misterio, ignorando que así están extinguiendo una fuente esencial del gusto por la vida>>.

El elenco de los temores del hombre del 2.000 podría continuar al infinito. Pero detengámonos aquí, y miremos más bien cuáles instrumentos ofrece el Budismo de Nichiren Daishonin para combatir y vencer este gran enemigo.

Comprender profundamente el concepto del Karma nos ofrece una primera y potente arma para enfrentarlo.

Al comienzo es desconcertante pensar de que todo, en la vida, depende exclusivamente de nosotros: puede parecer mucho más confortante creer que nuestra felicidad o infelicidad dependa de las personas que nos rodean, de un Dios, de un destino ya marcado en el cual no podemos cambiar ni una coma, porque de esta manera nos descargamos de cualquier responsabilidad. Por lo contrario asumir que suerte y mala suerte, sufrimiento y felicidad, todo aquello que nos ocurre no es más que el efecto de causas positivas o negativas que hemos puesto en el pasado, en un primer momento nos asusta aún más: nos damos cuenta que estamos solos, completamente solos y únicos responsables de nuestra existencia. Ya no podemos culpar a nada y ni a nadie, no podemos aferrarnos mas a ningún motivo, ni llorar sobre ningún hombro, menos todavía confiar en la clemencia de ninguna entidad superior.

Sin embargo, en la medida en que nos entrenamos a vivir según la estricta ley de causa y efecto, esta gran soledad de nosotros mismos frente a nosotros mismos se transforma en una gran libertad. Es verdad, el pasado está todo grabado en la octava conciencia, no nos lo podemos sacudir de encima y continuamos recibiendo los efectos día tras día, instante tras instante. Sin embargo todavía depende de nosotros y solamente de nosotros el quedar esclavos de estos efectos para siempre, vivirlos con una fatalidad ineludible, o si así queremos tomar en nuestras manos la vida, nos volvernos realmente artífices de nuestro destino.

Es posible hacerlo. Porque el karma no es sólo el pasado y los efectos que continuamos sufriendo: el karma es también – y sobretodo, en su concepción Budista – la acción que estamos cumpliendo ahora y aquella que hemos decidido cumplir y cumpliremos mañana.

<>.

Con la práctica de Nam-miojo-rengue-kyo esta manera de pensar no se queda en pura teoría, una hipótesis fascinante escondida en lo más recóndito de la más rara filosofía. Esta manera de pensar no queda como tal: se vuelve una manera de sentir y de vivir gracias a la prueba real. Esta es, nuestra segunda potente arma.

Después de infinitos años pasados a identificar nuestros aspectos negativos (defectos, debilidades, miserias), pensando: <>, a la luz de la practica budista comenzamos a ver nuestras tendencias negativas debilitándose cada vez más, siempre más controlables, menos desastrosas. Nos damos cuenta de que dentro de nosotros está ocurriendo una transformación. La prueba concreta quita el miedo, que lleva a la inamovilidad y a la resignación, y da esperanza y confianza.

En Carta a Niike Nichiren Daishonin afirma: <>.

Esta es, la tercera potente arma que poseemos: entender profundamente que un común mortal es un Buda y un Buda es un común mortal, como reveló la revolucionaria enseñanza del Sutra del Loto. Un Buda no es más que un ser humano iluminado a la verdadera entidad de la vida y de la muerte, cuya condición de vida es la felicidad absoluta, la cual abarca el universo entero, libre de las cadenas del karma, libre de cualquier miedo. Un ser humano que ha “entendido” que problemas y sufrimientos son partes de la vida, mas bien: son necesarios, porque nos permiten, a través de la lucha que emprendemos para superarlos, evolucionar cada vez más.

A la final, tiene razón De Mello cuando dice: <>.

Ignorancia significa no conocer, no saber, no ver. Tener los ojos vendados, incapaces de verse con objetividad y amor a sí mismo, a los demás, al mundo, a la vida y a la muerte. El Budismo de Nichiren Daishonin es una práctica para quitarse la venda de los ojos, y dejar que la vida fluya con inmensa energía y coraje y se expanda hasta los confines del universo.

Para vencer el miedo, entonces, queda una sola cosa por hacerse, la misma sugerida por Tagore en su conclusión del poema citado al comienzo: <>.

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DUDA Y REMORDIMIENTO

Las rosas

Que no

Recogí


Sobre la duda se construye el progreso del ser humano. Si el primate, nuestro progenitor, no hubiese dudado de que un pedazo de hueso pudiera ser usado como arma – pensamiento que, en la película 2001 Odisea en el espacio simboliza la evolución – probablemente, nosotros no estaríamos aquí razonando. Si a Kepler no le hubiesen surgido dudas sobre la exactitud de los cálculos de los movimientos planetarios, estaríamos todavía regocijándonos con la idea de que la tierra, y por ende el Hombre (probablemente también blanco y occidental) fuese el centro del universo.

La duda relativiza, nos permite redimensionar los absolutos, ser más humildes, aceptar las diferencias, abrirnos al diálogo y a las buenas ideas. Hasta aquellas, absolutamente negadas por las apariencias, como el hecho, por ejemplo, de que la suma de los ángulos internos de un triángulo no sea 180 grados, sino algo más o menos, según el tipo de curvatura del espacio.

Si la duda y la incertidumbre, no hubiesen sido adoptadas como base fundamental de la mecánica cuántica – con el principio de indeterminación de Heisenberg, que produjo inicialmente pánico y graves crisis existenciales entre los exponentes del mundo científico -, no podríamos explicar casi nada de la física subatómica.

Se dice muy a menudo, que el filósofo para trabajar necesita papel y lápiz, el científico necesita también de una papelera, justo porque pone en duda sistemáticamente cualquier cosa, verificando la exactitud de los datos basándose en ciertas reglas, listo a emprender nuevos caminos, si el que se ha recorrido no es satisfactorio.

El método crítico del estudioso, que se abstiene del aceptar o del formular juicios o verdades sin antes haberlos examinado, y hasta tanto que la prueba evidente no es acertada, es definido “duda metódica”, o sea la suspensión voluntaria (o sistemática) de la verdad, comúnmente admitida, para buscar el fundamento, demostrarla, reconocer sus límites, darle su verdadero valor.

Podemos decir que ésta continúa verificación está también en la base del Budismo de Nichiren Daishonin, cuya validez viene comprobada diariamente en la vida de cada creyente. Es lo que comúnmente se define como “espíritu de búsqueda”; son las grandes preguntas las que empujaron a Shakyamuni a indagar sobre las causas del sufrimiento y a llevarlo a fundar una nueva religión. La duda, fue crucial también en la base del recorrido espiritual de Nichiren, que así se expresó al comienzo del tratado La abertura de los ojos: << ¿Por qué los dioses no me asisten? Las varias autoridades guardianas del cielo juraron frente al Buda [de proteger al Devoto del Sutra del Loto]... ¿El hecho que no lo hagan, significa probablemente, que yo no soy el Devoto del Sutra del Loto? Esta duda es el punto esencial de este, mi tratado. Y ya que es de importancia capital para mi vida, lo evidenciaré varias veces y lo profundizaré antes de tratar de contestarles. >> (Las escrituras de Nichiren Daishonin, vol. 1 Pág. 117).

El problema entonces no es la duda, sino el sentimiento que la genera. Hasta este momento, hemos hablado de construcción, de búsqueda, de profundización. En otras palabras, de una actitud dirigida hacia el futuro.

Precioso instrumento de crecimiento y de profundización, la duda puede ser el propulsor de increíbles saltos hacia delante. Pero también de largas esperas si se transforma en aquella prisión del espíritu, que muy a menudo crea el miedo y la falta de confianza en sí mismo. Produciendo así una larga serie de derrotas y arrepentimientos

El aspecto negativo de la duda, su función paralizante, es aquella expresada en su misma definición: <>Gran diccionario de la lengua italiana.

Esta incertidumbre de la mente, incesantemente incluida en las preguntas <> o <>, incapaz de formar juicios y de actuar consecuentemente, podría por ejemplo, ser tomada, desde el punto de vista budista, como un bloqueo en la relación entre el individuo y el ambiente, como un mal funcionamiento de los cinco componentes – forma, percepción, concepción, voluntad y conciencia -.

La indecisión lleva a la pasividad, a la sumisión, a la insatisfacción. A una vida que se deja vivir, no a una existencia dirigida y consciente. A la parálisis en el presente y al remordimiento del pasado, como escribió Guido Gozzano en la poesía Cocotte: <>.

¿Qué es lo que genera todo esto? Seguramente el temor de cumplir alguna acción sin la garantía del éxito, el miedo de perder, o de equivocarse, pero probablemente también el egoísmo, la arrogancia, la dificultad de aceptar ser cuestionados. En último análisis, la falta de confianza en sí mismo, y por consecuencia, en los demás.

UNA CONVICCIÓN ABSOLUTA

La actitud opuesta, o sea aquella de la absoluta certeza de aquella acción en aquel instante, lleva a resultados admirables. Las crónicas cuentan por ejemplo, de una mujer frágil que logró levantar un camión que había atropellado a su hijo, mientras Nichiren Daishonin del General Tigre de Piedra, que clavó una flecha en una roca confundiéndola por el tigre que había matado a su madre.

Vittorio Zucconi cuenta en su D, el suplemento femenino de la revista La república, la historia de una muchacha que saliendo de un supermercado, fue amenazada por un violador armado con un picahielos. La mujer lo trató amablemente, lo invitó a su casa, le preparó la cena, lo puso a hablar, lo hizo sentirse cómodo y a la final el hombre se hizo llevar a otro sitio, y la dejó libre sin haberla ni siquiera tocado.

¿Qué hubiese ocurrido, si en vez de mantener esa actitud, ella hubiese, por un momento, prestado oído a su miedo y a las dudas que seguramente se agitaban en su interior?

En una autopista a 130 Kms. por hora explota un caucho. Silencio de ultratumba. Momentos cruciales, en los cuales el chofer logra llevar el auto a salvo al canal de emergencia, ¿Qué hubiese ocurrido si uno o más pasajeros se hubiesen dejado llevar por el pánico?

Las escrituras budistas exhortan a volverse dueños de la propia mente donde “mente” indica el núcleo del ser humano, la totalidad de sus funciones intelectuales y emotivas. En realidad, entonces volverse dueño de sí mismo, construir internamente aquella solidez que Nichiren define “el palacio de la novena conciencia”, la Budeidad. Creer en la propia Budeidad, significa creer en sí mismo. Esto es lo que significa la frase: <>.

Es construir también, la conciencia de que esta Budeidad es el sutil hilo, que une cada fenómeno del universo, según el principio de Shojo jisso, “La verdadera entidad de todos los fenómenos”, también definido Ichinen Sanzen o “tres mil condiciones en un instante de vida”. Esto equivale a creer que, cuanto mayor es nuestra convicción, tanto más fuerte serán los efectos sobre nosotros mismos y sobre el ambiente.

Si, como sustentan los meteorólogos, las batidas de las alas de una mariposa en la selva amazónica, pueden influir en el clima del planeta entero, imaginémonos las consecuencias de las decisiones de un ser humano en hacer o no hacer una determinada acción.



<>. Escribe el Daishonin en El logro de la Budeidad en esta existencia.

Seguramente, es mucho más fácil reconocer este poder intrínseco de la existencia en los momentos cruciales, donde se trata de vida o de muerte, porque en tales circunstancias, no hay otra alternativa o la posibilidad de postergar. Mucho más difícil, es superar la cotidiana parálisis de la duda y las frecuentes angustias del remordimiento. Incertidumbres, indecisiones que nos arrastran por meses, años. Que desgastan. Crean insatisfacciones, destruyen la confianza en sí mismo.

¿Cómo combatir estos enemigos sutiles pero potentes, estos “ladrones de la vida”?

Otro nombre con el cual se define la fuerza vital que emana de la entonación de Nam Miojo Rengue Kio, podría ser aquel de “coraje”. Un coraje, una energía que deben transformarse en una iniciativa – que puede expresarse en los tres niveles de pensamientos, palabras y acciones concretas –, un coraje que tendrá su éxito, no porque tenemos alguna garantía de antemano, sino más bien, en la medida en que le damos valor a nuestra oración. Lo que es también, el metro mediante el cual, podemos evaluar la eficacia del camino espiritual que hemos escogido.

Sin actuar, es imposible cambiar el karma, construir la propia auto reforma. El Budismo queda entonces como una filosofía abstracta y no un instrumento práctico para realizarnos nosotros mismos. Una teoría para entender, no un medio para cambiar y para vivir una existencia sin remordimientos.

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IRA (Enojo)

de Daniela Di Capua

Para destruir

O para

Defender


Cántame oh Diva de el Pelide Aquiles, la ira funesta, que infinitos lutos procuró a los Aquei...>>. Así recitan los primeros versos de La Iliada de Homero, poema maravilloso y sin tiempo, que arranca justamente con la ira del invencible guerrero Aquiles.

¿Qué es lo que extrae su ira? Un hecho personal: la pérdida de un joven para él muy querido, occiso por el enemigo Ettore.

Un dolor más que comprensible, sin embargo, acompañado por un deseo de venganza que desencadenará en dramáticas consecuencias. En este caso, entonces, la ira se manifiesta como efecto de un sentimiento de dolor.

Sin embargo, ¿es así para todos? En realidad, a la pregunta de <<¿Cómo definirías la ira?>>, obtenemos respuestas aparentemente similares; Según T., la ira es una acción violenta – física o verbal- desencadenada por una falta de sensibilidad en quien está frente a nosotros, o por una excesiva rigidez; B., la percibe como una pérdida de control, un impulso violento que hace sufrir tanto a quien la recibe como a quien la manifiesta, y que nace de una diferencia de puntos de vista; V. la considera una justa y comprensible reacción. L. en cambio, identifica la ira con un ciego rencor hacia quien amenaza su ego, una manera para defenderse...

De hecho, que se justifique o no, se tiende a definir la ira, en sus diferentes manifestaciones, como una respuesta a algo que ocurre alrededor de nosotros.

Muy a menudo considerada una reacción a eventos externos, en la realidad, la ira es más bien una manera de ser, desleales, arrogantes, egocéntricos. Es una concha de duro sufrimiento, difícil de romper, que se desmorona sólo con la fuerte determinación de percibir a los demás como parte integrante de sí mismos.

T’ien-t’ai, en Maka shikan, afirma: <>. Y Nichiren Daishonin añade: << La perversidad, es el mundo de ira>>. De esta manera se evidencia que, más profundamente se habla de la ira como una manera de ser más que como una manera de reaccionar. Aquel que es dominado por la ira, de hecho, busca y consigue fácilmente a su alrededor pretextos que le permiten manifestar lo que prevalentemente es él: egocéntrico, arrogante, egoísta, agresivo. En esta condición el individuo se concentra sólo en sí mismo, no toma en consideración la existencia de más nadie, más bien opera exclusivamente por su propio interés personal.

Sin embargo el egocentrismo, o sea, el colocarse a sí mismo en el centro del propio ambiente y por ende del mundo entero, no es sino el resultado de una percepción distorsionada de la realidad, una incapacidad de verse a sí mismo en relación con el todo, ignorando su propia verdadera naturaleza.

Sin embargo el enorme edificio construido por la arrogancia, es frágil como un castillo de arena: el gran Ashura, que Nichikan Shonin describe de alto 84.000 yujun (un yujun corresponde a 30 kms.), es derrotado con las mismas armas que él utiliza para subyugar a los demás. << Un hombre arrogante será vencido por el miedo, cuando encontrará un fuerte enemigo – escribe Nichiren Daishonin en Carta desde Sado – justamente como el estrepitoso Ashura, que se acurrucó y se escondió en el capullo de una flor de Loto en el lago Munetchi, cuando fue amonestado por Taishaku>>.

La arrogancia no es, sino otra manera para defender aquel pequeño yo sobre lo que creemos tener que basar toda nuestra estima, y al cual pensamos tener que quedar agarrados con las uñas y dientes. En tales circunstancias, la ira no es más que miedo; miedo de perderse a sí mismo al enfrentarse con quien es diferente, miedo de no reconocerse en un mundo que no se entiende, miedo de no poderse liberar del sufrimiento siempre al asecho. Y entonces, se trata continuamente de aparentar ser mejor de lo que se es, a mostrar cualidades que no se poseen, a no ser nunca sincero consigo mismo y mucho menos con los demás.

A primera vista – como indicaba la anterior afirmación de T’ien-t’ai – es extremadamente difícil reconocer a una persona que tiene la tendencia vital de la ira: en el primer contacto se mostrará, en la mayoría de los casos, extremadamente abierta, disponible, respetuosa, para después manifestar, en los momentos en los cuales ve en peligro su liderazgo, su verdadera naturaleza. Escribe Daisaku Ikeda en el libro Unlocking the Misteries of Birth and Death: Buddhism in the Contemporary World: Nichikan Shonin escribió: “La ira vive en los océanos”. Las olas incontenibles del océano y su tremendo potencial de destruir cualquier cosa en pocos segundos, pueden ser consideradas una descripción del yo belicoso y prepotente, que es el signo característico de la ira>>.

Y ya que el ambiente en el que nos movemos refleja constantemente nuestra manera de ser, y nuestra manera de ser necesita justo de aquel ambiente para manifestarse, nos dejamos atrapar en un círculo vicioso alimentado por nosotros mismos.

Cada vez más solos

Quien vive así quedará cada vez más solo.

¿Qué hacer, frente a una faceta tan obscura y destructiva del propio yo? Seguramente el primer paso consta en mirarse en el espejo, en el reconocerse y descubrirse afectados por esta...”enfermedad”, en luchar para curarse, eliminando los límites entre los cuales hemos aprisionado a nuestro verdadero Yo.

Pero ¿qué medio tenemos para frotar la lámpara y liberar nuestro inmenso potencial, reprimido por la ira en el “mínimo espacio vital” del pequeño yo como decía el genio en la película Aladin?

El gran instrumento es la entonación de Nam Miojo Rengue Kio. ¿Pero es suficiente? como siempre, depende de nuestra meta. Porque podríamos entonar Daimoku para volvernos más “fuertes” todavía, y aplastar más aún a los demás. O para demostrar a cualquier costa que tenemos razón. Y en general, para sustentar nuestra “maldita” tendencia de sentirnos súper hombres o súper mujeres. etc., etc.

Esto, aparte de no ser una actitud budista, no hace más que aumentar nuestro sufrimiento, porque de todas maneras no logramos obtener nada, (probar para creer), y nos obstinamos en el logro de objetivos “chimbos”, bien lejanos de ser fuentes de felicidad y auto-reforma. Y a la final, dejamos de practicar el Budismo. Probablemente este es justo el aspecto, mediante el cual, la ira se identifica como uno de los ejércitos del Demonio del sexto cielo, y ésta es su naturaleza falsa y “oscurecedora”.

La verdadera “clave”, es aquella de entonar Nam Miojo Renge Kyo con la meta de abrirnos al mundo, para salir del duro caparazón construido por nuestro egoísmo. Usando el Daimoku como un pico, para desmoronar el muro que nos rodea y lograr salir afuera, para “percibir” verdaderamente a los demás y hacernos “percibir” por los demás por lo que realmente somos. <>. Así Ikeda animaba a los muchachos y muchachas italianas en el poema Jóvenes, toquen la campana del nuevo renacimiento.

Aquel que tiene el corazón puro, no les tiene miedo a los demás, no necesita esconder sus debilidades y no trata de mostrarse diferente a lo que es. Es así como es, y desea mejorarse, cultivando sus propias cualidades y transformando sus defectos. Vive <>, con los demás, entre los demás, para él y para los demás.

Y entonces su ira se transforma en empeño, determinación, rechazo a la injusticia, instrumento de solidaridad para con quien sufre. Se vuelve al espíritu de hacerse cargo de los sufrimientos ajenos, de quien “no se lava las manos”. De quien <> (Nichiren Daishonin, Causalidad en los diez estados de la vida). Se vuelve la fuerza y la convicción de un verdadero Bodisathva.

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EXITO Y GANANCIA (Fama, fortuna y falsa gloria)

De Francesco Dettori

¿Son estos los Valores?

Cuadro de texto: ¿Sobre cuáles bases juzgamos la felicidad de los seres humanos? Es extremadamente peligroso considerarse personas realizadas sólo por poseer cierta seguridad económica o una posición en la sociedad. Si no se cultivan los “Tesoros del corazón” no se poseen los instrumentos para reaccionar valientemente ante los inevitables altos y bajos que la vida nos lleva a enfrentar.

A veces podemos nacer como seres humanos y gozar de posiciones de prestigio como gobernantes, ministros, aristocráticos – escribe Nichiren Daishonin – podemos inclusive, complacernos de eso pensando que no existe nada más gratificante en el mundo y nos conformamos con la pequeña recompensa recibida. Sin embargo, el Buda enseña que tal prosperidad está hecha de la misma sustancia de los sueños; es un placer ilusorio. Deberíamos entonces abrasar el Sutra del Loto y obtener rápidamente la Iluminación>>. En otro escrito suyo, Los tres tesoros, se lee: <>.

En la enseñanza del Daishonin – como, de hecho, en toda la enseñanza budista - la felicidad de cada ser viviente nace y se desarrolla alrededor de un acercamiento “profundo” a la vida: seguramente no podrá ser medida por los indicadores “externos” (del tipo: riqueza, estatus social, belleza, capacidad intelectual o artísticas, etc.). Y una de las primeras conquistas del practicante debería ser el comprender que existen dos tipos de felicidad: la relativa y la absoluta.

Sin embargo hay que tener cuidado con la vida cotidiana. Más bien, sería un imperdonable error alejarse de ella. Daisaku Ikeda insiste muy a menudo en la importancia de una práctica que ponga las personas en condición de transformar positivamente los propios sufrimientos y los propios límites, así como valora la importancia de realizar grandes cambios y manifestar concretamente el valor de la enseñanza budista. Un análisis superficial podría definir como anti-éticas estas dos posiciones: por una parte concentrarse sobre los “tesoros del corazón” y por la otra, tratar a toda costa de realizar concretamente las propias aspiraciones. Pero este tipo de reflexión es equivocado porque se basa en un pensamiento dualístico, separador. El Daishonin enseñó que los resultados concretos nacen de profundos cambio internos que los han determinado: no importa mucho la grandeza o la apariencia del resultado en si, más bien en cambio el crecimiento interior que lo hizo posible, superando límites y dificultades que antes de entonces, podían parecer hasta insuperables. Así como la alegría que proviene de haber logrado resultados importantes, aunque significativa, no corresponde necesariamente a la felicidad que emerge del mundo de la Budeidad.

Una de las tareas más difíciles para quien avanza en la práctica del Budismo es seguramente el lograr orientarse en la realidad, percibiendo la naturaleza más profunda de lo que ocurre.

Aquel que nace y crece en una sociedad del bienestar debe rendir cuentas con expectativas, modelos e ideales que se radican en lo profundo de esta realidad. Tal “filosofía” puede ser resumida en las ecuaciones de bienestar y comodidad con felicidad, y de tranquilidad y descanso con paz y serenidad: aquel que se esfuerza para realizar riqueza y fama podrá obtener todas las facilidades disponibles; además, podrá gozar de períodos merecidos de descanso y paz, igualmente disfrutará de una vejez tranquila y confortable.

Ikeda es muy crítico con la sociedad japonesa – probablemente también esto no lo hace ver muy simpático ante los ojos de los japoneses – porque ésta valoriza excesivamente la riqueza, el poder y la fama. Sin embargo, sería superficial no tomar en consideración el sentido emblemático del ejemplo japonés por una tendencia típica también en nuestra sociedad. <> (Diálogos con los jóvenes, IV parte, El tiempo del desafío y de la construcción - II).

El ejemplo de Nichiren Daishonin seguramente no es de aquel monje budista que se enriqueció por su posición, o que gozó de fama y honores. Por lo menos, en el transcurso de su vida. Contrariamente al llevar una existencia transcurrida en los límites de la supervivencia, constantemente perseguido el jamás a dejado de manifestar sus convicciones y de ofrecer continuamente apoyo a sus discípulos, afirmando con orgullo y convicción: <>. También Toda, Makiguchi e Ikeda – los presidentes de la Soka Gakkai – no son seguramente personas que han llevado una existencia tranquila, basada en acumular riqueza y reconocimiento. Aunque es verdad, que en cierto sentido, en el caso de Ikeda hay que subrayar una diferencia sustancial. El, de hecho ha proseguido la obra de sus predecesores logrando valorizar no sólo sus grandes méritos, mas también aquellos de la Soka Gakkai Internacional, con su particular empeño de representante laico de una gran organización budista, y como líder dedicado en primera línea a la realización de la paz en nuestro planeta. Los reconocimientos y los honores que le vienen conferidos de cada parte del mundo, se han vuelto el reflejo, y no seguramente la causa, de este empeño, en sintonía con el Daishonin que afirmaba: <>, y <> (Mayor Writings of Nichiren Daishonin, volumen VII, pagina 102).

Entonces, la cosa más importante es no confundir los medios con los fines. Si el perseguir objetivos importantes, posiciones de prestigio o la acumulación de bienes materiales se vuelven un fin, se puede estar seguro de que se está haciendo todo... menos que perseguir la Budeidad, aunque esté sustentado por una práctica constante. Y viceversa, si ponemos tales resultados en un segundo plano, con respecto a la propia “revolución humana”, dedicándonos sinceramente a la realización de la paz sobre la base de las enseñanzas budistas (Kosen-rufu), se transforman en espléndidas pruebas concretas del poder de la práctica del Budismo. La Soka Gakkai, en cierto sentido, podría ser entendida como una especie de “Bodhisattva colectivo”. Un único mosaico compuesto de millares de “diferencias”, los honores de una pieza de este Bodhisattva son los honores de todos, y todos son capaces de disfrutar la felicidad de los demás.

La fama (con el deseo de ganancia) se vuelve “demonio” cuando una persona se interesa sólo en su propio bienestar personal, más que desarrollar una elevada condición de vida, la sabiduría y un caluroso humanismo. Sólo una continua revisión de la dirección emprendida y de nuestras motivaciones puede permitirnos vencer las ilusiones que emanan del apego a los deseos mundanos. Deberíamos siempre preguntarnos: ¿cuánto estoy desarrollando mis capacidades y cuánto las estoy valorizando para contribuir a la felicidad de los demás? Además, deberíamos vivir cotidianamente asumiéndonos la responsabilidad de transformar positivamente la realidad que nos rodea, actuando concretamente y sinceramente en tal sentido. En la óptica budista, tal sinceridad se refleja en evitar que tales acciones sirvan únicamente como paraban al perseguimiento de objetivos egoístas.



<>.

Los ocho vientos

<>. Explicando este escrito, Ikeda evidenció la función principal de los “demonios”: alejar a las personas de la práctica correcta del Budismo. Por esta razón, el Daishonin animaba repetidamente a sus discípulos a perseverar en la práctica de la fe, avisándoles de las pruebas que tendrían que enfrentar.

En Carta a Niike escribe: <>.

La búsqueda de fama y riqueza se puede volver fácilmente la causa del abandono del camino budista, porque crea ilusiones con respecto al verdadero aspecto de la Budeidad. Esta, en cambio, nace del corazón y se manifiesta en un yo libre y fuerte, que actúa constantemente para la felicidad de todas las personas. Quien vive así de libre, no teme a las dificultades, más bien, las enfrenta con coraje y empeño sobre la base de una sabiduría que emana directamente de la fe.

Mientras fama y fortuna pueden desaparecer fácilmente, así como es inevitable en el momento de la muerte, no ocurre lo mismo para quien, abrazando sinceramente las enseñanzas del Buda, logra gozar y progresar frente a cualquier circunstancia de la vida.

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ORGULLO Y DESPRECIO (Arrogancia y menosprecio a los demás)

De Massimiliano Tarozzi

Con la Guerra Adentro

La acción más nefasta del Demonio del sexto cielo (Tenjin-ma), es aquella que se manifiesta a través de la opresión que ejercen personas de poder sobre los creyentes. En la tradición budista el poder viene ejercitado, tanto en el bien como en el mal, por el trío: soberano, maestro y padre.

Cuando el gobernante de una nación o su gobierno, niegan la libertad de religión, o ponen fuera de ley la práctica del Budismo, (como por ejemplo lo ocurrido en China en el VI y IX siglo), cuando un padre repudia al hijo a causa de su fe (como en el caso de los hermanos Ikegami, destinatarios de las escrituras de Nichiren Daishonin Carta a los hermanos), cuando un alto cargo del clero budista propone interpretaciones arbitrarias de las enseñanzas con el fin de oprimir una parte de la comunidad de los creyentes, en todos esos casos estamos frente a la acción del demonio del sexto cielo.



Símbolo de poder, el Demonio del sexto cielo encuentra en este décimo ejercito su mejor expresión. Que se manifiesta en una obsesiva afirmación del yo a través de la prevaricación y de la escasa consideración para con los demás. Es de esta manera como el Demonio se opone al fundamento básico de nuestra religión, la igualdad de dignidad de todos los seres en cuanto todos son la manifestación de la vida y poseedores de la naturaleza de Buda.

Existe entonces una estrecha conexión entre la acción del más tremendo de los demonios y el poder.

Nos exponemos a la perfidia de este demonio cada vez que existen acciones dirigidas a la conquista y a la conservación del poder. Es evidente, a esta altura, que el arma que utiliza el décimo ejercito del Demonio del sexto cielo es justamente la del orgullo y la del desprecio hacia los demás. Así como también está claro que el orgullo y el desprecio hacia los demás no pueden ser comprendidos en todo su potencial destructivo fuera de un contexto de poder desnivelado.

El orgullo no es sólo el coraje de las propias capacidades o de una complaciente conciencia de los propios méritos. Lo que, en su justa medida no sería de por sí negativo y más bien puede representar un válido estímulo para el auto-mejoramiento y para asumir responsabilidades en la comunidad, contrastando aquellos nocivos sentimientos de inferioridad o de falta de auto-estima que muy a menudo paralizan la iniciativa de la persona. Pero el orgullo asume también y sobre todo, un aspecto negativo cuando se transforma en exceso de apego al yo, que induce a considerarse de alguna manera superior a los demás, sobrestimando las propias capacidades y los propios méritos en comparación con los demás.

En esta segunda referencia el orgullo, la exagerada consideración del yo o, lo que es lo mismo, el desprecio hacia los demás, dependiendo del punto de vista que se escoja, se vuelve un terreno fértil para la manifestación de las funciones negativas de Tenji-ma. Allá donde las personas no son respetadas y los individuos se consideran superiores a los demás, el poder tiránico se afirma, se propagan la intolerancia, la desconfianza y el odio, se enfrentan los opositores a través de persecuciones y opresiones. Es solamente en un ambiente social carente de respeto hacia las personas y de reconocimiento de sus valores, que el décimo ejército del Demonio del sexto cielo puede generar al mismo tiempo víctimas del poder tiránico y carniceros en nombre de aquel poder.

Los ejemplos que la historia humana nos ofrece son innumerables. Es fácil en este caso pensar en gigantes del mal, como Hitler, Calígula y los otros emperadores romanos que sacrificaron a los primeros cristianos y Hei No Saemon, el preceptor de Nichiren; pero el ejército del desprecio hacia los demás encuentra un fértil terreno también en las actitudes cotidianas de nosotros, personas ordinarias del siglo XX que vivimos en el Occidente desarrollado. Los grandes males nacen siempre de episodios insignificantes, de actitudes casi inofensivas, de comportamientos no ponderados que sin embargo dejan espacio a aquella "trivialidad del mal", de la cual hablaba Hanna Arendt que si llega a expandirse, es capaz de generar devastaciones como el holocausto nazi.

El décimo ejercito de Tenji-ma actúa en las formas atenuadas de racismo (de aquellos que anteponen los juicios más despreciables del tipo <>); en el esnobismo de ciertos intelectuales encerrados en sus torres de marfil, que desdeñan la comparación con quien no comparte aquella misma cultura “libresca”; en la incapacidad de discutir y aceptar puntos de vistas diferentes, propio de quien esta acostumbrado a dar órdenes siempre; en el silencio cómplice de quien no reacciona a la opresión; en pocas palabras en eventos de banal tragedia como aquel magistralmente descrito por Robert Altman en un episodio de la película América hoy, en la cual una alegre patota, durante una excursión de pesca, encuentra en el río el cuerpo de una mujer occisa, pero para no echar a perder la excursión, los amigos deciden ocultar el cadáver con frialdad y cinismo.

La igualdad budista

Sin embargo, nada está más lejano del budismo que las discriminaciones y las desigualdades entre los seres humanos. La teoría de Ichinen Sanzen asigna a cada manifestación de la vida, una naturaleza iluminada y descubre la red de relaciones que unen entre ellas todas las personas y sus ambientes sociales y naturales, fundando así, un principio de igualdad, para asumirlo como un principal factor de la realidad misma. La igualdad entre todos los seres humanos, en otras palabras, es lo que se entiende y se vive a través de la práctica budista. El impacto de esa conciencia de igualdad es definitivamente más fuerte que cualquier ideal político, moral o que cualquier derecho humano declarado internacionalmente por la constitución de una nación o por las leyes de un país.

Shakyamuni fue un pionero en oponerse resueltamente a las injusticias de la sociedad Hindú, organizada jerárquicamente en cuatro castas, propugnando la igualdad de todos los seres humanos. Ashoka, el gran soberano budista del siglo III a.c., inspiró su gobierno, uno de los más vastos imperios de la historia hindú, a una absoluta igualdad, respetuosa de las diferencias étnicas, religiosas, sociales. Alrededor del mismo período la minoría griega, era considerada por los hindúes una raza inferior (sí, justo los griegos: aquellos que llamaban “bárbaros” todos los que no hablaban su lengua) y fuertemente oprimida y discriminada. En aquella situación, muchos griegos se convirtieron al Budismo, porque encontraron en él, comprensión, respeto y plena aceptación.

Nichiren Daishonin, coherentemente con aquellos que representan uno de los pilares de la enseñanza budista, proclamó la absoluta igualdad entre los seres humanos y entre éstos el mismo Buda: <>. Cualquiera que piense de ser superior a otro y en nombre de tal superioridad cultive un sentimiento de desprecio hacia otra persona, en realidad se está ubicando a sí mismo, más arriba del mismo Buda Shakyamuni y de Nichiren. Más aún, considerar que exista una distancia insuperable entre nosotros comunes mortales y Nichiren Daishonin, o pensar que somos diferentes o separados entre nosotros, significa interrumpir la herencia de la Ley fundamental de la vida y muerte, renunciar a la posibilidad de compartir el recorrido hacia la obtención de la Budeidad.

Todos nosotros mortales comunes, somos la entidad de Miojo-renge-kyo que confiere a nuestra vida aquella dignidad y santidad que nivelan hacia arriba todas las diferencias. Es obvio de que todos somos diferentes, y tal diferencia representa la riqueza del mundo y su inestimable tesoro humano, pero compartimos la misma dignidad.

Esta afirmación, que en apariencia pareciera una declaración abstracta de principio, está más bien cargada de consecuencias muy prácticas. Antes que nada, ninguna discriminación entre las personas puede ser justificada sobre la base de las enseñanzas Budistas. Cosa muy poco común si se considera cuantas religiones, ideologías y culturas, en el transcurrir de la historia, han dado base a peligrosas mistificaciones como la existencia de una raza elegida, de una etnia inferior, la sumisión de las mujeres, los privilegios de un grupo social, la represión de una sub-cultura.

Johan Galtung ha subrayado con mucha eficiencia el potencial del Budismo en la creación de la paz, encontrando, justo en él, la premisa para el respeto para todos los seres humanos, por la consideración por las masas populares y por su realidad contraria a reconocer el poder de cualquier elite.

<

No hay ninguna raza elegida – los blancos, por ejemplo, o los amarillos – que origine de hecho el racismo, la esclavitud y el colonialismo. [...]

No existe ningún pueblo elegido o país elegido/a, por ejemplo el país donde nació el Buda o en el cual desarrollo su obra, que origine el nacionalismo o el imperialismo. [...]

Tampoco existen clases o castas elegidas – como rey y gobernantes, militares o comerciantes, con poderes especiales y privilegios – que originen la represión, el aprovechamiento y la discriminación. [...]

Tanto menos pueden existir grupos de personas elegidas, como los verdaderos creyentes, que originen cualquier tipo de crueldad hacia los no-creyentes, la inquisición, etc.>>

Ya en el siglo XIII en Japón, el Daishonin enseñaba, apoyándose en las enseñanzas budistas mahayanas, la perfecta igualdad entre los dos sexos: <> (La verdadera entidad de la vida). Esta declaración fue muy importante, considerando la influencia de la religión en la sociedad. Pero también una afirmación particularmente innovadora si se piensa que en el Nuevo Testamento, el evangelista, describiendo la enorme multitud de personas que se había congregado para escuchar el célebre discurso de la montaña de Jesús, escribía que se habían reunido miles de personas <>.



Hacia la democracia de la fe

Si el Demonio del sexto cielo ataca la comunidad de los creyentes utilizando el ejército del orgullo y del desprecio hacia los demás, tejiendo alianzas con aquellos que gestionan el poder de manera autoritaria, por el otro lado la naturaleza iluminada responde con los ejércitos de la igualdad y el respeto, que encuentran en la democracia y en el dialogo la manera de organizar la relación y la participación de los individuos. La igualdad budista y el respeto hacia la persona basado sobre el esfuerzo de contener el apego al yo, lleva a la inevitable derrota al ejército del Demonio del sexto cielo. Por ende, también el poder viene completamente despojado de su potencial de opresión, aprovechamiento y discriminación, para dejar espacio donde quiera, a formas de “poder suave”. Lo mismo ocurre también en la organización de los creyentes budistas.

Richard Causton, desaparecido presidente de la Soka Gakkai británica, en un panfleto suyo, incluía la igualdad absoluta y el respeto por la individualidad de cada persona entre los pilares que deberían sostener una organización budista y que permiten crear una organización basada en una auténtica “democracia de fe”.

Raramente las comunidades religiosas han realizado este principio pero muy a menudo han tratado de legitimar como dogmas, mentiras que servían para imponer autoridad de algunas personas sobre otras, pretendiendo de alguna manera justificar su superioridad. A pesar de que tales creencias no sean extrañas ni siquiera a la historia reciente de la comunidad budista, no encuentran espacio en sus enseñanzas. En la escritura Las catorce calumnias, se lee:<>.





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