El Alma y su Mecanismo Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul



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También que: 25

"El valor está tan estrechamente relacionado con el temor y la cólera, que siempre se los asocia en toda discusión. Generalmente se cree que el valor es la emoción contraria al temor. De allí coali­gamos que el valor significa sencillamente la inhibición de la médula suprarrenal. De hecho, el mecanismo del valor es más com­plejo. Hay que distinguir entre el valor animal y el valor deli­berado. El valor animal es, literalmente, el de la bestia. Según se ha observado, los animales que tienen mayor cantidad de corteza suprarrenal, son los más belicosos, agresivos y acometedores, los reyes de los campos y de las selvas. La emoción que experimentan, probablemente es la ira, con sed de sangre, sin preocuparse de las consecuencias. El objeto atacado actúa como trapo rojo ante un toro, estimulando la afluencia de la secreción de la corteza su­prarrenal, excitando el instinto de la ira, según se dice, por la nueva condición de la sangre. En el valor deliberado hay algo más que instinto. Tenemos un acto volitivo, un despliegue de la voluntad. Admitiendo que, sin corteza suprarrenal, tal valor sería imposible, el principal crédito para el valor debería adjudicársele a la antepituitaria. La adecuada conjunción de su secreción y la de la corteza suprarrenal produce el verdadero valor. Así actos de valor fueron registrados más frecuentemente en individuos de tipo antepituitario".



7. Las gónadas –ubicadas en el bajo vientre–, secreción de los testículos y de los ovarios.
Las gónadas o glándulas intersticiales, son las glándulas sexuales de secreción externa, pero se sabe que tienen también una secreción interna. Su común secreción es el medio para la reproducción. Es innecesario extenderse mucho sobre los efec­tos de las gónadas en la personalidad. El impulso sexual y sus varios efectos subsidiarios, tanto físicos como síquicos, han sido bien estudiados y reconocidos, y tales estudios, en gran parte referentes a perversiones e inhibiciones, han probado ser de suprema importancia para comprender a la humanidad. Algunos psicólogos relacionan todas las reacciones humanas (físicas, emo­cionales y mentales) con el sexo y únicamente con éste. Sabemos que detrás de cada posición extrema hay un fondo de verdad. Otros consideran que el sexo representa un papel importante, pero no es responsable de todo. La sabiduría oriental ofrece una interpretación que merece ser considerada, y aparecerá cuando estudiemos los centros de fuerza y su relación con las glándulas.
De todo lo anterior y de muchos libros y artículos leídos sobre el tema, puede darse el siguiente breve resumen:
Toda la cuestión permanece en un estado experimental y queda aún mucho por hacer. Sin embargo, se observará que existe estrecha relación entre las glándulas y sus funciones similares. La mayoría tiene que ver con el metabolismo del cuerpo y con el crecimiento, y todas parecen estar estrechamente rela­cionadas con la vida sexual. Final y aparentemente, determinan el tipo y el temperamento de la personalidad.
Siendo la ciencia, como es, experimental, el hombre parece haber sido por fin psicoanalizado y comprendido. Esos procesos sutiles e intangibles, llamados emociones y conceptos mentales, lo explican en términos de materia. Todo lo que el hombre es, se achaca a las glándulas, al sistema nervioso, al desarrollo bueno o malo y al funcionamiento del mecanismo humano de contacto y de respuesta. A un santo se lo podría convertir en un pecador y a un pecador en un santo, y esto simplemente acrecentando o disminuyendo ciertas secreciones internas. Así, el hombre no sería mejor ni peor que el equipo con el cual viene al mundo, y el mecanismo es la suma total del hombre. Puede mejorarlo o emplearlo erróneamente; pero ese mecanismo sería el factor determinante. Así se elimina el libre albedrío y se niega la inmortalidad. Lo mejor que puede hacer el hombre es actuar de modo de sentirse feliz y aceptar también la responsabilidad de construir cuerpos más perfectos, para que en la próxima gene­ración pueda manifestarse mejor físicamente.
Estemos de acuerdo o discrepemos con esas conclusiones, debemos al menos admitir que, siendo el mecanismo el objeto de todo estudio, sería eventualmente posible establecer las leyes y métodos por los cuales puedan construirse cuerpos perfectos que, a su vez, sean los instrumentos por los que funcione una naturaleza síquica perfecta.
Pero, ¿son correctas estas conclusiones sobre las glándulas endocrinas? ¿Está el hombre bien clasificado y rotulado en líneas generales que sólo nos resta llenar huecos en el diseño general? ¿Quién puede decirlo? A mi modo de ver, la respuesta radica en dos preguntas o dos grupos de ellas: una primordialmente indi­vidual, la otra omniabarcante.
Respecto al individuo ¿las glándulas y las funciones glandulares son causas primarias, o sólo meros efectos o instrumentaciones? ¿No hay en realidad algo más grande o subyacente? ¿No hay en cada uno de nosotros un alma que funciona por medio de todo el mecanismo físico y psíquico? En resumen ¿no tenía razón San Pablo, al decir que el hombre tiene un cuerpo natural y un cuerpo espiritual, y que una cosa es el esplendor del cuerpo natural y otra la gloria del cuerpo, espiritual?
Referente a la segunda y más amplia pregunta: ¿puede un mero mecanismo constituir el todo, o el fin de todo, y nuestro único objetivo consistir en el perfeccionamiento del mismo? Si es así "comamos y bebamos pues mañana hemos de morir". ¿No existe en nosotros un yo más sutil (llámeselo espíritu, alma, o lo que se quiera), y no forma él, de por sí, parte de un Todo tras­cendente (llámesele Dios como en las religiones, o Superalma –como Emerson, o por cualquier otro nombre), en cierto caso un Todo trascendente, cuya gloria y radiación sobrepasan a toda comprensión? ¿No nos unificaremos nunca con Ése, y, entre tanto, no nos impulsará hacia adelante el anhelo de esa unifica­ción? Este ser corruptible ¿no buscará la incorruptibilidad? o este ser mortal, ¿no buscará la inmortalidad? ¿No podrá jamás ser vencida la muerte?
Para responder a estas preguntas, dirijámonos a la Sabi­duría de Oriente.

Notas:


  1. Modern Psychology: Normal and Abnormal, págs. 10, 14, 18.

  2. Self, Its Body and Freedom, pág. 46.

  3. Modern Psychology: Normal and Abnormal, pág. 45. de D. Leary.

  4. Ídem, pág. 33.

  5. Ídem, pág. 189.

  6. Your Mysterious Glands, pág. 10.

  7. Modern Psychology: Normal and Abnormal, pág. 61.

  8. The Glands of Destiny, pág. 5.

  9. Ídem, págs. 3, 6.

  10. Ídem, págs. 11, 12.

  11. Selft its Body Freedom, págs. 58, 59.

  12. The Glands of Destiny, pág. 1.

  13. Your Mysterious Glands, pásg. 8, 9.

  14. The Glands Regulating Personality, pág. 86.

  15. The Pineal Gland, págs. 537, 542.

  16. The Glands Regulating Personality, pág. 89.

  17. Ídem, pág. 178

  18. Ídem, pág. 236.

  19. Ídem, pág. 46.

  20. Ídem, pág. 55.

  21. Ídem, pág. 180.

  22. Ídem, pág. 182.

  23. Ídem, pág. 93.

  24. Ídem, pág. 76.

  25. Ídem, pág. 177.

Capítulo iii


La teoría del cuerpo etérico
El psicólogo oriental parte de lo que el occidental considera hipotético. El primero concede la máxima importancia a la natu­raleza espiritual del hombre; cree que la naturaleza física es el resultado de la actividad espiritual; sostiene que todo lo visto objetivamente no es más que la manifestación externa de ener­gías internas subjetivas; considera que toda la mecánica del Cosmos y del hombre son efectos, y cree que el científico tan sólo se ocupa de los efectos. Su posición puede ser resumida como:
Primero: No hay nada más que energía, funcionando por medio de una sustancia que compenetra y activa todas las formas, y es análoga al éter del mundo moderno. La materia es energía o espíritu en su forma más densa; el espíritu es materia en su aspecto más sublimado.
Segundo: Todas las formas están compenetradas por este éter, las cuales poseen una forma o cuerpo etérico.
Tercero: Así como el minúsculo átomo tiene un núcleo o núcleos, positivos, y aspectos negativos, también todo cuerpo etérico posee centros positivos de fuerza, en medio de sustancias negativas. El ser humano tiene también un cuerpo etérico, posi­tivo respecto al cuerpo físico negativo, al cual energetiza para que entre en actividad; actúa como fuerza coherente, manteniéndolo en existencia.
Cuarto: El cuerpo etérico del hombre posee siete núcleos principales de energía, a través de los cuales afluyen diversos tipos de energía que producen su actividad psíquica. Estos núcleos están relacionados con el sistema cerebro espinal; la base de esta actividad psíquica, o sede de la naturaleza del alma, está situada en la cabeza. El principio regente se halla, por lo tanto, en la cabeza, y desde este centro debe ser dirigido y energetizado todo el mecanismo, valiéndose de los otros seis centros de fuerza.
Quinto: Actualmente sólo funcionan determinados centros en el hombre y el resto está pasivo. Todos los centros están ple­namente activos en el ser humano perfecto, y producen un desenvolvimiento psíquico y un mecanismo perfectos.
La importancia que el oriental da a la energía espiritual y el occidental a la estructura o mecanismo, explican totalmente la naturaleza psíquica del hombre en su aspecto superior e inferior.
Para unir la concepción oriental o vitalista y la occidental o mecanicista, tendiendo un puente entre ambas, es necesario establecer la realidad de la existencia del cuerpo etérico.
El sistema oriental es abstruso e intrincado, y desafía todo resumen. Sin embargo, es necesario una breve introducción, dándose por lo tanto, el siguiente delineamiento. Es incompleto, pero proporciona una perspectiva inteligible del campo, y por breve que sea servirá su propósito.
Al dar este delineamiento haremos afirmaciones positivas, en lugar de repetir continuamente que "la psicología oriental cree", o que "los orientales declaran", o expresiones parecidas. Baste reconocer, de una vez por todas, que a la mente occidental debe presentársele como hipótesis, para someterla a pruebas y ver si puede ser o no corroborada.
Después de esta introducción, delinearemos la teoría oriental.
Existe una sustancia universal, fuente de todo, pero tan sublimada y sutil que está realmente más allá del alcance de la inteligencia humana. Comparada con ella, la fragancia más delicada, los danzantes y radiantes rayos solares, la gloria carmesí de la puesta del sol, son burdos y terrenos. Es una "red de luz" ­siempre invisible para el ojo humano.
La palabra clave "sustancia", que sugiere materialidad, es inapropiada. Sin embargo, es útil reducir esta palabra a sus raíces latinas: "sub" debajo, y "sto" permanecer. De manera que sustancia es lo que está debajo o subyacente.
Aunque esta sustancia universal es sutil y fugaz, en otro sen­tido es aún más densa que la materia misma. Si pudiéramos con­cebir un agente fuera de la sustancia universal (hipótesis con­traria a todo hecho y posibilidad), y que tal agente externo in­tentara comprimir la sustancia universal o, de algún modo, afectarla desde afuera, se vería, entonces, que la sustancia es más densa que todo material conocido.
Inherente a la sustancia y a su perpetua contraparte, se halla la vida, la vida incesante. Vida y sustancia son una y la misma; una, v por siempre inseparables, aunque constituyen di­ferentes aspectos de la realidad una. La vida como electricidad es positiva, la sustancia como electricidad es negativa. La vida es dinámica, la sustancia es estática. La vida es activa o espíritu, la sustancia es forma o materia. La vida es el padre y engendra; la sustancia es la madre y concibe.
Además de estos dos aspectos de la vida y la sustancia, hay un tercero. La vida es actividad teórica o potencial, y necesita un campo para actuar. La sustancia lo proporciona, y en la unión de vida y sustancia flamea la energía activa.
Tenemos así una sola realidad, la sustancia universal –pero al mismo tiempo una dualidad coexistente; vida y sustancia y al mismo tiempo una coexistente trinidad, vida, sustancia y la resultante interacción llamada conciencia o alma.
Todo el mundo manifestado surge de la energía (y de los cofactores sustancia y conciencia). Todo cuanto se ve, desde el minúsculo grano de arena a la más amplia extensión del cielo estrellado, desde un salvaje africano hasta un Buda o un Cristo, todo es expresión de energía. La materia es energía en su forma más densa o inferior; el espíritu es esta misma energía en su forma más elevada o sutil. Así pues, materia es espíritu descendente y degradado; espíritu, por el contrario, es materia ascen­dente y glorificada.
Al adquirir densidad, la energía adquiere o desciende siete grados o planos. El hombre manifiesta tres. Posee su cuerpo fí­sico, su mecanismo emocional y su cuerpo mental, funcionando por lo tanto en tres planos, o está despierto en tres, el físico, el emocional y el mental. Está a punto de reconocer un cuarto y más elevado factor, el alma, el yo, a cuya realidad pronto des­pertará. Los tres planos superiores, no requieren comentarios en esta exposición elemental.
Además de estos siete planos, cada plano tiene siete subpla­nos. Analizaremos tan sólo los siete subplanos del físico o in­ferior.
Todos los colegiales conocen tres subplanos de lo físico, o los estados sólido, líquido y gaseoso; por ejemplo, el hielo, el agua y el vapor. Existen cuatro planos más sutiles, o más bien, cuatro tipos diferentes de éter. Estos cuatro coexisten con cada uno de los tres subplanos conocidos, y los compenetran.
El cuerpo físico del hombre no es una excepción. Tiene también su contraparte etérica, su cuerpo etérico, el cual es po­sitivo, mientras que el cuerpo físico denso es negativo. El cuerpo etérico es el factor cohesivo, y mantiene al cuerpo físico vivo y en existencia.
La contraparte etérica del hombre o de cualquier cosa física, es de sustancia, de vida y energía universales. Participa de todo, pero no se basta a sí misma, ni existe independientemente. Se nutre de la reserva de energía universal; en donde la contraparte etérica vive, se mueve y tiene su ser. La energía actúa así por medio del etérico. Esto atañe al hombre también. La energía universal funciona por medio de su cuerpo etérico. Así como el hombre existe en siete planos, también el cuerpo eté­rico tiene siete puntos de contacto con la energía –pero como únicamente hay tres planos activos y cuatro dormidos, sólo se han desarrollado tres centros de fuerza, y cuatro están aún sin desarrollar. Esto se tratará más adelante.
Al procurar armonizar las dos escuelas, surge lógicamente la pregunta: ¿Corrobora la ciencia occidental, la teoría oriental?
Nada menos que un hombre de ciencia como Sir Isaac New­ton, aceptaba sin vacilar el medio universal del éter. En el últi­mo párrafo de su Principia, dice 1:
"Ahora podemos agregar algo concerniente a cierto espíritu muy sutil que compenetra y está oculto en todos los cuerpos burdos. Por la fuerza y la acción de ese espíritu, las partículas de los cuer­pos se atraen unas a otras si están cerca, y se adhieren si están contiguas. Los cuerpos eléctricos operan a mayores distancias, tanto al atraer como al repeler los circundantes corpúsculos, y la luz es emitida, reflejada, refractada, desviada y da calor a los cuerpos; toda sensación es excitada y los miembros de los cuerpos animales se rigen por mandato de la voluntad, o por las vibraciones de este espíritu, propagadas mutuamente por los sistemas sólidos de los nervios, desde los órganos externos sensorios al cerebro y desde el cerebro a los músculos. Pero estas cosas no se pueden explicar en pocas palabras, ni tenemos el suficiente acopio de experimentos para una determinación precisa y una demostración de las leyes, por las cuales actúa este espíritu eléctrico y elástico."
Así, por lo antedicho, puede argüirse que Newton recono­cía la realidad del cuerpo etérico, subyacente en todas las for­mas, incluso la humana.
Como Newton no es de este siglo ni del último, volvamos a una reciente edición de Encyclopedia Britannica 2, donde dice sobre el "éter" que:
"Se ha debatido con frecuencia la cuestión de si el espacio es una mera abstracción geométrica, o si tiene propiedades físicas definidas, que puedan ser investigadas. Respecto a las partes que están ocupadas por la materia, es decir, por una sustancia atrayen­te para los sentidos, nunca hubo duda alguna, y puede decirse que toda la ciencia es una investigación de las propiedades de la mate­ria. Pero de vez en cuando se ha dirigido la atención a las porcio­nes que intervienen en el espacio, de las que está ausente la materia sensible, y éstas también tienen propiedades físicas de las que no se ha hecho una investigación completa.
"Estas propiedades físicas no atraen directamente a los senti­dos, siendo, por consiguiente, relativamente oscuras. Pero no hay, duda alguna de su existencia, ni aún entre aquellos que prefieren emplear el término espacio. Un espacio dotado de propiedades fí­sicas es más que una abstracción geométrica, y se lo concibe más convenientemente como una realidad sustancial, a la cual otro nombre le sería apropiado. El término empleado no tiene impor­tancia; hace mucho tiempo que se inventó el término éter, adop­tado por Isaac Newton, y que puede servirnos a nosotros. El térmi­no éter significa una genuina entidad que llena todo el espacio, sin solución de continuidad ni cavidad alguna; es la única reali­dad física omnipresente, y hay creciente tendencia a considerar que todo está constituido por ella en el universo material, siendo la materia misma, con toda probabilidad, una de sus modifica­ciones...
"El éter es así necesario para el propósito de transmitir lo que se llama fuerza de gravedad entre una porción de materia y otra, y para el propósito más importante y universal de trasmitir ondas de radiación entre una porción de materia y otra, por pequeñas que sean y distantes que estén...
"Las propiedades del éter, probablemente no puedan expre­sarse en términos de materia; por carecer de un indicio mejor, debernos proceder por analogía, y hacer una apología de la elas­ticidad y de la densidad del éter, como representando cosas a las que, si se tratara de materia, le adjudicaríamos esos nombres. Aún no hemos investigado lo que en realidad esos términos expresan; pero si la materia atómica tal como ahora se la considera proba­ble, es una estructura del éter, hay toda clase de razones para decir que el éter, en algún sentido, debe ser mucho más denso que cualquier sustancia material conocida...
"La estructura de la materia puede compararse a una gasa muy sutil que subsiste en un medio sustancial..."
Otros científicos destacados amplían estos puntos de vista. En el siglo xvii, ya lo dijo Henry More, el platónico de Carn­bridge, citado por el Dr. Edwin A. Burt 3:
"De ahí que pregunte si es indigno de un filósofo preguntar a otro, si hay en la naturaleza una sustancia incorpórea, que a la vez que pueda imprimir sobre un cuerpo cualquiera todas las cualidades corpóreas, o por lo menos la mayoría de ellas, tales como movimiento, apariencia, ubicación de las partes, etc..., fue­ra además capaz, ya que es casi seguro que esta sustancia desplaza y detiene a los cuerpos, de agregar todo lo que va implicado en tal movimiento, es decir, unir, dividir, dispersar, ligar, formar las pequeñas partes, ordenar las formas, poner en movimiento circu­lar todo lo que está dispuesto para ello, o moverlo en cualquier sentido, detener su movimiento circular, y hacer además otras cosas similares necesarias para producir, de acuerdo con los prin­cipios, la luz, los colores y los otros objetos de los sentidos... Finalmente, como la sustancia incorpórea tiene el maravilloso po­der de producir cohesión y de dispersar la materia, combinarla y dividirla, exteriorizarla y separarla y, al mismo tiempo, controlarla, por mera aplicación de sí misma, sin ataduras ni engarces, sin otros instrumentos o proyecciones, es probable que no pueda penetrar una vez más en sí misma, ya que no existe la impenetrabilidad para frustrarse, expandirse nuevamente, y cosas análogas."
Al comentar a Henry More, el Dr. Burtt 4 continúa diciendo:
"En este párrafo, More amplía su razonamiento partiendo de la conclusión de que existe una sustancia incorpórea en los seres humanos, llegando a la suposición de que existe una sustancia incorpórea similar y principal en toda la naturaleza, porque estaba convencido de que los hechos de la ciencia mostraban que la naturaleza no es una máquina simple, como no lo es tampoco un ser humano."
Robert Boyle, también en el siglo xvii, presentó la misma hipótesis, y le asignaba dos funciones al éter: propagar el movi­miento por impactos sucesivos y ser un medio por el cual se manifiestan fenómenos curiosos, tales como el magnetismo.
"Quienes afirman que puede existir tal sustancia en el univer­so, presentarán probablemente como pruebas varios de los fenó­menos que voy a relatar, pero si hay o no en el mundo, alguna materia que responda exactamente a la descripción que hacen de su primer y segundo elemento, yo no lo discutiré aquí, aunque diversos experimentos aparecen argüir que existe una sustancia etérea, muy sutil y no muy difundida"
Volviendo nuevamente a los tiempos modernos, dice Sir William Barrett 5:
"El universo se nos presenta como un conjunto de fenómenos –físicos, vitales e intelectuales–, siendo la vitalidad organizada el vínculo entre los mundos del intelecto y de la materia, que ocupan todo el reino de la vida animal y vegetal, en el cual, en modo inescrutable para nosotros, se origina el movimiento entre las moléculas de la materia, de tal índole que, aparentemente, se ponen bajo el control de un agente distinto del físico, lo cual reemplaza a las leyes comunes que regulan los movimientos de la materia inanimada o, en otras palabras, dan origen a movi­mientos que no serían el resultado de la acción de esas leyes que no han sido interferidas, por lo tanto, ello implicaría el principio mismo, el origen de la fuerza."
Las enseñanzas orientales consideran al cuerpo vital como intermediario entre lo físico y lo intelectual: Actúa como agente de la mente en el ser humano, y de la Mente universal en un sistema solar, siendo interesante notar a este respecto, la triple enumeración, "física, vital e intelectual", hecho por Sir William Barret.
Sir Oliver Lodge 6, aunque frecuentemente criticado por su opinión sobre la comunicación entre los vivos y los muertos, en cuestiones de ciencia pura, es uno de los más destacados de esta época, y dice:
"¿Qué puede decirse del éter que mantiene unidos a los áto­mos, éter fusionador esencial para la configuración característica de un cuerpo, tan esencial como la materia misma?
"Comúnmente, no prestamos atención al factor éter del cuer­po; no poseemos un órgano sensorio capaz de concebirlo, sólo comprendemos directamente la materia: concebimos claramente la materia sólo cuando somos niños, pero a medida que crecemos, inferimos también la existencia del éter, por lo menos algunos de nosotros. Sabemos que un cuerpo de forma característica o de configuración definida, no puede existir sin las fuerzas de cohe­sión –por lo tanto no puede existir sin el éter; no significando por el término éter la totalidad, sino la parte inmaterializada, la parte que es la zona de tensión, el receptáculo de la energía po­tencial, la sustancia en la cual están incrustados los átomos de la materia. No sólo hay un cuerpo de materia, sino también un cuerpo de éter, y ambos coexisten."
También se ocupa del tema un artículo que apareció en The Hibbert Journal 7 y presenta algunas conclusiones intere­santísimas y subjetivas:
"La luz afecta al éter. La luz es para el éter lo que el sonido para la materia... Sujeto a todas las leyes de tiempo y espacio, plenamente sometido a las leyes de la energía, fuente en gran parte de la energía terrenal, rigiendo todas las manifestaciones de las fuerzas físicas, subyaciendo en la raíz de la elasticidad, de la tenacidad y de todas las demás propiedades estáticas de la materia, el éter recién comienza a ocupar el puesto que le corres­ponde en el esquema de la física...
"Las cargas eléctricas compuestas de éter modificado, proba­blemente sean el material cósmico para la construcción... Existe una gran masa de éter no diferenciado, entidad que llena el espacio, donde existe todo lo material. Tenemos en el plan de la física una dualidad: la materia y el éter.
"Toda la energía cinética pertenece a lo que llamamos mate­ria, sea en forma atómica o corpuscular; el movimiento o locomo­ción es su característica. Toda energía estática pertenece al éter, al éter inmodificado y universal. Sus características son la tensión y la fuerza. La energía siempre pasa de un extremo a otro, alternativamente (del éter a la materia o viceversa), y en este reco­rrido se realiza todo el trabajo.
"Probablemente todo objeto sensible posee una contraparte material y otra etérica. Sólo somos sensiblemente conscientes de un aspecto, teniendo que inferir el otro. Pero la dificultad de percibir este otro aspecto –la necesidad de la inferencia indirec­ta– depende esencial y totalmente, de la naturaleza de nuestros órganos sensorios, que revelan la materia y no el éter. Sin embar­go, una es tan real y sustancial como la otra, y su fundamental cualidad conjunta es la coexistencia y la interacción. No la inte­racción en todas partes y en todo momento, pues existen muchas zonas sin materia, aunque no hay zonas sin éter; pero la potencia­lidad de la interacción y, con frecuencia, su conspicua realidad, prevalece en todas partes y constituye la totalidad de nuestra ex­periencia puramente mundana."
En una nota suplementaria del artículo, dice:
"El éter pertenece a la estructura física de las cosas. Nadie supone que sea una entidad psíquica, pero probablemente sirve para fines psíquicos, de igual modo que la materia. Los profesores Tait y Balfourt Stewart conjeturaban una significación psíquica en el éter del espacio, ya en 1875, considerándolo desde un punto de vista religioso en ese tan discutido libro The Unseen Universe. El gran físico matemático J. Clerk MaxweIl terminaba su artículo "El Éter", en la novena edición de la Enciclopedia Británica, con una manifestación de fe, no sobre esta especulación, de la cual evidenció gran cautela, sino en la existencia real de un medio universal vinculador, supersensorio, universal, suponiendo que desempeña muchas funciones insospechadas."
El Dr. Charles E. de M. Sanjous 8, profesor de Endocrinolo­gía de la Universidad de Pensilvania, afirma su creencia en este medio universal, en los siguientes términos:
"Es evidente que la necesidad de una inteligencia primaria y un medio coordinador y creador, tal como el éter, se afirme en todas partes...
"El éter, tal como lo interpretan los científicos, reúne todas estas condiciones, y es el único medio conocido por la ciencia capaz de hacerlo. Es invisible, compenetra toda la materia, im­pregna ilimitadamente el universo por el movimiento ondulato­rio. No ofrece prácticamente resistencia a la energía radiante, ni aún a la luz del sol y de las más distantes estrellas. Es el medio que transmite las ondas de radio, de la telegrafía sin hilos, los rayos Becquerel, los rayos x o Roentgen, etc. ...
"El éter está dotado de poder creador en el espacio y en la tierra... El éter del espacio construye por lo tanto sistemas sola­res como también materia, en forma coordinada e inteligente, y dota a todos los elementos químicos, a los que ha dado forma, con las propiedades que, como se sabe, poseen..."
El Dr. C. E. M. Joad 9 de la Universidad de Oxford, descri­be la actividad de esta fuerza vital, la vivencia que anima a la materia, y muestra la relación entre la vida y la forma. En realidad se acerca a la teoría oriental de la contraparte etérica y de la energía que funciona a través de ella.
"La fuerza vital. Supongamos que en el principio, el Univer­so fue puramente material, caótico, mortífero y vacuo, sin ener­gía ni propósito y carente de toda vida. En este universo inorgá­nico, se introdujo en determinada etapa y proveniente de alguna fuente inexplicable, un principio de vida, y por vida quiero sig­nificar algo que no puede expresarse en términos de materia. Al principio, ciego y vacilante, un impulso o latido puramente ins­tintivo, tratando de expresarse, luchando para lograr un grado cada vez más elevado de conciencia. Quizás concibamos que el ultérrimo propósito de la fuerza vital sea el logro de la total y universal conciencia, resultado que sólo puede obtenerse por la impregnación de vida y energía en todo el universo, de modo que, empezando como el mundo de la 'materia', pueda terminar como el mundo de la 'mente' o 'espíritu'. Con tal finalidad actúa dentro de la materia y a través de ella, infundiendo y compenetrando la materia con su propio principio de energía y de vida. A la mate­ria así compenetrada se la denomina organismo viviente. Los organismos vivientes tienen que ser considerados a la luz de las herramientas o armas creadas por la fuerza vital, para ayudarse a lograr su propósito. Análogamente al universo mismo, cada organismo viviente está formado de un substrato de materia ani­mado por la vida, así como un trozo de alambre puede ser cargado con una corriente eléctrica. Es una corriente vital que ha sido aislada en una porción de materia.
"La fuerza vital está lejos de ser todopoderosa. Está limitada por la materia que trata de dominar; sus métodos son experi­mentales, y varían de acuerdo a la etapa de evolución alcanzada por aquellos para los cuales se creó el organismo. Distintos tipos de seres cumplen mejor su propósito en diferentes etapas."
Will Durant 10, que es sin duda el autor más popular y más leído en cuestiones filosóficas, dice:
"Cuanto más estudiamos la materia, menos la vemos como fundamental, y más la percibimos como una mera exteriorización de energía, pues nuestra carne es el signo externo de la vida y de la mente... En el corazón de la materia, dándole forma y poder, hay algo que no es material, poseído de su propia espontaneidad y vida; y esta vitalidad sutil, oculta y, sin embargo, siempre reve­lada, es la esencia final de todo lo que conocemos... La vida es lo primero y lo interno; la materia coexiste con ella en el tiempo, y es inextricable en el espacio; secundaria a ella en esencia, lógica y significación; la materia es la forma y la visibilidad de la vida...
"La vida no es una función de la forma; la forma es un producto de la vida. El peso y la solidez de la materia son el resultado y expresión de la energía intraatómica; cada músculo o nervio del cuerpo es el instrumento modelado por el deseo."
Estos libros y estos hombres de ciencia demuestran que la doctrina oriental, de que existe un cuerpo etérico, como medio de fuerza vital, de energía y de vida, no es el vago sueño de gentes de tendencia mística, sino que es considerado como una realidad de la naturaleza, por muchos investigadores occidenta­les, de mentalidad práctica.
Resumiendo nuestras ideas, podemos formularlas como:

Detrás del cuerpo objetivo existe una forma subjetiva cons­tituida de materia etérica, que actúa como conductora del prin­cipio vida de la energía o prana. Este principio vida es el aspec­to fuerza del alma, y por intermedio del cuerpo etérico, el alma anima a la forma, le da sus peculiares cualidades y atributos, plasma sobre ella sus deseos y, eventualmente, la dirige, a tra­vés de la actividad de la mente. Por intermedio del cerebro, el alma energetiza al cuerpo para que entre en actividad conscien­te y, valiéndose del corazón, todas las partes del cuerpo son com­penetradas por la vida.


Esta teoría tiene estrecha analogía con la teoría animista occidental, y la definiremos más adelante. El término animismo ha bastado hasta ahora, pero probablemente sea sustituido por el de "dinamismo", debido al desarrollo que tiene lugar dentro de la conciencia humana. Por ser el hombre ahora una entidad plenamente consciente de sí mismo, y por estar la personalidad integrada y actuante, ha llegado el momento en que él puede demostrar, por vez primera, que existe un propósito consciente y una voluntad rectora.
Los tres estados de la naturaleza del hombre, a que nos referimos anteriormente en este capítulo –el físico, el sensorio y el mental– forman una entidad coordenada también por pri­mera vez en la historia de la raza. El yo rector puede por lo tanto regir y, por medio de la mente, actuar sobre el cuerpo etérico o vital y, teniendo su punto de contacto en el cerebro, impeler a su instrumento a una expresión totalmente controlada y a la consiguiente actividad creadora. Así surgirá lo que llama Her­mann Keyserling 11 el "Ser más profundo", cuando dice que:
"La posibilidad de desarrollar el ser más profundo y cómo hacerlo, es el siguiente interrogante. Al hablar del ser de un hom­bre en contraposición a sus facultades, significa su alma vital, y al decir que ese ser decide, indica que todas sus impresiones están impregnadas de vida individual; que toda expresión irradia de la personalidad y que esta personalidad es finalmente la respon­sable. Ahora bien, tal penetración puede lograrse donde ella no existe, siendo esto posible, en virtud de que el hombre, que posee una mente y un alma, representa un sentido de conexión, en el cual su conciencia actúa libremente. Es libre de destacar lo que quiere; de acuerdo al lugar acentuado, el organismo psíquico cam­bia su centro, obteniéndose realmente un nuevo centro del Ser. Por lo tanto si la investigación teórica demuestra que según el en­foque de la conciencia, el centro del hombre radica en su Ser o en la superficie, es prácticamente posible provocar el necesario proceso de cambio. De allí que en principio, todos pueden lograr elevar su Ser, para lo cual sólo se necesita acentuar persistente­mente su Ser esencial, procurando constantemente expresar sólo lo que está realmente de acuerdo con su Ser interno. Esta tarea es seguramente difícil. Su solución no sólo es un proceso muy lento, sino que necesita una técnica especial de adiestramiento."
Cuando las psicologías oriental y occidental se fusionen, y se estudie y comprenda la relación entre las glándulas y el cuerpo vital, con sus centros de fuerza, creo que se acentuará grande­mente la posibilidad de que el hombre actúe como un alma, como una síntesis del mecanismo, de la vida, del propósito y de la voluntad.
Wm. Hocking 12 llega a la conclusión siguiente:
"Parecen existir motivos para esperar un mejor futuro físico para la raza, con la ayuda de una sana higiene mental; después de terminar con la era de los charlatanes y en cierta medida con su ayuda, se presentará la posibilidad de ampliar constantemente el autodominio, a medida que el sentido espiritual de tal disci­plina, como la yoga, se una a los sobrios elementos de la psicología occidental y a un sano sistema de ética. Ninguna de estas cosas es de valor sin las otras."
Dos puntos merecen ser discutidos, antes de pasar a una ex­posición detallada de la enseñanza oriental, referente a los cen­tros de fuerza. Uno es la consideración de la naturaleza del alma, el otro la tentativa de considerar el testimonio de los si­glos, respecto a la probable ubicación de la conciencia del alma.
Notas:



  1. Metaphysical Foundations of Modern Physical Science, pág. 275 de Edwin Arthur Burtt.

  2. 13ª. Edition, 1926. Article: Ether.

  3. Metaphysical Foundations of Modern Physical Science, págs. 131, 132.

  4. Ídem. págs. 131, 132.

  5. On the Threshold of the Unseen, pág. 274

  6. Ether and Reality, págs. 161, 162.

  7. Ether, Matter and the Soul, enero 1919, Sir Oliver Lodge.

  8. Strength of Religion as Shown By Science, págs. 152, 153.

  9. Mind and Matter, págs. 178, 179.

  10. Mansions of Philosophy, págs. 66, 67, 80, 81.

  11. Creative Understanding, págs. 180, 181.

  12. Self, Its Body and Freedom, pág. 75





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